domingo, 6 de septiembre de 2026

LAS NUEVE VIDAS DE SAFO LAURE DE CHANTAL

 


Introducción


Las olas

¿Cómo puede una mujer del siglo VII a. C. hablarnos hoy de feminismo? Esta es la historia, o más bien las historias, que narra este libro. El feminismo, o la búsqueda de una justicia entre individuos sea cual sea su sexo, suele compararse con una serie de olas sucesivas. La primera se atisbó en las costas de Inglaterra, en pleno siglo XIX, siglo particularmente misógino, cuando las sufragistas reivindicaron sus derechos civiles. La segunda se formó al otro lado del océano, en la costa americana, en los años 60 del siglo pasado, antes de que rompiera la libertad sexual sobre toda una generación, en Occidente. La tercera es un tsunami dirigido contra el conjunto de las discriminaciones, que muestra que las vejaciones que sufren las mujeres y su sistemático menosprecio solo son un aspecto de un problema mucho más amplio, la punta de un iceberg que horroriza a la dignidad humana. La cuarta levanta un muro, un «muro de la vergüenza», contra las diversas violencias, a menudo sutiles y engañosas, sufridas o temidas por las mujeres.

Esta metáfora de la ola —por bella y justa que sea— es tan exaltante como limitada, porque las olas no tardan en romper contra las rocas y hacen falta millones para desgastarlas. En cuanto pasa la tormenta, es «el mar, el mar siempre una y otra vez»,1* sin que cada ola pueda hacer más que una gota de agua contra el inmutable y triunfante orden establecido… a no ser que las olas sean mucho más antiguas y numerosas. Así pues, los pocos diques que han cedido desde el siglo XIX son el resultado de múltiples olas de fondo que pacientemente, desde tiempos antiguos, lo han erosionado todo. Ahora ya fragilizados, los mastodontes de la dominación masculina no tardarán en derrumbarse uno tras otro, como colosos con pies de barro.

 

En mi opinión, la ola inicial, antepasada y modelo al mismo tiempo de tantas otras, vino a abrazar la costa soleada de la isla de Lesbos en el siglo VII a. C., cuando Safo,2** una poetisa, tomó la palabra para decir «yo» y la escuchó todo el mundo. Safo no solo fue la primera mujer escritora, sino también la primera persona que escribió en su propio nombre, sin invocar la ayuda de las musas. La primera confesión humana es de una mujer; el primer autor, una autora; antes de ella, solo había historias que circulaban desde la noche de los tiempos, increadas. No había autor, solo intérpretes. Qué bofetón para quienes se han esforzado después por poner a las mujeres en un lugar secundario, por convertirlas en Evas nacidas «de» Adán y «después» de él, representantes del segundo sexo (por talentosas que fueran), siempre números 2, ¡como en el de la Seguridad Social!***3 Safo es la primera y, desde entonces, su nombre ha servido de modelo o de punto de apoyo para todas las pioneras, de cualquier época y en numerosos ámbitos, culturales desde luego, pero también políticos y sociales. No solo Christine de Pizan, Olympe de Gouges o Marguerite Yourcenar se han situado bajo la égida de Safo, sino también muchas mujeres y hombres que han trabajado por la libertad de las mujeres en particular y de la humanidad en general. Ha sido la portavoz de todas aquellas y aquellos que osaron no hacer las cosas como imponía la sociedad, con más o menos cortesía agresiva o coerción contenida.

Venerada por unos, exterminada por otros, la obra de Safo tiene una historia, fascinante y fabulosa, que narra y cristaliza el deseo de dominación de los unos y la voluntad de liberación de las otras. Reina de los banquetes, filosóficos o libertinos, es condenada por los padres de la Iglesia; bruja medieval, renace como ideal de la cultura en el Renacimiento, alienta a las primeras escritoras, se convierte en efigie política durante la Revolución… Cada época tiene su Safo, y la vemos morir y revivir donde menos lo esperamos, alternativamente heroína de novela, mujer fatal o icono LGTB.

Lo que tienen en común las distintas metamorfosis de Safo es que convierten a la poetisa en la primera figura feminista, la que todo el mundo debería conocer o reconocer. De esas vidas nuevas, este libro narra nueve. Pero sin duda habría muchas otras. Tal vez, quién sabe, una en cada uno de nosotros, pues la obra de Safo nos tiende un espejo mágico, en el cual vemos algo más lejos y algo mejor que por nosotros mismos: nos invita a considerar el feminismo ya no solo como un momento crucial de la historia contemporánea, sino también como una filosofía de la justicia y la equidad, compartida y accesible a todo el mundo, en la raíz del humanismo.

sábado, 5 de septiembre de 2026

DEMONOLOGÍA Y ARTE OSCURO El conocimiento oculto de los poderes infernales

 



INTRODUCCIÓN: 

DESVELAR LOS MISTERIOS INFERNALES La demonología en la historia, en el mito y en lo oculto La demonología, el estudio de los demonios y de su influencia en los acontecimientos humanos, tiene raíces profundas en la historia humana, en la mitología y en lo oculto. Desde las antiguas civilizaciones hasta las interpretaciones modernas, el concepto de entidades demoníacas se ha entrelazado en el tejido de varias culturas, reflejando la comprensión de la humanidad sobre el bien, el mal y lo sobrenatural. El atractivo de la demonología suele derivar de su asociación con el conocimiento prohibido, que fascina a las mentes de eruditos, practicantes y curiosos de los aspectos más oscuros de la existencia. **Perspectivas históricas sobre la demonología** Las primeras testimonios de creencias demoníacas pueden hacerse remontar a la antigua Mesopotamia, en particular entre los sumerios y los babilonios, donde se pensaba que los demonios encarnaban el caos y la mala suerte. Los textos de este periodo, como la 'Epopeya de Gilgamesh', representan varios espíritus que protegen o amenazan a la humanidad, estableciendo una comprensión dualista del cosmos. De la misma manera, las creencias del antiguo Egipto incluían un panteón de dioses y semidioses, algunos de los cuales llevaban rasgos asociados a entidades demoníacas. Los egipcios consideraban a estos seres como agentes del desorden, que podían ser aplacados mediante rituales y ofrendas. Con la evolución de las civilizaciones, también se han evolucionado los conceptos que rodean a los demonios. En las religiones abrahámicas, los demonios a menudo se representan como ángeles caídos, con Lucifer como jefe entre ellos. La transición del culto politeísta al monoteísmo vio un cambio en la forma en que estas entidades eran percibidas, ahora vistas como adversarias del orden y de la moral divina. La representación de los demonios en textos como la Biblia y el Corán destaca la lucha continua entre el bien y el mal, con los demonios que actúan como tentadores y destructores de la fe. **Bases mitológicas** En varias tradiciones mitológicas, los demonios se manifiestan como personificaciones de los miedos humanos, de los deseos y de los tabúes sociales. En religiones orientales, como el budismo y el hinduismo, los demonios (o "mara" en el budismo) representan obstáculos a la iluminación y al progreso espiritual. Estas narraciones a menudo sirven para lecciones morales, ilustrando la importancia del autocontrol y los peligros de sucumbir a las tentaciones. Las tradiciones paganas también presentaban un rico tapiz de demonios y espíritus, a menudo asociados con la naturaleza y la fertilidad, que reflejaban las complejidades de la existencia humana y del mundo natural. **Lo oculto y el encanto del conocimiento prohibido** Lo oculto, un término que comprende una serie de prácticas y creencias místicas, se entrelaza a menudo con la demonología. En la época medieval y renacentista, estudiosos y practicantes comenzaron a sistematizar el conocimiento de los demonios, llevando a la creación de grimorios, libros que contienen instrucciones para evocar y controlar estas entidades. El encanto del conocimiento prohibido es poderoso; promete poder, comprensión y una conexión con reinos invisibles. Sin embargo, esta búsqueda está llena de dilemas y riesgos éticos, ya que los límites entre conocimiento y condenación se confunden. El debate ético que rodea el estudio de la demonología plantea preguntas críticas: ¿debería estudiarse y practicarse o evitarse por completo? ¿tale conoscenza? Este discurso es esencial, ya que influye no solo en la experiencia del practicante individual, sino también en las percepciones sociales de lo oculto. El encanto de los demonios no es solo un reflejo de la curiosidad; A menudo refleja preguntas existenciales más profundas sobre la moralidad, la naturaleza del mal y la condición humana. En resumen, la demonología es un campo rico y complejo que abarca la historia, el mito y lo oculto. Ha evolucionado junto a la comprensión de lo sobrenatural por parte de la humanidad, sirviendo como lente a través de la cual explorar los aspectos más oscuros de la existencia. Mientras nos comprometemos con este conocimiento, es fundamental equilibrar la sed de comprensión con las implicaciones morales de profundizar en los misterios infernales que han fascinado a la humanidad durante milenios. El encanto del conocimiento prohibido El concepto de conocimiento prohibido ha fascinado a la humanidad a lo largo de la historia, entrelazándose en el tejido mismo de nuestras narrativas culturales, doctrinas religiosas e investigaciones filosóficas. En el contexto de la demonología y las artes oscuras, este encanto es particularmente poderoso, atrayendo a los individuos hacia los misterios de lo infernal y lo oculto. El deseo de comprender lo desconocido, de abrazar las verdades ocultas que se encuentran más allá del velo de la sabiduría convencional, a menudo guía a los individuos por senderos llenos de peligros y dilemas éticos. Dentro de ello, el encanto del conocimiento prohibido deriva de una profunda curiosidad humana, un deseo de explorar los límites de la existencia y de rasgar el velo de la realidad. Esta curiosidad ha sido un catalizador para avances significativos en diversos campos, desde la ciencia hasta la filosofía. Sin embargo, la búsqueda del conocimiento que la sociedad considera prohibido a menudo implica una serie de peligros. En el ámbito de la demonología, este conocimiento no se refiere solo a la comprensión de los demonios; Comprende la exploración del poder, del control y de la misma naturaleza del bien y del mal. El mito y la historia están llenos de relatos de individuos que han buscado conocimientos prohibidos, que a menudo han llevado a su caída. Refiérase a la figura bíblica de Adán y Eva, cuyo deseo de alcanzar la sabiduría a través del fruto prohibido condujo a su expulsión del paraíso. Esta narración arquetípica significa un tema más amplio: la búsqueda del conocimiento puede conducir a la iluminación, pero también puede llevar al sufrimiento y a la alienación. En la demonología, esta dualidad es particularmente pronunciada, ya que los practicantes recorren la línea entre la iluminación y la destrucción. El debate ético que rodea el estudio y la práctica de la demonología es una componente significativa de su encanto. Muchas personas se sienten atraídas por la idea de ejercer el poder, ya sea para obtener intuiciones, influencia o control sobre sus propias circunstancias. La promesa de aprovechar los poderes infernales a través de rituales y pactos con los demonios puede resultar atractiva, especialmente para quienes se sienten privados de derechos o impotentes en su vida. Este deseo puede manifestarse de varias maneras, desde deleitarse casualmente en prácticas ocultas hasta compromisos serios en las artes oscuras. Sin embargo, las posibles consecuencias de tales actividades son profundas y pueden llevar a altibajos psicológicos, ostracismo social o incluso desorden espiritual. Además, el concepto de conocimiento prohibido a menudo se romantiza en la literatura y la cultura popular, reforzando su atractivo. Los personajes que se adentran en las artes oscuras suelen ser retratados como héroes trágicos o villanos que poseen habilidades extraordinarias, pero sufren de las consecuencias de sus elecciones. Este marco narrativo ha creado un encanto con figuras como Fausto, que notoriedad intercambiaba su alma por el conocimiento y el poder, acentuando los riesgos intrínsecos asociados a tales investigaciones. La representación de los demonios tanto como adversarios temibles como como entidades incomprendidas añade capas a la narración, invitando a los individuos a explorar las complejidades de la moralidad, del poder y de la condición humana. La intersección entre curiosidad y peligro en la búsqueda de un conocimiento prohibido no es solo un aviso; Es una reflexión profunda de nuestro deseo de comprender lo desconocido. El estudio de la demonología representa una dimensión única de esta exploración, ofreciendo aportes sobre los aspectos más oscuros de la existencia humana y sobre la naturaleza del mal. Mientras la tentación de adentrarse en los misterios del inframundo es fuerte, es fundamental que los investigadores se acerquen a ese conocimiento con un sentido de responsabilidad y conciencia de las potenciales repercusiones. En definitiva, el encanto del conocimiento prohibido, particularmente en el rango de la demonología, invita a las personas a enfrentarse con sus miedos, deseos y límites morales. Sirve para recordar que el conocimiento es un arma de doble filo, capaz de iluminar al buscador, pero también capaz de llevarlo a su caída. Mientras las personas navegan en este terreno peligroso, las implicaciones éticas y las posibles consecuencias de sus investigaciones deben permanecer en primer plano en sus mentes, porque la búsqueda de la comprensión puede conducir a la iluminación con la misma facilidad con que puede conducir a la desesperación. El debate ético: estudiar, practicar o evitar? La exploración de la demonología, un intrincado tapiz tejido de historia, mito y ocultismo, provoca profundas consideraciones éticas. Cuando los individuos se adentran en los reinos esotéricos de los poderes infernales, se encuentran con un debate crucial: ¿debería estudiarse, practicarse o evitarse por completo involucrarse en estas artes oscuras? Esta investigación nos empuja a reflexionar sobre las implicaciones de nuestras elecciones, no solo para nosotros mismos sino también para la sociedad en general. Los defensores del estudio de la demonología sostienen que el conocimiento es poder. Al comprender los contextos históricos y culturales de los demonios, los individuos pueden desmitificar los miedos que los rodean. Este enfoque académico puede favorecer el pensamiento crítico, permitiendo a estudiantes y estudiosos analizar las narrativas y los símbolos que modelan la comprensión humana de lo sobrenatural. Además, el estudio de la demonología puede revelar ideas sobre la psicología humana, los miedos sociales y los dilemas morales, ofreciendo una lente a través de la cual examinar nuestras creencias y miedos. Además, los defensores sugieren que la comprensión de los mecanismos de la demonología —sus rituales, símbolos y el contexto histórico— puede servir como una medida protectora. El conocimiento de lo oculto puede permitir a los individuos navegar y contrarrestar los posibles peligros de las fuerzas malévolas. El estudio de la demonología, en este sentido, no es simplemente una investigación académica, sino un medio para cultivar la conciencia y el discernimiento en un mundo donde lo invisible a menudo guía el comportamiento humano. Por otro lado, algunas personas sienten la llamada a practicar las artes de la demonología, considerándolas como un camino hacia el empoderamiento personal y el crecimiento espiritual. Los practicantes a menudo creemos que la interacción con estas fuerzas pueda producir experiencias transformadoras, proporcionando intuiciones sobre uno mismo y sobre el universo. Los rituales y los pactos asociados a la demonología se ven no solo como simples actos de evocación, sino como oportunidades para la liberación personal y la exploración del subconsciente. Sin embargo, esta práctica está llena de implicaciones éticas. Interactuar con entidades demoníacas plantea preguntas sobre las intenciones detrás de tales acciones. ¿El objetivo es el beneficio personal, la venganza o una verdadera búsqueda de comprensión? Las motivaciones detrás de la práctica de la demonología pueden llevar a consecuencias no deseadas, entre ellas malestar psicológico o daños a uno mismo y a otros. En cuanto a ello, la responsabilidad ética del profesional es fundamental, y requiere una profunda reflexión sobre el impacto que sus acciones pueden tener en su vida y en la de quienes lo rodean. Al contrario, muchos sostienen la eliminación total de la demonología y de las artes oscuras. Esta perspectiva suele estar enraizada en creencias religiosas y morales que ven la búsqueda de tal conocimiento como un camino hacia la corrupción espiritual. El miedo a la influencia demoníaca, a la posesión o a las consecuencias de pactar con entidades infernales puede disuadir a las personas de explorar estos ámbitos. Las narrativas históricas que rodean los peligros de la brujería, de la hechicería y del compromiso demoníaco funcionan como relatos admonitorios que enfatizan el potencial de daño psicológico y físico. Además, las implicaciones éticas del “entusiasmarse” con la demonología se extienden a las preocupaciones sociales. La glorificación o la banalización de las artes oscuras en la cultura popular puede llevar a una desensibilización frente a problemas de salud muy reales. mental, de traumas y de las repercusiones de la interacción con las fuerzas oscuras. Aquellos que apoyan la evitación subrayan la importancia de mantener los límites y la responsabilidad ética de garantizar que su exploración no contribuya a dañar a la sociedad o a perpetuar estereotipos dañinos. El debate ético que rodea el estudio, la práctica o la evitación de la demonología es complejo y multifacético. Subraya la necesidad de una autorreflexión crítica y una comprensión matizada de las implicaciones del compromiso con lo desconocido. Ya sea que elijas estudiar, practicar o mantenerte alejado de estas artes oscuras, las consideraciones éticas son vitales para navegar el delicado equilibrio entre conocimiento y poder, exploración y responsabilidad. En definitiva, la investigación para entender los misterios infernales debe abordarse con precaución, respeto y compromiso con la integridad ética.

viernes, 4 de septiembre de 2026

La pasión suspendida Entrevistas con Leopoldina Pallotta delia Torre Traducción de César Aira Prólogo de Silvio Mattoni



PRÓLOGO

 Durante cierta época reciente, se tendió a pen sar que la vida de un escritor, sus datos, sus acon tecimientos, no eran tan relevantes para el cono cimiento de su obra. Sin embargo, el fetichismo hacia las figuras de los autores siguió funcionando como si las sentencias decimonónicas acerca de la unidad entre el estilo y la personalidad, la interde pendencia entre vida y obra aún resonaran en el espíritu del público, por llamarlo de alguna mane ra. Por otro lado, a lo largo de todo el siglo XX, las menores infidencias de la vida de un escritor pasaban de inmediato a formar parte del contorno de su obra, como un halo que le daba cierta pro fundidad vital y que permitía la identificación de los lectores. Que el material de la obra se obtenga, 9 Marguerite Duras pues, de un reservorio autobiográfico, o al menos de un imaginario personal ligado a lugares y a momentos vividos, no resulta novedoso en abso luto. No obstante, a partir de esa hipotética rela ción entre los materiales de una vida y su elabo ración formal en la literatura, se abre un abanico de posibilidades casi infinitas. Todo se transforma y se desfigura entre la vida y la obra. Ahora bien, ¿es posible trasponer, sin más, ciertos elementos, recuerdos y hechos de una vida a lo que se escri be? La respuesta negativa supone que todo com ponente de la vida, donde tampoco habría unida des de ningún tipo, se transfigura por necesidad, adquiere precisamente un significado, el aspecto de mía unidad en su forma de libro. Marguerite Duras nació en 1914 en una aldea cerca de Saigón, en la Indochina francesa, actual Vietnam. Este simple comienzo de su biografía no dejará de incidir en casi todo lo que luego habrá de escribir y de filmar. Hasta los 18 años, vive en ese territorio colonial de donde extraería el entor no de varias novelas y el escenario de algunas películas. También se ha especulado abundante mente acerca de la veracidad de ciertos episodios de iniciación sexual que le adosaron un atractivo adicional, confesional y transgresivo a su novela j 10 Prólogo más famosa. Pero la primera desfiguración está en el ingreso mismo a la literatura, cuando cambia su apellido, Donnadieu -donde sonaba aún el eco del adiós de su padre que murió cuando ella tenía 4 años y al que, por lo tanto, casi no conoció- por Duras, nombre de una casa de campo de la que había disfrutado en la campiña francesa. A los 28 años, entonces, luego de estudios abandonados en derecho, matemática y ciencias políticas, luego de empleos administrativos, después de casarse y tener un hijo, que muere enseguida, después de participar en la Resistencia contra los nazis, Mar- guerite Duras publica la primera de sus novelas. Recién con la tercera de ellas, Un dique contra el Pacífico, de 1950, obtiene cierta repercusión. Esa novela elabora recuerdos de su infancia y quizás por eso logra abrir de alguna manera la forma tra dicional, influida por la literatura inglesa del siglo XIX, que tenían las dos primeras. Hacia fines de la década de 1950, luego de algunas novelas notables, más breves, más fragmentarias, como Moderato cantabile (1958) y La tarde de M. Andesmas (1960), se vinculó su cambio de estilo con el surgimiento del llamado nouveau román -vinculación que en las entrevistas de este libro Duras se encarga de des mentir, dejando entrever incluso cierto desprecio 11 Marguerite Duras hacia los integrantes de ese movimiento, que juzga frío, intelectual, poco atractivo-. Pero será en la década de 1960 cuando apa recerán sus novelas más significativas y cuando su estilo se volverá reconocible: las frases breves, elípticas y lacónicas a la vez, la importancia de los espacios en blanco, los contenidos sentenciosos y las anécdotas reducidas a dos o tres sucesos que retornan permanentemente, con cierta estruc tura de motivo musical que se recupera siguien do variaciones en el desarrollo del libro. Incluso podría decirse que de libro a libro también se dan esos retornos musicales de escenarios, climas, alte raciones y repeticiones en el idioma y en los per sonajes. Dos de sus mejores novelas, El arrebato de Lol V. Stein (1964) y El vicecónsul (1966), ejempli fican esa marca Duras que se desarrolla extensa mente a partir de allí, no solo en el ámbito nove lesco, sino también en obras de teatro y sobre todo en el cine. Entre las películas que escribe y diri ge, por su riesgo y por su íntima relación con el universo de sus libros, habría que destacar India Song, cuyo guión reescrito será publicado como libro en 1973, inaugurando un género casi inven tado por Duras, pues el texto publicado al mismo tiempo reproduce los diálogos del filme y versiona 12 Prólogo lo que este había mostrado en imágenes median te un nuevo relato, poético, inimaginable. Desde esa perspectiva, desde el riesgo de hacer pelícu las cuyos textos no aclaraban y quizás ni siquiera acompañaban las imágenes, Duras realizará lar gometrajes y cortometrajes, cuyos derivados en forma de libros constituyen verdaderas piezas de poesía, como los reunidos en El navio Night (con cinco guiones breves) hacia 1979. La aguda entre vistadora itahana de este libro también interroga a Duras acerca de su relación con el cine: cómo llegó a dirigir y qué diferencias habría entre escri bir y filmar, lo que le permite a la autora definir la escritura, su insistencia, su peligro, su mayor importancia con respecto a cualquier actividad colectiva. En la década de 1980, aparece el libro que le dará fama mundial, El amante (1984), con el cual obtiene el prestigioso Premio Goncourt, y que luego tendrá una versión o variación en El aman te de la China del Norte (1991). En 1996, luego de publicar un libro cuyo título parece una despedida, Es todo (1995), muere de cáncer de garganta. Había escrito más de veinte novelas, una docena de obras de teatro, filmado más de quince películas. De casi todo ese mundo, que anima, que intensifica sus 13 Marguerite Duras libros, habla Marguerite Duras con Leopoldina Pallota delia Torre en las páginas que siguen. Cierta exhaustividad distingue a estas entrevistas italianas de otras que Duras concediera a lo largo de su vida, más atadas al azar de las asociaciones, a las reticencias y al capricho de la autora. En este caso, en cambio, las preguntas buscan la precisión, el detalle que signó algún momento de escritura, el hecho vital que enmarcó cada libro. Y además, se sigue un orden que va hilvanando vida y obra: hasta no agotar la infancia en el sudeste asiático, la entrevistadora no se introduce en la juventud de formación parisina, con su compromiso político. Y si bien los relatos de infancia se entremezclan necesariamente con los libros, pues han ofrecido su material primario, su origen y su impulso, de todos modos las preguntas guían las reflexiones de Duras para que la experiencia vital no se pierda entre los motivos novelescos, para que, de alguna mane ra, la fuerza del estilo se transforme en indicio de los momentos de intensidad que aparecen entre la memoria y el olvido de aquella niña francesa cria da en un ambiente extraño, quizás doloroso, quizás estimulante. No es el menor de los méritos de La pasión suspendida la cantidad de elementos nunca dichos, de infidencias sobre su vida y sus condicio 14 Prólogo nes de escritura que llegan a ver la luz con el correr de las preguntas. En los episodios de infancia, pero también en el alejamiento de la madurez, se destaca impetuosa mente la figura de la madre de Marguerite Duras, cuya locura económica y social, de viuda empobre cida en la colonia hostil, animará más de un rela to, más de una novela. Sin mencionar la sordidez de los malentendidos sexuales, ante los cuales no retrocede Pallota della Torre para intentar aclarar los grados de ficción, los grados de autobiografía que componen ciertas novelas. ¿Fue la autora ini ciada por un amante chino? Pareciera que sí: las anécdotas o las apreciaciones de estas entrevistas no dejan demasiadas dudas. ¿Se confunde esa his toria con los asuntos amorosos de su madre, pri mero casada y después viuda? De eso no se habla mucho, pero la insistencia en la fascinación de ciertos personajes por un amor impulsivo, ciego, que los excluye, que miran desencadenarse, podría ser una pista. Aunque cabe señalar que la veracidad no agregaría nada a la eficacia o la intensidad de los relatos escritos. En el segundo momento del recorrido, sobre los años parisinos a partir de los 18 años, Duras convierte la discusión política en personaje. Una 15 Marguerite Duras figura, entonces, casi decepcionante, como el fra caso de su primer matrimonio con el escritor Robert Antelme, como la brutalidad de la guerra, como el silencio sobre un hijo muerto de muy chico. Luego, la búsqueda de un recorrido para la escritura volverá al origen, pero no a la memoria, sino al impulso que lleva al acto insensato de escri bir. Allí, la vida impone sus grandes elipsis. Entre los 11 años de edad, en que se escriben poemas a la sombra agobiante y tórrida de la Cochinchi- na, y los 29, en que Duras lleva su primera nove la a Raymond Queneau, quien la reconoce como escritora casi a pesar del libro, pasó media vida. Sin embargo, Duras advertirá que no pudo entrar ella misma en sus libros, demasiado construidos, demasiado novelescos en un sentido tradicional, hasta Moderato cantabile. Los libros anteriores per tenecían a la sociabilidad, podían contarse, con versarse; los posteriores responderán al silencio, a la imposibilidad de decir un deseo que subyu ga y anonada. Como si escribir no fuera a partir de entonces componer, construir una obra, sino vaciar, ahuecar, blanquear el flujo de las palabras. Por algo hay dos libros de Duras, muy diferentes entre sí, que tienen títulos en infinitivo, como si aludieran a imperativos: “escribir” y “destruir”. 16 Prólogo La vida se ve puesta por eso en peligro, por que los interregnos de la escritura parecen estar a merced de vientos destructivos, de interiorida des en exposición. O bien se escribe en esa misma desolación. Duras aclara que sus mejores libros los escribió en períodos de soledad, pero también dice que la soledad la llevó a la bebida. No deja de ser conmovedora la declaración que reitera el carácter temporal de su abandono del alcohol. Después de rehabilitaciones, de un delirium tre- mens, con más de 70 años, Duras afirma que en cualquier momento puede empezar a tomar de nuevo. Porque solo el alcohol ocuparía para ella ese lugar vacío, el fantasma de un ausente, que no es nadie en particular. Sin embargo, antes de esos períodos solitarios, o en medio de ellos, las entre vistas se explayan acerca de encuentros, de charlas, en momentos de pausa, de referencias más apaci bles. Aparece Lacan, que tomó su novela El arre bato de Lol V. Stein para tratarla en su seminario, y que la acosa a preguntas sobre su personaje, sobre esa locura, en un café. Aparece Bataille, con quien no puede compartir mucho, pero de cuya manera de pensar la literatura se siente cercana. En primer lugar, una escritura sin planes, sin “procedimien tos narrativos”, sobre los cuales es interrogada, y 17 Marguerite Duras Duras contesta: “Todo parte del habla. EI senti do del lenguaje que empleo no me concierne en el momento”. Hay como un dictado al que se res ponde, pero no a la manera de una gracia, algo que viene dado, sino con la violencia de una necesidad. Ante la pregunta de por qué alguien empieza a escribir, Duras responde que por cualquier cosa: un padre o su ausencia, un Hbro o lo inescrutable de todos los libros, un maestro o la decepción de toda comunidad, una madre o lo impenetrable del propio origen. No importaría entonces la causa, no habría causas para escribir. La cuestión para Duras está en la necesidad, por no decir el vicio de escribir. Dice: “No creo haber conocido nunca a una persona sin que yo me haya hecho esta pre gunta: la gente, cuando no escribe, ¿qué hace? Tengo una secreta admiración por los que no lo hacen”. En cierto modo, no escribir podría parecer una aceptación de la vida en su inmediatez, pero solo escribir implicaría un heroísmo verdadero, puesto que, en el silencio de la vida que se repite y se disfruta o que se padece y se rompe, ¿cómo podrían diferenciarse la afirmación de la inmedia tez y la resignación ante lo dado? Escribir modifi ca la vida porque la vuelve a contar, pero la necesi dad de escribir se origina en que todo lo ya escrito 18 Prólogo no puede modificarse, y hay que empezar de nuevo. A cada paso, con cada libro, nuevas zonas del pasado se iluminan, y otras que parecían claras se llenan de sombras. Con cada comienzo del dic tado, de lo que habla en el acto de quien escribe, el presente se enciende y nuevas formas de vivir pueden darse alrededor de un ser a solas, inclinado sobre el papel, refugiado en su papel. Así, de la pri mera pasión que se cuenta de varias maneras, las novelas de Duras pueden pasar al amor imposible del presente por un joven homosexual con el que convive. Escribir sería encontrar la manera de ya no obedecer al imperio del deseo, sería escuchar el habla del amor con la frialdad que hace posible destruirla, desmenuzarla en páginas, entre blancos y frases. Como en otros reportajes, también aquí se le pregunta a Duras por su condición de mujer, sobre si la femineidad tiene alguna importancia para su obra. En un sentido general, ella sostiene que habría que despojarse de la diferencia sexual para escribir, e incluso para filmar, ya que las novelas o las películas se dividen en buenas y malas, no en femeninas y masculinas. Sin embargo, la insis tencia de la pasión de mujeres en los textos y una cierta inoperancia de los personajes masculinos les 19 Marguerite Duras sugieren a las dos mujeres que dialogan aquí inter pretaciones más refinadas. Hablan de lo sobre cargado de ideas de una literatura viril, de aque llo en que los hombres están presos, lo que tienen que hacer o lo que hacen, su obediencia infantil a la concepción de una obra, a lo constructivo. En esa prisión imaginaria, por ejemplo, Duras sitúa a escritores que admira, que le enseñaron a escri bir y a los que vuelve, como Proust, Stendhal, Melville o Rousseau. De modo que la masculini- dad no es un defecto literario, sino alguna forma de autolimitación que quizás pueda romperse y dar lugar a lo nuevo. Las varias alusiones a Bau- delaire como un modelo distante de lo que debe hacer la literatura indican que la búsqueda de lo nuevo o el intento de decir lo no dicho, lo nega do por la época, siguen siendo definiciones de la escritura para Duras. De allí que una escritora, por su mismo lugar de excepción, pueda haber tenido ocasiones para tales rupturas. En cierto modo, en la historia de la literatura occidental, una mujer puede inscribirse como el fondo de lo desconoci do en cuya oscuridad, en cuyo silencio ir a buscar lo nuevo. Los elementos sentimentales, el “amor” como tema casi excluyente, censurados por un pensamiento crítico racionalista, pueden llegar 20 Prólogo a ser lo nuevo en el corazón mismo de lo banal y hasta de lo cursi. Incluso el lector debería ser atrapado por ese impulso, la atracción y la repul sión, el enamoramiento y el olvido del libro, para lo cual la historia no se construye como totalidad, sino que se atraviesa, se vislumbra, queda como acribillada de espacios en blanco, de frases sin explicación ni demasiada contextualización. Si los personajes son voces, a veces entrecortadas, que hablan en el vacío, como las palabras de ciertas películas de Duras, que nadie pronuncia en la pan talla, que hacen su propia “película de voces”, tam bién la escritora debe hacerse una voz en medio de la nada, registro de una red por la que hubiese pasado una garra. Y a lo que así ha pasado Duras lo suele llamar “deseo”, un término que se explica en las entrevis tas de varias maneras, pero que en el fondo sería algo ajeno al lenguaje o, en todo caso, su límite. El deseo sería más un grito que un entramado de frases, apunta a lo que no se puede describir, pero que, sin embargo, sostiene, impulsa la escritura. Es un grito contra lo imposible de modificar; no debería terminar nunca, tiene un costado inevi table, necesario. En ese sentido, el deseo para Duras es la escritura. Mientras que otras formas de 21 Marguerite Duras contar historias, como el cine, se emparentan de nuevo con la sociabilidad, son maneras de ocupar el tiempo. Ella declara: “Con frecuencia hice pelí culas para escapar a ese trabajo temible, intermi nable, desdichado. Y sin embargo, siempre he teni do más ganas de escribir que de hacer cualquier otra cosa”. Y aunque se intente desgarrar la uni dad consumible de un filme, siempre es una obra colectiva, comunicable, dicha antes de ser leída. Mientras que el trabajo terrible de escribir, ese ais lamiento que saca el cuerpo del tiempo, obedece a una necesidad que no se entrega a un ente general, al público, sino que se dirige a aquello que en cada uno se aísla de la comunidad. Entre el silencio y el grito, las palabras que se escriben darían cuenta de lo incomunicable del deseo, que fue en primer lugar deseo de escribir. “El amor es lo único que cuenta de verdad”, afirma ella. No las historias de amor, sino el desencadenamiento que súbitamen te irrumpe en la banalidad reiterativa del lenguaje, arrebatos, sonidos en la noche, voces que se bus can ansiosas sin que haya cuerpos a la vista. Las entrevistas, ordenadas por épocas, por motivos, por géneros artísticos, llegan a su térmi no con algunas preguntas que anuncian, involun tariamente ominosas, también el final de la vida. 22 Prólogo Ante la pregunta inevitable sobre cómo evaluaría en retrospectiva su vida, Duras responde: “Sin la infancia, la adolescencia, la historia desesperada de mi familia, la guerra, la ocupación y los cam pos de concentración, mi vida, creo, no sería gran cosa”. En esta enumeración casual, podría decirse que algo comunica el silencio íntimo de los orí genes con el grito de horror, una cierta confusión que ha dictado las posturas políticas de la autora. Pero en los hechos, justo en el momento en que se afirma para siempre la vocación de escribir, en torno a los 30 años de edad, las rememoraciones del lugar natal chocaron con su participación en la Resistencia y luego con el descubrimiento de los campos, de donde volvería su primer marido, destrozado, como sobreviviente para contar otra historia. Entonces, el dolor del origen pudo con fundirse con el dolor del siglo, por lo cual tal vez Duras pareciera ser una escritora representativa. No obstante, dolor y deseo, como grito y silen cio, en sus obras son figuras imposibles de situar, no tienen historia ni lugar. Por eso ella puede ver soledades y pasiones, llamados y esperas, semejan tes a los que imagina en su noche de escritura, por ejemplo, en unas manos pintadas en la prehistoria, en cierto cortometraje sobre pinturas rupestres 23 Marguerite Duras que se titulo Las manos negativas, de 1979. Acerca de esta película, dijo: “Creo que todavía está todo allí, como lo estuvo siempre, desde siempre”. Tal vez por eso se puede escuchar la historia de otro, responder a su mutismo con palabras, imaginar la voz de los que no hablan. También Duras incor pora lo que escucha, porque una vida no alcanza para escribir el deseo. Y en algún momento hay que salir, sortear la fatalidad del origen y escribir sin tema, sin autobiografía. La última frase de estas entrevistas alude a ese principio de libertad, a la eficacia de una escritura que cobraría vida: “Es que si me quedara aquí correría el riesgo de sucumbir al caos y encerrarme en mi madriguera. Cuando escribo necesito sentir el aire, los ruidos, todo lo que vive, el mundo exterior”. Hay un personaje público en Duras, como en todo escritor y aun a pesar de su voluntad, que en este libro se despliega una vez más. Un personaje soberbio, desdeñoso, celoso de su unicidad. Pero en cierto modo, en la obediencia al impulso nece sario de escribir, la soberbia se torna igualmente necesaria y cabe preguntarse qué escritor no cree ser el único, e incluso el último. Pero también, más allá de la madriguera, de la cáscara o la coraza que pone un rostro en las pantallas públicas, está 24 Prólogo ese deseo de aire libre, el amor a todo lo que vive. Por eso, en ciertas voces imaginadas, tal vez escu chadas por Duras, en voces jóvenes, encerradas pero intensamente acuciadas por el deseo, surgen el brillo y el sonido más libres, a veces ocultos en la banda sonora de una breve película, no necesa riamente en las novelas más leídas. En esas voces a las que se atiende, cuyo silencio y cuya urgencia se cuidan, la poesía de Duras responde al llama do de su impulso más originario, aquello que la convierte en una escritora inigualable -soberbia y única en el mejor sentido-. Lo que la interpe la, entonces, la saca de las meras palabras para que anote en ellas ese arrebato, esos momentos que parecen justificar la existencia o al menos definirla. De estas voces que llaman a escribir, quisiera citar, para concluir, algunos fragmentos de tres monó logos del mismo título, Aurelia Steiner, dos de los cuales fueron voces en ojf en sendas películas. La primera Aurelia se pregunta: “¿Dónde estás? ¿Cómo alcanzarte? ¿Cómo hacer para que nos acerquemos juntos a este amor, anulemos la apa rente fragmentación de los tiempos que nos sepa ran uno del otro?”. Y al final del filme, sola, la voz sigue: “¿Cómo hacer para que hayamos vivido ese amor? ¿Cómo? ¿Cómo hacer para que ese amor 25 Marguerite Duras haya sido vivido?”. La segunda Aurelia describe su espera: “En el espejo de mi pieza, deshecha, velada por la sombra, está mi imagen. Miro hacia afue ra. Los veleros están inmóviles, adheridos al mar de hierro, aún están en el movimiento del curso en que los sorprendió esta mañana la desapari ción del viento”. La tercera Aurelia, la única que está en Francia, la única que no es pronunciada en una película, tiene que parar de escribir: “Es de noche. Ahora ya no veo las palabras trazadas. No veo nada más que mi mano inmóvil que ha dejado de escribirte. Pero tras el vidrio de la ventana el cielo todavía es azul. El azul de los ojos de Aurelia habría sido más sombrío, ya lo ves, sobre todo de noche, cuando hubiese perdido su color para vol verse oscuridad límpida y sin fondo”. Las tres tie nen 18 años y escriben. Una escritora anciana las imagina, las transcribe, como la continuación del deseo, de aquello que, más allá de la madriguera de los libros, sopla fuerte en cualquier lugar del mundo para alguien de pronto impulsado a modi ficar las palabras aprendidas. Silvio M attoni

jueves, 3 de septiembre de 2026

ILSE NOLTING-HAUFF VISIÓN, SATIRA Y AGUDEZA EN LOS "SUEÑOS” DE QUEVEDO VERSIÓN ESPAÑOLA DE ANA PÉREZ DE LINARES

 


SOBRE LA BASE TEXTUAL DEL TRABAJO * 

Los cuatro primeros Sueños surgieron entre los años 1606 (? )1 y 1612. Les habían precedido varios intentos litera rios menores, pero también la Vida del Buscón (1603?), la primera obra maestra de Quevedo. A pesar de ello se puede considerar aún a los Sueños como obras de juventud. Sólo el Sueño de la Muerte fue redactado posteriormente: Queve do lo escribió en 1621, durante la obligada inactividad tras la caída de su protector Osuna, al volver a dedicarse a su creación literaria tras varios años de actividad puramente política. * Estudié la base textual de la presente investigación durante dos estancias en España en los años 1961 y 1962. Me proporcionaron las condiciones materiales para ello la ayuda del C. S. I. C. y la Deutsche Forschungsgemeinschaft, a la que quisiera agradecer tam bién en este lugar la concesión de una beca de dos años. José Manuel Blecua me permitió amablemente examinar partes de la edición de las poesías de Quevedo preparada por él. 1 El Sueño del Juicio final es el único que no tiene fecha.

 A. Fer- nández-Guerra supone 1607 como fecha de su redacción (Obras de Quevedo, T. I, BAE 23, pág. 298); L. Astrana Marín supone 1606 en su edición de las obras en prosa de Quevedo (Obras completas en prosa, Madrid, 3.a ed., 1945, pág. 190). La fecha de los demás Sueños se desprende de las dedicatorias, fechadas por el mismo autor. Para el año 1610 se planeaba una edición, probablemente de los tres primeros Sueños, que había de llevar el título Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados o sea él (Sueño del) Juicio final2. El proyecto fracasó ante la censura nega tiva del Dominico Fray Antolín Montojo. Incluso después de haber emitido dos años más tarde su hermano de Orden Fray Antonio de Santo Domingo un juicio más favorable3, no se llevó a cabo la impresión. Hasta el año 1627 circula ron los Sueños sólo manuscritos. El número de las copias bien pudo llegar a los miles, sobre todo en el caso de los tres primeros Sueños, los que también nos han sido tras mitidos hasta hoy con mayor abundancia. Los manuscritos ofrecen casi todos numerosas lagunas 4 y difieren grandemen te en los detalles del texto, aunque ofrecen sin embargo a veces un texto más auténtico que las impresiones. Hasta ahora no se ha intentado una agrupación. Teniendo en cuen ta el gran número de manuscritos que circularon anterior mente, no parece tampoco ofrecer demasiadas posibilidades de éxito. 

En los años 1627 y 1628 aparecieron cuatro primeras im presiones de los Sueños, de las cuales surgieron en los años siguientes series de ediciones en parte independientes: en 2 Cfr., respecto a esto y lo siguiente, Astrana Marín, Prosa, pá ginas 183 sigs. y la edición de Las zahúrdas de Plutón {El sueño del Infierno) de A. Mas, Poitiers 1955, págs. 9 sigs. (Étude bibliographique). 

 El fundamental artículo de Juan Antonio Tamayo, El texto de los Sueños de Quevedo (Boletín de la Biblioteca de Menéndez y Pélayo, 21 [1945], págs. 456-493), ha pasado un poco a un segundo plano a causa de los detallados trabajos de Mas. 3 Ambas censuras están reproducidas en Astrana Marín, Prosa, págs. 183 a-184 a. 4 El manuscrito que relativamente menos lagunas muestra es el L 31 de la Academia de la Historia (Madrid), que contiene los tres primeros Sueños. 1627 una edición en Barcelona (Mas: B) y dos ediciones in dependientes entre sí en Zaragoza, una de Pedro Cabarte y otra de Pedro Verges (Mas: Zc y Zv), y en 1628 una edición en Valencia (Mas: V )5. Ninguna de estas impresiones se limitó totalmente a los Sueños propiamente dichos, sino que de modo regular se incluyen también otras sátiras tempra nas de Quevedo6.

 Las cuatro ediciones no fueron nunca expresamente reconocidas por Quevedo, y más tarde, ante la inminente intervención de la Inquisición, desautorizadas como ediciones ilegales. Seguro es que tres de las ediciones (B, Zc y V) se basan en una nueva redacción de los Sueños, que hasta entonces no había estado en circulación; segura mente los editores se habían procurado la nueva versión de un modo ilegal. Pese al escaso adelanto temporal se puede considerar a B como la primera edición. El texto es a menudo incorrec to, pero sin embargo parece haber servido a Zc y V funda mentalmente como modelo7. El título de B, Zc y V es el de 1610 y 1612, sólo acortado en el subtítulo; por el contra rio, Zv tiene un título propio, que con toda seguridad no proviene de Quevedo (Desvelos soñolientos y verdades soña das). En el texto adopta esta edición algunas innovaciones de B, pero por lo demás sigue su propio camino: sólo con tiene tres de los cinco Sueños, en un orden cambiado, y a menudo difiere considerablemente en el texto de las demás impresiones. 

Las diferencias más grandes se dan en El Sueño de la Muerte. Pronto se reconoció la importancia de las va e La existencia de una primera edición V de 1627 es combatida por Mas; cfr. Zahúrdas, pág. 15. 6 Las Cartas del caballero de la Tenaza de 1606 (?) en B, Zc y V, la seguramente apócrifa Casa de locos de amor en V y Zv y los romances El cabildo de los gatos... y Parióme adrede mi madre... en B y V. Cfr. los datos de Mas, págs. 16 sig. 7 Cfr. Mas, págs. 15 sigs. liantes de Zv: ya en 1628 y en 1629 se publicaron en Bar celona dos ediciones que reunían en sí las características principales de B y Zv (Mas: B8 y B9). Constaban de los cinco Sueños y, en correspondencia, llevaban título combinado: Sueños y discursos, o Desvelos soñolientos de verdades so ñadas (...), (B8) y Desvelos soñolientos y discursos de ver dades soñadas (...), (B9). En 1631 apareció, en Madrid mismo, una edición ex presamente autorizada, tras haber sido incluidas en el Indice las impresiones anteriores de los Sueños a instigación de los enemigos de Quevedo, hasta que por su verdadero autor9, reconocidas y corregidas, se vuelvan a imprimir9. La nueva edición (Mas: M) llevaba el título, de inocente apariencia, Juguetes de la niñez»y travesuras del ingenio y contenía junto a los Sueños otras seis sátiras en prosa también de regular tamaño, entre ellas el Discurso de todos los diablos (aquí llamado El entremetido, la dueña y el soplón) I0. Los incriminados Sueños, aunque ya no nombrados especialmen te en el título general, continuaron siendo lo principal; en el prefacio se habla casi exclusivamente de ellos11. 

Como texto básico sirvió la edición de Valencia de 1628 12, que fue sometida a una minuciosa refundición, que en parte defor maba el sentido. De acuerdo con la disposición de la Inqui 8 La condena no precisa si Quevedo es verdaderamente el autor. Tampoco nombra a los Sueños por su título.

 Sin embargo es claro que se debe referir a ellos —y quizá también al emparentado Discurso de todos los diablos—: Varias obras (se prohíben) que se intitulan y dicen ser suyas, impressas antes del año 1631 (...). 9 Mas, pág. 21. 10 Además El caballero de la Tenaza, el Libro de todas las cosas y las sátiras literarias Aguja de navegar cultos, La culta latiniparla y el Cuento de cuentos, surgidas todas después de 1625. 11 A los que han leido y leyeren, reproducido en Astrana Marín, Prosa, págs. 185 b-186 a, nota. 12 Cfr. Mas, pág. 23. sición, no se volvieron a reimprimir los Sueños y discursos después de 1631; por el contrario, se prosiguió incluso hasta 1679 la completada serie de los Desvelos soñolientos, que partía de B9 u. Después se impuso el texto de Madrid, que había sido incluido en 1648 en la edición completa en dos tomos de las obras completas de Quevedo. Aún Fernández- Guerra lo utilizó como base de su edición crítica de las obras de Quevedo14. En la historia del texto y de las ediciones de los Sueños deben por tanto distinguirse tres estadios principales: un estadio manuscrito, una primera versión impresa, represen tada sobre todo por B, y la reelaboración de esta nueva ver sión en la edición de Madrid. Quevedo participó en la crea ción de las dos nuevas versiones. Parece sin embargo que no revisó el texto totalmente en ninguno de los dos casos, sino que sólo redactó de nuevo pasajes aislados. Las innova ciones de la primera versión impresa se deben deducir de la comparación con la versión manuscrita, p. ej., lagunas co munes a todos los manuscritos. Entre ellas están sobre todo el título general, las poesías dedicatorias, el prólogo Al ilus tre y deseoso lector y la Carta a un amigo suyo, antepuesta al Infierno. 

En el texto se borraron o atenuaron numerosos pasajes polémicos, y sobre todo, anticlericales. Por otra parte se encuentran, especialmente en el Alguacil y en el Infierno, adiciones más largas, que provienen sin duda alguna del mismo Quevedo,5. Criterios estilísticos hablan a favor de 13 Cfr. los datos de Mas, pág. 24. 14 Cfr. más arriba, nota 1. El texto y las notas de esta edición fueron adoptados casi sin alteración en la edición de los Sueños de J. Cejador y Frauca (Clásicos Castellanos 31 y 34). is Los más importantes en el retrato del licenciado Calabrés (al principio del Alguacil, cfr. apéndice de crítica textual) y en el episodio de los herejes (Infierno).—En una relación semejante se encuentran las dos versiones del texto de la Vida del Buscón, la primera de las que estos cambios sean de fecha más antigua y no surgidos p. ej. en 1627. Posiblemente se sacaron —como el título general Sueños y discursos (...)— de los originales de la proyectada edición de 1610 16. A favor de esto está también el hecho de que los dos Sueños redactados después de 1610 —El mundo por de dentro y el Sueño de la Muerte— com parados con los manuscritos, aparecen menos transforma dos que las tres primeras piezas del ciclo. La versión impresa de los Desvelos soñolientos (Zv), en contraposición a B, representa aún en muchos aspectos —por ejemplo en la ordenación del texto aparentemente casual— el estadio manuscrito. 

En muchos casos nos trasmite un texto manuscrito mejor que el B; en cambio parecen faltar adiciones posteriores de Quevedo17. Por el contrario, en muchos pasajes se pueden reconocer correcciones de mano extraña. La refundición para la edición de Madrid estaba ya con cluida en 1629; su extensión se puede comprobar sin más al compararla con las primeras impresiones. Como se puede deducir de una Advertencia18 que precede a la edición, hizo Quevedo a su amigo Messía de Leyva llevar a cabo la parte más ingrata del trabajo —abreviaciones y cambios de nom cuales está representada por el manuscrito B, la segunda por dos manuscritos (C y S) y por la primera impresión de 1626, que también es una edición clandestina. Una edición autorizada del Buscón no apareció nunca. Cfr. la introducción a la recientemente publicada edición crítica del Buscón, de F. Lázaro Carreter, Salamanca 1965, especialmente págs. XLVII sigs. 16 La refundición del Buscón es fechada por Lázaro entre 1609 y 1614 (págs. LIV sig.). 17 El problema no es demasiado fácil de resolver. 

Mas habla, cierta mente en forma muy vaga, de una «troisiéme rédaction» de Quevedo (Zahúrdas, pág. 13). Habría de tratarse en este caso de una refundición que, al contrario de las anteriores, sólo afectaría al Infierno y al Sueño de la Muerte. Los indicios no son demasiado convincentes. i® Reproducida, entre otros, por Astrana Marín, Prosa, pág. 186 a/b, nota. bres por otros de apariencia más inocua («paganizado- nes»)—, y éste mostró poco acierto en la empresa. Algunas de las adiciones o sustituciones más largas fueron con toda seguridad redactadas por Quevedo mismo. Son tanto más interesantes, cuanto que muestran ya elementos estilísticos del período creador posterior —por ej. la metáfora caricatu resca—, que faltan aún en el texto primitivo de los Sueños. Estos rasgos se reconocen con especial claridad en el nuevo final de El mundo por de dentro, la adición más importante de la edición de Madrid19. En las páginas que siguen se han hecho las citas, en la medida de lo admisible, según la llamada Edición crítica de las obras de Quevedo de L. Astrana Marín20, edición des graciadamente muy poco cuidada y casi sin aparato crítico, que sigue en lo esencial a B, pero que, justamente en peque ñas variantes sin demasiada importancia para el sentido, echa mano de los manuscritos, a menudo más de lo necesa rio. Donde hubo que diferir de Astrana Marín, se nombran las siglas de los manuscritos o de las impresiones que se prefirieron. Algunas modificaciones de Astrana, que no se apoyan en ningún testimonio de la época de Quevedo, se hicieron desaparecer sin comentario. 

El Sueño del infierno se cita siempre según la edición sinóptica de Amédée Mas, y, mientras no se diga otra cosa, según la versión de B. La edición ciertamente tampoco es siempre exacta en algunos detalles; sin embargo es la única que proporciona una visión de la multiplicidad real de la transmisión 21. w Prosa, págs. 232a-233b. 20 Las Obras en prosa, como ya se ha dicho (nota 1), según la 3.a edición de 1945, las Obras en verso según la 1.a, de 1932. 21 Las citas del Buscón según la edición crítica de Lázaro Carreter, las de la lírica de Quevedo según la edición de J. M. Blecua, Obras completas, T. I, Poesía original, Barcelona 1963.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Título original: Il cacciatore di libri proibiti Fabio Delizzos, 2017 Traducción: Juan Carlos Postigo Ríos

 


El papa ha muerto, pero no sus secretos.

ROMA, AGOSTO DE 1559

Pablo IV, el pontífice que publicó el primer Índice de libros prohibidos, exhala su último suspiro. La Ciudad Eterna despierta en medio de una profanación y una brutalidad nunca antes vista mientras asombrosos sucesos sin precedentes tienen lugar en las soberbias calles romanas. Si bien parece que nadie toma consciencia de estos últimos acontecimientos, el cardenal camarlengo encarga a Raphael Dardo, un agente secreto del duque Cosme I de Médici, que dirija una investigación alrededor de estos hechos. Para recuperar su libertad y salvar su vida, Raphael tendrá que resolver el caso antes de que dé comienzo el cónclave que elegirá al nuevo pontífice. Con la ayuda de un brillante alquimista, dos hermosas y astutas cortesanas, e incluso el gran maestro Miguel Ángel, Raphael inicia una búsqueda que lo llevará tras la pista de un libro: el más antiguo, singular, misterioso y peligroso que jamás se haya escrito. Los pocos que saben de su existencia lo llaman Códice de los Milagros, y guardan sus secretos a toda costa…

domingo, 30 de agosto de 2026

¿EL BOOM LATINOAMERICANO, CANON PATRIARCAL? Dr. Enrico Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

 


El Boom latinoamericano fue un fenómeno literario de los años 60 y 70 que reunió a escritores como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes. Es cierto que, en su núcleo más reconocido, no hubo mujeres incluidas como figuras centrales. Esto no significa que no existieran escritoras de gran talento en la época, sino que el canon del Boom se construyó alrededor de un grupo reducido de hombres que lograron visibilidad internacional gracias a editoriales, redes de poder cultural y la crítica europea.

Razonamiento objetivo

  1. Definición restringida del Boom: El término se acuñó para un grupo específico de autores que lograron difusión mundial. Por esa definición histórica, las mujeres quedaron fuera.

  2. Condiciones editoriales: Las grandes editoriales españolas y mexicanas privilegiaron voces masculinas, lo que reforzó la exclusión.

  3. Existencia de escritoras contemporáneas: Autoras como Elena Garro, Rosario Castellanos o María Luisa Bombal escribían en paralelo, pero no fueron integradas al “circuito Boom”.

  4. Canon crítico masculino: La crítica literaria de la época estaba dominada por hombres, lo que influyó en la selección de quiénes eran considerados “representantes” del fenómeno.

  5. Construcción posterior del relato: El Boom se consolidó como mito cultural en retrospectiva, y en esa narrativa se mantuvo la ausencia femenina.

Sobre la lectura ideológica actual

Hoy se señala esa ausencia como un síntoma de sesgo histórico y patriarcal. No es que las mujeres no existieran, sino que fueron invisibilizadas. Cuando se dice que “el Boom nunca tuvo mujeres”, se está constatando un hecho histórico: el canon oficial fue masculino. La discusión contemporánea introduce un matiz ideológico: revisar el canon y preguntarse por qué esas escritoras no fueron reconocidas en su momento. Es un ejercicio crítico legítimo, pero distinto de la realidad histórica del Boom, que efectivamente se definió sin ellas.

En síntesis: objetivamente, el Boom no incluyó mujeres en su núcleo fundacional; la insistencia actual en señalarlo responde a una mirada ideológica que busca corregir esa exclusión y revalorizar voces femeninas que quedaron fuera del relato oficial.

sábado, 29 de agosto de 2026

Antonio Monegal LUIS BUÑUEL DE LA LITERATURA AL CINE Una poética del objeto




 INTRODUCCIÓN 

Las fronteras son terreno peligroso, especialmente cuando ambos bandos pueden cuestionar de qué lado está uno. La relación entre la literatura y el cine tiene una frontera borrosa y un alto riesgo de confusión al trazarla. Por ello mismo es un poco una aventura el explorar sus límites y los movimientos entre ambos lenguajes. La relación es un hecho innegable, está ahí desde el nacimiento del cine, primero con el teatro y luego con la novela. Se trata de un caso más de relación mterartísti- ca, afectado por similares problemas de asimilación teórica. Uno de los primeros teóricos del cine, Béla Balázs, argumenta que todas las artes practican la «adaptación», y pone como ejemplo a Shakespeare. Se refiere también al Laocoort de Les- sing, uno de los modelos clásicos de aproximación al tema. Pero podría haberse remitido a Aristóteles, cuya Poética em pieza hablando de la imitación, porque el arte siempre adapta, aunque sea de la realidad. Desde entonces la cuestión ha he cho correr mucha tinta, y ha dado lugar a innumerables metá foras. Quizás el lenguaje sea de por sí un instrumento metafó rico, pero no por ello llaman menos la atención los desplaza mientos léxicos que se producen en el discurso sobre las rela ciones interartísticas. El pensamiento se formula en el lengua je verbal, que nos sirve para representar la percepción y que proyecta su sistema sobre la percepción de los medios no lin güísticos. La metáfora puede ser, por lo tanto, tentación o ne cesidad. Para evitar en lo posible la tentación excesiva, y ceñirse a los márgenes del desajuste inevitable entre el objeto de análisis y el instrumento, me parece recomendable evitar el exceso de abstracción. El lenguaje verbal es un sistema de repre sentación simbólico, el cinematográfico es analógico, por lo que la capacidad de abstracción del primero es mayor. Si uno tiende a universalizar y el otro a particularizar, y empleamos aquél como lenguaje-instrumento, ta) vez logremos que se en cuentren en im terreno más o menos neutral si nos limitamos al análisis de ejemplos concretos. El objetivo último de un estudio de este tipo es aportar algún dato sobre el funcionamiento comparado de los lengua jes. Es, en más de un sentido, un objetivo teórico. Para que la teoría no se me fuera de las manos, y pasara a serlo en el sentido peyorativo del término, me he propuesto un objetivo modesto, cerrado en cuanto al material de estudio y en cuanto al alcance de sus conclusiones. Pretender que cuanto uno dice soporte intacto el embate del tiempo no sólo es una inmodes tia, es un engaño. Aunque se rastreen todos los modelos de relación entre el cine y la literatura a lo largo de la historia pasad i, que no ha cumplido un siglo desde la primera proyec ción de los Lumiére en 1895, podemos contar con que la evo lución de ambos medios pondrá en cuestión la teoría actual, como ha ocurrido con las de Balázs, Lindsay, Amheim, Ei- senstein y Bazin. En consecuencia he optado por un análisis anclado en un caso histórico, el de Luis Buñuel, con una pro puesta restringida a los resultados deducidos de dicho análisis y que concierne estrictamente a este caso. Las implicaciones teóricas que se extraen no son necesariamente aplicables a otros posibles modelos. Hace ya tiempo que no es necesario demostrar que el cine es un medio de expresión artística digno de estudio. Cuestión distinta es que ese estudio se lleve a cabo desde afuera, desde un punto de vista y unos criterios metodológicos que no son los propios de la teoría ni la crítica cinematográfica. Al hablar de una poética estoy asumiendo unos lazos con la literatura: la influencia de una tradición y unos procedimientos de escritu ra, que atribuyo a un cineasta, y de una tradición y unos pro cedimientos de lectura que afectan al lector-espectador. Este canz literario pudiera ser considerado como una apropiación indebida de materiales o una intromisión. Aunque he intenta do conciliar aportaciones teóricas de diversa procedencia y dar al César lo que es del César, el entrometerse y el propasarse son en este caso riesgos del oficio. Lo que postulo son conexio nes que se observan al enfocar el análisis desde un punto de vista determinado, y una de las premisas de este estudio es que el punto de vista es una condición ineludible de la lectura. Si no se reconoce el requisito de una visión subjetiva, la obra de Buñuel me parece inaccesible, porque está edificada sobre este reconocimiento. Es este rasgo, más que ningún otro, lo que la acerca a la poesía. Al anteponer en el título la literatura al cine indico un orden cronólogico en el objeto de estudio y asumo la responsabilidad de una perspectiva, que puede ser tan tendenciosa como lo es la del propio Buñuel. Al emprender un estudio de las relaciones entre la literatu ra y el cine en la obra de Buñuel conviene tener en cuenta que dicha obra participa de ambos medios de expresión. Existe una obra escrita que precede y anticipa a la obra cinematográ fica, siendo sin duda la primera la menos estudiada de las dos. Desde la edición de Agustín Sánchez Vidal, realizada en cola boración con el propio Buñuel, contamos con documentación suficiente sobre este material, que se ^aliaba disperso en diver sas publicaciones.1 La producción literaria de Buñuel abarca desde 1922 hasta solaparse, entre 1928 y 1933, con el inicio de su carrera cinematográfica. Es un conjunto de reducida exten sión y calidad variable. El valor intrínseco de algunos de los textos puede ser discutible; tal vez no merecieran nuestra aten ción, más allá de la mera arqueología, de no haber alcanzado su autor relevancia en otro terreno.2 Pero ello no es óbice para 1. Excepto cuando se indica lo contrario, todas las referencias a textos de Bu ñuel, y los números de página, remiten a la edición de Sánchez Vidal (LB, Obra literaria). Hay una antología anterior de algunos de los textos en Aranda, LB 327-391. 2. No es mi intención negar afirmaciones como ésta de Sánchez Vidal: «El peor enemigo del Buñuel escritor es, sin duda, el Buñuel cineasta, cuya enorme enverga dura [...] ha sepultado en el olvido una trayectoria literaria llena de interés» (Obra que resulte un complemento inestimable en la apreciación glo bal de la trayectoria de Buñuel y un instrumento imprescindi ble en el tipo de análisis que nos ocupa. El objetivo de la pri mera parte de este estudio es precisamente descubrir cómo se manifiestan en su obra literaria irnos criterios estéticos que definen la formulación de su poética y la identificación de su estilo. Es evidente por el título de dicha primera parte que la poé tica a la que me refiero es la que rige la obra cinematográfica de Buñuel. No tendría sentido buscar en su etapa juvenil los orígenes de una poética aplicable a la literatura cuando su quehacer literario se agota en esa misma etapa. Por ello pare ce necesario justificar la búsqueda entre esa temprana produc ción literaria de criterios que sean funcionales en una obra que se desenvuelve en un medio completamente distinto. En principio nada permite garantizar que la dedicación inicial a un arte tenga que afectar los resultados del ejercicio de otro diferente. Hasta qué punto el cine y la literatura son territorios independientes, con fronteras claramente delimitadas, es una de las cuestiones que se planteará a lo largo de este estudio. Pero lo cierto es que el cine de Buñuel es difícil de abordar desde una perspectiva restringida a lo cinematográfico. Sobre todo si de lo que se trata es de encontrar antecedentes, su cine no se presta a ser insertado en ninguna de las corrientes estéti cas de las que fue contemporáneo a lo largo de su dilatada actividad. Lo mismo se puede afirmar quizá de muchos gran des creadores, pero no deja de ser curioso que en un momento crucial de la historia del cine, a caballo entre el fin del cine mudo y el nacimiento del sonoro, en el que tiene lugar un tenso debate teórico entre las distintas vanguardias, la rusa, la francesa, y el expresionismo alemán, mientras que el cine americano ha cimentado las convenciones de su lenguaje, apa rezca Un chien andalou como un producto anómalo, al mar 13). Se trata más bien de señalar las limitaciones de cualquier reevaluación que parta de un interrogante sin salida: ¿cuál sería nuestro juicio sobre el Buñuel escritor de no haber existido el cineasta? Nuestra lectura de esos textos está condicionada por el previo conocimiento de la obra cinematográfica y cualquier juicio crítico ha de si tuarse en el contexto de ese prejuicio. gen del debate y transgrediendo todas las convenciones.3 Un CHEEN ANDALOU es, más que una colección de imágenes subver sivas, un ejercicio de «deconstrucción» del lenguaje cinemato gráfico, la propuesta de una forma revolucionaria de visión, condensada en la metáfora del ojo y la navaja. Demuestra con ciencia de las reglas del medio y voluntad de transgredirlas, mostrando los intersticios del lenguaje. Por ellos se cuela un discurso que se genera desde una tradición que no se reduce a la historia del cine, porque los antecedentes de la estética de Buñuel son también literarios. La proverbial austeridad de su estilo, su rechazo de. todo preciosismo técnico, obstaculizan su clasificación en función de categorías que se ciñan a las aportaciones innovadoras en materia de composición del plano, de movimientos de cámara, o de efectos de montaje. Ello no implica que las consideracio nes formales estén fuera de lugar al analizar su obra: hay in evitablemente una forma, y una conciencia de la forma. Se trata de la utilización artística de un determinado lenguaje, y es el análisis de esta dimensión de la obra lo que motiva el presente estudio. Pero la poética que vertebra la obra de Bu ñuel no se agota en el ámbito del lenguaje cinematográfico, no es cuestión de «cine puro», sino del más impuro de los cines, contaminado de literatura. Buñuel es ante todo un poeta. No sólo antes de ser otra cosa, porque su vocación frustrada fuera la de escritor,4 sino por haber aplicado a su obra cinematográfica una concepción estética que desarrolló en el ejercicio de la literatura. Supo asi aportar a un medio generalmente catalogado como prosaico una dimensión que difumina sus límites y lo vincula a la poe 3. Salta a la vista la distancia que separa el cine de Buñuel, desde Un chien andalou a Las H urdes, por fijamos sólo en la época de su contacto con la vanguardia francesa, del de los creadores con los que se relacionó en París y con los que se le podría suponer mayor afinidad. Poco tiene que ver con La coquille et le clergyman (1928), de Germaine Dulac sobre guión de Artaud, ni con L'étoilede mer (1929), de Man Ray. Aún mayor es el abismo respecto a Cocteau, a pesar de que fue quien le presentó al vizconde de Noailles, mecenas simultáneo de L'Age d'or y Le sang d'un poéte. Más adelante me ocuparé de su relación con Epstein. 4 «Porque hoy —nos aclara desde la perspectiva ae 1980— yo puedo tener algu na importancia como cineasta, pero hubiera dado todo gustoso a cambio de poder ser escritor» (Sánchez Vidal, Obra 18). sía.5 Es a partir de este reconocimiento como podemos ras trear en una lectura atenta de su obra escrita los orígenes de una poética que se extiende a su cine. Al lado de los textos estrictamente literarios de Buñuel exis ten otros dos grupos de textos directamente emparentados con el cine. Por un lado están sus escritos críticos y teóricos sobre cine, que, con una sola excepción, pertenecen a esa misma etapa y de los que me ocuparé en su momento. Por el otro están los guiones de sus películas, y de algunas que nunca llegó a realizar.6 Es obvio que los guiones realizados son con temporáneos de la obra cinematográfica y que por lo tanto no cabe incluirlos en una sección que se centra en la etapa ante rior. Pero la razón fundamental para prescindir por completo de su estudio al referirme a la relación entre cine y literatura es que, independientemente de si está publicado o no, el guión no es un texto literario sino un elemento más de la producción cinematográfica. No es un medio de expresión artística, sino un inter-medio, y ese carácter híbrido se hace aun más patente en los casos en los que el guión no llega a convertirse en pelí cula, en los que queda ese texto como la sombra de una posi bilidad.7 No se puede hablar de película en tanto ésta no existe sobre la pantalla, ya que ni siquiera el soporte material sobre el que se ha filmado constituye el lugar de su lectura.8 El 5. «Tanto si hace, por medio de este lenguaje, obra "en verso" (Un chien andalou) u obra "en prosa" (Viridiana), sus films, en su concepción visual y en la visión poética del cineasta, asumen siempre respecto a la prosa cinematográfica la distancia que conserva la poesía respecto a la prosa» (Fouque-Grugnardi 23). Según Octavio Paz: «Un chien andalou y L'áge d'or marcan la primera invasión agresivamente deliberada de la poesía en el arte del cine. La unión de la imagen cinematográfica y la imagen poética pudiera parecer escandalosa, e incluso subversiva. En efecto, lo era» («The Tradition of a Fierce and Passionate Art» 186). 6. De los que queda evidencia documental son: «La Duquesa de Alba y Goya», revisión de 1937 para la Paramount de un proyecto de 1927; «Alucinaciones en tomo a una mano muerta», de 1944; «Ilegible, hijo de flauta», versión de 1947 de su cola boración con Juan Larrea (los tres recogidos en Obra 187-235); y El monje, publicado en francés en 1971, en colaboración con Jean-Claude Carriére, que es una adaptación de la novela de M.G. Lewis, The Monk. Ado Kyrou realizó la película en 1976. /. i .orno ejemplos .nteresantes de guiones no realizados, a los ya mencionados de Buñuel cabe añadir dos que están conectados con él tanto por sus autores como por su contenido: Babaouo, de Salvador Dalí, y Viaje a la luna, de Federico García Lorca. 8. Las frecuentes divergencias entre la película y el guión publicado, sobre todo cuando se trata del guión de rodaje, ilustran esta diferencia entre el instrumento y el guión es más que nunca un intermediario cuando se trata de una adaptación, en la que el guión aparece como puente que posibilita la trasposición de un medio a otro y que de alguna manera participa de ambos. Aun así su presencia no tiene ra zón de ser más que en relación al producto final, la película, puesto que es un puente unidireccional. Por si estos motivos no fueran suficientes para su exclusión de este estudio, la mayor parte de los guiones de Buñuel son fruto de una labor colectiva, en la que la redacción propia mente dicha —es decir, la selección de la palabra, la cual afec ta la lectura de un texto según criterios literarios— dependía de su co-guionista, o co-guionistas, por lo que resulta difícil, si no imposible, rastrear la huella de un autor.9 El análisis de los guiones requeriría, pues, distinto planteamiento metodológico, y escapa a los objetivos de este estudio. Una película es el resultado no sólo de la intervención de muchas personas, sino de condicionantes materiales de diver sa índole. A diferencia del texto escrito, la película no puede darse de otro modo, y por ello este dato forma parte de los criterios habituales de lectura. Se da crédito a las varias con tribuciones y se nombra un responsable último. La validez de esta convención es discutible, no tiene el mismo peso en todo tipo de películas, y bajo la atribución de autoría se oculta un problema teórico complejo. El nombre del director es el de un hipotético emisor del discurso, pero es dudoso que se pueda decir de todas las películas que son un discurso. He obviado este problema, no tanto porque en general sea partidaiio de la perspectiva autorial, como porque en el caso de Buñuel la pelí cula sí se constituye como discurso. Si nos limitamos a buscar en este discurso los rastros de una poética que podemos iden producto final. Muchos errores de la crítica cinematográfica son efecto del uso del guión como referencia. Para este estudio me baso en mis propias transcripciones de las películas, aunque a veces las haya cotejado con el guión publicado. 9. El caso de «Ilegible, hijo de flauta», uno de los textos más interesantes y mere cedor de un estudio pormenorizado, presenta especiales dificultades por lo acciden tado de su génesis. No sólo se basa en una reconstrucción de Larrea de un original yuyo de hacia 1927, que había dejado inacabado y se perdió durante la guerra, sino que a la versión de 1947, en la que Buñuel colaboró con Larrea, hay que añadir otra de 1957 en ia que Larrea introdujo nuevas correcciones (ver anotación de Sánchez Vidal, Obra 286-291). tífícar con un autor, porque la practica desde antes de dedicar se al cine, creo que contamos con garantías suficientes para atribuírsela cuando la observamos en sus películas. Al tratar de las relaciones entre cine y literatura se puede añadir al escritor y al cineasta un Buñuel lector. Sería difícil intentar elaborar un catálogo de lecturas e influencias litera rias sin más base documental que algunos escasos testimo nios, pero mi interés se limita a los indicios presentes en su obra, a la manifestación artística de esas relaciones entre am bos medios. Es perfectamente factible, sin aventuramos en su posiciones impertinentes o infundadas, delimitar dos vertien tes en las que explorar la relevancia de esa hipotética figura que llamamos el Buñuel lector en la obra del escritor y el ci neasta —lo que no puede sino conducimos a superar esta es quizofrénica división. En el terreno de la literatura podemos establecer las conexiones entre la obra de Buñuel y la de otros escritores de su tiempo, y de ello me ocuparé en esta primera parte. En la segunda vertiente, la cinematográfica, veremos en las secciones siguientes cómo la adaptación de obras literarias se revela como un ejercicio de lectura y, simultáneamente, de transgresión. Conviene reiterar que la figura del Buñuel lector es una hipótesis que ni siquiera me voy a ocupar en demostrar. Esta parte del libro no pretende ser el tipo de estudio de influencias que desvela las obras claves en la formación de un artista; ni siquiera sostengo que todos los textos que voy a traer a cola ción en conexión con la obra literaria de Buñuel hayan sido leídos por él. Algunos es seguro que los conocía, directamente o por referencias, a otros es dudoso que tuviera acceso, otros son sencillamente posteriores a sus escritos. Sí es adecuado hablar de influencia en el sentido global de la que ejercieron los autores de esos textos en la atmósfera intelectual en la que se formó Buñuel. Mi propósito es llevar a cabo una lectura paralela, en la que los textos de juventud de Buñuel son ilumi nados por los de otros artistas que tuvieron un papel clave en su vida, en un intento de esbozar el modelo estético que mar caría su posterior desarrollo. Para amoldarla a los objetivos de mi análisis, he dividido la obra escrita de Buñuel en cuatro apartados, tres de ellos agru pando su producción literaria según un criterio cronológico, y un cuarto que se ocupa de sus textos teóricos sobre cine. En primer lugar me ocuparé de textos que abarcan desde 1922 hasta aproximadamente 1925, año de su primer viaje a París, para establecer paralelos con la obra de Ramón Gómez de la Sema. En el segundo capítulo sitúo parte del libro de poemas Un perro andaluz, que pudo empezar a escribirse en 1927 y cuya publicación fragmentaria se extiende hasta 1929, como representativo de su período pre-surrealista, a cuyo comenta rio añadiré el de una serie de textos de Salvador Dalí.10 Reser vo algunos de los poemas de Un perro andaluz para, junto con el texto «Una jirafa», publicado en 1933, ponerlos en relación con la obra de los surrealistas franceses, en particular la de Benjamin Péret, a propósito de la integración de Buñuel en el movimiento. Dada su evidente autonomía, reúno aparte, para compararlos con la obra teórica de Jean Epstein, algunos de sus escritos sobre cine, a pesar de que cronológicamente se solapan con los de los otros capítulos y que la conferencia «El cine, instrumento de poesía» fue dada en la Universidad de México en 1953 y publicada en 1958. La conexión de Buñuel con estos artistas ha sido señalada con anterioridad, pero el manejo de textos específicos, sobre todo algunos poco divulga dos de Péret y Epstein, es quizá la contribución más nueva de esta parte de mi estudio. La segunda parte está dedicada a rastrear en la obra cine matográfica de Buñuel la presencia de procedimientos análo gos a los observados en sus escritos y a analizar su funciona miento en el lenguaje cinematográfico. Para delimitar el mate rial de estudio he seleccionado exclusivamente películas de las que llamamos adaptaciones. Esto no significa que la poética a 10. Es patente la ausencia de Federico-García Lorca de esta selección de persona jes. Si bien la amistad entre Buñuel y Lorca y las posteriores divergencias fueron decisivas en la vida de ambos, no se puede afirmar lo mismo de la obra literaria de uno respecto a la del otro. Su intercambio de ideas carece del alcance que tuvo el de cada uno de ellos con Dalí, quien se revela como el vértice de ese triángulo que ha explorado Sánchez Vidal (Buñuel, Lorca, Dalí: el enigma sin fin). Buñuel reconoce que debe a Lorca el descubrimiento de la poesía (Mi último suspiro 65 y Aub 99), pero la opinión que expresa sobre su obra es poco favorable: «Su vida y su personali dad superaban con mucho a su obra, que me parece a menudo retórica y amanera da» (Suspiro 101). la que me refiero esté restringida a este tipo de películas. Por el contrario, los mismos recursos están presentes en práctica mente todas sus películas. La selección depende de una opción metodológica: al contar con el texto literario original es posible aislar las desviaciones respecto a un modelo y comparar direc tamente el funcionamiento de los lenguajes. Ello reduce la cantidad de ejemplos y simplifica la labor de tener que desarti cular películas construidas íntegramente desde los plantea mientos poéticos originales de Buñuel. jVI centrarse el libro en el estudio de los lazos entre cine y literatura, el criterio de selección se daba casi por sentado, ya que la adaptación pre supone una relación de origen con la literatura y, además, Buñuel la practicó con asiduidad. Dieciocho de las 32 pelícu las que realizó están basadas en obras literarias, la mayoría novelas.11 Aunque representa cierto indicio de interés, no hay que exagerar la importancia de este dato. La frecuencia no tiene gran cosa de excepcional si se tiene en cuenta los condicionan tes industriales del medio y las precarias circunstancias en que trabajó Buñuel durante gran parte de su carrera. El recurso a la adaptación es estadísticamente muy alto y los motivos co merciales que lo explican colaboran a la mala reputación de esta práctica entre ciertos «puristas» del cine En una indus tria que ha convertido en hábito el comprar los derechos de novelas de éxito o de sólida reputación para pasarlas al cine, el número de directores que acuden a la adaptación como un simple secuestro de argumento supera en mucho a los que se plantean la relación con la literatura como un problema com plejo. En cualquier caso el rechazo a la adaptación en base a principios de estética cinematográfica no consigue acabar con su existencia. Sirve para dar pie al interminable debate sobre 11. Ver la filmografia de adaptaciones al final de este estudio. Se habrá notado, y este es el momento de explicado, que, en contra de la convención establecida, repro duzco los títulos de pe'íeulas en mayúsculas en vez de subrayar. Las únicas excep ciones son aquellas en que el título de la película forma paite de una cita o rete rancia, en cuyo caso mantengo el uso original, y los títulos de los guiones publica dos. El motivo de las mayúsculas es evitar la confusión entre el título del texto origi nal y el de la adaptación, y para ser consistente hago la grafía extensiva a las demás películas. los límites de los lenguajes y sobre la manida cuestión de la fidelidad, que es lo que en este estudio se intenta no tanto evadir como plantear en otros términos. Las teorías sobre cuál es el modo de ser más fiel, si cambiando poco o cambiando mucho para que se diga lo mismo de otra manera, o hasta qué punto se puede decir lo mismo si se dice de otra manera, per tenecen al ámbito de la preceptiva más que al del anáfisis. Este no nos permite sino observar qué se dice y cómo se dice, y compararlo con el qué y el cómo del texto previo. Mi hipótesis de partida es que la adaptación es de por sí una operación transgresora, desde el momento en que se eje cuta un desplazamiento entre lenguajes y se somete el texto literario a un código distinto. Examino este movimiento de traslado en la primera sección de la segunda parte,, procuran do definir las condiciones de posibilidad de la relación, para proveer una transición que siente las bases para la segunda, que atiende a la función específica del objeto en la poética cinematográfica de Buñuel. Las muestras analizadas, que com paro con la fuente literaria, pertenecen a nueve de las 18 adap taciones: Robinson Crusoe (1952), Él (1952), Abismos de pa sión (1953), La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (1955), Nazarín (1958), Le Journal d’une femme de chambre (1964), Belle de jour (1966), Tristana (1970) y Cet obscur OBJET DU DÉSIR (1977). Están elegidas para representar una amplia gama, cronológica, de tipo de novela, de recursos ex presivos. Otra razón es que son las películas que contienen la mayor concentración de ejemplos susceptibles de análisis. También influye, por supuesto, la preferencia personal, es de cir un juicio estético sobre el valor de las películas. No sobre el de las novelas, pues las hay de escaso interés literario. Alguien me dio hace tiempo un buen consejo: para demostrar una vez más que la trasposición al cine no hace sino empobrecer la novela y producir una obra inferior no vale la pena emprender el trabajo. Por ello he escogido a Buñuel, quien ha aportado a la historia del cine una concepción original de los vínculos de éste con la literatura y un conjunto de películas con un valor artístico propio. Este libro, que es una «adaptación» de mi tesis de doctora do en Harvard University, debiera llevar títulos de crédito, como una película, para reconocer el apoyo y colaboración de profesores, colegas y amigos: Claudio Guillén, Christopher Maurer, Agustín Sánchez Vidal, Mario Hernández, Enríe Bou, Andrés Soria Olmedo, Jenaro Talens, Sergio Beser, Linda Pod- heiser, Richard Peña y Carlos Fuentes. Con cada uno de ellos tengo una deuda de gratitud. Debo a una Whiting Fellowship in the Humanities el haber podido dedicar un año a la redacción de la tesis. La investiga ción del material cinematográfico ha sido posible gracias a una beca del Program for Cultural Cooperation Between Spain’s Ministry of Culture and United States’ Universities y a la colabo ración de la Filmoteca Española. La publicación de este Übro ha recibido una ayuda del Hull Memorial Publication Fund de Coméll University.

viernes, 28 de agosto de 2026

Novela negra y cine noir I Una introducción para zombis Carlos Reyes Velasco

 



Introducción. 

Introducción La llamada “noir manía”, que satura las no vedades literarias y las pantallas (cine, te levisión), la misma que llena nuestro ocio, no es una moda: es una obsesión, pues ha llegado al punto de nutrir no sólo a la novela negra, sino también al cine negro. Pero dejemos de lado si lo negro-criminal es un género, un subgénero, una tendencia u otra forma de ca talogarlo. Sus contenidos tratan del crimen, punto; de sus perpetradores, víctimas, maqui naciones y consecuencias; de entretenernos con pistas, investigaciones imposibles; de la banalidad del mal, incluso de nosotros: per sonas con deseos y pasiones que nos llevan al pecado, a la redención o al infierno creados por nosotros mismos en nuestros sueños cotidianos. A medida que las sociedades incre mentan su nivel de violencia –a la par de su modernización y desarrollo económico–, las audiencias demandan productos culturales afines a la realidad que los rodea, ya sea para es capar de ella o, al contrario, poder identificarse. Queremos ser santos, pero nos fascina lo prohi bido, el lado oscuro de nuestra propia sombra. Si te gusta Sherlock Holmes, Lisbeth Salander, Kay Scarpetta, Fantômas, Auguste Dupin, don Corleone, Hannibal Lecter, Sunny Pascal o Filiberto García; si encuentras tipos de cuidado, hampones, chicas peligrosas y tra mas donde nada sale como se espera, este libro es para ti: detective de sillón o criminal de pc, seguidor de pistas falsas o lector de la sección policiaca. Nos fascina la noche, lo prohibido, los rostros tras las máscaras de complacencia y las personas que habitan detrás de las pare des, quienes esconden sus deseos de poder y ambiciones más inconfesables. Este texto no intenta ser totalizador del tema en cuestión, sino un libro de mano para el viajero que gusta de las sendas retorcidas de las que disponemos todos los días en la nota roja, las cuales escuchamos en los chismes de 13 Novela negra y cine noir pasillos y en los contenidos difundidos por medios electrónicos y redes sociales. En el siglo xxi lo único que nos mantiene cuerdos es nuestra razón frente a lo inasible de la ba nalidad del mal, sin duda un aspecto que nos recuerda el hecho de que seguimos siendo animales rapaces, dispuestos a devorar al otro para sobrevivir. Sin algo de luz, sólo quedan las sombras sin forma. Te invito, entonces, a seguir los sende ros tenebrosos del género criminal, donde el rojo más profundo se hace negro, como café carga do, para estar alerta de los depredadores noc turnos. Quizá el lobo esté dentro de nosotros. En el principio fue el crimen: antecedentes Los teóricos profesionales o aficionados señalan que el crimen es parte del ser humano y de sus tradiciones orales o escritas desde que se tiene memoria. Los instintos animales de superviven cia y lucha llevaron a los hombres a condenar las acciones que violentaban la vida en sociedad, por lo que los códigos de conducta en cual 14 Introducción quier grupo determinaban las primeras obras literarias, principalmente las de origen míti co-religioso, de ahí que la Biblia, el Corán, el Ramayana, las tragedias griegas o el Popol Vuh tengan en común la lírica del drama humano a causa de las pasiones o del destino imprevisible. Seguramente, antes de la palabra escrita, los primeros homínidos se regodeaban contando historias de combates entre ellos y la natu raleza, ajenos al hecho de que asesinar a sus semejantes con una quijada de burro, perpe trar abusos entre los miembros de sus tribus o vengarse cegados por sus emociones, serían las fuentes de las narraciones que más se dis frutarían por contar en el futuro. Podríamos abordar largo y tendido sobre cuándo apareció la primera muerte li teraria en la poética o la épica, pero la mis ma naturaleza del tema nos lleva a eliminar las partes innecesarias y agilizar la trama. Diversas fuentes identifican los balbuceos de la narrativa criminal alrededor del siglo xix, cuando la impresión industrial de libros ali mentó a un público masivo y ansioso de en tretenerse en su tiempo libre. No había radio, televisión o tiras cómicas como tal, por lo que 15 Novela negra y cine noir la palabra escrita, ya fuesen noticias o ficción por entregas, hacía la vida más llevadera en el contexto de la revolución capitalista. Para este tiempo, dos literatos respetados ofrecían obras con temática criminal: • Thomas de Quincey: Del asesinato con siderado como una de las bellas artes (1827). Ensayo satírico donde aborda sonados casos de su tiempo. • Fiódor Dostoyevski: Crimen y castigo (1866). Novela seminal para el futuro de narrativas de corte psicológico y existencialista del siglo xx. Entre los primeros textos policiales se encuentran Richmond, o historias de un ofi cial de la calle Bow, publicado en Inglaterra de forma anónima en 1827, considerada la primera recopilación de cuentos detectives cos. El origen inglés de nuestro amado género policial sería un determinante en los años y libros venideros. No es casualidad que Gran Bretaña fuera una nación industrializada en la época victoriana, repleta de neblina y clima caprichoso, donde el crimen se consideraba 16 Introducción ajeno a los miembros de la nobleza y la bur guesía, pese a que sus dirigentes impulsaran la guerra del Opio contra China. Se trata de una nación criminal y cul ta, no la única, pero quizá la más influyente a nivel cultural en diversas partes del mundo, cuyas clases menos favorecidas alimentaban el morbo de los lectores con narraciones de asesinatos y robos reales o ficticios. No es ca sualidad que Londres engendrara en ese entor no al asesino mediático más famoso: “Jack el Destripador”, quien asoló los barrios bajos de Londres en 1888, estableciendo la fascinación pública por el misterio y el morbo de lo que le sucedía a los demás. La literatura policial será un pasatiempo con gran tradición entre los an gloparlantes a partir de entonces, aunque no sin la virulencia que vendría en el siglo xx. Como sucederá con otros produc tos culturales –como la comida o la música (blues, rock & roll, punk o heavy metal)–, el intercambio comercial con Estados Unidos y otras naciones mejoró la literatura criminal, la cual se establecería como un género acepta do, quizá no del todo respetado, pero que ge neraría cada vez más seguidores y ganancias.

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