Dahl Roald
Roald Dahl nació en 1916 en un pueblecito de Gales (Gran Bretaña) llamado Llandaff en el seno de una familia acomodada de origen noruego. A los cuatro años pierde a su padre y a los siete entra por primera vez en contacto con el rígido sistema educativo británico que deja reflejado en algunos de sus libros, por ejemplo, en Matilda y en Boy. Terminado el Bachillerato y en contra de las recomendaciones de su madre para que cursara estudios universitarios, empieza a trabajar en la compañía multinacional petrolífera Shell, en África. En este continente le sorprende la Segunda Guerra Mundial. Después de un entrenamiento de ocho meses, se convierte en piloto de aviación en la Royal Air Force, fue derribado en combate y tuvo que pasar seis meses hospitalizado. Después fue destinado a Londres y en Washington empezó a escribir sus aventuras de guerra. Su entrada en el mundo de la literatura infantil estuvo motivada por los cuentos que narraba a sus cuatro hijos. En 1964 publica su primera obra, Charlie y la fábrica de chocolate. Escribió también guiones para películas, concibió a famosos personajes como los Gremlins, y algunas de sus obras han sido llevadas al cine. Roald Dahl murió en Oxford, a los 74 años de edad.
LA
VENGANZA ES MÍA S.A.
Roald Dahl
Cuando me desperté, estaba nevando.
Supe que estaba nevando porque había una
especie de resplandor en la habitación y afuera todo estaba en silencio. De la
calle no llegaban ruidos de pisadas ni de neumáticos; sólo de los motores de
los coches. Alcé los ojos y vi a George, con su bata verde, inclinado sobre la
cocina de petróleo, preparando el café.
—Está nevando —dije.
—Hace frío —replicó George—. Hace frío de
verdad.
Salí de la cama y cogí el periódico de la
mañana, que estaba afuera, junto a la puerta. Si que hacía frío, así que volví
corriendo, me metí en la cama de un brinco y me quedé quieto un rato bajo las
sábanas, con las manos apretadas entre las piernas para calentármelas.
—¿No hay cartas? —preguntó George.
—No. Ni una.
—No parece que el viejo tenga intención de
soltar dinero.
—A lo mejor piensa que cuatrocientos cincuenta
billetes son suficientes para un mes —dije.
—No ha estado nunca en Nueva York y no sabe lo
que cuesta vivir aquí.
—No deberías habértelo gastado en una semana.
George se puso de pie y me miró.
—Querrás decir que no deberíamos haberlo gastado.
—Eso —dije—. No deberíamos.
Me puse a leer el periódico.
El café estaba listo, y George trajo la
cafetera y la dejó en la mesilla que separaba nuestras camas.
—No se puede vivir sin dinero —dijo—. El viejo
debería saberlo.
Se volvió a la cama sin quitarse la bata verde.
Yo seguí leyendo. Acabé la página de las carreras de caballos y la del fútbol,
y después me metí con Lionel Pantaloon, el famoso cronista político y de
sociedad. Siempre leo a Pantaloon, al igual que otros veinte o treinta millones
de personas en todo el país. Es como una costumbre; incluso más que una
costumbre. Forma parte de mis mañanas, como las tres tazas de café o el
afeitado.
—Este tipo es un caradura impresionante —dije.
—¿Quién?
—El Lionel Pantaloon ése.
—¿Qué dice?
—Lo de siempre. Los escándalos de costumbre.
Siempre habla de los ricos. Escucha esto: «... se le ha visto en el Penguin
Club... al banquero William S. Womberg con la bella estrella Theresa
Williams... tres noches seguidas... La señora Womberg estaba en casa, con dolor
de cabeza..., cosa que haría cualquier esposa si su marido anduviera
acompañando a la señorita Williams...»
—Eso es poner a Womberg en un compromiso —dijo George.
—Yo pienso que es una vergüenza —repliqué—.
Esas cosas pueden provocar un divorcio. ¿Cómo es posible que nadie le haga
nada, diciendo lo que dice?
—Porque todos le tienen miedo. Pero si yo fuera
William S. Womberg —dijo George—¿sabes qué haría? Le pegaría un puñetazo en la
nariz al Pantaloon ése. Es la única forma de tratar a ese tipo de gentuza.
—El señor Womberg no puede hacer eso.
—¿Por qué?
—Porque es viejo —contesté—. El señor Womberg
es un anciano digno y respetable. Es un eminente banquero de la ciudad. No
podría...
Y entonces se me ocurrió la idea, así, de
repente, mientras hablaba con George. Me callé bruscamente y sentí como si se
me inundase el cerebro. Me quedé muy quieto, dejé que fluyera por mi cabeza, y
casi antes de saber qué había ocurrido ya lo tenía todo pensado, un plan
completo, un plan brillante y magnífico. Y justo en ese momento comprendí que
era fantástico.
Me di la vuelta y vi a George mirándome
fijamente con expresión de asombro.
—¿Qué ocurre? —me preguntó—. ¿Qué te pasa?
Mantuve la calma. Me serví más café antes de
hablar.
—George —dije, tranquilo—, tengo una idea.
Escucha con mucha atención, porque se me ha ocurrido una idea que nos hará
ricos. Estamos sin una perra, ¿no?
—Sí.
—¿Crees que el tal William S. Womberg estará enfadado
con Lionel Pantaloon esta mañana?
—¡Enfadado! —exclamó George—. ¡Estará furioso!
—Eso es. ¿Y crees que le gustaría que a Lionel
Plantaloon le pegaran un buen puñetazo en la nariz?
—¡Vaya si le gustaría!
—Y dime, ¿no cabe la posibilidad de que el señor
Womberg esté dispuesto a pagar cierta cantidad de dinero a alguien que realice
por él ese combate de boxeo, eficazmente y con discreción?
George se volvió y me miró con dulzura, con
cautela, y después dejó la taza de café en la mesa. En su boca empezó a
dibujarse lentamente una sonrisa.
—Ya entiendo —dijo—. Veo por dónde vas.
—Pero esto es sólo una parte. Si lees la
columna de Pantaloon verás que hay otra persona a la que ha ofendido.
Cogí el periódico. Una tal señora Ella Gimple,
una dama de la alta sociedad que podría tener un millón de dólares en el banco.
—¿Qué dice Pantaloon de ella?
Volví a mirar el periódico.
—Insinúa —contesté— que les saca un montón de
dinero a sus amigos en las partidas de ruleta en que ella lleva la banca.
—Eso pone en un compromiso a la Gimple —dijo
George—. Y a Womberg.
Gimple y Womberg.
Estaba sentado en la cama, muy erguido,
esperando a que yo continuara.
—De modo que tenemos dos personas que odian a
muerte a Pantaloon esta mañana —dije—, y las dos desean ardientemente pegarle
un puñetazo en la nariz, pero no se atreven. ¿Entiendes?
—Perfectamente.
—Pues pobre Lionel Pantaloon. Pero no olvides
que hay otros como él. Hay docenas de periodistas que se pasan la vida
insultando a la gente rica e importante. Tenemos a Harry Weyman, a Claude
Taylor, a Jacob Swinski, Walter Kennedy y muchos otros.
—Es verdad —dijo George—. Absolutamente cierto.
—Lo que quiero decir es que no hay nada que
ponga tan furiosos a los ricos como que se burlen de ellos y les insulten en
los periódicos.
—Continúa —dijo George—. Continúa.
—Muy bien. El plan es el siguiente. —Yo también
empezaba a entusiasmarme. Estaba apoyado en el borde de la cama, con una mano
en la mesilla y agitando la otra en el aire mientras hablaba—. Crearemos
inmediatamente una organización, y la llamaremos... ¿Cómo podríamos
llamarla?... Vamos a ver... Sí, la llamaremos «La venganza es mía, S. A.». ¿Qué
te parece?
—Es un nombre muy raro.
—Es de la Biblia. A mí me gusta. «La venganza
es mía, S. A.». Suena bien. Haremos tarjetas que enviaremos a nuestros clientes
para recordarles que les han insultado y ofendido públicamente, y para
ofrecernos a castigar al ofensor a cambio de cierta cantidad de dinero.
Compraremos todos los periódicos y leeremos los artículos, y mandaremos doce
tarjetas o más todos los días a los posibles clientes.
—¡Es maravilloso! —gritó George—. ¡Es
fantástico!
—Nos haremos ricos en un santiamén.
—¡Tenemos que empezar inmediatamente!
Salté de la cama, cogí un cuaderno y un lápiz,
y volví corriendo a meterme entre las sábanas.
—Venga —dije, subiendo las rodillas bajo la
ropa de la cama y apoyando encima el cuaderno—; lo primero es decidir qué vamos
a poner en las tarjetas que enviaremos a los clientes —y en la parte superior
de la hoja escribí: «LA VENGANZA ES MÍA, S. A.», a modo de encabezamiento.
A continuación, y con mucho cuidado, redacté
una carta en la que explicaba las funciones de la organización. Terminaba con
la siguiente frase:
Por tanto, LA VENGANZA ES MIA, S. A., se compromete a infligir en su
nombre, con absoluta discreción, el castigo adecuado al periodista [...],y a este fin somete respetuosamente a su consideración diversos métodos (y
precios).
—¿Qué quiere decir eso de «diversos métodos»?
—preguntó George.
—Tenemos que darles a elegir. Debemos pensar varias
cosas..., castigos diferentes. El número uno será... —y escribí: « 1I.
Un fuerte puñetazo en la nariz»—. ¿Cuánto podemos cobrar por esto?
—Quinientos dólares —respondió George.
Lo anoté.
—¿Qué más?
—Poner un ojo morado —dijo George.
Escribí: «2. Poner un ojo morado... 500 dólares.»
—iNo! —exclamó George—. No estoy de acuerdo con
ese precio. Es evidente que para ponerle a alguien un ojo morado como es debido
hace falta más concentración que para pegarle un puñetazo en la nariz. Es un
trabajo de expertos. Seiscientos dólares.
—Vale —dije—. Seiscientos. ¿Qué más?
—Las dos cosas juntas, naturalmente, O sea, el
uno y el dos.
Aquél era el terreno de George. Se sentía a sus
anchas.
—¿Las dos cosas?
—Desde luego. Puñetazo en la nariz y ojo
morado. Mil cien dólares.
—Deberíamos hacer una rebaja —dije—. Mil
dólares.
—Es baratísimo —objetó George—. Todos elegirán
ése.
—¿Qué más?
Los dos quedamos en silencio, concentrándonos
con todas nuestras fuerzas. Tres profundos surcos de piel arrugada aparecieron
en la frente baja y huidiza de George. Se puso a rascarse la cabeza, lenta pero
vigorosamente. Desvié la mirada e intenté pensar en las cosas espantosas que la
gente se hacen unos a otros. Al cabo de un rato se me ocurrió algo, y mientras
George observaba la mina del lápiz que se deslizaba por el papel, escribí: «4. Colocar una serpiente de cascabel (tras
haberle extraído el veneno) en el suelo del coche, junto a los pedales, cuando
aparque.»
—¡Cielo santo! —murmuró George—. ¿Es que
quieres matarlos del susto?
—Claro —respondí.
—¿Y de dónde vamos a sacar una serpiente de
cascabel?
—Comprándola. Pueden comprarse. ¿Cuánto
cobramos por esto?
—Mil quinientos dólares —respondió George sin
vacilar.
Lo anoté.
—Nos hace falta uno más.
—Ya lo tengo —dijo George—. Secuestrarlo con un
coche, quitarle la ropa, excepto los calzoncillos, los zapatos y los
calcetines, y soltarlo en la Quinta Avenida en una hora punta.
Sonrió con una sonrisa amplia, triunfal.
—No podemos hacer eso.
—Escríbelo. Y cobraremos dos mil quinientos
billetes. Lo harías si el viejo Womberg te ofreciese esa cantidad.
—Si —dije—, supongo que sí —y lo escribí—. Ya
hay suficientes —añadí—. Tienen para elegir.
—¿Y dónde vamos a imprimir las tarjetas?
—preguntó George.
—George Karnoffsky —respondí—. Otro George. Es amigo mío. Tiene una
pequeña imprenta en la Tercera Avenida. Hace invitaciones de boda y cosas así
para las tiendas grandes. Lo hará, estoy seguro.
—Entonces, ¿a qué esperamos?
Los dos saltamos de la cama y empezamos a
vestirnos.
—Son las doce —dije—. Si nos damos prisa, le
pillaremos antes de que se vaya a comer.
Aún nevaba cuando salimos a la calle, y la capa
de nieve de la acera tenía un grosor de diez o doce centímetros; pero
recorrimos las catorce manzanas que nos separaban de la tienda de Karnoffsky a
una velocidad increíble y llegamos justo en el momento en que se estaba
poniendo el abrigo para salir.
—¡Claude! —exclamó—. ¡Hola, chaval! ¿Cómo te
va? —y me dio un apretón de manos.
Tenía una cara gruesa, afable, y una nariz
enorme con anchas aletas que se extendían al menos dos centímetros sobre cada
mejilla. Lo saludé y le dije que habíamos ido a hablar de un asunto muy
urgente. Se quitó el abrigo y nos llevó a su despacho; a continuación le hablé
de nuestros planes y le dije lo que queríamos que hiciera.
Cuando le había contado aproximadamente la
cuarta parte de la historia estalló en carcajadas y me resultó imposible
continuar, de modo que abrevié y le di un papel con lo que había escrito para
que lo imprimiese. Al leerlo, su cuerpo empezó a convulsionarse de la risa; se
puso a dar palmadas en la mesa, tosiendo, atragantándose y desternillándose de
la risa como un loco. Nosotros lo mirábamos. No nos parecía que tuviera ninguna
gracia.
Finalmente, se calmó, sacó un pañuelo y se secó
los ojos con gran aparatosidad.
—Es una broma muy buena; sí, señor. Se merece
una comida. Vamos, os invito a comer.
—Oye —dije con seriedad—, no es una broma. No
hay motivo para reírse. Eres testigo del nacimiento de una nueva organización
muy poderosa...
—Venga —dijo, y se echó a reír otra vez—. Vamos
a comer.
—¿Cuándo puedes imprimir las tarjetas?
—pregunté. Mi voz era severa, grave.
Se detuvo y se quedó mirándonos.
—¿Quieres decir..., quieres decir que esto va
en serio?
—Totalmente. Eres testigo del nacimiento...
—De acuerdo —dijo—, de acuerdo. Pienso que
estáis locos y que os vais a buscar problemas; estoy seguro. A esa gente les
gusta liar a otros, pero no que les metan en líos a ellos.
—¿Cuándo pueden estar listas las tarjetas, sin
que las lea ninguno de tus empleados?
—Por esto —dijo gravemente— renunciaré a mi
comida. Yo mismo prepararé la plancha. Es lo menos que puedo hacer —volvió a
reír y el borde de las enormes aletas de su nariz se agitó de contento—.
¿Cuántas queréis?
—Mil para empezar. Y sobres.
—Volved a las dos —dijo.
Le di las gracias y al salir oímos su
estrepitosa risa cuando iba por el pasillo hacia la trastienda.
Volvimos a las dos en punto. George Karnoffsky
estaba en su despacho, y lo primero que vi cuando entramos fue un gran montón
de tarjetas impresas sobre la mesa. Eran grandes, como el doble que las
invitaciones de boda o de fiesta.
—¡Aqui están! —dijo—. Ya las tenéis.
Aquel imbécil seguía riéndose.
Nos dio una a cada uno, y yo examiné la mía
cuidadosamente. Era muy bonita. Se notaba que se había tomado muchas molestias.
Era gruesa y dura, con un estrecho borde dorado, y las letras del
encabezamiento resultaban sumamente elegantes. No puedo reproducirla aquí en
todo su esplendor, pero al menos les mostraré lo que decía:
LA VENGANZA ES MÍA, S. A.
Estimado................................
Seguramente habrá visto el calumnioso ataque, sin que mediara
provocación alguna, que el periodista ........................... ha desatado
contra su persona en el periódico de hoy. Sus insinuaciones son escandalosas,
una deformación deliberada de la verdad.
¿Está usted dispuesto a consentir que un miserable provocador le insulte
de esa forma sin hacer nada?
Todo el mundo sabe que los norteamericanos no permiten que se les
insulte en público o en privado sin que ello provoque su justa indignación y sin que procuren —mejor dicho, exijan— una compensación adecuada.
Por otra parte, es natural que un ciudadano de su posición y reputación no desee verse envuelto personalmente en este sórdido
asunto, ni tener el menor contacto directo con persona de tal calaña.
¿Cómo, entonces, puede reparar la afrenta? La respuesta es sencilla. LA
VENGANZA ES MÍA, SOCIEDAD ANÓNIMA, lo hace por usted. Nos comprometemos a
infligir en su nombre, con absoluta discreción, un castigo individual al
periodista ..................... y a este fin sometemos respetuosamente a su
consideración diversos métodos (y precios).
Dólares
1. Un fuerte puñetazo en la nariz............................................................................................. 500
2. Poner un ojo morado............................................................................................. 600
3. Puñetazo en la nariz y ojo morado........................................................................................... 1000
4. Colocar una serpiente de cascabel (tras haberle
extraído el veneno) en el
suelo del coche, junto
a los pedales, cuando aparque.......................................................................................... 1.500
5. Secuestrarlo con un coche, quitarle la ropa,
excepto los calzoncillos, los
zapatos y los calcetines
y soltarlo en la Quinta Avenida,
en una hora punta........................................................................................... 2500
Estos trabajos serán realizados por profesionales.
Si desea beneficiarse de alguna de estas ofertas, tenga la amabilidad de
contestar a LA VENGANZA ES MÍA S. A. (la dirección se indica en la tarjeta
adjunta). Si es posible, se le notificará con antelación el lugar y la hora en
que tendrá lugar la acción, de modo que, si lo desea, pueda presenciar nuestra
actuación desde una prudente distancia que le garantice el anonimato.
No tendrá que pagar nada hasta que sus órdenes se ejecuten a su entera
satisfacción, momento en que se le enviará la cuenta por los procedimientos
habituales.
George Karnoffsky había hecho un magnífico
trabajo.
—¿Te gusta, Claude? —preguntó.
—Es maravilloso.
—Lo he hecho lo mejor que he podido. Es como
cuando, en la guerra, veía a los soldados que se iban, a lo mejor a que los
matasen, y siempre quería regalarles cosas y hacer algo por ellos.
Como empezaba a reírse otra vez, le pregunté:
—¿Tienes sobres grandes para las tarjetas?
—Aquí está todo. Y podéis pagarme cuando
empiece a llegaros el dinero.
Por lo visto, aquello le hizo muchísima gracia,
y se derrumbó en una silla, riéndose como un idiota. George y yo salimos
rápidamente a la calle, a la fría tarde y a la nieve.
Casi fuimos corriendo hasta nuestra habitación,
y al subir cogí, del teléfono público del vestíbulo, una guía de Manhattan.
Encontramos «Womberg, William S.», sin ninguna dificultad, y mientras yo leía
la dirección en alto —estaba por la calle Noventa Este—, George la escribió en
un sobre.
«Gimple, Ella, H.», también venía en la guía, y
le enviamos una tarjeta.
—Hoy se las mandaremos a Womberg y a Gimple
—dije—. En realidad, todavía no hemos empezado. Mañana enviaremos una docena.
—A ver si llegamos a la última recogida del correo
—dijo George.
—Las llevaremos nosotros mismos —repliqué—.
Ahora, en seguida. Mañana podría ser demasiado tarde. Mañana no estarán ni la
mitad de enfadados que hoy. La gente es capaz de calmarse por la noche. Mira
—añadí—, tú vas a llevar estas dos tarjetas ahora mismo, y mientras tanto yo
daré una vuelta por el centro a ver si averiguo algo sobre las costumbres de
Lionel Pantaloon. Nos veremos aquí por la noche...
Volví a eso de las nueve, y encontré a George
tumbado en la cama, fumando y bebiendo café.
—He llevado las dos —dijo—. Las metí en el
buzón, llamé al timbre y salí corriendo. Womberg tiene una casa enorme, blanca.
¿Qué tal te han ido las cosas a ti?
—He estado viendo a un amigo mío que trabaja en
la sección de deportes del Daily Mirror. Me
lo ha contado todo.
—¿Qué te ha dicho?
—Que los movimientos de Pantaloon siempre son
los mismos, más o menos. Funciona por la noche, pero aunque vaya a algún sitio
antes, siempre —y esto es importante—
acaba en el Penguin Club. Llega a eso de medianoche y se marcha a las dos o dos
y media. Entonces es cuando sus chivatos le van con el cuento.
—Eso es todo lo que necesitamos saber —dijo
George alegremente.
—Es muy fácil.
—Pan comido.
Había una botella entera de whisky en el
armario y George la sacó. Durante las dos horas siguientes estuvimos sentados
en la cama, bebiendo y haciendo planes fantásticos y complicados para el
desarrollo de nuestra organización. Al dar las once ya teníamos cincuenta
empleados, doce famosos boxeadores entre ellos, y nuestras oficinas estaban en
el centro Rockefeller. A medianoche, controlábamos a todos los periodistas y
les dictábamos por teléfono sus columnas desde nuestro cuartel general,
poniendo cuidado en insultar y agraviar todos los días al menos a veinte
personas ricas de una u otra parte del país. Éramos inmensamente ricos, y
George tenía un Bentley inglés. Yo, cinco Cadillacs. George ensayaba
conversaciones telefónicas con Lionel Pantaloon. «¿Es usted Pantaloon?» «Sí,
señor.» «Escuche. Su columna de hoy es una porquería.» «Lo siento, señor.
Mañana intentaré hacerlo mejor.» «Claro que lo intentará. La verdad es que he
pensado en sustituirle por otra persona.» «Déme otra oportunidad, por favor,
señor.» «De acuerdo, Pantaloon; pero es la última. A propósito, los chicos van
a ponerle una serpiente de cascabel en el coche esta noche, en nombre del señor
Hiram C. King, el fabricante de jabón. El señor King lo estará viendo desde la
acera de enfrente; o sea, que no se olvide de aparentar que se muere de miedo
cuando la vea.» «Sí, señor. Claro, señor. No lo olvidaré.»
Cuando al fin nos acostamos y apagamos la luz,
seguí oyendo a George que le echaba una bronca telefónica a Pantaloon.
A la mañana siguiente nos despertamos al dar
las nueve en el reloj de la iglesia de la esquina. George se levantó y fue
hasta la puerta a recoger los periódicos. Volvió con una carta en la mano.
—Ábrela —dije.
La abrió y desdobló cuidadosamente una hoja de
papel fino.
—¡Léela! —grité.
Se puso a leerla en alto, la voz grave y seria
al principio; pero cuando comprendió el contenido, fue alzándola hasta casi
soltar un grito histérico de triunfo. Decía:
Sus métodos parecen un tanto heterodoxos, pero cualquier cosa que le
hagan a ese canalla cuenta con mi aprobación. De modo que adelante. Empiecen
por el punto número uno, y si lo logran, con mucho gusto les indicaré que
continúen hasta el último. Envíenme la factura.
William
S. Womberg
Recuerdo que, con el entusiasmo, hicimos una
especie de baile por la habitación, en pijama, bendiciendo al señor Womberg en
voz alta y cantando que éramos ricos. George dio varias volteretas en la cama,
y es posible que yo también las diera.
—¿Cuándo lo hacemos? —preguntó—. ¿Esta noche?
Reflexioné antes de responder. No quería que me
metieran prisas. Las páginas de la historia están repletas de nombres de
grandes hombres que han fracasado por tomar decisiones precipitadas movidos por
un entusiasmo momentáneo. Me puse la bata, encendí un cigarrillo y empecé a
pasear por la habitación.
—No tenemos prisa —dije—. Ejecutaremos la
petición de Womberg a su debido tiempo. Pero lo primero que hay que hacer es
enviar las tarjetas.
Me vestí rápidamente, fui al quiosco que había
en la acera de enfrente, compré un ejemplar de todos los diarios que tenían y
volví a nuestra habitación. Pasamos las dos horas siguientes leyendo las
columnas de los periodistas, y al final teníamos una lista de once personas
—ocho hombres y tres mujeres— a los que habían insultado aquella mañana de una
u otra forma. Las cosas marchaban bien. Trabajábamos con rapidez. Tardamos otra
media hora en mirar las direcciones de los ofendidos —dos no las encontramos— y
en escribirlas en los sobres.
Las entregamos por la tarde, y a eso de las
seis volvimos a nuestra habitación, cansados pero contentos. Hicimos café,
freímos hamburguesas y cenamos en la cama. Después nos leímos mutuamente la
carta de Womberg muchas veces.
—Nos ha hecho un pedido por valor de seis mil
cien dólares -dijo George—. Desde el punto uno hasta el cinco, ambos inclusive.
—No está mal para empezar, teniendo en cuenta
que es el primer día. Seis mil al día son... Vamos a ver... Casi dos millones
de dólares al año, sin contar los domingos. Un millón para cada uno. Más de lo
que tiene Betty Grable.
—Somos muy ricos —dijo George.
Sonrió con una sonrisa lenta y luminosa, de
pura alegría.
—Dentro de uno o dos días nos mudaremos a una suite del St. Regis.
—Mejor al Waldorf —dijo George.
—Como quieras. Al Waldorf. Y más adelante
podríamos comprar una casa.
—¿Como la de Womberg?
—De acuerdo. Como la de Womberg. Pero primero
hay que trabajar. Mañana nos ocuparemos de Pantaloon. Lo pillaremos cuando
salga del Penguin Club. A las dos y media lo estaremos esperando, y cuando
salga a la calle tú te adelantarás y le pegarás un buen puñetazo, justo en la
punta de la nariz, como nos hemos comprometido a hacer.
—Será un placer —dijo George—. Un verdadero
placer. Pero ¿cómo vamos a escapar? ¿Corriendo?
—Alquilaremos un coche por una hora. Tenemos el
dinero justo. Yo te esperaré al volante con el motor en marcha, a menos de diez
metros, con la puerta abierta. Después de darle el puñetazo, sólo tienes que
volver al coche y nos marcharemos.
—Perfecto. Le pegaré un puñetazo muy fuerte.
George guardó silencio. Apretó el puño derecho
y se contempló los nudillos. Después volvió a sonreír y dijo lentamente:
—¿No se le quedará la nariz tan aplastada que
no podrá volver a meterla en los asuntos de los demás?
—Es muy probable —contesté, y con ese feliz
pensamiento apagamos la luz y nos dormimos en seguida.
A la mañana siguiente me despertó un grito; me
incorporé y vi a George al pie de mi cama, en pijama, agitando los brazos.
—¡Mira! —gritó.—. ¡Hay cuatro! ¡Cuatro!
Miré y, efectivamente, tenía cuatro cartas en
la mano.
—Ábrelas. Rápido, ábrelas.
Leyó la primera en voz alta:
Estimada La venganza es mía, S. A. Es la mejor propuesta que he recibido
desde hace años. Aplíquenle al señor Jacob Swinski el tratamiento de la
serpiente de cascabel (punto 4). Pero no me importaría pagar el doble si se les
olvidara sacarle el veneno de los colmillos. Atentamente,
Gertrude
Porter-Vandervelt
P.D.: Será mejor que le hagan un
seguro a la serpiente. La mordedura de ese tipo es más peligrosa que la de una
cascabel.
George leyó la segunda en voz alta:
Tengo el cheque de 500 dólares sobre la mesa, firmado. En el
momento en que se me presenten pruebas de que le han pegado un buen puñetazo en
la nariz a Lionel Pantaloon, se lo enviaré. Yo preferiría que le rompieran
algo. Atentamente, etc.,
Wilbur H.
Gollogly
George leyó la tercera en voz alta:
En mi actual estado de ánimo, y en contra de mi leal saber y entender, me siento tentado a contestar a su
tarjeta y a rogarles que depositen a ese sinvergüenza de Walter Kennedy en la
Quinta Avenida, vestido únicamente con la ropa interior. Pongo como condición
que el suelo esté nevado y que la temperatura sea bajo cero.
H.
Gresham
También leyó en voz alta la cuarta:
Un buen porrazo en la nariz de Pantaloon merece que les dé quinientos
dólares, yo o cualquier otra persona. Me gustaría presenciarlo. Les saluda
atentamente,
Claudia
Calthorpe Hines
George dejó las cartas sobre la cama, delicada,
cuidadosamente. Durante unos momentos guardamos silencio. Nos miramos,
demasiado contentos, demasiado atónitos para hablar. Yo me puse a calcular el
valor de aquellos cuatro pedidos en términos monetarios.
—Son cinco mil dólares —dije quedamente.
En la cara de George había una mueca de
satisfacción.
—¿No deberíamos mudarnos ya al Waldorf? —dijo.
—Dentro de muy poco —contesté—, pero de momento
no tenemos tiempo para mudanzas, ni siquiera para enviar más tarjetas. Hay que
empezar a despachar los pedidos que tenemos entre manos. Estamos sobrecargados
de trabajo.
—¿No deberíamos contratar gente y aumentar la
organización?
—Más adelante —dije—. Hoy no tenemos tiempo ni
para eso. Piensa en las cosas que nos quedan por hacer. Tenemos que poner una
serpiente de cascabel en el coche de Jacob Swinski..., soltar a Walter Kennedy
en la Quinta Avenida en calzoncillos..., pegarle un puñetazo en la nariz a
Pantaloon... Vamos a ver... Sí, tenemos que darle un puñetazo en nombre de tres
clientes.
Me callé, cerré los ojos, me quedé inmóvil. Una
vez más tomé conciencia de que un torrente claro de inspiración se derramaba
por los tejidos de mi cerebro.
—¡Ya lo tengo! —exclamé—. ¡Ya lo tengo!
¡Mataremos tres pájaros de un tiro! ¡Tres clientes con un solo puñetazo!
—¿Cómo?
—¿No lo entiendes? Solo tenemos que pegar un
puñetazo a Pantaloon..., y cada uno de los tres, Womberg, Gollogly y Claudia
Hines, creerá que lo hacemos especialmente en su honor.
—Explícamelo otra vez.
Se lo expliqué.
—Eres muy listo.
—Es de sentido común. Y aplicaremos el mismo
sistema a los demás. El tratamiento de la serpiente de cascabel y el otro
pueden esperar hasta que recibamos más pedidos.
A lo mejor dentro de unos días ya nos han pedido
varias personas que pongamos una serpiente de cascabel en el coche de Swinski,
y lo haremos todo de una vez.
—Estupendo.
—Entonces, esta noche nos encargaremos de
Pantaloon —dije—. Pero lo primero que hay que hacer es alquilar un coche.
También podemos enviar telegramas, uno a Womberg, otro a Gollogly y otro a
Claudia Hines, para decirles dónde y cuándo le pegaremos el puñetazo.
Nos vestimos rápidamente y salimos.
Logramos alquilar un coche, un Chevrolet de 1934, a ocho dólares la noche, en un garaje sucio y silencioso de la
calle Nueve Este. Después enviamos tres telegramas, todos idénticos y
astutamente redactados para ocultar su verdadero significado ante ojos
indiscretos:
Espero verle en la puerta del Penguin Club a las dos y media. Saludos,
L.V.E.M.
—Falta una cosa —dije—. Es imprescindible que te disfraces. Así, ni Pantaloon ni el portero podrán reconocerte. Tienes que ponerte un bigote falso.
—¿Y tú?
—No hace falta. Yo me quedaré en el coche. No
me verán. Fuimos a una tienda de juguetes y compramos un magnífico bigote
negro, con las guías afiladas y hacia arriba, encerado, tieso y brillante, y
cuando se lo puso en la cara, George parecía el Káiser de Alemania. El
dependiente también nos vendió un tubo de pegamento y nos explicó cómo había
que colocarlo sobre el labio superior.
—Se lo van a pasar en grande con los críos,
¿eh? —dijo.
George replicó:
—Desde luego.
Ya estaba todo listo, pero aún había que
esperar mucho. Nos quedaban tres dólares con los que compramos un bocadillo
para cada uno, y después fuimos al cine. A las once de la noche recogimos el
coche y empezamos a pasear lentamente por las calles de Nueva York, esperando a
que llegase el momento.
—Será mejor que te pongas ya el bigote, para
que te vayas acostumbrando.
Paramos bajo una farola, le puse un poco de
pegamento a George en el labio superior y le coloqué el bigote negro, enorme y
peludo, con las guías afiladas. Después, continuamos. En el coche hacía frío y
empezaba a nevar otra vez. Vi unos copitos caer entre las luces de los faros. George
decía continuamente:
—¿Le pego muy fuerte?
Y yo contestaba:
—Lo más fuerte que puedas, y en la nariz. Tiene
que ser en la nariz, porque forma parte del contrato. Hay que hacerlo todo
bien. A lo mejor lo ven nuestros clientes.
A las dos de la mañana pasamos por la puerta
del Penguin Club para estudiar la situación.
—Voy a aparcar ahí —dije—, un poco más allá de
la entrada, en ese trozo oscuro. Pero te dejaré la puerta abierta.
Continuamos. Entonces George preguntó:
—¿Cómo es? ¿Cómo sabré quién es?
—No te preocupes —contesté—. Ya he pensado en
eso —saqué del bolsillo un papel y se lo di—. Coge esto, dóblalo en pliegues
pequeños y dáselo al portero. Dile que se lo lleve a Pantaloon en seguida.
Actúa como si tuvieras una prisa enorme y como si estuvieras muerto de miedo.
Te apuesto cien contra uno a que Pantaloon sale. Ningún periodista se
resistiría a esta nota.
En el papel había escrito:
Soy un funcionario del consulado soviético. Venga a la puerta en
seguida, por favor. Tengo que decirle una cosa, pero venga en seguida porque
corro peligro. Yo no puedo entrar a verle.
—Con ese bigote pareces ruso. Todos los rusos
tienen grandes bigotes —dije.
George cogió el papel, lo dobló en pliegues
pequeños y lo sujetó entre los dedos. Eran ya casi las dos y media, y nos
dirigimos al Penguin Club.
—¿Estás listo? —pregunté.
—Sí.
—Vamos allá. Voy a aparcar un poco más allá de
la puerta... Aquí. Pégale fuerte —dije.
George abrió la puerta y salió del coche. Yo la
cerré, pero me incliné y puse la mano en la manivela para poder abrirla
rápidamente y bajé la ventanilla para mirar. El motor ronroneaba.
Vi a George dirigirse con paso rápido hacia el
portero, parado bajo la marquesina roja y blanca que ocupaba parte de la acera.
Vi que el portero se volvía y miraba a George, y no me gustó su forma de
hacerlo. Era un hombre alto e imponente, con un bonito uniforme de color
magenta con botones y hombreras dorados y una ancha lista blanca en cada
pernera. También llevaba guantes blancos, y miró altaneramente a George, con el
ceño fruncido, apretando con fuerza los labios. Se quedó mirando el bigote de
George, y yo pensé: «Dios mío se nos ha ido la mano, va demasiado disfrazado.
Se dará cuenta de que es falso, va a coger uno de los extremos, tirará de él y
se soltará.» Pero no lo hizo. Le distrajo la actuación de George, porque estaba
interpretando muy bien su papel. Le vi dar saltitos, entrelazar y separar las
manos, balanceando el cuerpo y agitando la cabeza, y le oí decir:
—Pog favog, pog favog, dese pgisa. Es vida o muegte. Pog favog, llévelo
gápido al señog Pantaloon.
Su acento ruso no se parecía a ningún acento
que yo hubiese oído nunca, pero de todos modos su voz tenía un tono de
verdadera desesperación.
Finalmente el portero dijo, grave, altanero:
—Déme la nota.
George se la dio y dijo:
—Gacias, gacias, pego diga que es uggente.
El portero desapareció en el interior. A los
pocos momentos volvió y dijo:
—Se la están entregando en este momento.
George paseaba nervioso. Yo esperaba, observando la puerta.
Pasaron tres o cuatro minutos. George se retorció las manos y dijo:
—¿Dónde está? ¿Dónde está? ¡Pog favog, vaya a
veg si viene!
—Pero, ¿qué le pasa? —dijo el portero, y volvió
a mirar el bigote de George.
—¡Es vida o muegte! ¡El señog Pantaloon puede
ayudag! ¡Tiene que venig!
—Haga el favor de callarse —replicó el portero,
pero volvió a abrir la puerta, asomó la cabeza y le oí decir algo a alguien.
A George le dijo:
—Parece que ya viene.
A los pocos minutos se abrió la puerta y salió
Pantaloon, bajito y pulcro. Se detuvo y miró rápidamente de un lado a otro,
como un hurón inquisitivo y nervioso. El portero se llevó la mano a la gorra y
señaló a George. Oí decir a Pantaloon:
—¿Qué desea?
George respondió:
—Pog favog, vamos pog allí, pogque nadie oiga
—y precediendo a Pantaloon se dirigió hacia el coche.
—Vamos, diga qué es lo que desea —repitió
Pantaloon. De repente, George gritó:
—¡Mire! —y señaló al otro extremo de la calle.
Pantaloon volvió la cabeza, y en ese momento George echó el brazo derecho hacia
atrás y dejó caer el puño sobre la punta de la nariz de Pantaloon.
Le vi inclinarse hacia adelante con el impulso,
echando todo el peso, y me dio la impresión de que el cuerpo de Pantaloon se
elevaba del suelo un par de metros y que flotaba hasta que la fachada del
Penguin Cluy lo frenó. Todo ocurrió con mucha rapidez y, al poco, George estaba
en el coche, a mi lado. Arrancamos y oí al portero tocar un silbato detrás de
nosotros.
—¡Lo conseguimos! —dijo George jadeante. Estaba
excitado y sin aliento—. ¡Le he pegado un buen puñetazo! ¿Lo has visto?
Nevaba con fuerza. Conduje deprisa y giré
varias veces bruscamente, sabiendo que nadie podría alcanzarnos en medio de la
nevada.
—Ese hijo de perra casi ha atravesado la pared
del golpe que le he dado.
—Muy bien, George —dije—. Buen trabajo.
—¿Y has visto cómo se elevaba? ¿Has visto cómo
se levantaba del suelo?
—Womberg estará encantado —dije.
—Y Gollogly, y la Hines.
—Todos estarán encantados. Verás la de dinero
que nos va a llegar.
—¡Viene un coche detrás de nosotros! —gritó
George—. ¡Nos sigue! ¡Nos viene pisando los talones! ¡Corre, corre!
—¡Es imposible! —exclamé—. No pueden habernos
descubierto todavía. Será un coche que va a lo suyo.
Me metí a la derecha.
—Sigue detrás de nosotros —dijo George—. Tuerce
otra vez. Lo despistaremos.
—¿Cómo demonios vamos a despistar a un coche de
la policía en un Chevrolet del treinta y cuatro? —dije—. Voy a parar.
—¡Sigue! —gritó George—. Vamos bien.
—Voy a parar —insistí—. Si seguimos se pondrán
furiosos.
George protestó enérgicamente, pero yo sabía
que era lo mejor que podíamos hacer y me detuve a un lado de la carretera. El
otro coche torció bruscamente, pasó delante de nosotros y frenó patinando.
—Rápido —dijo George—, escapemos.
Tenía la puerta abierta y estaba dispuesto a
echar a correr.
—No seas idiota —le dije—. Quédate donde estás.
Ya no hay nada que hacer.
Una voz dijo desde fuera:
—¿Qué pasa, chicos? ¿Por qué tanta prisa?
—No llevamos prisa —repliqué—. Vamos a casa.
—¿Ah, sí?
—Sí, hacia allí vamos.
El hombre asomó la cabeza por la ventanilla de
mi asiento; me miró a mí, después a George y otra vez a mí.
—Hace una noche espantosa —dijo George—.
Queremos llegar a casa antes de que las calles se cubran de nieve.
—Pues tomáoslo con calma —dijo aquel hombre—.
Quería daros esto inmediatamente —dejó caer un fajo de billetes en mi regazo—.
Soy Gollogly —añadió—. Wilbur H. Gollogly —y nos sonrió en medio de la nevada,
mientras daba patadas y se frotaba las manos para calentarse—. Recibí vuestro
telegrama y lo he visto todo. Habéis hecho un buen trabajo. Os doy el doble. Ha
merecido la pena. Es lo más divertido que he visto en mi vida. Adiós, chicos.
Andaos con cuidado. Os empezarán a buscar. Yo que vosotros me marcharía de la
ciudad. Adiós.
Y sin darnos tiempo a replicar, se marchó.
Cuando al fin llegamos a nuestra habitación me
puse a hacer el equipaje inmediatamente.
—¿Estás loco? —dijo George—. Sólo tenemos que
esperar unas horas y recibiremos quinientos dólares de Womberg y otros tantos
de la Hines. Entonces tendremos dos mil dólares y podremos ir a donde queramos.
De modo que pasamos el día siguiente esperando
en nuestra habitación, leyendo los periódicos. En uno de ellos decía: «Brutal
agresión a un famoso periodista.» Pero, efectivamente, a última hora de la
tarde nos llegaron dos cartas con quinientos dólares cada una.
Y ahora, en este preciso momento, estamos en un
autocar, bebiendo whisky escocés, rumbo al sur, hacia un lugar en el que
siempre brilla el sol y en el que hay carreras de caballos todos los días.
Somos inmensamente ricos, y George no para de decir que si apostamos los dos
mil dólares a un caballo a diez a uno ganaremos otros veinte mil dólares y
podremos jubilamos.
—Compraremos una casa en Palm Beach —dice— y
nos lo pasaremos realmente en grande. Al borde de nuestra piscina se tumbarán
las señoras más guapas de la alta sociedad, tomando refrescos, y al cabo de
cierto tiempo podríamos invertir una buena cantidad en otro caballo y hacernos
aún más ricos. Es posible que nos cansemos de Palm Beach, y entonces iremos de
un sitio a otro, como la gente rica. Montecarlo y sitios así. Como Ah Khan y el
duque de Windsor. Seremos miembros destacados de la alta sociedad
internacional, las estrellas de cine nos sonreirán, los camareros nos harán
reverencias y a lo mejor, con el tiempo, hasta salimos en la columna de Lionel
Pantaloon.
—Eso sería estupendo —dije.
—¿Verdad? —replicó alegremente—. ¿A que sí?

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