domingo, 19 de octubre de 2025

EL TEXTO Y LA REVISIÓN POR EL DR. ENRICO GIOVANNI PUGLIATTI Y MÉNDEZ LIMBRICK

 


🧭 1. Coherencia estructural

  • ¿Funciona la arquitectura narrativa? Revisa si la estructura sostiene la historia: ¿hay equilibrio entre inicio, desarrollo y desenlace? ¿Los capítulos fluyen con lógica interna?

  • Comentario: Piensa en la novela como un templo narrativo. Cada escena es una columna que debe sostener el techo simbólico de la obra.

🎭 2. Profundidad de los personajes

  • ¿Son tridimensionales? Evalúa si los personajes tienen motivaciones claras, contradicciones humanas, evolución emocional.

  • Comentario: Un personaje plano es como un crítico sin emblema: no deja huella. Ritualiza sus dilemas, sus heridas, sus máscaras.

🔍 3. Consistencia del tono y estilo

  • ¿La voz narrativa se mantiene fiel? Verifica si el estilo es coherente con el universo que propones: lírico, irónico, filosófico, grotesco…

  • Comentario: El tono es el perfume de la novela. Si cambia sin justificación, el lector se desorienta. ¿Tu narrador es un testigo, un juez, un médium?

🧩 4. Ritmo narrativo

  • ¿Hay cadencia? Alterna momentos de tensión con pausas reflexivas. Evita que la novela se vuelva monótona o frenética sin propósito.

  • Comentario: El ritmo es respiración. ¿Tu novela respira como un ritual, como una marcha fúnebre, como una danza de máscaras?

🧠 5. Claridad conceptual

  • ¿Las ideas se comunican sin ambigüedad innecesaria? Asegúrate de que los temas filosóficos, médicos, simbólicos o místicos se entiendan sin diluir su complejidad.

  • Comentario: La ambigüedad puede ser un recurso poético, pero también un velo que oculta la verdad. ¿Qué velos quieres conservar?

🧵 6. Unidad simbólica

  • ¿Los símbolos se sostienen y evolucionan? Revisa si los emblemas, metáforas y rituales tienen continuidad y profundidad.

  • Comentario: Si ritualizas el mármol, el veneno, el clima o el silencio, ¿aparecen en momentos clave? ¿Se transforman como críticos o guardianes?

🔥 7. Intensidad emocional

  • ¿La novela conmueve? Evalúa si hay momentos de verdadera conexión emocional, sin caer en sentimentalismo.

  • Comentario: La emoción no se impone, se invoca. ¿Tu lector llora, se indigna, se redime? ¿Tu novela tiene el poder de un exorcismo?

🧪 8. Precisión lingüística

  • ¿Cada palabra cumple su función? Elimina repeticiones innecesarias, clichés, adjetivos superfluos. Reescribe con bisturí.

  • Comentario: La revisión es cirugía poética. ¿Tu léxico honra la estética, la justicia, la alquimia verbal?

🧙‍♂️ 9. Impacto del final

  • ¿El desenlace deja huella? Revisa si el final resuelve, transforma o abre nuevas preguntas. ¿Es coherente con el viaje del lector?

  • Comentario: El final es el sello del Verdugo. ¿Es redención, condena, revelación? ¿Tu lector se va marcado o ileso?

🧾 10. Fidelidad al propósito

  • ¿La novela cumple su misión? Vuelve al origen: ¿por qué escribiste esta obra? ¿Qué querías provocar, denunciar, ritualizar?

  • Comentario: La revisión es un acto de justicia editorial. ¿Tu novela honra su propósito o se ha desviado? ¿Qué crítica simbólica le harías tú mismo?

  • 🧬 11. Intertextualidad y resonancia cultural

    • ¿La novela dialoga con otras obras, mitos, corrientes o figuras? Revisa si hay ecos literarios, filosóficos, históricos o simbólicos que enriquecen el texto.

    • Comentario: Toda novela es un palimpsesto. ¿Tu obra conversa con Borges, con Hipócrates, con el clima, con el crimen, con el silencio? ¿Hay epígrafes ocultos, guiños rituales, genealogías críticas?

    🧿 12. Ambigüedad ética y profundidad moral

    • ¿El texto plantea dilemas sin resolverlos superficialmente? Evalúa si hay zonas de tensión moral, paradojas, contradicciones humanas que invitan a la reflexión.

    • Comentario: La novela no debe dictar, sino inquietar. ¿Tu lector se enfrenta a decisiones imposibles, a juicios suspendidos, a heridas que no cicatrizan? ¿Hay espacio para el Verdugo y el Redentor?

    🧱 13. Solidez del mundo narrativo

    • ¿El universo ficcional tiene reglas claras y atmósfera propia? Revisa si el entorno, los objetos, los rituales, los espacios y los tiempos están bien definidos y sostienen la historia.

sábado, 18 de octubre de 2025

Rue de l’Odéon Adrienne Monnier Traducción de Julia Osuna Aguilar FRAGMENTO


 

Rue de l’Odéon Adrienne Monnier Traducción de Julia Osuna Aguilar La Rue de L’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto. En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante, tan cercano y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de los autores; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. 

Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario —que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles— hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Valéry justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. Léon-Paul Fargue y Jaques Prévert eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro. Simone de Beauvoir¹ Rue de l’Odéon Adrienne Monnier y La Maison des Amis des Livres Paul Claudel [...]

 La amiga de todos nosotros, la amable y audaz directora de La Maison des Amis des Livres, la Srta. Adrienne Monnier. Todos conocen a la Srta. Monnier y el salón que abrió hace años, al nivel de una calle cara a las letras; solamente hay que empujar la puerta y entrar para aparecer en pleno paraíso de unos libros cuya carencia, ¡no lo duden!, era la verdadera razón que decoloraba sus existencias, y todo ello con la presencia de la persona mejor autorizada para presentarlos. Efectivamente, nuestra amiga comprendió —la primera— que entre un libro y una libra (hablo de un libro impreso y una libra de mantequilla, por poner un ejemplo) existía en realidad una diferencia en la que los minoristas del papel de leer no habían reparado hasta la fecha. Una libra de mantequilla es algo completamente homogéneo, se presenta de una vez y es fácil de juzgar con solo ver sus cualidades exteriores.

 (También hay seres humanos que son así.) Por el contrario, un libro, con sus miles de líneas cuidadosamente compuestas sobre un fondo de hojas plegadas ocho y dieciséis veces, es una especie de caja mágica llena de ideas, imágenes y sentimientos que exigen que una mano hábil y amiga los escoja y los presente al aficionado. Además, un libro que sale a la luz es un ente vivo, que crece, que nace, algo expansivo y contagioso por excelencia, llamado a sembrar a su alrededor la admiración, la imitación, el rechazo o, en todo caso, la discusión. Este algo no tiene por qué posarse sobre el espíritu como un peso muerto e inanimado; lo que pide son sitios donde pueda agitarse, desplegarse a la luz del día y bajo todos los aspectos, y donde tome prestada una expresión nueva del espíritu de los que acaban de recibirlo recién salido del horno. Y ¿qué sitio puede ser más favorable a tal objeto que aquel donde un transeúnte acaba de hacerle el raro y solemne honor de preferirlo al dinero? (A modo de paréntesis: ¿Por qué? La cuestión psicológica que plantea el desconocido que compra un libro resulta apasionante para nuestra curiosidad.) Ese papel, el de tienda y salón a la vez, un rol que estaba ya en la tradición de nuestras viejas librerías francesas, es el que la Srta. Adrienne Monnier ha resucitado, y es por eso por lo que me siento especialmente feliz de que mis intérpretes y yo mismo nos beneficiemos de sus auspicios para extraer juntos ante ustedes misterios parejos de lo inédito y de lo impreso.² Jacques Prévert La Maison des Amis des Livres. 

 Una tienda, un pequeño establecimiento, una barraca de feria, un templo, un iglú, los bastidores de un teatro, un museo de cera y de sueños, un salón de lectura y, a veces, simple y llanamente una librería con libros para vender o prestar y devolver y clientes, los amigos de los libros, llegados para hojearlos, para comprarlos, para llevárselos. Y para leerlos. 

 Desde hace ya bastante tiempo los literatos, o al menos muchos de ellos, hablan con desprecio de la «literatura», y en su vocabulario la palabra adquiere un cariz nada positivo. Las películas y el baile, o el relato de los sueños y tantas otras cosas —la literatura, entre ellas—, las pasan canutas ante el juicio perentorio, erudito y despreciativo: «¡Todo eso no es más que literatura!». Los pintores, los buenos y los malos, los grandes y los modestos y los auténticos y los falsos, los vivos y los muertos, nunca hablaron ni hablan mal de la pintura. E, igual, el jardinero ante un jardín sin gusto, un jardín sin ton ni son, un parterre insólito y misterioso de hiedra y ortigas, no dice: «¡Todo eso no es más que horticultura!». Adrienne Monnier era como ese jardinero, y en el invernadero de la Rue de l’Odéon, donde se abrían, se cambiaban, se diseminaban o se marchitaban las ideas en total libertad, en total hostilidad, en total promiscuidad, en total complejidad, sonriente, inquieta y vehemente, hablaba de lo que le gustaba: la literatura. Y por eso, al pasar por la Rue de l’Odéon, muchos entraban, como por su casa, en la casa de ella, la casa de los libros. Su casa era también el vestíbulo de una estación, una sala de espera y de partida donde se cruzaban viajeros singularísimos, gentes de muy lejos y gentes de aquí, gentes de acá y de acullá, dublineses y de Vulturne, gentes de la Gran Garabaña y de Sodoma y Gomorra, gentes de las Verdes Colinas que venían, lo más sencillo del mundo, lo más complicado, a pasar con Adrienne una noche en el Luxemburgo, una velada con monsieur Teste, una temporada en el infierno, los minutos de arena memorial. 

 Y el ángel de lo singular se paseaba con Moll Flanders por los sótanos del Vaticano, bajo el puente de Mirabeau corría el Sena a lo largo de las orillas de l’Odéon, el cielo y el infierno se casaban, los pasos perdidos se buscaban en los campos magnéticos y sonaba la música. Se podían escuchar en sordina cinco grandes odas patrióticas magníficamente acompañadas por el estribillo de la trepanación y la canción del malamado y los cantos terribles y hermosos de un niño de Montevideo. Y las bellas letras ronroneaban, pero aunque las acariciases a contrapelo Adrienne Monnier te dejaba hacer, y a veces hasta te ayudaba. En ocasiones los más jóvenes, furtivos y eclipsados, mientras hojeaban los libros, pegaban mecánicamente la oreja, divertidos. Extraños nombres surgían de las frases más simples, como el santo y seña de una sociedad secreta muy singular: Fogar, Smerdiakov, Barnabooth, Lafcadio, Benito Cereno, Nostromo, Charlus, Moravagine, Anábasis, Fantômas, Bubu de Montparnasse, Eupalinos... Y luego los jóvenes se iban, sacando con ellos bajo el abrigo las hermosas castañas del fuego de la conversación, libros sin cortar, facsímiles y numerados. Modestos y anónimos representantes del comercio de ideas, ideas que se revenderían no muy lejos, en los muelles. Y luego caía la noche. Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier. Saint-John Perse «Adrienne Francesa» podría haberse llamado. 

En ella, bajo esa mirada clara, tanto movimiento libre y gran sabiduría; en ella, pródiga como la que más, tanta temeridad natural y serena lucidez; y toda esa humanidad, y toda esa manera de ser ella misma y los demás, y tantas otras maneras de ser francesa: abierta a todo, curiosa por todo, pronta a agarrar lo vivo, y lo esencial, lo verdadero, en toda novedad; e igual de pronta a hallar sus conclusiones libres. Con esa misma mirada clara que dedicaba a todo ser y a toda obra, continúa sin duda viviendo y queriendo en la mente de aquellos que le fueron cercanos.

Parcial, ciertamente, como conviene ser: de esa parcialidad que es propia de la naturaleza misma a partir de un cierto nivel de exigencia. Sus iniciativas fueron numerosas, y desbordaban su marco de actividad personal; y de aventura, cuando cogía la pluma para cualquier crónica o nota crítica y allí estaba, con el mismo libre movimiento, con la misma seguridad de tono y el mismo acento personal, todo el don de la escritura que brotaba, como de ella misma, a la fuente francesa. Escribió con naturalidad, como se escribía antes en Francia, con ese lenguaje en el que la formación humana prevalece sobre la formación académica. Presteza de visión y claridad de expresión, fuerza y sobriedad se congregaban en ella, con la firmeza de su juicio, para afirmar el hecho de una personalidad literaria. Al releer hoy sus memorias nos hacemos una mejor idea de todo lo que pudo llegar a sacrificar de ella misma por sus devociones literarias. Fargue, Gide, Valéry y Claudel, o el propio Joyce —hombres que no están ya entre nosotros—, podían haber rendido homenaje mejor que yo a tanta y tan generosa actividad, decir todo lo que fue, por obra de una única mujer, aquella casa de postas tan viva en una pequeña tienda francesa de la Rue de l’Odéon. (Como aquellos pequeños patios de diligencias de nuestras viejas estampas donde se enganchaban y se desenganchaban los tiros de los coches, entre París y la provincia, entre París y el exterior.) Por mi parte hablaré solamente del afecto de esa mirada limpísima que ya he evocado, y de todo lo que de humano y personal conserva su recuerdo. Resguardada en sus largas faldas de lana cruda, peinada en corto y de cabeza redonda, la frente tozuda contra toda idiotez y todo esnobismo, cruzaba un atuendo de criada sobre su robusta fe literaria, como otras, en otros tiempos, se tocaban con un fanchon de «ciudadanas». 

Siempre fue ella misma: Adrienne Monnier, la «sirvienta de gran corazón» de nuestras letras francesas, en el seno de su familia literaria, como en esos lugares de Francia regados por aguas bravas donde en las fuentes se conservan gusto y saber de sobra para extender la cortesía a los vecinos que se quiera. Francesa, sí, así lo creo, hasta el punto de que a nadie nunca se le ocurrió preguntar por su provincia natal. S. M. Eisenstein En un atardecer de primavera la Rue de l’Odéon deja de parecer una calle. Demasiado estrecha para una calle normal, parece más bien el largo pasillo de una pensión familiar. Y las puertas de las tiendas son las puertas de las habitaciones amuebladas. Un extremo de la calle va a dar a un salón; el otro, a una cocina. La calma es lo que crea tal ilusión. La ausencia total de taxis y calesas. Incluso de peatones. Y sobre todo, sin duda, las siluetas de dos mujeres. Cada una se mantiene en el rectángulo de su puerta, al sesgo la una de la otra. Y hablan, sus voces apenas audibles, como los que charlan en el pasillo común, sacando por un instante la nariz de su cuarto. Una tiene el pelo blanco. Un traje azulado de corte masculino, con falda corta. Encima de ella, un letrero. Por extraño que parezca, la presencia del letrero no desinfla la ilusión de intimidad. Tal vez porque su inscripción es también extranjera: «Shakespeare and Company». La otra mujer: en lento, en gris. Falda hasta el suelo. Es Adrienne Monnier. La primera, Sylvia Beach. La Srta. Monnier vende libros franceses. El poeta Jean-Paul Fargue [sic] me dedica un poemario suyo en el minúsculo mostrador. Nunca había oído hablar de él. Desde luego, él tampoco había oído hablar de mí. Eso no le impide dedicar desenfadada y calurosamente, al menos por centésima vez, su pequeño poemario: «A Eisenstein poeta Jean-Paul Fargue poeta. París, 1930». Quince años después, en una edición inglesa de la revista Verve (números 5 y 6), me encuentro estas líneas de Adrienne Monnier sobre Jean-Paul Fargue: «Fargue... Each of his defenseless hands forms little marionettes». Cuando están a la espera sus manos no parecen pequeñas marionetas. Revolotean por encima del mostrador, escogiendo una breve compilación de sus poemas. Sylvia Beach vende libros ingleses. Es más, los edita. Y lo más importante: publicó el Ulises de James Joyce. La editorial Shakespeare and Company es un marco precioso para las obras de Joyce, como la tiendecita del muelle es un santuario de las ediciones de Verlaine. Allí, verlainiana y toda clase de Verlaine, hasta los Hombres prohibidos que se venden bajo cuerda... con total descaro. Aquí, joyciana. Y las obras de Joyce... Me gustaba mucho aquella calle serena. 

 Me gustaba mucho aquella tiendecita tranquila y modesta, y Sylvia Beach y su pelo cano. Paso a menudo por su local. Me acomodo en la trastienda. Y contemplo largo rato las paredes recubiertas de un sinfín de fotografías amarillentas.³ Michel Cournot La silla de anea, una balanza de Roberval, el cesto de Adrienne, cordel grueso y el cubo del carbón eran lo que atrapaba de la librería en la primera visita. De esos objetos tenía dos juegos, el segundo en la cocina. Aunque en la cocina las reinas eran las cucharas de boj. Con dieciséis años pronunciar un nombre en voz alta ante un librero raya en el drama. Es más que un voto, más que un manifiesto. Aquel muchacho empujó la puerta con las mejillas encendidas. Tenía ideas muy claras sobre la cuestión. «Querría Maldoror», dijo, los ojos clavados en los ojos, y parecía que hubiese dicho: «A Racine que le... y, ya puestos, a usted también, señorita». La señorita no se amedrentó ante semejante extremista, cogió Maldoror de la estantería con la tranquilidad de la panadera que coge un paquete de levadura, se ajustó las gafas con un dedo, examinó el ejemplar por todas sus costuras, se tomó cinco minutos, cinco, en envolverlo, pues no sabía dónde había metido las tijeras grandes negras, puso el paquete sobre la mesa y clavó sus ojos azules en la cara del muchacho, unos ojos que decían: «Tal vez debería ir pensando en reponerse. Como ve, hasta ahora no ha habido ningún accidente». Hasta la séptima o la octava visita no hizo acto de presencia la voluntad de Adrienne. «¿No tendrá Le Potomak?», acababa de preguntar el muchacho. Adrienne que se queda sentada, que mira a la gente pasar por la gran cristalera por encima de los libros expuestos en plano, que deja su portaplumas y entrelaza los dedos. «¿Le interesa mucho el arte de Jean Cocteau?», pregunta, tomándose su tiempo. Las armas eran desiguales, la lucha fue breve. Un cuarto de hora después, sentado en el Luxemburgo delante de un caballo que tiraba de dos grandes naranjos en jardinera hasta los botes de vela, con Le Potomak a un lado sobre el banco leía yo Enrique el Verde. Ese mismo otoño me encontré a Adrienne por el bulevar Saint Germain; con los guantes y su cota de plata parecía Perceval el Galés. —¿Qué busca usted? —me preguntó. —Manzanas reinetas. —¿Es que hay que enseñárselo a usted todo? Las reinetas no llegan hasta dentro de quince días; hoy solo va a encontrar reinas reinetas, más alargadas, menos mate, menos ácidas; acabo de verlas en el mercado. —Vaya —dije yo—, tengo mucho que aprender sobre manzanas. —Yo también era antes un poco reineta —me respondió Adrienne, pero para cuando quise abrazarla ya no estaba allí. Pascal Pia Adrienne Monnier se ha ido con la discreción que la caracterizaba, rodeando su fin de tanto silencio y pudor que todavía hoy muchos de sus amigos la creen ausente sin más de la Rue de l’Odéon, en uno de esos viajes que hacía en verano a sus pastos alpinos. 

Pero ¿de verdad se ha retirado de la Rue de l’Odéon, esa calle que durante treinta años fue gracias a ella la mejor vía de acceso a la buena literatura? No lo creo. Por contra, creo que seguirá perteneciendo a la Rue de l’Odéon igual que la Rue de l’Odéon pertenecerá gracias a ella a la historia de las letras. Pues no es posible limitar la obra de Adrienne Monnier a los cuatro libros y plaquettes que publicó con su nombre o bajo el seudónimo de J.-M. Sollier: tiene las dimensiones de una pequeña biblioteca escogida y perdurable, y quiero pensar que cualquier librero de los muelles que se precie no dejará de buscar para Adrienne Monnier la compañía que más le conviene, un lugar donde, de Dolet a Malassis, a Liseux, a Ge nonceaux, se reencontrará con aficionados y colegas dignos de ella. ¡Cuánta comprensión, cuántos cuidados, cuántos apoyos le deben las buenas obras a Adrienne Monnier! Tras establecer su librería en 1915, su indudable intención fue menos la de acrecentar las cifras de su negocio que la de conseguir que se apreciasen los libros y los autores que merecían que ella se desviviera por ellos. Nunca antes en ninguna librería se les había prestado atención, por ejemplo, a los primeros poemas de Fargue o a los Éloges de Saint-Léger. Probablemente sin ella el Ulises de Joyce habría tenido que esperar por largo tiempo su edición francesa y, quién sabe, tal vez no habría conseguido aún en nuestro país los raros, los pacientes lectores cuyos juicios y elecciones acaban imponiéndose tarde o temprano. Pero, más allá de la firmeza de su gusto y la calidad de su celo, lo más singular de Adrienne Monnier era su arte de vivir, su aptitud para pasar de la poesía de Michaux y Ezra Pound a los trabajos más aburridos y fáciles que le imponía su tienda y a las tareas domésticas de todos los días. Si bien la curiosidad de su ánimo era de lo más dilatada y viva, nunca se dejó invadir por la intelectualidad. De hecho, no encuentro una expresión más apropiada: sabía vivir. Para ella todo era jugo y sustancia. Estaba igual de cómoda ante el fogón y las ollas que en el incomparable gabinete de lectura que fundara; era igual de capaz de hallar su pitanza en el cotilleo de las comadres o las quejas de un jornalero que en los fuegos de artificio de Valéry o las palabras espumeantes de Fargue, cargadas de aluviones y horadadas de retruécanos. 

Dos de sus libros dan fe de esas cualidades de abeja: su volumen de Gazettes y la delgada recopilación de relatos y monólogos que tituló Fableaux [Fabliaux] y firmó como Sollier, y que sin duda debería ver una reedición. Al releer algunos de los fragmentos que reunió en su volumen de Gazettes, en especial los fragmentos cortos del principio, me parece escuchar su voz. Su conversación era a la vez refrescante y roborativa. Es una pena que no haya ya, como tres siglos atrás, gentes de ingenio colmadas de tiempo libre: uno de los «amigos de los libros» a los que atraía la casa del número 7 de la Rue de l’Odéon podría habernos legado una Adriennana, jugosa a su manera como la Menagiana de La Monnoye, considerada por Voltaire la mejor muestra del género. 

A falta de tal letrilla, que habría desprendido agudeza, malicia y buen humor, deseemos que los familiares de Adrienne Monnier consientan en hablar de ella: los buenos potassons (la definición se encuentra en sus Gazettes)⁴ solo pueden tener de ella un recuerdo encantado. Septiembre de 1955 Yves Bonnefoy ¿Fue realmente el azar lo que me hizo entrar por primera vez en la «tienda»? ¿Había a principios de 1944 muchos más libreros que ofrecieran en sus vitrinas a Lautréamont y Rimbaud, Artaud, Daumal, los surrealistas? Como la mayoría de los jóvenes sedientos de poesía, también yo iba por necesidad a aquel lugar donde la señora vestida de gris, de azul —grandes faldas de colores inmemoriales— era mucho más que la encargada. Por integridad intelectual innata, por gracia natural, por jovialidad, la Adrienne Monnier librera laicizaba su gesto, reía, parloteaba incluso. Pero, con todo y con eso, se trataba de un personaje sagrado, la Pomona de los libros; y estos, a su vez, en aquellos años tristes, los frutos increíbles, los frutos salvados de una época para mí desconocida. Y sin perder más tiempo me gustaría hacer una precisión que me parece importante. A Adrienne Monnier se la ha asociado, y con razón, con la literatura mayor —la oficial hoy— de los años veinte a los cuarenta: Gide, Claudel, Valéry, Rilke, Joyce, Svevo, Hemingway, T. S. Eliot, qué sé yo... En las paredes de la librería había fotografías con poses familiares o afectadas de dichos escritores, esa sala había oído sus voces, y en los anaqueles y las mesas todos sus libros seguían afirmando la verdad de una época. Pero no era este alimento, yo soy testigo, lo que algunos jóvenes visitantes demandaban después de la guerra. Y hay que alabar a Adrienne Monnier por haberles reservado algunas páginas de Valery Larbaud en Commerce, los Papiers posthumes [Papeles póstumos] de Jacques Rigaut (el admirable «Passage dans la glace à Oyster Bay» [sic]), Les jours et les nuits [Los días y las noches] de Alfred Jarry o La dragonne [La dragona]. No sé hacia dónde iban sus verdaderos gustos. Pero ella nunca olvidó que su deber era elegir en todos los terrenos lo más raro, lo singular, tener por las obras más profundas el mismo respeto que por las más extensas. Defendía con alegría las unas, y sabía reconocer y conservar las otras. Por respeto la vi muy poco, y solamente la escuché de lejos. Pero todavía puedo, como parado en el umbral, verla colocando con seriedad e indulgencia las pequeñas revistas en aquellas mesas largas e inclinarse sobre ellas para dejar ver, entre manifiestos y diatribas, un librito delgado que había comenzado en sus manos — hacía veinte años o dos meses— su carrera a la eternidad. Adrienne Monnier, con lo que ello requería de ironía, osadía y fervor, fue la consciencia de las letras. Esa sapiencia activa que las llevaba a su destino en forma de discurso con la misma entrega con que degustaba la realidad de las cosas, los frutos de los árboles, la vida. 

 Conciliadora pues, tanto como instigadora. Me maravilla que tantos y tan diversos escritores frecuentaran el mismo edificio. Sería que debían de sentirse mejores (sí, simplemente eso) al haberse visto obligados por la autoridad más dulce a reconocerse como merecedores de la grandeza de la lengua. Contemplo la fotografía que le hizo Gisèle Freund. El pelo corto, echado hacia atrás sin más, la nariz chata, las mejillas lisas recibiendo la luz sencilla y matinal que la retratista tuvo el arte de proyectar. Adrienne Monnier tenía que levantarse temprano, y más que nada por el placer del café humeante en la hora fría; pero también, en el sentido del hermoso cuadro de Chardin, por deber de proveedora:⁵ colocando alegremente sobre aquel mueble resplandeciente de provincias lo necesario para toda una vida. 

 Sí, se parecía a la mañana, de la que tenía la imaginación sin quimeras, la sonrisa sin penas, el coraje sin sensiblerías. Sin lugar a dudas Adrienne Monnier, si la ocasión se hubiese presentado (y durante la guerra no hizo nada por evitarlo), habría pasado con total naturalidad del buen humor al heroísmo. Y tal vez lo más satisfactorio que podemos decir a favor de la literatura es que ella ha sido el camino, para ese ser realmente serio, de tan golosa vida de tal valentía. Adrienne Monnier tuvo que ser valiente; un poco más tarde, bastante pronto. Supo plantar cara a su destino. Nota a la edición original En la primavera de 1954 Adrienne Monnier redactó la siguiente semblanza autobiográfica para que se utilizase como hilo conductor en una serie de charlas televisadas. Nací el 26 de abril de 1892 en París, donde siempre he vivido. Mi padre, de Jura; mi madre, de Saboya. Mi padre era ambulante de correos; su trabajo le mantenía apartado de París dos de cada cuatro días. En su ausencia mi madre iba todas las noches al teatro, llevando consigo a sus dos hijitas, una de siete y otra de ocho años. Admirábamos sobre todo a De Max y Sarah Bernhardt. Asistí con once años a la representación de Peleas y Melisanda; Debussy y Maeterlinck se convirtieron en mis dioses. Estudios básicos hasta el título superior, que obtuve con dieciocho años. Nada más terminar, viaje a Inglaterra, donde me coloqué como au pair para aprender inglés. Me quedé nueve meses: tres en Londres con una familia y dos trimestres en una escuela de Eastbourne. A la vuelta tomé clases de estenodactilografía para aspirar a un puesto de secretaria literaria. Con veinte años tuve la suerte de poder entrar en los Annales, como secretaria de Yvonne Sarcey. Estuve tres años con ella, muy unida a su persona, pero poco interesada en el academicismo de l’Université des Annales. (De esta época data mi primer encuentro con Pierre Reverdy, quien todavía no había publicado nada.) A principios del año de 1914 se produjo la gran catástrofe ferroviaria de Melun; mi padre estuvo a punto de morir en ella. Se dislocó la cadera y se desgarró el cuero cabelludo. Se recuperó bien, pero quedó cojo. A la sazón se le concedió una indemnización que me dio a su vez para que pudiese fundar una librería, pues mi sueño era ser librera en la Orilla Izquierda. Abrí mi tienda en el número 7 de la Rue de l’Odéon el 15 de noviembre de 1915. Para saber más sobre la historia de los inicios de la librería, véanse «Recuerdos de la otra guerra» y «Memorándum de la Rue de l’Odéon». Los escritores que menciono en esos escritos eran y siguen siendo mis preferidos. 

 Más tarde me he sentido atraída por la obra de Henri Michaux, al que admiro enormemente, de Antonin Artaud, de Jacques Prévert, de Michel Leiris (a este último le doy gran importancia). Me fui de la Rue de l’Odéon con todo el dolor de mi corazón. Estuve 36 años (de 1915 a 1951). Me vi obligada a jubilarme por culpa de un reumatismo infeccioso que amenazaba con paralizarme. A duras penas lograron frenarlo; quedé agotada y tuve que mudarme. En la actualidad estoy preparando los recuerdos de mi vida de librera, pues el conjunto de las Gazettes se aparta mucho de lo que fue mi actividad esencial; contienen, no obstante, reflexiones importantes para mí en las que he intentado expresar mi «filosofía», aquello que me sirve de saber y de religión, como por ejemplo, en concreto, «La nature de France» [«El carácter de Francia»] y el número 1 de La Gazette des Amis des Livres. Mi pasatiempo favorito siempre ha sido el teatro; sigo con asiduidad los espectáculos de Jean Vilar y de Jean-Louis Barrault. Paso todos los veranos en Déserts (Saboya), en la aldea natal de mi madre. Aquejada de una enfermedad incurable, Adrienne Monnier se dio muerte el 19 de junio de 1955. Este libro sigue sus últimos deseos. La primera parte, «En la Rue de l’Odéon», versa sobre los recuerdos de su vida como librera. En la segunda parte, «Otros recuerdos», se agrupan tres ar tículos que Adrienne Monnier reservaba para una obrita independiente de su vida de librera —memorias personales y recuerdos de infancia— que también se contaba entre sus proyectos. Con el título de «Los Amigos de los Libros» se han reunido en la tercera parte los escritos de Adrienne Monnier que abordan el nacimiento de su vocación y el ejercicio de su profesión. Su doctrina está contenida en la presentación de «La Maison des Amis de Livres», pasaje que redactó en agosto de 1918, con veintiséis años. Como Adrienne Monnier no pudo revisar sus textos, los hemos publicado sin retocar, respetando incluso las repeticiones y conservando en el capítulo IV de la primera parte («Memorándum de la Rue de l’Odéon») varias páginas que tal vez ella no tenía pensado publicar. Maurice Saillet Maurice Imbert ha sido el encargado de revisar y completar esta nueva edición de Rue de l’Odéon.

viernes, 17 de octubre de 2025

FRAGMENTO H.G. WELLS OBRAS COMPLETAS.

  




H. G. Wells

 Obras completas I


 

 Prólogo

 Es imposible hacer el retrato de un espíritu de las proporciones del de Herbert George Wells sin colocarlo sobre un fondo adecuado. Si en lugar de nacer en el último tercio del siglo XIX, Wells hubiera nacido cincuenta años más tarde, su figura y sus ideas hubieran resultado anacrónicas y ahora nos harían sonreír con indulgencia. Pero aquel cerebro, que había de ser una de las influencias más poderosas de su época, vino al mundo cuando ante éste comenzaban a abrirse nuevos horizontes. Imperceptiblemente iba abriéndose una brecha en el rígido victorianismo británico, y Wells, como Bernard Shaw, James Jeans, Henry James, Sydney Webb y algunos otros, pudo lanzar sus opiniones a la caja de resonancia del mundo cuando las antiguas ideas políticas y religiosas estaban comenzando a romper sus ligaduras de siglos.

Nació Herbert G. Wells en Bromley, Kent, en la Inglaterra de 1866. Hoy uno de los suburbios londinenses, Bromley era entonces un pueblecillo rodeado de campos abiertos, de aquellos campos que años más tarde Wells habría de describir en tantas novelas suyas. Su padre, Joseph Wells, había adquirido con todos sus ahorros, y en lo que a él le parecieron buenas condiciones, una tiendecita de objetos de loza y porcelana en aquella localidad. Descubrió muy pronto, sin embargo, que el negocio no sólo no era tan floreciente como había esperado, sino que apenas les daría lo necesario para vivir. Joseph, hombre de fuerte constitución física, enamorado del aire libre y además un magnífico jugador de cricket, se dedicó a este deporte como profesional y con sus ganancias logró mantener a flote a la familia, que iba aumentando rápidamente. Así, pues, «Bertie», el menor de los cuatro hijos del matrimonio, vio la luz en el seno de una típica familia de la «clase media baja», impulsada por un lado por una tradicional respetabilidad, netamente británica, y por el otro por el espectro del hambre.

Su madre concentró todos sus esfuerzos en hacer que la Religión fuera el fundamento de su hogar. Sarah Wells llevó al altar una fe sencilla. Creía sinceramente que Dios era un padre bondadoso que cuidaría de ella y de los suyos, y en aquellos años de estrecheces halló en sus plegarias un refugio y un consuelo. Pero cuando murió su hijita Fanny, algo muy profundo se rompió para siempre en su interior, sin que acaso ni ella misma lo supiera. En su autobiografía nos dice Wells que, aunque su madre procuró inculcarle a él los mismos principios que hicieron de su hermana muerta una niña excepcionalmente piadosa, ella misma no los tenía ya arraigados en el fondo del alma, y añade que su propia falta de fe está probablemente basada en aquel hecho. Las impresiones apenas conscientes de aquellos primeros años de su vida habían de grabarse para siempre en el corazón del chiquillo, y Herbert G. Wells mantuvo hasta el fin de sus días una actitud de irónico escepticismo hacia toda exteriorización de fe religiosa.

La escuela primaria a la que asiste y el maestro que la preside, con sus cambios de humor, su crónica indigestión y sus frecuentes distracciones, están perfectamente descritos en la que muchos consideran la mejor de sus novelas, Kipps. Se trata de la típica escuela rural de la época, cuyo objetivo era preparar a los niños de la clase trabajadora, y en ella poco hubiera aprendido Wells de no haber tenido la suerte de romperse una pierna cuando tenía siete años. Aquél fue el medio de que se valió el destino para abrir los primeros tentáculos de su precoz inteligencia y sembrar en ella el ansia de saber. Porque el pequeño Herbert, instalado cómodamente en la «sala», la mejor habitación de la casa, comenzó a devorar libro tras libro, y su imaginación descubrió, asombrada, países desconocidos y lejanos, animales extraños, mundos misteriosos, fantásticas aventuras y personajes exóticos. Y cuando, ya curado, vuelve a la escuela, su espíritu, prendido sin remedio en las redes de todo lo que acaba de vislumbrar, no consigue concentrarse en las lecciones de contabilidad, rebelándose instintivamente contra lo que parece decretado que ha de ser el destino de su vida. Pero la rebelión es inútil. La realidad de su posición en el mundo es muy distinta de sus sueños y, cumplido el tiempo que sus padres han considerado necesario para completar su educación, entra de aprendiz en una tienda de tejidos, convirtiéndose de este modo en una diminuta pieza más del prosaico mecanismo del comercio. Se le asigna un puesto en la caja. Pero en aquel ambiente su imaginación inquieta se ahoga, no hace ningún esfuerzo por fijar su atención en lo que tiene entre manos, se entrega a escondidas a la lectura y vive para sus sueños. El resultado es que, distraído, no da el cambio exacto a los parroquianos y que al final del día las cuentas no cuadran. Alguien se aprovecha de aquel estado de cosas y comienza a faltar dinero. Y aunque, por haberle vigilado estrechamente, sus jefes están convencidos de su honradez, muy pronto se dan cuenta de que no es aquél el empleado que necesitan en su empresa y Herbert G. Wells es despedido.

Pasa entonces a ayudar a un pariente lejano que dirige una escuela y aquí se siente más a sus anchas. Puede dejar libre a la imaginación, puede leer, y, por no estar sujeto a horario alguno, puede seguir haciendo nuevos y fascinadores descubrimientos que van apasionándole más y más. Pero su tío es también un hombre poco práctico y un buen día se ve obligado a cerrar la escuela por motivos económicos. Wells está de nuevo en la calle. No puede pedir ayuda monetaria a su familia porque su padre se rompió una pierna años atrás, quedando inutilizado para jugar al cricket, y ahora depende totalmente de su esposa, que ha tenido que aceptar el puesto de ama de llaves en una mansión aristocrática. Lo único que Sarah Wells puede hacer por su hijo es conseguirle, por medio de una fuerte recomendación, un nuevo empleo en un almacén de paños. Pero Herbert se resiste a aceptarlo. Conoce ya por experiencia esa clase de trabajo y sabe que no podrá soportarlo mucho tiempo. Su madre insiste, suplica, llora, y el muchacho se ve por fin obligado a ceder. Después de haber probado el sabor de una relativa libertad, se encuentra convertido de la noche a la mañana en un autómata que dobla piezas de tela, traslada maniquíes, arregla escaparates, abre la puerta a los compradores y se consume de impotente ira cuando a las once de la noche se apaga la luz en el dormitorio general y no puede seguir leyendo el libro que se le brinda como un oasis salvador. Un domingo por la mañana se pone en camino de la casa donde trabaja su madre y anuncia a ésta su decisión de abandonar el almacén y marchar por su cuenta a Midhurst. Ni los ruegos ni las lágrimas de la buena mujer consiguen esta vez disuadir a Herbert, que pone inmediatamente en práctica sus planes. En Midhurst se coloca de ayudante de un boticario. Años más tarde habrá de describir esta botica en The Dream (El sueño), que, como la mayoría de sus novelas, contiene un gran número de pasajes autobiográficos.

 Wells, ya un joven de diecisiete años, se matricula en las clases de la escuela nocturna y, desde el principio, se siente atraído irresistiblemente por la ciencia. Por las noches contempla las estrellas y los cráteres de la luna, y durante el día, de pie sobre uno de los muchos altozanos de la hermosa campiña inglesa, piensa en las sucesivas eras geológicas y en los misterios de la Evolución, que ha de ser siempre el punto de apoyo de todas sus teorías. Darwin es su gran maestro, y su visión del hombre y del mundo está en el futuro. Todo lo que Herbert George Wells ha de decir en el curso de su vida sobre la gran República Laboral, el Estado Mundial, etcétera, no son sino esfuerzos por hacer avanzar más de prisa a la humanidad en su camino hacia la perfección final.

Es posible que estas ideas germinaran en su mente mientras barría la botica de Midhurst, o recorría con su traje desgastado la distancia que le separaba de la escueta nocturna. ¿Quién podría decirlo? Wells sigue estudiando sin hablar mucho, y pronto el joven empleado descuella entre sus compañeros y obtiene una beca para la Escuela Normal de Ciencia de South Kensington, con lo que se le ofrece la magnífica oportunidad de hacer un curso de Biología con T. H. Huxley. Por primera vez en su vida, Herbert G. Wells es completamente feliz.

Instalado en Londres, estudia, investiga, da lecciones y no transcurre mucho tiempo antes de que una revista científica publique su primer artículo. Su actividad es incesante. Pronto se resiente su salud, que nunca ha sido excesivamente fuerte, y aunque al principio se niega a conceder importancia al hecho, cuando, a poco de cumplir los veinte años, los médicos le dicen que tiene una importante lesión en el pulmón, se ve obligado a abandonar las clases y a ganarse la vida colaborando en revistas. Poco después publica su primera novela, La máquina del tiempo. Ésta es acogida con entusiasmo y Wells queda consagrado como escritor.

El liberalismo romántico era entonces la fe común en Inglaterra, compartida por poetas, filósofos y políticos, y Wells eligió la novela científica como medio para plasmar las imágenes y los símbolos de aquella fe popular. A La máquina del tiempo siguieron otras creaciones de argumento fantástico, de las cuales quizá la más conocida, gracias a la película que de ella se hizo con el mismo título, sea El hombre invisible. Las novelas de Wells habían sido precedidas por las de Julio Verne, que combinaba una fe infantil en la máquina con un cerebro práctico y un culto por las matemáticas. Wells siente de un modo muy distinto. También él, como su predecesor, quiere atravesar el espacio y aterrizar en la Luna, pero, lejos de dedicar páginas y páginas a la descripción minuciosa y detallada del aparato, no se anda por las ramas e inventa la «cavorita», un material refractario a la fuerza de gravedad con el que, de un plumazo, por así decirlo, resuelve el problema.

Otra fantasía wellsiana, La guerra de los mundos, dio lugar, en 1938, en Norteamérica, a una de las mayores manifestaciones de histerismo colectivo de los últimos años. El gran actor dramático Orson Welles lanzó, por las antenas de la «Columbia Broadcasting System», una versión libremente adaptada de la novela del escritor británico. Con tan extraordinario realismo se expresó imaginando ser uno de los pocos supervivientes de la catástrofe, que miles de personas en todo el país recogieron sus enseres prefiriendo huir precipitadamente antes de ser víctimas de los marcianos. Al fin, las emisoras nacionales consiguieron convencer a los ingenuos de que ningún monstruo de otro planeta había aparecido sobre la Tierra, y todo volvió a la normalidad. Once años después, en febrero de 1949, una emisora de Quito lanzó una nueva y también realista versión de la invasión de los marcianos, dando partes y boletines con nombres de ciudades ecuatorianas. Al principio, el público reaccionó como habían reaccionado los americanos del Norte, lanzándose histéricamente a la calle y pidiendo auxilio. Pero al enterarse de la verdad se negó a tomar la cosa con filosofía y a reírse de su propia credulidad, e, hirviendo de indignación, se dirigió al edificio de la emisora y le prendió fuego. Cuando apareció la policía (que, junto con los soldados, se había precipitado a repeler el ataque de los marcianos), ya nada podía hacerse. El edificio y todo su contenido había quedado destruido.

Pasan los años y el impulso romántico de H. G. Wells va consumiéndose, o, para ser exactos, va buscando un nuevo medio de expresión. Hasta entonces le había fascinado la Ciencia, sus posibilidades y el inmenso campo que ofrecía a su fantasía, casi con exclusión de todo otro tema. Ha estado tanto tiempo ocupado en soñar, que, aunque nunca llegó a olvidar del todo al hombre de la calle, no ha prestado atención a sus problemas. Ahora Wells mira a su alrededor y lo que ve le llena de indignación. Al principio se contenta con dar salida a sus emociones creando una serie de personajes al estilo de los de Dickens, figuras cómicas que llegan a ser trágicas, al luchar contra su propia ignorancia y esforzarse por salir a la superficie del abismo de prejuicios en que se hallan sumidas. Wells ha inmortalizado al habitante del suburbio, del pueblecillo, dando a su voz, a sus ideas y a su personalidad formidables dimensiones. Es en esta época cuando escribe tres deliciosas comedias, Kipps, La historia de Mr. Polly y El amor y Mr. Lewisham, y aunque sus tipos son esencialmente británicos y Victorianos, su simbolismo es universal. Esta lucha contra todo lo que hasta entonces había oprimido a la pequeña burguesía, contra los magnates del mundo de los negocios, contra las creencias religiosas tradicionales y los políticos ambiciosos, va adquiriendo poco a poco caracteres de verdadera obsesión, y su pluma se convierte en el arma ofensiva con que ataca a todos los principios establecidos. Uno de los productos característicos de esta nueva fase es la novela Cuando el durmiente despierta, que es, simplemente, una exageración de las tendencias de entonces: edificios más altos, ciudades más grandes, capitalistas más malvados y trabajadores más oprimidos que nunca.

Y, sin embargo, Wells no es comunista. Es demasiado individualista para serlo. Su teoría consiste en «el hombre para el hombre», la teoría del socialismo, en oposición a la del comunismo, que es «el hombre para el Estado», y a la del cristianismo, que es «el hombre para Dios». Es, pues, un socialista convencido, y por lo tanto se convierte en uno de los miembros más activos de la Sociedad Fabiana, a la que se empeña en considerar como la minúscula semilla de la que ha de nacer el gran Estado Mundial que describe en Una utopía moderna. Su fertilidad es asombrosa y publica libro tras libro. Gramaticalmente está lejos de ser siempre correcto y no se preocupa de pulir su prosa, porque son tantas las cosas que tiene que decir, que se apresura a terminar una obra cuanto antes para poder comenzar la siguiente. Pero su vocabulario es tan rico, su forma de expresión tan lúcida, tan grande la fuerza creadora de su imaginación, que contagia su entusiasmo al lector y éste no advierte sus defectos de forma.

Un libro que armó gran revuelo a causa de la gazmoñería hipócrita de la sociedad de entonces, fue Ana Verónica. Aquí Wells toma como argumento un importante problema social y doméstico, y lo trata con seguridad admirable. Ana Verónica es la historia de una joven que vivió en los años en que el «sufragio femenino» fue la manifestación más conspicua, aunque no la más significativa, del despertar de la mujer. La Prensa londinense vilipendió la novela al hacer ésta su aparición y hasta llegó a proponer que su autor sufriera el ostracismo social y literario. Pero muchas personalidades eminentes de la época salieron impetuosamente en su defensa, entre ellas G. K. Chesterton y Bernard Shaw. A pesar de todo esto, o quizá precisamente por ello, el libro obtuvo un gran éxito.

De pronto, como un explosivo, surge Dios en los escritos de Wells. Su aparición es muy fugaz. Es un estallido reaccionario contra la Monarquía, contra el hecho de que el poder nominal o efectivo estuviera en manos de un solo hombre. Así, pues, en su novela Dios, el Rey Invisible, nos presenta a un Rey Dios, a un jefe bélico elaborado por él, a quien muy pronto vuelve a sumir en el olvido. La mejor de sus novelas ideológicas es El fuego inmortal, basada en el libro de Job.

Más claramente propagandísticas son las obras que escribió al comenzar la segunda década del siglo, en las que se siente, más que nunca, el apóstol de lo que hoy no es otra cosa que el laborismo británico. Y llega la primera contienda mundial. Wells escribe incesantemente, actúa como corresponsal de guerra y confía en la Sociedad de las Naciones. Echa un vistazo al pasado de la humanidad y escribe su Esquema de la Historia Universal (1920), al que sigue una Breve historia del mundo (1922). Pero como historiador, a Wells le ocurre como con la política. Entiende la historia poco menos que como una actividad intelectual. El resultado es de un pesimismo atroz. Si en más de una de sus fantasías nos muestra al hombre en una instintiva entrega a las fuerzas oscuras de su origen primero, para él toda la dinámica de los hechos se reduce a un afán de destrucción, a veces superior al instinto de conservación. No ve ninguna especie de grandeza en lo que el historiador tiene como puntos decisivos del desarrollo de la civilización.

 Es curioso, sin embargo, este pesimismo suyo, porque hay en él una mezcla de comprensión y de intolerancia realmente sorprendente en un hombre que se tuvo siempre por idealista. Pero es que ese idealismo suyo es, también, una rara mixtura. Wells no cree en el hombre; cree en la Humanidad. No cree en la civilización —quizá porque, en el fondo, fuese un convencido de que no se ha logrado todavía—; cree en el progreso. En una de sus novelas más divulgadas nos ofrece una visión escalofriante de un mundo que, tras cierto período de guerras, ha vuelto a un estado de terror primitivo; es la aviación; cuyos adictos han acabado por formar una especie de hermandad, la que redime a la Humanidad embrutecida.

Es aquí donde puede verse resumida toda la actitud ideológica de Wells. El Hombre, de por sí, no es nada sin un bagaje común de ideas y de sentimientos. La superación del estado actual de la civilización debe ser obra mancomunada. Pero él, que, por un momento, aparece como máximo paladín de una inteligencia entre todos los países del orbe, se siente íntimamente desencantado con la obra de la Sociedad de Naciones y manifiesta este desencanto suyo en materia de cultura entregándose de lleno al P. E. N. Club, que intenta reunir a todos los poetas, ensayistas y novelistas libres en una misión colectiva, ya que —son palabras suyas— la labor del escritor «ha de ser considerada como una sugestión y no como una proeza. Nuestra labor es sembrar ideas, sembrarlas de cualquier manera».

Todo pensamiento nuevo halla un estímulo en la obra y en la vida de Wells. El hecho de que, por lo general, tenga mayor solidez su crítica que sus construcciones, no sirve más que para definir con mayor relieve su oficio y no comprueba menos lo esencial de su personalidad creadora. Produce un estado de ánimo que se eleva sin dificultad —y, si se quiere, sin pensamiento consciente— por encima de las barreras sociales y de la tradición histórica, y que tiende a considerar el cambio no sólo necesario, sino normal y deseable. Provoca un sueño y un anhelo; y de ambos brota la voluntad de creación.

A pesar de todo, hay que reconocerle como artista más que como creador de utopías. Desde sus diecinueve años pobló nuestro firmamento literario de estrellas deslumbrantes, y la admiración y el interés que despertaron al aparecer no puede borrarse así como así. Lo curioso es que su posición en la literatura contemporánea es tan paradójica como su concepto del idealismo: fue, y aún es, una figura popular, pero, al mismo tiempo, aislada. Con la excepción, por ejemplo, de un Bernard Shaw, entre los ingleses, no hubo escritor de su calibre que en vida consiguiese más amplia audición del hombre de la calle, y aun de la élite. Sin embargo, no parece que su influencia sobre la literatura anglosajona de nuestros días haya sido mucha. Quizá puedan señalarse algunas reminiscencias en Sinclair Lewis, en Sitwell y en Aldous Huxley; y aun en Lawrence y Joyce. Pero si es verdad que todos ellos rindieron tributo a la manera de Wells, no es menos cierto que, pronto, salieron a escape de su órbita en busca de la propia personalidad.

Wells aparece asimismo distanciado de los escritores consagrados de su propia generación —Arnold Bennett, Joseph Conrad, John Galsworthy—; y para él no existen los grandes novelistas del continente. Galsworthy hace pensar, por ejemplo, en Turgueniev; y ambos, en una ascendencia francesa común. No era, tampoco, un estilista, ni le importaba serlo. «La literatura —escribía en cierta ocasión— no es orfebrería, y su finalidad no es precisamente la de la perfección; cuanto más se piensa en cómo debe hacerse, menos se logra. Estas debilidades conducen a un camino fatal, que se aparta de todo interés natural para ir hacia el vacío de un esfuerzo técnico, un egoísmo monstruoso de artífice de que es testimonio monumental la última obra de Henry James».

Las innovaciones que Wells ha introducido en la técnica novelística son casi exclusivamente intelectuales. Sobre todo, claro está, en la novela de tipo científico —las suyas son únicas en su género—. Tal vez sean estas obras suyas las que mejor se han comprendido, por la total sumisión de su argumento a una sola idea. Pero en las novelas propiamente dichas —es decir, en las que por su carácter formal podríamos incluir en el concepto clásico de la novela—, en Tono-Bunbay, en El nuevo Maquiavelo encontramos una fuerza intelectual y una intención crítica que, en cierto modo, son rigurosamente nuevas en la literatura insular, y que han hallado innegable resonancia en las últimas generaciones. En cuanto a sus últimas producciones —son palabras de Geoffrey West, su biógrafo más conspicuo—, «representan un ensayo menos aceptable, y el resultado es un producto híbrido sin impulso renovador, porque le falta vitalidad».

Este hombre, que pensó siempre en futuro, no le pedía nada a la posteridad como escritor. Beresford dice de él que «ha confesado una profunda incredulidad hacia la obra de arte perfecta o permanente. Todo arte, toda ciencia, más exactamente, todo cuanto se escribe, no son sino ensayos. A toda obra de arte le llega el momento en que ya ha servido su propósito y no guarda el menor rastro de su significado». Realmente, no otra cosa puede deducirse de la actitud de un hombre que prefería a todas las clasificaciones la de periodista. Y no por razón de modestia, sino porque en la obra de arte valoraba más lo que encierra de lógico que de élan vital.

Pero es innegable que, a pesar de esta actitud suya y de quienes la comparten, un considerable número de sus obras seguirá siendo, durante muchos años, espolique para las ideas y fuente de emoción para los sentidos. Es evidente que parte de ellas han cumplido con su propósito inicial y, por lo tanto, han perdido todo, o casi todo, su significado. Pero Una utopía moderna, Anticipaciones, El descubrimiento del futuro, La conspiración abierta, como Boon y Primeras y últimas cosas, poseen tal interés como profesión de fe personal que no dejarán de ser leídas tan fácilmente. La visión del pasado humano a través de un solo hombre asegura la permanencia al Esquema de la Historia Universal. En cuanto a sus novelas científicas y a sus narraciones cortas, no es difícil convenir en que son demasiado pródigas en maravilla y fascinación —elementos siempre románticos por intelectuales que sean— para no sobrevivir en casi su totalidad.

Está claro que Wells tiene sus detractores. Pero ni la crítica más exigente se atrevería a negarle un valor de universalidad. Anatole France, que, como le pasase por el magín, no dejaba títere con cabeza, le describió como la fuerza intelectual más poderosa del mundo literario inglés; y el propio Wells escribía, con la mayor sinceridad, en el prólogo a sus obras completas, que «en el resumen definitivo de estos volúmenes se ve que hay en ellos algo que no se había dicho antes, y que se ha dado forma a algo que antes no se había formado». El centenar —o quizá más— de libros y ensayos que constituye el núcleo central de sus escritos, representa una actividad y un resultado difícilmente igualables; un desfile notabilísimo de investigaciones, críticas, temas y sugerencias. A estas cualidades deberán su perdurabilidad obras como El hombre invisible, La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, Una utopía moderna, Kipps, La guerra en el aire, Tono Bungay, La historia de Mr. Polly, El nuevo Maquiavelo, El alimento de los Dioses, y una buena selección de historias breves tales como «La estrella», «La puerta del muro», «El país de los ciegos», «Bajo la cuchilla», «La historia del difunto Mr. Elvesham», «El hombre que podía hacer milagros» y «Una visión de criterio».

Trabajador incansable, hombre de inagotable vitalidad, durante los últimos tiempos de su existencia sólo sentía la preocupación de que la muerte le sorprendiese sin «darse cuenta» y, quizás en una lucha inconsciente contra aquel temor, le salía al paso pluma en ristre, escribiendo incluso cuando a los demás les parecía físicamente imposible. Hacía mucho tiempo que los médicos habían pronunciado la última sentencia cuando se dedicó a no aceptar la ayuda de nadie. En 1945, cuando ya se le daba incluso por muerto, cogió el guion de una película, The Way of the World Is Going, y trabajó en él como si tal cosa. Un atardecer de 1946, exactamente el 13 de agosto, se sentó al borde de la cama, llamó y pidió a su sirvienta que le cambiase el pijama. Se sentó de nuevo, y dijo: «Proseguid; yo ya lo tengo todo». La sirvienta desapareció por unos minutos. Cuando volvió, Herbert George Wells, el hombre que pensó siempre en el futuro, había entrado en él definitivamente.

Nellie Mansó de Zúñiga

jueves, 16 de octubre de 2025

MANUEL J CASTILLA

 



N ota al lector En las Obras Completas de Manuel J. Castilla, se recogen los tra bajos que el poeta reunió en libros, además de dos obras inéditas: una en poesía (bajo el título de Poemas inéditos) y otra en prosa: ¿Có mo era? En el libro Poemas inéditos de estas Obras Completas se incluyen trabajos de distintas fechas que Castilla no llegó a agrupar en un volu men y que, en algunos casos, se encontraban en proceso de elabora ción, por lo que esta obra no posee un ordenamiento definitivo conce bido por Castilla como un libro cerrado. Tampoco integran estas Obras Completas las letras de canciones, las conferencias, los artículos periodísticos (todos de tono literario), los poemas para recitales especiales y aquellos otros ocasionales o de tono satírico. El primer libro de Castilla, Agua de lluvia, se incluye entero aun que el autor hubiera optado, según lo manifestara a sus amigos, en ha cer una selección de los poemas en caso de publicar sus obras comple tas, dado el carácter de “poemas de juventud” de la obra. No obstante, creemos que su recuperación total será importante a la hora de enca rar un estudio a fondo de la obra de Castilla. En la nómina de obras publicadas por Castilla, figuran Amantes bajo la lluvia, Tres veranos y Cuatro carnavales que son plaqueta cuyos poemas ya están incluidos en sus libros

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 Manuel J. Castilla (1918–1980) fue un poeta, letrista, escritor y periodista argentino profundamente arraigado en la tradición folclórica del noroeste de su país. Nacido en Cerrillos, Salta, su obra celebra la tierra, la naturaleza y el alma popular, con una voz lírica que supo entrelazar lo íntimo y lo social.

📚 Algunos rasgos clave de su legado:

  • Su poesía se caracteriza por una profunda conexión con el paisaje salteño y la vida rural, con un tono celebratorio y melancólico.

  • Fue pionero en introducir la poesía social en la literatura del interior argentino, como en Copajira (1949), donde retrata la dura vida de los mineros bolivianos.

  • Colaboró con músicos como Cuchi Leguizamón, creando letras que se volvieron clásicos del folclore argentino.

  • Su obra más emblemática, Los cantos del gozante, representa el punto culminante de su lírica, donde el gozo y la contemplación se funden en una voz mística y terrenal.

🪶 Castilla no solo escribió: ritualizó el paisaje, la memoria y el dolor. Su tumba en el Cementerio de la Santa Cruz en Salta es hoy símbolo de una poética que sigue resonando en la música, la literatura y la identidad del norte argentino.

En colaboración: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick



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miércoles, 15 de octubre de 2025

REINALDO SOLAR RÓMULO GALLEGOS FRAGMENTO



Reinaldo Solar es la primera novela de Rómulo Gallegos, escrita entre 1913 y 1920, y publicada en 1920. Aunque menos conocida que Doña Bárbara o Cantaclaro, esta obra inaugura el universo narrativo galleguiano con una carga profundamente política, filosófica y existencial. Es el retrato de un hombre que se debate entre el idealismo y la corrupción, entre la vocación ética y la decadencia social de una Venezuela en crisis.


 Retrato del protagonista: Reinaldo Solar

Figura intelectual: Reinaldo es un joven culto, introspectivo, que busca sentido en medio de una sociedad marcada por el oportunismo, el clientelismo y la pérdida de valores.


Conflicto central: Su lucha no es solo contra el entorno, sino contra sí mismo. El dilema moral lo consume: ¿adaptarse o resistir? ¿Callar o denunciar?


Símbolo: Solar encarna el intelectual ético, el que no se vende, pero tampoco encuentra espacio para actuar sin traicionarse.


 Contexto y crítica

Venezuela como escenario: Gallegos pinta un país desgarrado por la inestabilidad, la emigración forzada, el miedo y la corrupción. La frase “Es necesario escapar” se repite como un mantra generacional.


Estilo: Más reflexivo y filosófico que sus novelas posteriores. Menos épica rural, más introspección urbana.


Temas: Desarraigo, vocación, ética, decadencia, modernidad, exilio interior.

FUENTE E INFORMACIÓN: COLABORACIÓN: DR. ENRICO PUGLIATTI Y MÉNDEZ LIMBRICK.

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 Apenas comenzaban a perfilarse las cumbres avileñas en la luz de la albada, cuando Reinaldo estaba de pie, ávido de empezar con el día la nueva vida que se había propuesto. Po¡r la ventana abierta, el campesino amanecer iba es parciendo dentro del cuarto, junto con su hálito generoso, su turbia claridad. De los contornos venían ecos de labor madrugadora: voces del gañan que buscaba por entre los tablones el buey cerrero que en la noche se soltó, mugidos de vacas en el ordeño, palabras aisladas en el silencio, el trabajoso rodar de un carro tempranero por los callejo nes, el sordo rumor de la molienda nocturna, allá en el trapiche. A ratos oíase el griterío de las bandadas de peri cos que empezaban a salir de la montaña. Cantaban los gallos: a una bronca clarinada próxima respondía, más allá, otra, clara y vibrante, y otra a lo lejos, apagada y quejumbrosa, como un ayear. Mientras saboreaba el café que acababa de llevarle la negra Úrsula, antigua manumisa de la familia Solar, Rei naldo púsose a contemplar desde la ventana que dominaba los campos de la hacienda cómo iba amaneciendo, sobre el valle y por encima de las colinas circundantes, sobre toda aquella tierra suya, aquel memorable día de marzo que marcaba en su vida tránsito y renovación. Un reborde de luz corría por detrás de los montes haciendo resaltar la cresta de Los picos de Naiguatá, las lomas rotundas de La Silla, la línea ondulante de las serranías del Sur, y en el abra próxima donde el Ávila sumía sus últimas estriba ciones, un alba sin arreboles se iba levantando y encen diendo. Abajo, en la noche remisa del valle, blanqueaban los cañaverales de “Los Mijaos”, en torno a la sombra vigilante del torreón del trapiche, en cuyo extremo se alza ba un fantástico árbol de humo. En los ranchos comenza ban a brillar los hogares. Con una prisa infantil, Reinaldo salió al campo, y, al pisar la tierra, como si no la hollara desde mucho tiempo y ella estuviese esperándolo, ávido de sentido sobre sus lomos, exclamó: —Aquí me tienes de nuevo. Ahora te pertenezco, todo entero. Y echó a andar por el callejón que conducía al trapiche, entre hileras de altísimos sauces. El aire sereno del amane cer comenzaba a removerse, oloroso a tierras recién vol teadas, a estiércol refrescado al relente de la noche, a bagazo rezumante todavía, y a ratos traía, envuelta en un áspero tufo de alambique y de cachaza, la caliente fragancia de melado que hervía en las pailas de la oficina, o de la montaña cercana el olor agreste y sabroso del matorral serenado. Reinaldo Solar caminaba jubiloso, haciendo frases estu pendas. Volvía a la Naturaleza, al goce de los deleites sencillos, a la vida simple, pero sana e intensa, de los senti dos. Aspiraba el olor de los campos y se sentía transporta do como en una suave aura de arrobamiento: era la tierra fecunda, que lo absorbía como a un abono virtuoso que, a su vez, debiera multiplicar la fecundidad de ella. Y para que esta compenetración fuese perfecta, caminaba hundien do las plantas en el barro de las carriladas. Ya aclaraba cuando llegó a un rancho que por allí había, sobre una colinita coronada de coposos mangos. Un perro flaco y todo cubierto de peladuras purulentas salió a su encuentro gruñendo de una manera hostil. La asquerosa sarna del animal produjo al joven viva contrariedad. ¿Cómo ora posible que la tierra, madre generosa de abundancia y de salud, alimentase aquella podre? Regañó al animal que se le encimaba enseñándole los dientes. —¡Clavel! ¿Qué es eso? ¿No me conoces? A su voz, salió de un establo vecino al rancho un viejo barbitaheño que tenía un mugriento escapulario terciado pobre el pecho casi desnudo. —¡Contra! Sí es don Reinaldito. —Yo mismo, Gracián. ¿Pensabas que no volvería por aquí? —Como hace tanto tiempo que no ha querío pisá su tierra... —Pues aquí me tienes. Probablemente para siempre. —Que ansina sea. Que por algo dice el dicho que el ojo del amo es el que engorda al caballo. —Anda mal esto, ¿verdad? —Su miajita, don Reinaldito. Que con el descuío pué resulta un mucho pa más tarde. Y no lo digo por mal de naide, que ya sabe usté que a Gracián Sayago no le ha gustao nunca está soplando murmuraciones en los oídos de los amos; contimás que usté no me lo ha preguntao. Pero ya irá mirando con sus propios ojos. Hay mucho barbechal por esos campos, la floramarilla se ha cogío el puesto de la caña. —Ya se resembrará. —Esa boca manda. ¿Y la familia? ¡Ah! Conque vino solo. ¿A reponese? Ya le estaba haciendo farta: se ha chupao mucho en esa Caracas, y usté me perdone la licen cia. Pero el campo es güeno, don Reinaldito. Aquí me tiene usté a mí, que he perdió la cuenta de los años y toavía doy brega. —Ya se ve, ya se ve. Eres como el Padre Eterno, que no se sabe cuándo envejeció y siempre se conserva igual. —¡Ja, ja! No tanto, don Reinaldito, no tanto. Son seten ta y pico no más. Pero, ¡ja caramba! Lo tengo de plantón. ¿No gusta sentarse un saltico aunque sea? , —No, Gracián, salgo de la cama. —Es verdá. ¿Y una camasita e leche? —Eso sí. Y caminó detrás del isleño hacia el cobertizo donde es taban las vacas. Algunas, ya ordeñadas, pacían la hierba húmeda de rocío de un barbecho cercano: las que perma necían en el establo amarradas a los horcones, mugían dulcemente, llamando los becerros. En el aire matinal flo taba el bucólico olor de la boñiga. Dentro del rancho se oía raspar las arepas. Un humo azul se escapaba de la techumbre pajiza, en cuya solera estaba encaramado un gallo, lanzando su canto ufano y desafiador. Reinaldo quiso ordeñar con sus propias manos la leche que había de beber, y el isleño, asombrado y jovial, al verlo ponerse a la tarea, exclamó: —¡Usté en esa bajeza! ¡Miren que don Reinaldito tiene cosas! Me se representa al difunto su agüelo, que también le gustaba jacé too. ¡Qué señor aquel don Hermenegildo, que no me canso de échalo de menos! Me parece está viéndolo en su yegua blanca, recorriendo los campos toas las mañanas. A tal hora como ésta pasaba po aquí a toma se su leche. En esa misma camasa que usté tiene en las manos la ordeñaba él mismo. Por eso se la di; ésa no la toca naide de nosotros. ¿Se acuerda usté de su agüelo? —¡Cómo no! No hace tanto tiempo. Juntos hicimos mu chas veces esa recorrida matinal. —Él tenía muchas fiestas con usté. ¿Se acuerda de aquel fiestón que dio pa celebrá la llegá del agua de la cequia que él había trazao? No debe acordarse, usté era todavía una criatura. —Pues me acuerdo como si lo estuviera viendo. —¿De veras? Pos mire que pa ese entonce tendría usté cinco años no cumplios. Fue un treinta de agosto, día de Santa Rosa. Y la mañana metía en agua. El viejo estaba que no le cabía el alma entre el cuerpo; ya le parecía que iba a resultá el pronóstico del ingeniero que le dijo que el agua no llegaría a la represa, polque el trazo y que estaba mal hecho. Y esa gentará, toa la familia, esperando la cosa. ¡Qué momento aquél, cuando por fin sonó el agua en la represa de la ruea! Al viejo se le salieron las lágri mas y lo cogió a usté en sus brazos y lo levantó parriba, y le dijo —me acuerdo mucho—: Muchacho, aprende; éstas son las verdaderas alegrías de la vida: el fruto de la idea de uno. Hizo una pausa. Reinaldo, conmovido por la inesperada evocación de aquel recuerdo de su primera infancia, que ahora tenía para él una significación especial, interrumpió su faena y se quedó viendo al viejo, buen espacio. Gracián continuó: —Y es la pura verdá, don Reinaldito. Ésas son las ver daderas alegrías de la vida: ve el fruto del trabajo de uno. Y luego, cambiando el tono de la voz: —No así su taita, el señol don Daniel, a quien Dios tenga también en su gloria. Ése no supo gozá e la vida. —Papá vivía fuera de la Naturaleza. —Ansina debe sé. —concluyó Gracián, al cabo de un rato. Entretanto, habían salido del rancho dos mujeres. —¡Bendita sea la Virgen pura! Aguaita, Plácida Si es don Reinaldo. El niño Reinaldito, como lo llamábamos hasta ayer no más. ¡Y que ordeñando! —Es necesario saber hacer de todo un poco, Efigenia. Le respondió el joven, complacido en su tarea, mientras estrujaba torpemente la rosada ubre del animal, que se volteaba a mirarlo con sus ojos húmedos y mansos. Entretanto, la rústica familia de Gracián, agrupada en el establo, contemplaba al joven señor con cariñosa admi ración. Componíanla cuatro arrapiezos, cuyos ojos claros lucían su azorada pureza entre el mugre de las caras pálidas; Plácida, la hija mayor de Efigenia, la mujer ago tada ya por los trances de una maternidad incansable. Lleno el envase, Reinaldo se incorporó. Gracián le dijo: —Bébasela, toa, que debe está güeña polque es postrera. La leche tibia y olorosa se derramaba bañándole las ma nos. Manteniendo la vena del buen humor, grato a los campesinos, Reinaldo hizo un gesto de fingido asombro. —¡Qué acontecimiento!, ¿verdad, chico? —dijo al más pequeño de los muchachos—. Todos han venido a verme ordeñar. —Farta Tránsito —replicó el interpelado, frotándose la espalda desnuda contra un horcón. Y la madre agregó, sonriente: —Ella tiene reparo de que usté la vea asina como está. —Y soltando una risa franca y gozosa, de ingenuo rubor, agregó—: Como se casó, va pa siete meses ... —¡Ah! Ya comprendo. Dijo Reinaldo. Y luego, alzando la voz, gritó a la manera de los campesinos para hablarse a distancia: —¡Transítoo! ¡Tránsitoo! Anda, mujer de Dios. Déjate ver, que no es ningún pecado lo que has hecho. Roja de risa y de vergüenza, la muchacha asomó la cabe za por encima de la palizada que festoneaban las últimas pascuas azules. A través del cañizo se advertía la redon dez del vientre grávido. —¡A la salud del que ha de venir! Exclamó Reinaldo. Y levantando la camasa, bebió el contenido a grandes y ruidosos tragos. Los chicos lo miraban embobados; las mujeres sonreían silenciosas. Gracián se quitó el sombrero y dijo: —Que Dios se lo pague. Esto era más de lo que necesitaba Reinaldo para aban donarse a la emoción que le estaba bullendo en el pecho. Él también había tomado en serio su jovial ofertorio, a causa de que, cuando levantaba la jicara rebosante de leche, había visto aparecer el sol y su frente había ¡recogi do el primer rayo de luz. El natural acontecimiento y el ingenuo ademán del campesino cobraron para él las pro porciones de una señal mística: bajo la rústica techum bre del establo, en el bucólico ambiente oloroso a boñiga y a cogollos recién cortados, rodeado de caras humildes que sonreían con una pura sonrisa de asombro, él acababa de celebrar un rito solemne, que tenía el sabor arcaico de las olvidadas religiones de la Naturaleza. Lleno de esta emoción cuasi mística se alejó del rancho y anduvo a través de los campos de la hacienda, cruzando los rastrojos, de donde se levantaban a su paso bulliciosas bandadas de capanegras y de tordos, saltando por encima de los tablones recién surcados, metiéndose por entre los cañaverales, evitando el encuentro de la gente que discu rría por los callejones, para saborear a solas el interno deleite de sus exaltadas imaginaciones. Luego remontó el cauce de un arroyo que bajaba del monte, trepando des calzo por las piedras bruñidas por las chorreras, hasta un paraje sombrío donde había un ojo de agua. Manaba ésta en el cuenco de una roca revestida de mus gos y de helechos; grupos de bejucos colgaban de los altos y coposos árboles que tendían por encima un toldo de frescura y de recogimiento; atravesado en el cauce pu dríase el tronco añoso de un jabillo derribado, y por deba jo de él, la hebra del arroyo se deslizaba con un ruido suave hacia un remanso obscuro. El ambiente era frío y denso; la luz, tamizada por el follaje, tenía tonos verdine gros; más allá, cauce arriba de la seca torrentera, lucían manchas de sol en los claros del bosque. Un suave rumor nocturno de élitros en las espesuras marcaba el ritmo apacible de aquel silencio lleno de solemnidad y de mis terio. Era el sitio propicio a la comunicación con la Natura leza; la fuente, que ha inspirado a los hombres, a través de los siglos, supersticiones diversas. Reinaldo se había acercado a aquélla con una emoción de espera mística. Aquietó sus pensamientos, buscando el éxtasis, como quien busca el sueño, pero el torrente de sus ideas era incontenible, y turbando el silencio comenzó a declamar: —“Iba a buscar allí, en el seno de la Naturaleza redento ra, la obra de la reconstrucción de su ser moral, como una planta que, deformada por el cultivo, volviese a la selva originaria a recuperar el vigor de su antigua condición salvaje”. Era el primer capítulo de una novela que había conce bido días antes y cuyo título sugestivo y lleno de sabor de ciencia moderna: “Punta de Raza”, había estampado ya con gordos caracteres en el croquis de la carátula dibu jada por él, en la .cual se veía un hombre desnudo, de hirsuta barba de tinta china, en la linde de una selva inhollada, bajo un largo vuelo de garzas, mirando salir el sol en éxtasis naturalista. Sacó la cartera para fijar aquella frase; pero en seguida se arrepintió. Una sombra de contrariedad pasó por su rostro; aquel pensamiento literario había roto el encanto de la autosugestión bajo cuyo influjo estaba desde el amanecer. Barajando en una misma ficción las emociones experi mentadas durante la excursión matinal por los campos de la hacienda, con las que desde la víspera había atribuido a su protagonista, y acomodando su espíritu al estado pre concebido en que su héroe debía sentir dentro de su ser cansado y en trance de descomposición la panteística pene tración de las energías eternas de la Naturaleza, había con cluido por creer en la sinceridad de sus sentimientos. No era un producto de su imaginación, construido artificiosa mente para llenar las páginas de una novela, aquel inte resante personaje, punta y remate de una familia histórica, que después de arrastrar por la ciudad una vida de refina mientos y de desviaciones morales, rompía inopinadamen te con su pasado para internarse en el corazón de una selva virgen, a emprender la labor prodigiosa de destruir en una sola vida de hombre la obra de varias generaciones que acumularon en su ser el morboso legado de la deca dencia. “Punta de Raza” era el mismo vástago desmedrado de los antepasados legendarios que vinieron en las carabe las de los conquistadores; de los antepasados históricos que fundaron ciudades y civilizaron naciones enteras de indios; de los proceres que resplandecieron en la epopeya de la Independencia; de los varones austeros que fundaron la República y más tarde sacrificaron el peculio y la vida en aras de la honra y en defensa de la convicción; de todos cuantos fueron muestra del temple y del vigor de la raza, en aquella casa donde hasta las piadosas mujeres tuvieron raptos heroicos de orgullo y de altivez. El último de aquella esforzada legión fue Hermenegildo Solar, el abuelo. Perseguido por los odios políticos que la Guerra Federal había desatado contra el apellido man- tuano, con él dejan de figurar los Solar en el Gobierno de la República y llegan hasta perder el rango principal que siempre tuvieron en la sociedad; pero la honra de la familia se salva incólumne, porque el viejo se aisla, lleno de altivez, y metiéndose en la hacienda, único resto de la cuantiosa fortuna de sus mayores, se consagra a restaurar la de la ruina en que se la dejaron el odio y la rapacidad de sus adversarios. Pero allí se acaba la secular fortaleza de la casta; sus hijos resultaron débiles e incapaces, y ninguno de ellos supo continuar la tradición que vinculaba, a la de la Patria, la historia de la familia: Juan Hermenegildo, el primogénito, le salió campechano y montaraz, invirtió su patrimonio en un hato del alto Llano, sembró hijos sin nombre en el vientre de una zamba de Una familia de peones sabaneros, no supo administrar su peculio y paró en caporal de ganado; Vicente gastó la juventud en seducir mujeres, prostituyó el valor en oscuras proezas de penden ciero y, despilfarrada su fortuna en parrandas que escanda lizaron la ciudad, fue a morir de hematuria en Araya, donde desempeñaba un humilde cargo de vigilante de las salinas; Daniel, el preferido, fue finalmente un hombre lleno de fallas y de contradicciones. Desde niño se reveló artista, con una marcada vocación por la música, y en ella demostró, precozmente, verdadero talento. A fin de que adquiriese la conveniente educación, su padre le envió a los Conservatorios de Europa siendo to davía muy joven. Supo aprovecharlo al principio, y a poco su norhSre figuraba en el número de los pianistas de mejor reputación. No era un “virtuoso”, ni aspiraba a serlo; pero ejecutaba brillantemente e interpretaba a los grandes maestros con verdadero sentimiento e inspiración. Domi nada la ejecución, se aventuró en la composición musical con un ambicioso proyecto, sólo comparable a la soberbia jactancia de Miguel Angel pidiendo un monte para escul pirlo: musicalizar la historia de la humanidad desde el ignoto momento en que empieza a caer sobre la tierra la mística lluvia de mónadas espirituales que vienen a fecun dar los gérmenes terrestres y surge en silencio de las selvas prehistóricas el primer grito humano; hasta el remo to término en el cual la inefable esencia del Ego, agotada la ley del karma teosófico, se sumergirá en la plenitud del único. Fue una idea extravagante que concibió bajo le influen cia de un círculo de ocultistas, a cuyas tenidas asistía en Londres, atraído por la alucinante sugestión que una teo- sofista rusa ejercía por entonces sobre los espíritus. Para llevarla a cabo se propuso hacer un viaje a la India, donde bebería la inspiración en la fuente misma del budismo. Pero antes de internarse en aquel mundo misterioso, de donde tal vez no soldría más, quiso venir a Venezuela a despedirse de su familia. Caracas le hizo un fastuoso recibimiento, y su nombre, agobiado de descomunales epítetos, se hizo de moda. Un caballero de lo principal organizó en su casa un festival de arte para que él tocase, y allí se congregó un grupo de lo más selecto de la sociedad caraqueña, deseosa de ad mirar aquella gloria nacional que Europa había consa grado. Recibiéronlo con agasajos. Daniel se sentó al piano y comenzó a ejecutar una sonata de Beethoven. Pero, a los primeros compases, observó que unas seño ras se distraían conversando entre sí, seguramente sobre motivos frívolos, y entonces, lleno de indignación, se levantó violentamente y abandonó la sala sin despedirse ni dar explicaciones. Desde aquel momento renunció to talmente a la música. Naturalmente, el incidente creó en torno de él un aura hostil: se le negaron méritos con la misma facilidad con que se habían exagerado los que poseía; se le ridiculizó de todas las maneras posibles. Daniel no hizo caso; su renun cia al arte era tan absoluta que él mismo no se conside raba artista. Se impuso la tarea de borrar de su memoria los recuerdos del pasado. Encerrosé en su casa y se en tregó a continuas lecturas místicas y teosóficas. Al cabo de algunos años nadie se acordaba de que él era músico. Poco después conoció a Ana Josefa Allende, cuya fami lia y la de Solar mantenían una tradicional amistad desde los remotos tiempos del esplendor de las casas de abolengo. Era Ana Josefa una muchacha dulce y mansa en extremo, en el leve estrabismo de cuyos ojos había —al decir de Daniel—. la resignada expresión de los dolores sufridos en la serie de vidas del karma teosófico. A causa de esto, enamoróse de ella, y de un día a otro contrajo matrimonio. Al año nació Reinaldo. Dos años después una niña, Car men Rosa.

martes, 14 de octubre de 2025

FERNANDO LÁZARO CARRETER DICCIONARIO DE TÉRMINOS FILOLÓGICOS

 

A D. Julio Casare


s, testimonio de cariño y gratitud. Hace tiempo que se deja sentir la necesidad de una obra como la que hoy ofrecemos al público. Si hasta ahora no existe en lengua española un trabajo semejanteJ, ello se debe, seguramente, a su enorme dificultad. Si ésta no es insalvable, se debe en gran parte a la existencia de algunas obras de terminología extranjeras, bien generales, bien limitadas a un determinado grupo de lenguas. Y, en primer lugar, al extraordinario Lexique de la terminologie linguistique, de Jules Marouzeau2. 

Sin este libro difícilmente hubiéramos podido componer el nuestro. Nos ha proporcionado el repertorio básico de términos que debían ser definidos, y nos ha suministrado, en gran parte, las equivalencias alemanas e inglesas. Ahora bien, si es justo que confese mos esto al comienzo de nuestro libro, es necesario también que resaltemos la total libertad con que hemos procedido, tanto en la selección de los términos definibles (cuyo número supera considerablemente al de Marouzeau), como en las definiciones. Podemos, pues, asegurar que hemos hecho un libro enteramen te nuevo, responsable, por sí mismo, de aciertos o errores. Como una obsesión nos ha perseguido, durante la larga y laboriosa 1 M. Socorro publicó en 1936, en Las Palmas, un folleto titulado La nomenclatura gramatical, poco difundido y de escasa importancia. 2 La primera edición apareció en 1934, con la traducción alemana de los términos definidos. La segunda, en 1943, con la incorporación de los términos ingleses. Y la tercera, en 1951, con las equivalencias italianas. redacción del Diccionario, el prurito, si no de originalidad —imposible en este tipo de trabajos—, el de independencia3. 

 El problema de la terminología lingüística en España no es más que un aspecto del problema general que tiene planteado la Ciencia del Lenguaje. El recuento de los términos usados unívocamente nos llevaría a un resultado desconsolador: tan sólo un escaso número de ellos posee valor general. Términos corrientes encubren frecuentemente conceptos distintos, cuando no contradictorios. A eso debe añadirse que muchos lingüistas, extranjeros sobre todo, escriben en un lenguaje enteramente personal, cuya clave es necesaria para comprenderlos. Parece urgente que la Comisión de Terminología, creada en el seno del Comité Internacional de Lingüistas desde 1931, proceda a la elaboración de un Léxico oficial que permita la mutua y fácil comprensión. 

Un importante paso, en ese sentido, se dio en el VI Congreso Internacional de Lingüística (París, 1948), en el cual eminentes científicos expusieron sus, frecuentemente encontrados, puntos de vista sobre la cuestión4. Problema particular de este libro ha sido el de trazar sus propios límites. Nos ha guiado el propósito de hacer una obra eminentemente útil a los estudiantes de Filología (especialmen te de Filología Románica) de las Facultades españolas, y ello nos ha movido a ensanchar un tanto dichos límites. Se hallarán, pues, definidas algunas nociones de métrica y de retórica que justifican la calificación de filológica que hemos dado a nuestra terminología. 

Se han incorporado también abundantes términos de Fonología y Glosemática. Y, por fin, hemos incorporado los nombres y, en alguna ocasión, una sucinta referencia 1 Me ha sido también muy útil el breve, pero excelente, Worterbuch der gram malischen und metrischen Terminotogie, de J. B. Hofmann y H. Rubenbauer. HeideV berg, Winter, 1950. * Se encontrarán dichas opiniones en las Actes du sixiime Congrés International des Linguistes, París, Klincksieck, 1949, Marouzeau, págs. 41-45, completa la biblio grafía terminológica que había ofrecido en su Lexique y resume las comunicaciones presentadas al Congreso. de tas principales lenguas del mundo y de los más importantes dialectos románicos, que permita su inmediata localización. Hay casos en los que no nos hemos limitado a una simple definición del término, sino que hemos bosquejado ya sus vicisitudes histó ricas, ya una información sobre el estado actual de la noción que designa. En muchas ocasiones, cuando una definición nos ha parecido correctamente enunciada por un lingüista de gran autoridad, la hemos copiado literal o abreviadamente, citando siempre entre paréntesis al autor seguido. Con mayor motivo se ha hecho la cita, literal o abreviada, cuando el término era de empleo particular (exclusivo o no) de algún lingüista. En ocasiones, sobre todo en términos tradicionales, se ha incorporado la definición dada por ta Gramática o el Diccionario de la Real Academia Española. 

 No se nos oculta que la empresa cuyos primeros frutos ofrecemos al público no puede considerarse como definitiva. Sabe mos de antemano que, con toda facilidad, se nos podrán señalar deficiencias: falta de algunos, quizá muchos, términos, definiciones incorrectas, acepciones no señaladas... En cualquier caso, debemos pedir la colaboración de los filólogos, para los cuales los problemas terminológicos no pueden ser indiferentes. La primera ayuda, antes de aparecer el libro, me ha sido ya prestada por mis colegas Martín Sánchez Ruipérez y Valentín García Yebra; el primero me ha hecho importantes advertencias referentes a métrica clásica y el segundo ha revisado enteramente el original. Para ellos mi gratitud. Fernando Lázaro Salamanca, 1953.

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