El chillido
Me presentaron a don León Cabrera, hombrazo de voz agu
da, y a su hermana Úrsula, hermosa, de mirada querendona
y de labios gruesos, rojos.
Entre dos luces, la veo asomada al balcón inmediato al
mío, insinuante, y comencé a conversar. Como ella me mi
rase con sus ojos singularmente negros y aterciopelados,
tornasoles, se diría, y no poco provocativos, la invité a que
pasara a mi balcón.
—Y si me caigo —dijo, aniñada y coqueta—, ¡son seis pisos!
—¿Cuánto pesa? —le pregunté.
—Sesenta y ocho kilos —contestó.
—Está bien —afirmé—, venga nomás.
—Agárreme bien, fuerte —advirtió ella, abriendo los
brazos.
Yo la tomé resueltamente, y la pasé a mi balcón.
Como siguiera ella en actitud provocativa, le dije:
—Si me permite palpar su piel, para ver de qué satin es,
tal vez me convenga, y podremos casarnos.
—Como guste —respondió Úrsula, con gran naturalidad.
Traté de formarme una idea al respecto, mientras ella
sonreía cada vez más amable, y le dije:
—El satin es de la mejor calidad. Si quiere nos casamos
esta misma noche.
—Como guste —volvió a decirme Úrsula, muy sumisa.
Noté, sin embargo, algo extraño en su sonrisa, que debía
haberme prevenido, aunque no fuese más que por aquello
de que no puede ser verdad tanta belleza, y entusiasmado
con la idea de la conquista, tan fácil todavía, traté de rema
tarla, pidiéndole que me diese un beso.
Ella, gazmoña, me contestó:
—Lo del beso déjelo para después, cuando estemos casados.
—Está bien —dije yo, resignado—, pero hay que apresu
rar el casamiento.
***
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el chillido y otros relatos
Íbamos poco después con gran cortejo, y a pie, camino de la
quinta de una tía de Úrsula, tía Pepa, con una noche bas
tante clara, pero sin luna.
De pronto, noté que don León Cabrera, que iba de ga
lera y muy tieso, comienza a dar chillidos, cada vez más
acerados, y, al propio tiempo, a vista de ojo va tomando el
aspecto de un chillido. Fuera de la galera y los zapatos, todo
lo demás iba adquiriendo una forma semejante a la de la
avispa, y su manera de andar vivísima, veloz y zigzagueada,
inquieta, me produjo cierta alarma, la cual se fue acentuan
do al advertir una tendenciosidad en él. Cada vez chillaba
más destempladamente, y con una agudeza que hería mis
tímpanos, y, a la vez, iba cerrando sus evoluciones a mi res
pecto. Hubo un instante en que hasta se me hacía difícil no
pisarlo. Me pregunté: ¿Lo piso? No —me dije—, sería inhu
mano, dado que yo sé que es hombre, aunque no lo parezca.
Decidí entonces acelerar mi paso, y así lo hice. Don León
Cabrera, ni sabía yo cómo, iba con sus pasitos mínimos, y
vertiginosos, estrechándome con sus evoluciones y chillidos,
cada vez más estridentes, inaguantables. Entonces, decidí
pedir que interviniera mi novia, Úrsula, y cuando di vuelta
la cabeza tanto ella cuanto el cortejo se habían desvanecido.
***
—¿Qué hago? —me pregunté.
Me acordé de que no debía hallarse lejos de ahí la quinta de
Apolinario Pérez, viejo amigo, y tomé esa dirección para bus
car refugio, ante una molestia según era aquella, de la cual no
atinaba yo a desembarazarme, por escrúpulos humanitarios.
No tardé en notar que un pequeño curso de aguas cruza
ba el camino, y contento por esta incidencia, salté. Miré ha
cia atrás, y vi que Cabrera, afligido, corría de un lado para
otro, tratando de vadear. Yo me dije: Es tan empecinando
don León, que ya encontrará la manera de pasar.
Apresuré el paso, algo más tranquilo por cuanto se oían
cada vez más alejados los chillidos de don León Cabrera, y
no tardé en hallarme frente a la quinta de Apolinario Pérez.
el chillido y otros relatos
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La casa estaba enteramente oscura; había unos sesenta
metros de jardín para llegar a ella; una gran reja y dos pe
rrazos del lado de adentro. Era tal el horror que me causaba
escuchar indefenso los chillidos de don León Cabrera, que
decidí correr la aventura, y me procuré una vara en uno de
los cercos vecinos, para defenderme de los perros. Salté el
cerco; los dos perros se abalanzaron furiosos sobre mí, con
tal furia, que aparece mi amigo Apolinario Pérez en camisa,
con un candil en una mano y un arma en la otra. Llevaba
además un fez, y parecía un turco. Al verme, me reconoció
en el acto, y me dijo sencillamente:
—Te estábamos esperando; entrá.
Entré al hall, donde me encontré con toda la familia de
Apolinario, que es numerosa, y todos se hallaban en rueda,
en sillones de hamaca, y en camisa.
Apolinario me invitó a sentarme, también en un sillón
de hamaca, frente a él no sin antes trocar su arma por una
gran pipa.
Empezamos a conversar tranquilamente, y de pronto, to
dos, las siete hijas de don Apolinario, y él, incluso, comien
zan en coro a decirme:
—Estas son las cosas de don León —repitiendo varias
veces lo mismo.
Como Apolinario se hamacase entretanto, noté que al su
bir la hamaca mostraba cosas que no se acostumbra mos
trar, y me invadió una gran tentación de risa.
Comprometida de nuevo mi situación, alegué que tenía
que ir a buscar a mi novia, y al acordarme de Cabrera, le
pedí que me hiciese acompañar; hasta pensé en los perros.
Apolinario, muy amable, dijo:
—Tú, Concepción, a un lado, y tú, Eusebia, al otro acom
pañen a Serapio.
Ellas hicieron unas evoluciones militares, como si lleva
sen un arma al hombro, y, en camisa, se colocaron la una a
mi derecha, la otra a mi izquierda, y dijeron:
—¡March!…
***
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el chillido y otros relatos
No tardamos mucho en llegar a la esquina de mi casa, y, al
llegar ahí, me hicieron la venia, y dieron vuelta en silencio,
camino de su casa.
Yo hubiese querido decirles que era justamente ese el
momento en que más necesitaba la compaña, pues debía es
tar esperándome don León Cabrera en la puerta de su casa;
pero no me animé.
Di una corrida junto al muro, para que no me viese, y
logré por fortuna meterme en mi casa sin ser visto. No bien
cerré el cancel, veo aparecer a tres mujeres, que me llama
ban, invitándome a que les abriese. Reconocí a mi novia, la
madre y una tía. Comencé a oír los chillidos de don León,
menos agudos, sin embargo, y bien que ellas tuviesen sem
blante muy amable, azucarado, comprendí que venían dis
puestas a algo que me atemorizaba, como si fuese el morir
a cosquillas, y me escurrí sin abrirles. Cierto es que cuando
miré para cerciorarme, ya habían desaparecido. Subí la es
calera, y al llegar al cuarto piso, veo, con gran extrañeza,
que la chica, monísima, muy empolvada, sin embargo, me
miraba y me guiñaba, mientras que la mamá, mal engesta
da, parecía decirme: Si te metes, ya verás.
Aleccionado, según venía, me dije: A dormir, Serapio; no
te metas.
Seguí mi ascensión; me acosté, y no habría pasado media
hora que oigo una serie de soplidos desagradables. Miro ha
cia el sitio de su procedencia, y me veo ahí a don Apolinario
Pérez, en camisa, con su pipa y su fez, sonándose grosera
mente las narices.
Lo interpelé amistosamente para que no hiciese tanto
ruido, y él, con gran desenvoltura, me dice:
—Si me dice una palabra más, lo aplasto.
Quedé sorprendido de su amenaza, y si bien callé, él se
guía cada vez sonándose más fuerte. Entonces, me dije: ¡Yo
la juego!…
Hice un movimiento tan violento que desperté, y me di
cuenta enseguida de que era un auto el que iba sonando con
su irreverente bocina, al propio tiempo que un grillo estaba
chirriando cerca de mi cama: ¡era don León Cabrera!
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Mandé de inmediato buscar a mi médico, pues sentía una
gran pesantez en mi cabeza, y tenía el cuerpo entumecido.
Llegó el doctor Solariowsky enseguida, y me dice:
—Usted ha comido langosta.
—Y cómo sabe, doctor —le contesté.