sábado, 8 de septiembre de 2018

(Notas.FRAGMENTOS Y COMENTARIOS DE EL CONDE DE MONTECRISTO. DÍA 4

(FRAGMENTOS Y COMENTARIOS DE EL CONDE DE MONTECRISTO. DÍA 4)
REDENCIÓN VS CONDENA DEL CONDE DE MONTECRISTO?
"Si se analiza o se hace un recorrido de esta monumental novela no existe un solo acto violento personal de Edmundo Dantés. Es aquí en donde reside lo magistral de Alejandro Dumas al construir el arquetipo del Conde. Todos sus enemigos son destruidos por terceras personas o por descalabros financieros que los lleva a algunos al suicidio. En este punto, la violencia de la trama y la perversión del Conde se hace patente y monstruosa: asesinos, truhanes y estafadores harán el trabajo sucio del Conde a cambio de recompensas"
J.Méndez-Limbrick.
***
El abate Faria (abbé Faria en el original) es un personaje de la novela El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas y Auguste Maquet, inspirado en el monje y estudioso del hipnotismo indoportugués José Custódio de Faria. Fuente Wikipedia.

(Notas.FRAGMENTOS Y COMENTARIOS DE EL CONDE DE MONTECRISTO. DÍA 4)
"Fuese el carcelero y esta vez quiso Dantés asegurarse de si su veci­no había en efecto renunciado o no a su empresa, y se puso a escuchar atentamente. Todo permaneció en silencio como durante aquellos tres días en que los trabajos se habían interrumpido. Suspiró, convencido de que el preso desconfiaba de él. Con todo, no por esto dejó de trabajar toda la noche; pero a las dos o tres horas tropezó con un obstáculo. El hierro no se hundía, sino que resbalaba sobre una superficie plana. Metió la mano, y pudo cerciorarse de que había tropezado con una viga que atravesaba, o, mejor dicho, cubría enteramente el agujero comenzado por él. Era preciso cavar por debajo de ella o por encima. El desgraciado no había pensado en este obstáculo.
‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ‑exclamó‑, tanto os recé, que con­fié que me oyeseis. ¡Dios mío!, después de haberme quitado la liber­tad en vida... ¡Dios mío!, después de haber hecho renunciar al repo­so de la muerte... ¡Dios mío!, que me habéis devuelto al mundo... ¡Dios mío! ¡Apiadaos de mí, no me dejéis morir entregado a la deses­peración!
‑¿Quién es el que habla de Dios y se desespera? ‑murmuró una voz, que como salida del centro de la tierra, llegaba a Edmundo opa­ca, por decirlo así, y con un acento sepulcral.
Erizáronsele los cabellos y retrocedió, aunque estaba de rodillas.
‑¡Ah! ‑dijo‑, oigo la voz de un hombre.
Ya hacía cuatro o cinco años que Edmundo no hablaba sino con el carcelero, y para los presos el carcelero no es un hombre, es una puer­ta viva que se aumenta a la puerta de encina, es una barra de carne sujetada a los hierros de su ventana.
‑En nombre del cielo, quienquiera que seáis el que habló, imploro que sigáis hablando, aunque vuestra voz me asuste: ¿quién sois?
‑¿Y vos, quién sois? ‑le preguntó la voz.
‑Un preso desdichado ‑respondió Edmundo, que no tenía nin­gún inconveniente en responder.
‑¿De dónde sois?
‑Francés.
‑¿Os llamáis?
‑Edmundo Dantés".
EL CONDE DE MONTECRISTO. PÁGINA 106.


(FRAGMENTOS Y COMENTARIOS DE EL CONDE DE MONTECRISTO. DÍA 4).
(Fragmento. EL CONDE DE MONTECRISTO. PÁGINA 115).
"‑En Roma tenía una biblioteca de cerca de cinco mil volúmenes, y a fuerza de leerlos y releerlos comprendí que con ciento cincuenta obras elegidas con inteligencia, se posee, si no el resumen completo del saber humano, lo más útil tan siquiera. Dediqué tres años de mi vida a leer y releer esas ciento cincuenta obras, de modo que cuando me prendieron las sabía casi de memoria, y con un leve esfuerzo las he ido recordando todas en mi prisión. De cabo a rabo podría recitaros a Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, Tácito, Strada, Jornan­dés, Dante, Montaigne, Shakespeare, Espinosa, Maquiavelo y Bos­suet. Solamente os cito los más importantes.
‑¿Sabéis muchos idiomas?
‑Hablo cinco lenguas: el alemán, el francés, el italiano, el inglés y el español. Con ayuda del griego antiguo comprendo el griego moder­no; aunque lo hablo mal, lo estoy al presente estudiando.
‑¿Lo estáis estudiando? ‑dijo Dantés.
‑Sí, ciertamente. He hecho un vocabulario de las palabras que sé, combinándolas de todas las maneras para que puedan expresar lo que pienso. Sé cerca de mil palabras, y en rigor no necesito de más, aun­que haya cien mil en los diccionarios, si no me equivoco. No seré quizás elocuente, pero me daré a entender, y con esto me basta.
Cada vez más asombrado, Edmundo empezaba a juzgar sobrenatu­rales las facultades de aquel hombre. Puso empeño en cogerle en des­cubierto en algún punto y continuó:
‑Pero si no os han dado plumas, ¿cómo habéis podido escribir esta obra tan voluminosa?
‑He hecho plumas excelentes que, a ser conocidas, las preferiría todo el mundo, con los cartílagos de la cabeza de esas enormes pesca­dillas que algunas veces nos dan a comer los días de vigilia. Por lo cual, veo con mucho placer llegar los miércoles, los viernes y los sábados, porque espero aumentar mi provisión de plumas, y porque son mi tarea más dulce los trabajos históricos, yo lo confieso. Absorbién­dome en el pasado me olvido del presente, volando libre y a mis an­chas por la historia, me olvido de que no tengo libertad.
‑Pero ¿y la tinta? ¿Con qué hacéis la tinta? ‑dijo Dantés.
‑En otro tiempo ‑contestó Faria‑ había en mi calabozo una chimenea, que sin duda estuvo tapiada antes de mi venida, pero por espacio de muchos años han encendido en ella lumbre, puesto que todo el cañón está cubierto de hollín. He disuelto este hollín en el vino que me dan todos los domingos, y he ahí una tinta magnífica. Para las notas, y para aquellos pasajes que han de atraer poderosamente la atención de los lectores, me pico los dedos con un alfiler y los es­cribo con mi sangre.
‑Y ¿cuándo podré yo ver todo eso? ‑le preguntó Dantés.
‑Cuando queráis ‑respondió Faria.
‑¡Oh! ¡Ahora! ¡Ahora mismo! ‑exclamó el joven.
‑Pues seguidme ‑dijo Faria, y se metió en el camino subte­rráneo. Dantés le siguió".

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