viernes, 18 de agosto de 2017

HAROLD BLOOM CÓMO LEER Y POR QUÉ.


PREFACIO

 No hay una sola manera de leer bien, aunque hay una razón primordial por la cual debemos leer. A la información tenemos acceso ilimitado; ¿dónde encontraremos la sabiduría? Si uno es afortunado se topará con un profesor particular que lo ayude; pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más mediaciones. Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos en mi experiencia, es el placer más curativo. Lo devuelve a uno a la otredad, sea la de uno mismo, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo. La lectura imaginativa es encuentro con lo otro, y por eso alivia la soledad. Leemos no sólo porque nos es imposible conocer bastante gente, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la comprensión imperfecta y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional.
 Este libro enseña cómo leer y por qué, y avanza afianzándose en una multitud de ejemplos y muestras: poemas cortos y largos, cuentos y novelas. No debe pensarse que la selección es una lista exclusiva de qué leer, se trata más bien de una muestra de obras que mejor ilustran por qué leer. La mejor forma de ejercer la buena lectura es tomarla como una disciplina implícita; en última instancia no hay más método que el propio, cuando uno mismo se ha moldeado a fondo. Como yo he llegado a entenderla, la crítica literaria debería ser experiencial y pragmática antes que teórica. Los críticos que son mis maestros - en particular el Dr. Samuel Johnson y William Hazlitt - practican su arte a fin de hacer explícito, con cuidado y minuciosidad, lo que está implícito en un libro. En las páginas que siguen, ya trate con un poema de A. E. Housman o una pieza teatral de Oscar Wilde, con un cuento de Jorge Luis Borges o una novela de Marcel Proust, siempre me ocuparé sobre todo de modos de percibir y comprender lo que puede y debe hacerse explícito. Dado que para mí la cuestión de cómo leer nunca deja de llevar a los motivos y usos de la lectura, en ningún caso separaré el "cómo" y el "por qué". En "¿Cómo se debe leer un libro?", el breve ensayo final de su Lector Común (Volumen II), Virginia Woolf hace esta encantadora advertencia: "Por cierto, el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos". Pero luego añade muchas disposiciones para el gozo de la libertad por parte del lector, y culmina con la gran pregunta "¿Por dónde empezar?" Para llegar a los placeres más hondos y amplios de leer, "es preciso no dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes". Parece pues que, mientras uno no llegue a ser plenamente uno mismo, recibir consejos puede serle útil y hasta esencial.
 Woolf, por su parte, había encontrado asesoramiento en Walter Pater (cuya hermana le había dado clases), y también en el Dr. Johnson y los críticos románticos Thomas de Quincey y William Hazlitt, sobre el cual hizo esta maravillosa observación: "Es uno de  esos raros críticos que han pensado tanto que pueden prescindir de la lectura." Woolf pensaba incesantemente, y nunca dejaba de leer. Tenía buena cantidad de consejos para dar a otros lectores, y a lo largo de este libro yo los he adoptado muy contento. El mejor es recordar: "Siempre hay en nosotros un demonio que susurra 'amo esto, odio aquello' y es imposible callarlo." Yo no puedo callar a mi demonio, pero en fin, en este libro lo escucharé únicamente cuando susurre "amo", porque aquí no pretendo entablar polémicas; sólo quiero enseñar a leer.

PRÓLOGO: ¿POR QUÉ LEER?

 Importa, si es que los individuos van a retener alguna capacidad de formarse juicios y emitir opiniones propias, que sigan leyendo por su cuenta. Qué lean y cómo - bien o mal - no puede depender totalmente de ellos, pero el motivo (el por qué) debe ser el interés propio. Uno puede leer meramente para pasar el rato o leer con manifiesta urgencia, pero en definitiva siempre leerá contra el reloj. Acaso los lectores de la Biblia, ésos que la recorren por sí mismos, ejemplifiquen la urgencia con mayor claridad que los lectores de Shakespeare, pero la búsqueda es la misma. Entre otras cosas, la lectura sirve para prepararnos para el cambio, y lamentablemente el cambio último es universal.
 Me entrego a la lectura como a una práctica solitaria más que como a una empresa educativa. El modo en que leemos hoy, cuando estamos solos con nosotros mismos, guarda una continuidad considerable con el pasado, cualquiera sea la vía adoptada en las academias. Mi lector ideal (y héroe de toda la vida) es el Dr. Samuel Johnson, que conocía y expresó tanto el poder como las limitaciones de la lectura incesante. Ésta, como todas las actividades de la mente, debía satisfacer el principal compromiso de Johnson, que era con "lo que tenemos cerca, aquello que podemos usar". Sir Francis Bacon, que aportó algunas de las ideas que Johnson llevó a la práctica, dio este célebre consejo: "No leáis para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o discurso, sino para sopesar y reflexionar." A Bacon y Johnson yo añado un tercer sabio de la lectura, Emerson, fiero enemigo de la historia y de todo historicismo, quien señaló que los mejores libros "nos impresionan con la convicción de que una naturaleza escribió y la misma naturaleza lee". Permítanme fundir a Bacon, Jonson y Emerson en una fórmula de cómo leer: encontrar, entre lo que está cerca, aquello que puede usarse para sopesar y reflexionar, y que se dirige a uno como si uno compartiera la naturaleza única, libre de la tiranía del tiempo. En términos pragmáticos esto significa: primero encuentra a Shakespeare, y deja que él te encuentre a ti. Si es que El rey Lear te encuentra plenamente, sopesa la naturaleza que ambos compartís y reflexiona sobre ella; es proximidad contigo mismo. No me propongo con esto ser idealista, sino pragmático. Utilizar la tragedia como queja contra el patriarcado es falsificar los intereses propios primordiales, sobre todo en el caso de una mujer joven; lo que no es tan irónico como suena. Shakespeare, más que Sófocles, es la autoridad ineludible sobre el conflicto entre generaciones, y más que ningún otro lo es sobre las diferencias entre mujeres y hombres. Ábrete a la lectura plena de El rey Lear y comprenderás mejor los orígenes de lo que crees que es el patriarcado.
 En definitiva leemos - como concuerdan Bacon, Johnson y Emerson - para fortalecer el sí -mismo (el self) y averiguar cuáles son sus intereses auténticos. Al hecho de que experimentemos esos aumentos como placer puede deberse que los moralistas sociales, de Platón a nuestros actuales puritanos de campus, siempre hayan reprobado los valores estéticos. Sin duda los placeres de la lectura son más egoístas que sociales. Uno no puede mejorar directamente la vida de nadie leyendo mejor o más profundamente. Por tradición, la esperanza social siempre ha sido que el crecimiento de la imaginación individual estimulara el cuidado por los otros. Yo me mantengo escéptico respecto de la esperanza social, y tomo con gran cautela cualquier argumento que vincule los placeres de la lectura solitaria al bien público. La pena de la lectura profesional es que sólo raras veces uno recupera el placer de leer que conoció en la juventud, cuando los libros eran un entusiasmo hazlittiano. La manera en que leemos hoy depende en parte de nuestra distancia interior o exterior de las universidades, donde la lectura apenas se enseña como placer, en cualquiera de los sentidos profundos de la estética del placer. Abrirse a una confrontación directa con Shakespeare en sus momentos más fuertes, por ejemplo en El rey Lear, nunca es un placer fácil, ni en la juventud ni en la vejez, y sin embargo no leer El rey Lear plenamente (es decir, sin expectativas ideológicas) es ser objeto de fraude cognoscitivo y estético. La niñez pasada en gran medida mirando televisión se proyecta en una adolescencia frente al ordenador, y la universidad recibe un estudiante difícilmente capaz de acoger la sugerencia de que debemos soportar tanto el irnos de aquí como el haber llegado: la madurez lo es todo. La lectura se desmorona, y en el mismo proceso se hace trizas buena parte de la propia identidad. Todo esto es inmune a los lamentos, y no hay promesas ni programas que lo remedien. Lo que ha de hacerse sólo se puede llevar a cabo mediante alguna versión del elitismo, y, por buenas y malas razones, en nuestra época esto es inaceptable. Todavía hay en todas partes, aun en las universidades, lectores solitarios jóvenes y viejos. Si existe en nuestra época una función de la crítica, será la de dirigirse a la lectora y el lector solitarios, que leen por sí mismos y no por los intereses que supuestamente los trascienden.
 En la vida como en la literatura, el valor está muy relacionado con lo idiosincrático, con los excesos por los cuales se pone en marcha el sentido. No es casual que los historicistas - críticos convencidos de que a todos nos sobredetermina la historia de la sociedad - consideren los personajes literarios como signos en una página y nada más. Si no tenemos un pensamiento que sea propio, Hamlet ni siquiera será un caso clínico. Si se trata de restablecer la forma en que leemos hoy, paso ahora al primer principio, un principio que me apropio del Dr. Johnson: Limpiate la mente de jergas. El diccionario inglés dirá que "jerga" (cant), en este sentido, es un lenguaje desbordante de perogrulladas piadosas, el vocabulario peculiar de una secta o un aquelarre 1. Dado que las universidades han potenciado expresiones como "género y sexualidad" o "multiculturalismo", la admonición de Johnson se convierte en: "Limpiate la mente de jerga académica". Una cultura universitaria donde la apreciación de la ropa interior victoriana reemplaza la apreciación de Charles Dickens y Robert Browning parece la extravagancia de un nuevo Nathanael West, pero es meramente la norma. Un producto subsidiario de esta "poética cultural" es que no puede haber un nuevo Nathanael West, pues ¿cómo podría semejante cultura académica alimentar la parodia? Los poemas de nuestro clima han sido reemplazados por las trusas de nuestra cultura. Los nuevos Materialistas nos dicen que han recobrado el cuerpo para el historicismo y afirman trabajar en nombre del Principio de Realidad. La vida de la mente debe someterse a la muerte del cuerpo; pero para esto poco se requieren los hurras de una secta académica.

 1 Cant tiene, por supuesto, una acepción más esotérica que el español jerga, referido a especialidades u oficios. (Nota del traductor)

 Limpiate la mente de jerga conduce al segundo principio del restablecimiento de la lectura: No trates de mejorara tu vecino ni tu vecindario por las lecturas que eliges o cómo las lees. La superación personal ya es un proyecto bastante considerable para la mente y el espíritu de cada uno: no hay ética de la lectura. Hasta tanto haya purgado su ignorancia primordial, la mente no debería salir de casa; las excursiones prematuras al activismo tienen su encanto, pero consumen tiempo, y nunca habrá tiempo suficiente para leer. Historizar, sea el pasado o el presente, es practicar una especie de idolatría, una devoción obsesiva a las cosas en el tiempo. Leamos entonces bajo esa luz interior que celebró John Milton y Emerson adoptó como principio de lectura. Principio que bien puede ser el tercero de los nuestros: El estudioso es una vela que encienden el amor y el deseo de todos los hombres. Olvidando tal vez la fuente, Wallace Stevens escribió maravillosas variaciones de esta metáfora; pero la frase emersoniana original articula con mayor claridad el tercer principio de la lectura. No hay por qué temer que la libertad del desarrollo como lector sea egoísta porque, si uno llega a ser un verdadero lector, la respuesta a su labor lo ratificará como iluminación de los otros. Cuando reflexiono sobre las cartas de desconocidos que he recibido en los últimos siete u ocho años, en general me conmuevo tanto que no puedo responder. Si tienen un pathos para mí, radica en que a menudo trasuntan un ansia de estudios literarios canónicos que las universidades desdeñan satisfacer. Emerson dijo que la sociedad no puede prescindir de mujeres y hombres cultivados, y proféticamente agregó: "El hogar del escritor no es la universidad sino el pueblo." Se refería a los escritores fuertes, a los hombres y mujeres representativos; a los representantes de sí mismos, y no a los parlamentarios, pues la política de Emerson era la del espíritu.
 La función - olvidada en gran medida - de una educación universitaria quedó captada para siempre en "El estudioso americano", discurso en el que, de los deberes del docto, Emerson dice: "Todos deben estar comprendidos en la confianza en sí mismo." Yo tomo de Emerson mi cuarto principio de la lectura: Para leer bien hay que ser un inventor. A la "lectura creativa", en el sentido de Emerson, yo la llamé alguna vez "mala lectura" 2, palabra que persuadió a mis oponentes de que padecía de dislexia voluntaria. La ruina o el espacio en blanco que ven ellos cuando miran un poema está en sus propios ojos. La confianza en sí mismo no es una donación ni un atributo, sino el Segundo Nacimiento de la mente, y no sobreviene sin años de lectura profunda. En estética no hay patrones absolutos. Si alguien desea sostener que el ascendiente de Shakespeare fue un producto del colonialismo, ¿quién se molestará en refutarlo? Al cabo de cuatro siglos Shakespeare nos impregna más que nunca; lo representarán en la estratosfera y en otros mundos, si se llega hasta allí. No es una conspiración de la cultura occidental; contiene todos los principios de la lectura y es mi piedra de toque a lo largo del libro. Borges atribuyó el carácter universal de Shakespeare a su aparente falta de personalidad, pero ese rasgo es más bien una gran metáfora de lo que hace diferente a Shakespeare, que en última instancia es poder cognoscitivo como tal. Con frecuencia, aunque no siempre sabiéndolo, leemos en busca de una mente más original que la nuestra.

 2 El término inglés acuñado por Bloom es misreading, que también puede traducirse como lectura desviada. (N. del T.)

 Como la ideología, sobre todo en sus versiones más superficiales, es especialmente nociva para la capacidad de captar y apreciar la ironía, sugiero que nuestro quinto principio para el restablecimiento de la lectura sea la recuperación de lo irónico. Pensemos en la inagotable ironía de Hamlet, que casi invariablemente dice una cosa cuando quiere decir otra, ésta a menudo lo opuesto de lo que está diciendo. Pero con este principio me acerco a la desesperación, porque enseñarle a alguien a ser irónico es tan difícil como instruirlo para que se haga solitario. Y sin embargo la pérdida de la ironía es la muerte de la lectura y de lo que nuestras naturalezas tienen de civilizado.

Anduve de Tabla en Tabla
con paso lento y prudente
Sentía alrededor las estrellas
En torno a mis pies el Mar
Sabía que quizá la siguiente
fuera la pulgada final -
A mi precario Paso algunos
Suelen llamarlo Experiencia

 Mujeres y hombres pueden caminar de maneras diferentes, pero a menos que nos disciplinen todos tenemos un paso en cierto modo individual. Difícilmente puede aprehenderse a Dickinson, maestra del Sublime precario, si uno está muerto para sus ironías. Aquí va andando por el único sendero disponible, "de tabla en tabla"; irónicamente, no obstante, la lenta cautela se yuxtapone a un titanismo que le hace sentir "alrededor las estrellas", aunque tenga los pies casi en el mar. El hecho de ignorar si el paso siguiente será la "pulgada final" le confiere ese "precario Paso" al que no da nombre, aunque "algunos" lo llamen Experiencia. Dickinson había leído "Experiencia", el ensayo de Emerson - una pieza culminante, muy al modo en que "De la experiencia" lo fuera para Montaigne - y su ironía es una respuesta amable a la apertura de Emerson: "¿Dónde nos encontramos? En una serie cuyos extremos desconocemos, y que para nuestra creencia no existen." Para Dickinson el extremo es ignorar si el paso siguiente será la pulgada final. "¡Si alguno de nosotros supiera qué estamos haciendo, o hacia dónde vamos, sería mejor que lo pensáramos dos veces!" El consiguiente ensueño de Emerson difiere del de Dickinson en temperamento o, como dice ella, en el paso. En el ámbito de la experiencia de Emerson "todas las cosas nadan y destellan", y su ironía genial es muy diferente de la ironía de la precariedad de Dickinson. Con todo, ninguno de los dos es un ideólogo, y en los poderes rivales de sus respectivas ironías ambos perviven.
 Al final del sendero de la ironía perdida hay una pulgada última, más allá de la cual el valor literario será irrecuperable. La ironía es sólo una metáfora, y es difícil que la ironía de una edad literaria sea la de otra; no obstante, sin un renacimiento del sentido irónico se habrá perdido más que lo que llamamos "literatura imaginativa". Ya parece estar perdido Thomas Mann, irónico mayor de los grandes escritores de este siglo. No dejan de aparecer nuevas biografías suyas, casi siempre reseñadas sobre la base de su homoerotismo, como si la única forma de rescatarlo para nuestro interés fuera certificar su condición de homosexual, y darle así un lugar en los planes de estudio universitarios. Esto no difiere mucho de estudiar a Shakespeare sobre todo por su aparente bisexualidad, pero los caprichos del contrapuritanismo vigente parecen no tener límite. Aunque las ironías de Shakespeare, es de esperar, son las más abarcadoras y dialécticas de toda la literatura occidental, su arco emocional es tan vasto e intenso que no siempre median entre nosotros y las pasiones de los personajes. Por lo tanto Shakespeare sobrevivirá a nuestra era; perderemos sus ironías y nos aferraremos a lo que quede de él. Pero en Thomas Mann cada emoción, narrativa o dramática, está mediada por un esteticismo irónico; enseñar Muerte en Venecia o Desorden y pena temprana a los universitarios más habituales resulta casi imposible. Cuando los autores son destruidos por la historia, con toda justicia calificamos sus obras como "piezas de época"; pero cuando la ideología historizada nos los vuelve inaccesibles, creo que topamos con un fenómeno diferente.
 La ironía exige un cierto nivel de atención y la habilidad de poder tener ideas antitéticas, incluso cuando éstas chocan entre sí. Despojar a la lectura de ironía implica la pérdida inmediata de toda disciplina y sorpresa. Busca todo aquello que te es cercano, que pueda ser usado para sopesar y considerar, y muy probablemente encontrarás ironía, incluso si muchos de tus profesores no saben qué es ni dónde encontrarla. La ironía limpiará tu mente de la jerga de los ideólogos y te ayudará a resplandecer como el estudioso de una vela.
 Cuando uno anda por los setenta quiere tan poco leer mal como vivir mal, porque el tiempo no afloja la marcha. No sé si le debemos a Dios o a la naturaleza una muerte, pero la naturaleza hará su cosecha de todos modos y, por cierto, a la mediocridad no le debemos nada, cualquiera sea la colectividad que pretende mejorar o al menos representar.
 Debido a que por medio siglo mi lector ideal ha sido el Dr. Samuel Johnson, paso a ocuparme de mi pasaje favorito de su Prefacio a Shakespeare:

Éste es pues el mérito de Shakespeare, que su drama sea el espejo de la vida; que aquél que ha enmarañado su imaginación siguiendo los fantasmas alzados ante él por otros escritores pueda curarse de sus éxtasis delirantes leyendo sentimientos humanos en lenguaje humano, escenas que permitirían a un ermitaño estimar las transacciones del mundo y a un confesor predecir el curso de las pasiones.

 Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano hay que ser capaz de leer humanamente, con toda el alma. Tenga las convicciones que tenga, uno es más que una ideología; y Shakespeare le dice algo a la parte de sí que cada cual lleve hasta él. En otras palabras: Shakespeare nos lee más enteramente de lo que podemos leerlo a él, aun después de habernos limpiado la cabeza de jergas. No ha habido antes ni después de él otro escritor con semejante dominio de la perspectiva, ni que desborde tanto cualquier contextualización que se imponga a sus obras. Johnson, que percibió esto de modo admirable, nos incita a permitir que Shakespeare nos cure de nuestros "éxtasis delirantes". Permítanme extender a Johnson instándonos también a reconocer los fantasmas que exorcizará la lectura profunda de Shakespeare. Uno de ellos es la Muerte del Autor; otro es la afirmación de que el yo es una ficción; otro más, la opinión de que los personajes literarios y dramáticos son signos en una página. Un cuarto fantasma, el más pernicioso, es que el lenguaje piensa por nosotros.
 De todos modos, al fin el amor por Johnson y por la lectura me aparta de la polémica para llevarme a la celebración de los muchos lectores solitarios que sigo encontrando, tanto en el aula como en los mensajes que recibo. Leemos a Shakespeare, Dante, Chaucer, Cervantes, Dickens, y todos sus pares porque amplían la vida, y más. En términos pragmáticos, se han convertido en la Bendición, ésta en el verdadero sentido yahvístico de "más vida vertida en tiempo sin límites." Leemos en profundidad por razones variadas, la mayoría de ellas familiares: porque no podemos conocer a fondo suficientes personas; porque necesitamos conocernos mejor; porque requerimos conocimiento, no sólo de nosotros mismos o de otros, sino de cómo son las cosas. Sin embargo el motivo más fuerte y auténtico para la lectura profunda del tan maltratado canon es la búsqueda de un placer difícil. Yo no patrocino precisamente una erótica - de - la - lectura, y pienso que "dificultad placentera" es una definición plausible de lo Sublime; pero la búsqueda del lector sigue siendo un placer más alto. Hay un Sublime del lector que me parece la única trascendencia secular a nuestro alcance, si exceptuamos esa trascendencia aún más precaria que llamamos "enamoramiento". Los exhorto a descubrir aquello que les es realmente cercano y puede utilizarse para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee.
Fuente:
Traducción de Marcelo Cohen

    Grupo Editorial Norma
         Primera edición,
      Santa Fe de Bogotá,
       2000


miércoles, 16 de agosto de 2017

Vladimir Nabokov. Cuento:Una cuestión de suerte.


 Una cuestión de suerte

 Era camarero en el vagón restaurante internacional de un expreso alemán. Se llamaba Aleksey Lvovich Luzhin. Había abandonado Rusia cinco años antes, en 1919, y desde entonces, a medida que se iba abriendo camino de una ciudad a otra, había probado un sinnúmero de oficios y ocupaciones: trabajó de bracero en Turquía, de mensajero en Viena, fue pintor de brocha gorda, empleado de comercio, y así sucesivamente. Pero en estos momentos era un camarero que veía cómo a cada lado del vagón restaurante flotaban sin cesar los prados, las colinas cubiertas de brezo, las arboledas de pino, y el consomé humeaba y chapoteaba dentro de las gruesas tazas que él transportaba en la bandeja con agilidad a lo largo del angosto pasillo que separaba las mesas dispuestas junto a las ventanillas. Era un camarero que dominaba su oficio, y lo demostraba en la maestría con que servía los filetes de buey o de jamón que llevaba en la fuente, y los depositaba en los platos, mientras inclinaba sin tambalearse la cabeza con su cabello bien corto, su frente tensa y sus tupidas cejas negras.
 El vagón llegaría a Berlín a las cinco en punto y a las siete volvería a iniciar la marcha en sentido contrario, en dirección a la frontera francesa. Luzhin vivía en una especie de sierra de acero: sólo tenía tiempo de deleitarse en sus recuerdos por la noche, en un agujero estrecho que olía a pescado y a calcetines sucios. Sus recuerdos más frecuentes eran de una casa en San Petersburgo, y de su despacho en aquella casa, con sus muebles tapizados en cuero y sus botones insertos entre las curvas y también de su mujer Lena, de quien no había tenido noticias en cinco años. En estos momentos sentía que estaba desperdiciando su vida. Su excesiva familiaridad con la cocaína le había destrozado la mente; las pequeñas llagas del interior de su nariz le empezaban a comer el tabique nasal.
 Cuando reía, sus dientes relampagueaban en un estallido blanco, y gracias a esta sonrisa de marfil ruso se había granjeado las simpatías de los otros dos camareros, Hugo, un berlinés rubio y fuerte, encargado de cobrar las comidas, y el pelirrojo Max, de nariz afilada y aspecto de zorro, cuyo cometido era llevar el café y la cerveza a los distintos compartimientos. En los últimos tiempos, sin embargo, Luzhin sonreía menos.
 En las horas de recreo cuando las olas cristalinas de la droga estallaban contra él, penetrando sus pensamientos con su resplandor y transformando la menudencia más mínima en un milagro etéreo, anotaba con esfuerzo en una hoja de papel las distintas medidas que pensaba tomar para averiguar el paradero de su mujer. Mientras emborronaba las cuartillas con todas esas sensaciones todavía felizmente vivas, sus anotaciones le parecían sobremanera importantes y también correctas. Por la mañana, sin embargo, cuando la cabeza le estallaba y la camisa se le ceñía pegajosa al cuerpo, miraba con expresión de asco y aburrimiento sus notas confusas y su letra irregular. Recientemente, sin embargo, una nueva idea había venido a ocupar sus pensamientos. Empezó a elaborar con diligencia un plan para su muerte; dibujaba una especie de gráfico en el que indicaba los altos y bajos de su sentido del miedo; y por fin, como para simplificar las cosas, se ponía una fecha fija, la noche entre el primer y el segundo día de agosto. Lo que le interesaba no era tanto la muerte misma sino todos los detalles que la precedían, y se metía tanto en los detalles que la muerte misma se le olvidaba. Pero en cuanto volvía a estar sobrio, la escena pintoresca de tal o cual método de autodestrucción palidecía, y sólo una cosa permanecía clara: su vida había ido consumiéndose en la nada y no tenía sentido continuar con ella.
 El primer día de agosto siguió su curso. A las seis y media de la tarde, en el gran bufé mal iluminado de la estación de Berlín, la anciana princesa María Ukhtomski estaba sentada en una mesa vacía: una mujer gorda, vestida completamente de negro, con el rostro cetrino como el de un eunuco. Los contrapesos de bronce de las arañas resplandecían bajo el alto techo empañado. De cuando en cuando alguien movía una silla y el sonido hueco reverberaba en el espacio.
 La princesa Ukhtomski lanzó una mirada severa a la manecilla dorada del reloj de pared. La manecilla dio un paso adelante. Un minuto más tarde volvió a estremecerse. La anciana dama se levantó, tomó su sac de voyage de brillante cuero negro, y se arrastró hasta la salida, apoyada en su bastón masculino con su gran pomo de madera.
 Un mozo la estaba esperando en la puerta. El tren entraba de espaldas a la estación. Uno tras otro, los lúgubres coches alemanes color de hierro pasaron ante su vista. La teca parda y ya vieja de un coche-cama mostraba bajo la ventana central una señal donde se leía BERLÍN-PARÍS; el coche internacional, así como el vagón restaurante con su madera de teca, en una de cuyas ventanillas se distinguían los codos y la cabeza del camarero de pelo color de zanahoria, eran lo único que recordaba al elegante y severo Nord-Express de antes de la guerra.
 El tren se detuvo con un chasquido metálico de los parachoques, y un silbido largo de los frenos.
 El mozo instaló a la princesa Ukhtomski en un compartimiento de segunda clase de un vagón Schnellzug, un compartimiento de fumadores, tal como ella había pedido. En un rincón, junto a la ventana, un hombre en un traje beige con rostro insolente y tez olivácea estaba cortando el extremo de un puro.
 La anciana princesa se instaló enfrente. Comprobó, con una mirada lenta y meditada, que todas sus cosas estuvieran colocadas en la red que había sobre sus cabezas. Dos maletas y una cesta. Todo estaba allí. Y el reluciente bolso de viaje en su regazo. Sus labios se movieron en un gesto adusto como si estuviera mascando algo.
 Una pareja de alemanes irrumpió jadeante y presurosa en el compartimiento.
 Y a continuación, un minuto justo antes de que el tren se pusiera en marcha, llegó una mujer joven con la boca pintada y un sombrerito negro que le cubría la frente. Dispuso sus cosas y salió al pasillo. El hombre del traje beige se la quedó mirando. Abrió la ventanilla con sacudidas inexpertas, y se apoyó en ella para despedirse de alguien. La princesa creyó distinguir el repiqueteo del idioma ruso.
 El tren se puso en movimiento. La mujer volvió al compartimiento. La sonrisa que tenía en el rostro se había desvanecido, y había sido reemplazada por una expresión preocupada. Las traseras de ladrillo de las casas se deslizaban al otro lado de la ventanilla: una de ellas mostraba el anuncio pintado de un cigarrillo ingente, relleno de lo que parecía paja dorada. Los tejados, mojados con la lluvia, brillaban bajo los rayos del sol poniente.
 La anciana princesa Ukhtomski no pudo aguantar más. Preguntó amablemente en ruso: «¿Le molesta que ponga mi bolso aquí?».
 La mujer dio un respingo y contestó: «No, en absoluto, por favor».
 El hombre de beige y oliva del rincón escrutaba su periódico con atención.
 —Yo voy a París —inició la conversación la princesa con un leve suspiro—. Tengo un hijo allí. Me da miedo Alemania, sabe usted.
 Y sacó de su bolso de viaje un gran pañuelo que se pasó por la nariz y por toda la cara.
 —Sí, miedo. La gente dice que va a estallar una revolución comunista en Berlín. ¿No ha oído usted nada?
 La mujer negó con la cabeza. Miró con suspicacia al hombre del periódico y al matrimonio alemán.
 —Yo no sé nada. Llegué de Rusia, de Petersburgo, anteayer.
 El rostro cetrino y regordete de la princesa Ukhtomski expresaba una intensa curiosidad. Sus cejas diminutas se levantaron.
 —¡No me diga!
 Con los ojos fijos en la punta de su zapato gris, la mujer dijo rápidamente en una voz muy dulce:
 —Sí, una persona de buen corazón me ayudó a salir. Ahora voy a París. Tengo parientes allí.
 Y empezó a quitarse los guantes. Una alianza de oro se le deslizó del dedo. La cogió con presteza.
 —No hago más que perder mi alianza. Debo de haber adelgazado o algo así.
 Se quedó en silencio, sin dejar de parpadear. A través de la ventanilla del pasillo, al otro lado de la puerta de cristal del compartimiento, se veía la hilera imperturbable de los hilos telefónicos que se alzaban vertiginosos hacia arriba.
 La princesa Ukhtomski se acercó a su vecina.
 —Dígame —preguntó en un susurro—. A esos soviéticos no les va tan bien ahora, ¿no es cierto?
 Un poste telegráfico, negro contra el sol poniente, pasó raudo, interrumpiendo el ascenso suave de los cables. Cayeron, como cae la bandera cuando el viento cesa de soplar. Y luego, furtivamente, comenzaron a ascender de nuevo. El expreso viajaba rápido entre los muros espaciosos de una noche inmensa y encendida de fuego. Desde algún lugar en el techo de los compartimientos, se oía un ligero tembleteo como si la lluvia cayera sobre techos de pizarra. Los vagones alemanes oscilaban violentamente. El internacional, tapizado de azul en su interior, se movía menos y hacía menos ruido que los otros. Tres camareros ponían las mesas en el vagón restaurante. Uno de ellos, con el pelo muy corto y cejijunto pensaba en el pequeño vial que guardaba en su bolsillo. No dejaba de pasar la lengua por los labios y sorberse los mocos. El vial contenía un polvo cristalino y llevaba la marca de Kramm. Estaba colocando los cuchillos y los tenedores e insertando botellas cerradas en los correspondientes aros de las mesas, cuando de repente ya no pudo más. Le dirigió una sonrisa convulsa a Max Fuchs, que estaba bajando las persianas, y cruzó la plataforma que conectaba los coches para llegar al vagón siguiente. Se encerró en el baño. Calculando con cuidado los vaivenes del tren, vertió un montoncito de polvo en la uña de su pulgar; con fruición se lo aplicó a un agujero de la nariz y luego al otro; lo inhaló; con la lengua se limpió el polvo brillante que se había quedado en la uña; parpadeó con fuerza un par de veces como reacción ante el amargor gomoso y abandonó el baño, borracho y boyante, con la cabeza llena del delicioso aire helado. Al cruzar el diafragma en su camino de vuelta al vagón restaurante pensó: «¡Qué sencillo sería morir ahora!». Sonrió. Sería mejor que esperara hasta que cayera la noche. Sería una pena cortar el efecto de aquel veneno encantador.
 —Dame las reservas, Hugo. Voy a distribuirlas.
 —No, deja que vaya Max. Max trabaja más deprisa. Ten, Max.
 El camarero pelirrojo agarró la caja con los cupones en su puño pecoso. Se deslizó como un zorro entre las mesas y por el pasillo azul del coche-cama. Cinco cuerdas de arpa se alzaban distintas y precisas contra el cielo y tras las ventanillas. El cielo se estaba oscureciendo. En el compartimiento de segunda clase de uno de los vagones alemanes una anciana vestida de negro, con aspecto de eunuco, escuchaba, puntuando su escucha con unos leves suspiros, el relato de una vida distante y monótona.
 —¿Y su marido... tuvo que quedarse?
 Los ojos de la joven se abrieron de par en par mientras negaba con la cabeza.
 —No. Lleva fuera bastante tiempo. Sencillamente, las cosas ocurrieron así. Al comienzo de la Revolución viajó hacia el sur, a Odesa. Le perseguían. Yo pensaba reunirme allí con él, pero no conseguí salir a tiempo.
 —Terrible, terrible. ¿Y no ha tenido noticias suyas?
 —Ninguna. Recuerdo que un buen día decidí que estaba muerto. Empecé a llevar la alianza en la cadena donde llevo la cruz. Temía que también me quitaran eso. Y luego, en Berlín, unos amigos me dijeron que estaba vivo. Alguien le había visto. Ayer mismo puse un anuncio en un periódico de exiliados.
 Apresuradamente sacó una página doblada del Rul’ de su ajado bolso de seda.
 —Aquí lo tiene, mire.
 La princesa Ukhtomski se puso las gafas y comenzó a leer: «Elena Nikolayevna Luzhin está buscando a su marido Aleksey Lvovich Luzhin».
 —¿Luzhin? —preguntó, quitándose las gafas—. ¿No será el hijo de Lev Sergeich? Tenía dos hijos. No recuerdo sus nombres.
 Elena sonrió radiante.
 —Oh, qué maravilloso. Esto sí que es una sorpresa. No me diga que conocía a su padre.
 —Claro que sí, desde luego —interrumpió la princesa en un tono amable y complaciente—. Lyovushka Luzhin, antiguo Ulano. Nuestras propiedades estaban una al lado de la otra. Solía visitarnos.
 —Murió —interrumpió Elena.
 —Sí, sí, eso he oído. Descanse en paz. Siempre llegaba a nuestra casa con sus perros de caza. Pero de sus hijos no me acuerdo tan bien. Llevo fuera del país desde 1917. El más joven era rubio, creo recordar. Y tartamudeaba un poco.
 Elena volvió a sonreír.
 —No, ése era su hermano mayor.
 —En ese caso, los tengo confundidos, querida —dijo la princesa con aplomo—. Mi memoria ya no es demasiado buena. Ni siquiera me habría acordado de Lyovushka si usted no lo hubiera mencionado. Pero ahora lo recuerdo todo. Solía venir a nuestra casa a tomar el té y, déjeme que le cuente... —la princesa se acercó y siguió, con una voz clara y un punto melodiosa, sin tristeza, porque sabía que de las cosas felices sólo es posible hablar de una forma feliz, sin dolerse porque se hayan ido.
 —Déjeme que le cuente —siguió—, teníamos un juego de platos muy divertido, con una cenefa de oro en derredor y, en el centro, un mosquito tan realista que nadie que no estuviera al tanto escapaba al gesto de intentar quitarlo del plato.
 La puerta del compartimiento se abrió. Un camarero pelirrojo les iba entregando las reservas de mesa para la cena. Elena cogió una. Y lo mismo hizo el hombre sentado en el rincón, que llevaba algún tiempo tratando de despertar su atención.
 —Yo he traído mi propia comida —dijo la princesa—. Jamón y un panecillo.
 Max pasó por todos los vagones y volvió al vagón restaurante. Al pasar, dio un codazo a su compañero ruso que estaba de pie a la entrada del coche con una servilleta bajo el brazo. Luzhin se quedó mirando a Max con ojos brillantes de ansiedad. Sintió que un hormigueo de vacío y de frío se le colaba en el cuerpo y suplantaba sus huesos y sus órganos, como si todo su cuerpo estuviera a punto de estornudar de un momento a otro, exhalando el alma en un suspiro. Se imaginó por centésima vez cómo iba a organizar su muerte. Calculó hasta el más mínimo detalle, como si estuviera ante un problema de ajedrez. Planeó bajarse del tren por la noche en una determinada estación, rodear caminando el vagón inmóvil hasta colocar la cabeza en el extremo de los topes justo en el momento en el que otro vagón, que iban a acoplar al vagón inmóvil, iniciara su marcha. Los topes chocarían. Entre ellos estaría su cabeza inclinada. Estallaría como una burbuja de jabón y se convertiría en aire iridiscente. Tendría que sostenerse con fuerza en las traviesas y apoyar la sien firmemente contra el frío metal del tope.
 —¿Es que no me oyes? Ya es hora de que llames a cenar.
 Ahora era Hugo quien hablaba. Luzhin respondió con una sonrisa asustada e hizo lo que le decía, abriendo por un momento las puertas de los compartimientos al pasar, mientras anunciaba rápidamente y a plena voz:
 —¡Primera llamada para la cena!
 En uno de los compartimientos sus ojos se fijaron fugazmente en el rostro relleno y amarillento de una anciana que estaba desempaquetando un bocadillo. Algo en aquel rostro le resultaba familiar. Mientras rehacía su camino atravesando los distintos compartimientos, no dejaba de pensar en quién podía ser. Era como si la hubiera visto en un sueño. La sensación de que su cuerpo estaba a punto de estornudarle el alma en cualquier momento se hizo más concreta ——en cualquier momento recordaré a quién se parece esa mujer. Pero cuanto más se esforzaba por recordar, más se le resistía el recuerdo que parecía esfumarse en la distancia. Cuando llegó al vagón restaurante se movía con lentitud, la nariz parecía dilatársele y sentía un espasmo en la garganta que le impedía tragar.
 —Al cuerno con ella, vaya estupidez.
 Los pasajeros, caminando torpemente y agarrándose a las barandillas de metal, empezaron a recorrer los pasillos en dirección al vagón restaurante. En las ventanas oscurecidas empezaban a brillar diferentes reflejos, aunque todavía se dejaba ver el rayo amarillo del sol poniente. Elena Luzhin se fijó no sin cierta alarma en que el hombre del traje beige había esperado a que ella se pusiera en pie para levantarse. Tenía unos desagradables ojos saltones y vidriosos que parecían llenos de un yodo oscuro. Caminaba por el pasillo de tal forma que continuamente se tropezaba con ella y la pisaba, y cuando un brusco movimiento del tren le hacía perder el equilibrio (los vagones traqueteaban violentamente), él se aclaraba la garganta mordaz como respondiendo a no sé qué oscuras intenciones. Por alguna razón pensó que tenía que ser un espía, un confidente, y aunque sabía que era una tontería pensar eso —después de todo ya no estaba en Rusia— no conseguía quitarse la idea de la cabeza.
 Él dijo algo cuando atravesaron el pasillo del coche cama. Ella aceleró el paso. Cruzó las placas metálicas traqueteantes que conectaban con el restaurante, situado a continuación del coche-cama. Y allí, de repente, en el vestíbulo del vagón restaurante, aquel hombre, con una especie de ternura brutal, la cogió por el brazo. Ella ahogó un grito y liberó el brazo de un tirón tan violento que casi la llevó al suelo.
 El hombre dijo en alemán con acento extranjero: «¡Querida!».
 Elena torció el gesto intempestivamente. Volvió, rehizo su camino a través de las planchas metálicas, a través de los distintos vagones, a través del coche-cama. Se sentía profundamente herida. Prefería no cenar a tener que enfrentarse con aquel monstruo de zafiedad. «¡Dios sabe por quién me ha tomado! —pensó— y todo porque llevo carmín de labios».
 —¿Qué ocurre? ¿Es que no vas a cenar?
 La princesa Ukhtomski tenía un bocadillo de jamón en la mano.
 —No, ya no me apetece. Le ruego me disculpe pero creo que voy a dormir un poco.
 La anciana arqueó las cejas sorprendida, y luego continuó con su bocadillo.
 En cuanto a Elena, apoyó la cabeza en el respaldo e hizo como si durmiera. Muy pronto cayó en un sopor. De tanto en tanto, su rostro pálido y cansado se movía en un gesto sorprendido. Su nariz brillaba en aquellas zonas en las que el maquillaje había desaparecido. La princesa Ukhtomski encendió un cigarrillo con un filtro larguísimo.
 Media hora más tarde el hombre volvió, se sentó imperturbable en su rincón y se dedicó a limpiarse las muelas con un palillo. Luego cerró los ojos, jugueteó un rato con las manos, y finalmente se tapó la cara con la solapa del abrigo que colgaba de un gancho en la pared. Pasó una media hora y el tren aminoró la marcha. Las luces de un andén pasaron como espectros a lo largo de las ventanas llenas de niebla. El vagón se detuvo con un prolongado suspiro de alivio. Se oían diversos ruidos: alguien que tosía en el compartimiento vecino, pisadas que corrían por el andén de la estación. El tren se quedó parado un largo rato, mientras que los silbidos nocturnos se llamaban unos a los otros en la distancia. Luego, dio un respingo y empezó a moverse.
 Elena se despertó. La princesa seguía durmiendo, su boca abierta una caverna negra. La pareja alemana había desaparecido. El hombre, con la cabeza cubierta por el abrigo, tenía las piernas completamente abiertas en una postura grosera.
 Elena se lamió los labios, secos, y con preocupación se pasó la mano por la frente. De repente dio un respingo: no llevaba la alianza en el dedo anular.
 Por un instante se quedó inmóvil contemplando su mano desnuda. Luego, con el corazón en vilo, empezó a buscarlo apresurada por el asiento, por el suelo. Miró las rodillas huesudas del hombre.
 —¡Dios mío!, claro, debí de dejarla caer cuando iba al vagón restaurante, cuando luché por liberarme...
 Salió corriendo del compartimiento; con los brazos extendidos, apoyándose en ambos lados del pasillo, conteniendo las lágrimas, atravesó un vagón, y después otro. Llegó al final del coche-cama, y a través de la puerta trasera, no vio sino aire, vacío, el cielo nocturno, la oscura cuña del lecho vacío donde los raíles se perdían en la distancia.
 Pensó que se había confundido y había tomado la dirección equivocada. Llorando, rehizo su camino.
 Junto a ella, en la puerta del baño, había una anciana con un viejo delantal y un brazalete que parecía una enfermera del turno de noche. Llevaba en la mano un cubo del que sobresalía un cepillo.
 —Desengancharon el vagón restaurante —dijo la vieja, y quién sabe por qué razón, suspiró—. Después de atravesar Colonia, engancharán otro.

 En el vagón restaurante que había quedado atrás bajo la bóveda de una estación donde debería aguardar a la mañana para volver a ponerse en camino en dirección a Francia, los camareros limpiaban y recogían los manteles. Luzhin terminó y se quedó en la puerta abierta a la entrada del vagón. La estación estaba oscura y desierta. En la distancia lucía una lámpara como si fuera una estrella húmeda que atravesara una nube gris de humo. El torrente de raíles brillaba todavía levemente. Seguía sin entender por qué el rostro de aquella anciana del bocadillo le había trastornado tan profundamente. Todo lo demás estaba claro, sólo aquel punto concreto permanecía oscuro.
 Max, el pelirrojo de nariz afilada, salió a la puerta. Se puso a barrer el suelo. Se dio cuenta de que había un brillo de oro en una esquina. Se agachó. Era un anillo. Lo escondió en el bolsillo de su chaleco y miró furtivamente para asegurarse de que nadie lo había visto. La espalda de Luzhin seguía inmóvil en la misma puerta. Max sacó el anillo con cuidado; a la débil luz distinguió una palabra y unos números grabados en el interior. Debe de ser chino, pensó. En realidad la inscripción decía: «1-VIII-1915, ALEKSEY». Se volvió a meter el anillo en el bolsillo.
 La espalda de Luzhin se movió. Silenciosamente se bajó del vagón. Caminó en diagonal hasta la próxima vía, con paso tranquilo, relajado, como si estuviera dando un paseo.
 Un tren directo, sin paradas, tronó en su entrada a la estación. Luzhin fue hasta el borde del andén y bajó de un salto. La pista de ceniza crujió bajo su peso.
 En ese preciso instante, la locomotora lo engulló de un golpe voraz. Max, totalmente ignorante de lo que acababa de ocurrir, miraba desde lejos mientras las ventanas iluminadas se sucedían vertiginosamente en una tira continua.

martes, 15 de agosto de 2017

LUIS CERNUDA. OCNOS. FRAGMENTO 2. LITERATURA DE RESCATE.


OCNOS. (FRAGMENTO 2).
 El huerto


Alguna vez íbamos a comprar una latania o un rosal para el patio de casa. Como el huerto estaba lejos había que ir en coche; y al llegar aparecían tras el portalón los senderos de tierra oscura, los arriates bordeados de geranios, el gran jazminero cubriendo uno de los muros encalados.
Acudía sonriente Francisco el jardinero, y luego su mujer. No tenía hijos, y cuidaban de su huerto y hablaban de él tal si fuera una criatura. A veces hasta bajaban la voz al señalar una planta enfermiza, para que no oyese, ¡la pobre!, cómo se inquietaban por ella.
Al fondo del huerto estaba el invernadero, túnel de cristales ciegos en cuyo extremo se abría una puertecilla verde. Dentro era un olor cálido, oscuro, que se subía a la cabeza: el olor de la tierra húmeda mezclado al perfume de las hojas. La piel sentía el roce del aire, apoyándose insistente sobre ella, denso y húmedo. Allí crecían las palmas, los bananeros, los helechos, a cuyo pie aparecían las orquídeas, con sus pétalos como escamas irisadas, cruce imposible de la flor con la serpiente.
La opresión del aire iba traduciéndose en una íntima inquietud, y me figuraba con sobresalto y con delicia que entre las hojas, en una revuelta solitaria del invernadero, se escondía una graciosa criatura, distinta de las demás que yo conocía, y que súbitamente y sólo para mí iba acaso a aparecer ante mis ojos.
¿Era dicha creencia lo que revestía de tanto encanto aquel lugar? Hoy creo comprender lo que entonces no comprendía: cómo aquel reducido espacio del invernadero, atmósfera lacustre y dudosa donde acaso habitaban criaturas invisibles, era para mí imagen perfecta de un edén, sugerido en aroma, en penumbra y en agua, como en el verso del poeta gongorino: «Verde calle, luz tierna, cristal frío».

  El miedo


A Guadalupe Dueñas

Por el camino solitario, sus orillas sembradas de chumberas y algún que otro eucalipto, al trote de las mulas del coche, volvía el niño a la a la ciudad desde aquel pueblecito con nombre árabe. ¿Cuántos años tendría entonces: cinco, seis? Él mismo no lo sabía, porque el tiempo, la idea del tiempo no había entrado aún en su alma. Pero aquel anochecer entraría en ella otra idea nueva y terrible, a la que sólo el adulto puede, si es que puede, enfrentarse.
A través de la ventanilla del coche iba viendo cómo el cielo palidecía, desde el azul intenso de la tarde al celeste desvaído del crepúsculo, para luego llenarse lentamente de sombra. ¿Le alcanzaría fuera de la casa y de la ciudad la noche, de cuya oscuridad creciente le habían protegido hasta entonces las paredes amigas, la lámpara encendida sobre el libro de estampas?
Un miedo, de cuya aparición súbita en él acaso no se daba cuenta, atendiendo más al efecto que a la causa, le prevenía contra el mundo nocturno a campo abierto: el miedo frente a lo extraño y lo desconocido, y que comenzaba a traducirse para su conciencia infantil, con prisa, con afán, con angustia, en la presión de un movimiento incontenible (que las mulas del coche apresurasen el paso) huyendo hacia adelante.
Muchos años más tarde te dijo alguna vez que él mismo desconocía aquella voz que de su entraña salió, oscura, amedrentada, diciendo: «Que va a caer la noche, que va a caer la noche», para prevenir a los otros, que no le hacían caso, que nadar podían quizá, contra aquel horror antes desconocido: el horror a los poderes contrarios al hombre sueltos y al acecho en la vida.
Tú, que le conociste bien, puedes relacionar (con el margen inevitable de error que hay entre el centro hondo e insobornable de un ser humano y la percepción externa de otro, por amistosa que sea) aquel despertar del terror primario y ancestral en un alma predestinada a sentirlo siempre, aunque intermitente, con la expresión que luego él mismo iba a darle cuando hombre en un verso: «Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo».

  El bazar


En la media luz brillaban las lunas biseladas de cristales y espejos, y un aroma confuso de piel de Rusia y ámbar flotaba por el aire. Tras de las vitrinas, junto al terciopelo oscuro de los estuches, encerrando como en una concha irisados reflejos de plata y de porcelana, surgían los grandes frascos de agua de colonia o los más frágiles de perfume. Apenas si quedaba espacio para los mueblecillos modern style, cuyas formas irregulares e imprevistas se percibían aquí o allá, entre los colores vivos y puros de los juguetes. Era una confusión múltiple y rica de colores, reflejos y aromas.
El encanto de aquel ambiente llegaban a cifrarlo enigmáticas unas etiquetas de estrecha forma rectangular, donde el nombre del bazar aparecía en blancas letras de realce sobre fondo escarlata, y las cuales se destacaban sobre el cartón de las cajas que por mi santo o en día de reyes traían a casa los juguetes maravillosos, envueltos en papel de seda y finas virutas ensortijadas, tal un bucle de pelo rubio.
Era aquella atmósfera del bazar una atmósfera femenina, y su seducción particular no se dispersaba con los objetos que de allí salían, en paquetillos atados por una cinta, ocultos en el inmenso manguito de una mujer. Y aunque ésta, con leve rumor de seda, asomando apenas la punta del pie entre los pliegues de la estrecha falda, bajara los escalones de mármol para apelotonarse luego en la berlina que aguardaba afuera, aquel encanto no desaparecía. Quedaba flotando, impersonal e indivisible, como el aroma mismo de las pieles, los polvos de arroz y el opoponax, hecho ya época él mismo, leyenda e historia.

  El tiempo


Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien). Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?
Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.
Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.

  Pregones


Eran tres pregones.
Uno cuando llegaba la primavera, alta ya la tarde, abiertos los balcones, hacia los cuales la brisa traía un aroma áspero, duro y agudo, que casi cosquilleaba la nariz. Pasaban gentes: mujeres vestidas de telas ligeras y claras; hombres, unos con traje de negra alpaca o hilo amarillento, y otros con chaqueta de dril desteñido y al brazo el canastillo, ya vacío, del almuerzo, de vuelta del trabajo. Entonces, unas calles más allá, se alzaba el grito de «¡Claveles! ¡Claveles!» grito un poco velado, a cuyo son aquel aroma áspero, aquel mismo aroma duro y agudo que trajo la brisa al abrirse los balcones, se identificaba y fundía con el aroma del clavel. Disuelto en el aire había flotado anónimo, bañando la tarde, hasta que el pregón lo delató, dándole voz y sonido, clavándolo en el pecho bien hondo, como una puñalada cuya cicatriz el tiempo no podrá borrar.
El segundo pregón era al mediodía, en el verano. La vela estaba echada sobre el patio, manteniendo la casa en fresca penumbra. La puerta entornada de la calle apenas dejaba penetrar en el zaguán un eco de la luz. Sonaba el agua de la fuente adormecida bajo su corona de hojas verdes. Qué grato en la dejadez del mediodía estival, en la somnolencia del ambiente, balancearse sobre la mecedora de rejilla. Todo era ligero, flotante; el mundo, como una pompa de jabón, giraba frágil, irisado, irreal. Y de pronto, tras de las puertas, desde la calle llena de sol, venía dejoso, tal la queja que arranca el goce, el grito de «¡Los pejerreyes!». Lo mismo que un vago despertar en medio de la noche, traía consigo la conciencia justa para que sintiéramos tan sólo la calma y el silencio en torno, adormeciéndonos de nuevo. Había en aquel grito un fulgor súbito de luz escarlata y dorada, como el relámpago que cruza la penumbra de un acuario, que recorría la piel con repentino escalofrío. El mundo, tras de detenerse un momento, seguía luego girando suavemente, girando.
El tercer pregón era al anochecer, en otoño. El farolero había pasado ya, con su largo garfio al hombro, en cuyo extremo se agitaba como un alma la llamita azulada, encendiendo los faroles de la calle. A la luz lívida del gas brillaban las piedras mojadas por las primeras lluvias. Un balcón aquí, una puerta allá, comenzaban a iluminarse por la acera de enfrente, tan próxima en la estrecha calle. Luego se oía correr las persianas, cerrar los postigos. Tras el visillo del balcón, la frente apoyada al frío del cristal, miraba el niño la calle un momento, esperando. Entonces surgía la voz del vendedor viejo, llenando el anochecer con un pregón ronco de «¡Alhucema fresca!», en el cual las vocales se cerraban, como el grito ululante de un búho. Se le adivinaba más que se le veía, tirando de una pierna a rastras, nebulosa y aborrascada la cara bajo el ala del sombrero caído sobre él como una teja, que iba, con su saco de alhucema al hombro, a cerrar el ciclo del año y de la vida.
Era el primer pregón la voz, la voz pura; el segundo el canto, la melodía; el tercero el recuerdo y el eco, la voz y la melodía ya desvanecidas.

  El poeta y los mitos


Bien temprano en la vida, antes que leyeses versos algunos, cayó en tus manos un libro de mitología. Aquellas páginas te revelaron un mundo donde la poesía, vivificándolo como la llama al leño, trasmutaba lo real. Qué triste te apareció entonces tu propia religión. Tú no discutías ésta, ni la ponías en duda, cosa difícil para un niño; mas en tus creencias hondas y arraigadas se insinuó, si no una objeción racional, el presentimiento de una alegría ausente. ¿Por qué se te enseñaba a doblegar la cabeza ante el sufrimiento divinizado, cuando en otro tiempo los hombres fueron tan felices como para adorar, en su plenitud trágica, la hermosura?
Que tú no comprendieras entonces la casualidad profunda que une ciertos mitos con ciertas formas intemporales de la vida, poco importa: cualquier aspiración que haya en ti hacia la poesía, aquellos mitos helénicos fueron quienes la provocaron y la orientaron. Aunque al lado no tuvieses alguien para advertirte del riesgo que así corrías, guiando la vida, instintivamente, conforme a una realidad invisible para la mayoría, y a la nostalgia de una armonía espiritual y corpórea y desterrada siglos atrás de entre las gentes.

  El escándalo


En las largas tardes del verano, ya regadas las puertas, ya pasado el vendedor de jazmines, aparecían ellos, solos a veces, emparejados casi siempre. Iban vestidos con blanca chaqueta almidonada, ceñido pantalón negro de alpaca, zapatos rechinantes como el cantar de un grillo, y en la cabeza una gorrilla ladeada, que dejaba escapar algún rizo negro o rubio. Se contoneaban con gracia felina, ufanos de algo que sólo ellos conocían, pareciendo guardarlo secreto, aunque el placer que en ese secreto hallaban desbordaba a pesar de ellos sobre las gentes.
Un coro de gritos en falsete, el ladrar de algún perro, anunciaba su paso, aun antes de que hubieran doblado la esquina. Al fin surgían, risueños y casi envanecidos del cortejo que les seguía insultándoles con motes indecorosos. Con dignidad de alto personaje en destierro, apenas si se volvían al séquito blasfemo para lanzar tal pulla ingeniosa. Mas como si no quisieran decepcionar a las gentes en lo que éstas esperaban de ellos, se contoneaban más exageradamente, ciñendo aún más la chaqueta a su talle cimbreante, con lo cual redoblaban las risotadas y la chacota del coro.
Alguna vez levantaban la mirada a un balcón, donde los curiosos se asomaban al ruido, y había en sus descarados ojos juveniles esa burla mayor, un desprecio más real que en quienes con morbosa curiosidad les iban persiguiendo. Al fin se perdían al otro extremo de la calle.
Eran unos seres misteriosos a quienes llamaban «los maricas».

  Mañanas de verano


Algunos días de fiesta religiosa, cuya celebración tenía resonancia particularmente local o familiar, fiestas que siempre caían durante el verano, salía el niño por la mañana, camino de la iglesia. Unas veces le llevaban a la catedral, otras más lejos, a algún barrio popular, nunca o raramente visitado, donde estaba la iglesia en cuestión, y en ocasiones hasta había que atravesar el río, cuya densa luminosidad verde parecía metal fundido entre las márgenes arcillosas.
Qué aire inusitado cobraba todo. Era primero lo de ir y volver en horas cuando ya comenzaba a apretar el calor, porque las salidas veraniegas acostumbradas se hacían al caer la tarde o a la noche. Luego lo de ir por las calles matinales, entoldadas unas, otras descubiertas hacia el cielo radiante, cuyo igual no encontraría después en parte alguna. Por último lo de mirar al paso y de cerca la actividad tranquila del barrio popular y del mercado.
Cuánta gracia tenían formas y colores en aquella atmósfera, que los esfumaba y suavizaba, quitándoles a unas dureza y a otros estridencia. Ya era el puesto de frutas (brevas, damascos, ciruelas), sobre las que imperaba la rotundidad verde oscuro de la sandía, abierta a veces mostrando adentro la frescura roja y blanca. O el puesto de cacharros de barro (búcaros, tallas, botellas), con tonos rosa o anaranjado en panzas y cuellos. O el de los dulces (dátiles, alfajores, yemas, turrones), que difundían un olor almendrado y meloso de relente oriental.
Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo.
Parecía como si sus sentidos, y a través de ellos su cuerpo, fueran instrumento tenso y propicio para que el mundo pulsara su melodía rara vez percibida. Pero al niño no se le antojaba extraño, aunque sí desusado, aquel don precioso de sentirse en acorde con la vida y que por eso mismo ésta le desbordara, transportándole y transmutándole. Estaba borracho de vida, y no lo sabía; estaba vivo como pocos, como sólo el poeta puede y sabe estarlo.
Fuente:
Ocnos


ePub r1.0


Titivillus 23.04.15


 
 Luis Cernuda, 1942

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

domingo, 13 de agosto de 2017

Jorge Luis Borges. LAWRENCE Y LA ODISEA. Sur, Buenos Aires, Año VI, N° 25, octubre de 1936.


LAWRENCE Y LA ODISEA

En tiempos de reforma, la esperanza ilimitada y el asco suelen imaginar una operación que linda con Dios: el incendio total de las bibliotecas. Hacia 1910, los futuristas concibieron ese propósito y aprovecharon los diversos servicios de la Unión Postal Universal para que figurase en los diarios. Hacia 1650, se discutió en el Parlamento Inglés la aniquilación de cuanto pudiera recordar el orden antiguo, empezando por los archivos depositados en la Torre de Londres. Dos siglos antes de la era cristiana, el rey de Tsin abolió el sistema feudal, asumió el título de Primer Emperador y decretó la quemazón de todos los libros anteriores a Él... Si un incendio no menos analfabeto consumiera todas las bibliotecas de Londres y no se rescataran sino las traducciones de la Odisea, yo afirmo que éstas bastarían, no a reemplazar a Bernard Shaw o a Sir Thomas Browne, pero sí a presentar la evolución, la diversa y ardiente evolución, de la literatura británica. La amistad de Inglaterra y de la Odisea es larga en el tiempo y numerosa de fatigas y glorias. Hay la efusión isabelina de Chapman, hay el glacial y reluciente edificio de Pope, hay la rapsodia miltónica de Cowper, hay la "saga" de Morris, hay la Authorized Versión de Andrew Lang, hay la novela de costumbres burguesas de Samuel Butler, hay veintiocho versiones. Hay la más reciente de todas ellas, la de Lawrence de Arabia: muerto hace poco en Inglaterra, pero que no necesitó de la muerte para ser mitológico. Fue ejecutada en 1928, en Miramshah, "en un fortín de adobe, cercado por las tribus del Uaziristán". Una edición barata acaba de aparecer en New York (Oxford University Press).

Inútil agregar que la prensa ha abundado en elogios. El New York Herald Tribune ensayó el epigrama y dijo que se trataba de la versión más interesante del más interesante libro del mundo. Harper's declaró con algún candor que la versión de Lawrence era más fiel que la de Chapman —que data de 1614, fecha que ni buscó ni sospechó las virtudes de la precisión literal. La naturaleza homérica del traductor no pasó inadvertida: todos sintieron que una Odisea traducida al inglés por el coronel T. E. Lawrence era no menos prodigiosa que una Odisea traducida al inglés por el hábil Ulises, hijo de Laertes, rey de Itaca, de la simiente de Zeus. El mismo Lawrence alegó en un catálogo conmovedor sus muchas aptitudes. "He cazado jabalíes", dijo, "he acechado leones, he navegado 1 Mar Egeo, he doblado arcos, he vivido con pueblos astoriles, he urdido redes, he construido botes y he muerto a muchos hombres." En esa enumeración de capacidades, nótese el buen contacto de hechos tranquilos y de echos de violencia y de sangre; es rasgo que demuestra la osesión de la aptitud retórica, quizá no menos conveniente en un traductor que las de orden textil, naviero, sagitario, marítimo, leonino y homicida. Por lo demás, la destreza verbal del historiador de Revolt in the Desert —otra coalición eficaz de una palabra tumultuosa y poblada y otra vacía— es harto célebre.

¿Qué juzgar de la novísima Odisea de Lawrence, hombre sin duda heroico y gran escritor? Digo que es admirable, pero —y el pero es alarmante— no es superior a la que suministraron Butcher y Lang, hombres de letras sedentarios del siglo diecinueve. Daré algunos ejemplos, cuya forzada brevedad, lo prometo, no encierra una perfidia.

No hay ser humano que haya alcanzado el Hades en uno de nuestros barcos negros (Lawrence, página 149).

Ningún hombre, hasta ahora, ha navegado hasta el infierno en un barco negro (Lang, pág. 169).

Con el tiempo, esas yeguas fueron su muerte, porque lo enfrentaron con aquel supremo hombre de acción: Herakles, hijo valeroso de Zeus (Lawrence, página 281).

Esas yeguas le trajeron la muerte y destino en el fin postrero, cuando llegó al hijo de Zeus, valeroso de corazón, el hombre Hércules, que sabía de grandes aventuras (Lang, página 344).

Una cabeza obscena, con tres hileras de poblados colmillos negramente cargados de muerte (Lawrence, página 171).

Una terrible cabeza y en la cabeza tres hileras de dientes apretados, llenas de negra muerte (Lang, página 195).


En medio del vinoso mar está Creta, una hermosa isla rica poblada más allá del cálculo, con noventa ciudades de habla mezclada, donde coexisten varios idiomas (Lawrence, página 260).

Hay una tierra que se llama Creta en el medio del mar vinoso, una tierra fértil y placentera, rodeada de agua, y en ella hay muchos hombres innumerables y noventa ciudades. Y todas no hablan el mismo idioma, sino que hay confusión de lenguas (Lang, página 316).

A través de mi traducción de esas traducciones, algunos rasgos de Andrew Lang se adivinan: el manejo un poco sonriente de modos de decir de la Biblia —confusión de lenguas...—, la preservación graciosa o conmovedora de los pleonasmos y torpezas del griego. Creo que no es menos sensible el método irregular de Lawrence, o su falta de método: el vaivén de locuciones familiares (con el tiempo, esas yeguas fueron su muerte... aquel supremo hombre de acción) y de los epítetos clásicos: el vinoso mar. Lo anterior no quiere decir que no haya en la Odisea de Lawrence, pasajes resueltos ejemplarmente; los hay y muchos. Verbigracia, la apasionada invocación liminar; verbigracia, la breve escena cavernario-amorosa del quinto libro y las altas palabras que la preceden; verbigracia, la ran matanza de los reyes, del libro XXII.

Puestos a imaginar la epopeya, Lawrence —con el caudal de "vivencias" que conocemos— lo supera infinitamente a Andrew Lang. Puestos a traducirla, el sedentario helenista de Oxford no vale mucho menos que el héroe que guerreó en el desierto. Lo cual nos restituye a la casi escandalosa comprobación: La literatura es arte verbal, es rte de palabras.

Sur, Buenos Aires, Año VI, N° 25, octubre de 1936.

sábado, 12 de agosto de 2017

NOVELA: APOLLO. (HISTORIA DE UNA NOSTALGIA).


NOVELA APOLLO: (HISTORIA DE UNA NOSTALGIA). Por: J. Méndez-Limbrick.

Cuando estaba en el colegio escuché una pregunta y definición de mi profesora de: “¿Qué es Literatura?”. Dijo que la Literatura es: “el encuentro de dos almas”. Quizá la definición parezca simplona e incluso un poco “cursi”. Sin embargo, han pasado casi 5 décadas de aquella definición y la verdad, creo que en efecto, aún cuando sea bastante sencillo el concepto, la misión de la literatura, la misión del lenguaje es: la comunicación.
El arte de la palabra es la comunicación, el mensaje que lleva implícito el signo lingüístico es la transmisión de sentimientos, crear mundos, que nos sintamos en pocas palabras identificados con lo que estamos leyendo: la obra literaria gusta o no gusta.
A lo anterior tenemos que añadirle –y quizá como una verdad de perogrullo como decimos los abogados- que la Literatura tiene por misión crear un mundo a partir del lenguaje.
De ahí, que me disgustara en una ocasión escuchar a un Catedrático de Filología decir que la Literatura es “embuste”. Por supuesto que la Literatura no es embuste porque, crea un mundo a partir del lenguaje, crea un universo que es real dentro de sus propias leyes o lo que se llama lo verosímil del relato.
Apollo – es a mi parecer- un texto que engloba todo lo anterior: la comunicación por medio del lenguaje, el arte de la palabra. APOLLO es ese mundo de palabras que se va construyendo como una hermosa catedral gótica y que, nos hace irnos adentrando poco a poco en el mundo de Shaíto y de Gustavo, los protagonistas de la historia.
Apollo posee la facultad, el privilegio, la posibilidad – como toda obra literaria – de construir un cosmos mágico del adolescente (en este caso Shaíto) y su primo Gustavo o “Tavito”. Los diálogos son constantes, unos diálogos ágiles que le dan fuerza e interés a la narración. Esa es una de las virtudes que tiene la novela: unos diálogos no cajoneros, por el contrario son diálogos jocosos, inteligentes, y que incluso llaman a la reflexión del lector acercándonos a un mundo rico en acontecimientos de todo tipo –políticos, científicos, movimientos culturales y de protesta como la época de los hippies que queda plasmada en la narración del campus universitario cuando un grupo de jóvenes interpela a las autoridades policiales de querer violar la autonomía universitaria dado que unos hippies recurren al cobijo de la universidad y, se refugian en su territorio para quedar impunes del delito por fumar marihuana y de una protesta en contra de la violencia: signos visibles de una segunda mitad del siglo pasado como fueron los años 60 en una memoria colectiva.
Apollo es una historia que se monta y se desmonta en el contexto de los años 60 e inicios de los años 70 del siglo XX.
El autor ha escogido hábilmente un momento histórico rico en matices, convulso, período interesante en donde las ideas de todo tipo están en ebullición tanto en Europa como en América: basta recordar unos pasajes de Apollo en donde se hace referencia a la revolución cultural y social de mayo del 68 en Francia.
Los referentes históricos, las anécdotas están a lo largo de las 285 páginas de este mundo proustiano. Y digo, no en forma gratuita mundo proustiano: lo señalo porque, Apollo posee la posibilidad y la habilidad de sumergirnos desde la primera hasta la última página en un universo melancólico, en donde proliferan las anécdotas y los citas musicales, científicas, de erudición. Allí nos encontraremos referentes musicales desde: los beatles, Sergio Endrigo, Rabi Sankar, Santana, etc.
Igual se habla del cine y política, de aquellos años convulsos de la Guerra Fría. Nada escapa a esa pupila abarcadora de ambos primos.
La novela se divide en 5 acápites como un corpus armónico en donde todas las partes se van uniendo en un fino tejido de remembranzas que tienen como hilo conductor los vuelos espaciales Geminis y Apollo que culminarán la historia con el alunizaje de los norteamericanos en el año 1969 y de una carrera espacial entre la ya desaparecida URSS y USA. Y por supuesto no faltan los espías y los contra-espías en el marco de la Guerra Fría y su famosa “cortina de hierro” como definiría al bloque comunista Churchill.
Rica en matices, no existe nada que se le escape al ojo escrutador y mágico del narrador principal Shaíto y su contertulio y cuestionador primo Tavito, quién realiza preguntas de todo tipo. No por ser menor Tavito será ajeno a las especulaciones.
Los personajes y las referencias históricas son abundantes, exageradamente abundantes pero, no por ello cansan. Al contrario, el autor ha tenido la habilidad de insertar en los diálogos o episodios de cada acápite citas musicales de obras clásicas como populares, e igual se hace alusión a películas de los años 70 como “Benjamín o el despertar de un joven” que en lo particular me hizo mucha gracia y más que gracia me identifiqué con Shaíto cuando una bella mujer cuarentona y vecina tiene un affaire con el protagonista principal y a quien llama una y otra vez Benjamín haciendo referencia a la película en mención.
En cuanto a Gustavo es el niño inteligente y preguntón –reitero - que interpela una y otra vez a su primo mayor de todo cuanto sucede a su alrededor y en cuanto los acontecimientos mundiales.
Apollo es un texto con un estilo anecdótico pero, lo más importante que la anécdota o todas las anécdotas son contadas con humor fino e inteligente, las conversaciones de los primos son siempre acompañadas por acontecimientos e información de todo tipo como ya dije anteriormente.
Frase corta, punzante, de bellas metáforas, es lo que se observa en Apollo.
Otro rasgo que me llamó profundamente la atención es el símbolo de la Luna (Selene) como un símbolo de nostalgia, misterio, e incluso de erotismo como cuando se hace referencia a Barbarella reina del Espacio. (Y que yo en lo particular me recuerdo cuando la estrenaron en el ya perdido en el tiempo Cine Rex y hoy convertido en una MacDonalds).
No recuerdo en la narrativa nacional una obra tan particular y tan original como la de Gonzálo.
Apollo no solo entretiene, sino que es testigo de los años 60 del siglo pasado. Apollo es una obra que tiene la virtud –otro rasgo que la caracteriza - de no ser maniquea cuando se habla o se cuestiona la política tanto de los Estados Unidos y de la antigua URSS en aquellos años.
De todas maneras, - pienso- que la intención del autor fue y que lo logró con creces, construir un bello mosaico de los años del rock and roll, los beatles, la época de Yuri Gagarin, el asesinato de Kennedy, y todos aquellos acontecimientos que siempre recordaremos en los ojos de estos dos protagonistas.-

jueves, 10 de agosto de 2017

Federico García Lorca. Poeta en Nueva York. Por Carmen M.ª Matías López & Philippe Campillo, (2),

 (En la gráfica: Lorca con Neruda. La fotografía habla por sí sola de quién es el MAESTRO... al menos en ese momento).
«Poesía es la unión de dos palabras
que uno nunca supo que pudieran juntarse,
 y que forman algo así como un misterio.»
FEDERICO GARCÍA LORCA
 
 
«Tu infancia en mentón». Poeta en Nueva York
Federico García Lorca (1898-1936) forma parte de la ‘generación del 27’ y se convierte en el poeta que más influencia la literatura del siglo XX. La serie de poemas que componen Poeta en Nueva York no es más que una recopilación de poemas que se publica en 1940, escritos no como un libro sino como un grupo de poemas aislados que se estructuran más tarde. La crítica literaria en general pone en duda que Lorca hubiera previsto el orden de los poemas que conocemos hoy. El poeta los compone entre 1929 y 1930 en Nueva York, donde reside como estudiante en la universidad de Columbia.
Poeta en Nueva York es, en parte, una obra autobiográfica. Muchos de estos poemas utilizan la primera persona y expresan las experiencias del autor. Son la consecuencia de una crisis personal asociada a la crisis económica de los Estados Unidos entre 1929-1930. El tema del amor es el del amor homosexual. En Poeta en Nueva York no hay mujeres, únicamente niñas. Sin embargo, aparecen muchos hombres, imágenes fálicas y alusiones al amor dirigido a un personaje o personajes masculinos.
Dicha recopilación esta dedicada a sus amigos Bebe y Carlos Mora, y otras amistades. La obra contiene citas de poemas de Luis Cernuda y Vicente Aleixandre, poetas del ‘grupo del 27’, amigos de Lorca. Todos estos poemas son de inspiración surrealista. La soledad y la desesperación son los temas principales. La ciudad de Nueva York aparece como un lugar de oprimidos en el que las máquinas y la evolución de la metrópolis deshumanizan y desnaturalizan al hombre.
Los poemas aluden a temas muy variados: 1. Poemas de la soledad en Columbia University; 2. Los negros; 3. Calles y sueños; 4. Poema del lago Edem Mills; 5. En la cabaña del Farmer, campo de Newbury; 6. Introducción a la muerte. Poemas de la soledad de Vermont; 7. Vuelta a la ciudad; 8. Dos odas; 9. Huida de Nueva York. Dos valses hacia la civilización; y 10. El poeta llega a La Habana.

***
Los negros
Iglesia abandonada
(Balada de la gran guerra)

Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
Le vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos.
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos,
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el sigilo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por cl tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo, porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!
...oooOOOooo...

Calles y sueños
Danza de la muerte

El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del África a New York!
Se fueron los árboles de la pimienta,
los pequeños botones de fósforo.
Se fueron los camellos de carne desgarrada
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.
Era el momento de las cosas secas,
de la espiga en el ojo y el gato laminado,
del óxido de hierro de los grandes puentes
y el definitivo silencio del corcho.
Era la gran reunión de los animales muertos,
traspasados por las espadas de la luz;
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.
En la marchita soledad sin honda
el abollado mascarón danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
!Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!

Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano.
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,
acabó con los más leves tallitos del canto
y se fue al diluvio empaquetado de la savia,
a través del descanso de los últimos desfiles,
levantando con el rabo pedazos de espejos.
Cuando el chino lloraba en el tejado
sin encontrar el desnudo de su mujer
y el director del banco observando el manómetro
que mide el cruel silencio de la moneda,
el mascarón llegaba al Wall Street.
No es extraño para la danza
este columbario que pone los ojos amarillos.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres.
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico,
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fórmula,
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos:
y si una llama quema los helados proyectos,
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas.
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo.
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces,
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje,
tendida en la frontera de la nieve!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!
Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos.
Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.

La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro
para fingir una muerta semilla de manzana.
El aire de la llanura, empujado por los pastores,
temblaba con un miedo de molusco sin concha.
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa!
Ni el Rey,
ni el millonario de dientes azules,
ni las bailarinas secas de las catedrales,
ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas.
Sólo este mascarón,
este mascarón de vieja escarlatina,
¡sólo este mascarón!
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!
Diciembre 1929
...oooOOOooo...

Calles y sueños
Paisaje de la multitud que vomita
Anochecer en Coney Island

La mujer gorda venía delante
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
los que nos empujan en la garganta.
Llegaban los rumores de la selva del vómito
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables

que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.
La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.
New York, 29 de diciembre de 1929
...oooOOOooo...

miércoles, 9 de agosto de 2017

POETA EN NUEVA YORK-FEDERICO GARCÍA LORCA. (1).



FEDERICO GARCÍA LORCA.
SIMBOLISMO Y AMBIGÜEDAD DE UN POETA: CONTROVERSIA ENTRE IDENTIDAD E ILUSIÓN
Por Carmen M.ª Matías López & Philippe Campillo
 
 
Se ha considerado a Federico García Lorca el mayor representante de la poesía surrealista del siglo XX. Su obra poética puede dividirse en dos partes principales: la de sus poemas de juventud y otra más innovadora, constituida por la recopilación de poemas Poeta en Nueva York», donde el estilo de Lorca es el de la poesía surrealista. El poema «Tu infancia en mentón» evoca de manera latente la personalidad ambigua del poeta que expresa y justifica su homosexualidad, difícil de aceptar en un primer momento y de reconocer abiertamente más tarde. El simbolismo y las imágenes del poema reflejan el diálogo entre dos personalidades, su homosexualidad y su apariencia exterior. Las metáforas echan raíces en su infancia para resurgir en su estado de ánimo, inundado por la angustia y la decepción amorosa; la muerte, siempre latente en su pluma y a lo largo de su vida, aparece bajo la forma compleja de alusiones mitológicas. Lorca, poeta además de músico y dibujante, sigue inspirando, mediante los ritmos brillantes y poéticos de su obra Poeta en Nueva York, espectáculos y puestas en escena de gran éxito. Poeta de la muerte y de la alegría andaluza que, al mismo tiempo, desafía este miedo, se manifiesta en la original realización artística de su compatriota y paisana Blanca Li (2007). En los bailes, músicas y ritmos se entremezclan la visión sorprendente de un mundo nuevo, el de los años veinte en Nueva York, y la descripción surrealista del autor, que podría expresarse también en el cuadro de Dalí titulado «Poesía de América» (1943). (...)

***
Poemas de la soledad
en University Columbia.
Tu infancia en Mentón
Si, tu niñez ya fábula de fuentes.
Jorge Guillén
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Tu soledad esquiva en los hoteles
y tu máscara pura de otro signo.
Es la niñez del mar y tu silencio
donde los sabios vidrios se quebraban.
Es tu yerta ignorancia donde estuvo
mi torso limitado por el fuego.
Norma de amor te di, hombre de Apolo,
llanto con ruiseñor enajenado,
pero, pasto de ruina, te afilabas
para los breves sueños indecisos.
Pensamiento de enfrente, luz de ayer,
índices y señales del acaso.
Tu cintura de arena sin sosiego
atiende sólo rastros que no escalan.
Pero yo he de buscar por los rincones
tu alma tibia sin ti que no te entiende,
con el dolor de Apolo detenido
con que he roto la máscara que llevas.
Allí, león, allí furia del cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero,
he de buscar las piedras de alacranes
y los vestidos de tu madre niña,
llanto de media noche y paño roto
que quitó luna de la sien del muerto.
Si, tu niñez ya fábula de fuentes.
Alma extraña de mi hueco de venas,
te he de buscar pequeña y sin raíces.
¡Amor de siempre, amor, amor de nunca!
¡Oh, sí! Yo quiero. ¡Amor, amor! Dejadme.
No me tapen la boca los que buscan
espigas de Saturno por la nieve
o castran animales por un cielo,
clínica y selva de la anatomía.
Amor, amor, amor. Niñez del mar.
Tu alma tibia sin ti que no te entiende.
Amor, amor, un vuelo de la corza
por el pecho sin fin de la blancura.
Y tu niñez, amor, y tu niñez.
El tren y la mujer que llena el cielo.
Ni tú, ni yo, ni el aire, ni las hojas.
Sí, tu niñez ya fábula de fuentes.
...oooOOOooo...

Los negros
Norma y paraíso de los negros
Odian la sombra del pájaro
sobre el pleamar de la blanca mejilla
y el conflicto de luz y viento
en el salón de la nieve fría.
Odian la flecha sin cuerpo,
el pañuelo exacto de la despedida,
la aguja que mantiene presión y rosa
en el gramíneo rubor de la sonrisa.
Aman el azul desierto,
las vacilantes expresiones bovinas,
la mentirosa luna de los polos.
la danza curva del agua en la orilla.
Con la ciencia del tronco y el rastro
llenan de nervios luminosos la arcilla
y patinan lúbricos por aguas y arenas
gustando la amarga frescura de su milenaria saliva.
Es por el azul crujiente,
azul sin un gusano ni una huella dormida,
donde los huevos de avestruz quedan eternos
y deambulan intactas las lluvias bailarinas.
Es por el azul sin historia,
azul de una noche sin temor de día,
azul donde el desnudo del viento va quebrando
los camellos sonámbulos de las nubes vacías.
Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
Allí los corales empapan la desesperación de la tinta,
los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles
y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas.
***
Los negros
Oda al rey de Harlem
Con una cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Fuego de siempre dormía en los pedernales,
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.
Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.
Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire,
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.
Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.
Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón
por las heladas montañas del oso.
Aquella noche el rey de Harlem,
con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.
Hay que huir,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.
Es por el silencio sapientísimo
cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.
Un viento sur de madera, oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros;
un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos
y una pila de Volta con avispas ahogadas.
El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo,
el amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos sin una sola rosa.
A la izquierda, a la derecha, por el sur y por el norte,
se levanta el muro impasible
para el topo, la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa,
el sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.
Negros, Negros, Negros, Negros.
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas tumben postreras azoteas.
Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin, sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.
¡Ay, Harlem, disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises,
donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.

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