Abü 1-Fath Ahmad ibn al-Husayn al-Hamadani, también
conocido por el apelativo de Badi‘ az-Zaman (La maravilla
del tiempo) nació en la ciudad de Hamadán (la antigua
Exbatana) en Persia, en torno al año 968 de J.C. Conoce
mos pocos detalles de su vida, pero sí los suficientes para
poder trazar un esquema mínimo que nos ayude a situar al
autor en su contexto histórico y social. Su familia debía de
ser de orígenes modestos —dado el silencio a que el
escritor la somete—, si bien él mismo se vanagloria de su
ascendencia árabe.
La infancia y juventud de al-Hamadanl transcurrieron en
su ciudad y parece que en sus primeros años —al igual que
su familia— perteneció a la $ ?a, aunque en los últimos
tiempos de su vida pudo haberse hecho sunní. Sus estudios
se vieron favorecidos por una memoria y capacidad de
trabajo sorprendentes, lo que le permitió andando el
tiempo realizar ejercicios brillantes y preciosistas que
pasmaban a los contemporáneos, pese al escaso valor
literario que - con justicia— hoy día les otorgamos, a
saber: escribir una carta cuya lectura al revés lleve ya la
respuesta, o componer un texto sin utilizar ciertas letras o
grupos de ellas, o servirse de la ambigüedad semántica para
que tenga significados contradictorios, etc. En definitiva,
constituía la cima del rebuscamiento estilista según los
cánones admitidos y proclamados de su época, por lo cual
es coherente que él mismo viniera a censurar —y menos
preciar— acremente el estilo de al-Yáhi?, el ^gran prosista
de la centuria anterior (véase Cuadro de al-Yáhi? en esta
obra) por estimarlo desnudo, en exceso conciso y escaso de
ampulosidades retóricas.
Su principal maestro fue el filólogo Ibn Faris, autor de
un tratado gramatical y de un diccionario de gran trascen
dencia. Maestro y discípulo sostuvieron a lo largo de su
vida una estrecha relación. Buen conocedor del persa, su
fuerte, sin embargo, fue un excelente y profundísimo
dominio de la lengua árabe, llave inevitable entonces para
desempeñar un destacado papel cultural, literario, adminis
trativo o de relevancia social. Su finura, elegancia y buen
aspecto físico coadyuvaban igualmente —conjuntando las.
«virtudes» cardinales que se esperaban de un hombre
distinguido— a facilitarle la entrada en los salones y en las
reuniones refinadas.
Así pues, aunque Hamadan era una ciudad de cierta
importancia, a los veinte años las ambiciones de Bad7‘az-
Zamán le inducen a trasladarse a Rayy, capital del sultanato
Buyí del norte de Persia. En Rayy la literatura y las artes
florecían, en especial los estudios sobre las tradiciones del
Profeta (l]adit_); la vida intelectual desempeñaba un impor
tante papel en las manifestaciones sociales y se acogía con
los brazos abiertos a los literatos. Al-HamadánT se acogió al
mecenazgo del visir Ibn ‘Abbád —también escritor de
cierto talento— y se introdujo de lleno en la vida literaria.
No obstante, durante su estancia en Rayy no sólo se
dedicó a frecuentar salones de nobles o cenáculos exquisi
tos: aprovechó la ocasión para entrar en contacto con los
truhanes locales y con el poeta bohemio Abu Dulaf. Es
significativo resaltar esta faceta lúdica en la biografía de al-
Hamadanl, porque seguramente determinó en gran medida
la concepción y desarrollo posterior de su gran obra, las'
Maqamat. Porque estos contactos, quizá profundos, con los
bajos fondos o con gentes que bordeaban el hampa, habrían
de conformar una visión pesimista y escéptica de su obra
impregnando las maqamat de ironía, desesperanza y —¿por
qué no?— de un tono utópico de deseo de regeneración,
punto sobre el que volveremos. En ese ambiente pudo
nacer, tal vez, la misma idea de componer las primeras
maqamat.
Se ignoran las razones por las cuales al-Hamadanl
abandonó Rayy. Blachére, muy plausiblemente, supone más
que sugiere que unas eventuales diferencias con el visir Ibn
‘Abbad pudieron forzar la marcha del escritor de una corte
en la cual, por otros motivos, debía encontrarse a sus
anchas. Desde Rayy se traslada a Yuryan, a orillas del Mar
Caspio, donde se relaciona con los ismailíes (secta extremis
ta de la S7a predominante en la región), pero finalmente en
992 marcha a Nisapur, en el Jurasán, atraído por el brillo
intelectual y la fama que la ciudad expandía, sumida por otro
lado en un proceso de decadencia política, paradójico
fenómeno varias veces repetido en la historia del Islam:
pensemos en que la mayor brillantez cultural de al-Andalus
cuaja en paralelo (a partir del siglo XI) con su declive
militar y político.
En la época (siglo X, recordémoslo) Nisapur, junto con
Balj y Herat, constituía uno de los principales focos
culturales del mundo islámico y atraía a innumerables
gentes mitad literatos, mitad buscones que en ella espera
ban alcanzar fama y riqueza. Una base social adecuada
propiciaba que allí acudieran: una burguesía opulenta,
tibios sentimientos religiosos y, como en otras grandes
ciudades islámicas coetáneas, un populacho
inducido por
la necesidad— pronto a la rebelión y a pescar en río
revuelto. Buen caldo de cultivo todo ello para un escritor
sin excesivos escrúpulos, con excelente conocimiento del
árabe (vehículo incomparable para que se le abrieran las
puertas distinguidas y elegantes) y genio capaz de recrear el
mundo que le circundaba.
En Nisapur establece relación con varios personajes
locales (el poeta Ibn al-Marzubán, el muftí $u‘lük! y con la
familia Mikáll) que le serán de gran utilidad. Allí surge
enseguida una rivalidad literaria con al-Juwárizm!, sólo
truncada por la muerte de éste. Y es quizá la victoria moral
en las justas literarias contra al-Juwarizml (que estaba en su
cénit) el punto de arranque de la fama de al-Hamadán!. Y es
también el momento en que se engolfa en una serie de
viajes en los que recogería ideas y materiales y que vinieron
a constituir otros tantos triunfos para su fama. No es fácil
seguir sus itinerarios en esa ocasión, pero sí sabemos que se
aposenta en Zarany, capital del Seistán (o Siyistán), donde
ejerce como panegirista del emir Jalaf hasta la caída de éste,
para —quizá— trasladarse a continuación al servicio del
emir Mahmüd de Gazna. Por último, se instala en Herat,
donde contrae matrimonio con una mujer rica, adquiere
tierras y cimenta una considerable fortuna personal, vivien
do una vida tranquila y feliz (aja cual no faltan alusiones
subterráneas en las Maqamát: ‘Isá ibn Hisam en algunas
compra tierras, establece negocios, sienta la cabeza, en
suma), cuyos detalles y decurso ignoramos. Fallece el
viernes 11 de yumádá II del año 398 H. (22 de febrero de
1008).
A mediados del siglo X Bagdad conserva su prestigio
como capital espiritual (a la sazón sede del Califato) y
cultural, pero en buena medida debe compartir su papel
con Nisapur, Balj, Alcpo, Rayy, Hamadan, I$fahan, Siraz,
El Cairo o, incluso, en el Occidente, con la Córdoba
esplendorosa de ‘Abd ar-Rahman III y al-Hakam II. La
fragmentación política del Islam es un hecho aceptado
desde hace tiempo y los príncipes independientes establecen
cortes literarias y gustan de ejercer como mecenas, atrayén
dose a una pléyade de escritores y buscones que deambulan
entre los centros de poder. El mecenazgo llega a convertir
se en moda al imitar las gentes acomodadas a los emires.
Poetas y sabios se someten al servicio de estos personajes a
cambio del sustento y de alcanzar protagonismo social. En
el siglo X, consiguientemente, se afianza y desarrolla toda
una corriente literaria centrada en temas profanos, una vez
establecidas las bases de la literatura religiosa que la so
ciedad islámica precisara en sus comienzos. En ese siglo X
las reuniones de gentes cultivadas favorecen el brillo de
individualidades destacadas y espíritus bien dotados para la
creación. Discutir, recitar, sorprender con los propios
conocimientos es un ejercicio socialmente remunerador.
Los temas abordados son tanto poéticos como filológicos,
de Gramática como de Filosofía, sin faltar narraciones de
visos moral i/adores o picantes. En ocasiones, surge el
debate entre los presentes: se analiza, despieza, critica,
elogia un determinado poema, así como las buenas o malas
condiciones de su autor, siendo indispensable para tales
lucimientos una excelente memoria —entonces muy poten
ciada y utilizada por la precariedad de los medios de
conservación del pensamiento—, una erudición a toda
prueba y un espíritu vivaz para improvisar o repentizar las
contestaciones. Escenario éste sin cesar reiterado en las
maqámát, como veremos. A la par que se favorece esta
«literatura de salón», sigue su camino independiente, pero
no aislada, la literatura «de la plaza pública»: los sermones,
discursos, relatos, refranes, que en esa época van a confluir
en alguna medida con las letras cultas. Y serán las rnaqámat
a través de sus temas, personajes, lengua y autores uno de
los principales nexos de contacto entre ambas manifesta
ciones.
Régis Blachére avanza la hipótesis de que desde el último
cuarto del siglo IX, en Iraq y especialmente en Bagdad, los
cenáculos refinados habrían aceptado una nueva forma
literaria, especie de relato, cuyas líneas maestras serían la
preocupación por el estilo y la atención al marco literario,
constituyendo esta Jorma el preludio de la aparición de la
maqáma, que vendría a configurarse, a través de una
evolución ulterior, en los términos en que la plasmó al-
Hamadanl. Sin embargo, respecto al origen de la maqáma
—como suele ocurrir con la mayor parte de los géneros—,
sólo podemos movemos entre conjeturas e intentos de
aproximación, a partir de la información fragmentaria de
que disponemos. Sabemos, sí, que a fines del siglo X (tal
vez en 992-3) al-Hamadánl alumbra las Maqamat, cuentos
cortos que, bajo la apariencia del preciosismo literario y la
fabulación, exponen un problema social o retórico; mas una
vez descartada la creación ex-nihilo, es decir la «invención»,
pocas seguridades más nos ayudan a esclarecer el problema,
porque si es plausible esbozar los medios sociales e
intelectuales que posibilitaron el nacimiento de la maqama,
su caldo de cultivo, no lo es tanto desentrañar los datos
correspondientes al nacimiento mismo del género.
Margoliouth primero1 y Z. Mubárak2 después extrapo
lando un texto de al-Hu§rí (siglo XI) pretendieron que el
creador del género habría sido Ibn Durayd, autor de un
Libro de los cuarenta cuentos, en el cual se habría inspirado al-
HamadánT. La crítica de Blachére3 sobre el particular parece
1 Ya Prendergast en la Introducción (15) a su traducción menciona la
adjudicación de la «invención» a Ibn Durayd a través de al-f.lujn.
1 Mubárak establece taxativamente la para él indudable relación genéti
ca entre Ibn Durayd y las Maqamat de al-l lamacjani (La prose arabe au
quatneme nicle de /'I légtre, 86 y ss.). En cierto grado, pero sin comprome
terse mucho, la tesis de Mubárak viene avalada por A. kilito (ll)76, *13).
5 Blacherc-Ma¿nou, 14 15; también Bosworth (I, %) acepta la refutación
de Blachere a propósito de la paternidad de Ibn Durayd.
restar visos de verosimilitud a tal adjudicación, pero —de
todos modos sea cual sea la relación de esos hipotéticos
Jjadit de Ibn Durayd con las maqámát, siguen sin establecer
se los orígenes del género; por ejemplo, fijando los puntos
de contacto o contradicción de la maqania con el género
adab4 de la centuria anterior, en especial en al-Yahi? e Ibn
Qutayba; o —como ya señalábamos— profundizando, si es
posible, en la «influencia» de los mimos griegos que
Bosworth apuntaba.
Sin embargo, quizá sea un camino más útil emprender el
que propone Blachére5: analizar y comparar las arengas, las
piezas oratorias, que aparecen en las Maqamát con sus
equivalentes recogidas en la Literatura de adab en boca de
una figura histórica o legendaria y cuyo principal objetivo
era mostrar la capacidad estilística de su autor. La construc
ción de estos discursos sugiere una elaboración consciente,
en verso a veces, empedrado el texto de vocablos inusuales
cuya finalidad era desconcertar al oyente por su rareza y en
ocasiones en prosa rimada, como recientemente ha demos
trado J. N. Mattock:
«His statement (de Bees ton) that saj‘ (prosa rimada)
was not extensively employed in anecdotal writing before
B’s (al-Hamadáni) time, however, can be disputed»b.
Y a continuación, ofrece una serie de ejemplos del Kitáb
al-ma^ásin wa-l-addád (Libro de los méritos y los contrarios)
4 Prosa miscelánea, sin principio ni fin, cuyo objetivo es instruir y
agradar al lector proporcionándole conocimientos y entreteniéndole. No se
construye una ficción, sino que se seleccionan, arreglan y presentan unos
materiales variadísimos en obras con frecuencia rmstodónncas. El móvil
didáctico en ellas es determinante (víase Ch. Pellat, Vartations sur le tbíme
<¡r /'adab, ( orrespotulonce d'Oritnt, 5-6, 1964, bruselas).
' lilachére Masnou, 16 y sh.
'* J. N. Matn»ck, «The early history of the Xtaqáwtr», /ournal of \r<tb¡(
I j/era/urr, XV, I9K4, I 15.
atribuido a al-Yálji? (fallecido en 869 de J.C.). Pese a que
dicha atribución puede considerarse equivocada, el autor de
la obra no sería muy posterior a al-Yahi?.
Otros puntos de contacto de adab y maqáma son —resalta
Blachére— la coincidencia en el tema común del pobre que
exhorta a renunciar a los bienes mundanos o la utilización
por Ibn Qutayba del término maqám para designar esas
peroratas edificantes, y, a fortiori —agrega Blachére— el
mismo tema y con el mismo vocablo será retomado en al-
Andalus por un autor de adab, Ibn ‘Abd Rabbih (fallecido
en 940).
Hasta nosotros han Llegado algunas muestras, en el plano
temático o en el estructural, equiparables a las maqámát de
al-Hamadani, obra de contemporáneos suyos o de escritores
ligeramente anteriores. Esas muestras son: 1 / Una maqáma
de Ibn Nubata, contemporáneo de al-Hamadání, conserva
da en manuscrito en Berlín, escrita en prosa rimada y
ritmada; 2 / La historia de Abü 1-Qásim7, de acusados
rasgos picarescos y compuesta a fines del X o principios del
XI, refiere una francachela corrida en Bagdad por el
protagonista (Abü 1-Qásim), un bohemio habitual de cenas,
parrandas y borracheras que acaba arrepintiéndose al oír al
alba la voz del almuédano, la cual le induce a recobrar el
sentido y la dignidad pronunciando ante sus compadres un
discurso moral pleno de contricción; 3 / A. F. L. Beeston 8
apunta nuevas ideas sobre el origen de las Maqámát,
recordando el modelo de al-Hamadání, que posiblemente
fuera Abü ‘Ali al-Muljassin ibn ‘Alí at-Tanüjl (327-384 H.),
que en su Faraj ba'd as-sidda9 también se vale de materiales
7 «Cette oeuvre, ¡solée dan f la producíion littéraire du temps, pose une serie de
problema. lJar son réalisme, elle implique l'observa!ion et ¡a no/ation minutieuse
des fatts quolidiens; par sa structure, /’encha'mement el I’equilibre des parlies,
elle revé te en revanche une nette mtention d'art» (Blachére-Masnou, 12-13).
8 A. F. L. Beeston, «The genesis of the Mat|¿mát genre», J. A. L., 11,
1971, 1-12,
" Ed. El Cairo, 1955.
anecdóticos utilizados por al-Hamadanl (en la tnaqáma
XXXIV, por ejemplo: ofrecer y ofrecer excelentes manjares
y vituallas para terminar sacando un mendrugo), siendo la
difusión del Faray algo anterior a la posible composición de
las Maqamat, por lo cual bien pudo constituir una fuente de
inspiración de al-Hamadánl.
No obstante, aunque nuestro autor conociera (cosa muy
probable) estas producciones y otras perdidas, no hay por
qué pensar que copiara sin más. En todo caso queda por
dilucidar el irresuelto problema del tronco común de que
procedían unas y otras y del momento y la manera con que
se independizaron de él, pues constancia sólo tenemos de
elementos sueltos: temáticos (alguna anécdota repetida o la
ambientación general) o estilísticos (el empleo de la prosa
rimada). Cuestiones hoy por hoy difíciles de desentrañar en
su totalidad.
El desarrollo de la vida urbana, del comercio y de una
mentalidad mercantilista no podían por menos que incidir
en el sistema de valores de la sociedad islámica, estabilizada
ya, con la consiguiente aparición del individualismo y de
una crisis de las convicciones y comportamientos sociales
tradicionales, dando lugar a la exaltación de «vicios»,
antihéroes y, en general, a la negación o puesta en duda de
los valores anteriores. La aportación persa y las masas de
desarraigados no eran, sin duda, ajenos al fenómeno. Y
sobre la base social de una gran mezcolanza étnica (naba-
teos, persas, kurdos, árabes, negros, etc.) y de sorprenden
tes oficios y protagonismos populares (predicadores, asce
tas, ladrones, picaros y pobres «pico de oro») ya en el
siglo IX surge el interés por las capas más desposeídas de la
población, al menos como pretexto literario. A partir de
esos momentos las virtudes tópicas de la beduinidad se
ponen en entredicho (generosidad, hospitalidad, honor,
valentía y apego al grupo familiar) y se buscan otros
motivos más sugerentes, o menos gastados. Por tanto, las
principales muestras representativas de la ideología domi
nante puesta en cuestión (las tradiciones del profeta, las
producciones épicas y la poesía heroica) sufren los embates
de la subversión de valores. Las Maqamat, en tal sentido,
vienen a constituir —y es una de sus mayores aportaciones,
aunque no sea una novedad— un venero de argumentos en
torno, si no a favor, del antihéroe, pues eso es su
protagonista Abu 1-Fath al-IskandarT. Y se marca la inver
sión frente al fjadit_ (las tradiciones del Profeta) ya desde el
propio mecanismo de transmisión: si la veracidad de un
badil se dirimía según el prestigio de todos y cada uno de
los miembros de la cadena de transmisores, en las Maqamat
un sospechoso maestro (el picaro al-Iskandari) alecciona e
«instruye» a un no menos sospechoso discípulo (‘Isa ibn
Hisám).
Las fuentes de al-Hamadanl son exclusivamente musul
manas, tanto comparaciones entre poetas (rama del género
adab) como anécdotas de vates de otros tiempos (Dü
r-Rumma y al-Farazdaq) o cuestiones como el carácter
increado del Corán, el vidrioso problema de la corriente de
pensamiento mu‘ta%ifi o el no menos espinoso del libre
albedrío. Por cierto que al abordar estos temas filosófico-
teológicos (cuadros de Hulwan y del Manicomio) el autor
los presenta en boca de un loco «que dice las verdades». Y
si la locura es un recurso de Ficción para plantear temas por
otra vía conflictivos, ironía y sátira no faltan tampoco
cuando se trata de poner en evidencia la hipocresía y mañas
de un imán sermoneador y cínico (cuadro báquico).
En un cuadro palpitante se mesturan la proverbial
generosidad del emir Jalaf o de Sayf ad-Dawla con supersti
ciones, hechizos, ensalmos, sermones, riesgos del desierto,
dichos populares, hábitos nómadas, insolencias de sirviente,
lisonjas y sus autores, hipocresías de falso beato, historia y
leyenda, teología y jurisprudencia, elocuencia, retórica de
pulpito, citas coránicas, proverbios..., lo peregrino y lo
recóndito, rebuscamiento y llaneza de simples. Un vasto
mundo de soltura y desvergüenza en el cual el descaro es el
rey, la credulidad el siervo y la máxima «cuanto mayor sea
una mentira, mejor pasará» la ley que rige las relaciones
entre ambos; vuelto el desparpajo industria, el engaño base
económica y la fuga del picaro única salvación para el
infeliz escarnecido y timado.
Serafín FANJUL

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