sábado, 13 de junio de 2026

Al-Hamadání Venturas y desventuras del picaro Abü l-Fath de Alejandría (Maqamái) Alianza Editorial




 Abü 1-Fath Ahmad ibn al-Husayn al-Hamadani, también 

conocido por el apelativo de Badi‘ az-Zaman (La maravilla 

del tiempo) nació en la ciudad de Hamadán (la antigua 

Exbatana) en Persia, en torno al año 968 de J.C. Conoce

mos pocos detalles de su vida, pero sí los suficientes para 

poder trazar un esquema mínimo que nos ayude a situar al 

autor en su contexto histórico y social. Su familia debía de 

ser de orígenes modestos —dado el silencio a que el 

escritor la somete—, si bien él mismo se vanagloria de su 

ascendencia árabe.

La infancia y juventud de al-Hamadanl transcurrieron en 

su ciudad y parece que en sus primeros años —al igual que 

su familia— perteneció a la $ ?a, aunque en los últimos 

tiempos de su vida pudo haberse hecho sunní. Sus estudios 

se vieron favorecidos por una memoria y capacidad de 

trabajo sorprendentes, lo que le permitió andando el 

tiempo realizar ejercicios brillantes y preciosistas que 

pasmaban a los contemporáneos, pese al escaso valor

literario que - con justicia— hoy día les otorgamos, a 

saber: escribir una carta cuya lectura al revés lleve ya la 

respuesta, o componer un texto sin utilizar ciertas letras o 

grupos de ellas, o servirse de la ambigüedad semántica para 

que tenga significados contradictorios, etc. En definitiva, 

constituía la cima del rebuscamiento estilista según los 

cánones admitidos y proclamados de su época, por lo cual 

es coherente que él mismo viniera a censurar —y menos

preciar— acremente el estilo de al-Yáhi?, el ^gran prosista 

de la centuria anterior (véase Cuadro de al-Yáhi? en esta 

obra) por estimarlo desnudo, en exceso conciso y escaso de 

ampulosidades retóricas.

Su principal maestro fue el filólogo Ibn Faris, autor de 

un tratado gramatical y de un diccionario de gran trascen

dencia. Maestro y discípulo sostuvieron a lo largo de su 

vida una estrecha relación. Buen conocedor del persa, su 

fuerte, sin embargo, fue un excelente y profundísimo 

dominio de la lengua árabe, llave inevitable entonces para 

desempeñar un destacado papel cultural, literario, adminis

trativo o de relevancia social. Su finura, elegancia y buen 

aspecto físico coadyuvaban igualmente —conjuntando las. 

«virtudes» cardinales que se esperaban de un hombre 

distinguido— a facilitarle la entrada en los salones y en las 

reuniones refinadas.

Así pues, aunque Hamadan era una ciudad de cierta 

importancia, a los veinte años las ambiciones de Bad7‘az- 

Zamán le inducen a trasladarse a Rayy, capital del sultanato 

Buyí del norte de Persia. En Rayy la literatura y las artes 

florecían, en especial los estudios sobre las tradiciones del 

Profeta (l]adit_); la vida intelectual desempeñaba un impor

tante papel en las manifestaciones sociales y se acogía con 

los brazos abiertos a los literatos. Al-HamadánT se acogió al 

mecenazgo del visir Ibn ‘Abbád —también escritor de 

cierto talento— y se introdujo de lleno en la vida literaria.

No obstante, durante su estancia en Rayy no sólo se 

dedicó a frecuentar salones de nobles o cenáculos exquisi

tos: aprovechó la ocasión para entrar en contacto con los 

truhanes locales y con el poeta bohemio Abu Dulaf. Es 

significativo resaltar esta faceta lúdica en la biografía de al- 

Hamadanl, porque seguramente determinó en gran medida 

la concepción y desarrollo posterior de su gran obra, las' 

Maqamat. Porque estos contactos, quizá profundos, con los 

bajos fondos o con gentes que bordeaban el hampa, habrían 

de conformar una visión pesimista y escéptica de su obra 

impregnando las maqamat de ironía, desesperanza y —¿por 

qué no?— de un tono utópico de deseo de regeneración, 

punto sobre el que volveremos. En ese ambiente pudo 

nacer, tal vez, la misma idea de componer las primeras 

maqamat.

Se ignoran las razones por las cuales al-Hamadanl 

abandonó Rayy. Blachére, muy plausiblemente, supone más 

que sugiere que unas eventuales diferencias con el visir Ibn 

‘Abbad pudieron forzar la marcha del escritor de una corte 

en la cual, por otros motivos, debía encontrarse a sus 

anchas. Desde Rayy se traslada a Yuryan, a orillas del Mar 

Caspio, donde se relaciona con los ismailíes (secta extremis

ta de la S7a predominante en la región), pero finalmente en 

992 marcha a Nisapur, en el Jurasán, atraído por el brillo 

intelectual y la fama que la ciudad expandía, sumida por otro 

lado en un proceso de decadencia política, paradójico 

fenómeno varias veces repetido en la historia del Islam: 

pensemos en que la mayor brillantez cultural de al-Andalus 

cuaja en paralelo (a partir del siglo XI) con su declive 

militar y político.

En la época (siglo X, recordémoslo) Nisapur, junto con 

Balj y Herat, constituía uno de los principales focos 

culturales del mundo islámico y atraía a innumerables 

gentes mitad literatos, mitad buscones que en ella espera

ban alcanzar fama y riqueza. Una base social adecuada 

propiciaba que allí acudieran: una burguesía opulenta, 

tibios sentimientos religiosos y, como en otras grandes 

ciudades islámicas coetáneas, un populacho 

inducido por

la necesidad— pronto a la rebelión y a pescar en río 

revuelto. Buen caldo de cultivo todo ello para un escritor 

sin excesivos escrúpulos, con excelente conocimiento del 

árabe (vehículo incomparable para que se le abrieran las 

puertas distinguidas y elegantes) y genio capaz de recrear el 

mundo que le circundaba.

En Nisapur establece relación con varios personajes 

locales (el poeta Ibn al-Marzubán, el muftí $u‘lük! y con la 

familia Mikáll) que le serán de gran utilidad. Allí surge 

enseguida una rivalidad literaria con al-Juwárizm!, sólo 

truncada por la muerte de éste. Y es quizá la victoria moral 

en las justas literarias contra al-Juwarizml (que estaba en su 

cénit) el punto de arranque de la fama de al-Hamadán!. Y es 

también el momento en que se engolfa en una serie de 

viajes en los que recogería ideas y materiales y que vinieron 

a constituir otros tantos triunfos para su fama. No es fácil 

seguir sus itinerarios en esa ocasión, pero sí sabemos que se 

aposenta en Zarany, capital del Seistán (o Siyistán), donde 

ejerce como panegirista del emir Jalaf hasta la caída de éste, 

para —quizá— trasladarse a continuación al servicio del 

emir Mahmüd de Gazna. Por último, se instala en Herat, 

donde contrae matrimonio con una mujer rica, adquiere 

tierras y cimenta una considerable fortuna personal, vivien

do una vida tranquila y feliz (aja cual no faltan alusiones 

subterráneas en las Maqamát: ‘Isá ibn Hisam en algunas 

compra tierras, establece negocios, sienta la cabeza, en 

suma), cuyos detalles y decurso ignoramos. Fallece el 

viernes 11 de yumádá II del año 398 H. (22 de febrero de 

1008).

A mediados del siglo X Bagdad conserva su prestigio 

como capital espiritual (a la sazón sede del Califato) y 

cultural, pero en buena medida debe compartir su papel

con Nisapur, Balj, Alcpo, Rayy, Hamadan, I$fahan, Siraz, 

El Cairo o, incluso, en el Occidente, con la Córdoba 

esplendorosa de ‘Abd ar-Rahman III y al-Hakam II. La 

fragmentación política del Islam es un hecho aceptado 

desde hace tiempo y los príncipes independientes establecen 

cortes literarias y gustan de ejercer como mecenas, atrayén

dose a una pléyade de escritores y buscones que deambulan 

entre los centros de poder. El mecenazgo llega a convertir

se en moda al imitar las gentes acomodadas a los emires. 

Poetas y sabios se someten al servicio de estos personajes a 

cambio del sustento y de alcanzar protagonismo social. En 

el siglo X, consiguientemente, se afianza y desarrolla toda 

una corriente literaria centrada en temas profanos, una vez 

establecidas las bases de la literatura religiosa que la so

ciedad islámica precisara en sus comienzos. En ese siglo X 

las reuniones de gentes cultivadas favorecen el brillo de 

individualidades destacadas y espíritus bien dotados para la 

creación. Discutir, recitar, sorprender con los propios 

conocimientos es un ejercicio socialmente remunerador. 

Los temas abordados son tanto poéticos como filológicos, 

de Gramática como de Filosofía, sin faltar narraciones de 

visos moral i/adores o picantes. En ocasiones, surge el 

debate entre los presentes: se analiza, despieza, critica, 

elogia un determinado poema, así como las buenas o malas 

condiciones de su autor, siendo indispensable para tales 

lucimientos una excelente memoria —entonces muy poten

ciada y utilizada por la precariedad de los medios de 

conservación del pensamiento—, una erudición a toda 

prueba y un espíritu vivaz para improvisar o repentizar las 

contestaciones. Escenario éste sin cesar reiterado en las 

maqámát, como veremos. A la par que se favorece esta 

«literatura de salón», sigue su camino independiente, pero 

no aislada, la literatura «de la plaza pública»: los sermones, 

discursos, relatos, refranes, que en esa época van a confluir 

en alguna medida con las letras cultas. Y serán las rnaqámat 

a través de sus temas, personajes, lengua y autores uno de

los principales nexos de contacto entre ambas manifesta

ciones.

Régis Blachére avanza la hipótesis de que desde el último 

cuarto del siglo IX, en Iraq y especialmente en Bagdad, los 

cenáculos refinados habrían aceptado una nueva forma 

literaria, especie de relato, cuyas líneas maestras serían la 

preocupación por el estilo y la atención al marco literario, 

constituyendo esta Jorma el preludio de la aparición de la 

maqáma, que vendría a configurarse, a través de una 

evolución ulterior, en los términos en que la plasmó al- 

Hamadanl. Sin embargo, respecto al origen de la maqáma 

—como suele ocurrir con la mayor parte de los géneros—, 

sólo podemos movemos entre conjeturas e intentos de 

aproximación, a partir de la información fragmentaria de 

que disponemos. Sabemos, sí, que a fines del siglo X (tal 

vez en 992-3) al-Hamadánl alumbra las Maqamat, cuentos 

cortos que, bajo la apariencia del preciosismo literario y la 

fabulación, exponen un problema social o retórico; mas una 

vez descartada la creación ex-nihilo, es decir la «invención», 

pocas seguridades más nos ayudan a esclarecer el problema, 

porque si es plausible esbozar los medios sociales e 

intelectuales que posibilitaron el nacimiento de la maqama, 

su caldo de cultivo, no lo es tanto desentrañar los datos 

correspondientes al nacimiento mismo del género.

Margoliouth primero1 y Z. Mubárak2 después extrapo

lando un texto de al-Hu§rí (siglo XI) pretendieron que el 

creador del género habría sido Ibn Durayd, autor de un 

Libro de los cuarenta cuentos, en el cual se habría inspirado al- 

HamadánT. La crítica de Blachére3 sobre el particular parece

1 Ya Prendergast en la Introducción (15) a su traducción menciona la

adjudicación de la «invención» a Ibn Durayd a través de al-f.lujn.

1 Mubárak establece taxativamente la para él indudable relación genéti

ca entre Ibn Durayd y las Maqamat de al-l lamacjani (La prose arabe au

quatneme nicle de /'I légtre, 86 y ss.). En cierto grado, pero sin comprome

terse mucho, la tesis de Mubárak viene avalada por A. kilito (ll)76, *13).

5 Blacherc-Ma¿nou, 14 15; también Bosworth (I, %) acepta la refutación 

de Blachere a propósito de la paternidad de Ibn Durayd.

restar visos de verosimilitud a tal adjudicación, pero —de 

todos modos sea cual sea la relación de esos hipotéticos 

Jjadit de Ibn Durayd con las maqámát, siguen sin establecer

se los orígenes del género; por ejemplo, fijando los puntos 

de contacto o contradicción de la maqania con el género 

adab4 de la centuria anterior, en especial en al-Yahi? e Ibn 

Qutayba; o —como ya señalábamos— profundizando, si es 

posible, en la «influencia» de los mimos griegos que 

Bosworth apuntaba.

Sin embargo, quizá sea un camino más útil emprender el 

que propone Blachére5: analizar y comparar las arengas, las 

piezas oratorias, que aparecen en las Maqamát con sus 

equivalentes recogidas en la Literatura de adab en boca de 

una figura histórica o legendaria y cuyo principal objetivo 

era mostrar la capacidad estilística de su autor. La construc

ción de estos discursos sugiere una elaboración consciente, 

en verso a veces, empedrado el texto de vocablos inusuales 

cuya finalidad era desconcertar al oyente por su rareza y en 

ocasiones en prosa rimada, como recientemente ha demos

trado J. N. Mattock:

«His statement (de Bees ton) that saj‘ (prosa rimada) 

was not extensively employed in anecdotal writing before 

B’s (al-Hamadáni) time, however, can be disputed»b.

Y a continuación, ofrece una serie de ejemplos del Kitáb 

al-ma^ásin wa-l-addád (Libro de los méritos y los contrarios)

4 Prosa miscelánea, sin principio ni fin, cuyo objetivo es instruir y 

agradar al lector proporcionándole conocimientos y entreteniéndole. No se 

construye una ficción, sino que se seleccionan, arreglan y presentan unos 

materiales variadísimos en obras con frecuencia rmstodónncas. El móvil 

didáctico en ellas es determinante (víase Ch. Pellat, Vartations sur le tbíme 

<¡r /'adab, ( orrespotulonce d'Oritnt, 5-6, 1964, bruselas).

' lilachére Masnou, 16 y sh.

'* J. N. Matn»ck, «The early history of the Xtaqáwtr», /ournal of \r<tb¡( 

I j/era/urr, XV, I9K4, I 15.

atribuido a al-Yálji? (fallecido en 869 de J.C.). Pese a que 

dicha atribución puede considerarse equivocada, el autor de 

la obra no sería muy posterior a al-Yahi?.

Otros puntos de contacto de adab y maqáma son —resalta 

Blachére— la coincidencia en el tema común del pobre que 

exhorta a renunciar a los bienes mundanos o la utilización 

por Ibn Qutayba del término maqám para designar esas 

peroratas edificantes, y, a fortiori —agrega Blachére— el 

mismo tema y con el mismo vocablo será retomado en al- 

Andalus por un autor de adab, Ibn ‘Abd Rabbih (fallecido 

en 940).

Hasta nosotros han Llegado algunas muestras, en el plano 

temático o en el estructural, equiparables a las maqámát de 

al-Hamadani, obra de contemporáneos suyos o de escritores 

ligeramente anteriores. Esas muestras son: 1 / Una maqáma 

de Ibn Nubata, contemporáneo de al-Hamadání, conserva

da en manuscrito en Berlín, escrita en prosa rimada y 

ritmada; 2 / La historia de Abü 1-Qásim7, de acusados 

rasgos picarescos y compuesta a fines del X o principios del 

XI, refiere una francachela corrida en Bagdad por el 

protagonista (Abü 1-Qásim), un bohemio habitual de cenas, 

parrandas y borracheras que acaba arrepintiéndose al oír al 

alba la voz del almuédano, la cual le induce a recobrar el 

sentido y la dignidad pronunciando ante sus compadres un 

discurso moral pleno de contricción; 3 / A. F. L. Beeston 8 

apunta nuevas ideas sobre el origen de las Maqámát, 

recordando el modelo de al-Hamadání, que posiblemente 

fuera Abü ‘Ali al-Muljassin ibn ‘Alí at-Tanüjl (327-384 H.), 

que en su Faraj ba'd as-sidda9 también se vale de materiales

7 «Cette oeuvre, ¡solée dan f la producíion littéraire du temps, pose une serie de 

problema. lJar son réalisme, elle implique l'observa!ion et ¡a no/ation minutieuse 

des fatts quolidiens; par sa structure, /’encha'mement el I’equilibre des parlies, 

elle revé te en revanche une nette mtention d'art» (Blachére-Masnou, 12-13).

8 A. F. L. Beeston, «The genesis of the Mat|¿mát genre», J. A. L., 11, 

1971, 1-12,

" Ed. El Cairo, 1955.

anecdóticos utilizados por al-Hamadanl (en la tnaqáma 

XXXIV, por ejemplo: ofrecer y ofrecer excelentes manjares 

y vituallas para terminar sacando un mendrugo), siendo la 

difusión del Faray algo anterior a la posible composición de 

las Maqamat, por lo cual bien pudo constituir una fuente de 

inspiración de al-Hamadánl.

No obstante, aunque nuestro autor conociera (cosa muy 

probable) estas producciones y otras perdidas, no hay por 

qué pensar que copiara sin más. En todo caso queda por 

dilucidar el irresuelto problema del tronco común de que 

procedían unas y otras y del momento y la manera con que 

se independizaron de él, pues constancia sólo tenemos de 

elementos sueltos: temáticos (alguna anécdota repetida o la 

ambientación general) o estilísticos (el empleo de la prosa 

rimada). Cuestiones hoy por hoy difíciles de desentrañar en 

su totalidad.

El desarrollo de la vida urbana, del comercio y de una 

mentalidad mercantilista no podían por menos que incidir 

en el sistema de valores de la sociedad islámica, estabilizada 

ya, con la consiguiente aparición del individualismo y de 

una crisis de las convicciones y comportamientos sociales 

tradicionales, dando lugar a la exaltación de «vicios», 

antihéroes y, en general, a la negación o puesta en duda de 

los valores anteriores. La aportación persa y las masas de 

desarraigados no eran, sin duda, ajenos al fenómeno. Y 

sobre la base social de una gran mezcolanza étnica (naba- 

teos, persas, kurdos, árabes, negros, etc.) y de sorprenden

tes oficios y protagonismos populares (predicadores, asce

tas, ladrones, picaros y pobres «pico de oro») ya en el 

siglo IX surge el interés por las capas más desposeídas de la 

población, al menos como pretexto literario. A partir de 

esos momentos las virtudes tópicas de la beduinidad se

ponen en entredicho (generosidad, hospitalidad, honor, 

valentía y apego al grupo familiar) y se buscan otros 

motivos más sugerentes, o menos gastados. Por tanto, las 

principales muestras representativas de la ideología domi

nante puesta en cuestión (las tradiciones del profeta, las 

producciones épicas y la poesía heroica) sufren los embates 

de la subversión de valores. Las Maqamat, en tal sentido, 

vienen a constituir —y es una de sus mayores aportaciones, 

aunque no sea una novedad— un venero de argumentos en 

torno, si no a favor, del antihéroe, pues eso es su 

protagonista Abu 1-Fath al-IskandarT. Y se marca la inver

sión frente al fjadit_ (las tradiciones del Profeta) ya desde el 

propio mecanismo de transmisión: si la veracidad de un 

badil se dirimía según el prestigio de todos y cada uno de 

los miembros de la cadena de transmisores, en las Maqamat 

un sospechoso maestro (el picaro al-Iskandari) alecciona e 

«instruye» a un no menos sospechoso discípulo (‘Isa ibn 

Hisám).

Las fuentes de al-Hamadanl son exclusivamente musul

manas, tanto comparaciones entre poetas (rama del género 

adab) como anécdotas de vates de otros tiempos (Dü 

r-Rumma y al-Farazdaq) o cuestiones como el carácter 

increado del Corán, el vidrioso problema de la corriente de 

pensamiento mu‘ta%ifi o el no menos espinoso del libre 

albedrío. Por cierto que al abordar estos temas filosófico- 

teológicos (cuadros de Hulwan y del Manicomio) el autor 

los presenta en boca de un loco «que dice las verdades». Y 

si la locura es un recurso de Ficción para plantear temas por 

otra vía conflictivos, ironía y sátira no faltan tampoco 

cuando se trata de poner en evidencia la hipocresía y mañas 

de un imán sermoneador y cínico (cuadro báquico).

En un cuadro palpitante se mesturan la proverbial 

generosidad del emir Jalaf o de Sayf ad-Dawla con supersti

ciones, hechizos, ensalmos, sermones, riesgos del desierto, 

dichos populares, hábitos nómadas, insolencias de sirviente, 

lisonjas y sus autores, hipocresías de falso beato, historia y

leyenda, teología y jurisprudencia, elocuencia, retórica de 

pulpito, citas coránicas, proverbios..., lo peregrino y lo 

recóndito, rebuscamiento y llaneza de simples. Un vasto 

mundo de soltura y desvergüenza en el cual el descaro es el 

rey, la credulidad el siervo y la máxima «cuanto mayor sea 

una mentira, mejor pasará» la ley que rige las relaciones 

entre ambos; vuelto el desparpajo industria, el engaño base 

económica y la fuga del picaro única salvación para el 

infeliz escarnecido y timado.

Serafín FANJUL

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