René Girard La ruta antigua de los hombres perversos Traducción de Francisco Diez del Corral EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA Titulo de la edición original: La route ant‘cluc des hommes pervers © Editions Grasset & Fasquelle París, 1985 Portada: Julio Vivas, a partir de un fragmento de «La visión de la muerte» de la edición de la Biblia ilustrada por Gustave Doré, 1865 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1989 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 84-339-1325-5 Depósito Legal: B. 36400-1984 Printed in Spain Libergraf, S.A., Constitució, 19. 08014 Barcelona Agradezco la valiosa ayuda de Christiane Fré- mont, cuyas abundantes sugerencias han mejo rado sensiblemente el texto de la presente obra. Para Raymund Schwager
I. El caso de Job 1. JOB, VICTIMA DE SU PUEBLO
¿Qué sabemos sobre el Libro de Job? Poca cosa. Que el héroe se lamenta interminablemente. Acaba de perder a sus hijos y todo su ganado. Se rasca las pústulas. Las desgracias que sufre aparecen debidamente enumeradas en el prólogo. Son los tormentos que Satán, con el permiso de Dios, acaba de infligirle. Creemos saber, pero ¿sabemos realmente? Ni una sola vez, en el curso de los Diálogos, Job menciona a Satán: ni a Satán ni ninguna de sus malas acciones. Quizá están demasiado pre sentes en su ánimo para que sea necesario aludir a ellos.
Es probable, pero Job alude a algo distinto, y hace mucho más que una alusión. Insiste una y otra vez en la causa de su desgracia. Una causa que no es ninguna de las que el prólogo menciona. Una causa que no es divina, ni satánica, ni mate rial, sino humana, exclusivamente humana. A lo largo de los tiempos, cosa rara, los comentaristas no han considerado siquiera mínimamente esta causa. No los co nozco a todos, claro está, pero los que conozco la silencian, sis temáticamente. Se diría que no la ven. Antiguos o modernos, ateos, protestantes, católicos o judíos, nunca se preguntan so bre el objeto de las lamentaciones de Job. La cuestión les parece decididamente resuelta por el prólogo. Todo el mundo se atiene religiosamente a las pústulas, al ganado perdido, etc. 13 Y, sin embargo, desde hace mucho tiempo, los exégetas han puesto en guardia a sus lectores contra este prólogo. Su pequeña historia, dicen, no está a la altura de los Diálogos. No hay que tomarla en serio. Desgraciadamente, nunca si guen sus propios consejos. No perciben en los Diálogos nin guna de las manifiestas contradicciones al prólogo. La novedad que propongo no está oculta en un obscuro rincón del Libro de Job. Es muy explícita; se expone en nu merosos y nutridos pasajes que no tienen nada de equívoco. Job dice claramente qué es lo que le hace sufrir: verse con denado al ostracismo, perseguido por los seres que le rodean. No ha hecho nada malo y todo el mundo se aleja de él, se en carniza contra él. Es la victima propiciatoria de su comu nidad: A mis hermanos ha alejado de mí, mis conocidos tratan de esquivarme. Parientes y deudos ya no tengo, los huéspedes de mi casa me olvidaron. Por un extraño me tienen mis criadas, soy a sus ojos un desconocido. Llamo a mi criado y no me responde, aunque le implore con mi propia boca. Mi aliento repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mi vientre. Hasta los chiquillos me desprecian, si me levanto, me hacen burla.
Tienen horror de mí todos mis íntimos, los que yo más amaba se han vuelto contra mí. (19, 13-19) (Biblia de Jerusalén) Job recuerda al trágico chivo incluso en ese fétido olor que exhala, ese fétido olor que su mujer le reprocha y que, signifi cativamente, reaparece en numerosos mitos primitivos. Esta alusión al chivo real no debe suscitar malos entendi 14 dos. Cuando hablo del chivo expiatorio, no estoy pensando en el animal utilizado para los sacrificios en el famoso rito del Levítico. Empleo la expresión en el sentido en que corriente mente se utiliza en torno a las circunstancias políticas, profe sionales, familiares, sin pensar en dicho rito. Esta utilización es moderna y no aparece, por supuesto, en el Libro de Job. Pero el fenómeno sí aparece, con una dimensión más atroz. El chivo expiatorio es el inocente que polariza sobre él el odio universal. Exactamente es aquello de lo que Job se queja: Ahora me tiene ya extenuado; tú has llenado de horror a toda la reunión, que me acorrala; mi calumniador se ha hecho un testigo, se alza contra mí, a la cara me acusa; su furia me desgarra y me persigue, rechinando sus dientes contra mí. Mis adversarios aguzan sobre mí sus ojos, abren su boca contra mí. Ultrajándome hieren mis mejillas, a una se amotinan contra mí. (16, 7-10) Los pasajes reveladores abundan. Como no puedo multi plicar hasta el infinito las citas, he elegido las más demostrati vas, creo, en relación con lo que me interesa. El héroe hace intervenir un subgrupo que desempeña en la sociedad de Job el papel de chivo expiatorio permanente: Mas ahora ríense de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey. [...] De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como tras un ladrón. Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y de las rocas. 15 [...] Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a latigazos del país. ¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes! Horrorizados de mí, se quedan a distancia, y sin reparo a la cara me escupen. Porque ¿1 ha soltado mi cuerda y me maltrata [Dios], ya tiran todo freno ante mí.
Una ralea se alza a mi derecha, exploran si me encuentro tranquilo [...] (30, 1-12) 1 Los historiadores no saben si se trata aquí de una minoría racial o religiosa, o incluso de una especie de subproletariado sometido al mismo tipo de régimen que las más bajas castas de la India. No importa. Al autor, estas gentes no le intere san por sí mismas; aparecen ahí sólo para permitir que Job se sitúe con relación a ellos, que se defina como el chivo expia torio de esos chivos expiatorios, el perseguido de quienes, al menos, pueden ofrecerse el lujo de la persecución; la víctima de todos, el chivo de los chivos y la víctima de las víctimas. Cuanto más se obstina Job en su mutismo respecto al ga nado perdido y a los demás motivos confesables por los que clama, aquellos que tan amablemente pone el prólogo a su disposición, más insiste en presentarse como la víctima ino cente de los que le rodean. Job se lamenta, así, de males físicos, pero este lamento particular puede relacionarse sin esfuerzo con el motivo fun damental de sus quejas. Es víctima de innumerables brutali dades; la presión psicológica que pesa sobre él es insopor table. Se diría que la vida de Job no está amenazada, que nadie ha hablado de matarle. Sus amigos le protegen. Pero esto es absolutamente falso. Job piensa que incluso se pide su vida, quizá sobre todo su vida. Cree que no va a tardar en morir, y no de esa enfermedad que con tanta seguridad diagnostican 16 los médicos; piensa que va a morir de muerte violenta e ima gina la efusión de su propia sangre: ¡Tierra, no cubras tú mi sangre, y no quede en secreto mi clamor! (16, 18) En la lectura de estos dos versos, me contento con seguir la nota explicativa de la Biblia de Jerusalén: «La sangre derra mada clama venganza... herido de muerte, quiere que su san gre quede como una llamada permanente y una plegaria...»
La traducción de los dos versos y la nota coinciden plena mente con las versiones de las demás grandes traducciones. Cierto que el lenguaje de la nota resulta ambiguo. ¿Quién ha herido de muerte a Job? Más que los hombres, sólo Dios po dría haberlo hecho, pero el grito de venganza de la sangre de la víctima no es contra Dios, el grito de venganza es ante Dios, como la sangre de Abel, esa primera gran víctima exhu mada por la Biblia. Yahvé dice a Caín: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo?» (Gn. 4, 10) Mas ¿contra quién grita entonces venganza la sangre ver tida? ¿Quién intentaría ahogar el grito de Job, borrar sus pala bras, para impedir que llegaran a Dios? Es curioso que estas preguntas elementales no se hayan planteado nunca. Job insiste incansablemente respecto al papel desempe ñado por la comunidad en lo que le ha sucedido pero, y ahí está el misterio, igual que le ocurre con sus interlocutores en el libro, tampoco consigue hacerse oír por parte de los comen taristas de éste... Nadie tiene siquiera mínimamente en cuenta lo que dice. La revelación del chivo expiatorio tiene tan poca existen cia para la posteridad como para sus amigos. Y, sin embargo, creemos estar muy atentos a lo que Job dice; nos compadece mos de él por no haber sido comprendido. Pero hasta tal punto estamos deseosos de hacer a Dios responsable de todas 17 las desgracias del hombre, sobre todo si no creemos en El, que el resultado final sigue siendo el mismo. Sólo que somos un poco más hipócritas que sus amigos. Para todos aquellos que desde la noche de los tiempos fingen escuchar a Job, pero en el fondo no le escuchan, sus palabras son sólo viento.
La única diferencia es que, mientras que nosotros no nos atreve mos a proclamar nuestra indiferencia, sus amigos se atreven a decir ¿Hasta cuándo estarás hablando de ese modo, y un gran viento serán las razones de tu boca? (8, 2) * * * Este papel de víctima que Job se atribuye es forzosamente significativo dentro de un conjunto de textos, la Biblia, que, siempre y en todas partes, presenta a las víctimas en primer plano. Por poco que se reflexione en ello, se percibe ense guida que la razón de la extraña similitud entre los discursos de Job y los Salmos llamados penitenciales hay que buscarla en la perspectiva común en que ambos se sitúan: la de la víc tima rodeada de enemigos. Respecto a esos trágicos Salmos hay que consultar el libro de Raymund Schwager.' En forma extremadamente conden- sada, estos textos muestran la situación de la cual se queja Job: una víctima inocente habla, casi siempre pendiente del lin chamiento. Raymund Schwager no se ha equivocado: un chivo expiatorio en el sentido moderno describe los malos tra tos que se le infligen. Pero hay una diferencia de gran impor tancia: mientras que en los Salmos sólo habla la víctima, en los Diálogos de Job se hacen oír también otras voces. Recoger tal como he hecho los pasajes que mejor revelan a Job como chivo expiatorio, es recoger los textos más parecidos 1. Raymund Schwager, Brauchen wir einen Sündenbockf, Munich, 1978. 18 a esos Salmos, por lo regular tan parecidos que son intercam biables. Es, en fin, hacer hincapié en lo que, a falta de otra ex presión mejor, llamamos víctima propiciatoria; ese formidable denominador común de muchos de los textos bíblicos miste riosamente olvidados por todos, objeto de una expulsión inte lectual que debe situarse decididamente en la prolongación de la antigua violencia física. Para limpiar el espíritu de la nefasta influencia del prólogo y comprender por fin cuál es la cuestión fundamental que late en Job, releer algunos Salmos constituye un excelente ejer cicio.
De todos mis opresores me he hecho el oprobio; asco soy de mis vecinos, espanto de mis familiares. Los que me ven en la calle huyen lejos de mí; dejado estoy de la memoria como un muerto, como un objeto de desecho. Escucho las calumnias de la turba, terror por todos lados, mientras se aúnan contra mí en conjura, tratando de quitarme la vida. (31, 12-14)
19 2. JOB, IDOLO DE SU PUEBLO ¿Por qué Job se ha convertido en la bestia negra de su co munidad? No hay ninguna respuesta directa a esta pregunta. Y quizá es mejor asi. Si el autor sugiriera demasiado clara mente un elemento concreto o mencionara un incidente cual quiera, un posible origen, fuera el que fuese, creeríamos saber y dejaríamos de cuestionarnos automáticamente. En realidad, sabríamos menos que nunca. Sin embargo, no hay que pensar que los Diálogos manten gan un silencio absoluto. Están llenos de informaciones, pero informaciones que hay que saber buscar. El porqué de la elec ción de Job como chivo expiatorio no aparece tan fácilmente. Los «amigos», por ejemplo, no dicen nada excesivamente inte resante. Quieren hacer al mismo Job responsable de las sevi cias que se le han infligido. Sugieren que le ha perdido su ava ricia; quizá se ha mostrado duro respecto al pueblo, se ha aprovechado de su poder para explotar a los débiles y a los pobres. Aunque se considere que Job es virtuoso, tal vez haya po dido cometer, como Edipo, un crimen invisible. Si no él, su hijo, u otro miembro de su familia. Un hombre condenado por la voz pública no puede ser inocente. Pero Job se defiende tenazmente, en definitiva, ninguna de las acusaciones puede mantenerse en pie. Las inculpaciones se pierden en la arena. 20 Algunos comentaristas reprochan a Job la excesiva vehe mencia con que responde. Carece de humildad, y de ahí que sus amigos se escandalicen. Mas este reproche ignora total mente la naturaleza del debate. Para comprender la indigna ción de Job, hay que situarla en su propio contexto, definida por el mismo Job. Job no dice que no haya pecado nunca, dice que no ha he cho nada para merecer su extremo infortunio; ayer aún se le consideraba infalible o se le trataba como a un santo, mientras que hoy todo el mundo le abruma con sus reproches. No es él quien ha cambiado, son los hombres que están a su alrededor.
El Job que todo el mundo execra no difiere en mucho de aquel que todo el mundo veneraba. El Job de los Diálogos no es un vulgar ricachón que ha perdido todo su dinero, un simple particular que después de pasar del esplendor a la miseria decide meditar con sus amigos sobre los atributos de Dios y la metafísica del mal. El Job de los Diálogos no es el del prólogo. Es un gran jefe altamente considerado en principio por la opinión pública, pero que, de pronto, se ve despreciado por ella. ¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño, cuando mis pies se bañaban en manteca, y regatos de aceite destilaba la roca! Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba, se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie. Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca. La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar. Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oír mi consejo. 21 Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía gota a gota. Me esperaban lo mismo que a la lluvia, abrían su boca como a lluvia tardía. Si yo les sonreía, no querían creerlo, y a la luz de mi rostro no dejaban perderse. Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto. (29, 2-25) Antes de convertirse en chivo expiatorio, Job ha vivido un período de popularidad tan prodigioso que frisaba con la ido latría. Vemos aquí con to^a claridad que el prólogo no es per tinente en absoluto. Si Job hubiera perdido realmente su ga nando y sus hijos, este recuerdo del pasado habría sido una ocasión idónea para resaltar esa pérdida.
Pero, como se ve, no se habla en absoluto de ello... El contraste entre el presente y el pasado no recae sobre el cambio de la riqueza a la pobreza, de la salud a la enfermedad, sino del favor al desfavor de un único y mismo público. Los Diálogos no tratan de un drama puramente personal, de un simple «suceso», sino del comportamiento de todo un pueblo respecto a una especie de «hombre de Estado» cuya carrera se ha hecho añicos. Pero, por dudosas que sean, las acusaciones de que Job es objeto son reveladoras. Lo que se le reprocha a este potentado caído en desgracia son sobre todo los abusos de poder, abusos tales que no podían ser cometidos por un simple terrate niente, por rico que fuera. Job hace pensar más bien en el tirano de las ciudades griegas. Por qué, le pregunta Elifaz, Sadday se ha vuelto contra ti: ¿Acaso por tu piedad él te corrige y entra en juicio contigo? ¿No será más bien por tu mucha maldad, 22 por tus culpas sin límite? Porque exigías sin razón prendas a tus hermanos, arrancabas a los desnudos sus vestidos, no dabas agua al sediento, al hambriento le negabas el pan; como hombre fuerte que hace suyo el país, y, rostro altivo, se sitúa en él; despachabas a las viudas con las manos vacías y quebrabas los brazos de los huérfanos. (22, 4-9) El lector moderno adopta fácilmente la visión del prólogo porque se acerca más a nuestro mundo, o al menos a la idea que de él nos hacemos. La felicidad consiste en poseer la mayor cantidad de cosas posibles sin caer nunca enfermo, en un eterno frenesí de gozo consumidor. En los Diálogos, por el contrario, sólo cuentan las relaciones entre Job y la comu nidad. Job presenta su período triunfal como el otoño de su vida, dicho con otras palabras, como la estación que inmediatamente precede al glacial invierno de la persecución.
Es probable que la desgracia fuera reciente y se produjera de golpe. Del extremo entusiasmo Job ha pasado sin transición al extremo disgusto. Y se diría que hasta el último momento no ha sospechado nada de la gran mudanza que se preparaba: Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi testigo. Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía valedor. (29, 11-12) Y me decía: «Anciano moriré, como la arena aumentaré mis días. Mi raíz está franca a las aguas, el rocío se posa de noche en mi ramaje. Mi gloria será siempre nueva en mí, y en mi mano mi arco renovará su fuerza.» (29, 18-20) 23 El misterio de Job se presenta en un contexto que no lo explica, pero que permite situarlo mejor. El chivo expiatorio es un ídolo roto en mil pedazos. Ascensión y calda están enla zadas. Se adivina que tales extremos se tocan, pero, aunque no se les pueda interpretar separadamente, no puede tampoco convertirse al primero en causa del segundo. Presentamos un fenómeno social mal definido pero real, de desarrollo no se guro pero probable. El único punto común entre ambos períodos es la unani midad de la comunidad, en la adoración primero, en el abo rrecimiento después. Job es víctima de la mudanza masiva y súbita de una opinión pública visiblemente inestable, capri chosa, carente de toda moderación. No parece más responsa ble del cambio de esta multitud que Jesús lo es de un cambio muy semejante, entre el Domingo de Ramos y el Viernes de Pasión. Para que se ocasione esta unanimidad en los dos sentidos, debe producirse un mecanismo mimético en la multitud. Los miembros de la comunidad se influyen recíprocamente, se imitan unos a otros en la adulación fanática y, a continuación, en la hostilidad aún más fanática.
24 3. LA RUTA ANTIGUA DE LOS HOMBRES PERVERSOS En el último de sus tres discursos, uno de los tres amigos, Elifaz de Temán, alude claramente a la existencia de predece sores de Job en la doble carrera de omnipotentes advenedizos y chivos expiatorios: ¿Vas a seguir tú la ruta antigua que anduvieron los hombres perversos? Antes de tiempo fueron aventados, cuando un rio arrasó sus cimientos. Los que decían a Dios: «¡Apártate de nosotros! ¿Qué puede hacernos Sadday?» Y era El el que colmaba sus casas de ventura, aunque el consejo de los malos seguía lejos de El.
Al verlo los justos se recrean y de ellos hace burla el inocente: «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡El fuego ha devorado su opulencia!» (22, 15-20) La «ruta antigua de los hombres perversos» comienza por la grandeza, la riqueza y el poder, pero concluye con un fulmi nante desastre. Las mismas fases que acabamos de descubrir en la aventura de Job, el mismo argumento. Cualquier día, Job podría aparecer en la lista de esos anó nimos de los que se habla a medias palabras, puesto que su 25 nombre se ha «borrado». Es uno de esos hombres cuya carrera puede acabar muy mal porque ha comenzado muy bien. Como yo mismo, Elifaz opone y, por tanto, aproxima, las dos fases; comprende que forman un todo y que no se las puede interpretar separadamente. Algo en la ascensión de esos hombres prepara su caída. En resumidas cuentas, las pa labras de Elifaz contienen toda nuestra intuición. Job ha reco rrido ya una buena parte del camino de «la ruta antigua de los hombres perversos». Está al comienzo de la última etapa. Los acontecimientos que Elifaz evoca parecen lejanos y, por tanto, excepcionales, pero no lo bastante como para que el observa dor no pueda agruparlos y reconocer en ellos un fenómeno re currente. Se observa ahí una vía ya trazada: muchos hombres la han tomado ya, ahora le toca el turno a Job. Todos estos destinos trágicos tienen el característico perfil del ídolo estre pitosamente caído.
Como el de Job, están forzosamente deter minados por la metamorfosis de una multitud adoradora que se convierte en una multitud perseguidora. Si los desastres de los hombres perversos fueran imagina rios, Elifaz no podría hablar por alusiones de acontecimientos que sitúa en el pasado. Debe rememorar una experiencia co nocida de todos, puesto que es la de toda la comunidad. El sú bito hundimiento de los hombres perversos está presente en todas las memorias. Estas mudanzas impresionan demasiado a los hombres como para que se olviden, y su estereotipado ca rácter facilita el recuerdo. Para Elifaz y la comunidad, la «perversidad» de esas vícti mas ha quedado ya demostrada, exactamente como la culpabi lidad de Job. Después de que la multitud renegara de ellos, los antiguos ídolos no pueden ya justificarse; los que han caído en desgracia quedan condenados a perpetuidad. La unanimidad que reina ahora contra Job, ha debido reinar antaño contra ellos. Es la misma historia siempre repetida y la advertencia de Elifaz resulta muy razonable. Job debería tener en cuenta las 26 palabras de este sabio, pero ¿cómo hacerlo sin renegar de sí mismo y sin confesarse culpable? Quizá Elifaz se reprocha el mostrarse demasiado amistoso, demasiado fraternal respecto a ese criminal que es Job para él. Habla abiertamente de un proceso de «justicia» popular que, lejos de constituir desde su óptica un desorden reprensible, le parece legitimo, infalible y, literalmente, divino. Su concien cia está absolutamente tranquila. Todo le parece en orden. Es el mismo orden en persona, un orden que se reafirma vigoro samente y que los tres «amigos» consideran extremadamente satisfactorio. ¿Es cierto que los hombres «perversos» son siempre victi mas de violencias populares? ¿De qué otra cosa podría tra tarse? Relean los cuatro últimos versos de la cita: aluden a una forma violenta del rechazo social: Al verlo los justos se recrean y de ellos hace burla el inocente: «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡El fuego ha devorado su opulencia!»
En el contexto de una sociedad rural, el «recreo de los jus tos» y la «burla del inocente» necesariamente tienen que aca rrear consecuencias. Pensemos en la formidable eficacia que en un medio tal tiene la reprobación unánime. Para suscitar todos los desastres que se le atribuyen, al Dios le basta con no oponerse a esos justos que se consideran siempre agentes de su venganza. En medio de la multitud se encuentran la víctima y todas sus pertenencias. Lo que se puede repartir, los sublevados ya lo han repartido, quizá lo han echado a suertes para no ma tarse entre ellos. Lo demás, antiguo propietario incluido, se consume en inmensos fuegos de júbilo. El desastre que espera a «los hombres perversos» al acabar su carrera, al final de la «ruta antigua», debe parecerse a esas 27 fiestas primitivas cuyo desarrollo, incluso atenuado y rituali- zado, hace pensar en un fenómeno de multitud. Todo con cluye siempre con un simulacro de chivo expiatorio al que se quema o ahoga. Los antiguos etnólogos suponían violencias más extremas tras las formas que observaban. Muchos investi gadores contemporáneos les creen víctimas de su imaginación romántica y colonialista. Por el contrario, pienso que los anti guos etnólogos tenían razón. Cierto que tenían prejuicios, pero también nosotros tenemos los nuestros: el renacido rou- sonianismo de nuestra ¿poca aparta los innumerables testimo nios que contradicen su pasión con demasiada desenvoltura como para inspirar confianza.
Muchos otros pasajes sugieren que el acontecimiento cen tral de la obra, la terrible aventura que acaba de comenzar para el h¿roe, es un fenómeno recurrente de violencia colec tiva que afecta sobre todo a los «grandes» y a los «tiranos», pero no exclusivamente a ellos, y que se interpreta siempre como venganza divina o intervención punitiva de la divi nidad. Me limitaré a citar sólo uno. Forma parte del discurso de Elihú, el cuarto personaje que sermonea a Job. Según la opi nión más general, este personaje no pertenece a los Diálogos originales. Su discurso serla probablemente obra de algún lec tor escandalizado por la impotencia de los tres primeros guar dianes del orden público. Elihú desprecia el arraigo de los tres en la tradición, y se compromete a llevar a bien la empresa en que los tres han fracasado. Simplemente se cree más capaz porque es más joven y por que desprecia el pasado. Aunque tambi¿n ¿1 intenta reducir a Job al silencio, no hace más que repetir en un estilo menos exquisito lo que los tres han dicho ya. Pertenece a un estadio más descompuesto de la antigua tradición. Pero no por ello deja de decir cosas que ponen de manifiesto más que nunca el escondido tema de los Diálogos. Si bien el tema de Job como «opresor del pueblo» aparece 28 ya en los tres amigos, Elihú lo utiliza aún más. Tras sus fór mulas político-religiosas se transluce la violencia popular. En un instante, Dios: Quebranta a los grandes sin examen, y pone a otros en su sitio. Es que ¿1 conoce sus acciones, de noche los sacude y se les pisa. Como a criminales los azota, en lugar público los encadena. (34, 24-26) Cito la Biblia de Jerusalén: su traducción sugiere admira blemente la identidad del dios y la multitud. Dios derriba a los grandes, pero es la multitud quien les pisotea. Dios enca dena a las víctimas, pero su intervención es pública, se efectúa en presencia de esa misma multitud que quizá no ha permane cido completamente pasiva ante un espectáculo tan intere sante. Observemos que los grandes son quebrantados «sin exa men»: cabe dudar un poco de ello.
La multitud está siempre dispuesta a prestar su concurso a la divinidad cuando ésta se presta a castigar a los malvados. E inmediatamente, encuentra otros grandes para sustituir a los caídos. El propio dios les en troniza, pero es la multitud quien les adora, naturalmente, para descubrir un poco más tarde que, una vez más, son falsos elegidos y que su valor no es mayor que el de sus predece sores. Vox populi, vox dei. Como en la tragedia griega, el ascenso y la caída de los grandes constituye un misterio sagrado cuya conclusión es la parte más apreciada. Aunque siempre sea la misma, siempre se espera con impaciencia.

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