Gérard de Nerval
por ALBERT BÉGUIN
Primera edición en francés, 1945
Primera edición en español, 1987
Primera reimpresión, 2014
Primera edición electrónica, 2016
© 1945, Editions Corti
Título original: Gérard de Nerval
D. R. © 1987, 2016, Fondo de Cultura Económica
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ISBN 978-607-16-3834-2 (ePub)
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I. GÉRARD DE NERVAL Y EL DESCENSO A LOS
INFIERNOS
De todas maneras, creo que la imaginación humana no ha
inventado nada que no sea verdad, en este mundo o en los otros, y
no podía yo dudar de lo que había visto con tal claridad.
AURELIA
DE TODOS los poetas que se han aventurado por las lindes del abismo,
Gérard de Nerval estaba destinado a ser el peor conocido.
Sus amigos
cargan con gran responsabilidad en el nacimiento de la leyenda del
“loco delicioso”, que permite tornar anodino su mensaje, y es con esta
graciosa apariencia de duendecillo romántico como lo va
inmortalizando una gloria creciente. Más valdrá contemplar la faz
conmovedora que exhibe la inolvidable fotografía por Nadar, auténtica
obra maestra de este arte, en la cual se lee un extraordinario destino
humano. La inteligencia singular de una mirada que llega de lejos, el
sufrimiento que denuncian las dos mitades, tan disímiles, del rostro
atormentado, la humildad digna, resignada, de la actitud entera
borran enseguida la primera impresión, la de un bohemio eslavo,
marcado por la miseria.
A los pusilánimes que temen toparse cara a cara con ciertas
angustias, el propio Nerval les concede los medios de atenuar el
alcance de su obra; sin hablar de quienes invocan, para desacreditarlo,
su estancia entre los dementes, es posible descubrir en la
correspondencia de Gérard y en Aurelia bastantes declaraciones
humildes en las que parece reconocer la ilusión de que fue víctima. En
este caso, como en el de Rimbaud, es fácil hacer que unas cuantas
frases bien escogidas carguen con todo el peso de la confesión,
evitando otras, luminosas pero bastante embarazosas en cuanto se
acepta lealmente su testimonio.
El tono de Nerval, que es uno de los
milagros absolutos de la poesía francesa, favorece tales errores: uno de
los combates más desesperados librados por el alma humana es
narrado con una ausencia de patetismo exterior y una cortesía de
expresión que pueden muy bien impedir que se capte de buenas a
primeras todo el heroísmo de esta exploración de la noche. Un hombre
que se debate contra fantasmas y que vaga en las tinieblas ilumina su
relato con una luz inmaterial. Pero no hay que equivocarse: esta
promesa aérea y delicada traduce una experiencia para la cual otro
individuo no hubiese hallado sino gritos o balbuceos frenéticos.
¡Jamás un equilibrio semejante de la forma se ha impuesto a tan
furiosa masa de lava, jamás la ligereza ha aprisionado en cristal tan
fino una realidad cargada de todo el destino de los hombres!
Pues Aurelia es la historia de una lucha titánica que concluye con
un triunfo. ¿Triunfo sobre qué? ¿De qué poderes se ha apoderado este
espíritu, por medio de sus pruebas y sus visiones? ¿Qué certidumbres
ha conquistado? ¿Qué claridades son esas que, sucediendo a la noche y
a las pesadillas, iluminan las supremas etapas del viaje?
“Creo que la imaginación humana no ha inventado nada que no sea
verdad, en este mundo o en los otros […]”, dice Nerval, seguro de
haber visto objetos reales. Estos renglones donde, según la fe de su
experiencia, afirma que la imaginación es un medio de conocimiento, y
que desde este mundo nos es posible comunicarnos con algún otro,
recalcan toda la ironía con que por otros lados habla de su
“enfermedad” y de su “curación”. La célebre carta a la señora Dumas,
escrita al salir de la casa de salud tras la primera crisis de 1841, no deja
lugar para el menor equívoco.
He visto ayer a Dumas […] Le contará que he recuperado eso que se ha convenido en
llamar razón, pero no le crea nada. Soy y siempre he sido el mismo […] La ilusión, la
paradoja, la presunción son cosas, todas, enemigas del buen sentido, que nunca me ha
faltado. En el fondo, he tenido un sueño muy divertido, y lo echo de menos; hasta llego a
preguntarme si no era más cierto que lo único que me parece explicable y natural hoy por
hoy. Pero como hay por aquí médicos y comisarios que velan por que no sea ampliado el
campo de la poesía a expensas de la vía pública, no me han dejado salir y vagar
definitivamente entre la gente razonable en tanto no he aceptado muy formalmente haber
estado enfermo, lo cual costaba mucho a mi amor propio y aun a mi veracidad
[…] Para
acabar de una vez, convine en dejarme encajar en una “afección” definida por los doctores
y denominada indiferentemente teomanía o demonomanía en el diccionario médico. ¡Con
ayuda de las definiciones incluidas en estos dos artículos, la ciencia tiene el derecho de
escamotear o reducir al silencio a todos los profetas y videntes predichos por el
Apocalipsis, de quienes presumía yo ser uno […]!
En Aurelia, donde afirma no haberse “sentido nunca mejor” que
durante su enfermedad, se mofa de los psiquiatras que tienen la
pretensión de saber mejor que él lo que acaba de ocurrirle:
El estado cataléptico en el que me había hallado durante varios días me fue explicado
científicamente, y los relatos de quienes me habían visto me causaban una suerte de
irritación, al ver que atribuían a aberración del espíritu los movimientos o las palabras
que coincidían con las diversas fases de lo que constituía para mí una serie de
acontecimientos lógicos.
El que así habla se ríe de la razón humana que lo juzga, y su lógica
no es la nuestra.
Parece dirigirse a nosotros desde el seno de un estado
de conocimiento donde las nociones de buen sentido y de locura
habrían dejado de constituir una insoluble contradicción. Nada más
presuntuoso, frente a tan tranquilas afirmaciones, que la hipótesis
según la cual Aurelia sería la argumentación de Nerval, ansioso de
salvar su reputación y demostrar que estaba “curado”. Ahí están las
cartas a su padre:
No he sufrido nada y no puedo decir que mi razón haya sido seriamente atacada (21 de
octubre de 1853) […] Me he puesto a escribir y verificar todas las impresiones que mi
enfermedad me ha dejado. No será un estudio inútil para la medicina ni para la ciencia.
Jamás me he reconocido mayor facilidad de análisis y de descripción (diciembre de
1854).
Bien sé que, escribiéndole al doctor Blanche, le ruega que pida
disculpas de su parte a las damas de la clínica por sus singularidades:
“Explíqueles que el ser pensativo al cual vieron arrastrarse, inquieto y
moroso, por el salón, el jardín, o a lo largo de la hospitalaria mesa de
usted, no era, de fijo, yo mismo […] Reniego del sicofante que se
apropió de mi nombre y quizá de mi cara” (31 de mayo de 1854).
Sé también que hizo esfuerzos desesperados porque no se fuera a
creerlo hundido, y que la disminución de sus fuerzas creadoras lo
inquietaba tanto como las dificultades materiales a las que lo exponía
su incapacidad de producir: “Trabajo y doy a luz con dolor”, escribe a
Antony Deschamps en octubre de 1854; y a Georges Bell, desde el
precedente invierno: “Lo que escribo en este momento gira demasiado
en un círculo estrecho. Me nutro de mi propia sustancia y no me
renuevo”.
Sólo que una de las costumbres más fastidiosas de la crítica
moderna, sometida a la psicología, es conceder mayor fe a las
confesiones epistolares que a las obras, so pretexto de que la
correspondencia es realidad vivida, en tanto que la obra es “apenas”
imaginaria. Nada más contrario a la naturaleza de la creación artística
que semejante punto de vista.
¿Por qué se quiere que la vida, captada a
esas profundidades, las más oscuras, donde el arte tiene su fuente, sea
menos verdadera que en sus aspectos cotidianos? Se desdeña así la
diferencia de planos que separa por siempre los simples datos vividos
de la experiencia esencial; para ésta, los hechos exteriores no podrían
ser sino materiales, libremente empleados con fines nuevos. Hay una
región donde, despojado del accidente, el individuo vuelve a ser
creatura humana y otra vez se halla, en la situación más despojada,
ante el universo, la muerte y los orígenes; en esa conciencia es donde
nacen el mito y el poema, y todo lo acontecido fuera de esta esfera, la
más profunda, es impotente para explicar estos nacimientos.
Es bien sabido, por otra parte, lo que una carta tiene de
momentáneo, todo lo que en ella se desliza de intenciones inmediatas,
de influencias vagas del destinatario y de ignorancia de sí propio.
Malamente son invocadas las que Gérard escribe a su padre, contra el
testimonio de Aurelia. Dictadas por aquel tierno afecto filial y aquella
modestia —que sólo volvemos a encontrar en los últimos recados, tan
trágicamente corteses, de Hölderlin a su madre—, nada prueban sino
el piadoso deseo de tranquilizar al viejo (que no pedía más).
Y la
creciente necesidad de unirse a todos los recuerdos de su infancia, de
estar en armonía con ellos, hace que Nerval demuestre una ternura
extrema a su padre, ante todo, mas también a sus tíos y a sus primos.
Por añadidura, el temor de ofender a quienquiera que fuese y el deseo
de reparar yerros con harta frecuencia mínimos, se cuentan entre los
cuidados constantes de sus últimos años; pero, antes que buscar ahí
una explicación de las intenciones de Aurelia, es posible discernir el
efecto de esta profunda transformación, de este nacer a un altruismo
caritativo que, al término de la odisea trágica, disfrutan de la luz de
nuevo conquistada. A fin de cuentas, es la poesía la que modifica la
vida, no a la inversa.
Aurelia relata un progreso, sí, pero sólo en apariencia es el de un
enfermo que recupera el equilibrio mental. Debajo de esta historia de
la precaria curación de Gérard se desenvuelve otra, de múltiples
aspectos, infinitamente más dramáticos. Hay que resignarse, con
objeto de entenderla, a sacarla de esa dulce penumbra en que, con
discreción admirable, la presentó Nerval. El único documento que hay
que consultar es el texto, que conviene examinar muy de cerca, sin
temer abusar de citas precisas.1
La obra está construida a profundidades diversas, atinentes al estado
de conciencia excepcional alcanzado por Nerval cuando escribía. Dos o
tres realidades se intrincan o, más bien, dos o tres percepciones
diferentes de la misma realidad.
Contando sus pocos meses de crisis,
separados por diez años de relativa paz interior, Nerval pone de cabeza
a cada instante la sucesión aparente de los sucesos; su relato incluye
poco a poco, ordenándolos según una duración del todo subjetiva, los
momentos, vueltos simbólicos, de una vida entera, los progresos y los
rodeos de un camino sinuoso y secreto. Nerval intenta describir la
curva de su destino, tal como ha vuelto a vivirlo a favor del soñar y de
la locura; y hay que comprender aquí la palabra destino en su sentido
metafísico más vasto; no solamente la sucesión de los azares
terrestres, sino el destino eterno que se remonta a los orígenes del ser
y que concluye más allá de los límites en que se encierra nuestra breve
existencia. “Nunca vivimos sino hacia adelante o hacia atrás.” El
esfuerzo entero de Nerval es demostrar, menos al prójimo que a sí
mismo, que sus visiones son la coronación de sus aspiraciones
místicas, la luz suprema cuya claridad es rechazada sobre todo el
camino recorrido.
No obstante, esta curva no es única a sus ojos, y sin cesar reanuda
el trazo, como si fuese natural que diversas interpretaciones pudieran
ser simultáneas sin que ninguna fuese puesta en duda: cada una, con
todo, la enuncia con esa seguridad, con ese tono de certidumbre
tranquila que acompaña de manera un tanto paradójica a su
humildad. ¡Los descubrimientos que le permiten una soberana ironía
hacia los médicos y los psicólogos podrían llenarlo de un orgullo
nietzscheano! Muy al contrario: lleva adelante la modestia hasta
aceptar a la vez todos los aspectos múltiples de su aventura, sin jamás
intervenir a fin de escoger entre las afirmaciones que se le imponen.
Aquí está, sin lugar a duda, la prueba de su sinceridad, que se niega a
decir más de lo que sabe; pero es, mejor aún, el signo de una etapa de
conciencia donde dicha simultaneidad de los contrarios no provoca ya
el menor pasmo.
Pues no hay rastro de incoherencia en Aurelia. Esta superposición
de narraciones en apariencia divergentes no es fruto —como se
apresuran a afirmar quienes no ven allí sino un documento patológico
— de una debilidad de las capacidades lógicas, de una impotencia de
coordinar elementos dispersos. El primer privilegio de quienes piden
al éxtasis las supremas revelaciones, ¿no es mostrarse olvidadizo de las
exigencias racionales?
Han sido descubiertos, en el relato de los hechos reales que
describe Aurelia, errores de cronología y evidentes deformaciones.
Nerval no lo dice todo, y a lo que dice le impone una inflexión que a
menudo desconocen sus cartas, más cercanas al acontecimiento. Pero
a quien considera su vida como un mito hay que reconocerle la
libertad de disponer de ella a su guisa —libertad que no es nada más la
del poeta, sino la de un hombre para quien el valor simbólico
adquirido por los sucesos importa más que su encadenamiento en el
tiempo—. Si los desprende así de su coherencia exterior, es que tiene
necesidad de este pasado nuevo que se construye. Es preciso imaginar
lo que es un ser que emprende una empresa de este orden.
Compromete algo más que su talento y su inteligencia; se juega lo que
no puede llamarse de otro modo que su salvación. No atestigua que
“tal cosa sucedió”, sino que ha logrado tornar tal cosa una etapa de su
camino espiritual. El hecho deja de significar en sí mismo, lo hace sólo
merced al lugar que ocupa en el poema de la iniciación.
“Hay años de angustias, de sueños, de proyectos que quisieran
apiñarse en una frase, en una palabra”, se lee ya en una de las “Cartas
a Aurelia”. Todo ese pasado tiende a salir de su colocación fortuita
para suministrar una respuesta a las interrogaciones urgentes de
quien busca el sentido de su vida y el sentido de la vida. Asimismo,
cada momento de los años transcurridos adopta un doble y triple valor
simbólico; Nerval narra a la vez esta transformación de lo real en
símbolo, el curso exterior de su enfermedad, la conquista del perdón
acordado a sus faltas y, en fin, muy al fondo, el mito de la redención
universal.
La más visible de estas curvas simultáneas describe la metamorfosis
de una imagen femenina: la actriz Jenny Colon, Aurelia, se convierte
en la Mediatriz, Isis, la Virgen. Pero esta historia se burla del tiempo:
la evolución consumada en los últimos años transforma el pasado
entero, alumbra hasta los más lejanos recuerdos. La propia infancia de
Gérard sufre la influencia de esta metamorfosis reciente, pues también
esta infancia es arrebatada al encadenamiento de los días sucesivos,
liberada de su inserción en el devenir exterior, hasta no ser más que el
objeto de una memoria viviente y de algún modo intemporal.
Inscrita
en otra sucesión, sometida a la sola ley de la conciencia presente y de
su ansiosa interrogación, la época en que Nerval vivía en Morfontaine
ingresa en el mismo mito que los años de la madurez. Adriana y Sofía
Dawes, siluetas femeninas del más remoto pasado, abandonan su
ambiente infantil para volverse las encarnaciones primeras de Jenny:
y aquí está la historia de Sylvie. Puede captarse el momento en que
este episodio pasa de su significación inmediata a una nueva luz. En
una carta de 1852, Nerval cuenta por primera vez la historia de las
viejas ropas, halladas en un desván, y que las dos jóvenes personas se
ponen. Aún no pasa de ser una evocación melancólica y encantadora:
“¡Oh, tierno recuerdo de los abuelos!, brillantes ropas, profanadas una
noche de locura, ¡cuántas lágrimas me habéis costado!” Sylvie, que es
de 1853, hace entrar la nostalgia de aquel amor de infancia en el ciclo
fatal de la actriz amada, perdida y perseguida. Las dos imágenes —
aquella, fabulosa ya, de Adriana hundida en un convento y de quien la
memoria ha hecho una forma inicial de Jenny; la de la simple Silvia,
del todo terrestre y real— se oponen, y todo el relato está tejido del
contraste entre esos dos amores, inapresables uno y otro. El sentido es
precisado por un delicioso fragmento, suprimido en la versión
definitiva:
¡Oh, noche!
Pocas más hermosas habré conocido: no sé por qué, en los ensueños vagos
que me acudieron por momentos, dos figuras amadas combatían en mi espíritu: una
parecía descender de las estrellas y la otra ascender de la Tierra. La última decía: soy
sencilla y fresca como las flores de los campos; la otra: soy noble y pura como las bellezas
inmortales concebidas en el seno de Dios […]
Pero Aurelia, al año siguiente, considera sacrílega la confrontación
de ambas imágenes. Evocando Saint-Germain, donde ocurrió la escena
de las ropas, Nerval se siente un instante tentado de seguir este declive
de la memoria, pero se interrumpe en el acto.
“Había allí una terraza sombreada de tilos que evocaba también el
recuerdo de muchachas jóvenes, de parientas, entre quienes crecí […]
Pero oponer este vago amor de infancia a aquel que ha devorado mi
juventud, ¿era cosa que se me hubiera siquiera ocurrido?” (II, 2).
Así, el mito ha transformado el pasado: a Gérard le ordena olvidar
todo lo que no sea él, por no blasfemar de quien fue Adriana, después
Jenny, y que va a tornarse la Mediatriz. Este mismo rechazo de
apegarse a la forma accidental de las cosas está nítidamente indicado
en un fragmento de los manuscritos de Aurelia.
Después de haber
evocado la sortija, aserrada por el orfebre, de la cual creyó ver correr
sangre (I, 7), Gérard se detiene: “Pero ¿por qué desplegar estos
recuerdos de papelillos amarillentos y flores ajadas? Mi corazón
reposa bajo estos despojos, pero esta pasión es la historia de todas: no
quiero más que indicar la influencia que pudo tener sobre los sueños
de mi espíritu”.
Todo se recompone, de esta suerte, en torno del acontecimiento
central y profundo (A. Marie y P. Audiat han identificado otras
abundantes metamorfosis sufridas por los hechos reales). El punto de
su vida en el que Gérard encontró a la actriz se vuelve, en un
conocimiento parecido al del sueño y, como éste, ignorante del tiempo,
el punto inicial, anterior aun a la infancia. Nerval ha alcanzado una de
esas etapas espirituales donde se es dueño del pasado tanto como del
presente o del porvenir. La renuncia —impuesta o espontánea, poco
importa— al amor de Jenny y a su realización terrestre desencadena
en él esa lenta desadaptación que llama el despliegue del sueño en la
vida real (I, 3); en adelante, su vida entera pasa al plano del sueño,
donde el ánimo confiere a los objetos su valor múltiple y cambiante.
Todas las precisiones acerca de la aventura real que ofreciera aún
en Sylvie, las aparta ya.
Desde los Pequeños castillos de Bohemia,
pensando en la última entrevista de Bruselas, a la que aludirá de nuevo
en la Pandora, había dicho ya: “Una larga historia, desenlazada en un
país del norte —¡y tan parecida a tantas otras!” Y en la segunda página
de Aurelia hacía constar el mismo desdén hacia lo acontencido: “Una
dama a quien amaba desde hacía mucho, y a quien llamaré Aurelia,
estaba perdida para mí. Poco importan las circunstancias de este
acontecimiento, que habría de tener tanta influencia en mi vida […]”
Ahora sólo le importa la experiencia mística inaugurada en él por el
fracaso de su amor. Y, viva todavía, Jenny inicia este viaje hacia la
figura mítica, que es toda la historia de la locura de Nerval.
Cuando se
ven por última vez, “en una fría capital del norte”, la acogida de la
actriz le parece tener ya “un valor inexpresable, como si algo de la
religión se mezclase con las dulzuras de un amor hasta entonces
profano y le imprimiera el carácter de la eternidad” (I, 2). Bien pronto
la muerte de Jenny consumará un paso decisivo por esta vía: “Me
pertenecía mucho más en su muerte que en su vida” (I, 7).
Pero no es ésta sino la primera desencarnación. Aun muerta, Jenny
sigue siendo una persona real, continúa por un tiempo siendo la actriz
adorada. Largos años concluirán la metamorfosis. La necesidad de
creer que siga existiendo gobierna toda la segunda parte de Aurelia; a
aquélla a quien no puede esperar volver a ver en la Tierra, es preciso
que acuda una creencia a persuadirlo de que la encontrará en otra
parte. La certidumbre, no obstante, no es conquistada de buenas a
primeras. Antes de fundirse en la imagen de Isis, Jenny, enteramente
humana todavía, se vuelve el modelo de piedad al cual Gérard anhela
poder ajustarse.
“Ella, no obstante, creía en Dios, y un día sorprendí el nombre de
Jesús en sus labios. Tan dulcemente fluía, que lloré. Oh, Dios mío,
aquella lágrima…
¡Fue enjugada hace ya tanto! ¡Aquella lágrima, Dios
mío, devuélvemela!” (II, 1).
Bien pronto intervienen las visiones, imponiendo la imagen de una
Aurelia mediatriz, que puede prepararle a Gérard la voz de la
salvación. Ya en la primera parte, la falta cometida que lo obsesiona,
había aparecido como falta hacia la mujer amada, ultraje cuyo perdón
no esperaba (I, 1), o abandono a “fáciles amores” (I, 9). Pero ahora el
perdón esperado de la actriz se confunde poco a poco con el perdón de
Dios a una falta más grave, que fue la de no prestar oído bastante
atento a las advertencias de la primera crisis. En un instante de la más
sombría desesperanza, Gérard exclamará: “Comprendo, ella ha
realizado un último esfuerzo por salvarme; me he perdido el momento
supremo en que el perdón era posible todavía. Desde lo alto del cielo
podía ella rogar por mí al Esposo divino […]” (II, 3).
Luego, en el doble plano del sueño y de lo real, la confusión entre
Jenny y el ángel intercesor se acentúa. Cuando, en su desesperación,
Gérard cae de hinojos ante una imagen de la Virgen, se acuerda de
repente de que Aurelia se le ha escapado, y su grito de angustia — “la
Virgen ha muerto y tus plegarias son inútiles” (II, 4)— revela a las
claras hasta qué punto está cumplida la identificación. Está cerca la
etapa final, y son las palabras solemnes de la visión maravillosa:
“Yo soy la misma que María, la misma que tu madre, la misma
también, a quien bajo todas las formas has amado siempre. Después
de cada una de tus pruebas he abandonado una de las máscaras con
que encubro mi rostro, y muy pronto me verás tal como soy […]” (II,
5).
Vale la pena señalar que en el instante en que Aurelia se confunde
con la Madre celeste se asimila asimismo con la imagen de la madre de
Gérard, a la cual éste apenas conoció: murió cuando él tenía dos años,
durante las campañas napoleónicas, a las cuales había seguido a su
marido; pero no por ello la imagen había dejado de ser, para Nerval,
uno de los símbolos de su religión. En un sueño destinado a figurar en
Aurelia, una mujer vestida de negro, con lágrimas de diamante, le
parece ser el espectro de su madre. Y dos cartas, del 25 y el 27 de
noviembre de 1853 (A. Marie da el 29 de noviembre de 1810 como
fecha de la muerte de la señora Labrunie), muestran a las claras los
misteriosos nexos que lo unen con ese recuerdo.
Al doctor Blanche le
escribe: “Ahora, es bastante hacer el loco cuando se está cuerdo, y no
voy a tener valor para ello en el aniversario de la muerte de mi madre”.
Y a uno de sus primos: “Hoy, aniversario del día en que mi pobre
madre murió en Silesia siguiendo la bandera de Francia, pero dejando
huérfano a su hijo, me he prometido vivir por fin seriamente”. Pero a
partir del instante en que todas las figuras tutelares se han fundido en
una sola, en las grandes visiones luminosas de la Reconciliación final,
la imagen de Jenny-Aurelia no recuperará los rasgos de la mujer real,
envoltura momentánea entre otras, que no eran sino esbozos
anunciadores de Aquella que perdona.
La lenta transformación que hace pasar a un ser desde la vida real
hasta un estado angélico aproxima esta experiencia de Nerval a otras
iluminaciones románticas. Es así como la muerte de su prometida
inauguró para Novalis la transfiguración de la vida entera que narran
las páginas de su diario y que desemboca en los Himnos a la noche.
Hölderlin, separado de Diotima y más tarde informado de su muerte,
comenzó a arrancarse de sí mismo y a entrar en el personaje como el
cual, durante largos años, se aisló del mundo de los hombres. Y
Hoffmann, haciendo de Julia Marc una creatura única y misteriosa,
espera la muerte que le permitirá “contemplar en la existencia
verdadera a aquella que fue su deseo, su esperanza y su consolación en
un tiempo de tinieblas infernales”. Más que cualquier otro, por último,
Maurice de Guérin, meditando sobre la muerte de Marie, responderá
al dolor con un heroísmo que recuerda el de Nerval; pese a que el
sentimiento que consagraba a la muerta no fuese del todo un amor,
esperará un éxtasis en el cual se le hará la promesa de recuperar algún
día a la entrañable amiga perdida.
Pero toda tragedia es única, y estas analogías no deben detenernos.
Queda, en Aurelia, todo un elemento propiamente nervaliano, un
itinerario particular que no es ni la magia de Novalis ni la comedia
solemne de Hölderlin, que tampoco puede desembocar, como en
Hoffmann, en el sacrificio del artista, ni en el éxtasis panteísta, como
en Guérin. Si Nerval ha perseguido el recuerdo de una amiga perdida,
hasta los reinos desconocidos donde las almas se truecan en alguna
esencia divina, ha dado a esta persecución un sentido que sólo para él
tuvo. Al mismo tiempo que cuenta la transfiguración de Jenny, se
apega a otro pensamiento, del cual aquélla no es más que un símbolo
más transparente. Tenemos que seguir ahora su destino de acuerdo
con una curva aún más interior, que sea, como la primera, la historia
de un triunfo laboriosamente obtenido a través de los sufrimientos.
Las visiones cuyo recuerdo fija Aurelia, sombrías al principio, acaban
por tornarse luminosas a medida que va precisándose la identificación
de Jenny con el Ángel. Pero Nerval relata este nacimiento de la luz
dándole una significación todavía más urgente.
Según esta curva nueva, Aurelia, al mismo tiempo que la
formación de una figura mítica, describe una serie de pruebas
impuestas a Gérard para reparar una falta cometida. Vía de la
salvación personal, que concluye con la aurora de la Redención. Una
de estas evoluciones descansa sobre la otra, y es nada más nuestra
lógica la que disocia estos dos valores del símbolo, entre los cuales
Nerval en persona discierne un nexo estrecho:
Deseo explicar cómo, apartado largo tiempo del verdadero camino, me sentí devuelto a él
por el recuerdo querido de una persona muerta, y cómo la necesidad de creer que seguía
existiendo ha hecho entrar en mi ánimo el sentimiento preciso de las diversas verdades
que no había acogido en mi alma con suficiente firmeza [II, 4].
Esta frase es una de aquellas en que se resume con mayor aplomo
el camino recorrido. Es una de las claves que Nerval da de su obra.
No
es sólo ya el tránsito de un estado de conciencia “normal” a otro, que
puede denominarse mítico, sino un progreso interior, la conquista de
ciertas creencias. Es posible describir las etapas de dicha conquista.
En la primera parte del relato, que en el plano de los hechos narra
la crisis de 1841, Gérard sufre, sin interpretarla aún, sin plantearse
frente a ella, la invasión del sueño. El tema de la falta sólo aparece con
sordina, en forma de un ultraje hacia Jenny. Con todo, luego de la
última visión, la más dramática de todas, la culpabilidad adopta de
súbito el sentido de una blasfemia, de un pecado de la creatura contra
Dios.
Nerval se pregunta si no ha cedido a la desmesura queriendo
hacer de su existencia terrestre una lucha contra su doble, contra la
locura, que acaso —cree comprenderlo de pronto— le había sido
concedida por algún dios benévolo. Al grito de la revuelta: “Pues bien,
luchemos contra el espíritu fatal, luchemos contra el dios mismo con
las armas de la tradición y de la ciencia. Haga lo que quiera en la
sombra de la noche, yo existo, y para vencerlo dispongo de todo el
tiempo que aún me está concedido vivir sobre la Tierra” (I, 9), a ese
grito, responde ahora la duda de quien se tiene por condenado:
“Maldito era yo quizá por haber querido penetrar en un misterio
temible ofendiendo la ley divina; ¡sólo me quedaría ya esperar la
cólera y el desprecio! Las sombras irritadas huían lanzando gritos y
trazando en el aire círculos fatales, como pájaros cuando se avecina
una tormenta” (I, 10).
Es con esta imagen espléndida de trágico espanto con la que
concluye la primera parte de Aurelia.
Mas no se trata todavía de la
forma última del sentimiento de la falta. Muy lejos de haber pecado
queriendo penetrar el misterio de lo que le acontecía, ¿no hizo mal en
salir de su primera demencia sin adivinar que le convertía en un deber
el cambiar de existencia? Tal inquietud le llega después de una visión
que sigue a una visita a la tumba de Aurelia.
“Dios me había dejado este tiempo para arrepentirme y yo no lo
había aprovechado. Tras la visita del convidado de piedra, había yo
vuelto a sentarme en el festín” (II, 3).
Tocando entonces el fondo de la desesperanza, ve aparecérsele un
primer resplandor. ¿No pudiera la locura ser una advertencia de lo
alto? O bien, ya que este infortunio le es enviado, ¿no puede él mismo,
merced a un esfuerzo consciente, apoderarse de él y transformarlo en
una serie de pruebas? El término de este calvario, si tiene fuerzas para
alcanzarlo, sería el perdón de la falta misteriosa que pesa sobre él, sin
que conozca su verdadera naturaleza. En julio de 1854 escribe al
doctor Blanche desde Alemania: “Me confío al pensamiento de que
nunca he querido hacer el mal […] Si estuviera destinado a dar el
ejemplo de la más dolorosa expiación que sea imaginable, me
sometería a ello gustoso”.
Y entre sus papeles se encontró esta nota, donde se revela mejor
aún el sentido que empieza a conceder a su estado:
“Todavía es tiempo. La Escritura dice que basta un
arrepentimiento para salvarse…
¿Y si el suceso que nos hiere impide el
arrepentimiento? ¿Y si nos pone en estado de fiebre, de locura? ¿Si se
le obstruyen a uno las puertas de la redención?
Es el grito de rebelión más terrible que haya proferido jamás. En
un momento en que la desesperación lo hunde en la noche más oscura,
experimenta toda la injusticia de su suerte. La locura, que se ha
abatido sobre él, lo tiene prisionero, le impide emprender el camino
del rescate. ¿Irá a sucumbir? ¿Qué recurso le queda? ¿De qué sirve
toda su buena voluntad si “se” obstinan en no tenderle la mano?
El heroísmo de Nerval adquiere su plena grandeza en el fondo de
este abismo en el cual se debate. Sólo una vez lanzará el grito de
protesta. Se pone entonces a escrutar su memoria, a escarbar en todo
el pasado de los sueños y de las aventuras reales, a escribir Aurelia,
¡no, por cierto, para explicarles a los psicólogos lo que le ha ocurrido!
Tiene una tarea mucho más urgente que cumplir: hay que superar la
desgracia, que hallar la fórmula mágica que metamorfoseará esta
cadena de infortunios en una escala de salvación. No se trata nada más
de relatar —y lo que seguía habiendo de juego nostálgico en las
evocaciones de Sylvie no reaparecerá ya en la nueva obra—, sino de
vérselas con el infortunio, inexplicable e injusto, de realizar, mediante
una toma de conciencia y un acto de voluntad, una expiación que
tendrá su recompensa. En todo instante se transparenta esta intención
heroica, y retorna la palabra pruebas, cual boya a la que se aferrase.
En la visión maravillosa, aquella que es la misma que María, la misma
que su madre, le habla de sus pruebas (II, 5).
Y es en este pensamiento donde encuentra fuerzas para resistir
cuando, trasladado a Passy, donde el doctor Blanche, siente la
tentación de dejarse arrastrar por la locura que lo amenaza.
“Comprendí, viéndome entre los alienados, que hasta entonces
todo no había sido para mí más que ilusiones. De todos modos, las
promesas que atribuía yo a la diosa Isis me parecían realizarse en una
serie de pruebas que estaba destinado a sufrir. Las acepté, pues, con
resignación” (II, 5).
Hay instantes en que busca en las creencias ocultas u orientales,
que tantas veces había acariciado, las fórmulas que expresarían esta
ascensión hacia la salvación.
Saluda la salida del Sol con plegarias, se
cree iniciado a algún rito misterioso destinado a restablecer el mundo
en su armonía primitiva. Todo se le vuelve signo, símbolo, complicidad
mística. Lo mismo que en los Versos dorados de 1845:
En la bestia, respeta un espíritu actuante:
en cada flor un alma se abre a Naturaleza;
un misterio de amor en el metal reposa;
“¡todo es sensible!” Y todo en tu ser es potente.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
A menudo en lo oscuro del ser un dios se oculta;
¡y cual ojo naciente, cubierto por sus párpados,
crece un espíritu bajo corteza de guijarros!
sacrifica a un “pitagorismo” que —no sin recordar las convicciones a
las que Hugo arribaba por aquellas mismas fechas— le inspira esta
página perfecta:
A partir del momento en que me cercioré de que estaba sometido a las pruebas de la
iniciación sagrada, una fuerza invencible entró en mi espíritu. Me juzgaba un héroe
viviente bajo la mirada de los dioses; todo adquiría en la naturaleza aspectos nuevos, y
voces secretas brotaban de la planta, del árbol, de los animales, de los más humildes
insectos, para aconsejarme y animarme. El lenguaje de mis compañeros tenía giros
misteriosos cuyo sentido entendía yo, los objetos sin forma y sin vida se prestaban por sí
mismos a los cálculos de mi mente —de combinaciones de guijarros, figuras de ángulos,
grietas o aberturas, bordes de hojas, colores, olores y sonidos, veía yo surgir armonías
hasta entonces desconocidas—. ¿Cómo —me preguntaba yo— he podido existir tanto
tiempo fuera de la naturaleza y sin identificarme con ella?
Todo vive, todo actúa, todo se
corresponde; los rayos magnéticos emanados de mí mismo o de los demás atraviesan sin
obstáculos la cadena infinita de las cosas creadas: es una red transparente que cubre el
mundo y cuyos hilos sueltos se van comunicando hasta alcanzar los planetas y las
estrellas. ¡Cautivo en la Tierra en este momento, charlo con el coro de los astros que
participa en mis alegrías y en mis dolores! [II, 6].
Estas frases ligeras, donde podría encontrarse toda una estética
baudelairiana y que no dejan de proyectar viva luz sobre el misterio
poético de Las quimeras, están llenas de reminiscencias ocultistas,
pero precisamente aquí se siente, por la virtud misma de un estilo
incapaz de engañar, en qué grado el gusto de Nerval por las lecturas
místicas era algo distinto de un pasatiempo literario: es una simpatía
profunda que le hace hallar, en pleno drama metafísico, una singular
euforia en esta contemplación de un universo donde todo es
correspondencia y palabra.
Mas tampoco es éste el término de sus interrogaciones. Estas
mismas teorías lo conducen a “pedirse cuentas de su vida y hasta de
sus existencias anteriores”. Procura tranquilizarse diciéndose que su
actual existencia pudiera ser “una expiación suficiente”. “Este
pensamiento me tranquilizó, sin quitarme el temor de quedar para
siempre clasificado entre los desventurados” (II, 6).
Hará falta aún
toda una serie de visiones para que su cielo se despeje y se realice la
esperanza que puso en su sumisión a las pruebas. Por último se le
aparece Aurelia en el primer “sueño delicioso”, para anunciarle la
liberación: “La prueba a la que estabas sometido ha tocado a su fin;
aquellas escaleras sin cuento que te fatigabas descendiendo o subiendo
eran los vínculos mismos de las viejas ilusiones que embarazaban tu
pensamiento […]” (II, 6). En las visiones siguientes, ella retorna sin
cesar bajo apariencias magníficas, mientras sus grandes ojos devoran
el espacio, su larga cabellera impregnada de los perfumes del Yemen
ondea al aire, transfigurada y radiante al lado del Mesías. “Valor,
hermano, porque ésta es la última etapa”, y el cielo del perdón se abre
en toda su gloria (II, 7).
El perdón final ha sido ganado por la acción heroica y, al mismo
tiempo, por un altruismo que ha merecido recompensa. Este tema del
acto caritativo se entremezcla por entero con el de la conquista de la
salvación gracias a las pruebas aceptadas. La primera parte de Aurelia
no lo hace intervenir todavía, pero a partir de la segunda se hace sentir
la necesidad de ser bueno con los demás. Está, primero, la visita a un
amigo enfermo. “Cuando se siente uno desdichado, se piensa en la
desdicha de otros” (I, 1). Sigue el cortejo fúnebre de un desconocido,
que Gérard acompaña hasta el cementerio, hallando algún consuelo en
pensar que al muerto le sería grato verse acompañado por un hermano
de dolores. “Aquella idea me hizo derramar lágrimas […]
¡Oh, benditas
lágrimas, desde hacía mucho me era denegada vuestra dulzura! Se me
despejaba la cabeza y un rayo de esperanza seguía guiándome” (II, 2).
Es entonces la limosna dada a una cantora en un café, y de nuevo el
mismo sentimiento dichoso (II, 4). Poco después, en una crisis en que
riñe con un cartero, viendo que éste se deshace de repente en lágrimas,
el propio Gérard se enternece y se va a rezar a la iglesia de San
Eustaquio. Al salir y ponerse a pasear por el Jardín de Plantas,
empieza a llover y él se apiada de las mujeres y niños que se van a
mojar (II, 5).
Es notable que todos estos movimientos de caridad sean
posteriores a la resolución de atender a las advertencias de lo alto.
Pero puede admitirse asimismo que Gérard fue puesto en este camino
en virtud de los esfuerzos del doctor Blanche, a quien nunca se
elogiará bastante. Pese a que un incendio destruyera todas las notas
que tomó acerca de la enfermedad de Nerval, impidiéndonos seguir su
tratamiento como no sea a través de las alusiones de éste y de las
cartas que le escribía, se adivina la inteligente discreción de su
asistencia. En una carta a Antony Deschamps, escrita en octubre de
1854, en el instante en que acababa de conseguir mediante mil
argucias salir de la clínica, Gérard confiesa el reconocimiento que
guarda a su médico:
Demasiado he sufrido por algunos remedios a los que no logré sustraerme como para no
aprobar el sistema de nuestro amigo Émile, que no ha empleado más que baños y dos o
tres purgas contra el mal que me atacó, pero me trató moralmente y me curó, lo
reconozco, de hartos defectos que yo reconocía en mí sin osar reconocerlos.
El relato de Aurelia permite entrever mejor lo que fue aquel
tratamiento moral. En lugar de juzgar a su enfermo de acuerdo con
categorías médicas preconcebidas, el doctor Blanche entró cuanto
pudo en su universo e intentó provocar allí encuentros favorables. Fue
así como le hizo presenciar el penoso tratamiento al cual había que
someter a un joven alienado: como se empeñaba en rechazar cualquier
alimento, había que sustentarlo a la fuerza, con ayuda de un tubo de
hule introducido por la nariz. El relato de Gérard muestra cuán claro
vio el doctor Blanche al ponerle delante semejante espectáculo.
Abandonado hasta entonces al círculo monótono de mis sensaciones o de mis
sufrimientos morales, me encontraba con un ser indefinible, taciturno y paciente sentado
como una esfinge a las puertas supremas de la existencia. Empecé a amarlo a causa de su
desgracia y de su abandono, y me sentí vigorizado por aquella simpatía y aquella
piedad.
Así colocado entre la muerte y la vida, me parecía como un intérprete sublime,
como un confesor predestinado a escuchar esos secretos del alma que la palabra no osaría
trasmitir o no lograría plasmar. Era el oído de Dios sin mezcla del pensamiento de otro.
Pasaba yo horas enteras examinándome mentalmente, inclinada la cabeza sobre la suya y
asiéndole las manos. Me parecía que cierto magnetismo reunía nuestros dos espíritus y
me encantó la primera vez que una palabra salió de su boca. No me quisieron creer nada y
yo atribuía a mi ardiente voluntad aquel principio de curación. Aquella noche tuve un
sueño delicioso, el primero desde hacía muchísimo [II, 6].
Agradecido hacia quien consideraba su salvador, Gérard cuenta
que pasó más horas aún cantándole canciones populares.
Así la luz que esplende al final de Aurelia ha sido recuperada por la
doble vía de la expiación y de la caridad. ¿Quiere esto decir que,
venciendo la tentación “oriental”, Nerval encontrase la salvación en un
retorno a las creencias cristianas? La Virgen como sucesora de Isis, la
aparición del final, autorizarían el creerlo. Pero arribamos con esto a
una nueva cuestión, a otra de las curvas de este destino de
profundidades inagotables.
Pues, por evidente que sea para el propio Nerval que el sueño y la
vigilia se han conjugado para formar el camino del rescate, que la
piedad haya provocado una irrupción de luz, no pasa de tratarse de un
segundo plano de realidad que halla su solución en esta vida, en “una
fuerza nueva que oponer a las desgracias venideras”. Más allá de este
problema personal conducido así hasta el aplacamiento, Nerval ha
vislumbrado profundidades y caminos abiertos.
Uno lleva al mito cósmico y universal, donde su destino particular,
del cual los hechos reales no eran sino el símbolo, se torna a su vez
imagen del destino de la humanidad.
El otro camino precisa los presentes del sueño; esta vez la
conquista no es del orden de la salvación personal o colectiva, sino del
orden del conocimiento: en su punto extremo, el subjetivismo equivale
al descubrimiento de una realidad nueva y confluye con una
objetividad superior.
“El camino misterioso va hacia adentro”, decía
Novalis.
Lo que Gérard ha puesto en juego y ganado no es pues su propia
salvación y nada más, sumando a la curación hacia la cual lo guiaba el
doctor Blanche la sabiduría inspirada por sus visiones. De un extremo
al otro de la obra, se disputa otra apuesta, mucho más grave, con la
apariencia de un vasto mito del destino humano. Y Aurelia, que no
parecía ser sino la lucha de uno solo, el drama único de un caso
original, se eleva a la magnitud de una epopeya metafísica.
Esta nueva curva, perceptible mediante toda la confesión, se inicia
con el tema de la muerte, en el curso de una alucinación en la cual
Gérard entabla conversación con su tío, para aparecer a plena luz en
las visiones de la segunda parte: una vez conquistadas las
certidumbres, el héroe desciende “entre los hombres para anunciarles
la buena nueva” (II, 7).
Al miedo a la nada que expresa Gérard, el tío responde que materia
y espíritu son inmortales. “Nuestro pasado y nuestro porvenir son
solidarios. Vivimos en nuestra raza y nuestra raza vive en nosotros.” Y
acto seguido desfila el inmenso cortejo de la humanidad; pero la
certeza se desvanece en una especulación acerca de los números, la
visión se oscurece, Gérard cree comprender que “estas cuestiones son
oscuras y peligrosas” (I, 5).
El sentimiento de lo prohibido, del riesgo que implican ciertas
cuestiones más que humanas, subsiste en la continuación de la visión,
donde, descendido a la ciudad de las razas sucesivas, detiene a Nerval
un hombre vestido de blanco, cuya faz apenas distingue y que lo
amenaza con una espada, como para “impedirle penetrar el misterio
de aquellos retiros”. El mundo de inocencia en el que se halla intenta
en vano retenerlo: le está prohibido al hombre permanecer allí. “Me
eché a llorar cálidas lágrimas, como al recordar un paraíso perdido.
Sentí amargamente que allí sólo estaba de paso, en aquel mundo a la
vez ajeno y querido, y me estremecí al pensar que debía retornar a la
vida.”
Este sentimiento del paraíso perdido, de una comarca llena de
blancura en la que escaparemos un día de todas las congojas
terrestres, es la primera forma, incierta todavía, frágil, amenazada, del
mito de la inmortalidad en el cual Gérard encontrará el consuelo final.
Por vez primera vive un instante en este bienhechor convencimiento.
“Así, la duda eterna sobre la inmortalidad del alma que afecta a las
mejores mentes estaba resuelta para mí. No más muerte, no más
tristeza, no más inquietud”, exclama al salir de aquella “patria
mística”.
Con todo, el día en que vagando por las calles persiguió una
estrella hacia el Oriente, había rechazado la inmortalidad cristiana:
“No, no pertenezco a tu cielo. En esta estrella están quienes me
esperan. Son anteriores a la revelación que tú has anunciado. Déjame
reunírmeles […]” (I, 2). Y otras muchas veces, en verdad, se
complacerá en estas imaginaciones que le representan en un astro o en
la luna la vida deliciosa de las almas desencarnadas.
Tras la visión de la patria mística, un sueño acude a confirmar el
pensamiento de la inmortalidad asegurada. Se ve en una sala, que
conoció en su infancia, donde tres mujeres ostentan en ellas los rasgos
de todas sus parientes a la vez; por lo que a él toca, lleva un trajecillo
castaño, tejido de hilos tenues como los de la araña, “coqueto, gracioso
e impregnado de suaves olores”. Pero este sueño, donde se expresa tan
bien la nostalgia de la inocencia infantil, concluye bruscamente en una
tonalidad lúgubre. El admirable jardín hacia el cual sigue a una de las
mujeres se muda en cementerio, desaparece la que lo acompaña y, al
lado de un muro, percibe un busto caído, cuyo rostro tiene los rasgos
de Aurelia, en tanto unas voces claman: “¡El universo está en la
noche!” (I, 6). En estas imágenes fúnebres descubre la señal segura de
la muerte de Aurelia, pero aún logra persuadirse de que volverá a verla
en el mundo entrevisto (I, 7).
Subsiste la preocupación, no obstante, y se manifiesta en la
voluntad de escribir una historia de la creación, de la cual una nueva
visión le muestra el extraño paisaje primitivo, caos monstruoso
surcado, sin embargo, por los gérmenes de la claridad. Toda una
cosmogonía, inspirada en tradiciones orientales, se despliega en un
extraordinario esplendor de evocación: metamorfosis y combates de
monstruo, nacimiento de los humanos, evolución de las razas
mediante las luchas y las reconciliaciones.
De súbito resonó una singular armonía en nuestras soledades, y se diría que los gritos, los
rugidos y los silbidos confusos de los seres primitivos se modularon en adelante según
aquella melodía divina. Las variaciones se sucedían hasta el infinito, el planeta se
iluminaba poco a poco, formas divinas se perfilaban sobre la verdura y lo hondo de los
bosquecillos y, domados para siempre, todos los monstruos que había yo visto se
despojaban de sus formas extrañas y se convertían en hombres y mujeres […] [I, 8].
La misma concordancia entre música y formas se prolonga en las
páginas siguientes, donde calla y vuelve a alzarse sin cesar “el himno
interrumpido de la Tierra y de los cielos”. Mas la visión se enturbia en
escenas trágicas.
Veo todavía, sobre un pico bañado por las aguas, a una mujer abandonada que grita con
los cabellos sueltos debatiéndose contra la muerte. Sus llorosos acentos dominaban el
ruido de las aguas […]
¿Fue salvada? Lo ignoro. Los dioses, sus hermanos, la habían
condenado, pero por encima de su cabeza brillaba la Estrella de la tarde, derramando
sobre su frente rayos inflamados.
Entonces la significación de esta imagen se enriquece con
recuerdos míticos: “En todas partes moría, lloraba, languidecía la
imagen dolorosa de la Madre eterna”.
Por largo tiempo los sueños de Gérard siguen siendo aterradores;
la aparición del Doble, entrevista ya en una alucinación de vigilia, lleva
al colmo el pavor. Una horrible idea se impone:
El hombre es doble, me dije […]
Hay en todo hombre un espectador y un actor, el que
habla y el que responde. Los orientales han visto en ellos dos enemigos: el buen genio y el
malo. ¿Soy el bueno, soy el malo? —me preguntaba yo—. En cualquier caso, el otro me es
hostil […] ¿Quién sabe si no habrá tal o cual circunstancia o edad en que estos dos
espíritus se separen? Ligados ambos con el mismo cuerpo por una afinidad material, tal
vez uno esté destinado a la gloria y la felicidad, el otro a la aniquilación o al sufrimiento
eterno [I, 9].
Nunca ha estado su ser tan cerca de deshacerse y escapársele.
Doble él mismo, cree percibir dobles a todos los que lo rodean. El
recuerdo manifiesto de una escena otrora leída en los Elíxires del
Diablo de su querido Hoffmann le inspira el temor de que “el otro”,
aprovechando el error universal, vaya a consumar el desposorio
místico que se prepara entre Aurelia y él. Es en este instante, en esta
angustia, la peor de todas, cuando siente una convulsión de revuelta y
decide luchar contra el dios. En ese momento esencial, el mismo
vuelco decisivo modifica, en todos los planos en que se desenvuelve a
la vez, la orientación del poema de Aurelia.
Decidido a “emplear todas
las fuerzas de su voluntad”, el desventurado se niega a ceder. Pero una
nueva visión lo abate, lo lanza fuera del “universo mágico” donde era
posible la inmortalidad del alma; y el sentimiento de la maldición
clausura la primera parte del libro.
En la segunda, el movimiento va, tanto en el plano metafísico como
en los demás, del peor abismo de tinieblas a la eclosión de la luz. A
partir de las primeras líneas retorna el tema de la muerte, no en forma
de sueño esta vez, sino como una interrogación precisa, a la cual habrá
que dar una respuesta si es que el drama personal ha de tener un fin.
Uno y otra se entrelazan en adelante aún más apretadamente: las
etapas de la lucha son proyectadas desde el plano individual hasta el
del mito cósmico, y en compensación hará falta que la luz penetre en
éste a fin de que en el otro halle Gérard la paz final. En la primera
crisis aún había permanecido pasivo, sufriendo la invasión de las
angustias y las amenazas; en la segunda, adquiere una conciencia cada
vez más neta de la necesidad que le impone satisfacer las grandes
preguntas metafísicas, surgidas en su espíritu bajo la inminencia del
naufragio. Ya sabe que no habrá solución a su problema más que si da
con la del problema humano. El tránsito es muy visible en los
renglones que abren la segunda parte, puesta bajo el signo de
Eurídice:
¡Por segunda vez perdida!
¡Todo ha acabado, todo ha pasado! ¡Soy yo ahora quien debe morir, y morir sin
esperanza! ¿Qué es la muerte, pues? Si fuese la nada […]
¡Dios lo quisiera! Pero ni Él
mismo puede hacer que la muerte sea la nada.
¿Por qué, pues, es ésta la primera vez, desde hace tanto tiempo, que pienso en Él? El
sistema fatal que se había originado en mi mente no admitía esta realeza solitaria […] o
más bien se absorbía en la suma de los seres: era el dios de Lucrecio, impotente y perdido
en su inmensidad.
De modo que su error sería apegarse a estas visiones cósmicas
procedentes del ocultismo. Desde el fondo de la infancia reaparece la
imagen de Jesús, recuerdo que se asocia a la piedad de Aurelia. Nerval
hace escuchar entonces la queja de su generación, deseosa de religión
pero criada en días de tormenta, acostumbrada demasiado pronto a
una fe vaga “cuya adhesión indiferente resulta quizá más culpable que
la impiedad y la herejía”. ¡Cómo desearía poder recurrir, contra todo lo
que lo amenaza, a una fe más ingenua! “Cuando el alma flota incierta
entre la vida y el sueño, entre el desorden del espíritu y el regreso a la
fría reflexión, es en el pensamiento religioso donde deben buscarse
socorros.”
Pero, ¡ay!, “es bien difícil reconstruir el edificio místico del
cual los inocentes y los simples admiten en su corazón la estampa
hecha y derecha […] La ignorancia no se aprende”. Renegando del
legado crítico del siglo XVIII, exclama: “¡El árbol de ciencia no es el
árbol de vida!”
En este instante su drama es del todo análogo al que es tema de la
Confesión de un hijo del siglo y del Prólogo de Rolla: “He llegado
demasiado tarde a un mundo demasiado viejo […] Pobre hijo de Dios,
que olvidan, no me han enseñado a amarte […]”
¿Por qué me acosas con esta sed ardiente,
si no conoces fuente en que aplacarla?
Pero Musset se mantuvo prisionero de su incertidumbre, de la
duda y la blasfemia. “A su pesar, el infinito lo atormenta”, pero ni por
un instante es capaz de ese esfuerzo de todo el ser que opta por lo que
quiere escapársele y contra lo cual se rebela su razón. El mismo
combate indeciso entre un corazón que querría creer y una inteligencia
que se defiende de ello mantuvo a Hugo largo tiempo prisionero antes
de las revelaciones del destierro:
¡Se diría que espero a quien no quiere abrirme!
Es nuestra desventura, hijos de las pasiones.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Por qué nombre llamarte, turbia hora en que estamos?
… Creencias y pasiones, congojas, esperanzas,
nada está a pleno día y nada está en la noche.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una cosa, ¡oh Jesús!, en secreto me aterra:
el eco de tu voz se va debilitando.
Nerval, lo mismo que sus contemporáneos, padece este divorcio
entre el sentimiento y la razón. Por un instante lo tienta una
reconciliación de la ciencia y la fe:
Cuento más con la bondad de Dios: acaso estemos llegando a la época predicha en que la
ciencia, cerrado su círculo entero de síntesis y análisis, de creencia y negación, pueda
depurarse sola y hacer que del desorden y de las ruinas surja la ciudad maravillosa del
porvenir […]
No hay que estimar tan poco la razón humana y suponer que algo gana
humillándose entera, pues eso sería acusar a su celeste origen […] ¡El apóstol que quiso
tocar para creer no fue por ello maldecido!
No durarán mucho estas esperanzas de progreso que conservan
por ventura algún reflejo de sus charlas con los ingenieros
sansimonianos de quienes fue amigo en Egipto. Pero resulta singular
ver a este hombre, aislado por su drama, llevar de este modo en sí
todas las tendencias contradictorias de su época, hacer de su debate
interior un campo cerrado donde se enfrentan todas las hipótesis de
un tiempo que no las escatimó. Se interrumpe, con todo: “¿Qué es lo
que he escrito? Son blasfemias. La humanidad cristiana no puede
hablar así. Semejantes pensamientos están lejos de ablandar el alma.
Ostentan en la frente los relámpagos de orgullo de la corona de
Satán… ¿Un pacto con Dios mismo…? ¡Oh ciencia! ¡Oh vanidad!” Para
defender su espíritu de estas ideas, se sumerge en el estudio de la
cábala, retorna a su caro “sincretismo” que reconocía a cada religión
una porción de los arcanos divinos, intenta recuperar el alfabeto
mágico a través de sus formas diversas y revueltas, y se detiene en una
concepción “analógica” de la creación: “El Sol, parecido a la planta que
lo representa, la cual con cabeza inclinada sigue la revolución de su
marcha celeste, sembraba en tierra los gérmenes fecundos de las
plantas y los animales […]
El Espíritu del Ser-Dios, reproducido y por
así decirlo reflejado en la Tierra, se volvía el tipo común de las almas
humanas, cada una de las cuales, en consecuencia, era a la vez hombre
y dios”. Pero en el acto le nace un escrúpulo: “Ignoro incluso si el
sentimiento resultante no estará conforme con la idea cristiana”.
Una vez más, el temor de ser maldecido por sus errores, de no
haber notado las advertencias divinas, lo atormenta. Sin embargo, la
ansiedad se precisa en una elección necesaria; entre las creencias que
en otro tiempo partió a buscar en Oriente y las promesas cristianas, es
imposible tergiversar más. Tiene que renegar de todas las formas de
magia, de todo ese apego a los signos y a los ídolos, al cual tanto ha
sacrificado. “Comprendo —se dice—, he preferido la creatura al
creador; he deificado mi amor y he adorado, según los ritos paganos, a
aquella cuyo último suspiro fue consagrado al Cristo. Mas si esta
religión dice verdad, Dios puede perdonarme aún” (II, 2). Alguna cosa
se le interpone todavía a cualquier conversión; a su deseo de confesión
se oponen aún el miedo a una “religión temible” y los prejuicios
filosóficos “nacidos de la Revolución” (II, 4). Con toda esta herencia de
libre examen, se siente “estremecer imaginando el cristiano que
haría”. Se acuerda de su infancia, de la influencia que tuvieron sobre
su imaginación las figuras de los dioses antiguos, descubiertos en un
libro y más venerables a sus ojos que “las pobres imágenes cristianas
de la iglesia”; evoca las enseñanzas de su tío, para quien Dios era el
Sol, la piedad de una de sus tías, y la predicación de un inglés que le
había hecho leer el Nuevo Testamento. “No cito estos detalles —recalca
— más que para señalar las causas de cierta irresolución que a menudo
se ha unido en mí al espíritu religioso más pronunciado.” Y sin
transición, en una frase que hemos citado ya, pero que adquiere ahora
su sentido exacto, presenta Aurelia como historia del regreso al
“sentimiento preciso de diversas verdades” que, “apartado largo
tiempo del verdadero camino”, no había recolectado con tenacidad
bastante (II, 4).
Este texto decisivo no tolera dos interpretaciones: se trata, de fijo,
de las verdades cristianas.
Es en ellas donde encuentra una fuerza que
oponer a la desventura, a la desesperanza y al suicidio, que “son
resultado de ciertas situaciones fatales para quien carece de fe en la
inmortalidad, en sus penas y en sus alegrías”. Si alguna duda cupiera,
las escenas siguientes servirían de confirmación espléndida. Una larga
jornada de vagabundeo desesperado a través de París y los terrenos
baldíos de la barrera de Clichy lo conduce finalmente a la calle de la
Victoria, donde encuentra a un sacerdote; le pide que escuche su
confesión y, como al cura no le es posible antes del día siguiente, se
marcha llorando a Nuestra Señora de Loreto, donde implora a la
Virgen perdón para sus faltas. Cuenta de manera profundamente
conmovedora el sacrificio simbólico que hizo entonces de sus vínculos
orientales, y la tremenda impresión que ejerció el sermón sobre él.
Fui a arrodillarme en los últimos lugares del coro y me saqué del dedo un anillo de plata
en cuyo engaste se leían estas tres palabras árabes: ¡Alá! ¡Mahoma! ¡Alí! De inmediato se
encendieron varias velas en el coro y se inició un oficio al cual procuré unirme en espíritu.
Llegados al Ave María, el sacerdote se interrumpió en medio de la oración y volvió a
iniciarla siete veces, sin que pudiera yo hallar en mi memoria las palabras que seguían.
Fue concluida entonces la oración, y el sacerdote pronunció un discurso que me parecía
aludir sólo a mí. Cuando todo se apagó, me levanté y salí […]
No ha llegado aún el instante de la liberación. Las palabras del
sacerdote, todo ese oficio que Gérard pudo suponer celebrado a su
exclusiva intención, no han hecho sino intensificar el sentimiento de la
falta irreparable y de la maldición.
Reaparece la idea del suicidio y el
paisaje parisiense, como tantas veces en el Nerval de Aurelia y de las
Noches de octubre, se metamorfosea en un paisaje simbólico, donde
los juegos de la luz y la sombra concretan el tormento interior. Se
despliega una visión apocalíptica; un Sol negro y un globo rojo sangre
sobre las Tullerías anuncian el principio de la noche eterna; la Tierra
salida de su órbita yerra entre múltiples lunas. Nerval retorna al alba;
al despertar lo asombra ver la luz y oír que un coro misterioso de voces
infantiles repite: ¡Christe! ¡Christe! ¡Christe! “Mas el Cristo ya no
existe, ¡todavía no lo saben!”, se dice, empeñado en asociar las visiones
de luz y de tinieblas a su angustia religiosa. Fue aquella mañana
cuando Nerval fue a dar a casa de Heine, quien lo hizo conducir a la
casa de salud.
Salido de la clínica al cabo de un mes, vuelve a ponerse a vagar por
París, corriendo de Montmartre al Luxemburgo, de las Tullerías a las
Halles, dándole vueltas a San Eustaquio.
Un día entra, se arrodilla
ante el altar de la Virgen pensando en su madre y, al salir, compra un
anillo de plata que ocupa simbólicamente el lugar de la sortija oriental.
Llegado al Jardín de Plantas y sorprendido por la lluvia, cree asistir al
Diluvio; pero arroja su anillo a las aguas y de nuevo sufre una
transfiguración el paisaje, reflejando los acontecimientos interiores.
“Hacia el mismo momento se aplacó la tormenta y empezó a brillar un
rayo de sol. Retornó la esperanza a mi alma” (II, 5).
Con todo, en Passy, donde ha sido vuelto a internar, la tentación
mágica y las antiguas creencias “sincréticas” de Gérard resisten la
invasión de las imágenes cristianas. Se cree encargado de restablecer
la armonía universal “evocando las fuerzas ocultas de las distintas
religiones” (II, 6). Se embriaga con la visión de un universo de secretas
correspondencias. Pero, en pleno éxtasis panteísta, se detiene: la
propia Muerte, en semejante concepción del mundo, sería impotente
para libertarnos, “pues revivimos en nuestros hijos como hemos vivido
en nuestros padres”.
¿Qué es pues una religión que no responde a esa
necesidad de inmortalidad bienaventurada que siente dentro de sí?
Los espíritus hostiles ¿no nos han aprisionado en este orden definitivo
de las generaciones sucesivas y de las reencarnaciones infinitas? ¿No
es peor esto que una condenación eterna?
Con este nuevo andamiaje que alza su espíritu, otra vez asciende en
él la angustia primitiva, el miedo a la Nada. La muerte, si no es una
liberación de los vínculos terrenos, confiere todo su irremediable
horror a “la eterna distinción entre lo bueno y lo malo”, que es el
aspecto metafísico de la obsesión del Doble. A esto es a lo que hay que
sustraerse; “desplazar las condiciones del bien y del mal” ya lo había
soñado, en la época en que, en una vida de viajes y gozoso carnaval,
buscaba el olvido de sus penas (I, 1). Ahora intenta conseguirlo
todavía, no ya recorriendo el mundo de la variedad, del capricho, de
los trajes exóticos, sino el de las creencias; y su mente edifica las
construcciones más frágiles. Isis, la Venus antigua, la Virgen de los
cristianos se confunden de nuevo en una figura mágica en la que
deposita su esperanza (II, 6). Se requerirá el renacimiento de la piedad
y el episodio del joven enfermo para que al fin se aclaren las visiones y
aparezca el Mesías, vencedor de la Muerte, en medio del cántico de la
Tierra entera entonando el perdón. Las perlas, las flores, las aves
rodean con su esplendor las cabalgatas en que la “gran amiga” arrastra
a Gérard.
¡Oh, Muerte!, ¿dónde está tu victoria, puesto que el Mesías vencedor cabalgaba entre
nosotros dos? Su túnica era de jacinto sulfúreo, y sus muñecas y tobillos resplandecían de
diamantes y rubíes. Cuando su vara ligera tocó la puerta de nácar de la nueva Jerusalén,
quedamos los tres inundados de luz […]
Salgo de un sueño dulcísimo; he vuelto a ver a la que yo había amado, transfigurada y
radiante. El cielo se ha abierto en toda su gloria y en él he leído la palabra perdón
rubricada con la sangre de Jesucristo [II, 7].
Este perdón no lo es sólo de la falta que acosaba a Gérard: se
extiende a todos, al Enemigo mismo, al “dios del Norte” que pretendió
machacar con su martillo la santa mesa compuesta de los siete metales
más preciosos.
“¡Desdichado de ti, dios herrero que quisiste quebrar un mundo!
¡Sin embargo, el perdón del Cristo también ha sido pronunciado para
ti! […]
La serpiente que rodea el Mundo ha sido, aun ella, bendecida, y
sus fauces abiertas aspiran la flor de anxoka, la flor azufrada, ¡la flor
esplendente del sol!”
El sueño, así, proclama que el perdón del dios cristiano acabará
por triunfar sobre todos los espíritus del mal, por reintegrar al cielo
hasta a los malditos. Con este mito, que no carece de analogías con las
grandiosas imaginaciones de Hugo en el Fin de Satán, concluyen las
visiones de Nerval; un sueño final lo transporta a Viena y luego a
orillas del Neva: las dos Catalinas, la emperatriz santa Elena, las más
bellas princesas de Moscovia y de Polonia han vuelto sus miradas
hacia Francia. “Vi con ello que nuestra patria se convertía en árbitro de
la querella oriental […]
Mi sueño terminó con la dulce esperanza de
que la paz nos sería por fin concedida” (II, 8). Pues es preciso que el
aplacamiento alcanzado al fin por Gérard sea otorgado a todos los
hombres.
Esta resolución de los conflictos, consumada por el sueño, se
comunica a la vida real. Nerval lo precisa aún en la última página de
Aurelia: la conciencia de estar purificado de sus pasadas faltas y la
certidumbre de inmortalidad, que le “aconteció materialmente, por
decirlo así”, son los dos elementos que en adelante le ofrecerán
“disfrutes morales infinitos”.
¿Es pues esta Aurelia una obra cristiana y puede llegarse hasta a
interpretar como una manera de conversión el alivio al cual llega
Gérard al término de esta obra heroica? No cabe duda: él mismo lo
pensaba, como vimos, y podría asimismo invocarse el prefacio de un
artículo sobre Quintus Aucler en el cual escribía en 1851:
Hay, ciertamente, algo más pavoroso en la historia que la caída de los imperios, y es la
muerte de las religiones… Si fuese cierto que a la religión cristiana no le quedara más de
un siglo de vida, ¡habría que aferrarse con lágrimas y oraciones a los pies ensangrentados
de ese Cristo desprendido del árbol místico, al manto inmaculado de esa Virgen madre —
expresión suprema de la antigua alianza entre cielo y tierra—, último beso del espíritu
divino que llora y echa a volar!
Hasta sería fácil oponer a los movimientos de rebeldía de ciertas
Quimeras, “Anteros”, “Délfica” y sobre todo “Artemisa”:
Más santa es la que surge del abismo entreabierto.
tal o cual verso, de El Desdichado, por ejemplo:
Y atravesé dos veces, triunfante, el Aquerón, modulando alternados en la lira de
Orfeo suspiros de la santa y los gritos del hada.
donde pudiera creerse que se encuentra un eco de las dos partes de
Aurelia, y que, en este segundo soneto, el hada, la santa del abismo, no
es ya la preferida.
Pero es de sobra arriesgado introducir tanta lógica en el mito de
sombra y luz donde se debatía Nerval. Guardémonos de remitir a
dogmas demasiado precisos, a ideologías bien conscientes estas
imágenes que luchan en él.
Es evidente que, en efecto, imágenes cristianas dominan más y
más a medida que se desenvuelve el relato de Aurelia; es evidente
también que el sentimiento de caridad que provoca la certeza del
perdón es de inspiración cristiana. Tampoco es posible negar que en
ciertos episodios, como el de los dos anillos, reside la intención de
renunciar a los errores “orientales” para regresar al cristianismo.
Pero sería arduo hacer concordar este cristianismo con los dogmas
ortodoxos: esta “conversión” es bastante excepcional, confiriendo
valor de revelación a los sueños antes que a las Sagradas Escrituras.
A
decir verdad, Nerval ha triunfado sucesivamente de todas las
tentaciones de rebelión y de magia que se le presentaron; les ha
opuesto una virtud de resignación y una voluntad admirables. Ha
acabado por aceptar las pruebas de su existencia y por aplicar todo su
esfuerzo a darles la significación coherente de una lenta redención.
¿No es mucha presunción, cuando un hombre sometido a semejantes
torturas demuestra tan prodigioso heroísmo, ir a pedirle cuentas de su
ortodoxia y medirla con los raseros ordinarios? Bien lo sabía el
arzobispo de París cuando, fundándose en las declaraciones del doctor
Blanche, le concedió sepultura cristiana, pese al suicidio.
Es al sueño, decíamos, al que Nerval solicita la revelación de las
verdades supremas.
Más bien, incluso, es a un nexo que acaba por
percibir entre el Sueño y la Vida. Mas no ha alcanzado sin esfuerzo
este imperio del soñar, ni más ni menos que el convencimiento de su
propia salvación y de la victoria del Mesías sobre la Muerte. He aquí
una curva final que es posible seguir a lo largo de la obra y que Nerval
subraya con particular insistencia, oponiéndola sin cesar a la idea de
un retorno a la razón. Las últimas frases importa mucho captarlas
como es debido, pues de la interpretación que se les otorgue depende
la de la obra entera. Hablando de aquel otro enfermo que le interesa y
que se cree en el purgatorio, Gérard concluye:
Tales son las ideas extravagantes que dan estos géneros de enfermedades; reconocí en mí
mismo no haber andado lejos de una persuasión igual de extraña. Los cuidados que había
recibido me habían devuelto ya al afecto de mi familia y de mis amigos, y me era posible
juzgar más sanamente el mundo de ilusiones en el que había vivido por algún tiempo.
He aquí algo que parece claro: curado, Nerval reconoce que sus
sueños y sus visiones no fueron sino demencia y renuncia a toda ironía
hacia “eso que se ha convenido en llamar razón”. Pero con una
reserva, y de peso:
“De todos modos, estoy contento con las convicciones que he
adquirido y comparo esta serie de pruebas que he atravesado con lo
que representaba para los antiguos la idea de un descenso a los
infiernos.”
Henos aquí de golpe en otro plano de conciencia, donde sueños y
visiones dejan de ser ilusiones extravagantes, que juzga uno más
sanamente luego de tornar a lo normal; de un descenso a los infiernos
vuelve uno con convicciones absolutamente valederas. El sueño
transforma la vida, revela su valor más profundo. La palabra sueño, es
verdad, no es pronunciada, pero no puede soslayarse el vínculo que
liga esta frase final a la página precedente, y la idea de descenso a los
infiernos a la de una zambullida en los reinos interiores del sueño.
Me animaba a un audaz intento. Decidí clavar la vista en el sueño y conocer su secreto.
¿Por qué —me dije— no forzar esas puertas místicas armado de toda mi voluntad, y
dominar mis sensaciones en lugar de padecerlas? ¿No será posible domar esta quimera
atractiva y temible, imponer una regla a estos espíritus de la noche que se mofan de
nuestra razón? El dormir ocupa un tercio de nuestra vida.
Es la consolación de las penas
de nuestras jornadas o la pena de nuestros placeres, pero nunca he tenido la impresión de
que dormir fuese un reposo. Después de un embotamiento de algunos minutos, comienza
una nueva vida, emancipada de las condiciones del tiempo y del espacio, y afín sin duda
a la que nos espera después de la muerte. A partir de aquel momento me afané buscando
el sentido de mis sueños y esta inquietud influyó sobre mis reflexiones de vigilia. Creí
comprender que existía un enlace entre el mundo externo y el mundo interno […]
El valor extraordinario que concede Nerval al soñar aparece aquí
con plena claridad, con sus aspectos tan diversos: el soñar es, por
principio de cuentas, lo que se entiende más corrientemente por ello,
las imágenes del dormir. Sólo que dichas imágenes constituyen otra
vida, llena de amenazas y señuelos, en la cual escapamos de las
condiciones terrestres. Lo que en ellas podemos percibir “ya desde el
presente” es la prefiguración de la vida eterna; lo que pasa es que para
que los abismos interiores adquieran este excepcional alcance es
preciso forzar sus puertas. Pues en nuestro estado habitual ese mundo
—que hoy llamaríamos el mundo de lo inconsciente— no se nos
manifiesta en toda su pureza. “La inatención o el desorden de
espíritu”, continúa Nerval, falsean las relaciones de ambas realidades,
y así se explica “la extravagancia de ciertos cuadros semejantes a esos
reflejos gesticulantes de objetos reales que se agitan sobre el agua
revuelta”.
Todo atestigua aquí un conocimiento muy inmediato, y captado
con maravillosa sinceridad, de las relaciones imperantes entre las dos
mitades, diurna y nocturna, que constituyen juntas la continuidad de
nuestro ser.
Pero se aprecia, asimismo, una asimilación del mundo de
los sueños a una realidad trascendente, asimilación que es resultado
del largo esfuerzo de Nerval por sustituir con creencias salutíferas los
accidentes de su existencia. No sin razón enmarca toda su confesión
entre dos afirmaciones, apenas diferentes, de esta creencia, de la cual
hace así la idea central de la obra. Las primeras frases de Aurelia lo
dicen con una extraña solemnidad:
El sueño es una segunda vida. No he podido rebasar sin estremecerme esas puertas de
marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes del
dormir tienen la imagen de la muerte; un torpor nebuloso se apodera de nuestro
pensamiento y no podemos determinar el instante preciso en que el “yo”, con otra forma,
continúa la labor de la existencia.
Es un subterráneo vago que se ilumina poco a poco, y
donde se desprenden de la sombra y de la noche las pálidas figuras, gravemente
inmóviles, que habitan la morada de los limbos. Entonces el cuadro se va formando, una
claridad nueva ilumina y pone en juego esas apariciones raras: el mundo de los espíritus
se abre para nosotros.
El movimiento que ha conducido a Nerval hasta estas afirmaciones
es exactamente el mismo que hemos intentado seguir en otros planos:
este gran ritmo, el del relato de Aurelia, comienza con la irrupción,
pasivamente sufrida, de algo que se abate sobre Gérard y, de
infortunio en infortunio, llega a tomar posesión de él por entero. Pero
en el momento en que está a punto de ser derribado, hace un gesto de
rebeldía. Su voluntad vuelve a enderezarse y toda la segunda parte
narra la lucha de esta voluntad por triunfar, por apoderarse de aquello
que de ella se apoderaba: hasta alcanzar la luz final.
Los sueños y las visiones (que Nerval no distingue siempre) de la
primera parte amojonan una progresiva “expansión del sueño en la
vida real” (I, 3): todo adopta un aspecto doble, sin que la memoria
pierda jamás un detalle o la lógica parezca afectada.
Se establece una
continuidad entre los dos mundos, inquietante e inexplicable.
Transportado a visiones agradables, Nerval extraña su existencia
habitual; pero, de vuelta en ésta, lo desconsuela el haber dejado
escapar el paraíso. Sueño y vida son dos mundos entre los cuales se
debate el hombre, atraído igualmente hacia el uno y hacia el otro. En
el estado habitual, estos dos mundos están separados, y la rareza se
inicia en el relato nervaliano en el preciso momento en que el tabique
deja de ser estanco. Angustiado primero, Nerval no tarda en
abandonarse a la especie de euforia que le causa ese tránsito fácil de
un plano al otro.
La única diferencia para mí entre la vigilia y el dormir era que, en la primera, todo se
transfiguraba a mis ojos; cada persona que se me acercaba parecía mudada, los objetos
materiales tenían como una penumbra que modificaba su forma, y los juegos de luz, las
combinaciones de los colores se descomponían, sosteniéndome en una sucesión
constante de impresiones que se empalmaban entre ellas y de las que el soñar, más
desprendido de los elementos exteriores, prolongaba la probabilidad [I, 3].
Luego la diferencia entre ambos mundos vuelve a tornársele
perceptible, aunque, lejos de regocijarse, sufre por ello. En el meollo
del sueño, la conciencia de la recaída próxima en la otra realidad lo
hiere. La grieta que bosteza entre las dos mitades de la vida no
muestra ya su aspecto normal. Este sentimiento se acrecienta después
de los sueños que nutren su certidumbre de inmortalidad futura. En
adelante no está ya separado de aquellos a quienes amó sino por las
horas del día, y espera “las de la noche en una blanda melancolía” (I,
5).
En el instante de la gran desesperación, cuando cree haber
ofendido la memoria de Aurelia, interroga al dormir, pero el soñar
responde con imágenes sangrientas, con la aparición del doble y con
una trabazón cada vez más notoria con los acontecimientos de la
víspera. A Gérard no se le ocurren esas explicaciones que suelen
encontrarse tan sencillas y que admiten que el sueño arma sus escenas
con elementos reales conservados por la memoria: la lógica diferente,
como es ya la suya, lo conduce a otras conclusiones, que parten del
convencimiento de que el mundo de la imaginación es tan real como el
otro: “No sé cómo explicar que, en mis ideas, los sucesos terrestres
podían coincidir con los del mundo sobrenatural, lo cual es más fácil
de sentir que de enunciar claramente” (I, 9).
Aquí adivina, por cierto,
que su evidencia inmediata no es la misma que la evidencia lógica, y
en adelante todos los itinerarios de su espíritu procederán de estas
intuiciones directas.
En vista de que el mundo de los sueños es real y de que ahí
tocamos una esfera que es la de la inmortalidad, Nerval se impone la
tarea de ir al encuentro, desde ahora, de todo lo que el sueño puede
entregarle del Más Allá. A la pasividad que le hiciera asistir al
espectáculo de los sueños sucederá el esfuerzo de conquista.
“Empleaba todas las fuerzas de mi voluntad para penetrar más en
el misterio del cual había alzado algunos velos. El sueño se burlaba a
veces de mis esfuerzos y no traía sino figuras gesticulantes y fugitivas”
(I, 10).
Toda la segunda parte cae bajo el signo de esta decisión de
imponerse, de bajar a los abismos del sueño en pos de sus tesoros:
“Con la idea que me había hecho de que el sueño abría al hombre una
comunicación con el mundo de los espíritus, esperaba…, esperaba
aún”. Pero los primeros sueños de esta época son sombríos, henchidos
de fatales apariciones y de advertencias desesperantes. Los mismos
tintes se extienden, más y más, sobre la vida despierta y sobre el
sueño: pesadillas sangrientas e incursiones en ciudades maravillosas o
jardines deliciosos alternan, gobiernan la sucesión de los espantos y de
las esperanzas.
Todos los acontecimientos sucesivos, anuncio del
perdón, venida del Mesías, suceden en el sueño. Pero a fin de cuentas
—y ahí está la señal del triunfo— lo obtenido en sueños queda
asegurado también para la vida despierta. Todas las certezas y
promesas adquiridas en el universo espiritual, luminoso en adelante,
son ganadas por el mundo terrestre, al cual Gérard vuelve a descender,
aplacado.
Victoria bastante ilusoria, hay quien dice, ya que, sin haber siquiera
acabado de repasar las pruebas de imprenta de Aurelia, Gérard
Labrunie, llamado de Nerval, apareció ahorcado, con levita y sombrero
negros, pantalón gris verdoso y polainas grises, en el siniestro callejón
de la Vieja Linterna, donde fue a parar una noche de enero, después de
días enteros de lamentables peregrinaciones. ¿Recaído en la locura?
¿Abandonado por la confusa exaltación que le dictó los engañosos
ensueños de aquella Aurelia destinada a demostrar que no estaba
loco? O bien —dado que había logrado salir de Passy con el propósito
declarado de rehacer su reputación literaria— ¿vencido por la
imposibilidad de escribir, por la miseria, por el miedo al derrumbe
material?
No, todo esto es demasiado sencillo, demasiado próximo a lo que
puede sucederle a cualquiera, demasiado acorde con la lógica. Jamás
se sabrá lo que ocurrió realmente, pero es seguro que no correspondía
a ningún curso del espíritu que estemos en condiciones de
reconstituir. Además —lo cual importa mayormente—, esta catástrofe
no invalida en nada la victoria de Aurelia y la autenticidad de la
victoria alcanzada. Las certidumbres adquiridas, conquistadas a la
enfermedad, al sueño, a la vida normal, ¿quién nos demuestra que
Gérard de Nerval no las conservara, intactas, en el momento de aquel
gesto suyo que llamamos nosotros desesperado?
La obra está ahí y continúa testificando, como lo haría si nos
hubiese llegado sin que supiéramos nada acerca de su autor. Pues nos
habla el lenguaje de la poesía; si es convincente, esto se debe a toda la
música que hay en ella, a los tesoros de todo orden que encierra y que
cien lecturas no agotan, ni más ni menos como la prosa de Rimbaud
no pierde sus destellos por ser retomada sin cesar. No quiere esto decir
—¡muy al contrario!— que haya en este género de obras una belleza de
“forma”, del todo “literaria”, que pudiera admirarse a despecho de otra
cosa, que sería su “contenido”.
Precisamente en estas obras hechas de
iluminaciones interiores, la belleza que se admira procede de que todo
alude a una realidad infinitamente misteriosa pero infinitamente real:
y esta misma realidad no prueba su presencia de otro modo que no sea
el encanto inextinguible que ejerce la música alusiva de las palabras.
Entre Nerval y Rimbaud, en efecto, hay más semejanzas de las que
parecería a primera vista. Cierto, hay gran diferencia entre el
adolescente que es trastornado por una brusca iluminación poética y
este cuadragenario impelido a crear, en vísperas de su muerte, una
obra que nada anunciaba en sus escritos previos, voluminosos ya. Pero
la “temporada en el infierno” del uno, el “descenso a los infiernos” del
otro, exhiben no pocas analogías, así fuese sólo en esa ambición de
conquistar poderes excepcionales, y en las dudas, los remordimientos,
el temor de ser maldecido por haberse atrevido a alzar el velo del
misterio. “Demasiado quería yo hacer retando a la muerte”, escribió
Nerval. Y Rimbaud renunció a su tentativa angélica “porque estaba
mal”.
Uno y otro descubrieron también que hay un método, una especie
de ascesis necesaria para la conquista de la poesía tal como la
entendían: al “quiero ser poeta y trabajo para hacerme vidente” de
Rimbaud, corresponde este fragmento, más humilde de tono, que
Nerval dejó extraviarse, ya en 1844, en una revista:
No pido a Dios que cambie nada de los acontecimientos, sino que me cambie a mí en
relación con las cosas, que me deje el poder de crear a mi alrededor un universo que me
pertenezca, de dirigir mi eterno sueño en vez de sufrirlo.
Y sobre todo este pasaje de los manuscritos de Aurelia:
No hay que ofender el pudor de las divinidades del sueño. Hay que cultivar ideas puras y
sanas para tener sueños lógicos. Guardados de la impureza que disgusta a los buenos
espíritus y atrae a las divinidades fatales. Cuando vuestros sueños son lógicos, son una
puerta abierta, marfil o cuerno, que da al mundo exterior […]
Aquí se capta el auténtico sentido de la confianza en los sueños que
tenía Nerval: veía en ellos un medio de descubrimiento: no sólo de
descubrimiento de uno mismo sino de conocimiento de la realidad
última. He ahí una actitud romántica, más próxima, por lo demás, al
romanticismo alemán que al francés. Rebasando la etapa del
subjetivismo que no es sino expresión lírica, despliegue, confesión de
sentimientos personales, desciende en sí mismo hasta los “infiernos”,
hasta esas regiones, las más hondas, las más centrales, donde el
místico alcanza por fin la sola realidad. El sueño es uno de los medios
de que disponemos que permiten escapar de la conciencia del
individuo cerrado sobre sí mismo. “Todo descenso en sí —dijo Novalis
—, toda mirada hacia el interior de nosotros mismos, es al mismo
tiempo ímpetu hacia el cielo, mirada hacia el verdadero mundo
exterior.”
Quienes se arriesgan a esas profundidades vuelven con estas obras
singulares y perdurables que no conservan de quien las escribió el ser
accidental y perecedero, sino su esencia y su faz mítica.
Semejantes
exploraciones no carecen de peligro, pues el que se aventura en ellas se
compromete entero: la obra se confunde con su propio destino, es el
medio por el cual intenta acceder a la región donde transcurre no ya su
historia terrestre, sino su destino eterno. Igual que el místico, paga con
la aniquilación de su persona esta inmersión en la noche.
Visto lo cual, nada tiene de sorprendente que estas obras actúen
sobre nosotros con tal seducción particular, “mágica”, inagotable.
Cada frase es una trampa tendida que guarda prisionero un fragmento
de aquel universo que todos sabemos que existe, aunque sus ecos nos
lleguen sólo en ciertos sueños o en la hechicería poética. Los magos
que captan dichos ecos obedecen a reglas particulares que les imponen
una atención infinita a la forma: nada es más preciso que un rito
mágico.
Estos poetas no escogen sus palabras o sus imágenes de acuerdo
con alguna ley de inteligibilidad que habrían acordado con el común
de los mortales: eligen estas sonoridades y estas alusiones,
intraducibles en sí mismas, que despiertan en ellos las ondas infinitas
de una emoción reveladora: será tal flor, tal color, tal nombre de Dios,
o aun tal sílaba, que una asociación con el recuerdo enteramente
personal de un instante favorecido cargará para ellos de un valor
afectivo. Para ellos solos, empezaría por decirse; pero si son auténticos
magos y siguen con plena sinceridad esas suertes de choques
interiores que causan en todo hombre ciertas imágenes, se producirá
el milagro y el lector sabrá que el poema le habla de una realidad
profunda.
Los sonetos de Nerval, de los que escribía él mismo que “perderían
encanto si fueran explicados, de ser posible tal cosa”, son los más
bellos ejemplos de esta poesía.
Pacientes indagaciones han conseguido
localizar sus elementos en la biografía o las lecturas del poeta; mas
todas las tentativas de intrusión lógica no han pasado de ser vanas,
pues nadie puede saber exactamente lo que tornaba irremplazable
cada uno de estos elementos.
Ni el mismo Nerval hubiera sabido decirlo y, no obstante, el
simbolismo auténtico de estos poemas despierta en nosotros ecos
infinitos.
Vuelve otra vez la Trece —¡y es aún la Primera!
Y es la sola, la única —¿o es el único instante?
Dime, Reina, ¿tú eres la inicial o la postrera?
Y tú, Rey, ¿el primero?, ¿eres el solo amante?
Amad a la que vuelve la muerte nacimiento,
Aquella que yo amaba por siempre es ya mi esposa,
Es la Muerte —o la Muerta— ¡oh, delicia, oh tormento!
En su mano florece la regia Malva Rosa.
Santa napolitana de manos como flamas,
Flor de Santa Gudula, rosa de soledades,
¿Encontraste tu cruz en el cielo desierto?
¡Caed, blancos fantasmas, de vuestro cielo en llamas!
Rosas blancas, ¡caed! —insultáis mis deidades.
Más santa es la que surge del abismo entreabierto.
[Traducción de Octavio Paz]
Pero la prosa de Nerval no es menos mágica. No concibo que se
puedan leer sin emoción infinita ciertas páginas de Sylvie, o una cita
como ésta, cuyo simbolismo de colores ejerce una atracción que
desafía a cualquier análisis:
Este amor vago y sin esperanza, concebido hacia una mujer de teatro, que hacía presa en
mí cada noche, a la hora del espectáculo y no abandonaba sino a la hora del sueño, tenía
su germen en el recuerdo de Adriana, flor de la noche abierta a la pálida claridad de la
Luna, fantasma rosa y blondo deslizándose por la hierba verde bañada a medias en
blancos vapores.
O este fragmento de Pandora:
A este espectáculo sucedieron apariciones fantásticas, imágenes de los dioses
subterráneos. La sala estaba revestida de rojo y rosetones de diamante negro destellaban
bajo los resplandores de la sombra.
Casi todas la visiones de Aurelia, lúgubres o espléndidas, la de las
lunas innumerables y errantes sobre las Tullerías, como la del
descenso a través de la Tierra en fusión, pertenecen a esta poesía
milagrosa.
Pero nada es más extraordinario que el regocijo del
Universo al aparecer el Mesías:
Desde el seno de las tinieblas mudas han resonado dos notas, una grave, la otra aguda, y
el orbe eterno se ha puesto a girar en el acto. ¡Bendita seas, oh primera Octava, que inició
el himno divino! De domingo a domingo enlaza todos los días en tu red mágica. Las
palabras cantan a los valles, los manantiales a los arroyos, los arroyos a los ríos y los ríos
al Océano; el aire vibra y la luz besa armoniosamente las flores nacientes. Un suspiro, un
estremecimiento de amor brota del seno henchido de la Tierra y el coro de los astros se
extiende por lo infinito; se aparta y retoma sobre sí mismo, se contrae y se expande,
sembrando a lo lejos los gérmenes de las creaciones nuevas.
No se sabe qué hay, en estas imágenes y en estas palabras sin
originalidad notable, que se eleva, echa alas y hace como una danza
aérea. Aun en ciertas cartas de la demencia, por siempre inexplicables,
estallan frases como ésta: “Hace tan buen tiempo, que es imposible
encontrarse o besarse en las casas” (a lo cual hace un extrañísimo eco
Nietzsche loco, a quien “hubiera gustado estrechar en sus brazos y
besar a todo el mundo en la calle, y trepar hasta lo alto de las casas”).
O, si no, la nota que le escribía a su tía la antevíspera de su muerte:
“No me esperes esta tarde, pues la noche será negra y blanca”. La
noche. Aquí está de nuevo en un fragmento de poema:
Cuando un viento aromado nos devuelve en su queja
los sones mortecinos de alguna antigua endecha…
¡Esos fuegos enfrente, caprichosos, bermejos,
suben como un camino espléndido a los cielos!
Es como si dijera Dios a mi alma sufriente:
—Deja ese mundo impuro, la turba indiferente,
huella con paso firme esta ruta que luce
y —ven a mí, hijo mío… y —¡¡¡no esperes LA NOCHE!!!
[Traducción de G. Deniz]
La prueba final que ofrece de su autenticidad, de su “realidad”
absoluta una obra como Aurelia, es su resistencia a toda exégesis.
Pueden trazarse líneas, seguir el entremezclado de ciertos temas y
reanudar entonces la lectura: el encanto sigue intacto, entero el
misterio. El profanador que ha pretendido atrapar ideas se encuentra
ante el mundo, profundo en otro grado, de las imágenes, sirenas
eternas cuyo llamado sigue hacia los paisajes móviles del sueño, donde
todo prepara el advenimiento de una aurora prometida.
Ginebra, agosto de 1936.
1Cito el texto de Aurelia de acuerdo con la excelente edición preparada por H. Clouard
(Divan), indicando siempre (pues la sucesión de las etapas interiores tiene su importancia) la
parte y el capítulo: I, 2; II, 3, etc. Las cartas y fragmentos proceden de la Correspondance
publicada por J. Marsan (Mercure) o de la inapreciable biografía por A. Mari