Jack London
El
mexicano
EL
MEXICANO
Nadie conocía su historia, y,
naturalmente, mucho menos la gente de la Junta. Era su pequeño secreto, y a su
manera trabajaba por la inminente Revolución mexicana al menos tan duro como
ellos. Tardaron mucho en reconocerlo, pues a nadie, en la Junta, le caía bien
aquel hombre. La mañana en que transitó por primera vez por sus repletos y
ajetreados despachos, todos sospecharon de él creyendo que era un maldito espía
del servicio secreto de Díaz. Muchos camaradas estaban en prisiones civiles y
militares dispersas por los Estados Unidos, y otros, cargados de cadenas, eran
conducidos todavía al otro lado de la frontera para ser fusilados frente a
paredones de adobe.
Cuando vieron por primera vez al
muchacho nadie recibió una impresión favorable. Realmente era un niño. No
tendría ni dieciocho años. Aseguró trabajar para la revolución. Eso fue todo lo
que salió de su boca, ni una sola palabra más, ni una mísera explicación. Se
quedó de pie. Esperaba algo que no sabía bien qué era. No brillaba ninguna
sonrisa en sus labios ni en sus ojos la viveza del genio.
El valiente Paulino Vera sintió
un leve estremecimiento. Se encontraba ante algo misterioso e inescrutable. En
los oscuros ojos del chico hervía veneno, como si perteneciesen a una
serpiente. Ardían como un fuego sombrío y helado y daban la impresión de que
una inmensa tristeza los dominaba. Apartó la vista de los inquisitivos rostros
de los revolucionarios y la dirigió a la máquina de escribir y a la pequeña
Mrs. Sethby. Sus ojos se posaron en ella durante un momento y también a ella le
atenazó una sensación extraña que la dejó paralizada. Necesitó volver a leer la
carta que estaba escribiendo desde el principio para recuperar el hilo.
Paulino Vera observó
interrogativamente a sus compañeros, y ellos le devolvieron una mirada
indecisa. Sobre aquel muchacho gravitaba la amenaza de lo desconocido. Una
impresión que se hallaba fuera del alcance del entendimiento de aquellos
revolucionarios, cuyo feroz odio hacia Díaz y su tiranía era, al fin y al cabo,
el sentimiento natural de unos patriotas honestos y de unas personas sencillas.
Pero en el recién llegado había algo más, aunque no sabían qué. Vera, siempre
el más impulsivo de los tres combatientes, fue el primero en reaccionar.
—Muy bien —comenzó, fríamente—.
Afirmas que quieres trabajar en pro de la revolución. Cuelga allí la chaqueta.
El suelo está muy sucio. Ven, te enseñaré dónde están el cubo y la fregona.
Comenzarás por los suelos. Las escupideras también necesitan un poco de
limpieza. Luego seguirás con las ventanas.
—¿Es por la revolución? —quiso
saber el muchacho.
—¡Por la revolución! —ratificó
Vera.
El joven les observó mientras se
quitaba la chaqueta.
—Está bien —dijo, concluyendo la
conversación.
Todas las mañanas barría, fregaba
y limpiaba la oficina. Después vaciaba la ceniza de las estufas, acarreaba el
carbón y encendía el fuego para caldear el espacio antes de que llegara a la
sede el más madrugador de todos aquellos incansables luchadores por la
libertad.
—¿Podría quedarme a dormir aquí?
—preguntó el joven en una ocasión.
¡De modo que era eso...! ¡El
tirano Díaz empezaba a mostrarse! Pernoctar en aquellas habitaciones
significaba tener acceso a los secretos de la revolución, a los archivos de la
Junta en los que se podían encontrar nombres y direcciones de insurgentes en
suelo mexicano. La petición fue denegada tajantemente, y el joven Rivera no
volvió a hablar más del asunto.
No se sabía el lugar en el que el
muchacho pasaba las noches, y tampoco dónde o de qué se alimentaba. En una
ocasión, Arellano le ofreció un par de dólares. Rivera rechazó el dinero
sacudiendo la cabeza con contundencia. Cuando Vera insistió, intentando que lo
aceptara, el chico declaró:
—Estoy trabajando para la
revolución; no lo hago por dinero.
Una revolución resulta muy cara,
y la Junta siempre se encontraba en situaciones de necesidad. Los
revolucionarios pasaban hambre, pero trabajaban duramente. Las jornadas más
largas jamás eran demasiado largas, y en ocasiones parecía que la revolución
podría triunfar o fracasar por unos míseros dólares.
Una vez, cuando se debían dos
meses del alquiler y se les amenazaba con el desahucio, Felipe Rivera, el
muchacho de la limpieza, el chico que vestía una ropa vieja y raída, fue quien
puso sobre el escritorio de May Sethby sesenta dólares en oro.
En otra ocasión, cuando más de
trescientas cartas (peticiones de ayuda, misivas en busca de apoyo a las
organizaciones laborales, protestas contra el trato que infligían a los
revolucionarios los tribunales de USA) habían dejado de enviarse por falta de
dinero y no quedaban recursos en la Junta para conseguir los sellos necesarios,
de nuevo el joven Rivera fue una pieza trascendental. Las cartas debían salir,
y la Oficina de Correos no concedía crédito a los compradores de estampillas.
Cuando todo parecía perdido, Rivera se caló su viejo sombrero y salió. Al
volver unas horas después, dejó amablemente mil sellos de dos centavos sobre el
escritorio de May Sethby.
—Me pregunto si no será el
maldito oro de Díaz —comentó, inquieto, Vera a sus camaradas. Los otros alzaron
las cejas sin saber qué decir.
Felipe Rivera, el chico que
limpiaba para la causa, siguió suministrando oro regularmente para la
revolución.
A pesar de su entrega, los
hombres de la Junta no lograban confiar en el silencioso muchacho, ya que su
manera de actuar era distinta a la que estaban acostumbrados. No era una
persona dada a conspirar ni a hacer confidencias. Eludía con habilidad
cualquier intento de intimar, y jamás, a pesar de su juventud, fueron los
revolucionarios capaces de ver en él algo más que un misterio.
—Es posible que sea un espíritu
solitario —dijo Arellano con acusada melancolía.
—No es un hombre normal —añadió
Ramos.
—Su alma se ha transformado en piedra
—declaró May Sethby—, Su sonrisa se ha consumido en sus entrañas. Es como si
estuviera muerto, y, sin embargo, está endiabladamente vivo.
—Viene del infierno —indicó
Vera—. Solamente un hombre que conoce las tinieblas puede tener esa profundidad
en la mirada.
Pese a todo, los hombres de la
Junta no podían evitar que Rivera les resultase antipático. No hablaba, no
preguntaba nada, nunca hacía sugerencias, jamás sonreía. Escuchaba inexpresivo,
como un ser inerte, salvo sus oscuros ojos, que ardían fríamente cuando los
contestatarios se enardecían mientras hablaban de la revolución. Su mirada
incandescente transitaba entre los acalorados rostros, desconcertándolos,
taladrándolos como si fuesen témpanos.
—No es un espía —aseguró Vera en
una ocasión a May Sethby—. Es un auténtico patriota, créame. Rivera es el mayor
patriota de todos nosotros. Lo sé, lo siento en mi corazón y en mi cabeza.
Pero, aun así, soy incapaz de conocerle.
—Tiene muy mal carácter —opinó
May Sethby.
—Lo sé —repuso Vera con un
estremecimiento—. Me ha mirado con esos ojos, unos ojos que no son capaces de
amar. Unos ojos que amenazan; tan salvajes como los de un felino. Estoy seguro
de que si fallara a la causa, de que si traicionara a la revolución, ese chico
no dudaría ni un instante en eliminarme. En su pecho no late un corazón. Es
despiadado y glacial como el hielo. Su mirada es como la luz de la luna en una
noche de invierno. Nunca me asustaron ni Díaz ni sus secuaces; sin embargo, él
consigue aterrarme. El aliento de la muerte gravita sobre él.
Unos días después, fue Vera quien
convenció a la Junta de dar a Rivera una oportunidad. La comunicación entre Los
Angeles y la Baja California se había visto interrumpida.
Tres de los camaradas que se
encargaban de esos menesteres habían sido obligados a cavar sus propias tumbas
antes de ser fusilados. Otros dos revolucionarios habían sido hecho prisioneros
de los Estados Unidos en Los Ángeles. Juan Alvarado, el jefe federal, era un
enemigo inexorable. Daba al traste de un plumazo con todos sus planes. Era
necesario restablecer las relaciones, debían tener acceso a los militantes
activos de la Baja California.
Rivera recibió instrucciones e
inmediatamente partió hacia el sur. Cuando regresó algunos días después, la
conexión se había reanudado, y el sanguinario Juan Alvarado había sido
asesinado. Le habían encontrado en la cama, con un puñal clavado en su pecho.
Esto excedía las órdenes que el
joven Rivera había recibido, pero los de la Junta no le hicieron ninguna
pregunta. Él no dijo una sola palabra. Las conjeturas brotaron como agua de la
fuente.
—Ya os lo decía yo —comentó,
enardecido, Vera—. Díaz tiene en Rivera a su más terrible enemigo. Debe temer
más a este joven que a cualquier ejército. Es implacable.
El mal carácter del muchacho
quedaba demostrado con fehacientes pruebas físicas. Rivera, con frecuencia,
aparecía con un labio roto o una mejilla amoratada; síntomas inequívocos de
estar metido en reyertas.
Era evidente que el mundo
exterior donde comía y dormía era completamente desconocido para los hombres de
la Junta. A Rivera se le encomendó mecanografiar la pequeña hoja revolucionaria
que la Junta editaba semanalmente. Había veces en que no podía teclear, ya que
sus nudillos estaban magullados y contusos, sus pulgares lesionados e inútiles,
o uno de sus dos brazos colgaba fatigosamente de un costado, mientras su rostro
evidenciaba un dolor silencioso.
—Un delincuente —decía Arellano.
—Frecuenta los bajos fondos
—aseguraba Ramos.
—¿Y el dinero! —inquiría Vera—.
Acabo de enterarme que que ha pagado el papel. Eran ciento cincuenta dólares.
—¿Y sus ausencias? —añadía Vera—.
Jamás las explica.
—Tendríamos que espiarle
—proponía Ramos.
—A mí no me gustaría ser ese
espía — declaraba Vera—. Estoy seguro de que sólo me verían de nuevo en mi
entierro. Su cólera es terrible. Ni el mismo Dios podría interponerse entre él
y el destino de su poderosa furia.
—Para mí, Rivera es poder en
estado puro. Es el hombre primitivo, el lobo que aúlla en la noche, la
serpiente de cascabel —apostillaba, soñador, Arellano.
—Es cierto, es la misma
revolución —decía Vera—. Es la llama que alienta y el espíritu de este
movimiento revolucionario, el insaciable alarido de venganza. Es un ángel
exterminador que brilla salvaje como un heraldo de la noche.
—Tal vez, pero a mí me da lástima
—opinaba May Sethby—. Está solo. No intima con nadie. Odia a todo el mundo. A
nosotros nos tolera, porque nos utiliza para sus deseos —su voz se rompió en un
sollozo.
Todo lo que rodeaba a Rivera era
realmente un misterio. En ocasiones desaparecía durante varios días, y una vez
llegó a ausentarse algo más de un mes. Siempre terminaba volviendo, y entonces,
silenciosamente, depositaba sobre el escritorio de May Sethby un buen montón de
monedas de oro. Después, durante semanas, dedicaba todo su tiempo a la
revolución. Llegaba muy temprano a la oficina de la Junta y permanecía allí
hasta altas horas. Se le podía encontrar a medianoche, mecanografiando
febrilmente, con los ojos destellando en la oscuridad y los nudillos hinchados.
Se acercaba un tiempo crucial, un
momento decisivo para que la revolución estallase. Dependía completamente de
los hombres de la Junta, de sus esfuerzos. El dinero era necesario, pero
resultaba mucho más difícil de obtener que nunca. Los simpatizantes a la causa
habían entregado hasta el último centavo, y algunos de ellos estaban
contribuyendo con la mitad de su escaso salario. Pero se necesitaba más.
La agotadora y clandestina tarea
estaba a punto de explosionar, dando sus frutos. La revolución había madurado,
pero su desarrollo danzaba buscando el equilibrio. Un empujón más, un último
sacrificio heroico, y temblaría, desbordando los cauces y conquistando la
victoria.
Una vez iniciado, el
levantamiento sobreviviría por sí mismo. El aparato de Díaz al completo se
derrumbaría como un frágil castillo de naipes. En la frontera todo estaba a
punto para el levantamiento. Cien hombres esperaban la señal para cruzar la
frontera y conquistar la Baja California. Pero se necesitaban armas. Miles de
personas las esperaban: gentes de todas clases y condición, desde aventureros,
soldados de fortuna o bandidos, hasta los más airados sindicalistas, así como
socialistas y anarquistas, truhanes y honrados exiliados mexicanos, peones
escapados de la servidumbre y mineros procedentes de los yacimientos de Coeur
d’Alene y Colorado, que estaban deseosos de luchar para vengar su situación. Un
poderoso torrente de espíritus salvajes vibrando con violencia en un
enloquecido deseo. Su petición incesante era siempre la misma: armas y
municiones, municiones y armas, para poder lanzarse a la revolución.
La revolución estallaría en las
manos de Díaz simplemente lanzando a esta masa heterogénea, furiosa, intensa y
vengativa a través de la línea fronteriza. Los accesos del norte serían
tomados, y el gobierno no tendría con qué oponerse. No se atrevería a enviar el
grueso de sus fuerzas armadas a la frontera septentrional, pues se imponía
mantener la paz en el sur. No obstante, a pesar de todas sus cautelas, el fuego
revolucionario se extendería imparable hasta el sur. El pueblo se alzaría. Uno
tras otro, todos los estados caerían bajo la fuerza inexorable de aquella
insurrección. Al final, desde todos los puntos de la geografía mexicana se
marcharía sobre la ciudad de México, el último refugio de Díaz.
Pero para que esto tuviera lugar
se necesitaba dinero, mucho dinero. Los hombres estaban impacientes por
lanzarse al combate y los traficantes de armas preparados para venderlas. Pero
llevar la revolución hasta ese punto había dejado exhausta, económicamente hablando,
a la Junta. Se había gastado hasta el último dólar, se habían consumido todos
los recursos, los militantes y simpatizantes habían aportado todo lo
humanamente posible; y, a pesar de ello, la revolución seguía temblando. ¡Armas
y municiones! ¿Pero, cómo conseguirlas? Arellano se arrepentía de los derroches
de su juventud. Ramos maldecía por sus terrenos confiscados. May Sethby se
preguntaba si no hubiera sido diferente de haber sido los de la Junta más
sobrios en el pasado.
—Pensar que la libertad de México
depende de unos miserables miles de dólares —maldijo Paulino Vera.
La desesperación brillaba salvaje
en los ojos de los líderes de la Junta. José Amarillo, la última esperanza, un
nuevo adepto que había comprometido una espléndida contribución, había sido
fusilado frente al muro de su propio establo. La noticia acababa de llegar.
Rivera, que estaba fregando el
suelo arrodillado, levantó la vista, sosteniendo la bayeta en el aire, y con
sus brazos desnudos empapados de agua sucia y jabonosa, preguntó:
—¿Bastarán cinco mil?
Ellos le miraron perplejos. Vera
asintió y tragó saliva. No podía hablar, pero al instante quedó investido de
una fe sin límites.
—¡Encargue las armas! —ordenó
Rivera, y emitió el mayor torrente de palabras jamás escuchado por ellos—. No
hay tiempo que perder. En tres semanas le traeré los cinco mil. Entonces hará
más calor y será mejor para los combatientes. Lo siento, no puedo hacer nada
más.
Vera luchó contra su fe. ¡Era
increíble! Desde que se había enrolado en el juego de la revolución, demasiadas
esperanzas acariciadas se habían desvanecido. Creía en este muchacho de ropas
raídas que fregaba el suelo para la revolución, y sin embargo no se atrevía a
creer.
—¡Estás loco! —exclamó.
—En tres semanas —insistió
Rivera—. ¡Encargue las armas! Se levantó, se desenrolló las mangas de su camisa
y se puso la chaqueta.
—¡Encargue las armas! —repitió,
antes de salir decidido a conseguir lo necesario para ello.
Tras muchos nervios, numerosas
llamadas de teléfono y demasiadas malas palabras, en el despacho de Kelly tenía
lugar una reunión nocturna. El problema era el siguiente. Había traído a Danny
Ward desde Nueva York y había arreglado un combate con Billy Carthey. Faltaban
solamente unas semanas para la velada, pero desde hacía unas horas Carthey se
encontraba postrado en la cama, con un grave problema de salud. No había nadie
que pudiera sustituirle. Kelly había enviado cientos de mensajes a todos los
pesos ligeros que pudo encontrar, ofreciendo el combate, pero todos estaban
ocupados por esas fechas. Pero, de pronto, renació la esperanza, y aunque era
débil, Kelly se aferró a ella.
—Tienes coraje —le dijo Kelly a
Rivera en cuanto le echó el primer vistazo.
A los ojos del joven
revolucionario asomaba una expresión de odio, pero su rostro permanecía
inalterable.
—Puedo vencer a Ward —proclamó.
—¿Cómo? ¿Le has visto combatir?
Rivera sacudió negativamente la
cabeza.
—Te puede ganar con una mano
atada a la espalda.
Rivera simplemente se encogió de
hombros.
—¿No dices nada, valiente?
—musitó Kelly.
—Puedo vencerle.
—¿Con quién has peleado?
—preguntó Michael Kelly. Michael era el hermano del promotor, y dirigía las Apuestas Yellowstone, donde había
obtenido grandes sumas de dinero con el boxeo.
Rivera le concedió el favor de
una mirada amarga y silenciosa.
El secretario del promotor, un
joven de indudable aspecto deportivo, estalló en una risa estruendosa.
—He mandado llamar a Roberts
—gruño Kelly—. Vamos a esperar a ver cuál es su parecer, aunque, en mi opinión,
no tienes ni una sola oportunidad. Hay que tener cuidado con una mala pelea. Me
puedo poner a todo el público en contra. Hay mucho en juego. Las localidades se
venden a quince dólares.
Cuando Roberts llegó, se podía
apreciar que estaba ligeramente borracho. Era un hombre alto y delgado, y tanto
su forma de andar como su manera de hablar eran pausadas y suaves.
Kelly fue directo al grano.
—Andas presumiendo de haber
descubierto a este mexicano. Como sabes, Carthey tiene el brazo fracturado.
Bien, este jovencito ha venido hoy aquí asegurando que quiere sustituir a
Carthey. ¿Qué te parece? ¿Que opinas de esta locura, Roberts?
—Bien, Kelly —llegó la lenta
respuesta tras unos instantes de tenso silencio—. Hará un buen combate.
—Imagino que ahora asegurarás que
este mequetrefe puede vencer a Ward —comentó Kelly con sorna.
Roberts reflexionó durante unos
instantes.
—Ward es un buen boxeador, uno de
los amos del ring, pero puedo
garantizarte algo: no le resultara fácil dejar fuera de combate a Rivera.
Conozco al mexicano. Es imposible alcanzarle en el estómago. Es como si no
tuviera estómago. Y le pega muy duro con las dos manos. Lanza sus peligrosos
puños desde cualquier posición.
—Eso me da igual. ¿Qué tipo de
espectáculo dará? Llevas descubriendo y entrenando boxeadores durante toda la
vida. Tu opinión merece mi credibilidad. ¿Crees que Rivera puede brindar al
público un buen combate?
—Naturalmente, y es más: le
causará a Ward muchos problemas. No conoces a ese chico. Fui yo quien le
descubrió. Es un verdadero diablo. Dejará a Ward sin habla. No me atrevo a asegurar
que le vencerá, pero ofrecerá muy buen espectáculo y todos podréis ver que
Rivera es un magnífico luchador con un prometedor futuro.
—Está bien —dijo Kelly
volviéndose hacia su secretario—. Vete a buscar a Ward. Está en el Yellowstone, exhibiendo sus músculos y
saboreando su popularidad.
Kelly se dirigió de nuevo a
Roberts, diciéndole:
—¿Quieres beber algo?
Roberts tomó un sorbo de whisky y
se relajó. Después comenzó a hablar muy despacio:
—Nunca he contado a nadie cómo
conocí a Rivera. Apareció por el gimnasio hará unos dos años. En aquel momento
yo estaba preparando a Prayne para una pelea con Delaney. Como sabes, Prayne,
cuando se entrena, es cruel y despiadado con sus sparrings, y aquella mañana no conseguía encontrar a nadie que
estuviera dispuesto a subir al cuadrilátero con él.
»Fue en ese momento cuando
descubrí a este pequeño mexicano muerto de hambre. Estaba desesperado y, sin
pensarlo mucho, le agarré, le enfundé unos viejos guantes y le solté en el ring. Se veía que era un hombre duro, pero
estaba débil y lo desconocía todo del boxeo, Prayne lo arrinconó contra las
cuerdas, pero fue incapaz de tumbarlo. El muchacho resistió dos duros asaltos
justo antes de desmayarse. El castigo, por el que le di medio dólar y una
comida abundante, fue terrible. Ni que decir tiene que la devoró. No había
probado bocado en dos días.
«Recuerdo que pensé que jamás
volvería a verle a aquel chico, pero, a la mañana siguiente, allí estaba de
nuevo, dispuesto a ganarse otro medio dólar. Fueron pasando los días y su
técnica fue mejorando. Es más duro que una piedra. No tiene corazón, y otra
cosa muy importante: nunca le he oído más de diez palabras seguidas. Se limita
a hacer su trabajo. No habla. No ríe. No llora. Solamente combate.
Ya lo veo —comentó el secretario—,
¿Tiene experiencia en el cuadrilátero?
—Ha probado los puños de algunos
de los más importantes pesos ligeros —repuso Roberts—. Ha aprendido mucho de
ellos. En mi opinión, sería capaz de tumbar a varios. Pero siempre parecía
estar ausente, muy lejos de la pelea. Nunca le ha gustado este deporte, o, al
menos, eso podía deducir de su comportamiento.
—Pero últimamente ha peleado en
algunos garitos informó Kelly.
—Es cierto. De repente comenzó a
combatir en modestos tugurios, barriendo a todos los pesos ligeros con los que
se enfrentaba. Quería el dinero, y, aunque por la ropa que lleva nadie lo
diría, ha ganado bastante. Es un hombre singular. Nadie conoce sus asuntos; ni
siquiera se sabe cómo pasa el tiempo libre. Cuando está trabajando, en cuanto
terminan los combates desaparece sin dejar rastro. En ocasiones se pierde
durante semanas. No hace caso a nadie. El individuo que consiga ser su
representante obtendrá mucho dinero. Pero todas las palabras resultan inútiles.
Solamente tendrías que ver cómo agarra el dinero al terminar el combate para
olvidar la posibilidad de representarle.
En ese momento entró en escena
Danny Ward, el famoso boxeador. No venía solo. Le acompañaba su representante y
entrenador. Era un torrente de simpatía y genialidad, derrochaba buen humor y
ganas de comerse el mundo. Se sucedieron las chanzas y los chistes, las
sonrisas y las carcajadas.
Su forma de ser, su manera de
actuar, parecían auténticas. Como buen intérprete de la vida, había intuido que
determinados rasgos de una personalidad eran un valor seguro para abrirse
camino en el mundo. En el fondo, bajo aquella voluptuosa capa de seducción y
naturalidad, Ward era simplemente un gran boxeador y un negociante precavido,
con mucha sangre fría. Todo lo demás era una ingeniosa máscara.
Sus conocidos, o aquellos que
tenían que tratar temas económicos con él, comentaban que cuando llegaba el
momento decisivo, Danny Ward se ponía serio y resultaba un hueso muy duro de
roer. Estaba siempre presente en todas las negociaciones sobre contratos, y
había quien sostenía que la única función de su representante era ser el
portavoz del boxeador.
Rivera era diametralmente
distinto. Por sus venas corría sangre india y española. El mexicano se mantuvo
sentado en una esquina, inmóvil y en silencio. Solamente su mirada refulgía
salvaje, devorando todo cuanto en la habitación sucedía.
—De modo que este es el rival que
me habéis buscado —comenzó Danny, midiendo a su antagonista—. ¿Cómo estás,
viejo?
Rivera no contestó. Despreciaba a
los gringos, pero a ese en particular le odiaba con una intensidad que le
sorprendió incluso a él mismo.
—¡Que tontería! —protestó con
sorna Ward ante Kelly—. Supongo que no pretenderás que luche con un pobre
sordomudo.
Cuando cesaron las carcajadas, el
implacable boxeador golpeó de nuevo:
—La ciudad de Los Angeles debe de
estar en las últimas si esta piltrafa es lo mejor que has podido encontrar. ¿De
qué colegio le has sacado?
—Es buen muchacho, Danny —informó
Roberts—. Es valiente y pelea bien.
—Ya están vendidas la mitad de
las localidades —le imploró el promotor—. Tendrás que aceptar el combate,
Danny. Es todo lo que tenemos.
Danny observó de nuevo al pequeño
mexicano con mirada despectiva, mientras suspiraba.
—Supongo que no tendré que ser
muy duro con él. Espero que no se ponga nervioso.
Roberts resopló.
—Tienes que cuidarte, Danny
—murmuró el representante—. No confíes en alguien que no tiene nada que perder.
—¡No te preocupes! —sonrió
Danny—. Me cuidaré de este mexicano. Desde el comienzo será mío, pero le
tratare bien para que mi querido público disfrute. Kelly, ¿qué te parecen
quince asaltos... y después un buen K.O.?
—Sería perfecto —respondió el
promotor.
—Entonces, está hecho. —Danny
miró al suelo mientras calculaba. Después dijo: —Naturalmente, el sesenta y
cinco por ciento de la recaudación, lo mismo que con Carthey. Pero el reparto
será distinto. Con un ochenta me conformo. Y añadió, dirigiéndose a su
representante—: ¿Te parece bien?
El representante asintió.
—¿Has comprendido? —le dijo
Kelly.
Rivera negó con la cabeza.
—Te lo voy a explicar —continuó
Kelly—. La bolsa, el dinero que os repartiréis los boxeadores, será el sesenta
y cinco por ciento del total de la taquilla. Tú eres un desconocido. De manera
que el veinte por ciento de la misma será para ti y el ochenta por ciento para
Danny. Es lo justo. Roberts, ¿estás de acuerdo?
—Está bien —asintió Roberts
mientras hablaba con el mexicano—. Ten en cuenta que todavía no tienes ninguna
reputación.
—¿A cuánto asciende el sesenta y
cinco por ciento de la recaudación? —preguntó casi en susurros el pequeño
mexicano.
—Depende, entre cinco y ocho mil
dólares... —repuso Danny tratando de explicarse—. Aproximadamente. Por lo
tanto, tu parte serán unos seiscientos, o tal vez llegue a mil dólares. Es un
buen negocio. Vas a ser vencido por un tipo de mucha categoría. ¿Qué te parece?
Entonces Rivera dejó a todos sin
aliento.
—El que gane se queda con toda la
bolsa —soltó.
Un silencio profundo invadió la
habitación.
—Sería como robarle un caramelo a
un niño —manifestó el representante de Danny.
El boxeador profesional negó con
la cabeza.
—Llevo demasiado tiempo en esto.
Jamás me he quejado de las decisiones del árbitro. Nunca he comentado nada de
las apuestas ni de los negocios que se hacen a espaldas del combate. Pero una
cosa sí me gustaría aclarar. Este combate es un mal negocio para un boxeador
como yo. Necesito jugar sobre seguro. Es posible que me rompa un brazo, o que
algún muchacho deje en mi vaso a escondidas una buena dosis de somnífero —dijo
solemnemente—. Gane o pierda, me quedaré con el ochenta por ciento. ¿Qué dices
a esto, mexicano?
Rivera negó con la cabeza.
Danny explotó,
—¡Muchachito miserable y
mugriento! Creo que te voy a noquear en este mismo momento.
Roberts se interpuso entre las
fuerzas hostiles.
—El que gane el combate se queda
con toda la bolsa —reiteró Rivera sombríamente.
—¿Por qué eres tan cabezota?
—inquirió Danny.
—Voy a ganarte —fue la inmediata
respuesta del mexicano.
Danny empezó a desembarazarse de
su chaqueta. Todos sabían que se trataba de una baladronada. No llegó a
quitarse la americana, ya que fue aplacado por las palabras tranquilizadoras de
los presentes. Todos, sin excepción, simpatizaban con él.
Rivera estaba solo.
—¡Escucha, estúpido! —Kelly
prosiguió con el discurso de Danny—. Eres un desconocido. Puede que estos
últimos meses hayas puesto fuera de combate a boxeadores de segunda, pero
quiero decirte una cosa: Danny es un púgil de primera. Su próximo reto es
luchar por el campeonato. Y tú eres un don nadie. Fuera de Los Angeles nadie te
conoce.
—Pronto sabrán quién soy
—contestó Rivera—. Lo sabrán después de este combate.
—¿Piensas que puedes vencerme?
—gritó Danny bruscamente.
El mexicano asintió con
tranquilidad.
—Rivera, tienes que entrar en
razón —suplicó Kelly—. Piénsalo.
—No me podrías vencer ni en un
millón de años —le desafió Danny.
—En ese caso, ¿cuál es el
problema? —replicó el mexicano—. Si te resulta tan sencillo ganar el dinero,
¿por qué no peleas y lo consigues?
—¡Lo haré! —aulló Danny Ward con
violenta convicción—. ¡Te machacaré, te golpearé hasta destrozarte! ¡Infame!
¡Decirme esto a mí! Kelly puede anunciarlo a los cuatro vientos. El que gane el
combate se queda con toda la bolsa. Asegúrate de que lo publican en las más
importantes secciones deportivas de los diarios. Informa a los medios de que
será un combate a sangre y fuego. Le enseñaré a este renacuajo con quien se las
gasta.
El secretario de Kelly había
comenzado a redactar la nota de prensa, cuando Danny, de improviso, le
interrumpió.
—¡Un momento! —se dio la vuelta
rápidamente hacia Rivera—. ¿El peso?
—En el ring —fue la escueta respuesta que recibió de labios del mexicano.
—¡Ni hablar! Si el ganador se
queda con toda la bolsa, el peso será a las 10 a.m.
—¿Y el vencedor se queda con
todo? —quiso cerciorarse el mexicano.
Danny asintió satisfecho.
Entraría en el cuadrilátero en el mejor momento físico.
—Entonces, nos vemos a las diez
—confirmó Rivera.
La pluma del secretario continuó
garabateando.
—La has liado —le dijo Roberts a
Rivera—. Has cedido demasiado. Acabas de regalarle la pelea. Te vencerá sin
contemplaciones. Tienes menos opciones de triunfar que una gota de rocío en el
infierno.
La única respuesta que obtuvo de
Rivera fue una profunda mirada despectiva. Incluso este gringo, a pesar de que
le parecía el menos infecto de todos ellos, le resultaba detestable.
Llego por el fin el día del
combate. La entrada del mexicano en el ring
pasó inadvertida. Un murmullo débil y disperso de aplausos sin convicción fue
su bienvenida. El público no le conocía, y mucho menos creía en él. Era un
cordero que se removería indefenso en las fauces del lobo Danny Ward. La sala
se sentía decepcionada. Esperaba un combate sin cuartel entre dos boxeadores de
primera división, y ahora tenía que conformarse con un principiante. Los
aficionados habían manifestado su disconformidad con el cambio de última hora,
apostando casi en su totalidad a favor de Danny. Y, aunque no tendría por qué
ser así, el corazón de los espectadores está donde se encuentra el dinero de
las apuestas.
El mexicano esperaba en su
rincón. Todo discurría lentamente. Su contrincante se estaba haciendo esperar.
Era un truco muy viejo, pero funcionaba siempre con los boxeadores novatos.
Poco a poco se iban amedrentando. Sentados, en medio de un ambiente opresivo,
afrontando sus más íntimos temores y rodeados de una multitud que, insensible,
no paraba de fumar.
Pero con Rivera el truco no
funcionó. Roberts estaba en lo cierto. El mexicano carecía de entrañas, estaba
insensibilizado. La atmósfera de derrota que impregnaba hasta su propia esquina
le era completamente indiferente. Los auxiliares que le atendían eran gringos
y, peor aún, ruines y miserables —el más bajo escalafón del boxeo, sin honor,
sin pretensiones. Estaban convencidos de que aquel era el rincón del perdedor.
—Tienes que estar atento —comentó
Spider Hagerty que era el más importante de sus segundos—. Trata de que el
combate dure lo más posible. Si no es así, los periódicos publicarán que el
combate estaba amañado y en Los Angeles se dará un golpe definitivo a este
deporte.
Rivera apenas prestó atención a
aquellas poco alentadoras palabras. Odiaba el boxeo: era un juego abominable de
los abominables gringos. Estaba allí por casualidad. Se había metido en ese
deporte, haciendo de sparring en los
gimnasios, únicamente por hambre. El destino le había dotado de una
constitución excelente para el boxeo, y, sin embargo, para él el boxeo no
significaba nada.
Jamás había pensado en combatir
profesionalmente, hasta que entró en contacto con la Junta y la ingente y casi
continua necesidad de recursos que la revolución reclamaba. A partir de ese
momento comenzó a pelear, y el dinero había llegado con facilidad.
En la esquina del cuadrilátero el
pequeño mexicano no reflexionaba, ni buscaba la manera de tumbar a su
adversario. Pensaba únicamente en una cosa: tenía que ganar el combate. No
había otra alternativa. Pues junto a él, aguardando su victoria, había unas
fuerzas tan poderosas como nadie se podía imaginar.
Danny Ward, en cambio, combatía
sólo por dinero y por el ritmo de vida que este le permitía llevar. Para Rivera
era totalmente diferente. Las razones por las que peleaba hervían en su mente
como un ascua en la mitad de la noche. Mientras esperaba a su antagonista en la
soledad del ring, acudían a su mente
cientos de imágenes, tan dramáticas, tan terribles, que era como si las
estuviese viviendo.
Veía los desvaídos muros de las
fábricas de Río Blanco. Distinguía con claridad a los seis mil trabajadores,
hambrientos y desnutridos, y también a los niños, que realizaban, pese a su
corta edad, extenuantes jornadas de trabajo por diez miserables centavos al
día. Veía a los muertos en vida, las fantasmales caras de los seres humanos que
se afanaban en las secciones de tinte. Recordaba a su padre, que llamaba a esos
departamentos los antros del suicidio,
donde un año de permanencia entrañaba con seguridad la muerte. Podía ver el
polvoriento patio de su casa, y a su pequeña madre agotando todas sus fuerzas
trabajando, aunque siempre encontraba el tiempo necesario para poder darle al
niño el cariño que necesitaba. Podía ver a su padre, alto y fuerte, con sus
largos bigotes oscuros y su pecho amplio y generoso en el que latía un corazón
amable y generoso. Por aquel entonces el nombre del boxeador no era Felipe
Rivera. Se apellidaba Fernández, como su padre y como su madre. Le habían
llamado Juan. Años después, había sido él mismo quien se lo había cambiado, ya
que el apellido Fernández era odiado por la policía, por los políticos, y por
los caciques del mundo rural.
Su padre, Joaquín Fernández, aquel
hombre fornido y cordial, tenía un relevante papel en las evocaciones del
boxeador mexicano. Antes no lo entendía, pero ahora, al recordar, lo podía
comprender. Podía imaginarlo con las tipografías en la vieja imprenta, o
escribiendo interminables, apresuradas, nerviosas frases en el escritorio
pequeño y desordenado. Podía recordar la densa oscuridad de noches extrañas,
donde obreros desconocidos se encontraban con su padre y hablaban durante
horas, mientras el muchacho, el futuro boxeador por la revolución, yacía casi
siempre despierto, escuchando en una mugrienta esquina de la habitación.