miércoles, 7 de febrero de 2024

Jack London El mexicano TEXTO COMPLETO

 


 

 Jack London

El mexicano

 

 

 

 

 

 


 

 EL MEXICANO

Nadie conocía su historia, y, naturalmente, mucho menos la gente de la Junta. Era su pequeño secreto, y a su manera trabajaba por la inminente Revolución mexicana al menos tan duro como ellos. Tardaron mucho en reconocerlo, pues a nadie, en la Junta, le caía bien aquel hombre. La mañana en que transitó por primera vez por sus repletos y ajetreados despachos, todos sospecharon de él creyendo que era un maldito espía del servicio secreto de Díaz. Muchos camaradas estaban en prisiones civiles y militares dispersas por los Estados Unidos, y otros, cargados de cadenas, eran conducidos todavía al otro lado de la frontera para ser fusilados frente a paredones de adobe.

Cuando vieron por primera vez al muchacho nadie recibió una impresión favorable. Realmente era un niño. No tendría ni dieciocho años. Aseguró trabajar para la revolución. Eso fue todo lo que salió de su boca, ni una sola palabra más, ni una mísera explicación. Se quedó de pie. Esperaba algo que no sabía bien qué era. No brillaba ninguna sonrisa en sus labios ni en sus ojos la viveza del genio.

El valiente Paulino Vera sintió un leve estremecimiento. Se encontraba ante algo misterioso e inescrutable. En los oscuros ojos del chico hervía veneno, como si perteneciesen a una serpiente. Ardían como un fuego sombrío y helado y daban la impresión de que una inmensa tristeza los dominaba. Apartó la vista de los inquisitivos rostros de los revolucionarios y la dirigió a la máquina de escribir y a la pequeña Mrs. Sethby. Sus ojos se posaron en ella durante un momento y también a ella le atenazó una sensación extraña que la dejó paralizada. Necesitó volver a leer la carta que estaba escribiendo desde el principio para recuperar el hilo.

Paulino Vera observó interrogativamente a sus compañeros, y ellos le devolvieron una mirada indecisa. Sobre aquel muchacho gravitaba la amenaza de lo desconocido. Una impresión que se hallaba fuera del alcance del entendimiento de aquellos revolucionarios, cuyo feroz odio hacia Díaz y su tiranía era, al fin y al cabo, el sentimiento natural de unos patriotas honestos y de unas personas sencillas. Pero en el recién llegado había algo más, aunque no sabían qué. Vera, siempre el más impulsivo de los tres combatientes, fue el primero en reaccionar.

—Muy bien —comenzó, fríamente—. Afirmas que quieres trabajar en pro de la revolución. Cuelga allí la chaqueta. El suelo está muy sucio. Ven, te enseñaré dónde están el cubo y la fregona. Comenzarás por los suelos. Las escupideras también necesitan un poco de limpieza. Luego seguirás con las ventanas.

—¿Es por la revolución? —quiso saber el muchacho.

—¡Por la revolución! —ratificó Vera.

El joven les observó mientras se quitaba la chaqueta.

—Está bien —dijo, concluyendo la conversación.

Todas las mañanas barría, fregaba y limpiaba la oficina. Después vaciaba la ceniza de las estufas, acarreaba el carbón y encendía el fuego para caldear el espacio antes de que llegara a la sede el más madrugador de todos aquellos incansables luchadores por la libertad.

—¿Podría quedarme a dormir aquí? —preguntó el joven en una ocasión.

¡De modo que era eso...! ¡El tirano Díaz empezaba a mostrarse! Pernoctar en aquellas habitaciones significaba tener acceso a los secretos de la revolución, a los archivos de la Junta en los que se podían encontrar nombres y direcciones de insurgentes en suelo mexicano. La petición fue denegada tajantemente, y el joven Rivera no volvió a hablar más del asunto.

No se sabía el lugar en el que el muchacho pasaba las noches, y tampoco dónde o de qué se alimentaba. En una ocasión, Arellano le ofreció un par de dólares. Rivera rechazó el dinero sacudiendo la cabeza con contundencia. Cuando Vera insistió, intentando que lo aceptara, el chico declaró:

—Estoy trabajando para la revolución; no lo hago por dinero.

Una revolución resulta muy cara, y la Junta siempre se encontraba en situaciones de necesidad. Los revolucionarios pasaban hambre, pero trabajaban duramente. Las jornadas más largas jamás eran demasiado largas, y en ocasiones parecía que la revolución podría triunfar o fracasar por unos míseros dólares.

Una vez, cuando se debían dos meses del alquiler y se les amenazaba con el desahucio, Felipe Rivera, el muchacho de la limpieza, el chico que vestía una ropa vieja y raída, fue quien puso sobre el escritorio de May Sethby sesenta dólares en oro.

En otra ocasión, cuando más de trescientas cartas (peticiones de ayuda, misivas en busca de apoyo a las organizaciones laborales, protestas contra el trato que infligían a los revolucionarios los tribunales de USA) habían dejado de enviarse por falta de dinero y no quedaban recursos en la Junta para conseguir los sellos necesarios, de nuevo el joven Rivera fue una pieza trascendental. Las cartas debían salir, y la Oficina de Correos no concedía crédito a los compradores de estampillas. Cuando todo parecía perdido, Rivera se caló su viejo sombrero y salió. Al volver unas horas después, dejó amablemente mil sellos de dos centavos sobre el escritorio de May Sethby.

—Me pregunto si no será el maldito oro de Díaz —comentó, inquieto, Vera a sus camaradas. Los otros alzaron las cejas sin saber qué decir.

Felipe Rivera, el chico que limpiaba para la causa, siguió suministrando oro regularmente para la revolución.

A pesar de su entrega, los hombres de la Junta no lograban confiar en el silencioso muchacho, ya que su manera de actuar era distinta a la que estaban acostumbrados. No era una persona dada a conspirar ni a hacer confidencias. Eludía con habilidad cualquier intento de intimar, y jamás, a pesar de su juventud, fueron los revolucionarios capaces de ver en él algo más que un misterio.

—Es posible que sea un espíritu solitario —dijo Arellano con acusada melancolía.

—No es un hombre normal —añadió Ramos.

—Su alma se ha transformado en piedra —declaró May Sethby—, Su sonrisa se ha consumido en sus entrañas. Es como si estuviera muerto, y, sin embargo, está endiabladamente vivo.

—Viene del infierno —indicó Vera—. Solamente un hombre que conoce las tinieblas puede tener esa profundidad en la mirada.

Pese a todo, los hombres de la Junta no podían evitar que Rivera les resultase antipático. No hablaba, no preguntaba nada, nunca hacía sugerencias, jamás sonreía. Escuchaba inexpresivo, como un ser inerte, salvo sus oscuros ojos, que ardían fríamente cuando los contestatarios se enardecían mientras hablaban de la revolución. Su mirada incandescente transitaba entre los acalorados rostros, desconcertándolos, taladrándolos como si fuesen témpanos.

—No es un espía —aseguró Vera en una ocasión a May Sethby—. Es un auténtico patriota, créame. Rivera es el mayor patriota de todos nosotros. Lo sé, lo siento en mi corazón y en mi cabeza. Pero, aun así, soy incapaz de conocerle.

—Tiene muy mal carácter —opinó May Sethby.

—Lo sé —repuso Vera con un estremecimiento—. Me ha mirado con esos ojos, unos ojos que no son capaces de amar. Unos ojos que amenazan; tan salvajes como los de un felino. Estoy seguro de que si fallara a la causa, de que si traicionara a la revolución, ese chico no dudaría ni un instante en eliminarme. En su pecho no late un corazón. Es despiadado y glacial como el hielo. Su mirada es como la luz de la luna en una noche de invierno. Nunca me asustaron ni Díaz ni sus secuaces; sin embargo, él consigue aterrarme. El aliento de la muerte gravita sobre él.

Unos días después, fue Vera quien convenció a la Junta de dar a Rivera una oportunidad. La comunicación entre Los Angeles y la Baja California se había visto interrumpida.

Tres de los camaradas que se encargaban de esos menesteres habían sido obligados a cavar sus propias tumbas antes de ser fusilados. Otros dos revolucionarios habían sido hecho prisioneros de los Estados Unidos en Los Ángeles. Juan Alvarado, el jefe federal, era un enemigo inexorable. Daba al traste de un plumazo con todos sus planes. Era necesario restablecer las relaciones, debían tener acceso a los militantes activos de la Baja California.

Rivera recibió instrucciones e inmediatamente partió hacia el sur. Cuando regresó algunos días después, la conexión se había reanudado, y el sanguinario Juan Alvarado había sido asesinado. Le habían encontrado en la cama, con un puñal clavado en su pecho.

Esto excedía las órdenes que el joven Rivera había recibido, pero los de la Junta no le hicieron ninguna pregunta. Él no dijo una sola palabra. Las conjeturas brotaron como agua de la fuente.

—Ya os lo decía yo —comentó, enardecido, Vera—. Díaz tiene en Rivera a su más terrible enemigo. Debe temer más a este joven que a cualquier ejército. Es implacable.

El mal carácter del muchacho quedaba demostrado con fehacientes pruebas físicas. Rivera, con frecuencia, aparecía con un labio roto o una mejilla amoratada; síntomas inequívocos de estar metido en reyertas.

Era evidente que el mundo exterior donde comía y dormía era completamente desconocido para los hombres de la Junta. A Rivera se le encomendó mecanografiar la pequeña hoja revolucionaria que la Junta editaba semanalmente. Había veces en que no podía teclear, ya que sus nudillos estaban magullados y contusos, sus pulgares lesionados e inútiles, o uno de sus dos brazos colgaba fatigosamente de un costado, mientras su rostro evidenciaba un dolor silencioso.

—Un delincuente —decía Arellano.

—Frecuenta los bajos fondos —aseguraba Ramos.

—¿Y el dinero! —inquiría Vera—. Acabo de enterarme que que ha pagado el papel. Eran ciento cincuenta dólares.

—¿Y sus ausencias? —añadía Vera—. Jamás las explica.

—Tendríamos que espiarle —proponía Ramos.

—A mí no me gustaría ser ese espía — declaraba Vera—. Estoy seguro de que sólo me verían de nuevo en mi entierro. Su cólera es terrible. Ni el mismo Dios podría interponerse entre él y el destino de su poderosa furia.

—Para mí, Rivera es poder en estado puro. Es el hombre primitivo, el lobo que aúlla en la noche, la serpiente de cascabel —apostillaba, soñador, Arellano.

—Es cierto, es la misma revolución —decía Vera—. Es la llama que alienta y el espíritu de este movimiento revolucionario, el insaciable alarido de venganza. Es un ángel exterminador que brilla salvaje como un heraldo de la noche.

—Tal vez, pero a mí me da lástima —opinaba May Sethby—. Está solo. No intima con nadie. Odia a todo el mundo. A nosotros nos tolera, porque nos utiliza para sus deseos —su voz se rompió en un sollozo.

Todo lo que rodeaba a Rivera era realmente un misterio. En ocasiones desaparecía durante varios días, y una vez llegó a ausentarse algo más de un mes. Siempre terminaba volviendo, y entonces, silenciosamente, depositaba sobre el escritorio de May Sethby un buen montón de monedas de oro. Después, durante semanas, dedicaba todo su tiempo a la revolución. Llegaba muy temprano a la oficina de la Junta y permanecía allí hasta altas horas. Se le podía encontrar a medianoche, mecanografiando febrilmente, con los ojos destellando en la oscuridad y los nudillos hinchados.

Se acercaba un tiempo crucial, un momento decisivo para que la revolución estallase. Dependía completamente de los hombres de la Junta, de sus esfuerzos. El dinero era necesario, pero resultaba mucho más difícil de obtener que nunca. Los simpatizantes a la causa habían entregado hasta el último centavo, y algunos de ellos estaban contribuyendo con la mitad de su escaso salario. Pero se necesitaba más.

La agotadora y clandestina tarea estaba a punto de explosionar, dando sus frutos. La revolución había madurado, pero su desarrollo danzaba buscando el equilibrio. Un empujón más, un último sacrificio heroico, y temblaría, desbordando los cauces y conquistando la victoria.

Una vez iniciado, el levantamiento sobreviviría por sí mismo. El aparato de Díaz al completo se derrumbaría como un frágil castillo de naipes. En la frontera todo estaba a punto para el levantamiento. Cien hombres esperaban la señal para cruzar la frontera y conquistar la Baja California. Pero se necesitaban armas. Miles de personas las esperaban: gentes de todas clases y condición, desde aventureros, soldados de fortuna o bandidos, hasta los más airados sindicalistas, así como socialistas y anarquistas, truhanes y honrados exiliados mexicanos, peones escapados de la servidumbre y mineros procedentes de los yacimientos de Coeur d’Alene y Colorado, que estaban deseosos de luchar para vengar su situación. Un poderoso torrente de espíritus salvajes vibrando con violencia en un enloquecido deseo. Su petición incesante era siempre la misma: armas y municiones, municiones y armas, para poder lanzarse a la revolución.

La revolución estallaría en las manos de Díaz simplemente lanzando a esta masa heterogénea, furiosa, intensa y vengativa a través de la línea fronteriza. Los accesos del norte serían tomados, y el gobierno no tendría con qué oponerse. No se atrevería a enviar el grueso de sus fuerzas armadas a la frontera septentrional, pues se imponía mantener la paz en el sur. No obstante, a pesar de todas sus cautelas, el fuego revolucionario se extendería imparable hasta el sur. El pueblo se alzaría. Uno tras otro, todos los estados caerían bajo la fuerza inexorable de aquella insurrección. Al final, desde todos los puntos de la geografía mexicana se marcharía sobre la ciudad de México, el último refugio de Díaz.

Pero para que esto tuviera lugar se necesitaba dinero, mucho dinero. Los hombres estaban impacientes por lanzarse al combate y los traficantes de armas preparados para venderlas. Pero llevar la revolución hasta ese punto había dejado exhausta, económicamente hablando, a la Junta. Se había gastado hasta el último dólar, se habían consumido todos los recursos, los militantes y simpatizantes habían aportado todo lo humanamente posible; y, a pesar de ello, la revolución seguía temblando. ¡Armas y municiones! ¿Pero, cómo conseguirlas? Arellano se arrepentía de los derroches de su juventud. Ramos maldecía por sus terrenos confiscados. May Sethby se preguntaba si no hubiera sido diferente de haber sido los de la Junta más sobrios en el pasado.

—Pensar que la libertad de México depende de unos miserables miles de dólares —maldijo Paulino Vera.

La desesperación brillaba salvaje en los ojos de los líderes de la Junta. José Amarillo, la última esperanza, un nuevo adepto que había comprometido una espléndida contribución, había sido fusilado frente al muro de su propio establo. La noticia acababa de llegar.

Rivera, que estaba fregando el suelo arrodillado, levantó la vista, sosteniendo la bayeta en el aire, y con sus brazos desnudos empapados de agua sucia y jabonosa, preguntó:

—¿Bastarán cinco mil?

Ellos le miraron perplejos. Vera asintió y tragó saliva. No podía hablar, pero al instante quedó investido de una fe sin límites.

—¡Encargue las armas! —ordenó Rivera, y emitió el mayor torrente de palabras jamás escuchado por ellos—. No hay tiempo que perder. En tres semanas le traeré los cinco mil. Entonces hará más calor y será mejor para los combatientes. Lo siento, no puedo hacer nada más.

Vera luchó contra su fe. ¡Era increíble! Desde que se había enrolado en el juego de la revolución, demasiadas esperanzas acariciadas se habían desvanecido. Creía en este muchacho de ropas raídas que fregaba el suelo para la revolución, y sin embargo no se atrevía a creer.

—¡Estás loco! —exclamó.

—En tres semanas —insistió Rivera—. ¡Encargue las armas! Se levantó, se desenrolló las mangas de su camisa y se puso la chaqueta.

—¡Encargue las armas! —repitió, antes de salir decidido a conseguir lo necesario para ello.

Tras muchos nervios, numerosas llamadas de teléfono y demasiadas malas palabras, en el despacho de Kelly tenía lugar una reunión nocturna. El problema era el siguiente. Había traído a Danny Ward desde Nueva York y había arreglado un combate con Billy Carthey. Faltaban solamente unas semanas para la velada, pero desde hacía unas horas Carthey se encontraba postrado en la cama, con un grave problema de salud. No había nadie que pudiera sustituirle. Kelly había enviado cientos de mensajes a todos los pesos ligeros que pudo encontrar, ofreciendo el combate, pero todos estaban ocupados por esas fechas. Pero, de pronto, renació la esperanza, y aunque era débil, Kelly se aferró a ella.

—Tienes coraje —le dijo Kelly a Rivera en cuanto le echó el primer vistazo.

A los ojos del joven revolucionario asomaba una expresión de odio, pero su rostro permanecía inalterable.

—Puedo vencer a Ward —proclamó.

—¿Cómo? ¿Le has visto combatir?

Rivera sacudió negativamente la cabeza.

—Te puede ganar con una mano atada a la espalda.

Rivera simplemente se encogió de hombros.

—¿No dices nada, valiente? —musitó Kelly.

—Puedo vencerle.

—¿Con quién has peleado? —preguntó Michael Kelly. Michael era el hermano del promotor, y dirigía las Apuestas Yellowstone, donde había obtenido grandes sumas de dinero con el boxeo.

Rivera le concedió el favor de una mirada amarga y silenciosa.

El secretario del promotor, un joven de indudable aspecto deportivo, estalló en una risa estruendosa.

—He mandado llamar a Roberts —gruño Kelly—. Vamos a esperar a ver cuál es su parecer, aunque, en mi opinión, no tienes ni una sola oportunidad. Hay que tener cuidado con una mala pelea. Me puedo poner a todo el público en contra. Hay mucho en juego. Las localidades se venden a quince dólares.

Cuando Roberts llegó, se podía apreciar que estaba ligeramente borracho. Era un hombre alto y delgado, y tanto su forma de andar como su manera de hablar eran pausadas y suaves.

Kelly fue directo al grano.

—Andas presumiendo de haber descubierto a este mexicano. Como sabes, Carthey tiene el brazo fracturado. Bien, este jovencito ha venido hoy aquí asegurando que quiere sustituir a Carthey. ¿Qué te parece? ¿Que opinas de esta locura, Roberts?

—Bien, Kelly —llegó la lenta respuesta tras unos instantes de tenso silencio—. Hará un buen combate.

—Imagino que ahora asegurarás que este mequetrefe puede vencer a Ward —comentó Kelly con sorna.

Roberts reflexionó durante unos instantes.

—Ward es un buen boxeador, uno de los amos del ring, pero puedo garantizarte algo: no le resultara fácil dejar fuera de combate a Rivera. Conozco al mexicano. Es imposible alcanzarle en el estómago. Es como si no tuviera estómago. Y le pega muy duro con las dos manos. Lanza sus peligrosos puños desde cualquier posición.

—Eso me da igual. ¿Qué tipo de espectáculo dará? Llevas descubriendo y entrenando boxeadores durante toda la vida. Tu opinión merece mi credibilidad. ¿Crees que Rivera puede brindar al público un buen combate?

—Naturalmente, y es más: le causará a Ward muchos problemas. No conoces a ese chico. Fui yo quien le descubrió. Es un verdadero diablo. Dejará a Ward sin habla. No me atrevo a asegurar que le vencerá, pero ofrecerá muy buen espectáculo y todos podréis ver que Rivera es un magnífico luchador con un prometedor futuro.

—Está bien —dijo Kelly volviéndose hacia su secretario—. Vete a buscar a Ward. Está en el Yellowstone, exhibiendo sus músculos y saboreando su popularidad.

Kelly se dirigió de nuevo a Roberts, diciéndole:

—¿Quieres beber algo?

Roberts tomó un sorbo de whisky y se relajó. Después comenzó a hablar muy despacio:

—Nunca he contado a nadie cómo conocí a Rivera. Apareció por el gimnasio hará unos dos años. En aquel momento yo estaba preparando a Prayne para una pelea con Delaney. Como sabes, Prayne, cuando se entrena, es cruel y despiadado con sus sparrings, y aquella mañana no conseguía encontrar a nadie que estuviera dispuesto a subir al cuadrilátero con él.

»Fue en ese momento cuando descubrí a este pequeño mexicano muerto de hambre. Estaba desesperado y, sin pensarlo mucho, le agarré, le enfundé unos viejos guantes y le solté en el ring. Se veía que era un hombre duro, pero estaba débil y lo desconocía todo del boxeo, Prayne lo arrinconó contra las cuerdas, pero fue incapaz de tumbarlo. El muchacho resistió dos duros asaltos justo antes de desmayarse. El castigo, por el que le di medio dólar y una comida abundante, fue terrible. Ni que decir tiene que la devoró. No había probado bocado en dos días.

«Recuerdo que pensé que jamás volvería a verle a aquel chico, pero, a la mañana siguiente, allí estaba de nuevo, dispuesto a ganarse otro medio dólar. Fueron pasando los días y su técnica fue mejorando. Es más duro que una piedra. No tiene corazón, y otra cosa muy importante: nunca le he oído más de diez palabras seguidas. Se limita a hacer su trabajo. No habla. No ríe. No llora. Solamente combate.

Ya lo veo —comentó el secretario—, ¿Tiene experiencia en el cuadrilátero?

—Ha probado los puños de algunos de los más importantes pesos ligeros —repuso Roberts—. Ha aprendido mucho de ellos. En mi opinión, sería capaz de tumbar a varios. Pero siempre parecía estar ausente, muy lejos de la pelea. Nunca le ha gustado este deporte, o, al menos, eso podía deducir de su comportamiento.

—Pero últimamente ha peleado en algunos garitos informó Kelly.

—Es cierto. De repente comenzó a combatir en modestos tugurios, barriendo a todos los pesos ligeros con los que se enfrentaba. Quería el dinero, y, aunque por la ropa que lleva nadie lo diría, ha ganado bastante. Es un hombre singular. Nadie conoce sus asuntos; ni siquiera se sabe cómo pasa el tiempo libre. Cuando está trabajando, en cuanto terminan los combates desaparece sin dejar rastro. En ocasiones se pierde durante semanas. No hace caso a nadie. El individuo que consiga ser su representante obtendrá mucho dinero. Pero todas las palabras resultan inútiles. Solamente tendrías que ver cómo agarra el dinero al terminar el combate para olvidar la posibilidad de representarle.

En ese momento entró en escena Danny Ward, el famoso boxeador. No venía solo. Le acompañaba su representante y entrenador. Era un torrente de simpatía y genialidad, derrochaba buen humor y ganas de comerse el mundo. Se sucedieron las chanzas y los chistes, las sonrisas y las carcajadas.

Su forma de ser, su manera de actuar, parecían auténticas. Como buen intérprete de la vida, había intuido que determinados rasgos de una personalidad eran un valor seguro para abrirse camino en el mundo. En el fondo, bajo aquella voluptuosa capa de seducción y naturalidad, Ward era simplemente un gran boxeador y un negociante precavido, con mucha sangre fría. Todo lo demás era una ingeniosa máscara.

Sus conocidos, o aquellos que tenían que tratar temas económicos con él, comentaban que cuando llegaba el momento decisivo, Danny Ward se ponía serio y resultaba un hueso muy duro de roer. Estaba siempre presente en todas las negociaciones sobre contratos, y había quien sostenía que la única función de su representante era ser el portavoz del boxeador.

Rivera era diametralmente distinto. Por sus venas corría sangre india y española. El mexicano se mantuvo sentado en una esquina, inmóvil y en silencio. Solamente su mirada refulgía salvaje, devorando todo cuanto en la habitación sucedía.

—De modo que este es el rival que me habéis buscado —comenzó Danny, midiendo a su antagonista—. ¿Cómo estás, viejo?

Rivera no contestó. Despreciaba a los gringos, pero a ese en particular le odiaba con una intensidad que le sorprendió incluso a él mismo.

—¡Que tontería! —protestó con sorna Ward ante Kelly—. Supongo que no pretenderás que luche con un pobre sordomudo.

Cuando cesaron las carcajadas, el implacable boxeador golpeó de nuevo:

—La ciudad de Los Angeles debe de estar en las últimas si esta piltrafa es lo mejor que has podido encontrar. ¿De qué colegio le has sacado?

—Es buen muchacho, Danny —informó Roberts—. Es valiente y pelea bien.

—Ya están vendidas la mitad de las localidades —le imploró el promotor—. Tendrás que aceptar el combate, Danny. Es todo lo que tenemos.

Danny observó de nuevo al pequeño mexicano con mirada despectiva, mientras suspiraba.

—Supongo que no tendré que ser muy duro con él. Espero que no se ponga nervioso.

Roberts resopló.

—Tienes que cuidarte, Danny —murmuró el representante—. No confíes en alguien que no tiene nada que perder.

—¡No te preocupes! —sonrió Danny—. Me cuidaré de este mexicano. Desde el comienzo será mío, pero le tratare bien para que mi querido público disfrute. Kelly, ¿qué te parecen quince asaltos... y después un buen K.O.?

—Sería perfecto —respondió el promotor.

—Entonces, está hecho. —Danny miró al suelo mientras calculaba. Después dijo: —Naturalmente, el sesenta y cinco por ciento de la recaudación, lo mismo que con Carthey. Pero el reparto será distinto. Con un ochenta me conformo. Y añadió, dirigiéndose a su representante—: ¿Te parece bien?

El representante asintió.

—¿Has comprendido? —le dijo Kelly.

Rivera negó con la cabeza.

—Te lo voy a explicar —continuó Kelly—. La bolsa, el dinero que os repartiréis los boxeadores, será el sesenta y cinco por ciento del total de la taquilla. Tú eres un desconocido. De manera que el veinte por ciento de la misma será para ti y el ochenta por ciento para Danny. Es lo justo. Roberts, ¿estás de acuerdo?

—Está bien —asintió Roberts mientras hablaba con el mexicano—. Ten en cuenta que todavía no tienes ninguna reputación.

—¿A cuánto asciende el sesenta y cinco por ciento de la recaudación? —preguntó casi en susurros el pequeño mexicano.

—Depende, entre cinco y ocho mil dólares... —repuso Danny tratando de explicarse—. Aproximadamente. Por lo tanto, tu parte serán unos seiscientos, o tal vez llegue a mil dólares. Es un buen negocio. Vas a ser vencido por un tipo de mucha categoría. ¿Qué te parece?

Entonces Rivera dejó a todos sin aliento.

—El que gane se queda con toda la bolsa —soltó.

Un silencio profundo invadió la habitación.

—Sería como robarle un caramelo a un niño —manifestó el representante de Danny.

El boxeador profesional negó con la cabeza.

—Llevo demasiado tiempo en esto. Jamás me he quejado de las decisiones del árbitro. Nunca he comentado nada de las apuestas ni de los negocios que se hacen a espaldas del combate. Pero una cosa sí me gustaría aclarar. Este combate es un mal negocio para un boxeador como yo. Necesito jugar sobre seguro. Es posible que me rompa un brazo, o que algún muchacho deje en mi vaso a escondidas una buena dosis de somnífero —dijo solemnemente—. Gane o pierda, me quedaré con el ochenta por ciento. ¿Qué dices a esto, mexicano?

Rivera negó con la cabeza.

Danny explotó,

—¡Muchachito miserable y mugriento! Creo que te voy a noquear en este mismo momento.

Roberts se interpuso entre las fuerzas hostiles.

—El que gane el combate se queda con toda la bolsa —reiteró Rivera sombríamente.

—¿Por qué eres tan cabezota? —inquirió Danny.

—Voy a ganarte —fue la inmediata respuesta del mexicano.

Danny empezó a desembarazarse de su chaqueta. Todos sabían que se trataba de una baladronada. No llegó a quitarse la americana, ya que fue aplacado por las palabras tranquilizadoras de los presentes. Todos, sin excepción, simpatizaban con él.

Rivera estaba solo.

—¡Escucha, estúpido! —Kelly prosiguió con el discurso de Danny—. Eres un desconocido. Puede que estos últimos meses hayas puesto fuera de combate a boxeadores de segunda, pero quiero decirte una cosa: Danny es un púgil de primera. Su próximo reto es luchar por el campeonato. Y tú eres un don nadie. Fuera de Los Angeles nadie te conoce.

—Pronto sabrán quién soy —contestó Rivera—. Lo sabrán después de este combate.

—¿Piensas que puedes vencerme? —gritó Danny bruscamente.

El mexicano asintió con tranquilidad.

—Rivera, tienes que entrar en razón —suplicó Kelly—. Piénsalo.

—No me podrías vencer ni en un millón de años —le desafió Danny.

—En ese caso, ¿cuál es el problema? —replicó el mexicano—. Si te resulta tan sencillo ganar el dinero, ¿por qué no peleas y lo consigues?

—¡Lo haré! —aulló Danny Ward con violenta convicción—. ¡Te machacaré, te golpearé hasta destrozarte! ¡Infame! ¡Decirme esto a mí! Kelly puede anunciarlo a los cuatro vientos. El que gane el combate se queda con toda la bolsa. Asegúrate de que lo publican en las más importantes secciones deportivas de los diarios. Informa a los medios de que será un combate a sangre y fuego. Le enseñaré a este renacuajo con quien se las gasta.

El secretario de Kelly había comenzado a redactar la nota de prensa, cuando Danny, de improviso, le interrumpió.

—¡Un momento! —se dio la vuelta rápidamente hacia Rivera—. ¿El peso?

—En el ring —fue la escueta respuesta que recibió de labios del mexicano.

—¡Ni hablar! Si el ganador se queda con toda la bolsa, el peso será a las 10 a.m.

—¿Y el vencedor se queda con todo? —quiso cerciorarse el mexicano.

Danny asintió satisfecho. Entraría en el cuadrilátero en el mejor momento físico.

—Entonces, nos vemos a las diez —confirmó Rivera.

La pluma del secretario continuó garabateando.

—La has liado —le dijo Roberts a Rivera—. Has cedido demasiado. Acabas de regalarle la pelea. Te vencerá sin contemplaciones. Tienes menos opciones de triunfar que una gota de rocío en el infierno.

La única respuesta que obtuvo de Rivera fue una profunda mirada despectiva. Incluso este gringo, a pesar de que le parecía el menos infecto de todos ellos, le resultaba detestable.

Llego por el fin el día del combate. La entrada del mexicano en el ring pasó inadvertida. Un murmullo débil y disperso de aplausos sin convicción fue su bienvenida. El público no le conocía, y mucho menos creía en él. Era un cordero que se removería indefenso en las fauces del lobo Danny Ward. La sala se sentía decepcionada. Esperaba un combate sin cuartel entre dos boxeadores de primera división, y ahora tenía que conformarse con un principiante. Los aficionados habían manifestado su disconformidad con el cambio de última hora, apostando casi en su totalidad a favor de Danny. Y, aunque no tendría por qué ser así, el corazón de los espectadores está donde se encuentra el dinero de las apuestas.

El mexicano esperaba en su rincón. Todo discurría lentamente. Su contrincante se estaba haciendo esperar. Era un truco muy viejo, pero funcionaba siempre con los boxeadores novatos. Poco a poco se iban amedrentando. Sentados, en medio de un ambiente opresivo, afrontando sus más íntimos temores y rodeados de una multitud que, insensible, no paraba de fumar.

Pero con Rivera el truco no funcionó. Roberts estaba en lo cierto. El mexicano carecía de entrañas, estaba insensibilizado. La atmósfera de derrota que impregnaba hasta su propia esquina le era completamente indiferente. Los auxiliares que le atendían eran gringos y, peor aún, ruines y miserables —el más bajo escalafón del boxeo, sin honor, sin pretensiones. Estaban convencidos de que aquel era el rincón del perdedor.

—Tienes que estar atento —comentó Spider Hagerty que era el más importante de sus segundos—. Trata de que el combate dure lo más posible. Si no es así, los periódicos publicarán que el combate estaba amañado y en Los Angeles se dará un golpe definitivo a este deporte.

Rivera apenas prestó atención a aquellas poco alentadoras palabras. Odiaba el boxeo: era un juego abominable de los abominables gringos. Estaba allí por casualidad. Se había metido en ese deporte, haciendo de sparring en los gimnasios, únicamente por hambre. El destino le había dotado de una constitución excelente para el boxeo, y, sin embargo, para él el boxeo no significaba nada.

Jamás había pensado en combatir profesionalmente, hasta que entró en contacto con la Junta y la ingente y casi continua necesidad de recursos que la revolución reclamaba. A partir de ese momento comenzó a pelear, y el dinero había llegado con facilidad.

En la esquina del cuadrilátero el pequeño mexicano no reflexionaba, ni buscaba la manera de tumbar a su adversario. Pensaba únicamente en una cosa: tenía que ganar el combate. No había otra alternativa. Pues junto a él, aguardando su victoria, había unas fuerzas tan poderosas como nadie se podía imaginar.

Danny Ward, en cambio, combatía sólo por dinero y por el ritmo de vida que este le permitía llevar. Para Rivera era totalmente diferente. Las razones por las que peleaba hervían en su mente como un ascua en la mitad de la noche. Mientras esperaba a su antagonista en la soledad del ring, acudían a su mente cientos de imágenes, tan dramáticas, tan terribles, que era como si las estuviese viviendo.

Veía los desvaídos muros de las fábricas de Río Blanco. Distinguía con claridad a los seis mil trabajadores, hambrientos y desnutridos, y también a los niños, que realizaban, pese a su corta edad, extenuantes jornadas de trabajo por diez miserables centavos al día. Veía a los muertos en vida, las fantasmales caras de los seres humanos que se afanaban en las secciones de tinte. Recordaba a su padre, que llamaba a esos departamentos los antros del suicidio, donde un año de permanencia entrañaba con seguridad la muerte. Podía ver el polvoriento patio de su casa, y a su pequeña madre agotando todas sus fuerzas trabajando, aunque siempre encontraba el tiempo necesario para poder darle al niño el cariño que necesitaba. Podía ver a su padre, alto y fuerte, con sus largos bigotes oscuros y su pecho amplio y generoso en el que latía un corazón amable y generoso. Por aquel entonces el nombre del boxeador no era Felipe Rivera. Se apellidaba Fernández, como su padre y como su madre. Le habían llamado Juan. Años después, había sido él mismo quien se lo había cambiado, ya que el apellido Fernández era odiado por la policía, por los políticos, y por los caciques del mundo rural.

Su padre, Joaquín Fernández, aquel hombre fornido y cordial, tenía un relevante papel en las evocaciones del boxeador mexicano. Antes no lo entendía, pero ahora, al recordar, lo podía comprender. Podía imaginarlo con las tipografías en la vieja imprenta, o escribiendo interminables, apresuradas, nerviosas frases en el escritorio pequeño y desordenado. Podía recordar la densa oscuridad de noches extrañas, donde obreros desconocidos se encontraban con su padre y hablaban durante horas, mientras el muchacho, el futuro boxeador por la revolución, yacía casi siempre despierto, escuchando en una mugrienta esquina de la habitación.

martes, 6 de febrero de 2024

JACK LONDON ASESINATOS NOVELA FRAGMENTO

 



Capítulo 1

 

Era un hombre guapo de ojos grandes de un negro acuoso, tez cetrina, transparente, limpia y de textura extremadamente suave, y una cabellera oscura, rizada y desordenada, que invitaba a la caricia; en fin, el tipo de hombre que les gusta admirar a las mujeres y el tipo de hombre, asimismo, totalmente consciente de la calidad seductora de su aspecto. De cintura enjuta, musculoso y ancho de hombros, respiraba cierta jactancia masculina y descarada que vino a desmentir el recelo con que miró la habitación y también al criado que le había guiado hasta ella y que ahora se retiraba. Era éste sordomudo, cosa que el visitante habría adivinado de no haberlo sabido hacía tiempo gracias a la descripción que le hiciera Lanigan de una visita hecha por él anteriormente a ese mismo apartamento.

Una vez que la puerta se hubo cerrado a espaldas del criado, el visitante apenas pudo contener un estremecimiento. Y, sin embargo, nada había en aquella estancia que justificara semejante reacción. Era una habitación tranquila y digna, forrada de estanterías atestadas de libros, con unos cuantos dibujos diseminados por aquí y por allá, y, en determinado lugar, un casillero con mapas. También contra la pared había otro casillero mayor lleno de horarios de trenes y folletos de compañías de navegación. Entre las dos ventanas se hallaba un escritorio de regular tamaño y tablero plano en el que se veía un teléfono y sobre cuya extensión parecía flotar en el aire una máquina de escribir. Todo estaba escrupulosamente ordenado anunciando un genio que presidía sobre aquel conjunto y era la encarnación de lo sistemático.

Los libros atrajeron al hombre que esperaba, quien recorrió los estantes con ojo experimentado leyendo los títulos hilera por hilera. No había tampoco causa para estremecerse en aquellos volúmenes sólidamente encuadernados. Se fijó especialmente en los dramas en prosa de Ibsen y en varias novelas y obras teatrales de Shaw; en las ediciones de lujo de Wilde, Smollett, Fielding y Las Mil y Una Noches; en La evolución de la propiedad, de La Fargue; en el Manual de marxismo; en los Ensayos fabianos; en la Supremacía económica, de Brooks; en Bismarck y el socialismo del Estado, de Dawson; en El origen de la familia, de Engels; en Los Estados Unidos en Oriente, de Connat, y en El sindicalismo, de John Mitchell. Aparte, y en lengua original, se hallaban las obras de Tolstoi, Gorki, Turgueniev, Andreyev, Goncharov y Dostoyevski.

El visitante se acercó después a una mesa cubierta de revistas y periódicos cuidadosamente apilados y sobre la cual, en un rincón, se encontraba también una docena de novelas de publicación reciente. Acercó a ella un cómodo sillón, estiró las piernas, encendió un cigarrillo y dirigió la vista a los libros. Uno de ellos, un volumen delgado encuadernado en rojo, atrajo su atención. En la cubierta destacaba una mujer provocativa. Lo tomó y leyó el título: Cuatro semanas: un libro escandaloso. En el momento en que lo abrió, tuvo lugar entre las pastas una explosión, leve pero estridente, acompañada de un destello de luz y una nubecilla de humo. Al momento sufrió el visitante una convulsión de terror. Cayó hacia atrás hundiéndose en el asiento con los brazos y las piernas por los aires y soltando el libro como arrojaría lejos de sí una serpiente un hombre que la hubiera cogido inadvertidamente. El visitante estaba profundamente alterado. Su hermosa tez cetrina se había teñido de un verde espectral y sus ojos negros y acuosos estaban henchidos de terror.

Fue entonces cuando se abrió la puerta que daba al interior del apartamento y entró el genio rector. Un frío regocijo heló su semblante cuando constató el abyecto temor del otro. Se agachó, recogió el libro del suelo, lo abrió y dejó al descubierto el mecanismo de juguete que había provocado la explosión.

—No me extraña que los seres como usted tengan que acudir a mí —dijo desdeñosamente—. Ustedes, los terroristas, nunca dejarán de sorprenderme. ¿Cómo es posible que lo que más les fascina sea precisamente aquello que más temen?

Su actitud era ahora de un profundo desprecio.

—Me refiero a la pólvora. Si este mecanismo de juguete le hubiera estallado directamente sobre la lengua, no le habría provocado más que una ligera molestia temporal al hablar y al comer. ¿A quién quieren matar ahora?

El que así hablaba ofrecía un marcado contraste con el visitante. Tan rubio era que podía decirse que tenía el cabello descolorido. Sus ojos, velados por pestañas casi albinas y extraordinariamente finas y sedosas, eran del azul más pálido que pueda imaginarse. Tenía la cabeza, parcialmente calva, cubierta por una ligera capa de cabello igualmente fino y sedoso, de un blanco tan marcado que se diría nieve y en el que, sin embargo, el tiempo no había dejado su huella. La boca era firme y reflexiva, aunque no dura, y la suave curva de la frente, amplia y orgullosa, hablaba con elocuencia del cerebro que tras ella se ocultaba. Se expresaba en un inglés dolorosamente correcto, y la ausencia total e incolora de deje alguno casi podía decirse que constituía un acento. A pesar de la pesada broma que acababa de gastar al visitante, había en su apariencia pocos vestigios de humor. Una dignidad grave y sombría, que revelaba una vida dedicada al estudio, era lo que le caracterizaba. Emanaban de él un aire de complacencia en el poder y una elevación hecha de calma filosófica que estaba muy por encima de los libros falsos y de los mecanismos de explosión. Tan evasivos eran su carácter, su tono incoloro y su rostro casi carente de perfiles, que resultaba imposible adivinar su edad, la cual podía situarse entre los treinta y los cincuenta años..., o quizá los sesenta. Se intuía, eso sí, que era más viejo de lo que aparentaba.

—¿Es usted Iván Dragomiloff? —preguntó el visitante.

—Por ese nombre se me conoce. Es tan útil como cualquier otro. Tan útil como es para usted el de Will Hausmann. Bajo ese nombre se le ha admitido aquí. Yo le conozco. Es el secretario del grupo Caroline Warfield. No es la primera vez que tengo tratos con ustedes. Lanigan les representó en la otra ocasión, creo.

Hizo una pausa. Cubrió con un casquete negro su poco poblada cabeza, y se sentó.

—No tendrán ustedes queja, espero —añadió fríamente.

—No, no. En absoluto —dijo Hausmann apresurándose a tranquilizarle—. El asunto resultó a nuestra entera satisfacción. El único motivo por el que hasta el momento no habíamos vuelto a acudir a ustedes es que carecíamos de dinero suficiente para pagarles. Pero ahora queremos eliminar a McDuffy, el jefe de la policía...

—Sí, le conozco —le interrumpió el otro.

—Es un bruto, una bestia —continuó Hausmann apresuradamente con creciente indignación—. Ha martirizado nuestra causa una y otra vez privando a nuestro grupo de sus espíritus más selectos. A pesar de nuestras advertencias, ha deportado a Tawney, a Cicerole y a Gluck. Ha disuelto repetidamente nuestras manifestaciones. Sus agentes nos han golpeado y maltratado como a animales. Por su causa cuatro de nuestros compañeros y compañeras languidecen mártires en las cárceles.

Mientras continuaba con esta letanía de quejas, Dragomiloff asentía con gesto grave como llevando mentalmente la cuenta.

—El anciano Sanger, por ejemplo, el espíritu más puro y excelso que haya respirado jamás este aire contaminado de la civilización, un verdadero patriarca con sus setenta y dos años y la salud quebrantada. Y ahí le tiene, muriendo poco a poco mientras cumple una condena de diez años en Sing Sing, y nada menos que en la tierra de la libertad. ¿Y todo para qué? —exclamó presa de gran excitación. Luego su voz se hundió en un vacío desesperanzado al responder débilmente a su propia pregunta—: Para nada. A esos sabuesos de la ley hay que enseñarles de nuevo una lección sangrienta. No pueden seguir maltratándonos con plena impunidad. Los agentes de McDuffy han prestado testimonio falso en el banquillo de los testigos. Lo sabemos con certeza. Ha vivido ya demasiado tiempo. Ahora le ha llegado su hora. Debió morir hace mucho, pero no pudimos reunir suficiente dinero. Sólo cuando descubrimos que el asesinato salía más barato que los honorarios de los abogados decidimos dejar que nuestros camaradas fueran a la cárcel y empezamos a acumular fondos con mayor rapidez.

—Ya sabe que nuestra norma es no aceptar jamás un encargo hasta estar plenamente convencidos de que se halla justificado desde el punto de vista social —observó Dragomiloff en voz baja.

—Naturalmente —trató de interrumpir Hausmann indignado.

—Pero en este caso —continuó Dragomiloff lenta y ponderadamente— hay escasas dudas de que su causa no sea justa. La muerte de McDuffy es, desde ese punto de vista, conveniente y adecuada. Le conozco a él y conozco sus hazañas. Y puedo asegurarle que cuando llevemos a cabo la investigación del caso llegaremos casi con certeza a esa misma conclusión. Y ahora, el dinero.

—Pero ¿y si no juzgan socialmente justa la muerte de McDuffy?

—Se les devolverá el dinero a excepción de un diez por ciento destinado a cubrir los gastos de la investigación. Es nuestra costumbre.

Hausmann sacó del bolsillo una gruesa cartera y dudó.

—¿Es indispensable que le entregue la totalidad de la suma?

—Ya sabe cuáles son nuestras condiciones. —En la voz de Dragomiloff había una velada reprimenda.

—Pero yo pensaba..., vamos..., esperaba... Ya sabe que los anarquistas somos gente pobre.

—Y por eso mismo les he hecho un precio especial. Diez mil dólares no es una cantidad excesiva por el asesinato del jefe de policía de una gran ciudad. Créame usted que apenas amortizará los gastos. A cualquier particular le cobramos mucho más, a pesar de que en esos casos se trata de matar asimismo a particulares. Si fueran ustedes millonarios en vez de un pobre grupo de luchadores, les cobraría por McDuffy cincuenta mil dólares como mínimo. Además, no supondrá usted que me dedico a esto enteramente por razones de salud.

—¡Qué barbaridad! Pues ¿qué cobrarían ustedes por un rey? —preguntó el otro.

—Depende. Por un rey, el de Inglaterra, por ejemplo, cobraríamos aproximadamente medio millón. Por un reyezuelo de segunda o tercera categoría, unos setenta y cinco o cien mil dólares.

—No tenía idea de que salieran tan caros —murmuró Hausmann.

—Por eso son tan pocos los que mueren asesinados. Por otra parte, se olvida usted de lo que supone, en términos económicos, una organización tan perfecta como la que yo he creado. Sólo los gastos de viajes son mucho mayores de lo que usted se imagina. Mis agentes son muy numerosos, y no supondrá ni por un momento que van a arriesgar su vida y cometer un crimen por un quítame allá unos dólares. Y recuerde que llevamos a cabo los encargos sin que nuestros clientes corran el menor peligro. Si le parece cara la vida de McDuffy por diez mil dólares, permítame que le pregunte si valora en menos la suya. Además, ustedes los anarquistas no son buenos organizadores. En el momento en que intentan la menor cosa, o lo echan todo a perder, o les detienen enseguida. Por añadidura, insisten siempre en utilizar dinamita o máquinas infernales que resultan en extremo peligrosas.

—Es condición indispensable que las ejecuciones que llevamos a cabo sean sensacionales y espectaculares —explicó Hausmann.

El jefe de Asesinatos, S. L. asintió.

—Sí, lo comprendo. Pero no es eso lo que importa. Esa forma de matar es tan estúpida, tan burda, que resulta peligrosa para nuestros agentes. Veamos. Si su grupo me permitiera utilizar, por ejemplo, un veneno, podría hacerles un diez por ciento de descuento. Y si pudiéramos usar una escopeta de aire comprimido, el veinticinco por ciento.

—¡Imposible! —exclamó el anarquista—. No serviría para nuestros propósitos. Nuestros crímenes deben ser sangrientos.

—En ese caso, me temo que no puedo hacerle descuento. Usted es americano, ¿verdad, señor Hausmann?

—Sí. Nací en Estados Unidos. En St. Joseph, Michigan.

—¿Por qué no mata a McDuffy usted mismo y ahorra el dinero a su grupo?

El anarquista palideció.

—No, no. Sus servicios son excelentes, señor Dragomiloff. Debo reconocer que, por temperamento, tengo aversión al asesinato y al derramamiento de sangre. Verá, se trata de una cosa personal. Me resulta repulsivo. Teóricamente puedo estar convencido de que un asesinato es justo, pero cuando llega el momento de llevarlo a cabo no puedo hacerlo. Sencillamente soy incapaz. Es algo que no puedo evitar. No podría matar a una mosca.

—Y, sin embargo, forma parte de un grupo violento...

—Lo sé. Es la razón lo que me impulsa a pertenecer a él. No me sentiría satisfecho si me hubiera afiliado a la agrupación de tolstoianos filosóficos que no oponen resistencia. No puedo ofrecer la otra mejilla, como hacen los del grupo Martha Brown, por ejemplo. Si me pegan, yo soy de los que devuelven el golpe.

—Aunque sea por mano de otra persona —interrumpió Dragomiloff secamente.

Hausmann bajó la cabeza.

—Aunque así sea. Cuando la carne es débil, no queda otro remedio. Aquí tiene el dinero.

Mientras Dragomiloff lo contaba, Hausmann hizo un último esfuerzo por lograr un trato más ventajoso.

—Diez mil dólares. Verá que le entrego la cantidad exacta. Tómela y recuerde que representa la dedicación y el sacrificio de decenas y decenas de camaradas que a duras penas han podido aportar las cuantiosas contribuciones que les hemos exigido. ¿No podría usted, al menos, incluir al inspector Morgan en el trato para redondearlo? Otro animal de corazón más negro que la pez.

Dragomiloff negó con la cabeza.

—No, imposible. Les hemos hecho ya el descuento mayor que hemos concedido nunca.

—Pero con una bomba... —insistió el otro—. Podrían liquidar a los dos de una vez.

—Eso es, precisamente, lo que tendremos buen cuidado de no hacer. Naturalmente, hemos de someter a investigación a McDuffy. Exigimos una sanción moral para todas nuestras transacciones. Si decidimos que su muerte no está justificada desde el punto de vista de la sociedad...

—¿Qué pasaría entonces con esos diez mil dólares? —interrumpió Hausmann ansiosamente.

—Se les devolverían a excepción de un diez por ciento que retendríamos para amortizar los gastos.

—¿Y si no logran matarle?

—Si al cabo de un año hemos fracasado en nuestro intento, les devolveremos la suma total más un cinco por ciento de interés.

Dragomiloff apretó un botón para indicar que la entrevista había tocado a su fin y se levantó. Hausmann siguió su ejemplo y aprovechó el retraso en la llegada del criado para dirigir a Dragomiloff una pregunta más.

—Pero supongamos que muere usted por accidente, enfermedad o cualquier otra causa. No tenemos recibo de ese dinero. Lo perderíamos.

—Todo está previsto. Inmediatamente el director de la sucursal de Chicago se haría cargo del asunto hasta que llegara el jefe de la agencia de San Francisco. El año pasado ocurrió un caso semejante. ¿Recuerda usted a Burgess?

—¿Qué Burgess?

—El rey de los ferrocarriles. Uno de nuestros hombres se encargó del asunto. Llevó a cabo la transacción y, como de costumbre, recibió el pago por adelantado. Naturalmente, obtuvo mi autorización. Pero luego sucedieron dos cosas. Burgess murió en un accidente de ferrocarril y nuestro agente falleció de una pulmonía. Aun así, se restituyó el dinero. Yo me ocupé de ello en persona, aunque, legalmente, no teníamos por qué efectuar la devolución. Nuestra reputación demuestra que procedemos con toda honradez con respecto a nuestros clientes. Créame usted que tal como operamos nosotros, al margen de la ley, todo lo que no sea la más estricta honradez podría sernos de fatales consecuencias. En cuanto a McDuffy...

En ese momento entró el sirviente y Hausmann avisó con un gesto a su interlocutor para que guardara silencio. Dragomiloff sonrió.

—No oye nada —dijo.

—Pero usted le ha llamado ahora mismo para que viniera. Y contestó también al timbre de la puerta cuando yo llegué.

—Para él el sonido es algo visual. En lugar de sonar un timbre, se enciende una luz. No ha oído un ruido en su vida. Mientras no mire sus labios, no entenderá lo que usted diga. Y ahora, contésteme: ¿están totalmente decididos respecto a McDuffy? Recuerde que en lo que a nosotros concierne, una vez que aceptamos un encargo, el cliente puede considerarlo cumplido. No podemos operar de otra manera. Tenemos nuestras normas. Una vez que damos el visto bueno a una orden, no hay vuelta atrás. ¿Está usted satisfecho?

—Totalmente.

Hausmann se detuvo junto a la puerta.

—¿Cuándo tendremos noticias... de sus actividades?

Dragomiloff meditó unos momentos.

—Antes de una semana. La investigación en este caso es una pura formalidad. Y la operación en sí es muy sencilla. Mis hombres están siempre preparados. Buenos días.

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