viernes, 6 de marzo de 2026

Lawrence Durrell Trilogía mediterránea La celda de Próspero Reflexiones sobre una Venus marina Limones amargos

 


Este volumen reúne tres obras literarias de primera magnitud que siempre han escapado a cualquier clasificación genérica. Con elementos de la autobiografía, del libro de viajes, del reportaje político, con una erudición asombrosa y una capacidad extraordinaria para captar el espíritu de toda una cultura, y sirviéndose con ingenio de las citas literarias, Durrell construye un impresionante viaje narrativo a unos parajes y a una época deslumbrantes: Corfú en los años cuarenta, durante la Segunda Guerra Mundial, en La celda de Próspero; Rodas en 1953, donde Durrell trabajó como diplomático tras la guerra, en Reflexiones sobre una Venus marina, y el Chipre de los primeros enfrentamientos entre chipriotas griegos y turcos, aún hoy no resueltos, en Limones amargos.

Tres magníficos ejemplos de un tipo de libro muy propio de Durrell pero absolutamente inclasificables, tan originales como cualquiera de sus novelas.

jueves, 5 de marzo de 2026

Mélanie Mettra Santo Tomás de Aquino La unión de la razón y la fe En 50 minutos Historia - fragmento

 


Santo Tomás de Aquino, doctor en teología y profesor en varias universidades, es el autor de una obra colosal en la que aúna dos materias que se consideraban irreconciliables: la filosofía y la teología. Durante toda su vida, este hombre de fe intentará reconciliarlas aunando religión y razón y afirmando que no son opuestas, sino que se trata de dos medios para acceder al conocimiento de Dios. Todavía hoy en día, el pensamiento de santo Tomás de Aquino se encuentra presenten en la vida intelectual del la Iglesia católica.

Esta guía concisa y estructurada te ofrece todo lo que necesitas saber sobre la biografía del personaje, el contexto en el que se desarrolla, los puntos principales de su pensamiento y las repercusiones del mismo, tanto durante su época como tras su fallecimiento.

SANTO TOMÁS DE AQUINO

  • ¿Nacimiento? En 1225, en el castillo de Roccasecca, Aquino (Lacio).
  • ¿Muerte? En marzo de 1274, en la abadía de Fossanova, Priverno (Lacio).
  • ¿Principales aportaciones? Conciliación del dogma católico y de la filosofía aristotélica dentro de la doctrina tomista, convertida en doctrina oficial de la Iglesia católica.

Las representaciones contemporáneas de la Edad Media suelen ser las de una época sombría, marcada por el obscurantismo, opuesta al Renacimiento, coronado por el halo de luz del humanismo y de los avances científicos. Pero esta creencia olvida la formidable viveza del pensamiento que caracteriza a la época medieval.

Durante la Edad Media, los pensadores de las tres grandes religiones monoteístas se centran ante todo en el conocimiento de Dios. La época medieval permite que los eruditos del mundo islámico y, más tarde, los de Occidente a partir del siglo IX, redescubran los textos filosóficos antiguos. Estos últimos llevan a cabo diatribas intelectuales en las universidades recién creadas del siglo XII que marcarán durante muchos siglos el pensamiento filosófico y teológico. Entre ellos se encuentra Tomás de Aquino. Este hombre, con una constitución extraordinaria, doctor en teología, profesor en la Universidad de París y, más tarde, en Roma y en Nápoles, es el autor de una obra colosal en la que combina filosofía y teología. Comentador infatigable de la Biblia y de los escritos de Aristóteles, impregnado por el amor de la contemplación y de la oración, demostrará a lo largo de sus tesis que la razón y la fe, lejos de ser rivales, son dos medios para acceder al conocimiento de Dios. Todavía hoy en día, el pensamiento de santo Tomás de Aquino, que es también autor de escritos políticos que llevan el germen de un pensamiento democrático, incluso laico, y que promueve una moral de la felicidad, participa en la vida intelectual de la Iglesia católica.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Serafín Álvarez Quintero & Joaquín Álvarez Quintero Obras completas. Tomo VI Obras completas Hnos. Álvarez Quintero - 6

 


Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero son autores andaluces que cosecharon un gran éxito hace aproximadamente un siglo. Su producción es básicamente de comedias y se divide en las ambientadas en su Andalucía natal, tamizada por los recuerdos de su infancia y presentando siempre una visión luminosa y alegre, y las ambientadas en Madrid, más amargas. En cualquier caso, la mayoría son divertidas y siempre muy bien escritas.

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive.

TOMO VI

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive, cuyos títulos, por orden cronológico, son los siguientes:

Los restos.Burlona
Seguidillas de baile.Olvidadiza.
La comiquilla.Azares del amor.
El álbum de la bisabuela.Nidos sin pájaros.
La inglesa sevillana.Manantiales.
La venta de los gatos.En mitad de la calle o La prisa de las mujeres.
Los papaítos.Ventolera.
La Giralda.El poetilla.
El maleficio.Filosofía alcohólica.
Fifín II.El amor en un hilo.
Siete veces.Manolita Quintero.
La risa va por barrios.Pregón de flores.
Tuyo y mío.El género chico.
¿A qué venía yo?Un día es un día.
Mañana de sombras.Entre sueños.
La divina inventora.Los burladores.

martes, 3 de marzo de 2026

Miguel Ángel Asturias El Alhajadito fragmento

 



Miguel Ángel Asturias

El Alhajadito


 PRIMERA PARTE

I

Bigotes de miel de caña de azúcar. Por las comisuras le bajaban como puntas de bigotes chinos, tostaditos, cosquillosos, dulces al lamerlos con lengua de gato. Tenía que defenderse de las moscas a manotazos. Defender sus bigotes. El zumbido, ligero del insecto al ataque y el ronco zumbido del insecto golpeado. Una como caída de algo que se recupera y sigue volando. Cuando el ataque de la mosca a sus bigotes era de vueltas calculadas en círculos y círculos, la manotada se convertía en ademán despacioso. Los moscones verdes, pesados, lustrosos, le hacían huir del sube y baja adormecedor de las moscas pequeñas, siempre chupeteando la caña, masca que masca el canuto de pulpa blanca, entre los cortantes filos de la cáscara apenas desgarrada y siempre jugosa.

La casa tenía olvidado muy a trasmano un trecho de corredor. No daba a ninguna puerta, a ninguna ventana. Simplemente a la espalda de una pared lisa que lo separaba de unos cuartos para aparejos y otros estropiezos. Un alero inclinado caía a tres pilares de madera sentados sobre basas de piedra y servía de medio techo, techo de un lloro. Llovía y sólo de un lado caía el agua. Hay techos de dos aguas. Casas que lloran por los dos ojos. El corredorcito, su corredorcito, sólo lagrimeaba con un ojo, gota a gota, primero, y luego a lagrimitas de tejas que formaban arroyos de llanto dulce que por río más grandes iban a dar al Atlántico o al Pacífico. Las casas de dos aguas lloran para los dos mares desde aquellas alturas, un ojo para cada mar.

Pared lisa, techo de un lado, piso de ladrillos cuadrados y más abajo, en lugar de patio, el monte. El monte verde. Toda clase de monte. Más allá, el mismo monte.

Y más allá, el mismo monte.

Nadie cuidaba de este corredorcito. Una existencia ignorada. El viento enano lo barría. La lluvia sesgada lo lavaba. Una que otra vez descubrió caca de gallina en el piso. No agrandaba los ojos, pero pensaba abrirlos hasta donde le dieran las pupilas para expresar su sorpresa.

¿Gallinas…? ¿A qué hora vendrían…? ¿De dónde vendrían…?

Los gallineros quedaban del otro lado de la casa. Sólo que volaran. Pero él las habría sentido pasar sobre los patios, mitad volando, mitad arrastrándose.

El corredor aquél. Aquel su corredorcito. Una mañana descubrió una cáscara de aguacate. Un guacalito. No le dio importancia. Hizo como que no lo veía. Él no lo veía, pero alguien desde el guacalito lo miraba. Una pupila de agua brillante en el fondo morroñoso de color negruzco. Le dio un puntapié y se quedó dueño del corredorcito que olía a gente, a mucha gente, a gente sudada, a gente de humor fuerte, a gente que no se baña, a gente que ha caminado mucho.

Un tiznón de carbón en la pared que fue blanca, amaneció un día como rajadura de temblor. Sol de mediodía, doloroso, claro. Un coronadito acababa de aparecer y se movía como en una balsa inestable a la orilla del corredorcito. Al instante subió al alero y dejó el espacio gozoso de alas.

¿Quién tiznó la pared? ¿Quién vino anoche al corredorcito? Ayer no estaba aquella como rajadura. ¿Quién? ¿Quién…?

Ya tenía el invierno encima. Era imposible que en aquella duda de visitas nocturnas de gallinas y fantasmas que comían aguacate dejara su corredorcito sin su presencia durante todo el invierno.

Vendría a ver llover allí donde el monte se traga el agua, sin que suene como en los patios empedrados de la casa. Se la traga y nada más. Igual que si la esperara con la boca abierta.

Echó a andar a grandes zancadas. El corredorcito abandonado era como el muñón del brazo de una casa antigua.

Una, dos, tres… ¿Cuántas filas de ladrillos cuadrados? Tres, cuatro, cinco, seis, siete… Y del otro lado de la pared, en los cuartos oscuros, los aparejos de las bestias de carga y unos barriles estrechos y altos llenos de monedas oxidadas, hediondas, húmedas, perdidas en ceniza revuelta con papel quemado.

Siempre llevaba de esas monedas en sus bolsillos. Peso agradable del metal tintineante en el vacío de trapo de la bolsa. No todas las monedas eran iguales. Las más grandes, color de oro con sangre, mostraban de un lado dos mínimas columnas, abajo tildes de enes simulando olas y arriba, al fondo, el sol a medio salir del mar, y del otro lado, una mujer vendada con una rama de hojas en la mano izquierda, y en la derecha una balanza. Otras de estas monedas, menos pesadas, delgaditas, de color blanco, traían de un lado un número 9, que podía ser 6, según se viera, y del otro lado una mano abierta. Las más raras eran unas moneditas muy pequeñas, llamadas cuartillos, horadadas por el medio.

Al aproximarse el invierno, las monedas se sentían húmedas, pegajosas, hediondas a metal, perdidas en los barriles de cenizas que se regaba en el suelo, cada vez que su mano se hundía en son de ataque para buscar en el fondo más monedas. Cierta vez sintió que la ceniza le apretaba la mano. Sacó el brazo violentamente, y no supo bien —del susto le temblaban los dedos— si realmente la ceniza le había agarrado los dedos. Se le secó la boca. Apenas tura tiempo de alejarse enguantada la mano de polvo de huesos. Gritos… ayes… maderámenes que crujían… lengüetazos de fuego que devoraban lo que les salía al paso… hachazos a fondo… y más lejos detonaciones de arcabuces acompañadas de un penetrante olor a brea, pólvora, alquitrán y agua salada.

Estaba en su corredorcito. Nada era real. Imaginación. Sueños. Cuentos de las criadas viejas. Estaba en su corredorcito con una caña dulce, sus bigotes de miel pegosteada en las comisuras de los labios y las moscás volando…

Un ademán lento, una manotada…

La miel lo invadía de una sensación amorosa, caliente, de fruta y ángel. Como sonar una flauta de caña dulce. Solo que el sonido era almíbar. Ya traería su flauta para tocarla allí, igual que si chupara caña, y entonces el almíbar se convertiría en música. Sus dedos, patas de araña, tapando y destapando los agujeros de la flauta en veloz carrera, para dejar escapar o cerrarle el paso al sonido. Otra miel. Otra fiesta. El corredorcito arrinconado estaría oscuro. La flauta se oiría en la oscuridad tan lejana y él mismo se sentiría tan lejos en su corredorcito, tan lejos, sin moscas, sin bigotes de miel de caña.

lunes, 2 de marzo de 2026

Ramón Gómez de la Serna La viuda blanca y negra Fragmento

 



Gómez de la Serna es el escritor español que mejor representó la vanguardia artística y literaria de su época. En esta obra Madrid y París se reparten escenario de la acción, tiene mucho de detectivesca y lo erótico está en un elevado nivel literario y artístico, a la altura de Virginia Woolf o James Joyce.


I
EN LA MISA DE ANIVERSARIO

Era una de esas misas de aniversario a las que no hay más remedio que ir. La iglesia no tenía ese luto que debía corresponder a una misa fúnebre, por más que el que se celebre sea un décimo aniversario, de esos decimos aniversarios que de pronto llenan las cuartas planas de muertos que parecen recientes.

Nadie en el público se había dado cuenta de que se trataba de una misa por el sufragio de nadie. Todos asistían a una misa como la da todos los días, y se veía que eran abonados a esa misa y a esa hora todos los que estaban en la iglesia.

Rodrigo, poco acostumbrado a entrar en las iglesias, disfrutaba de todos los detalles de la iglesia como cosa insólita llena de emociones y sabores infantiles. Primero, durante largo rato, se había quedado ciego, pero ciego con los ojos completamente abiertos, ciego con una sombra de sangre en los ojos, ciego como si los velos de la iglesia le hubieran cubierto los ojos.

Después vio el primer rayo de sol, como un roto en su oscuridad, y fue buscando a los parientes, con los que iba a cumplir. La tía Genoveva, enorme, opulenta, con su sombrero de alto copete, se destacaba la primera junto al altar mayor. Ésa no faltaba ningún año. Después vio a los demás de la familia del ilustre muerto, del querido tío de Rodrigo, al que Rodrigo apenas debía nada sino unas sonrisas y unas bromas que no había olvidado. Casi nadie de los que le debían algo estaba por allí. ¡Es que era el décimo aniversario y ya era como si no hubiese existido nunca el pobre difunto!

La misa estaba comenzada porque, eso sí, Rodrigo no podía llegar nunca a tiempo. Aquella sensación de que todo le volvía las espaldas le dejó en una especie de soledad en compañía, extraña, aguda, como si estuviese presente y muerto, como sombra espiritual de sí mismo. Hasta esa misma presencia de los vivos en las iglesias tiene una emoción de muerte.

Los dorados de las tallas y los cornisamentos le intentaban halagar y se le hacían presentes como nada. Los veía brillar, exaltarse en la luz, ser como los caireles de la iglesia, como la base de su gran lujo. Eran como espaldillas de torero colgadas aquí y acullá.

Otra vez volvía con extrañeza a aquellas mujeres vueltas, curvadas, con mórbida postura sobre los reclinatorios, en postura que tenía también una cosa de sumisión de mujer, de espera lúbrica.

Le excitaba el espectáculo de la iglesia. Hacía más atrevido su pensamiento que el de la calle. Recordaba todas las entradas en la iglesia como una sobreexcitación aguda. Sus horas de colegial salían más claras que de ningún sitio, de la iglesia. Recordaba también como un desmayo en el que le hundían las cosas, su estancia en las iglesias de la provincia lejana cuando iba a confesar y los curas tardaban ímprobamente en despachar la larga hilera de pecadores.

En aquella sombra había derretidas tantas presencias que habían dejado su anhelo, su escalofrío de gusto al pensar en el cielo, que los niños encontraban la primera honda promiscuidad en la sombra de la iglesia. Las mujeres parecían haberse desvelado en la sombra de aquella gran nave, en que sufrimos el contacto más serio de la vida, en que tomamos parte en las fiestas de los mayores, en el salón de la iglesia.

Rodrigo quería precisar en las sombras aquellas siluetas que parecían engurruñadas sobre sí mismas. En las alturas subían hacia lo alto, como espirales o enredaderas, las orlas talladas. Había música de órgano en los pliegues de lodo y en la ornamentación había notas de trompetería.

Casi todas las mujeres que entraban tenían ya su orientación en la iglesia, buscaban su capilla como si ese fuese su gabinete privado y las más buscaban aquella especie de «gabinete ortopédico» de la capilla de los exvotos. Se sospechaba que aquella pierna colgada respondía de la de tal Señora y aquellos senos eran de otra, y hasta aquel niño ya tan amarillo y abortado representaba la niñez de la otra.

Las sillas de pueblo de la iglesia, las sillas bajitas con asiento de paja y traje de luto que están siempre arrima das al balcón en las casas de pueblo, daban una campechanería especial a la iglesia.

Rodrigo buscaba entre todas aquellas mujeres, su mujer. La mujer que el hombre escoge en todos lados. No la encontraba, porque sus primas, aunque eran guapas, tenían para él esa especie de carne de bacalao sin sal que es la carne de todas las mujeres de la familia.

Junio a un oscuro confesonario había una penitente arrodillada, metida en el rincón de la confidencia. Parecía hablar por la reja, por la celosía con su novio, era como el pelar la pava del fraile enclaustrado y la mujer que le ruega que abandone su clausura.

Tenía aquella mujer disimulada en el rincón confidencial de la confesión, una gracia de formas encantadora. Parecía al mirarla estarla sorprendiendo en una postura de confianza, en la postura más de la intimidad, pues se veía que era la mujer orgullosa, altiva, elegante, que no sabe arrodillarse, que se arrodilla con ingenuidad, en la postura desarreglada, provisional, imprevista de la mujer que nunca pidió perdón y a la que el que puede humillarla la ha hecho que pida perdón.

Rodrigo esperaba el fin de aquella confesión y miraba la sombra de los demás confesionarios, sombra llena de pecados estancados, con telarañas negras en los rincones en los que trabajaba la araña del pecado y como llenos también de pulgas negras que, simbolizando los pequeños pecados, son las pulgas que guardan las mujeres en el nido de sus ligas o en la estrechez del corsé.

Hombres, ya no se confesaban casi nunca, ninguno. Por eso los pecados abyectos de los hombres, gordos como sapos cuando eran mortales, y cuando eran veniales sucios como chinches llenos de sangre, no se mezclaban a los de las mujeres.

Varias veces, el cura silencioso que accionaba en el al lar mayor, se había vuelto hacia él y le había mirado y le había reconocido como se reconoce al escéptico, pero lo había bendecido de todas maneras, porque no había tenido más remedio que hacer el gesto al volverse.

Las misas de las oirás capillas transversales a la gran misa central parecía que la hacían de menos y perturbaban la única atención que había que sostener. Curas más rústicos y humildes, sacerdotes que se aproximaban más al pastor arquetipo decían esas misas como secundarias, con la vela indecisa, con una especie de cabito de vela. La casulla dorada era la que daba luz suficiente a las pequeñas capillas.

Confesión larga era la de aquella mujer misteriosa e interesante, que muy vestida de viuda parecía contar la agonía de su esposo y lo que ella lo quería, al memorialista de la confesión, encerrado en su garigola. ¿Quizás contaba aún los pecados de su pasado, pecados confesados con retraso, pecados cometidos aún con el muerto?

Caía como una larga cola sobre su «pompa postrera» la pena del sombrero, cubriéndola un poco las piernas, vestidas con medias caladas, detrás de las que relucía la carne de la penitente, blanca como la hostia iluminada.

¡Cómo brillaba aquella mano conque se asía a la repisa de la ventanilla! ¡Cómo debían de sufrir todas las tiranteces de sus articulaciones acostumbradas a la enervación de la mujer cómoda, en aquella postura incómoda que iba resultando tan larga!

De vez en cuando, Rodrigo la veía moverse, asentar el pie como para ir a levantarse y, sin embargo, continuaba otro largo rato. De vez en cuando se oía el rezongueo de la confesión, la confesión a la que nunca habrá oído indiscreto que se acerque. Ni las mujeres, que son tan curiosas, aplicaron el oído nunca a las confesiones que pudieron oír, aunque las tocase estar arrodilladas en la fila de los que esperaban, teniendo a veces que hacer un gran esfuerzo para no oír a la mujer nerviosa, que sin darse cuenta levanta la voz demasiado.

Por fin, como quien se recoge y levanta la cola para andar, la viuda recogió su larga «pena», y buscando la mano del cura —con el tacto de la de los peluqueros cuando apuran la barba— dio un beso en ella.

Rodrigo se quedó emocionado cuando aquella mujer levantó sus ojos y se volvió a orientar por entre las cosas perecederas, buscando el camino entre las sillas, en cuyos bordes se suele tropezar constantemente en las iglesias, destrozándose todas las espinillas el que tropieza. La viuda tan blanca y tan negra que le tenía deslumbrado, buscó su silla y tomó un devocionario y una sombrilla que había dejado en ella durante la confesión y se sentó.

Primero se puso a recapacitar y se abstuvo de mirar a ningún lado, pero en seguida cometió el primer pecado de distracción. Ella, indudablemente, había visto la mirada de Rodrigo y su presencia al lado del confesionario. Había sentido tal vez los azotitos en el transportín que le habían dado cariñosamente las miradas de aquel hombre, y lo buscaba hacia donde estaba, encontrándole enseguida y atreviéndose a mirarle fijamente.

Rodrigo recogió aquella mirada con encanto, satisfecho de obtener la mirada depuradísima de la que se acababa de confesar. La viuda parecía haber recobrado toda su virginidad después de la confesión.

La iglesia, con la misma luz de al principio, parecía haberse llenado de luz y se sopaba en la luz y se probaban los bizcochos borrachos de las largas franjas de luz espolvoreada, densa como un azucarillo de luz.

Todo se veía como después de una revelación y se encontraba en los rincones esa alegría de la habitación espaciosa y esterada con estera de pleita. Las puertas sonaban como puertas de armarios roperos. Había siempre algún arrastre de pies que parecía el de todo un colegio que entraba, resultando después que era el solo paso de una beata.

Rodrigo, un poco mareado con ese espectáculo a que estaba tan poco acostumbrado, veía subir, como en un concurso de altura, los cálices de los distintos altares y la Sagrada Forma, que parecía volar al cielo después de cada ofrecimiento, como si fuese una especie de cometa blanca y nacarada.

La viuda de vez en cuando se movía lanzando hacía sus atrases coleos de su gran pena, bufándola como quien bufa el pelo de su crespa cabellera suelta. Sus piernas, con las medias caladas de más fina filigrana, lucían como las candilejas de su figura y leía en su libro de misa las palabras amorosas que en miradas disimuladas iban a buscar a Rodrigo.

Por fin la segunda misa de duelo acabó, bajando los escaños el cura como macero que después de su misión se va a vestir de paisano y se va a fumar el cigarrillo de después del desayuno, cogiéndole con la fina aprehensión muy de ritual del dedo índice y el pulgar, con aplastamiento de pinzas.

Hubo un momento de tregua en que los parientes se miraron unos a oíros, y las mujeres se sentaron con asiento pleno en las sillas cómodas para la lectura; las sillas bajas que las hacían a todas un poco jorobadas.

La viuda se había puesto de pie, gallarda, más alta que antes, porque había hecho el desperezo, la distensión de la que va a salir a la calle y despliega toda su figura. Su falda, de un corte especial, con dos haldas, la hacía caer de las caderas dos alas ceñidas.

Rodrigo, al verla ir a salir, retrocedió hacia la puerta y se preparó a darla agua bendita. Era un acto antiguo y de la cortesía del pasado aquel de dar agua bendita a una mujer, pero Rodrigo lo iba a usar porque le parecía un acto admirable para encadenar los destinos, para empalmarse con la mujer desconocida.

Estaba radiante y maravillado ante su ocurrencia. Iba a practicar la gran indiscreción permitida, iba a darla un beso húmedo en los dedos, iba a infiltrarla su influencia, su deseo, sus esperanzas.

En efecto, ella avanzó hacia la pila y Rodrigo entonces con un gesto muy acoplado al momento, la ofreció un sorbito de agua, un poco de esa salivilla bendita que se pega a la punta de los dedos y ella lo tomó sin titubear, porque parece una cosa escrita y prescrita en el decálogo:

«Que la que recibe el ofrecimiento de agua bendita, lo debe aceptar hasta de su enemigo».

Rodrigo, aprovechándose de esa vuelta entera que dan las mujeres al persignarse frente al altar mayor, cuando esa misma persignación es hasta en los curas media vuelta soslayada, salió detrás de la viuda, y ya fuera de la iglesia para que por cualquier escrúpulo religioso no le rechazase, la dijo:

—Es usted la blancura ideal y no quisiera si no poderla volver a ver… No podría yo vivir sin ver de cerca esa blancura incomparable…

El sintió que caían sobre los ojos de ella los segundos párpados del desvanecimiento por influencia de la floroída y entonces insistió:

—La blancura de usted pone en el día como una de esas lunas de la mañana, que se atreven con el sol…

Ella se volvió al oír aquello y sonrió. Todo su descole en forma de sonrisa, sonrió también.

Entonces él se puso a su lado y toda la calle que los mi_ raba, vio cómo escalaba el ascenso de ir al lado de ella, a su vera misma, el que a la vista de todos había comenzado con timidez de colegial, guardando las distancias.

domingo, 1 de marzo de 2026

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA POR EL P. ZEFERINO GONZÁLEZ DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO CARDENAL ARZOBISPO I>E TOLEDO SEGUNDA EDICIÓN FRAGMENTO

 


CRISIS ESCOLASTICO-MODERNA

 Transición de la Filosofía escolástica á la Filosofía moderna 11." EL RENACIMIENTO.

 Con la decadencia de la Filosofía escolástica, inicia da , promovida y desarrollada por las diferentes causas que dejamos apuntadas, durante los siglos xiv y xv, coinciden y vense germinar ya desde el primer tercio del último los primeros síntomas del Renacimiento, el cual á su vez puede ser considerado como el punto de partida y como la forma general del movimiento filo sófico que representa la transición de la Filosofía esco lástica á la Filosofía moderna.

 Pero no se olvide que este movimiento filosófico, que abraza gran parte del siglo xv y todo el siglo xvi , no debe exclusivamente su existencia y su naturaleza al solo Renacimiento. Aunque iniciado por éste é informado generalmente de su espíritu renaciente ó neopagano , debió en gran parte su desarrollo, sus manifestaciones y sus carac teres á otros grandes sucesos contemporáneos, cuales fueron, entre otros , la invención de la imprenta , el descubrimiento del Nuevo-Mundo, los viajes á la In dia , las luchas doctrinales provocadas por el protes tantismo , las invasiones crecientes de los legistas y del poder civil contra la Iglesia , la formación y pre ponderancia de la clase media , las tendencias secula- rizadoras y absolutistas de los gobiernos , y hasta las guerras político-religiosas de la época. La fermentación producida en los espíritus por to das estas causas , unida á la fascinación causada en los mismos por el Renacimiento , ó digamos por la súbita aparición de las artes , de las letras y de la Filosofía greco-romanas, produjo ese movimiento filosófico, confuso , desordenado y complejo , que llena los si glos xv y xvi, y que representa la transición de la Fi losofía escolástica á la moderna , ó , si se quiere , el predominio y victoria de ésta sobre aquélla. 

El espíri tu humano, atraído por la belleza plástica de la forma griega, desdeñó la belleza ideal y moral de las artes cristianas; lisonjeado en su orgullo y en su afán de independencia por los predicadores del libre examen, fascinado y lleno de entusiasmo en presencia de los nombres , de los escritos y de los sistemas de los anti guos filósofos de la Grecia, marchó desatentado y como ebrio en todas direcciones, abandonando el terreno firme de la subordinación de la idea filosófico-racional á la idea cristiana , echando en olvido y hasta menos preciando aquella sobriedad científica de que tan bri llantes ejemplos diera la Filosofía escolástica en sus grandes y nobles representantes. 

Y la Filosofía del Re nacimiento ó de esta época de transición , salvas algu nas excepciones , se le vantó airada contra la Filosofía escolástica , en vez de levantarla de su decadencia, en vez de corregir sus abusos y defectos, en vez de resti tuirla al buen camino de que se había separado, en vez de perfeccionarla y desarrollarla en sus ideas y solu ciones , y , sobre todo , en vez de completarla y agran dar sus horizontes y sus aplicaciones por medio del cultivo de las ciencias físicas, exactas y naturales. Si el espíritu humano , en vez de seguir en el orden filo sófico la tendencia neopagana y racionalista del Rena cimiento, hubiera restaurado la Filosofía escolástica, completándola y perfeccionándola , y en el orden reli gioso , en vez de recibir la influencia protestante con sus naturales frutos, el racionalismo y naturalismo, hubiera seguido desenvolviéndose y progresando bajo la influencia del Catolicismo, ¿cuál sería hoy el esta do de la Europa? ¿Se hallaría , como se halla, agitada y conmovida por tan funestos presentimientos acerca de su porvenir? ¿Estaría tan amenazada y corroída por esas doctrinas y costumbres de sensualismo universal y por las corrientes ateo-socialistas? Problema es este que bien merece fijar la atención de los hombres que piensan, al menos de aquellos para quienes la Filoso fía de la historia entraña algo más que la concepción determinista , y para quienes la historia de la huma nidad es algo más que lina rama de la física. 

I 2." CARACTERES GENERALES DE LA FILOSOFÍA EN LA ÉPOCA DE TRANSICIÓN. 

«Entre la Filosofía escolástica , escribe V. Cousin, y la Filosofía moderna, está la que con justicia podría apellidarse Filosofía del Renacimiento, porque siesta Filosofía es algo , es aute todo una imitación de la an tigüedad. Su caracteres casi enteramente negativo: rechaza la escolástica , aspira á algo nuevo , y forma lo nuevo con la antigüedad. En Florencia se traduce á Platón y los alejandrinos, fúndase una Academia llena de entusiasmo, desprovista de crítica, en la cual se amalgaman, como en otro tiempo en Alejandría, Zo- roastro , Orfeo , Platón, Plotino y Proclo , el idealismo y el misticismo , un poco de verdad y mucha locura. Aquí adoptan la Filosofía de Epicuro, ó sea el sensua lismo y el materialismo ; allí se abrazan cou el estoi cismo ; eu otra parte se entregan al pirronismo. 

Si casi por todas partes es combatido Aristóteles, es el Aris tóteles de la Edad Media , es el Aristóteles de Alberto Magno y de Santo Tomás, el Aristóteles que, bien ó mal comprendido , había servido de fundamento y de regla á la enseñanza cristiana ; pero se estudia á la vez y se invoca el verdadero Aristóteles, y en Bolonia y en Roma , por ejemplo, se sirven de él para atacar al Cristianismo. Eu realidad, esta pequeña época uo cuen ta hombre alguno de genio que pueda ponerse en pa rangón con los grandes filósofos de la antigüedad , de la Edad Media y de los tiempos modernos : no produ jo monumento alguno duradero, y si se la juzga por sus obras, hay motivos para ser severo cou ella.» Sin ser completo en todas sus apreciaciones , este pasaje de Cousin expresa con bastante exactitud los caracteres generales de lo que el escritor francés llama Filosofía del Renacimiento, lo mismo que nosotros apellidamos Filosofía de transición escolástico-moder na. 

El carácter más general de ésta es la imitación ar tificial y exagerada de la antigüedad , y , como conse cuencia y aplicación de ésta, el culto de la forma con preferencia y hasta con perjuicio del fondo ; la lucha contra la escolástica, y con bastante frecuencia, y como medio y resultado de esta lucha , la oposición y nega ción de las ideas cristianas , que entonces, como hoy, como siempre, tuvieron y tienen el privilegio de con citar las iras , los ataques apasionados del indiferentis mo religioso , del racionalismo, de la incredulidad. Todos estos caracteres, junto con los opuestos y variados elementos filosóficos de la antigüedad paga na, se encuentran amalgamados y como sincretizados en los principales representantes de esta Filosofía de transición , pero en proporciones muy diferentes , re sultando de aquí escuelas y direcciones de tan diversa índole y de tan varios matices, que es empresa harto difícil establecer orden y método en su historia. Porque ello es cierto, que es cosa nada fácil clasificar con precisión y exactitud las escuelas y sistemas que lle nan este período histórico , en medio de la confusión producida por el choque entre el principio escolástico- cristiano y el principio neopagano , entre la idea ge- nuínamente católica de la Edad Media, y la imitación entusiasta , exclusivista y avasalladora de la antigüe dad greco-romana y de los filósofos gentiles. Procuraremos , no obstante, acercarnos á una cla sificación exacta y completa en lo posible, y al efecto dividiremos el contenido filosófico de esta época en las siguientes escuelas ó direcciones: escuela platónica, ó, si se quiere, neoplatónica ; escuela aristotélica; es cuela antiaristotélica ; escuela físico-naturalista ; es cuela teosófico - naturalista ; escuela independiente; escuela filosófico-política. Despuésde esto, hablaremos del movimiento filosófico en el seno del protestantis mo, de la Filosofía tradicional ó escolástico-cristiana, y, por último, de la escuela escéptica.

 I 1 3.° ESCUELA PLATÓNICA. 

Esta escuela renaciente, que pudiera ser denomi nada escuela platónico-itálica, en atención á que casi todos sus representantes florecieron en Italia, debió su primer impulso al griego Jorge Gemisto , que se dió á sí mismo el nombre de Pletlion, ó que le dieron sus admiradores (qucisi alius Plato, novus Plato) y discípu los. Habiendo venido á Italia para asistir al Concilio de Florencia en 1438, comenzó á exponer y preconizar en aquella ciudad la Filosofía de Platón , produciendo grande entusiasmo por las doctrinas de este filósofo en casi toda la Italia. En realidad, lo que Jorge Gemisto enseñaba no era la doctrina propia ó pura de Platón , sino amalgamada con las teorías de los alejandrinos , ó sea según las in terpretaciones y sentido del antiguo neoplatonismo. 

 Como todos los partidarios de esta escuela en este pe ríodo del Renacimiento , Gemisto ataca con encarniza miento á Aristóteles, especialmente en las teorías que se refieren á la teología y la moral. Los argumentos del fundador del Liceo contra las ideas de Platón, y la doctrina del mismo acerca de las substancias primeras y segundas , son también objeto de vivos ataques y de apasionadas refutaciones por parte del filósofo rena ciente. Á juzgar por algimos pasajes é indicaciones de sus obras , y con especialidad de la que :on el título de Tratado de las Leyes se publicó en 1858 , en con cepto de obra inédita, el filósofo bizantino llevaba su entusiasmo hasta el puuto de reemplazar la religión cristiana por el misticismo alejandrino ó neoplatónico, si en su mano estuviera. Plethon inspiró también al duque deToscana, Cosme deMédicis, extremado amor á la Filosofía de Platón , hasta el punto que, según el testimonio del mismo Marsilio Ficino, la idea ó pro yecto de fundar la Academia Platónica florentina , que tan famosa llegó á ser en Italia, surgió en la mente del citado Cosme de Médicis al oir á Plethon (1) ensalzar las excelencias y profundidad de la Filosofía del fun dador de la Academia. La campaña emprendida por Gemisto contra Aris tóteles y en favor de Platón, fué continuada, aunque con más moderación y con más puro seutido cristiano, por el famoso Besarión, el cual nació en Trebisonda, año de 1388, asistió al Concilio de Florencia como Arzobispo de Nicea,fué después Patriarca de Cons- tantinopla y hecho más adelante Cardenal de la Iglesia romana, cuyos principios y cuya doctrina enseñó y (1) «Magnus Cosmus, escribe Ficino en su prólogo á la traduc ción de las Enneadas de Plotino, senatus consulto patriae pater, quo tempore concilium inter Graecos atque Latinos sub Eugenio Pontí fice Florentiae tractabatur, philosophura graecum nomine Gemistum, coguomine Plethonem, quasi Platonem alterum, de mysteriis plato- nicis disputantem frequenter audivit. E cujus ore fervente sicafílatus est, protiuus ut inde academiam quamdam alta mente conceperit, hanc opportuno primo tempore parilurus » practicó constantemente después del Concilio : falleció en Noviembre de 1472. 

En su obra principal, ó al menos más conocida, Adversus calumniatorem Platonis, escrita contra Ja Comparatio Aristotelis et Platonis del aristotélico Jorge de Trebisonda, Besarión ensalza y coloca á Platón so bre Aristóteles, pero procurando al mismo tiempo hacer justicia al último y evitando las exageraciones y exclusivismos de Plethon. El Cardenal griego prestó además servicios importantes á las letras y la Filosofía, traduciendo los Memorabilia de Jenefonte, y principal mente con sus versiones, algo defectuosas por dema siado literales, de la metafísica de Aristóteles y de los fragmentos metafísicos de Teofrasto. 

§ 4." MARSILIO FICINO. El discípulo más notable de Gemisto Plethon, y á la vez el representante principal del platonismo italiano del Renacimiento, fué Marsilio Ficino, que nació en Florencia por los años de 1433, y murió en 1499. Mé dico afamado y literato eminente, fué puesto por Cosme de Médicis al frente de la Academia platónica que fundó en Florencia hacia el año de 1460. Llevado de sus aficiones platónicas con tendencias alejandrinas, puede decirse que dedicó gran parte de su vida á po pularizar entre los hombres de letras la doctrina y las obras no sólo de Platón, sino de Plotino, Jámblico, Porfirio y algunos otros neoplatónicos. El médico fio rentino completó y afirmó estos trabajos de propa ganda , por medio de un tratado notable que lleva por título: Theologia platónica de immortalitate animorum. El platonismo de Marsilio Ficino no es exclusi vista, ni tampoco anticristiano, como el de algunos de sus contemporáneos. 

El filósofo de Florencia admitía y combinaba con el elemento platónico, no sólo bas tantes elementos alejandrinos, sino algunas ideas y concepciones aristotélicas, rebatiendoá la vez y recha zando las interpretaciones averroísticas de algunos acerca de la naturaleza del entendimiento humano según Aristóteles. Lejos de seguir la tendencia anticristiana de su maestro Plethon y de algunos otros, Ficino encamina sus esfuerzos á demostrar y poner de manifiesto la con formidad y armonía de la Filosofía platónica con la doctrina cristiana. Su Theologia platónica de immortalitate animorum, no es un simple tratado de psicología, como pudiera hacer sospechar su título, sino que es también un tra tado más ó menos completo de teodicea cristiana, en que se discuten muchos problemas teológicos y meta- físicos. En armonía con su espíritu amplio y conci liador, Ficino propende á la doctrina de Aristóte les sobre algunos puntos importantes , y , á pesar de sus aficiones platónicas, enseña con Aristóteles que el alma racional es forma substancial del hombre: Mena igitur forma illa est, per quam quisque nostrum in humana specie collocatur. Entre las muchas razones que aduce para demos trar la inmortalidad del alma , hay algunas excelentes, y otras que presentan cierto aspecto de originalidad. Sin embargo de lo dicho, descúbrese con bastante frecuencia en sus obras al discípulo de Platón y de los neoplatónicos alejandrinos, con los cuales enseña, en tre otras cosas , no ya sólo que las esferas celestes es tán animadas, sino que la tierra , el agua, el aire y el fuego tienen cada cual su alma propia: Globo terreno una anima sufficit.... Animam suam habeat aer , snam ignis, eadem rotione qua ierra suam, etaqua. Simili- ter octo coelorum globi animas ocio. 

El filósofo florentino atribuye al alma de la tierra el origen de los animales que se decían producidos ex putrescente materia (1), negando, por consiguiente, lo que hoy se llama generación espontánea. Marsilio Ficino y el cardenal Besarión pueden y deben ser considerados como los representantes más genuínos y racionales de la escuela platónica del Re nacimiento. Al mismo tiempo que vulgarizaban las obras del filósofo ateniense, y llamaban la atención sobre la excelencia de su Filosofía, hacíanlo con la mesura propia de los hombres superiores, sin descono cer ni negar en absoluto la importancia filosófica de Aristóteles y de los escolásticos, y, sobre todo, de mostrando con su pluma y con su ejemplo que la res tauración de la Filosofía, de las ciencias y de las artes antiguas , como elemento parcial del progreso, podía y debía llevarse á cabo sin renegar de la Iglesia cató lica , ni atacar sus instituciones. (1) «Quapropter berbae animantesque, quae sola putrefactione nasci videntur in térra, nou rainus a propriis causis oriri debent quam quae propagatione nascuntur. Sed ubinam sunt hae propriae causae? Procul dubio in terrena vita, sunt terrenarum vitarum cau- saepropriae.... Erunt igiturillae causae in anima terrae.» Theol.plat., de immort. anim ., lib. ív , cap. i. |

 5.° CONTINUACIÓN DE LA ESCUELA PLATÓNICA. 

El famoso Juan Pico de la Mirándula , que nació en 1463 y falleció en 1494, cuando contaba poco más de treinta años , fué discípulo de Marsilio Ficino , cuya dirección neoplatónica siguió, pero mezclada y modi ficada con ideas místicas y cabalísticas. Fué hombre de vastos y universales conocimientos, muy superio res á sus pocos años; cultivó especialmente la Filoso fía , la Teología , el hebreo y algunos otros dialectos semíticos , el griego , la astronomía , ó, mejor dicho, la astrología , y en 1486 se presentó en Roma , invitan do á todos los sabios de Europa, cuyos gastos de viaje se ofrecía á satisfacer, para que acudieran á discutir novecientas conclusiones que publicó y se comprome tía á defender , tomadas de toda clase de ciencias y materias. 

La discusión no se llevó á cabo , porque se suscitaron dudas y dificultades acerca de la ortodo xia (1) de algunas de aquellas proposiciones. En los últimos años de su vida , Pico se entregó al estudio casi exclusivo de las Sagradas Letras, distribuyó á los pobres gran parte de su rico patrimonio, muriendo en la práctica de las virtudes cristianas. 

Aunque los historiadores de la Filosofía suelen co locar á Pico de la Mirándula entre los representantes (1) Mirándula escribió una apología de las tesis tachadas ó acu sadas de heterodoxia, y en 1493 Alejandro VI publicó un rescripto ó breve favorable a la ortodoxia , al menos personal, del autor de las tesis citadas. de la escuela platónico-itálica, la verdad es que este filósofo , ó , digamos mejor, este escritor filosófico tie ne más de ecléctico y cabalista que de platónico. Cierto es que manifiesta alguna predilección y atribuye cierta superioridad á la doctrina de Platón y de sus discípulos (quorum doctrina..... ínter omnes philosophias , habita est sanctissimaj , gloriándose de haberla popularizado por primera vez en Italia (et a me mine primum , quod sciam...., est in publicum allataj en algunas de sus partes; pero no es menos cierto que también se gloría de conocer , comparar y discutir las opiniones de las diferentes escuelas ( non unius modo , sed omnigenae doctrinae piadla in médium afferre rolui), para llegar á la verdad por medio de la comparación y discusión de los sistemas y escuelas de Filosofía: ut hac coniplu- rium sectarum collatione ac multifariae discussione philosophiae, Ule veritatis fulgor.... illucesceret. En armonía con esta tendencia ecléctica , Pico se propuso conciliar los textos y sentencias que aparecen discordes en los principales filósofos, buscando concor dia entre Platón y Aristóteles (Platoni Aristotelisque concordiam), entre Scoto y Santo Tomás, y hasta entre Averroes y Avicena: in quibus Scoti et Thomae, phires in quibus Averroes et Avicennae sententiae, quae dis cordes eocistimantur, concordes esse nos assevera- mus (1). 

(1) Á pesar de estas ideas sincréticas, y en medio do sus tenden cias conciliadoras, el discípulo de Ficino conserva y descubre sus preferencias platónicas, según se desprende, entre otros, del siguiente curioso pasaje, en el cual Pico expone concisamente su juicio acerca de los principales filósofos, asi gentiles como cristianos. Después de hablar con encomio de Trimegisto , Pitágoras , Platón y Aristóteles , añade: «Atque ut a nostris, ad quos prostreino philosophia pervenit, nunc Gomo la mayor parle de los platónicos, Pico admite y supone que los cielos son cuerpos animados (1); pero lo que principalmente caracteriza y desvirtúa la doc trina del discípulo de Ficino, es la importancia y el valor científico que concede á la astrología , la magia, y, sobre todo, á la cabala 

(2). exordiar : est in Joanne Scoto, vegetuin quiddam atque discussum : in Tlioma, solidum et aequabile: in Egidio, tersum et exactum : in Fran cisco, acre et acutum : in Alberto, priscum, amplum et grande: inHen- rico , ut mihi visum est, semper sublime et venerandum. Est apud Arabes, inAverroe firinum et inconcnssum: in Avempace et Al- pharabio, grave et meditatum: in Avincenna, divinum atque plato- nicum. Et apud Graecos, in universum quidem, nítida , in primis et casta philosophia. Apud Tliemistium, elegaus et compendiaría. Apud Alexandrum , constans et docta. Apud Theophrastum, graviter elaborata. Apud Annnonium , enodis et gratiosa. Et si ad platónicos te converteris, ut paucos percenseam: in Porphyrio, rerum copia, et multijuga religione delectaberis: in Jamblico, secretiorein philoso- phiam et barbarorum mysteria veneraberis : in Plotino, primum quidquam non est quod admireris, qui se undique praebet admíran- dum, quem de divinis divine, de humanis longe supra hominemdoc ta sermonis obliquitate loquentem, sudantesplatonici vix intelligunt.» Op. Omnia., t. i, pág. 32o. Aun cuando se prescindiera de las palabras referentes á Plotino y demás neoplatónicos alejandrinos, las preferencias platónicas de Pico se revelan suficientemente en los calificativos y epítetos con que dis tingue a Enrique de Gante y Alberto Magno , que son los que más se acercan á Platón entre los escolásticos que cita. 

(1) «Qui negat coclum esse animatum, ita ut motor ejus non sit forma ejus, non solmn Aristoteli repugnat, sed totius pliilosopbiae fundamenta destruit.» (2) He aqui algunas proposiciones relacionadas con este punto, y que forman parte de las novecientas conclusiones á que antes liemos aludido: Nullti est sdeutiu quae nos mugís cartipcut de divinilate Christi, quam Magia el Cabala.— Quaelibet ro.r virtutem Imbél in Ma gia , in quantum Dei vor,e formular. — Sicut ligiuni David operi Ca- balae mirabiliter deserriunt, ¡la litjmui Orphei uperi vero lidtae et natural i a Magiar.—Nihil habebit firmnm in opere qui Veslam non 2 TOMO 111. 

 Francisco Pico de la Mirándula, sobrino del ante rior, cuya biografía escribió, fué también hombre de letras, y siguió la dirección y tendencias de su tío, es pecialmente en la parte místico-cabalística. Análoga dirección siguieron dos. escritores alema nes, que tuvieron más de literatos que de filósofos en el sentido propio de la palabra. El primero, llamado Juan Reuclüin, que nació en 1455 y falleció en 1522, se distingue por las doctrinas, ó, mejor dicho, ten dencias neoplatónico-cabalistas que ofrecen sus dos obras principales, que son De arte callalistica la una, y De verbo mirifico la otra. Esta última está escrita en forma de conferencia entre un gentil, un judío y un cristiano. Sus ataques contra las Órdenes religiosas y contra Roma, junto con los de su contemporáneo Ul- rico de Hutten, prepararon el advenimiento del pro testantismo. El segundo representante de la dirección indicada fué Enrique Cornelio Agrippa, que nació en Colonia en 148G, y murió en Grenobleaño de 1535. Los escritos de Agrippa, además de sus tendencias pitagórico-pla atraxerit.— Qni cunjunxm t Astrologiam Cabuhie , videbit quodsab- batinare et qniescere, convenientius fit posl Chrístum die dominico quuui die sabbuti.—Per mysterium duarum litterarum Van et Jod, scitur quomodo ipse Messias ut Deus, fuit principimn suipsius ut homo. —Ego animan, nostram sic dece ni Sephirot adapto , ut per unitatem sit cum prima , per inteliectum cum secunda, per rationem cum ter- tia , etc.— Qui sciverit quid sit denarius in Arithmetica form ali, et cognoverit naturum prim i nnmeri sphaeriei, sciet illud quod ego adhuc apud ahquem Cabalistam non legi, et est quod sit fmulamentum secreti magni Jobelei in Cabala. Estas y otras proposiciones no menos extra vagantes, junto con algunasmás peligrosas, teológicamente conside radas , prueban que no anduvieron descaminados los que las impug naron y se opusieron á su defensa pública. tónicas, conceden mucha importancia á la magia, que divide en natural, celeste y religiosa, ^us obras más importantes como escritor filosófico, son la que trata De occulta philosophia, y la que lleva por título : 

De incertitudine et vanitate scientiarnm, en las cuales, y principalmente en la última , abundan las ideas escép ticas y se descubren también reminiscencias lulianas. Agrippa fué como el precursor de los Paracelsos, Cardanos y otros médicos aventureros, que llamaron la atención de las gentes con sus teorías y prácticas cabalísticas y con sus excursiones desordenadas por el campo de la Filosofía y de las ciencias. Reuchlin, humanista acaso el más notable del si glo xv, representa la reacción exagerada de las letras humanas contra los defectos y vicios de la escolástica en este concepto, defectos y vicios que á la sazón ha bían llegado á su apogeo con el dominio de la escuela nominalista, representada por entonces en la Alema nia por Gabriel Biel, compatriota y amigo de Reuchlin. En honor de éste, es justo recordar que se mantuvo firme y murió en la fe católica, á pesar délas solicita ciones reiteradas y vivas de Lutero para atraerle á su partido, y á pesar de haber visto á su sobrino Me- lanchton apostatar del Catolicismo para convertirse en auxiliar y defensor de la falsa Reforma.

viernes, 27 de febrero de 2026

UNA VENTANA AL MUNDO ISAAC BASHEVIS SINGER Traducción de Andrés Catalán fragmento

 


UNA VENTANA AL MUNDO

Este volumen reúne seis relatos del premio Nobel Issac Bashevis Singer, seis obras maestras inéditas (a excepción de El huésped, publicado en nuestra colección Minilecturas). El mundo descrito por Isaac Bashevis Singer en sus novelas y cuentos evidencia la destrucción de una cultura amenazada, pero esta destrucción no está descrita por Bashevis Singer como un proceso procedente del mundo exterior, sino del propio interior de las familias judías, más permeables a la modernidad de lo que se creía. Así, sus personajes son jóvenes destinados a ser rabinos que pierden la fe, mujeres judeo-polacas que se marchan al extranjero o que se casan con gentiles, o familias que después de hacer fortuna se olvidan de sus propias tradiciones.

UNA VENTANA AL MUNDO Y OTROS RELATOS

ISAAC BASHEVIS SINGER

 

Traducción de

Andrés Catalán

 


 

 

 

Título original: Job and Other Stories

 

© 1972 por Isaac Bashevis Singer. Publicado por acuerdo con The 2015 Zamir Revocable Trust a través de Susan Schulman Literary Agency LLC, Nueva York, y ACER
© De la traducción: Andrés Catalán

 

Edición en ebook: febrero de 2022

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B

28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

 

ISBN: 978-84-18930-58-4

 

Diseño de colección: Filo Estudio e Ignacio Caballero

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Composición digital: leerendigital.com

INVENCIONES

Desde que me mudé al campo me empieza a vencer el sueño sobre las diez de la noche. Me retiro a la misma hora que mis periquitos y que las gallinas del gallinero. En la cama hojeo Fantasmas de los vivos, pero no tardo mucho en tener que apagar la luz. Un sueño sin sueños —o uno con sueños que no recuerdo— se apodera de mí hasta las dos de la mañana. A esa hora me despierto completamente descansado, la cabeza como un hervidero de planes y posibilidades. En la noche de invierno que describiré se me ocurrió escribir una historia sobre un comunista —de hecho, un teórico del comunismo— que asiste a un congreso de izquierdas sobre la paz mundial y ve un fantasma. Lo vi todo con claridad: la sala de reuniones, los retratos de Marx y Engels, la mesa cubierta con un mantel verde, el comunista, Morris Krakower, un hombre bajito y regordete con el pelo muy corto y una dura mirada tras unos quevedos de lentes gruesas. El congreso se celebra en Varsovia en los años treinta, la era del terror estalinista y los Juicios de Moscú. Morris Krakower disfraza su defensa de Stalin con una jerga de teoría marxista, pero todos captan perfectamente lo que quiere decir. En su discurso proclama que solamente la dictadura del proletariado es capaz de asegurar la paz y que, por tanto, no puede tolerarse ninguna desviación a derecha o a izquierda. La paz mundial está en manos del NKVD.

Tras los informes los delegados se reúnen a tomar una amistosa taza de té. El camarada Krakower no deja de pontificar. Oficialmente es uno de los delegados pero en realidad no es sino un representante de la Comintern. Su perilla recuerda a la de Lenin; su voz tiene un duro timbre metálico. Conoce a fondo el marxismo y sabe hablar varios idiomas; ha dado conferencias en la Sorbona. Dos veces al año viaja a Moscú. Y, como si lo anterior no fuera suficiente, es también hijo de un hombre rico: su padre posee algunos pozos de petróleo cerca de Drohobycz. No le hace falta ser un funcionario a sueldo del Partido.

Morris Krakower se maneja bien en las conspiraciones, pero en esta ocasión las intrigas no son necesarias. La prensa puede asistir a las sesiones; la policía ha infiltrado a sus espías, pero Morris no ha de temer un arresto. Incluso si fuera arrestado, no sería una gran tragedia. En la cárcel podría dedicar su tiempo a leer. Sacaría clandestinamente panfletos de su puño y letra para despertar a las masas. Unas pocas semanas en prisión no pueden sino reforzar el prestigio de un trabajador del Partido.

Fuera cae la helada. Hacia el atardecer empieza a nevar. El té se da por acabado y Morris Krakower se dirige a su hotel. Las calles son suaves, campos blancos a través de los cuales los tranvías se deslizan medio vacíos. Los comerciantes han bajado las persianas y duermen a pierna suelta. Sobre los tejados brillan innumerables estrellas. Si hay seres inteligentes en otros planetas, medita Krakower, quizás sus vidas también estén reguladas por planes quinquenales. Se sonríe ante la idea. Sus gruesos labios se separan, dejando entrever unos dientes grandes y cuadrados.

En el bordillo está sentada una loca. Junto a ella hay una cesta llena de viejos periódicos y harapos. Ensimismada y despeinada, y con un fiero brillo en los ojos, conversa con sus demonios. En algún lado maúlla un gato. Un vigilante nocturno vestido con una chaqueta de piel y una capucha comprueba los cierres de los comercios. Morris Krakower entra en su hotel, recoge la llave en la recepción y sube en ascensor hasta el cuarto piso. El largo pasillo le recuerda a una prisión. Abre la puerta de su habitación y entra. La camarera ha cambiado las sábanas. No tiene más que desvestirse. Mañana el congreso empieza tarde, así que Morris podrá recuperar algo de sueño.

Se pone un pijama nuevo. ¡Qué poco carismático es un líder descalzo enfundado en un pijama que le queda grande! Se acuesta en la cama y apaga la luz de la mesilla. La habitación es oscura y fría, y se queda dormido de inmediato.

De repente, siente que a sus pies alguien tira de la manta. Se despierta. ¿De qué se trata? ¿Hay un gato en la habitación? ¿Un perro? Se sacude el sueño de encima y enciende la luz. No, no hay nadie. Lo debe de haber imaginado. Apaga la luz y se dispone a dormir, pero de nuevo alguien empieza a tirar de la manta. Morris tiene que tirar a su vez de ella para evitar quedarse destapado. «¿Qué es lo que pasa?», se pregunta. Una vez más enciende la luz. Evidentemente tiene los nervios de punta. Está sorprendido, porque goza de buena salud y últimamente ha descansado bien. Todo va como la seda en el congreso.

Retira la manta y examina las sábanas. Sale de la cama y comprueba que la puerta tiene el pestillo puesto. Echa un vistazo al armario. Nada. «En fin, supongo que estaría soñando», concluye, aunque sabe que no se trataba de un sueño. «¿Una alucinación?». Morris Krakower está enfadado consigo mismo. Apaga la luz y regresa a la cama. «¡Basta de estupideces!».

Pero claramente alguien está tirando otra vez de la manta. Morris se incorpora en la cama con tanta fuerza que hace sonar los muelles del colchón. Alguien, alguna criatura invisible, está tirando de la manta y lo hace con la fuerza de unas manos humanas. Morris no mueve un músculo. ¿Habré perdido la cabeza?, piensa. ¿Estoy sufriendo una crisis nerviosa?

Suelta la manta y la presencia invisible, el poder cuya existencia es imposible, la desliza de inmediato hasta los pies de la cama. Morris queda destapado hasta las rodillas. «¿Qué demonios es esto?», pregunta en voz alta. No quiere admitirlo, pero está asustado. Alcanza a oír los latidos de su corazón. Ha de haber alguna explicación. No puede tratarse de un fantasma.

Tan pronto como la palabra aparece en su cabeza el terror se apodera de él. Tal vez se trate de alguna clase de sabotaje. ¿Pero de quién? ¿Y cómo? La manta se ha caído de la cama. Morris quiere encender la luz pero es incapaz de encontrar el interruptor. Tiene los pies fríos pero la cabeza caliente. Sin querer tira de un golpe la lámpara de la mesilla. Salta de la cama y trata de encender la luz del techo, pero se choca contra una silla. Da con el interruptor y enciende la luz. La manta está tirada en el suelo. La pantalla de pergamino se ha desprendido de la lámpara. De nuevo Morris comprueba el armario, se acerca a la ventana y sube las persianas. La calle está blanca, desierta. Busca una puerta que conduzca a otra habitación, pero no hay tal. Se agacha y busca a tientas bajo la cama, luego abre la puerta del pasillo. No hay nadie. «¿Debería llamar al conserje? ¿Pero qué voy a decirle? ¡No, no pienso hacer el ridículo!», decide. Cierra la puerta, echa el pestillo y baja las persianas. Vuelve a echar la manta sobre la cama y coloca la pantalla en la lámpara. «Qué locura», musita.

Morris Krakower ha empezado a sudar a pesar de que en la habitación hace frío. Tiene húmedas las palmas de las manos. «Debe tratarse de algún tipo de neurastenia», se dice, tratando de tranquilizarse. Se plantea dejar la luz encendida durante un rato, pero se avergüenza de su cobardía. «¡No debo permitirme ser víctima de semejante superstición!». Apaga el interruptor y regresa con paso vacilante a la cama. Ya no es el mismo Morris Krakower seguro de sí mismo, portavoz de la Comintern. Es un hombre asustado. ¿Volverá lo que sea que hay en la habitación a tirar de la manta?

Durante un rato Morris permanece echado sin hacer un solo gesto. La manta no se mueve. Al otro lado de la ventana alcanza a oír el apagado ruido metálico de un tranvía. Se encuentra en el centro de una ciudad civilizada y no en el desierto o en el Polo Norte. «¡Todo está en mi cabeza! —razona—. ¡Tengo que dormir!». Cierra los ojos. Inmediatamente siente un tironcito. No, no es solo un tironcito sino un fuerte empellón. En un segundo tiene la manta a la altura de las caderas. Morris estira la mano, agarra la manta y trata rápidamente de tirar de ella. Pero tiene que emplear todas sus fuerzas porque su visitante nocturno está tirando enérgicamente en la dirección contraria. El visitante es más fuerte y Morris tiene que ceder. Resuella, gruñe, le insulta. El breve forcejeo deja a Morris cubierto de sudor. «¡Qué calamidad más grande!», exclama, repitiendo una expresión que usaba su madre. ¡Que semejante locura le tenga que pasar precisamente a él, entre toda la gente! ¿Qué podrá ser? «Dios santo, ¿existirán los demonios de verdad? Si es así, entonces estamos perdidos».

 

Me quedé dormido y soñé uno de esos sueños recurrentes que se repiten una y otra vez a lo largo de los años. Estoy en un sótano sin ventanas. O bien vivo ahí o lo uso como escondrijo. El sótano es profundo, oscuro, el suelo sucio está hundido e hinchado. Tengo miedo, pero sé que debo permanecer ahí durante un tiempo. Abro una puerta y me encuentro en otra pequeña habitación oscura con una cama de paja sin sábanas. Me siento sobre la cama y trato de decirme cosas tranquilizadoras para que se me pase el miedo, pero solo aumenta. Escucho ruidos. Oscuras criaturas, suaves como telas de araña, se arrastran por el pasillo, susurrando. Debo escapar, pero la salida está bloqueada. Me dirijo a una segunda salida, ¿pero es por ahí? El pasillo se estrecha, tuerce, desciende. Ya no camino sino que me arrastro, como un gusano, hacia una abertura, ¿pero la alcanzaré? ¡Un momento! Me he dejado algo en la otra habitación —un documento, un manuscrito— y tengo que regresar a buscarlo. No es la única complicación. Es extraordinario, pero unas protuberancias parecidas a cuernos han brotado de mis brazos. Los últimos segundos del sueño están llenos de tortuosos apuros demasiado extraños y numerosos para recordarlos. Toda la historia deviene rápidamente en algo absurdo, e incluso en sueños sé que debo despertarme de esta pesadilla, porque la fuerza que guía los sueños nunca se quiere arriesgar a ponerse de manifiesto. Está burlándose de sus propios mecanismos. Deja caer palabras extrañas e incoherentes, transformando la ilusión en una caricatura.

Abro los ojos y me doy cuenta de que tengo que ir al baño. ¡Vaya manera más enrevesada de hacer saber a una persona que tiene que orinar! Después regreso a la cama y me quedo echado sin moverme, asombrado de la tortuosidad del cerebro dormido. ¿Puede haber explicación para todo esto? ¿Hay alguna ley que rija las pesadillas? Una cosa es segura: este sueño se repite como el leitmotiv de una loca sinfonía.

Al rato me acuerdo de mi héroe, Morris Krakower. ¿Dónde lo dejé? Ah, sí, su silencioso oponente está tirando con más fuerza, y Morris tiene que ceder. Tan enfrascado está en el tira y afloja que durante un momento se ha olvidado de su miedo. De repente, el otro ser deja de tirar de la manta y Morris Krakower percibe una silueta. Se da cuenta de que la aparición solo trataba de llamar su atención.

No lejos de él, a los pies de la cama, se encuentra el camarada Damschak, que hace algunos años viajó a la Rusia soviética, publicó allí varias furiosas invectivas en las que acusaba a varios escritores de ser trotskistas y luego desapareció. El rostro es el de Damschak, pero el cuerpo es como si estuviera disecado, como los cadáveres que se usan en las clases de anatomía de la Facultad de Medicina. Los músculos y los vasos sanguíneos están al descubierto. Brillan con su propia luz fosforescente. Morris Krakower está tan estupefacto que vuelve a olvidarse de su miedo. La aparición se desvanece lentamente ante su mirada atónita. Durante unos pocos minutos solamente persiste algo parecido a una membrana o a una tenue tracería, no del todo allí pero tampoco desaparecida completamente. Pronto incluso esta tracería se deshace.

Morris Krakower se queda inmóvil durante lo que parecen minutos o tal vez segundos (¿quién puede medir el tiempo en tales circunstancias?). Luego extiende la mano hacia la lámpara y la enciende. El miedo ha quedado atrás. Recoge la manta, que se ha caído casi completamente de la cama. Sabe con una íntima certeza que ahora le dejará en paz. No era más que la manera del camarada Damschak de obligarle a prestar atención a su fantasma.

¿Pero cómo? ¿Y por qué? ¿Qué entender de todo esto? Desafía toda explicación científica. Como un trozo de comida atascado en la garganta, que no puede tragarse ni expulsarse por mucho que uno tosa, en la cabeza de Morris ha surgido una pregunta que no puede responderse ni pasarse por alto. Su cerebro se paraliza. Que él recuerde, es la primera vez que se ha quedado sin ninguna idea, como si su mente estuviera flotando en el vacío. Tiene frío, pero no se tapa. Solo tiene una esperanza: que no haya sido más que un sueño. Pero algo le dice que es capaz de percibir la diferencia entre el sueño y la realidad. Echa un vistazo al reloj en la mesilla: son las tres y cuarto. Se acerca el reloj al oído y escucha el funcionamiento de su mecanismo interno. Por la calle pasa un tranvía y alcanza a oír el chirrido de las ruedas. La realidad sigue estando ahí fuera.

Durante un buen rato, Morris se queda sentado en la cama sin una sola idea, sin una sola teoría: un leninista que acaba de ver un fantasma. Luego se tumba, se tapa, y apoya la cabeza sobre la almohada. No se atreve a apagar la luz, pero cierra los ojos.

«En fin, ¿qué se hace en una situación así?», se pregunta, y no es capaz de dar con una respuesta. Se queda dormido, y al volver a despertarse sabe la respuesta: todo fue un sueño. En caso contrario, él, Morris Krakower, tendría que renunciar a todo: al comunismo, al ateísmo, al materialismo, al Partido, a todas sus convicciones y responsabilidades. ¿Y qué haría entonces? ¿Convertirse a la religión? ¿Rezar en la sinagoga? Son cosas que un hombre no debe reconocer, ni siquiera ante sí mismo. Hay secretos que uno ha de llevarse consigo a la tumba.

Una cosa está clara: el verdadero Damschak no estaba aquí, porque su cuerpo está en Rusia. Lo que Morris vio fue una imagen mental que por alguna razón decidió formar su cerebro. Quizás porque Morris y Damschak fueron buenos amigos, y aún no ha hecho las paces con el hecho de que Damschak lo traicionara en Rusia. Es posible soñar mientras se está despierto.

Morris Krakower vuelve a dormirse. Por la mañana, cuando sube las persianas, el sol baña de luz la habitación. El día de invierno es tan brillante como si fuera verano. Morris revisa la manta. Encuentra las marcas que sus dedos han dejado en el tejido. Parece estar deshilachado en algunos sitios. ¿Y qué prueba esto? No hay duda de que tiró de la manta. Pero el otro extremo de la misma no muestra ninguna señal de lucha. El fantasma no ha dejado rastro.

El breve discurso que el camarada Krakower pronuncia esa tarde carece de la lógica, la seguridad y la soltura del que pronunció el día anterior. Tartamudea de vez en cuando; se equivoca. No deja de quitarse y volver a colocarse los quevedos sobre la nariz. La esencia de su discurso es que actualmente solo existe un partido revolucionario: el Partido Comunista. El órgano principal del Partido es el Comité Central, su secretariado. Dudar del partido es dudar de Marx, Lenin, Stalin, del triunfo definitivo del proletariado: en otras palabras, pasarse al bando del capitalismo, el imperialismo, el fascismo, la religión, la superstición.

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