Miguel Ángel Asturias
El
Alhajadito
PRIMERA
PARTE
I
Bigotes de miel de caña de
azúcar. Por las comisuras le bajaban como puntas de bigotes chinos, tostaditos,
cosquillosos, dulces al lamerlos con lengua de gato. Tenía que defenderse de
las moscas a manotazos. Defender sus bigotes. El zumbido, ligero del insecto al
ataque y el ronco zumbido del insecto golpeado. Una como caída de algo que se
recupera y sigue volando. Cuando el ataque de la mosca a sus bigotes era de
vueltas calculadas en círculos y círculos, la manotada se convertía en ademán
despacioso. Los moscones verdes, pesados, lustrosos, le hacían huir del sube y
baja adormecedor de las moscas pequeñas, siempre chupeteando la caña, masca que
masca el canuto de pulpa blanca, entre los cortantes filos de la cáscara apenas
desgarrada y siempre jugosa.
La casa tenía olvidado muy a
trasmano un trecho de corredor. No daba a ninguna puerta, a ninguna ventana.
Simplemente a la espalda de una pared lisa que lo separaba de unos cuartos para
aparejos y otros estropiezos. Un alero inclinado caía a tres pilares de madera
sentados sobre basas de piedra y servía de medio techo, techo de un lloro.
Llovía y sólo de un lado caía el agua. Hay techos de dos aguas. Casas que
lloran por los dos ojos. El corredorcito, su corredorcito, sólo lagrimeaba con
un ojo, gota a gota, primero, y luego a lagrimitas de tejas que formaban
arroyos de llanto dulce que por río más grandes iban a dar al Atlántico o al
Pacífico. Las casas de dos aguas lloran para los dos mares desde aquellas
alturas, un ojo para cada mar.
Pared lisa, techo de un lado,
piso de ladrillos cuadrados y más abajo, en lugar de patio, el monte. El monte
verde. Toda clase de monte. Más allá, el mismo monte.
Y más allá, el mismo monte.
Nadie cuidaba de este
corredorcito. Una existencia ignorada. El viento enano lo barría. La lluvia
sesgada lo lavaba. Una que otra vez descubrió caca de gallina en el piso. No
agrandaba los ojos, pero pensaba abrirlos hasta donde le dieran las pupilas
para expresar su sorpresa.
¿Gallinas…? ¿A qué hora
vendrían…? ¿De dónde vendrían…?
Los gallineros quedaban del otro
lado de la casa. Sólo que volaran. Pero él las habría sentido pasar sobre los
patios, mitad volando, mitad arrastrándose.
El corredor aquél. Aquel su corredorcito. Una mañana descubrió
una cáscara de aguacate. Un guacalito. No le dio importancia. Hizo como que no
lo veía. Él no lo veía, pero alguien desde el guacalito lo miraba. Una pupila
de agua brillante en el fondo morroñoso de color negruzco. Le dio un puntapié y
se quedó dueño del corredorcito que olía a gente, a mucha gente, a gente
sudada, a gente de humor fuerte, a gente que no se baña, a gente que ha
caminado mucho.
Un tiznón de carbón en la pared
que fue blanca, amaneció un día como rajadura de temblor. Sol de mediodía,
doloroso, claro. Un coronadito acababa de aparecer y se movía como en una balsa
inestable a la orilla del corredorcito. Al instante subió al alero y dejó el
espacio gozoso de alas.
¿Quién tiznó la pared? ¿Quién
vino anoche al corredorcito? Ayer no estaba aquella como rajadura. ¿Quién?
¿Quién…?
Ya tenía el invierno encima. Era
imposible que en aquella duda de visitas nocturnas de gallinas y fantasmas que
comían aguacate dejara su corredorcito sin su presencia durante todo el invierno.
Vendría a ver llover allí donde
el monte se traga el agua, sin que suene como en los patios empedrados de la
casa. Se la traga y nada más. Igual que si la esperara con la boca abierta.
Echó a andar a grandes zancadas.
El corredorcito abandonado era como el muñón del brazo de una casa antigua.
Una, dos, tres… ¿Cuántas filas de
ladrillos cuadrados? Tres, cuatro, cinco, seis, siete… Y del otro lado de la
pared, en los cuartos oscuros, los aparejos de las bestias de carga y unos
barriles estrechos y altos llenos de monedas oxidadas, hediondas, húmedas,
perdidas en ceniza revuelta con papel quemado.
Siempre llevaba de esas monedas
en sus bolsillos. Peso agradable del metal tintineante en el vacío de trapo de
la bolsa. No todas las monedas eran iguales. Las más grandes, color de oro con
sangre, mostraban de un lado dos mínimas columnas, abajo tildes de enes
simulando olas y arriba, al fondo, el sol a medio salir del mar, y del otro
lado, una mujer vendada con una rama de hojas en la mano izquierda, y en la derecha
una balanza. Otras de estas monedas, menos pesadas, delgaditas, de color
blanco, traían de un lado un número 9, que podía ser 6, según se viera, y del
otro lado una mano abierta. Las más raras eran unas moneditas muy pequeñas,
llamadas cuartillos, horadadas por el
medio.
Al aproximarse el invierno, las
monedas se sentían húmedas, pegajosas, hediondas a metal, perdidas en los
barriles de cenizas que se regaba en el suelo, cada vez que su mano se hundía
en son de ataque para buscar en el fondo más monedas. Cierta vez sintió que la
ceniza le apretaba la mano. Sacó el brazo violentamente, y no supo bien —del
susto le temblaban los dedos— si realmente la ceniza le había agarrado los
dedos. Se le secó la boca. Apenas tura tiempo de alejarse enguantada la mano de
polvo de huesos. Gritos… ayes… maderámenes que crujían… lengüetazos de fuego
que devoraban lo que les salía al paso… hachazos a fondo… y más lejos
detonaciones de arcabuces acompañadas de un penetrante olor a brea, pólvora,
alquitrán y agua salada.
Estaba en su corredorcito. Nada
era real. Imaginación. Sueños. Cuentos de las criadas viejas. Estaba en su
corredorcito con una caña dulce, sus bigotes de miel pegosteada en las
comisuras de los labios y las moscás volando…
Un ademán lento, una manotada…
La miel lo invadía de una
sensación amorosa, caliente, de fruta y ángel. Como sonar una flauta de caña
dulce. Solo que el sonido era almíbar. Ya traería su flauta para tocarla allí,
igual que si chupara caña, y entonces el almíbar se convertiría en música. Sus
dedos, patas de araña, tapando y destapando los agujeros de la flauta en veloz
carrera, para dejar escapar o cerrarle el paso al sonido. Otra miel. Otra
fiesta. El corredorcito arrinconado estaría oscuro. La flauta se oiría en la
oscuridad tan lejana y él mismo se sentiría tan lejos en su corredorcito, tan
lejos, sin moscas, sin bigotes de miel de caña.

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