Gómez de la Serna es el escritor español que mejor representó la vanguardia artística y literaria de su época. En esta obra Madrid y París se reparten escenario de la acción, tiene mucho de detectivesca y lo erótico está en un elevado nivel literario y artístico, a la altura de Virginia Woolf o James Joyce.
I
EN LA MISA DE ANIVERSARIO
Era una de esas misas de aniversario a las que no hay más remedio que ir. La iglesia no tenía ese luto que debía corresponder a una misa fúnebre, por más que el que se celebre sea un décimo aniversario, de esos decimos aniversarios que de pronto llenan las cuartas planas de muertos que parecen recientes.
Nadie en el público se había dado cuenta de que se trataba de una misa por el sufragio de nadie. Todos asistían a una misa como la da todos los días, y se veía que eran abonados a esa misa y a esa hora todos los que estaban en la iglesia.
Rodrigo, poco acostumbrado a entrar en las iglesias, disfrutaba de todos los detalles de la iglesia como cosa insólita llena de emociones y sabores infantiles. Primero, durante largo rato, se había quedado ciego, pero ciego con los ojos completamente abiertos, ciego con una sombra de sangre en los ojos, ciego como si los velos de la iglesia le hubieran cubierto los ojos.
Después vio el primer rayo de sol, como un roto en su oscuridad, y fue buscando a los parientes, con los que iba a cumplir. La tía Genoveva, enorme, opulenta, con su sombrero de alto copete, se destacaba la primera junto al altar mayor. Ésa no faltaba ningún año. Después vio a los demás de la familia del ilustre muerto, del querido tío de Rodrigo, al que Rodrigo apenas debía nada sino unas sonrisas y unas bromas que no había olvidado. Casi nadie de los que le debían algo estaba por allí. ¡Es que era el décimo aniversario y ya era como si no hubiese existido nunca el pobre difunto!
La misa estaba comenzada porque, eso sí, Rodrigo no podía llegar nunca a tiempo. Aquella sensación de que todo le volvía las espaldas le dejó en una especie de soledad en compañía, extraña, aguda, como si estuviese presente y muerto, como sombra espiritual de sí mismo. Hasta esa misma presencia de los vivos en las iglesias tiene una emoción de muerte.
Los dorados de las tallas y los cornisamentos le intentaban halagar y se le hacían presentes como nada. Los veía brillar, exaltarse en la luz, ser como los caireles de la iglesia, como la base de su gran lujo. Eran como espaldillas de torero colgadas aquí y acullá.
Otra vez volvía con extrañeza a aquellas mujeres vueltas, curvadas, con mórbida postura sobre los reclinatorios, en postura que tenía también una cosa de sumisión de mujer, de espera lúbrica.
Le excitaba el espectáculo de la iglesia. Hacía más atrevido su pensamiento que el de la calle. Recordaba todas las entradas en la iglesia como una sobreexcitación aguda. Sus horas de colegial salían más claras que de ningún sitio, de la iglesia. Recordaba también como un desmayo en el que le hundían las cosas, su estancia en las iglesias de la provincia lejana cuando iba a confesar y los curas tardaban ímprobamente en despachar la larga hilera de pecadores.
En aquella sombra había derretidas tantas presencias que habían dejado su anhelo, su escalofrío de gusto al pensar en el cielo, que los niños encontraban la primera honda promiscuidad en la sombra de la iglesia. Las mujeres parecían haberse desvelado en la sombra de aquella gran nave, en que sufrimos el contacto más serio de la vida, en que tomamos parte en las fiestas de los mayores, en el salón de la iglesia.
Rodrigo quería precisar en las sombras aquellas siluetas que parecían engurruñadas sobre sí mismas. En las alturas subían hacia lo alto, como espirales o enredaderas, las orlas talladas. Había música de órgano en los pliegues de lodo y en la ornamentación había notas de trompetería.
Casi todas las mujeres que entraban tenían ya su orientación en la iglesia, buscaban su capilla como si ese fuese su gabinete privado y las más buscaban aquella especie de «gabinete ortopédico» de la capilla de los exvotos. Se sospechaba que aquella pierna colgada respondía de la de tal Señora y aquellos senos eran de otra, y hasta aquel niño ya tan amarillo y abortado representaba la niñez de la otra.
Las sillas de pueblo de la iglesia, las sillas bajitas con asiento de paja y traje de luto que están siempre arrima das al balcón en las casas de pueblo, daban una campechanería especial a la iglesia.
Rodrigo buscaba entre todas aquellas mujeres, su mujer. La mujer que el hombre escoge en todos lados. No la encontraba, porque sus primas, aunque eran guapas, tenían para él esa especie de carne de bacalao sin sal que es la carne de todas las mujeres de la familia.
Junio a un oscuro confesonario había una penitente arrodillada, metida en el rincón de la confidencia. Parecía hablar por la reja, por la celosía con su novio, era como el pelar la pava del fraile enclaustrado y la mujer que le ruega que abandone su clausura.
Tenía aquella mujer disimulada en el rincón confidencial de la confesión, una gracia de formas encantadora. Parecía al mirarla estarla sorprendiendo en una postura de confianza, en la postura más de la intimidad, pues se veía que era la mujer orgullosa, altiva, elegante, que no sabe arrodillarse, que se arrodilla con ingenuidad, en la postura desarreglada, provisional, imprevista de la mujer que nunca pidió perdón y a la que el que puede humillarla la ha hecho que pida perdón.
Rodrigo esperaba el fin de aquella confesión y miraba la sombra de los demás confesionarios, sombra llena de pecados estancados, con telarañas negras en los rincones en los que trabajaba la araña del pecado y como llenos también de pulgas negras que, simbolizando los pequeños pecados, son las pulgas que guardan las mujeres en el nido de sus ligas o en la estrechez del corsé.
Hombres, ya no se confesaban casi nunca, ninguno. Por eso los pecados abyectos de los hombres, gordos como sapos cuando eran mortales, y cuando eran veniales sucios como chinches llenos de sangre, no se mezclaban a los de las mujeres.
Varias veces, el cura silencioso que accionaba en el al lar mayor, se había vuelto hacia él y le había mirado y le había reconocido como se reconoce al escéptico, pero lo había bendecido de todas maneras, porque no había tenido más remedio que hacer el gesto al volverse.
Las misas de las oirás capillas transversales a la gran misa central parecía que la hacían de menos y perturbaban la única atención que había que sostener. Curas más rústicos y humildes, sacerdotes que se aproximaban más al pastor arquetipo decían esas misas como secundarias, con la vela indecisa, con una especie de cabito de vela. La casulla dorada era la que daba luz suficiente a las pequeñas capillas.
Confesión larga era la de aquella mujer misteriosa e interesante, que muy vestida de viuda parecía contar la agonía de su esposo y lo que ella lo quería, al memorialista de la confesión, encerrado en su garigola. ¿Quizás contaba aún los pecados de su pasado, pecados confesados con retraso, pecados cometidos aún con el muerto?
Caía como una larga cola sobre su «pompa postrera» la pena del sombrero, cubriéndola un poco las piernas, vestidas con medias caladas, detrás de las que relucía la carne de la penitente, blanca como la hostia iluminada.
¡Cómo brillaba aquella mano conque se asía a la repisa de la ventanilla! ¡Cómo debían de sufrir todas las tiranteces de sus articulaciones acostumbradas a la enervación de la mujer cómoda, en aquella postura incómoda que iba resultando tan larga!
De vez en cuando, Rodrigo la veía moverse, asentar el pie como para ir a levantarse y, sin embargo, continuaba otro largo rato. De vez en cuando se oía el rezongueo de la confesión, la confesión a la que nunca habrá oído indiscreto que se acerque. Ni las mujeres, que son tan curiosas, aplicaron el oído nunca a las confesiones que pudieron oír, aunque las tocase estar arrodilladas en la fila de los que esperaban, teniendo a veces que hacer un gran esfuerzo para no oír a la mujer nerviosa, que sin darse cuenta levanta la voz demasiado.
Por fin, como quien se recoge y levanta la cola para andar, la viuda recogió su larga «pena», y buscando la mano del cura —con el tacto de la de los peluqueros cuando apuran la barba— dio un beso en ella.
Rodrigo se quedó emocionado cuando aquella mujer levantó sus ojos y se volvió a orientar por entre las cosas perecederas, buscando el camino entre las sillas, en cuyos bordes se suele tropezar constantemente en las iglesias, destrozándose todas las espinillas el que tropieza. La viuda tan blanca y tan negra que le tenía deslumbrado, buscó su silla y tomó un devocionario y una sombrilla que había dejado en ella durante la confesión y se sentó.
Primero se puso a recapacitar y se abstuvo de mirar a ningún lado, pero en seguida cometió el primer pecado de distracción. Ella, indudablemente, había visto la mirada de Rodrigo y su presencia al lado del confesionario. Había sentido tal vez los azotitos en el transportín que le habían dado cariñosamente las miradas de aquel hombre, y lo buscaba hacia donde estaba, encontrándole enseguida y atreviéndose a mirarle fijamente.
Rodrigo recogió aquella mirada con encanto, satisfecho de obtener la mirada depuradísima de la que se acababa de confesar. La viuda parecía haber recobrado toda su virginidad después de la confesión.
La iglesia, con la misma luz de al principio, parecía haberse llenado de luz y se sopaba en la luz y se probaban los bizcochos borrachos de las largas franjas de luz espolvoreada, densa como un azucarillo de luz.
Todo se veía como después de una revelación y se encontraba en los rincones esa alegría de la habitación espaciosa y esterada con estera de pleita. Las puertas sonaban como puertas de armarios roperos. Había siempre algún arrastre de pies que parecía el de todo un colegio que entraba, resultando después que era el solo paso de una beata.
Rodrigo, un poco mareado con ese espectáculo a que estaba tan poco acostumbrado, veía subir, como en un concurso de altura, los cálices de los distintos altares y la Sagrada Forma, que parecía volar al cielo después de cada ofrecimiento, como si fuese una especie de cometa blanca y nacarada.
La viuda de vez en cuando se movía lanzando hacía sus atrases coleos de su gran pena, bufándola como quien bufa el pelo de su crespa cabellera suelta. Sus piernas, con las medias caladas de más fina filigrana, lucían como las candilejas de su figura y leía en su libro de misa las palabras amorosas que en miradas disimuladas iban a buscar a Rodrigo.
Por fin la segunda misa de duelo acabó, bajando los escaños el cura como macero que después de su misión se va a vestir de paisano y se va a fumar el cigarrillo de después del desayuno, cogiéndole con la fina aprehensión muy de ritual del dedo índice y el pulgar, con aplastamiento de pinzas.
Hubo un momento de tregua en que los parientes se miraron unos a oíros, y las mujeres se sentaron con asiento pleno en las sillas cómodas para la lectura; las sillas bajas que las hacían a todas un poco jorobadas.
La viuda se había puesto de pie, gallarda, más alta que antes, porque había hecho el desperezo, la distensión de la que va a salir a la calle y despliega toda su figura. Su falda, de un corte especial, con dos haldas, la hacía caer de las caderas dos alas ceñidas.
Rodrigo, al verla ir a salir, retrocedió hacia la puerta y se preparó a darla agua bendita. Era un acto antiguo y de la cortesía del pasado aquel de dar agua bendita a una mujer, pero Rodrigo lo iba a usar porque le parecía un acto admirable para encadenar los destinos, para empalmarse con la mujer desconocida.
Estaba radiante y maravillado ante su ocurrencia. Iba a practicar la gran indiscreción permitida, iba a darla un beso húmedo en los dedos, iba a infiltrarla su influencia, su deseo, sus esperanzas.
En efecto, ella avanzó hacia la pila y Rodrigo entonces con un gesto muy acoplado al momento, la ofreció un sorbito de agua, un poco de esa salivilla bendita que se pega a la punta de los dedos y ella lo tomó sin titubear, porque parece una cosa escrita y prescrita en el decálogo:
«Que la que recibe el ofrecimiento de agua bendita, lo debe aceptar hasta de su enemigo».
Rodrigo, aprovechándose de esa vuelta entera que dan las mujeres al persignarse frente al altar mayor, cuando esa misma persignación es hasta en los curas media vuelta soslayada, salió detrás de la viuda, y ya fuera de la iglesia para que por cualquier escrúpulo religioso no le rechazase, la dijo:
—Es usted la blancura ideal y no quisiera si no poderla volver a ver… No podría yo vivir sin ver de cerca esa blancura incomparable…
El sintió que caían sobre los ojos de ella los segundos párpados del desvanecimiento por influencia de la floroída y entonces insistió:
—La blancura de usted pone en el día como una de esas lunas de la mañana, que se atreven con el sol…
Ella se volvió al oír aquello y sonrió. Todo su descole en forma de sonrisa, sonrió también.
Entonces él se puso a su lado y toda la calle que los mi_ raba, vio cómo escalaba el ascenso de ir al lado de ella, a su vera misma, el que a la vista de todos había comenzado con timidez de colegial, guardando las distancias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario