sábado, 31 de enero de 2026

Joseph Brodsky POEMAS ESCOGIDOS

 



Como un pez en la arena.
Para leer a Joseph Brodsky

El hombre sobrevive como un pez en la arena;

se arrastra hasta llegar a los arbustos,

luego se levanta sobre piernas torcidas,

y va como una línea que brota de la pluma

directo a las entrañas de la tierra.


Canción de cuna de Cape Cod




I


El 4 de junio de 1972, Joseph Brodsky (que aún era Iosif Aleksándrovich Brodski) salió de la Unión Soviética con un libro de John Donne en el bolsillo y una máquina de escribir en su maleta. Un biógrafo a la caza de imágenes que contengan las claves de una vida futura, esos stills premonitorios de toda existencia concebida como una dramaturgia, empezaría por esta intersección de tiempo y espacio: recién cumplidos sus treinta y dos años, un poeta cruza —o más bien, es obligado a cruzar— una frontera no solo física para empezar su nueva vida.

A John Donne había dedicado Brodsky, diez años antes, una elegía que está entre sus mejores poemas: el que le ganó la admiración de Anna Ajmátova («¡No tienes idea de lo que has escrito!», se cuenta que le dijo), y el que devolverá su nombre, muchos años después, tras el eclipse de sus censores, a la nómina oficial de la poesía rusa.

Atrás quedaba un Imperio, una familia, un gran amor, amigos, traiciones y, como se ha dicho demasiadas veces, una lengua. La medida real de esas pérdidas («acto que iguala a Dios con los humanos») fue el puente de Brodsky hacia su Nuevo Mundo: vivir en otro idioma también amplió la dimensión de su memoria. Durante mucho tiempo, sus experiencias poéticas van a girar en torno al pasado («la recogida de la cosecha», como dice un crítico) y todas las novedades buscarán acomodarse en una zona dominada por la disgregación, por el fragmento. Sin embargo, Brodsky acoge estas nuevas circunstancias desde un estado sentimental que es todo lo opuesto al victimismo: su principal recurso es la ironía, una sonriente autoconciencia del desastre.

Sus primeros poemas (Brodsky comenzó a escribir con dieciocho años) buscan una armonía clásica inseparable de cierta religiosidad, evidente en Cретенье (antiguo término eslavo que significa literalmente «encuentro»y que nosotros podríamos traducir como «presentación» para asociarlo al rito de la Candelaria). Su protagonista, como en el famoso poema de T. S. Eliot, es Simeón, el anciano converso del Evangelio según san Lucas, que presenta al Niño Jesús ante el templo. En la edición inglesa, el título ha sido traducido como Nunc Dimittis porque el poema es una paráfrasis de ese discurso bíblico que propone un encuentro entre el Nuevo y el Viejo Testamento, entre judaísmo y cristianismo. Aunque no fue escrito ese día, aparece fechado el 16 de febrero (3 de febrero, según el viejo calendario ortodoxo), que corresponde al día de los santos Simeón y la profetisa Ana. La crítica ha hecho notar que ese era también el día en que Ajmátova festejaba su santo, y que el poema —escrito en tetrámetros anfíbracos, el mismo metro que Ajmátova utilizó para sus escenas bíblicas—, es un homenaje a su amiga y mentora, fallecida en 1966.

Ajmátova, encarnación de la sofisticada cultura rusa venida a menos durante el periodo soviético, siempre consideró a Brodsky como un igual, a pesar de las diferencias de edad y estilo. Se conocieron en el verano de 1961, en la dacha de la escritora en Komárovo, un lugar al que el joven poeta regresará muchas veces. Se discute hasta qué punto ella y su poesía representaron una influencia decisiva para Brodsky. Como ha dicho él mismo, «no fue versificación lo que aprendimos con ella». Compartían, ante todo, la idea de que el poeta ruso tenía que expresar el alma de un idioma sin rebajarse a lo popular. Ajmátova también transmitió a Brodsky cierta idea del cristianismo, de sus valores espirituales, y la concepción de la poesía como un mecanismo similar a la plegaria: el poeta es alguien que habla siempre a una instancia superior. «Cualquier arte se dirige al oído del Todopoderoso», escribirá Brodsky años después, incluso después de aclarar que nunca fue creyente. Pero toda su poesía, sobre todo al comienzo, gira sobre ese modelo de religiosidad y trascendencia que acompaña a la lengua rusa desde sus orígenes.

Diferencias estilísticas aparte, en el centro de esos diálogos formativos entre Ajmátova y Brodsky estuvo siempre el valor de la palabra y la moral del poeta. «¿En qué consiste el Hombre? —escribe la autora del Réquiem en sus diarios—: Tiempo, Alma, Espíritu. Un escritor tiene la misión de recrear al Hombre en esas tres dimensiones». Brodsky, a su vez, le enseñó a su magistra algo sobre lo que ella insiste en sus diarios: «lo principal es la magnitud de la idea». Sin la ambición de un gran tema, sin esas mayúsculas explícitas o sobreentendidas, no puede haber gran poesía. El último gran proyecto poético que emprende Ajmátova, su Poema sin héroe, se debe también a esa certeza.1

Ella vio en Brodsky una reencarnación de Mandelstam, no solo por sus versos sino por su inteligencia y su sensibilidad moral. Lo consideró, también, una especie de hijo adoptivo, capaz de escapar de la amargura y el rencor que habían destruido al suyo: Lev Gumiliov. Fue su «descubrimiento» y su discípulo, pero también aprendió de él. Por primera vez en la poesía soviética de los años sesenta, una voz se atrevía a tratar con los «grandes temas» y a asimilar la herencia de todos los clásicos rusos, incluyendo los prohibidos. El resultado de esa especie de milagro estaba, por fuerza, condenado al exilio.




II


En un hermoso ensayo publicado en The New York Review of Books, Brodsky rememora sus primeros meses fuera de las fronteras soviéticas, invitado a un festival de poesía en Londres y acogido por figuras como Stephen Spender o W. H. Auden. Un día recibe una llamada en casa de sus anfitriones: Isaiah Berlin lo invita a tomar el té en el Athenaeum, un club de caballeros que sigue todavía en el número 107 de Pall Mall, en la esquina de la plaza Waterloo. Confundido y un poco avergonzado de su inglés, el joven poeta pide a Natasha Spender que lo acompañe. «Lo haría con gusto —responde ella con una sonrisa—. Pero no dejan entrar a mujeres». Así que allá va Brodsky, preguntando por Sir Isaiah ante la mirada escéptica del portero uniformado, y tras cruzar el umbral vaga como un visitante de museo entre enormes retratos al óleo de Gladstone, Spencer, Acton y Darwin hasta que descubre que no es tanto su atuendo lo que le hace parecer fuera de lugar en ese sitio, sino su edad. Al fin, entra en la biblioteca del club («una gigantesca concha de caoba y cuero») para distinguir a lo lejos la silueta de su interlocutor, «urogallo trajeado» que se le queja en un ruso perfecto de que Ajmátova lo comparase con Eneas en un poema.

«Los viajeros —dice Brodsky— añoran objetos reconocibles, lo mismo da un teléfono que una estatua». Ese objeto, en este caso, es un rostro: el de un judío errante que habla con las suaves inflexiones del acento peterburgués y un vocabulario «desprovisto de todas las añadiduras desagradables del periodo soviético». Ese rostro es también un insondable depósito memorioso: Berlin quiere saberlo todo sobre todos, así que en esa biblioteca inglesa se entablará una larga conversación sobre lo que Cioran consideraba las dos cosas más interesantes del mundo: los chismes y la metafísica.

Arrellanado en las butacas de cuero verde botella del Athenaeum, el poeta descubre a un raro intelectual inglés nacido en Riga, cuya obra refleja la capacidad de un exiliado para cruzar varios mundos sin renunciar a ninguno. Su filósofo, o mejor, su penseur favorito, es ese alter ego de Herzen que no siente necesidad de separar las categorías: ejemplo de una mente que ha conseguido vencer la gravedad de lo excéntrico para sumar Este y Oeste. Esa fusión, esa capacidad para reconciliar y mirar en todas las direcciones es, según Brodsky, lo que otorga grandeza a los ensayos de Berlin.

Para la poesía, en cambio, el idioma no es un simple vehículo de las ideas. Tal cosmopolitismo, reflexiona aquel joven, bien podría no representar una ventaja intelectual sino un lastre, un peligro. Esos ilustres intelectuales europeos lo han acogido y ayudado como la talentosa víctima de un sistema totalitario. Pero Brodsky sabe que tales circunstancias son pasajeras y que su verdadera batalla por el reconocimiento se libra en otro terreno. Si «el lenguaje es más antiguo, más inevitable y más invencible que cualquier estado», la misión del poeta será entonces una íntima gigantomaquia contra las fuerzas achatadoras del lenguaje. La poesía representa, sí, una fuerza del Bien, pero solo a nivel individual: «el único seguro de que disponemos contra la vulgaridad del corazón humano».

Lo único que tienen en común poesía y política, solía decir Brodsky, son sus letras iniciales. Cualquier forma de sumisión al Estado conspira contra un criterio de excelencia y abre la puerta a un «envilecimiento del lenguaje y a un descenso del “plano de estima” desde el que los seres humanos se contemplan a sí mismos y establecen sus valores» (Heaney). El arte, cuya forma suprema era para Brodsky la literatura, y dentro de esta, la poesía, proporciona una educación sentimental y moral al ser humano. Se trata, por así decirlo, del vehículo de una mejora antropológica, un acelerador de nuestra evolución. Y aunque resulta tentadora la idea de Adam Kirsch de incluir a Brodsky (junto con el propio Heaney y Derek Walcott) entre los grandes «poetas del liberalismo», todos inmigrantes y ejemplos de compatibilidad entre sus poéticas libertarias y la tradición del país que los acogió,2 la verdad es que nuestro protagonista siempre estuvo más cerca del talante reaccionario que del liberal: era un «lobo solitario», convencido de que el talento no está repartido de manera igualitaria sino por los caprichos de la madre Naturaleza. «Si un poeta tiene una obligación respecto a la sociedad, es la de escribir bien. Al formar parte de la minoría, no tiene otra opción». Ese talento se sitúa, casi de manera automática, al margen de la Historia y cualquier otra forma de superstición pública. Por eso la ética de Brodsky resulta inseparable del lenguaje y de cierta filosofía que deduce valores morales del comportamiento físico del mundo. Desde ahí, mira con ironía todas y cada una de las pretensiones humanas. Lo que el Tiempo le hace al Hombre se contrarresta con lo que el Lenguaje le hace al Tiempo, y esta triple secuencia de mayúsculas es su verdadero sello distintivo.

Curiosamente, pocos poetas pueden presumir de un currículum tan democrático, tan cercano a la biografía de un «hombre común». La formación de Brodsky fue sobre todo autodidacta. Ni siquiera terminó la secundaria. Repitió el séptimo grado. En su libro de conversaciones con Solomon Volkov, cuenta su melodramática y definitiva salida del salón de clase, a los quince años: «Sea lo que sea que me haya empujado a tomar esa decisión, le estoy inmensamente agradecido porque resultó ser mi primer acto libre».

Antes de llegar a Estados Unidos y hacer carrera como poeta y profesor, Brodsky desempeñó múltiples trabajos y oficios. En el juicio que afrontó por «parasitismo social», «corrupción de la juventud», etc., se le acusó de haber cambiado de trabajo «hasta trece veces». Y es cierto que Brodsky hizo de todo, además de escribir poesía y traducirla: trabajó en una fábrica de armamento, en un faro, y como fogonero, fotógrafo, marinero, fresador en otra fábrica y asistente en el laboratorio de cristalografía de la Universidad de Leningrado. Viajó por toda la Unión Soviética y Asia Central como ayudante de un geólogo. Incluso se ganó la vida asistiendo a un forense («Tuve esa fantasía de convertirme en un neurocirujano, ya sabes, la fantasía normal de un niño judío, pero yo quería ser neurocirujano por alguna razón, así que empecé de esta forma desagradable, fui ayudante del médico forense, abriendo cadáveres, sacando las entrañas, abriendo cráneos, sacando sesos…»). También, en un momento de desesperación, planeó secuestrar un avión con un amigo y huir a Afganistán. Hizo vida de bohemio, contra todas las previsiones imaginables, en un sistema donde la uniformidad era un valor exacerbado.

Pero su radical elitismo nunca estuvo reñido con la experiencia del hombre común: su poesía buscó siempre la manera de llegar al meollo de eso que Wallace Stevens define en un poema como «the paisant chronicle»: una manera de mirar cualquier trozo de realidad a los ojos, sin aires de superioridad ni estéticas preconcebidas. De alguna manera, desde los veinte años Brodsky ya encarnaba la paradoja del elitista marginal.



III

Pese a su explícita distancia de cualquier victimismo, las credenciales políticas de Brodsky, por llamar de alguna manera a las tribulaciones que condujeron a su salida de la Unión Soviética, eran impecables. Las detallo aquí, porque salvo el famoso juicio por «parasitismo social» no se suele hablar de ellas (el propio poeta lo hizo poquísimo).

Durante los años 1958-59 un Brodsky de diecinueve años (hijo de judíos no practicantes, pero igualmente marginados en la URSS por esa condición) fue arrestado varias veces sin cargos formales. En 1963, cuando ya era el consentido de Ajmátova y en los corrillos literarios se hablaba de su asombroso talento, un artículo de un colega envidioso, publicado en la revista Vechernii Leningrad, lo catalogó de «poeta pesimista», «sin educación» y «decadente». En un toque de humor involuntario, de las siete citas ofrecidas como ejemplos de la poesía de Brodsky, tres eran de Dimitri Bobyshev, el amigo que por esa época le había «robado» la novia, una joven pintora llamada Marina Basmánova.

En diciembre de ese mismo año, el secretariado de la Unión de Escritores decidió unánimemente juzgarlo por «parásito». Una madrugada, poco antes de Navidad, mientras Brodsky caminaba por la calle aparecieron los «hombres grises» del KGB y lo metieron en la parte trasera de una camioneta. Fue sometido a interrogatorio, y todos sus libros y papeles fueron confiscados. Es conocido el juicio que siguió a ese arresto (18 de febrero y 13 de marzo de 1964), y hasta se han publicados las actas, que incluyen el diálogo de Brodsky con la jueza encargada, una tal Saveleva. Se le acusó de una docena de cargos, entre los cuales «parasitismo social» y «tener una visión del mundo dañina para el Estado». Cualquiera que se asociara con Brodsky en esos años, incluidos sus amigos y su novia, quedaba en la mira de la policía política. Fue sentenciado a cinco años de exilio interno en un sovjoz. Pero antes estuvo internado en el hospital psiquiátrico de Kaschenko, en otro manicomio (Priazhka) y en la tenebrosa prisión de Kresty (Las Cruces), que Ajmátova inmortalizó en su Réquiem. En los psiquiátricos, mientras esperaba juicio, le obligaban a tomar tranquilizantes y lo despertaban en mitad de la noche para darle baños helados, después de los cuales lo envolvían en una sábana mojada y lo ponían junto a un calefactor para que la sábana se encogiera y se le incrustara en la piel mientras se secaba.

El 25 de marzo de 1964 Brodsky fue enviado como castigo a Norenskaya, un pequeño pueblo («de catorce habitantes», recuerda con sorna en algún poema) en la región de Arjángelsk, cerca del círculo polar ártico. Los trabajos que realizó allí fueron palear estiércol, limpiar establos, cortar madera, picar piedras y cernir grano. También aprovechó la soledad para leer con cuidado y traducir a John Donne. Según cuenta él mismo, esos dieciocho meses estuvieron entre los mejores de su vida.

Al año siguiente, después de una serie de protestas internacionales (una campaña encabezada por Ajmátova, que se sentía culpable de haber llamado la atención de la KGB sobre su protegé, y a la que se sumaron grandes figuras de esa época, como Efim Etkind, Kornei Chukovski y, con ciertas reservas, Dimitri Shostakóvich), la sentencia de Brodsky fue conmutada. Pero en 1966 murió Ajmátova, y Brodsky se quedó sin su gran valedora. Evgueni Evtushenko, de quien Brodsky siempre sospechó que había tenido algo que ver con su condena,3 lo invitó a leer junto con Bela Ajmadúlina y Bulat Okudzhava para conmemorar el 25 aniversario de la entrada de la URSS en la Segunda Guerra Mundial. En esos años de un brevísimo deshielo, algunos poemas de Brodsky aparecieron incluso en antologías de poetas jóvenes. Ya tenía un nombre.

En 1969, recién publicado su primer libro de poemas en inglés, Robert Lowell lo invitó a participar en un festival de poesía en Londres, pero la policía le negó el permiso de viaje. «Las autoridades no podían sino sentirse ofendidas por todo lo que hacía», recuerda su amigo Andréi Sergueiev. «Si trabajaba, si no trabajaba, si paseaba, si estaba de pie, si se sentaba en una mesa, o se tendía para dormir». Brodsky continuó intentando publicar sus poemas en la Unión Soviética, sin éxito. En cierto momento, unos agentes de la KGB le prometieron publicarle un libro de poemas en papel finlandés de alta calidad si escribía algún informe ocasional sobre sus amigos extranjeros. Tampoco había lugar para él en el creciente movimiento disidente por los derechos humanos que su juicio había ayudado a catalizar. «Su relación con los disidentes —dice Keith Gessen— de alguna manera era parecida a la Bob Dylan con el movimiento estudiantil norteamericanos de finales de los sesenta: comprensiva pero distante».4

A partir de 1971, dos jóvenes amigos y admiradores de Brodsky, Vladimir Maramzin y Mijaíl Zheifetz, empezaron a compilar en samizdat una antología de su poesía, con prólogo del segundo, que les llevaría tres años.

El 31 de diciembre de 1971, Brodsky recibió una carta «oficial», no solicitada, firmada por un desconocido que se hacía llamar «Yivrii Yakov» (Jacob, el judío) desde Rejovot, Israel: se le invitaba explícitamente a emigrar. El 10 de mayo de 1972 le llegó una citación de la Oficina de Visas y Extranjería. Las autoridades le notificaron que ya estaba lista su visa de emigrado a Israel. Brodsky replicó que él no conocía a ningún Jacob, no había solicitado viajar y no quería abandonar su país (entre otras cosas porque debía cuidar de sus padres, mayores y enfermos).5 La policía política pasó del «usted» al «tú» y le advirtió que, si no se iba, su próximo invierno sería «muy frío». Brodsky se puso de acuerdo con un amigo que era profesor en Estados Unidos, Carl Proffer, y al final consiguió una visa del Departamento de Estado norteamericano para enseñar poesía en Ann Arbor, Michigan. Su expulsión del país natal tuvo lugar al mes siguiente, a través de Viena.

Lo que poca gente sabe es que dos años después, en abril de 1974, cuando Brodsky ya estaba fuera de la URSS y era reconocido por los más célebres intelectuales de Occidente, la KGB, incansable, apareció en las casas de Maramzin y Zheifetz en busca de manuscritos y samizdats, incluido aquel volumen clandestino que habían dedicado al poeta marginal. Fueron juzgados en la Corte de Leningrado, acusados de agitación y propaganda antisoviética. Maramzin fue sentenciado a cinco años en un campo de trabajos forzados, aunque su sentencia se conmutó un año y unos meses después para «permitirle» emigrar. Zheifetz, que había escrito el prólogo de aquel libro mecanografiado, un texto no muy largo titulado «Joseph Brodsky y nuestra generación», tuvo menos suerte: cumplió cuatro años de trabajos forzados en un lager y dos años más del llamado «exilio interno» (una suerte de prisión domiciliaria en un pueblo de Siberia).

Hasta 1987, fecha en que su Premio Nobel coincidió con las llamadas perestroika y glásnost, ningún texto de Brodsky será publicado en la Unión Soviética.



IV

Pocas opiniones resumen mejor la novedad que fue Brodsky para el mundo soviético que las palabras con que Lev Losev describe su profunda impresión tras escuchar al poeta leer en un departamento leningradense su poema «Colinas»: «Me di cuenta de que al fin existían poemas como los que yo había soñado, incluso sin conocerlos… Era como si se abriese una puerta a un espacio que no conocíamos y del que no habíamos oído hablar. No sabíamos que la poesía rusa, la lengua rusa, la conciencia rusa, pudiera contener esos espacios».

A mediados de los años 70, la poesía de Brodsky toma distancia de la lírica rusa clásica. Su vocabulario se amplía (incluyendo registros voluntariamente «antipoéticos») y su sintaxis se vuelve más flexible. Sinuosos enjambements facilitan una suerte de progresión litúrgica, que se aprecia mejor si escuchamos los poemas en la voz de su autor.

En ese libro casi perfecto que es Часть речи [Parte del discurso], hay muchos momentos de calembour que conviven con otros de tono elegíaco. El lenguaje es el absoluto protagonista: Brodsky parecía haber encontrado una manera de escapar a la maldición histórica del poeta ruso, incapaz de florecer lejos de su tierra natal. Sin embargo, la concisión y elegancia de ese libro no puede apreciarse del todo en la versión al inglés, supervisada por el autor. Es una crítica muy extendida, que se resume en una frase de Robert Hass, cuando dijo que al leer a Brodsky en inglés tenía la sensación de «caminar entre las ruinas de lo que alguna vez fue un noble edificio». Charles Simic opina que Brodsky hizo mal al mantener rima y métrica en las versiones al inglés. Y John Bayley cree que esa insistencia fue lo que convirtió a un poeta de primera (Brodsky en ruso) en uno de segunda (Brodsky en inglés). La realidad es un poco más complicada. En el trayecto que va desde los Selected Poems traducidos por George L. Kline y editados en 1973, y A Part of Speech (1980), donde se incluye el trabajo de hasta diez traductores, incluido el propio autor, pueden rastrearse las huellas de un nuevo trabajo poético que, aunque tiene el ruso como idioma central, está marcado por su experiencia de una nueva lengua y una nueva vida. Brodsky traduce sus antiguos textos, corrige las traducciones de otros, escribe sus primeros poemas en inglés e instaura eso que un crítico llama «efecto doppler» lingüístico entre las experiencias pasadas y las exigencias del presente.

Ese procedimiento se completa en A Urania (1988), tal vez el libro más «representativo» de su exilio. No parece haber sido una actitud deliberada. El propio poeta reconoció que estaba más interesado en el proceso de creación durante la composición del poema que en «la vida del producto» (organizar sus resultados en forma de libro). Esta indiferencia organizativa, digamos, «empeora» en las versiones al inglés de sus libros, donde, según su propia confesión, «uno básicamente incluye los poemas que en determinado momento han sido traducidos de manera más o menos civilizada».

Por eso para rastrear el trayecto estético de Brodsky es mejor atenerse a sus ediciones en ruso. Lo esencial de su obra poética está en cuatro libros: Конец прекрасной эпохи [Fin de la bella época], que incluye poemas fechados entre 1964 y 1971; Часть речи [Parte del discurso], que abarca desde 1972 a 1976; Урания [Urania] (con ediciones en 1987 y 1989) y Пейзаж с наводнением [Paisaje con inundación], de 1996; recombinados luego en diversas recopilaciones. La fecha de su exilio funciona aquí como una especie de marcador psicológico, aunque el propio Brodsky insistió en que no veía una diferencia esencial en su poética, al menos hasta 1974. Como sucedía en la propia vida, le era difícil salir del proceso creativo para notar los cambios. Pero a partir de 1974, el discurso, digamos metafísico, con que la poesía de Brodsky muestra las preocupaciones esenciales del individuo, empieza a cambiar.

La construcción de esta «persona» lírica es parte del torneo moderno entre analogía e ironía. Ese vagabundo irredento, a veces irritado y otras veces divertido, que procede, como dice otro crítico, «con una ligereza que tiene el cansancio como centro», da voz a un desarraigo sin amargura. En ese sentido —entre otros—, el gran héroe literario de Brodsky fue Ovidio. Las numerosas referencias a la Antigüedad que hay en su obra, inseparables de cierta idea del Imperio trasladada al mundo soviético, le sirven para tomar distancia de un mundo opresivo, unificador y violento, donde la cultura está permitida pero ha sido despojada de su nervio esencial. Un Imperio acaba siempre en catástrofe espiritual («genocidio antropológico», llegó a llamarlo) y el poeta será, por fuerza, testigo de esas ruinas.

El principio rector de ese duelo retórico queda establecido en el poema que da título a Parte del discurso: «de cada quien queda solo una parte del discurso». Cualquier pretensión de continuidad, cualquier ambición abarcadora es una utopía rota continuamente por el tono apodíctico. Los opuestos (geográficos, sentimentales, estilísticos) no se superan, sino que se alternan y a veces se encuentran. La distancia se exhibe junto a una soledad esencial, definida como «el hombre al cuadrado».

Se trata, también, de una máscara irónica. El vate omnipotente ha desaparecido. Aquel ser capaz de nombrar todas las cosas se disuelve en un tropel de sensaciones: el hombre queda reducido a un cuerpo; la mente, a una voz entrecortada. Las maneras en que el poeta se refiere a sí mismo son las de un hombre ordinario: un cuerpo en prematura decadencia (piel flácida, dientes cariados, calvicie incipiente…) analizado desde su mero lugar en el espacio. Así, también la voz poética participa de cierta solidaridad con aquello que ha sido destruido por la rabia del tiempo. El único consuelo parece ser la certeza de una vida orgánica que continúa tras la desaparición de lo humano: esa termita que cierra «El busto de Tiberio» (o el ratón de «Torso», o los moluscos al final de «Una segunda Navidad a orillas…» y de «Observaciones varias. Calor en el rincón…») es un recordatorio de que toda gloria, e incluso la historia, acaba siempre en ruina y alimento para los gusanos.

Los escenarios geográficos de esa voz desencantada también se multiplican: Inglaterra, Venecia, Roma, México, Lisboa… Y aunque Rusia queda lejos hay un sustituto inmejorable, omnipresente, más concentrado que el viejo Imperio: un idioma cuyo nivel de autenticidad escapa de los constreñimientos de la realidad. El resultado es una poesía en la que escasea lo banal, donde cada línea es una respuesta nueva, el fruto de una permanente actividad cerebral. Inmerso en esa lengua que cultiva y recrea sin cesar dentro de sí, Brodsky —según ha dicho la poeta Bela Ajmadúlina— fue al mismo tiempo «el jardín y el jardinero». Ya no necesitaba escuchar la lengua rusa a su alrededor. Su relación poética con ese idioma está resumida en un pasaje de Heródoto que él mismo recordó en una entrevista. En el cuarto libro de sus Historias, el historiador griego alude a los escitas, «tribu que vivía al norte de Thanais», con el extraño nombre de budini. Esos budini son descritos en términos muy generales: construían botes, casas y templos de madera. Pero sobre todo —y Brodsky dice haber comprobado, estupefacto, la cita en el original griego— «estaban completamente asombrados de su propio lenguaje». Para dar forma a ese «extrañamiento», a ese asombro creativo ante la propia lengua, Brodsky se valió de una estructura poco habitual en la tradición rusa: la «carcasa» de los poemas extensos, tanto en la tradición narrativa de Kantemir, Derzhavin y Baratinsky, como en la más lírica de los poemas extensos de Tsvietáieva. Los poemas largos no eran muy comunes en la tradición rusa del siglo XIX y principios del XX. Brodsky opinaba que la poética rusa había impedido el desarrollo de un pensamiento, y que la lírica había concentrado sus logros en la «pequeña escala». Su poesía, en cambio, quiso cambiar de formato: adaptar el molde de las estrofas largas a la naturaleza de otros temas que no figuraban en la poesía narrativa del XVIII. Su amigo, el también poeta Evgueni Rein, opina que las cualidades innovadoras de Brodsky tienen que ver con ese prosaísmo esencial, que le permitió conservar ciertas estructuras métricas y, al mismo tiempo, suplantar una poética convencional. «Forma romántica + contenido moderno», predicó Brodsky más de una vez.

La métrica y la rima siguieron jugando un papel esencial porque para Brodsky el verso era una reencarnación del tiempo: debía imitar sus movimientos y aspirar a una suerte de mesurado oleaje, ni demasiado emocional ni demasiado brillante. «Lo que llamamos música del poema —escribió— es en esencia tiempo reestructurado de tal manera que concentra el contenido en un foco lingüísticamente inevitable, memorable». Pero en cierto momento, Brodsky decidió prescindir de recursos líricos característicos y conocidos (el tetrámetro, las estrofas pequeñas, el uso frecuente de subordinadas) y jugar con tropos más propios de la tradición metafísica o barroca, incluso del conceptismo, traspasados a un formato extenso, que tiene algo —se diría— de salmodia cinematográfica. Cada verso de esos nuevos poemas, se ha dicho, es una especie de pensamiento acelerado, recreado en un nuevo vocabulario y con una sintaxis poco habitual. Llegado a ese punto, Brodsky era ya un buen ejemplo de una paradoja moderna: la «tradición de la ruptura».

Algo —o mucho— tuvo esto que ver con la poesía anglosajona, que Brodsky descubrió desde los comienzos de su carrera. En el pasado, la poesía rusa se había aliado con el francés y la tradición latina para ignorar la tradición anglo-norteamericana (a pesar de la gran influencia de Byron, que hizo del poeta ruso un héroe por obligación). A Brodsky en cambio, la poesía metafísica inglesa (Donne y Herbert, sobre todo) le reveló una nueva retórica lírica, que es la que aparece en sus mejores poemas de los años 1973-1980: «El grito del halcón en el otoño», «Quinto aniversario», «Canción de cuna de Cape Cod»…

La distancia aportada por el exilio también propició que la poesía de Brodsky consiguiera hablar de la historia y la política con un tono inédito en la tradición rusa: cierta neutralidad antipropagandística, que supera incluso las lecciones de sus maestros anglosajones: Lowell, Spender y Auden. Quedan como ejemplos los «Versos sobre la campaña de invierno de 1980» (la invasión soviética a Afganistán), «Residencia» o «Sobre la muerte del mariscal Zhúkov».

Pero Brodsky nunca llega a ser un «poeta político», ni siquiera un «poeta civil». La política le parece una especie de ruido. A veces queda registrado y forma parte del material poético, pero más a menudo el poeta prefiere arrancar con meditaciones laterales en relación al asunto político tratado. Sus poemas «comienzan con una especie de zumbido» (Losev), que se amplifica luego en un crescendo de imágenes sorprendentes. Esa mezcla originalísima de ideas y sensaciones es su única ideología, y por eso acude muchas veces a metáforas científicas o sacadas del discurso específico, neutral. La política, aquí, no debe nunca trascender lo anecdótico pues envilecería el nivel del discurso.

«Creo que crecí —confiesa en una entrevista— en un tipo de ambiente cultural que siempre consideró las conversaciones sobre política como algo muy bajo: el gobierno, el Estado, eran solo objetos de broma y no de consideraciones serias. No podía tomármelos en serio». Un ejemplo de lo anterior: él y Ajmátova se referían a Stalin o a las sucesivas encarnaciones del poder soviético con el sobrenombre de Barmalei, el ogro de un conocido relato infantil de Kornei Chukovski.6 Para su amigo Dovlátov, por esos años «Brodsky no vivía en un Estado proletario, sino en el monasterio de su propio espíritu. No luchó contra el régimen. Simplemente lo ignoró». «La verdadera libertad —dice en uno de sus poemas más célebres— es cuando ya no recuerdas el nombre del tirano».

Ni siquiera el ejercicio de «esa condición que llamamos exilio», tan bien explicada en sus ensayos, se tradujo en un credo. Para el poeta Brodsky, la censura soviética bien podía ser una bendición y Occidente, ese sitio donde «nada es amenazador pero todo es hostil». Su amiga Susan Sontag le reprochó alguna vez, cuando ya habían pasado su fase de seducción mutua, que insistiera en que el poeta es el verdadero aristócrata de las letras, un perpetuo vox clamantis. Pero aunque Brodsky fue siempre raigalmente antisoviético —y ayudó a muchos exiliados que llegaron después de él a EE. UU.— tampoco le asignó al escritor exiliado ningún tipo de privilegio o beneficio profético. A la altura de su poema «Quinto aniversario», escrito para recordar su salida de la tierra natal, él mismo define su condición como «un acto del destino», acaecido a quien «no amaba la vulgaridad ni besaba los íconos».



V


Parte del discurso muestra todavía cierto equilibrio, resultado de una conciencia insatisfecha que procede más por refinamiento que por ruptura, trazos evolutivos en vez de un cambio brusco de registro. El tema de esa serie de poemas que da título al libro no es otro que el lenguaje, una obsesión por el idioma que permea todas las otras cuestiones que podrían llamarse «personales». Esos poemas anuncian la primera parte de un proceso imparable en la poesía de Brodsky: la separación entre (el) sujeto y (lo) predicado, la descolocación verbal que acompaña la progresiva insignificancia social del rol del poeta.

El discurso con que recibió el Nobel en 1987 resume con elegancia esta fe negativa: la intrascendencia espacial de lo humano, su radical transitoriedad que lo obliga al consuelo temporal de una palabra poética a imagen y semejanza del más natural de todos los elementos: el agua. En ese sentido, a diferencia de su querido Donne y su andamiaje metafísico, Brodsky es un poeta eminentemente físico, cuyo tema fundamental es la encrucijada entre el espacio, el tiempo y los sentidos. Hay una especie de descolocación o condición irreconciliable entre estas piezas que obsesiona al poeta: «el espacio es ausencia de cuerpo en cada punto», «Solo para el sonido el espacio es estorbo, / al ojo le da igual si no se escucha el eco». Ningún otro poeta contemporáneo habla tanto de la intemperie. Su musa no es Calíope, ni Tersícore, ni sus artísticas hermanas asociadas con emociones y sentidos, sino Urania, musa de la astronomía, «más vieja que Clío», matrona del conocimiento estelar, del espacio puro, de esas extensiones heladas en medio de las cuales el hombre es tan accidente como una morrena, el derrubio lodoso formado por las piedras y el barro que arrastra un glaciar. (A Urania dedicó Brodsky un poema que comienza como epitafio irónico: «Todo tiene un límite, incluso la tristeza…»).

Poco a poco, Brodsky consigue desgarrar ese abanico analógico que es la prosa del mundo para entrar en el reino de lo bizarro. Alguna vez definió uno de sus poemas como «una mezcla de Mozart y de Beckett». Es una boutade que hace pensar. Muchos de sus poemas abandonaron el imperativo armónico para dejar lugar a la ironía: cada vez menos Mozart y cada vez más Beckett. Al desertar del monolingüismo, también se empezó a alejar de una idea de perfección formal que funcionaba como principio constructivo. Sus últimos poemas, los recogidos póstumamente en So Forth (1996), pueden leerse como evidencias de una doble realidad: el fin de un mundo y el comienzo de otro. Muchos fueron escritos directamente en inglés —un inglés con limitaciones— y a menudo vuelven sobre temas ya tratados en libros anteriores. Algunos críticos se quejan de errores de construcción sintáctica y deslices verbales, cierta puerilidad en las rimas o una mayor cuota de frivolidad. Su capacidad metafórica para llevar el lenguaje más allá de lo previsible parece debilitada. Y aunque su muerte fue, sin duda, prematura, al leer en orden cronológico la poesía de Brodsky uno tiene la impresión de un ciclo cerrado, de haber llegado a la estación final de un trayecto. Hay grandes poemas en ese libro final, pero el conjunto ha perdido fuerza.

Incluso a esas alturas de su exitoso exilio, Brodsky seguía siendo un poeta ruso (no está de más recordar que solo un tercio de sus poemas escritos en esa lengua fueron traducidos mientras él vivió). Al intentar pasarse al inglés dejó atrás la versatilidad de un sistema acentual y las variedades morfológicas derivadas de las declinaciones rusas, que permitían múltiples terminaciones con las mismas palabras. Así, mientras buscaba mantener la métrica y la rima del original, en realidad se desplazaba de un sistema de armonía cerrada a otro en el que eran casi imposibles muchos de sus giros distintivos.

Al explicar la impresión que le causó su primera lectura de Mandelstam, Brodsky habla de esa «inexorabilidad lingüística» que trasmite todo gran poeta: la sensación de que algo solo puede ser dicho tal y como aparece expresado en ciertos versos. «Eso es lo que distingue con toda certeza a un gran poeta. Después de esto, hablas ya en otra lengua». Se trata, por supuesto, de un ars poetica poco compatible con la traducción.

Sin embargo, Brodsky supo, como se dice, «hacer de la necesidad virtud». De la misma manera que su resumen evolutivo de la historia humana incluye un pez boqueando en la arena, que acaba por convertirse en otra especie, y esa, a su vez, en otra, hasta llegar a nuestros antepasados más cercanos, la evolución poética de Brodsky pasó por el abandono del monolingüismo. Su gran logro literario en inglés es un pequeño libro, Watermark [Marca de agua], ejemplo perfecto de eso que Sontag definirá como «prosa impaciente», una «prosa dedicada a relatar el surgimiento triunfal del yo poeta». En ese libro, al que le viene como anillo al dedo otra frase de Sontag («la prosa de poeta es la autobiografía del ardor»), hay un despliegue de recursos metafóricos que iguala los mejores poemas de Brodsky. Son páginas que tal vez nunca se habrían escrito si su autor se hubiera quedado en la Unión Soviética, escribiendo solo en ruso. VI


Se suele hablar de Brodsky como un poeta intraducible. Paradójicamente, él mismo no solo intentó traducirse, sino que ese esfuerzo marcó su poética. Tenía claro el drama de escribir una poesía que, por su nivel de elaboración formal, no pasaba bien a otros idiomas. Sin embargo, no vivió esa dificultad como un drama angustioso. La poesía, que a menudo se define como «lo que se pierde en la traducción», también puede ser «lo que se gana» con ella. Pero solo si el traductor se siente lo bastante desacomplejado para practicar una estética de la «versión poética» o asumir, incluso, la transcreación del original.

La traducción y la censura operaban, para Brodsky, según el mismo principio rector: «aquello que es posible». Pero así como en algún momento Brodsky defendió las ventajas de la censura para potenciar las virtudes inherentes a la metáfora, el traductor puede usar algunos poemas (por supuesto, textos escogidos de un conjunto y no la obra completa) para ejercer la traducción libre. Eso lo coloca en una situación de solidaridad poética que explica la intensa amistad de Brodsky con casi todos sus traductores importantes, a los que incluso dedicó algunos de sus grandes poemas. De la misma manera que el poeta ruso confesaba que había aprendido inglés para entenderse con Auden, a quien admiraba más que a cualquier otro poeta de su época, un traductor de Brodsky que disponga del tiempo suficiente puede afrontar el reto de hacer versiones poéticas como un paciente ejercicio de admiración. Tal es el caso, quiero pensar, de muchas de las recogidas en esta selección.

En español, las traducciones disponibles de Brodsky, la mayoría en verso libre, se limitan a darnos una idea del contenido. Hay unas pocas hechas directamente del ruso. Otras han sido hechas del inglés (que incluso en casos en que el propio poeta ejerció de traductor o cotraductor, o revisó y autorizó versiones, mantienen su condición ancilar en comparación con el original ruso). A diferencia del trabajo de casi todos sus traductores al inglés (sobre todo, Richard Wilbur y Alan Myers), al italiano (Giovanni Buttafava), al polaco (Stanisław Baran´czak) o al francés (con las magníficas versiones de André Markowicz), nadie ha intentado de forma sistemática traducir a Brodsky del ruso al español manteniendo cierta coherencia métrica —y mucho menos la rima. Los resultados, me temo, no transmiten esa búsqueda formal que caracteriza la poética original.

En varias de sus entrevistas, Brodsky cita un chiste que aseguraba haberle oído a su amigo, el poeta sueco Tomas Tranströmer: «La relación entre el poeta y el traductor pasa por tres etapas. Primero: tú, el poeta, le dices al traductor: “Confío en ti”, y él te mata. Segundo: le dices: “No confío en ti”, y él te mata. Y tercero: le dices: “Mátame, mátame!”, y él… te mata.» Por supuesto, a veces no queda más remedio que «matar a Brodsky», es decir, traducirlo en verso libre (él mismo escribió algunos de sus poemas sin rima). Pero si se quiere ofrecer una idea más completa de su talento poético es necesario mostrar, a través de la rima o de recursos de simetría métrica, algo de la dimensión formal del original. A costa, incluso, de ciertas traiciones al contenido: una pérdida/ganancia que el propio Brodsky ejerció muchas veces en sus propias versiones al inglés. Esa ha sido mi apuesta en la mayoría de las páginas que siguen. En la poesía rusa, la rima no es un «recurso» más, sino el marco general de toda la comprensión poética. Está, por así decirlo, espiritualmente arraigada; para algunos, a nivel neurológico. Alguien decía que en EE. UU. es probable que un poema rimado evoque la idea de «estilo tradicional» o «conservador». Pero en Rusia sugiere la fuerza moral de un arte de la memoria, practicado como una disciplina solitaria e intensa. Como hemos dicho antes, la relación de la poesía rusa con la memoria y la oralidad es consecuencia de cierta tradición litúrgica. En todo poema ruso está, más o menos presente, ese mecanismo psicológico de la plegaria.

Tampoco hay que pedir milagros. Una traducción puede alcanzar a mostrar la sucesión de imágenes y el «proceso de pensamiento» de un poema, eso que Brodsky llamaba «la psicología del próximo paso», pero la prosodia es siempre material dudoso. Cada forma métrica tiene su propia «biografía», por así decirlo, y está intrínsecamente relacionada con determinada estructura cultural y tradición prosódica. La misma estructura puede aludir a cosas diferentes, dependiendo del idioma al que ha sido traducida. Sin embargo, hay que leer a Brodsky como un poeta apegado al rigor formal, que consiguió revolucionar los moldes de la poesía rusa «desde dentro». Para él, la innovación solo podía tener sentido dentro de los límites de ciertas formas clausas.

Un traductor al español de Brodsky deberá lidiar, además, con ciertas limitaciones del poeta. Es conocida su boutade de que el español, que comprendía a medias y era capaz de leer,7 no era «una verdadera lengua». También Sontag cuenta que Brodsky le dijo alguna vez que la voz literaria latinoamericana era «de segunda mano, como los viejos Oldsmobiles que circulaban por La Habana». En una lista canónica8 que hizo de lo mejor de la poesía en español, por ejemplo, solo aparece un latinoamericano: su amigo Octavio Paz. Es curioso que ahora sea un cubano quien emprenda la misión revanchista de traducirlo al español, tanto desde el ruso como del inglés.

Esas «opiniones contundentes» de Brodsky no deben tomarse al pie de la letra. Fue una figura controversial, y le encantaba bromear y mezclar sus chistes con afirmaciones ex cathedra para desafiar a los biempensantes. Ensayos recientes, producidos en esa fábrica interminable de quejas en que parece haberse convertido la Academia norteamericana, le adjudican una visión «imperial» y «colonialista» por sus incursiones en cierta «poesía del turista», o un largo historial de agravios entre los exiliados rusos en Estados Unidos. Nada de eso tiene demasiada importancia. Incluso en sus momentos de mayor sarcasmo, o de tono más descarnado, la poesía de Brodsky rebosa empatía. Supo convertir la amargura de los muchos años lejos de la tierra natal en una suerte de humildad esencial, descrita en el pasaje final de su poema «Diciembre en Florencia»:


Hay algunas ciudades donde nunca volvemos.

El sol choca en sus vidrios como en ciertos espejos.

Ni por su peso en oro consigue atravesarlos.

En ellas, sobre un río, se alzan siempre seis puentes

y abundan los lugares donde tus labios fueron

a posarse en los otros, como en papel tu pluma

bajo estatuas, arcadas y columnas de hierro.

Al subir al tranvía, la multitud se agolpa

hablando en el idioma del hombre que no está.

El idioma nos enseña que la vida siempre prosigue su curso, indiferente a lo episódico. Todos los poemas de Brodsky, como bien escribió su amigo Derek Walcott, «rezuman mortalidad». Tenía una visión ecuménica, pero anclada en la melancolía: su tiempo no era el de la profecía, sino un presente exento de futuro: la pura experiencia y sus fulgores. Así aparece en el hermoso poema que le dedica Adam Zagajewski:


Por favor, recuerden: ironía y dolor;

el dolor había vivido mucho tiempo dentro de su corazón

y siguió creciendo, como si cada elegía que escribía

lo amara obsesivamente y quisiera

que solo él fuera su héroe.9


Uno comprende mejor esta profundidad elegíaca cuando puede rastrearla, poema tras poema, año tras año. Cuenta la leyenda que, desde los veindidós años, cada Navidad, Brodsky se sentaba a escribir un poema. En ocasiones se saltó, o no pudo cumplir con ese rito personal, pero antes de morir, con apenas cincuenta y cinco años, había conseguido juntar un buen puñado. Algunos tienen apenas cinco líneas, otros, varias páginas, pero todos resultan conmovedores, incluso para quienes tenemos una relación puramente cultural con esa festividad religiosa. De origen judío, Brodsky, como ya hemos dicho, no era el clásico devoto («No lo sé; a veces sí, a veces no», respondía cuando le hacían la pregunta sobre la fe), pero su espiritualidad abrevó, sobre todo, en la tradición cristiana. Sus preferidos, desde Dante y Donne hasta Eliot y Auden, fueron los grandes poetas cristianos de Occidente.

Con el tiempo, dicen los críticos, esos poemas navideños (algunos de los cuales han sido recogidos en esta antología) se van haciendo menos autobiográficos y más filosóficos: el poeta da vueltas sobre la Natividad como una especie de garantía metafísica: en este mundo reina Herodes, sí, pero el mal nunca logra imponerse por completo. Quizá por eso algunos han querido ver en ese ángel que anuncia al mundo la buena nueva del Nacimiento una de las tantas alegorías de la poesía, que sí fue la gran fe de Brodsky, la única indiscutible.

En esos poemas navideños de Brodsky, una estrella puede ser lo mismo el ojo atento de un Dios paternal que una lágrima de desesperación; un lugar de encuentro para los amantes o un bote lleno de refugiados; en todos esos casos se trata, como ha escrito Losev, «del punto en el cual se encuentran el sufrimiento humano y el amor divino». Gracias a ese cruce, la poesía de Brodsky siempre me ha parecido el vehículo de una revelación entrañable. Ojalá el lector de las páginas que siguen descubra algo semejante.


ERNESTO HERNÁNDEZ BUSTO

 

 

 

 

 

 

 

1 Muchos años después, en 1976, Susan Sontag también quedará fascinada por la manera en que Brodsky no tenía miedo de abordar los «grandes temas» y dejará en sus diarios una anotación en la que reprocha a la poesía norteamericana su «antiintelectualismo»: «la gran poesía tiene ideas».

2 Adam Kirsch, «Derek Walcott and the Poetry of Liberalism», The New York Times, 20 de marzo de 2017.

3 A las intrigas de este atribuye que, entre los escritores rusos se difundiera primero el rumor de que su salida de Rusia había sido voluntaria. Y aunque Evtushenko lo negó, Brodsky se fue a la tumba con la certeza de que aquel había servido como «consultor literario» de la KGB para su «caso». En 1987, luego de haber recibido el Nobel, Brodsky incluso presentó su renuncia a la Academia Norteamericana de Artes y Letras, porque esta le había concedido a Evtushenko una membresía honoraria. En Не только Бродский [No solo Brodsky], libro de recuerdos escrito por su amigo Serguéi Dovlátov, hay numerosas anécdotas sobre este odio cultivado entre los dos poetas. 

viernes, 30 de enero de 2026

QUÉ SE ENTIENDE EN LITERATURA COMO: LÍRICA OSCURA? POR ENRICO GIOVANNI PUGLIATTI Y J. MÉNDEZ-LIMBRICK


 

QUÉ SE ENTIENDE EN LITERATURA COMO: LÍRICA OSCURA?

En literatura, la “lírica oscura” se entiende como una vertiente poética caracterizada por su tono sombrío, introspectivo y enigmático, que explora el dolor, la angustia existencial, la noche, la muerte o la experiencia mística desde un lenguaje cargado de símbolos y metáforas difíciles de descifrar.

 Definición y rasgos principales

  • Origen conceptual: El término se vincula con la tradición mística (San Juan de la Cruz y su “Noche oscura del alma”) y con poetas modernos que retoman esa imaginería para expresar crisis espirituales o existenciales.

  • Características:

    • Uso de imágenes nocturnas, sombrías o enigmáticas.

    • Lenguaje hermético: metáforas complejas, símbolos difíciles de interpretar.

    • Temática de dolor, vacío, angustia o búsqueda espiritual.

    • Contrapunto con la lírica “clara” o “arraigada”, que busca armonía y transparencia.

  • Función: No pretende ofrecer respuestas directas, sino sumergir al lector en la experiencia de lo oscuro, lo ambiguo y lo trascendente.

Ejemplos históricos

  • San Juan de la Cruz: “Noche oscura del alma” es un paradigma, donde la oscuridad simboliza tanto sufrimiento como unión mística con lo divino.

  • Blas de Otero (posguerra española): Reinterpreta la “noche oscura” en clave existencial y social, expresando desesperanza y búsqueda de sentido en un mundo devastado .

  • Romanticismo y simbolismo europeo: Poetas como Baudelaire o Rimbaud exploran la oscuridad como metáfora de lo prohibido, lo decadente y lo sublime.

Diferencias con otras vertientes líricas

Tipo de líricaTonoTemáticaEjemplo
Lírica clara/arraigadaArmónico, luminosoNaturaleza, fe, esperanzaJorge Guillén
Lírica oscuraSombrío, herméticoDolor, vacío, noche, místicaSan Juan de la Cruz, Blas de Otero
Lírica socialDirecto, comprometidoJusticia, denunciaGabriel Celaya

Contexto y relevancia

  • La “lírica oscura” no es un género formal, sino una categoría crítica que describe un estilo y tono.

  • Se asocia con momentos históricos de crisis (guerras, persecuciones, rupturas espirituales) y con autores que buscan expresar lo indecible.

  • Su valor está en abrir espacios de interpretación: el lector debe descifrar símbolos y enfrentarse a la ambigüedad.

En síntesis, la lírica oscura es aquella poesía que se adentra en lo enigmático y lo doloroso, usando la oscuridad como símbolo de tránsito, búsqueda o desgarro. Es un lenguaje que ritualiza la angustia y la mística, convirtiendo la experiencia del vacío en un acto poético de gran densidad simbólica.

jueves, 29 de enero de 2026

RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE introducción


 

RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE

* Raimundo Lida nació en 1908 en la ciudad austro-húngara de Lem berg, entonces capital de la provincia de Galitzia, pocos meses antes de que la familia emigrara a Buenos Aires. Allí, pese a las estreche ces familiares, Lida pudo, al igual que su hermano mayor, Emilio, y su hermana menor, María Rosa, cursar estudios primarios y se cundarios, gracias a la educación pública argentina, gratuita, laica y obligatoria. Al concluir el bachillerato Raimundo ya destacaba por su inteligencia despierta y su pasión por las humanidades, de modo que elegir estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (uba) fue una decisión natural. 

Durante sus años universitarios, Lida se abrió a diversas disci plinas y recibió influencias varias. Si bien en el bachillerato había adquirido conocimientos de latín clásico, en la Facultad amplió sus intereses a la lengua, la literatura y el pensamiento grecolatinos. Tam bién entonces comenzó sus estudios sistemáticos de filosofía, dis ciplina en la que se especializó. Conducido por la sabia mano de maes tros como Francisco Romero, considerado entonces como el filósofo argentino más importante, se sumergió en la ética y la tradición * Este texto se apoya directamente en el estudio publicado por Clara E. Lida y Fernando Lida-García, “Raimundo Lida, filólogo y humanista pe regrino”, en Prismas. Revista de Historia Intelectual (Universidad Nacional de Quilmes, Provincia de Buenos Aires), 13, 2009, pp. 115-131. Véase tam bién de Miranda Lida, su nieta, Años dorados de la cultura argentina. 

Los hermanos María Rosa y Raimundo Lida y el Instituto de Filología antes del peronismo, Buenos Aires, Eudeba, 2014, y José Luis Moure, “A cien años del nacimiento de Raimundo Lida”, Boletín de la Academia Argentina de Le tras, vol. 73, núm. 299-300, 2008, pp. 1109-1120. 9 10 RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE racionalista de Spinoza y en la epistemología crítica de Kant. Tam bién por inspiración de Romero se acercó a la Sociedad Kantiana de Buenos Aires, fundada en 1929 por Alejandro Korn, cuyas enseñan zas seguiría muy de cerca durante algunos años y sobre quien dejaría un testimonio de honda admiración.

1 A esto fue sumando por su cuenta la lectura de pensadores europeos de los siglos xix y xx, como los románticos alemanes —Hegel, Herder, Fichte, Schlegel—; los historicistas e idealistas italianos —Croce y Gentile—, y la fenome nología de Husserl; más tarde exploraría la lógica matemática de Gottlob Frege y Bertrand Russell, entre otros. A medida que pro fundizaba su formación filosófica fue desarrollando una postura antimetafísica, pero también antipositivista, y se orientó decidida mente hacia la lógica, la fenomenología y la estética. También en la universidad se interesó por el intuicionismo de Henri Bergson, so bre cuya filosofía del lenguaje publicaría estudios pioneros. Ya avanzada su carrera universitaria, Lida entró en contacto con las clases que dictaba Amado Alonso en la Facultad, quien desde el recién fundado Instituto de Filología impulsaba el estudio de la filología románica y las teorías lingüísticas europeas. 

El contacto con Alonso fue fundamental en la formación del joven Lida, pues bajo su influencia se iniciaría en la estilística y la crítica literaria, que sumadas a su preocupación filosófica marcarían su derrotero. Al concluir los estudios en la Facultad, por invitación de su maes tro, Raimundo pasó a ser, primero, su ayudante de cátedra (1931 1932) y luego, jefe de trabajos prácticos (1933-1947) en el curso de Lingüística Romance. Casi al mismo tiempo, en 1931 se incor poraba al Instituto de Filología para iniciar su formación como investigador en lengua y literatura, trabajando hombro con hom bro con Alonso, pero también muy cerca de Pedro Henríquez Ure ña (1884-1946), el gran erudito dominicano a la sazón residente en la Argentina. 

A partir de entonces Lida combinó sistemática 1Raimundo Lida, “Recuerdo de Korn”, Letras hispánicas. Estudios, esque mas, México, Fondo de Cultura Económica, 1958, pp. 260-265 [2ª ed., México, Fondo de Cultura Económica–El Colegio de México, 1981]. RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE 11 mente su interés por la filosofía con la filología, desarrollando una novedosa línea de investigación propia sobre filosofía y estética del lenguaje mientras se iba adentrando en el estudio minucioso de la lingüística, la estilística, la teoría y la crítica literarias. A estas acti vidades académicas —y hasta el inicio de su exilio en México, en 1947— Lida fue sumando nuevas y variadas obligaciones. Men cionemos que en 1939 Alonso fundó la Revista de Filología Hispá nica (RFH), y escogió a Raimundo como secretario de redacción, ta rea a la que se le sumaría su hermana María Rosa, miembro también del Instituto y ya reconocida clasicista y medievalista. 

Como tantos jóvenes universitarios argentinos formados en la efervescencia cultural y la intensa circulación de ideas, así como en una tradición intelectual abierta a las más diversas corrientes del pensamiento, Lida no ocultó su antipatía por quienes a partir del gol pe militar de 1930 se estaban adueñando de la vida pública del país e iniciaban la llamada “década infame”. Esto lo hizo persona non gra ta a los ojos de las autoridades universitarias, mayormente ultrana cionalistas católicos y conservadores, cuando no abiertamente fas cistas, que procuraban alejar o reemplazar a los docentes que no les eran afines. 

Por ello, a pesar de su destacada trayectoria y del pres tigio intelectual de que ya gozaba, no logró obtener más nombra miento en la uba que una simple ayudantía en el Instituto, donde años después sería secretario, por lo que hubo de recurrir a otras tareas —pluriempleo común entre los intelectuales hispanoamericanos— para mantenerse. Así, mientras por las tardes cumplía su labor en el Instituto de Filología, por las mañanas completaba sus ingresos con trabajos diversos, alejados de sus intereses, restándole horas al día para escribir y publicar. 

En 1931, cuando Victoria Ocampo funda la revista Sur, Lida envía el que sería primer eslabón en una larga cadena de estudios sobre Quevedo, que muchos años después cul minaría con su libro póstumo, Prosas de Quevedo,2 pero también 2Publicado por su viuda, Denah Lida, en Barcelona, Editorial Crítica, 1981. Diversos estudios aparecen también en Letras hispánicas. Estudios, esquemas, 12 RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE en la cadena de reflexiones sobre teoría y crítica literarias. A partir de esta colaboración, Lida publicaría en Sur artículos sobre temas tan variados como la estética de Santayana, el pensamiento filosó fico de Korn, la estilística de Vossler, entre otros.3 Además, inicia ría una estrecha relación con Victoria Ocampo, quien no tardó en darle en Sur una columna de crítica literario-cultural y humorís tica, que luego lo llevaría a profundizar en el estudio de la risa y la sonrisa en Sarmiento, en Antonio Machado, en Cervantes y en el humor más ácido de Quevedo.

 Por entonces Raimundo comenzó a enseñar en el Instituto Na cional del Profesorado Secundario, donde se formaban los profe sores de enseñanza media, con habilitación para dictar clases en los colegios secundarios y donde por un tiempo se respiró un aire me nos sectario que en la Facultad. También participó en el Colegio Libre de Estudios Superiores, entidad privada que en 1930 fun dó un grupo de intelectuales, científicos y humanistas, entre los que figuraban Alejandro Korn, Francisco Romero, Amado Alon so, Henríquez Ureña y quien en 1947 sería premio Nobel, el fisió logo Bernardo Houssay, por citar solo algunos. Se trataba de un centro de nivel universitario creado para una amplia labor cultural mediante numerosos cursos, conferencias y seminarios vincula dos con las ciencias y las humanidades. 

Parte de las actividades del Colegio Libre quedó registrada en su revista, Cursos y Conferencias, que se editó a partir de 1931 y donde Lida publicó varios estudios sobre estilística, literatura y sobre filosofía del lenguaje, en particu lar sobre Croce, Gentile, Herder y Lessing.

 Agreguemos que de ese decenio y parte del siguiente datan también sus diversas traduccio nes, varias de ellas anotadas, del alemán, francés e inglés, así como muchos artículos de crítica literaria, lenguaje y estética que apare cieron en distintas publicaciones periódicas, como la Revista de la Universidad de Buenos Aires y el Boletín del Colegio de Graduados de pp. 45-99, y en Estudios his pánicos, edición de Antonio Alatorre, con prólo go de Carlos Blanco Aguinaga, México, El Colegio de México, 1988. 3Aunque incompleta, véase la bibliografía que publicó Antonio Alato rre en el número de homenaje de la NRFH, xxiv, 1: 1975, pp. v-x. RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE 13 la Facultad de Filosofía y Letras de la misma Universidad, y las re vistas Verbum, Megáfono y Nosotros, entre otras. 

De reunirse en un volumen todo este cúmulo de publicaciones sobre estilística, filo sofía y estética del lenguaje, que se mantiene disperso por hemero tecas y bibliotecas públicas y privadas, mostraría la preocupación pionera, pero sostenida de Lida por la filosofía, la teoría lingüísti ca, la estilística y la creación estética como un todo para desentra ñar la obra y el pensamiento literarios. En 1936, Lida obtuvo por fin su primer nombramiento univer sitario como profesor suplente en la cátedra de Estética, de la Uni versidad Nacional de La Plata. Este puesto, que era ad honorem, es decir, sin retribución salarial, le permitió durante una década, has ta 1947 cuando se exilió en México, ejercer en forma sistemática la docencia universitaria. Los viajes semanales en tren a esa ciudad también le ofrecían la oportunidad de departir con su maestro y amigo, Henríquez Ureña, que para Raimundo significaba el privi legio de disfrutarlo como profesor exclusivo. 

El contacto con don Pedro acentuó en Lida el interés creciente por las letras hispano americanas, que habría de traducirse más tarde en varios artículos sobre autores tan diversos como Lugones, Mansilla, Güiraldes, Mar tí, Borges, Alfonso Reyes y Gabriela Mistral, entre otros, y que a lo largo de los años profundizaría en estudios más extensos sobre Da río y Sarmiento. El año 1939 marcó un hito en el desarrollo académico de Rai mundo Lida, cuando recibió una beca Guggenheim (la volvería a recibir en 1960) para investigar en la Universidad de Harvard las ideas de George Santayana sobre lenguaje y literatura; Santayana había enseñado en esa universidad, a la que legó sus papeles. 

El año que pasó en los Estados Unidos, con su mujer, Leonor Gar cía, y su pequeño hijo Fernando, le permitió conocer y saborear las grandes bibliotecas universitarias y públicas de ese país. Pero sobre todo, la beca le otorgó el tiempo necesario para avanzar sin distracciones en la preparación de la que sería en 1943 su tesis doctoral para la Universidad de Buenos Aires. Este mismo año, la Universidad de Tucumán —donde poco antes se había fundado 14 RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE una dinámica Facultad de Filosofía y Letras— publicó el manus crito revisado con el título Belleza, arte y poesía en la estética de Santayana.4 Este libro que ahora reedita El Colegio de México incorporando algunas modificaciones manuscritas hechas por el autor, junto con cuatro artículos suyos sobre el tema que añaden nuevos matices y puntualizaciones, fue acogido como un trabajo original y novedo so. No solo lo era por su significado para el estudio de las ideas estéticas del filósofo español —probablemente el primero en desa rrollar en los Estados Unidos la estética como línea de investiga ción filosófica vinculada con la sensibilidad artística en The Sense of Beauty (1896) y en otros de sus textos tempranos—, sino, ade más, porque el enfoque de Lida permite examinar la influencia del sentimiento y la reflexión estética en la creación, el estilo y el len guaje literarios, especialmente el poético. 

El naturalismo filosófico de Santayana se alejaba del positivismo y se insertaba en la tradi ción de Spinoza y Kant; Lida, conocedor de las ideas filosóficas y estéticas, también vincula el análisis de la imaginación poética con la fenomenología trascendental de Husserl, la filosofía del lengua je en Bergson y el historicismo de Croce, que también estudiaba. Un crítico contemporáneo observa que este libro amplía el análisis estético de Santayana al proponer que la comprensión de la obra de arte se enriquecería si se estudiara dentro del devenir histórico, no como un fenómeno rectilíneo, sino como desarrollo irregular y complejo de la realidad. En otras palabras, estudiar “la experiencia estética [en el] ámbito en que ha nacido y a partir del cual se ha desarrollado y diferenciado”, pues ella no se origina en una esfera autónoma sino “dentro del marco de la totalidad de las actividades humanas”, en lo subjetivo e individual, no en la universalidad y la abstracción.

5 Es decir, el conocimiento teórico de la estilística y el 4Por sugerencia de Francisco Romero, escribió un prólogo a los Diálogos en el Limbo, de Santayana, que Losada publicó en 1941, en la colección La Pajarita de Papel, que dirigía Guillermo de Torre. 5 Alfredo Grieco y Bavio, “Raimundo Lida y Santayana: estética y esti lística”, en Luis Martínez Cuitiño y Élida Lois (coords.), Actas del III RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE 15 historicismo, aplicados a la estética y al análisis literario es lo que da originalidad a la obra de Raimundo Lida y a su teoría de la crea ción estética: Nunca ha habido arte digno de conocerse que no tuviera algún sen tido práctico, o intelectual, o religioso. El goce de la percepción no es pleno goce artístico si no se enlaza a nada racionalmente importante, a nada que tenga pleno derecho de ciudadanía en el mundo natural o en el moral” (Belleza, arte y poesía…, en esta edición, p. 83).

 A partir de un nuevo golpe militar a mediados de 1943, el dete rioro de la vida académica argentina se manifestó incontenible. El ascenso de Perón, acompañado en el ámbito cultural por elemen tos ultranacionalistas integristas y siempre autoritarios, se refle jó en una nueva intervención gubernamental en las universidades nacionales y en la cesantía de la mayoría de los docentes oposito res, entre quienes se contaban Amado Alonso y otros prestigiosos profesores. Hacia fines de 1946 el futuro se presentaba incierto, con el Instituto de Filología desmantelado, con Henríquez Ureña prematuramente muerto en mayo, con la Revista de Filología de finitivamente suspendida y con Alonso cesado y autoexiliado en Harvard. Lida comprendió que su futuro en la Argentina estaba seriamente amenazado y que la Universidad quedaría sometida a los dictados de la extrema derecha amparada por Oscar Ivanisse vich, flamante ministro peronista de Educación de claras simpa tías fascistas.

 Así, a mediados de 1947, aceptando la providencial invitación que unos meses antes le había cursado Alfonso Reyes, entonces presidente de El Colegio de México, para continuar allí sus labores, volver a publicar la revista y formar un núcleo de es tudios filológicos, Lida también optó por exiliarse.6 Congreso Argentino de Hispanistas “España en América y América en España”, vol. 2, Buenos Aires, 1993, pp. 602-609. 6 Tulio Halperín Donghi, Historia de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Eudeba, 1962, cap. iv. Entre los papeles de Raimundo Lida donados por sus hijos a El Colegio de México hay un recorte de La Vanguardia 16 RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE No nos detendremos ya en los años posteriores a este exilio, solo resumiremos brevemente el giro que se dio en los intereses acadé micos del filólogo argentino. En México pasaba a asumir como su yas funciones muy similares, mutatis mutandis, a las cumplidas por Alonso en Buenos Aires, al convertirse en fundador del Centro de Estudios Filológicos,7 en maestro de sucesivas generaciones de alum nos latinoamericanos y en creador, a su vez, de la Nueva Revista de Filología Hispánica (NRFH), continuadora en México de sus antece sora argentina (suspendida definitivamente en 1946).

 A partir de entonces, iba a centrar sus propios trabajos en temas menos abarcadores que los de su etapa argentina y los orientaría a la estilística, enfocando la literatura hispanoamericana con impor tantes estudios sobre Darío y Sarmiento, y sobre sus admirados amigos Gabriela Mistral y Alfonso Reyes. También iba a abordar a autores españoles contemporáneos, como Machado y otros a quie nes llegó a tratar personalmente: Juan Ramón Jiménez, Jorge Gui llén y Pedro Salinas. Pero, sobre todo, concentraría su pasión y energía en el estudio de los poetas y prosistas de los siglos de oro, especialmente en Quevedo. 

En cambio, con excepción de su largo (año lii, núm. 13 431, p. 2) que le envió su esposa, titulado “Desmantela miento de una Facultad”, publicado en 1947; aunque ella no lo fechó, por una inscripción manuscrita parecería ser de junio o julio. En él se hace un recuento de los muchos docentes “forzados a jubilarse”, los “declarados ce santes” y los “obligados a renunciar” en la Facultad de Filosofía y Letras, entonces a cargo del interventor, Enrique François. Y se menciona a Ángel Rosenblat y a Lida como ya emigrados a Venezuela y México, respectiva mente, por la atmósfera “ya irrespirable” en la Facultad. 7El nombre de este Centro varía según las fuentes: “Centro de Estudios Literarios”, “Seminario de Filología”, “Centro” o “Seminario de Literatura”, “Centro de Estudios Literarios y Filológicos”, “Seminario de Estudios Lin güísticos”, etc. Lo cierto es que en la correspondencia, Lida siempre se refie re a él como “Centro de Estudios Filológicos” (cef), e incluso señala, en carta a don Alfonso, que sus iniciales le eran caras por ser las mismas de sus hijos, Clara Eugenia y Fernando. Sobre este Centro véase Clara E. Lida y José Antonio Matesanz, El Colegio de México: una hazaña cultural: 1940 1962, México, El Colegio de México, 1990, cap. 5. RAIMUNDO LIDA Y LA ESTÉTICA DEL LENGUAJE 17 estudio sobre Bergson,8 poco volvería a publicar sobre filosofía y estética del lenguaje, como si el ímpetu filosófico y teórico que había desplegado en Buenos Aires se hubiera ido apagando en Mé xico, tal vez por la ausencia de intercambios favorables a su desa rrollo, o quizá porque tomaba distancia de lo meramente teórico para centrarse en el estudio del texto y su entorno, afirmando una independencia crítica, creadora y de goce estético por la obra lite raria, sin olvidar los contextos intelectuales, culturales e históricos. La muerte de Amado Alonso en 1952 significó un nuevo giro académico y geográfico para Lida. La Universidad de Harvard lo designó Full Professor en su Departamento de Lenguas y Literaturas Romances, cargo que asumió a partir de septiembre de 1953. 

Con este nombramiento, Raimundo cerraba un ciclo intelectual y vital y comenzaba otro centrado en sus propios quehaceres como estu dioso de la literatura española desde los siglos de oro y de las letras hispanoamericanas modernas, pero también como profesor en las aulas de Harvard de varias generaciones de hispanistas estadouni denses y de otros países. El Raimundo Lida que en 1953 hizo de los Estados Unidos su hogar definitivo concluía su variado e intenso aprendizaje como filósofo y como filólogo, y hasta su muerte, en junio de 1979, dedicaría los más de sus desvelos a Quevedo, sin por ello descuidar en sus escritos y desde la cátedra a diversos autores clásicos y modernos, peninsulares e hispanoamericanos. * * * Agradecemos muy especialmente a Javier Garciadiego, presidente de El Colegio de México, y a Francisco Rico, distinguido hispanista, su apoyo e interés por ofrecer nuevamente a los lectores esta obra, a setenta años de su publicación original. También queremos expresar nuestro reconocimiento a Antonio Bolívar por su esmerado trabajo de edición. Clara E. Lida y Fernando Lida-García 8 Raimundo Lida, “Bergson, filósofo del lenguaje”, Letras hispánicas, pp. 45-99.

miércoles, 28 de enero de 2026

BAJO LA PIEL GUNNAR KAISER Traducción de Claudia Baricco FRAGMENTO CAP I

 


1

Cuando era joven, buscaba chicas. Mi búsqueda comenzó temprano en la mañana del día en el que cumplí veinte años y terminó bajo las estrellas de la última noche de verano de mi vida. Por entonces y allá de donde vengo, de los jóvenes como yo decían que éramos como los sonámbulos, adictos a la luna, y lo mío era una adicción. Pero mi caso era algo especial.

En la primavera había dejado la casa de mis padres, me había mudado a Manhattan y había comenzado a estudiar. Lo poco que necesitaba lo ganaba haciendo el reparto de carne para los carniceros judíos de Williamsburg y Staten Island. Al menos eso era lo que les decía a mis padres cuando me preguntaban qué hacía, y no era una mentira.

Pero tampoco era la verdad. La verdad era que me la pasaba dando vueltas por la ciudad con la cámara que había heredado de mi hermano, de día por las calles de Brooklyn y de noche por los clubes y los bares al sur de la Houston Street; fotografiaba aquí a los travestis delante de las entradas de los sótanos de la Greenwich Lane, allí las manos de una parejita fumando en una fiesta, más allá la ropa tendida que flameaba entre los tejados. Yo iba andando y mirando. Y buscaba chicas.

Mi trabajo me obligaba a saltar de la cama temprano, al amanecer conducía dos horas recorriendo las carnicerías y antes de las nueve regresaba al local del mayorista con el camión de reparto vacío y un par de billetes en los bolsillos. Luego el día era todo para mí y mi Rolleiflex. Iba andando por las calles y despilfarraba mi vida como si fuera inmortal. Bien pasada la medianoche regresaba sin remordimiento alguno a mi cueva del East River, me desplomaba en la cama y soñaba que sostenía entre los brazos a una de las muchachas que aquel día se habían cruzado en mi camino. Era el año 1969, la Luna estaba en la casa siete, yo tenía veinte años y estaba claro que no dormía lo suficiente.

 

Ella era la chica definitiva, como se dice. Nadie lo dice, tampoco se decía entonces, pero aquel día para mí ella lo era, y aquel día era lo único que yo tenía. Ella lo era: definitiva, irrevocable y absoluta. Se cruzó en mi camino una mañana a comienzos del verano en la avenida Flatbush detrás del Prospect Park. Había surgido de la oscuridad de una boca del metro e iba andando delante de mí, rizos rubio rojizos, chaqueta de cuero y una falda color malva, una diosa salida de un catálogo de modas. Calculaba que tendría unos tres años más que yo, pero me había dicho a mí mismo que eso no me importaría. Tampoco era ya ninguna niña, sino una mujer madura, más madura que yo. Quizás estaba cursando el último semestre de Historia del Arte, llevaba un libro ilustrado sobre Caravaggio en su mochila y trabajaba en algún café. Pero ella lo era: la chica definitiva, yo lo sabía y la seguí. Aquel día no debía llegar a su fin sin que yo antes hubiera conseguido una foto o un beso suyo. O ambas cosas.

Su camino nos llevó por aquella umbrosa mañana de junio y por medio Brooklyn, pasando por delante de los discípulos del Hare Krishna y de los sin techo de la Estación Atlantic, hasta que finalmente, como si esperara a alguien, se detuvo delante de un diner, se arregló los cabellos en el reflejo de la vidriera y entró. Yo conocía el local. Allí había llevado yo los viernes el sobre sellado con mi sueldo; a un local repleto, porque los estibadores de los muelles habían tenido la misma idea y allí se podían comer tacos rellenos por cincuenta centavos de dólar. Pero a aquella hora temprana no había mucho movimiento. En su interior una indolencia complaciente me recibió en medio de flotantes partículas de polvo, sobre las mesas había una luz dorada, y en el aire persistía aún el olor a humo y cerveza de la noche anterior. Un hombre mayor estaba sentado en una esquina con el periódico y bebía té, una pareja negra en el centro tapaba la música con su charla y el sonido de las bolas de billar al entrechocarse, y en la barra Pedro, un joven latino de elegante bigotito, miraba algo aburrido a mi chica definitiva. Ella se había sentado en una pequeña mesa junto a la ventana, había sacado un libro de su mochila y se había puesto a leer bajo la luz matinal que caía sobre el rojo cobrizo de sus cabellos y el blanco marfil de su rostro. Por un momento me quedé como perdido en medio del salón, como fuera de lugar, porque en realidad yo no tenía nada que buscar allí, al menos nada respetable, salvo entablar conversación con una muchacha desconocida, un beso y una noche con ella. Pero el día de mi cumpleaños había hecho un juramento: a partir de ese instante ya no sería un cobarde. A partir de ese instante no me detendría ante nada. Quería vivir una vida salvaje, salvaje e insaciable.

En ese momento me acordé de aquello y, como aparentemente nadie se había fijado en mí, me armé de valor, me liberé de mi rigidez, apoyé la cámara sobre la mesa al lado de la muchacha y me senté. Desde allí podía observarla y cuando fuera el momento, dirigirle la palabra. Hablarle a una muchacha es como tomar una fotografía, hay que hacerlo en el momento justo. Mientras tanto intenté ver el título de su libro, quizás yo lo había leído o al menos podía hacer como si lo hubiera hecho. Pero en ese mismo momento Pedro apareció delante de ella, tomó su pedido y volvió a deslizarse detrás de la barra sin dignarse a dirigirme siquiera una mirada. Admiré la serenidad que mostraba aun en presencia de aquella diosa. Mientras el cansancio matinal se imponía por sobre el llamado de su naturaleza masculina, yo me fui poniendo cada vez más nervioso a medida que parecía acercarse el momento adecuado y cuanto más pensaba en cómo hacer para hablarle. La excitación me paralizaba. No podía apartar los ojos de ella, de ese ser irresistible de ojos demasiado radiantes y pestañas demasiado largas; no podía dejar de observarla, su mirada como sumida en sus propios pensamientos, una actriz de una película de Antonioni. Cuando cinco minutos después Pedro le llevó el café, yo aún no me había animado a decirle una palabra. Ahora que lo tenía enfrente, le pedí tartamudeando lo primero que me vino a la mente. En un intento de dar una impresión de cool y desenvuelto, a la diez de la mañana pedí con voz ronca una cerveza. No había conseguido leer el título de su libro ni había podido distinguir ningún detalle que me permitiera entablar una conversación casual con ella; una conversación inofensiva, que no despertara sospechas, como las que entablan hombres y mujeres en tantos lugares de esta Tierra. Una conversación por la que uno no fuera ni lapidado ni proscrito públicamente. Jonathan, ¿por qué eres tan cobarde, pese a todos tus juramentos y los buenos propósitos para tu nuevo año?, me pregunté.

Mientras me preguntaba esto, un hombre se había parado delante de su mesa. Debía haberle hablado, porque ella alzó la vista hacia él, sonrió y cerró el libro. Supuse que había estado sentado en algún oscuro rincón, fuera de mi campo visual. Entonces se acercó a sólo unos pasos de la muchacha e intercambió algunas palabras con ella, pero en voz tan baja que no alcancé a comprender nada. Al principio pensé que se conocían, pero pronto tuve que admitir que él era un desconocido como yo. La rapidez con la que ese hombre, un judío espigado de unos cuarenta y tantos largos y camisa blanca de cuello duro, había establecido una suerte de familiaridad con ella me dejó perplejo, pues ella volvió a sonreír, dijo algo y con un parpadeo dejó que tomara asiento enfrente de ella.

Lo que dijo entonces lo entendí. Lo dijo tan fuerte y claramente que es el día de hoy que no lo he olvidado.

“Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, no la hallaremos si no la llevamos dentro.”

Lo dijo como en una letanía, por lo que supuse que estaba recitando algún verso de un poema. La muchacha se echó a reír fuertemente, con dos dedos se corrió un mechón de pelo de la frente y luego acarició con la palma el libro que tenía delante.

—¿Lo leyó? —preguntó.

—¿Leerlo? —Él tomó el libro, fue palpando el gastado volumen de tapas de lino, amarillo sol con una cinta señaladora verde, y lo sostuvo sobre las palmas de sus manos como si fuera un pequeño animal que durmiera allí bajo su guarda—. Yo lo escribí.

—¿Entonces usted es Ralph Waldo Emerson? —Ella rio—. Encantada, Sir. Pensé que hacía tiempo que había fallecido.

—Se podría decir así —respondió él—. Pero tranquila, llámeme Ralph.

Ella bajó la vista y sonrió mientras Mr. Emerson observaba el libro y, repitiendo el mismo gesto de la muchacha, acariciaba delicadamente la tapa con la yema de los dedos. Ahora que él lo sostenía en la mano finalmente alcancé a ver el título.

 

R.W. Emerson. Naturaleza.

 

Luego él volvió a hablar. Había algo en su voz que me irritaba, pero no podía decir qué era.

—Es una bella edición la que tiene usted. Algo así no se consigue en cualquier sitio.

Se hizo una pausa en la que mi muchacha bajó la vista. No me quedaba claro qué podía tener el libro que fuera tan valioso; me hubiera gustado observarlo más de cerca para poder participar en la charla, pero tenía que cuidarme de no llamar demasiado la atención mientras los miraba. La pareja negra de la mesa de billar debía haber notado mi curiosidad y seguro que ya estaban cuchicheando sobre mí.

Finalmente ella dijo:

—Un regalo de mi padre.

El hombre acercó el libro a su rostro. Parecía olerlo, inspirar su aroma, con los ojos cerrados, como si entre esas tapas estuvieran ocultos todos los secretos del mundo. Luego fue pasando cuidadosamente la palma de la mano por el lomo, bajó la cabeza y dijo:

—Un libro magnífico.

Oí cómo la chica se deslizaba hacia un lado y otro en su silla como si de pronto algo la hubiera excitado. Yo me había olvidado de toda mi timidez, tenía la vista clavada en ellos como un idiota, y vi cómo la mirada de ella iba de las manos del desconocido a sus ojos.

—Siempre lo llevo conmigo.

La sonrisa había desaparecido de su rostro.

—Yo también tengo una edición en casa —dijo el hombre casi en un susurro, pero a un volumen suficientemente alto como para que yo entendiera. Él parecía responder a la inquietud de ella, querer calmarla con sus palabras—. La primera edición del ensayo. Un suntuoso volumen de Concord que incluso quizás Emerson tuvo alguna vez en sus manos. Ya es un poco antiguo, pero no se le nota. ¿Quieres verlo?

Diciendo estas palabras se levantó, sin devolverle el libro, y ella lo permitió. Por un momento pensé que él se pondría de rodillas y le pediría casamiento, pero no, permaneció erguido y la miró, y al cabo de tres interminables segundos ella también se levantó, tomó su chaqueta y su mochila, siguió a Mr. Emerson sin siquiera mirar atrás y se fue del diner con él.

¿Yo estaba furioso o entusiasmado? Ya no lo sé, y quizás tampoco lo supe en ese momento. No sólo era que me había robado la chica definitiva con un truco barato sin dignarse a dedicarme siquiera una mirada; no sólo que ella se había involucrado con él con una presteza como si aquella mañana sólo hubiese ido allí con esa intención; no sólo era que él era tan viejo como ella y yo juntos y hubiera podido ser nuestro padre: lo que más me desconcertaba era el hecho de que aquel tal Mr. Emerson no había tocado ni un solo momento a mi chica, ni su hombro, ni su espalda, ni su mano, y no obstante ella se había ido con él como llevada por un hilo invisible.

Acabé mi cerveza. La parejita del billar se había quedado muda y estaba allí parada como indecisa, el hombre del periódico dormitaba. Pedro levantó las mesas y se quedó mirándome con una sonrisita mientras yo agarraba la cámara, abría la puerta de un golpe y salía del local.

martes, 27 de enero de 2026

FICHTE: ACCIÓN Y LIBERTAD


 

Introducción 

Presentar una obra sobre la filosofía de Fichte escrita en caste llano exige todavía hoy día explicar las razones de semejante em presa. A pesar del esfuerzo que durante los últimos años se ha hecho en España para difundir su pensamiento, gran parte de los interesados en la filosofía no sólo desconocen el importantísimo papel que este autor desempeñó dentro del idealismo y el romanti cismo alemán sino que además ignoran cuáles fueron sus verdade ras aportaciones a la cultura universal. 

Este desconocimiento se debe en gran medida al predominio de una versión tipificada y re- ductora de lo que fue su pensamiento. La historia de las malinterpretaciones de la filosofía fichteana comienza con sus propios contemporáneos, en particular, a través de Schelling y de Hegel. A fines del siglo XWI! y principios del XIX, en un ambiente filosófico tan rico en pensadores fecundos y originales, como lofiteron Kant, Fichte, Schelling, o incluso Goe the y Schiller, sólo era posible abrirse paso a una concepción pro pia desde la polémica y la oposición a las grandes figuras, aun a riesgo de forzar o malentender su pensamiento. Este fue el caso de Hegel, cuya visión de la historia de la filosofía tanto ha itifiuido en generaciones posteriores, llegando inclusive a perdurar a lo largo del siglo XX. La filosofía hegeliana clausuró el horizonte histórico del pensar 9 al presentarse a sí misma como la última y más perfecta síntesis de todo el desarrollo filosófico anterior a ella. 

Y en ese devenir fi losófico, la Doctrina de la ciencia fichteana ocupaba el lugar de un idealismo subjetivo que sólo podía adquirir sentido en su confron tación a b filosofía de la naturaleza de Schelling (idealismo obje tivo) y en su absorción por un idealismo absoluto como el de He- gel. De esta manera, todo el impresionante edificio de la Jilosofia fichteana quedaba interesadamente reducido a un subjetivismo so- lipsista y con ello se perdía el verdadero sentido que para su autor tenía la Doctrina de la ciencia, se perdía su aspecto práctico, aque llo que le había permitido a Fichte presentarla como el «primer sistema de la libertad». 

Esta descalificación respondía quizá a la ignorancia de Hegel, quien había leído pocos textos de Fichte, o tal vez a su propio interés por eliminar lo que podía ser, como bien hizo notar Luigi Pareyson, una crítica avant la lettre de un sistema como el suyo, en el que el individuo queda finalmente ab sorbido por lo absoluto. En este sentido, la filosofía de Fichte re presentaba la peligrosa demostración de que es posible construir un sistema en el que los individuos sean una realidad irreductible pero, a ¡a vez, se presenten como lugar de manifestación de lo in finito. Claro que esta actitud de Hegel no tiene por qué sorprender. Podríamos citar a otros filósofos que también han tenido una vi sión reductora e interesada de la filosofía anterior a ellos.

 Para el caso que nos ocupa, bastaría con citar a Heidegger, recordando su famosa afirmación de que la filosofía ha olvidado su tarea más importante, la de pensar el ser como lo que hace posible a todo ente. Quizá sin darse cuenta de ello, con esta afirmación Heideg ger se hacía eco de ese mismo olvido, descartando de un plumazo un intento como el de Fichte, tan sorprendemente cercano al suyo, un intento de pensar el ser, no como sustancia, sino como activi dad de simple afirmación, como puro devenir, como pura fluencia y, a la vez, como fundamento de todo acto concreto. Alguien po dría decir que de todas formas Heidegger sigue teniendo razón y que en Fichte nos encontramos con una reducción del ser al sujeto, lo cual es cierto, aunque con salvedades. 

Deberíamos agregar que es tan cierto como lo es para Heidegger el que la concreción del ser, su ahí, está en el hombre, porque también para Fichte existe un hiato irracional, una diferenáa radical entre el ser y el sujeto fi nito, diferencia que se expresa en sus primeras obras como imposi bilidad de deducción del segundo principio (por tanto también del 10 tercero) respecto del principio fundamental y, en las últimas, como disyunción entre ser y saber. El reconocimiento de estos paralelismos entre Heidegger y Fichte (a los males podríamos agregar unos mantos más aunque éste no es el sitio indicado para ello) no debe considerarse tanto como una denuncia sino como un intento de llamar la atención sobre un pensador como Fichte, cuya vigencia quedaría demos trada por el hecho de que, a su manera, planteó muchos de los te mas que preocupan al pensamiento contemporáneo. En este sen tido, creo que resulta mucho más fructífero concentrarse en la Doctrina de la ciencia y hacer hincapié en aquellos aspectos inno vadores en su época y que por diversas circunstancias pasaron más o menos desapercibidos a sus sucesores. 

En primer lugar, Fichte es un postkantiano, pretende ser un continuador y un investigador de la filosofía crítica, por tanto, re coge el principal descubrimiento de Kant, la idea de que la reali dad sólo puede ser explicada y comprendida por el hombre en la medida en que tiene alguna relación con él. Así, Fichte se instala decididamente en ese nuevo campo del saber que acaba de ser abierto, en el campo de la antropología. Como Kant, también él tiene el convencimiento de que la etapa de ta filosofía dogmática se ha acabado definitivamente, y con ella la pretensión de enfren tarse ingenuamente a la realidad buscando un fundamento, un ser, al que la razón pueda tener un acceso directo. 

Fía terminado, pues, la etapa de la omnipotencia de la razón puramente especu lativa, porque, a partir de Kant, se hace necesario admitir que el mundo está siempre cargado de intenciones y significaciones subje tivas. De ahí que, desde Fichte en adelante, los idealistas conside ren que la principal tarea de la filosofía consiste en explicar la gé nesis de la conciencia, lo cual no significa otra cosa que mostrar cómo el mundo es construido por el sujeto. En otras palabras, para ellos la construcción de la realidad no es sino la desconstrucción del mundo, el poner en evidetteia que lo que nos rodea carece de una realidad en si misma, no es en el fondo sino un todo semán tico que creamos los individuos como resultado de nuestras necesi dades de actuación. 

Puede que ese mundo exista realmente con independetteia de nosotros, como de hecho admite Fichte, pero ello no quita que para el hombre sólo sea una realidad cultural, un producto reductible al Yo. Este Yo al que se reduce la realidad no es puramente indivi dual, es un Yo que compartimos y acreditamos todos los sujetos particulares, porque, como en Kant, se trata de un Yo trascenden 11 tal. Pero, a diferencia de Kant, no se trata de un Yo limitado por la presencia de un objeto a construir, no es un Yo teórico sino un Yo absoluto, pura actividad que se pone a si misma. De este modo, el individuo deja de ser entendido como simple sustancia, como una cosa entre otras cosas, pasa a ser también acción, una acción que pretende ser absoluta y choca con el obstáculo perma nente del mundo que se rebela a su actuación. El hombre se con vierte entonces en impulso, en un ser dinámico que, por un lado, aspira a actuar absolutamente según los dictados de su razón y, por otro, se descubre constantemente frustrado en ésa, su ansia de infinitud y perfección.

 En consecuencia, si el Yo absoluto es actividad pura, el Yo fi nito es relación, relación con lo que se le opone, relación con el No-yo, relación con lo otro y, sobre todo, con los otros. Por eso Fichte se niega a admitir la cosa en sí en su sistema, a la vez que reconoce que es absurdo pensar en un Yo absoluto aislado: «Es imposible — nos dice en las Lecciones sobre el destino del sa bio de 1794— considerar al hombre en si aislado, como puro yo sin relación alguna con las cosas exteriores ni con los seres raciona les, sus semejantes» (SW, VI, p. 295). Vivimos, pues, inmersos en una complicada red de relaciones. En sí mismo, el Yo no sería nada, sus actos se disolverían en el no ser. Para que ellos adquieran un sentido, Itan de inscribirse en una trama de referencias recíprocas a otros Yoes. Sólo de este modo puede entenderse el individuo, ya que sólo así, en relación con los otros seres racionales, podrá desarrollar su parte más noble, más propiamente subjetiva, más espiritual, esto es, la moralidad. Esta alusión a la alteridad no constituye sólo una condición explicativa más de la conciencia porque, incluso desde el punto de vista material, desde el punto de vista de la historia concreta de cada individuo, la razón no podría desarrollarse si no entrara a formar parte de ese complejo juego, porque la razón humana es esencialmente intersubjetiva. Ello supone, entonces, que el estado humano es un estado de apertura, que el hombre es un proyecto que debe realizarse a si mismo. Es esta necesidad de hacerse a sí mismo libremente y en relación con los otros, lo que explica que la naturaleza deje nacer al ser humano en una situación de completa precariedad e indeter minación, mientras que termina su tarea perfectamente en el resto de las especies animales dotándolas de todos los instrumentos ne cesarios para enfrentarse a las vicisitudes de la lucha por la exis 12 renda. 

La indigencia del reáén nacido es la prueba de nuestra li bertad. Pero la realización de semejante libertad no es planteada por Fichte abstractamente, como habría sugerido Hegel más tarde, porque el campo de actuación intransferible de cada uno es su cuerpo, el único lugar concreto en el que se tiene derecho a actuar con entera libertad. Asi, el cuerpo se convierte en instrumento de transformación del mundo, pero también en el medio por excelen- da para entablar cualquier relación intersubjetiva basada en el mutuo respeto, por tanto, en el medio para acceder a la racionali dad. El acceso a la razón no se realiza a través de un aprendizaje puramente intelectual, es una tarea del hombre en cuanto ser en carnado, una tarea de la que se hace consdente a través del senti miento, porque, según Fichte, la relación originaria del sujeto con el mundo es emodonal. 

De esta manera, con la admisión de que estamos instalados emotivamente en el mundo y que sobre esta base se edifica toda razón, incluso en su aspecto especulativo, Fichte alcanza una visión integrada del individuo, que le permite dotar de contenido a la ética kantiana sin alterar el principio de autonomía de la razón práctica. Es este reconocimiento de la emoción como instancia constitu tiva del ser racional, lo que deja a Fichte una salida abierta a la ineficacia de la filosofía para alcanzar lo absoluto. 

Como ocurre con el Heidegger de la última época, también Fichte tuvo la ho nestidad de reconocer las limitaciones de la razón filosófica, admi tiendo que no todo es explicable, que siempre hay un punto en el que la razón debe declarar su incapacidad para fundamentar lo real, y este punto se encuentra siempre en el paso de lo infnito a lo finito, del ser puro al saber que se da en el Yo absoluto. A pe sar de que habitualmente se presente el idealismo alemán como un claro ejemplo de la autosuficiencia de la razón, esta omnipo tencia no es aplicable a la filosofía fichteana, ni en las versiones de Jena ni en las posteriores de Berlín. En el primer caso, Fichte re conoce que la admisión del No-yo absoluto representa un paso absurdo dentro del sistema por su indeducibilidad formal desde el Yo absoluto, un paso que, sin embargo, se hace necesario para ex plicar la finitud del sujeto empírico. En el segundo caso, Fichte sostiene que el ser en su pureza es inalcanzable para la razón porque constituye un en-sí que sólo a través de un salto puede convertirse en un para-sí. 

De este modo, la filosofía se ve obligada a aceptar que su misión es restringida: sólo puede hacer concebible 13 lo inconcebible (alétheia en Heidegger) y junto con el desvela miento Ita de dejar lugar para el misterio (lethé). Este misterio únicamente podrá ser sentido y ello a través del amor al ser, o a Dios, en la religión, una religión que, según Fichte, no quita a la JilosoJia su lugar preponderante como último y más perfecto modo de comprensión del mundo sino que sólo indica sus limitaciones. 

Yo creo que una interpretación correcta de Fichte no puede de jar de lado estos aspectos y, por eso, les he prestado una atenaón preferente en la exposición que sigue, en la cual, además, he pro curado presentar el pensamiento de este autor en estrecha relación con sus experiencias vitales. Para ello, me he concentrado especial mente en el periodo de Jena (1794-1799), haciendo sólo unas breves alusiones a los derroteros que seguirá la filosofía fichteana posterior. Y me he decidido por esta etapa, puesto que su conoci miento es imprescindible para abordar el estudio de las reflexiones posteriores sin caer en la tópica visión de un Fichte macluro irra cionalista, nacionalista y reaccionario. 

Es cierto que éste es el perio do más conocido por el público filosófico español, pero todavía lo es de un modo muy incompleto. Por otra parte, también he preferido evitar un estudio detallado de las concepciones politicas de Fichte, porque creo que este aspecto de su pensamiento tiene una cierta autonomía y unidad por si mismo dentro una evolución muy discutible. La política no es para él sólo la aplicación de unos principios morales sino la sinte sis de estos principios con la realidad que se cuenta, por tanto, los proyectos políticos no son algo absoluto sino que dependen de las circunstancias históricas. Es esta característica la que otoiga a la política un peculiar lugar dentro del sistema y permite realizar so bre ella un análisis, en cierto sentido (y sólo en cierto sentido), in dependiente del resto de sus reflexiones. 

Quisiera aclarar, además, que ésta pretende ser una exposición general del pensamiento de Fichte, con todos ¡os dtfeclos y virtu des que ello supone, principalmente el de sacrificar la complejidad y la profundidad a la claridad en la comprensión. Espero que al menos este último objetivo se haya cumplido. Por último, quiero expresar desde aquí mi gratitud hacia el Prof. Luis Jiménez Moreno por haberme alentado en todo mo mento a realizar esta obra que, sin su insistencia, quizás hoy no existiría.

lunes, 26 de enero de 2026

TEOLOGIA RADICAL Y LA MUERTE DE DIOS

 


Prefacio 

La teología radical es un movimiento en el seno del protestantismo —aunque se da ya también en ella cierta participación y cierta toma de posición por parte de pensad ores judíos, católicos y no creyentes— que está haciendo avanzar un paso más la prudente apertura de las anteriores teologías hacia el ateísmo. 

En efecto, se trata de un intento de establecer un punto de vista ateístico en el abanico de las posibilidades del cristianismo. Pese a que la teología radical en este sentido no ha llegado a ser todavía un «movimiento» consciente de sí mismo, se ha ganado, sin embargo, el interés y en parte la confianza de un gran número de cristianos en Norteamérica, especialmente de estudiantes de todas las disciplinas y de profesores y pasto res de las jóvenes promociones. El propósito de la teología radical no es el de hallar simplemente la adecuación o la contemporaneidad por sí mismas, sino el de esforzarse en pos de una vía totalmente nueva para el pensar teológico.

 Así pues, se trata de una aventura teológica en sentido estricto, pero no por ello deja de ser una respuesta pastoral que espera dar apoyo a quienes han optado por vivir como ateos cristianos. La expresión «muerte de Dios» se ha convertido propia mente en santo y seña, en obstáculo y, al mismo tiempo, en piedra de toque en la teología radical, que es, ella misma, una expresión teológica de una afirmación cristiana y con temporánea de la muerte de Dios. Así pues, la teología ra dical proporciona la mejor interpretación de sí misma cuando empieza, a decir lo que entiende por esta expresión. La tarea de clarificar los posibles significados de la expre sión «muerte de Dios» apenas se inicia en los diversos en sayos que integran este volumen, pero ningún estudioso de Nietzsche se sorprenderá ante lo inconcluso de sus resul tados al recordar la cantidad de interpretaciones diversas que ha recibido en el siglo veinte la proclamación nietzs- cheana de la muerte de Dios.

 Tampoco debe ligarse la expresión «muerte de Dios» únicamente a Nietzsche, puesto que de un modo u otro es algo que está en la base de todo un pensamiento y una experiencia específicamente modernos. Quizás sea la categoría de «acontecimiento» la que se muestre como la respuesta más útil a la pregunta: «A qué se refiere exactamente la expresión “muerte de Dios”?». Pero tampoco esta especificación aprisiona suficientemente el significado para hacer posible una definición,, y si se quisiera podría hacerse una lista de los significados posi bles de la frase, yendo desde la postura del ateísmo con vencional hasta la ortodoxia teológica. Podría hacerse del siguiente modo: 

1. Que no hay Dios y que jamás lo ha habido. Esta posición es la del ateísmo tradicional en su forma anti cuada, y es difícil ver de qué modo —que no fuera ines table— podría combinarse con el cristianismo o con cualquiera de las religiones occidentales. 

2. Que hubo alguna vez un Dios, para el cual la adoración, la fe y la oración eran apropiadas, posibles e incluso necesarias, pero que ahora ya no hay tal Dios. Esta es la posición de la muerte de Dios, o teología ra dical. Se trata de una postura atea, pero con una dife rencia. Si había un Dios y ahora no lo hay, debiera ser posible indicar por qué este cambio se registró, cuándo sucedió y quién fue el causante. 

3. Que la idea de Dios y la misma palabra «Dios» re quieren una reformulación radical. Quizás se necesiten palabras totalmente nuevas; quizás deba observarse un modoso silencio acerca de Dios; últimamente, sin em bargo, puede esperarse un nuevo tratamiento de la idea y de la palabra, por muy sorprendente e inesperado que resulte, a la postre.

 4. Que nuestro tradicional lenguaje litúrgico y teo lógico necesita una completa revisión; la realidad per manece, pero los modos clásicos de pensamiento y las formas clásicas del lenguaje pueden haber periclitado. 

5. Que la historia de Cristo ya no es una historia redentora. Puede usarse para seguir cumpliendo una función iluminadora, de edificación o de guía, pero ya no ejerce sus clásicas funciones de salvación o redención. En esta nueva forma, nos puede ayudar a contender con los demonios, pero no puede abolirlos. 

6. Que deben ser destruidos ciertos conceptos de Dios que a menudo se confundían, en el pasado, con la clásica doctrina cristiana de Dios: por ejemplo, Dios como solución de problemas, como poder absoluto, como ser necesario, o como objeto de las últimas aspiraciones. 

7. Que los hombres hoy no experimentan a Dios más que como ser escondido, ausente y silencioso. Vi vimos, por decirlo así, en la época de la muerte de Dios, aunque esta época, sin duda, pasará. 

8. Que los dioses que los hombres hacen, en su pensamiento y en su acción (falsos dioses o ídolos, con otras palabras), deben morir siempre, de suerte que pueda emerger, venir a la vida, nacer de nuevo el verdadero objeto del pensamiento y de la acción, a saber, el verdadero Dios. 

9. Puede tener un significado místico: Dios debe morir en el mundo de modo que pueda nacer en nuestro interior. En muchas formas de misticismo la muerte de Jesucristo en la cruz es la señal de esta muerte mundana. Esta es una idea medieval que influyó sobre Martín Lutero, y probablemente sea este complejo de ideas el que subyace al cántico alemán «Dios mismo ha muerto», que podría ser perfectamente la fuente histórica del uso moderno de la expresión «muerte de Dios». 

10. Por último, que nuestro lenguaje acerca de Dios es siempre inadecuado e imperfecto. Hay otras preguntas acuciantes además de éstas acerca del significado de la expresión. Si la muerte de Dios es un acontecimiento, sea de la clase que sea, ¿cuándo y por qué ocurrió? Para responder a estas preguntas, la teología radical se está viendo más y más inclinada hacia las disciplinas de la historia de la cultura y de la crítica literaria con respecto a la pregunta por el «cuándo», y hacia la filosofía y tas ciencias de la conducta para responder a la pregunta del «por qué». Una de las principales tareas de investigación que se plantean actualmente los teólogos radicales es una interpretación completa y sistemática del significado de la muerte de Dios en el pensamiento y en la literatura europea y norteamericana, desde la Revolución Francesa —a grandes rasgos— hasta Freud. Esto presupone el hallazgo de un principio común de interpretación para tratar componentes tan diversas como la nueva ciencia histórica y el historicismo, la poética romántica desde Blake hasta Goethe, Darwin y el evolucionismo, Hegel y la izquierda hegeliana, Marx y el marxismo, el psico análisis, las numerosas manifestaciones de la literatura más reciente, incluyendo a figuras tan divergentes como Dostoievski, Strindberg y Baudelaire, y, naturalmente, el mismo Nietzsche. Desde luego, las preguntas de «por qué ocurrió» y «cuándo ocurrió» no pueden responderse totalmente en tér minos ochocentistas. No obstante, es cada vez más evidente que el siglo diecinueve es a la teología radical lo que el siglo quince fue a la nueva ortodoxia protestante, ya que tan sólo en el siglo diecinueve hallamos la muerte de Dios situada en el centro mismo de la experiencia y de la visión del mundo. Es cierto que podemos aprender mucho acerca de la muerte de Dios en la historia de las religiones, aunque sólo sea porque los dioses siempre han estado en trance de morir, desde el tiempo en que cayeron los dioses del firmamento, reducidos al animismo, hasta la desapari ción de la divinidad personal o individual en la expresión culminante de la mística. Sin embargo, en el cristianismo y sólo en él es donde hallamos una doctrina radical y coherente de la encarnación. Sólo el cristiano puede celebrar una encarnación en la que Dios se hizo carne de un modo efectivo, y la teología radical debe comprender que la en carnación misma lleva consigo la muerte de Dios. Aunque la muerte de Dios no se haya actualizado históricamente hasta el siglo diecinueve, la teología radical no puede disociar este hecho de la persona de Jesucristo y de su proclamación original. Los representantes de la teología radical tienen un curioso —y a la vez intenso— interés por la figura de Jesucristo. No debe confundirse con la investigación liberal del siglo diecinueve en torno al Jesucristo histórico. El nueva teólogo ha muerto a la tradición liberal y va en busca del Cristo que aparece en conjunción con la muerte de Dios. La teología radical es un producto peculiar de mediados del siglo veinte; se ha iniciado con Barth y la nueva orto doxia, constituyendo una forma de teología que puede desarrollarse en medio del colapso de la Cristiandad y el advenimiento del ateísmo secular. También ha aprendido de Paul Tillich y de Rudolf Bultmann la necesidad que tiene la teología de iniciar un vivo diálogo con el mundo y con la historia de hoy. Por último, no podemos dejar de añadir que la teología radical tal como aquí se concibe tiene una forma muy peculiarmente norteamericana. Re fleja la situación de un modo de vida cristiano en el seno de una sociedad y una cultura aparentemente neutrales, pero que, en realidad, son casi totalmente seculares. Tam bién refleja, con fundada esperanza, la opción de aquellos cristianos que han decidido vivir en Cristo en un mundo mayor de edad. Los siguientes ensayos tienen poco en común en cuanto al estilo, tratan de problemas diversos y, en gran medida, se desarrollan con base en supuestos y a métodos distintos. No obstante, todos estos ensayos, pese a su variedad for mal, apuntan a un solo problema fundamental: el de dar una respuesta teológica cristiana a la muerte de Dios. Los autores brindan este libro como contribución al nuevo diálogo teológico que debe ser iniciado. Thomas J. J. Altizer William Hamilton 1 de enero de 1966

domingo, 25 de enero de 2026

FRAGMENTO. NOVELA. PRINCIPIOS NOCTURNOS. III PREMIO ALBERTO CAÑAS NACIONAL DE NARRATIVA 2020.


 

Y los hombres, cuánto más licor bebían, empezaron a mirar lo que en verdad eran mis acompañantes: demonios… Pero, como suele suceder, nadie lo comentaba con sus interlocutores, por miedo a quedar en ridículo o que se les dijera que se trataba de alta traición por comparar, a los emisarios políticos moscovitas con espíritus infernales. Esfria se pavoneaba de extremo a extremo por el salón. De impecable frac, con los gemelos de oro y su camisa de puño francés, hacía contraste con los obreros de Vorkuta. Adremelech, alias lord Ruthven, de chaqué, secundaba a Esfria, a quien interrumpía el paseillo por entre las mesas de ajedrez. “Ilustrísima, una noche fría, pero delirante acá en Vorkuta, no aguanto, no aguanto... Los deseos se desbordan, son inminentes... ¿Será posible mostrarnos para algunos obreros en nuestras representaciones pictóricas?”, pensé escuchar decir a Adremelech. Y los demás del séquito infernal estuvieron de acuerdo, por ser Adremelech quien presidía el senado demoníaco. Así que el primero en mostrarse tal cual era fue Bel fegor, con su ojo flamígero, quien, detrás de mí, no le quitaba la mirada a Taimanov y este se negaba a aceptar lo que veía: un ojo flamígero con un monóculo, un Arimán de smoking. Y entonces, Belfegor se retiró para mirar a 60 los jugadores de ajedrez, pero, cuanto más se empeñaban los jugadores en concentrarse en presencia de Belfegor, más la modorra los envolvía. Y Taimanov me dijo: —Camarada, ¿ha visto usted bien a su amigo, el camarada que está observando a un grupo de jugadores? ¿Lo ve? —¿A quién, camarada? ¿Acaso me pregunta usted por el camarada Belfegueroviech, el que está contemplando las partidas de ajedrez? —repuse, apresurándome a poner un nombre a Belfegor. —Sí, exacto. ¿No le observa algo extraño? —¿Extraño? Pues, ¡no! —repliqué. Andrei Taimanov no dijo más. Belfegor volvió a tomar su figura de ciudadano y camarada, pues, al preguntar lo mismo Taimanov a sus compañeros Bagirov y Maizelis, Belfegor regresó como el burócrata sencillo que representaba y me guiñó un ojo... Malfas, a mi lado derecho, conversaba con Elzbieta y ambos en retaguardia miraban de soslayo a Taimanov y a Bagirov. Y como todos estaban bebiendo licores en la barra y la cocina del bar se ponía un poco lenta con los pedidos, Malfas formuló la siguiente solicitud a Taimanov: —Señor y camarada Taimanov, solicito permiso para ir a preparar unos bocadillos y continuar con nuestra noche que recién empieza. —No tiene que pedir permiso, camarada. Y no se apresure, que Elzbieta queda a buen recaudo —baboseó Taimanov, en una presunción del buen trato a nosotros, los visitantes moscovitas, mientras le pasaba la mano por la espalda a la joven polaca, sopesando lascivia en el acto y olvidándose de la imagen demoníaca de Belfegor. Yo me alejé también de Taimanov, Elzbieta, Bagirov y Maizelis, a pocos metros de donde se encontraba Belfe gor. La música del fonógrafo se confundía con las risas y 61 el olor a tabaco se mezclaba con los olores de las viandas que minutos antes preparaba Malfas, en una especie de rito sacro. Escuchaba los ruidos de las piezas de ajedrez que, terminada alguna partida, eran acomodadas por los jugadores en los tableros para iniciar otro juego y así hasta el cansancio. Otros, en un rincón, hablaban y otros, ya con las bebidas, bailaban con la música escasamente percepti ble del fonógrafo. Regresé al bar improvisado: Taimanov ahora jugueteaba con las manos de Elzbieta y le hablaba al oído. Malfas salió de la cocina al barcillo, presentó a Bagirov y Maizelis unos canapés acompañados con unas sopas de pescado, y agregó: —Camaradas, estamos de acuerdo que no es hora para probar unas sopas, pero, vean, observen, observen… ¿Acaso no las apetecen? Vi a Malfas como lo había visto en muchas oportuni dades en el propio scriptorium: de levita, con un aspecto que tenía muy poco del camarada que se presentó al inicio de la noche. Taimanov no observó a Malfas, que estaba de espaldas a él, y los únicos que se daban por enterados de la transformación eran Maizelis y Bagirov. Luego de servir los platos soperos para el pescado, Malfas, con cara de cerdo, se me acercó y me dijo: —Su señor, su señor, no se preocupe; solo las personas que nosotros queremos nos miran como somos, digo, tal como somos en nuestras iconografías clásicas. Así que ahora, solo Taimanov, Maizelis y Bagirov nos observan como demonios; de los demás camaradas que se encuentran en el recinto, algunos tendrán esa posibilidad, pero nadie dirá nada, nada, nada, jejejeje.

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Yasunari Kawabata Dientes de león

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