Prefacio
La teología radical es un movimiento en el seno del protestantismo —aunque se da ya también en ella cierta participación y cierta toma de posición por parte de pensad ores judíos, católicos y no creyentes— que está haciendo avanzar un paso más la prudente apertura de las anteriores teologías hacia el ateísmo.
En efecto, se trata de un intento de establecer un punto de vista ateístico en el abanico de las posibilidades del cristianismo. Pese a que la teología radical en este sentido no ha llegado a ser todavía un «movimiento» consciente de sí mismo, se ha ganado, sin embargo, el interés y en parte la confianza de un gran número de cristianos en Norteamérica, especialmente de estudiantes de todas las disciplinas y de profesores y pasto res de las jóvenes promociones. El propósito de la teología radical no es el de hallar simplemente la adecuación o la contemporaneidad por sí mismas, sino el de esforzarse en pos de una vía totalmente nueva para el pensar teológico.
Así pues, se trata de una aventura teológica en sentido estricto, pero no por ello deja de ser una respuesta pastoral que espera dar apoyo a quienes han optado por vivir como ateos cristianos. La expresión «muerte de Dios» se ha convertido propia mente en santo y seña, en obstáculo y, al mismo tiempo, en piedra de toque en la teología radical, que es, ella misma, una expresión teológica de una afirmación cristiana y con temporánea de la muerte de Dios. Así pues, la teología ra dical proporciona la mejor interpretación de sí misma cuando empieza, a decir lo que entiende por esta expresión. La tarea de clarificar los posibles significados de la expre sión «muerte de Dios» apenas se inicia en los diversos en sayos que integran este volumen, pero ningún estudioso de Nietzsche se sorprenderá ante lo inconcluso de sus resul tados al recordar la cantidad de interpretaciones diversas que ha recibido en el siglo veinte la proclamación nietzs- cheana de la muerte de Dios.
Tampoco debe ligarse la expresión «muerte de Dios» únicamente a Nietzsche, puesto que de un modo u otro es algo que está en la base de todo un pensamiento y una experiencia específicamente modernos. Quizás sea la categoría de «acontecimiento» la que se muestre como la respuesta más útil a la pregunta: «A qué se refiere exactamente la expresión “muerte de Dios”?». Pero tampoco esta especificación aprisiona suficientemente el significado para hacer posible una definición,, y si se quisiera podría hacerse una lista de los significados posi bles de la frase, yendo desde la postura del ateísmo con vencional hasta la ortodoxia teológica. Podría hacerse del siguiente modo:
1. Que no hay Dios y que jamás lo ha habido. Esta posición es la del ateísmo tradicional en su forma anti cuada, y es difícil ver de qué modo —que no fuera ines table— podría combinarse con el cristianismo o con cualquiera de las religiones occidentales.
2. Que hubo alguna vez un Dios, para el cual la adoración, la fe y la oración eran apropiadas, posibles e incluso necesarias, pero que ahora ya no hay tal Dios. Esta es la posición de la muerte de Dios, o teología ra dical. Se trata de una postura atea, pero con una dife rencia. Si había un Dios y ahora no lo hay, debiera ser posible indicar por qué este cambio se registró, cuándo sucedió y quién fue el causante.
3. Que la idea de Dios y la misma palabra «Dios» re quieren una reformulación radical. Quizás se necesiten palabras totalmente nuevas; quizás deba observarse un modoso silencio acerca de Dios; últimamente, sin em bargo, puede esperarse un nuevo tratamiento de la idea y de la palabra, por muy sorprendente e inesperado que resulte, a la postre.
4. Que nuestro tradicional lenguaje litúrgico y teo lógico necesita una completa revisión; la realidad per manece, pero los modos clásicos de pensamiento y las formas clásicas del lenguaje pueden haber periclitado.
5. Que la historia de Cristo ya no es una historia redentora. Puede usarse para seguir cumpliendo una función iluminadora, de edificación o de guía, pero ya no ejerce sus clásicas funciones de salvación o redención. En esta nueva forma, nos puede ayudar a contender con los demonios, pero no puede abolirlos.
6. Que deben ser destruidos ciertos conceptos de Dios que a menudo se confundían, en el pasado, con la clásica doctrina cristiana de Dios: por ejemplo, Dios como solución de problemas, como poder absoluto, como ser necesario, o como objeto de las últimas aspiraciones.
7. Que los hombres hoy no experimentan a Dios más que como ser escondido, ausente y silencioso. Vi vimos, por decirlo así, en la época de la muerte de Dios, aunque esta época, sin duda, pasará.
8. Que los dioses que los hombres hacen, en su pensamiento y en su acción (falsos dioses o ídolos, con otras palabras), deben morir siempre, de suerte que pueda emerger, venir a la vida, nacer de nuevo el verdadero objeto del pensamiento y de la acción, a saber, el verdadero Dios.
9. Puede tener un significado místico: Dios debe morir en el mundo de modo que pueda nacer en nuestro interior. En muchas formas de misticismo la muerte de Jesucristo en la cruz es la señal de esta muerte mundana. Esta es una idea medieval que influyó sobre Martín Lutero, y probablemente sea este complejo de ideas el que subyace al cántico alemán «Dios mismo ha muerto», que podría ser perfectamente la fuente histórica del uso moderno de la expresión «muerte de Dios».
10. Por último, que nuestro lenguaje acerca de Dios es siempre inadecuado e imperfecto. Hay otras preguntas acuciantes además de éstas acerca del significado de la expresión. Si la muerte de Dios es un acontecimiento, sea de la clase que sea, ¿cuándo y por qué ocurrió? Para responder a estas preguntas, la teología radical se está viendo más y más inclinada hacia las disciplinas de la historia de la cultura y de la crítica literaria con respecto a la pregunta por el «cuándo», y hacia la filosofía y tas ciencias de la conducta para responder a la pregunta del «por qué». Una de las principales tareas de investigación que se plantean actualmente los teólogos radicales es una interpretación completa y sistemática del significado de la muerte de Dios en el pensamiento y en la literatura europea y norteamericana, desde la Revolución Francesa —a grandes rasgos— hasta Freud. Esto presupone el hallazgo de un principio común de interpretación para tratar componentes tan diversas como la nueva ciencia histórica y el historicismo, la poética romántica desde Blake hasta Goethe, Darwin y el evolucionismo, Hegel y la izquierda hegeliana, Marx y el marxismo, el psico análisis, las numerosas manifestaciones de la literatura más reciente, incluyendo a figuras tan divergentes como Dostoievski, Strindberg y Baudelaire, y, naturalmente, el mismo Nietzsche. Desde luego, las preguntas de «por qué ocurrió» y «cuándo ocurrió» no pueden responderse totalmente en tér minos ochocentistas. No obstante, es cada vez más evidente que el siglo diecinueve es a la teología radical lo que el siglo quince fue a la nueva ortodoxia protestante, ya que tan sólo en el siglo diecinueve hallamos la muerte de Dios situada en el centro mismo de la experiencia y de la visión del mundo. Es cierto que podemos aprender mucho acerca de la muerte de Dios en la historia de las religiones, aunque sólo sea porque los dioses siempre han estado en trance de morir, desde el tiempo en que cayeron los dioses del firmamento, reducidos al animismo, hasta la desapari ción de la divinidad personal o individual en la expresión culminante de la mística. Sin embargo, en el cristianismo y sólo en él es donde hallamos una doctrina radical y coherente de la encarnación. Sólo el cristiano puede celebrar una encarnación en la que Dios se hizo carne de un modo efectivo, y la teología radical debe comprender que la en carnación misma lleva consigo la muerte de Dios. Aunque la muerte de Dios no se haya actualizado históricamente hasta el siglo diecinueve, la teología radical no puede disociar este hecho de la persona de Jesucristo y de su proclamación original. Los representantes de la teología radical tienen un curioso —y a la vez intenso— interés por la figura de Jesucristo. No debe confundirse con la investigación liberal del siglo diecinueve en torno al Jesucristo histórico. El nueva teólogo ha muerto a la tradición liberal y va en busca del Cristo que aparece en conjunción con la muerte de Dios. La teología radical es un producto peculiar de mediados del siglo veinte; se ha iniciado con Barth y la nueva orto doxia, constituyendo una forma de teología que puede desarrollarse en medio del colapso de la Cristiandad y el advenimiento del ateísmo secular. También ha aprendido de Paul Tillich y de Rudolf Bultmann la necesidad que tiene la teología de iniciar un vivo diálogo con el mundo y con la historia de hoy. Por último, no podemos dejar de añadir que la teología radical tal como aquí se concibe tiene una forma muy peculiarmente norteamericana. Re fleja la situación de un modo de vida cristiano en el seno de una sociedad y una cultura aparentemente neutrales, pero que, en realidad, son casi totalmente seculares. Tam bién refleja, con fundada esperanza, la opción de aquellos cristianos que han decidido vivir en Cristo en un mundo mayor de edad. Los siguientes ensayos tienen poco en común en cuanto al estilo, tratan de problemas diversos y, en gran medida, se desarrollan con base en supuestos y a métodos distintos. No obstante, todos estos ensayos, pese a su variedad for mal, apuntan a un solo problema fundamental: el de dar una respuesta teológica cristiana a la muerte de Dios. Los autores brindan este libro como contribución al nuevo diálogo teológico que debe ser iniciado. Thomas J. J. Altizer William Hamilton 1 de enero de 1966

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