martes, 2 de diciembre de 2025

NARRATIVA POPULAR DE LA EDAD MEDIA DONCEL!A TEODOR FLORES Y BLANCAFLOR PARÍS Y VIANA EDICIÓN DF, NIEVES BARANDA VÍCTOR INFANTES fragmento

  



Introducción 

El hermanamiento de los tres relatos que aquí se recogen en una edición común responde a dos criterios muy diferentes. Por un lado, existen una serie de razones críticas que los hermanan bajo la constitución literaria de sus características narrativas; así, su engen medieval en la panorámica de la ficción europea de los siglos xiv y xv —del que más tarde comentaremos los rasgos esenciales-, su coincidencia en las fechas de edición de las versiones. ya estructuradas después de un proceso de selección y ajuste textual, y su difusión común a través de un producto editorial típico que durará algunos siglos. 

Desde ese punto de vista nuestras tres narraciones, a pesar de provenir de fuentes y tener orígenes muy diversos, se unifican en un género narrativo que traslada a los lectores renacentistas a up;- Rdad Media cada vez más lejana, pero a la vez presente en las aventuras de unos persona jes que han Logrado superar su tiempo histórico para recrearse en un tiempo literario sin medidas cronológicas 1. 

Por otro lado, también las emparenta la relativa uniformidad de su extensión, una de las características más significativas de su vida literaria impresa, y la es casa atención que se les ha prestado modernamente, pues salvo la Doncella Teodor, que mereció una cuidada y rigurosa edición crítica de Walter Mettmann, si bien publicada en un lugar de difícil acceso para el interesado, Flores y blancaflor lleva más de ochenta años fuera de los circuito-, lectores y París y Viann carece todavía de una simple edición ase quible2. Por tanto, razones literaria! de origen y difusión común y razones editoriales de asequibilidad y conocimiento son los motivos para esta reunión literaria, que esperamos justifique ambos presupuestos. Claro esta que no se nos escapan diferencias entre ellas, que puedan hacer pensar en una asociación más ficticia que evidente. 

La Doncella Teodor responde a un origen oriental —como podría ser el caso de Flores y Blant.aflor— y parece que los elementos esenciales de su trama se incluyen en las pautas de una literatura sapiencial y didáctica. que aleja nuestra Doncella de un tipo más o menos definido de román de aventuras1, en donde las peripecias 1 Vid., por ejemplo, los presupuestos críticos de P. Ricoeur, Tiempo y narración, i Configuración del tiempo en el relato histórico y //. Configuración del tiempo en el relato de ficción, Madrid: Cristiandad, 1987. 2 Sobre todo lo relativo a las ediciones de las obras vid. los res- tantes apartados de esta introducción y la Nota Previa. 3 El término sapiencial es el empleado dentro del marco de «El arte de enseñar» para obras similares {Poridat de paridades, Bonium, etc.) por J. M, Cacho Blecua y M* J. Lacarra en su edición de Calila e Dimna, Madrid: Castalia, 1987, p. 20; bajo «Prosa didáctica» se en- globa en la clasificación de C. Alvar en La prosa y el teatro en la Edad Media, Madrid: Taurus, 1987, p. 85-129, en particular, pp. 94-102; y A. D. Deyermond utiliza, para nuestra obra y el Lucidario, el rótulo de «literatura ejemplar y gnómica» en Historia de la literatura es pañola. I. La Edad Media, Barcelona: Ariel, 1973, pp. 183-184. 4 «Libros de aventuras» ios llama A. D. Deyermond ei Histo ría de la literatura, ob. cit., pp. 290-293; pero prefiere denomi narlos román, según la definición que hace de ese género, en «The Lost Genre of Medieval Spanish Literatare». Hispanic Re view, XLIII (1975), pp. 231-259. e B tjdio prelim inar amorosas suplen la sabiduría doctrinal que nos legó la literatura di; Griete. 

Pero independientemente de sus raíces culturales, que al fin y al cabo sólo son el germen constitutivo» ser literario de cada texto, existe una característica común que las hace agrupables y no es otra que a comienzos del siglo xvi se convirtieran en textos literarios codificados qv.e vivie ron en ediciones para un público interesado en su conocimiento efectivo; pasaron a :ahorrar parte de un género editorial, después de haber sido prototipos literarios poco definidos. Nuestras tres obras pertenecen a un conjunto de textos narrativos de breve extensión que a ío largo de los siglos xm, xiv y xv constituyen un fondo de ficción literaria europea en pane desgajado de los román de materia artúrica o carolingia5, en parte derivado de tradiciones clásicas o hagiográñcas5 y en parte consecuencia de la formalización literaria de leyenda' de amplia difusión desde Oriente a Europa y en la misma Europa hacía sus poco definidas to davía literaturas nacionales7. 

En un periodo de tiempo relativamente escaso, apenas un siglo de convivencias poéticas y narrativas, un número indeterminado de temas y motives de diversas procedencias se formalizan dentro de unos amplios cauces genéricos para la ficción con los que comenzarán su andadura literaria. Pueden ser episodios de tradición épica ¡ Carlomagno, Cid, Conde Fernán González, etc.) y relatos de procedencia oral c atentos (Don cella Teodor, Flores y Blancaflor, etc.) que resumen obras conocidas en versiones más expensas. En cualquier caso, presentan unos rasgos de caracterización que los empiezan a de finir nítidamente a comienzos del siglo xv: personaje o personajes cerníales con rasgos literarios de nombre, lugar y condición; núcleo narrativo esencial formado por las aventuras de un héroe o héroes; mezcla de elementos de tradiciones culturales diferentes que se acomodan sucesivamente en cada versión; y culminación del desarrollo argumenta! por medio de una solución final --habitualmente moral— que justifica los episodios. Ello da origen, sobre todo en Francia, aunque podemos pensar en otros países cuyas versiones primitivas no se han conservado por diferentes motivos, a unos modelos literarios que se imponen frente a la dispersión anterior todavía en formación; el caso de Flores y Blancaflor y París y Viana &■ perfectamente ilustrativo al respecto. 

Su restringida difusión manuscrita o er, algunos caso> oral8 se verá acrecentada y fijada a finales del siglo por la aparición de la imprenta. En casi toda la Europa culta aparecerá a partir del periodo 1480-1490, una vez asenta dos los cauces de la difusión impresa, toda una serie de ediciones que representan — ahora para un nuevo público— la mejor muestra de esa narrativa breve que antes indicábamos. 

 Pero la vía editorial exigirá una selección previa de títulos y dentro de ellos de una versi* determinada, indudablemente, la que mejor refleje el interés de los editores frente a e' x¡x (una aproxi mación a los pliegos de cordel), Madrid: Taurus, 1977,2 voís. :! K López Estrada, «Prosa narrativa de ficción», en La litte- rature dans la Péninsule Ibérique auxXlV et XVesiécies, Grun- driss der Romanischen Literaluren des Mittelalters, vol. IX, t, II, fase. 4, 1985, pp. 15-42, en particular pp. 26-30. Ya A. Deyer- rnond los había denominado «libros de aventuras» en «Libros de caballerías y ‘novela’ sentimental», en Historia y crítica de la li teratura española. I: Edad Media, Barcelona: Crítica, 1980, pp. 351-360. 22 Castilian Romances afChivalry in the Sixteenth Century. A Bihliography, Londres: Granf & Cutler, 1979; actualmente está terminando junto a C. Marín Pina un suplemento; del mismo D. Eisenberg puede verse Romances of Chivalry in the Spanish Gol- den Age, Newark: Juan de la Cuesta, 1982, recopilación de tra bajos sobre el conjunto de los libros de caballerías. 2? «Juan de Burgos: impresor y refundidor de libros caballe rescos», en E l libro antiguo español, Salamanca: Universidad, 1988, pp. 361-369; el mismo autor realizó también una impor tante recopilación de obras artúricas en A Critical Bihliography of Hispanic Atibarían Material I. Texts: The Prose Romance Cy- cles, Londres: Grant & Cutler, 1977. 24 Vid. V. Infantes «La narración caballeresca breve», en Evolución narrativa e ideológica de la literatura caballeresca, Bilbao: Uni versidad del País Vasco, 1991. pp. 183-191, donde se encontrará un desarrollo más amplio de las características del género que se van a señalar a continuación; N. Baranda, «Compendio bibliográfico sobre la narrativa caballeresca breve», ibídem, pp. 183-191; Historias ca ballerescas del siglo xvi, ed. de N. Baranda, Madrid: Tumer, 1994 1995,2 vols. y también suyos en prensa «La literatura caballeresca. Estado de la cuestión. I. Las historias caballerescas breves», para Ro- manistische Jarhbuch, y «Las historias caballerescas breves», en un número especial ócAnthropos sobre la literatura popular. 25 C f S. Serrano Poncela, «El mito, la caballería andante y las novelas populares», Papeles de Son Armadans. XV (1960), pp. 121-156; luego en Literatura y subliteratura, Caracas: Universi dad Central de Venezuela, 1966, pp. 17-33. demos observar en algunos textos y que denominamos «relatos geminados», como prototipo de una narración bipolarizada en tomo a dos acciones personales y estructuralmente coincidentes; cuando el héroe es un personaje femenino se caracteriza porque desarrolla comportamientos típicamente masculinos, caso de la Poncella de Francia y también de la Doncella Teodor. 

 —Muchos de ellos incluyen elementos folclóricos que dotan a la narración de vincula ciones culturales muy variadas, a la vez que se sitúan en unos escenarios geográficos muy amplios e incorporan en ocasiones motivos fantásticos y mágicos que darán solución a si tuaciones arguméntales y proponen una lectura más atractiva y sugerente26.

 —-Es habitual que en casi todos ellos y, sobre todo, en sus versiones ya codificadas, exis tan elementos religiosos y morales que derivan en una defensa católica y de este modo ofrezcan una justificación ética a la conclusión de la obra27. —Su estilo narrativo refleja una disposión estructural diferente a la de los liaros de caba llerías, pues estas versiones pretenden una uniformidad lineal y una brevedad determinada fren te a las técnicas de 'entrelazamiento’ o ‘disposición en sarta’ y la gran extensión de los otros2 —Son básicamente anónimos, derivados de originales asimismo anónimos25 y tan sólo en algunas ocasiones a partir del siglo xvt se atribuyen a adaptadores o a nueves traductores fíenos a los primeros instantes de su fijación literaria. 

 Bajo estos rasgos generales cada texto incluirá su propia constitución estructura!, pero en su conjunto y desde la óptica de una recepción lectora uniforme30, van a presentarse como unidades literarias que buscan desde la ficción medieval su participación en el espacio edi torial del Renacimiento. Doncella Teodor El relato literario de la Doncella Teodor ha gozado de una enorme fortuna en las letras es pañolas, pasando de ellas a la vecina Portugal y de ahí a los cauces de los «íivros do povo» brasileños. Es curioso destacar que esta narración se ha relacionado siempre con el ámbito ibé rico y, a diferencia de los otros dos textos que editamos, presenta unas características parti culares y un origen que la ligan a la literatura oriental, lo cual no impidió que se incluyera 2(> No hay ningún trabajo dedicado específicamente al tema, pero puede ser útil la consulta de J. Stevens, Medieval Romance. Themes and Approaches, Londres: Hutchinson University Li- brary, 1973, pp. 96-118; o A. Ganosa Resina, Magia y supersti ción en la literatura castellana medieval, Valladolid: Universi dad, 1987, pp. 279-283,465-468, etc. 27 Para dos casos concretos pueden verse F. Márquez Villanueva, «El sondable misterio de Nicolás de Piamonte (problemas del Fie rabrás español)», en Relecciones de literatura medieval, Sevilla; Universidad, 1977, pp. 95-134; y J, M. Cacho Blecua, «Estructura y difusión de Roberto el diablo», en Formas breves del relato, Ma drid/ Zaragoza: Casa de Velázquez/ Universidad, 1986, pp. 35-55. 28 Vid, J, M. Cacho Blecua, «El entrelazamiento en el Anuidts y en las Sergas de Esplandián», en Studia in honorem prof. M, de Riquer, Barcelona: Quaderns Crema, 1986.1, pp. 235-271; y R. J. Steiner, «La técnica narrativa de ‘entrelazamiento’ en la De manda del sancto grial», Revista de Literatura, XXVIII (1970), pp, 141-146. 29 Existe un planteamiento general hecho por H. Baader. «Zum Problem der Anonymitát in der spamsche Litera tur des Siglo de Oro»,Romanische Forschungen XC (1978), pp, 38S- 447. ™ Desde una perspectiva tradicional vid. M. Chevalier, «El pú blico de las novelas de caballerías», en Lectura y lectores en la España del siglo xvt y xvii, Madrid: Turner 1976, pp. 65-103 (trabajo de 1968); y desde más modernas concepciones críu^as la recopilación de J. A. Mayoral, Estética de la recepción. Ma drid: Arco, 1987. narrativa popular de la üdad medía entre las otras historias caballerescas y que compartiera con ellas una lectura común has# co mienzos del siglo XX. 

Esta presencia asegurada durante tantos siglos habla claramente de su aceptación literaria, que quizá se deba a su estructura dialogada en forma de preguntas, lo que implica una difusión necesariamente por medio de la lectura para poder garantizar el enten dimiento de su mensaje didáctico. La sola mención de su nombre provocaba la asociación in mediata con uno de sus rasgos identificativos: su sabiduría, y baste recordar cómo la incluye Francisco López de Úbeda en La picara Justina dando su parecer sobre el andar y bailar de las mujeres y recibiendo la «palma de discreta por una resolución tan atinada» 3I, o cómo la re memora todavía el costumbrista Serafín Estebanez Calderón por boca de Puntillas er. sus Es cenas andaluzas: «Tengo más respuestas y acertijos que ia doncella Teodor»32. Su sabiduría, sus conocimientos y su agilidad en la respuesta son los elementos que la han hecho pervivir en la tradición popular por encima de una veta de la literatura medieval cuyas obras, compañeras de nuestra Doncella, no superaron por lo general la barrera del Renacimiento. Efectivamente, la literatura oriental arrojó hacia Europa a través de la España medieval un cúmulo de textos que tras superar las etapas de traducciones y adaptaciones llegaron a me diados del siglo XIII a nuestras letras. 

Baste recordar que el Calila e Dimna o el fendebal se fechan respectivamente, hacia 1251 y 1253 y que el Bonium, el Poridat de paridades y otros títulos no son lejanos a estas cronologías33; entre ellos andaba con toda seguridad una de las primitivas versiones de nuestra obra. Este grupo de textos, que se puede considerar gé nero o subgénero literario, se ha definido y caracterizado bien como literatura gnómica’4; ^di dáctica», ampliado a «moralizante y didáctica» con posterioridad35, «de sabiduría» («wisdom literature») o «sapiencia1»36 y en él conviven diferentes presupuestos literarios (apólogos, cuentos, etc.) que subdividen y diferencian sus estructuras y sus intenciones37.

lunes, 1 de diciembre de 2025

LA RUTA DE SU EVASIÓN DR. ENRICO GIOVANNI PUGLIATTI Y MÉNDEZ - LIMBRICK



Crítica de La ruta de su evasión

  • El título promete más de lo que entrega. Uno espera una fuga épica, una evasión con dramatismo, pero lo que encuentra es un desfile de recuerdos agónicos que parecen más un inventario de frustraciones domésticas que una ruta.
  • La protagonista Teresa se convierte en mártir por aburrimiento. Su agonía es tan prolongada y repetitiva que el lector termina preguntándose si la evasión no es más bien del propio libro.
  • El estilo narrativo es un laberinto sin salida. Oreamuno quiso romper con la linealidad, pero a veces parece que rompió también con la claridad. El lector se pierde en frases largas y densas que más que innovar, sofocan.
  • El feminismo temprano se siente más como sermón que como literatura. En lugar de personajes vivos, tenemos símbolos rígidos: el patriarca opresor, la madre anulada, los hijos como accesorios. Todo tan esquemático que la novela parece un panfleto disfrazado de ficción.
  • La evasión es del lector. El verdadero acto de libertad ocurre cuando uno cierra el libro y decide que hay mejores rutas para escapar: desde leer a Rulfo hasta salir a caminar.

Conclusión : La ruta de su evasión es más bien la ruta de la paciencia del lector. Una obra que quiso ser pionera, pero que a ratos parece un borrador interminable de quejas existenciales.

Vamos a despojar La ruta de su evasión desde la pura calidad literaria, comparándola con sus contemporáneas.

Comparación con su época

  • En Costa Rica (años 40–50): La narrativa nacional estaba marcada por el realismo social (Carlos Luis Fallas con Mamita Yunai, Fabián Dobles con Ese que llaman pueblo). Frente a esas obras de denuncia directa y vigor narrativo, Oreamuno aparece con un texto más experimental y subjetivo, pero también más disperso.
  • En América Latina: Mientras Oreamuno publica en 1948, en México y Argentina ya circulaban novelas con mayor solidez estructural y proyección internacional (Juan Rulfo con El Llano en llamas poco después, Miguel Ángel Asturias con El Señor Presidente en 1946). Comparada con ellas, La ruta de su evasión parece más un ejercicio de estilo que una obra de gran impacto literario.
  • En Europa: La novela se acerca a la corriente existencialista y psicológica (Sartre, Camus, Virginia Woolf), pero sin alcanzar la misma densidad filosófica ni la innovación formal de esos autores.

Calidad literaria

  • Fortalezas:
    • Intenta romper con la linealidad narrativa.
    • Introduce un tono introspectivo y simbólico poco común en la literatura costarricense de la época.
  • Debilidades:
    • Prosa recargada, con frases largas y densas que sofocan la claridad.
    • Personajes más alegóricos que humanos, lo que resta vitalidad narrativa.
    • Escasa acción: la novela se convierte en un monólogo agónico que puede cansar al lector.

 ¿Mito y leyenda más que calidad?

  • La obra ha sido elevada a mito porque Oreamuno murió joven, incomprendida y marginada, lo que la convirtió en figura trágica y legendaria.
  • Su novela se lee más como símbolo cultural (la escritora rebelde, la voz femenina silenciada) que como un texto de gran factura literaria.
  • En términos estrictamente literarios, no alcanza la potencia de Fallas, Dobles o Asturias. Su prestigio se debe más a la leyenda de Yolanda Oreamuno que a la calidad intrínseca de la obra.

 Conclusión: La ruta de su evasión es más ruta hacia el mito que hacia la literatura mayor. Un texto que se recuerda más por la aura de su autora que por su estructura narrativa.

***

 Cuadro comparativo de calidad literaria (años 40–50)

Autor / Obra

País

Año

Rasgos principales

Calidad literaria comparada

Yolanda Oreamuno – La ruta de su evasión

Costa Rica

1948

Narrativa introspectiva, experimental, centrada en la agonía y recuerdos de Teresa.

Innovadora en Costa Rica, pero dispersa y recargada; más mito cultural que obra sólida.

Carlos Luis Fallas – Mamita Yunai

Costa Rica

1941

Realismo social, denuncia de la explotación bananera, lenguaje directo y vigor narrativo.

Alta calidad literaria y política; canon nacional por su fuerza testimonial.

Fabián Dobles – Ese que llaman pueblo

Costa Rica

1943

Novela social, personajes colectivos, crítica a la desigualdad.

Mejor estructurada y con mayor impacto social que Oreamuno.

Miguel Ángel Asturias – El Señor Presidente

Guatemala

1946

Novela de dictadura, lenguaje poético, simbolismo, precursor del realismo mágico.

Obra mayor de la literatura latinoamericana; supera ampliamente a Oreamuno en estilo y alcance.

Juan Rulfo – El Llano en llamas

México

1953

Cuentos breves, sobriedad, intensidad, atmósfera rural y existencial.

Calidad literaria excepcional; economía expresiva que contrasta con la densidad de Oreamuno.

Virginia Woolf – Las olas (referencia europea)

Inglaterra

1931

Narrativa experimental, flujo de conciencia, innovación formal.

Modelo de introspección bien lograda; Oreamuno intenta algo similar pero sin la misma maestría.

 Conclusión

  • La ruta de su evasión es importante en Costa Rica por su rareza y ruptura, pero comparada con Fallas, Dobles, Asturias o Rulfo, su calidad literaria es menor.
  • Su prestigio se sostiene más en la leyenda de Yolanda Oreamuno (mujer rebelde, incomprendida, muerta joven) que en la fuerza intrínseca del texto.
  • En términos estrictamente literarios, es un eslabón curioso dentro de la narrativa centroamericana, pero no alcanza el nivel de las grandes obras de su época.

domingo, 30 de noviembre de 2025

FRAGMENTOS, NOVELA, EL HACEDOR DE SOMBRAS. EDITORIAL COSTA RICA. AÑO 2022


 

En oportunidades, me la imaginé paseando por el centro de San José con su indumentaria de chica gótica. En  mi pensamiento la veía con otro grupo de jóvenes en el parque San Gregorio fumando hierba  o me la figuré en una de las terminales del metro Periférico esperando al tren para  escabullirse en medio de las sombras y de la noche. ¿Por qué de las ideas recurrentes de una Florina desconocida?

***



¡Acá, es donde suceden y aparecen las cosas extrañas! Una noche no quedamos de vernos y, por azar la miré en una de las galerías de la Torre de los Desechos... ¿Qué hice? Pues, la seguí.  Florina andaba en compañía de tres hombres. ¿Conocía yo a los hombres? No. Sigo… pues… Bajaron a un subnivel del primer piso y apresuraron el paso... no lo entendía, ¿apresurar el paso? ¿Para qué y por qué? Sospeché, me descubrían y no enfrentarme, formaría parte de la estrategia, bastaba huir en medio de los claroscuros. O, ¿existía otro argumento de Florina más fuerte para no presentarme a los hombres?

Y al apretar el paso,  me acordé de un detalle, el subnivel en que estábamos -para  desviar mi atención y  con suerte burlar mi persecución- es un pasillo ciego, no posee otra salida.

Error: ellos corrían sin importarles en cuál  galería ingresaban. Más, la sorpresa me la llevé yo: llegué al final de la galería y estaba vacía, sin rastro de los perseguidos, a pesar de que el zaguán se iluminaba con farolas. ¿Adónde se escondían? ¿Acaso en la persecución doblé por una galería equivocada? Insisto: una lámpara de metal colgada a varios metros de altura me daba la suficiente claridad para poder percibir el lugar: nada, no existía nada. Lo confieso: al principio la cólera me ganó, ese sentimiento burdo  me revolvía las tripas, me sentí humillado, me sentí burlado, un niño al que sus amigos se le esconden para darle una broma pesada o huyen por no querer su compañía.

Cesando la cólera empecé a sentir temor, esa sensación de temor mezclado con abandono. Y el temor se transformó en pánico, transgredía el razonamiento lógico, desafiaba las leyes de la física. ¡La materia no puede desaparecer, en este caso: cuatro personas!

¿Qué hice? En situaciones extrañas y de riesgo, pánico, temor o de confusión la persona reacciona de diferentes maneras... usted lo sabe muy bien y... terminé pegando la cara  con el final de la pared del pasillo: ¡Centímetro a centímetro el pasadizo lo inspeccioné! Tantee y escudriñé las paredes... nada... nada,  el pasillo literalmente se los tragaba: lo único presente en derredor mío era una veintena de cajas de cartón apiladas en torres cerca de las paredes del zaguán y las que me cercioré estuvieran vacías.  Nunca he estado tan confundido... hasta que ... tuve una explicación satisfactoria.

¿Cuál? El arte de esconder objetos delante de nuestros  ojos,   a un palmo de nuestras narices: el hombre engañaba al ojo. Estaban en el lugar Florina y los hombres,  no obstante,  mis ojos no los visualizó. ¿Usted ha oído hablar del punto ciego? Si no lo ha oído mencionar se lo digo: “el punto ciego es una zona de percepción que no podemos notar, el ojo es burlado”.

Lo anterior es un viejo truco utilizado por los ingleses en la Segunda Guerra Mundial para desaparecer ciudades enteras y los nazis no las bombardearan.

Es la única explicación. Mi teoría estaba sustentada en averiguaciones posteriores. ¿Cómo lo supe? El hombre realizaba un espectáculo de ilusionismo en el night club. Digo ilusionismo, la palabra es más justa al acto de aparecer y desaparecer objetos y otras cosas más. El ilusionismo es un engaño óptico, el ojo es burlado, o la persona es inducida a valorar una situación en forma equivocada. ¡Magia es otra cosa! Magia es servirse de poderes sobrenaturales para transformar algo. ! ! Son cosas totalmente diferentes!

Todo iba armándose en mi mente: el Zandunga, el hombre de la chivilla con los bigotes a lo Salvador Dalí e ilusionista;  Florina, stripper en el night club. Sí,  me juraron en el Zandunga que  de vez en vez ella hacía de  stripper. Nunca lo mencionó, no obstante, yo lo supe, lo averigüé. ¿Por qué lo hacía? Placer, la sensación del estar semidesnuda en la  penumbra, saberse objeto erótico eso a ella también la erotizaba. ¿Qué le parece don Henry?

***

 

Capítulo I

(Horas después de la primera entrevista de Lázarus).

 

 

En el bufete: sueños  y en busca de pistas en la Morgue Judicial.

 

Las luces del Valle de las Muñecas permanecían allí, sentí un enorme deseo de volver a aquel mundo, también – no lo niego - con los sucesos violentos en el Mall Vellavista y la muerte de don Julián Casasola Brown, no regresaba ni al Bellavista cerca del campus universitario ni al Valle de las Muñecas.

 ¿Mi pasatiempo por las noches? Lo ocupaba para ir a ver a mi viejo amigo el Gran Archivero... ¿acaso volvería a visitar la Torre Báquica? ¿Acaso el dique de contención y de una falsa moral – del deber ser lo correcto- se rompía  de nuevo dejando libre el cauce de tanto vicio oculto  que yo Henry de  Quincey no domesticaba? 

Y, me recosté  en el sillón de cuero negro y me quedé dormido. 

sábado, 29 de noviembre de 2025

pablo-ignacio de dalmases los novios De federico FRAGMENTO




 SOBRE EL AUTOR

Pablo-Ignacio de Dalmases es Doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster universitario en Historia contemporánea y Licenciado en Ciencias de la Información. Ha trabajado como periodista durante cincuenta años y desempeñado diversos cargos directivos: Director de RNE y TVE en el Sáhara español, Director del diario La Realidad de El Aaiún, Jefe de los Servicios Informativos del Gobierno de Sáhara, Jefe del Gabinete de Prensa de RTVE en Cataluña y Jefe de Informativos de Radiocadena Española en Cataluña. Se ha dedicado también a la docencia como profesor titular de cátedra en la Escuela Oficial de Publicidad, consultor de la Universitat Oberta de Catalunya y técnico superior de Educación de la Diputación Provincial de Barcelona.

Es autor de una veintena larga de títulos, entre ellos dos con el sello editorial de Almuzara: Los últimos de África y Cuentos y Leyendas del Sáhara Occidental.

Pertenece a las Reales Academias Europea de Doctores y de Buenas Letras de Barcelona.


defecto sin nombre

El diccionario de la Real Academia Española define como segunda acepción del término “defecto” una “imperfección en algo o en alguien”. Es decir, que puede darse tanto en cosas materiales, como en personas humanas, si bien hay que reconocer que, en lo que respecta estas últimas, el mismo concepto de imperfección resulta mutante. En efecto, rasgos que en ciertas comunidades o en determinadas épocas pudieran ser considerados como imperfecciones, en otros contextos no lo son. Así, por poner un ejemplo, el albinismo, que en algunas culturas hace de quienes lo poseen seres punto menos que tocados por la gracia divina, en otras se conceptúan como peligrosísimos o malditos. Mucho más común y próxima es la zurdera, que durante siglos fue consideraba un defecto grave y trataba de corregirse de forma imperativa obligando a “reeducar” a quienes utilizaban la mano izquierda para que fueran capaces de adquirir la presunta “normalidad” con la diestra. Con el tiempo ha quedado fehacientemente demostrado que el albinismo no pasa de ser un rasgo genético y la zurdera una variable que comparten alrededor del diez por ciento de los seres humanos. En ninguno de los dos supuestos constituye una imperfección.

Idéntico criterio puede ser aplicado a otras diversas peculiaridades o variables de la persona humana que, en algún caso, han sido rechazadas con mucha mayor contundencia aún. Tales son la referidas a las conductas sexuales que divergen de una heterosexualidad considerada durante siglos, por no decir milenios y en una mayoría de culturas, no solo como la normativa, sino como la única aceptable, siendo así que según estudios científicamente reconocidos la homosexualidad es la tendencia predominante de aproximadamente entre un cinco y un diez por ciento de la población mundial, con independencia de las variables circunstanciales que pueden producirse en favor de un incremento o incluso posible decrecimiento de dicho porcentaje en razón de modas, contextos ambientales, presiones sociales o situaciones personales.

Más en concreto, la cultura judeo-cristiana-musulmana ha venido considerando la homosexualidad como un vicio nefando y un pecado gravísimo con consecuencias en su conceptuación jurídica como delito tipificado en numerosos códigos penales que la convierten en perseguible sin lenidad alguna, circunstancia que ha dado lugar a una cantidad infinita de dramas personales y de injusticias flagrantes cuya vigencia ha permanecido viva hasta un ayer muy próximo. Solo una evolución en el sistema de ideas y valores imperantes ha permitido, junto a otros factores, tal la eficaz movilización habida en los últimos decenios, una clara evolución en la consideración social y la regulación legal de las variantes de la conducta sexual. Aunque también es bien cierto que esto solo se ha producido en algunos países, mientras que en otros sigue siendo un baldón punible hasta con la propia vida.

La homosexualidad en España

Por lo que respecta a España, la memoria histórica, todavía muy fresca, y, si ésta fallara, la lectura de los textos literarios, nos ilustra sobre cómo era considerada la homosexualidad en nuestra sociedad y qué términos, epítetos o insultos se utilizaban para caracterizar a las personas homosexuales, entre las que siempre ha habido, y hay, de toda condición (marica/maricón, loca, sarasa, mariposón, puto, apio, violeta, cundango, joto, pájaro, flora y un largo etcétera, amén de epítetos “elegantes” como invertido, sodomita, afeminado, o expresiones tales la de “perder aceite”, ser “de la acera de enfrente”, de la “cáscara amarga” o “pertenecer al ramo del agua”) De igual modo no faltan epítetos aplicados a la homosexualidad femenina (lesbiana, sáfica, tortillera, bollera, machorra, marimacho, hombruna, tribada, tuerca…)

El caso es que a lo largo de la historia ha habido numerosos personajes sobresalientes con dicha condición y sin ir más lejos y por lo que se refiere a nuestro país y al ámbito de las glorias literarias patrias, en la nómina de escritores varones ilustres se han registrado casos notorios, ciertos o imaginados. Entre estos últimos, la atribución de dicha condición al eximio Cervantes, tesis que defendió con apasionamiento Fernando Arrabal en cierto encuentro que mantuve con él hace algún tiempo y que me pareció gratuita hasta que muchos años después constaté, no sin sorpresa, que Álvaro J. San Juan citaba al autor del Quijote en su libro Grandes maricas de la historia1.

Sin embargo, ha sido un aspecto que permanecido oculto o ha sido eludido hasta fecha muy reciente en la literatura. Cuando Juan Valera tradujo el clásico griego Dafnis y Cloe consideró oportuno actuar de censor de un texto que bien puede considerarse paradigma de la ingenuidad pastoril, como advirtió María Pilar Hualde:

“Valera confiesa sentirse autorizado para «cambiar o suprimir» lo que pudiera haber de perverso en el texto de Longo, en el que, como vemos, no se aparta mucho de las líneas de la censura de la novela griega empleadas en España, según hemos visto, desde el siglo XVI. Esta perversión se restringe, no obstante, a la homosexualidad presente en la novela en el episodio de Gnatón, que Valera consigue obviar haciendo a Cloe objeto del deseo del parásito, en lugar de Dafnis, tal como aparece en el texto griego y modificando, por tanto, parte del contenido de la novela”2.

Atinada fue la prudencia de Valera pues ser una pluma ilustre no eximía en aquel tiempo de censuras y maledicencias. Téngase en cuenta que en pleno siglo XX relevantes figuras de la literatura española hubieron de soportar comentarios malévolos, como fue el caso de Jacinto Benavente, pero también de Antonio de Hoyos y Vinent, Álvaro Retana, Vicente Aleixandre, Gustavo Durán o Luis Cernuda, y más cercanos en el tiempo, éstos ya con mayor tolerancia, Jaime Gil de Biedma, Terenci Moix, Álvaro Pombo, Rafael Chirbes, Antonio Gala, Alberto Cardín, Juan Goytisolo, Vicente Molina Foix, Cristina Peri Rossi, Eduardo Mendicutti, Eduardo Haro Ibars, Luisgé Martín, Máximo Huerta o un activo y militante Luis Antonio de Villena, al que habremos de mencionar con frecuencia en las páginas que siguen.

Tuvo que pasar casi medio siglo desde su muerte para que los exégetas, biógrafos y comentaristas de la vida y la obra literaria de Federico García Lorca se hicieran eco de este rasgo de su personalidad que la propia familia se empeñó en mantener en secreto, a nuestro modo de ver con un mal entendido sentido de la dignidad de su allegado.

Un secreto mal guardado

Hubo un pionero que se atrevió en 1944, a formular la primera alusión, siquiera fuese tangencial y tan harto discreta que podría calificarse de críptica. Nos referimos a su compañero en la Residencia de Estudiantes de Madrid el pintor José Moreno Villa quien, en sus memorias, aparecidas en Méjico en dicho año, se refiere a los problemas que hubo entre García Lorca y los demás huéspedes de aquel centro por culpa de cierto “defecto”. “Él —dice— venía por temporadas, de un modo irregular. A veces se quedaba un año entero. No todos los estudiantes le querían. Algunos olfateaban su defecto y se alejaban de él. No obstante, cuando abría el piano y se ponía a cantar, todos perdían su fortaleza”3.

¿A qué defecto se refería Moreno Villa? ¿Era zurdo, bizco o zambo Federico? ¿Padecía algún tic? Bien, su amigo de la infancia, Pepe García Carillo, le comentó al investigador Penón en su encuentro de 9 de noviembre de 1955 que “cuando se enfadaban (García Carrillo y Federico) Pepe imitaba la cojera de Federico y el poeta siempre terminaba riéndose”4. Algún problema debió padecer, sin duda, en sus órganos motores, pese a que su hermano Francisco tuviera especial empeño en desmentirlo o minusvalorarlo:“Se ha hablado mucho, y con notoria exageración, de torpeza física en sus movimientos. Algunos bocetos biográficos, y no sé de dónde lo sacan, lo han querido representar como ligeramente cojo. Lo cierto es que ya de mayor tenía unos movimientos muy personales, que como mejor podían describirse es con las mismas palabras del poeta: «—¡Oh, mis torpes andares!». Pero ni siquiera esa torpeza del Federico hombre se acusaba en sus años más tempranos; se manifestaba en él más bien como una inhibición en los juegos que pedían mayor destreza física… Fue una sorpresa para toda la familia cuando, al entrar en edad militar, una medición médica (interesada, digámoslo discretamente, en encontrar defectos físicos) advirtió una diferencia milimétrica y apenas perceptible entre ambas piernas”5.

Sea como fuere, nadie le dio mayor importancia y desde luego una leve cojera no hubiera sido la causa de que nadie expresara alguna reserva con respecto a Federico. Parece evidente que Moreno Villa se refería a otro rasgo diferente, en aquellas calendas mucho más grave y, si se nos apura, infamante. Todo hace pensar que “tomó la decisión de no ocultar en su libro la homosexualidad de Lorca. Decisión difícil, cabe suponer, dado el carácter entonces tabú del asunto y el peligro de ser acusado de traidor, mentiroso o violador de intimidades”6. Por lo que según su biógrafo Ian Gibson, “lo más probable es que Moreno Villa utilizara el término «defecto» al referirse a la homosexualidad de Lorca”7.

Que la homosexualidad tratara de mantenerse reservadamente en la España de la primera mitad del siglo XX resulta a todas luces comprensible. Pero no que hubiera seguido siendo ocultada con pertinacia en las siguientes décadas. Según Villena

“la vida sentimental de Federico García Lorca (1898-1936) se ha escrito tarde, quizá no completa y entre muchísimos pudores que venían de un tiempo gazmoño en España— y del hecho de que dos hermanos de Federico, Paco e Isabel, fueran mucho tiempo totalmente refractarios a que se hablara nada sobre la homosexualidad de su hermano. Incluso quisieron negarla, hasta que resultó del todo imposible. Además, quienes habían conocido muy bien esa historia (íntimos de Federico) tampoco la hablaron en público. Nos la contaron sólo a algunos amigos, y eso hizo que su testimonio directo se escapara a los biógrafos”8.

El historiador hispano-irlandés Ian Gibson es todavía más terminante en su denuncia: “hasta mediados de los años ochenta ningún crítico o lorquista español estaba dispuesto a decir públicamente que Lorca era gay y que incumbía tener en cuenta tal circunstancia a la hora de analizar su vida, su obra y su muerte. La razón principal, inconfesable: si lo hacían se les cerraba probablemente el acceso al archivo del poeta. Hay numerosos testimonios acerca de la imposibilidad de suscitar con Francisco e Isabel García Lorca la cuestión de la homosexualidad de su hermano. El tema era tabú”9. Gibson tuvo que vencer pétreas resistencias para poder investigar esta cuestión.

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