CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
domingo, 29 de enero de 2017
Alejandro Casona. Las tres perfectas casadas.
Tres perfectas casadas.
Un mundo donde se puede ver el florecimiento de profundossentimientos y el papel de la mujer. Un análisis también propio,dándonos cuenta de detalles que puede ser que no tengamos en cuentaen esta lectura. Un análisis de la pareja, también. Un paseo por lossentimientos, desde la más profunda pasión a la crueldad o lacompasión.El mayor análisis es del papel que comenzó teniendo la mujer en elteatro y el que ha acabado teniendo con y a lo largo del paso del tiempo..Carla Tasis
(En la gráfica: el gran actor mexicano Arturo de Córdova en la obra "Las tres perfectas casadas).
Alejandro Rodríguez Álvarez, conocido como Alejandro Casona (Besullo, España, 23 de marzo de 1903 - Madrid, 17 de septiembre de 1965) fue un dramaturgo y maestro español de la Generación del 27. Autor personal, con una lectura mágica del teatro poético surgido del modernismo de Rubén Darío. Su producción dramática guarda cierto paralelismo con la de Federico García Lorca, si bien su poética tiene el regusto amargo de la supervivencia. Comenzó sus estudios en el Instituto Jovellanos de Gijón aunque los continuó en Murcia, donde obtuvo su título de bachiller en 1920. Hijo de maestros, prosiguió la tradición familiar docente pero encendiéndose en él, además, la vocación literaria. Ésta fue incentivada por sus profesores, como Andrés Sobejano y Dionisio Sierra, a quienes conoció en los inicios de sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras, y en el Conservatorio de Música y Declamación. En 1920, apareció su primera obra, `La empresa del Ave María-, un romance histórico galardonado en los Juegos Florales de Zamora. Su trabajo como maestro lo convirtió en inspector y, en 1928, fue trasladado por el Ministerio de Instrucción Pública al Valle de Arán. De su unión con Rosalía Martín nació su hija Marta en 1930. Ese año adoptó el seudónimo de Alejandro Casona al firmar de ese modo su libro de poemas, `La flauta del sapo-. En 1931 dirigió el `Teatro del pueblo- o `Teatro ambulante-. Esto le permitió llevar a recónditos lugares de España la adaptación de los clásicos españoles, como por ejemplo `Sancho Panza en la ínsula-. Su obra `Flor de leyendas- le permitió acceder al Premio Nacional de Literatura en 1932, pero su gran consagración la obtuvo con `La sirena varada-, elogiada por el público y la prensa. Fue estrenada en 1934 y relata los problemas entre Ricardo y la sirena María, por los ambientes distintos a los que pertenecen. Esta obra recibió, en 1933, el premio Lope de Vega. En `Nuestra Natasha-, mostró a una doctora enseñando en el reformatorio donde ella misma se formó, donde las autoridades se oponían a esta experiencia por el temor de los lazos afectivos que la profesional había creado con las internas. Fue una obra profunda y exitosa que cosechó infinidad de elogios. Tras el desencadenamiento de la Guerra Civil Española, se dirigió a Francia y, luego, recorrió en gira varios países de Latinoamérica. En México exhibió, en 1937, `Prohibido suicidarse en primavera-. En 1939 se radicó en Buenos Aires, donde trabajó para periódicos, cine y radio. Escribió `Los árboles mueren de pie- y `La dama del Alba-. Ésta se representó el 3 de noviembre de 1944, contando la historia romántica de Angélica, que luego de su casamiento, huyó junto a su amante. En 1945, se estrenó `La barca sin pescados- y, en 1949, surgió `El retrato jovial-, con cinco farsas breves para el `Teatro ambulante- de los años 30. Retornó a España en 1962, donde estrenó el 22 de abril `La dama del Alba-, en el teatro Bellas Artes, de Madrid. En 1964, representó `El caballero de las espuelas de oro-, mostrando el ocaso de Francisco de Quevedo.
LAS TRES PERFECTAS CASADAS.
Al ir a celebrar el aniversario de tres amigos, uno de ellos, Gustavo, comediógrafo, muere en accidente. En una carta póstuma, se descubre que fue amante de las tres esposas.
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ALEJANDRO CASONA
LAS TRES PERFECTAS CASADAS
ACTO PRIMERO
Saloncillo en casa del senador Javier Guzmán. Puer-ta a foro derecha sobre el vestíbulo. Izquierda, ven-tanal sobre el jardín. Puertas laterales. Derecha, una al despacho. Izquierda., dos: primer término, a las habitaciones interiores; segundo término, salida al jardín. Ambiente confortable; libros, cuadros, teléfono. A la izquierda hacen un rincón amable diván, butacones y una mesita con copas y botellas. A la derecha, una mesa mayor y sillas.
(Al levantarse el telón está en escena JAVIER y su esposa, ADA; MÁXIMO y GENOVEVA, JORGE y LEOPOLDINA; son tres matrimonios felices que celebran su ani-versario de bodas. Ellos, entre los cua-renta y cinco y cincuenta años; ellas, más jóvenes. CLARA, una adolescente, hija de JAVIER y ADA, los contempla son-riente, entre burlona y conmovida,. Tra-jes de noche. Voces y risas antes de le-vantarse el telón.)
JAVIER (Terminando un brindis.).—...Y que la fiesta de esta noche, que nos recuerda a todos el día más luminoso de nuestra vida, se repita cien ¡años más, invariable como nosotros, y leal como este lazo que nos ata, y que nadie podrá desatar jamás. ¡Salud a todos!
ADA.—¡Salud y felicidad!
(Chocan las copas y beben, cruzando cada una la¡ copa con su pareja. Luego se besan, cambiando alguna frase gaUttn,. te, que se pierde entre risas. CLARA ta-rarea burlonamente la "Marcha nup-cial.")
CLARA.—¿Puedo retirarme ya, papá?
JAVIER.—¿Tanto sueño tienes?
CLARA.—Lo que tengo es que preparar mis clases para mañana.
JAVIER.—Déjate ahora de libros. ¡No irás a pensar que nos estás estorbando!
CLARA.—¡Quién sabe! A lo mejor, en el fondo, es que me estáis dando envidia.
JAVIER.—Perdona, hija. Bien comprendo que, para tu juventud, nuestra fiesta ha de resultar un tan-to aburrida.
CLARA.—Por Dios, papá...
JAVIER.—Sí, sí, aburrida. Y no sé si hasta diría gro-tesca.
ADA.—Te estás excediendo. ¿Por qué había de parecerle grotesco que nos queramos?
JAVIER.—Entiéndeme: quiero decir que Clara per-tenece a una generación iconoclasta y deportiva, que no cree en el amor. Lo admite como una fla-queza, romántica de la juventud; pero, pasados los cuarenta años, lo encuentra ridículo.
ADA.—¡Te sigues excediendo, Javier!
JAVIER.—¿Es mucho decir ridículo?
ADA.—Pero es mucho decir cuarenta. Ninguna de nosotras los ha cumplido.
JAVIER.—Perdón, me refería a los maridos.
GENOVEVA.—Tampoco; en realidad, ninguno de nos-otros tiene más que dieciocho años: los de nues-tras bodas.
MÁXIMO.—¡Bravo, Genoveva! De todos modos, me-jor será no hablar de años.
JORGE.—Y si no hablamos de años, ¿de qué se va a hablar en un aniversario?
LEOPOLDINA.—De amor. Es un aniversario de bodas.
JAVIER.—A eso iba. Y quería llamar la atención de estas nuevas generaciones sobre nuestro caso: tres matrimonios que cumplen hoy dieciocho años de servicios, que se quieren como el primer día y que tienen el orgullo de llamarse públicamente felices. ¡Un caso extraordinario!
CLARA.—Nunca lo he dudado yo. Pero di, papá, si tan natural es el amor dentro del matrimonio, ¿por qué, al hablar de vuestro caso, le llamas "un caso extraordinario"?
JAVIER.—¿Yo he dicho extraordinario?
ADA.—Realmente ha sido, por tu parte, un adjetivo poco afortunado.
JAVIER.—¡Es que no he querido decir eso! Lo ex-traordinario de nuestro caso es que tres amigos inseparables nos hayamos casado con tres ami-gas inseparables; que nos hayamos casado el mis-mo día y que el mismo día también celebremos nuestro aniversario.
LEOPOLDINA.—¿Pero, Javier, si nos hemos casado el mismo día, ¿cómo íbamos a celebrar el aniversa-rio en fecha distinta?
ADA.—Decididamente, no estás nada bien en orato-ria esta noche. Y en cuanto a eso de pregonar públicamente nuestro amor, tiene razón Clara si lo encuentra un poco..., ¿cómo diría yo?..., un poco insolente. Nunca se debe alardear de felici-dad: trae desgracia.
MÁXIMO.—Ada tiene razón. Los chinos nunca con-fiesan en voz alta que son felices por miedo a la venganza de los dioses. Y los ricos nunca confie-san que tienen dinero...
JORGE.—Por miedo a que se lo pidan los amigos.
GENOVEVA.—Pero la felicidad no puede robarse.
ADA.—Se envidia, y es lo mismo; trae desgracia. Seamos felices, pero cerremos las ventanas para que nadie se entere. Ni nuestros hijos. Anda, Cla-ra, ve a preparar tus clases.
CLARA.—No, así no. Pero ¿es que de verdad pen-sáis que yo puedo encontrar grotesco el amor de mis padres?
ADA.—No es eso, hija. Pero tienes que preparar tu trabajo, tienes que madrugar...
JORGE.—Y sobre todo, se trata de un aniversario de bodas, ¿comprendes? Ahora saldrán a relucir aquí las anécdotas, las confidencias... Es un tema para personas sensatas.
GENOVEVA.—¡Anécdotas no, por favor, que te co-nozco!
CLARA.—Entonces no se hable más. Lo que yo ten-go que preparar para la Universidad es mucho más sencillo.
MÁXIMO.—Si es para mi clase, te lo perdono.
CLARA.—Es para Historia Natural: "Vida sexual de los protozoarios".
GENOVEVA. (Espantada.)—¿De quién?
CLARA..—De los protozoarios: unos animalitos mi-croscópicos.
GENOVEVA.—¡Ah!..., creí que era una tribu de África.
CLARA.—Tranquilícese, son mucho menos complica-dos. Y más limpios. Los veré luego, antes de sa-lir. Adiós, papá. (Le besa. Se vuelve a todos antes de salir.) Y conste que mi generación tiene tanta fe en el amor como la vuestra. Y que, por mi parte, el día que me case sólo quisiera para ser feliz que mi marido se pareciese a mi padre y a los amigos de mi padre.
(MÁXIMO y JORGE se ponen galante-mente en pie.)
JORGE.—En nombre de los amigos de tu padre, gra-cias.
CLARA.—Felicidades a todos.
(Una graciosa reverencia y sale.)
JAVIER.—Adiós, hija... (La mira ir cariñosamente.) Es una mujercita encantadora.
GENOVEVA.—Dichosos vosotros que tenéis esa hija. Es lo único que a nosotros nos ha faltado.
LEOPOLDINA.—Y a nosotros...
ADA.—Lo que dice más aún en honor vuestro. Ma-trimonios felices, teniendo hijo®, son bastante fre-cuentes. Vosotros no habéis necesitado ni eso.
JAVIER.—Además, nunca es tarde.
GENOVEVA.—¡Son dieciocho años esperando!
JAVIER.—¿Y qué son dieciocho años? ¡No hay que perder la esperanza! Animo..., ¡y a ello!
GENOVEVA (Ruborizada.).—¡Javier!
JAVIER.—Perdón, no he querido decir eso. Lo que quiero decir...
ADA.:—Pero ¿qué has bebido tú esta noche?
JORGE.—Lo que pasa es que, seguramente, no hemos bebido bastante los demás. ¡Bebamos!
(Sirve.)
LEOPOLDINA.—Tú no, tesoro. Ya has bebido cuatro veces en la mesa.
JORGE.—Tres. Y con soda.
LEOPOLDINA.—Con soda, pero cuatro. ¿Crees que no te llevaba la cuenta? Y te has servido salsa tár-tara con los mariscos, sabiendo cómo te sienta. ¡Acuérdate de la urticaria!
JORGE.—Déjate de recuerdos tristes. Una fecha como esta lo merece todo. ¡Bebamos!
JAVIER.—Permitidme otro brindis.
JORGE.—Sin oratoria, ¿eh?
JAVIER.—Sin oratoria. (Están todos en pie, las copas en la mano.) Amigos míos: hoy hace dieciocho años que los seis hemos unido nuestras vidas Dieciocho veces, año por año, nos hemos reunido aquí a celebrar nuestra felicidad. Pero hoy, por primera vez, hay un hueco en nuestras filas. Nues-tro fraternal amigo Gustavo Ferrán, el solterón eterno, el padrino de estas tres bodas, ha faltado por primera vez a esta cita sagrada. ¿Qué puede haberle pasado?
MÁXIMO.—Algo grave tiene que ser para faltar él.
JAVIER.—Ayer recibí un telegrama anunciándome su llegada en el avión de Marsella. Pero el avión llega al atardecer... Y es más de medianoche.
JORGE.—Alguna aventurilla de última hora. Gusta-vo no ha creído nunca en el amor, pero ha vivido siempre para las mujeres.
MÁXIMO.—Brindemos como si estuviera aquí. Su es-píritu está siempre con nosotros. Sirve cham-paña en su copa, Jorge.
GENOVEVA.—Déjate de espíritus. No me gustan nada estas escenas de invocaciones.
JAVIER.—¡Salud, Ferrán, empedernido solterón! ¡Aunque nunca hayas creído en el amor, salud a ti, que has presidido el nuestro!
(Se vuelve hacia el hueco imaginario que habría de ocupar el amigo ausente.)
MÁXIMO y JORGE. (Al mismo tiempo.)—¡Salud!
(Van a beber. ADA, que ka¡ escuchado visiblemente nerviosa, vacila un momen-to; la copa se resbala de su mano y se rompe. Sorpresa.)
JAVIER.—¿Qué ha sido?
LEOPOLDINA.—¿Te sientes nial?
ADA.—Nada..., no sé cómo ha podido ser...
GENOVEVA.—¡Se te ha resbalado la copa de las ma-nos !...
ADA.—No ha sido nada, de veras..., un vahído.
JAVIER.—Pero ¿por qué? ¿Es que no te sientes bien?
GENOVEVA.—¡Te has puesto pálida!
JORGE.—El calor, tal vez...
ADA.—Nada..., ya pasó. Flue como una gasa que se me puso delante de los ojos. Pero ¡qué caras ha-béis puesto todos! Soy yo la que debía asustarme de veros. (Ríe.) ¡Ea, bebamos, amigos!
MÁXIMO.—Falta una copa.
ADA.—No importa; yo beberé en la suya. ¡La copa del rey de Thule! (Ríe nerviosamente.) ¡Salud, Gustavo Ferrán! ¡Salud y alegría a todos!
(Beben en silencio.)
JAVIER.—¿De veras no ha sido nada?
ADA.—Pero ¿no me estás viendo?
LEOPOLDINA.—Seguramente tienes algo al hígado.
ADA.—¡Ea, se acabó! Si volvéis a hablar de eso tendré que enfadarme. A beber. ¡Salud, querido padrino! ¡Salud a ti que no has faltado nunca en nuestras horas felices!
(Ríe más.)
GENOVEVA.—¡Ay, no te rías así!... Me estás conta-giando tus nervios.
(Calla, preocupada de pronto.)
ADA.—¿Yo? ¿Estoy nerviosa yo?
LEOPOLDINA.—Es el calor de aquí dentro. Vamonos un rato al jardín; que sirvan allí el café.
GENOVEVA.—Mejor será; hace una noche deliciosa.
LEOPOLDINA.—No te pondrás a fumar si te dejo solo, ¿verdad, tesoro?
JORGE.—Vete tranquila.
LEOPOLDINA.—Vamos, Ada; y vigílate el hígado, haz-me caso. ¿Quieres apoyarte en mi brazo?
ADA.—¡Ah, eso sí que no! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¿Qué fiesta va a ser esta? Vamonos al jardín, pero a cantar, a reír, domo tres novias felices..., ¡y sin fantasmas! ¡Sin fantasmas solterones!
(Sale riendo. Las otras, con ella. JA-VIER la contempla, ir, preocupado. Pausa.)
JAVIER.—Es extraño..., no parece una risa natural.
MÁXIMO.—Risa de champaña. En cuanto le dé el aire se le pasará.
JORGE.—Pero qué, ¿también tú te has puesto pá-lido?
JAVIER.—Hace un momento decía Ada que alardear de felicidad trae desgracia.
MÁXIMO.—¡Ah!, ¿te has vuelto supersticioso? Pues si no es más que eso acuérdate de que somos invulnerables, nos hemos casado los tres un día tres a las tres de la tarde. El número tres da buena suerte.
(Sonríe.)
JAVIER.—Así sea. ¿Un cigarrillo?
MÁXIMO (Rechazándolo.).—No, gracias.
(JAVIER ofrece a JORGE.)
JORGE.—Tampoco. Acabo de prometerle a Leopol-dina no fumar.
(JAVIER enciende el suyo.)
MÁXIMO.—Sí, Javier; hacer un hogar feliz es una difícil obra de arte. Pero nosotros hemos tenido la fortuna de encontrar tres mujeres que repre-sentan la perfección de tres virtudes.
JAVIER.—Yo las nombraría como los moralistas del dieciocho titulaban ¡sus novelas: con un nombre de mujer y una virtud. "Genoveva, o el pudor", "Leopoldina, o la caridad", "Ada, o la inteligen-cia".
JORGE.—Sí, sí, sin duda. Pero a veces, ¿no os pa-rece que son tres excesos de virtud?
JAVIER.—¿Qué quieres decir?
JORGE.—Sencillamente: tu mujer es la Inteligencia. Muy bien... Pero a veces, ¿no te da un poco de rabia que sea más inteligente que tú?
JAVIER.—Muy amable.
JORGE.—Y tu Genoveva, tan pudorosa, ¿no te re-sulta, a veces, un exceso de castidad?
MÁXIMO.—¡Jorge!
JORGE.—Entiéndeme. Una mujer casada, ¡qué dia-blos!, es una mujer casada; tiene ya que estar de vuelta de muchas cosas. Pues ahí tenéis a Genoveva, igual que el día que salió del colegio. ¡Yo la he visto ruborizarse hasta en el Museo!
MÁXIMO.—Sí, en eso quizá es un poco exagerada.
JORGE.—Y en cuanto a la mía, ¡ya es demasiado caridad. Señor! "Cuidado con las corrientes, tesoro; acuérdate de la urticaria, cielo; ¿te has puesto la bolsa de agua caliente, mi vida?" Y la presión, y el metabolismo, y la infusión de manzanilla... ¡Y tesoro, y tesoro, y tesoro!... ¡No es serio!
JAVIER.—Tienes que comprenderla; es una compen-sación de madre fracasada.
JORGE.—¿Y del librito, qué?
JAVIER.—¿Qué libro?
JORGE.—Que se ha leído veinte veces "La perfecta casada", y ya me tiene hasta aquí de fray Luis de León. ¿Y las obras de beneficencia? Es pre-sidenta de tres sociedades y vocal de catorce li-gas: La Alegría del Huérfano, La Viuda del Náu-frago, El Hogar del Perro Perdido... ¡Qué sé yo! Os juro que es un caso de sadismo al revés: ella quisiera que todo el mundo fuera desgraciado para darse el gusto de consolarlo.
MÁXIMO.—¿Y no te parece hermoso? El otro día.la vi en el jardín curando a unos niños heridos. ¡Parecía una estampa de Santa Isabel de Hun-gría!
JORGE.—Sí, muy bonito; ¡pero aquí no estamos en Hungría! Nuestras mujeres son perfectas, indu-dablemente. Pero ahora os digo yo1..., en serio: y a tres mujeres así, tan perfectas, ¿no es una especie de deber nuestro el traicionarlas?
JAVIER.—¿Traicionarlas? ¿Por qué?
JORGE.—¡Por humanidad! Todo lo que es perfecto es inhumano. ¿O es que también vosotros sois perfectos? De hombre a hombre, Javier, de amigo a amigo: ¿tú no has traicionado nunca a tu mu-jer?
JAVIER.—Te diré... Según lo que se entienda por traicionar.
JORGE.—Lo que entiende todo el mundo, sin filoso-fías. ¿Nunca has conocido a otra?
JAVIER.—En fin..., antes del matrimonio...
JORGE.—Nada, eso no cuenta. Después, después.
JAVIER.—Después..:, no creo.
JORGE.—¡Mentira! Mírame a los ojos.
(JAVIER los aparta.)
JAVIER.—Vamos, si quieres decir pequeñas aventu-ras, sin responsabilidad...; en ese caso, claro...
JORGE (Tranquilizado.).—Menos mal. ¡Ya creí que era yo solo!
MÁXIMO (Sorprendido, a JAVIER.).—¡Ah, ah!.. ¿De modo que tú...?
JAVIER (Modesto.).—Nada; escaramuzas...
MÁXIMO.—¿Y tú?
JORGE.—¿Yo? ¡Oooh! (Gesto largo, con una malicia pueril.) Con todo respeto a Leopoldina, eso siem-pre. Pero ¿qué quieres? El matrimonio es el amor domesticado. ¡Y yo soy un salvaje!
MÁXIMO.—Pero ¿cuándo? ¡Si tú nunca sales de no-che!
JORGE.—Ese es mi truco. Las mujeres creen que sólo se las engaña de noche. Yo soy aficionado a la caza, y me levanto temprano, ¿comprendes? No es tan cómodo, pero es más tranquilo.
MÁXIMO.—Ya, ya, ya. Nunca me había explicado yo por qué eras tan madrugador.
JORGE. (Lírico.)—¡Es la hora de las tórtolas!
(Pequeña pausa.)
JAVIER.—¿Y tú, Máximo...?
MÁXIMO.—Por lo visto, yo debo de ser un caso clí-nico.
JORGE.—Es decir, ¿que tú no...?
MÁXIMO.—Jamás. Yo creo firmemente que la mono-gamia es el estado perfecto del hombre civilizado.
JORGE.—¡Sin sociología, Máximo!
MÁXIMO.—Sin sociología. ¡Genoveva ha llenado to-da mi vida!... Y no me perdonaría a mi mismo si un día la ofendiera con una traición innece-saria y estúpida. Tal vez os parezca grotesco.
JAVIER (Cortés.).—Tanto como grotesco, no. Origi-nal.
JORGE.—Pero, por lo menos, históricamente..., quie-ro decir, ¿antes de Genoveva?
MÁXIMO.—Tampoco; ni antes ni después. Entre to-dos los que conozco, yo tengo el orgullo de ser el único hombre de una sola mujer.
JORGE (A JAVIER, sinceramente asombrado.).—¡Y lo dice tan tranquilo! ¡Qué manera de extinguirse una raza!
MÁXIMO.—Perdón...
DONCELLA.—Señor, Francisco pregunta si puede re-cibirle un momento. Parece que es cosa urgente.
JAVIER.—¿Francisco?... ¿Qué Francisco?
DONCELLA.—El criado del señor Ferrán.
JAVIER.—¡Ah, sí! Que pase. (Sale la doncella.) ¿Qué diablos traerá a estas horas? ...¡Adelante, ade-lante !
FRANCISCO (Nervioso.).—Señor, perdone que les in-terrumpa, pero el caso es grave.
JAVIER.—¿No ha llegado el señor Ferrán?
FRANCISCO.—Ayer recibí un cable suyo de Marsella.
(Mostrándolo.)
JAVIER.—Sí, nosotros también... ¿Y...?
FRANCISCO.—El avión de Marsella tiene la llegada al anochecer. La pizarra del aeropuerto anunció primero un retraso de una hora; luego, cambio de ruta; después, un segundo retraso, sin plazo; tormenta de nieve en los Pirineos. Entonces corrí a la central, pero no me dejaron pasar... Estaban llegando los periodistas... Ustedes saben que los periodistas sólo acuden a donde hay desgracias.
MÁXIMO.—Vamos, calma. Seguramente un aterriza-je forzoso.
FRANCISCO.—Y he pensado que acaso el señor, con su autoridad...
JAVIER.—¿Tienes el número de la central?
FRANCISCO.—Oriente, 23-48.
(JAVIER, nervioso, va al teléfono.)
JORGE.—No creo que sea para intranquilizarse. Es-tos aterrizajes ocurren a cada paso.
JAVIER.—¿Transpirenaica? Aquí, senador Guzmán. Por favor, necesito información sobre el avión de Marsella... ¿Cómo?... ¿Sin noticias a estas ho-ras?... No es posible. Hágame el favor de lla-mar al gerente... ¡No hay órdenes que valgan! ¡Lo exijo! Anote: senador Guzmán, 11-97-Sur. Urgente. Gracias; espero. (Cuelga.) Nada; al pa-recer, tienen órdenes de no dar información.
FRANCISCO.—¿Qué debo hacer yo?... ¿Vuelvo al ae-ropuerto?
JAVIER.—¿Para qué? Vete a casa y espera. Yo te avisaré en. cuanto comunique.
FRANCISCO.—Gracias. Y perdone. Señores...
JORGE.—Adiós, Francisco.
(Sale FRANCISCO. JAVIER pasea pre-ocupado.)
JAVIER.—Tormenta de nieve..., sin noticias... Aho-ra comprendo aquella risa nerviosa. Ada tiene corazonadas, presentimientos...
MÁXIMO.—¿Y adonde vas a parar con eso?
JAVIER.—Fue en el momento en que brindábamos por él, ¿os acordáis? La copa se le cayó de las manos, y le pasó por los ojos como una gasa...
JORGE (Nervioso también.).—Pero ¿qué es lo que estás pensando?
JAVIER.—Nada, perdón,... Es estúpido. (Contempla la copa rota.) Y, sin embargo... (Suena el timbre del teléfono. JAVIER se abalanza al aparato.) ¿Transpirenaica?... ¿Es el gerente?... Sí, aquí Javier Guzmán... Gracias... Necesito una noticia exacta del avión Marsella... No, nada familiar; la persona que me interesa no tiene más familia que sus amigos... Diga; diga... sin miedo... ¿Eh? ¿Noticia confirmada?... (Hace un gesto de calma a los otros, que le interrogan ansiosos con el gesto. Su voz se hace grave.) ¿Y los pasaje-ros?... ¿Todos?... Espere, haga el favor de leer-me la lista del pasaje. Siga..., siga... ¿eh?... A ver, ¿quiere repetirme ese nombre?... Exactamen-te: Gustavo Ferrán, escritor... Nada más... Gra-cias...
(Cuelga el teléfono, lívido.)
JORGE.—¿Muerto?
JAVIER (Afirma con el gesto.).—El avión perdió la ruta, cegado por la nieve, y se ha estrellado en el Alto Garona. No se ha salvado ninguno. (Vuelve a la mesita y bebe.) Es lo único que podía ha-cerle faltar hoy.
(Pausa angustiosa.)
JORGE.—¡Pobre Ferrán!
JAVIER.—El mejor de los amigos. Un verdadero her-mano.
MÁXIMO.—No hay una sola hora solemne de nues-tra vida en que él no estuviera presente. Primer ro, en el colegio; luego, en la Universidad; des-pués, como padrino de nuestras bodas...
JAVIER.—Yo le recuerdo a mi lado, en el sanatorio, mandándome vivir... Con aquellos ojos verdes que no se podían mirar de frente, y aquel me-chón gris que le cruzaba la sien como un plu-mazo.
MÁXIMO.—Era una voluntad puesta en pie. Un hom-bre extraordinario...
JORGE.—Oye... ¿Y tú crees que cuando a Ada se le cayó la copa de las manos...?
JAVIER.—Tal vez en ese momento se desplomaba el avión. ¿Por qué no hemos de creer en el misterio? Yo mismo sentí algo inquietante en el aire.
JORGE.—¿Sí?
(Mira disimuladamente a su alrede-dor, alarmado.)
JAVIER.—También Ferrán era supersticioso; estaba convencido de que había de morir de una muer-te violenta. Tanto, que hace dos años me entre-gó en depósito un sobre lacrado, dirigido a los tres, para después de su muerte...
MÁXIMO.—¿El testamento?
JAVIER.—No; lo que a mí me entregó es una confe-sión.
JORGE.—¿Una confesión? ¡Qué extraño! ...¿Y dón-de está ese sobre?
JAVIER.—En mi caja fuerte.
JORGE.—¿No lo has abierto?
JAVIER.—¡Soy notario de profesión, y era un depó-sito sagrado! (Haciendo ademán de salir.) En fin, amigos; creo que debemos dar la noticia a las mujeres.
JORGE (Que no puede dominar su curiosidad.).— Déjalas; no les amargues la fiesta ahora. ¿De modo que un sobre lacrado, dirigido a los tres?
JAVIER.—"Confesiones de un solterón; sólo para hombres". Así reza el sobre.
JORGE.—Escabroso título... ¿Y dices que está en tu caja fuerte?
JAVIER.—¿Tanta curiosidad tienes?
JORGE.—Te diré... no es simple curiosidad. Quizá sea un deber.
MÁXIMO.—Tiene razón Jorge. ¿Quién sabe lo que puede pedirnos ?
JAVIER.—En ese caso, si los dos estáis conformes...
(Pequeña pausa. Los otros indican que sí. Sale hacia su despacho.)
JORGE.—Te confieso que estoy empezando a ponerme nervioso. ¡Un mensaje lacrado, una fecha solem-ne y un amigo que nos va a hablar desde el más allá! Realmente la situación es novelesca.
DONCELLA (Desde el umbral.).—De parte de las se-ñoras, el café está servido en el jardín.
JORGE.—Dígales que estamos despachando un asun-to urgente..., que en seguida vamos. Y cierre esa puerta.
(Sale la DONCELLA y cierra. A su vez, JORGE entorna la puerta interior de acce. sio al jardín y echa las persianas de la ventana. Vuelve JAVIER con un sobre grande, cuidadosamente lacrado.)
JAVIER.—Aquí están las famosas confesiones, de su puño y letra. (Se sienta, a la mesa grande. JAVIER, frente al publico; los otros, a sus lados.) "A mis queridos amigos Máximo Rojas, Javier Guzmán y Jorge Villamil, al otro lado de la muerte." Podéis comprobar que los sellos están intactos.
JORGE.—Por favor... (Le tiende la, plegadera.) Vea-mos.
JAVIER (Rasga el sobre, saca un pliego manuscrito y lee.).— "Amigos míos: Perdonadme que haya tar-dado tanto tiempo en morir; no ha sido mía la culpa. Tengo hoy cuarenta y cinco años, y hace ya cuarenta que estoy cansado de la vida. Tan cansado, que no he querido tomarme el trabajo de morir por mi cuenta..."
MÁXIMO.—No haría falta ver la firma. ¿Recordáis que ya una vez en el colegio, cuando aún no te-nía catorce años, intentó suicidarse?
JORGE.—Déjate ahora de recuerdos. Adelante.
JAVIER.—"...Para unos he sido un escritor morbo-so; para otros, un libertino' vulgar; y para to-dos, un solterón extravagante y pesimista. Pero hay algo que nadie ha podido negarme nunca: mi independencia orgullosa y mi enorme capacidad de desprecio. Jamás he dicho una mentira que pu-diera favorecerme, ni mucho menos una mentira cobarde. En cuanto a lo que el mundo pueda pen-sar de mí, nada míe importa; con lo que yo pienso de él, estamos en paz..."
MÁXIMO.—¡Es estar viéndole! ¡Un verdadero ro-mántico !
JAVIER.—"...Sólo una cosa he callado siempre; el secreto de mi soltería. Y sólo a vosotros quiero confesárosla, porque sólo vosotros sois capaces de comprenderme. Oíd, amigos, la amarga verdad de mi vida. Y oídla solemnemente... ¡Escuchadme en pie..." (Vacilan un momento, mirándose; al fin se ponen en pie respetuosamente.) "...Yo sé que vosotros habéis hecho una religión de la amistad y del amor. Os lo agradezco y os admiro. Pero yo no puedo compartir vuestro optimismo. Porque yo, queridos amigos, yo..." (Se detiene pálida, sin aliento.) ¿Eh?... ¡No es posible!
MÁXIMO.—¿Qué te pasa?
JAVIER.—¡No es posible!...
(No acierta a decir nada más. Con la mamo temblando, deja el papel sobre la mesa. Y se retira, tratando en vano de dominar su emoción. MÁXIMO, impresionado, toma el papel, se cala sus gafas y busca el sitio donde JAVIER dejó la lec-tura.)
MÁXIMO.—"...vuestro optimismo. Porque yo, queri-dos amigos, yo..." ¡No! (Vuelve los ojos aterra-dos a JAVIER, que está de espaldas.) ¡No puede ser!
JORGE (Empezando también a sentirse invadido por un extraño terror.).—Pero ¿qué pasa? ¿Qué es lo que no puede ser? (Arrebata el pliego a MÁXIMO, que a su vez se retira de la mesa, en dirección contraria a JAVIER. Vuelve, nervioso, el pliego, que ha cogido al revés, y repite el pie.) "...Pero yo no puedo compartir vuestro optimismo. Por-que yo, queridos amigos..." (Ligera pausa. Voz lenta y solemne.) "...Yo os he engañado con vues-tras tres mujeres." (Situación: JORGE, helado de asombro, mira alternativamente a JAVIER y a MÁ-XIMO. Cada uno, desde su extremo, contesta a la muda interrogación con un gesto fatalista) ¡Pero esto es inaudito!
JAVIER.—¡Inaudito!...
MÁXIMO.—¡Inaudito!...
JORGE (Sin acabar de digerir.).—Con vuestras tres mujeres... (Al fin, la indignación vence a la sor-presa.) ¡El miserable!... ¿Y para esto nos ha man-dado ponernos en pie?... (Tira furioso el pliego contra la mesa.) ¡Cobarde!... ¿Por qué no se atrevió a decírnoslo vivo y cara a cara?
MÁXIMO.—Calma, Jorge... No levantes la voz.
JORGE.—¡Qué calma, calma!... Es muy cómodo: pri-mero, morirse tranquilamente, y luego, ahí queda eso... ¡Así también lo hago yo! ¡Cobarde! Sólo quisiera ahora poder resucitarle y traerle aquí. ¡Aquí! ¡A dar la cara! ¡Cobarde!...
JAVIER (Abatido.).—Déjalo. Después de esa revela-ción, ¿que nos importa ya él? ¡Lo que importa ahora son ellas!
JORGE.—Tienes razón. (Mordiendo la palabra!.) ¡Ellas!... (Enciende y se deja caer en su asiento.) ¡Ellas!...
(Pausa larga. No se atreven a mirar-se evtre sí. JAVIER y MÁXIMO, hondamen-te abatidos, atentos a su interior. JORGE volcados hacia afuera los nervios, baila los pies, repica los dedos y lanza, gran-des bocanadas de humo, que disuelve a puñetazos. Al fin, JAVIER avanza hacia el centro y aborda la situación, evocan-do tardes difíciles del Senado.)
JAVIER.—Amigos míos: bien comprendo que la si-tuación... es..., no sé cómo decirlo.
JORGE.—Lo que es la situación ya lo sabemos todos. Adelante.
JAVIER.—Acabamos de ser víctimas de una agresión brutal. Doblemente brutal: por ir contra quien va, y por venir de quien viene..., de ese hombre: al que siempre habíamos creído el mejor de los amigos.
JORGE.—Lo creíais vosotros. Yo tenía mis dudas.
JAVIER.—Lo creíamos todos; no tratemos de des-viar culpas. Y sobre todo, no nos dejamos arras-trar a una solución de violencia que tengamos que lamentar mañana.
JORGE.—Pero ¿qué quieres decir? ¿Es que nos lo vamos a tragar así?
JAVIER.—Por lo pronto, se impone una reflexión se-rena.
JORGE.—Yo no tengo nada que reflexionar. Lo que se impone es la acción.
MÁXIMO.—No es un problema tuyo: ¡es de los tres!
JAVIER.—Examinemos primero quién es el agresor. Ahora lo vemos claro; Ferrán era todo él una ne-gación; su única gracia era su cinismo elegante; su único placer, reírse de todo lo que era sagrado para los demás.
MÁXIMO.—Exacto: eso era nuestro amigo.
JORGE.—Entonces, si tan claro lo veíais, ¿por qué era amigo vuestro?
MÁXIMO.—Ese fue nuestro pecado. Le aceptamos por cobardía; y en el fondo, por vanidad.
JAVIER.—Admirábamos en él todo lo que a nosotros nos faltaba, hasta sus vicios.
MÁXIMO.—No le teníamos a nuestro lado por cariño, sino por miedo a tenerle enfrente. ¿Por qué le admirábamos en el colegio?
JORGE.—Porque nos pegaba a todos.
MÁXIMO.—¿Recordáis su crueldad? ¿Recordáis có-mo se reía de nuestro espanto aquel día que le vimos arrancando las alas a una golondrina? ¿Recordáis la frialdad de aquellos ojos verdes?
JAVIER.—Aquellos ojos... Cuando yo era niño y me contaban la historia del Paraíso, siempre me ima-ginaba así los ojos de la serpiente.
MÁXIMO.—Eso era Ferrán: un espíritu satánico. Y bien: ese hombre sin moral, ese amasijo de resen-timiento y de vicio..., ese es el que ahora preten-de destrozar nuestras vidas y tirar su barro sucio contra nuestras mujieres. ¿Por qué hemos de tener más fe en él que en ellas?...
JORGE.—¡Eh!...
MÁXIMO.—¿Qué garantía pueden tener sus palabras? ¿Quién nos asegura que en el fondo de esta acusa-ción no hay también una larva de resentimiento y de venganza?
JORGE.—Pero... ¿contra quién?
JAVIER (Agarrándose al rayo de esperanza que aca-ba de desatar MÁXIMO.).—Contra nuestra felici-dad.
MÁXIMO.—¡O contra nuestras mujeres! ¿Quién sabe lo que ha pretendido de ellas, y cómo se habrá vis-to rechazado?
JAVIER.—¡Eso digo yo!
(Pausa.)
JORGE (Los mira con aire superior y se levanta con un gesto escéptieo.).—Amigos míos, yo comprendo la buena intención de vuestros discursos, pero... ¿para qué nos vamos a engañar? Ferrán sería cualquier cosa, pero un embustero, no. Y menos en esta ocasión. Nadie miente delante de la muer-te. Y, en último caso, ¿a qué hablar más de Ferrán? Vosotros lo habéis dicho: lo que importa ahora son ellas... ¡Ellas!... ¡Las tres perfectas ca-sadas! (Se sienta nuevamente y se vuelve sarcástico a MÁXIMO.) Hombre, ¿quién decía antes que el número tres da buena suerte?
MÁXIMO (Con ira).—¡Qué hermosa ocasión de ca-llar te estás perdiendo!
JAVIER.—Calma, por favor. (Pausa.) En cuanto a ellas, el hecho resulta más increíble aún. Son die-ciocho años de felicidad tranquila sin una som-bra en sus ojos, sin una intención dudosa en sus palabras.
(Suena mimosa, desde el jardín, la voz de LEOPOLDINA.)
LEOPOLDINA.—¡Jorgito!...
JORGE (En pie mecánicamente, con sarcasmo.).—¡Santa Isabel de Hungría!...
LEOPOLDINA.—¡Jorgito!... (Acude MÁXIMO a la ven-tana.) ¿Es que no pensáis bajar a tomar el café?
MÁXIMO.—En seguida. Estamos terminando unos asuntos.
LEOPOLDINA.—¿Y Jorge?... ¿Qué tal está mi maridito?
JORGE (Bronco, desde su sitio.).—Mal. Gracias.
LEOPOLDINA.—No estarás fumando, ¿verdad tesoro?
JORGE.—¡Tesoro! ¡Je! "Cuidado con el tabaco, mi amor; acuérdate de la angina." ¡Farsante!
(Se apresura a encender el mayor cigarro que encuentra.)
LEOPOLDINA.—No tardéis, por favor. ¡ Estamos tan solas sin vosotros!
MÁXIMO (Volviendo.).—Ya se fue.
JORGE.—La esposa modelo. Ya te daré yo fray Luis de León. (A JAVIER.) Y a propósito de fray Luis: ¿decíamos ayer...?
JAVIER.—Decía que en cuanto a ellas, el hecho re-sulta más increíble aún. En lo que a mí se refiere, puedo aseguraros que delante de Ada apenas, me atrevía a hablar de Ferrán. No le era simpático. Más aún: creo que hasta le molestaba su pre-sencia.
JORGE.—¿Cuándo tú estabas delante?... ¡Ya! Conoz-co el truco. ¡Lo he hecho yo muchas veces!
JAVIER.—¡Jorge!
JORGE.—Y ahora veo claro lo de la copa... ¿Por qué se le cayó de las manos cuando estábamos hablan-do de él? ¿A qué venía aquella risa nerviosa? Cla-ro, claro, claro: ese era todo el misterio.
JAVIER.—¿Quieres callarte de una vez?
JORGE.—Disculpa.
MÁXIMO.—Parece mentira que tú mismo estés echando leña al fuego. Piensa en lo que han sido siem-pre nuestras mujeres. ¿Cómo crees posible en ellas una traición semejante?
JORGE.—Eso digo yo. ¿Cómo diablos se las han po-dido arreglar? ¿Y dónde? ¿Y cuándo?... Lo de las vuestras, pase..., pero Leopoldina...
JAVIER Y MÁXIMO. (Al mismo tiempo.)—¡Jorge!...
JORGE.—Perdón..., no sé lo que digo. (Otra pausa difícil. JORGE, hundido en su asiento-, medita en voz alta, sarcástico.) "Cuidado con las corrientes, tesoro... ¿Te has puesto la bolsa de agua calien-te, vida?..." ¡Hipócrita! Y el metabolismo... ¡Je! Y el perro vagabunda... (Tira al suelo su cigarro y lo pisotea, en uwa¡ Crisis de nervios.) ¡Hipócrita! ¡Farsante! (Se arranca el cuello. A gritos.) ¡Aire! ¡Aire! ¡Esa ventana!
MÁXIMO.—No grites así. Pueden oírte. (JORGE res-pira fatigosamente, repitiendo casi sin voz...) ¡ Hipócrita!... ¡ Hipócrita!...
(Pausa.)
JAVIER.—Vamos, calma. Seamos fuertes y pongámonos a la altura de las circunstancias... Si me lo permitís, yo voy a proponeros una solución.
MÁXIMO.—¿Una solución?
JAVIER.—Pongámonos en el peor de los casos: admi-tamos que eso que dice Ferrán... fuera verdad.
MÁXIMO.—¡Pero es que no puede ser verdad!
JORGE (Escéptico.).—Admitámoslo..., por si acaso.
JAVIER.—La situación en que estamos colocados tie-ne dos aspectos: uno social y otro individual. Socialmente somos tres maridos en ridículo. Individualmente, somos tres, hombres desgraciados. Por fortuna, en nuestro caso, el primer aspecto queda descartado.
JORGE.—Descartado..., ¿por qué?
JAVIER.—Porque somos los únicos que lo sabemos. Lo peor de estas situaciones es la mirada com-pasiva de los amigos, la risita disimulada de los que se consideran bien seguros y se creen con derecho a tirarnos la primera piedra.
JORGE.—¡Inconscientes!... Reírse de un marido en-gañado es una imprudencia temeraria.
MÁXIMO.—¿Y qué me importa a mí la opinión de los demás? Mi problema no son ellos quienes han de resolverlo; soy yo mismo.
JAVIER.—Queda, esa segunda parte: nuestra tragedia íntima.
JORGE.—¡Casi nada!
JAVIER.—Por lo menos, no tan grave. Entre un ri-dículo y una tragedia, todo marido civilizado pre-fiere la tragedia antes que el ridículo. Mi propo-sición es ésta: ¿No hemos sido felices hasta hoy con un engaño? Pues bien: seámoslo en ade-lante con un engaño más: engañémonos a nosotros mismos.
JORGE.—¿Qué? A ver, a ver..., aclara eso.
JAVIER.—Echemos esa carta al fuego, como si nun-ca se hubiera escrito, y jurémonos guardar silen-cio. Ferrán ha muerto con su secreto. Ellas guar-daron el suyo. Guardemos nosotros el nuestro... Y respétemenos mutuamente..., puesto que los tres estamos igualmente comprometidos. Esta es mi solución. Ahora vosotros diréis.
(JORGE, después de mirar a uno y otro, se levanta con el mismo gesto escéptico de antes.)
JORGE.—¡Pido la palabra! (Oratorio.) Queridos co-legas... (A un gesto de ellos.) Perdón, queridos amigos. Por mi parte, voto en contra. Cerrar los ojos no es una solución de hombre; es una solu-ción de avestruz. ¿Perdonar decís? ¿Callarnos?... ¡Quiá!... ¡Qué más quisieran ellas! No, compañe-ros, no; hay que averiguar la verdad... ¡Y los datos! Y luego, castigar. ¡La traición conyugal es un delito que se paga caro!
JAVIER.—No pensabas así cuando te dabas esos madrugones... a las tórtolas.
JORGE.—Un hombre es distinto.
JAVIER.—Ya.
JORGE.—Voto por la violencia: es la tradición de nuestra raza. ¿Qué hubiera hecho en este caso Calderón?
JAVIER.—¿Y qué sabía él? Calderón era un clérigo, y murió soltero.
JORGE (Que nunca se lo hubiera imaginado.).—¡No me digas! Entonces, ¿todo aquello del honor?...
JAVIER.—Literatura barroca.
MÁXIMO.—¿Queréis dejar en paz a Calderón y queréis oírme a mí?
JAVIER.—Tú dirás.
MÁXIMO.—He escuchado con tristeza vuestras opi-niones: permitidme ahora que os dé la mía.
Y perdonadme que os hable con toda crudeza. Ami-gos míos..., os compadezco a los dos.
JORGE.—Hombre, muchas gracias. ¿Y tú qué?
MÁXIMO.—A los dos. Te he visto a ti reaccionar por simple vanidad herida, cacareando desafíos como un gallo de corral. Y te he visto a ti soslayar co-bardemente las entrañas, sin más preocupación que salvar las conveniencias. Tenía de vosotros una opinión más alta.
JORGE.—¡Era lo que nos faltaba esta noche!
MÁXIMO (A JORGE.).—Si lo que dice ese papel fuera verdad..., ¿de qué nos serviría tu palabrería epi-léptica de macho ofendido y esa sucia curiosidad de averiguar los datos? (A JAVIER.) ¿De qué nos serviría ese falso consuelo de ser los únicos en conocer nuestra desgracia?
JAVIER.—Ya que hemos perdido la fe, por lo menos... podríamos salvar la paz.
MÁXIMO.—¡Valiente solución! No, amigos, no; si yo pudiera creer que mi mujer no es digna de la fe que tengo en ella, me limitaría a salir de aquí tristemente... y pegarme un tiro a la orilla del río. (Emocionado.) Vosotros, haced lo que que-ráis... Pero yo no tengo otra fe, ni otra esperan-za, ni otra religión que Genoveva. Y esta noche la llevaré del brazo a casa, con más respeto que nun-ca, como a una reliquia que hubieran querido ro-barme. ¡Y nunca le preguntaré nada, porque to-das las palabras de un Ferrán, de cien hombres como Ferrán, no valen el silencio de una mujer honrada! Esta es mi solución.
(Pausa. JAVIER vacila envidiando la fe de su amigo.)
JAVIER.—Realmente..., quizá tengas razón tú...
JORGE.—Allá vosotros. Pero yo he de averiguar toda la verdad. ¡Y los d&tos! El cómo, y el dónde, y el icuándo. ¡Sobre todo el cuándo!
JAVIER.—¿Y qué nos importa el cuándo?
JORGE.—¡ Mucho! Y a ti más que a nadie. Al fin y ai cabo nosotros no tenemos más problema que nues-tras mujeres... Tú, en cambio, tienes una hija...
JAVIER. (Repentinamente pálido, volviéndose.).— ¿Qué quieres decir?
MÁXIMO.—¿Pero es que has perdido la razón, im-bécil?
JAVIER.—¿Qué es lo que te has atrevido a pensar?... (Se acerca a él tembloroso, Agarrándole de Jais so-lapas.) ¡Mi hija es mía!... ¿Lo oyes?... ¿Quién se atreve a dudar de eso?
JORGE (Dándose cuenta de la gravedad de sus palabras.).—No me hagas caso..., estoy trastornado...
JAVIER.—Podéis pensar de mi mujer lo que queráis... ¡Ya no me importa nada!... ¡Pero mi hija es mía!... ¡Mi hija es mía!... ¡Mía!...
(Se le rompe en sollozos la voz. Cae deshecho en un asiento. Pausa.)
JORGE.—Perdóname, Javier..., no quise hacerte mal.
JAVIER (Con un esfuerza para rehacerse.).— Lo sé... Perdonadme vosotros esta escena... No estaba pre-parado para un golpe así. Esa chiquilla es toda la razón de mi vida... ¿Comprendes?
MÁXIMO.—¿Pero es que has podido dudar? Yo co-nozco a tu hija más que tú mismo; la he tenido en mis clases desde niña, y te juro que no hay en ella un solo gesto ni una sola palabra que no sean tuyos.
(Apretándole la mano que tiene so-bre su hombro.)
JAVIER.—Gracias, Máximo...
MÁXIMO.— ¡Ea!, sé fuerte. ¡Muérdete esas lágri-mas... y avergüénzate como yo de haber dudado! (Se oye la voz de LEOPOLDINA, que se acerca tarareando alegremente.) Ellas vienen. ¡Guarda ese so-bre! (A JORGE, imperativo.) Y tú, silencio. ¿Entendido? ¡Silencio!
(JAVIER guarda el sobre en su bolsillo y se rehace. Entra LEOPOLDINA con una sonrisa colegial, totalmente ajena, a la situación.)
LEOPOLDINA.—¡Cu-cu! Conque, jugando al escondi-te, ¿eh?... ¡Muy bonito!. (Amenazando puerilmente con la mano.) ¡Ah, picaros!... ¿Pero es que vais a seguir así toda la noche? ¡Jesús..., qué ca-ras tenéis los tres! ¿Es una broma? ¿O es que ha ocurrido algo serio?
MÁXIMO.—No, nada serio... (Dándole una salida a JORGE.) Tu marido, que se ha sentido un poco in-dispuesto y quería retirarse.
LEOPOLDINA. (Corre a él, con mimo alarmado.)—¿Tú, mi vida? Pero, ¿por qué?... ¿Ves? ¿No te lo de-cía yo? ¡La salsa tártara!
JORGE (Aspero.).—¿Quieres dejarme en paz con tus salsas?
LEOPOLDINA.—Ya te avisé que estaba muy fuerte, y con mostaza inglesa. Tienes los ojos congestio-nados.
JORGE (Empieza a enfurecerse y va subiendo cada vez más el tono.).— Yo tengo los ojos como me da la gana, ¡para eso son míos!
LEOPOLDINA.—Pero ¿por qué me hablas así? No te enfades tú, tesoro...
JORGE (Furioso.).—¡No hay tesoros! ¿O es que yo soy una isla de piratas?
LEOPOLDINA (Retrocede espantada.).—¡Jorge!
MÁXIMO.—No le hagas caso; ha bebido un poco más de lo justo.
LEOPOLDINA.—¿Sin soda?
JORGE.—¡Con pólvora negra! Y se acabaron los mi-mos... ¡y la bolsa de agua caliente!
LEOPOLDINA.—¡Pero, Jorge!
JORGE.—¡Desde hoy voy a dormir con las ventanas de par en par, o desnudo en la terraza! ¡Quiero una salud heroica!
LEOPOLDINA.—No te excites así, mi cielo... ¡Acuér-date de la urticaria!
JORGE (Ululante.).—¡Se acabó la urticaria! ¡Ahora soy un hombre libre!
LEOPOLDINA (Refugiándose, aterrada, junto a MÁXI-MO.).—Pero, ¿a qué vienen esos gritos?
MÁXIMO.—No es nada... Vamos, Jorge, calma...
LEOPOLDINA.—Seguro que es el exceso de trabajo. Siempre se lo digo: madruga demasiado... Y lue-go llega a casa deshecho...
JORGE (Con una galantería siniestra.).—Tranquilíza-te..., "encanto". Desde mañana salgo por la no-che. Es más cómodo. ¡Vámonos a casa!
LEOPOLDINA.—Deja, por lo menos, que me despida.
JORGE.—Sin despedirte.
LEOPOLDINA. — Pero es que me he dejado el abrigo en el jardín...
JORGE.—Mejor. Yo saldré en mangas de camisa. (Terminante, a ADA, GENOVEVA y CLARA, que entran.) ¡Buenas noches a todos! ¡Andando! ¡Y se acabó el metabolismo... y el perro vagabundo! ¡Y fray Luis de León! Ahora vas a ver tú lo que es un hombre! ¡Un hombre!
(Salen, ella delante, él tirándole sus gritos como pedradas. ADA y GENOVEVA miran a sus maridos con asombro.)
ADA.—Pero ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué significa esa escena?
GENOVEVA.—Nunca había oído a Jorge bramar de ese modo.
MÁXIMO.—No es nada, el pobre no está acostumbra-do a beber.
ADA (Incrédula.).—¿De veras? Pues tampoco a vos-otros os veo nada sonrientes. ¿Alguna mala no-ticia?
MÁXIMO.—Cosas de negocios; este Javier no sabe dejar nada para el día siguiente. (A él, con in-tención.) Mañana terminaremos eso!; hazme caso. Ahora lo que te conviene es descanso... (Tendién-dole la mano.) y silencio. Adiós, Ada; mil feli-cidades una vez más. Con toda el alma.
(Le besa la mano.)
ADA.—Gracias, Máximo. Y a vosotros.
MÁXIMO.—Y tú, pequeña, no estudies tanto. La cien-cia no vale la pena; la vida es lo que importa.
CLARA.—Hasta mañana, profesor. ¿A las ocho en el laboratorio?
MÁXIMO.—A las ocho en punto: el profesor Rojas no ha faltado nunca a, su hora. ¿Vamos, Geno-veva?
GENOVEVA.—Tienes la voz cansada..., triste.
MÁXIMO.—¿Triste a tu lado? ¡No seas niña! (Ayudándola a ponerse la piel.) Abrígate, Genoveva; está fresca la noche. Abrígate, querida... Abrí-gate...
(Sale acariciando la mano compañera. Pausa. ADA siente que algo grave se cierne en el aire, JAVIER se acerca len-tamente a CLARA, toma su cabeza entre las manos, acariciándole los cabellos, con-templándola con una ternura nueva y melancólica.)
JAVIER.—Eres linda, hija...
CLARA.—Papá...
JAVIER.—Muy linda... ¡Si tú supieras todo lo que eres para mí!
ADA.—¿Quieres explicarme a qué viene todo esto?
JAVIER (Se vuelve a ella, mirándola severamente un momento.).—Quizá. Déjanos ahora, Clara; ten-go que hablar con tu madre.
CLARA.—¿Subirás luego a darme un beso?
JAVIER.—¡Siempre!
(La besa.)
CLARA.—Buenas noches, mamá.
(Sale. JAVIER se queda contemplándola aún después de haber salido. Pausa larga.)
ADA.—¿Qué negocio era ese tan importante que os ha tenido aquí encerrados toda la noche?
JAVIER.—Qué importa... Nunca te he hablado de ne-gocios.
ADA.—Pero hoy no son simples negocios. Es algo más grave y más hondo: algo de dentro.
JAVIER.—¿Por qué lo piensas?
ADA.—Se lo noté a Máximo en la voz. Lo veo en esos ojos tuyos, que se andan agazapando, sin buscar los míos; lo veo en esas manos que te están temblando. ¿Qué ha ocurrido esta noche?
JAVIER.—Pues bien..., sí. Hemos recibido una triste noticia.
ADA.—¿De quién?
JAVIER (La mira fijamente.).—De Ferrán. Nues-tro querido amigo Gustavo Ferrán... acaba de morir. (Espía la reacción de ADA. Ella palidece, esquiva la mirada, pero se domina con un esfuer-zo de voluntad. Silencio.) ¿Qué dices? ¿Es que no has oído? ¡Nuestro amigo Ferrán acaba de morir! (Nuevo silencio.) ¡Habla! ¡Di algo!...
ADA (Fría.).—¿Y qué quieres que diga yo? Ferrán no era amigo mío; lo era vuestro.
JAVIER.—¡Pero tú sabes cuánto significaba en nues-tra vida! ¡Ayer tomó el avión sólo para venir a darnos un abrazo!... ¡Y ahora, en este mismo mo-mento, está muerto contra la nieve y la noche! Tú no puedes recibir la noticia así... ¡Esa frial-dad no es natural! ¡Habla!
ADA (Serenamente, después de una pausa.).—¿Quie-res que te hable con toda lealtad?
JAVIER.—¡Eso es precisamente lo que pido!
ADA.—Pues bien, me alegro.
JAVIER.—¿Qué dices?...
ADA (Con ira contenida.).—Digo, sencillamente, que me alegro. "Vuestro amigo" Gustavo Ferrán... ¡era un canalla!
TELÓN
jueves, 26 de enero de 2017
SÉNECA. FILOSOFÍA. EPISTOLAS MORALES. Cartas a Lucilio.
La obra de Séneca ha quedado consagrada como el más amplio e ilustre corpus de filosofía estoica.
Dentro de tal corpus ocupan un lugar de privilegio las 124 cartas que el filósofo dirigió a su amigo Lucilio y que son algo más que un epistolario privado. En efecto, pertenecen por excelencia a un género literario consagrado ya en la propia Grecia -Platón, Epicuro, etc.- como uno de los vehículos capitales de la exposición filosófica, al lado del diálogo y de la diatriba, y por ello trascienden del estrecho marco de la correspondencia personal, no solo se dirigen a su destinatario formal, ni se quedan en la temática contingente propia de las cartas en sentido estricto, sino que están pensadas y escritas para su difusión en amplios círculos interesados por las cuestiones generales que abordan.
El contenido de la colección es predominantemente ético. Séneca se nos muestra en ella como el gran psychagogós -el «conductor de almas» o «director espiritual»- que pretende ser, como buen sabio estoico. Al propio tiempo, y dado que muchas de ellas toman pie en acontecimientos de la vida cotidiana, las epístolas son un precioso documento para el estudio de las costumbres y mentalidades de la alta sociedad romana de mediados del siglo I.
***
(Córdoba, h. 4-Roma, 65) Filósofo hispanorromano. Perteneció a una familia acomodada de la provincia Bética del Imperio Romano. Su padre fue un retórico de prestigio, cuya habilidad dialéctica fue muy apreciada luego por los escolásticos, y cuidó de que la educación de su hijo en Roma incluyera una sólida formación en las artes retóricas, pero Séneca se sintió igualmente atraído por la filosofía, recibiendo enseñanzas de varios maestros que lo iniciaron en las diversas modalidades de la doctrina estoica por entonces popular en Roma. Emprendió una carrera política, se distinguió como abogado y fue nombrado cuestor.
Su fama, sin embargo, disgustó a Calígula, quien estuvo a punto de condenarlo en el 39. Al subir Claudio al trono, en el 41, fue desterrado a Córcega, acusado de adulterio con una sobrina del emperador. Ocho años más tarde fue llamado de nuevo a Roma como preceptor del joven Nerón y, cuando éste sucedió a Claudio en el 54, se convirtió en uno de sus principales consejeros, cargo que conservó hasta que, en el 62, viendo que su poder disminuía, se retiró de la vida pública.
En el 65 fue acusado de participar en la conspiración de Pisón, con la perspectiva, según algunas fuentes, de suceder en el trono al propio Nerón, éste le ordenó suicidarse, decisión que Séneca adoptó como liberación final de los sufrimientos de este mundo, de acuerdo con su propia filosofía.
En general, su doctrina era la de los antiguos estoicos, aunque, en numerosos aspectos, incorporó a ella su propia visión personal y hasta la de pensadores de escuelas antagónicas, como Epicuro, al que cita a menudo en términos aprobatorios, con ello no hizo sino ejemplificar el espíritu ecléctico y sintético característico del «estoicismo nuevo» propio de su época, del cual fue el máximo exponente.
Fuente: Enrico Pugliatti.
miércoles, 25 de enero de 2017
Carlos Bousoño. Poesía. El ojo de la aguja.
A sus 70 años, escribe, con serenidad, sobre la muerte, y en torno a esta, va articulando diversos temas: el tiempo, la vida, algunas referencias a su familia, el arte, el amor, el más allá. Tiene un toque religioso, que evidencia el título. Poemas largos, con encabalgamientos abruptos, por su estructura y lenguaje nos recuerda `Hijos de la ira`. (Dividido en dos partes: 1- Introducción/ El Ojo de la Aguja/ La madeja/ Adiós/ Amor/ Testamento, 2- Canto de salvación: Quinteto Introductorio/ El Canto)
***
Carlos Bousoño Prieto (Boal, Asturias 9 de mayo de 1923-Madrid, 24 de octubre de 2015) fue un poeta y crítico literario español.
Nació en Boal, Asturias, en 1923. A los dos años sus padres se trasladaron a Oviedo, donde transcurrieron su niñez y adolescencia. Estudió los dos primeros años de la carrera de Filosofía y Letras en Oviedo y se trasladó a Madrid a los diecinueve años para concluirlos en 1946 en la Universidad Central, hoy Complutense, con premio extraordinario. En esa misma universidad se doctoró en 1949 con la primera tesis en España sobre un escritor aún vivo, Vicente Aleixandre, poeta de la Generación del 27 galardonado más tarde con el Premio Nobel de Literatura (1977). Su tesis fue publicada con gran éxito (La poesía de Vicente Aleixandre, 1950) y sigue considerándose hoy el mejor y más profundo estudio sobre la poesía de este autor.
En 1951 publicó con Dámaso Alonso, su gran modelo y compañero dentro de la disciplina estilística, Seis calas en la expresión literaria española y su más famoso libro teórico, varias veces reeditado y ampliado, Teoría de la expresión poética (1952). Entre sus obras fundamentales cabe también mencionar El irracionalismo poético. (El Símbolo) (1977), Superrealismo poético y simbolización (1978) y una obra muy ambiciosa que no llegó a concluir: Épocas literarias y evolución (1981). Reunió su poesía completa en 1998 revisada bajo el título Primavera de la muerte. Por entonces era normal verlo en tertulia en casa de Vicente Aleixandre o enamorado, al par que su amigo Francisco Nieva, de la poetisa vienesa de ojos verdes Angelika Theile-Becker.
Se casó sin embargo en 1976 con Ruth, una exalumna puertorriqueña de la que tuvo dos hijos, y enseñó Literatura española en varias universidades norteamericanas (Wellesley, Smith, Vanderbilt, Middlebury, New York University, entre otras). Impartió la materia estilística en la Universidad Complutense de Madrid, de la que fue en sus últimos años profesor emérito. Obtuvo el premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1952 y fue nombrado miembro numerario de la misma en 1979, pronunciando su discurso de ingreso en 1980. Doctor honoris causa por la Universidad de Turín, en 1978 había ganado ya el Premio Nacional de Ensayo por El irracionalismo poético y el simbolismo. En 1990 le fue otorgado el Premio Nacional de Poesía por `?Metáfora del desafuero?`, libro clave en su evolución desde el realismo al simbolismo. En 1993 fue merecedor del Premio Nacional de las Letras Españolas y en 1995 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Fue además «Honorary Fellow» de la Hispanic Society of America y Presidente de honor del Premio Loewe de Poesía, uno de los más importantes de España. Además fue finalista en dos ocasiones del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (mayo de 1993 y junio de 1994) y en diciembre de 2000 fue candidato al Premio Cervantes, en el que quedó entre los cuatro finalistas, galardón para el que compitió también en 1998, 2001 y 2002.
Durante muchos años fue votado como el mejor profesor de la Universidad Complutense. También fue un deslumbrante conferenciante. Sus clases en la Universidad Complutense fueron siempre lecciones magistrales que Bousoño decía sin mirar ni un solo apunte. Su fama como profesor llevó a sus aulas a los más destacados poetas y escritores que estudiaron en la Universidad Complutense. Entre sus amigos más importantes cabe destacar, aparte del propio Vicente Aleixandre, cuyo archivo heredó, a Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Francisco Nieva, Mario Vargas Llosa y el crítico cubano José Olivio Jiménez, entre otros.
Durante toda su vida mantuvo una estrecha relación de amistad con Vicente Aleixandre, de quien recibió unas encendidas cartas amorosas y le dedicó versos de contenido homoerótico que no se hicieron públicos hasta la muerte de Bousoño.
Falleció en Madrid el 24 de octubre de 2015 a los 92 años. En el momento de su muerte era el académico de la RAE más antiguo
Fuente: Enrico Pugliatti.
EL OJO DE LA AGUJA. FRAGMENTO.
EL OJO DE LA AGUJA
© Carlos Bousoño, 1993
A
Dámaso Alonso
in memonam
Tres tiempos hay, o pudiera haber, o
acaso hubiere: el tiempo de la vida en la
vida; el tiempo de la vida en el arte o en
Ciertos instantes especiales de nuestro vi-
vir, en que se modifican los hábitos co-
tidianos de nuestra mirada; y el tiempo
de la vida en un Más Allá siempre pro-
blemático, envuelto en el enigma, en la
ambigüedad, en el sueño.
(De una carta de Zafir a un su amigo,
escrita desde su retiro en el yermo)
I
INTRODUCCIÓN
-------------
DEFINIENDO LA IMAGINACIÓN
Todo pasa y todo queda.
Una mano lo recoge,
inocente, en la alameda.
A pesar de este embeleso,
saber que voy a morir.
La imaginación es eso.
II
EL OJO DE LA AGUJA
------------------
CONSIDERACIONES POSTRERAS
A Alberto Portera
Detrás de la mamparo, en un lugar recogido
o recóndito,
en plena oscuridad, dos amantes encarnizados,
vivir y morir,
simultáneos los dos, en abrazo
letal, invisible.
Pues sabéis que mi muerte, invisible con mi vida
nació,
creció luego conmigo, y empezó (misteriosa, indirecta
mirando hacia otro lado)
su actividad. Ninguna alarma, no hace falta decirlo:
una leve arruguilla en la comisura del labio, en la
frente; una pérdida de color en un pelo,
extendida la extraña pareja (cerrando los ojos, eso sí)
a lo largo de la magna cuchilla,
monstruosa relación,
pero que simularía hallarse consagrada
por una dulzura,
un olvido, que, desde dentro, estaría como
redimiéndola,
como fingiéndole
un bienestar, un placer,
alzándola, poco a poco, en suavísima alianza
de fidelidad,
suprema en lo alto, sin gravitación,
con la sublimidad de las llamas,
el infierno,
la música.
Y aun podría expresarse eso mismo en opuesta
manera.
Pues un melódico olvido habría allí, sin duda,
pero en el que parecería esconderse,
imperceptiblemente, no sé bien,
otra cosa: quizás una mano de sombra, no sé bien,
que trazara al revés,
puntualmente, sin prisa,
los signos aquellos en el pentagrama,
incluso, quién sabe, los últimos signos,
los delgados e ígneos de la veracidad,
¡revesada canícula amarga como lenta escritura
arábiga de sonidos,
que va retrocediendo contraria, oponiéndose,
haciéndose:
desierto sonoro, tórrido torbellino de arena,
cueva tenebrosa en el aire...!
Es la hora en que cae la sombra sobre el farallón,
sobre la cadencia del mar; en que cae
el hacha de la verdad, y se deshace el remedo
sobre una cabeza implorante.
Y es de ver, en los otros, después de lo mismo,
la repetición,
y la repetición de la repetición: tal, en el ensayo
insistente
de una obra teatral, bajo la mirada escrupulosa
y sin término
de un director exigente y maniático.
Pero mira por dónde el espectáculo no carece
de grandiosidad, de belleza,
No carece de fascinación.
Porque aquellos sucesivos ajusticiamientos callados,
la mortandad sigilosa y sin pausa, y los furtivos
trenes que llegan repletos,
uno tras otro, desde siempre hasta siempre,
a Treblinka y a Auschwitz,
hacen rejuvenecer siniestramente hasta el fondo
de las raíces más hondas al orbe.
Y en una explosión repentina de rosas ardientes
y júbilo,
con crueldad, sin descuido de ninguno
de sus recovecos,
de arriba abajo, espantosamente,
renuévanlo.
Y es justo en ese momento cuando todas las banderas
y todas las patrias,
y todas las aceradas fierezas y pabellones
de los paladines del mundo,
la feroz juventud invasora, los resplandecientes
desplazadores, los depredadores, los invictos,
los justos,
en compactos escuadrones cerrados, cuadrados;
cuadriculados,
obedeciendo geométricamente a la ley,
ascéticamente,
enérgicamente,
delante del soberano absoluto que rígido y en pie
los contempla,
solitarios y únicos, arrastrando por el suelo
humillados todos los vencidos estandartes
hostiles,
duramente inmisericordes en el inmenso páramo
lúcido,
con el poder de toda la naturaleza concentrada
y llegada,
despreciando los tiempos, las alteraciones, el sol
y la luna,
interminablemente, definitivamente,
más profundos que todas las realidades y sueños,
victoriosos del todo,
cataclismos universales,
necesariamente, destilan.
LOGOGRIFOS
A José Vidal Bernabeu
"En fila y uno a uno. Que no se escape nadie.
Es una orden"
Diferentes, extraños
a su honda realidad.
Y todo ejecutándose
inteligentemente,
en formas frías, arduas,
calculadas, precisas,
como pesados logogrifos, o acertijos, o siglas
(o ríos en la noche).
Y todo,
igual que aquel dolor.
Un hilo plateado
que va entrando en la aguja,
y la aguja en la carne,
cosida porque sí.
Y se abrió el horizonte:
todo aquel padecer
con sus lentas auroras boreales
y sus parados mediodías fáusticos, carentes de
crepúsculo;
el sufrir de las hordas cavernarias y del mendigo que
duerme en las noches más crudas del invierno
debajo de los puentes para evitar la lluvia
—pasando
por el ojo
de la aguja—.
Y somos el Hijo del hombre que nunca puede
redimir al hombre,
la lluvia que lo empapa,
pues no hay puente y morimos
—y el ojo de la aguja que está en ti—.
... Y todo fue cual si nos propusieran
logogrifos o acertijos o siglas
debajo de los puentes,
o debajo
de los híspidos, ásperos enigmas del invierno,
donde el puente está en ruinas por el lado,
justamente en que existe,
aunque a modo de siglas, o logogrifos, o acertijos,
o embrollos
que entre todos conforman una unanimidad:
la del bello buen tono,
multicolor, alacre,
de todas las familias bien del mundo,
y el gran orden magnético
con que se enlazan y procrean
tan a gusto de todos,
pero también debajo de los puentes
—el ojo de la aguja que atraviesa la carne—
Debajo de los puentes pasa el orden.
La aguja que atraviesa la carne,
debajo de los puentes.
Por dentro de la carne pasa el orden,
el ojo de la aguja que mira sin la carne,
de senecarnadamente, el ojo paralítico.
Y el ojo de la aguja que enhebra irrevocable
el orden de la carne arrecia el viento.
Por el hueso y la carne arrecia el orden
disciplinadamente.
El orden verdadero
muy dentro de la carne.
Y el ojo de la aguja y el orden de la carne,
debajo de los puentes,
por donde avanzan, con tiento y majestad,
morosos, puros,
inmensos automóviles que allí desaparecen
como en sueño borroso, niebla o impropiedad,
y junto a ellos,
sillas de manos que, al caer el crepúsculo,
lentas van por vez última a Loeches,
a El Escorial, o a alguna torre, de Juan Abad u otras
—y el ojo
de la aguja
se enhebra
sin el hilo-
Y pasan, simultáneos, sucediéndose,
pesados acertijos,
cansados logogrífos
o siglas insistentes,
cual en forma de río o logogrifo
que va a dar en un mar lleno de siglas,
que son peces, charadas.
Los peces,
de tan grandes,
casi inmóviles,
lentísimos cetáceos que van a ningún sitio,
como luego, mañana, ayer, entonces.,.
Debajo de los puentes herméticos y enormes
que pasan
por el ojo
de la aguja.
martes, 24 de enero de 2017
FILOSOFÍA . Fragmento. SENECA
[PulcinellaSottosuolo
Recomendamos la lectura del propio libro, “Sobre La Ira”
moral, como “Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad”
[Recomendamos la lectura del propio libro, “Sobre La Ira”
, en la gran traducción de la editorial Artemisa, o otras obras que continúan su trabajo moral, como “Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad”
o las las Cartas a Lucilio
.]
_______________________________________________________________
LIBRO PRIMERO
Se describe la ira como una pasión agitada, desenfrenada, basada en el resentimiento y en la sed de sangre, y cuyo último propósito es la venganza. La ira no obedece a la razón. Se mencionan los efectos nocivos de la ira (asesinatos, envenenamientos, naciones destruidas…) como elementos significativos de su invalidez intrínseca.
La ira es enemiga de la razón y por tanto solo se da en los seres capaces de razón; los animales, se concluye, no experimentan ira, ni en general ninguna pasión humana, solo experimentan impulsos que se les parecen. El bien y el mal solo son propios del corazón humano; igual que las virtudes humanas no se dan en los animales, tampoco los vicios.
[Una vez resuelto qué es la ira, plantea si debe mantenerse.]
El hombre es un ser bueno y sacrificado, que busca la relación con los demás y ser útil a la sociedad. La ira, por el contrario, lleva al aislamiento, se nutre de maldad y hiere hasta al amigo más cercano. La ira, por tanto, es contraria a la naturaleza del hombre.
Pero aun no siendo natural, ¿es útil? No, puesto que la razón solo es más fuerte cuando está alejada de las pasiones: cuando las pasiones aparecen, toman las riendas y no pueden ser dominadas por la templanza. Por ello mismo, hay que rechazar los impulsos de la ira en su misma raíz. Cuando el ánimo se identifica con las pasiones, ya no puede servir de freno.
Aristóteles dice que la ira es necesaria, pero dominada por la razón. Séneca refuta esto, argumentando que si la ira aparece, no obedece a la razón, y por esto es inútil, y que en caso de que obedeciera a la razón, no se trataría de ira. Se critica también el cliché de que la ira moderada es buena, diciendo que un mal en menor medida no se convierte en un bien, sino que sigue siendo un mal, aunque menor.
La ira ni siquiera es útil contra el enemigo, porque en la guerra consiguen más la serenidad, la reflexión y la estrategia, mientras que la ira favorece las derrotas. En el caso de injusticias o atentados contra la familia, son más útiles la piedad y la virtud, que llevan a actuar con calma y diligencia, que la ira. Lo propio y lo querido debe defenderse a través del deber, puesto que las pasiones entorpecen la venganza.
Teofrasto dice que el hombre sabio se irrita contra los malvados. Séneca niega esto diciendo que precisamente los sabios están libres de pasiones y odios, puesto que no se enfrentan al que erra, sino al error; odiar al malvado supondría odiarse a ellos mismos. Hay que corregir al que delinque, con castigo pero sin cólera. En caso de que sean incorregibles, igualmente habría que matarlos, pero sin ira.
La razón basta por sí misma, no solo para aconsejar, sino también para obrar. La razón, una vez encuentra la verdad, persiste en ella, mientras que el motor de la ira es inestable y vano. La razón concede plazo para discutir la verdad y quiere decidir lo que es justo; la ira obra precipitadamente y quiere que se tome por justo lo que ella decide, irritándose contra la misma verdad.
LIBRO SEGUNDO
[Se pregunta si la ira es producto del juicio o si brota como impulso
Aunque sí que hay impresiones que no dependen de nosotros (como la sudoración, los escalofríos, el vértigo, etc), los consejos triunfan sobre la ira, la ira es un vicio voluntario, que puede controlarse aplicando la razón de manera correcta.
Se distingue entre el primer arrebato que conmueve el espíritu y la verdadera pasión, que consiste en dejarse llevar por ese primer arrebato y abandonarse a él. La ira no es solo conmoverse, sino que es impulso, y no existe impulso sin el consentimiento del ánimo, el alma siempre conoce estos procesos y los permite. La ira, precisamente, consiste en arrastrar a la razón, en encaminarse voluntariamente al impulso.
Hay tres: un primer arrebato, un segundo que se realiza con voluntad fácil de corregir, que es el primer pensamiento de venganza que nos atenaza, y un tercero que es ya tiránico y vence a la razón. Si bien el primero no puede ser evitado, el segundo movimiento nace de la reflexión, y mediante la reflexión puede ser evitado, y también el tercero.
Debería concederse indulgencia al género humano y no irritarse contra los errores, sino entender que existe la necesidad de errar, y que todos tienen razones y causas para hacerlo, incluido uno mismo. El error es natural, puesto que nadie nace siendo sabio y muy pocos llegan a serlo, y no hay que irritarse contra lo que es natural.
Se niega que la ira sea útil porque infunda temor, puesto que esto igualaría al sabio con una bestia, y el temor tampoco conlleva poder, sino que solamente es terrible y somete al temido a sus propios temores también.
La ira NO es inevitable. Ante la ira deben imponerse la paciencia y la tranquilidad del alma. Además, conservar las virtudes es fácil porque es algo orgánico y natural del hombre, mientras que conservar los vicios es muy costoso. Por tanto, hay que luchar contra la ira, para evitarla.
Los remedios contra la ira son de dos tipos: unos para no caer en ella, y otros para, en caso de haber caído, pasar por ella lo mejor posible y triunfar de ella. La educación es importante, puesto que depende de lo porvenir, y resulta más fácil amoldar los espíritus, que apaciguarlos cuando ya viven con los vicios. La educación debe hacer las almas saludables y no alimentar la ira. Hay que mantener a los niños en el término medio, ni imponerse sobre ellos ni dejarles totalmente libres, ni que fracasen ni que se vanaglorien, etc. Debe evitarse la educación blanda y complaciente, los niños tienen que conocer el temor y el respeto, que nada consigan por la ira.
Los que no son niños, deben combatir las causas primeras de la ira. Causa de la ira es la idea de que se ha recibido una injuria, pero esta idea suele ser falsa, así que no hay que ceder ante ella, sino conceder un plazo para pensar. Hay que dejar en suspenso la ira, para comprobar que esta injuria no es un rumor, ni una sospecha. Para evitar la sospecha hay que juzgar con más benignidad y hacer las cosas más sencillas. Tampoco hay que irritarse por cosas frívolas como el vuelo de una mosca. Debemos tratar nuestro alma con dureza, para que no sienta los golpes si no son muy graves.
Otra tontería es irritarse contra objetos inanimados, de los que es imposible recibir injuria, así como contra animales, que no tienen intención. Así también sucede con los niños, o los desastres naturales.
Es necesario también tener en cuenta que nosotros mismos somos los primeros que erramos y cometemos faltas, así que no hay que ser tan ligeros en indignarse o irritarse ante lo que uno mismo hace o habría hecho en otra ocasión. El examen de nosotros mismos nos hará más indulgentes.
Ya se dijo que es vano irritarse por los rumores que no se han confirmado, pero cuando nosotros mismos vemos esa injuria, hay que examinar el carácter y la intención del suceso. Verás que en muchos casos el suceso tiene una causa y una razón. La mayoría de las injurias las creamos nosotros, y no son más que sucesos infortunados o que tomamos demasiado a la ligera como injurias, cuando en realidad no lo son.
Pero, ¿y cuando creemos que la injuria ha sido injusta y que no hay excusa posible? Las injurias inesperadas vienen de ser demasiado ignorantes o ingenuos. Hay que prever los desatinos y las asperezas hasta en los mejores hombres, que no venga por sorpresa, la naturaleza humana produce errores.
No hay que castigar al hombre porque pecó, sino para que no peque más, en sus penas, la ley no se atiene a lo pasado, sino a lo porvenir. En caso de llegar a la venganza, mejor es llegar sin ira, no porque la venganza nos sea dulce, sino porque es útil. Pero la ira es inútil.
La ira echa a perder la dignidad del hombre, si ya lo hace físicamente, cuánto no hará por dentro.
domingo, 22 de enero de 2017
SENECA. Tratado sobre la Ira. Libro Primero.

SENECA .
Tratado sobre la ira.
Libro primero
I. Me exigiste, caro Novato, que te escribiese acerca de la manera de dominar la ira, y creo que, no sin causa, temes muy principalmente a esta pasión, que es la más sombría y desenfrenada de todas. Las otras tienen sin duda algo de quietas y plácidas; pero esta es toda agitación, desenfreno en el resentimiento, sed de guerra, de sangre, de suplicios, arrebato de furores sobrehumanos, olvidándose de sí misma con tal de dañar a los demás, lanzándose en medio de las espadas, y ávida de venganzas que a su vez traen un vengador. Por esta razón algunos varones sabios definieron la ira llamándola locura breve; porque, impotente como aquélla para dominarse, olvida toda conveniencia, desconoce todo afecto, es obstinada y terca en lo que se propone, sorda a los consejos de la razón, agitándose por causas vanas, inhábil para distinguir lo justo y verdadero, pareciéndose a esas ruinas que se rompen sobra aquello mismo que aplastan. Para que te convenzas de que no existe razón en aquellos a quienes domina la ira, observa sus actitudes. Porque así como la locura tiene sus señales ciertas, frente triste, andar precipitado, manos convulsas, tez cambiante, respiración anhelosa y entrecortada, así también presenta estas señales el hombre iracundo. Inflámanse sus ojos y centellean; intenso color rojo cubre su semblante, hierve la sangre en las cavidades de su corazón, tiémblanle los labios, aprieta los dientes, el cabello se levanta y eriza, su respiración es corta y ruidosa, sus coyunturas crujen y se retuercen, gime y ruge; su palabra es torpe y entrecortada, chocan frecuentemente sus manos, sus pies golpean el suelo, agítase todo su cuerpo, y cada gesto es una amenaza: así se nos presente aquel a quien hincha y descompone la ira. Imposible saber si este vicio es más detestable que deforme. Pueden ocultarse los demás, alimentarles en secreto; pero la ira se revela en el semblante, y cuanto mayor es, mejor se manifiesta. ¿No ves en todos los animales señales precursoras cuando se aprestan al combate, abandonando todos los miembros la calma de su actitud ordinaria, y exaltándose su ferocidad? El jabalí lanza espuma y aguza contra los troncos sus colmillos; el toro da cornadas al aire, y levanta arena con los pies; ruge el león; hínchase el cuello de la serpiente irritada, y el perro atacado de rabia tiene siniestro aspecto. No hay animal, por terrible y dañino que sea, que no muestre, cuando le domina la ira, mayor ferocidad. No ignoro que existen otras pasiones difíciles de ocultar: la incontinencia, el miedo, la audacia tienen sus señales pr
II. opias y pueden conocerse de antemano; porque no existe ningún pensamiento interior algo violento que no altere de algún modo el semblante. ¿En qué se diferencia, pues, la ira de estas otras pasiones? En que éstas se muestran y aquélla centellea.
II. Si quieres considerar ahora sus efectos y estragos, verás que ninguna calamidad costó más al género humano. Verás los asesinatos, envenenamientos, las mutuas acusaciones de cómplices, la desolación de ciudades, las ruinas de naciones enteras, las cabezas de sus jefes vendidas al mejor postor, las antorchas incendiarias aplicadas a las casas, las llamas franqueando los recintos amurallados y en vastas extensiones de país brillando las hogueras enemigas. Considera aquellas insignes ciudades cuyo asiento apenas se reconoce hoy: la ira las destruyó; contempla esas inmensas soledades deshabitadas; la ira formó esos desiertos. Considera tantos varones eminentes trasmitidos a nuestra memoria «como ejemplos del hado fatal»: la ira hiere a uno en su lecho, a otro en el sagrado del banquete; inmola a éste delante de las leyes en medio del espectáculo del foro, obliga a aquél a dar su sangre a un hijo parricida; a un rey a presentar la garganta al puñal de un esclavo, a aquel otro a extender los brazos en una cruz. Y hasta ahora solamente he hablado de víctimas aisladas; ¿qué será si omitiendo aquellos contra quienes se ha desencadenado particularmente la ira, fijas la vista en asambleas destruidas por el hierro, en todo un pueblo entregado en conjunto a la espada del soldado, en naciones enteras confundidas en la misma ruina, entregadas a la misma muerte... como habiendo abandonado todo cuidado propio o despreciado la autoridad? ¿Por qué se irrita tan injustamente el pueblo contra los gladiadores si no mueren en graciosa actitud? considérase despreciado, y por sus gestos y violencias, de espectador se trueca en enemigo. Este sentimiento, sea el que quiera, no es ciertamente ira, sino cuasi ira; es el de los niños que, cuando caen, quieren que se azote al suelo, y frecuentemente no saben contra quién se irritan: irrítanse sin razón ni ofensa, pero no sin apariencia de ella ni sin deseo de castigar. Engáñanles golpes fingidos, ruegos y lágrimas simuladas les calman, y la falsa ofensa desaparece ante falsa venganza.
sábado, 21 de enero de 2017
Los "Contemporáneos" y sus Contemporáneos Por Salvador Elizondo
Los "Contemporáneos" y sus Contemporáneos
Por Salvador Elizondo
De la introducción a la antología MUSEO POETICO,
Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1974.
Con el grupo de poetas llamados "los contemporáneos" pasa un poco lo mismo que con Tablada: es difícil ubicarlos en un punto preciso de la cronología. Así como Tablada o su influencia aparecen a cada momento en toda la historia de la poesía mexicana entre la última década del siglo pasado y la sexta del presente, el grupo de "contemporáneos" conoce un proceso de conglomeración paulatina que va de 1915 en que Carlos Pellicer (1899) publica algunos poemas que encarnan ya un nuevo espíritu indefinido, hasta 1928 cuando la colaboración de todos cristaliza, tras varias tentativas parciales, en la publicación de la revista "Contemporáneos" que aparece desde 1928 hasta 1931 y después de lo cual se dispersan, a partir de un punto común a todos, en direcciones diversas.
Todos ellos nacen entre 1899 y 1905, lo que parece ser el único dato de referencia común; nadie ha puesto en duda el que más que una suma de afinidades, representan "los contemporáneos" la afinidad de algunas diferencias radicales, las diferencias que singularizan a cada uno. Si su obra conoció en cada caso la expresión más alta después de que el grupo ya se había disuelto, en todos ellos tuvo también inicios determinantes antes de que el grupo se expresara a través de las páginas de la revista que le dio nombre. Son, en resumidas cuentas, no menos importantes como grupo que como poetas individuales aunque es importancia ocupa diferentes puntos en la historia de la poesía moderna. El estudiante extranjero que desee complementar sus conocimientos del curso de la poesía en México durante los años en que se formó este grupo de poetas, hará bien en visitar el edificio que aloja a la Secretaría de Educación Pública, en la Calle República Argentina en la Ciudad de México. Podrá admirar uno de los mejores momentos de la pintura mexicana en la obra decorativa de murales al fresco que realizó Diego Rivera entre 1923 y 1928. A la luz de las ideas de este gran pintor mexicano el grupo de "los contemporáneos" se ve severamente criticado en un tablero del corredor sur del patio posterior del tercer piso. Los atributos del "Arte", en la concepción purista de esta expresión: la lira, el laurel, la paleta, etcétera, están siendo barridos por una burguesa que es obligada a ello por una mujer del pueblo armada de punta en blanco. Sobre los "atributos" se doblega la masa obesa de un "contemporáneo" con orejas de burro que recibe una patada en el trasero de un campesino u obrero. El movimiento de "los contemporáneos" representa, en grados muy diversos según la personalidad de sus exponentes, en términos generales, la influencia que habiendo partido de Francia casi simultáneamente, estarían destinadas a no encontrarse más que en un punto situado en el infinito: la poesía pura y el surrealismo. Con el surrealismo culminan las posibilidades de la "imagen poética" , es decir las posibilidades que la poesía tiene de estimular la producción de cosas visibles con los ojos cerrados; en la poesía pura culmina la posibilidad de producir cosas "pensables" por medio de la poesía. La poesía pura es el punto más alto, final de la poesía de la inteligencia, como el surrealismo lo es de la sensación.
Esto no es una casualidad; en especial si tenemos en cuenta las circunstancias precisamente cronológicas. Los años veinte son, en toda su extensión, el campo en que medra el surrealismo, pero en el orden crítico son también los años en que se debate denodadamente una cuestión que había tenido sus orígenes en Poe, sus expresiones más notables en Mallarmé (con todo propósito incluimos en el Apéndice Documental algunas expresiones de esta tendencia) y su etapa polémica a partir de la publicación de Charmes de Valéry, que dio lugar a las expostulaciones por las que el Abate Bremond, en 1926, trató de demostrar ante la Academia Francesa que, para que se cumpla la función de la poesía, no es, de ninguna manera, necesario "entender" lo que el poema dice.
En el orden cronológico común de esos poetas ocupa primer lugar Enrique González Rojo (1899-1939), no menos que en el valor de su poesía, especialmente la que produjo en la última etapa de su vida que no ha sido conocida más que a través de ediciones póstumas y por escasas ilustraciones antológicas. Fue un poeta que manejó con maestría todas las grandes innovaciones, como el verso libre sin perder ninguna habilidad para emplear las formas tradicionales desde el "corrido" hasta la stanza. Es, seguramente, el poeta mexicano que más evidentemente deriva de Valéry en los aspectos formales, que son los menos interesantes en la medida en que son tan perfectos. Se adscribe a la contemplación de la luz y del cristal, categoría imposible del ideal poético, denodadamente perseguido desde su germinación primigenia y término indefinible, último, al que se dirige. Veremos claramente a donde va a dar esta corriente que se empecina por conocer o por describir la luz, en el poema con que se cierra esta antología.
Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949) representa dentro del grupo de los "contemporáneos" una instancia especial. Es, en cierto modo, el primer exponente de una tradición poética que podría llamarse mexicana. Su preocupación principal fue el sueño y éste como expresión de la famosa hipálage: el sueño, mono imitador de la muerte. Su "segundo sueño" tiene una estructura idéntica al "Primero" de Sor Juana, que los alumnos no tardarán en descubrir si leen ambos poemas con atención.
Carlos Pellicer (1899) es el poeta que no dejará tenue huella en el espíritu del alumno extranjero, sobre todo si viene de latitudes boreales o australes. Pellicer es, en el aspecto de su poesía descriptiva una forma que como la de Ortiz de Montellano se remonta a Sor Juana, la de Pellicer se remonta a la de Bernardo de Balbuena (1562-1627), primer poeta que describió y elevó al ámbito de la poesía el paisaje de México, es decir la descripción de algo nuevo. Las metáforas tradicionales para describir la naturaleza no le bastaron a este poeta de exuberante sensualidad y de vehemente panteísmo. En su libro Práctica de vuelo (1956) ha recogido su experiencia religiosa que junto con su visión del paisaje de México y de América constituye la parte más importante de su obra.
José Gorostiza (1901-1973) es de todo este grupo el que en su acepción más amplia, es decir más profunda, merece el título de poeta filosófico si es que esta denominación puede ilustrar en algo el significado ultra-filosófico de la poesía. El sentido de su poema Muerte sin fin ha sido explorado por muchos y las conjeturas van desde la explicación dialéctica del mundo hasta la pluralidad de significado. Hay quienes, en nombre de la "construcción poética pura" afirman que carece de significado y que en ella fondo y forma son la misma cosa indistinta. El alumno podrá sacar sus propias conclusiones después de hacer una lectura atenta del poema. Encontrará, sin duda, que se trata de la descripción de un proceso en que las partes que actúan son la inteligencia y la realidad, que está descrita en sí misma como un proceso apocatástico en el que todas las cosas evolucionan hacia sus orígenes... y "al origen fatal de sus orígenes", que es la muerte.
Jaime Torres Bodet (1902-1974). Es, quizás, de todos los "contemporáneos" el poeta en quien la tradición y la novedad encuentra un equilibrio perfecto gracias a la extrema sencillez y delicadeza de su introspección meditativa acerca de las cosas cotidianas que se resuelve en composiciones de profunda y clara diafanidad. Casi toda su obra es el recuento de su vida, transcrito a un ámbito del lenguaje poético en el que las cosas simples se convierten en reflejo de las cosas complejas sin que apenas nos demos cuenta de ello y como sin querer.
Jorge Cuesta (1903-1941) representa junto con González Rojo y Gorostiza lo que podría llamarse el ala intelectualista de los "Contemporáneos"; poetas que provenían de la tendencia fundada por Valéry a partir de las premisas de Mallarmé. Como en el caso de Díaz Mirón la leyenda de su vida abruma muchas veces la clara comprensión de su poesía, pues pasa siempre por alto su condición profesional que, en resumidas cuentas es la que priva sobre el espíritu de su obra maestra, el Canto a un dios mineral. Cuesta fue químico de profesión y de no escasas inquietudes en ese campo de la ciencia tanto como en el de la poesía, esa otra ciencia de la que Valéry decía que era la más exacta de todas. El gran poema de Cuesta proclama claramente esta preocupación fundamental; se trata de un poema acerca de los estados y transformaciones de la materia inerte. El vocabulario alquimístico no contribuye en pequeña medida a la construcción de este poema que concibe la alquimia como lo que se ha revelado que realmente era: la ciencia de la transformación simbólica de la materia, es decir de la química como ciencia de los símbolos, una concepción que no dista mucho de las que se sustentan actualmente en el aspecto teórico y matemático de todas las ciencias. La lectura acuciosa de su poesía no tardará en revelar el fundamento de esta aseveración.
En Xavier Villaurrutia (1903-1950) el movimiento poético de los "Contemporáneos" obtiene su grado más expresivo. Como en Torres Bodet entroncan en la obra de Villaurrutia a la vez que una tradición que se remonta al período barroco de la poesía mexicana y su conceptismo, la novedad de la imagen, pero sin fundirse, conservando cada una de estas formas sus límites precisos dentro de la obra total de Villaurrutia cuyo único denominador común es tal vez la preocupación, como en Ortiz de Montellano, del sueño. Pero si para este poeta el soñar es una "técnica" para ahondar en el misterio y descubrir lo impensado, para Villaurrutia el sueño es una cosa desligada del soñador, una construcción que se erige a sí misma por medio de imágenes que son, a su vez, el resultado de una combinación verbal. La preeminencia de la sensación como valor poético y del juego de palabras y la redundancia expresiva son, en la poesía de Villaurrutia, la reminiscencia de la manera más consumada de López Velarde.
Salvador Novo (1904-1974) es el poeta de este grupo de expresión más variada y de obra más rica; ésta abarca desde poemas escritos a los once años en los que ya es claramente visible lo que habría de ser uno de los caracteres más evidentes de su poesía: la ironía, que será una de las constantes (o variables) más interesantes de la poesía mexicana más reciente que fructifica en el género del epigrama, como veremos un poco más adelante. Pero contra lo que se pudiera pensar en el sentido de que Novo ha sido quien introdujo el humor y la sátira en el curso de nuestra poesía, como consecuencia de su conocimiento de la poesía inglesa por conducto de la cual pudo introducir un especial prosaisismo en la lengua española, no debe impedir que advirtamos que Novo es esencialmente un poeta desencantado en quien la ironía y la desilusión están dirigidos hacia la banalidad de la sociedad contemporánea cuya vida ha sido el tema de su obra durante los últimos años. Los alumnos extranjeros encontrarán en su poesía un reflejo bastante legible de la frivolidad y de la estupidez que el poeta encuentra en casi todos los grandes acontecimientos de nuestra historia reciente.
Con Gilberto Owen (1905-1952) se cierra el ciclo de los "Contemporáneos". Su obra admite una distinción tajante: la que por una parte pone su espíritu plenamente identificado con la vanguardia de sus primeros años de poeta, en que priva muy claramente el espíritu del surrealismo y la vanguardia, y la segunda, de la que son producto sus poemas de mayor introspección meditativa en que a partir de los temas bíblicos consigue algunas obras notables, como los poemas que componen el Libro de Ruth (1944). Damos aquí algunas muestras de las dos maneras esenciales de este poeta, el más joven de su grupo.
Y ahora una precisión cronológica para definir los vagos límites de esta escuela o grupo poético: La revista "Contemporáneos" que dio el nombre general de estos poetas se publicó entre 1928 y 1931. Algunos de ellos se habían dado a conocer antes de la iniciación de la publicación de esta revista. Después de 1931, los "contemporáneos" siguieron rumbos diferentes y sus creaciones más importantes no se dieron sino entre 1935 y 1945, cuando ya el grupo se había vuelto legendario. Fuerza es tener en mente que la importancia fundamental de este período de la poesía mexicana se caracteriza por la asimilación de ciertas ideas -ideas de enorme importancia- en el desarrollo no de una entidad limitada que la nacionalidad hubiera calificado como "la poesía mexicana", sino que justamente por sus caracteres propios se inscribía ya plenamente dentro del orden de la poesía universal. No se puede negar que la poesía de los "Contemporáneos" representa el espíritu de nuestra poesía, si no en su más alto grado de originalidad, sí en su diapasón más amplio de universalidad y aliento cosmopolita.
Otros poetas medraron paralelamente a los "Contemporáneos" en la arca Arcadia mexicana de los años treintas y cuarentas. Algunos de ellos como Elías Nandino (1903) siguieron de cerca las huellas de los "Contemporáneos"; otros, en quienes la poesía mexicana ha conocido algunos grados de su mayor excelencia, fueron los poetas católicos Alfonso Méndez Plancarte (1905-1955) de quien hemos incluido en esta antología un prodigioso soneto bisílabo y Manuel Ponce (1913) de quien incluimos algunos poemas sagrados de atrevidísima técnica. Sus "Misterios" son la asimilación de la técnica del jaikú -que Tablada había introducido en 1918 a la técnica de la poesía en español- a la poesía sacra o litúrgica. El bellísimo poema Ojos de Cristo nos remite claramente a los orígenes de nuestro lenguaje poético y al "Madrigal" de Cetina con el que se inicia la presente antología.
Hemos incluido en el Apéndice Documental algunos poemas de otras lenguas que consideramos que pueden esclarecer el sentido general de la tendencia de la poesía mexicana durante el período que vio el encuentro y la dispersión de los "Contemporáneos". Poetas avocados a la pureza y a la autonomía del poema, fue quizás Paul Valéry su paradigma. De él damos allí su famoso Le cimetiêre marin. De su maestro Stephane Mallarmé damos la versión original de Le tombeau d'Egar Poe que los alumnos podrán comparar con una excelente versión española debida a Jorge Cuesta, en la sección correspondiente de este poeta. Asimismo damos en la Sección Documental dos versiones contemporáneas del poema de Mallarmé al inglés. Los alumnos extranjeros de esta lengua seguramente las encontrarán esclarecedoras del sentido que universalmente ha cobrado la poesía a partir de ese momento.
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