miércoles, 12 de noviembre de 2025

CERVANTES, GOETHE, FREUD FRAGMENTO THOMAS MANN

 


Thomas Mann es —cronológica y cualitativamente— el primer gran nombre universal de la ficción en lengua alemana. Los novelistas germánicos del siglo yOCX no lo• graron en ningún caso traspasar las fronteras nacionales —Raabe, Spielhagen, Fontaine. Ni siquiera en la ¿poca naturalista, durante el periodo novelesco europeo por ex celencia, las letras germánicas incorporan un nombre que pueda aparearse con los de los grandes maestros ru sos, ingleses, españoles, franceses, italianos. Esta prioridad absoluta de Thomas Mann en la dimensión universalista subraya aún más, por lo tanto, el hecho actual que este gran escritor haya sido forzado a romper con su comu• nidad nativa. Sucede también, por análogas razones paradójicas —calificándolas sólo literariamente—, que una'de las cau sas esgrimidas por los detentadores de su pais contra Tho mas Mann —su ascendencia mezclada, su semialemanis- mo— sea quizá precisamente el factor étnico y espiritual que más felizmente ha pesado en la integración de su mentalidad artística. 

Achácanle los anticientíficos “ra cistas” —por calificarlos sólo de un modo riguroso— el hecho de que su sangre no sea “pura”, de que entre sus progenitores figuren americanos... Ciertamente, su madre, Julia Bruhn da Silva, había nacido en el Brasil y era hija de un alemán, establecido allí, con plantaciones, donde casó con una criolla de san- gre india y portuguesa. En rigor, de esta vena hereditaria, combinada con la progenie paterna —su padre, negocian te y senador, burgomaestre y personaje en Lübeck— se ha enorgullecido siempre Thomas Mann, explicando, me• diante tal influjo, la dicotomía de su espíritu, inclinado por una parte hacia el lirismo, el sentido humano y vital del sur, y por otra hacia la abstracción y la reflexividad nórdicas. 

Además, no deja de ser significativo que, una vez muerto el padre, el futuro novelista, buscando su liberación par el arte, se desplazara hacia el mediodía, eligiendo Munich como residencia y pasando después a Italia, a Roma, donde comenzó a escribir Los Budden- brooks> su obra maestra de juventud. Pero su esfuerzo y el sentido intimo de su obra tendieron siempre a conciliar entrambos elementos, lo- grando asi incorporar un matiz diferente a la tónica li teraria germánica. No apunta a otra meta ese personaje, en el cual —como novelista subjetivo, al cabo, y en gran parte autobiográfico— siempre se ha representado par- cialmente Thomas Mann, ya ostente los nombre de Christian Buddenbrook, Gustav von Aschenbach, Hans Castorp o Tonio Kroger. Precisamente, en un pasaje de la novela epónima, este último confiesa: “Yo quise re- presentar en el sur la esencia de toda loca aventura y la pasión por la creación artística; en el norte simbolicé la cordialidad y el calor del hogar y el sentimiento pro- fundo y tranquilo de la sincera humanidad". Reflexiónese un momento sobre esas últimas pala bras y se comprenderá la cruda decepción, el tremendo desgarramiento que habrá experimentado Thomas Mann al verse obligado a rectificar tal concepto de sus lares. De ahí que la ruptura, el paso del esteticismo a la acción, su muda de apolítico en militante no se produjera en él brusca o pasionalmente, sino de forma gradual y se- rena, a medida que los acontecimientos fueron enfrontán dole riesgos y problemas. Más adelante recapitularemos las fases capitales de su tan significativa evolución. 

Por el momento! nos interesa señalar como otros ran gos definidores de su espíritu, conciliador en el fondo, pero sacudido siempre por corrientes hostiles, la duali dad, tan presente en su obra, del artista y del burgués, con la secuencia de otras oposiciones correlativas entre la serenidad goetheana y el demonismo germánico, entre cultura y civilización, decadencia y ascensión. Choque po lémico de conceptos, conjugación dialéctica de corrientes no expuesta fríamente, por modo abstracto o alegórico, sino corporizada, humanizada plásticamente en sus no- velas y ensayos y que viene a ser el plasma nuclear del vasto organismo que figura su obra total. Véase un ejemplo: Gefallen (Calda) se titula augu- ralmente su primer cuento; novela de una decadencia pudiera ser el subtítulo de Los Buddenbrooks; decaden cia acusa la morbosidad pantanosa de La muerte en Ve- necia y como apología de la destrucción purificadora, de la enfermedad que toma conscientes a los seres, puede considerarse, en cierto modo, La montaña mágica. No en vano, en un pasaje de Los Buddenbrooks, Thomas Mann se definía a si mismo como “el novelista e intér prete de la decadencia, que ama la verdad patológica y la muerte; el esteta atraído por el abismo”. En esa robusta saga —publicada a los veinticinco años, en 1905, fruto maduro de una excepcional juventud— se describe minu ciosamente —con un “tempo lento” que presagia al prous- tiano y con una técnica de aire ya más expresionista que naturalista— la historia de una familia patricia hanseá- tica, que puede ser la del autor, y que es, al mismo tiem po, la familia típica de la gran burguesía alemana antes de 1870. 

Cuando después de haber hecho desfilar la vida de tres generaciones, a través de una serie de densas at mósferas —dando una sensación maciza y flúida simul táneamente del tiempo—, el novelista cierra la parábola sinfónica del relato presentándonos el ocaso de la dinastía de comerciantes, con la lucha entre el espíritu de esa índole representado por Thomas, y el artístico y vaga roso por Christian, la postrer perspectiva muestra el re- florecimiento triunfal de este último linaje en el pequeño Hanno. No importa que el niño, el débil descendiente de los hanseatas pueda morir; "el autor —señala Félix Bertaux— como antaño el autor de Werther ha encon- trado en la robustez de su fondo la fe en la vida y el valor de vivirla”. La arquitectura ciclópea de ese libro, la multiplicidad de episodios en que se desenvuelve — toda la continuidad inexorable del vivir, registrada en na cimientos, casamientos, muertes—, el aparente objetivis mo del novelista —nunca distante o frió, siempre próximo y teñido de intenciones— no logra ocultar empero el claro simbolismo de tal desenlace. Luego la decadencia que noveliza Thomas Mann es, como ya se advirtió, asimismo una ascensión: deca dencia del espíritu burgués y nacimiento del espíritu ar tístico: en suma, la traslación narrativa del proceso se guido por la propia familia del autor, que cuenta hoy no sólo con otro poderoso novelista, su hermano Hein- rich Mann, sino cón los nombres más que prometedores de dos hijos de Thomas Mann: Erika y Klaus. Solamente visto a la luz de su ancestral sentimiento burgués puede darse el calificativo de decadencia al paso desde lo em pírico a lo espiritual. Tránsito que desdoblado en otro concepto pudiera equivaler al franqueo de la distancia entre cultura y civilización. ¿No está ahí, en suma, la raíz del drama protagonizado por Thomas Mann, en los años que van desde la primera a la segunda guerra mun dial? iNo es ese mismo, en un plano más vasto, él paso que debiera haber dado su país, desde la cultura a la civilización, fiel al espíritu weimariano de 1775 y de 19197 iNo estará en el apartamiento de esa meta el ori gen histórico de todos sus desastres, y —lo que importa más— la raíz de los que ha hecho padecer a Europaf Cultura, ávilización. La antítesis supera actualmente su inicial enunciado francés y se toma universal. Que, si bien con fines polémicos, esa Cacareada Kultur haya pasado a ser poco menos que sinónima de barbarie, no deja de ser revelador.

 Siempre contraponiendo ambos con ceptos, pero más objetivamente —desde un punto de vis ta equidistante, por un alsaciano, Maurice Betz (Por- trait de l'Allemagne)— se ha definido la cultura como el alma de una sociedad, la actividad creadora del espíritu, en tanto que la segunda es su realidad carnal, su pre sencia viva y múltiple. Inclusive un puro alemán —cierto que en el fondo disidente, Ernest Robert Curtius (Essai sur la France)— señalaba que mientras la cultura repre sentada por Alemania es particularista y destructora, ya que se expresa en los vuelcos históricos, en la Sturm und Drang, la segunda, encarnada en Francia y en los demás países europeos, es universal y constructiva, puesto que tiende a dar normas generales. “¿Por qué esa cultura — venía a preguntarse últimamente Albert Béguin; segui mos dando testimonios fronterizos: se trata de un ger manista suizo— no ha podido expandirse y transformarse en civilización?**. “¿Por qué Alemania —agregaba— se ha alzado periódicamente, desde hace tres siglos, contra toda forma de ecumenismo o de universalismo, para afir mar cínicamente su separación, aún más, su orgullosa pretensión de imponer una “verdad” exclusivamente na cional?”. Ahora bien, no es lo más grave esta insolidaridad, sino la persistencia indefinida d& ciertas fuerzas demo niacas y destructoras que en la literatura y en el arte pueden hallar un cauce original —e incluso asumir for mas de grandeza— pero que en la vida política sólo son capaces de desembocar en la catástrofe.

 “Hay que con fesar —escribe un ario disidente, Ernst Erich Noth (L’homme contre le partisan)— que este país repugna ex trañamente a todo lo que podría asignarle limites pre cisos y formas durables; por un movimiento fatal vuelve espontáneamente al desorden y tiende a la catástrofe.” ¿Será posible todavía, en vista de tan unánimes tes timamos, y aún más, de tos múltiples y cruentos qué nos aporta lo germánico desde 1933, seguir divagando inge nuamente en torno a las “dos Alemanias99, repartiendo cargos y exculpaciones en un terreno uniforme, donde en realidad sólo el capricho o la generosidad pueden fijar mojones fronterizos? No s e contestaba categóricamente el ya citado Albert Béguin, quien rindió testimonio a lo mejor y más protervo a la vez de la literatura alemana, a sus poetas románticos, en L’áme et le réve—. “No hay dos clases de alemanes, unos buenos y débiles, otros mal vados y fuertes. Y eso es lo grave: son los mismos alemanes quienes han dado a la cultura europea una poesía, una música, un pensamiento irreemplazables y quienes se han encarnizado en arruinar la civilización común de Euro pa, en zapar las bases de todo universalismo!9 Y argu mentaba con el ejemplo de Achim von Arnim, quien a la par de vivir en su poesía una gran aventura espiritual era un galófobo rabioso y un ciego antisemita, y con el de Novalis, dueño de no menor fortuna literaria, quien soñaba con una Europa sometida a la férula alemana• Pudieran agregarse a éstos el caso parejo de Holderlin, sin acabar con él la lista, y sin necesidad de exhumar los textos contradictorios de Nietzsche. Albert Béguin, por su parte, concluía que las “élites99 alemanas son ab soluta e indivisiblemente responsables. 

Como único tes timonio del otro bando, del francamente hostil, recorda remos que Julien Benda —en quien lo francés no quita en ningún trance lucidez y rigor a su mente— resumía una argumentación severa afirmando que “la moralidad —la estética— de la barbarie parece ser monopolio de la conciencia alemana99. La dolorosa conciencia de tal verdad, constituye sin duda el torcedor intimo de un espíritu tan clarividente como Thomas Mann. Que ello sólo se le haya presentado con netitud en los últimos años nada arguye, más bien lo contrario, contra la Sinceridad y el dramatismo ma nifestado al expresarlo en sucesivas y graduales etapas. 

 En efecto, no podemos olvidar la actitud adoptada por Thomas Mann, durante la primera guerra europea, en contraste con su hermano Heinrich. Mientras este último —fustigador del imperialismo prusiano en su trilogía no velesca Der Untertan, Die Armen, Die Kopf— defendía los valores de un humanitarismo internacional, junto con el grupo activista —Die Aktion—, Thomas Mann, por aquellas fechas, en un ensayo sobre Federico y la gran coalición, venía a enrolarse, indirecta pero sumisamente, en la tesis prusiana de la necesidad de una guerra pre ventiva impuesta a Alemania... Otro espíritu reflejaban ya sus Reflexiones de un apolítico, aparecidas al finali zar la contienda, y donde ascendiendo al plano de las especulaciones generales se planteaba nuevamente el clá sico problema de Fichte y de Nietzsche: ¿Qué es lo ale mán? Al confrontar una vez más los dos conceptos de cultura y civilización, de germanismo y latinismo, ads cribía al primero la música, el protestantismo, la noción del deber, en tanto que identificaba el segundo con el sentido social, la democracia y la literatura.' Pero ya en 1930, ante las broncas amenazas del ho rizonte alemán, hubo de pronunciar una conferencia en Berlín, bajo el lema “Un llamamiento a la razón”. Aun que seguía rechazando el “implacable activismo social” declaraba, no obstante, superada la etapa schilleriana del “puro juego” y ponía al descubierto las entrañas del nazismo en fermentación, describiéndolo como la resul tante de una mezcla de “romanticismo político trasno chado”, de una “difusa y delirante barbarie intelectual” y de una “primitiva brutalidad de feria, a cargo de masas seudodemocráticas”, concluyendo con un gran elogio del político más odiado por ellas, Stressemann. Pasaron nuevamente algunos años, muy pocos. 

Un día, al comienzo de 1937, transcunidos ya cuatro desde el asalto hitleriano, pero sin haber mariifestado apenas su oposición a ese régimen más que por un preventivo alejamiento de Alemania, el autor de La montaña má gica, encontrándose a las orillas de Kusnacht, el lago de Zurich, recibió una comunicaóión del rector de la Uni versidad de Bonn, despojándole de su grado de doctor honoris causa, “a causa de la excomunión nacional” re caída sobre él. Fué entonces, sólo entonces, cuando Tho mas Mann, tras replicar, ante todo, con el nombramien to de otro doctorado honoris causa que le había discerni do la Urtiversidad de Harvard —cabalmente por el hecho de “haber Resguardado con un número muy pequeño de sus compatriotas la alta dignidad de la cultura alema na”— definió categóricamente su oposición al nazismo. Entendamos bien su caso, al cabo, el de todo autén tico, innato artista, sin miras ambiciosas extraespiútua- les, sensible al mundo externo, si, pero al mismo tiempo consciente de sus propios limites. Ahora bien, esto era antes; un antes que no por inmediato en el tiempo deja de ser ya anacrónico en los hechos. Un antes en que existían para el artista y el intelectual dos orbes riguro samente demarcados: el privado y el público. Pero la brutal presión de este último determinó en pocos años un cambio completo. El mundo público, de todos, incidió alevosamente en el mundo piivado de cada uno y se vi nieron abajo las antiguas fronteras entre ambos según ha observado tan bien Archibald MacLeish en Los irres ponsables.

 De esta suerte Thomas Mann reconoce que asi como hace veintitantos años —en la época de sus Refle xiones de un apolítico— se opuso con todas sus fuerzas a la actividad política, en nombre de la libertad y de la cultura, ahora acepta sin empacho que “la burguesía ale mana” —esto es, él mismo, como su más preclaro repre sentante intelectual— “se había equivocado al creer que un hombre culto puede seguir siendo apolítico...; que lo político y lo social son partes de lo humano; que per tenecen a la totalidad de los problemas humanos y deben ser incluidos en el todo”, ■ '! " Y desde entonces Thomas Mann, sin abdicar para nada de su rigor novelístico, supo desdoblarse en un militante antinazi más —es decir, el número 1 por su autoridad—. 

En Estados Unidos —cuya ciudadanía ha adoptado, después de gozar algún tiempo la de Checo eslovaquia, mientras existió este país— se lanzó con todo ímpetu a una campaña de esclarecimiento. Veintitrés ciudades escucharon su conferencia El triunfo final de la democracia. Numerosas charlas radiotelefónicas, recogi das en un libro posterior —junto con los folletos Esta paz y Esta guerra— testimonian su combativa y generosa actividad. i ' Si me he deteriido en este aspecto de Thomas Mann es por considerar su caso extraordinariamente significa tivo. Ilustra como ningún otro la evolución de un clerc, de un intelectual arquetípico —cuya conciencia refleja otras semejantes— desde el plano de la idea hasta el de la acóión. Y no se olvide en ningún momento la forma ción, el medio, las circunstancias de su vida anterior; no se olvide que este escritor según él mismo escribía en su memorable carta de réplica a la Universidad de Bonn— **ha nacido más para atestiguar en la serenidad que en el martirio, para aportar al mundo un mensaje de paz antes que para alimentar la lucha y el odio”. Pero ya se ha demostrado —y su caso lo ilustra insupe rablemente— que ni aun las más serenas vocaciones, los espíritus más en el fiel de la balanza pueden mantenerse inmunes ante la ola arrolladora. Su caso, su ejemplo merecen relieve y se ajustan exactamente al mensaje de Bergson: “Obra como pensador y piensa corno hombre”. 

 Si mi propósito en este prefacio fuera más allá de trazar una sobria recapitulación de los rasgos principates —no por ello los más habitualmente recordados— que de finen la personalidad de Thomas Mann, superfluo es ad vertir el espacio considerable que habría de consagrar a la novela que fué y sigue siendo su obra maestra de ma durar y que le valió el Premio Nóbel: La montaña má gica. Pero no en vano ha sido calificada más que com)p\ novela como una “summa” de nuestro tiempo. La diver- sidad de temas que en ella se abordan, y aún mis, la hondura, la intensidad con que son presentados, solici tarían muchas páginas para su exposición y análisis. Que den, pues, éstos para otra coyuntura. Aquí, únicamente, levantemos el reproche más co mún que se dirige a La montaña mágica y que alude a su extensión. 

Se trata, en efecto, de una novela larga, más bien densa, pero sin superfluidades, cuya dimensión se justifica por las mismas dimensiones insólitas que vi ven sus personajes. Situada cronológicamente en el ori gen de las “novelas-ríos” ha querido contraponérsele la “novela-cápsula”. Pero acontece que también en esta se gunda medida Thomas Mann se desenvuelve con la mis ma maestría. Poco más de cien páginas tienen otras no velas suyas, como La muerte en Venecia, Tristán, Tonio Króger, El pequeño Sr. Friedeman, Desorden, Félix Krull y —“last but no least”, al contrario— Mario y el encan tador. A las dimensiones corrientes se ajustan otras, como Alteza Real y Carlota en Weimar. Así pues, refutando a los lectores —o semilectores— falsamente apresurados, imbuidos de un cómodo con cepto rapidista, adulados en su pereza por la revista sin tética y otras formas de pseudoyanquismo superficial y pegadizo, podrá evidenciarse claramente cómo siendo un noruelista y narrador diestrisimo en dimensiones Umita- das, no hay nada de capricho, locuacidad o alarde gigan- tomáquico en la robusta extensión que ha dado tanto a Los Buddenbrooks ya La montaña mágica como a la tetralogía José y sus hermanos, aún inacabada, de la que van publicados tres volúmenes. Todo lo que hay en Thomas Mann de ensayista, de espíritu reflexivo y especulativo, según se advierte en las páginas de sus ficóiones, se manifiesta más holgada mente y adquiere expresión autónoma en sus ensayos. Entre los más felices, espigados en distintos libros, quizá figuren los que hemos reunido en este tomo, y cuya unidad no está solamente en la talla egregia de los modelos elegidos —Cervantes, Goethe, Freud— sino en la correspondencia y ejemplo que de la agrupación pue da inferirse, dada su unánime y afín cualidad de gran des libertadores del espíritu. 

 Guillermo de T orre

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