sábado, 13 de junio de 2026

Al-Hamadání Venturas y desventuras del picaro Abü l-Fath de Alejandría (Maqamái) Alianza Editorial




 Abü 1-Fath Ahmad ibn al-Husayn al-Hamadani, también 

conocido por el apelativo de Badi‘ az-Zaman (La maravilla 

del tiempo) nació en la ciudad de Hamadán (la antigua 

Exbatana) en Persia, en torno al año 968 de J.C. Conoce

mos pocos detalles de su vida, pero sí los suficientes para 

poder trazar un esquema mínimo que nos ayude a situar al 

autor en su contexto histórico y social. Su familia debía de 

ser de orígenes modestos —dado el silencio a que el 

escritor la somete—, si bien él mismo se vanagloria de su 

ascendencia árabe.

La infancia y juventud de al-Hamadanl transcurrieron en 

su ciudad y parece que en sus primeros años —al igual que 

su familia— perteneció a la $ ?a, aunque en los últimos 

tiempos de su vida pudo haberse hecho sunní. Sus estudios 

se vieron favorecidos por una memoria y capacidad de 

trabajo sorprendentes, lo que le permitió andando el 

tiempo realizar ejercicios brillantes y preciosistas que 

pasmaban a los contemporáneos, pese al escaso valor

literario que - con justicia— hoy día les otorgamos, a 

saber: escribir una carta cuya lectura al revés lleve ya la 

respuesta, o componer un texto sin utilizar ciertas letras o 

grupos de ellas, o servirse de la ambigüedad semántica para 

que tenga significados contradictorios, etc. En definitiva, 

constituía la cima del rebuscamiento estilista según los 

cánones admitidos y proclamados de su época, por lo cual 

es coherente que él mismo viniera a censurar —y menos

preciar— acremente el estilo de al-Yáhi?, el ^gran prosista 

de la centuria anterior (véase Cuadro de al-Yáhi? en esta 

obra) por estimarlo desnudo, en exceso conciso y escaso de 

ampulosidades retóricas.

Su principal maestro fue el filólogo Ibn Faris, autor de 

un tratado gramatical y de un diccionario de gran trascen

dencia. Maestro y discípulo sostuvieron a lo largo de su 

vida una estrecha relación. Buen conocedor del persa, su 

fuerte, sin embargo, fue un excelente y profundísimo 

dominio de la lengua árabe, llave inevitable entonces para 

desempeñar un destacado papel cultural, literario, adminis

trativo o de relevancia social. Su finura, elegancia y buen 

aspecto físico coadyuvaban igualmente —conjuntando las. 

«virtudes» cardinales que se esperaban de un hombre 

distinguido— a facilitarle la entrada en los salones y en las 

reuniones refinadas.

Así pues, aunque Hamadan era una ciudad de cierta 

importancia, a los veinte años las ambiciones de Bad7‘az- 

Zamán le inducen a trasladarse a Rayy, capital del sultanato 

Buyí del norte de Persia. En Rayy la literatura y las artes 

florecían, en especial los estudios sobre las tradiciones del 

Profeta (l]adit_); la vida intelectual desempeñaba un impor

tante papel en las manifestaciones sociales y se acogía con 

los brazos abiertos a los literatos. Al-HamadánT se acogió al 

mecenazgo del visir Ibn ‘Abbád —también escritor de 

cierto talento— y se introdujo de lleno en la vida literaria.

No obstante, durante su estancia en Rayy no sólo se 

dedicó a frecuentar salones de nobles o cenáculos exquisi

tos: aprovechó la ocasión para entrar en contacto con los 

truhanes locales y con el poeta bohemio Abu Dulaf. Es 

significativo resaltar esta faceta lúdica en la biografía de al- 

Hamadanl, porque seguramente determinó en gran medida 

la concepción y desarrollo posterior de su gran obra, las' 

Maqamat. Porque estos contactos, quizá profundos, con los 

bajos fondos o con gentes que bordeaban el hampa, habrían 

de conformar una visión pesimista y escéptica de su obra 

impregnando las maqamat de ironía, desesperanza y —¿por 

qué no?— de un tono utópico de deseo de regeneración, 

punto sobre el que volveremos. En ese ambiente pudo 

nacer, tal vez, la misma idea de componer las primeras 

maqamat.

Se ignoran las razones por las cuales al-Hamadanl 

abandonó Rayy. Blachére, muy plausiblemente, supone más 

que sugiere que unas eventuales diferencias con el visir Ibn 

‘Abbad pudieron forzar la marcha del escritor de una corte 

en la cual, por otros motivos, debía encontrarse a sus 

anchas. Desde Rayy se traslada a Yuryan, a orillas del Mar 

Caspio, donde se relaciona con los ismailíes (secta extremis

ta de la S7a predominante en la región), pero finalmente en 

992 marcha a Nisapur, en el Jurasán, atraído por el brillo 

intelectual y la fama que la ciudad expandía, sumida por otro 

lado en un proceso de decadencia política, paradójico 

fenómeno varias veces repetido en la historia del Islam: 

pensemos en que la mayor brillantez cultural de al-Andalus 

cuaja en paralelo (a partir del siglo XI) con su declive 

militar y político.

En la época (siglo X, recordémoslo) Nisapur, junto con 

Balj y Herat, constituía uno de los principales focos 

culturales del mundo islámico y atraía a innumerables 

gentes mitad literatos, mitad buscones que en ella espera

ban alcanzar fama y riqueza. Una base social adecuada 

propiciaba que allí acudieran: una burguesía opulenta, 

tibios sentimientos religiosos y, como en otras grandes 

ciudades islámicas coetáneas, un populacho 

inducido por

la necesidad— pronto a la rebelión y a pescar en río 

revuelto. Buen caldo de cultivo todo ello para un escritor 

sin excesivos escrúpulos, con excelente conocimiento del 

árabe (vehículo incomparable para que se le abrieran las 

puertas distinguidas y elegantes) y genio capaz de recrear el 

mundo que le circundaba.

En Nisapur establece relación con varios personajes 

locales (el poeta Ibn al-Marzubán, el muftí $u‘lük! y con la 

familia Mikáll) que le serán de gran utilidad. Allí surge 

enseguida una rivalidad literaria con al-Juwárizm!, sólo 

truncada por la muerte de éste. Y es quizá la victoria moral 

en las justas literarias contra al-Juwarizml (que estaba en su 

cénit) el punto de arranque de la fama de al-Hamadán!. Y es 

también el momento en que se engolfa en una serie de 

viajes en los que recogería ideas y materiales y que vinieron 

a constituir otros tantos triunfos para su fama. No es fácil 

seguir sus itinerarios en esa ocasión, pero sí sabemos que se 

aposenta en Zarany, capital del Seistán (o Siyistán), donde 

ejerce como panegirista del emir Jalaf hasta la caída de éste, 

para —quizá— trasladarse a continuación al servicio del 

emir Mahmüd de Gazna. Por último, se instala en Herat, 

donde contrae matrimonio con una mujer rica, adquiere 

tierras y cimenta una considerable fortuna personal, vivien

do una vida tranquila y feliz (aja cual no faltan alusiones 

subterráneas en las Maqamát: ‘Isá ibn Hisam en algunas 

compra tierras, establece negocios, sienta la cabeza, en 

suma), cuyos detalles y decurso ignoramos. Fallece el 

viernes 11 de yumádá II del año 398 H. (22 de febrero de 

1008).

A mediados del siglo X Bagdad conserva su prestigio 

como capital espiritual (a la sazón sede del Califato) y 

cultural, pero en buena medida debe compartir su papel

con Nisapur, Balj, Alcpo, Rayy, Hamadan, I$fahan, Siraz, 

El Cairo o, incluso, en el Occidente, con la Córdoba 

esplendorosa de ‘Abd ar-Rahman III y al-Hakam II. La 

fragmentación política del Islam es un hecho aceptado 

desde hace tiempo y los príncipes independientes establecen 

cortes literarias y gustan de ejercer como mecenas, atrayén

dose a una pléyade de escritores y buscones que deambulan 

entre los centros de poder. El mecenazgo llega a convertir

se en moda al imitar las gentes acomodadas a los emires. 

Poetas y sabios se someten al servicio de estos personajes a 

cambio del sustento y de alcanzar protagonismo social. En 

el siglo X, consiguientemente, se afianza y desarrolla toda 

una corriente literaria centrada en temas profanos, una vez 

establecidas las bases de la literatura religiosa que la so

ciedad islámica precisara en sus comienzos. En ese siglo X 

las reuniones de gentes cultivadas favorecen el brillo de 

individualidades destacadas y espíritus bien dotados para la 

creación. Discutir, recitar, sorprender con los propios 

conocimientos es un ejercicio socialmente remunerador. 

Los temas abordados son tanto poéticos como filológicos, 

de Gramática como de Filosofía, sin faltar narraciones de 

visos moral i/adores o picantes. En ocasiones, surge el 

debate entre los presentes: se analiza, despieza, critica, 

elogia un determinado poema, así como las buenas o malas 

condiciones de su autor, siendo indispensable para tales 

lucimientos una excelente memoria —entonces muy poten

ciada y utilizada por la precariedad de los medios de 

conservación del pensamiento—, una erudición a toda 

prueba y un espíritu vivaz para improvisar o repentizar las 

contestaciones. Escenario éste sin cesar reiterado en las 

maqámát, como veremos. A la par que se favorece esta 

«literatura de salón», sigue su camino independiente, pero 

no aislada, la literatura «de la plaza pública»: los sermones, 

discursos, relatos, refranes, que en esa época van a confluir 

en alguna medida con las letras cultas. Y serán las rnaqámat 

a través de sus temas, personajes, lengua y autores uno de

los principales nexos de contacto entre ambas manifesta

ciones.

Régis Blachére avanza la hipótesis de que desde el último 

cuarto del siglo IX, en Iraq y especialmente en Bagdad, los 

cenáculos refinados habrían aceptado una nueva forma 

literaria, especie de relato, cuyas líneas maestras serían la 

preocupación por el estilo y la atención al marco literario, 

constituyendo esta Jorma el preludio de la aparición de la 

maqáma, que vendría a configurarse, a través de una 

evolución ulterior, en los términos en que la plasmó al- 

Hamadanl. Sin embargo, respecto al origen de la maqáma 

—como suele ocurrir con la mayor parte de los géneros—, 

sólo podemos movemos entre conjeturas e intentos de 

aproximación, a partir de la información fragmentaria de 

que disponemos. Sabemos, sí, que a fines del siglo X (tal 

vez en 992-3) al-Hamadánl alumbra las Maqamat, cuentos 

cortos que, bajo la apariencia del preciosismo literario y la 

fabulación, exponen un problema social o retórico; mas una 

vez descartada la creación ex-nihilo, es decir la «invención», 

pocas seguridades más nos ayudan a esclarecer el problema, 

porque si es plausible esbozar los medios sociales e 

intelectuales que posibilitaron el nacimiento de la maqama, 

su caldo de cultivo, no lo es tanto desentrañar los datos 

correspondientes al nacimiento mismo del género.

Margoliouth primero1 y Z. Mubárak2 después extrapo

lando un texto de al-Hu§rí (siglo XI) pretendieron que el 

creador del género habría sido Ibn Durayd, autor de un 

Libro de los cuarenta cuentos, en el cual se habría inspirado al- 

HamadánT. La crítica de Blachére3 sobre el particular parece

1 Ya Prendergast en la Introducción (15) a su traducción menciona la

adjudicación de la «invención» a Ibn Durayd a través de al-f.lujn.

1 Mubárak establece taxativamente la para él indudable relación genéti

ca entre Ibn Durayd y las Maqamat de al-l lamacjani (La prose arabe au

quatneme nicle de /'I légtre, 86 y ss.). En cierto grado, pero sin comprome

terse mucho, la tesis de Mubárak viene avalada por A. kilito (ll)76, *13).

5 Blacherc-Ma¿nou, 14 15; también Bosworth (I, %) acepta la refutación 

de Blachere a propósito de la paternidad de Ibn Durayd.

restar visos de verosimilitud a tal adjudicación, pero —de 

todos modos sea cual sea la relación de esos hipotéticos 

Jjadit de Ibn Durayd con las maqámát, siguen sin establecer

se los orígenes del género; por ejemplo, fijando los puntos 

de contacto o contradicción de la maqania con el género 

adab4 de la centuria anterior, en especial en al-Yahi? e Ibn 

Qutayba; o —como ya señalábamos— profundizando, si es 

posible, en la «influencia» de los mimos griegos que 

Bosworth apuntaba.

Sin embargo, quizá sea un camino más útil emprender el 

que propone Blachére5: analizar y comparar las arengas, las 

piezas oratorias, que aparecen en las Maqamát con sus 

equivalentes recogidas en la Literatura de adab en boca de 

una figura histórica o legendaria y cuyo principal objetivo 

era mostrar la capacidad estilística de su autor. La construc

ción de estos discursos sugiere una elaboración consciente, 

en verso a veces, empedrado el texto de vocablos inusuales 

cuya finalidad era desconcertar al oyente por su rareza y en 

ocasiones en prosa rimada, como recientemente ha demos

trado J. N. Mattock:

«His statement (de Bees ton) that saj‘ (prosa rimada) 

was not extensively employed in anecdotal writing before 

B’s (al-Hamadáni) time, however, can be disputed»b.

Y a continuación, ofrece una serie de ejemplos del Kitáb 

al-ma^ásin wa-l-addád (Libro de los méritos y los contrarios)

4 Prosa miscelánea, sin principio ni fin, cuyo objetivo es instruir y 

agradar al lector proporcionándole conocimientos y entreteniéndole. No se 

construye una ficción, sino que se seleccionan, arreglan y presentan unos 

materiales variadísimos en obras con frecuencia rmstodónncas. El móvil 

didáctico en ellas es determinante (víase Ch. Pellat, Vartations sur le tbíme 

<¡r /'adab, ( orrespotulonce d'Oritnt, 5-6, 1964, bruselas).

' lilachére Masnou, 16 y sh.

'* J. N. Matn»ck, «The early history of the Xtaqáwtr», /ournal of \r<tb¡( 

I j/era/urr, XV, I9K4, I 15.

atribuido a al-Yálji? (fallecido en 869 de J.C.). Pese a que 

dicha atribución puede considerarse equivocada, el autor de 

la obra no sería muy posterior a al-Yahi?.

Otros puntos de contacto de adab y maqáma son —resalta 

Blachére— la coincidencia en el tema común del pobre que 

exhorta a renunciar a los bienes mundanos o la utilización 

por Ibn Qutayba del término maqám para designar esas 

peroratas edificantes, y, a fortiori —agrega Blachére— el 

mismo tema y con el mismo vocablo será retomado en al- 

Andalus por un autor de adab, Ibn ‘Abd Rabbih (fallecido 

en 940).

Hasta nosotros han Llegado algunas muestras, en el plano 

temático o en el estructural, equiparables a las maqámát de 

al-Hamadani, obra de contemporáneos suyos o de escritores 

ligeramente anteriores. Esas muestras son: 1 / Una maqáma 

de Ibn Nubata, contemporáneo de al-Hamadání, conserva

da en manuscrito en Berlín, escrita en prosa rimada y 

ritmada; 2 / La historia de Abü 1-Qásim7, de acusados 

rasgos picarescos y compuesta a fines del X o principios del 

XI, refiere una francachela corrida en Bagdad por el 

protagonista (Abü 1-Qásim), un bohemio habitual de cenas, 

parrandas y borracheras que acaba arrepintiéndose al oír al 

alba la voz del almuédano, la cual le induce a recobrar el 

sentido y la dignidad pronunciando ante sus compadres un 

discurso moral pleno de contricción; 3 / A. F. L. Beeston 8 

apunta nuevas ideas sobre el origen de las Maqámát, 

recordando el modelo de al-Hamadání, que posiblemente 

fuera Abü ‘Ali al-Muljassin ibn ‘Alí at-Tanüjl (327-384 H.), 

que en su Faraj ba'd as-sidda9 también se vale de materiales

7 «Cette oeuvre, ¡solée dan f la producíion littéraire du temps, pose une serie de 

problema. lJar son réalisme, elle implique l'observa!ion et ¡a no/ation minutieuse 

des fatts quolidiens; par sa structure, /’encha'mement el I’equilibre des parlies, 

elle revé te en revanche une nette mtention d'art» (Blachére-Masnou, 12-13).

8 A. F. L. Beeston, «The genesis of the Mat|¿mát genre», J. A. L., 11, 

1971, 1-12,

" Ed. El Cairo, 1955.

anecdóticos utilizados por al-Hamadanl (en la tnaqáma 

XXXIV, por ejemplo: ofrecer y ofrecer excelentes manjares 

y vituallas para terminar sacando un mendrugo), siendo la 

difusión del Faray algo anterior a la posible composición de 

las Maqamat, por lo cual bien pudo constituir una fuente de 

inspiración de al-Hamadánl.

No obstante, aunque nuestro autor conociera (cosa muy 

probable) estas producciones y otras perdidas, no hay por 

qué pensar que copiara sin más. En todo caso queda por 

dilucidar el irresuelto problema del tronco común de que 

procedían unas y otras y del momento y la manera con que 

se independizaron de él, pues constancia sólo tenemos de 

elementos sueltos: temáticos (alguna anécdota repetida o la 

ambientación general) o estilísticos (el empleo de la prosa 

rimada). Cuestiones hoy por hoy difíciles de desentrañar en 

su totalidad.

El desarrollo de la vida urbana, del comercio y de una 

mentalidad mercantilista no podían por menos que incidir 

en el sistema de valores de la sociedad islámica, estabilizada 

ya, con la consiguiente aparición del individualismo y de 

una crisis de las convicciones y comportamientos sociales 

tradicionales, dando lugar a la exaltación de «vicios», 

antihéroes y, en general, a la negación o puesta en duda de 

los valores anteriores. La aportación persa y las masas de 

desarraigados no eran, sin duda, ajenos al fenómeno. Y 

sobre la base social de una gran mezcolanza étnica (naba- 

teos, persas, kurdos, árabes, negros, etc.) y de sorprenden

tes oficios y protagonismos populares (predicadores, asce

tas, ladrones, picaros y pobres «pico de oro») ya en el 

siglo IX surge el interés por las capas más desposeídas de la 

población, al menos como pretexto literario. A partir de 

esos momentos las virtudes tópicas de la beduinidad se

ponen en entredicho (generosidad, hospitalidad, honor, 

valentía y apego al grupo familiar) y se buscan otros 

motivos más sugerentes, o menos gastados. Por tanto, las 

principales muestras representativas de la ideología domi

nante puesta en cuestión (las tradiciones del profeta, las 

producciones épicas y la poesía heroica) sufren los embates 

de la subversión de valores. Las Maqamat, en tal sentido, 

vienen a constituir —y es una de sus mayores aportaciones, 

aunque no sea una novedad— un venero de argumentos en 

torno, si no a favor, del antihéroe, pues eso es su 

protagonista Abu 1-Fath al-IskandarT. Y se marca la inver

sión frente al fjadit_ (las tradiciones del Profeta) ya desde el 

propio mecanismo de transmisión: si la veracidad de un 

badil se dirimía según el prestigio de todos y cada uno de 

los miembros de la cadena de transmisores, en las Maqamat 

un sospechoso maestro (el picaro al-Iskandari) alecciona e 

«instruye» a un no menos sospechoso discípulo (‘Isa ibn 

Hisám).

Las fuentes de al-Hamadanl son exclusivamente musul

manas, tanto comparaciones entre poetas (rama del género 

adab) como anécdotas de vates de otros tiempos (Dü 

r-Rumma y al-Farazdaq) o cuestiones como el carácter 

increado del Corán, el vidrioso problema de la corriente de 

pensamiento mu‘ta%ifi o el no menos espinoso del libre 

albedrío. Por cierto que al abordar estos temas filosófico- 

teológicos (cuadros de Hulwan y del Manicomio) el autor 

los presenta en boca de un loco «que dice las verdades». Y 

si la locura es un recurso de Ficción para plantear temas por 

otra vía conflictivos, ironía y sátira no faltan tampoco 

cuando se trata de poner en evidencia la hipocresía y mañas 

de un imán sermoneador y cínico (cuadro báquico).

En un cuadro palpitante se mesturan la proverbial 

generosidad del emir Jalaf o de Sayf ad-Dawla con supersti

ciones, hechizos, ensalmos, sermones, riesgos del desierto, 

dichos populares, hábitos nómadas, insolencias de sirviente, 

lisonjas y sus autores, hipocresías de falso beato, historia y

leyenda, teología y jurisprudencia, elocuencia, retórica de 

pulpito, citas coránicas, proverbios..., lo peregrino y lo 

recóndito, rebuscamiento y llaneza de simples. Un vasto 

mundo de soltura y desvergüenza en el cual el descaro es el 

rey, la credulidad el siervo y la máxima «cuanto mayor sea 

una mentira, mejor pasará» la ley que rige las relaciones 

entre ambos; vuelto el desparpajo industria, el engaño base 

económica y la fuga del picaro única salvación para el 

infeliz escarnecido y timado.

Serafín FANJUL

jueves, 11 de junio de 2026

René Girard La ruta antigua de los hombres perversos

 


René Girard La ruta antigua de los hombres perversos Traducción de Francisco Diez del Corral EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA Titulo de la edición original: La route ant‘cluc des hommes pervers © Editions Grasset & Fasquelle París, 1985 Portada: Julio Vivas, a partir de un fragmento de «La visión de la muerte» de la edición de la Biblia ilustrada por Gustave Doré, 1865 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1989 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 84-339-1325-5 Depósito Legal: B. 36400-1984 Printed in Spain Libergraf, S.A., Constitució, 19. 08014 Barcelona Agradezco la valiosa ayuda de Christiane Fré- mont, cuyas abundantes sugerencias han mejo rado sensiblemente el texto de la presente obra. Para Raymund Schwager

 I. El caso de Job 1. JOB, VICTIMA DE SU PUEBLO 

¿Qué sabemos sobre el Libro de Job? Poca cosa. Que el héroe se lamenta interminablemente. Acaba de perder a sus hijos y todo su ganado. Se rasca las pústulas. Las desgracias que sufre aparecen debidamente enumeradas en el prólogo. Son los tormentos que Satán, con el permiso de Dios, acaba de infligirle. Creemos saber, pero ¿sabemos realmente? Ni una sola vez, en el curso de los Diálogos, Job menciona a Satán: ni a Satán ni ninguna de sus malas acciones. Quizá están demasiado pre sentes en su ánimo para que sea necesario aludir a ellos. 

Es probable, pero Job alude a algo distinto, y hace mucho más que una alusión. Insiste una y otra vez en la causa de su desgracia. Una causa que no es ninguna de las que el prólogo menciona. Una causa que no es divina, ni satánica, ni mate rial, sino humana, exclusivamente humana. A lo largo de los tiempos, cosa rara, los comentaristas no han considerado siquiera mínimamente esta causa. No los co nozco a todos, claro está, pero los que conozco la silencian, sis temáticamente. Se diría que no la ven. Antiguos o modernos, ateos, protestantes, católicos o judíos, nunca se preguntan so bre el objeto de las lamentaciones de Job. La cuestión les parece decididamente resuelta por el prólogo. Todo el mundo se atiene religiosamente a las pústulas, al ganado perdido, etc. 13 Y, sin embargo, desde hace mucho tiempo, los exégetas han puesto en guardia a sus lectores contra este prólogo. Su pequeña historia, dicen, no está a la altura de los Diálogos. No hay que tomarla en serio. Desgraciadamente, nunca si guen sus propios consejos. No perciben en los Diálogos nin guna de las manifiestas contradicciones al prólogo. La novedad que propongo no está oculta en un obscuro rincón del Libro de Job. Es muy explícita; se expone en nu merosos y nutridos pasajes que no tienen nada de equívoco. Job dice claramente qué es lo que le hace sufrir: verse con denado al ostracismo, perseguido por los seres que le rodean. No ha hecho nada malo y todo el mundo se aleja de él, se en carniza contra él. Es la victima propiciatoria de su comu nidad: A mis hermanos ha alejado de mí, mis conocidos tratan de esquivarme. Parientes y deudos ya no tengo, los huéspedes de mi casa me olvidaron. Por un extraño me tienen mis criadas, soy a sus ojos un desconocido. Llamo a mi criado y no me responde, aunque le implore con mi propia boca. Mi aliento repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mi vientre. Hasta los chiquillos me desprecian, si me levanto, me hacen burla. 

Tienen horror de mí todos mis íntimos, los que yo más amaba se han vuelto contra mí. (19, 13-19) (Biblia de Jerusalén) Job recuerda al trágico chivo incluso en ese fétido olor que exhala, ese fétido olor que su mujer le reprocha y que, signifi cativamente, reaparece en numerosos mitos primitivos. Esta alusión al chivo real no debe suscitar malos entendi 14 dos. Cuando hablo del chivo expiatorio, no estoy pensando en el animal utilizado para los sacrificios en el famoso rito del Levítico. Empleo la expresión en el sentido en que corriente mente se utiliza en torno a las circunstancias políticas, profe sionales, familiares, sin pensar en dicho rito. Esta utilización es moderna y no aparece, por supuesto, en el Libro de Job. Pero el fenómeno sí aparece, con una dimensión más atroz. El chivo expiatorio es el inocente que polariza sobre él el odio universal. Exactamente es aquello de lo que Job se queja: Ahora me tiene ya extenuado; tú has llenado de horror a toda la reunión, que me acorrala; mi calumniador se ha hecho un testigo, se alza contra mí, a la cara me acusa; su furia me desgarra y me persigue, rechinando sus dientes contra mí. Mis adversarios aguzan sobre mí sus ojos, abren su boca contra mí. Ultrajándome hieren mis mejillas, a una se amotinan contra mí. (16, 7-10) Los pasajes reveladores abundan. Como no puedo multi plicar hasta el infinito las citas, he elegido las más demostrati vas, creo, en relación con lo que me interesa. El héroe hace intervenir un subgrupo que desempeña en la sociedad de Job el papel de chivo expiatorio permanente: Mas ahora ríense de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey. [...] De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como tras un ladrón. Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y de las rocas. 15 [...] Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a latigazos del país. ¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes! Horrorizados de mí, se quedan a distancia, y sin reparo a la cara me escupen. Porque ¿1 ha soltado mi cuerda y me maltrata [Dios], ya tiran todo freno ante mí.

 Una ralea se alza a mi derecha, exploran si me encuentro tranquilo [...] (30, 1-12) 1 Los historiadores no saben si se trata aquí de una minoría racial o religiosa, o incluso de una especie de subproletariado sometido al mismo tipo de régimen que las más bajas castas de la India. No importa. Al autor, estas gentes no le intere san por sí mismas; aparecen ahí sólo para permitir que Job se sitúe con relación a ellos, que se defina como el chivo expia torio de esos chivos expiatorios, el perseguido de quienes, al menos, pueden ofrecerse el lujo de la persecución; la víctima de todos, el chivo de los chivos y la víctima de las víctimas. Cuanto más se obstina Job en su mutismo respecto al ga nado perdido y a los demás motivos confesables por los que clama, aquellos que tan amablemente pone el prólogo a su disposición, más insiste en presentarse como la víctima ino cente de los que le rodean. Job se lamenta, así, de males físicos, pero este lamento particular puede relacionarse sin esfuerzo con el motivo fun damental de sus quejas. Es víctima de innumerables brutali dades; la presión psicológica que pesa sobre él es insopor table. Se diría que la vida de Job no está amenazada, que nadie ha hablado de matarle. Sus amigos le protegen. Pero esto es absolutamente falso. Job piensa que incluso se pide su vida, quizá sobre todo su vida. Cree que no va a tardar en morir, y no de esa enfermedad que con tanta seguridad diagnostican 16 los médicos; piensa que va a morir de muerte violenta e ima gina la efusión de su propia sangre: ¡Tierra, no cubras tú mi sangre, y no quede en secreto mi clamor! (16, 18) En la lectura de estos dos versos, me contento con seguir la nota explicativa de la Biblia de Jerusalén: «La sangre derra mada clama venganza... herido de muerte, quiere que su san gre quede como una llamada permanente y una plegaria...» 

La traducción de los dos versos y la nota coinciden plena mente con las versiones de las demás grandes traducciones. Cierto que el lenguaje de la nota resulta ambiguo. ¿Quién ha herido de muerte a Job? Más que los hombres, sólo Dios po dría haberlo hecho, pero el grito de venganza de la sangre de la víctima no es contra Dios, el grito de venganza es ante Dios, como la sangre de Abel, esa primera gran víctima exhu mada por la Biblia. Yahvé dice a Caín: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo?» (Gn. 4, 10) Mas ¿contra quién grita entonces venganza la sangre ver tida? ¿Quién intentaría ahogar el grito de Job, borrar sus pala bras, para impedir que llegaran a Dios? Es curioso que estas preguntas elementales no se hayan planteado nunca. Job insiste incansablemente respecto al papel desempe ñado por la comunidad en lo que le ha sucedido pero, y ahí está el misterio, igual que le ocurre con sus interlocutores en el libro, tampoco consigue hacerse oír por parte de los comen taristas de éste... Nadie tiene siquiera mínimamente en cuenta lo que dice. La revelación del chivo expiatorio tiene tan poca existen cia para la posteridad como para sus amigos. Y, sin embargo, creemos estar muy atentos a lo que Job dice; nos compadece mos de él por no haber sido comprendido. Pero hasta tal punto estamos deseosos de hacer a Dios responsable de todas 17 las desgracias del hombre, sobre todo si no creemos en El, que el resultado final sigue siendo el mismo. Sólo que somos un poco más hipócritas que sus amigos. Para todos aquellos que desde la noche de los tiempos fingen escuchar a Job, pero en el fondo no le escuchan, sus palabras son sólo viento. 

La única diferencia es que, mientras que nosotros no nos atreve mos a proclamar nuestra indiferencia, sus amigos se atreven a decir ¿Hasta cuándo estarás hablando de ese modo, y un gran viento serán las razones de tu boca? (8, 2) * * * Este papel de víctima que Job se atribuye es forzosamente significativo dentro de un conjunto de textos, la Biblia, que, siempre y en todas partes, presenta a las víctimas en primer plano. Por poco que se reflexione en ello, se percibe ense guida que la razón de la extraña similitud entre los discursos de Job y los Salmos llamados penitenciales hay que buscarla en la perspectiva común en que ambos se sitúan: la de la víc tima rodeada de enemigos. Respecto a esos trágicos Salmos hay que consultar el libro de Raymund Schwager.' En forma extremadamente conden- sada, estos textos muestran la situación de la cual se queja Job: una víctima inocente habla, casi siempre pendiente del lin chamiento. Raymund Schwager no se ha equivocado: un chivo expiatorio en el sentido moderno describe los malos tra tos que se le infligen. Pero hay una diferencia de gran impor tancia: mientras que en los Salmos sólo habla la víctima, en los Diálogos de Job se hacen oír también otras voces. Recoger tal como he hecho los pasajes que mejor revelan a Job como chivo expiatorio, es recoger los textos más parecidos 1. Raymund Schwager, Brauchen wir einen Sündenbockf, Munich, 1978. 18 a esos Salmos, por lo regular tan parecidos que son intercam biables. Es, en fin, hacer hincapié en lo que, a falta de otra ex presión mejor, llamamos víctima propiciatoria; ese formidable denominador común de muchos de los textos bíblicos miste riosamente olvidados por todos, objeto de una expulsión inte lectual que debe situarse decididamente en la prolongación de la antigua violencia física. Para limpiar el espíritu de la nefasta influencia del prólogo y comprender por fin cuál es la cuestión fundamental que late en Job, releer algunos Salmos constituye un excelente ejer cicio. 

De todos mis opresores me he hecho el oprobio; asco soy de mis vecinos, espanto de mis familiares. Los que me ven en la calle huyen lejos de mí; dejado estoy de la memoria como un muerto, como un objeto de desecho. Escucho las calumnias de la turba, terror por todos lados, mientras se aúnan contra mí en conjura, tratando de quitarme la vida. (31, 12-14) 

19 2. JOB, IDOLO DE SU PUEBLO ¿Por qué Job se ha convertido en la bestia negra de su co munidad? No hay ninguna respuesta directa a esta pregunta. Y quizá es mejor asi. Si el autor sugiriera demasiado clara mente un elemento concreto o mencionara un incidente cual quiera, un posible origen, fuera el que fuese, creeríamos saber y dejaríamos de cuestionarnos automáticamente. En realidad, sabríamos menos que nunca. Sin embargo, no hay que pensar que los Diálogos manten gan un silencio absoluto. Están llenos de informaciones, pero informaciones que hay que saber buscar. El porqué de la elec ción de Job como chivo expiatorio no aparece tan fácilmente. Los «amigos», por ejemplo, no dicen nada excesivamente inte resante. Quieren hacer al mismo Job responsable de las sevi cias que se le han infligido. Sugieren que le ha perdido su ava ricia; quizá se ha mostrado duro respecto al pueblo, se ha aprovechado de su poder para explotar a los débiles y a los pobres. Aunque se considere que Job es virtuoso, tal vez haya po dido cometer, como Edipo, un crimen invisible. Si no él, su hijo, u otro miembro de su familia. Un hombre condenado por la voz pública no puede ser inocente. Pero Job se defiende tenazmente, en definitiva, ninguna de las acusaciones puede mantenerse en pie. Las inculpaciones se pierden en la arena. 20 Algunos comentaristas reprochan a Job la excesiva vehe mencia con que responde. Carece de humildad, y de ahí que sus amigos se escandalicen. Mas este reproche ignora total mente la naturaleza del debate. Para comprender la indigna ción de Job, hay que situarla en su propio contexto, definida por el mismo Job. Job no dice que no haya pecado nunca, dice que no ha he cho nada para merecer su extremo infortunio; ayer aún se le consideraba infalible o se le trataba como a un santo, mientras que hoy todo el mundo le abruma con sus reproches. No es él quien ha cambiado, son los hombres que están a su alrededor. 

 El Job que todo el mundo execra no difiere en mucho de aquel que todo el mundo veneraba. El Job de los Diálogos no es un vulgar ricachón que ha perdido todo su dinero, un simple particular que después de pasar del esplendor a la miseria decide meditar con sus amigos sobre los atributos de Dios y la metafísica del mal. El Job de los Diálogos no es el del prólogo. Es un gran jefe altamente considerado en principio por la opinión pública, pero que, de pronto, se ve despreciado por ella. ¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño, cuando mis pies se bañaban en manteca, y regatos de aceite destilaba la roca! Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba, se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie. Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca. La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar. Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oír mi consejo. 21 Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía gota a gota. Me esperaban lo mismo que a la lluvia, abrían su boca como a lluvia tardía. Si yo les sonreía, no querían creerlo, y a la luz de mi rostro no dejaban perderse. Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto. (29, 2-25) Antes de convertirse en chivo expiatorio, Job ha vivido un período de popularidad tan prodigioso que frisaba con la ido latría. Vemos aquí con to^a claridad que el prólogo no es per tinente en absoluto. Si Job hubiera perdido realmente su ga nando y sus hijos, este recuerdo del pasado habría sido una ocasión idónea para resaltar esa pérdida. 

Pero, como se ve, no se habla en absoluto de ello... El contraste entre el presente y el pasado no recae sobre el cambio de la riqueza a la pobreza, de la salud a la enfermedad, sino del favor al desfavor de un único y mismo público. Los Diálogos no tratan de un drama puramente personal, de un simple «suceso», sino del comportamiento de todo un pueblo respecto a una especie de «hombre de Estado» cuya carrera se ha hecho añicos. Pero, por dudosas que sean, las acusaciones de que Job es objeto son reveladoras. Lo que se le reprocha a este potentado caído en desgracia son sobre todo los abusos de poder, abusos tales que no podían ser cometidos por un simple terrate niente, por rico que fuera. Job hace pensar más bien en el tirano de las ciudades griegas. Por qué, le pregunta Elifaz, Sadday se ha vuelto contra ti: ¿Acaso por tu piedad él te corrige y entra en juicio contigo? ¿No será más bien por tu mucha maldad, 22 por tus culpas sin límite? Porque exigías sin razón prendas a tus hermanos, arrancabas a los desnudos sus vestidos, no dabas agua al sediento, al hambriento le negabas el pan; como hombre fuerte que hace suyo el país, y, rostro altivo, se sitúa en él; despachabas a las viudas con las manos vacías y quebrabas los brazos de los huérfanos. (22, 4-9) El lector moderno adopta fácilmente la visión del prólogo porque se acerca más a nuestro mundo, o al menos a la idea que de él nos hacemos. La felicidad consiste en poseer la mayor cantidad de cosas posibles sin caer nunca enfermo, en un eterno frenesí de gozo consumidor. En los Diálogos, por el contrario, sólo cuentan las relaciones entre Job y la comu nidad. Job presenta su período triunfal como el otoño de su vida, dicho con otras palabras, como la estación que inmediatamente precede al glacial invierno de la persecución. 

Es probable que la desgracia fuera reciente y se produjera de golpe. Del extremo entusiasmo Job ha pasado sin transición al extremo disgusto. Y se diría que hasta el último momento no ha sospechado nada de la gran mudanza que se preparaba: Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi testigo. Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía valedor. (29, 11-12) Y me decía: «Anciano moriré, como la arena aumentaré mis días. Mi raíz está franca a las aguas, el rocío se posa de noche en mi ramaje. Mi gloria será siempre nueva en mí, y en mi mano mi arco renovará su fuerza.» (29, 18-20) 23 El misterio de Job se presenta en un contexto que no lo explica, pero que permite situarlo mejor. El chivo expiatorio es un ídolo roto en mil pedazos. Ascensión y calda están enla zadas. Se adivina que tales extremos se tocan, pero, aunque no se les pueda interpretar separadamente, no puede tampoco convertirse al primero en causa del segundo. Presentamos un fenómeno social mal definido pero real, de desarrollo no se guro pero probable. El único punto común entre ambos períodos es la unani midad de la comunidad, en la adoración primero, en el abo rrecimiento después. Job es víctima de la mudanza masiva y súbita de una opinión pública visiblemente inestable, capri chosa, carente de toda moderación. No parece más responsa ble del cambio de esta multitud que Jesús lo es de un cambio muy semejante, entre el Domingo de Ramos y el Viernes de Pasión. Para que se ocasione esta unanimidad en los dos sentidos, debe producirse un mecanismo mimético en la multitud. Los miembros de la comunidad se influyen recíprocamente, se imitan unos a otros en la adulación fanática y, a continuación, en la hostilidad aún más fanática. 

24 3. LA RUTA ANTIGUA DE LOS HOMBRES PERVERSOS En el último de sus tres discursos, uno de los tres amigos, Elifaz de Temán, alude claramente a la existencia de predece sores de Job en la doble carrera de omnipotentes advenedizos y chivos expiatorios: ¿Vas a seguir tú la ruta antigua que anduvieron los hombres perversos? Antes de tiempo fueron aventados, cuando un rio arrasó sus cimientos. Los que decían a Dios: «¡Apártate de nosotros! ¿Qué puede hacernos Sadday?» Y era El el que colmaba sus casas de ventura, aunque el consejo de los malos seguía lejos de El.

 Al verlo los justos se recrean y de ellos hace burla el inocente: «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡El fuego ha devorado su opulencia!» (22, 15-20) La «ruta antigua de los hombres perversos» comienza por la grandeza, la riqueza y el poder, pero concluye con un fulmi nante desastre. Las mismas fases que acabamos de descubrir en la aventura de Job, el mismo argumento. Cualquier día, Job podría aparecer en la lista de esos anó nimos de los que se habla a medias palabras, puesto que su 25 nombre se ha «borrado». Es uno de esos hombres cuya carrera puede acabar muy mal porque ha comenzado muy bien. Como yo mismo, Elifaz opone y, por tanto, aproxima, las dos fases; comprende que forman un todo y que no se las puede interpretar separadamente. Algo en la ascensión de esos hombres prepara su caída. En resumidas cuentas, las pa labras de Elifaz contienen toda nuestra intuición. Job ha reco rrido ya una buena parte del camino de «la ruta antigua de los hombres perversos». Está al comienzo de la última etapa. Los acontecimientos que Elifaz evoca parecen lejanos y, por tanto, excepcionales, pero no lo bastante como para que el observa dor no pueda agruparlos y reconocer en ellos un fenómeno re currente. Se observa ahí una vía ya trazada: muchos hombres la han tomado ya, ahora le toca el turno a Job. Todos estos destinos trágicos tienen el característico perfil del ídolo estre pitosamente caído. 

Como el de Job, están forzosamente deter minados por la metamorfosis de una multitud adoradora que se convierte en una multitud perseguidora. Si los desastres de los hombres perversos fueran imagina rios, Elifaz no podría hablar por alusiones de acontecimientos que sitúa en el pasado. Debe rememorar una experiencia co nocida de todos, puesto que es la de toda la comunidad. El sú bito hundimiento de los hombres perversos está presente en todas las memorias. Estas mudanzas impresionan demasiado a los hombres como para que se olviden, y su estereotipado ca rácter facilita el recuerdo. Para Elifaz y la comunidad, la «perversidad» de esas vícti mas ha quedado ya demostrada, exactamente como la culpabi lidad de Job. Después de que la multitud renegara de ellos, los antiguos ídolos no pueden ya justificarse; los que han caído en desgracia quedan condenados a perpetuidad. La unanimidad que reina ahora contra Job, ha debido reinar antaño contra ellos. Es la misma historia siempre repetida y la advertencia de Elifaz resulta muy razonable. Job debería tener en cuenta las 26 palabras de este sabio, pero ¿cómo hacerlo sin renegar de sí mismo y sin confesarse culpable? Quizá Elifaz se reprocha el mostrarse demasiado amistoso, demasiado fraternal respecto a ese criminal que es Job para él. Habla abiertamente de un proceso de «justicia» popular que, lejos de constituir desde su óptica un desorden reprensible, le parece legitimo, infalible y, literalmente, divino. Su concien cia está absolutamente tranquila. Todo le parece en orden. Es el mismo orden en persona, un orden que se reafirma vigoro samente y que los tres «amigos» consideran extremadamente satisfactorio. ¿Es cierto que los hombres «perversos» son siempre victi mas de violencias populares? ¿De qué otra cosa podría tra tarse? Relean los cuatro últimos versos de la cita: aluden a una forma violenta del rechazo social: Al verlo los justos se recrean y de ellos hace burla el inocente: «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡El fuego ha devorado su opulencia!» 

En el contexto de una sociedad rural, el «recreo de los jus tos» y la «burla del inocente» necesariamente tienen que aca rrear consecuencias. Pensemos en la formidable eficacia que en un medio tal tiene la reprobación unánime. Para suscitar todos los desastres que se le atribuyen, al Dios le basta con no oponerse a esos justos que se consideran siempre agentes de su venganza. En medio de la multitud se encuentran la víctima y todas sus pertenencias. Lo que se puede repartir, los sublevados ya lo han repartido, quizá lo han echado a suertes para no ma tarse entre ellos. Lo demás, antiguo propietario incluido, se consume en inmensos fuegos de júbilo. El desastre que espera a «los hombres perversos» al acabar su carrera, al final de la «ruta antigua», debe parecerse a esas 27 fiestas primitivas cuyo desarrollo, incluso atenuado y rituali- zado, hace pensar en un fenómeno de multitud. Todo con cluye siempre con un simulacro de chivo expiatorio al que se quema o ahoga. Los antiguos etnólogos suponían violencias más extremas tras las formas que observaban. Muchos investi gadores contemporáneos les creen víctimas de su imaginación romántica y colonialista. Por el contrario, pienso que los anti guos etnólogos tenían razón. Cierto que tenían prejuicios, pero también nosotros tenemos los nuestros: el renacido rou- sonianismo de nuestra ¿poca aparta los innumerables testimo nios que contradicen su pasión con demasiada desenvoltura como para inspirar confianza. 

Muchos otros pasajes sugieren que el acontecimiento cen tral de la obra, la terrible aventura que acaba de comenzar para el h¿roe, es un fenómeno recurrente de violencia colec tiva que afecta sobre todo a los «grandes» y a los «tiranos», pero no exclusivamente a ellos, y que se interpreta siempre como venganza divina o intervención punitiva de la divi nidad. Me limitaré a citar sólo uno. Forma parte del discurso de Elihú, el cuarto personaje que sermonea a Job. Según la opi nión más general, este personaje no pertenece a los Diálogos originales. Su discurso serla probablemente obra de algún lec tor escandalizado por la impotencia de los tres primeros guar dianes del orden público. Elihú desprecia el arraigo de los tres en la tradición, y se compromete a llevar a bien la empresa en que los tres han fracasado. Simplemente se cree más capaz porque es más joven y por que desprecia el pasado. Aunque tambi¿n ¿1 intenta reducir a Job al silencio, no hace más que repetir en un estilo menos exquisito lo que los tres han dicho ya. Pertenece a un estadio más descompuesto de la antigua tradición. Pero no por ello deja de decir cosas que ponen de manifiesto más que nunca el escondido tema de los Diálogos. Si bien el tema de Job como «opresor del pueblo» aparece 28 ya en los tres amigos, Elihú lo utiliza aún más. Tras sus fór mulas político-religiosas se transluce la violencia popular. En un instante, Dios: Quebranta a los grandes sin examen, y pone a otros en su sitio. Es que ¿1 conoce sus acciones, de noche los sacude y se les pisa. Como a criminales los azota, en lugar público los encadena. (34, 24-26) Cito la Biblia de Jerusalén: su traducción sugiere admira blemente la identidad del dios y la multitud. Dios derriba a los grandes, pero es la multitud quien les pisotea. Dios enca dena a las víctimas, pero su intervención es pública, se efectúa en presencia de esa misma multitud que quizá no ha permane cido completamente pasiva ante un espectáculo tan intere sante. Observemos que los grandes son quebrantados «sin exa men»: cabe dudar un poco de ello. 

La multitud está siempre dispuesta a prestar su concurso a la divinidad cuando ésta se presta a castigar a los malvados. E inmediatamente, encuentra otros grandes para sustituir a los caídos. El propio dios les en troniza, pero es la multitud quien les adora, naturalmente, para descubrir un poco más tarde que, una vez más, son falsos elegidos y que su valor no es mayor que el de sus predece sores. Vox populi, vox dei. Como en la tragedia griega, el ascenso y la caída de los grandes constituye un misterio sagrado cuya conclusión es la parte más apreciada. Aunque siempre sea la misma, siempre se espera con impaciencia.

martes, 9 de junio de 2026

Aurelio Arturo y la poesía colombiana del siglo XX Espacio y subjetividad en el contexto de la modernidad tardía


 

Introducción 

El contexto de la modernidad tardía y la representación de la subjetividad y del espacio en la obra poética de Aurelio Arturo El propósito del presente estudio es hacer un seguimiento de la lírica de Aurelio Arturo a partir de la pregunta por el modo en que los poemas articulan las experiencias del espacio y de la subjetividad dentro del contexto de los problemas que caracterizan la modernidad tardía. Por “modernidad tardía” entiendo con Peter Zima el período a partir de la segunda mitad del siglo XIX en el que entran en crisis la idea de la unidad del sujeto y la confianza en la capacidad del lenguaje para captar verazmente las cosas. Se trata de un período específico de la Modernidad como Edad Moderna en el cual los modernismos y las vanguardias de las diferentes artes articulan la reflexión y el cuestionamiento de los propios presupuestos de la macroépoca (Zima, 1997: 8-ss). Mientras que en la modernidad tardía el yo –instaurado por el discurso filosófico cartesiano como punto de referencia de lo existente (Heidegger, 2003 [1937]: 81)– pierde el carácter de fundamento ante la evidencia de su dependencia del inconsciente, de la historia evolutiva y de la ideología del mercado (Zima, 2000: 86), el lenguaje por su parte cae bajo la sospecha de estar al servicio de mecanismos ajenos a la transmisión de la experiencia del mundo y de la interioridad. 

De lo primero es ejemplo la célebre constatación rimbaudiana de que “Yo es un otro [Je est un autre]”; a lo segundo lo ilustran la distancia crítica ante el lenguaje utilitario formulada por Mallarmé en su prosa “Crise de vers” y, de modo más elocuente, el extrañamiento de Hofmannsthal ante las palabras ante el hecho, como él dice, de que se le desintegren en la boca en la forma de “hongos mohosos” y lo conduzcan como “remolinos” hacia “el vacío”– (cf. Rimbaud, 1984 [1871]: 200; Mallarmé, 2003 [1897]: 210; Hofmannsthal, 1979 [1902]: 465-466). La filosofía de Nietzsche en su anuncio de la “muerte de Dios” es quizás la que da expresión más enfática a esta doble crisis al denunciar la condición ficticia, estrictamente gramatical, del sujeto, y al desentrañar el impulso metafórico, no veritativo, que opera en el funcionamiento nominal del lenguaje (cf., respectivamente, Nietzsche, 1999b [1886] KSA 5: 11-12, 30-31, y 1999a [1873] KSA 1). A esta situación, plantea Zima, responden algunos novelistas y poetas con la movilización de todos los medios estéticos y estilísticos a su disposición “para preservar la autonomía, integridad e identidad del individuo [...]” (2001: vii). Por una parte, las obras narrativas se convierten en el escenario de una búsqueda de identidad en la que los autores exploran su condición de escritores; por otra, el carácter autónomo de la construcción poética no solo gana peso, sino que adquiere visos de programa. Joris-Karl Huysmans en À rebours (1884), Marcel Proust en À la recherche du temps perdu (1913 1927), Italo Svevo en La coscienza di Zeno (1923) y Jean-Paul Sartre en La nausée (1938) hacen que los respectivos protagonistas se distancien críticamente de la sociedad en función del hallazgo y posterior ejercicio de la identidad artística: Jean des Esseintes se recluye en una casa en las afueras de París con el propósito de vivir, en soledad y mediante el estímulo del trato intensivo con libros, la preeminencia del sueño por sobre la realidad; Marcel entiende los accesos de memoria involuntaria como el llamado a consagrarse a la escritura solitaria de una obra de arte que conjure la fugacidad de las percepciones de las cosas; Zeno Cosini se distancia de la familia y se dedica al autoexamen en la escritura; Antoine Roquentin, finalmente, fantasea con escribir un libro que esté por encima de la existencia (contingente) y que así la justifique. 1 En cuanto al programa constructivista de los poetas, Zima nombra a Mallarmé, Stefan George y Paul Valéry, quienes procuran conjurar la contingencia del sujeto con la cuidada concordancia formal de sus creaciones lingüísticas, bien en la convicción de que “la medida más estricta es la más grande libertad” (George, 1958 [1894]: 86, citado por Zima, 2001: 66) y en la consecuente búsqueda de coherencia sintáctica, fonética y semántica del poema (S. Mallarmé, S. George), bien en el esfuerzo por someter el verso a “la condición musical [la condition musicale]” (Valéry, 1957 [1931]: 647, citado por Zima, 2001: 77) y por eclipsar de esa manera el momento comunicativo en aras del fortalecimiento de la voluntad reflexiva y constructiva que opera tras la obra (Valéry). Entendida como muerte de Dios y crisis de la relación del sujeto consigo mismo y con el lenguaje, la modernidad tardía se expresa en la literatura de lengua española bajo la forma del modernismo hispanoamericano. 

El modernismo, dice Federico de Onís en 1934, es la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente en los demás aspectos de la vida entera, con todos los caracteres, por lo tanto, de un hondo cambio histórico cuyo proceso continúa hoy (1961 [1934]: XV). En líneas generales, cabe resaltar en el modernismo hispanoamericano la incidencia de tres fenómenos sociológicos propios de este “cambio histórico”, esto es, propios de la faceta sociológica de la modernidad tardía: la secularización, el individualismo –junto con el respectivo incremento de la interioridad– así como, finalmente, el creciente conflicto del artista con la sociedad burguesa. La pérdida de sustancia de valores religiosos es manifiesta, por ejemplo, en el uso de simbología cristiana para describir episodios profanos. Dice Rafael Gutiérrez Girardot que en “las Españas, la ‘secularización literaria’ se realizó de preferencia en el campo erótico” (1986: 93). El “cristianismo ruinoso [ruinöses Christentum]” (Friedrich, 2006 [1956]: 45) de un Baudelaire tiene su paralelo en las metáforas darianas que asocian el acto amoroso de los cuerpos al ritual de la comunión católica –cf. el poema “Ite, missa est” (Darío, 1977 [1901]: 199), y Gutiérrez Girardot (1986: 93)–. Este proceso europeo de secularización según el cual los postulados religiosos pierden progresivamente su valor coincide además en el continente americano con la disolución de la sociedad colonial (Gutiérrez Girardot, 1989: 134). La sustitución de estructuras tradicionales por aspectos del ordenamiento burgués conduce, entre otras consecuencias, a la expansión del individualismo: “Sé tú mismo”, recomienda, por ejemplo, Rubén Darío, justo después de considerar como derrotero del arte moderno “el desenvolvimiento y manifestación de la personalidad” (1980 [1896]: 55). 2 Dicho individualismo supone a su turno un incremento de la interioridad, esto es, aquello que Martí llama “la vida personal, dudadora, alarmada, preguntadora, inquieta, luzbélica; la vida íntima febril, no bien enquiciada, pujante, clamorosa” que, según él, “ha venido a ser el asunto principal y, con la Naturaleza, el único asunto legítimo de la poesía moderna” (1980 [1894]: 41). 

Ahora bien, el precio que paga el poeta del modernismo por el cultivo de su individualidad es justamente el aislamiento. El enriquecimiento de la vida interior se produce a costa del conflicto con el exterior. El artista no encuentra lugar en la sociedad, se vuelve un “raro”, pues el ordenamiento burgués se rige por una racionalidad ajena a los ideales perseguidos en el arte. La reconquista de sí mismo, como define Martí la tarea del hombre en la época incierta de fin de siglo, consiste sobre todo en desprenderse del “mal gobierno de la convención”, esto es, de la existencia social superpuesta a la existencia “espontánea y prenatural”, garante, en últimas, de la libertad y por tanto de la originalidad literaria (Martí, 1980: 41). El resultado estético de este conflicto es la tematización reflexiva, por parte de los autores, de la propia condición de escritor o poeta. La tensión del artista con su entorno social estimula el cuestionamiento de la posición que se ocupa en el mundo. “Dilucidaciones” –el texto que Rubén Darío antepone a modo de prólogo a Canto errante (1907)– o la novela De sobremesa (póstuma, 1925), de José Asunción Silva, ejemplifican este proceder autorreferencial. Pues bien, en el presente estudio interesa situar la respuesta de Aurelio Arturo a la crisis tardomoderna de la subjetividad y del lenguaje en el horizonte histórico-literario abierto por el cuestionamiento reflexivo de la identidad artística. Aurelio Arturo experimenta biográficamente la ruptura con la tradición cuando a los 19 años se desplaza a Bogotá luego de pasar la mayor parte de su infancia y adolescencia en el entorno señorial de la hacienda paterna en Nariño. El arribo a la capital del país en 1925 tiene lugar, además, en una década en la que se empiezan a gestar significativos cambios sociales de corte modernizante; en los años subsiguientes, por otro lado, el campo literario experimenta un no despreciable incremento de su autonomía. 3 Como poeta, Aurelio Arturo hace suyo el cuestionamiento mencionado, no en la forma de la reflexión teórica y ensayística, sino mediante la articulación líriconarrativa que son los poemas. 

En términos generales, cabe decir que la obra arturiana explora todo el tiempo el nacimiento de la subjetividad artística y la correspondiente gestación de la palabra poética. El recurso más empleado para ello es la tematización autorreferencial tanto de las fuentes de que se nutre la voz actual del hablante –rumores, cantos, músicas, sonidos de la naturaleza, silencios– como de la actitud de escucha con que dicho hablante se sitúa ante su mundo exterior e interior. Los versos, por ejemplo, hablan del “ruido levísimo del caer de una estrella”, de las “hojas y estrellas murmurantes” (“Canción de la noche callada”, vv. 13, 17), de la “saliva melodiosa” de la nodriza (“Nodriza”, v. 3); 4hablan de escuchar “el rumor de la vida” (“Canción del ayer”, v. 27), de oír “al viento / rumiar lejos, muy lejos, de los días” (“Canción de la distancia”, vv. 33-34), en fin, de un bosque que “existe / sólo para el oído” (“Morada al sur” 2, vv. 27-28); pero, al mismo tiempo, hablan de cómo esta relación de escucha de la instancia percipiente con el universo sonoro se lleva al nivel de la exploración del acto narrativo mismo. El poema “Canción del valle” (1931) ofrece al respecto una síntesis paradigmática en cuanto que narra la génesis de la voz –de la “canción”– como la elaboración interior de los sonidos procedentes del valle. No a otro anudamiento entre producción y recepción se refiere el yo lírico cuando, en el estribillo del poema, dice: “Yo canto mi canción por mis tierras oír” (vv. 6, 20). La mención de las “tierras” –y, siguiendo al poema, del “valle”, del “bosque”, del “país”– pone de presente el otro elemento temático que acompaña la exploración mencionada en la obra de Aurelio Arturo, a saber, el espacio. Desde muy temprano se manifiesta en el autor una pronunciada conciencia espacial. “Veinte años” (1927), por ejemplo, es un poema que Aurelio Arturo escribe a los veinte años, y pertenece a los primeros que se conocen de su producción. Mediante un conocido recurso de metafórica espacial,5 el yo lírico espacializa las dimensiones temporales: a los años se los llama “castillos” y a los meses, “recintos” (v. 13). Adicionalmente, tanto a su poema más significativo como al único libro dado a la imprenta Aurelio Arturo los llama “Morada al sur”, un título de connotaciones marcadamente espaciales en su doble referencia al lugar de residencia y al punto cardinal. El presente estudio mostrará que los anteriores no son elementos aislados, apenas presentes en algunos poemas, sino que, por el contrario, han de entenderse como dos manifestaciones –fácilmente accesibles a la mirada preanalítica– de un componente estructural de la poética arturiana, cuyo seguimiento analítico permite identificar líneas de evolución que atraviesan y dan coherencia a la totalidad de la obra. La representación de la subjetividad, la representación del espacio y el contexto tardomoderno son, pues, los tres lentes con los cuales se observa aquí la lírica de Aurelio Arturo. De acuerdo con ello, el presente estudio antepone al análisis textual propiamente dicho el desarrollo teórico correspondiente a esos tres elementos. 

Con dicha distribución se organiza cada una de las tres partes en que se divide el libro, y que, a su turno, reflejan la estructura de la obra arturiana. Estructura de la obra poética de Aurelio Arturo y enfoque analítico del presente estudio En términos cronológicos, la obra de Aurelio Arturo se compone de tres fases claramente diferenciables: una primera etapa, donde se gesta lo que cabría denominar sus poemas de juventud, se extiende de 1927 a 1930; un segundo período, de 1931 a 1963, viene delimitado por la fecha de aparición de “Clima” y “Canción de la noche callada” –los poemas más antiguos de Morada al sur (1963) y por la fecha de publicación del poemario mismo; finalmente, una tercera etapa –compuesta por poemas que podrían rotularse de vejez o tardíos– agrupa lo que Aurelio Arturo publica de 1963 hasta 1974, año de su muerte. El criterio inicial para esta periodización es de naturaleza editorial. En 1963 Aurelio Arturo da a la imprenta Morada al sur, el único poemario concebido por el autor como libro independiente. Se trata de una selección de los poemas publicados en las tres décadas que van de 1931 a 1961: “Morada al sur” (1945), “Canción del ayer” (1932), “La ciudad de Almaguer” (1934), “Clima” (1931), “Interludio” (1940), “Qué noche de hojas suaves” (1945), “Canción de la distancia” (1945), “Remota luz” (1932), “Sol” (1945), “Rapsodia de Saulo” (1933), “Nodriza” (1961) y “Madrigales” (1961). Dos versiones posteriores añaden, en cada caso, un poema diferente a la lista: la sección correspondiente a Aurelio Arturo en la antología Panorama de la nueva poesía colombiana –editada por Fernando Arbeláez (1964)– suma “Amo la noche” (1933) al bloque de poemas de la edición original, sin nota editorial aclaratoria y sin señas de división alguna; algo semejante hace la edición de Monte Ávila de 1975, solo que en este caso el añadido, interpuesto además entre “Nodriza” y “Madrigales”, es el poema “Vinieron mis hermanos” (1932). Más allá de la cuestión sobre la versión definitiva de Morada al sur (cf. Torres Duque, 2003: 368-ss), interesa notar que los cambios en la conformación involucran poemas que pertenecen al período de tres décadas ya señalado, 1931-1961. Nada, pues, de lo que publica Aurelio Arturo antes de 1931 ni nada de lo que publica después de 1961 pertenece al ciclo del que proceden los títulos de Morada al sur. 

De la primera fase de creación (1927-1930) se conocen veinticuatro poemas. 6Se trata, en términos cuantitativos, de más de la tercera parte de la producción poética escrita, pues la poesía completa de Aurelio Arturo no supera los setenta poemas. Ninguno de estos poemas, como ya se mencionó, es incluido en el único libro publicado por el autor. Solo uno de ellos, “Canto a los constructores de caminos” (1929), hace parte de la compilación de 1934, a la postre inédita, que reunió dieciséis títulos y dio cuerpo al proyecto de publicación Un hombre canta.7 Salvo por una solitaria reaparición en 1936 de unas baladas de 1928 y por la vigencia del mencionado “Canto a los constructores de caminos”, que todavía en 1951 veía la luz de manera autorizada, la relativamente copiosa creación de la década del veinte deja de pertenecer en cuestión de poco tiempo al catálogo de lo publicable. Esto no ocurre con los poemas escritos a partir de 1931. La obra posterior a Morada al sur, por su parte, consta de un grupo de “canciones” publicadas en agosto de 1963 –“Canciones”, “Canción del niño que soñaba”, “La canción del verano”, “Canción del viento” y “Canción de hadas”– y de los poemas “Sequía” (1970), “Palabra” (1973), “Lluvias” (1973), “Tambores” (1973) y “Yerba” (póstumo, 1975). A propósito de la estructuración de la obra arturiana, la recepción crítica ofrece hasta ahora sobre todo dos posiciones. Por un lado, hay quienes identifican en los cinco poemas publicados en la década del setenta una ruptura con los temas y los recursos estilísticos de la poesía anterior y se esfuerzan por mostrar, en consecuencia, las diferencias entre lo uno y lo otro. 8 De fecha más reciente, en cambio, procede el juicio según el cual la lírica de Aurelio Arturo es en lo esencial una obra unitaria que, como es apenas obvio, ostenta ciertas variaciones, pero que, en sentido estricto, obedece a una motivación identificable como constante desde el primero hasta el último poema.9 El presente estudio, en cambio, opta por marcar la diferencia de las tres fases de creación de Aurelio Arturo mencionadas más arriba, pero al mismo tiempo –y en esto radica parte de la novedad de la contribución crítica– procura mostrar el proceso dentro del cual las diferentes etapas se integran como un todo. Para ello sitúa el conjunto de los poemas arturianos en un horizonte narrativo y se permite entender la œuvre como un “relato”, a saber, el “relato” con el que Aurelio Arturo responde a la pregunta tardomoderna por la relación de la subjetividad consigo misma y con el lenguaje. “Relato” designa aquí, en concordancia con el sentido aristotélico de fábula, simplemente un todo cuyas partes se encuentran dispuestas en una secuencia coherente (Poét., 1450a 5-ss, 1450b 26-ss, y Neumann, 2013: 48-ss). 

Se trata de que la perspectiva de análisis adoptada considera el conjunto de poemas publicados por Aurelio Arturo a lo largo de su vida como una totalidad que organiza dentro de sí un material poético diverso y respecto de la cual es posible mostrar algunas trazas evolutivas, algunas “líneas argumentales”. Dicha perspectiva es una opción que busca solo en apariencia armonizar las dos posturas críticas descritas, pues en realidad ni quienes ponen de relieve las diferencias ni quienes en el bando opuesto acentúan la unidad se han propuesto develar la dinámica interna a la cual obedecen las sucesivas transformaciones de la obra arturiana. 10 El trasfondo teórico que subyace a esta perspectiva narratológica es la idea, afianzada en el postestructuralismo, de la condición determinante del lenguaje en la construcción de la subjetividad. El sujeto deja de ser asumido como instancia prelingüística para revelarse como producto del lenguaje mismo. Un antecedente en la teoría literaria es el diagnóstico de Roland Barthes de “la muerte del autor”. Dice Barthes que el autor –entendido como seguro y significado último de la obra– es un personaje moderno, sin duda producto de nuestra sociedad en la medida en que ella, al salir de la Edad Media con el empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal en la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, como se dice de un modo más ilustre, de la “persona humana” (1984: 61-62). 11 Esto es, el autor posee los rasgos de una formación histórica. Precisamente la conciencia de su historicidad es ya el signo de su alejamiento. A la relación autor-obra Barthes le contrapone la relación escritorescritura, un nuevo vínculo dentro del cual los términos en juego nacen de manera simultánea, subvierten las convenciones sobre la originalidad y el sentido, y exhiben al texto como “un tejido de citas provenientes de los miles de focos de la cultura” (1984: 65). Quien habla en este texto es el lenguaje, y no el autor. Concepciones psicoanalíticas de la génesis del yo (Lacan), así como concepciones saussurianas sobre la retoricidad del signo lingüístico (De Man) desarrollan el planteamiento de Barthes al poner de relieve, desde perspectivas diferentes, la preeminencia del lenguaje en la formación de la subjetividad (cf. Schiedermair, 2004: 39-ss). 

Representativa de las consecuencias que trae consigo este desarrollo es la postura de Andreas Höfele, quien, a propósito de la pregunta por la naturaleza de las instancias narrativas en la lírica, dice que el autor crea en el yo lírico “un constructo de sí mismo, una ficción en la que pone de manifiesto una representación de su propia identidad” (Höfele, 1985: 194, citado por Schiedermair, 2004: 46). Pues bien, uno de los modos que asume la construcción lingüística de la subjetividad es precisamente el de la narración. Partiendo de la base del papel privilegiado que el acto de narrar desempeña en la articulación de la experiencia humana –gracias a él diversos sucesos esparcidos contingentemente en el tiempo se organizan en una secuencia y se emplazan en un contexto–, Anthony Paul Kerby plantea la idea de la comprensión de sí mismo, de la relación del sujeto consigo mismo, como una “autonarración” (self-narration), una narración que no es apenas la descripción de una entidad cartesiana preexistente, sino el garante de la emergencia y la realidad misma de dicho sujeto (Kerby, 1991: 4). Kerby se apoya en la evidencia del carácter temporal con que está revestida toda experiencia humana y en la necesidad de establecer en ella continuidad y coherencia mediante actos de expresión. Continuidad y coherencia narrativas son en últimas la condición de posibilidad de la identidad. Esta identidad construida como relato aspira, si no al ideal de la integridad (closure, totality), por lo menos sí a estar en condiciones de ser seguida y comprendida (followability). Ahora bien, añade Kerby, los relatos que el individuo narra sobre sí mismo se encuentran situados en un determinado contexto social y son ellos mismos productos culturales heredados: “De hecho, gran parte del acto de autonarrarnos es cuestión de hacernos conscientes de las narrativas con las que y en las que ya vivimos [...]” (1991: 6). 12 Este aspecto colectivo de la narración de sí es el que le interesa destacar a Kim Worthington, quien sugiere que “la construcción de un sentido de individualidad relativo al sujeto debería entenderse como un proceso creativo de narración llevado a cabo dentro de una pluralidad de protocolos comunicativos intersubjetivos” (1996: 13). 13 ¿Qué relato de la subjetividad ofrece la obra de Aurelio Arturo? La tesis que aspira a demostrar el presente estudio es que, tomados en conjunto, los poemas arturianos narran un proceso de individuación en el que la subjetividad amplía sus dimensiones, en el que ella prolonga de comienzo a fin el radio de su conciencia mediante la percepción –tematización, escucha– de elementos de coordenadas espacio-temporales cada vez más extensos. El concepto de “proceso de individuación” (Individuations prozess) procede de la psicología analítica de Carl Gustav Jung y designa la toma de conciencia por parte de una psiquis de su pertenencia a una totalidad. 

Se trata de un desarrollo arquetípico, esto es, de una transformación típica de la psiquis humana que, a juicio de Jung, encuentra su representación simbólica, entre otros, en diversos productos culturales como la mitología, la religión y la literatura. Este enfoque simbólico es común a la psicología profunda desde Sigmund Freud. Un ejemplo célebre en la tradición junguiana es el estudio con el que Erich Neumann busca vincular sistemáticamente un gran caudal de material mítico con las diferentes etapas del desarrollo filo y ontogenético de la conciencia (cf. Neumann, 1974 [1949]). Algo semejante hace Norbert Bischof (1996) en la línea de la psicología académica de orientación científicoexperimental, cuando muestra la conexión entre el desarrollo emocional y anímico (no tanto cognitivo) del individuo y numerosos mitologemas universales. Desde la perspectiva de la antropología de la narración, más recientemente, Michael Neumann (2013) entiende el gran flujo de las narraciones como respuestas a ciertas necesidades antropológicas e individualiza el metagénero de los cuentos de hadas como elaboración del ingreso del individuo a la adultez. El presente estudio se sitúa en esta tradición de quienes procuran anudar la transformación de la subjetividad con su elaboración narrativa; como obra de análisis literario, sin embargo, se concentra en la subjetividad como instancia textual y acude al autor empírico solo cuando la superficie del texto activa el contexto biográfico. Interesa, en suma, registrar la preexistencia de un guion narrativo de trasfondo psicológico que permite enmarcar narrativamente el conjunto de poemas arturianos. Pero dicho guion se ejecuta en la obra de Aurelio Arturo de manera específicamente literaria, a saber, como la búsqueda no de una madurez psíquica, sino de una peculiar relación de la subjetividad con la palabra poética. Mientras que la subjetividad de la primera etapa creativa se interesa sobre todo por el mundo exterior en la inmediatez de su coyuntura histórica y desde la perspectiva de la pertenencia a un colectivo, la de la segunda etapa explora el mundo interior del individuo y abre la dimensión del pasado mediante contenidos rememorantes; en los poemas de vejez, finalmente, la subjetividad ya no se expresa como colectivo determinado ni como individuo, sino como instancia mítico-universal para la que los límites temporales se desvanecen en el pasado inmemorial y el futuro vaticinable de las situaciones arquetípicas. 

Este proceso semeja lo que Thomas Mann denomina “la adquisición del modo típico-mítico de ver las cosas [die Gewinnung der mythisch-typischen Anschauungsweise]” (1982 [1936]: 921), esto es, llegar a contemplar el devenir del mundo y de las acciones humanas como repetición solemne, como ritual, como cita, de esquemas intemporales y de normas y formas primordiales de la vida, lo cual no es otra cosa que el mito mismo. Esa adquisición significa para el artista, continúa Thomas Mann, “una elevación peculiar de su temple artístico [...]; pues en la vida de la humanidad lo mítico representa sin duda una etapa temprana y primitiva, pero en la vida del individuo se trata de una etapa tardía y madura”. 14 No es difícil ver en tales palabras un paralelo con la teoría de la despersonalización de T. S. Eliot: “El progreso de un artista es un continuo proceso de autosacrificio, una continua extinción de la personalidad” (1975a [1919]: 40).15 Y es justamente en los poemas arturianos de la aquí denominada etapa tardía donde, en lugar de la infancia individual, se trae a cuento “la infancia mítica de todos los hombres”, como precisa José Manuel Arango en un breve comentario sobre la poesía de Aurelio Arturo (2003: 601). Subjetividad colectiva, subjetividad lírica y subjetividad visionaria o profética son los conceptos a los que el presente estudio acudirá para describir el aspecto predominante de la subjetividad en cada una de las tres fases de la obra analizada. En el primer caso, apelo a la idea del actor sociohistórico en los estudios de Peter Zima sobre el sujeto; la idea de una instancia vuelta a su interioridad, en segundo lugar, vincula elementos tanto de la estética idealista como del modelo psicoanalítico del inconsciente; para la idea de la visión o de la profecía recurro, finalmente, a estudios sobre las formas modernas de la antigua tradición del poeta vates. El polo objetivo espacial del que se ocupa la subjetividad también experimenta una ampliación de sus dimensiones. No se trata, obviamente, del incremento de la magnitud geométrica, sino de la conquista paulatina de diferentes niveles semánticos. Al espacio se lo representa en los poemas de juventud casi siempre en su dimensión física exterior y a partir de ella se lo hace objeto de una militancia estético-política. Para esta primera parte del análisis, me ciño a las categorías descriptivas de Marie-Laure Ryan (2014) y Katrin Dennerlein (2009), así como al concepto bajtiniano de cronotopo (Bajtín, 1991 [1975]). Luego, en la etapa correspondiente a Morada al sur, los poemas integran dimensiones adicionales. A ellas las describo como espacio vivido, imaginario y metafórico, esto es, como objeto de la experiencia corporal humana no matematizable (Bollnow, 1963; Waldenfels, 2009), como producto de la imaginación poética (Gaston Bachelard, 1974 [1957]) y como instrumento de representación metafórica de relaciones no espaciales (Lotman, 1978; Genette, 1966, 1969). En algunos de los poemas tardíos, por fin, se lleva la conciencia espacial al nivel mismo de la textualidad en cuanto que, por su distribución tipográfica, los versos procuran la referencia a su situación en la página, a la mise en page (Genette, 1969). Los episodios de esta transformación no solo están insertos en el contexto ya señalado de la faceta estética de la modernidad tardía la crisis descrita por Zima–, sino que además se corresponden con fenómenos específicos de su faceta sociológica, a los cuales apelo, entonces, a la hora de establecer el marco histórico para cada una de las fases creativas. También para cada caso, traigo a cuento, adicionalmente, dos autores representativos en comparación con cuyas obras resulte posible perfilar la obra arturiana. 

El contexto de los poemas de juventud es el auge de la modernización social en los años veinte y las representaciones del paisaje americano en la poesía de Rafael Maya (1897-1980) y en la obra de José Eustasio Rivera (1888-1928). Considero las décadas del treinta y del cuarenta a partir del fenómeno de la diferenciación social y de la autonomización del campo artístico y a partir de las figuras de Eduardo Carranza (1913-1985) –como representante del movimiento Piedra y Cielo– y Jorge Gaitán Durán (1924-1962) –como representante de Mito–. La compleja relación entre la violencia, la urbanización y el progresivo desencantamiento del mundo configura el ámbito en el que se mueven los poemas tardíos, los cuales ganarán perfil comparativo en relación con el movimiento nadaísta y la poesía de Jaime Jaramillo Escobar (1932), así como con la obra poética temprana de José Manuel Arango (1937-2002). Tomados, pues, en conjunto, los poemas narran un movimiento de ampliación de la subjetividad y del espacio. ¿Cómo se realiza este enfoque narrativo en el análisis de cada poema? El enfoque narratológico descrito pone a disposición un sentido general de narración que inicialmente justifica el interés en atender al devenir de la obra arturiana en su continuidad y en sus transformaciones. En coherencia con ese sentido general, el presente estudio acude también a un sentido específico y elige de acuerdo con él las herramientas de análisis textual con las que se emprende la lectura narración de los poemas. En efecto, parto de la base de que cada poema es una susceptible de analizarse con categorías narratológicas. Si se define narrar como acto comunicativo que construye sentido a partir de la estructuración de una cadena de sucesos transmitida por instancias de mediación escalonadas, resulta que buena parte de la lírica –además, claro, de la explícitamente narrativa como las baladas o los relatos en verso– puede entenderse como narración. Se trata, ahora bien, de una narración en la que los sucesos en cuestión son en gran medida de naturaleza psíquica (perceptivos, por ejemplo) y en la que, en comparación con la prosa narrativa, la expresión asume una forma más sintética y condensada (cf. Hühn & Schönert, 2007: 2-ss). La decisión por el enfoque narratológico se funda en una de las constantes de la obra poética de Aurelio Arturo, a saber, el explícito y a menudo tematizado interés en narrar. La continuidad de este interés es perceptible desde la obvia motivación épica del ciclo de baladas concebido entre 1927 y 1928; pasa por los cruciales versos finales de “Morada al sur”, en los que el yo lírico declara haber “narrado / el viento; sólo un poco de viento” (“Morada al sur” 5, vv. 3-4, el énfasis es mío); y se extiende hasta la caracterización de los elementos de la última fase creativa, como, por ejemplo, de las lluvias, las cuales, según el poema que las tematiza, “hablan de edades primitivas [...] y siguen narrando catástrofes / y glorias” (“Lluvias”, vv. 12-13, el énfasis es mío). Las esporádicas incursiones de Aurelio Arturo en el género de la cuentística y de la ensayística también testimonian de primera mano la inquietud narrativa. 

El único cuento arturiano de que se dispone hoy en día tiene por protagonista justamente a un contador de historias (cf. “Desiderio Landínez”, 1929, OPC: 260-261), oficio que al mismo tiempo jalona las reflexiones teórico-literarias de una breve página sobre la fábula en los nombres de La Fontaine y Rafael Pombo (“De La Fontaine a Pombo”, 1969, OPC: 252-253). Jörg Schönert, Peter Hühn y Malte Stein (2007) desarrollan las categorías de análisis narratológico, así como la fundamentación del correspondiente enfoque transgenérico, especialmente en el volumen colectivo Lyrik und Narratologie, texto en el que se apoya la siguiente exposición terminológica (cf., además: Hillmann & Hühn, 2005; y Hühn & Kiefer, 2005). 16 La narratividad se constituye a partir de la secuencialidad y de la medialidad. Por una parte, hay sucesos que se organizan en una secuencia; por otra, hay instancias que transmiten dicha organización. De acuerdo con estos dos polos, la perspectiva analítica distingue dos niveles del texto: el nivel del argumento (Geschehen, happenings),17 esto es, de la suma de material narrativo ofrecido apenas en sus coordenadas espaciotemporales, y el nivel de la presentación (Darbietung, presentation), es decir, de la ordenación de aquel en un constructo con sentido. Dentro del primero se distingue entre lo invariable y lo variable, a saber, entre lo dado (Gegebenheiten, existents) y los sucesos (Geschehenselemente, incidents); dentro del segundo, entre las instancias de mediación (Vermittlungsinstanzen) –autor empírico, autor abstracto, hablante y protagonista– y la focalización (Fokalisierung), vale decir, la disposición perceptiva, psíquica y cognitiva con la que las instancias de mediación presentan lo que sucede. En cuanto a la articulación de material narrativo contingente en secuencias dotadas de coherencia, el enfoque narratológico acude asimismo al concepto de esquema cognitivo. Se trata de una estructura de sentido previa (un contexto, un código cultural, un patrón intratextual) en conexión con el cual determinado tema o encadenamiento de sucesos presentes en el texto adquiere una inicial familiaridad para el lector. Hay esquemas cognitivos estáticos y dinámicos. 

Por un lado, el marco contextual (Frame) designa un contexto temático o situacional dentro del cual el poema es susceptible de leerse; piénsese a modo de ejemplo en los tópicos de la finitud de la vida, del paraje ameno o del amor no correspondido. Bajo guion (Skript), de otro lado, se entienden procesos o desarrollos conocidos, secuencias convencionales de acción o procedimientos prototípicos al modo, para citar algunos, del nacimiento de un mundo, de la caída del paraíso, del descenso al Hades, etcétera. Ahora bien, lo que propiamente genera sentido en la narración es el acontecimiento (Ereignis), esto es, la ruptura o desviación de la secuencia prevista de acuerdo con el contexto cognitivo activado. El acontecimiento constituye el momento central de la organización narrativa en cuanto que gracias a él lo narrado se diferencia del simple material secuencial organizado coherentemente y se convierte en efecto en algo más, en algo digno de narrarse, algo que posee “tellability”. Dependiendo de si la ruptura se produce en el transcurso del argumento (Geschehensereignis) o en el modo en que este se presenta (Darbietungsereignis), el acontecimiento se adscribirá a una determinada instancia. Para el acontecimiento en el plano argumental, la instancia de referencia es una de las figuras o personajes de la narración –por ejemplo alguien que, contra la expectativa común, no busca resguardo ante la inminencia del invierno, sino que se aventura en la intemperie (cf. Schönert, 2007b: 189)–; para el acontecimiento en el plano de la presentación, la figura implicada es el hablante en el acto narrativo mismo –por ejemplo, el eventual caso de que el aventurero en cuestión, reflexionando en calidad de hablante sobre la partida emprendida, pase de expresar sus dudas ante la propia osadía a heroizarla con exhortaciones a sí mismo–. Este último tipo de acontecimiento puede a su turno asumir dos formas: como acontecimiento en el plano de la mediación (Vermittlungsereignis) y en el de la recepción (Rezeptionsereignis). En el primer caso, la ruptura de la expectativa se produce no por el cambio de una disposición personal, sino mediante una peculiar organización textual y retórica de lo narrado, bien porque la organización misma se desvía de un patrón construido con anterioridad o bien porque entra en disonancia con lo que se narra; la instancia implicada en estos casos no es entonces el hablante sino el sujeto de la composición –por ejemplo cuando un poema que tematiza la fragmentación y falta de coherencia de la existencia humana enfatiza la unidad de la composición mediante anáforas y rimas (cf. Hühn, 2007: 260)–. Como acontecimiento en el plano de la recepción opera aquella modificación (ganancia epistemológica, reorientación ideológica) que se ha de producir sobre todo en el lector implícito, sin que el hablante o la figura estén en condiciones de experimentarla ellos mismos de manera óptima –por ejemplo, cuando el hablante celebra como acto de autonomía respecto de una mujer el hecho de distanciarse geográficamente de ella mientras que el lector posee elementos para evaluar dicho acto como el ingreso en una nueva dependencia mediante la culpa– (cf. Hühn, 2005: 170). Recepción crítica En lo que sigue, emprendo un recorrido por el grueso de la recepción académica de la obra arturiana a partir de los tres aspectos bajo los cuales el presente estudio la hace objeto de análisis: el contexto de la modernidad tardía, la representación del espacio y la representación de la subjetividad. El tema de la modernidad tardía (o, en general, de la Modernidad) es tratado por la recepción casi exclusivamente en conexión con el tema del mito. A propósito de este último, es fácil constatar la existencia de un consenso generalizado en torno a la presencia de elementos míticos en la lírica arturiana. Las diferencias surgen, sin embargo, a la hora de situar dichos elementos en relación con los elementos del polo moderno opuesto. 

El abanico abarca desde quienes ven en los poemas señas claras de una ruptura con el mundo mítico narrado –en función de una representación del presente histórico–, hasta quienes, por el contrario, ponderan los rasgos clásicos e idílicos de los versos y los sustraen categóricamente a cualquier vínculo moderno. En medio se encuentran los enfoques, a mi juicio, más minuciosos y fecundos, a saber, aquellos que se interesan por entender la obra poética de Aurelio Arturo, también en su momento mítico, como una respuesta específica a problemas propios de la modernidad tardía. A continuación, comienzo con estos últimos. Quien explora con mayor consecuencia la vena mítica de la poesía arturiana es Martha Canfield (2003 [1992]) en el artículo “La aldea celeste o formas de una vanguardia americanizada”. Desde una perspectiva declaradamente junguiana, Canfield entiende el mundo representado en el conjunto de los poemas como un mundo onírico, pleno de arquetipos, cuyo mecanismo configurador consiste en la sacralización e idealización de lo existente. La de Arturo es una “poesía arquetípica” (Canfield, 2003: 585) en la que bien pueden identificarse varios de los arquetipos específicos inventariados por C. G. Jung y por autores afines a su pensamiento (como Mircea Eliade y Joseph Campbell). Canfield menciona la madre universal, el árbol de la vida, el tiempo magno, el padre, la quadratura circuli y el proceso de individuación. Que representaciones simbólicas semejantes concurran en la obra de otros poetas, como, por ejemplo, la madre universal bajo la forma de Fuensanta en la poesía de Ramón López Velarde, prueba su raigambre en el “inconsciente colectivo” y su pertenencia a los “sueños retornantes de la humanidad” (Canfield, 2003: 583). Tras dicha imaginación arquetípica, piensa Canfield, subyace una concepción de mundo platónica según la cual la garantía de existencia de lo real es su asimilación a un modelo ideal, armónico y duradero, lo cual supone para el individuo saberse a sí mismo parte de una totalidad. Incluso la idea baudelaireana de las correspondencias entendida como presentimiento de la unidad misteriosa de todas las sensaciones encontraría un eco decisivo en la poesía arturiana, pues, en últimas –sintetiza Canfield–, la “clave central” de dicha poesía no es otra que “la aspiración a una armonía de la totalidad [...], del cielo con la tierra, del macrocosmos con el microcosmos, del cuerpo con la psiquis, de la materia noble con la vil, de lo perecedero con lo permanente” (2003: 593). Una opinión semejante esgrime Ramiro Pabón Díaz, para quien la expresión arturiana del amor a la vida es la de un “místico del universo” (1991: 5). Pabón Díaz, en efecto, también lee en la poesía de Aurelio Arturo una naturaleza sacralizada, cuya representación prescinde, sin embargo, de cualquier religión y mitología tradicional y se deja entender más bien en términos de panteísmo (47). 

Dos motivos mitológicos estructuran temáticamente la mayoría de los poemas: la vida –entendida como “la eterna renovación de sus formas, su renacer perpetuo” (60)– y la tierra –entendida como “tierra madre, madre de los dioses, de los hombres y de todas las cosas” (43)–. Se trata, en definitiva, de la celebración de la vida en cierto tiempo y en cierto lugar. Óscar Torres Duque habla del “paraíso original” (1992: 30), Marco Fidel Chaves del pasado en un “mítico y mágico país” (2003 [1989]: 550), y Miguel Gomes de “un nostálgico e ‘incestuoso’ retorno a las fuentes, a una infancia plácida resguardada por la figura todopoderosa de la madre [...]” (2001: 35). Ahora bien, Canfield anota que la tematización literaria de los orígenes míticos, ahistóricos, se encuentra en relación con un momento histórico determinado. La poesía de Aurelio Arturo hace parte, en realidad, de una tendencia continental –la “vanguardia americanizada” 18 que surge como reacción a la secularización y al individualismo. Canfield se remite a los análisis de Gutiérrez Girardot según los cuales dicha reacción asume a partir del modernismo de Hispanoamérica la forma de una sacralización de lo profano (cf. Canfield, 2003: 577; Gutiérrez Girardot, 1986: 93). Y, en efecto, en un primer comentario sobre la poesía de Aurelio Arturo, Gutiérrez Girardot entiende la celebración de la infancia en el campo contenido, según él, de Morada al sur– como una búsqueda crítica de la “patria” 19 por fuera del presente y, en ese sentido, como la “protesta callada” contra los valores utilitaristas de la incipiente industrialización en el continente americano (1982: 525). Años después, sin embargo, en un ensayo de mayor alcance y extensión, el hispanista colombiano añade precisión al tema: en el recurso a los orígenes míticos dentro del contexto de la modernidad tardía, lo que está en juego es el propósito de “rebautizar las cosas” (Gutiérrez Girardot, 2003: 434). Con ello quiere decir que, sobre la base de la crisis en la que a finales del siglo XIX incurren tanto el concepto de realidad como el lenguaje que la capta y expresa, denominar las cosas implica la aspiración a que ellas mismas se expongan a la percepción mediante un nuevo bautizo. El Arturo que celebra la infancia en el campo se emparienta entonces con el Kafka que desea ver las cosas tal como se dan antes de que se le muestren, con el Guillén que en el poema “Más allá” narra la progresiva toma de conciencia de la realidad, con el Valéry que en Le Cimetière Marine evoca un comienzo, con el Mallarmé, en fin, que identifica en la Nada el camino a lo Bello. En todos estos casos se trata de indagar un origen a partir del cual palabra y cosa adquieren una mayor significación. Los aportes de Beatriz Restrepo y Graciela Maglia representan la línea de quienes consideran que la poesía de Aurelio Arturo, lejos de limitarse a una relación de contexto con fenómenos de la modernidad, integra en su mismo cuerpo temático elementos de raigambre comúnmente moderna, como, por ejemplo, la migración no solo en sentido físico– del campo a la ciudad. La obra de Arturo es “el canto de la transformación de las sociedades agrícolas en urbanas” (Restrepo, 2003: 475). Poemas claves del corpus arturiano como “Morada al sur”, “Interludio”, “Clima”, “Amo la noche”, “Canción del niño que soñaba” y “Canción de hadas” testimoniarían la condición “urbana” (Restrepo, 2003: 481) de una poesía interesada en registrar la inacabada ruptura con el mundo campesino. En lo que concierne a “Morada al sur”, Maglia refuerza esta idea mediante una lectura según la cual los versos relatan el advenimiento, también inacabado, del individuo y del tiempo histórico en una sociedad colombiana anclada aún en el tiempo detenido y en las estructuras jerárquicas colectivas de la hacienda patriarcal. 

Tradición y modernidad, campo y ciudad, mito e historia son todas relaciones que, piensa Maglia, el devenir del hablante retrata en su condición de conflicto (2001: 42). Justo contra esta línea interpretativa se manifiesta Óscar Torres Duque cuando afirma que la poesía de Aurelio Arturo “no es nunca una poesía desgarrada, ni entra a considerar del todo su propia condición de trasterramiento: Aurelio no es nunca, en sentido estricto, un poeta de ciudad (y por tanto no es nunca un poeta moderno)” (2003: 355-356). La filiación idílica, esto es, original, de Aurelio Arturo supone para Torres Duque un emplazamiento por “fuera del ámbito de la historia” (1992: 6). Como los de otros poetas del idilio –cuya actitud es “enteramente reaccionaria, anacrónica y esteticista” (6)–, el mundo ideal creado por Arturo desconoce el mundo histórico y sus conflictos. Cerca de la postura de Torres Duque se encuentra la idea de Moreno-Durán de que la presencia temática de la ciudad en los versos arturianos significa la “conciliación de opuestos” propia “de un universo donde las coordenadas se funden” (2003b: 445); emparentada con la postura contraria se encuentra, en cambio, la opinión de Claudia Cadena Silva de que el lenguaje arturiano “evoca y recrea el momento de su origen con la certeza de estar hablando de un tiempo que ya no le pertenece” (1991: 328). Miguel Gomes identifica un conflicto, pero dicho conflicto no solo pertenece al plano arquetípico (se trata de la pugna originaria entre la Gran Madre y el héroe), sino que además se resuelve negativamente para el impulso heroico hacia la transformación histórica: la epopeya, en Arturo, es “fracasada” (2001: 38). Que, por otra parte, no todos son elementos ideales en el universo arturiano fue una de mis tesis en un trabajo anterior (Pino Posada, 2008) donde procuré describir el papel del tópico de la muerte en la configuración del canto. En relación con el tema de la modernidad, el presente estudio profundiza y ajusta de manera considerable las perspectivas de lectura abiertas por Canfield y por Gutiérrez Girardot. Inicialmente, la idea de una “poesía arquetípica” se afianzará en las páginas siguientes mediante la exposición exhaustiva de los conceptos de C. G. Jung –paso metodológico que, aunque necesario a la hora de operar interpretativamente con arquetipos, no ha sido emprendido hasta ahora en la recepción crítica–, 20 así como mediante su integración en el análisis sistemático de varios poemas arturianos representativos –práctica esta del análisis, por otra parte, más bien escasa en los hábitos críticos tocantes a la obra de Aurelio Arturo y, en general, a la poesía colombiana–.21 La idea se afianzará no solo cuando se muestre cómo motivos arquetípicos articulan los poemas centrales de la segunda fase creativa, sino además cuando el conjunto de la obra sea descrito en forma plausible de acuerdo con el proceso de individuación, él mismo uno de los arquetipos nucleares del catálogo junguiano. Dentro del ámbito de la interrogación teórico-literaria, este proceso se entenderá de modo más específico como la transformación de una subjetividad literaria en relación con la búsqueda y el hallazgo de una voz. Aunque en su referencia exploratoria –no en la procesual– este planteamiento fue ya esbozado por Gutiérrez Girardot, un desarrollo propiamente dicho del mismo no existe aún, pues el texto del hispanista colombiano permanece dentro de los límites de un ensayo de corte más comparativo y propositivo que analítico. Los análisis textuales que ofrece el presente estudio llevarán a cumplimiento la tarea apenas esbozada y mostrarán en detalle no solo las fases, sino los diferentes agentes que intervienen en dicha búsqueda. En segundo lugar, de Gutiérrez Girardot se desarrollará también la idea según la cual el mencionado tanteo arturiano con la palabra como momento nominativo de una poesía que redescubre y “bautiza” lo fáctico– se adscribe a la vertiente poetológica, autorreflexiva, de la lírica moderna (Canfield, por el contrario, la entiende como signo de un eventual platonismo de Aurelio Arturo, esto es, la aspiración a la “Palabra” en su condición de “esencia absoluta” [2003: 583]). En efecto, la discusión sobre el nexo entre elementos míticos y elementos modernos en la poesía arturiana no tiene por qué ignorar la pregunta históricoliteraria acerca de si, y en qué medida, la lírica de Aurelio Arturo es lírica moderna en el sentido de su pertenencia a la tradición común que cohesiona a la lírica europea desde Baudelaire. La cuestión se puede abordar teniendo en cuenta tres aspectos de la modernidad lírica: su articulación de la crisis tardomoderna de la subjetividad y del lenguaje, su registro de fenómenos propios de la modernidad sociológica y, por último, su propósito de ruptura. 

Como ya se dijo, en cuanto a lo primero se comparte y se amplía la respuesta afirmativa de Gutiérrez Girardot. Baste añadir que el momento mítico de la poesía arturiana entendido como un tanteo por los orígenes de la voz se encuentra en consonancia con la tendencia de la modernidad poética a entrar en conflicto con su tiempo y a buscar consecuentemente un principio que lo niegue (Lamping, 2008: 117). “La poesía moderna –anota al respecto Octavio Paz– afirma que es la voz de un principio anterior a la historia, la revelación de una palabra original de fundación” (1999: 444; el énfasis es mío). Justo este rasgo fundacional, diría Paul de Man, delimita el impulso renovador de la modernidad literaria frente a la simple obediencia de lo nuevo, la servidumbre de la moda, pues dicho impulso en realidad no es nada menos que “un deseo de borrar todo lo que vino antes con la esperanza de alcanzar al final un punto que pueda llamarse un verdadero presente, un punto de origen que marque una nueva partida” (1971: 148). 22 Moderna es también la lírica arturiana en su articulación de fenómenos propios de la modernidad sociológica. En la pretensión de registrar la manera en que dicho contacto ocurre, el presente estudio se sitúa en el mismo ángulo de visión de los aportes de Restrepo y de Maglia; en la exhaustividad de la mirada, sin embargo, alcanza mayor amplitud y precisión gracias, entre otras cosas, a un seguimiento que diferencia entre épocas de creación. Se observará que, dependiendo de la fase, los poemas permiten identificar un entusiasmo por la modernización social, un cultivo de la autonomía artística mediante los instrumentos narrativos del mito, o una conciencia de la secularización. En ese sentido, los poemas se revelarán como un sismograma más complejo que aquel que capta solamente la alteración producida por la ruptura con un paraíso rural perdido. De entre las diferencias específicas respecto de los aportes en cuestión, conviene mencionar, por un lado, que el proceso de individuación tal y como se rastreará en el análisis de “Morada al sur” no coincide con la intención de Maglia de ver en el poema una subjetivación 23 resultante del precario arribo de la modernidad local. A lo largo del análisis, en efecto, ganará cuerpo más bien la idea de la constitución arquetípica de una identidad lírica en la alternancia de cercanía y distancia respecto de los sonidos de la naturaleza, lo cual hará de “Morada al sur” menos la crónica del tránsito colombiano del campo a la ciudad que la narración mítica de la integración del hablante en un todo. Como diferencia adicional, por otra parte, cabe señalar las reservas con respecto al juicio de Restrepo según el cual la de Arturo es una “poesía urbana”. Lo específico de la ciudad –en la forma de escenario de la fugacidad y multiplicidad de experiencias, en la forma de símbolo apocalíptico de la alienación, o bien en la forma de simple paisaje de calles y edificios demarcado en su diferencia con el paisaje rural– no desempeña un papel preponderante en la lírica arturiana.24 No es claro, sin embargo, que ello vaya en menoscabo de su modernidad, como piensa Torres Duque, para quien poesía moderna es lo mismo que poesía urbana (la opinión terminaría excluyendo de la modernidad poética a nombres como los de Mallarmé, Rilke, Valéry, Guillén...); no va en detrimento de su modernidad porque la experiencia que Restrepo cree ver en la ciudad –separación del ámbito rural de la infancia– se articula en Aurelio Arturo mediante otros elementos –referencias a la lejanía y metáforas de la aridez y la caducidad–, esto es, no desemboca necesariamente en la tematización de la urbe. 

Esto lo han hecho con más intensidad otros poetas locales, incluso contemporáneos de Aurelio Arturo. Aquí se mostrará que el fenómeno de la urbanización está, por ejemplo, mejor articulado en la obra de José Manuel Arango. ¿Cómo se comporta la poesía de Aurelio Arturo en cuanto al tercer aspecto, el momento de ruptura de la lírica moderna? El clásico estudio de Hugo Friedrich, Die Struktur der modernen Lyrik que renuncia por demás a una definición en sentido estricto de lírica moderna (2006 [1956]: 10)– entiende por estructura una serie de semejanzas en el modo de ser, una comunidad de estilo en medio de la nutrida diversidad de expresiones individuales. Dicha comunidad consiste en la ruptura con la tradición, a saber, con la tradición lírica clásica, romántica, naturalista y declamatoria (Friedrich, 2006: 12). Dieter Lamping despliega la iniciativa de Friedrich en dos vertientes: la ruptura, dice, se produce con respecto al lenguaje –surgen nuevos modos de representación y percepción– y con respecto a las formas–surgen nuevas maneras de versificación– (2008: 7). De lo primero es ejemplo el uso específico de ciertos recursos –símbolos, comparaciones, metáforas, montajes y juegos con el lenguaje– con el propósito de convertir en extraños los referentes mentados. De lo segundo, sobre todo el uso del verso libre y la experimentación con la rima y con la partición estrófica (cf. Lamping, 2008: caps. II y III). ¿Participa de estas novedades el conjunto de la lírica arturiana? La respuesta es sí, aunque por supuesto no en todos los aspectos y, en los casos afirmativos, de manera más bien tímida –“sin estridentismos”, como dice Martha Canfield (2003: 578)–, esto es, de manera atemperada y no en la línea de lo que Friedrich denomina la “modernidad dura [harte Modernität]” (2006: 10).

 Adicionalmente, la vehemencia del sí dependerá de la fase creativa que se tenga en mente: hay razones para considerar de mayor modernidad los poemas tardíos que los poemas de juventud. En cuanto a las formas de los versos –para empezar con la segunda vertiente propuesta por Lamping– el lector no encontrará en la obra completa de Aurelio Arturo un solo poema que se ajuste plenamente a algún modelo clásico de versificación. 25 Tampoco hallará ningún poema con rima consonante en todas sus estrofas ni, lo que es más llamativo, ningún poema que aplique con cabal consecuencia la rima asonante, pese a que, en más de un caso, pareciera esa la pretensión.26 Lo mismo ocurre con la cantidad silábica: descontando las excepciones de “Clima” y “Silencio” compuestos, como bien lo registra Pabón Díaz, por una serie ininterrumpida de endecasílabos–, en vano se buscará un poema con un único metro. Y, aunque en la sumatoria de estrofas se marca la preferencia de Aurelio Arturo por las de cuatro versos, muy pocos de los poemas en los que ellas predominan permanecen en efecto fieles a dicha forma estrófica; por lo general, aparecen una o dos estrofas que, conformadas por otro número de versos, quiebran el isomorfismo.27 Resulta difícil no pensar que Aurelio Arturo, en los poemas en los que se propuso seguir una convención formal –lo cual, valga decir, no ocurre ni siquiera en la mitad de los casos, pues a la mayoría de poemas los estructura el verso libre–, persiguió al mismo tiempo dar cabida a la discontinuidad: sumándole versos a una estrofa, alargando la longitud del metro, interrumpiendo la sucesión de la rima. Este desapego –sin radicalidad– frente a la tradición formal se incrementa a lo largo de los años de escritura, más allá de que ya existan señas claras de él en los primeros poemas de juventud y de que, a la inversa, en 1961 aparezca publicado por primera vez “Madrigales”, una de las pocas excepciones de continuidad en la forma estrófica. Una transformación semejante en el devenir de la obra se observa a propósito del tipo de lenguaje lírico, la otra vertiente citada por Lamping. Varios poemas de la primera fase de creación exhiben aún trazas de la tradición oratoria en español: “Ciudad de sueño”, “El grito de las antorchas”, “En azul lejano”, por ejemplo, son poemas donde prolifera el pathos. Se cede en un buen número de versos a la atracción por la excitación del hablante, por la exclamación, por los imperativos, por la interjección, por el énfasis: “[...] oh rúas de mi júbilo” (“Ciudad de sueño”, v. 11), “Oh babélicos / [...] Traed el hierro en sus diez mil transformaciones” (“El grito de las antorchas”, vv. 17, 23), “¡Oh juventud que te quedaste soñando / en el valle de la estrella más sola!” (“En azul lejano”, vv. 24-25). Asimismo, motivos de la tradición romántica como la oscuridad, la melancolía, el sueño, la muerte –lo que Friedrich (2006: 30) denomina el “sabor a ceniza” (Aschengeschmack)– sobreviven en los también tempranos “Sueño”, “Muerte” y “Los mendigos”, entre otros. En cambio, en los poemas que Aurelio Arturo publica a partir de 1963, sobresalen ya rasgos de extracción predominantemente moderna: la despersonalización prima desde “Canciones” hasta “Yerba”, la conciencia apocalíptica se manifiesta en “Canción de hadas”, “Sequía” y “Lluvias”, ruinas poscristianas emergen entre los versos de “Canción del niño que soñaba”.

 De la etapa intermedia se pueden resaltar momentos ocasionales de hermetismo: durante largos pasajes de “Morada al sur” no es claro el referente, el montaje de voces en “La ciudad de Almaguer” no está precisamente al servicio de la comprensión inmediata, las elipsis de “Interludio” dan amplio espacio a la interpretación. Más digna de destacar sería incluso la disonancia de la que participan varios poemas de Morada al sur, disonancia según la cual el encuentro (con una voz, una entidad femenina, un elemento de la naturaleza) es al mismo tiempo el desencuentro, la experiencia de la distancia. El caso paradigmático es “Remota luz”, donde el hablante lírico cierra el relato de su retorno “de tierras hermosas” (v. 1) con la pregunta: “¿cómo era tu faz, tierra morena?” (v. 14). A la poesía de Aurelio Arturo también hay que situarla, pues, en la tradición de la lírica moderna europea: en virtud de su impulso fundador, de su permeabilidad histórica, de su novedad expresiva. Eso no significa, ahora bien, que los versos del nariñense sean el prototipo de las revoluciones estéticas que empezaron a sucederse a partir de Baudelaire. Pero sí significa que, a la hora de la contextualización histórico-literaria, la lírica arturiana toma partido por las renovaciones internacionales del siglo XX y no por el clasicismo ni por el romanticismo del siglo XIX colombiano. La diferencia no es irrelevante, pues, como habrá ocasión de ver, no todos los poetas contemporáneos de Aurelio Arturo andaban haciendo lo mismo: Rafael Maya concibió su obra poética y crítica en términos de defensa de lo clásico y el rechazo a lo moderno, y Eduardo Carranza entendió su poesía y el movimiento poético que la secundó como “un regreso a lo clásico español” y “un regreso a la tradición nacional” (Carranza, 1978b [1962]: 195). La recepción crítica también se ha manifestado profusamente a propósito de la representación del espacio en la poesía de Aurelio Arturo. Los comentarios se concentran sobre todo en la localización e interpretación del referente señalado como “morada al sur”. Torres Duque, por ejemplo, dice que el “Sur” de los poemas es “inocultadamente el sur de Colombia, Nariño, La Unión, pero [es también] esencialmente el mundo, como imagen idílica de la poesía y del hombre vuelto a sus orígenes” (2003: 350). En esta declaración se mencionan los dos límites entre los cuales se mueve el acercamiento crítico: por un lado una morada al sur concreta, localizable incluso como elemento topográfico y sociológico en coordenadas espacio-temporales específicas; por el otro, una morada al sur abstracta, ideal, retirada al ámbito indistinto de lo primigenio. Según Eduardo Camacho Guizado –para citar a quienes se acercan a la primera variante–, la morada al sur es la tierra natal (2003 [1963]: 509); para Graciela Maglia, la hacienda y el latifundio feudales (2003: 30); Beatriz Restrepo (2003: 480) y Rafael Gutiérrez Girardot (1982: 524) la entienden como el campo; Fernando Arbeláez (2003 [1964]: 518) y William Ospina (2003 [1989]: 559) como el continente americano. Martha Canfield –ya dentro de quienes se inclinan por el polo opuesto– ve un paisaje sacralizado (2003 [1992]: 577), así como Gustavo Cobo Borda un territorio ancestral (2003 [1974]: 524) y Ramiro Pabón Díaz un espacio edénico (1991: 138). Se trata, evidentemente, de propuestas que no se excluyen entre sí, pues el terruño bien puede funcionar, por medio del recurso a la metáfora, como receptor de valores de un espacio ideal. En relación con la pregunta sobre qué es la morada al sur, el presente estudio optará por una respuesta emparentada con esa segunda variante: la morada al sur será entendida como un espacio mítico, esto es, como el escenario de una cosmogonía, de la génesis de una totalidad. La novedad de la contribución aquí presentada, sin embargo, no consiste tanto en la formulación de una respuesta más a dicha pregunta cuanto en la amplitud con que aborda el tema de la representación espacial. En efecto, se mostrará que el papel del espacio en la lírica arturiana no se reduce al campo semántico de “la morada al sur”, sino que involucra además las referencias telúricas de los poemas de juventud y las señales de espacialidad textual en los últimos poemas, así como, en lo que concierne incluso a los poemas de la fase intermedia misma, se mostrará la variedad, hasta ahora desatendida, en la articulación de experiencias vividas, imaginadas y metafóricas del espacio. A diferencia de la representación espacial, la cual ha gozado de la atención, aunque parcial, de la recepción crítica, el desempeño del hablante lírico junto con la concepción de subjetividad que le subyace son temas prácticamente inexistentes en los comentarios académicos a la poesía de Aurelio Arturo. El vacío crítico sorprende sobre todo a la luz de las diferencias fácilmente cotejables a este respecto a lo largo de la obra. Aunque a Pabón Díaz habría que atribuirle el mérito de haber registrado las variaciones en el uso de los pronombres, el juicio final según el cual “[e]l principio organizador de los poemas es el Yo del poeta que aparece manifiestamente en la gran mayoría de ellos [...]” (1991: 179) no contribuye de modo significativo a la comprensión del devenir de la subjetividad tal y como se articula en los versos. En la atención a las modulaciones del hablante lírico, en la pesquisa por el modelo de subjetividad que les corresponde, así como en la aspiración a describir las sucesivas transformaciones como producto de un proceso arquetípico, el presente estudio procurará, en consecuencia, llenar el vacío existente.

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