sábado, 16 de agosto de 2025

“Las palabras gastadas de la noche”



Texto, búsqueda de novelas, idea de diagramación: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick.

🍷 Comentario de sobremesa – Los Yoses, viernes por la noche: Novela: Las palabras de la noche.


La cena ha terminado, los vasos aún conservan el calor del vino, y el Consejo Editorial se inclina hacia la novela Las palabras de la noche de Natalia Ginzburg como quien se acerca a un susurro que no quiere desaparecer.


Casasola Brown, con su copa de Barolo en mano, inicia el comentario:


“Ginzburg no escribe: murmura. Y en ese murmullo, Elsa se convierte en una sombra que observa sin intervenir, como si la vida fuera una obra que ella contempla desde el telón. La burguesía piamontesa, con sus ansiedades matrimoniales y sus chismes de posguerra, es retratada con una ironía tan fina que parece cortesía. Pero no lo es. Es juicio.”


Pugliatti, desde su rincón, asiente con gravedad:


“La estructura es engañosamente simple. Pero cada diálogo es una excavación. Ginzburg maneja el italiano como si fuera latín doméstico: íntimo, pero eterno. Elsa no es protagonista, es testigo. Y eso la convierte en la voz más poderosa del libro.”


Belfegor, entre risas demoníacas, añade:


“La madre de Elsa es un personaje desquiciante, sí. Pero necesaria. Representa el teatro de la vida que Ginzburg denuncia: el papel asignado, el guion social, la máscara de la noche. La novela es un tratado sobre el silencio como resistencia.”


Cappelli, desde su aristocrático desprecio, sentencia:


“No hay épica. No hay héroes. Solo almas que se deslizan entre la ceniza del fascismo y el tedio burgués. Y sin embargo, es literatura. Que se lea en voz baja, como quien reza sin creer.”


Byron Deford, con mirada encendida, concluye:


“Es una novela que no grita, pero deja eco. Como si las palabras de la noche fueran también las nuestras, las que no decimos, las que nos definen.”


🕯️ El Consejo Editorial guarda silencio. Afuera, en Los Yoses, la noche continúa. Pero dentro, la novela ha sido leída como se debe: con vino, con juicio, y con la solemnidad que merece todo texto que habla desde el abismo cotidiano.

***


Esta novela, publicada originalmente en 1961, es una obra de atmósfera íntima y silenciosa, donde lo cotidiano se convierte en teatro existencial. Aquí están los ejes temáticos más destacados:


🧵 1. La presión social y familiar

Elsa, la protagonista, vive bajo la constante ansiedad de su madre por casarla “decentemente”.


La novela retrata cómo las expectativas sociales y familiares moldean, asfixian o silencian los deseos individuales2.


🕯️ 2. El silencio como resistencia

Elsa observa más de lo que actúa. Su aparente pasividad es una forma de resistencia frente al ruido social.


Ginzburg convierte el silencio en un lenguaje narrativo: lo que no se dice pesa más que lo dicho.


🏚️ 3. La posguerra y el fascismo como telón de fondo

Ambientada en un pueblo cercano a Turín, la novela muestra cómo la burguesía piamontesa intenta salir del dominio fascista.


La guerra no es protagonista, pero su sombra afecta las relaciones, los sueños y las estructuras familiares2.


💔 4. Frustración amorosa y deseo reprimido

Los personajes viven pasiones frustradas, sueños incomprendidos y deseos que no pueden expresarse.


El amor aparece como una necesidad incomprendida, marcada por la incomunicación y el juicio ajeno.


🧬 5. Conflictos intergeneracionales

Padres e hijos se enfrentan a secretos, incomprensiones y expectativas heredadas.


La novela muestra cómo las generaciones se repiten, se contradicen y se juzgan mutuamente.


Ginzburg logra que lo aparentemente banal se vuelva universal. Como dijo Colm Tóibín, la novela es como una “fotografía en sepia”, donde cada fragmento revela una verdad emocional que no necesita gritar para ser profunda.

***

 En Las palabras de la noche, el silencio no es ausencia: es atmósfera, resistencia, y a veces, un grito contenido. 


🪞 1. Elsa frente al espejo, antes de salir con Tommasino

Elsa se mira sin decir palabra. No hay descripción de belleza ni juicio explícito. Solo el gesto de arreglarse, de prepararse para una cita que no desea. El silencio aquí es juicio interno, una forma de decir “no quiero” sin pronunciarlo.


“Se puso el vestido azul. No dijo nada. Se sentó en el borde de la cama.”


🛋️ 2. La cena con su madre

La madre habla, pregunta, insiste. Elsa responde con monosílabos o no responde. El diálogo es mínimo, pero la tensión se palpa. El silencio de Elsa es resistencia, una forma de no ceder ante la presión matrimonial.


“¿Y Tommasino? ¿Te ha llamado?” — Elsa no respondió. Cortó el pan en pedazos pequeños.


🕯️ 3. El regreso de la guerra

Los personajes vuelven, pero no narran horrores. Se sientan, fuman, miran por la ventana. El silencio aquí es trauma, lo que no puede decirse. Ginzburg no necesita mostrar cadáveres: basta con el mutismo de los sobrevivientes.


🧣 4. Elsa y el abrigo del padre

Hay una escena donde Elsa encuentra el abrigo viejo de su padre. No hay lágrimas ni recuerdos explícitos. Solo lo toma, lo huele, lo guarda. El silencio es duelo, memoria, vínculo.


🪑 5. Conversaciones que no avanzan

Muchos diálogos en la novela son circulares, casi absurdos. Personajes que preguntan “¿Tienes frío?” o “¿Quieres té?” sin que eso importe. Ginzburg usa estas frases como antifaces del silencio real: lo que no se puede decir.


“¿Estás cansada?” — “No lo sé.”

***

Algunos críticos consideran que ninguna escritora ha poseído, como Natalia Ginzburg, una mirada tan sutil y precisa. Y su inocencia, una gracia tan fina así como deliciosamente incorpórea. Las palabras de la noche, llevada al cine por el director español Salvador García Ruíz en 2004 con el título Las voces de la noche, es un ejemplo emblemático de esa manera tan delicada de narrar que posee esta singular autora, por lo demás poco traducida a nuestra lengua.

 


 

Natalia Ginzburg

 Las palabras de la noche

 

 

 


Título original: Le voci della sera

Natalia Ginzburg, 1961

Traducción: Andrés Trapiello

 


Una nota muy breve

 

 

 


El reconocimiento y la gratitud hacia Natalia Ginzburg están en el origen de la traducción de esta maravillosa y extraordinaria novela, traducción que jamás habría llevado a cabo si no me hubiera asistido el consejo de José Muñoz Millanes, a quien los lectores españoles deben, en parte, las páginas de Léxico familiar y, desde ahora, Las palabras de la noche, que él ha velado para que fuesen, como en su origen, puras, felices y memorables. Es decir: fieles.

A. T., Madrid, 2-24 de julio de 1993

 

 

 


 A Gabriele

 

 


En este relato los lugares y los personajes son imaginarios. Los unos no se encuentran en los mapas y los otros no viven ni han vivido nunca en parte ninguna del mundo. Y ya lo siento, porque he llegado a amarles como si fuesen reales. (Nota de N. G.).

 

 


HABÍA acompañado a mi madre al médico; volvíamos a casa por el camino que bordea el bosque del general Sartorio y sigue por el alto y musgoso muro de Villa Bottiglia.

Era octubre, comenzaba a hacer frío; en el pueblo, detrás de nosotras, habían encendido los primeros faroles y el globo azul del Hotel Concordia iluminaba la plaza desierta con una luz irreal.

Dijo mi madre: —Noto como un pipo en la garganta. Al tragar, me duele.

Dijo: —General, buenas tardes.

El general Sartorio había pasado junto a nosotros, levantando el sombrero sobre la cabeza plateada y llena de rizos, el monóculo en el ojo y el perro de la correa.

Mi madre dijo: —¡Qué pelo tan bonito, todavía, a esa edad!

Dijo: —¿Has visto cómo se ha puesto de feo el perro?

—Ahora noto en la garganta como un sabor a vinagre. Y el nudo, no deja de dolerme.

—¿Cómo me habrá encontrado la tensión alta? Yo la he tenido siempre baja.

Dijo: —Gigi, buenas tardes.

Acababa de pasar el hijo del general Sartorio, con el montgomery blanco sobre los hombros; bajo un brazo llevaba una ensaladera cubierta con una servilleta y el otro lo tenía escayolado y doblado por fuera.

—Desde luego ha sido una mala caída. A saber si volverá algún día a usar ese brazo —dijo mi madre.

Dijo: —¿Qué llevará en esa ensaladera?

—Se ve que tienen una fiesta —dijo después—. En casa de los Terenzi, seguramente. Todos los que van, tienen que llevar algo. Ahora es lo que se estila.

Dijo: —Pero ¿a ti ya no te invitan nunca?

—No te invitan —dijo—, porque encuentran que te das muchos humos. Tampoco has vuelto al Club de Tenis. Si uno no se deja ver un poco, empiezan a decir que se da pisto y dejan de buscarle. En cambio, a las chicas de Bottiglia las invita todo el mundo. La otra tarde estuvieron bailando en casa de los Terenzi hasta las tres. Había gente de fuera, incluso un chino.

A las chicas de Bottiglia las llamábamos «niñas» en nuestra casa, aunque la más joven tenía ya veintinueve años.

Dijo: —¿No tendré arterioesclerosis?

Dijo: —¿Será de fiar este nuevo médico? El anterior era viejo, claro, y no le interesaba nada. Si uno le decía que tenía una molestia, él contestaba diciendo que él también la tenía. Éste lo anota todo, ¿te has fijado cómo lo anota todo? ¿Has visto qué fea es su mujer?

Dijo: —¿Pero es posible que no se pueda cambiar contigo una palabra, el milagro de una palabra, siquiera por una vez?

—¿Qué mujer? —dije.

—La mujer del médico.

—La que salió a abrir —dije—, no era la mujer. Era la enfermera. La hija del sastre de Castello. ¿No la reconociste?

—¿La hija del sastre de Castello? ¡Qué fea es!

—¿Y cómo no llevaba la bata puesta? —dijo—. Le hará de criada, no de enfermera, eso es.

—No llevaba la bata —dije—, porque se la había quitado, porque estaba a punto de irse. El médico no tiene criada ni mujer. Está soltero y almuerza y cena en el Concordia.

—¿Soltero?

Inmediatamente mi madre me casó con el médico en su imaginación.

—¿Dónde se encontrará mejor, aquí o en Cignano, donde estaba antes? Mejor en Cignano, seguramente. Más gente, más vida. Tendremos que invitarle a dar un paseo. Con Gigi Sartorio.

—En Cignano —dije—, tiene novia. Va a casarse en primavera.

—¿Quién?

—El médico.

—¿Tan joven y ya comprometido?

Íbamos por el camino de nuestro jardín, tapizado de hojas; se veía la ventana iluminada de la cocina y a nuestra criada Antonia que batía un huevo.

Mi madre dijo: —Ahora que el nudo en la garganta se me ha secado del todo, no va ni para arriba ni para abajo.

Suspirando, se sentó en la entrada y frotó uno contra otro los chanclos para quitarles el barro; mi padre salió a la puerta de su despacho, con la pipa y la vieja chaqueta de lana del Pirineo que usaba en casa.

—Tengo la tensión alta —dijo mi madre con un poco de orgullo.

—¿Alta? —dijo la tía Ottavia, en lo alto de la escalera, mientras se recogía las dos pequeñas y negras trenzas, que parecían de lana como las de una muñeca.

—Alta. No baja. Alta.

La tía Ottavia tenía una mejilla roja y otra pálida, como cada vez que se quedaba dormida en el sillón junto a la estufa, con un libro de la biblioteca «Selecta».

—Han venido de Villa Bottiglia —dijo Antonia en la puerta de la cocina—, a buscar harina. Apenas les quedaba y tenían que hacer unos bigné.[1] Les di un buen plato.

—¿Más todavía? Siempre les hace falta harina. Podían dejar de hacer bigné. Por la noche son pesados.

—No son tan pesados —dijo la tía Ottavia.

—Son pesados.

Mi madre se quitó el sombrero, el abrigo y un forro de pelo de gato que llevaba siempre debajo del abrigo, y luego el chal que prende en el pecho con un imperdible.

—Claro —dijo—, han hecho los bigné para la fiesta que debe haber donde los Terenzi. Hemos visto incluso a Gigi Sartorio con una ensaladera. ¿Quién ha venido a pedir la harina? ¿Carola? ¿No te dijo nada de una fiesta?

—A mí no me dijo nada —contestó Antonia.

viernes, 15 de agosto de 2025

FRAGMENTO NOVELA EL VUELO DE LA URRACA O LA DANZA DEL CUERVO BORRADOR. REVISIÓN.




***



 Las personas de carácter débil, son personas traicioneras, no van de frente jamás.

[...] El hombre te auscultó y vos hiciste lo mismo. Musgo, humedad, y un aire a hojas o helechos fue lo que pudiste aspirar, apenas llegó Sebastián y la puerta de doble hoja se abrió, el hombre avanzó con dificultad, envuelto en unos trapos malolientes y con un báculo. 

Lo que más llamó tu atención fueron sus ojos, que no hacían juego con el resto del físico de Sebastián. Unos ojos escrutadores, penetrantes, más oscuros de lo normal. ¿Quizá un poco de belladona? 

No dijo nada Sebastián en los primeros momentos de ingresar al despacho presidencial. Tampoco extendió la mano ni a vos, ni a Lucius, ni a Martín Escudero.  

Lucius lo miró con desprecio, al final era un advenedizo y los advenedizos estaban fuera de lugar en el alcázar y fuera de lugar en el círculo de poder. Escudero, no se movió de donde estaba, a un lado de vos. Tampoco dijo nada, solo esperó que se desarrollaran los diálogos y que nunca se dieron, porque no hubo oportunidad. 

 Sebastián pidió un asiento y se recostó por un momento, quizá suspiró con los ojos cerrados, no lo recordás. Y vos, Vigilante Supremo, lo dejaste hacer. Querías advertir hasta dónde podía llegar el teatro o la verdad que ahora estaba delante. 

¿Recordás? Por supuesto que recordás si no han pasado más de dos semanas, pensás que la llegada del brujo del bosque fue cuando la isla inició su viaje del terror por el mar de los Sargazos. 

¿Recordabas? ¿Qué recordabas? Por supuesto, ahora la memoria es limpia y lo recordás toda aquella primera noche porque, la verdad, el espectáculo no le duró demasiado y pasó de teatro cómico a tragedia. Y, en los primeros días - se pensó- todo se aclararía. Pero, el espectáculo no duró ni 24 horas.  

Y aquella primera noche y última, recordás que vos, Escudero y Lucius, no dijeron nada. Luego de pedir asiento, preguntó que deseaba el vino que tenía su Excelencia porque la travesía entre montañas y ríos le producía una desazón en el vientre. Saboreó el vino y agregó: 

 

— Excelencia, usted no está enfermo. Afirmó el hombre con una voz apenas audible después de saborear el vino tinto. Agregó: a usía lo están envenenando y antes de que pudiera hacer un razonamiento de la conspiración, el hombre cayó al suelo y murió. 


FRAGMENTO NOVELA BORRADOR. EL VUELO DE LA URRACA O LA DANZA DEL CUERVO.

jueves, 14 de agosto de 2025

Comentario sobre La conspiración de los idiotas de Marcos Aguinis

            


📚 Consejo Editorial – Comentario sobre La conspiración de los idiotas de Marcos Aguinis

En esta novela publicada en 1978, Marcos Aguinis despliega una sátira feroz y profundamente simbólica que se deja narrar por Natalio Comte, un personaje que abandona su vocación médica y, a través de una interpretación bíblica (“Bienaventurados los pobres de espíritu…”), se adentra en el secreto de la sinarquía.

La obra se convierte en un espejo deformante de la persecución, la superstición y el poder disfrazado de conocimiento. Aguinis no escatima en ironía ni en crudeza: su estilo hiela la sangre mientras nos arrastra por una trama donde el odio se organiza como doctrina, y la idiotez se convierte en sistema. El autor mismo confiesa que fue una cuesta dolorosa tener que convertir en blanco de la furia persecutoria a uno de los sectores más indefensos de la humanidad.

Desde el punto de vista del Consejo Editorial, esta novela merece ser ritualizada como un alegato contra la banalización del mal y la manipulación ideológica. Su estructura narrativa, que mezcla profundidad psicológica con elementos grotescos, podría ser diagramada como una espiral de descenso simbólico, donde cada giro revela una nueva forma de idiotez institucionalizada.

🔍 Propuesta editorial:

  • Ficha visual con símbolos de sinarquía, medicina frustrada y persecución ritual.

  • Debate ceremonial sobre el uso de la ironía como herramienta ética.

  • Registro en el altar de novelas que denuncian la idiotez organizada como forma de poder.

  Marcos Aguinis

            La conspiración de los idiotas

 

            Sudamericana

 


            Marcos Aguinis nació en Córdoba, Argentina. Es el gran autor argentino moderno, el más leído, escuchado, respetado, capaz de saltar de la novela al ensayo y de allí al breve pero contundente texto periodístico, sin temor a enfrentar asuntos conflictivos con sinceridad y compromiso. Ha conquistado un enorme público de lectores, pero también enemigos que no le perdonan los valientes ajustes que, ante pruebas de la evidencia, se impone a sí mismo con juvenil flexibilidad. Fue invitado como “Escritor Distinguido” por la American University y el Wilson International Center, ambos de Washington; Francia lo designó Caballero de las Letras y las Artes y fue el primer latinoamericano en ganar el Premio Planeta de España. Su tenaz lucha por la justicia y los derechos humanos lo ha convertido en un referente insobornable. Hasta el cineasta Luis Buñuel dijo que de Marcos Aguinis lo impresionó “su profundo sentido ético, político y social”. Sus novelas han marcado hitos literarios inolvidables: La cruz invertida, Refugiados: crónica de un palestino, La conspiración de los idiotas, Profanación del amor, La gesta del marrano, La matriz del infierno, Los iluminados, Asalto al Paraíso, La pasión según Carmela. Sus ensayos revelan una lucidez cegadora: Carta esperanzada a un General, Elogio de la culpa, Las redes del odio, Un país de novela, El atroz encanto de ser argentinos, ¿Qué hacer?, ¡Pobre patria mía! Todos sus títulos fueron reeditados en numerosas oportunidades, y sus lectores se obstinan en coleccionarlos, como sucede con los verdaderos clásicos. www.aguinis.net

 


 PRÓLOGO

 

            El fanatismo enceguecía a la guerrilla y a la represión. Ambas creían tener abundantes razones para destrozar al país con sufrimiento, ofensas y muerte.

            El ascenso de la temperatura criminal empezó a ser acompañado por una extraña palabreja: sinarquía. Casi nadie sabía su significado y por eso, tal vez, logró tanta popularidad. Se refería en forma ambigua al gran cenáculo que manejaba los hilos del universo. Tenía obvio parentesco con viejas teorías conspirativas en las que se apoyaban ciertos delirios paranoicos.

            Quise escribir un ensayo sobre la etimología, historia y riesgos de esa palabra. Pero advertí a tiempo que era un propósito ingenuo: contestar al absurdo con la lógica, a la locura con la razón. Pretendía detener un alud de nieve soplando con la boca. Situaciones de este tipo exigen una réplica distinta. Al grotesco hay que ponerle enfrente un grotesco más grande aún.

            Nació entonces el núcleo de esta novela. La poderosa inteligencia que maneja el universo tenía que ser algo extremadamente contrario a lo verosímil para tornar evidente que un delirio, aunque mueva montañas, no necesita de la sensatez. Concebidos el personaje y algunas de sus peripecias, me introduje en su alma turbulenta. No sospechaba que, para seguirlo, debía recorrer varios círculos del infierno, el asombro y la carcajada. Natalio Comte era más real y seductor de lo previsible; el magnetismo de sus construcciones mentales tenía demasiada fuerza. Me convertí en el atento escriba de sus ideas, aventuras y desatinos, que él, por supuesto, consideraba una ruta ejemplar.

            Yo creía que por primera vez la literatura tomaba como protagonista a un agente de propaganda médica. Es una profesión que le permite al personaje cabalgar sobre dos monturas y ser, al mismo tiempo, aliado y enemigo de su trabajo. Su frustración en la Facultad nutre un inconsolable resentimiento, útil para su fanatismo. Las numerosas críticas que formula con vehemencia mezclan verdad con mentira, información comprobable con datos apócrifos, tal como ocurre en la mente de los que se fascinan con sus distorsionadas construcciones. Habla mucho de medicina porque no es médico, y rechaza precisamente lo que tanto envidia. Es inteligente y culto, lo cual no impide que su agresividad, insolencia e histrionismo lo tornen desopilante y hasta atractivo. No es un líder fundamentalista, pero merecería serlo.

            Algunas de sus acciones me generaron susto, otras me hicieron reír mientras escribía. Llegó un momento en que no pude continuar. Natalio Comte me exigía demasiado; y yo no soportaba ir tan lejos. Suspendí el proyecto por meses y hasta decidí quemarlo. Pero el clima feroz que reinaba en el país me susurraba que tenía el deber de continuar.

            Cuando llegué a la última página, guardé los originales en un cajón. Temía llevarlos a la Editorial Planeta, donde había publicado mis últimos libros. Finalmente leyeron la obra y ocurrió lo presentido: no se animaban a imprimirla. Entonces fui a la Editorial Emecé. Carlos Frías también opinó que, así como estaba escrita, el gobierno militar ordenaría su secuestro; debía cancelar o modificar varios capítulos. Comenté esta situación a mi esposa y algunos amigos. Alguien sugirió que escribiese un post scriptum y explicase que todo era ficción, que no quería ofender a ninguna franja social. «Es obvio», dije. Pero trasladé la iniciativa a la editorial, que la consideró una solución razonable. El libro no fue secuestrado, obtuvo buena crítica y agotó varias ediciones en poco tiempo. Cuando se estaba por imprimir la segunda edición, Frías me llamó para avisarme que podíamos suprimir el post scriptum. «Prefiero que permanezca como testimonio de las ridículas condiciones en que se publicó este libro», contesté.

            Al revisar la presente edición de Editorial Sudamericana, me reencuentro con fantasmas y sensaciones que poblaron mi cabeza durante aquellos años de locura. Revivo el humor negro cuyas ráfagas cruzaban la cotidianidad, las denuncias directas o elípticas, las dificultades de edición, el clima de violencia, la busca de enemigos imaginarios, el cinismo, la debilidad del amor, el ubicuo clima hostil, los clandestinos chistes catárticos. Ingredientes de una sociedad autoritaria al rojo vivo que nos intoxicaron en la Argentina y siguen vigentes en la mayor parte del mundo.

            Marcos Aguinis

 

            Buenos Aires, enero de 1996.

miércoles, 13 de agosto de 2025

Sabés, Escudero, que cuando estaba investigando

 



"Sabés, Escudero, que cuando estaba investigando para mi tesis doctoral en Derecho, hice un enorme estudio en el Archivero de la nación y allí estaba la frase... --¿Cuál frase, señor? -- ¡Escudero, parece que no ponés atención! -- Que los archivos son la memoria de la patria. -- Entiendo señor. -- Pero, te diré un secreto: yo Eleodoro Reyes III, voy a desmemoriar a la patria. Hay documentos que no pueden quedar en la memoria de los hombres, Escudero. --Por esa razón estamos acá, vuecencia. -- Y mira mi magnanimidad de tirano: también destruyo documentos por mi conciencia de la gravedad de mi salud, como también para que aquellos cercanos al régimen no tengan problemas. Con esta acción protejo también las no represalias en contra de mis aliados y fieles servidores para protegerlos, ­ ¿como decirlo?- de algunos inconvenientes oscuros que antaño tuvo el régimen. Y que solo con la destrucción de los documentos, protejo mi legado jurídico, artístico, y cultural, y quizá un poco alimentaré la democracia; porque yo no he sido el Gobernante de las Sombras, Escudero, aunque muchos así me llaman. Goberné por más de 4 décadas la patria pero, solo para proteger la misma democracia. Y, Eleodoro se quedó mirando el fondo de uno de los laberintos de la biblioteca presidencial como si su propia persona estuviera husmeando los laberintos del poder."

FRAGMENTO  NOVELA. BORRADOR.  EL VUELO DE LA URRACA O LA DANZA DEL CUERVO.

lunes, 11 de agosto de 2025

GRACIAS LECTORES DE IRLANDA, MÉNDEZ-LIMBRICK

 

🍀 ¡A los lectores irlandeses: GRACIAS con mayúsculas!

Desde este rincón literario, queremos rendir homenaje a quienes, desde la tierra de Joyce, Yeats y Beckett, han sido fieles centinelas del blog, apareciendo siempre entre los primeros lugares de visitantes. Su presencia constante no es solo estadística: es un acto de complicidad intelectual, un gesto de afecto silencioso que atraviesa océanos.

💚 Irlanda, con su tradición de narradores melancólicos, rebeldes y visionarios, parece entender profundamente el espíritu que anima este espacio. Cada visita suya es como una copa levantada en un pub de Dublín, brindando por la palabra, por el misterio, por la ironía.

A ustedes, lectores irlandeses, les dedicamos un aplauso ritual, una ovación editorial, y si nos permiten, una ceremonia de gratitud con velas verdes, fragmentos de Beckett y un fondo de lluvia suave sobre piedra antigua.

¡Sláinte! Que la literatura siga siendo nuestro puente secreto.





LUIS MARTÍN SANTOS TIEMPO DE SILENCIOS (1962) NOVELA FRAGMENTO.

 



📖 Reseña de Tiempo de silencio (1962) – Luis Martín-Santos Una obra única, compleja y profundamente simbólica que transformó la narrativa española de posguerra. No es solo una novela: es un laboratorio literario, un espejo roto de la España franquista, y un testimonio del fracaso existencial.

🧬 Trama y atmósfera

Pedro, joven médico investigador, busca una cura para el cáncer en un Madrid gris y empobrecido. Su investigación lo lleva a los suburbios chabolistas, donde intenta conseguir ratones para continuar sus estudios. Lo que sigue es una cadena de despropósitos, silencios y tragedias que lo sepultan como antihéroe.

  • El Madrid retratado es tan sórdido como el Dublín de Joyce.

  • Pedro no actúa: le suceden cosas. Su pasividad es su condena.

  • El lenguaje es barroco, técnico, lleno de digresiones filosóficas y monólogos interiores.

🧠 Innovaciones narrativas

  • Uso del monólogo interior, influido por Joyce y Faulkner.

  • Mezcla de estilos: desde lo científico hasta lo lírico, pasando por lo grotesco.

  • El lector debe reconstruir la historia desde fragmentos, elipsis y perspectivas múltiples.

  • La forma prevalece sobre el fondo: cada frase es una pieza de relojería simbólica.

🕯️ Temas centrales

  • La impotencia del individuo frente al sistema.

  • La miseria intelectual y científica bajo el franquismo.

  • El desarraigo, la frustración, la muerte, la traición.

  • Crítica social camuflada para esquivar la censura.

¿Por qué Luis Martín-Santos no es tan conocido?

A pesar de su genio, su figura quedó eclipsada por varios factores:

  • 🕳️ Muerte prematura: falleció en un accidente de coche en 1964, a los 39 años.

  • 🧠 Obra única: solo publicó una novela literaria. Su legado quedó truncado.

  • 🧱 Dificultad de lectura: su estilo exige un lector maduro y paciente. Muchos lo enfrentan en la adolescencia, cuando aún no se está preparado para su densidad.

  • 🕵️‍♂️ Censura franquista: su obra fue mutilada y solo se publicó íntegra en los años 80.

  • 🧨 Militancia política: fue encarcelado por su activismo socialista, lo que lo volvió incómodo para el régimen.

  • 🧊 Ausencia en manuales escolares: su obra no se canonizó como otras, y quedó relegada a círculos académicos.

  • En colaboración: Enrico Pugliatti- Méndez-Limbrick

  • *** 

    El protagonista de la novela es Pedro, un joven médico investigador en Madrid a finales de la década de los 40. La paupérrima situación económica y social impiden el avance de las investigaciones sobre el cáncer que realiza en una cepa de ratones. Estos ratones habían sido traídos desde Estados Unidos y no se había podido mantener un ritmo de reproducción superior al de su muerte. Su ayudante en el laboratorio, Amador, había regalado meses antes algunos ejemplares a un pariente suyo, el Muecas. Éste ha logrado criar estos ratones en su chabola con ayuda de sus hijas. Pedro y Amador acuden a esa chabola para recomprar algunos de esos ratones y poder continuar con las investigaciones.

    Tras esa visita Pedro entra en contacto con los bajos fondos de Madrid y el Muecas acude a él en su condición de médico cuando su hija mayor, Florita, se desangra debido a un aborto que le ha practicado en casa su padre. La chica muere cuando Pedro, que no ejerce la medicina, intenta salvarla. El protagonista se encuentra entonces perseguido por la policía, que acaba por detenerle y sólo le libera cuando la esposa del Muecas explica lo ocurrido.

    Lo interesante de Tiempo de silencio no es su trama, que entronca con otras novelas de corte realista —especialmente con Baroja y su trilogía La lucha por la vida—, sino la forma de narrar. Martín-Santos se alejó de un estilo propio de la época, sencillo y árido, para armar un libro de resonancias clásicas, con un lenguaje cultivado y complejo, de prolijas descripciones, excursos culteranistas y diálogos empapados de clasicismo. Huelga decir que es una novela difícil en tanto al lenguaje se refiere, si bien la historia que se cuenta es tan sencilla (en su desarrollo narrativo, no en otros planos) como directa.

     
     

                Luis Martín-Santos

     

    Tiempo de silencio

     


    Título original: Tiempo de silencio

    Luis Martín-Santos, 1962

     

     
    Prólogo

     

                Jesús Prado

     

     
    Tiempo de silencio, novela emblemática publicada tardíamente, en 1962, pudo ser concebida como la primera parte de una trilogía. Eso cabe deducir de lo que se ha publicado de la obra siguiente de su autor: Tiempo de destrucción, inacabada a la muerte de éste, acaecida en 1964.

    Esta obra inauguró un nuevo ciclo en la novela española de la posguerra. Causó sensación entre los principales novelistas del momento, que tardaron unos años en evolucionar hacia la poética experimentalista, en palabras de Darío Villanueva, que postulaba Luis Martín Santos. Ricardo Gullón explica la relación espacio-tiempo del título diciendo que muestra una «situación opresiva, injusticia sistematizada, miseria extrema, brutalidad en diversos niveles, degradación, destrucción», que es lo que suele esconderse tras el silencio forzado por una situación dictatorial.

    Luis Martín Santos sitúa esta novela en 1949, cuando él frecuentaba los cenáculos literarios del momento, orientándose hacía el marxismo y el antifranquismo y reaccionando contra la pobreza artística e intelectual de la narrativa objetivista del realismo social.

    El estilo es heterológico y barroco, y la metáfora, la metonimia y la ironía sirven como instrumento para burlar a la censura. Pero tras este desfile de suciedad: pensiones, burdeles, chabolismo, y de este bucear por las lacras de aquel tiempo, Martín Santos conecta con la tradición española de Quevedo y Valle-Inclán, aunque sin olvidar las innovaciones técnicas, siguiendo a Kafka y a Thomas Mann. El protagonista, Pedro, acaba, como ciertos personajes de Azorín y Baroja, sumiéndose en la abulia en un ambiente en el que el marxismo se tamiza a través de Sartre. Se trata, en el fondo, de una crítica de la sociedad burguesa española y de una meditación sobre la posibilidad en tal ambiente, de un proyecto de vida personal en libertad.

    De realismo dialéctico califica Darío Villanueva esta novela, y la verdades que no era posible, o, cuando menos, fácil, o incluso deseable, otra solución en el ambiente de franquismo duro de los últimos años cuarenta, época clave para la vida española, porque en ella comienzan a atisbarse las contradicciones económico-sociales que darían lugar a un desarrollismo mal encauzado, péro el único que era posible entonces.

    Hay que tener en cuenta que en aquellos años la censura era todavía tan fuerte como ignorante, de modo que no resultaba posible llegar a un entendimiento con ella: arrogante y arbitraria, erigía en ley el menor capricho del censor mismo o de la gente de quienes éste dependía, gente mesetera y limitada que lo interpretaba todo con dogmáticas gafas de ciego.

    La escasez y el miedo eran los puntales de aquella sociedad en su mayor parte, pues sólo los adictos al régimen, y no todos, podían disfrutar entonces del tipo de respiro que pueden ofrecer los sistemas políticos cerrados, basado en la recomendación y el privilegio.

    Todo esto se palpa en la novela, en la que la vida de burdel y de café tiene un papel importante, como reflejo exacto de la realidad. El auge del burdel se debía a la opresión de una moralina pseudocristiana que convertía a la mujer en un ser aparte, casi una especie distinta de la del hombre, y el del café era una necesidad impuesta por la falta de casas cómodas o incluso habitables de entonces. Los intelectuales se reunían en tertulias, que duraban media tarde y a veces empalmaban con la de la noche. Se creó un personaje: el novelista de café que vivía su novela entre chismes y discusiones, pero jamás la escribía. Los había que tenían dos y tres tertulias diarias. Era una vida intelectualmente endogámica y estéril, con la casa de putas como desahogo, y no sólo físico, sino también conversacional, pues eran muchos los que iban a ellas a hacer tertulia con las pupilas.

    Añádase a esto la alternativa mortal en que vivía todo el que pensase, por poco que fuese, y no se sintiera identificado con el régimen: callar o exponerse a la represión, que podía tener muchos aspectos: desde la cárcel o el exilio hasta la persecución en el ambiente de trabajo o incluso en la vida cotidiana.

    Más la escasez y el aislamiento intelectual. Todo escaseaba o era inasequible, en un ambiente de gran pobreza informativa. Los que volvían de París o Londres paralizaban las tertulias, cuyos miembros se congregaban en torno a ellos en espera de maravillas. España no estaba al día en nada: ni en cine ni en teatro ni en literatura participábamos de las corrientes europeas; excepto en casos aislados, el intelectual español de entonces vivía en una campana de cristal cuyas luminarias oficiales eran gente como Federico García Sanchiz o Rafael García Serrano, buenos escritores ambos, pero irremediablemente limitados por su propia ideología y por el sistema quedes apoyaba a cambio de su apoyo activo.

    De todo lo cual se deduce que tenemos en nuestras manos una auténtica burbuja temporal, cuya importancia como testimonio corre pareja con su calidad como obra de arte. Se puede leer a dos niveles, por consiguiente, y aconsejo al lector que no haya leído este libro que intente hacerlo de esa manera: como documento, Tiempo de Silencio le rendirá inapreciable noticia sobre una época prehistórica que quizá le parezca surrealista, irreal, y como obra de arte le deleitará sin el menor género de dudas hasta sin extremo que, indudablemente, dependerá de su sensibilidad, pero que en ningún caso podrá ser pequeño.

                Jesús Pardo

     

     
    Tiempo de silencio

     

     
    [1]

     

    Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador». No; es que ha pisado el cable. «¡Enchufa!». Está hablando por teléfono. «¡Amador!». Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más». «Ya no hay más». ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica —comprende— la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito, inmóviles —ellas que son el sumo movimiento—. Amador, inmóvil primero, reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa. «Qué belfos, Amador». La cepa MNA tan prometedora. Suena otra vez el teléfono. Lo olvido. «¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?». Sí, ya sé, ya. Se acabaron los ratones. Nunca, nunca, a pesar del hombre del cuadro y de los ríos que se pierden en la mar. Hay posibilidad de construir unas presas que detengan la carrera de las aguas. ¿Pero, y el espíritu libre? El venero de la inventiva. El terebrante husmeador de la realidad viva con ceñido escalpelo que penetra en lo que se agita y descubre allí algo que nunca vieron ojos no ibéricos. Como si fuera una lidia. Como si de cobaya a toro nada hubiera, como si todavía nosotros a pesar de la desesperación, a pesar de los créditos. Esa cepa cancerosa comprada con divisas otorgadas por el Instituto de la Moneda. Traída desde el Illinois nativo. Y ahora, concluida. Amador sonríe porque alguien le habla por teléfono. ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas. Para los hombres como Amador, que ríen aunque están tristes, sabiendo que el último ratón de la cepa MNA perdido nos indica que nunca, nunca el investigador ante el rey alto recibirá la copa, el laurel, una antorcha encendida con que correr ante la tribuna de las naciones y proclamar la grandeza no sospechada que el pueblo de aquí obtiene en la lidia con esa mitosis torpe que crece y destruye, igual aquí que en el. Illinois nativo, las carnes frescas de las todavía no menopáusicas damas, cuya sangre periódicamente emitida ya no es vida sino engaño, engaño. «Betrogene». Muerte vencida. «Detente, coge el recepto-remisor negro, ordena al Ministro del ramo, dile que la investigación, oh, Amador, la investigación bien vale un ratón». No rías más y, sobre todo, no eches esas gotitas de saliva que hacen sospechar de tu educación y de tu inteligencia. «En guerra comíamos las ratas. Para mí que son más sabrosas que el gato. De gato estoy ya hasta aquí. Los gatos que hemos tomado. Éramos tres. Lucio, Muecas y servidor». Proteínas para el pueblo desnutrido. Cuyas mitosis —éstas normales— carenciales, en el momento de la emigración de las motoneuronas hacia el córtex, por falta de tales principios renquean y perecen, tal vez disminuyen su número, tal vez se disponen de modo poco ordenado o deficiente, tal vez siguen mancas de las necesarias ramificaciones. Y así quedamos, incapaces para el descubrimiento de las causas de la neoplasia destructora. Amador me mira. Ve mi rostro ridículo. Eso le hace reír. En el binocular, a falta de electrónico, porque no hay créditos, haciendo un recuento de núcleos monstruosos y Amador, ya con su boina parda, todavía con su bata blanca puesta se va a lo de atrás, donde aúllan los tres perros flacos que sólo de vez en cuando orinan tanto y huelen tan fuerte. Amador, deseando acabar con los perros, como ha acabado con la cepa, espera una orden que yo no doy, sino que miro y escucho, queriendo oír lo que pueda decirme que me saque de esto. «Muecas tiene», dice Amador. Error. No todo ratón es cancerígeno. No todo ratón es de la cepa del Illinois nativo, hábilmente seleccionada entre dieciséis mil cepas, en laboratorios traslúcidos de paredes brillantes de vidrio, con aire acondicionado ex profeso para la mejor vida ratonil. Hábilmente seleccionada a través de las familias de ratones autopsiados, hasta descubrir el pequeño tumor inguinal y en él implantada la misteriosa muerte espontánea destructora no sólo de ratones. Las rubias mideluésticas mozas con pro teína abundante durante el período de gestación de sus madres de origen sueco o sajón y en la posterior lactancia y escolaridad. Aunque hermosas, insípidas pero nunca oligofrénicas, con correcta emigración de neuroblastos hasta su asentamiento ordenado en torno al cerebro electrónico de carne y lípidos complejos, que utilizan ahora para hacer recuentos de mitosis en el palacio transparente. Así esa cepa aislada, extinguida ahora aquí por culpa de falta de vitaminas, tras haber gastado en ella los menguados créditos del Instituto. Traídos del Illinois nativo los ratones —machos y hembras— separados los sexos para evitar coitos supernumerarios no controlados. Con provocación de embarazo bien reglada. En cajas acondicionadas, por avión, con abundante gasto de divisas. Y ahora se han acabado, se han ido muriendo a un ritmo más rápido que el de la reproducción —¡más rápido que el de la reproducción!— y Amador ríe y dice: «Muecas tiene». Muecas vino aquí, a este aire cargado de olor de perro aullador que no orina. Al no orinar, víctima de su violenta carga afectiva, el perro elimina sus esencias por el sudor. Al no sudar más que por la planta de los pies, el perro elimina su aroma también por el aliento, con la lengua fuera así colocada a los fines de la transpiración. Cuando el perro ha sido operado y se le ha colocado un fémur de poliestileno o polivinilo, sufre tanto que demos gracias a que —aquí— las desteñidas vírgenes no cancerosas, no usadas, nunca sexualmente satisfechas, anglosajonas no existen para proyectar el rencor insatisfecho sobre la Sociedad Protectora. De otro modo, no hubiera aquí nunca investigación ya que se carece de lo más elemental. Y las posibilidades de repetir el gesto torpe del señor de la barba ante el rey alto serían ya no totalmente inexistentes, como ahora, sino además brutalmente ridículas, no sólo insospechadas, sino además grotescas. Ya no como gigantes en vez de molinos, sino corno fantasmas en vez de deseos. Porque, ¿a quién importan los perros? ¿A quién molesta el dolor de un perro, cuando ni siquiera a su propia madre le importa lo más mínimo? Bien es verdad, que de esa investigación del polivinilo nada puede resultar puesto que ya sabios, en laboratorios transparentes de todos los países cultos del mundo, han demostrado que el polivinilo no es tolerado por los tejidos vitales del perro. ¿Pero quién sabe lo que puede aguantar un perro de aquí, un perro que no orina, un perro al que Amador alimenta sustancialmente con pan seco mojado en agua? No hay parangón y por eso mismo Muecas puede tener restos de la cepa. Reproducciones que sólo Amador conoce pueden haberse producido y cruces extraños con ratonas o con animales hembras de especie próxima o quizá idéntica. De ahí puede surgir el origen de otro descubrimiento más importante todavía por el que el rey sueco pueda inclinarse sobre nosotros hablando en latín o en inglés macarrónico con acento no de rubia mideluéstica y dar a Amador —al mismo Amador, vestido de pijama a rayas ya que no le da para frac— el codiciadísimo, el único. Muecas allí estará con su nueva cepa conseguida tras alta reflexión, tras cálculos de coeficientes, del crossing-over y determinación de mapas génicos. Tras implantación de cromómeros en glándulas salivales y reimplanto en las importantes por donde la vida es transmitida. Amador sabe que Muecas tiene MNA. El Illinois importado no ha de haberse perdido del todo. Tras el transporte en cuatrimotor o tal vez bimotor a reacción, con seguro especial y paga de prima y examen con certificado del servicio veterinario de fronteras de los EEUU, ha venido luego el transporte a manos del Muecas, en una caja de huevos vacía, hasta su chabola particular, donde sus dos hijas —una de dieciséis años y otra de dieciocho— ninguna de las dos rubia, ninguna de las dos con dieta adecuada durante la gestación en vientre toledano, crían también cepas. De ahí surgirá tal vez la nueva posibilidad de que el cáncer inguinal no sea inguinal, sino axilar. De que no sea de estirpe ectodérmica sino mesodérmica. De que no sea sólo mortal para el ratón y para la rata, sino que casualmente inoculado durante la cría poco cuidadosa a las dos «a Toledo ortae» muchachas no rubias, que entre cuidados médicos poco hábiles y falta de una operación, precoz por error de diagnóstico perezcan, dando origen a una autopsia que el padre alarmado y haciendo muecas de terror ante su posible también contagio, autorice y se descubran en sus axilas e ingles tumefactas, a pesar de su virginidad pregnantes, crecidas gruesas tumoridades, secretoras de toxinas que paralicen los débiles cerebros y dentro de las que —¡oh milagro!— a despecho de la naturaleza aparentemente hereditaria de la cepa illinoica, un virus, un virus recognoscible incluso en los defectuosos microscopios binoculares de que gozamos gracias al paso del viejo señor de la barba y del que hemos obtenido, cultivándolo en repetidos pases en ovario de muchacha tolédica mal nutrida de la que la madre careció de proteínas mientras portaba el vientre, una vacuna aplicable con éxito a la especie humana. «Majestad, señores académicos, señoras y señores: El comienzo de nuestros experimentos, como en el caso del sabio inglés que fijó su atención en los hongos germinicidas, fue casual…». Amador dice que sí, que la cepa robada es la buena, la illinoica y que Muecas se llevó ejemplares de ambos sexos con el exclusivo objeto de conseguir mantener su pureza génica y así volver a vender estos ejemplares al laboratorio cuando se hubieran extinguido aquellos de los que —sin cálculo estadístico— había observado que la tasa de mortalidad era más alta que la tasa de nacimientos. «¿Pero no comprendes que es un ladrón, que no vamos a poder comprar a un ladrón lo que a nosotros mismos ha robado y que no es posible que la institución robada acceda a adquirir de nuevo a precio oneroso lo robado o lo que desciende de lo robado (por cierto, ¿qué garantía?) estando como estamos en un estado de derecho donde existen cosas tales como policía, jueces y capacidad denunciante del ciudadano libre?» «No hay pruebas», dice Amador. «No hay pruebas de que sean robados». Sí que las hay. La determinación microscópica de la aparición espontánea de los tumores inguinales. Sólo esta cepa entre todas las que contiene la península posee tan milagrosa y mortífera propiedad. Sólo ella sirve a los fines de la investigación. Sólo en ella se produce espontáneamente el fenómeno que sume a las familias humanas en la desolación y al individuo afecto en el dolor físico y en la autofagia progresiva de su propia sustancia viva hasta la muerte. De cómo la Genética —así utilizada— ha podido llegar a un resultado totalmente opuesto al que los primitivos pioneros de esta ciencia podrían desear (creación de una humanidad perfecta, extirpación de todo mal hereditario) haciendo aparecer una raza en que lo execrable es constante, la execrable presencia que preocupa al hombre tras la extinción de los microorganismos de tamaño medio, Amador no tiene idea. Pero hay en él un cierto estupor ante los recursos maravillosos por medio de los que la ciencia llega a ser constituida y por los que, como subproducto apenas atendido pero importante, los investigadores pueden contraer matrimonio y habitar en pisos construidos por el Estado y hasta él —Amador— vivir con la parva adición de propinas de los susodichos investigadores al sueldo mezquino. «En el fondo es un bien. Si no habría que parar. Las cuidan las hijas. Si no ya estarían muertas y no pariendo como paren que me creo que paren sin parar. Tiene hasta así la chabola de ellas». Pero ¿por qué no se les mueren? ¿Qué poder tienen las mal alimentadas muchachas toledanas para que los ratones pervivan y críen? ¿Qué es lo que les hace morir aquí, en el laboratorio? Aunque no transparente ni con aire acondicionado, debe poseer condiciones de habitabilidad más semejantes a las de su homólogo del Illinois que la chabola del Muecas. Tal vez los gritos ininterrumpidos —gritos casi humanos porque la cirugía es tan humana— de los perros del fémur polivinílico, irritando el sistema nervioso de las MNA han acarreado su muerte prematura (prematura hasta para ratón canceroso) o al menos su desinterés por la procreación, olvidando así lo que de preciosa colaboración para la total erradicación del cáncer hay en su siempre-llevar, siempre-propagar cáncer. O tal vez más bien, en las hijas del Muecas hay una tal dulzura ayuntadora, una tal amamantadora perspicacia, una tan genesíaca propiedad que sus efluvios emanados bastan para garantizar el reencendido del ardor genésico y la siempre continua línea de descendientes tarados. Miro por el binocular con odio. La luz azul vuelve a iluminar la preparación y las mitosis inmóviles, coaguladas por el formol, tienen toda la apariencia de la voracidad. «No te vayas, Amador, todavía no he acabado yo». «Bueno». «Tú tienes la obligación de estar conmigo o con cualquier otro investigador hasta que nos vayamos, hasta que concluya la investigación». «Bueno». «No te vayas a creer la monserga esa de la jornada legal». «No, señor». «¿Trabajo yo acaso una jornada legal?». «No, señor». «Yo sigo buscando las mitosis». «Vaya». «Hasta que no puedo más». «Oye», digo. «Diga», dice. «A ver si le dices al Muecas que traiga sus ratones y que yo veré si son los de la cepa y que tal vez se los compre o que tal vez le denuncie por robo». «Son las fetén». «Pues que venga, y pronto». «No vendrá». «¿Por qué?». «Por lo de la denuncia del robo; ya antes le echó el Subdirector. No es la primera vez. Antes fueron gatos. Cuando les metían los alambritos en la cabeza y se olvidaban y él iba y los vendía otra vez, hasta que al ir a meterles los alambritos se encontraron con los viejos todos oxidados. Claro que lo de las mitosis es peor, porque se te mueren hagas lo que hagas. Pero los gatos aguantan como fieras, aunque se ponen nerviosos. Le mordieron al Muecas y a la hija casi le saltan un ojo. Pero aguantan». «Bueno, dile que venga». «No vendrá. El Mediodoble cree que se fue a las Américas. Si lo vuelve a ver, lo hunde. No viene nunca desde que dijo que había emigrado». «¿Y cómo se llevó entonces mis ratones?». «No, si la pareja se la di yo. Pues claro. ¿Y si no, cómo iba a saber que eran los fetén?». «Vaya». «Además, entonces había muchos. Morían como ratas todos los días. Es cuando los perros del polivinazo estuvieron tan lucidos». «Te daría propina don Óscar». «Pues claro». «Oye», digo. «Diga», dice. «Iremos mañana a su chabola». «Qué contento se pondrá».


  • EN COLABORACIÓN: DR. ENRICO PUGLIATTI Y MÉNDEZ-LIMBRICK

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