MOTIVO, OBJETO Y FIN DE ESTE LIBRO
A s í como el cósmico, contiene el mundo moral
agentes muy perniciosos.
El error es una potencia infectante: un virus,
que no tan sólo intoxica al individuo, sino que im
pide el desarrollo de las colectividades.
El error es mucho peor que la ignorancia. Esta
es pasiva: la negación de un gran bien. La instruc
ción la combate.
El error es maligno y además contagioso y fre
cuentemente hereditario. Lejos de ceder á la luz,
opone tenaz resistencia.
Siendo sombra la ignorancia, el error es una
pantalla, que, en vez de refringir, repele los rayos
de la ciencia.
Hay errores crónicos y á la vez pandémicos. Per
tenece á esta clase el concepto vulgar de la locura.
Por la equivocada idea que el vulgo tiene de la
locura, el loco ha padecido mucho,... y aún le toca
padecer otro tanto.
Es una injusticia no esforzarse en disipar esas
tinieblas, cuando en los libros de la ciencia hay
caudales de luz.
El final objeto de esto trabajo es sustraer á los
rigores de la didáctica y á los desabrimientos del
tecnicismo la noción verdadera de la enfermedad
mental, para popularizarla, revestida de formas tan
atractivas y amenas como lo consiente la gravedad
é importancia del asunto.
Así y todo, para sacar provecho de esta obrita,
se requieren de parte del quo la honrare con su
atención, los siguientes requisitos:
1.° Espíritu de investigación de la realidad en
lo ideal, así como de lo ideal en la realidad;
‘2.°
Despreocupación del ánimo que preserva de
púdicos convencionalismos, propios tan sólo de adoles
centes y de la gran neuropatía del sexo femenino.
Tal impresionabilidad, en cualquier otro caso, es
pura mogigaterla, que no se armoniza con un mediano
desarrollo del encéfalo, ni haría el elogio de un re
gular cultivo de la intoligoncia; y
3.°
Cierta ilustración en materias biológicas y
antropológicas, que podrá ahorrar al lector la pena
de acudir con frecuencia á las Notas Explicativas.
¡Conoced al loco, compadecedle, cuidadle y tra
temos de curarle!
J. G. y P.
Barcelona 11 do Febrero <le 1890.
***
UN MITO QUE , POR AHORA, LE TENDRÁ AL LECTOR UN TANTO HOLGADO Como á buen pagador, diz, no le duelen prendas, daré á conocer las mías. Vine de allá muy acontecido y quebrantado. Moraba en el centro de la gran ciudad y vivía holgado con mis bien ordenados negocios. Era »* mi casa, aun cuando antigua, cómoda, bien aireada y profusamente alumbrada. Ocupaba el chaflán á mano derecha de la encrucijada de la Conciencia, saliendo á la calle de la Libertad moral y con vistas amplísimas á la de la Volun tad y al inmenso jardín de los Deseos. Gozaba de todo lo que ho nestamente le es permitido á un joven de buenos sentimientos y esmeradamente educado al calor de la familia. Asistía á los espectáculos ópticos, sin darme más pena que asomarme á dos grandes tragaluces recti líneos, entrecruzados2, queme ponían en relación con los va riados campos retinianos; me solazaba en las armonías del sonido y me encantaban los prodigios del lenguaje, porque, á beneficio de bien entendidas comunicaciones telefónicas, hallábame incesan temente enlazado con los laberínticos 3 senderos y plazoletas de la Acústica, así como con el eje y las enroscadas escalas del caracol, en donde apenas para de funcionar el admirable cuanto primoroso Órgano de Cortil. El hermoso sol de Rydley i , derramándose por los dilatados ámbitos é intrincadas regiones de la urbe encefálica, vibraba hacia mi casa sus rayos más esplendentes y, con ellos, los portentos de las ideas y juicios, los engranajes y filigranas de los raciocinios, las kaleidoscó- picas combinaciones de la imagi nación, los estimulantes incenti vos de los deseos y los blandos vaivenes del querer. Y por todos lados entraban en mi morada y en mi esencia la dicha, la alegría y los placeres. La pena, la tristeza y el dolor, en sus múltiples variantes, no llegaban á mí sino como débil penumbra, tenuísimo claroscuro, para dar más realce á las festivas líneas y á los alegres tonos de los colores de la felicidad. Deas nobis hcec otia fecit, como decía Títiro á Melibeo. Perdona, oh lector, si hasta aquí no se te ha presentado de manera definida el sujeto que rige las oraciones que preceden. Imagina, para pensar piadosamente, que se trata de un perso naje tan discreto, que, hasta el presente, no ha estimado oportuno exhibirse con su propia rea lid ad... Ah, sí; cuanto más lo reflexiono, tanto más me convenzo de que su conocimiento sería en este instante extemporáneo, prematuro... Hasta, fundadamente, presumo que esta noción intempestiva, habría de redundar en perjuicio del interés filosófico— curiosidad— que es indis pensable para que tu atención, de suyo delicada y avezada á cosas útiles, quiera sostenerse hasta el final de estos Antecedentes. ¿Hay, empero, urgencia de descifrar el enig ma?... Satisfágase la necesidad del momento como lo ha hecho el dibujante ilustrador de esta novela, el incomparable Eriz: represéntese el postulado por un signo de interrogación.

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