NOTA A LA SEGUNDA EDICION Por la generosa acogida que recibió en su primera apa rición, y por la cual soy agradecido deudor, ve hoy este libro la luz por segunda vez. Publicado originalmente en 1964, su redacción definitiva estaba conclusa ya en 1963. Son pocos, relativamente, los años transcurridos. Pero como nada parece modificarse de modo tan rápido, afectiva y críticamente, como el más inmediato de los pasados, es decir, nuestro casi presente, al preparar esta nueva edición me encuentro que los profundos y reales cambios sufridos en la poesía española de la pasada década hacen obliga torias unas cuantas precisiones relativas, especialmente, al enfoque que preside estos estudios y al contenido que en ellos ha de esperarse.
En primer lugar, hacia la fecha indicada (1963), ya firmes síntomas de una nueva toma de conciencia ante el hecho poético se anunciaban, o estaban claramente perfi lados. Los años que siguieron, hasta el presente, no sólo acentuaron dicha conciencia, sino que en cierto modo la superaban muy precipitadamente, por un lado, a la vez que, por el otro, le daban un relieve histórico definido. La dialéc tica de las generaciones pareció hacerse (o efectivamente así ha ocurrido) más aguda e implacable que de ordinario. Su primera consecuencia sobre este libro fue darle a su introducción (“El tiempo en la poesía española contempo ránea”) el mismo valor histórico, y por ello revisable, que todo aquello que esa misma dialéctica ponía en cuestión. Que la conciencia y el sentimiento del tiempo sea el centro de toda la poesía española de posguerra —tesis central de dicha introducción y estímulo que me llevó a agrupar estos cincos poetas— es algo que hoy, de afirmarse, tendría que sufrir matizaciones y, sobre todo, ser acotado en sus alcan ces cronológicos.
Admitamos que cuando aquellas páginas fueron escritas (1963), era válida tal afirmación en un sentido relativamente incontrovertible. Por eso he preferido, ahora, reproducirlas como entonces aparecieron; pero impo niéndome el deber, que cumplo en este momento, de llamar fuertemente la atención del lector sobre la fecha en que hube de redactarlas. Esta advertencia es imprescindible para evitar que se vean como anacrónicos los términos de delimitación temporal (último, anterior, reciente, actual) que allí tanto necesariamente abundan. En calidad de comple mento a esa introducción, a la vez que de puesta al día de la situación poética española posterior, me ha parecido por ello oportuno añadir, con carácter de apéndice, una ojeada sobre "La poesía española de los últimos años”. Esta revisión que ahora se agrega puede leerse en continuidad al estudio introductorio mencionado; el cual creo que, con estas aclaraciones, puede seguir sirviendo legítimamente de entrada al libro. La actualización que supone dicho apéndice es una de las dos adiciones mayores de la presente edición. La otra afecta al ensayo sobre Vicente Aleixandre. Anteriormente apareció bajo el título de ”Vicente Aleixandre en dos tiem pos”, y se concentraba en algunos aspectos de los, hasta entonces, últimos libros del poeta: Historia del corazón (1954) y En un vasto dominio (1962). Pero el decenio del 60 ha sido pródigo para Aleixandre, en nuevos libros y en colecciones antológicas.
Y por tratarse del mayor poeta vivo entre los aquí reunidos, me pareció útil extender la consideración de su labor poética hasta el presente, con lo cual aquel ensayo dio de sí un momento más, convir tiéndose así en "Vicente Aleixandre en tres tiempos”. En el tercero de ellos se examina la fase estrictamente actual de su trayectoria. Salvo algunas otras secciones en parte reescritas (por ejemplo, la destinada a explicar la integración del libro Las brasas, de Francisco Briríes, fruto de una nueva y más atenta lectura), los trabajos sobre los demás autores con servan, en lo fundamental, su forma original. Luis Cernuda murió al año siguiente de haber concluido el artículo que a él se dedica, limitado a un aspecto específico aunque central de su obra, como el título anuncia: "Emoción y trascendencia del tiempo en la poesía de Luis Cernuda”. El autor de La realidad y el deseo sólo publicó después un libro no considerado en dicho artículo (Desolación de la quimera, de 1962), que poco añade a su concepción tempo- ralista pues en él, sin perderse de un modo absoluto el sentimiento elegiaco tan firme en el poeta, el interés mayor se desplaza notoriamente de ese sentimiento a la visión acremente crítica de su etapa final.
José Hierro no ha publicado poesía después de Libro de las alucinaciones (1964), tomado en cuenta siquiera de modo parcial, pero estimo que suficiente, en el estudio respectivo. Los otros poetas, Carlos Bousoño y Francisco Brines, sí han conti nuado de manera creciente y enriquecedora el ejercicio del verso. Pero engrosar esta edición con el examen de las muy importantes entregas últimas de uno y otro —Oda en la ceniza (1967), de Bousoño; y Palabras a la oscuridad (1966) y Aún no (1971), de Brines— haría excesivas las dimensiones de este libro. Por otra parte, sobre la obra reciente de estos dos poetas tengo escritos sendos ensayos que figurarán en un nuevo volumen, Diez años de poesía española, 1960-1970, que publicará en breve esta misma colección de Estudios Literarios de Insula. A Enrique Canito, director de la editorial y quien ama blemente me inclinó a esta nueva salida, mi mayor gratitud. Y la reitero también, y muy profundamente, a todos aqué llos (lectores, alumnos, colegas, críticos y amigos) que de un modo u otro la han favorecido, ayudándome con sus consejos, colaboración e interés. Madrid, verano de 1971. J osé Olivio Jiménez EL TIEMPO EN LA POESIA ESPAÑOLA CONTEMPORANEA Una rápida ojeada sobre la poesía española actual arro ja, de inmediato, esta sencilla y palmaria conclusión: el tiempo es el gran tema, el tema central y orgánico de esa poesía. Y no habrá que demorarse en explicar qué amplio sentido, equivalente si se quiere al de centro espiritual de creación, se da aquí a la palabra tema.
El poeta, y esto es sólo un lugar común, no puede hacer otra cosa que ver la realidad (la extensa del mundo o la suya limitada, íntima y propia) y someterla a una profundísima transustancia- ción mediante la cual resultará esa misma realidad, si bien empobrecida por una parte, enriquecida por otra, al devol vérnosla transmutada ya en un objeto poético, es decir, salvada. Pero cuando se arriba a la conclusión de que todo cuanto el hombre alcanza a ver no es más que tiempo, la ecuación puede sustituirse sin mayor violencia por esta otra sencillísima: el poeta canta el tiempo o, de otro modo, la realidad hecha de tiempo y sujeta a él. Se podrá argüir, en seguida, que nunca ha hecho otra cosa; especialmente si tenemos en cuenta y seguimos literalmente la interpre tación de la poesía como fenómeno temporal, por su origen y mecanismo, que tan ardorosamente defendiera Antonio Machado y que hoy todos recordamos de memoria. Pero no cabe duda que los poetas han ensayado también, a veces, una poesía de la realidad consistente (poesía por su lado, nada despreciable), y aún habrá que hacer notar, como ya se verá, que algunas de esas ocasiones se han producido en nuestra centuria a despecho del tinte marcadamente temporalista del sentir y la especulación contemporáneos.
El estudio del tiempo en la poesía del siglo xx está por hacer. Y es muy natural que así suceda, pues su realización demanda un tamaño esfuerzo unido a un conocimiento entrañable de todas las doctrinas filosóficas, historicistas y temporalistas, de nuestra época. Y esto es virtualmente indispensable porque, aun a sabiendas de que poesía y filosofía son mundos autónomos, es inevitable que si se emprende el esclarecimiento de la temática del tiempo en la lírica, no pueda el estudioso eludir la también inevitable zona de tangencias con que una y otra actividad del espíritu se interfieren y complementan, enriqueciéndose mutua mente. De todos modos, muchos pasos hacia ese estudio han sido ya dados en los últimos años. Se dirigen, es cierto, a figuras representativas y tienen, por tanto, un carácter parcial; pero han cumplido la gran función de despertar el interés por la cuestión y de aportar valiosísimas suges tiones que podrán ya ser aprovechadas por los que a tal cuestión se acerquen con el ánimo más ambicioso de historiarla o sistematizarla. Dígase, como advertencia pru dente, que el que estas páginas recogen se resentirá por igual de parco y fragmentario; en razón, sobre todo, de los límites materiales a que su naturaleza misma obliga (no se olvide que se trata solamente de una somera intro ducción a un libro de ensayos en que se roza o plantea el tema del tiempo), y por razón también de las dificul tades intrínsecas que más arriba se acaban justamente de apuntar. «98» Y MODERNISMO El título de este parágrafo alude sólo, por una comodi dad justificada por el uso, a esa esfera cronológica general que tomamos siempre como primera o inicial en cualquier tratamiento de lo contemporáneo en las letras españolas.
Nada más; esto es, que queda aquí sin dilucidar si tales denominaciones se ajustan en su recto y total alcance a los tres poetas de quienes se va a hablar. Pero lo cierto es que la literatura de España nace al siglo xx bajo la impronta de un preciso suceso histórico, el desastre del 98, y de la profunda revulsión moral que este hecho provocara en la minoría intelectual de aquellos años. Entra, pues, dominada por una vigilante atención a muy vivos reclamos del tiempo histórico. Había también, en el fondo cultural de ese período, otras fuerzas más profundas y universales, y no sólo latentes, sino de muy poderosa vigencia, a las cuales no eran ajenos tampoco los mejores de aquellos hombres.
Se trata del formidable asalto a la razón que el pensamiento occidental venía enérgicamente realizando para sacudirse de ese peso enorme que el racionalismo a ultranza había acumulado sobre la indagación filosófica desde Grecia hasta la Edad Moderna. Bergson y James, por ejemplo, intuicionismo y pragmatismo, sin olvidar a Dilthey y a Nietzsche, eran corrientes ya fecundas que abonaban la mayor crisis de la fe en la razón que registra la historia. Y esta crisis es lo que marca el clima espiritual en que los noventayochistas empiezan a escribir, antes de que Ortega y Gasset intentara una riquísima y comprensiva manera de entender la razón y de acercarla e integrarla con la vida. Pero todos conocemos lo que ocurre cuando se quiere aplastar o callar a la otra razón, a la razón razonante, y cuando en su lugar nos proponemos mirar derechamente a la vida y al hombre de carne y hueso, como pedía Unamuno. Ocurre entonces que vemos tiempo, y nada más que tiempo. Esto lo sospechaba, o lo sabía, el racionalismo; y por ello había hecho abstracción en sus elaboradas construcciones de ese «pequeño detalle»: el tiempo. Ya Kierkegaard, desde antes, lo observó y anotó: «El tiempo no se deja asignar ningún puesto en el pensamiento puro» '. 1 Post-scriptum final no científico a las migajas filosóficas, segunda parte, 2:' sección, cap. III, 1 (citado por Julián Marías: Lo cual quiere decir a la letra que, inversamente, cuando el pensamiento se entera al fin de que el tiempo existe, y existe soberanamente, no le queda a la metafísica otra salida, si quiere sobrevivir, que la de hacerse sustancial mente ética y elevar el factor temporal a la categoría de supremo motor en el drama ontológico del hombre. Sobre tales circunstancias es fácil el diagnóstico de lo que va a darse en la lírica del 98. La historia externa de la patria y la agónica intrahistoria de aquellos espíritus (términos suficientemente conocidos y aquí útilísimos en más de un sentido) empujan a esos hombres hacia una poesía—en verso y prosa—angustiosamente dominada por la obsesión del tiempo. Y si se subraya aquí el dual vehículo expresivo es para no olvidar, como tantas veces pasa, a Azorín, el más intenso poeta en renglones corridos de aquel grupo, escritor tan finamente permeado por el sentimiento de lo fugaz y perecedero de la realidad.
Para Azorín, «una preocupación por el poder del tiempo» fue, según sus pala bras, el resorte mágico de aquellos nostálgicos cuadros que reunió en Castilla, uno de sus libros fundamentales, al frente del cual colocó la frase entrecomillada y a la que se acude ahora tan sólo como testimonio personal y directo. La prueba decisiva e irrefutable está, desde luego, en la obra toda del maestro alicantino, fidelísima corroboración de su intencionalidad creadora. Pero cuando se habla de generación del 98 y de poesía se piensa, al momento, en Unamuno y en Antonio Machado. Don Miguel llevará al verso las mismas existenciales inquie tudes de su obra en prosa: el yo múltiple, el hombre creándose a sí mismo y creando, por íntima necesidad, a Dios; su apetencia de inmortalidad; su dolor de no ser en lo infinito y lo eterno—dolor que era para él la prenda más segura y distintiva de la verdadera hombriedad—. Pedro Laín Entralgo ha hecho el recuento de todas esas motiva ciones del hombre Unamuno, ilustrándolas eficazmente en Miguel de Unamuno. Madrid. Espasa-Calpe, S. A., Colección Aus tral, 3.a edición, 1960, pág. 29). su obra poética misma3. Aunque es un recuento breve, pues pertenece a un libro de más amplio objetivo, resulta suficiente para que se vea cómo el tiempo, el enigma del tiempo, es quien da unidad a toda la variada red de subte- mas y afanes que en su pensamiento afloran.
He aquí, siguiendo a Laín, un apretadísimo inventario de la temática temporal en la poesía de Unamuno: la relación entre tiempo y eternidad, vistos ambos como contradicción o como vinculación mutua de uno y otra; la inexorabilidad humana de la vivencia del tiempo, o la probable supresión transi toria de esa vivencia; la visión última del tiempo como «forma misteriosa» del dolor del hombre; otra manera de contradicción que supone el intuir la existencia toda como un puro presente frente a la terca convicción de cuán inconsistente es ese mismo presente y de que la única realidad posible es el futuro; la función salvadora de la memoria y la imaginación en el trágico dilema de nuestro mutante destino; y, en suma, la importancia que en su poesía tienen, como temas y como móviles de lirismo, dos operaciones que se nutren esencialmente de tiempo: el recuerdo y la esperanza. Todos estos planteamientos, y muchos más, en torno a la problemática del tiempo (del tiempo vivido y personal, inmanente, pero también tras cendente, de cada hombre) dieron a Unamuno la materia constante y repetida de muchos de sus ensayos y novelas; pero también, y esto es lo que aquí importa, la raíz primera y absorbente de ese largo diario poético que es su Can cionero. Pasar de Unamuno a Machado significa moverse del grito a la melancolía, de la plegaria desesperada y hasta grandílocua a la plegaria serena, tenazmente empeñada en disimularse a sí misma como tal plegaria. Sobre Machado y su interés en el tiempo se ha escrito mucho últimamente :; 2 Véase de Pedro Laín Entralgo el capítulo «Miguel de Una muno o la desesperación esperanzada», en su libro La espera y la esperanza. Madrid, Revista de Occidente, 3.a edición, 1962, páginas 382-419. 3 Es fundamental, en este sentido, el libro de Ramón de Zubi r ía: La poesía de Antonio Machado.
Madrid, Gredos, 1955; y pues en él a la presencia de este tema concreto en sus poemas se une una bien trabada concepción temporal de la poesía a la cual dedicó continuos asedios en su prosa teórica. La misma circunstancia de convivir con un grupo juvenil e impetuoso de grandes poetas, los del 27, que parecían desvirtuar su arraigada concepción, llevó a Macha do a una prédica reiterada y calurosa en favor de sus ideas. Por ello, va quedando como el poeta temporal por excelencia de nuestro siglo; y día tras día, como se ha dicho, se ven aparecer nuevos estudios que enfocan y aclaran diferentes aspectos de su pensamiento poético. La frecuencia de estos estudios se condiciona también porque una línea importante de ese pensamiento machadiano ha venido a coincidir fundamentalmente con la tónica general asumida por la lírica de la última posguerra. Así, no es extraño que se repitan, a todas horas, sus conocidas fórmulas teóricas para la poesía («palabra esencial en el tiempo», «diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo»), o para el poema («tiempo personalizado», «tiempo vital del poeta con su propia vibración») y, desde luego, su autodefinición, por boca de Mairena, como «poeta del tiempo». Más útil será, tal vez, observar lo que realmente hizo en el verso. Y lo que hizo fue expresarse siempre desde una agudísima conciencia temporal, cumpliendo la teoría en la práctica. Cantó, pri mero, las incidencias espirituales de su personal tiempo particularmente su capítulo I, «El tema del tiempo» (págs. 23- 67). También las páginas que Laín Entralgo dedica a «Tiempo, recuerdo y esperanza en la poesía de Antonio Machado», en su libro citado (págs. 420-436).
Sobre la concepción temporal de la poesía de Machado son muy recomendables el estudio de Juan López-Morillas, «Antonio Machado y la interpretación temporal de la poesía», recogido en su libro Intelectuales y espirituales, Madrid, Revista de Occidente, 1961 (págs. 71-98), y el de Anto nio Sánchez Barbudo: «El pensamiento de Antonio Machado en relación con su poesía», que cierra su libro Estudios sobre Unamuno y Machado, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1959 (pá ginas 201-326). Por ofrecer un punto de vista diferente en rela ción con este tema, es interesante el ensayo «Fanales de Anto nio Machado», de Dámaso Alonso, que aparece en su libro Cua tro poetas españoles, Madrid, Gredos (Colección «Campo Abier to»), 1962, págs. 137-178. humano, del tiempo vivido y el soñado, de lo real y lo posible (y esta equiparación de lo actual y lo mítico es una de las riquezas mayores de su poesía): Galerías, soledades y otros poemas. Cantó, después, las realidades tristes de su tierra, de su contorno histórico-social, sin que le fuera posible contemplar esas realidades sino dentro de su obli gado encuadramiento temporal y su indisoluble devenir, que ata sin rupturas el pasado al presente y éste al futuro: Campos de Castilla. Cantó, por fin, y ya más reflexivamente, el enigma del tiempo, en breves escorzos donde lo personal quedaba como diluido en apretadas lecciones de formulación general: las Nuevas canciones y los Cancioneros apócrifos. Naturalmente que esta distribución es interesadamente convencional y, por tanto, discutible; pretende iluminar solamente, desde nuestro punto de vista, los modos como Machado trató el tema del tiempo y qué aspectos o modali dades de ese tema le llamaron más en los estadios sucesivos de su evolución.
Pero convendrá conservar en la memoria esta triple vertiente de su canto temporal, pues habrá de vérsela de nuevo, en el final de estas notas, al llegar a la poesía de hoy, reproducida y amplificada en sus más sutiles y oportunas posibilidades. Juan Ramón Jimenez parece otra cosa, y por eso hay que andar con tiento al querer penetrar en los designios últimos de su poesía. A partir del Diario de un poeta recién casado, fecha inicial de la que todos los críticos y el propio autor llaman segunda gran etapa de su obra, a Juan Ramón se le ve urgido por una búsqueda sostenida y sin conce siones de la belleza: de una belleza total que no querrá admitir ya vaguedades sentimentales, oropeles ni fáciles acarreos, sino la mayor exactitud y limpidez posibles. Labor, pues, de la sensibilidad y la inteligencia estrechamente hermanadas. A la luz de esta búsqueda, a la que se consagró el poeta con una ardua vocación de sacrificio, se ha levan tado la leyenda de un Juan Ramón esteticista, y se ha usado como slogan el concepto de «lo estético», en todas las posibilidades morfológicas de esta voz, para calificar cualquier aspecto que le ataña: su poesía, su voluntad creadora, su actitud ante la vida y el arte, su existencia misma... Y esta valoración, que es innegable en el caso del poeta de Moguer, le resulta al mismo tiempo harto peligrosa, pues ha impedido que se adviertan o reconozcan otras zonas o facetas en verdad importantes de su mundo espiritual, tal como si en él el artista hubiese devorado al poeta y al hombre. Ha impedido con frecuencia, y esto es lo más grave, que se viese sin prismas deformadores la causa honda y radical de esa su apasionada persecución de la belleza. Y es que siempre será arriesgado (aunque este riesgo sea no sólo inevitable, sino preciso) valorar o juzgar cualquier actitud del espíritu desde las creencias o prejuicios sobre los que nos movemos en un instante dado.
Y el margen de error es más amplio, naturalmente, si la actitud que enjuiciamos escapa o es extraña al repertorio de los supues tos operantes en nuestro actualísimo presente. Estamos hoy, según todos los síntomas parecen indicar, en un período de sacro terror al esteticismo, al hiperindividualismo, al irracionalismo... ¿Tendremos, entonces, la indispensable justeza de visión para decidir, en fin de cuentas, a qué obedece la necesidad o vocación de la estética? Vendrán bien, en este momento, unas palabras con las que Ricardo Gullón sale al paso al mismo dictamen de esteticismo, enarbolado desde sensibilidades posteriores y ajenas, y casi siempre con un matiz peyorativo, contra los poetas del modernismo. Pero son palabras que pueden cubrir con toda legitimidad a Juan Ramón, especialmente si recordamos que él se proclamaba, al final de su vida con mayor combativi dad (y debido, sobre todo, a la discutible amplitud con que él concebía la clasificación), como un auténtico modernista. Escribe Gullón, al efecto, refiriéndose a poetas de quienes, igual que de Jiménez, se destaca generalmente como rasgo capital la sobreconciencia artística de su voluntad de estilo: «La convicción de que la poesía, la obra, es el último baluarte, el último reducto invulnerable del ser (contra la aniquilación) les hizo dedicarse con plenitud de esperanzas a la invención salvadora, y de ahí la paradoja del esteticis mo, entendida por tantos como fuga de la vida cuando en verdad simbolizaba el ansia de afirmarla, de hacerla eterna, transmutándola en palabras imperecederas» 4.
A dirigir una particular llamada de alerta, en tal sentido, ha llegado un reciente libro de Antonio Sánchez Barbudo, La segunda época de Juan Ramón Jiménez % donde se insiste en la idea de que del tema central de este poeta (su ansia de eternidad, de plenitud, «su anhelo creciente de totalidad») deriva directamente su apetencia de la belleza, concebida ésta como la más inmediata forma posible para el hombre de vivir, todavía desde esta ladera, esa urgen tísim a experiencia de totalidad a que nunca deja el alma de aspirar. Con esto, en primera instancia, queda superado un entendimiento superficial de lo estético en Juan Ramón, que tanto daño puede hacer en la comprensión de su poesía. Y, sobre todo, se revela que en definitiva toda ella arranca de una implacable conciencia temporal: sólo se aspira a lo eterno e inmóvil cuando realizamos con toda lucidez nuestra condición finita y transitoria, nuestra temporeidad. De donde se concluye, a su vez, que Juan Ramón puede ser visto, como todo gran poeta, en calidad de poeta del tiempo, de poeta rebelde ante el tiempo.
Pero algunas diferencias —grandes y notorias diferencias—ha de haber entre su decir poético y el de Unamuno y Machado, como ejemplos con los cuales la asociación se hace indispensable, por coincidencia cronológica y por estatura literaria. De estas diferencias nace aquel aserto de que Juan Ramón Jiménez parece otra cosa, con que se empezaban líneas arriba estas sumarias consideraciones sobre su posición como poeta temporal. Lo distinto está en que el autor de Eternidades, de Belleza, de Piedra y cielo, títulos que ya denuncian un obsesivo empeño, al reconocer al tiempo como el gran enemigo de ese mismo empeño, puso el mayor énfasis de su voluntad en abstraerse de las celadas de tan implacable enemigo y encaminó consecuentemente su verso hacia aque 4 Ricardo Guluón en Juan Ramón Jiménez y el modernismo, introducción al libro de Juan Ramón Jiménez : El modernismo. Notas de un curso (1953), México, Aguilar, 1962, pág. 24. 5 Madrid, Editorial Gredos (Colección «Campo abierto»), 1962. lias entidades visibles o mentales en las que una chispa de lo absoluto se evidencia al hombre: el marola flor, el amor, la poesía, la muerte misma. También Unamuno y Machado se rebelaban, cada uno a su manera, ante la inexorabilidad del tiempo; pero al hacerlo estaban continua mente invocándolo, dejándose atravesar directamente por esa misma inquietud, nombrándolo, y de forma muy con creta.
Dicho de otro modo, para usar términos machadia- nos: contando y cantando sus personales historias de suerte tal que la «melodía» no ocultase la «historia». Arrastraban, así, el grito, la angustia, la ira; o, por otro lado, la resignada tristeza y el callado dolor: todo eso que entra en el acervo ásperamente emocional que es el vivir humano, cuando a ese vivir se le acepta en su prístino estado de rudeza y sin mayor transformación o sublimación que la estrictamente necesaria para convertirla en sustancia poética. Juan Ra món, en cambio, aunque nunca dejara de expresar su asombro dolorido ante la nada que circunda a la existencia, trató siempre, en lo posible, de salvar los escollos de la contingencia directa, es decir, de lo que a él le pareciera burdamente accidental. Y en aras de esa esencialidad total que se había impuesto, intentó y logró en elevadísimos momentos extraer la pura y desnuda verdad que las cosas le ocultaban como un reto. Temas y lenguaje recogieron, contagiados como fatalmente tenía que ser, ese impulso catalizador que procedía de su vocación de infinito; de un infinito que Juan Ramón Jiménez creía segregar y que, al decir de algunos críticos, parece haber conquistado en vida, según se desprende de algunas páginas de sus cuadernos últimos, tan ricos en trascendencia metafísica. Pero hemos concluido que, en fin de cuentas, fue una preocupación de índole temporal la que le movía interna y heroicamente.
Y quizá en esta disposición última, que se ha subrayado, radique la lejanía espiritual, por hoy insalvable, que acusan las jóvenes generaciones respecto a su trabajo poético, al que sienten (tal vez con un poco de torpeza en el señalamiento) como «menos humano» que el de Machado o Unamuno. Y es que lo heroico no es dimensión común en el hombre; y en una época como la nuestra, de vuelta ya de aquel rabioso individualismo de entonces, lo heroico, especialmente lo heroico en el dominio de la estética, no sea acaso sano ni recomendable (lo cual no supone, ni mucho menos, la cerril exaltación de un vulgar prosaísmo realista como fórmula única de poesía). Los tiempos tienen su dia léctica, inaplazable, irrenunciable; y el nuestro ha situado su esperanza en la historia, en el vivir concreto y real con sus accidentes gloriosos o miserables—materia toda ella, cuando hay auténtica capacidad creadora, susceptible de ser elevada a poesía dignísima y noble—. De aquí que no deba juzgarse como injusto el extrañamiento que pueda producir hoy la empresa sobrehumana de Juan Ramón. Lo que sí será siempre mezquino es la negación obstinada, interesada tantas veces, de la altísima calidad intrínseca de su obra. «27» y «36» En los años cenitales del magisterio de Jiménez adviene a la vida literaria la llamada generación del 27, colectiva e individualmente la de mayor importancia de cuantas enriquecen a la poesía española de este siglo y aun más allá. (No se olvide, en este tránsito del modernismo a la entreguerras, a León Felipe, aunque su más desgarrada lamentación temporal, sus trenos «del éxodo y el llanto», vendrán mucho después, como por imperativo de la historia tuvo que ser.)
Al surgir los jóvenes poetas de los años veinte, las estimulaciones que estaban en el aire de su época les inclinarían naturalmente al autor de Eternidades más que a los otros dos posibles maestros de la generación anterior. Esas estimulaciones indicaban la meta de un arte lúcido, aséptico, puro, objetivo: poesía pura, música pura, plástica pura... Y habrá que admitir que por esta vertiente, tan proclive en sus simas a la frialdad y al cerebralismo, era factible llegar a confundir la vocación de pureza poética con una suerte de nuevo virtuosismo retórico, sutilmente embozado, pero no menos nocivo que el de cualquier pasado literario. De hecho a ello se llegó, en casos por fortuna muy contados y efímeros, pero que dieron oportu nidad a aquellos maestros mayores (Unamuno, Machado y aun el propio Juan Ramón) a expresar sus temores en tal sentido. Lo que conviene señalar es que ese ideal de objetividad exigía, desde luego, un escrupuloso cuidado en el proceso de la creación, de modo que quedase asegurada para el producto poético la incontaminación más absoluta con lo turbio de la vida, o sea, del tiempo. Tanto más alto sería aquél, desde un ángulo rigurosamente artístico, cuanto más borrada o diluida resultase la obligada dependencia que el poeta, como todo ser humano, guarda respecto al tiempo.
Destemporalizado, vendría bien como calificativo para este arte; mucho mejor que deshumanizado, desenti- mentalizado o desrealizado, términos todos de tan peligrosa ventura. Ya que por muy enérgica que sea la voluntad de abstracción no hay arte que no represente una integración, más o menos emotiva, más o menos intelectual, del creador con la realidad. Y este particular punto lo ha visto y señalado muy bien, aplicándolo defensivamente a su propia generación, une de aquellos poetas, Jorge Guillén, en el capítulo final de su libro Lenguaje y poesía \ Pero es indudable que eran los años del miedo a la anécdota, a lo narrativo, a lo impuro. ¿Y de dónde puede venirle al poeta este gran mal de la impureza sino de colocarse a plena luz frente a las concreciones vivas de su tiempo? O sea, ¿de qué actitud habrá de nacer esa huma nísima voluntad de impureza, que vendrá después, sino de negarse rotundamente a toda fórmula purificadora, a toda piadosa miopía? Pero el norte espiritual de aquel momento residía, como se ha dicho, en otra bien distinta aspiración: la autonomía del arte, la decisión de poner, como ha expresado Dámaso Alonso, «un enorme intervalo entre poesía y realidad»7, entre existencia azarosa y creación intangible. Antonio Machado, que seguía de cerca la labor de aquellos poetas, lamentaba que éstos se valiesen mayor mente de conceptos e imágenes conceptuales (el concepto: 0 J orge Guillen: Lenguaje y poesía. Madrid, Revista de Oc cidente, 1962, págs. 233-254. 7 Véase «Una generación poética (1920-1936)», en Poetas espa ñoles contemporáneos. Madrid, Gredos, 1958, pág. 185. lo puro, esencial y permanente) y no temporales (el tiempo: lo impuro, vivo y cambiante);, y, como todo el mundo sabe, su álgido ataque a la estética barroca iba dirigido, por rechazo, a aquellos mismos poetas. Aunque en sus juicios no andaba totalmente desencaminado, Machado comprendía sólo a medias el ideal de aquella época, lo cual procede de que, en general, le faltó ver—como a este específico propó sito ha anotado Laín Entralgo—que «junto a la poesía de la temporeidad hay también una poesía de la presencia, porque el hombre es y no puede dejar de ser imagen y semejanza de Dios»1**. Pero esos mismos poetas, que sí creían comprenderse, no pudieron tampoco ser fieles a sí mismos. Presagios, de Pedro Salinas; Perfil del aire, de Luis Cernuda, o Ambito, de Vicente Aleixandre—para no citar sino unos pocos títulos representativos de primeros libros publicados en los momentos de cohesión formal e ideológica del grupo—, podran ser considerados siempre como logros conseguidísimos de depurada belleza poética, pero, a la vez, fueron irrepetibles en las órbitas personales de sus respec tivos autores. Con algunas reservas podría decirse lo mismo de Jorge Guillén; porque en principio se muestra un mantenedor decidido de su purísimo cántico más allá de los límites cronológicos que actuaron sobre los demás; pero no debe pasarse por alto que la evolución interior del mismo Cántico, en sus sucesivas ampliaciones, es ya signifi cativa en el sentido que se viene apuntando y que de más clara manera se verificó en los otros poetas. (No se habla aquí de Clamor, porque esta segunda zona de la obra de Guillén pertenece por entero al espíritu de la posguerra.)
Y de Gerardo Diego recuérdese cómo desde un principio alternaron en él su creacionismo de «espumas» con sus «versos humanos»; aunque en conjunto sea Diego, entre los del 27, el que nos da una imagen más sostenida de poeta fiel a la estética o, al menos, dominado por la necesidad de un alto «estilo». La verdad es una: el artista podrá embellecer, depurar o aun trascender la vida; pero no le será posible hacer 8 Op. cit., pág. 423. sólo esto, no podrá hacerlo siquiera por un largo tiempo. (Ni el Góngora de las Soledades, ejemplo arquetípico, pudo escribir únicamente las Soledades.) Y, por otra parte, sobre nuestros poetas de entreguerras se precipitó, aplastante, el peso trágico de su tiempo histórico, tan ricamente abonado para el develamiento de la auténtica angustia personal de cada hombre. Y la angustia es la dimensión viva, vivible, de la condición temporal de la existencia, de la cual no pode mos honradamente escapar. Tuvieron aquellos poetas, en consecuencia, que caer: cayeron de sus altos empeños de purezas e intemporalidades hasta los fosos turbios, pero nobilísimos, de sus insoslayables y propias circunstancias.
El momento puro de la generación del 27, del que tan brillantes muestras quedaron en la lírica española contem poránea, fue en cómputo estricto muy breve; y aun Federico García Lorca, muerto en 1936, no puede ser considerado de modo exclusivo como un poeta ejemplarmente formalista y evasivo. Por eso, cuando hoy se dice que la atención emocionada al hombre y a sus inmediatos problemas tem porales es deuda que debemos a las promociones de posguerra, se está afirmando una incontrovertible verdad...; pero, al mismo tiempo, y sin mala fe, se están olvidando las raíces o antelaciones de esa verdad. Porque antes de los años decisivos (1936-39), y en torno a ellos, Luis Cernuda venía escribiendo una poesía hecha de muy poderosas incitaciones temporales, que cubre gran des zonas de La realidad y el deseo, en su primera edición de 1936, y más fuertemente todo su libro Las nubes, exactamente coetáneo a la guerra civil. Y el mismo conflicto político que se resolvía bélicamente motivaba (con mejor o peor fortuna, como ocurre siempre en estos casos) una suerte de lírica de combate, hoy dispersa o semiolvidada, que suponía el encauzamiento del interés poético hacia los hechos más ostensibles con que el tiempo de la historia se concretaba en un país en convulsión, donde naturalmente lo individual ha de quedar subsumido en la presión colec tiva operante e inevitable. Fechados en 1938-39, por ejemplo, son los poemas de Rafael Alberti recogidos bajo el título de De un momento a otro. Estos poemas, tanto en tema como expresión, anuncian ya muy claramente la poesía de crítica social que la posguerra ya a poner en alza, y la cual es sólo posible cuando el poeta toma recta conciencia de las limitaciones o debilidades de la época que vive 9. Pero sin que tenga que ser explicada exclusivamente en función de la guerra civil, anticipándosele más bien y en cierto modo coincidiendo con ella, una nueva promoción de muy difícil destino, la llamada generación del 36, había decidido ya trasladar al verso, briosa y ásperamente si era necesario, personales recuentos de sus vidas, experiencias todavía san grantes de tiempo y aun inquietudes sociales y políticas de aquel justo momento histórico: Miguel Hernández, consi derado por algunos como todavía un epígono genial del 27, y otros en justicia frescamente nuevos: Luis Rosales, Juan y Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Carmen Conde... La suerte ha sido fatalmente dura para la valoración crítica justa de este grupo, como también lo fue para su desarrollo y consolidación; lo que ha dificultado que se le pueda contemplar como una unidad compacta de intentos y realizaciones—tal el del 27.
Pero una prueba de que representaban algo distinto, esto es, un eslabón nuevo digno de ser destacado en la continua evolución poética, fue la acogida de sorpresa con que se recibió la voz más fuerte de Miguel Hernández. Todavía en 1936, Juan Ramón Jiménez, con ese retintín que tanto le distanciaba humanamente, recomendaba a los amigos de la «poesía pura» (a cuyo nacimiento en España, dígase ,J En este hurgar de precedentes puede recordarse también la Elegía cívica (1930), del mismo Alberti, escrita todavía en los años últimos de la dictadura de Primo de Rivera. A esta Elegía se refiere el propio poeta en su libro de memorias La arboleda perdida, como «poesía subversiva, de conmoción individual»; contando allí también cómo Azorín saludó esta Elegía con gran clarividencia y alto elogio: «Y Rafael Alberti se vuelve hacia lo primario, lo fundamental, lo espontáneo; Rafael Alberti se vuel ve, con los brazos abiertos, hacia el pueblo. En su desgano de los módulos citados, sólo el pueblo y sólo la Naturaleza podían darle el punto de apoyo perdido y necesario.» (Cfr. La arboleda perdida. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1959, página 297.) entre paréntesis, había contribuido él mismo) que buscaran y leyeran los poemas vivos del «extraordinario muchacho de Orihuela» ,0. Y en cuanto a los otros, que por razones biográficas pudieron desarrollar órbitas personales más cumplidas, no debe olvidarse que fueron ellos los que, de una manera definitiva, hicieron de la poesía «un relato confidencial, fluyente, temporal, de los sucesos del alma», como de Leopoldo Panero ha dicho Ridruejo, y recordado después José Luis Aranguren.
El ilustre profesor ha dedi cado varios penetrantes ensayos a poner en claro lo que él llama «poesía de la existencia» o «poesía-existencia» (ad virtiendo de paso que «existencia», según la filosofía que a ella se refiere, es «tiempo»), así como la contribución importantísima que en tal dirección aportaron a la lírica española contemporánea los poetas del 36 u. En verdad de verdad, sin embargo, aquellos «puros» del 27 estaban ya de vuelta de sus utopías aun antes de la guerra civil. Valdrá la pena aclarar que se trata aquí, con especificidad, el tema del tiempo; esto es, la desnuda existencia temporal del poeta —individual o colectivamente aprehendida— como materia temática de su poesía, ya en un tono limpiamente emotivo, ya más cuidadosamente re flexivo. Y que se rehúye, por improcedente, toda especu lación en torno al tópico de «lo humano», tan traído y llevado cuando se quiere explicar el tránsito espiritual su frido en la poesía española de aquellos cruciales años. Pero aun viniendo a este espinoso terreno, ¿cabrá tildar de no humano (y es, en rigor, un ejemplo apurado) el esfuerzo emocionado de Jorge. Guillén, por muy intelectual que ese mismo esfuerzo sea? ¿No es el intelecto, acaso, una dis posición humana, excluyentemente humana? Ni que decir tiene que igualmente absurdo será proponer la desgraciada 10 Véase «El Sol», 23-11-1936 (citado por Concha Zardoya: Miguel Hernández: vida y obra. New York, Hispanic Institute, 1955, pág. 24). 11 Véase «Poesía y existencia»., «La poesía de nuestra vida» y «Nuestro tiempo y la poesía», en Crítica y meditación. Madrid, Taurus, 1957. (La cita de Dionisio Ridruejo aparece recogida en este libro del profesor Aranguren, pág. 27.) etiqueta de deshumanización para describir la explosión vital, apasionada y poderosa de Aleixandre en La destruc ción o el amor. O esa otra poesía más serena, pero riquí sima (por sensual, emotiva, mental y ética a la vez), de Salinas en sus dos libros centrales, La voz a ti debida y Razón de amor. Hasta en el caso de Lorca y su relación con el tiempo habría bastante que decir. Mucho ha sido ya ade lantado por Christoph Eich en su libro Federico Garda Lorca, poeta de la intensidad. Aunque hay que aclarar que, según Eich, el sentido lorquiano del tiempo pertenece a la especie del tiempo biológico o vital, y no a la del tiempo actual o humano que parece dominar en los poetas de hoy por la decisiva intervención en éstos de la conciencia se hace obligado, pues, matizar los señalamientos: lo humano no dejó de asomar, y muy intensamente, en los poetas del 27; aunque la forma en que encararon, en aque llos precisos momentos, el eterno problema de ser hom bre nos resulte hoy poco convincente y convencional. Tam bién habrá que reconocer que no se daba todavía en ellos, por tales fechas, la lucidez y el dolor ante el tiempo en la concentrada densidad a que algunos de esos mismos poetas llegarán después. Un «después» que vendrá tras la expe riencia de la guerra, cuando uniendo sus voces a las de los poetas más jóvenes, hagan del tiempo, entre todos, la verdad sustentante y mayor de la poesía española de hoy.
P osguerra y poesía actual Para que la poesía se convirtiera en España en unánime expresión del sentimiento de lo temporal fue necesario es perar, pues, que el cruento e inútil ciclo de la guerra civil se cumpliese enteramente, tanto en su inicial flujo de vio lencia y de determinismo político en la creación (los tres años de la contienda propiamente dichos), como en el re flujo de inestabilidad y de confusión literaria que, natu ralmente, tuvo que traer (los tiempos primeros de la pos guerra, con el sereno y falso ideal garcilasista como ejemplo máximo de desnorte). Generalmente se dice que el nuevo clima poético vino a quedar instalado, de modo definitivo, hacia 1947; y no se olvida, al consignar esta fecha, las clarinadas que lo preparan. Estas clarinadas pa recen concentrarse hacia 1944. Es la fecha de los Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, abrupto testimonio existencial de un hombre español de su tiempo; e igualmente la fecha de Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, donde ya se da diáfanamente esa emocionada atención al vivir humano que va a marcar el mejor derrotero de la lírica española subsiguiente. En uno y otro libro, por distintos caminos, el lector se encuentra ya frente a frente con el tiempo; con un tiempo sufrido en la intimidad del poeta, del hombre, y expresado, áspera o hermosamente, en uno y otro, me diante un lenguaje poético que iba indudablemente hacia la clarificación de sus recursos. (Son los tiempos también de Como quien espera el alba, libro importantísimo en la órbita personal de Cernuda, por cuanto supone la invasión absorbente en su obra de la preocupación temporal, ya sentida desde antes. Pero fue éste un libro publicado en el extranjero, no fácilmente asequible en España, y cuya influencia directa, así como la total de su autor, no se hará sentir de inmediato, sino años después y de un modo más directo sobre los jóvenes de hoy.)
A partir de aquellos momentos asume toda la labor lírica que se produce en España un tono común; tono que resulta del propósito de orientar esa labor hacia la integra ción solidaria con el hacer y el problema del hombre, del hombre universal y común, más que a fabricar brillantes y soberbios mundos poéticos individuales, como en la eta pa anterior. Y ese clima común se va haciendo entre todos, a partes iguales, por los poetas de las más variadas pro mociones cronológicas, dentro y fuera de la Península; de modo que el factor personal de la edad queda diluido dentro del factor general de la época, como acertadamente ha hecho ver Carlos Bousoño. Es un estado poético de tiempo, en suma, lo que acaba por definirse. En punto a justicia, a la hora de las valoraciones lite rarias, hay que moverse con cuidado; y aun así se cometen muchos yerros. Quizá las mismas líneas anteriores hayan cargado la mano en devolver para los poetas mayores de la generación precedente (Aleixandre, Alonso, Cernuda...) los créditos que merecen por su natural participación y hasta antelación en el espíritu general de estos años. Sin embargo, es inútil negar que las voces surgidas en la pos guerra serán las que lleven la nueva actitud (conciencia básica del tiempo, valoración de la directa realidad, impulso de solidaridad humana, franca reacción antiesteticista, etc.) a sus posiciones extremas y, por ende, más fácilmente de- tectables. Hoy parece tal vez rebasada la hora de algunos de esos extremismos. Y por extremismos entiéndase, por ejemplo, la interpretación torcida o mecánica del principio de poesía como comunicación. Este principio fue útilísimo en sí, como acicate muy oportuno de rechazo al sobreex- ceso de hermetismo en que antes se hubiera incurrido al guna vez; pero en poetas mal orientados tal concepción del fin de la poesía pudo conducirles a olvidar que ella es, ante todo, conocimiento y exploración: un explorar dentro de sí para conocer mejor.
Otro ejemplo de extremismo sería, como consecuencia del anterior, el desdibujo de la expresión poética y la admisión en sus predios de formas elocutivas y de disposiciones mentales (análisis, reflexiones, descripciones, comentarios, etc.) afines ya al propósito de información y precisión que es sustancial a la prosa. Y, sobre todo, la reducción temática a la luz de las urgencias sociales y políticas del día (de las que ninguna conciencia honrada puede hoy tranquilamente evadirse), pero que con vertidas en consignas literarias de exclusiva validez llegan a empobrecer dogmática y preceptivamente el campo de posibilidades creadoras del poeta. Fueron necesarias tales extremosidades en los inicios de la reacción que la poesía de posguerra emprendió; y hay que ver ahora como signo de salud el que aquélla quedase marcada de bien peral tada manera. Pero de seguir esos caminos hubiera sido muy posible el extravío o la confusión, de los cuales no se an duvo muy lejos. Por eso es confortadora la lectura de las poéticas que los jóvenes del día han colocado como pór tico a sus respectivas selecciones en Poesía última, la re ciente antología preparada por Francisco Ribes 12. Esas poé ticas nos confirman en la fe de que el buen sendero ha sido definitivamente hallado. O mejor, de que sin salirse de aquel que los anteriores hollaron, por saber que es el justo, se han decidido enérgicamente a librarlo de las na turales brusquedades y de los obstáculos donde fuese pro bable caer para, juntos precisamente a esos que les prece dieron, elevar a la más alta dignidad poética lo que desde un principio había ganado la más alta dignidad humana. Planteemos concretamente nuestra pregunta. ¿Que sig nifica, en síntesis, que el tiempo parece ser el centro de cohesión o uniformidad de toda la poesía actual?
¿Y cómo explicar desde este centro acentos tan dispares como los de un Aleixandre, un Hierro, un Celaya o un Valverde, para sólo nombrar unos cuantos obviamente distintos? Son, realmente, dos preguntas. Para contestar a la primera de ellas, estaría bien comenzar con un útil aviso, y es que no se pretende insinuar en absoluto que todos estos poetas traten el tiempo como entidad teórica que dé materia para la meditación o el canto lírico, aunque esto pueda suceder también. Lo que se quiere decir —y esto ha sido ya bien observado y señalado por la crítica— es que los poetas de hoy cantan al hombre, mas no al hombre indiferenciado o abstracto, sino al hombre histórico, metido en sus innega bles circunstancias, moldeable y plástico por el tiempo, haciéndose a sí mismo dentro de él y cara ya a la muer te 13. Si se desglosan los postulados fundamentales de este tema es fácil reducirlos a una serie de elementos cuya simple mención denuncia ya el espíritu de la poesía que hoy se escribe en España: «circunstancia», «historia», «es fuerzo», «recuerdo», «esperanza», «vida», «muerte», en suma, tiempo. Todo esto lo intenta explicar —lo ha explicado— la filosofía; y en la lengua española, sin tener que acudir 1J Francisco Ribes: Poesía última (Selección). Madrid, Tau- rus, 1963. (Incluye poemas y poéticas de Eladio Cabañero, An gel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún y José Angel Valente.) 1J Véase Vicente Aleixandre Algunos caracteres de la nueva poesía española. Madrid, Instituto de España, 1955. a Heidegger o a Sartre, todas estas intuiciones de nuestro siglo han tenido, en la palabra iluminadora de Ortega y Gasset, muy precisas formulaciones. Pero el poeta hace su obra, y recoge en ella todas esas motivaciones, sin necesi dad de leer o conocer libros filosóficos. Recuérdese que la filosofía penetra, indaga y alumbra en fin los hechos del espíritu; no los crea. Esos hechos están en el aire de cada época de manera irrenunciable; y el poeta, antena de la sensibilidad, los capta y devuelve desde su privilegiado me canismo receptivo-expresor. Si su timbre, en algunos casos, parece acercarse al de la filosofía, no es nunca que la poesía se haya vuelto filosófica. Lo contrario estaría mejor, como ya adelantó Juan de Mairena: la filosofía va hacién dose poética cuando baja, y no otra cosa es lo que ha ocu rrido, hasta la angustia temporal del hombre, manantío seguro y constante de poesía14.
Pero de estas inevitables relaciones se derivan ciertas obligaciones para la crítica de hoy, en las que sí importa detenerse siquiera brevemente. La poesía de entreguerras (poesía de particularísima emoción personal, más irracio nal que conceptual, aunque a Machado no le pareciese así) podía y tenía que ser descrita, y precisamente por ello, desde su pura individualidad o autonomía. Al no desdeñar la lírica de posguerra, y, en cambio, incorporar a la experien cia poética los productos del pensamiento, esto es, las ideas —y las ideas son siempre mayoritariamente compar- tibles—, el creador tendrá que tomar esas ideas, por modo necesario, del fondo cultural que su tiempo le brinda. Esto no puede significar que, voluntaria o apriorísticamente, se dirija allí, a ese fondo de cultura, para encontrarlas y seleccionarlas. No, el poeta las intuye y descubre por sí mismo, en su esencial soledad y en la realización de su vida personal, pero el resultado no puede variar básicamente, puesto que al hombre no le es dable pensar sino del modo en que lo hace su época. Y si, como se ha visto, es clave de la poesía de nuestra hora el aspirar a : 1 Para un desarrollo de estas conocidas ideas, véase de An tonio Machado: Obras. México, Editorial Séneca, 1940, pág. 157. la identificación solidaria y a la comunión con los demás, con el otro, no interesará ya la elaboración de reinos poé ticos absolutamente diferentes y originales, sino el trata miento de aquellos temas que la común problemática hu mana, en sus muy diversos quehaceres, propone. Y ésta es precisamente la faena última de la filosofía de hoy: el análisis y esclarecimiento de esa problemática.
Por eso, si al cabo se ha definido el problema trascendente del hombre como de índole raigalmente histórica y moral, y la metafísica se ha vuelto ética consecuentemente, la poesía, que ha sentido también esa radical historicidad humana, se va acercando con igual premiosidad, por rápidos atajos, al dominio de la ética. No es extraño así que los poetas más animados precisamente por un deseo de penetración metafísica de la realidad sean los que, en nuestros días, terminen ensayando una lección más sostenida y generosa de moral. Todo ello justifica que, aun con la decisión más firme de no hacer sino crítica de poesía, quienes la em prendan no pueden dar de lado virtualmente a las expli caciones que los pensadores ofrecen de los mismos hechos que los poetas cantan. Queda por abordar la respuesta a la segunda de las dos interrogaciones antes sugeridas, o sea, cómo relacionar sin violencia éste que parece tema central de la lírica es pañola actual con el conjunto matizadísimo y hasta apa rentemente contradictorio de sus cultivadores. En principio, poco trabajo costará comprender que este tema no tiene un solo rostro ni es tratado de una única manera. Y de tal posibilidad de diversificación es hacedero partir para dar base y sentido a la convicción de que en todos los poetas del momento sí están presentes la conciencia y el sentimiento del tiempo, y que esa presencia es el rasgo unificador y cohesivo de la poesía que todos hacen. Visto así ese conjunto, no es difícil pasar entonces a agruparlos —simplificación que, con las reservas a las que luego se aludirá, se muestra no convencionalmente didáctica, sino real— en tres amplias actitudes o categorías, a las cuales habrá en seguida que delimitar y definir.
Distínguense, primero, aquellos poetas que contemplan y expresan en sus obras el paso del tiempo, la temporali dad, a través de sus propias existencias personales. Para ellos el vivir del hombre es, ante todo, su vivir; y aunque pueden acoger en el verso experiencias generacionales o de época que desbordan las de su estricta intimidad, aqué llas parecen siempre como referidas, sustentantes o cir- cunstanciadoras de éstas, y no intentan nunca elevarse de modo consciente a pronunciamientos de pretensa validez universal. Son poetas que pueden oscilar del «yo» al «nos otros», habida cuenta de la enorme desconfianza que hoy provoca toda hipertrofia del yo; pero que, en primera ins tancia, es la narración de sus propias incidencias históri cas lo que les impele a la labor poética. Con el riesgo de todas las generalizaciones, se puede pensar que son los poetas más líricos, los vocados a una expresión más ínti ma y, por lo mismo, emocionada en un grado más estre mecido y directo. Testimonian, sencillamente, su tiempo humano: reportajes de situaciones vividas, evocaciones de la infancia y la adolescencia, poéticas recreaciones de sus pasados reales o míticos, relatos concretos o simbólicos, introspecciones serenas o atormentadas por los vericuetos del alma, etc. Son, en su mayor parte, poetas del ayer, del pasado; y están condenados a no poder levantar la mi rada más allá de la triste realidad de sus vidas. No se vea esto, sin embargo, como síntoma de desdeñoso individua lismo. Bien saben ellos que esas vidas suyas no son, en esencia, diferentes de las otras; por lo cual intuyen o de sean ardientemente que la experiencia de poesía que ellos vivieron en el momento de la creación sea fácilmente vale dera y fructífera a los demás hombres que algún día les lean.
Que la poesía de hoy debiera ser épica 15, la frase de José Hierro invocada en ocasiones con muy poco acierto, no permite suponer que ni aun la suya haya pretendido ser épica, sino que él, en un momento dado, vio tal deber como una necesidad de nuestros angustiados tiempos, deber al cual ni siquiera su propia obra se pudo plegar. A Hierro 13 Véase Antología consultada de la joven poesía española (Edición Francisco Ribes), Santander, 1950, pág. 102. sólo le ha sido posible contar y cantar su propia historia, destino compartido también por Luis Cernuda, en gran parte por el mismo Rafael Alberti, en todo por José Luis Hidalgo. Y por esta vía habrá que añadir una abundantí sima nómina, que se acrecienta cada vez más con los poe tas de la más joven hornada, y a la cual será necesario imperativamente renunciar aquí. Basten unos pocos nom bres: Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero, Carlos Sahagún, Francisco Brines... También volverían a tener lugar ahora todos los cultores de la que ya se ha visto denominada por José Luis Aranguren «poesía de la existencia»: Leopoldo Panero, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco. Y como la his toria no lo es sólo de los datos externos y las emociones a ellos directamente adscritas, sino también de las más trascendentales inquietudes del espíritu, podría incluirse aquí al Blas de Otero de Ancia, al Dámaso Alonso de Hijos de la ira, a los confesionalmente religiosos como José María Valverde o a los movidos por una disposición sencillamente cristiana como Rafael Morales; aunque en estos últimos la elevación espiritual del impulso mismo les permita figurar con análogos derechos en la catalogación siguiente. Pero, en general, para ellos el tiempo es, ante todo, lo que éste ha hecho en sus vidas; o, de otro modo, cómo sus vidas, realizadas por su propio esfuerzo a través del tiem po, se les han convertido en historia y ésta, a su vez, en su única posesión. El dolor, la angustia, la esperanza, en fin, toda la finísima gradación de emociones humanas que traspasa su poesía emanará siempre de sus personales y vividas existencias. Se alcanza a vislumbrar después otra actitud. Es la re presentada por aquellos poetas que, aupándose sobre las circunstancias de su propio vivir, que es el solo haber de que disponen, desembocan, no obstante, en una meditación inquisitiva de valor más objetivo y universal sobre los enigmas de la realidad (material y moral) y de la acción del tiempo en ella. Estos poetas se obligan, en consecuen cia, a un equilibrio entre emoción y reflexión. Como hijos de sus años, no podrán desprenderse de la angustia que el sentimiento de lo incierto, nacido de la conciencia de su historicidad, promueve en ei hombre. Escriben, pues, desde la emoción, como fatalmente tiene que ser.
Pero al mismo tiempo quieren preguntarse reflexivamente sobre los hechos que les conmueven y sobre el misterio que a esos hechos sustenta; de modo tal que la poesía que de su emocionado inquirir resulte actúe como un gesto de solidaria ayuda a los demás hombres, esto es, se convierta en una esperan- zadora abertura de horizontes para todos. Con mirada de águilas, quisieran penetrar el arcano del tiempo en su inte gridad vastísima y fatal, para reducir después los produc tos de su observación (y no por soberbia, sino por genero sidad) a datos de valor permanente y universal. Son, entre todos, los poetas del presente; pero de un presente meta- físico, cuasi-divino, en el que las oscuras interrogantes tem porales que acosan al hombre se resolviesen, de serles fruc tuoso su noble propósito, en un conocimiento de perma nente y salvadora claridad. No enseñan ni predican ni for mulan soluciones: la convicción de sus propias limitaciones humanas les impide arrogarse olímpicos ademanes. Sin embargo, es bien patente en esta actitud, primero, su pro pósito de intelección poético-metafísica de la realidad; des pués, su voluntad de edificación moral, de evidentes pro yecciones universales, aunque liberadas todavía de específi cas implicaciones políticas. Otra vez, aquí, Cernuda, en algunas zonas, las más ricas, de su vigente obra. Y más explícitamente Aleixandre, desde Historia del corazón y con mayor fuerza en su libro último, En un vasto dominio. Aquí también, como altamente ilustrativa, la coherente evo lución integral de Carlos Bousoño; el Dámaso Alonso de Hombre y Dios; y esa nerviosa tensión, raíz de tan her mosa poesía, entre emoción personal y elevación trascen dente que arrojan ciertas parcelas de la obra de Vicente Gaos y José Angel Valente, entre otros. Y, por último, aquellos poetas que, prescindiendo de sus personalísimos problemas, han puesto el objetivo de su atención lírica en las concretas realizaciones histórico- sociales del tiempo que les ha tocado vivir. Para ellos la función del verso será, ante todo, dirigir un índice seña- lativo hacia las realidades de su tiempo, organizadas éstas en un status político-social determinado que se revela como absurdo y miserable. Y como esas realidades, dondequiera que se mire, son bien amargas, el tono no podrá ser sino de denuncia, de anticonformismo, de protesta y rebeldía. Tendrá que nacer, pues, muy emocionado; tal vez sería mejor decir que airado, combativo, indignado o, en algu nos casos, acremente disimulado de ironía y sarcasmo. (Nótese que las dosis de reflexión o de pragmatismo pue den variar de una a otra de las actitudes que se van des cribiendo, pero todas ellas tienen en común el fuerte choque emocional que sacude siempre al hombre cuando mira el tiempo cara a cara.)
A esta tercera corriente de poesía se le viene llamando, con mayor o menor propiedad, poesía social; y por algunos, ya sin eufemismos, poesía política. Pero resulta harto elocuente que lo que en ella se denun cia es tiempo: realidades del vivir colectivo, de muy defi nida ubicación temporal, que el hombre ha construido mal o que egoístamente ha deformado. Son poetas del mañana, de la esperanza (y las imágenes del alba, la aurora, el des pertar, suelen entrar y salir de esta poesía con un tufillo que huele pronto a tópico y a retórica). Son, sí, los poetas del futuro; y pasado y presente se les presentan sólo como ]os precarios trampolines desde donde hay que dar el salto redentor hacia un porvenir que, confiadamente o no, todos deseamos y necesitamos mejor. Pero no hay dudas de que la ira y la desesperación del presente, tan justas, les limi tan la visión para lo noble, hermoso y trascendente que siempre puede darse en la existencia humana y les reduce necesariamente el campo temático de exploración.
De un modo más o menos feliz (pero también de una manera histórica y moralmente justificable, quién lo puede negar) se ha cultivado esta modalidad en España durante las úl timas décadas: Gabriel Celaya, el segundo Otero, Victoria no Crémer, Eugenio de Nora, Angela Figuera, Gloria Fuertes, Angel González, Jaime Gil de Biedma. Cabe mencionar aquí a muchos de los poetas de la España peregrina, con voces tan auténticas como Alberti y León Felipe, y a algunos otros, dentro y fuera, obsedidos por el tema de España, pero que no pueden por la totalidad de su obra ser juz gados como poetas excluyentemente sociales (como tam poco, si vamos a ver las cosas en su justo rigor, ninguno de los arriba mencionados). En resumen. Tiempo vivido y percibido en las dimen siones personales de la propia existencia. Tiempo contem plado en su pura fluencia y en su acción sobre la realidad, como materia para una meditación de más amplias y abar- cadoras proyecciones. Tiempo visto desde un punto de mira colectivo y en sus concretas plasmaciones sociales y polí ticas. He aquí las tres diversificaciones más pronunciadas que puede arrojar este centro común que exhibe la poesía española de hoy, y que ya se habían visto insinuadas y abonadas, una a una, en el triple canto temporal de Anto nio Machado, el precursor y profeta de tantas realidades. Acercándonos más a cada una de ellas, sería posible di bujar en estas tres ramas una escala sutil de matices. Poe tas de un radical subjetivismo o poetas de un yo diluido en un nosotros, en el primer grupo. Poetas mayormente inclinados a la metafísica o poetas volcados hacia la ética, en el segundo. Y en el tercero: poetas de la limpia solida ridad humana; poetas de la protesta aún sin rotulación específica; y poetas en los que se entrelinean, hasta donde esto sea posible, ideologías revolucionarias de muy resal tado color.
Y así, descendiendo más y más, llegaríase a la realidad indivisa y personal de cada poeta, sólo explicable enteramente desde su obra misma. Esta última salvedad permite adelantar el mayor repa ro de cuantos puedan oponerse a las anteriores considera ciones. Quede bien claro que en ningún momento se ha tratado de sentar aquí doctrina, sino de presentar senci llamente unos hechos que parecen verificables de no difí cil manera. Para no operar sólo en teoría, se han citado algunos nombies, sin ánimo de agotar todos los posibles, en las tres líneas apuntadas. Pero entiéndase que nunca ha habido la intención de clasificar o agrupar poetas, sino de describir actitudes generales; porque sería empeño in nocuo el querer comprender una determinada obra poé tica en función exclusiva de una sola de tales actitudes. Un mismo autor cabe en una y otra: especialmente entre las dos primeras (emoción personal del tiempo y reflexión más universal sobre la realidad temporal) la línea fronte riza es borrosa en extremo; porque toda meditación, por general que aspire a ser, se levanta siempre desde las in transferibles experiencias personales de quien las vive y ellas no pueden ser ignoradas en el momento de la crea ción. Hay a la mano algunos ejemplos bien evidentes de esta condicionada dualidad. Luis Cernuda, entre ellos, ci tado con justicia en el primero y en el segundo apartado. Y, del mismo modo, Vicente Aleixandre, a quien se le ha incluido en el segundo, refiriéndonos, al hacerlo, a su libro Historia del corazón. Sin embargo, el conocedor de este libro tiene todo el derecho de preguntar cuántas páginas de esa historia han brotado sólo de la emoción del poeta vuelta sobre las circunstancias íntimas de su personalismo pasado. Otro caso. Los poetas arraigadamente religiosos han sido mentados en la categoría primera, porque un acto de fe entraña raigalmente una vibración emotiva de índole personal.
Pero cuando el espíritu religioso expresa su certidumbre de fe, su verdad, ¿no cree tener la seguri dad de haber alcanzado una forma universal de afirmación y hasta desea que ella fuese igualmente sentida y compar tida, en universal comunión, por los otros hombres? Mu chas objeciones salían al paso a estos esquemas al mismo ritmo que ellos se iban conformando. Y es que en todo momento la verdad simplicada o esquematizada empieza ya a no parecerse a la verdad. Y una más, en fin, y quizá la de mayor importancia. En Carlos Bousoño notoriamente, pero también en muchos poetas destacados de la más re ciente promoción, ¿es posible realmente deslindar dentro de una misma unidad, o sea, en un mismo poema, lo que esa unidad debe a una u otra de las dos actitudes discu tidas: la emocionada-personal y la reflexiva-universal? Piénsese, al efecto, en José Angel Valente o en Claudio Rodríguez. Al contrario, parecería más bien que en la inte gración sin quiebras de ambas disposiciones espirituales puede divisarse una salida segura y un enriquecimiento para el poeta joven de hoy y, en general, para toda la poesía española. Como ya se sugirió, sólo los poetas socia les estarían aptos para cercar un coto cerrado de inten ciones y resultados; pero después se descubre que ni Ce- laya ni Otero ni Gil de Biedma, como nombres significa tivos, han escrito únicamente poesía social. Y por aquí hay todavía mucha tela por donde cortar. ¿El amor y el dolor por la Humanidad, germen único de la sincera y auténtica poesía social, no es en su fondo un sentimiento tan subjetivo, tan esencial, como el que puede mover a un poeta erótico o a un poeta religioso? Y mirando las cosas desde un opuesto sentido, ¿no puede hablarse de Eladio Cabañero como de un poeta tan «social» como el que más? No es, pues, cuestión de encasillar rígidamente a éste o al otro (ni siquiera a este libro o a aquel poema), sino de poner una mayor distancia a nuestra perspectiva y comprobar cómo en el conjunto de esos poetas (a veces en uno solo de ellos) se dan las tres maneras de sentir y expresar el tiempo que se ha ensayado bosquejar en estas sumarias notas. Lo que importa, al final de ellas, es verificar la inicial intuición de donde se partió: el tiempo, en cualquiera de sus posioles concreciones, es el motor último de la poesía española actual. Atrás, muy lejos ya, ha quedado el ideal que cifraba la salvación de la poesía y el arte en la huida de toda contingencia temporal. Muy cercanos de nuevo, por tanto, aquellos que siempre se rebelaron ante tal falacia: Unamuno y Machado. Ellos enseñaron, además, una gran lección que los jóvenes no deben olvidar, y que los mejo res, en efecto, no olvidan. Y es que esta conciencia del tiempo, esta asunción de la condición histórica del hombre, no puede implicar para el poeta que éste ceje en su vo luntad de trascender la epidermis de las cosas y las cir cunstancias. Ha de recordar que más allá de la pura realidad ob jetiva, no importa que la alcance a ver sólo en su dimen sión temporal y finita, hay un reino de misterio y de som bras; que una de las misiones de la poesía, tal vez la de mayor envergadura, es precisamente iluminar ese reino y revelarnos el enigma, hasta donde humana y poéticamente se pueda, devuelto ya en claros signos. Y que no se vea esto como una contradicción al designio de conformación moral que anima a los poetas de hoy, del que ya se habló, pues tal contradicción no existe: el hombre es hijo de sus obras, pero sobre él siguen en pie las preguntas últimas y el dolor de no ser, la angustia de la nada. De los grandes nombres del 27, los más vivos hoy son precisamente los que esto han comprendido; y, al tratar de situarse al nivel de los tiempos, no han olvidado su compromiso primero con la poesía (compromiso que afortunadamente no quiere decir ya «autonomía» ni «pureza»). Vicente Aleixandre, cuya fuerza humana y cordial no obsta para que aliente en él un anhelo de penetración metafísica o trascendente; aunque sea la suya una forma de metafísica histórica trascendida de la materia misma.
Y Luis Cernuda, tan justamente com prendido al fin y tan cercano al espíritu de hoy, tiene en este sentido mucho que ensenar. Que su ejemplaridad no se reduzca a lo más superficial, como muy bien podría ocu rrir; y que se recuerde cómo para el gran poeta recién desaparecido la poesía era en principio una febril aventura hacia el lado invisible y mago de la realidad. El ansia —o la duda y aun la negación— de eternidad, de totalidad (¡otra vez Juan Ramón!), que nos llama fuertemente desde la más tangible e inmediata circunstancia, será siempre vena inagotable, sin fondo, de poesía. Madrid, verano de 1963.

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