miércoles, 13 de mayo de 2026

ANTONIO GARCÍA BERRIO TEORÍA DE LA LITERATURA (LA CONSTRUCCIÓN DEL SIGNIFICADO POÉTICO)

 


Del prólogo a la primera edición 

En épocas de pensamiento fragmentario y debilitado parece atrevido e insólito proponer la teoría global de una rama del saber. Esta Teoría de la Literatura nace sin embargo en momentos de fuerte inflexión relativista del pensamiento humanístico en general y también, como es natural, de la especulación sobre los fenómenos lite rarios. Pero la dificultad o el carácter inhabitual de una empresa no implican su falta de necesidad, e incluso no es la primera vez que se demuestra todo lo contrario. Por esa misma razón este libro no se conforma con ser el fruto de un espíritu inactual, que quisiera hacer síntesis y balance de aspiraciones pretéritas ya probablemente in- viables. 

Teoría de la Literatura se ha ido construyendo con espíritu de continuidad, ajeno —aunque no desatento— a crisis internacionales y a escepticismos más o menos ge neralizados. Me parece que, hoy como siempre, permanecen intactas las razones que hacen de los objetos estéticos, de las obras de arte, mensajes, testimonios y desafíos útiles para el conocimiento del hombre: esa confirmación eterna y general en la alte- ridad de las desorientaciones íntimas y momentáneas del individuo. Aquí se acogen y analizan, en consecuencia, con serenidad y espíritu asimilativo —según creo— da tos y síntomas muy heterogéneos del relativismo crítico y teórico, que se potenció con la crisis de la Poética estructuralista hace diez o quince años, integrando incluso a sus fuentes estéticas tal vez inconscientes los factores útiles del rebrote de escepticis mo que significa la deconstrucción. El estructuralismo recién superado aparece ahora —al menos yo así lo considero ya— como una corriente cultural de amplias aspiraciones universalistas, tras de cuyos esfuerzos se ha producido, casi fatalmente, una distensión disgregadora de signo cre cientemente individualista. Poco importa en este caso su fisonomía conocida, asumi da y muy peculiar de reducción de los cuerpos a esqueletos; es decir, de las obras li terarias a síntesis estructurales, que no son efectivamente sus equivalentes. Esa ten dencia reductiva era la condición que imponía al estructuralismo la ambición de sus objetivos: determinar y describir estructuras mínimas y universales para objetos en cuyas manifestaciones históricas —en el caso de la Poética estructuralista, las obras li terarias— predominaba la heterogeneidad y la presión disgregativa de lo singular y único. Cubiertos los objetivos más urgentes de su programa formal-inmanentista, el po sitivismo antisicológico que fue el balance de la Poética estructural resulta ahora más asequible e integrable con los resultados de la otra corriente, antes irreconciliable mente paralela, de la crítica sicológica y de la poética de la imaginación. Ésa es una 9 de las coyunturas centrales en las que se funda mi convicción actual sobre la necesi dad y oportunidad de una teoría global de la constitución del texto artístico, literario y poético, como la que trato de representar y describir en esta Teoría de la Literatura. 

Contando con una síntesis gíobalizada del texto poético como construcción ver bal e imaginaria, resulta más seguro y asequible cuestionarse sobre la naturaleza y la estructura generales de la Literatura, en cuanto sistema de expresión y de comunica ción artística hondamente peculiar en la cultura de los hombres en todas las épocas. El estímulo más reciente formulado por Mijail Bajtin hacia una estética literaria de las formas «arquitectónicas», reactivando viejas aspiraciones y propuestas de Goethe, He- gel o Federico Schlegel, me parece un objetivo necesario e inabdicable para dotar de sentido e interés a la especulación crítica y teórica sobre la literatura. Faltas de él, la mayoría de las reflexiones actuales, incluso las de los autores más sagaces e ingenio sos, pudieran ser consideradas extravíos ineficaces y sin utilidad en un espacio esen cialmente vasto y complejo, donde se ha perdido a menudo el sentido de la orien tación. No me parece razonable tampoco, ni en último extremo legítima, la auto-compla cencia lúdica que se ha generalizado en la mayoría de las «lecturas» críticas actuales que conozco, o en los ejercicios teóricos muy concretos de reflexión particularizada. Defienden la licitud de su autonomía individualista amparándose en el mal ejemplo dejado atrás por la quiebra en sus esfuerzos globalizadores del método estructural, o mediante el expediente débilmente metodológico del relativismo de la lectura. Inclu so en los casos más extremos, con la interposición de las aporías deconstructivas so bre el significado. En último término parece que se pretende hacer prevalecer, como razón decisiva, la abrumadora constricción social del individuo en la sociedad mo derna, su exiguo espacio de perspectiva y de influencia, que viene a dar por buena y «para sí» cualquier forma autocomplacida de la experiencia literaria. 

El esfuerzo sin tético de esta Teoría de la Literatura trata de dejar constancia de las posibilidades que subsisten para seguir afrontando especulativamente el arte como un mensaje recono cible e interpretable de universalidad antropológica. De todo cuanto acabo de decir puede deducirse claramente que la situación de los estudios de Teoría literaria que he descrito, como punto de partida de este libro, no vincula su marco de referencias a los presupuestos, objetivos y circunstancias con cretas y restringidas del ámbito científico español, en el que sin embargo la obra apa rece y al que inmediatamente se dirige. El alcance de mi propio diálogo con los pro blemas, expectativas y posibilidades de una Teoría de la Literatura tiene un carácter más amplio, abierto y universal. General, aún más que actual, en la índole de las cues tiones abordadas y debatidas; y, que como tales, han interesado y comprometen las más variadas perspectivas, preocupaciones y puntos de vista en la bibliografía interna cional. La fisonomía de la Teoría de la Literatura, bajo la forma en que me ha parecido adecuado articularla en este libro, presenta indudables proximidades con el trata miento tradicional, filosófico e histórico, de los fenómenos artísticos en la Estética ge neral y literaria europea de la Ilustración y del siglo xix. N o ignora los resultados de la especulación poetológica moderna sobre la naturaleza verbal del texto literario, ni soslaya —antes al contrario, como he advertido ya, trata de integrarlo— el relieve an tropológico significativo del trabajo de la imaginación en el «espesor» sicológico del texto. Esta propuesta de una Teoría literaria, sin dejar de proclamarse «hija de su siglo», 10 lia nacido y se ha configurado también lejos de cualquier forma de prejuicio, que tienda a enmascarar su convergencia con la aspiración idealista de plasmar categorías «universales» para el enjuiciamiento y la identificación estética. Es decir, el campo de intereses de una Teoría literaria actual no difiere sustancialmente de los objetos de re flexión y de los problemas estéticos que constituyeran las aspiraciones teóricas de Kant, Hegel, Schlegel o Coleridge. £o diferencial que ahora hacemos entrar en juego simultáneamente, son las formas y categorías de enriquecimiento metateórico de la Icoría literaria moderna. Concibo en consecuencia la tarea actual de la Teoría de la Literatura como una síntesis integrada de experiencias, y como tal la he querido plasmar en este libro. 

De una parte, las que proceden de la recuperación del pensamiento histórico en Poética, Retórica, Preceptiva y Estética literaria. De otra, la que resulta del necesario acondi cionamiento de todos estos materiales tradicionales al cambio de paradigma, al me nos insinuado por el protagonismo y la conversión lingüística de las metodologías fi losóficas y humanísticas en nuestro siglo: lo que en nuestro campo conocemos como metateorías canónicas, rigurosamente conceptualizadas categorialmente y, en conse cuencia, explícitamente formuladas e incluso formalizadas. En esas condiciones, no dudo que actualmente sea más asequible y fructífera la constitución de una Poética general, que hasta ahora nadie que yo sepa, ha propugnado, y no la Retórica general, que se ha reclamado con insistencia Madrid, 1988

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