RAÚL
La montaña donde está la finca de Raúl, y también la de Julia, es muy cambiante. De clima más frío que templado, y siempre húmedo, a lo largo del día se suceden allí con frecuencia las lluvias, las nieblas y los soles. Julia había comprado la suya hacía mucho tiempo, atraída por el exuberante follaje de la región, según decía, y por la belleza de aquellas lluvias y de aquellos soles. Él compró hace apenas cuatro años, atraído por ella. Se casaron en un bonito pueblo colonial a tres horas de Bogotá y, luego de dos años y medio, Julia lo dejó, se casó con otro algún tiempo después en ese mismo pueblo y hace ya casi siete meses desapareció sin dejar rastro.
El follaje exuberante es por la abundancia de agua. Los que dicen que el mundo va a ser un desierto no han ido por esos lados. Allá el fin del mundo va a ser con agua. Cae por todas partes, brota por todas partes, flota. Más preocupan en esa región las carreteras desbaratadas y los derrumbes. En las cuatro fanegadas de la finca de Raúl hay tres nacimientos de agua; está el arroyo El Raizal, que suena a diez metros de la casa; y, a unos mil metros, baja de la montaña entre piedras grandes el río Lapas, que por estos días ha estado torrentoso. El invierno, muy fuerte en todas partes, lo ha estado aún más en esta región, ya de por sí lluviosa. En los últimos tres meses han caído aquí las lluvias que normalmente se tienen durante el año entero.
Soles, pocos.
Sentado en el corredor, Raúl oye al mismo tiempo el arroyo, el aguacero y el río. Su silla es de vaqueta y espaldar recto. En el corredor no quiso poner guadua, para no hastiarse, pero sí baranda de madera de palma macana y cielos rasos con paneles de varas de bambú de unos dos centímetros de diámetro. A Raúl le gusta lo que hace. No tuvo necesidad de estudiar arquitectura: aprendió con los maestros de obras y aprendió de los libros y mirando por ahí. Se graduó de ingeniero hace mil años, trabajó en eso menos de dos, se aburrió. Aprendió a manejar la guadua y la sabe usar en sus construcciones, sin atosigar la vista. Bambusa guadua. Libros sobre sus trabajos salen en ediciones de lujo, con fotografías buenas y textos aburridores, que nadie lee. Julia escribió cuatro poemas para uno de ellos y a Raúl le parecieron tan aburridores como los textos, pero le dijo que le gustaban. Y como ella enía cierto renombre, los incluyeron en el libro, o es posible que a los editores en verdad les hayan gustado.
Mucha gente admiraba sus poemas. A los intelectuales que de vez en cuando la premiaban les parecían buenos, por supuesto. A veces Raúl vuelve a leerlos, para tratar de entender lo que veían en ellos, pero él es aficionado a los versos de gitanos de García Lorca y a los poemas de César Vallejo, en especial a los dos o tres que se entienden. De poesía no ha leído mucho más y no se considera capacitado para juzgar sobre el tema. Cuando le dijo a Julia lo que le pasaba con García Lorca, ella comentó: «Si te aburre Poeta en Nueva York estás cagado», y Raúl se alcanzó a sulfurar. A partir de entonces, Julia se dio a hablar de sus rabias para arriba y de sus rabias para abajo. Raúl se convirtió para ella en hombre iracundo.
A Raúl la plata ni le sobra ni le falta y es generoso para invertir en su finca, que mantiene bien cuidada. La camioneta, de platón, para cargar materiales, no es nueva, pero marcha bien. No le ha pesado haber vendido la finca que tenía por Cucunubá, bonita pero muy seca, para comprar aquí. El apartamento donde vivió y trabajó tanto tiempo en Bogotá está alquilado y es otro ingreso. Ya nunca lo usaba. Prefería quedarse «encerrado en su finca», como dicen sus amigos y como decía Julia, que lo acusaba de huraño. Si Raúl iba a Bogotá era por ella y solamente por ella. Esos se la pasan metidos en los cien metros de un apartamento, piensa Raúl, o en los cincuenta centímetros cuadrados del asiento de un automóvil, y él, que vive gran parte del día con sólo las nubes sobre la cabeza, supuestamente es el encerrado. Su empresa tiene un empleado permanente, él, y un gerente, él. El logotipo de la guadua que brota de la tierra como un espárrago gigante lo diseñó y pintó él mismo.
Lo llaman más de lo que quiere ir, y lo llaman de todas partes del país. También dicta charlas sobre la guadua, y hasta a Japón ha ido a parar. Prefiere diseñar casas completas que áreas específicas, aunque a eso también le encuentra su encanto —cielos rasos de salas o de comedores, por ejemplo, casi siempre con una combinación de guaduas y cañabravas, que es de mucha armonía, si se la sabe hacer—. Cobra muy caro, para que no lo molesten demasiado. Prefiere la cañabrava de hoja azul, de tallos más gruesos y brillantes que los de la cañasbrava corriente. Ésta es delgada y tiene cierta textura pajiza que queda bien en biombos o tabiques separadores de ambientes. También usa papiros, juncos o palma. Cuando se pone a pensar en juncos y bambúes y cañabravas, se le van las horas combinando posibilidades de texturas y colores. Colombia es un paraíso en cuanto a materiales. En la salida para Bogotá hay unos artesanos que tejen las cortezas secas del plátano para hacer muebles de «mimbre». Los muebles son algo toscos todavía, pero la textura tiene su encanto. Raúl va a pasar esta semana por el taller, a hablar con ellos.
Este encoñe con su trabajo, como lo llama su hermana Raquel, lo salvó de Julia y de su abandono. ¡Cómo alcanzó Raquel a detestarla! Raúl sigue siendo el hermanito menor, así esté cincuentón y ella le lleve sólo dos años. Si no hubiera sido por su trabajo, Raúl se habría muerto de inanición, o se habría enloquecido. Se vio mal.

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