domingo, 19 de febrero de 2017

Rafael Bernal. NOVELA. El complot mongol. (Fragmento). Semana de la novela negra y policial.


Rafael Bernal.  NOVELA. El complot  mongol. (Fragmento).  Semana de la novela negra y policial.
Nació en la ciudad de México el 28 de junio de 1915, murió en Berna, Suiza, el 17 de septiembre de 1972. Dramaturgo, novelista, publicista, narrador, periodista, historiador, guionista de radio cine y televisión y poeta. Entre 1930 y 1933 estudió filosofía y letras en el Instituto de Ciencias y Letras de la Ciudad de México. Estudió en la Universidad de Friburgo donde recibió el doctorado en letras, otorgándole un Summa Cum Laude, con la tesis Mestizaje en el idioma español en el siglo XVI en México (julio de 1972). De 1938 a 1939 colaboró como guionista en las películas `Mujeres y toros` y `Juan sin miedo?, dirigidas por Juan José Segura y protagonizadas por el torero Juan Silveti. En 1940 estudió cinematografía en París. En 1941 fue corresponsal de los periódicos Excélsior y Novedades en la Segunda Guerra Mundial. Regresó a México en 1943 y convivió en El Café París con los integrantes del grupo Contemporáneos. Fue colaborador de Excélsior, Hojas de Poesía, La Prensa Gráfica, Lectura, Novedades, Revista de América, Tiras de Colores y Unitas (Filipinas). Obtuvo el primer lugar en los Juegos Florales de San Luis Potosí de 1950 con el poema Hernán Cortés. En 1945 empieza a trabajar en la radio y la televisión. En 1946 se volvió sinarquista y se adhirió al Partido Fuerza Popular. Fundó `Gran Teatro?, el primer teatro en la televisión (1950), su obra La Carta fue la primera obra de teatro que se montó en la televisión mexicana, el 8 de agosto de 1950. Realizó su labor teatral en México de 1947 a 1956, destacan sus obras Antonia, El ídolo, El maíz en la casa y La paz contigo. Su radionovela más importante fue Caribal. El infierno verde que se transmitió en 1954. Vivió en Caracas, Venezuela de 1956 a 1960, trabajó como productor y director de teleteatro para la cadena de Televisión Venezolana, S. A. De 1960 a 1972 trabajó en el Servicio Exterior de México, su labor principal fue fomentar la cultura mexicana en Honduras, Filipinas, Perú y Suiza, países en los que
realizó una labor magisterial en las principales universidades. Después de recibir el doctorado murió el 17 de septiembre de 1972 en Berna, Suiza.

Obra publicada
Biografía: Gente de mar, 1941.
Cuento: Federico Reyes, el cristero, 1941. || 3 novelas policiacas, 1946. || Trópico, 1946. || En diferentes mundos, 1967. || Cuentos de la selva, s. f. || Rafael Bernal (selección y nota de Vicente Francisco Torres), 1987. || Doce narraciones inéditas (edición y epílogo de Mauricio Bravo), 2006.
Ensayo: México y Filipinas. Estudio de una transculturación, 1965. || Prologue to philipine history, 1967. || El gran océano, 1992. || Mestizaje y criollismo en la literatura de la Nueva España del siglo XVI, 1994
Novela: Memorias de Santiago Oxtotilpan, 1945. || Un muerto en la tumba. Novela Policiaca, 1946. || Su nombre era muerte, 1947. || El fin de la esperanza, 1948. || Caribal. El infierno verde, 1954. || Tierra de gracia, 1963. || El complot mongol, 1969.
Poesía: Improperio a Nueva York y otros poemas, 1943.
Teatro: Antonia, El maíz en la casa y La paz contigo, 1960.
***
EL COMPLOT  MONGOL. NOVELA.
Narrada con un estilo agilísimo, lleno de humor negro y amargo y de la violencia sórdida que se esconde tras la fachada del México moderno, El complot mongol sigue los avatares de un típico matón metido a la endemoniada tarea de desenmarañar una conjura internacional. Filiberto García, antiguo verdugo de un general villista, tiene que terciar con el FBI y la KGB para desmantelar una intriga contra la paz mundial que anida en las calles de Dolores de la ciudad de México, el acriollado y mediocre barrio chino del a capital del país. Entre las tiendas de curiosidades orientales y los restaurantes de comida cantonesa, detrás de los fumadores de opio y los cafés de chinos, Filiberto García va descubriendo que la conspiración supuestamente iniciada en Mongolia tiene mucho que ver con los vaivenes y amarguras de la política nacional. Sin embargo, en su tortuoso camino deja atrás una docena de cadáveres y un amor trágico que, finalmente, acabarán revelando al vulgar asesino el verdadero significado de la vida.
Fuente:
N.N.
Enrico Pugliatti.
***
Rafael Bernal
EL COMPLOT
MONGOL
 


I

A las seis de la tarde se levantó de la cama y se puso los zapatos y la corbata. En el baño se echó agua en la cara y se peinó el cabello corto y negro. No tenía por qué rasurarse; nunca había tenido mucha barba y una rasurada le duraba tres días. Se puso una poca de agua de colonia Yardley, volvió al cuarto y del buró sacó la cuarenta y cinco. Revisó que tuviera el cargador en su sitio y un cartucho en la recámara. La limpió cuidadosamente con una gamuza y se la acomodó en la funda que le colgaba del hombro. Luego tomó su navaja de resorte, comprobó que funcionaba bien y se la guardó en la bolsa del pantalón. Finalmente se puso el saco de gabardina beige y el sombrero de alas anchas. Ya vestido volvió al baño para verse al espejo. El saco era nuevo y el sastre había hecho un buen trabajo; casi no se notaba el bulto de la pistola bajo el brazo, sobre el corazón. Inconscientemente, mientras se veía en el espejo, acarició el sitio donde la llevaba. Sin ella se sentía desnudo. El Licenciado, en la cantina de la Ópera, comentó un día que ese sentimiento no era más que un complejo de inferioridad, pero el Li-cenciado, como siempre, estaba borracho y, de todos modos, ¡al diablo con el Licenciado! La pistola cuarenta y cinco era parte de él, de Filiberto García; tan parte de él como su nombre o como su pasado. ¡Pinche pasado!
De la recámara pasó a la sala—comedor. El pequeño apartamento estaba inmaculado, con sus muebles de Sears casi nuevos. No nuevos en el tiempo, sino en el uso, porque muy pocas gentes lo visitaban y casi nadie los había usado. Podía ser el cuarto de cualquiera o de un hotel de mediana categoría. No había nada allí que fuera personal; ni un cuadro; ni una fotografía; ni un libro; ni un sillón que se viera más usado que otro; ni una quemadura de cigarro o una mancha de copa en la mesa baja del centro. Muchas veces había pensado en esos muebles, lo único que poseía aparte de su automóvil y el dinero bien guardado. Cuando se mudó de la pensión, una de tantas donde había vivido siempre, los compró en Sears; los primeros que le ofrecieron, y los puso como los dejó el empleado que los llevó y colocó también las cortinas. ¡Pinches muebles! Pero en un apartamento hay que tener muebles y cuando se compra un edificio de apartamentos, hay que vivir en uno de ellos. Se detuvo frente al espejo de la consola del comedor y se ajustó la corbata de seda roja y brillante, así como el pañuelo de seda negra que llevaba en la bolsa del pecho, el pañuelo que olía siempre a Yardley. Se revisó las uñas barnizadas y perfectas. Lo que no podía remediar era la cicatriz en la mejilla, pero el gringo que se la había hecho tampoco podía remediar ya su muerte. ¡Vaya lo uno por lo otro! ¡Pinche gringo! ¿Conque era muy bueno para el cuchillo? Pero no tanto para los plomazos. Y le llegó su día allí en Juárez. Más bien fue su noche. Eso le ha de enseñar a no querer madrugar cristianos en la noche, que no por mucho madrugar amanece más temprano, y a ese gringo ya no le va a amanecer nunca.
La cara oscura era inexpresiva, la boca casi siempre inmóvil, hasta cuando hablaba. Sólo había vida en sus grandes ojos verdes, almendrados. Cuando niño, en Yu-récuaro, le decían El Gato, y una mujer en Tampico le decía Mi Tigre Manso. ¡Pinche tigre manso! Pero aunque los ojos se prestaban a un apodo así, el resto de la cara, sobre todo el rictus de la boca, no animaba a la gente a usar apodos con él.
En la entrada del edificio el portero lo saludó mar-cialmente:
—Buenas tardes, mi Capitán.
Este maje se empeña en decirme capitán, porque uso traje de gabardina, sombrero texano y zapatos de resorte. Si llevara portafolio me diría licenciado. ¡Pinche licen-ciado! y ¡pinche capitán!
La noche empezaba a invadir de grises sucios las calles de Luis Moya y el tráfico, como siempre a esas horas, era insoportable. Resolvió ir a pie. El Coronel lo había citado a las siete. Tenía tiempo. Anduvo hasta la Ave-nida Juárez y torció a la izquierda, hacia el Caballito. Podía ir despacio. Tenía tiempo. Toda la pinche vida he tenido tiempo. Matar no es un trabajo que ocupa mucho tiempo, sobre todo desde que le estamos haciendo a la mucha ley y al mucho orden y al mucho gobierno. En la Revolución era otra cosa, pero entonces yo era mu-chacho. Asistente de mi General Marchena, uno de tantos generales, segundón. Un abogadito de Saltillo dijo que era un general pesetero, pero el abogadito ya está muerto. No me gustan esos chistes. Bien está un cuento colorado, pero en lo que va a los chistes, hay que saber respetar, hay que saber respetar a Filiberto García y a sus generales. ¡Pinches chistes!
Sus conocidos sabían que no le gustaban los chistes. Sus mujeres lo aprendían muy pronto. Sólo el Licenciado, cuando estaba borracho, se atrevía a decirle cosas en broma. Es que a ese pinche Licenciado como que ya no le importa morirse. Cuando tiraron la bomba atómica e Japón me preguntó muy serio, allí frente a todos: "De profesional a profesional, ¿qué opina usted del Presidente Truman?'" Casi nadie se rió en la cantina. Cuando. Yo estoy allí casi nadie se ríe y cuando juego al dominó tan sólo se oye el ruido de las fichas que golpean el mármol de la mesa. Así hay que jugar al dominó, así hay que hacer las cosas entre hombres. Por eso me gustan los chinos de la calle de Dolores. Juegan su pocarito y no hablan ni andan con chistes. Y eso que tal vez Pedro Li y Juan Po no saben quién soy. Para ellos soy el ho-nolable señol Galcía. ¡Pinches chales! A veces parece que no saben nada de lo que pasa, pero luego resulta como que lo saben todo. Y uno allí haciéndole al im-portante con ellos y ellos viéndole la cara de maje, pero eso sí, muy discretitos. Y yo como que les sé sus ne-gocios y sus movidas. Como lo de la jugadita y como lo del opio. Pero no digo nada. Si los chinos quieren fumar opio, que lo fumen. Y si los muchachos quie-ren mariguana, no es cosa mía. Eso le dije al Coronel cuando me mandó a Tijuana a buscar a unos cuates que Pasaban mariguana a los Estados Unidos. Eran mexicanos unos y gringos los otros y dos de ellos se alcanzaron a morir. Pero hay otros que siguen pasando la mariguana y los gringos la siguen fumando, digan lo que digan sus leyes. Y los policías del otro lado presumen mucho del respeto a la ley y yo digo que la ley es una de esas cosas que está allí para los pendejos. Tal vez los gringos son pendejos. Porque con la ley no se va a ninguna parte. Allí está el Licenciado, gorreando las copas en la cantina y es aguzado para la ley. "Si caes, él te saca de cualquier lío". Pero yo no caigo. Una vez caí, pero allí aprendí. Para andar matando gente hay que tener órdenes de ma-tar, Y una vez me salí del huacal y maté sin órdenes. Tenía razón para matarla, pero no tenía órdenes. Y tuve que pedir las de arriba y comprometerme a muchas cosas para que me perdonaran. Pero aprendí. Eso fue en tiempos de mi General Obregón y tenía yo veinte años. Y ora tengo sesenta y tengo mis centavos, no muchos, pero los bastantes para los vicios. ¡Pinche experiencia! Y ¡pinches leyes! Y ahora todo se hace con la ley. De mucho licen-ciado para acá y licenciado para allá. Y yo ya no cuento. Quítese viejo pendejo. ¿En qué universidad estudió? ¿A qué promoción pertenece? No, para hacer esto se necesita tener título. Antes se necesitaban huevos y ora se ne-cesita título. Y se necesita estar bien parado con el grupo y andar de cobero. Sin todo eso la experiencia vale una pura y dos con sal. Nosotros estamos edificando México y los viejos para el hoyo. Usted para esto no sirve. Usted sólo sirve para hacer muertos, muertos pinches, de se-gunda. Y mientras, México progresa. Ya va muy adelante. Usted es de la pelea pasada. A balazos no se arregla nada. La Revolución se hizo a balazos. ¡Pinche Revo-lución! Nosotros somos el futuro de México y ustedes no son más que una rémora. Que lo guarden por allí, donde no se vea, hasta que lo volvamos a necesitar. Hasta que haya que hacer otro muerto, porque no sabe más que de eso. Porque nosotros somos los que estamos constru-yendo a México desde los bares y coctel lounges, no en las cantinas, como ustedes los viejos. Aquí no se puede entrar con una cuarenta y cinco, ni con traje de gabardina y sombrero texano. Y mucho menos con zapatos de resorte. Eso está bien para la cantina, para los de la pelea pasada, Para los que ganaron la Revolución y perdieron la pelea Pasada. ¡Pinche Revolución! Y luego salen con sus son-risas y sus bigotitos: "¿Usted es existencialista?" "¿Le gusta el arte figurativo?" "Le deben gustar los calendarios de la Casa Galas." ¿Y qué de malo tienen los calen-darios de la Casa Galas? Pero es que así no se puede edificar a México. Ya lo mandaremos llamar cuando se necesite otro muertito. Jíjole, como que nos madrugaron estos muchachos. Y el Coronel puede que no tenga ni sus cuarenta años y ya está allá arriba. Coronel y licen-ciado. ¡Pinche Coronel! Con los chinos, la cosa está mejor. Allí respetan a los viejos y los viejos mandan. ¡Pinches chales y pinches viejos!
El Coronel vestía de casimir inglés. Usaba zapatos in-gleses y camisas hechas a mano. Había asistido a mu-chos congresos internacionales de policía y leído muchos libros sobre la materia. Le gustaba implantar sistemas nuevos. Decían que por no dar algo, no daba ni la hora. Sus manos eran largas y finas, como de artista.
—Pase, García.
—A sus órdenes, mi Coronel.
—Puede sentarse.
El Coronel encendió un Chesterfield. Nunca ofrecía y chupaba el humo con todas las fuerzas de sus pulmones, como para no desperdiciar nada.
—Tengo un asunto para usted. Puede que no sea nada
serio, pero hay que tomar precauciones.
García no dijo nada. Había tiempo para todo.
—No sé si el asunto esté dentro de su línea, García, pero no tengo a nadie más a quien encomendarlo. Volvió a chupar el cigarro con codicia y dejó escapar el humo lentamente, como si le doliera perderlo. —Usted conoce a los chinos de la calle de Dolores. No era una pregunta. Era una afirmación. Este pinche Coronel y licenciado sabe muchas cosas, más de las que uno cree. Por no desprenderse de algo, no olvida nada. ¡Pinche Coronel!
—En algunas ocasiones ha trabajado con el FBI. Por cierto no lo quieren y no les va a gustar que lo des-taque para este trabajo. Pero se aguantan. Y no quiero que tenga disgustos con ellos. Tienen que trabajar juntos. Es una orden. ¿Entendido?
—Sí, mi Coronel.
Y no quiero escándalos ni muertes que no sean es-trictamente necesarias. Por eso aún no estoy seguro de que usted sea el indicado para esta investigación.
—Como usted diga, mi Coronel.
El Coronel se puso de pie y fue hacia la ventana. No había nada que ver allí, tan sólo el patio de luz del edificio.
¡Pinche Coronel! No quiero muertes, pero bien que me manda llamar a mí. Para eso me mandan llamar siempre, porque quieren muertos, pero también quieren tener las manos muy limpiecitas. Porque eso de los muertos se acabó con la bola y ahora todo se hace con la ley. Pero a veces la ley como que no alcanza y entonces me mandan llamar. Antes era más fácil. Quiébrense a ese desgraciado. Con eso bastaba y estaba clarito, muy clarito. Pero ahora somos muy evolucio-nados, de a mucha instrucción. Ahora no queremos muertos o, por lo menos, no queremos dar la orden de que los maten. Nomás como que sueltan la cosa, para no cargar con la culpa. Porque ahora andamos de mucha conciencia. ¡Pinche conciencia! Ahora como que todos son hombres limpios, hasta que tienen que mandar llamar a los hombres nada más para que les hagan el trabajito.
El Coronel habló desde la ventana:
—En México tan sólo tres hombres saben de este asun-to. Dos de ellos han leído su expediente, García, y creen que no se le debe confiar la investigación. Dicen que más que un investigador, un policía, es usted un pistolero profesional. El tercero lo apoya para este asunto. El ter-cero soy yo.
El Coronel se volvió como para recibir las gracias. Filiberto García no dijo una palabra. Había tiempo para todo. El Coronel siguió:
—Lo he propuesto para esta investigación porque co-noce bien a los chinos, toma parte en sus jugadas de póker y les encubre sus fumaderos de opio. Con eso me imagino que le tendrán confianza y podrá trabajar entre ellos. Y, además, como ya dije, ha cooperado anterior-mente con los del FBI.
—Sí.
—Uno de los dos hombres que se opone a su nom-bramiento va a venir esta noche a conocerlo. No tiene usted por qué saber cómo se llama. Le advierto que no sólo duda de su capacidad como investigador, sino de su lealtad al gobierno y a México.
Hizo una pausa, como si esperara una protesta de García. Éste quiere que le suelte un discurso, pero los discursos de lealtad y patriotismo están bien en la cantina, pero no cuando se trata de un trabajo serio. ¡Pinche lealtad!
—Además, va usted a cooperar con un agente ruso, García.
Los ojos verdes se abrieron imperceptiblemente.
—Ya sé que la combinación le ha de parecer rara, pero el hombre que va a venir, si lo cree oportuno, se la explicará.
García sacó un Delicado y lo encendió. Como no había cenicero cerca, volvió a guardar el fósforo quemado en la cajetilla. El Coronel empujó un cenicero sobre el es-critorio, para que le quedara cerca.
—Gracias, mi Coronel.
—Yo creo, García, que usted es un hombre leal a su gobierno y a México. Estuvo en la Revolución con el General Marchena y luego, después de aquel incidente con la mujer, ingresó en la policía del Estado de San Luis Potosí. Cuando el General Cedillo se levantó en armas, usted estuvo en su contra. Ayudó al Gobierno Federal en el asunto de Tabasco y en algunas otras cosas. Ha trabajado bien en la limpieza de la frontera y su labor fue buena cuando los cubanos pusieron ese cuar-tel secreto.
Sí. La labor fue buena. Maté a seis pobres diablos, los únicos seis que formaban el gran cuartel comunista para la liberación de las Américas. Iban a liberar las Américas desde su cuartel en las selvas de Campeche. Seis chamacos pendejos jugando a los héroes con dos ametralladoras y unas pistolitas. Y se murieron y no hubo conflicto internacional y los gringos se pusieron contentos, porque se pudieron fotografiar las ametralladoras y una era rusa. Y el Coronel me dijo que esos cuates estaban violando la soberanía nacional. ¡Pinche soberanía! Y tal vez así fuera, pero ya muertos no violaban nada. Dizque también estaban violando las leyes del asilo. ¡Pinches leyes! Y pinche paludismo que agarré andando por aque-llas selvas. Y luego para que salieran, en público, con que no debí quebrarlos. Pero yo los mato o ellos me matan, porque le andaban haciendo refuerte al héroe. Y a mí, en esos casos, no me gusta ser el muerto.
Se abrió la puerta y entró un hombre bien vestido, delgado, de cabellos entrecanos y gafas con arillos de oro. El Coronel se adelantó a recibirlo.
—¿Llego a tiempo? —preguntó el hombre.
—Exactamente a tiempo, señor.
—Bien. Nunca me ha gustado hacer esperar a la gente ni que me hagan esperar. En nuestro México no puede haber impuntualidad. Buenas noches...
Sonriente le dio la mano a García. Éste se puso de pie. La cortesía del Coronel era contagiosa. La mano del recién llegado era seca y caliente, como un bolillo salido del horno
—Siéntese aquí señor —dijo el Coronel—. Aquí estará cómodo.
El hombre se sentó.
Gracias, Coronel. Me imagino que ya el señor García estará en antecedentes.
—Le he explicado que le queremos confiar un trabajo especial, pero que usted y otra persona no creen que sea el adecuado para ello.
—No, mi Coronel, no es así. Tan sólo quería conocer al señor García antes de resolver. Hemos leído su hoja de servicios, señor García y hay en ella algunas cosas que me han impresionado vivamente.
García calló. El hombre sonrió bonachonamente.
—Es usted un hombre que no conoce el miedo, García.
— ¿Porque no me da miedo matar?
—Por lo general, señor García, se tiene miedo a morir, pero puede que sea la misma cosa. Francamente, no he experimentado ninguno de los aspectos de la cuestión.
El Coronel intervino:
—García ya ha trabajado anteriormente con el FBI y conoce bien a los chinos de la calle de Dolores. Además nunca me ha fallado en los trabajos que le he dado y es hombre discreto.
El hombre, la sonrisa bonachona en los labios, veía fijamente a García, como si no oyera las palabras del Coronel, como si entre él y García se hubiera esta-blecido ya una conversación distinta. De pronto levantó ligeramente la mano y el Coronel, que iba a decir algo más, calló:
—Señor García —dijo dejando de sonreír—, por sus antecedentes creo que podemos confiar en su absoluta discreción y eso es de capital importancia. Sin embargo hay una cosa que no queda clara en su expediente. No se habla de sus simpatías o sus intereses políticos. ¿Sim-patiza con el comunismo internacional?
No.
— ¿Tiene fuertes sentimientos antinorteamericanos?
—Yo cumplo órdenes.
—Pero debe tener algunas filias y algunas fobias. Digo, algunas simpatías o antipatías en el orden político.
—Cumplo las órdenes que se me dan.
—El hombre quedó pensativo. Sacó una cigarrera de plata y ofreció.
—Tengo los míos —dijo García.
Sacó un Delicado. El Coronel aceptó los cigarrillos del hombre y encendió con su encendedor de oro. García usó un fósforo. El hombre sonreía nuevamente, pero sus ojos eran fríos, duros:
—Tal vez sea el indicado para esta misión, señor Gar-cía. No le niego que es importante. Si manejamos mal las cosas, el asunto puede tener muy graves repercu-siones internacionales y consecuencias desagradables, por decir lo menos, para México. Claro que no creo que suceda nada. Como siempre en estos casos hay que ba-sarse en rumores, en sospechas. Pero tenemos que actuar, tenemos que saber la verdad. Y la verdad que llegue usted a averiguar, señor García, sólo podemos conocerla el Coronel y yo. Nadie más, ¿entiende?
—Es una orden —dijo el Coronel.
García asintió con la cabeza. El hombre siguió di-ciendo:
—Le voy a anotar un número de teléfono. Si tiene algo urgente que comunicarme, llame allí. Sólo yo con-testo ese teléfono. De no contestar y si el asunto lo ame-n, llame al Coronel y dígale que quiere hablar conmigo. Él nos pondrá en contacto. Aquí tiene el número.
García tomó la tarjeta. Estaba en blanco, con un número de teléfono escrito a máquina. La vio unos momentos, la puso sobre el cenicero y la quemó. El hombre sonrió satisfecho.
—El asunto es el siguiente: dentro de tres días, corno seguramente sabe, el Presidente de los Estados Unidos vendrá de visita a México. Estará tres días en la capital. Si necesita el programa de actividades de la visita, se lo puede pedir al Coronel. Ya es del dominio público. De todos modos, no creo que lo necesite. La protección de los dos presidentes, el visitante y el nues-tro, está encomendada a la policía mexicana y al Ser-vicio Secreto norteamericano. Usted no tendrá nada que ver con eso que es ya un asunto rutinario, de especialistas, digamos. Se han tomado todas las pre-cauciones lógicas y ya están identificadas y vigiladas todas aquellas personas que, creemos, pudieran repre-sentar un peligro.
El hombre hizo una pausa para apagar su cigarrillo. Daba la impresión de estar buscando las palabras exactas para explicar el caso y de que le daba trabajo el en-contrarlas. El Coronel lo veía impasible.
—Una visita de este tipo siempre implica una grave responsabilidad para el gobierno que ha invitado a un mandatario extranjero. Además debemos tener presente que, de haber un atentado, nuestro Presidente estará tam-bién en peligro. Y algo más: la paz del mundo está en juego. No sería esta la primera guerra que empezara con el asesinato de un Jefe de Estado. Y tenemos también el antecedente de lo sucedido en Dallas. Por eso verá, señor García, que, aunque se trata tan sólo de un rumor, no podemos dejar de atenderlo... No podemos arries-garnos en nada. Y nos ha llegado un rumor muy grave.
Hi
zo una pausa, como para que sus palabras permearan profundamente. García estaba inmóvil, los ojos semicerrados.
—Insisto, señor García, en que se trata tan sólo de un rumor. Por ello hay que tratarlo con toda discreción. Sino hay nada de cierto en ello, lo olvidamos y eso es todo. La prensa no se habrá enterado y no ofenderemos al país con el cual, aun cuando no tenemos relaciones diplomáticas, tenemos un incipiente comercio. Por lo tan- la discreción es fundamental. ¿Me entiende?
—Sí.
El hombre seguía dudando con las palabras. Daba la impresión de no querer decir su secreto. Encendió un nuevo cigarrillo:
—Ante todo tenemos que averiguar lo que haya de cierto en ese rumor y, de haber algo, obrar con rapidez para evitar el desastre. Y también el escándalo, que no nos beneficiaria. Esa es una de las razones por las que —he resuelto encomendarle esta misión. Usted no busca la publicidad en sus asuntos.
—No son cosas para los periódicos.
—Eso es. Esto tampoco es para los periódicos. Veo que nos entendemos.
Ya le decía, señor, que García era el indicado —dijo al. Coronel.
El hombre pareció no haber oído:
—El caso es éste. Un alto funcionario de la Embajada .Rusa se ha acercado a nosotros y nos ha contado una historia extraña. Tome usted en cuenta que los rusos no acostumbran contar cosas, sean extrañas o no. Por eso lo hemos oído con cuidado. Según la Embajada Rusa, el Servicio Secreto de la Unión Soviética se enteró, hará unas tres semanas, cuando se empezó a planear la visita del Presidente de los Estados Unidos a México de que en China Comunista, esto es, en la República Popular China, se planeaba un atentado en contra de él, aprovechando esta visita. Nos informan que el rumor se captó por primera vez en la Mongolia Exterior. Posteriormente, hará diez días, se volvió a captar en Hong Kong y se supo, parece que en fuentes fidedignas, que habían pa-sado por esa colonia británica, rumbo a América, tres terroristas al servicio de China. Observe usted que digo al servicio de China y no chinos. Según la policía rusa, uno de ellos puede que sea norteamericano renegado y los otros dos son de la Europa Central. No sabemos qué pasaportes tengan. En Hong Kong se consiguen pasa-portes de cualquier país del mundo. Claro está que ya ordenado una vigilancia estricta en las fronteras, pero no sabemos si ya han entrado a México o si se presentarán con una inocente tarjeta de turista y su pa-saporte falso. Como ya le he dicho, tenemos bajo nuestra vigilancia a todos los extranjeros y nacionales que, por sus antecedentes o su ideología, puedan representar un peligro. Muchos de ellos, mientras se lleva a cabo la harán un viaje de algunos días, por nuestra cuenta. Pero diariamente entran en México, en promedio, unos tres mil turistas. Sería completamente imposible tratar vigilarlos a todos. Así las cosas, la única solución parecía ser la de cuidar más celosamente aún las personas de los dos presidentes durante la visita, usar automóviles a prueba de bala y demás.
El hombre tenía ahora la cara triste, como si el tomar esas medidas le repugnara. Apagó el cigarrillo que casi no había fumado y siguió:
—Esta mañana los rusos nos informaron de algo más. Parece ser que los terroristas tienen órdenes de entrar en contacto aquí en México con algún chino que es agente del gobierno del Presiente Mao Tse Tung. Aquí se les dará el material que piensan utilizar en su fechoría, ya quesería peligroso tratar de pasarlo por la frontera. ¿Ha entendido?
—Sí.
—Pues bien, señor García, tenemos que saber si existe ese chino en México y s i ese rumor del complot es cierto, y tenemos tres días para averiguarlo
—Entiendo.
Y ése va a ser su trabajo. Va a mezclarse con los chinos, va a captar cualquier rumor sobre gente nueva que haya llegado o movimientos entre ellos.
—¿Y si el rumor es cierto y encuentro a los terroristas?
—Obrará , en ese caso, como le parezca adecuado.
—Comprendo.
—Y sobre todo, discreción. Si... si hay que obrar en forma violenta, haga lo imposible porque no se sepa la causa de esa violencia.
—Entiendo.
El hombre pareció haber terminado. Se iba a poner de pie cuando recordó otro asunto:
—Hay otra cosa. Con anuencia de los rusos, hemos notificado a la Embajada Americana e insisten en que trabaje usted en contacto con un agente del FBI.
——Correcto.
—Y los rusos quieren también que uno de sus agentes, que sabe bastante del asunto, coopere con usted.
—¿Y usted quiere que coopere con ellos?
—Hasta donde sea discreto, señor García. Hasta donde sea conveniente. El agente americano se llama Richard P. Graves. Estará mañana a las diez en punto en el mos-trador de la tabaquería que queda a la entrada del Sanborns de Lafragua. esas horas pedirá unos cigarrillos Lucky Strike. Lo saludará con. un arazo, como si fuera un muy viejo amigo suyo.
—Entendido.
—El ruso se llama Iván M. Laski y estará a las doce en el Café París, en la calle del Cinco de Mayo, sentado en la barra, al fondo, tomando un vaso de leche. ¿Entendido?
—Sí.
—Ustedes mismos fijarán la forma como han de tra-bajar juntos. Y no olvide tenerme informado del progreso de sus investigaciones. Le vuelvo a repetir que nos quedan tan sólo tres días y que, en ellos, debe quedar aclarado el asunto.
El hombre se puso de pie. García hizo otro tanto. —Comprendido, señor del Valle. —¿Me conoce?
—Sí.
—Ya le decía, Coronel, que era tonto eso de tratar de ocultarle mi nombre al señor García. Ahora, lo único que tengo que rogarle, es que lo olvide.
García preguntó:
—¿El gringo y el ruso saben quién soy?
—Naturalmente.
Del Valle fue hacia la puerta. El Coronel se adelantó a abrirla.
—Buenas noches, señor del Valle.
—Preferiría, Coronel, que se siguiera omitiendo el uso
de mi nombre. Buenas noches.
El hombre salió, la sonrisa bonachona en los labios, los ojos fríos. El Coronel cerró la puerta y se volvió a García.
—No debió decirle que lo conocía. García se encogió de hombros.
—Quería tener su identidad oculta. Ocupa un cargo de gran responsabilidad...
—Entonces hubiera dado sus órdenes por teléfono o a través de usted, mi Coronel.
—Quería conocerlo personalmente.
—Pues ya tuvimos el gusto. ¿Algo más?
—¿Entendió bien sus instrucciones?
—Sí. Buenas noches, mi Coronel. Nomás una cosa... —Diga.
—¿Por qué tanto misterio para encontrar al gringo y al ruso?
—Podría ir a su hotel o a donde estén.
—Así son las órdenes.
—Buenas noches, mi Coronel.

Fuente:

Primera edición: Joaquín Mortiz,
Serie Novelistas Contemporáneos, 1969
(Séptima reimpresión, septiembre de 1992)
Primera edición en Narrativa Policíaca Mexicana,
febrero de 1994
Primera reimpresión agosto de 1994
©Rafael Bernal, 1969
©Idalia Villarreal de Bernal
D.R. Editorial Joaquín Mortiz, S.A. de C.V.
Grupo Editorial Planeta
Insurgentes Sur 1162, Col. Del Valle
Deleg. Benito Juárez, 03100, D.F.
ISBN: 968—27—0601—7
Portada: Saúl Villa
Coordinador de la colección: Eugenio Aguirre

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