miércoles, 30 de enero de 2019

LITERATURA DE RESCATE. Honoré de Balzac. Novela. EL CENTENARIO.


LITERATURA DE RESCATE.
Honoré de Balzac nació el 20 de mayo de 1799 en Tours (Francia). Honoré de Balzac falleció el 18 de agosto de 1850. Fue enterrado en el camposanto Pére Lachaise, donde Victor Hugo pronunció el discurso fúnebre.
***
De su primera época de escritor —en la que se dice era mantenido por una casada— data este terrorífico novelón, que no firmó con su nombre- Hoy lo rescatamos, considerándolo un excelente relato, loco, apasionante, aunque sin duda descuidado en su redacción, dadas las condiciones en que fue escrito. Casi podríamos decir que publicamos un Balzac inédito, firmado en su día por su «alter ego», Horace de Saint-Aubin. 
La tenebrosa historia de un hombre cuya vida no tenía fin, que necesitaba alimentarse de juventud, como un vampiro, para continuar su larga fatiga, que conocía todas las ciencias, que sabía todos los secretos, y cuya centenaria experiencia influyó en las decisiones del mismísimo Napoleón. 
Ideas contenidas en este caudaloso y fantástico libro pueden considerarse precedentes de «La semilla del diablo» y su satánica gestación, y de la escenografía de «El fantasma de la Opera». Balzac insistió en este asunto de la vida eterna escribiendo «Melmoth reconciliado» donde utiliza el personaje Melmoth (pariente próximo de su Centenario) de Charles R. Maturin.

 Recopilador: Dr. Enrico Pugliatti.
(Fragmento. Novela. EL CENTENARIO).
Traducción de Mercedes Juste, Portada: «Collage» original de Emma Cohen
Una colección dirigida por Juan Tébar
Título original: «Le centenaire»
© De esta traducción para Biblioteca del Terror, Ediciones Forum
Córcega, 273-277. Barcelona-8
Diseño de interiores: Mauricio d'Ors
Retrato de Balzac: «Photo Lapi Viollet»
I.S.B.N.: 84-85604-71-7 (obra completa)
I.S.B.N.: 84-7574-042-1
Depósito legal: M. 34.598-1983
Distribución: MIDESA Distribuidora de Ediciones.
Carretera de Irún, Km. 13,350 (Variante de Fuencarral). Madrid-20
Composición: Fernández Ciudad, S. L.
Imprime GREFOL, S. A., Pol. II - La Fuensanta Móstoles (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España



El peñasco de Grammont — El general La joven — Un juramento
Hay noches cuyo espectáculo es  imponente, y su contemplación nos abisma en un recogimiento lleno de encanto. Me atrevo a decir que son pocas las personas que no han sentido en su alma esa nostalgia osiánica producida por la visión nocturna de la inmensidad de los cielos.
Esta forma de sueño del alma se impregna del carácter de aquel que lo experimenta, y causa entonces pacer o pena, o incluso una especie de sentimiento que participa de estos dos extremos sin ser ninguno de ellos.
Nunca se encontrará, creo, un paraje más propicio a los efectos de esta meditación que el encantador paisaje que se descubre desde el pico de la montaña de Grammont, ni una noche tan adecuada para tales ideas como la del 15 de junio de mil ochocientos diez y... En efecto, unas nubes de formas extrañas formaban mágicas y móviles estructuras aéreas, que empujadas por un viento rápido, dejaban en el firmamento espacios sin velo. La luna irradiaba una luz pálida y a menudo eclipsada que sólo iluminaba las extremidades y las hojas exteriores de los árboles, sin penetrar en las sombrías masas de follaje que se alzaban en la campiña como negros fantasmas.
Había llovido durante la mañana, y el suelo reblandecido sofocaba el ruido de los pasos. El viento se levantaba por rachas y su violencia sólo se desataba por completo en la alta región de las nubes. La noche era, pues, tranquila y majestuosa.
Se destacaban en este escenario la risueñas llanuras de Turena y los verdes prados que, del lado del Cher, preceden a la capital de esta provincia.
El follaje sonoro de los álamos desperdigados por el campo parecía quejarse bajo el esfuerzo de la brisa. La lechuza fúnebre y el buarillo dejaban oír sus chillidos lentos y lastimeros. La luna plateaba la extensa capa de agua del Cher. Algunas estrellas centelleaban acá y allá entre las nubes y a través de un vapor blanco. En fin, la naturaleza, adormecida, parecía soñar. En ese momento una división completa del ejército de España volvía a París para ponerse a las órdenes de su soberano.
Las tropas alcanzaban Tours, cuyo silencio iban a romper con su llegada.
Aquellos viejos soldados de tez curtida caminaban día y noche y atravesaban su patria sacudiéndose el polvo recogido en el suelo indómito de España. Se les oía silbar sus canciones favoritas. El ruido fugitivo de sus pasos resonaba a los lejos, y a los lejos destellaban en el campo las bayonetas de sus fusiles.
El general Béringheld (Tulio), abandonando su división, se había detenido en la cima del Grammont, y este joven ambicioso, desengañado de sus sueños de gloria, contemplaba la escena que se había ofrecido súbitamente a su mirada.
A fin de poder entregarse en paz al hechizo que le había prendido, echó pie a tierra, despidió a los dos edecanes que le acompañaban, y reteniendo solamente a Jacques Butmel, apodado Lagloria, antiguo guardia consular y devoto servidor suyo, se sentó sobre un montículo de hierba, buscando un tema nuevo para su vida futura y pensando en todos los acontecimientos que habían colmado su vida pasada. Apoyó su cabeza en la mano derecha colocando el codo sobre sus rodillas, y en esta postura posó la mirada en el delicioso pueblo de Saint-Avertin, volviéndola, sin embargo, algunas veces hacia el cielo, como si hubiera buscada un consejo en aquel libro misterioso.
El viejo soldado se había sentado y, con la cabeza en la hierba, parecía no pensar en nada que no fuera dormir un momento. Los motivos del general para detenerse en plena noche en la montaña de Grammont no le preocupaban.
Daremos una perfecta idea del carácter de este buen hombre si decimos que los menores deseos de su amo representaban para él lo que un decreto del Gran Señor para un verdadero creyente.
—¡Ah, Marianina! ¿Me has sido fiel? —exclamó Béringheld después de un momento de meditación.
Estas palabras se escaparon involuntariamente del corazón entristecido del general, que nuevamente se hundió en la profunda reflexión que se había apoderado de él.
Tulio contemplaba la pradera desde hacía más o menos diez minutos, cuando divisó a una joven muchacha, vestida de blanco, que avanzaba con preocupación campo a través. Tan pronto caminaba precipitadamente, como disminuía su marcha dirigiéndose siempre hacia el pie de la montaña sobre cuya cima se hallaba sentado Béringheld.
Estudiando con atención todos los movimientos de esta joven, el general creyó al principio que la demencia la arrastraba a este paseo nocturno. Pero cuando percibió una débil luz que iluminaba el flanco del peñasco, cambió de opinión. Su curiosidad se vio excitada en sumo grado, pues el porte y la actitud de la joven indicaban su pertenencia a una familia posiblemente acomodada.
Sus andares y su cintura eran gráciles. Un chal colocado con arte protegía su cabeza del fresco de la noche. Su cinturón, de color rojo, destacaba sobre la blancura de su vestido. Aquel trayecto solitario y nocturno, aquel paso desigual y la luz que iluminaba el pie del peñasco de Grammont, formaban un conjunto de circunstancias creadas para justificar la curiosidad de Béringheld y lo que siguió.
Abandonó su sitio y comenzó a descender la colina para alcanzar a la muchacha que se hallaba ya en el terraplén del Cher[1] . Su intención era hablarle antes de que llegase al pie de la roca.
El general había dado apenas tres pasos, cuando un rayo de luz, al caer sobre una sepecit de soto que adorna el flanco de la montaña, le permitió distinguir un vapor blanco y muy móvil que reconoció como un humo espeso que se escapaba del seno de aquella roca.
Esta circunstancia le sorprendió tanto más, cuanto que la estación en que se hallaban en aquel momento explicaba mal la presencia de una lumbre en el lugar al que la joven se dirigía.
Béringheld poseía una energía, una fuerza de deseo que no le permitían moderar sus sentimientos. Su corazón estaba repleto de un ardor irresistible que volcaba en todo. Así, pues, empezó a correr, y bajó por la montaña más como un lobo que se lanza tras su presa que como un joven que se apresura a dar consejo a la imprudencia o a proteger la debilidad.
La joven lo descubrió y, al ver brillar los adornos del uniforme del general, concibió un temor muy natural. Creyendo poder hurtar su maniobra a la aguda mirada de Béringheld, abandonó el terraplén y avanzó con mayor lentitud por en medio de los árboles de los prados e intentó esconderse cuidadosamente detrás de los troncos de los olmos, en los salientes del terraplén o debajo de los arbustos.
Sin embargo, por muchas precauciones que tomó, le fue imposible engañar al general, que muy pronto se halló a poca distancia del montículo donde se había refugiado. Ella se detuvo al darse cuenta de que no podía evitar al extranjero que la perseguía.
Béringheld por su lado, movido por algún impulso inexplicable, permaneció en su lugar y estudió con mayor atención a la joven desconocida.
Existen fisonomías que traicionan instantáneamente los sentimientos anímicos por medio de signos certeros que, a su vez, reconocen de una ojeada aquellos que han observado la naturaleza.
En un momento, el general adivinó el carácter de la joven. Sus ojos grandes, redondos y brillantes, revelaban por. su movilidad un alma inclinada a la exaltación. Su frente amplia y sus labios bastante gruesos parecían proclamar qué grande era su corazón, qué generoso y orgulloso, pero de ese orgullo que no excluye la confianza ni la bondad.
No hay que pensar, sin embargo, que esta joven fuera bella. Tenía eso que llaman una fisonomía, un semblante distinguido, y lo que aún gustó más a Béringheld, un semblante inspirado.
Todo lo que en el rostro del hombre expresa exaltación se hallaba tan concentrado en los rasgos de la muchacha solitaria, que el general dedujo sin vacilar que una pasión violenta guiaba a la joven.
Todo en ella indicaba más tristeza y sufrimiento que melancolía. Por lo demás, era fácil intuir que el origen de aquel dolor no era una enfermedad física, sino que su negra preocupación se debía a circunstancias, por así decirlo, externas.
El general cesó de observarla y avanzó hacia el montículo desde el cual la desconocida, de pie y atenta, miraba a Béringheld con un sentimiento en el que se mezclaban la inquietud, el temor y la curiosidad.
Aquí debo hacer notar que Tulio llevaba su sombrero de general de tal manera, que la proyección del cuerno cubría de sombra su cara.
La joven no pudo distinguir el rostro del oficial hasta que éste puso el pie sobre el montículo de césped. En cuanto pudo observarlo retrocedió algunos pasos, dejando escapar un gesto de sorpresa que Béringheld tomó por temor.
—Espero, señorita —dijo el general—, que no se sorprenda de que me haya apresurado a venir a ofrecerle mi ayuda, al verla sola, de noche en medio de estos prados, cuando los militares pasan a cada instante por esta ruta. Si mi presencia la importuna y si mi ofrecimiento le parece una indiscreción, hable... Soy el general Béringheld. Este título y este nombre quizá la persuadan de que no tiene nada que temer de mí.
Al oír el nombre de Béringheld, la joven se acercó al general y, sin proferir una sola palabra, con la mirada clavada aún en el rostro del célebre guerrero, se inclinó respetuosamente. Pero su reverencia estaba impregnada del mismo asombro e indecisión que se reflejaban en su rostro. Siguió contemplando con fijeza y estupor los rasgos de Tulio después de enderezarse.
El general, ante la actitud extática de la joven desconocida, se convenció definitivamente de que sufría una enajenación mental. La miró dolorosamente y exclamó:
—¡Pobre desgraciada!..., aunque no tenga razones para estar satisfecho de la constancia y la sensatez de tu sexo, no tengo más remedio que compadecerte. Tu estado prueba que al menos tus sentimientos no eran débiles y que has amado con delirio.
—¡Eh, general!, ¿qué le hace pensar así de mí?... Mi sorpresa es muy natural, y puedo explicársela fácilmente sin faltar a lo que he prometido. Voy a una cita...
—¿Una cita, señorita?
—Una cita, general —replicó la joven con un tono y un acento que bastaron para desconcertar a Béringheld—, una cita de la que me vanaglorio. Pero el hombre que espero se parece tanto a usted, que la visión de su cara me ha sorprendido profundamente.
Apenas hubo pronunciado la joven estas palabras, cuando el estupor que se había apoderado de ella pasó al alma intrépida del general. Palideció, se tambaleó, y a su vez miró a la desconocida con ojos extraviados.
Hubo un momento de silencio durante el cual la extranjera examinó la transformación del rostro del general, y fue ella quien habló primero.
—¿Puedo preguntar yo ahora qué razón hay para que mis palabras hayan desconcertado al general Béringheld?
El general, invadido por mil recuerdos penosos, exclamó:
—¿Se trata de un hombre joven?
—General, no puedo responder a su pregunta.
—Si mis sospechas tienen alguna base, señorita, corre usted los peores peligros, y no sé por qué medios hacérselo ver.
—Caballero —prosiguió ella con una ligera sonrisa—, no corro el menor riesgo. No es la primera vez que acudo a esta cita.
El general hizo el gesto de un hombre al que le han quitado un enorme peso de encima.
—Hija mía —dijo con tono paternal—, quizá permanezca en Tours. No cabe duda de que volveré a verla en sociedad. Sus gestos, su tono, me indican que es usted una joven dama, esperanza de una familia distinguida. Por su honor, acepte mi brazo... y vuelva a la ciudad. Un presentimiento secreto me dice que es usted el juguete del que espera, y... tarde o temprano, le ocurrirá una desgracia... Aún está a tiempo, venga...
La muchacha dejó escapar un gesto de altivez que demostraba que esa sospecha la hería.
—¡Ah, perdóneme, señorita! —Prosiguió Tulio—. Si no me inspirase ningún interés no le hablaría de esta manera. Y... por poco que los motivos de esta cita se apoyen en un sentimiento profundo, me ve usted dispuesto a servirla con toda la diligencia de una antigua amistad.
Al terminar estas palabras dieron las once en Saint-Gatien. Las campanadas traídas por el viento fueron escrupulosamente contadas por la desconocida.
—General —dijo—, he venido bastante deprisa y tengo tiempo de explicarle por qué circunstancias una joven de mi edad, mi porte, mi cuna, se encuentra, en medio de la noche y en las praderas del Cher, esperando una señal extraña, mientras los míos me creen entregada a un sueño pacífico. Me debo a mí misma aclarar unas sospechas que no dejarían de convertirme mañana en la fábula de la ciudad. Pues usted no podría resistirse a hablar de ello.
Estas últimas palabras fueron acompañadas de una sonrisa ligeramente irónica, que dio a su fisonomía una gracia mordaz.
—¡Ay!, señorita, se lo suplico por lo que más quiera. Por su madre, por usted misma, dígame si el hombre que la ha hecho venir a este lugar es joven o viejo... ¡Si es cierto que se me parece!... También, yo, soldado acostumbrado a todo lo que la guerra tiene de peligros y horrores, tiemblo por usted... ¡Si fuera él!... ¡Pobre niña!...
—General —dijo ella tomando una actitud severa que la luz de la luna resaltaba, impresionando a la imaginación—, general, no me pregunte... Es más, cuando yo haya terminado mi sencillo relato, cuando oiga la señal, no siga mis pasos, no me retenga, júremelo.
—Se lo juro —dijo el general con tono grave.
—¿Por su honor? —prosiguió ella con expresión de temor.
—Por mi honor —repitió el general.
En aquel momento, Béringheld miró hacia la colina. Vio al humo, más negruzco, más abundante, formar una nube espesa.
La muchacha también se volvió hacia aquel lado con una ansiedad visible. Luego posó su mirada durante algún tiempo sobre la luz vacilante y débil que se escapaba del pie de la montaña.
Ella y Béringheld se observaron después de haber contemplado juntos la roca, y por un momento se sumieron en unas reflexiones que, a juzgar por la expresión de sus rostros, parecían coincidir.
Finalmente, la joven dijo aún al general:
—Júreme que no irá al Agujero de Grammont, es decir, al lugar donde brilla esa luz. Júremelo, general.
Esta petición fue acompañada por una expresión suplicante y asustada que revelaba cuánto temía la muchacha un rechazo.
—Se lo prometo —contestó el general.
La alegría inocente que manifestó la desconocida probaba el candor virginal de su alma. Se sentó arreglando su chal sobre la hierba y, mostrando con el dedo al general una piedra que le servía de asiento, esperó que acabaran de pasar algunos militares, así como un médico que, volviendo a caballo de alguna visita urgente, se había detenido en el camino para intentar reconocer a las personas que distinguía vagamente.
Pareció mirar al general y a la muchacha con sorpresa, pero en seguida partió al galope.
Entonces la bonita turonense comenzó su relato más o menos en estos términos...



[1] Las orillas del Loira y afluentes están bordeadas de terraplenes para evitar las inundaciones. (N. de la T.)

domingo, 27 de enero de 2019

Isaac Felipe Azofeifa. (Fragmento).100 años de literatura costarricense Margarita Rojas * Flora Ovares Tomo II P. 877.






Varios han sido los libros de poesía amorosa publicados en Costa Rica dentro de los distintos movimientos de la lírica. Oculto muchas veces por la crítica y las historias de la literatura, el tema erótico ha sido fuertemente reprimido. Desde la sensualidad típica de los poemas modernistas,  hasta el canto al amor físico en CIMA DEL GOZO (1974)  de Isaac Felipe Azofeifa, la poesía erótica  atenta contra el orden racional de la ideología patriarcal.
100 años de literatura costarricense
Margarita Rojas * Flora Ovares
Tomo II
P. 877.
Editorial Costa Rica
Editorial UCR

2018

sábado, 26 de enero de 2019

Irène Némirovsky La dramática vida de Antón Chéjov. Prólogo de JEAN-JACQUES BERNARD.



Irène Némirovsky

La dramática vida de Antón Chéjov

 Título original: La vie de Tchekov

Irène Némirovsky, 1946
Traducción: Susana López de Gomara
Prólogo.
  Irene Nemirovsky fue detenida en julio de 1942 en Issyy-l’Evêque, Nièvre.
Enviada al campo de Pithiviers, fue deportada pocos días después.
Nadie oyó hablar más de ella.
Cuatro meses después su marido y sus dos cuñados fueron detenidos. Deportados a su, vez, también desaparecieron.
Irene Nemirovsky deja dos hijas. Su drama es el reflejo de millares de dramas. Europa está sembrada, de huérfanos… Y sin embargo hay que decir: feliz Irene, pues por dejar a sus hijos vivos al partir es una privilegiada para aquellos que sobrevivieron perdiendo a los suyos.
Se necesita un cierto esfuerzo hoy en día para poner la imaginación al nivel de la realidad. El horror se ha vuelto tan corriente que muchos lo encuentran trivial; unos, porque instintivamente tratan de huirle sin mirarlo; otros, porque su sensibilidad ha sido tan castigada que se ha embotado.
Que una inteligencia tan exquisita, un temperamento artístico tan refinado, una mujer tan excepcional haya, muerto en Polonia o en Silesia, es poco más importante que una noticia corriente. ¡Tantos otros han sido exterminados! Seis millones de víctimas o seis millones más una es exactamente igual si medimos la profundidad del crimen, abismo sin fondo. Sería poco delicado llorar esta víctima más que otra: la más modesta equivale a la más ilustre.
Séanos permitido dedicar a ésta una mirada particular, un recuerdo suplementario.
Irene Nemirovsky no deja a sus admiradores con las manos vacías. Trabajó hasta el último día. Su obra no termina con ella. Valiosos manuscritos, agregados a las obras ya publicadas, afianzarán su posteridad literaria. En su retiro nivernés preparaba una gran novela cíclica sobre la vida rusa, de la cual, desgraciadamente, sólo tenemos fragmentos; pero se publicarán una novela terminada: «Los bienes de este mundo», y dos o tres volúmenes de cuentos. Y, para empezar, he aquí que en el mundo imaginario de Irene Nemirovsky entra sorpresivamente, cuando, desaparecida ella, no se lo esperaba más, un ser real: Antón Chejov.
Él no desentonará, pues, aunque imaginario, el mundo de Irene Nemirovsky no deja, en verdad, de tener vida. Ella se abstuvo siempre de utilizar personajes reales, de escribir novelas anecdóticas. Pero si bien debemos admitir que sus personajes no son reales, ¡cuán verdaderos son en cambio! Y esto es lo que importa. Ya sean los grandes hombres de negocios, las mujeres jóvenes desequilibradas o los jóvenes en pugna con la adversidad; ya sea el vertiginoso David Golder o la inquieta Elena de «Vino de soledad», el joven Cristóbal de «El león sobre el tablero» o la débil Ada en «Los perros y los lobos», o aun las heroínas de esos cuentos conmovedores que forman el compendio de «Películas habladas», todos estos personajes, creaciones de un cerebro ardiente, se sumergen en pleno corazón humano, se nutren de vida, de savia, de pasión, son nuestros hermanos y hermanas en la alegría y el dolor. Esta es la verdadera transposición artística. Irene Nemirovsky, en menos de quince años dé producción efectiva, habrá dejado una galería llena de figuras humanas, porque humanas son sus raíces.
Podemos percibir en su obra ciertos leitmotiv: el exilio, la lucha con la vida en los países de Occidente. Nacida en Kiev, Irene dejó su tierra natal para venir a Francia. Así, muchos de sus héroes siguen la misma trayectoria. Como ella, muchos vinieron a vivir, luchar y sufrir en nuestro país. Están alimentados con su propia experiencia. En cuántas de sus novelas encontramos la atmósfera de su infancia en las ciudades o aldeas de Ucrania; luego la de su juventud en nuestra capital…
El drama que existió en el comienzo de su vida humanizó sus creaciones. He aquí que una vida dramáticamente empezada termina en tragedia. Nacida en el este, Irene fue a morir en el este. Arrancada de su tierra natal para vivir, fue arrancada de su tierra de elección para morir.
Entre estas dos páginas se inscribe una existencia demasiado corta, pero brillante: una joven rusa dejó en el libro de oro de nuestra lengua páginas que lo enriquecen. Por los veinte años que pasó entre nosotros, lloramos en ella a una escritora francesa.
La obra dramática de Chejov es hoy muy conocida en Francia. Pero durante mucho tiempo el suyo sólo fue para nosotros un nombre lejano. Pocas obras ofrecen más sutiles dificultades de realización. Cuando la compañía de Stanislavsky interpretó en París «El jardín de los cerezos», la obra fue una revelación. Después, Georges Pitoëff nos demostró qué ritmo había que darle a obras como «El tío Vania», «La gaviota», «Las tres hermanas». Lección inimitable. Pitoëff poseía el secreto del puntillismo sutil que, acomodándose al puntillismo de Chejov, desentrañaba la humanidad profunda, mediante un lento, metódico e inexpresable hechizo. Para ofrecernos viva una dramaturgia tan delicada y tan personal, a la vez tan rusa y tan humana, este gran artista tenía el privilegio, por su origen, de poder pensar como un ruso en francés. Lo que Pitoëff logró hacer con las piezas de Chejov, Irene Nemirovsky supo hacer con su vida.
Por las mismas razones: rusa de nacimiento, francesa por educación, pertenecía tan profundamente a nuestro país, ahora el suyo, que nada en la redacción de sus obras delata su origen extranjero. Y sin embargo, su profunda sensibilidad continuaba naturalmente ensamblada con su país de origen, con sus hombres y sus obras. Ante la sensibilidad de Chejov, se encontraba en terreno conocido, no necesitaba transponer, le bastaba abrir su corazón. Así como Antón Chejov nos contaba la historia de las tres hermanas o del tío Vania, como Georges y Ludmilla Pitoëff los revivían en escena, así Irene Nemirovsky nos presenta a Antón Chejov.
Los procedimientos son los mismos, si se puede llamar procedimiento a lo que es reflejo de la vida. Los mismos toques sucesivos que contribuyen a crear la impresión de conjunto. Los mismos detalles aparentemente sin importancia, pero todos útiles. Es el ritmo de la vida. Es la lenta y penetrante maraña de la vida. El lector, así como el espectador, se ve suavemente envuelto, levantado por una mano leve, mezclado a la magia cotidiana. Generalmente no se da cuenta. A veces se resiste. Pero el filtro es penetrante. La seducción se manifiesta en toques insensibles. El menor detalle tiene la suavidad de una caricia, pero el efecto de un tentáculo. Así son los dramas burgueses de Chejov. Así es su vida narrada por una mujer que hablaba su lenguaje tan bien como el nuestro y que nos lo restituye por entero, con sus alegrías, sus sufrimientos, sus esperanzas, sus nostalgias, todo su humana y excepcional sensibilidad.
Pitoëff pretendía que una pieza de Chejov nada es superfluo. El menor detalle contribuye a darle vida y Chejov no dejaba nada librado al azar. Un gesto de más traiciona el lento rodeo mediante el cual él hace que la vida sea vida. Tal vez parezca excesiva semejante fidelidad. Es sorprendente, en efecto, que un director no tenga tendencia a deformar un texto. Pero Pitoëff era a veces sorprendente.
Esta perfección detallista que caracteriza las piezas de Chejov la volvemos a encontrar en sus cuentos. Son mucho menos conocidos entre nosotros. Cada uno es un pequeño drama; algunos, en pocas páginas, son dramas en miniatura. Sería deseable que una traducción valedera, hubiera sido hecha por una escritora del talento de Irene Nemirovsky.
Por lo menos tenemos ahora una imagen de su vida que nos faltaba. Sólo puedo aconsejar al lector que entre en esta vida como yo mismo entré: como se entra en la casa de un ser extraño al que se amaba sin conocer su intimidad. No hay nada indiscreto en lo que se va a descubrir. El contacto con su vida cotidiana no rebajará en nada al hombre que se va a encontrar. Hay en muchas biografías, en muchas memorias, una parte de indiscreción y hasta de mal gusto. Como si el escritor sintiera un placer oculto en destruir el ídolo, en mostrar el pobre hombre que a menudo se esconde bajo el manto del genio. Fácil juego. El genio oculta mil debilidades. Son su rescate; y su sufrimiento. Pero él se nutre con esas debilidades. Es abono del cual extrae sus mejores frutos. El biógrafo, que generalmente es un pobre hombre, tiende a mostrar el abono antes que los frutos. ¿Acaso, más o menos conscientemente, no piensa que al lector le gusta el chisme y el escándalo? Visto en la intimidad, el gran hombre tiene todos nuestros problemas y los propios, por añadidura. Maligna alegría la de ponerse al nivel común; buena publicidad; he aquí los recursos de la mayor parte de las vidas noveladas.
Aquí no sucede nada de eso. El hombre que se nos muestra no está disminuido por la narración de sus miserias. Pobre, miembro de una numerosa familia, enfermo, Antón Chejov conoció todas las dificultades de la vida, que nos son contadas sencillamente, sin grandes frases. Sale magnificado de la prueba. Lo amábamos y admirábamos sólo por su obra. Ahora lo amaremos y admiraremos más aún. Agradezcámosle a Irene Nemirovsky. Inscribe un capítulo emocionante en la historia de la literatura universal. Por medio de Irene Nemirovsky, Chejov estará un poca más entre nosotros, y nos sentiremos más en contacto con él.
Si nos sirve de ejemplo, no será ya únicamente por su obra, sino también por su vida: ejemplo de coraje, de perseverancia, de trabajo. Tuvo, por cierto, a pesar de las dificultades materiales, comienzos relativamente fáciles. A los veintiséis años ya era conocido. Rápidamente se hizo célebre. Escribía sus primeros cuentos como en broma. Pero cuántos escrúpulos, cuántas dudas de sí mismo… Vacila hasta para firmar con su nombre. Necesitó que lo alentaran para llegar a creer en sí mismo. Pensemos en la bella caria que recibió de Grigorovich en 1886 y en su respuesta emocionada. Semejante gesto tubo ciertamente influencia sobre el joven escritor, le dio mayor conciencia de su valor, lo ayudó probablemente a disciplinarse. Grigorovich tenía 65 años cumplidos. Un cuento de Chejov, leído por casualidad, lo impresionó; sintió la singular calidad de este talento nuevo, sus promesas, peino también el peligro, para un escritor novel, de producir cualquier cosa y a cualquier precio. Le escribía a su joven colega con la doble misión de alentarlo y serle útil. A sus elogios, a las flores con que lo cubre, se mezclan dos pequeñas frases que no siempre se tiene el valor de decir a los principiantes demasiado apresurados, pero que me parecen la mayor muestra de confianza, de admiración y de amistad que un viejo escritor pueda dar a un joven colega: «Interrumpa todo trabajo apresurado… Más bien pase hambre».
La pantalla que se interponía entre nosotros, franceses, y Chejov como hombre fue retirada por Irene Nemirovsky. Pero ella nos ofrece esta imagen desde el más allá. Esta circunstancia se agrega a la emoción de nuestro descubrimiento.
La vida de Chejov fue corta: la enfermedad lo llevó prematuramente. Irene también partió demasiado pronto y la enfermedad que se la llevó no tenía sus raíces en ella sino en el mundo. Nos preguntamos cuál de estos destinos fue el más trágico. La tuberculosis, con sus momentos de calma, sus intervalos, y hasta sus alegrías, o, por lo menos, ilusiones, ¿no tiene acaso la humanidad que les faltaba a los verdugos de Irene?

JEAN-JACQUES BERNARD

viernes, 25 de enero de 2019

NOVELA. MARIPOSAS NEGRAS PARA UN ASESINO.

GRACIAS A LA EUNA POR APOYAR MI LITERATURA CON ESTA NUEVA DIVULGACIÓN DE MI NOVELA: Descargar MARIPOSAS NEGRAS PARA UN ASESINO epub mobi pdf version Kindle libro escrito por JORGE MENDEZ LIMBRICK de la editorial EUNA.-


https://www.sigueleyendo.es/descargar-mariposas-negras-para-un-asesino.htm

VICTORIA OCAMPO. MECENAS DE LAS LETRAS LATINOAMERICANAS.



ARGENTINA.- Victoria Ocampo fue una escritora, ensayista y traductora argentina que se destacó, además de por sus obras, por su compromiso tanto político como social en contra del fascismo y defendiendo siempre los derechos de la mujer.

Victoria Ocampo fue también fundó la revista Sur y convirtió su casa, ubicada en Villa Ocampo, en un lugar referente para intelectuales extranjeros que visitaban la Argentina. Miembro de la Academia Argentina de las Letras, gracias a ella se promocionó en el extranjero reconocidos autores como Bioy Casares, Borges y Ortega y Gasset.

En su extensa carrera literaria, Victoria Ocampo realizó novela, relato y ensayo. Sus obras más destacadas son: La laguna de los nenúfares, Tagore en las barrancas de San Isidro y Diálogo con Borges. (Especial El Intransigente)
Fuente.

miércoles, 23 de enero de 2019

RODRIGO SOTO. 100 años de literatura costarricense. Tomo II.

ESCRITOR: RODRIGO SOTO.
TEJIDO DE CAUSAS Y AZARES
FLORA OVARES
MARGARITA ROJAS G.
(Fragmento).
Rodrigo Soto es el autor de La estrategia de la araña, novela que, junto con IZTAN NA, del guatemalteco Arturo Arias, en 1985 dieron inicio en Centroamérica a la literatura posmoderna, de la generación de los nacidos en la década de 1950. Dos años antes, con su novedoso tomo de cuentos MITOMANÍAS, había ganado el Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica. Posteriormente  Soto se dedicó a explorar el relato, con Mundicia, una farsa épica, y luego con la Torre abolida, análisis críticos y desencantados de la realidad costarricense. Más recientemente publicó los cuentos  Dicen que los monos éramos felices y la novela Figuras en el espejo. Menos difundidos en el ámbito nacional, dos cuentos  suyos han sido incluidos en antologías internacionales: “Solo hablamos de la lluvia”, en la reconocida antología MacOndo (1996), que presentó en el mundo la actual la actual narrativa posmoderna latinoamericana, y “Volar como ángel” en la antología española Líneas Aéreas (1999). Posteriormente, en la antología nacional San José oculto apareció su relato “Epitafio”.
Fuente:
100 años de literatura costarricense
Margarita Rojas * Flora Ovares
Tomo II
Editorial Costa Rica
Editorial UCR

2018

lunes, 21 de enero de 2019

(Fragmento. Novela. Noche Sonámbula). EUNED. 1997. Jorge Méndez-Limbrick.


(Fragmento. Novela. Noche Sonámbula).
EUNED. 1997.
Jorge Méndez-Limbrick.
Uhmmm, ahhh, crear la imagen, crear las imágenes, crear los sueños si es que sueño, si es que duermo, si es que siento, si es que existo, crear, inventar, destruir, plasmar, sentir, desear, uhmmm palabras,  sin sentido en esta noche que no es noche, que es féretro de duro cristal…
Hay una  marea de silencios a mi alrededor, humus del ser, humus del Tiempo… He aquí el laberinto que construí como un juego para dormitar, no sé si está dentro de mís cuencas o fuera de ellas rozando mi fino paño de Cambray.
Continente y contenido es este féretro de cristal, opaco en su transparencia, fluyente y sin embargo móvil, fijo…
Hay una luz tenue, enferma que envuelve todo lo que veo. Respiro. Laxitud. Ah, he aquí el laberinto… Largo es el sendero, camino Alpha le digo, fríamente mis cuencas de calavera lo crean, lo proyectan, y lo siguen, siento frío…

No hay brisa, no hay movimiento, todo es estático y sin embargo todo gira…

Antígona JEAN ANOUILH Traducción de Aurora Bernárdez Anouilh,


En la mitología griega, Antígona es hija de Edipo y Yocasta y es hermana de Ismene, Eteocles y Polinices. Acompañó a su padre Edipo (rey de Tebas) al exilio y, a su muerte, regresó a la ciudad.
En el mito, los dos hermanos varones de Antígona se encuentran constantemente luchando por el trono de Tebas, debido a una maldición que su padre había lanzado contra ellos. Se suponía que Eteocles y Polinices se iban a turnar el trono periódicamente, pero, en algún momento, Eteocles decide quedarse en el poder después de cumplido su período, con lo que se desencadena una guerra, pues, ofendido, Polinices busca ayuda en una ciudad vecina, arma un ejército y regresa para reclamar lo que es suyo. La guerra concluye con la muerte de los dos hermanos en batalla, cada uno a manos del otro, como decía la profecía. Creonte, entonces, se convierte en rey de Tebas y dictamina que, por haber traicionado a su patria, Polinices no será enterrado dignamente y se dejará a las afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros.
Los honores fúnebres eran muy importantes para los griegos, pues el alma de un cuerpo que no era enterrado estaba condenada a vagar por la tierra eternamente. Por tal razón, Antígona decide enterrar a su hermano y realizar sobre su cuerpo los correspondientes ritos, rebelándose así contra Creonte, su tío y suegro (pues estaba comprometida con Hemón, hijo de aquel). La desobediencia acarrea para Antígona su propia muerte: condenada a ser enterrada viva, evita el suplicio ahorcándose. Por otra parte, Hemón, al entrar en la cripta en la que había sido puesta Antígona, con el objetivo de salvarla, y verla muerta, atraviesa la espada en sus propias entrañas, mientras tanto, Eurídice, esposa de Creonte y madre de Hemón, se suicida al saber que su hijo ha muerto. Las muertes de Hemón y Eurídice provocan un profundo sufrimiento en Creonte, quien finalmente se da cuenta de su error al haber decidido mantener su soberanía por encima de todos los valores religiosos y familiares, acarreando su propia desdicha.




Jean Anouilh (Francia, 1910-1987).
Dramaturgo francés, nacido en Burdeos. Durante la ocupación alemana de Francia durante la II Guerra Mundial, escribió Antígona (1942 ), una adaptación de la leyenda griega de la hija de Edipo. Sus primeras obras son de un tono esencialmente pesimista, con el suicidio como tema recurrente. Sus obras de teatro posteriores son menos sardónicas y reflejan un dominio elevado de la construcción y el diálogo dramático. Entre sus obras se cuentan Viajero sin equipaje (1937), La invitación al castillo (1947), El vals de los toreros (1952), La alondra (1953), Becket o el honor de Dios (1960) y Ornifle (1970). 
 Recopilador: Dr. Enrico Pugliatti.
(Fragmento).
Antígona JEAN ANOUILH Traducción de Aurora Bernárdez Anouilh, Jean Jezabel. Antígona. -Ia ed. - Buenos Aires: Losada, 2009 - 204 p.; 19 x 12 cm. - (Aniversario, 67) Traducido por: Aurora Bernárdez ISBN 978-950-03-9700-1 1. Teatro Francés.. I. Bernárdez, Aurora, trad. II. Título. CDD 842 Colección Aniversario Primera edición en esta colección: Septiem bre de 2009 © 1956, Editorial Losada, S. A. Moreno 3362 - 1209 Buenos Aires, Argentina Tels. 4373-4006 / 4375-5001 www.editoriallosada.com.ar Títulos originales: Jezabel (Nouvelles Piéces Noires) © Éditions de la Table Ronde, 1947 Antigone © Éditions de la Table Ronde, 1946 Tapa: Peter Tjebbes Maquetación: Taller del Sur ISBN 978-950-03-9700-1 Depósito legal: B-28940-2009 Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 Libro de edición argentina Impreso en España - Printed in Spain J ezabel A n tíg o n a índice 7 123

Personajes
 Antígona Creón El coro El guardia Ismena Hemón La nodriza El mensajero Los guardias 124

Acto primero

Decorado neutro. Tres puertas semejantes. Al levantarse el telón, todos los personajes están en escena. Charlan, tejen, juegan a las cartas. El prólogo se separa y se adelanta unos pasos. El prólogo: Los personajes que aquí ven les representarán la historia de Antígona. Antígona es la chica flaca que está sentada allí, callada. Mira hacia adelante. Piensa. Piensa que será Antígona dentro de un instante, que surgirá súbitamente de la flaca muchacha morena y reconcentrada a quien nadie tomaba en serio en la familia y que se erguirá sola frente al mundo, sola frente a Creón, su tío, que es el rey. Piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin... Y desde que se levantó el telón, siente que se aleja a una velocidad vertiginosa de su hermana Ismena, que charla y ríe con un joven; de todos nosotros, que estamos aquí muy tranquilos mirándola, de nosotros, que no tenemos que morir esta noche. El joven con quien habla la rubia, la hermosa, la feliz Ismena, es Hemón, el hijo de Creón. Es el prome12 5 JEAN ANOUILH tido de Antígona. Todo lo llevaba hacia Ismena: su afición a la danza y a los juegos, su afición a la felicidad y al éxito, su sensualidad también, pues Ismena es mucho más hermosa que Antígona, y sin embargo una noche, una noche de baile en que sólo había danzado con Ismena, una noche que Ismena estaba deslumbrante con su vestido nuevo, Hemón fue a buscar a Antígona que soñaba en un rincón, como en este momento, rodeando las rodillas con los brazos, y le pidió que fuera su mujer. Nadie comprendió nunca por qué. Antígona alzó sin asombro sus ojos graves hasta él y le dijo que sí con una sonrisita triste... La orquesta atacaba una nueva danza, Ismena reía a carcajadas, allá, en medio de los otros muchachos, y en ese mismo momento, él iba a ser el marido de Antígona. Ignoraba que jamás existiría marido de Antígona en esta tierra y que ese título principesco sólo le daba derecho a morir. Ese hombre robusto, de pelo blanco, que medita allá, cerca de su paje, es Creón. Es el rey, tiene arrugas, está cansado. Juega el difícil juego de gobernar a los hombres. Antes, en tiempos de Edipo, cuando sólo era el primer personaje de la corte, gustaba de la música, de las bellas encuadernaciones, de los prolongados vagabundeos por las tiendas de los pequeños anticuarios de Tebas. Pero Edipo y su hijo han muerto. Creón dejó sus libros, sus objetos, se arremangó y ocupó su puesto. A veces, por la noche, está fatigado y se pregunta si no será inútil gobernar a los hombres. Si no será un oficio sórdido que ha de dejarse a otros más apáticos... Y a la mañana siguiente, se plantean pro126 ANTÍGONA blemas concretos que es preciso resolver, y Creón se levanta tranquilo, como un obrero al comienzo de la jornada. La anciana que está tejiendo, al lado de La nodriza que ha criado a las dos chicas, es Eurídice, la mujer de Creón. Tejerá durante toda la tragedia hasta que le llegue el turno de levantarse y morir. Es buena, digna, amante. No presta ninguna ayuda a Creón. Creón está solo. Solo con su pequeño paje, que es demasiado pequeño y que tampoco puede nada por él. Aquel muchacho pálido, que está allá, en el fondo, soñando pegado a la pared, solitario, es El mensajero. El vendrá a anunciar la muerte de Hemón dentro de un rato. Por eso no tiene ganas de charlár ni de mezclarse con los demás. El ya sabe... Por último, los tres hombres rubicundos que juegan a las cartas, con el sombrero echado sobre la nuca, son Los guardias. No son malos individuos, tienen mujer, hijos y pequeñas dificultades como todo el mundo, pero detendrán a los acusados, dentro de un instante, con la mayor tranquilidad del mundo. Huelen a ajo, a cuero y a vino tinto y no tienen ninguna imaginación. Son los auxiliares, siempre inocentes y siempre satisfechos de sí mismos, de la justicia. Por el momento, hasta que un nuevo jefe de Tebas con el debido mandato les ordene detenerlo, son auxiliares de justicia de Creón. Y ahora que los conocen a todos, podrán representar para ustedes la historia. Comienza en el momento en que los dos hijos de Edipo, Eteocles y Polinice, que debían reinar en Tebas un año cada uno, 127 JEAN ANOUILH por turno, se batieron y mataron entre sí al pie de los muros de la ciudad, porque Eteocles, el mayor, al término del primer año en el poder se negó a ceder el puesto a su hermano. Siete grandes príncipes extranjeros a quienes Polinice había ganado para su causa, han sido derrotados frente a las siete puertas de Tebas. Ahora la ciudad está salvada, los dos hermanos enemigos han muerto y Creón, el rey, ha ordenado que a Eteocles, el buen hermano, se le hagan imponentes funerales, pero que Polinice, el bribón, el rebelde, el granuja quede sin llanto y sin sepultura, presa de cuervos y chacales. Quienquiera que se atreva, a rendirle homenajes fúnebres será despiadadamente castigado con la muerte. Mientras El prólogo habla, los personajes van saliendo uno por uno. El prólogo también desaparece. La iluminación se ha modificado en escena. Ahora es un alba gris y lívida en una casa dormida. Antígona entreabre la puerta y entra desde el exterior, en puntillas, descalza, con los zapatos en la mano. Permanece un instante inmóvil escuchando. Aparece La nodriza.

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