miércoles, 11 de febrero de 2026

EL CONCEPTO DE SUSTANCIA DE SPINOZA A HEGEL FRAGMENTO.



 EL CONCEPTO DE SUSTANCIA DE SPINOZA A HEGEL CONTENIDO AUDIOVISUAL CLICK EN EL RECUADRO TAMBIÉN PUEDES ACEDER VÍA QR pp https://youtu.be/hnlGUG37J lw Contenido interactivo • Agradecimientos • Introducción • Lista de abreviaturas • I. El concepto de sustancia en Spinoza ■ Sustancia, inmanencia e individualidad en la Ética de Spinoza ■ Sustancia y orden en Spinoza: la praxis perspectivista de la razón ■ Los corresponsales de Spinoza y el problema de la sustancia (1661-1665) ■ La sustancia spinozista: ¿el marco de un programa ético? • II. Las críticas de Locke al concepto de sustancia ■ Sobre la idea de sustancia en John Locke • III. El concepto de sustancia en Leibniz ■ Leibniz y el debate sobre la sustancia ■ Leibniz: sustancia, expresión y fenómeno. El monadismo leibnizano y la correspondencia con Des Bosses ■ La sustancia individual en Leibniz • IV. El concepto de sustancia en Berkeley ■ Berkeley y la sustancia espiritual ■ Actividad y pasividad en Berkeley • V. Crítica de Hume al concepto de sustancia ■ La idea de una ‘mente singular’ en Hume: el ‘qué o quién ejecuta las actividades propias de una vida mental ■ Sobre la existencia de las percepciones en el pensamiento de Hume ■ Un salvavidas de plomo. La pesada herencia sustancialista en la filosofía moderna • VI. El concepto de sustancia en Kant ■ La sustancia en la ontología crítica de Kant ■ “de nobis ipsis silemus”. El desencantamiento kantiano del alma: de sustancia a sujeto moral • VIL El concepto de sustancia en Hegel ■ G. W. E Hegel, la categoría de sustancia • VIII. Apéndices ■ Bibliografía ■ Indice de autores 

■ Indice de conceptos 

• Indice General [Para regresar a este Contenido interactivo dar click en la flecha] Agradecimientos Este libro ha sido posible por medio del apoyo de muchas personas e ins tituciones. Los coordinadores agradecemos el incondicional apoyo de los autores para realizar sus artículos bajo las limitaciones de espacio y tiempo con que contamos, así como a su paciencia ante el tiempo que tomó la publicación de la obra. Asimismo, agradecemos a Antonio Rocha Buendía por su apoyo en la revisión del manuscrito original y a Fernanda Romero Quezada por la elaboración de los índices. También agradecemos al Área de Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Na cional Autónoma de México y, en particular, a Juan Carlos Cruz Elorza, por su apoyo en incluir esta obra como parte de la colección de libros de filosofía moderna de la Facultad de Filosofía y Letras de la unam. Por su parte, sea esta obra un homenaje al trabajo ininterrumpido del Se minario de Historia de la Filosofía, creado por José Antonio Robles García (q. e. p. d.) y Laura Benítez Grobet en 1985.

 Actualmente dirigido por Lau ra Benítez Grobet y Luis Ramos-Alarcón Marcín, el Seminario ha reunido en sesiones semanales o en coloquios anuales, a importantes especialistas hispanoamericanos en filosofía moderna, así como a especialistas de otras latitudes, con vistas a entablar un diálogo en beneficio de una mejor com prensión de nuestro pasado filosófico, fundamento de nuestro presente. Por último, agradecemos a la Dirección General de Asuntos del Perso nal Académico de la Universidad Nacional Autónoma de México que, por medio del Proyecto PAPIIT IN402614, “El problema de la sustancia en la filosofía moderna y sus antecedentes”, ha dado los fondos para la publica ción de este libro. Introducción Laura Benítez Grobet Lu is R am os-A larcón M arcín En su búsqueda por comprender y actuar en la realidad, la filosofía realiza dos tareas: por una parte, describe la realidad en su búsqueda por aclarar qué es lo que permanece frente a nosotros o en nosotros; por otra parte, prescribe entre los posibles cursos de acción. 

Tradicionalmente se podría pensar que la primer actividad es trabajada por disciplinas filosóficas como la metafísica y la epistemología, mientras que la ética y la filosofía política trabajan la segunda actividad. Empero, ambas actividades están estrechamente relacionadas y, en numerosas ocasiones, no es posible separarlas. El libro colectivo El concepto de sustancia de Ficino a Descartes ha mos trado de qué manera el concepto de sustancia ha sido redefinido por Aristó teles, Ficino, Bruno, Descartes, Hobbes, Mersenne y Gassendi, para cumplir estas dos funciones de la filosofía. Ese trabajo expuso tanto la riqueza como los problemas al emprender ambas tareas con dicho concepto, así como ven tajas y desventajas de su rechazo. 

Desde la filosofía de Aristóteles, el concepto metafísico de sustancia (hypokeimenon y ousia) ha posibilitado homogeneidad cognitiva para explicar ciertos cambios en algo que se considera con identidad y permanencia. En latín, el verbo “substo” (infinitivo, substare) significa literalmente —entre otros significados— “lo que está debajo de”. La filosofía moderna acepta la definición de sustancia como aquello que está debajo de cualidades, accidentes o modos, que es lo que nosotros ve mos y tocamos; mientras que éstos cambian, la sustancia es aquello que les da soporte y posibilita el cambio en el tiempo, a la vez que permanece en sí misma en el tiempo y subsiste al cambio. Pero estos filósofos discuten los tipos de sustancias que existen o que podemos conocer y los tipos de cambios que pueden explicar. Este libro intentará mostrar que ésta no es una discusión gratuita. Sin embargo, el estudio del concepto de sustancia a través de distintos autores muestra que no se trata de una historia lineal en donde los autores estén formados en una fila india y los filósofos más recientes superan sin más a los filósofos anteriores. 

La puesta en juego del concepto muestra que los filósofos usan diversos argumentos para trabajar el mismo concepto de sustancia en distintos ámbitos, de modo que no hay ni siquiera una superación o abandono total del concepto. Con esto tampoco indicamos que se trata de una historia de relativismo en donde no hay criterios para identificar la claridad y adecuación de los mismos argumentos utilizados por los filósofos. Traigamos aquí la crítica lockeana al concepto de sustancia. Aunque el lector se encontrará con un artículo dedicado a ésta, cabe indicar en esta breve introducción uno de los principales problemas a resolver por parte del concepto de sustancia. 

Locke pondrá la siguiente crítica en su Ensayo sobre el entendimiento humano: Las nociones de substancia y de accidente son de poca utilidad para la filosofía. Aquellos que, los primeros, dieron en la noción de accidentes como una especie de seres reales que necesitaba de alguna cosa a la cual ser inherentes, se vieron obligados a descubrir la palabra substancia, para que sirviera de soporte a los accidentes. Si al pobre filósofo hindú (que imaginaba que la Tierra también necesitaba un apoyo) se le hubiera ocu rrido esta palabra de substancia, no se habría visto en el apuro de buscar a un elefante para sostener la Tierra, y a una tortuga para sostener a su elefante. La palabra substancia le habría servido cumplidamente para el efecto. 

Y quien preguntara qué es lo que sostiene la Tierra, debería mostrarse tan satisfecho de la respuesta de un filósofo hindú que le dijera que es la substancia, sin saber qué cosa es, como nosotros nos mostramos satisfe chos con la respuesta y buena doctrina de nuestros filósofos europeos, cuando nos dicen que la substancia, sin saber qué cosa es, es aquello que sostiene a los accidentes. De la substancia, pues, no tenemos ninguna idea de lo que sea, y sólo tenemos una idea confusa y obscura de lo que hace.1 Esta objeción se apoya en la posición empirista de Locke: este filósofo rechaza la postura cartesiana y spinoziana de que la filosofía debe tener fun damentos metafísicos que todo ser racional puede conocer al meditar por sí solo. Más bien, el inglés considera que todo el material de nuestro cono 1 Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, II, 13, 19, p. 154. cimiento nos viene, o bien, de la percepción sensible, o bien, de la intros pección. 

A partir de los problemas del conocimiento desencadenados por la duda metódica cartesiana —que plantea la separación entre nuestras ideas y sus objetos—, Locke se pregunta por los fundamentos, la certeza y la ex tensión del conocimiento humano.2 Considera que no se puede profundizar en filosofía si antes no se examinan los objetos y capacidades del entendi miento humano. No hacer esto sólo lleva a que los seres humanos dediquen frecuentemente sus energías intelectuales para abordar problemas que su entendimiento no puede resolver. En este caso particular, Locke acepta el dualismo cartesiano entre entendimiento y mundo físico, pero rechaza que podamos tener un conocimiento claro y distinto de estas realidades, pues de éstas no podemos tener percepciones y, por tanto, no podemos formarnos ideas simples. Por eso pretender lo contrario conduce al escepticismo, el pro blema que el Locke del Ensayo busca evitar. 

Por el contrario, continúa el filó sofo inglés con que, si el conocimiento se dedica a lo que sí puede conocer, hará progresos y el escepticismo tendrá menos fúerza. Como muestra la metáfora del filósofo hindú, el concepto de sustancia sería un concepto oscuro que se utiliza para pretender evitar una regresión al infinito sobre el soporte de lo que vemos y tocamos; pero Locke mira esa regresión como una abstracción de lo que nos rodea —por ejemplo, de este papel y de estas manos— hasta postular un soporte común a todo lo que vemos y tocamos. 

Como Locke rechaza la existencia de ideas innatas, no podemos aceptar que tenemos una idea innata de ese soporte —como pretendía Descartes— sino que, si existe tal soporte, deberíamos de poder tener una idea simple suya, sea de sensación o de los sentidos, por ejemplo. Tanto Descartes como Locke aceptarían que es imposible que los sentidos nos den ideas “directas” de las sustancias, pero por razones distintas: Descartes considera que las representaciones dadas por nuestros sentidos son modos de la sustancia, no la sustancia misma; en cambio, Locke acepta que la extensión corpórea, la figura, el movimiento y el reposo son ideas simples de sensación, en las que cooperan vista y tacto.3 El empirismo lockeano resulta, entre otras cuestiones que no tratare mos en esta breve introducción, del interés de la época por identificar 2 Cf. ibid., I, 2. 3 Ibid., II, 3, 1, pp. 99-100. [11] ciertas regularidades en la naturaleza (inercia, gravedad de los cuerpos, transferencia de movimiento y fuerza, etcétera), así como de su capacidad de divulgar la manera de conducir experiencias para reproducir los resultados. 

La demostración pasa a ser no sólo un medio mental o en papel, sino que se trata también de un medio comunicable y reproducible por otros. Estos medios permiten a los filósofos modernos corroborar que la naturaleza no es una entidad azarosa e incognoscible, sino que se trata de un ámbito conocido por medio de la aplicación de las matemáticas y del álgebra y, a la vez, reproducible, con correspondencia entre lo que se encuentra en el papel y lo que sucede con los objetos externos. Éstos se pre sentan, desde la perspectiva de su geometrización, como objetos inertes que no actúan por sí solos, sino que requieren de la causalidad eficiente externa para ser. 

A pesar de lo anterior, no se puede decir que Locke supera el concepto de sustancia, ni que muestra su inutilidad. En efecto, pues ante este ámbito de la naturaleza, surgen dos preguntas fundamentales para todos los filósofos modernos: por una parte, ¿cuál es el estatuto metafísico de las leyes de la naturaleza, de esos principios que explican y predicen la regularidad de los cuerpos? Por otra parte, ¿cuál es el estatuto de los seres humanos en relación con esas leyes (y los cuerpos que explican)? ¿Acaso los seres hu manos son entes naturales más que cohabitan en la naturaleza, que siguen las mismas leyes con que pensamos a los entes naturales? O bien, ¿los seres humanos forman un ámbito propio y distinto al de los entes naturales? Es decir, ¿sólo hay naturaleza de los cuerpos o hay otra realidad pensante que otorga identidad? 

Los filósofos no recurren al concepto de sustancia sólo en el ámbito metafísico ni en el epistemológico, sino también en el ámbito práctico, es decir, en la ética y en la filosofía política como asidero de la identidad personal. El concepto de sustancia de Spinoza a Hegel El presente libro llena el vacío de un estudio de la filosofía moderna centra do en el concepto de sustancia al conjuntar dieciséis artículos solicitados ex profeso a especialistas para comprender las discusiones y propuestas conceptuales que hicieron los siguientes filósofos: Benedictas de Spinoza, John Locke, Leibniz, Geroge Berkeley, David Hume, Immanuel Kant y G. W. F. Hegel. Debido al distinto interés, extensión y relevancia otorgada al concepto de sustancia por cada uno de estos autores, algunos filósofos son tratados en más de un artículo. 

La Ética de Spinoza enfrenta el problema de explicar tanto la comuni dad como la diferencia de los modos y, entre ellos, a los seres humanos. En el artículo “Sustancia, inmanencia e individualidad en la Ética de Spinoza”, Luis Ramos-Alarcón argumenta que la causalidad inmanente —aquella que afirma que la causa permanece en el efecto— permite que la meta física y epistemología spinozianas conciban una naturaleza libre de toda determinación extrínseca a ella misma. Con ello, no se estima la realidad de una cosa existente por medio de un criterio extrínseco a la cosa misma (por ejemplo, un ideal moral o la instrumentalización de nuestro deseo), sino por medio de la realización de la causa inmanente como el esfuerzo por perseverar en su propio ser o, lo que es lo mismo, de una determinada proporción de movimiento y de reposo. 

Se trata de la individualidad como parte de la Facies Totius Universi, esto es, la extensión como naturaleza naturada. Spinoza no busca la pérdida de la individualidad, sino su funda- mentación racional en la causalidad inmanente. La metafísica spinoziana identifica a la única sustancia con la naturaleza, pero no con el universo de cuerpos, por lo que no podemos decir que la sustancia sea una totalidad, ni siquiera un individuo. Luciano Espinosa, en el artículo “Sustancia y orden en Spinoza: la praxis perspectivista de la razón”, estudia que la oposición radical de Spinoza al antropomorfismo implica alguna clase de indeterminación en el conoci miento de la sustancia, así como que el ser humano ignore qué sea el orden común de la naturaleza. 

Estas cuestiones conllevan un inevitable perspec- tivismo: a) la razón logra la verdad pero, al mismo tiempo, eso significa adoptar un punto de vista acorde con la naturaleza humana y su posición en el universo; b) es necesario rectificar las valoraciones usuales hechas desde los hábitos de la razón; c) es muy importante para la vida cotidiana considerar los hechos como posibles, y d) las relaciones entre la sustancia y las cosas singulares son establecidas por las nociones comunes y, sobre todo, por la intuición. María Luisa de la Cámara, en el artículo “Los corresponsales de Spino za y el problema de la sustancia (1661-1665)”, trata las dificultades de los corresponsales de Spinoza ante su noción de sustancia, sustancia única y dinámica.

 Las relaciones que los corresponsales mantienen con el filóso fo son más o menos formales: adversarios como Blijenberg, amigos como Meyer y Simón de Vries, así como intelectuales curiosos como Oldenburg. Todos ellos le escriben entre 1661 y 1665 para comunicarle su desconcierto ante una categoría que les cuesta reconocer. Sin embargo, el tema de la sus tancia no es una cuestión de ontología pura: los destinatarios esperan una respuesta a sus dificultades que entrelazan cuestiones ontológicas, lógicas, re ligiosas y éticas acerca de la sustancia. Las respuestas de Spinoza integran una doctrina congruente con sus otros escritos, y proporciona a los prime ros críticos de su metafísica un material para sus refutaciones. A pesar del carácter fundacional del concepto de sustancia al inicio de la Ética demostrada según el orden geométrico de Spinoza, sus menciones pier den relevancia hasta desaparecer a lo largo del texto. 

En el artículo “La sus tancia spinozista: ¿el marco de un programa ético?”, Diana Cohén muestra que esta pérdida se debe a que, conforme el texto se acerca al objetivo ético del programa spinozista, la relevancia del concepto de sustancia es transferi da a la realidad modal. Cohén muestra que este objetivo es propuesto desde la segunda parte de la obra, en donde el filósofo neerlandés declara que se ocupará “de aquellas cosas que pueden conducirnos, como de la mano, al conocimiento del alma humana y de su suma beatitud”. El artículo defiende que el programa ético spinozista adquirirá su sentido más acabado en las últimas partes de la obra, en donde la salvación es amor intelectual de Dios y liberación del alma. Cohén expone que se trata de la comprensión de un Dios que se expresa, sin premios ni castigos, en las leyes de la naturaleza. 

Por su parte, en el artículo “Sobre la idea de sustancia en John Locke”, Carmen Silva analiza tres lecturas que han sido realizadas por filósofos contemporáneos sobre la crítica lockeana al concepto de sustancia: pri mero, una lectura crítica que reprueba la idea general de sustancia, por tener una naturaleza ininteligible, confusa y oscura. Segundo, una lectura positiva o constructiva que considera las ideas de clases de sustancias y evita la idea general de sustancia (principalmente el de la existencia de un sustrato incognoscible). Tercero, otra lectura positiva que considera el contexto intelectual de Locke para discutir el papel que una idea de sus tancia debería de cumplir. 

El artículo de Daniel Garber, “Leibniz y el debate sobre la sustancia”, critica que los comentaristas de Leibniz tienden a centrarse en las mónadas y encontrar en éstas las doctrinas centrales sobre la filosofía en general, así como sobre la doctrina de la sustancia en particular. Pero este artículo muestra que la teoría de las mónadas pertenece a la última etapa filosófica del alemán. Asimismo, ofrece una perspectiva más completa porque pone atención en la sustancia corpórea en la época media del filósofo alemán. La perspectiva de la sustancia y la mónada tienen mucho en común: al estu diar la teoría de la sustancia corpórea de Leibniz en lugar de las mónadas, se muestra la relevancia de las ideas de unidad y actividad. Así, sustancia corpórea y mónadas son dos formas de trabajar un mismo compromiso filosófico por un mundo de unidades activas reales. Para Garber, esto es el verdadero corazón de la idea de sustancia en Leibniz. 

El artículo de Leonardo Ruiz, “Leibniz: sustancia, expresión y fenómeno. El monadismo leibnizano y la correspondencia con Des Bosses”, aunque se centra en la tercera y última etapa de su obra, considera que en sus tres etapas buscó aclarar los “requisitos” o condiciones de posibilidad que dan razón de los fenómenos. Este artículo propone una solución a las aporías sobre la sustancialidad o no sustancialidad de los cuerpos orgánicos; en particular, a reconciliar la explicación de la realidad material en general por la difusión de la fuerza pasiva y la fuerza activa de las mónadas, con el hecho de que parece haber mónadas relacionadas con cierto cuerpo. 

A partir del apoyo en diversos textos leibnizanos y de sus cartas con Des Bosses, Ruiz muestra que Leibniz intenta ampliar su sistema para dar respuesta a nuevos problemas, como el del cuerpo orgánico, sin abandonar su sistema monadológico. El artículo de Luis Antonio Velasco, “La sustancia individual en Leibniz”, presenta la idea leibnizana de “orden” aparecida en su Discuros de metafísica, en el año de 1686, como centro de su pensamiento metafísico en su última etapa, en lugar de las ideas de sustancia, mente, alma, universo o armonía. Para este autor, la noción de sustancia individual emerge como una idea co lateral sin la cual el sistema leibnizano no podría ser pensado. 

En el artículo “Berkeley y la sustancia espiritual”, Alberto Luis López analiza el concepto de sustancia en la obra del filósofo irlandés George Ber keley. Para ello estudia primero cómo se fue configurando dicho concepto, y qué papel cumplió en la obra no publicada de los Comentarios filosóficos, es decir, en la etapa de juventud del irlandés. Después analiza el concepto en el Tratado sobre los principios del conocimiento humano, obra donde ya aparece la versión definitiva del mismo, tal y como Berkeley lo concibió en su filosofía inmaterialista. Luis López arguye que a pesar de que los Co mentarios muestran diversas concepciones, incluso contradictorias, sobre lo que sea el espíritu o sustancia espiritual, ya se vislumbra en ellos la no ción definitiva que Berkeley desarrolló posteriormente en su Tratado. El artículo de Sébastien Charles, “Actividad y pasividad en Berkeley”, continúa con el estudio del concepto de sustancia pensante en el filósofo irlandés. Defiende que el inmaterialismo de Berkeley es sostenido por una ontología de grados de ser y de dependencia que recuerda al neoplatonis mo.

 Esta ontología permite la atribución paradójica al espíritu humano de dos modalidades del ser bastante diferentes y que deben ser pensadas bajo una relación más vertical que horizontal: un espíritu podrá ser más o me nos activo, pero nunca dejará de ser activo, mientras que una idea puede ser más o menos pasiva, pero nunca dejará de ser pasiva. El artículo de Hazel Castro Chavarria, “La idea de una ‘mente singu lar en Hume: el qué o quién ejecuta las actividades propias de una vida mental”, estudia la tesis humeana del Tratado de la naturaleza humana que sostiene que el ‘yo’ no es más que un haz de percepciones. Dicho ‘haz’ pue de, según Hume, llevar a cabo actividades mentales como, por ejemplo, atribuir identidad. Sin embargo, llama la atención que un mero ‘haz de percepciones’ —que sólo consiste en una multiplicidad de percepciones- pueda ejecutar un acto mental. El problema es que si el ‘yo’ sólo consiste en una ‘colección de percepciones, entonces ¿‘qué o quién es el que realiza las actividades propias de una vida mental? Esta discusión ha sido inter pretada en Hume desde la perspectiva trascendental kantiana, es decir, en términos de una autoconciencia o apercepción que representara aquella unidad siempre idéntica a sí misma. 

Pero este artículo plantea que ésta no es la perspectiva humeana, aunque esto no lo salve de problemas. En el artículo “Sobre la existencia de las percepciones en el pensamiento de Hume”, Mario Chávez Tortolero analiza la teoría de las ideas de Hume como una ontología alternativa. Chávez considera que Hume busca un criterio del conocimiento humano y del comportamiento moral que dis cute con conceptos fundamentales de la tradición filosófica, como los de sustancia e identidad personal. En este sentido, el autor muestra que las críticas humeanas tienen el objetivo de promover un punto medio entre el sentido común y el sentido filosófico de la vida, la verdad y la moralidad.

 En el desarrollo de esta interpretación, el artículo expone las clasificaciones de las percepciones, en tanto que existencias independientes y fundamen tales en la epistemología humeana. Posteriormente, expone los elementos de la subjetividad intermitente que se pueden derivar de ellas. Finalmente, considera las invenciones de la imaginación no como una facultad de re presentación entre otras, sino como una sustancia entre sustancias. En el artículo “Un salvavidas de plomo. La pesada herencia sustancialis- ta en la filosofía moderna”, Leiser Madanes estudia las dos actitudes opuestas que caracterizan la filosofía moderna durante los siglos xvn y xvm. Por un lado, algunos pensadores defienden que el universo es en principio perfec tamente comprensible y transparente a la razón, pues pretenden que nada sucede sin una razón de su existencia. Para estos autores, una de las tareas fundamentales del filósofo será describir cómo debe ser el mundo para que satisfaga este supuesto de que sea transparente a nuestro entendimiento. 

 Por otro lado, con Hume y Rousseau como exponentes, hay una actitud opuesta a este optimismo racionalista que rechaza una razón necesaria que explique la existencia en general, como tampoco lo hay para explicar la existencia de una cosa en particular, pues más bien lo contrario no es con tradicción sino posibilidad. Madanes termina el artículo con el desarrollo de este postura en Nozick y Rescher. Julián Carvajal, en el artículo “La sustancia en la ontología crítica de Kant”, analiza el tema de la sustancia en el marco de la ontología crítica entendida como una analítica del entendimiento puro, que descompone la capacidad del entendimiento para descubrir los conceptos fundamen tales y los primeros principios de todos nuestros conocimientos a priori. Carvajal desarrolla la exposición en cuatro apartados:

 1) Líneas generales de la concepción kantiana de la ontología; 2) La sustancia como una de las categorías del entendimiento, indagando su origen a priori y su uso empí rico; 3) El esquema trascendental de sustancia como condición necesaria para su aplicación a la intuición sensible, y 4) La sustancia como uno de los principios puros del entendimiento que determinan a priori la referencia del discurso al objeto, esto es, la estructura de la objetividad. Por su parte, el artículo de Maximiliano Hernández Marcos, titulado “‘d e nobis ipsis silem us’. El desencantamiento kantiano del alma: de sus tancia a sujeto moral”, expone la ruptura kantiana con el cartesianismo moderno, para dar un sentido exclusivamente práctico a la noción de es píritu. Para ello, el artículo expone que cuando Kant disuelve el concepto metafísico de alma o espíritu en la noción práctica de sujeto moral, este giro crítico tiene como presupuesto la reducción del uso teórico u ontológi co tradicional de la categoría de sustancia al ámbito fenoménico del mundo externo y el rechazo correspondiente de la psicología racional, por el cual se negaba al Sujeto pensante el carácter de sustancia espiritual. Este libro culmina con el artículo de Sergio Pérez-Cortés, “G. W. F. He gel, la categoría de sustancia”, donde se examina la categoría de sustancia dentro de la lógica de Hegel y muestra su vínculo con el propósito funda mental de esta filosofía, que es pensar la realidad efectiva. Para ello, consi dera el programa metafísico de Hegel sin el cual el propósito de la deduc ción lógica de categorías resulta difícilmente comprensible. El texto sigue paso a paso el desarrollo de la lógica en la sección llamada realidad efectiva. Por último, el lector encontrará una serie de herramientas útiles para profundizar en los análisis y discusiones entre los principales filósofos modernos en torno al concepto de sustancia. Una lista de abreviaturas que permite identificar las obras filosóficas más citadas en este libro. 

Una biblio grafía especializada en el concepto de sustancia que permitirá no sólo tener la referencia completa de los libros citados en los distintos artículos, sino identificar otras obras relevantes para la discusión sobre el concepto de sustancia desde Ficino a Hegel. Un índice de autores que permitirá buscar en qué páginas son tratados los autores que le interesan. Un índice de con ceptos que permitirá buscar de manera más sencilla aquellos conceptos más tratados en los distintos artículos del libro. Esta obra busca ofrecer más herramientas para entablar un diálogo tanto entre los especialistas hispanoamericanos sobre filosofía moderna, como con estudiantes y público en general que se interesen por compren der las fuentes de los conceptos, problemas y argumentos filosóficos que hoy en día dirigen nuestro pensamiento. Lista de abreviaturas La abreviatura es puesta en la primera columna, mientras que el título completo en la segunda columna. An. Post. Fís. Met. D escartes AT Meditaciones Principios CF, Comentarios Principios Hegel W Lógica Fenomenología Enciclopedia Analíticos Posteriores Física Metafísica Adam & Tannery, Meditaciones Metafísicas Principios de la Filosofa Comentarios Filosóficos Tratado sobre los principios del conocimiento humano Werke Ciencia de la Lógica Fenomenología del Espíritu [ 19] Enciclopedia de la Ciencias Filosóficas Hume THN, Tratado EHU Dialogues [ 20 ] Kant KvR AA Leibn iz A = G = GM = Grúa = Discurso De originatione Locke Ensayo Un Tratado sobre la Naturaleza Humana AnEnquiry Concerning Human Understanding Dialogues Concerning Natural Religión Crítica de la razón pura Kants gesammelte Schriften Samtliche Schriften und Briefe (ed. Deutsche Akademie der Wissenschaften zu Berlín), Akade mie-Verlag, Darmstadt/Leipzig/Berlin, 1923-. Die philosophischen Schriften von Gottfried Wilhelm Leibniz (ed. C.I. Gerhardt), 7 vols., Georg Olms, Hildesheim, 1978. Leibniz Mathematische Schriften (ed. C. I. Gerhardt), 7 vols. Georg Olms, Hildesheim, 1971. Textesinéditsdaprés des manuscrits de la Bibliothéqueprovincialed’Hanovre (ed. Gastón Grúa), 2 vols., París, Presses Universitaires de France, 1948. L. Couturat, Hildesheim: Georg Olms, 1961. Discurso de Metafísica Acerca de la origine radical de las cosas Ensayo sobre el Entendimiento Humano S pin o za CM E Ep KV TIE TTP Pensamientos metafísicos Ética Epistolario, Núm. de carta Tratado Breve Tratado de la reforma del entendimiento Tratado Teológico Político [ 21 ]

martes, 10 de febrero de 2026

Hartmut Leppin Teodosio FRAGMENTO



 Prefacio 

Dada la actual situación de la investigación, una nueva biogra fía de Teodosio no necesita justificación. Mi decisión por enfren tarme al desafío de esta tarea es una respuesta a las sugerencias de mi colega de Fráncfort, Manfred Clauss, que ha dado impulso a mis tra bajos bajo todos sus aspectos, los grandes y los pequeños, y por encima de todas las diferencias en lo referente al contenido. Martina Erdmann me ha asesorado en el manuscrito y, con una impresio nante dedicación personal, lo ha enriquecido con numerosas propuestas de mejora. Nicole Strobel ha llevado adelante el trabajo con energía en una difícil situación. Han prestado eficaz ayuda en la búsqueda de ilustraciones Daniel Gejic y Helmut Schubert. Simone Eff, Manuela Kessler y René Meininger me han ahorrado el esfuerzo de varios trabajos rutinarios. No se ha intentado en este libro una aportación exhaustiva de datos sobre la bibliografía y las fuentes. Se ha renunciado asimismo, en la medida de lo posible, a discusiones pormenorizadas en las notas sobre temas concretos. 

Por lo que respecta a las notas que se han mantenido y que pretenden prestar ayuda a los interesados especia lizados, he utilizado las abreviaturas habituales en esta disciplina. Me ha parecido una pérdida de tiempo intentar la uniformidad en la transcripción de las formas nominales griegas. Los nombres de las personas que desarrollaron actividades intelectuales se dan prefe rentemente en griego, los de las consagradas a actividades políticas en latín. En los casos dudosos he seguido el criterio que, en cada caso, me ha parecido más adecuado. Dedico este libro a mi padre, que despertó en mí, desde fechas tempranas, el amor por la historia. Hartmut Leppin Nieder-Erlenbach Nota del traductor En esta versión española se aceptan las grafías de los nombres per sonales y de los topónimos ya admitidos como propias del idioma en la literatura general, así como las derivadas de ellas por procesos lingüís ticos basados en evidentes analogías. 

Aun así, se dan en el castellano, como ocurre en el original alemán, algunos pocos casos en los que existe un margen para la opción personal. La identificación de personas y luga res es siempre, de todas formas, sencilla e inequívoca. Prólogo Aquel invierno, una opaca niebla se había abatido sobre la llanura del Po durante muchos días. El tiempo cuadraba bien con la ocasión, que había congregado a soldados romanos, ciudadanos corrientes y la corte imperial, aquel 25 de febrero del año 395, en una iglesia de Milán: Teodosio, el emperador que acababa de derrotar a un usurpador, el hombre que había ejercido el dominio sobre todo el Imperio Romano, desde la frontera oriental hasta el Océano, aquel Teodosio que había alcanzado su última victoria enteramente bajo el signo de la cruz, había muerto.1 ¿Qué ideas cruzaban por las mentes de los asistentes? 

A Hono rio, el hijo del emperador, de diez años de edad, se le permitió tomar asiento junto al altar, una distinción honorífica para cualquiera que no perteneciera al clero. Aquel niño ostentaba ya el título de augustus y estaba destinado a ser el emperador de Occidente, mientras que su hermano mayor, Arcadio, que tenía su residencia en Constantinopla, sería el emperador de Oriente. ¿Pensaba Honorio en la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, o dirigía más bien sus pensamientos, mientras estallaba en sollozos durante el sermón del obispo, al padre que había perdido? Tal vez algunas miradas oblicuas se deslizaban hacia Estilicón, un militar de origen germano, que sabía desenvolverse con gran soltura en la'atmósfera romana y formaba, sin duda, parte de la comitiva fúnebre. Era, en aquel momento y en aquel lugar, el hombre más poderoso, como esposo de la hija adoptiva del emperador y como tutor de Honorio. 

Se hallaban tam bién allí, probablemente, los cónsules del año, Olibrio y Probino, descendientes de una de las más distinguidas familias romanas, aun que privados de poder real. Debían a Teodosio su ascenso al alto cargo. ¿Dispensarían los próximos soberanos un trato tan amistoso a los senadores? Pronunciaba la oración fúnebre -algo todavía inusual en aquellos círculos- un obispo, el célebre Ambrosio. Situó en el centro de su discurso sus relaciones personales con Teodosio y demostró su capa 12 I Teodosio cidad retórica cuando citó repetidas veces la expresión «he amado» que había sido leída en el salmo durante el oficio litúrgico: He amado al hombre compasivo, humilde en su poder y de corazón puro... He amado al hombre que, al final de sus días, con sus últimas fuerzas, me hizo llamar. He amado al hombre que, cuando se debilitó su cuerpo, se preocupaba más por la situación de la Iglesia que por sus propias aflicciones. 

Le he amado, lo confieso, y por eso el dolor ha penetrado hasta lo más profundo de mi corazón.2 Todos los presentes lo sabían, las relaciones entre el obispo y el emperador habían sido de hecho tensas e incluso durante cierto tiempo estuvieron rotas. Todavía pocas semanas antes, Teodosio había dejado sentir al obispo las secuelas de su irritación. Y, sin embargo, Ambrosio supo difundir la imagen de un emperador cristiano incansable, promotor de la verdadera fe en armonía con los verdaderos obispos y, sobre todo, en concordancia con él mismo. El camino trazado por Ambrosio hizo que, al cabo de poco tiempo, la Iglesia viera en el fallecido a Teodosio el Grande. Pero ¿mereció verdaderamente el calificativo? Una mirada más atenta descubre en su vida debilidades y carencias. 

Tuvo con frecuencia fallos personales, aunque luego la buena suerte acudió en su ayuda. Su fe era firme, pero era más firme aún su conciencia del poder, y se tiene a menudo la impresión de que puso a la Iglesia al ser vicio de sus intereses. En todo caso, ésta es la imagen que se obtiene del emperador a través de lo que se dirá en las páginas que siguen.

lunes, 9 de febrero de 2026

W. B. Stanford El tema de Ulises Edición de Alfonso Silván Traducción de B. Afton Beattie y Alfonso Silván Madrid 2013

 


Nඈඍൺ ൺ අൺ ඉඋൾඌൾඇඍൾ ൾൽංർංඬඇ La elección de El tema de Ulises como uno de los títulos inauguradores de la nueva serie Monografías, en la colección Clásicos Dykinson, que se propone mantener como una de sus líneas más definidas el tratamiento de aspectos fundamentales de teoría y de instrumentación de la Literatura comparada, no ha sido difícil. Apenas existe un repertorio bibliográfico sobre el personaje de ficción más versátil y, probablemente por ello, más fértil a lo largo de toda la literatura occidental en la que no aparezca como referencia inexcusable este trabajo de William Bedell Stanford (1910-1984), profesor del Trinity College de Dublín y editor de la Odisea homérica. No tenemos noticia de que esté traducida a otras lenguas la obra que ahora ofrecemos, cuya primera edición data de 1954 y de 1968 la reimpresión revisada de la segunda (1963), y tampoco conocemos las razones concretas que expliquen la tardanza en aparecer en la nuestra, pero quizás sea la gran variedad de registros lingüísticos y la abundancia de citas, no siempre de fácil localización, procedentes de las diversas lenguas en las que reaparece el tema de Ulises, lo que ha disuadido al traductor a la hora de emprender su complicada labor, si quería tener siempre en cuenta el original y no sólo el inglés cuando se ofrece como mediador, como lógicamente sucede en el trabajo del profesor Stanford. En él se refleja y se estudia una tradición que abarca desde el griego antiguo (Homero) al moderno (Kazantzakis), desde el latín (Virgilio) a la mayoría de las lenguas romances (Dante, Calderón, Giraudoux), del inglés medieval al más atrevido del siglo XX (Joyce), y con representaciones nada desdeñables en alemán. Aunque podríamos haber ofrecido la traducción directa de los pasajes colacionados, nuestra opción ha consistido en elegir prioritariamente la traducción de la mayoría de los mismos entre las más acreditadas existentes en español, con un doble fin: facilitar su identificación y localización (en los casos de Joyce y Kazantzakis, p. ej., consignamos el número de página en la edición española elegida o de los versos sin que se ofrezca ninguna indicación semejante en el original del estudio) e invitar con ello al lector a la posible ampliación del contexto, dado que el estímulo a la profundización en la lectura y al ejercicio de la comparación es una de las principales virtudes de este libro. Ésta ha sido la mejor forma de integrarlo en nuestra tradición culta que se nos ha ocurrido. En estos casos la autoría de la traducción queda oportunamente señalada mediante una llamada con asterisco, que tendrá el valor, siempre que aparezca, de una nota del traductor o del editor.

En caso de no disponer de traducción en español, o de no considerarse la ampliación del contexto tan útil, la traducción de la cita siempre se ha realizado a partir de la lengua original de la fuente, aunque en nuestro libro apareciera sólo en su traducción al inglés. Un ejemplo aclaratorio puede ser el que se refiere al autor griego Nikos Kazantzakis. Para el comentario de su monumental Odisea recurre Stanford (vid. n. 19 del cap. XV), ya se trate de versos o de resúmenes, ya de algunos comentarios del escritor cretense, a la ayuda de R. Levesque, G. Savidis y otros que contribuyeron a la recepción muy favorable de la obra moderna griega en el ámbito anglosajón, cuyo punto culminante fue la publicación en 1958 de la traducción del poema al inglés por K. Friar, reseñada por el propio Stanford (vid. nuestra Actualización bibliográfica) y que sin duda se tuvo en cuenta en la revisión del estudio incluido en el capítulo XV para la segunda edición en 1963 de este libro. Nosotros hemos utilizado la traducción del poema épico kazantzaquiano al español del gran neohelenista chileno Miguel Castillo Didier, recordando también sus palabras en los resúmenes, mientras que los relativamente amplios comentarios del propio poeta sobre su obra, recogidos, por lo pronto, en griego moderno en una conocida revista, los hemos traducido directamente de esta lengua. Sí hemos respetado el criterio de dejar sin traducir los textos breves en lenguas familiares como el latín, el francés y el italiano, en los casos en que tampoco se hacía al inglés, aunque nos hemos decidido a hacerlo a pie de página cuando se trataba de textos más extensos o del alemán, una lengua más distante para nosotros que para los anglosajones, siendo que además no hemos encontrado traducción aceptable en español de las obras concretas de Goethe y de Hauptmann de las que proceden los pasajes elegidos. La edición de la que hemos partido para traducir y llevar a cabo la nuestra es la segunda, con los apéndices añadidos (Oxford, Basil Blakwell, 1963 [1954]), revisada por última vez y reimpresa en 1968 (Ann Arbor, Michigan University Press) y finalmente reeditada por Spring Publications (Dallas) en 1992; este último libro es el que hemos manejado, aunque hemos prescindido del prólogo introducido por un crítico de última hora (obviamente sin aprobación ni opción a réplica por parte del autor, desaparecido unos pocos años antes) al no considerarlo pertinente en nuestra edición en español. El lector encontrará la referencia en la Actualización bibliográfica que hemos añadido. Pero si se decide a leer el prólogo de Ch. Boer al que aludimos es recomendable que al menos lea, entre otras muchas posibilidades, los planteamientos serenos y bien fundamentados, sin sectarismo, por tener en cuenta muchas y variadas opiniones, de R. Friedrich (2011) y de S. Montiglio (2012) en lo que se refiere a la polaridad héroe / villano en la caracterización temprana de Odiseo; o la reflexión más amplia sobre el mito, por atender como el de Stanford a su evolución a lo largo de la literatura occidental, de B. Seidenstiker (2001) o de P. Boitani (1992), que cuenta con edición en español (2001). En todas ellas hay referencias al libro del profesor irlandés.

En el breve prefacio de 1968, como puede comprobarse, W. B. Stanford mencionaba la ampliación de la bibliografía adicional que había llevado a cabo, algo que nosotros hemos interpretado como un encargo para posteriores ediciones de su obra. Por ello nos hemos decidido también a añadir en la nuestra una Actualización bibliográfica con la intención de invitar al lector que lo desee a descubrir otras líneas de orientación, compatibles en todo caso con las abiertas en este libro siempre excitante en una aventura refractaria por naturaleza a su conclusión. Resta decir que compartir la tarea de traducción en un libro de este tenor con la compañera de una vida, Afton Beattie, a quien le tocó entendérselas con lo fundamental del inglés por ser su lengua materna, llevaba consigo cierta dosis de ironía, que se ha visto superada con creces, a lo largo de la experiencia, por la de hermosura. Agradecemos la ayuda prestada en la revisión de nuestro texto a José Manuel García Lamas, Daniel López- Cañete y Manuel Pérez López. Alfonso Silván Almorox, 1 de enero de 2013.

domingo, 8 de febrero de 2026

TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS SANTIAGO BARREIRO FRAGMENTO.

 


TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS PRESENTACIÓN 

 La literatura nórdica de la Edad Media ha sido, durante largo tiempo, un terreno prácticamente ignoto para la mayoría de los hispanohablantes (incluyendo el público académico especializado). Se trata de una producción que, como muy bien señala Santiago Barreiro en su estudio preliminar, sólo se comprende en un contexto específico de elaboración y difusión, cuyo conocimiento resulta indispensable para entender los alcances y características de esos escritos. En ese marco, además, el caso islandés resulta aún más desconocido, en comparación a las obras contemporáneas procedentes de Escandinavia (que hantenido algunas traducciones al español desde mediados del siglo XX). Todas estas razones llevan a ponderar muy favorablemente el libro que tenemos en nuestras manos, compilación que permite acercarnos a testimonios literarios de una gran riqueza y que abre nuevos caminos a la investigación especializada. 

 Precisamente, la necesidad de llevar a cabo una adecuada inserción de tales obras en la época en la que fueron redactadas y los objetivos que (deliberadamente o no) se buscaron imponer a través de ellas ha llevado a Barreiro a ofrecernos un excelente estudio introductorio a estos relatos. En él, en primer término, nos brinda un panorama detallado de la historia de Islandia en la Edad Media y sus particulares signos de identidad regional. Gracias a tal panorama, conocemos la vida de los colonos que habitaron la isla (procedentes en su mayoría del continente o de 11 TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS las islas británicas) y sus difíciles condiciones de vida. Agrupados en diversas asambleas de hombres libres, ellos supieron adaptara la realidad local muchas de las instituciones importadas de Noruega, creando un sistema flexible de jefatura y un esquema político que alternaba la aplicación de la ley y la pervivencia de la costumbre. 

Ese cuerpo social luego se alteraría con la llegada del cristianismo, que también tuvo que adaptarse a esos marcos de convivencia, creando un cuadro religioso muy original, en el que se mezclan dogmas católicos con creencias ancestrales. Toda esa atrayente configuración social se vio plasmada en las sagas (el género literario por excelencia de la literatura nórdica), que nos brindan un panorama obviamente subjetivo (en la medida en que son producto consciente de uno o más autores) pero que también reflejan la realidad histórica del tiempo en que fueron compuestas. Textos que van desde el retrato de los grandes personajes a productos destinados exclusivamente al entretenimiento, tales sagas dan cuenta de actividades económicas, enfrentamientos, formas de resolución de conflictos, grupos sociales, ideologías y un largo listado de otros temas, todos ellos muy bien señalados por Barreiro en dicho estudio preliminar. De igual manera, él consigna los distintos tipos de sagas existentes, sus notas particulares y sus propósitos, en un recorrido específico pero, a la vez, de fácil lectura para un público no especializado. Traducidos directamente del nórdico antiguo (que el editor entiende muy próximo al islandés actual), el primero de los textos ofrecidos en esta compilación (la Saga de Þórir) nos narra las peripecias que rodearon el enfrentamiento entre un rico 12 TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS buhonero (que da nombre al relato) y un granjero islandés. Arquetipos clásicos, Pórir simboliza la codicia y el afán de lucro, frente a sus rivales campesinos (que demuestran el espíritu comunitario ideal, según el narrador). 

Por su parte, la Saga de Ǫlkofri (traducida por Nicolás Russo y Julián Valle) constituye una crítica al sistema de jefaturas vigente en la Islandia del siglo XIII, crítica encarnada en un comerciante menor y un héroe que acude en su ayuda. Por último, la compilación se cierra con un cuento breve y muy sugerente: la historia de Brandr, el generoso. Traducido con gran cuidado por Joaquín Conde y Alexis Elisandro, el relato subraya la superioridad ética de la sociedad islandesa frente al rey de Noruega, enfrentamiento centrado en algunos recursos simbólicos: un manto, un hacha y una túnica. 

 En tiempos en los que ese mundo nórdico medieval se ha puesto de moda (no siempre de manera fiable sino más bien recurriendo a estereotipos que no suelen tener sustento histórico), la posibilidad de acercarnos a la producción elaborada por esos hombres septentrionales, en sus propios términos y según sus propios criterios, es una herramienta fundamental para el conocimiento del pasado. Como toda labor de traducción, podría pensarse que ello conlleva una alteración de elementos (el famoso traduttore, traditore del refrán). Creo sinceramente que ese no fue el caso en este libro.

 Los distintos traductores que participaron en esta tarea, amplios conocedores de ese mundo escandinavo, se han preocupado por no alterar el espíritu de los relatos, manteniendo (en la medida de lo posible) la estructura gramatical de la narración y, sobre todo, insertando cada uno de 13 TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS los vocablos específicos en sus correspondientes cuadros semánticos. Por lo mismo, tales traducciones se ofrecen tanto a estudiosos como al público en general, que buscarán elementos sin dudas diferentes pero de igual interés. Por medio de este libro, la medievalística argentina dedicada al espacio nórdico ofrece un producto de su brillante trayectoria (que, sin dudas, alcanzará mayores logros en el futuro). 

 Con ello se demuestra asimismo que, por muy lejanas que sean en lo temporal y lo espacial, el estudio de las sociedades del pasado es un imperativo del presente, una necesidad para comprender el complejo mundo que nos rodea (más aún en un contexto de intercomunicación permanente). Estas traducciones nos aproximan, pues, a hombres concretos, deseosos de demostrar que su trabajo y esfuerzo merece ser recordado (trabajo y esfuerzo que, por lo demás, debemos agradecer a Santiago Barreiro y su equipo de colaboradores por permitir que todos aquellos que ignoramos las complejas lenguas nórdicas de la Edad Media podamos acceder a estos testimonios). ARIEL GUIANCE

sábado, 7 de febrero de 2026

EL VINCULO LOS REMBRANDTS LA ROSA DE CERNOBBIO MALLEA EDUARDO. PRÓLOGO.

 


PROLOGO

 La página de diario — escribía yo, hace poco, en el mío — me parece lograda cuando, aparte la corres pondiente temperatura, tiene el pulso, como si dijé ramos, del momento en que se hace. Las novelas del escritor argentino Eduardo Mollea (Bahía Blanca, 1903), en sus distintas líneas temáticas, podría consi derárselas fraternas, con todas las salvedades necesa rias, de los diarios íntimos, desde el momento que tie nen pulso y temperatura, y porque si necesitásemos partir, para entenderlas, de un enfoque inicial que abarcase todas ellas, descubriríamos que es la fatalidad íntima de un mundo lo que Mallea desarrolla y acre dita en cualquier caso, complicándonos con su tempe ratura y atrayéndonos con su ritmo interior. La posi ble historia, para el autor de Chaves, no es, como para el narrador superficial, el último objetivo, la meta pa cienzudamente reseñable del novelador detallista. 

Na rrar, según tiene demasiado acreditado uno de los novelistas más importantes de la América Latina, no es iluminar un tema repasándolo en sus menores de talles externos, sino partir de la penetración del mis mo hacia un entendimiento de la vida y el hombre cada vez más acendrado en la copiosa y variada obra de este escritor. Por lo pronto, Mallea sabe muy bien que el problema básico del novelista es convertir «his toria» en «mundo exclusivo». Y que, para familiari zarnos con ese mundo al que el escritor llega después de comprenderlo de la manera más apasionada, hay que arrebatar a la realidad determinados núcleos vivos de los que el novelista se enamora, con el fin — den tro de ese espacio en el cual resulta dueño absoluto — de acreditar como algo fascinante aquello que la tem peratura y el pulso literarios precisamente convierten en tema curiosamente único. Los Cuentos para una inglesa desesperada (1926) descubrieron en el principio de su carrera a un escri tor «moderno», vibrante, capaz de ejercitarse — y bri llar literariamente — con una destreza indiscutible. 

 Pero Mallea apenas había velado con este libro sus primeras armas. Del análisis de la evolución y psico logía de su país, así como del análisis personal rigu roso, surgió el meditador concienzudo que preside evi dentemente toda su obra. Las historias preferidas del escritor y la temática de sus importantes ensayos no podían ser motivos para «hacer literatura», que es en lo que en definitiva tantos «modernos» se han queda do, sino puntos de partida para desarrollar un talento herido profundamente por toda clase de problemas, consecuencia de esa actitud introspectiva, penitente que Eduardo Mallea ha acreditado en todos los géneros por él cultivados En su primera gran novela, Nocturno europeo (1935), original tan crítico como doliente, se inicia el tempo, pudiera escribirse, de una manera de sentir, más que de hacer, personalísima. 

Con el tra bajo autobiográfico Historia de una pasión argentina, Mallea adelanta lo que luego granará en su copiosa narrativa, (Fiesta en noviembre, La bahía del silencio, Todo verdor perecerá, Las águilas, El vínculo, La to rre, Simbad y otras posteriores) y a convertir en medi taciones narrativas y ensayísticas mucho más discuti das en su tierra argentina que por la crítica extranje ra. Las líneas de sus historias no pueden ser más dife rentes, enriqueciendo en principio el panorama crea dor del novelista. Pero la línea creacional — de gran calado poético aun en aquellas páginas que pudieran considerarse más realistas, más descriptivas en la obra del autor de El gajo de enebro (teatro para leer, como el escritor siempre ha deseado) —, protegida por las pretensiones del meditador a que se ha hecho referen cia, hace que la urdimbre creada por el literato, inten so y agudo, brinde en su mundo, como anteriormente anotábamos, no sólo la trama sobre la que la misma se teje, sino una serie de problemas, de atisbos, de su gerencias y de intenciones determinantes de esa carga sin la cual la novelística de Mallea no supondría todo lo que supone desde su inicio hasta su madurez. 

Cuando el realismo no es más que una enumeración de hechos y vidas, lo que consideramos novelista es más bien una especie de antropófago. Siempre que el realismo, sin embargo, aparte mágico en muchos mo mentos, sea un realismo meditativo, enriquecedor de sus temas por tanto, un escritor de la estatura mental de Eduardo Mallea tiene buen cuidado de no devorar aquello que, partiendo de una historia o conjunto de sucesos, se convierte en una novela, sino conseguir que las formas expresivas de la estructura literaria se rea licen en el desarrollo de la misma, poniendo en liber tad todas esas voces que se conciertan posteriormente en la pretensión del creador. 

El realista descarnado, para quien la vida puede reducirse a una especie de nómina, diseca la realidad sobre la que trabaja. Eduar do Mallea, meditando sobre una realidad a la que quie re generalmente tanto como le mortifica, enriquece la misma otorgándole, derivando de ella una dimensión particularísima en virtud de la cual, lo que en otras manos no pudo ser más que recuerdo en el mejor de los casos, se convierte en las suyas en potenciada, me ditada realidad. El mundo novelístico, en el realismo que hemos llamado antropofágico, se avergüenza de un vacío que solamente el interés de las peripecias di simula. 

En el mundo pastoso, denso, lozano de los aciertos mayores de la novelística malleana, el autor de El sayal y la púrpura — uno de sus mejores libros de ensayos — y de Travesías — anotaciones, apuntes de indiscutible agudeza — consigue que acción, vida e ideas se entrecrucen y consigan ese tejido tan carac terístico del argentino, sólo turbio para los esclavos de la turbiedad. Mallea, en consecuencia, como ha declarado re cientemente, quiere llegar «a una novela pensada como suma y término de esas experiencias extremas a que conduce la vida de cada cual en su última concentra ción, en las ideas representativas de lo más válido de cuanto pensó, vivió, halló cierto y encontró de descora- zonador o de estimulante, o de vano y menor de la na turaleza humana». Este escritor, para quien cada nue vo libro, como es natural, resulta siempre prólogo de su libro inmediato, nos autoriza a pensar que lo que ha hecho a lo largo de su obra no es ejercitarse como narrador en el desarrollo de un tema, sino de mostrar que el verdadero novelista, después de valer se de aquel que naturalmente elige como célula po sible, acredita, en vez de una destreza o meticulosi dad simplemente descriptivas, la calidad de ese abra zo entrañador que toda novela supone cuando los lí mites de su mundo acaban en el pecho cruzado de pro blemas del meditador. Los antropófagos, alejados de cualquier inquietud y con un corazón más bien pobre para entendernos, construyen el castillo de naipes de su novela muy lejos de la personalidad creadora a que extrañamente se debe, valiéndose nada más que de cierta habilidad expositiva.

 Eduardo Mallea. como pue de verse en el texto significativo que en la ocasión se publica, procura que su tensión íntima y los pro blemas que de antiguo preocupan a su espíritu vitali cen, como si dijéramos, la urdimbre narrativa sobre la cual, como es lógico, cobra cuerpo una novela. Con La barca de hielo ha iniciado un nuevo tríptico, pre tensión nada nueva en la obra considerable del ar gentino. Y, aparte poner en evidencia una mayor ten sión prosódica, una mayor lucidez en sus caracterís ticas construcciones, sigue, como no podía ser menos, abrazando con gran efusión historias, caracteres o cir cunstancias determinadas, injertando en ellas, en vez de explotar las mismas, todo el mund.o que convierte cualquier historia llamémosla objetiva en el mundo enriquecido, leal a un acento pero en absoluto escla vo de los límites reales, creado por el novelista.

 ¿Cuál es el vehículo eficaz, encarnador de todas ias pretensiones apuntadas...? La prosa de un escri tor, para quien semejante medio expresivo tiene que alcanzar la vigencia necesaria, teniendo muy en cuen ta lo fuerte y lo lúcido. Aquí conviene hablar de algo, como hemos dicho en tantas ocasiones, sin lo cual la novela no existe, y ello es el tono, el acento de la pro sa utilizada. Contra los narradores que presumen de «transparencia descriptiva», nosotros estaremos siem pre con aquellos en los que el vehículo literario signi fica, literariamente, las historias narradas. El propio Mallea. sin embargo, no utiliza su prosa, contra lo que pudiera pensarse, para arropar caracteres o en grandecer hechos de categoría escasa, sino para cate- gor izar los precisamente; para demostrar que pueden convertirse en la savia de una prosa que literariamente los promociona. 

Porque una cosa, naturalmente, es el retórico embaucador, mil veces más negativo, en nues tro criterio, que el descriptivo de pluma ligera, y otra el que sabe que las historias solamente se convierten en mundos cuando la geografía — la prosa — de es tas realidades creadas acredita la vigencia de la obra conseguida. La realidad, para el falso novelista, lo es todo, porque él mismo, en definitiva, depende de aque llo que antropofágicamente devora. Las realidades, las historias se convierten en motivo inspiratorio del no velista legítimo cuando éste pasa los valores reales que las justifican a la creación de una estructura en la que la argamasa de la prosa juega, como es lógico, papel principal. El novelista falso, sin ningún dere cho, vive de la evocación, de la transcripción, del re gistro más o menos minucioso de una serie de deta lles.

 Eduardo Mallea, aunque consiga resultados dis tintos — cosa que ocurre siempre en los escritores de obra abundante — se inspira en la realidad, elige sus historias como motivo inspiratorio para lograr enti dades expresivas que, en vez de ser tinglados evoca dores, hacen gala de esa vida independiente que les confiere su prosa. La historia, el motivo argumental, insistimos, se hace mundo precisamente por el empas te significativo de la prosa en que se traduce. Y el novelista, de cantor superficial de algo concreto, se convierte en revelador de la fatalidad íntima, como enunciamos, de un mundo creado. 

¿Qué importa más en Mallea, lo local argentino o lo creado con pretensiones más universales...? Lo que hay en sus libros — parafraseando alguna confi dencia del novelista — de esfuerzo, dolor, reclama ción, esperanza* variante ilusión y apetito de creer y decir. ¿Por qué creemos que para entender todo lo dicho sobre Mallea convendría siempre leer en prin cipio sus ensayos, sus anotaciones, sus notas, y más tarde perderse en los mundos encantados de sus rela tos? Porque, cuando se es meditador de mundos y ca racteres, importa más la opinión sobre estos caracte res y mundos novelísticamente creados, que lo que ellos son en fin. No está en nuestra intención, porque sería inexacto por otra parte, mermar las virtudes novelís ticas del escritor argentino, al preferir sus dotes como ensayista. Pero sí quisiéramos subrayar, para enten derle con toda limpieza, que aun en sus momentos más descriptivos, más evocadores como novelista, priva siempre en él esa inteligencia personalísima que con trola en cualquier momento su producción literaria. En el mundo creacional de Mallea, sus personajes cor- poreizan más un pensamiento, un sentido de vida, que un simple ser hombres de sangre. 

A los personajes ma- lleanos debe considerárselos como exponentes irreme diables de una oroblemática que en la producción del rioplatense gravita en los mismos como los destinos. Es curioso que muchos novelistas anden por el mundo demasiado contentos de ser inteligentes. Y es obliga do, por otra parte, en el caso de Mallea, convenir en que solamente cuando un narrador significa una pro blemática, mantenida por él en sus ensayos y en aque llas narraciones un tanto confidenciales, es un nove lista inteligente y de verdad. 

En realidad, sólo cuando los novelistas acreditan, en la enramada de sus relatos, la inteligencia a que se deben, es cuando puede hablarse de su importante índole poética. Por sabido se calla, de otra parte, que sólo también cuando un creador considera su trabajo como una confesión dividida en tantos capítulos como libros consigue, la estirpe poética de su obra resulta algo innegable. Eduardo Mallea, al entregarse a su meditación narrativa con pulso ardiente y andadura pausada, al convertirse en uno de los novelistas más inteligentes de! continente latinoamericano, consigue que el tono de sus cavilaciones sea también el tono des- criptivo-confesional de la prosa de que se vale. 

Por lo que ese acento, ese talante, esa manera unas veces cor tada y otras ampulosa — según conviene — de su pro sa personalísima, trasciende estremecida por cierta ti midez que hace más secreto lo que en otros sólo re sulta discutible misteriosidad, a base, además, de ex cesivos recursos. El interés anecdótico, digámoslo así, de sus narraciones se multiplica, como puede verse en El vínculo, por sus valores líricos, reflexivos. Un per fume moral realmente importante se alza, por otra parte, como consecuencia de su diversa creación. Se ha señalado que Mallea añade una «dimensión mo ral-», sencillamente, que faltaba a la literatura de la generación a que pertenece. 

Nos sentimos en la nece sidad de indicar que ni el sentido moral malleano ni lo que llamamos poético en su prosa directa, embri dada por el escritor hasta donde lo considera conve niente como novelista, enturbian una obra que, preci samente por brindársenos de la manera más esclare cida, implica en su urdimbre toda una serie de valores que la enriquecen sin asfixiarla. Lo que superficial mente se llama suspense dentro de lo narrativo, en Mallea se nos brinda como una realidad secreta. 

Lo que otros multiplican con misteriosidades casi siem pre melodramáticas, el autor de El vínculo nos lo pro porciona inteligentemente dibujado, convencido de que en los relatos importa más la estructura que la colora ción decorativa. Debemos destacar, en consecuencia, la firmeza de los órdenes narrativos malleanos y su contraste con la savia caudalosa que los nutre. Porque esa timidez a que nos hemos referido, lo que disfruta. lo que paladea, como si dijéramos, en el mundo crea do por el novelista, son los jugos telúricos, vitales que lo nutren, teniendo buen cuidado de que nosotros los recibamos suficientemente integrados por ese robusto dibujo con el cual se alia en todo momento para so lucionar positivamente sus problemas narrativos, el acento inteligente del meditador austral. 

En la prosa bien nutrida de Eduardo Mallea, por otra parte, todo palpita de una manera fragorosa, y de ahí que sus novelas, debiéndose a un escritor in teligente, no se parezcan en nada a los esquemas pre concebidos de las novelas intelectuales. El interés de El vínculo, como puede verse, no resulta consecuencia de una mecánica descriptiva, sino resultado de una mecánica interna que eleva, lo que para todo novelis ta supone su secreto descifrable, a un misterio legal. Fas plumas fáciles, incapaces de penetrar en el tema que se proponen y que nos describen de manera apa rente, animan lo poco vivo de sus mundos novelescos con el suspense, con la administración de sus plan teos o con la misteriosidad ilegítima de todo lo que, a fuerza de melodramatismo, disminuye su categoría. Las plumas meditativas, como la del argentino, bus can como corresponde en el pulso y temperatura que determinan el estilo con que se expresan, que el se creto del mundo novelado trascienda, por vía de la me ditación tímida, pero no por eso menos vigorosa, la legalidad — insistimos — de un misterio que crea el correspondiente clima enigmático. 

Este clima, así como los caracteres, las ideas, la problemática en suma de Eduardo Mallea, constituye probablemente la riqueza básica, como es natural, de sus narraciones. Pero lo que nos encanta, lo que nos atrae, lo que nos acerca a las mismas como un imán precisamente, es el tono, el acento de una misteriosidad subyugante que no ne cesita derivarse de cataclismos arguméntales para te nernos pendientes de lo que ocurre en su vibrante rea lidad. ¿Es Mallea, en consecuencia, un narrador realis ta...? Lo justo es considerarle como un meditador com plejo, muy pertrechado de dudas, dispuesto a canali zar por el cauce de su relato lo vivo y lo posible de sus inteligentes enfoques. ¿Cuál es el esfuerzo indiscu tible de este narrador, para quien las novelas intelec tuales tienen que suponer siempre empeños originaria mente frustrados? 

El afán de convertir en urdimbres misteriosas, perfectamente dibujadas y, por consiguien te, muy precisas, ese secreto de lo vivo que a Mallea le apasiona, dentro de los límites concretos de sus mundos novelísticos. Lo que denominamos hace poco su timidez característica dignifica en todo momento su tremendo apasionamiento por lo que relata. Mallea, para no incurrir en misteriosidades ilegales, desvela el secreto de personajes, ideas o climas procurando que en el desarrollo no pierdan encanto y, sobre todo, intensidad. Al perfilar sus tipos, ennoblece sus límites teniendo buen cuidado de no incurrir en lo ditirámbi- co. Cuando lo que exalta son sus arquetipos, como en el caso de Chaves o Simbad, por otro lado denuncia tfmida, pausada, entrañablemente sus valores, enemi go forzoso como es de la mitificación facilona. 

Y así, pendiente de matices para los que resulta un celebra- dor apasionante, nos descubre que en lo cotidiano — en este caso, en lo argentino — , y no siem pre en lo que suele llamarse distinguido, la verdad canta con la plenitud que sus personajes encarnan, con la tranquili dad, además, de sentirse tutelados, meditados por una inteligencia incompatible con desmedimientos lamen tables. Podría también suponerse que la matización evi dente con que Mallea enriquece su quehacer novelís tico puede convertirlo en algo tan admirable como des humanizado. Escritores ha habido — escritores dema siado intelectualizados y en exceso literarios — cuyos libros, de una riqueza formal incluso fabulosa, resul tan indigeribles, hablando en plata, para el lector nor mal. Esto ocurre cuando el creador no es un espíritu capaz de abrazar hondamente aquello que en última instancia expresa. La literatura se deshumaniza de ma nera forzosa cuando el culpable de la misma no le transmite sus latidos, su pulso, su sentido y sus preo cupaciones. Estamos con Mallea, sin embargo, en el caso contrario. 

Pueden discutirse las ideas, los esque mas fundamentales, lo que nutre las meditaciones ma- lleanas en todo momento, pero nunca la humanidad del planteamiento, que lo hace tímido a la hora de los descubrimientos, para no endurecer — o intelectua- lizar enjutándolos — sus constantes hallazgos. Mallea es un intelectual profundamente humano. Los enfoques novelísticos del autor de El vínculo no se sienten tales si no son agudos, profundos, pero sobre todo poseí dos de esa humanidad —- también inteligente. claro está — que trasciende de toda su diversa producción. Ahora bien, quienes creen que lo humano es un pro blema vivo, chorreante de sentimentalidad gratuita, no pueden ser lectores de Mallea. Cuando el lector ne cesita que el novelista le humanice con hallazgos vi vos, con enfoques profundamente sensibles, no tiene que confundirse y desear que el mismo le proporcio ne un falso realismo emocional. Lo sentimentaloide, aunque parezca innecesario aclararlo, no constituye ningún secreto. Y un novelista como Mallea, preocu pado, a la hora del resumen, por convertir una histo ria en un mundo, y un secreto en misterio legal per manente, lo que promete y lo que brinda son descubri mientos de la conciencia humana colmados, como co rresponde, de vibración esencial. Vibración o vibracio nes, concretando, en que son ricos los mundos novelís ticos creados por Eduardo Mallea, con el fin de que quien habite en ellos comprenda más profunda y na turalmente las ideas que en definitiva los determinan. El cine, como ningún novelista, conquista, desde fuera y hasta donde le es posible, el espíritu de aque llos mundos, de aquellas vidas enfocadas desde su atención escrupulosa. El novelista moderno, Eduardo Mallea, sin descoyuntar nada, como los noveladores preconcebidamente intelectualizados, lo que intenta en definitiva es que nuestro sentido de lo humano tenga la fecha del tiempo en que vivimos y desvele, por con siguiente, los secretos que la novela le propone, sin necesidad de un falso engrase sentimental. 

Los per sonajes de Mallea, así como los espacios donde se desenvuelven, están limpios de sensiblerismo barato, desde el momento en que la razón última de su vida es esa vitalidad misteriosa que el novelista les infun de, redimiéndolos de su vulgaridad. Para ser huma no — parece proponernos en sus libros Eduardo Ma llea — hay que redimirse previamente de la vulga ridad, de la sordidez, de lo que suele llamarse común y corriente. Y darnos cuenta — valiéndonos de sus con sejos de meditador, de novelista contrastado — de que, aunque lo vivo puede brotar de todo aquello que en definitiva lo niega, no puede ser nunca algo descate- gorizado y vulgar. Leer una novela es perder nues tra vulgaridad —- tratar de perderla, mejor dicho — en un laberinto convertido por el escritor en una sin gular realidad enigmática; y salir del mismo no más entretenidos o más tristes, sino más convencidos, aun que parezca un poco extraño, de que lo que nos hace más reales a los seres humanos es ese misterio que nos sirve para atraer. 

Valor fabuloso que los novelistas polarizan y, por consiguiente, ponen a nuestra dispo sición, como Eduardo Mallea, cuando, en vez de creer se dominadores de la vida porque nos la describen en todos sus detalles, aunque sólo en su apariencia, se adueñan de ella entrañable, tímidamente, como en este caso, para que su pasión y fervor acreditados, por ser luz con la que se iluminan sus excursiones a lo secreto, a lo misterioso, a lo más. vivo, realicen todo lo pre tendido de la manera más humana. Porque un nove lista a quien le repugne lo pringoso sentimental tiene que ser, eso sí, doblemente humano, aunque no en demasía. Y ello con el fin de encontrar en la cantera de lo real y de lo vivo, cual Eduardo Mallea, formas de vida que guardan como un tesoro, el cual, utili zado por el lector destinatario de tales descubrimien tos, puede llegar a liberar a éste, por fortuna, de su vulgaridad y sordidez constitutivas, de su estancamien to inmovilista, que es para lo que en el fondo leemos con frecuencia las novelas. 

Madrid, octubre de 1970. Enrique A zcoaga

viernes, 6 de febrero de 2026

ENCICLOPEDIA DE LOS FANTASMAS DANIEL COHEN

 


Introducción 

Algunas personas creen en los fantasmas y otras no. Les tienen miedo o no. Pero en esto hay una paradoja, pues aquellas personas que creen más profundamente en la posibilidad de comunicación entre los muertos y los vivos son las más propensas a tomar a los fantasmas como presencias benignas y reconfortantes, mientras que los que no creen realmente en ellos los toman como una aparición horripilante y sienten terror de encontrarse con alguno. 

En este libro hay relatos para los creyentes y los incrédulos, para aquellas personas que están interesadas seriamente en la investigación psíquica (o parapsicología, como se le llama con más frecuencia en la actualidad) y para aquellos que sólo gustan de escuchar un buen relato de fantasmas. Algunas veces la línea que separa estas dos áreas es muy sutil, o desaparece por completo. 

El tema de los fantasmas es muy vasto, pues personas en todos los períodos de la historia y todas las diferentes culturas han creído en la comunicación entre los vivos y los espíritus de los muertos. Aún cuan do no sabemos lo que el hombre de Neanderthal pensaba sobre los fan tasmas, sí sabemos que sepultaba a sus muertos con gran respeto y re verencia. El mundo de los hombres primitivos está lleno de fantasmas y espíritus, algunos serviciales, algunos malignos, pero la mayoría se res muy poderosos que debían ser tratados con gran respeto. 

El fantasma tradicional, el de los lamentos y las cadenas, se remonta cuando menos al tiempo de los romanos, como se demuestra en el relato del fantasma de Atenodoro. No todo es arrastrar cadenas por polvosos corredores. Hay una variedad de fenómenos estrechamente relaciona dos con los fantasmas, por ejemplo, los fenómenos poltergeist. La palabra significa un espíritu ruidoso y describe una condición en la cual los objetos son movidos o arrojados, se escuchan ruidos extraños, pero no se puede detectar una causa normal para estas alteraciones. 

En un tiempo dichos fenómenos eran atribuidos a la brujería. En la actualidad, los parapsicólogos atribuyen la actividad poltergeist a la emisión de algún tipo de energía psíquica. Los escépticos insisten en que la mayor parte de la actividad poltergeist es un fraude; pero de hecho, muchos de los más famosos relatos de fantasmas en la historia son en realidad relatos de fenómenos poltergeist. 0 tomemos las "apariciones de crisis”, esto es, cuando la imagen de una persona que está a punto o acaba de morir, sufre una enfermedad grave o está en peligro, de pronto se aparece a un amigo o pariente a gran distancia. ¿Es tal aparición realmente un fantasma —aun si la persona se encuentra todavía viva? Técnicamente tal vez no, pero cualquier persona que haya tenido tal experiencia sin dudar afirmaría que ha "visto un fantasma”. 

Algunos investigadores se deleitan en hacer finas distinciones entre las apariciones, fantasmas, espíritus, espantos, etcétera. En lo personal he encontrado que tales distinciones, por lo general, no son necesarias y con frecuencia son confusas —un intento fallido de establecer un sistema de clasificación científica respetable. Este libro está dividido en algunas categorías generales, y espero, también obvias, en favor de la conveniencia más que nada. Estoy consciente de que algunos de estos relatos podrían presentarse bajo diferentes encabezados. Espero que no haya objeciones al respecto. La credibilidad de los casos presenta un problema más serio. 

Algunos de los relatos son leyendas o forman parte del folklore. Sin embargo, pocas veces el origen de los relatos o leyendas es tan bien conocido como en el caso de los llamados Ángeles de Mons. Yo consideraría como una leyenda el relato del espectro sin cabeza de la Reina Ana Bo- lena, caminando por los corredores de la Torre de Londres, con la cabe za bajo el brazo. Aun así, hay algunas personas que al parecer en ver dad creen el relato, y se ofenden cuando se les dice que no es cierto. Una buena parte de este problema se presenta porque la esencia de contar un buen relato de fantasmas es decirlo con expresión seria y absoluta convicción. Siempre se espera que los relatos de fantasmas contados alrededor de un fuego, sean nada menos que verdaderos. 

No es imprescindible que el narrador crea el relato. Lo único indispensable es que lo diga como si en realidad lo creyera. Por otro lado, he conocido personas que cuentan los relatos más increíbles, algunas veces experiencias personales con fantasmas, y me convencen de que en verdad los creen. Yo no, necesariamente, creo en lo que ellos dicen, como cualquier otra persona puede no creerlo, pero ellos sí lo creen. Por lo tanto, en general me he abstenido de emitir un juicio sobre la "veracidad” de tal o cual relato. La verdad —bastante difícil de dis cernir en la mayoría de las áreas— es prácticamente imposible de en contrar en el ámbito de los fantasmas. Me parece que es bastante obvio que algunos de los relatos son leyendas, por lo que los he clasificado como tales. Algunos otros se sabe o se sospecha que son falsos —tam bién éstos los he clasificado. 

Sin embargo, estoy seguro de que algunas personas no dudarán que el hombre de Amityville en realidad sucedió tal y como se dice en el libro. Otro problema serio que se me presentó en este proyecto fue decidir qué incluir y qué dejar a un lado. Obviamente, ningún volumen, o con junto de volúmenes, podría incluir todos los relatos de fantasmas o de fenómenos fantasmagóricos de la historia en todo el mundo. Este libro se concentra en los relatos de los países de habla inglesa y en los registrados alrededor de los últimos cuatro siglos. Pero aun dentro de estas limitaciones, sería difícil incluir todos los relatos de fantasmas. El lector (y el autor) no sólo se vería abrumado por una gran cantidad de material, sino que tal empresa sería terriblemente repetitiva y tediosa. Se correría el riesgo de quedar ensimismado por una interminable procesión de damas blancas y grises, monjes y monjas espectrales y ca balleros fantasma. Los golpecitos y pasos misteriosos en el corredor a la media noche, pueden resultar aburridos si se repiten con demasiada frecuencia.

 Muchas leyendas populares de fantasmas son solo variaciones de un mismo tema. Por ejemplo, hay cientos de versiones del famoso relato del fantasma que pedía "aventón” en los caminos. He tratado de incluir casos que son famosos, importantes, representativos o únicos. Estoy seguro de que algunas personas pensarán que hay notorias omisiones, pero hice el mejor esfuerzo. Por último, ¿cuál es el encanto de los relatos de fantasmas? Lord Ha- lifax era un célebre coleccionista de estos relatos, cuyo trabajo se cita varias veces en este libro. En la introducción para una colección publi cada, Libro de Fantasmas, de Lord Halifax, su hijo trató de explicar la fascinación que dichos relatos ejercían sobre su padre. "Despertaban su sentido natural de misterio y romance” . Pero aún hay más: "No dudo que el verdadero secreto del encanto que lo misterioso y secreto ejercía sobre su pensamiento era la visión de lo que tales narraciones o sucesos le proporcionaban sobre las escondidas realidades del mundo oculto”. Pienso que esto resume la razón de ser del presente volumen muy claramente —romance, misterio y la posibilidad de atisbar en lo desconocido.

jueves, 5 de febrero de 2026

EJÉRCITOS DE LA OSCURIDAD FRAGMENTO PRÓLOGO

 


Nota preliminar

¿Por qué no dormiré?

Porque en la oscuridad

hay ubicuos ejércitos

que llegan de mi infancia.

S.O., «Le hablo al sueño»

 

 

Al menos en dos ocasiones durante la década de 1970, Silvina Ocampo refirió a interlocutores profesionalmente interesados que entre sus libros inéditos existía uno compuesto en su integridad por notas y fragmentos. En una carta sin fecha, que podemos datar en 1973, dirigida a Carlos Frías, asesor literario de la editorial Emecé, enumeraba sus obras en espera de publicación. Esta serie incluía Ejércitos de la oscuridad, suma de «anotaciones sobre diferentes cosas: experiencias, lecturas, cuadros, personas, paisajes que me han impresionado». En una entrevista de 1979, ofreció una descripción más precisa y amplia a la vez: «Es como un diario en el que conviven personas, cosas, animales, lugares que me han gustado. Alguna lectura de la infancia, algún hecho increíble de ciertos personajes. Anotaciones breves, argumentos que se me han ocurrido, algunas cartas. También anoté cosas de viajes, de árboles, de simpatías, de sueños. Tal vez sea el libro que más me gusta».1 Fiel a su costumbre de esconder aquello que más le gustaba —«como los animales», afirmó alguna vez—, o acaso absorbida por las tareas que ocuparon sus últimos años —durante los cuales escribió cuentos y poemas, corrigió y amplificó la novela La promesa y el largo poema autobiográfico Invenciones del recuerdo, y tradujo casi seiscientos poemas de Emily Dickinson—, nunca llegó a publicarlo.

Del examen de los papeles de Silvina Ocampo surge que Ejércitos de la oscuridad no consiste, como podía haberse anticipado, en el ordenamiento en una miscelánea final de apuntes acumulados a lo largo de los años. Se trata, en cambio, de una obra de concepción independiente, deliberadamente fragmentaria, que acepta la fugacidad y la digresión como premisas compositivas. Indicios internos y externos —la inclusión de argumentos de dos cuentos publicados en Los días de la noche (1970), una referencia concreta al año 1969, además de las circunstancias detalladas en la «Nota al texto» que cierra el volumen— nos permiten fijar su escritura entre mayo de 1969 y enero de 1970. El texto final queda contenido en un único cuaderno, regalado a la autora por Alejandra Pizarnik, a quien está dedicado el libro.

Tal como sugiere su título, Ejércitos de la oscuridad es un diario nocturno donde Silvina Ocampo se propuso registrar, en su tumultuosa diversidad, los pensamientos, las invenciones y los recuerdos que poblaban sus horas de insomnio. Esos sueños de noches sin sueño alternan con observaciones epigramáticas, con anécdotas, con cuentos breves y extraordinarios, con irónicas notas al pie de la realidad inmediata, con alguna noticia truculenta o meramente absurda, y con escenas cotidianas en las que acostumbraba encontrar el dato —esa «semilla traída por el viento», según la expresión de Henry James— del que nacían algunas de sus historias.

Una prosa que aspira a volverse memorable, ejercitada en los rigores métricos del verso, sustenta la unidad estilística del conjunto. Con acumulada maestría gradúa una sorpresa narrativa, condensa una paradoja, o labra con un único golpe certero el relieve de una imagen. Los temas y sus variaciones parecen encadenarse libremente según una proliferante enumeración caótica —esa delectación retórica de ascendencia bíblica, favorita de la autora, que busca reflejar mediante un vertiginoso acoplamiento de elementos heterogéneos, aun incongruentes, la infinita variedad del mundo—, o según el esmerado desorden propio de ese género de anotaciones «al correr del pincel» (zuihitsu) tradicionales en la literatura japonesa, que alcanza una de sus cúspides en El libro de la almohada de Sei Shonagon. Silvina Ocampo fue lectora asidua de este breviario de la cortesana del período Heian, a quien dedicó su poema «El perro Okinamaro», publicado en Los nombres (1953). Los Diarios y los Cuadernos en octavo de Franz Kafka también figuraban entre sus lecturas recurrentes. Sobre Ejércitos de la oscuridad actúan las simpatías imperfectas que unen a esas obras tan disímiles y distantes entre síNo es casual que la única cita literaria incluida en sus páginas —entrecomillada pero sin mención de autor— sea un aforismo de Kafka.

El presente volumen se completa con dos series de textos afines, también inéditas. La primera de ellas, «Inscripciones en la arena», corresponde, aproximadamente, a los años que van de 1950 a 1962; la segunda, «Epigramas», a los comprendidos entre 1980 y 1987. Menos personales, más ceñidamente aforísticas, enuncian con voz íntima y lapidaria máximas y reflexiones diversas sobre la conducta humana, el amor, la naturaleza, la memoria, la muerte, o el paso del tiempo. Muchas de esas «inscripciones» y de esos epigramas, formulados originariamente en prosa, fueron luego reescritos en verso por la autora. En la «Nota al texto» señalamos aquellos que fueron publicados. Asimismo, proporcionamos una descripción sumaria de las fuentes utilizadas en esta edición y exponemos los elementos ponderados para datarlas.

Por último, en «Analectas», sección que no fue ensamblada ni titulada por Silvina Ocampo, presentamos una escueta antología de argumentos, evocaciones y bocetos narrativos encontrados en hojas sueltas o tomados de sus cuadernos y libretas de trabajo. Este florilegio mínimo, cuyo título fue uno de los considerados por la autora para «Inscripciones en la arena», rescata algunos apuntes que, por su asunto o por su estilo, guardan una marcada semejanza con los recopilados en el libro.

Quizá por discreción, por recelo instintivo hacia el «odioso yo» que exigen las convenciones autobiográficas, Silvina Ocampo no llevó sostenidamente un diario íntimo ni escribió un libro de memorias. Prefirió, en todo caso, dispersar en sus obras una imagen de sí misma, esa figura del tapiz que, como en el relato de James, nunca termina de revelar su trama. El lector que se proponga descubrirla encontrará en este volumen algunos matices y uno o dos de sus trazos esenciales.

 

E. M.

1 Luis Mazas, «Miedo es no saber qué hay detrás de un árbol», Clarín, 22 de noviembre de 1979.

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