Prefacio
Dada la actual situación de la investigación, una nueva biogra fía de Teodosio no necesita justificación. Mi decisión por enfren tarme al desafío de esta tarea es una respuesta a las sugerencias de mi colega de Fráncfort, Manfred Clauss, que ha dado impulso a mis tra bajos bajo todos sus aspectos, los grandes y los pequeños, y por encima de todas las diferencias en lo referente al contenido. Martina Erdmann me ha asesorado en el manuscrito y, con una impresio nante dedicación personal, lo ha enriquecido con numerosas propuestas de mejora. Nicole Strobel ha llevado adelante el trabajo con energía en una difícil situación. Han prestado eficaz ayuda en la búsqueda de ilustraciones Daniel Gejic y Helmut Schubert. Simone Eff, Manuela Kessler y René Meininger me han ahorrado el esfuerzo de varios trabajos rutinarios. No se ha intentado en este libro una aportación exhaustiva de datos sobre la bibliografía y las fuentes. Se ha renunciado asimismo, en la medida de lo posible, a discusiones pormenorizadas en las notas sobre temas concretos.
Por lo que respecta a las notas que se han mantenido y que pretenden prestar ayuda a los interesados especia lizados, he utilizado las abreviaturas habituales en esta disciplina. Me ha parecido una pérdida de tiempo intentar la uniformidad en la transcripción de las formas nominales griegas. Los nombres de las personas que desarrollaron actividades intelectuales se dan prefe rentemente en griego, los de las consagradas a actividades políticas en latín. En los casos dudosos he seguido el criterio que, en cada caso, me ha parecido más adecuado. Dedico este libro a mi padre, que despertó en mí, desde fechas tempranas, el amor por la historia. Hartmut Leppin Nieder-Erlenbach Nota del traductor En esta versión española se aceptan las grafías de los nombres per sonales y de los topónimos ya admitidos como propias del idioma en la literatura general, así como las derivadas de ellas por procesos lingüís ticos basados en evidentes analogías.
Aun así, se dan en el castellano, como ocurre en el original alemán, algunos pocos casos en los que existe un margen para la opción personal. La identificación de personas y luga res es siempre, de todas formas, sencilla e inequívoca. Prólogo Aquel invierno, una opaca niebla se había abatido sobre la llanura del Po durante muchos días. El tiempo cuadraba bien con la ocasión, que había congregado a soldados romanos, ciudadanos corrientes y la corte imperial, aquel 25 de febrero del año 395, en una iglesia de Milán: Teodosio, el emperador que acababa de derrotar a un usurpador, el hombre que había ejercido el dominio sobre todo el Imperio Romano, desde la frontera oriental hasta el Océano, aquel Teodosio que había alcanzado su última victoria enteramente bajo el signo de la cruz, había muerto.1 ¿Qué ideas cruzaban por las mentes de los asistentes?
A Hono rio, el hijo del emperador, de diez años de edad, se le permitió tomar asiento junto al altar, una distinción honorífica para cualquiera que no perteneciera al clero. Aquel niño ostentaba ya el título de augustus y estaba destinado a ser el emperador de Occidente, mientras que su hermano mayor, Arcadio, que tenía su residencia en Constantinopla, sería el emperador de Oriente. ¿Pensaba Honorio en la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, o dirigía más bien sus pensamientos, mientras estallaba en sollozos durante el sermón del obispo, al padre que había perdido? Tal vez algunas miradas oblicuas se deslizaban hacia Estilicón, un militar de origen germano, que sabía desenvolverse con gran soltura en la'atmósfera romana y formaba, sin duda, parte de la comitiva fúnebre. Era, en aquel momento y en aquel lugar, el hombre más poderoso, como esposo de la hija adoptiva del emperador y como tutor de Honorio.
Se hallaban tam bién allí, probablemente, los cónsules del año, Olibrio y Probino, descendientes de una de las más distinguidas familias romanas, aun que privados de poder real. Debían a Teodosio su ascenso al alto cargo. ¿Dispensarían los próximos soberanos un trato tan amistoso a los senadores? Pronunciaba la oración fúnebre -algo todavía inusual en aquellos círculos- un obispo, el célebre Ambrosio. Situó en el centro de su discurso sus relaciones personales con Teodosio y demostró su capa 12 I Teodosio cidad retórica cuando citó repetidas veces la expresión «he amado» que había sido leída en el salmo durante el oficio litúrgico: He amado al hombre compasivo, humilde en su poder y de corazón puro... He amado al hombre que, al final de sus días, con sus últimas fuerzas, me hizo llamar. He amado al hombre que, cuando se debilitó su cuerpo, se preocupaba más por la situación de la Iglesia que por sus propias aflicciones.
Le he amado, lo confieso, y por eso el dolor ha penetrado hasta lo más profundo de mi corazón.2 Todos los presentes lo sabían, las relaciones entre el obispo y el emperador habían sido de hecho tensas e incluso durante cierto tiempo estuvieron rotas. Todavía pocas semanas antes, Teodosio había dejado sentir al obispo las secuelas de su irritación. Y, sin embargo, Ambrosio supo difundir la imagen de un emperador cristiano incansable, promotor de la verdadera fe en armonía con los verdaderos obispos y, sobre todo, en concordancia con él mismo. El camino trazado por Ambrosio hizo que, al cabo de poco tiempo, la Iglesia viera en el fallecido a Teodosio el Grande. Pero ¿mereció verdaderamente el calificativo? Una mirada más atenta descubre en su vida debilidades y carencias.
Tuvo con frecuencia fallos personales, aunque luego la buena suerte acudió en su ayuda. Su fe era firme, pero era más firme aún su conciencia del poder, y se tiene a menudo la impresión de que puso a la Iglesia al ser vicio de sus intereses. En todo caso, ésta es la imagen que se obtiene del emperador a través de lo que se dirá en las páginas que siguen.

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