PROLOGO
La página de diario — escribía yo, hace poco, en el mío — me parece lograda cuando, aparte la corres pondiente temperatura, tiene el pulso, como si dijé ramos, del momento en que se hace. Las novelas del escritor argentino Eduardo Mollea (Bahía Blanca, 1903), en sus distintas líneas temáticas, podría consi derárselas fraternas, con todas las salvedades necesa rias, de los diarios íntimos, desde el momento que tie nen pulso y temperatura, y porque si necesitásemos partir, para entenderlas, de un enfoque inicial que abarcase todas ellas, descubriríamos que es la fatalidad íntima de un mundo lo que Mallea desarrolla y acre dita en cualquier caso, complicándonos con su tempe ratura y atrayéndonos con su ritmo interior. La posi ble historia, para el autor de Chaves, no es, como para el narrador superficial, el último objetivo, la meta pa cienzudamente reseñable del novelador detallista.
Na rrar, según tiene demasiado acreditado uno de los novelistas más importantes de la América Latina, no es iluminar un tema repasándolo en sus menores de talles externos, sino partir de la penetración del mis mo hacia un entendimiento de la vida y el hombre cada vez más acendrado en la copiosa y variada obra de este escritor. Por lo pronto, Mallea sabe muy bien que el problema básico del novelista es convertir «his toria» en «mundo exclusivo». Y que, para familiari zarnos con ese mundo al que el escritor llega después de comprenderlo de la manera más apasionada, hay que arrebatar a la realidad determinados núcleos vivos de los que el novelista se enamora, con el fin — den tro de ese espacio en el cual resulta dueño absoluto — de acreditar como algo fascinante aquello que la tem peratura y el pulso literarios precisamente convierten en tema curiosamente único. Los Cuentos para una inglesa desesperada (1926) descubrieron en el principio de su carrera a un escri tor «moderno», vibrante, capaz de ejercitarse — y bri llar literariamente — con una destreza indiscutible.
Pero Mallea apenas había velado con este libro sus primeras armas. Del análisis de la evolución y psico logía de su país, así como del análisis personal rigu roso, surgió el meditador concienzudo que preside evi dentemente toda su obra. Las historias preferidas del escritor y la temática de sus importantes ensayos no podían ser motivos para «hacer literatura», que es en lo que en definitiva tantos «modernos» se han queda do, sino puntos de partida para desarrollar un talento herido profundamente por toda clase de problemas, consecuencia de esa actitud introspectiva, penitente que Eduardo Mallea ha acreditado en todos los géneros por él cultivados En su primera gran novela, Nocturno europeo (1935), original tan crítico como doliente, se inicia el tempo, pudiera escribirse, de una manera de sentir, más que de hacer, personalísima.
Con el tra bajo autobiográfico Historia de una pasión argentina, Mallea adelanta lo que luego granará en su copiosa narrativa, (Fiesta en noviembre, La bahía del silencio, Todo verdor perecerá, Las águilas, El vínculo, La to rre, Simbad y otras posteriores) y a convertir en medi taciones narrativas y ensayísticas mucho más discuti das en su tierra argentina que por la crítica extranje ra. Las líneas de sus historias no pueden ser más dife rentes, enriqueciendo en principio el panorama crea dor del novelista. Pero la línea creacional — de gran calado poético aun en aquellas páginas que pudieran considerarse más realistas, más descriptivas en la obra del autor de El gajo de enebro (teatro para leer, como el escritor siempre ha deseado) —, protegida por las pretensiones del meditador a que se ha hecho referen cia, hace que la urdimbre creada por el literato, inten so y agudo, brinde en su mundo, como anteriormente anotábamos, no sólo la trama sobre la que la misma se teje, sino una serie de problemas, de atisbos, de su gerencias y de intenciones determinantes de esa carga sin la cual la novelística de Mallea no supondría todo lo que supone desde su inicio hasta su madurez.
Cuando el realismo no es más que una enumeración de hechos y vidas, lo que consideramos novelista es más bien una especie de antropófago. Siempre que el realismo, sin embargo, aparte mágico en muchos mo mentos, sea un realismo meditativo, enriquecedor de sus temas por tanto, un escritor de la estatura mental de Eduardo Mallea tiene buen cuidado de no devorar aquello que, partiendo de una historia o conjunto de sucesos, se convierte en una novela, sino conseguir que las formas expresivas de la estructura literaria se rea licen en el desarrollo de la misma, poniendo en liber tad todas esas voces que se conciertan posteriormente en la pretensión del creador.
El realista descarnado, para quien la vida puede reducirse a una especie de nómina, diseca la realidad sobre la que trabaja. Eduar do Mallea, meditando sobre una realidad a la que quie re generalmente tanto como le mortifica, enriquece la misma otorgándole, derivando de ella una dimensión particularísima en virtud de la cual, lo que en otras manos no pudo ser más que recuerdo en el mejor de los casos, se convierte en las suyas en potenciada, me ditada realidad. El mundo novelístico, en el realismo que hemos llamado antropofágico, se avergüenza de un vacío que solamente el interés de las peripecias di simula.
En el mundo pastoso, denso, lozano de los aciertos mayores de la novelística malleana, el autor de El sayal y la púrpura — uno de sus mejores libros de ensayos — y de Travesías — anotaciones, apuntes de indiscutible agudeza — consigue que acción, vida e ideas se entrecrucen y consigan ese tejido tan carac terístico del argentino, sólo turbio para los esclavos de la turbiedad. Mallea, en consecuencia, como ha declarado re cientemente, quiere llegar «a una novela pensada como suma y término de esas experiencias extremas a que conduce la vida de cada cual en su última concentra ción, en las ideas representativas de lo más válido de cuanto pensó, vivió, halló cierto y encontró de descora- zonador o de estimulante, o de vano y menor de la na turaleza humana». Este escritor, para quien cada nue vo libro, como es natural, resulta siempre prólogo de su libro inmediato, nos autoriza a pensar que lo que ha hecho a lo largo de su obra no es ejercitarse como narrador en el desarrollo de un tema, sino de mostrar que el verdadero novelista, después de valer se de aquel que naturalmente elige como célula po sible, acredita, en vez de una destreza o meticulosi dad simplemente descriptivas, la calidad de ese abra zo entrañador que toda novela supone cuando los lí mites de su mundo acaban en el pecho cruzado de pro blemas del meditador. Los antropófagos, alejados de cualquier inquietud y con un corazón más bien pobre para entendernos, construyen el castillo de naipes de su novela muy lejos de la personalidad creadora a que extrañamente se debe, valiéndose nada más que de cierta habilidad expositiva.
Eduardo Mallea. como pue de verse en el texto significativo que en la ocasión se publica, procura que su tensión íntima y los pro blemas que de antiguo preocupan a su espíritu vitali cen, como si dijéramos, la urdimbre narrativa sobre la cual, como es lógico, cobra cuerpo una novela. Con La barca de hielo ha iniciado un nuevo tríptico, pre tensión nada nueva en la obra considerable del ar gentino. Y, aparte poner en evidencia una mayor ten sión prosódica, una mayor lucidez en sus caracterís ticas construcciones, sigue, como no podía ser menos, abrazando con gran efusión historias, caracteres o cir cunstancias determinadas, injertando en ellas, en vez de explotar las mismas, todo el mund.o que convierte cualquier historia llamémosla objetiva en el mundo enriquecido, leal a un acento pero en absoluto escla vo de los límites reales, creado por el novelista.
¿Cuál es el vehículo eficaz, encarnador de todas ias pretensiones apuntadas...? La prosa de un escri tor, para quien semejante medio expresivo tiene que alcanzar la vigencia necesaria, teniendo muy en cuen ta lo fuerte y lo lúcido. Aquí conviene hablar de algo, como hemos dicho en tantas ocasiones, sin lo cual la novela no existe, y ello es el tono, el acento de la pro sa utilizada. Contra los narradores que presumen de «transparencia descriptiva», nosotros estaremos siem pre con aquellos en los que el vehículo literario signi fica, literariamente, las historias narradas. El propio Mallea. sin embargo, no utiliza su prosa, contra lo que pudiera pensarse, para arropar caracteres o en grandecer hechos de categoría escasa, sino para cate- gor izar los precisamente; para demostrar que pueden convertirse en la savia de una prosa que literariamente los promociona.
Porque una cosa, naturalmente, es el retórico embaucador, mil veces más negativo, en nues tro criterio, que el descriptivo de pluma ligera, y otra el que sabe que las historias solamente se convierten en mundos cuando la geografía — la prosa — de es tas realidades creadas acredita la vigencia de la obra conseguida. La realidad, para el falso novelista, lo es todo, porque él mismo, en definitiva, depende de aque llo que antropofágicamente devora. Las realidades, las historias se convierten en motivo inspiratorio del no velista legítimo cuando éste pasa los valores reales que las justifican a la creación de una estructura en la que la argamasa de la prosa juega, como es lógico, papel principal. El novelista falso, sin ningún dere cho, vive de la evocación, de la transcripción, del re gistro más o menos minucioso de una serie de deta lles.
Eduardo Mallea, aunque consiga resultados dis tintos — cosa que ocurre siempre en los escritores de obra abundante — se inspira en la realidad, elige sus historias como motivo inspiratorio para lograr enti dades expresivas que, en vez de ser tinglados evoca dores, hacen gala de esa vida independiente que les confiere su prosa. La historia, el motivo argumental, insistimos, se hace mundo precisamente por el empas te significativo de la prosa en que se traduce. Y el novelista, de cantor superficial de algo concreto, se convierte en revelador de la fatalidad íntima, como enunciamos, de un mundo creado.
¿Qué importa más en Mallea, lo local argentino o lo creado con pretensiones más universales...? Lo que hay en sus libros — parafraseando alguna confi dencia del novelista — de esfuerzo, dolor, reclama ción, esperanza* variante ilusión y apetito de creer y decir. ¿Por qué creemos que para entender todo lo dicho sobre Mallea convendría siempre leer en prin cipio sus ensayos, sus anotaciones, sus notas, y más tarde perderse en los mundos encantados de sus rela tos? Porque, cuando se es meditador de mundos y ca racteres, importa más la opinión sobre estos caracte res y mundos novelísticamente creados, que lo que ellos son en fin. No está en nuestra intención, porque sería inexacto por otra parte, mermar las virtudes novelís ticas del escritor argentino, al preferir sus dotes como ensayista. Pero sí quisiéramos subrayar, para enten derle con toda limpieza, que aun en sus momentos más descriptivos, más evocadores como novelista, priva siempre en él esa inteligencia personalísima que con trola en cualquier momento su producción literaria. En el mundo creacional de Mallea, sus personajes cor- poreizan más un pensamiento, un sentido de vida, que un simple ser hombres de sangre.
A los personajes ma- lleanos debe considerárselos como exponentes irreme diables de una oroblemática que en la producción del rioplatense gravita en los mismos como los destinos. Es curioso que muchos novelistas anden por el mundo demasiado contentos de ser inteligentes. Y es obliga do, por otra parte, en el caso de Mallea, convenir en que solamente cuando un narrador significa una pro blemática, mantenida por él en sus ensayos y en aque llas narraciones un tanto confidenciales, es un nove lista inteligente y de verdad.
En realidad, sólo cuando los novelistas acreditan, en la enramada de sus relatos, la inteligencia a que se deben, es cuando puede hablarse de su importante índole poética. Por sabido se calla, de otra parte, que sólo también cuando un creador considera su trabajo como una confesión dividida en tantos capítulos como libros consigue, la estirpe poética de su obra resulta algo innegable. Eduardo Mallea, al entregarse a su meditación narrativa con pulso ardiente y andadura pausada, al convertirse en uno de los novelistas más inteligentes de! continente latinoamericano, consigue que el tono de sus cavilaciones sea también el tono des- criptivo-confesional de la prosa de que se vale.
Por lo que ese acento, ese talante, esa manera unas veces cor tada y otras ampulosa — según conviene — de su pro sa personalísima, trasciende estremecida por cierta ti midez que hace más secreto lo que en otros sólo re sulta discutible misteriosidad, a base, además, de ex cesivos recursos. El interés anecdótico, digámoslo así, de sus narraciones se multiplica, como puede verse en El vínculo, por sus valores líricos, reflexivos. Un per fume moral realmente importante se alza, por otra parte, como consecuencia de su diversa creación. Se ha señalado que Mallea añade una «dimensión mo ral-», sencillamente, que faltaba a la literatura de la generación a que pertenece.
Nos sentimos en la nece sidad de indicar que ni el sentido moral malleano ni lo que llamamos poético en su prosa directa, embri dada por el escritor hasta donde lo considera conve niente como novelista, enturbian una obra que, preci samente por brindársenos de la manera más esclare cida, implica en su urdimbre toda una serie de valores que la enriquecen sin asfixiarla. Lo que superficial mente se llama suspense dentro de lo narrativo, en Mallea se nos brinda como una realidad secreta.
Lo que otros multiplican con misteriosidades casi siem pre melodramáticas, el autor de El vínculo nos lo pro porciona inteligentemente dibujado, convencido de que en los relatos importa más la estructura que la colora ción decorativa. Debemos destacar, en consecuencia, la firmeza de los órdenes narrativos malleanos y su contraste con la savia caudalosa que los nutre. Porque esa timidez a que nos hemos referido, lo que disfruta. lo que paladea, como si dijéramos, en el mundo crea do por el novelista, son los jugos telúricos, vitales que lo nutren, teniendo buen cuidado de que nosotros los recibamos suficientemente integrados por ese robusto dibujo con el cual se alia en todo momento para so lucionar positivamente sus problemas narrativos, el acento inteligente del meditador austral.
En la prosa bien nutrida de Eduardo Mallea, por otra parte, todo palpita de una manera fragorosa, y de ahí que sus novelas, debiéndose a un escritor in teligente, no se parezcan en nada a los esquemas pre concebidos de las novelas intelectuales. El interés de El vínculo, como puede verse, no resulta consecuencia de una mecánica descriptiva, sino resultado de una mecánica interna que eleva, lo que para todo novelis ta supone su secreto descifrable, a un misterio legal. Fas plumas fáciles, incapaces de penetrar en el tema que se proponen y que nos describen de manera apa rente, animan lo poco vivo de sus mundos novelescos con el suspense, con la administración de sus plan teos o con la misteriosidad ilegítima de todo lo que, a fuerza de melodramatismo, disminuye su categoría. Las plumas meditativas, como la del argentino, bus can como corresponde en el pulso y temperatura que determinan el estilo con que se expresan, que el se creto del mundo novelado trascienda, por vía de la me ditación tímida, pero no por eso menos vigorosa, la legalidad — insistimos — de un misterio que crea el correspondiente clima enigmático.
Este clima, así como los caracteres, las ideas, la problemática en suma de Eduardo Mallea, constituye probablemente la riqueza básica, como es natural, de sus narraciones. Pero lo que nos encanta, lo que nos atrae, lo que nos acerca a las mismas como un imán precisamente, es el tono, el acento de una misteriosidad subyugante que no ne cesita derivarse de cataclismos arguméntales para te nernos pendientes de lo que ocurre en su vibrante rea lidad. ¿Es Mallea, en consecuencia, un narrador realis ta...? Lo justo es considerarle como un meditador com plejo, muy pertrechado de dudas, dispuesto a canali zar por el cauce de su relato lo vivo y lo posible de sus inteligentes enfoques. ¿Cuál es el esfuerzo indiscu tible de este narrador, para quien las novelas intelec tuales tienen que suponer siempre empeños originaria mente frustrados?
El afán de convertir en urdimbres misteriosas, perfectamente dibujadas y, por consiguien te, muy precisas, ese secreto de lo vivo que a Mallea le apasiona, dentro de los límites concretos de sus mundos novelísticos. Lo que denominamos hace poco su timidez característica dignifica en todo momento su tremendo apasionamiento por lo que relata. Mallea, para no incurrir en misteriosidades ilegales, desvela el secreto de personajes, ideas o climas procurando que en el desarrollo no pierdan encanto y, sobre todo, intensidad. Al perfilar sus tipos, ennoblece sus límites teniendo buen cuidado de no incurrir en lo ditirámbi- co. Cuando lo que exalta son sus arquetipos, como en el caso de Chaves o Simbad, por otro lado denuncia tfmida, pausada, entrañablemente sus valores, enemi go forzoso como es de la mitificación facilona.
Y así, pendiente de matices para los que resulta un celebra- dor apasionante, nos descubre que en lo cotidiano — en este caso, en lo argentino — , y no siem pre en lo que suele llamarse distinguido, la verdad canta con la plenitud que sus personajes encarnan, con la tranquili dad, además, de sentirse tutelados, meditados por una inteligencia incompatible con desmedimientos lamen tables. Podría también suponerse que la matización evi dente con que Mallea enriquece su quehacer novelís tico puede convertirlo en algo tan admirable como des humanizado. Escritores ha habido — escritores dema siado intelectualizados y en exceso literarios — cuyos libros, de una riqueza formal incluso fabulosa, resul tan indigeribles, hablando en plata, para el lector nor mal. Esto ocurre cuando el creador no es un espíritu capaz de abrazar hondamente aquello que en última instancia expresa. La literatura se deshumaniza de ma nera forzosa cuando el culpable de la misma no le transmite sus latidos, su pulso, su sentido y sus preo cupaciones. Estamos con Mallea, sin embargo, en el caso contrario.
Pueden discutirse las ideas, los esque mas fundamentales, lo que nutre las meditaciones ma- lleanas en todo momento, pero nunca la humanidad del planteamiento, que lo hace tímido a la hora de los descubrimientos, para no endurecer — o intelectua- lizar enjutándolos — sus constantes hallazgos. Mallea es un intelectual profundamente humano. Los enfoques novelísticos del autor de El vínculo no se sienten tales si no son agudos, profundos, pero sobre todo poseí dos de esa humanidad —- también inteligente. claro está — que trasciende de toda su diversa producción. Ahora bien, quienes creen que lo humano es un pro blema vivo, chorreante de sentimentalidad gratuita, no pueden ser lectores de Mallea. Cuando el lector ne cesita que el novelista le humanice con hallazgos vi vos, con enfoques profundamente sensibles, no tiene que confundirse y desear que el mismo le proporcio ne un falso realismo emocional. Lo sentimentaloide, aunque parezca innecesario aclararlo, no constituye ningún secreto. Y un novelista como Mallea, preocu pado, a la hora del resumen, por convertir una histo ria en un mundo, y un secreto en misterio legal per manente, lo que promete y lo que brinda son descubri mientos de la conciencia humana colmados, como co rresponde, de vibración esencial. Vibración o vibracio nes, concretando, en que son ricos los mundos novelís ticos creados por Eduardo Mallea, con el fin de que quien habite en ellos comprenda más profunda y na turalmente las ideas que en definitiva los determinan. El cine, como ningún novelista, conquista, desde fuera y hasta donde le es posible, el espíritu de aque llos mundos, de aquellas vidas enfocadas desde su atención escrupulosa. El novelista moderno, Eduardo Mallea, sin descoyuntar nada, como los noveladores preconcebidamente intelectualizados, lo que intenta en definitiva es que nuestro sentido de lo humano tenga la fecha del tiempo en que vivimos y desvele, por con siguiente, los secretos que la novela le propone, sin necesidad de un falso engrase sentimental.
Los per sonajes de Mallea, así como los espacios donde se desenvuelven, están limpios de sensiblerismo barato, desde el momento en que la razón última de su vida es esa vitalidad misteriosa que el novelista les infun de, redimiéndolos de su vulgaridad. Para ser huma no — parece proponernos en sus libros Eduardo Ma llea — hay que redimirse previamente de la vulga ridad, de la sordidez, de lo que suele llamarse común y corriente. Y darnos cuenta — valiéndonos de sus con sejos de meditador, de novelista contrastado — de que, aunque lo vivo puede brotar de todo aquello que en definitiva lo niega, no puede ser nunca algo descate- gorizado y vulgar. Leer una novela es perder nues tra vulgaridad —- tratar de perderla, mejor dicho — en un laberinto convertido por el escritor en una sin gular realidad enigmática; y salir del mismo no más entretenidos o más tristes, sino más convencidos, aun que parezca un poco extraño, de que lo que nos hace más reales a los seres humanos es ese misterio que nos sirve para atraer.
Valor fabuloso que los novelistas polarizan y, por consiguiente, ponen a nuestra dispo sición, como Eduardo Mallea, cuando, en vez de creer se dominadores de la vida porque nos la describen en todos sus detalles, aunque sólo en su apariencia, se adueñan de ella entrañable, tímidamente, como en este caso, para que su pasión y fervor acreditados, por ser luz con la que se iluminan sus excursiones a lo secreto, a lo misterioso, a lo más. vivo, realicen todo lo pre tendido de la manera más humana. Porque un nove lista a quien le repugne lo pringoso sentimental tiene que ser, eso sí, doblemente humano, aunque no en demasía. Y ello con el fin de encontrar en la cantera de lo real y de lo vivo, cual Eduardo Mallea, formas de vida que guardan como un tesoro, el cual, utili zado por el lector destinatario de tales descubrimien tos, puede llegar a liberar a éste, por fortuna, de su vulgaridad y sordidez constitutivas, de su estancamien to inmovilista, que es para lo que en el fondo leemos con frecuencia las novelas.
Madrid, octubre de 1970. Enrique A zcoaga

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