Las
extrañas bodas es el quinto volumen de las «aventuras extraordinarias de Joseph
Rouletabille, reportero», continuación directa del cuarto, El
Castillo Negro. La novela, con el trasfondo de la segunda guerra de los
Balcanes, tiene un tratamiento coral. Nuestros héroes, librados del asedio en
el Castillo Negro, se ven embarcados en nuevos peligros en pos de la extraña
Ivana. Rouletabille, La Candeur y Vladimir, reporteros del diario La Época, se mueven entre las balas y la metralla, siguiendo
la invasión de las tropas búlgaras a Turquía.
«Si debo una gran parte
de mi humorismo a Dickens, es asimismo a Kipling y Wells a quienes debo haber
aportado a mis novelas de aventuras algo de poesía y un poco de lirismo.»
Gaston
Leroux
La
extraña boda de Rouletabille
Rouletabille
- 5
PRIMERA
PARTE
LA NOVIA INCOMPRENSIBLE
LA GRAN PERFIDIA DE
IVANA
RA
el 21 de octubre de 1923, en pleno Balkan, en los sombríos desfiladeros del
Istrandja-Dagh… El negro manto de la noche comenzaba a cubrirlo todo de sombras…
¿Qué grupo de jinetes es ese,
que corriendo como el viento y sin conocer obstáculos, precede a los primeros
destacamentos búlgaros que al comienzo de la primera guerra Balkánica, invadían
el norte de la Tracia, con misión de ocupar Almadjik? Están tan curiosamente
situados entre las primeras avanzadas de los invasores y los últimos fugitivos
turcos, que no se sabría decir con exactitud si huyen o persiguen.
La verdad es que hacen ambas
cosas a la vez. ¡Quieren alcanzar antes de ser alcanzados!…
—¡Adelante! ¡Adelante! —grita
Rouletabille.
¿Qué hace, «entre dos fuegos»,
el joven reporter de La Época y cuál es esa especie de
rabia que le agita? Las palabras con que anima a sus compañeros a seguirle son
incoherentes, interrumpidas por maldiciones.
¡Jamás se vio a José
Rouletabille presa de un tal fuñar! Y, sin embargo, está justificado en un
hombre reputado en el mundo entero por haber penetrado los más oscuros
misterios, por haber desembrollado las intrigas criminales más complicadas y
que se halla de pronto, y por primera vez en su vida,ante el
misterio del corazón femenino del que no comprende absolutamente nada…
«El lado bueno de su razón»,
que hasta entonces le había sostenido en los peores trances, conduciéndole
irresistiblemente por el camino de la verdad le ha fallado ahora. ¡Lo ha
llamado inútilmente en su ayuda!… ¡Que derrota! El «lado bueno de su razón» le
ha abandonado, ni más ni menos, que si hubiera sido el malo… ¿Y cuál es la
causa de tal catástrofe? Una mujer, una simple muchacha, a la que Rouletabille
amaba poco ha con todo su corazón y a la que pretende detestar ahora con toda
su alma: ¡Ivana Vilitchkov!…
Es ella a quien persigue en
aquel crepúsculo trágico… Tras ella corre… ¡Qué aventura!
Para intentar
comprenderla, hagamos, como Rouletabille, quien, en su cerebro ardiente, busca
en los acontecimientos acaecidos en Sofía y en el siniestro «Castillo Negro»[1], el hilo de
aquel insondable misterio… Resumamos los hechos: Enviado por su periódico a la
capital de Bulgaria para estudiar de cerca los acontecimientos que se
preparaban, Rouletabille había vuelto a encontrarse con la sobrina del general
Vilitchkov, a la que había conocido en París cuando ésta fue para comenzar sus
estudios de medicina y, por la que inmediatamente, experimentó una tierna
inclinación.
En Sofía, es recibido
Rouletabille en casa del tío de Ivana y no oculta al la joven que la ama y que
su más ardiente deseo es casarse con ella.
Ivana, que parece igualmente
alimentar sentimientos muy vivos por el joven, intenta, sin embargo, desviarle
de sus propósitos. Preténdese destinada a un fin trágico, al igual que su
padre, su madre y su hermanita Irene, asesinados los tres por un enemigo de su
familia.
Llámase este enemigo Gaulow, un
búlgaro expulsado de su país y que se hizo turco, mahometano y pomak, que es todo lo que puede decirse. Habita en una
especie de fortaleza extraordinaria, enclavada en el corazón de las montañas de
Tracia, en el Istradja-Dagh, y de allí va a Bulgaria de tiempo en tiempo, para
cumplir crueles y misteriosas tareas. ¡Nadie pudo llegar hasta él! ¡Gaulow
desafía al género humano desde su temible Castillo Negro!
(Karakoulé).
Todas estas cosas, como puede comprenderse,
no son las más apropósilo para entibiar el amor de Rouletabille. Él conseguirá
librar a la familia Vilitchkov, del horrible Gaulow que en Turquía se llama
también Kara-Selim.
Solo pide a la joven que le
conceda su mano. Esta no dice que no, pero tampoco que sí.
—¿Está usted prometida?
—pregunta ansiosamente el reporter. E Ivana le contesta:
—Nadie en la tierra tiene el
derecho a llamarse mi prometido.
He aquí a Rouletabille
esperanzado de nuevo, cuando durante la noche, noche atroz que recuerda tos
horrores de Konak de Belgrado, Gaulow y su cuadrilla, irrumpen en el hotel del
general Vilitchkov, asesinan a éste y a sus servidores, llevándose a Ivana
cautiva alCastillo Negro.
Rouletabille jura vengar tantas
desgracias y salvar a Ivana; al mismo tiempo, intentará rescatar cierto
cofrecillo bizantino en cuyo cajoncito secreto se hallan los planes preciosos
de la movilización búlgara. Esto lo promete formalmente al general
Stanislawoff, una de las glorias más puras de su país, amigo de Francia, y célebre,
después, por haber puesto su espada al servicio de Rusia en ocasión del
horrible conflicto que debía, al siguiere año, incendiar a Europa y deshonrar a
Bulgaria. Y helo en marcha.
Lleva con él a su fiel reporter
La Candeur y un joven eslavo, llamado Vladimir, muy listo, pero de moralidad un
tanto relajada. Les acompaña también un primo de Ivana, Atanasio Khetew quien,
a su vez, también quisiera salvar a su prima a la que ama, por lo menos tanto
como la ama Rouletabille y que por amor a ella, también quisiera matar al
terrible Gaulow.
En lo que respecta a
Rouletabille y Atanasio, no simpatizan nada; pero son lo bastante prudentes
para contener su recíproca animosidad.
Llegan todos alCastillo Negro, en el que les esperan inauditas aventuras,
en el instante mismo en que Kara-Selim celebra sus desposorios con su cautiva
Ivana. Se presentan como periodistas perdidos en el camino y ponen
inmediatamente manos a la obra. No pueden perder ni un minuto. Ivana accede a
ser la mujer de Gaulow, el asesino de su familia, para entrar en posesión del
cofrecillo de la familia en el que se hallan los planos de movilización. Es
necesario pues, que salven a Ivana y rescaten el cofrecillo.
En medio de las suntuosas
fiestas que se dan en la Karakoulé, Rouletabille realiza hazañas sobrehumanas.
Consigue llevar a Ivana hasta el fondo del torreón en donde se parapetan los
reporters. Entretanto, aunque no ha podido apropiarse del cofrecillo bizantino,
ha adivinado Rouletabille su secreto y ha podido constatar que los preciosos pliegos
se hallan aún en su interior, que nadie los ha tocado y que ningún pomak ha llegado a sospechar su existencia. Atanasio recibe
de Rouletabille la misión de llevar aquella noticia formidable a los ejércitos
del general Stanislawoff, los que podrán descender ya, con toda seguridad, a
través de las montañas del Istrandj-Dagh, sobre Kirk-kilissé.
Atanasio jura triunfar en su
difícil empresa y volver con sus compañeros de armas a libertar a Ivana y a los
periodistas franceses. Antes de evadirse del torreón, en dónde se han
atrincherado, ha conseguido capturar a Gaulow, entregándole a la vigilancia de
Ivana, la cual ha jurado, por los manes de sus padres, matarle con sus propias
manos.
Los jóvenes sufren un asedio
violentísimo en el que abundan las peripecias tragicómicas y que se termina de
la manera más singular del mundo.
Ivana, no solamente no ha
matado a Gaulow, al que pretende guardar como rehén, si no
que Rouletabille la sorprende en el instante en que facilita la evasión del
monstruo… ¡Y ello en el mismo momento en que Gaulow iba a recibir el
castigo de sus crímenes, y en que aparecían en el horizonte los ejércitos
conducidos por Atanasio Khetev!…
¿Qué terrible misterio os
este?… Rouletabille lio puede concebir que Ivana ame aquel hombre que ha
asesinado a los suyos y que había jurado la ruma do su patria… ¿Entonces?…
¿Entonces?… Había que obrar… Ya se reflexionaría obrando. Los bandidos de la
Karakoulé han huido ante la proximidad de los ejércitos; Gaulow también ha
huido… Ivana, con el pretexto de capturarle, ha montado a caballo y corre tras
Gaulow… ¡Ivana no sospechaba que Rouletabille ha sido testigo de su infamia,
que ha visto desarrollar la cuerda a cuyo extremo se balanceaba Gaulow
libertado por ella!…
Rouletabille, a su vez, monta a
caballo y corre tras Ivana. Los reporters y su criado Tondor corren tras
Rouletabille… Tal es la situación, muy clara, y sin embarco muy incomprensible,
para quien ha conocido a Ivana en el momento en que
caemos de lleno en la cabalgata do los reporters.
Rouletabille murmura entre
dientes:
—¡Ivana corre a reunirse con
Gaulow!… ¡Ah, traidora! ¡Por muy de prisa que vayas no te soltaré!… También yo
acudiré a la cita… ¡Y entonces veré con mis propios ojos lo que vas hacer con
tu Gaulow! ¿Lo qué haría con él? Ya se lo había dicho. Antes de montar a
caballo tuvo la desvergüenza de gritarle, a él, a Rouletabille, que había visto
la cosa enorme, tuvo, repetimos, el cinismo de jurarle que ella quería, con sus
propias manos, ofrecer a su patria, como primera víctima expiatoria, la cabeza
de Gaulow… ¿Cómo no había estallado en una carcajada al oír esto? ¿Cómo no
había escupido el rostro de aquella muchachuela bárbara, sanguinaria y
embustera? ¿Cómo había tenido el valor de contener el generoso furor que ardía
en su pecho de amante burlado y amigo traicionado hasta la muerte, ya que esta
traición hubiera podido costar a todos la vida?… ¿Cómo…?
¿Por qué no le había dicho: «Lo
he visto… Calla… Lo he visto… Te he visto salvarle con tus manos, y corres tras
él para caer en sus brazos?»
¡Oh! ¡Ha sido, sencillamente,
porque en primer lugar, ella no le dio tiempo; después, porque sentía
curiosidad de ver hasta donde llegaba Ivana en la mentira y el crimen!… Y luego
también, porque con el corazón, rebosante de rabia, meditaba una venganza o por
lo menos un justo castigo…
Era, quizá, que en el fondo de si mismo empezaba a plantearse
los términos del más curioso problema psicológico que jamás hubiera resuelto y
también el más misterioso, al mismo tiempo que extraño.
En fin, si la había seguido en
aquella insensata carrera hacía el Sur, era porque recordaba su calidad de
corresponsal de guerra y tenía prisa, ahora que se hallaba en libertad, por
encontrar una estafeta de correos, antes de caer bajo la feroz censura de los
búlgaros… Entre ambos ejércitos siempre, ni con el uno ni con
el otro… ¿No era la consigna de
siempre la misma que había predicado a Vladimir y a La Candeur? ¿No era este su
plan desde Sofía? Plan peligroso sin duda alguna; pero que por ello mismo fe
seducía más… Así, cuando durante aquella huida insensata del Karakoulé le
preguntó La Candeur, que había milagrosamente encontrado un macklemburgués, y
cabalgaba tras Rouletabille, sacudido en su silla:
—¿Adónde vamos? —había
contestado:
—«¡A hacer reportaje!…»
Así pues, ni había esperado la
llegada de las tropas… La felonía de Ivana les arrastraba como un torbellino
tras ella…
Sí, ¡felonía, felonía…! En esto
pensaba constantemente Rouletabille,aunque su espíritu
buscaba por otro lado; pero estaba demasiado, irritado para no concluir
siempre lo mismo: ¡felonía! Ya no quería dudar de que cl amor, cuya fuerza no
había podido medir hasta entonces, hubiera realizado el abominable milagro de
transformar una heroína en una pobre muchacha, capaz de iodo, para satisfacer
su loca pasión.
Aquella innoble conversión
debió producirse durante aquellos momentos de ausencia que el reporter había
considerado muchas veces inexplicables: ¡Ivana los pasaba indudablemente al
lado del prisionero, en el calabozo del subterráneo! ¡Cuántas veces hubo de
extrañarse de no verla a su lado en lo más duro de la lucha!… ¡Y con que
expresión tan singular aparecía de pronto, diciendo que había estado de
centinela, para dejar descansar al katerdjbasch! En
fin, que no salía del subterráneo, valiéndose de cualquier pretexto, y
Rouletabille, que había temido que fuera para entregarse a algún abominable
tormento, se reprochaba el haberse dejado engañar como un niño.
Recordaba la última frase turca
pronunciada por Kara-Selim libertadla, y dirigida (¡con que asquerosa sonrisa de
gracias!) a Ivana, sorprendida por Rouletabille en la forre, sin que ella se
diera cuenta. El reporter se volvió hacía Vladimir y le pregunto:
—¿Qué significan estas
palabras:Benem ilé guel?
—Eso quiere decir —contestó
Vladimir—. ¡Ven conmigo! ¡Ven a reunirte conmigo!
—¡Caramba! —gruñó
Rouletabille—. ¡También yo voy con ella! ¡También voy con ellos! ¡Y si Dios es
justo, Él me permitirá hacerles expiar su crimen!…
Serían las cinco de la tarde,
cuando vieron puntear las techumbres de una gran aldea en la ruta de Almadjik…
El camino que habitan seguido
comenzaba a mostrar ciertas particularidades que le sorprendieron al pronto;
pero a las cuales debían habituarse fácilmente. En efecto; al penetrar en una
villa, aldea o lugar, en todo por lo que por cualquier título había sido una
«aglomeración» lo veían devastado. Las cabañas de los campesinos parecían haber
sido pulverizadas por algún cataclismo que se hubiera encarnizado en destrozar
puertas y ventanas, y en incendiarlo todo.
En el umbral de estas
siniestras cabañas, no era raro hallar cadáveres de mujeres y niños que yacían
en el más lastimoso estado.
Otros cuerpos sin vida
jalonaban la ruta haciendo tropezar a los caballos constantemente; todo estaba
de tal suerte que como «aglomeración» lo que allí había era, sobre todo,
aglomeración de cadáveres.
Todos aquellos despojos,
todavía palpitantes, pertenecían a campesinos búlgaros, a los que se conocía
fácilmente por sus típicos vestidos… Algunos debieron refugiarse en sus cabañas
para esperar la llegada de las tropas del Norte, otros, abandonaron la aldea
para salir a su encuentro; pero unos y otros, habían sido alcanzados por los
turcos de la misma aldea y de los lugares vecinos, los que, antes de retirarse
ante el invasor, habíanlo arrasado todo y pasado a cuchillo y empalado a todos
los que pertenecían a la raza enemiga…
Un arroyuelo arrastraba,
cantando alegremente, cuerpos decapitados…
Pero fue al entrar en la misma
aldea, cuando nuestros jóvenes —que a cada instante dejaban escapar gritos de
horror— pudieron juzgar de la importancia de la matanza y de la amplitud
adquirida por el sacrificio que los señores turcos habían ofrecido, a guisa de
adiós, al Dios de la guerra: cabezas cortadas, troncos empalados, niños
atravesados de parte a parte, nada había faltado en aquella fiesta de sangre…
—¡Esto es horrible! ¡Esto es
abominable! —rugía La Candeur detrás de Rouletabille, quien nada decía por
estar preparado a todos aquellos horrores, por haberlos presenciado en
Marruecos, en el Cáucaso y particularmente en Baku y en Balkani, con motivo de
las matanzas entre tártaros y armenios…
Para nada tenía ojos, mas que
para la silueta de un jinete que acababa de surgir en el extremo de una
callejuela… ¡Ivana!… ¡Era ella!… No podía dudar… ¡Era ella!… ¿Les habrá visto?
Había arrancado de pronto a un galope frenético, haciendo saltar su caballo por
encima de un montón de escombros y cadáveres humeantes…
Al mismo tiempo había lanzado
un grito salvaje, y desenvainando el sable y blandiéndolo con un molinete
desconcertante por encima de su cabeza, había desaparecido en el recodo de otro
callejuela que conducía a la plaza de la Mezquita, cuyo alto minarete se
divisaba envuelto en llamas.
Rouletabille pidió un supremo
esfuerzo a su caballo que, desde hacía unos instantes, mostraba signos de
fatiga… Quiso hacerle saltar; pero el animal tropezó con los escombros y el
reporter rodó al suelo con su montura, contra la que fueron a estrellarse La
Candeur, Vladimir y Tondor. Fue aquella una caída general de la que se
levantaron los reporters y su criado bastante maltrechos.
Rouletabille echó, sin embargo,
a correr en la dirección seguida por Ivana. Sus camaradas le siguieron
cojeando. En aquel instante se oyeron detonaciones y cierto tumulto en
dirección a la plaza de la aldea. Iban, a desembocar en ella, cuando se vieron
detenidos por la misma Ivana, que al igual que ellos, se hallaba desmontada. El
caballo, caída a su lado, agonizaba golpeando con sus cuatro patas el pecho
traspasado por una bala.
Un estruendo de batalla y el
repiqueteo de la fusilería oíase a dos pasos, y algunas balas pasaron silbando
cerca de sus oídos. Ivana se bailaba en un estado de agitación extraordinario.
Extendiendo los brazos les ordenó que se detuvieran.
—¡Los turcos están
destruyéndolo todo, aún no han abandonado la aldea… desconfiemos, pues a nadie
perdonarían le vida!…
—¿Y Gaulow? —preguntó
Rouletabille:
—Se ha unido a los turcos
—repuso con voz apagada—; por pocos minutos no he vuelto a cogerle…
—Entonces ¿es que se ha
escapado Gaulow? —gruñó junto a ellos una voz bien conocida.
Todos se volvieron. Atanasio
Khetev acaba de llegar justamente para oír las últimas palabras de Ivana. Hizo
un gesto de maldición y desde su caballo humeante miró despreciativamente a los
reporters.
—Se lo había confiado a ustedes
—dijo secamente.
Ivana tomó de nuevo la palabra:
—En el último momento hemos
sido traicionados por el katerjdbaschi (jefe de arrieros)… Él es quien le
facilitó la cuerda para escaparse del torreón. En cuanto nos hemos dado cuenta,
ni siquiera hemos esperado a usted a pesar de nuestro deseo de verle y
felicitarle (aquí una inflexión de voz extrañamente dulce y acariciadora) y nos
hemos puesto en persecución del monstruo…
—¡Hay pues que tomar un
desquite! —dijo Atanasio, que había enrojecido singularmente, mirando a Ivana
Vilitchkov…
—¡Y empezar la partida de
nuevo! —dijo ésta con desenvoltura.
—¡Debe usted lamentar el no
haberle cortado la cabeza cuando se le entregué! —Continuó Atanasio Khetew con
voz sorda.
—¡Efectivamente,
querido primo! —Y le volvió la espalda para ocuparse de otra cosa.
Atanasio parecía mantener consigo mismo una lucha para dominar una irritación
inusitada. Rouletabille escuchaba y miraba. El increíble cinismo de Ivana le
enfurecía también. Las miradas del reporter y del búlgaro se cruzaron. ¿Se
comprendieron los dos hombres?… Atanasio dijo:
—¡Volveremos a apoderarnos de
Gaulow!…
—Sí —dijo Rouletabille—, y esta
vez nos arreglaremos para no dejarle escapar.
Ivana se estremeció. Sin
embargo, preguntó, con tono que quiso hacer indiferente:
—¿Y ahora, qué vamos hacer?
—Van ustedes a seguirme. Orden
del general que manda la división. No quiere que nadie le preceda y teme, que
una imprudencia, denuncie sus movimientos… Me salido responsable de ustedes.
Irán pues, donde yo les conduzca, o mejor dicho, adonde el general me ha
ordenado conducirles…
—¡Mi querido Atanasio, yo
seguiré a usted hasta el fin del mundo! —dijo vivamente Ivana. Rouletabille
palideció; pero Ivana no prestaba la menor atención al reporter.
—¿Y dónde iremos, caballero?
—preguntó Rouletabille fríamente.
—Haremos una excursión más allá
de esos montes —dijo Atanasio, señalando el horizonte en dirección Este—,
después, descenderemos pausadamente hacia el Sud, sin ser molestados por las
tropas…
—¡Y tanto; como que acabaremos
por no verlas!
—¿Qué puede importarle eso? Yo
doy a usted mi palabra de honor de hacerle desembocar en el campo de batalla en
el momento más interesante —depuso Atanasio.
—¡Conformes! —exclamó Vladimir.
—No nos haga desembocar en un
lugar muy peligroso —recomendó La Candeur con cierta melancolía.
Rouletabille dijo a su vez.
—Está bien, caballero, le
obedecemos. Somos ahora sus prisioneros o poco menos.
Detrás de Atanasio acababa de
divisar un grupo de jinetes mandados por un suboficial.
—Ustedes son mis amigos
—contestó con sencillez Atanasio—. He podido arreglarme de forma que entren
ustedes en posesión de sus tiendas de campaña, de las muías y toda la
impedimenta que he hallado a mi paso por el Karakoulé. Por otra parte,
dispondrán ustedes de caballos frescos…
—Piensa usted en todo,
caballero…
—¡Es un tipo extraordinario!
—proclamó Vladimir.
Pusiéronse en marcha,
desandando lo andado, alcanzando, antes del anochecer, las crestas de los
montes del Oeste. Antes de descender al valle, los reporters pudieron divisar
al ejército búlgaro e incluso oírle, ya que cantaba…
Cuán bella era aquella jornada
del 21 de octubre di 1913, en la que los soldados del general Radko Dimitrief
penetraban por fin en Turquía, por un frente de más de veinte kilómetros, por
unas rutas solo conocidas de pastores y arrieros, en la que las columnas de la
quinta división, sin sentir la fatiga de un tal esfuerzo, sin concederse in
minuto de reposo, continuaban su ruta cantando hacia los campos de batalla de
Estri-Polos. Pitra y Kara-kof; etapas gloriosas que precedieron al rayo de
¡Kirk-Kilissé! Y hecho memorable en este siglo del ferrocarril, del teléfono y
de la telegrafía sin hilos: ¡la presencia de aquel ejército no había sido ni
remotamente sospechada! ¡Y avanzaba, sintiéndose lleno de fuerza y de misterio…
Creíasele dirección del Maritza, hacia el Este! Y sin embargo, de cima en cima,
repetíase la canción del «Maritza» río en donde se mezclaron durante siglos la
sangre de búlgaros y osmanlíes, canción que se cruzaban los batallones. Hasta
entonces, aquella canción no había sido cantada por traidores a su raza y su
destino:
Fluye Maritza
Ensangrentado
Llora la viuda,
Cruelmente herida.
¡Marcha, marcha, nuestro
general!
Uno, dos, tres, marchad
soldados.
La trompeta resuena en el
bosque.
¡Adelante, marchemos,
marchemos, hurra!
¡Hurra! ¡Marchemos adelante!
¡Cuán bella era aquella primera
aurora, en la que bajo el sol no había más que jóvenes pictóricos de vida y
seguros de la victoria; en la que la rabia de la destrucción, y la matanza no
había abierto aún sus salvajes fauces, en la que la esperanza sagrada de
libertar a los hermanos oprimidos dilataba los pechos, en la que todos se
tendían las manos, desde el Balkan al Radope y más lejos aún, allá lejos, hasta
el fondo del Epiro y de la dulce Tesalia! ¡En aquel hermoso día, habíanse
reconciliado razas enemigas y partido juntas, entre el clamor de las trompetas
y con impulso tal, que el mundo pudo creer por un instante que ya nada podría
separarlas!… Pero, ¡ay!, el mundo había olvidado que había en Sofía un Coburgo
que velaba por unos intereses que no eran precisamente los de su patria de un
día…
Aquella visión desapareció bien
pronto de los ojos de los reporters los que, tras Atanasio, sumiéronse en una
región erizada de picachos y rocas, corladas por abruptos barrancos, y que se
parecía mucho a una zona alpestre; pero infinitamente más desolada. El búlgaro
y los reporters pusiéronse al corriente en breves palabras de sus mutuas
aventuras. Todos pensaban en Gaulow.
Hicieron alto, levantaron las
tiendas y cenaron, pues Atanasio trajo provisiones en abundancia. Terminada la
cena, se retiró Ivana a su tienda despidiéndose secamente; Rouletabille dictó
un artículo a La Candeur. Este, una vez terminados los artículos que
Rouletabille le dictaba, los deslizaba en grandes sobres en los que escribía el
título y fecha del artículo; después, tos colocaba en una cartera de cuero que
no abandonaba nunca. Así procedía desde que los jóvenes abandonaron Sofía y
habían penetrado en el Istrandja-Dagh.
Cuando el artículo estuvo
terminado, Vladimir exclamó:
—¡Veo desde aquí la cara que
pondrá Marco el Valaco, cuando «nuestro periódico» publique la serie de
correspondencias de Rouletabille! ¡A ese pobre Marco le va a costar una
enfermedad!…
Ya hemos tenido ocasión de
decir[2] que Marco el
Valaco, era un periodista de ocasión, como tantos que surgen en los momentos de
revuelta. Era muy despreciado —con harta razón— de los profesionales. Había
desempeñado todos los oficios, mostrando en todos ellos lina gran ausencia de
escrúpulos.
Su misión antojábasele
transcendenlalísima en aquellos instantes y, en electo, no carecía de cierta
importancia. Mientras llegaba el enviado especial de la «Nueva Prensa» de París
—gran diario cuya tirada rivaliza con La Época— era
dueño de expedir los telegramas más absurdos a un periódico leído en el mundo
entero. Conociendo la reputación de Rouletabille y habiendo recibido de París
instrucciones para no dejarse aventajar por el reporter de La
Época, había vigilado al este desde Sofía no cesando de inventar
sensacionales rumores y noticias de última hora que transtornaban la Bolsa.
¡Era la pesadilla de Vladimir Petrovitch, quien le acusaba de carecer de
moralidad!
—¡Déjanos en paz cou tu Marco;
se diría que es tu obsesión! —gruñó La Candeur.
—¿Sigue usted creyendo que nos
ha seguido en el Istrandja? —preguntó Rouletabille con ironía.
—Hace usted mal en burlarse
—repuso Vladimir.
—¡Cuando pienso que en los
primeros días de nuestro viaje… Vladimir miraba constantemente tras él para ver
si divisaba la nariz de Marco! —dijo La Candeur soltando una carcajada.
—¡No bromees! —protestó
Vladimir—. Te lo suplico, no bromees. Tú no sabes de lo que es capaz un valaco
metido a periodista.
—¿Pero en fin, qué es lo que
puede hacer?
—¡Vaya usted a saberlo!… Pero
sí les aseguro que la noche que precedió a nuestra llegada al país de Gaulow,
cuando tuvimos aquella visión de una sombra que huía de la tienda de La Candeur
y que este gritaba que le había robado la cartera de cuero, les aseguro,
repito, que hubiera puesto la mano en el fuego a que nos las habíamos con
Marco.
—Esa sombra —replicó La Candeur
despreciativamente— no ha existido jamás, más que en la imaginación de Vladimir…
y en lo que a mi cartera respecta, que yo creía haber puesto en la mochila; la
hallé a los pies de mi cama, en donde, sin duda alguna, la había dejado yo
antes de acostarme.
—¿Y seguían mis artículos en
ella? —preguntó Rouletabille bromeando.
—Sí, Rouletabille, sí; tus
artículos siguen en la cartera.
—Tranquilícese pues, Vladimir
Petrovitch y no siga denigrando al valaco…
—¡Oh! Si conociera usted a
Marco… Digo y repito, que es capaz de todo. Nada me sorprendería en él. Es
capaz de vender a sus padres por un pedazo de pan y se que ha tenido historias
muy feas con las mujeres. Afirmo que es un mozo que carece de toda moralidad…
—¡A la cama todo el mundo! A mí
me toca la primera guardia —ordenó Rouletabille.
Tomó la guardia. Ningún ruido
venía de las tiendas. La campiña parecía solitaria. Sobre cimas lejanas,
surgían llamaradas que casi inmediatamente desaparecían. Apoyando el mentón
sobre su carabina, Rouletabille contemplaba el muro de lienzo tras el cual
descansaba Ivana. ¿Descansaba?… ¿Soñaba?… ¿Con quién?… ¡Enigma!…