Y todos mis mefistofélicos sirvientes se hicieron visibles y las penumbras cayeron de nuevo. E igual que en la habitación, en el espacio exterior, en el universo, en donde es el verdadero infierno: oscuridad sobre oscuridad y no existe arriba, ni abajo, el tiempo se detuvo... Las perspectivas morían y se reavivaron a la vez. Y mirar hacia arriba era mirar hacia abajo y viceversa. Y los siete demonios iniciaron el cónclave.
¡Aamón se quedó pensativo! Sus hermanos esperaron que Aamón el Soberbio opinara de primero acerca de los oficios religiosos y del cómo harían para no entrar a la iglesia y obviar ceremonias y ritos cristianos. Más, al reunirse en cónclave, se oyeron por el zaguán los paparazzi que instalaban cámaras de televisión. Las cámaras de televisión, cíclopes electrónicos, miraban el largo zaguán que conducía a la recámara.
Aamón abrió la puerta de la habitación; lentes fotográficas, cámaras de vídeos y cámaras de televisión captaron la imagen: el señor de la Soberbia lucía un impecable traje negro de casimir inglés, porque mis mefistofélicos fámulos, cada vez que se presentaban en público como simples mortales, lo hacían con trajes enteros y no así en privado, cuando satisfacían sus personalidades con los atavíos clásicos de sus representaciones medievales.
Aamón, señor de la Soberbia, se mostró en público frotándose con delicadeza las manos y de tanto en tanto se tocaba su anillo de hierro en el dedo anular. Irguió su cuello como un ganso. Más atrás, estaban el embajador itinerante Esfria y, detrás de este, Goodfellow.

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