ANNE SEXTON
VIVE O MUERE
(Live or Die, 1966)
"Poesía Completa"; Linteo, 2013, 939 p.; P.- 187, 296
Para Max y Fred,
que me hicieron una compatriota honorífica
Con un gran aliento, atrapado y mantenido
en su pecho, combatió su tristeza
por su solitaria vida. ¡No llores, idiota!
Vive o muere,
pero no envenenes todo...
de una primera versión de Herzog
de Saul Bellow
Nota de la autora
Vaya por delante que he colocado estos poemas (1962-1966)
en el orden en que fueron escritos y pido toda clase de dis-
culpas por el hecho de que se lean como la gráfica de fiebre
para un caso grave de melancolía. Creí que el orden de su
creación podía ser de interés para algunos lectores, y, como
André Gide escribió en su diario: «A pesar de toda determi-
nación de optimismo, ocasionalmente gana la melancolía: el
hombre ha arruinado el planeta definitivamente.»
Y UNO PARA MI SEÑORA
Un comerciante nato,
mi padre toda su pasta ganó
vendiendo lana a Fieldcrest, Woolrich y Faribo.
Un hablador nato
supo vender cientos de balas humedecidas
del blanco material. Registraba las millas y partidas
y les sacaba ganancia.
Cada frase que en casa nos decía
gustó ya al comprador que con manteca le correspondía.
Cada palabra
había sido ensayada a cada rato
en el hombre al que había cautivado el hombre que llenaba mi plato.
Mi padre se cernía
sobre el pudín de Yorkshire y el filete de ternera:
un feriante, ambulante, marchante, jefe indio, todo era.
¡Roosevelt! ¡Willkie! ¡La guerra!
Cuan insegura me sentía de repente
con mi corazón de solterona y mi alegre aplauso de adolescente.
Cada noche en casa
mi padre con los mapas sentía su amor en creces
mientras la radio peleaba sus batallas con nazis y japoneses.
Excepto cuando se escondía
en su dormitorio para tres días de borrachera,
tecleaba complejos itinerarios, preparaba su maletera,
su equipaje a juego,
y metía en el bolsillo de una reserva la confirmación,
su corazón ya avanzaba por las rutas rojas de la nación.
Cada noche estoy sentada
en mi escritorio sin un lugar para ir deseado,
abro de Milwaukee y Buffalo los mapas arrugados,
todos los U.S.,
sus cementerios, sus zonas horarias casi fortuitas,
a través de rutas como venillas, capitales tal piedritas.
Él murió en el camino,
del cuello a la nuca el golpe fatal,
por la ventana del Cadillac su pañuelo blanco por señal.
Mi esposo,
de ojos azules como de cuentos, vende lana:
cajas con restos de carda, ovillos y carretes que deshilvana
hasta sacar el hilo:
Leicester, Rambouillet, Merino, que él aconseja,
un media-sangre, grasiento y gordo, amarillo como nieve vieja.
Y cuando te vas, querido mío,
¡Sí, señor! ¡Sí, señor! Este es para mi señora,
el nombre de mi padre tus muestrarios decora,
tu itinerario abierto,
sus controles de peaje sonando codiciosos,
sus amplias rutas surgidas como nuevos amores, groseros y presurosos.
25 de enero de 1962
EL SOL
He oído de peces
que subieron al sol
donde se quedaron para siempre,
hombro con hombro,
avenidas de peces que nunca volvieron,
todas sus manchas ostentosas y soledades
absorbidas de ellos.
Pienso en moscas
que de sus apestosas cuevas
salen a la arena.
Primero son transparentes.
Después son azules con alas de cobre.
Brillan en las frentes de los hombres. .
Ni pájaros ni acróbatas,
se secarán como pequeñas botas negras.
Yo soy un ser idéntico.
Enferma por el frío y el olor de la casa
me desnudo bajo la ardiente lupa.
Mi piel se aplana como el agua del mar.
Ojo amarillo,
déjame vomitar con tu calor,
déjame tener fiebre y furor.
Ahora estoy totalmente entregada.
Yo soy tu hija, bombón,
tu sacerdotisa, tu boca y tu pájaro,
y voy a contarles a todos historias de ti,
hasta que me aparten para siempre,
una delgada bandera gris.
Mayo, 1962
HUYE EN TU ASNO
Ma faim, Anne, Anne,
Filis sur fon cine... Rimbaud
Porque no había otro lugar
al que huir,
volví a la escena del desorden de los sentidos,
volví ayer a medianoche,
llegué en la profunda noche de junio,
sin equipaje ni defensas,
entregué las llaves de mi coche y mi dinero
y me quedé tan sólo con un paquete de cigarrillos Salem,
como un niño que se agarra a un juguete.
Puse mi firma donde un extraño
pone la X con tinta -
pues esto es un hospital psiquiátrico,
no un juego de niños.
Hoy golpea un médico asistente mis rodillas,
para probar mis reflejos.
Antes le habría guiñado y suplicado un chute.
Hoy soy tremendamente paciente.
Hoy los cuervos juegan al black-jack
en el estetoscopio.
Todos me han abandonado
excepto mi musa,
la estupenda enfermera.
Ella se queda en mi mano,
un suave ratón blanco.
Las cortinas, indolentes y delicadas,
ondean, se agitan y caen
como las faldas victorianas
de mis dos tías solteras
que tenían una tienda de antigüedades.
Los avispones han sido enviados.
Se agrupan como muestras de flores en el mosquitero.
Avispones arrastrando sus finos aguijones,
se quedan suspendidos, lo saben todo,
zumban: el avispón sabe.
Esto lo oí de niña
¿pero qué es lo que quería decir?
¡El avispón sabe!
¿Qué fue de Jack y Doc y Reggy?
¿Quién sabe aún lo que acecha en el corazón del hombre?
¿Qué quería decir El Avispón Verde*, él lo sabe?
¿O lo entendí mal?
¿Es La Sombra, la que me ha visto
desde la radio de mi mesilla de noche.
Ahora suena ¡Dinn, Dinn, Dinn!
mientras las señoras discuten en la habitación al lado
y escarban sus dientes.
Arriba una muchacha se enrosca como un caracol;
en otra habitación alguien intenta comerse un zapato;
entretanto un adolescente pasea por el pasillo arriba
y abajo con sus calcetines blancos de tenis.
Un nuevo doctor hace rondas
publicitando sedantes, insulina o electrochoques
para los no iniciados.
¡Seis años con tan pequeñas preocupaciones!
¡Seis años de entrar y salir de este lugar!
¡Oh hambre mía! ¡Hambre mía!
Podría haber dado dos veces la vuelta al mundo,
o haber tenido nuevos hijos — sólo chicos.
Fue un largo viaje con pequeños días
pero sin nuevos lugares.
Aquí dentro
sigue la misma vieja farándula,
la misma escena de ruinas.
El alcohólico llega con sus palos de golf.
La suicida llega con píldoras aparte cosidas
en el forro de su vestido.
Los huéspedes permanentes no han hecho nada nuevo.
Sus caras continúan siendo pequeñas
como bebés con ictericia.
Entretanto
sacaron a mi madre,
como una muñeca de cualquiera, envuelta en sábanas,
vendaron su mandíbula y rellenaron sus orificios.
A mi padre también. Él se fue por la sangre podrida
que agotó en otras mujeres del Medio Oeste.
Se fue en ello, un viejo alcohólico curado,
con pies torcidos y manos inútiles.
Se fue en ello, llamando a su padre,
que murió hacía tiempo por su propia fuerza —
ese banquero rico que habían encerrado,
sus genes bloqueados como dólares,
envuelto en su secreto,
atado bien seguro en su camisa de fuerza.
Pero tú, doctor mío, mi entusiasta,
fuiste mejor que Cristo;
me prometiste otro mundoque me diría quién
era yo.
La mayor parte del tiempo la pasé,
una extraña,
condenada y en trance — ese cuchitril,
ese lugar desnudo de venas azules,
mis ojos cerrados ante el confuso despacho,
ojos girando hacia mi infancia,
ojos de nuevo aguzados.
Años Henos de consejos
alineados — la historia de un caso en capítulos —
durante treinta y tres años el mismo incesto aburrido
que nos sostuvo a ambos.
Tú, mi analista soltero,
que en la calle Marlborough
compartías tu praxis con tu madre
y cada Año Nuevo dejabas el tabaco,
eras el nuevo Dios,
el manager de la Biblia de Gideon.
Yo era tu alumna de tercero
con una estrella azul en mi frente.
En trance podía tener cualquier edad,
voz y gesto — todo vuelto al revés
como un reloj de un drugstore.
Despierta, memorizaba sueños.
Los sueños subían al ring
como luchadores de tercera,
cada uno una mala apuesta
que podía ganar
porque no había otra.
Los miraba fijamente,
me concentraba en el abismo,
como se mira hacia abajo una cantera,
innumerables millas hacia abajo,
mis manos vacilaban como ganchos
para sacar sueños de su jaula.
¡Oh hambre mía, hambre mía!
Una vez,
delante de tu consulta,
me vine abajo con la manera antigua del desmayo
entre los coches mal aparcados.
Me eché al suelo,
aparentando estar ocho horas muerta.
Pensé que había muerto
en una borrasca de nieve.
Sobre mi cabeza
sonaban cadenas como si dientes
excavaran su camino por la calle helada.
Yacía allí
como un sobretodo
que alguien había arrojado.
Me llevaste de nuevo adentro,
con torpeza, con ternura,
con la ayuda de la secretaria de pelo rojo,
con la complexión de una socorrista.
Mis zapatos,
lo recuerdo aún,
se perdieron en un montón de nieve,
como si no pensara andar de nuevo.
Esto fue el invierno
en que mi madre murió,
medio loca de morfina,
hinchada, al final,
como una cerda preñada.
Yo era su fantasioso mal de ojo.
De hecho,
llevaba un cuchillo en mi bolso —
el buen cuchillo de caza L. L. Bean de mi marido.
No sabía qué hacer: si abrir un neumático
o sacarle las tripas a un sueño.

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