viernes, 1 de junio de 2012

OSCAR WILDE: El Ruiseñor y la Rosa

Oscar Wilde (Dublín, 16 de octubre de 1854 – París, 30 de noviembre de 1900)

Oscar Fingal O`Flahertie Wills Wilde nació el 16 de octubre de 1854, en Dublín y estudió en el Trinity College de esa ciudad. De joven solía participar en las reuniones literarias organizadas por su madre. Más tarde, mientras estudiaba en la Universidad de Oxford, destacó en el estudio de los clásicos y escribió poesía, su extenso poema Ravenna ganó el prestigioso premio Newdigate en 1878, y convirtió el estilo bohemio de su juventud en una filosofía de vida. En Oxford, recogió la influencia de innovadores estéticos como los escritores Walter Pater y John Ruskin. De carácter excéntrico, el joven Wilde llevaba el pelo largo y vestía pantalones de montar de terciopelo. Su habitación estaba repleta de objetos de arte y elementos decorativos, como girasoles, plumas de pavo real y porcelanas chinas. Sus actitudes y modales fueron repetidamente ridiculizados en la publicación satírica Punch y en la ópera cómica de Gilbert y Sullivan Paciencia. A pesar de ello, su ingenio y su talento le hicieron ganar innumerables admiradores.
Su primer libro fue Poemas (1881), y su primera obra teatral, Vera o los nihilistas (1882), se representó por primera vez en Nueva York, ciudad en la que el autor se encontraba por entonces, de paso en una larga gira de conferencias por los Estados Unidos. Tras ella, se estableció en Londres y, en 1884, se casó con una mujer irlandesa muy rica, Constance Lloyd, con la que tuvo dos hijos. A partir de entonces, se dedicó exclusivamente a la literatura.
En 1895, en la cima de su carrera, se convirtió en la figura central del más sonado proceso judicial del siglo, que consiguió escandalizar a toda la mojigata clase media de la Inglaterra victoriana. Wilde, que había mantenido una íntima amistad con lord Alfred Douglas, fue acusado por el padre de éste, el marqués de Queensberry, de sodomía. Se le declaró culpable en el juicio, celebrado en mayo de 1895, y, condenado a dos años de trabajos forzados, salió de la prisión arruinado material y espiritualmente. Pasó el resto de su vida en París, bajo el nombre falso de Sebastian Melmoth. Se convirtió al catolicismo el 30 de noviembre de 1900, poco antes de morir de meningitis.
Entre sus primeras obras se cuentan dos colecciones de historias fantásticas, escritas para sus hijos, El príncipe feliz (1888) y La casa de las granadas (1892), y un conjunto de cuentos breves, El crimen de lord Arthur Saville (1891). Su única novela, El retrato de Dorian Gray (1891), es una melodramática historia de decadencia moral, que destaca por su brillante estilo epigramático. Aunque el autor describe todo el proceso de la corrupción del protagonista y, a través del sorprendente final, defiende la lucha contra la degradación moral, los críticos de su tiempo continuaron considerándole un inmoral.
Las obras teatrales más personales e interesantes de Wilde fueron las cuatro comedias El abanico de lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895) y La importancia de llamarse Ernesto (1895), caracterizadas por unos argumentos hábilmente entretejidos y por sus ingeniosos diálogos. A pesar de su escasa experiencia dramática, consiguió demostrar un talento innato para los efectos teatrales y para la farsa, y aplicó a estas obras algunos de los métodos creativos que solía utilizar en sus restantes obras, como las paradojas en forma de refrán inverso, algunas de las cuales han llegado a hacerse muy famosas: `Experiencia es el nombre que cada uno da a sus propios errores` o `¿Qué es un cínico? Una persona que conoce el precio de todo y el valor de nada`.
En contraste con sus comedias, Salomé es una obra teatral seria sobre la pasión obsesiva. Originalmente escrita en francés, la estrenó en París en 1894 la reconocida actriz Sarah Bernhardt. Despues, el compositor alemán Richard Strauss compuso una ópera homónima basada en ella. Lord Alfred Douglas la tradujo al inglés, en 1894, y el artista Aubrey Beardsley la ilustró.
En la cárcel, Wilde escribió De profundis (1895), una extensa carta de arrepentimiento por su pasado estilo de vida. Algunos críticos la han considerado una obra extremadamente reveladora, otros, en cambio, una explosión sentimental muy poco sincera. La balada de la cárcel de Reading (1898), escrito en Berneval, Francia, muy poco después de salir de prisión, y publicado anónimamente en Inglaterra, es uno de sus poemas más poderosos. En él retrata la dureza de la vida en la cárcel y la desesperación de los presos, con un lenguaje bello y cadencioso. Durante muchos años, el nombre de Oscar Wilde sobrellevó el estigma impuesto por la puritana sociedad victoriana. En la actualidad, el artista que se esconde tras ese nombre ha sido reconocido como un brillante crítico social, y sus obras mantienen una vigencia universal.

Uno de los cuentos màs conmovedores y hermosos de la Literatura Universal  sin lugar a dudas es el RUISEÑOR Y LA ROSA de Wilde. He aquì su transcripciòn literal para nuestros amigos blogueros.




El ruiseñor y la rosa. Esta vez es un ruiseñor el que entrega su vida para que un estudiante sea correspondido por la mujer que ama.

LIBROdot.com
Oscar Wilde

EL RUISEÑOR Y LA ROSA


––“Ha dicho que bailaría conmi­go si le llevo rosas rojas” ––excla­maba desolado el joven estudian­te––. “Pero no hay ni una sola rosa roja en todo mi jardín.”
En el encino, desde su nido, oyó­le el ruiseñor, y le miró a través del follaje.
“¡Ni una sola rosa roja en todo mi jardín!” ––seguía lamentándose, y sus bellos ojos se llenaron de lá­grimas–– “¡Ah!, ¡de qué., cosas tan pequeñas depende la felicidad! Yo he leído todo lo escrito por los sa­bios, conozco todos los secretos de la filosofía. Y ahora, por la pose­sión de una rosa roja, siento mi vida destrozada.”
“He aquí, al fin, un verdade­ro enamorado” ––dijo el ruise­ñor––. “Noche tras noche he can­tado para él, a pesar de no cono­cerle: Noche trás noche lo he des­crito a las estrellas, y ahora le con­templo. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios rojos como la rosa que desea encontrar; pero su ansiedad ha tornado su faz tan pálida como el marfil; y la tris­teza le ha dejado su sello en la frente.”
––“El Príncipe da un baile maña­na en la noche” ––murmuró el jo­ven estudiante––. “Y mi amada for­mará parte del cortejo. Si le obse­quio una rosa roja, bailará conmi­go hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré entre mis brazos, y su cabeza descansará so­bre mi hombro, y su mano será aprisionada por la mía. Pero no hay ninguna rosa roja en mi jardín; me sentaré solo y ella pasará ante mí, no me hará caso, y sentiré desgarrar­se mi corazón.”
––“Aquí, sin lugar a dudas, está el perfecto enamorado” ––dijo de nuevo el ruiseñor––. “Lo que yo canto, para él es sufrimiento; lo que para mí es alegría, para él es dolor. Ciertamente el amor es algo maravilloso. Es más valioso que las esmeraldas, y más precioso que los finos ópalos. Ni las perlas ni los granates pueden comprarle, porque no está venal en los mercados. No puede adquirirse con los trafican­tes, ni pesarse en una balanza como el oro.”
––“Los músicos estarán en su es­trado” ––decía el estudiante––, “to­cando sus instrumentos de cuerda, y mi amada bailará al acompañamien­to de arpa y violín. Bailará en for­ma tan sublime, que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos con sus vistosos trajes formarán rue­da alrededor de ella, pero no bai­lará conmigo, porque no poseo una rosa roja para brindársela”. ––Y se dejó caer sobre la hierba, y ocul­tando su cara entre las manos, lloró.
––“¿Por qué llora?” ––preguntó una pequeña lagartija verde, pasan­do con su cola levantada junto al ruiseñor.
––“De veras, ¿por qué?” ––dijo una mariposa que revoloteaba en un rayo de sol.
––“Es cierto, ¿por qué?” ––susu­rró en voz baja y melodiosa, una margarita a su vecina.
––“Llora por una rosa roja” ––dijo el ruiseñor.
––“¿Por una rosa roja?” ––excla­maron todos–– “¡Qué tontería!” Y la largartija, que era algo cíni­ca, se echó a reír.
Pero el ruiseñor conocía el secreto de la pena del estudiante, y perma­necía silencioso, posado en el enci­no, y reflexionando sobre el miste­rio del amor. De pronto, extendien­do sus alas oscuras para volar, se remontó en el aire. Pasó a través de la arboleda como una sombra, y como una sombra cruzó el jardín.
En el centro del parterre se er­guía un rosal precioso, y al vislum­brarlo, voló hacia él en seguida.
––“Dame una rosa roja” ––dijo suplicante–– “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió su cabeza.
––“Mis rosas son blancas” ––con­testó––. “Tan blancas como la es­puma del mar, y más blancas que la nieve en la cumbre de las monta­ñas. Pero ve a mi hermano que cre­ce alrededor del reloj de sol, y qui­zá pueda darte lo que quieres.”
Entonces el ruiseñor voló sobre el rosal que crecía alrededor del reloj de sol.
––“Dame una rosa roja” ––implo­raba–– “y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió su cabeza. –“Mis rosas son amarillas” ––res­pondió––. “Tan amarillas como el cabello de la sirena que reposa en un trono de ámbar, y más amarillas que el narciso que florea en los prados, antes de que el segador llegue con su hoz. Pero ve con mi hermano que crece bajo la ventana del estudiante, y quizá pueda darte lo que deseas.”
Entonces el ruiseñor voló sobre el rosal que crecía bajo la ventana del estudiante.
––“Dame una rosa roja” ––dijo–– ­“y te cantaré la más dulce de mis canciones”.
Pero el rosal sacudió la cabeza. –“Mis rosas son rojas, tan rojas como la pata de la paloma; y más rojas que los hermosos abanicos de coral que se mecen y mecen, en las profundas cavernas del océano. Pero el invierno ha helado mis ve­nas, y la escarcha ha quemado mis capullos, y la tormenta ha quebra­do mis ramas, y no tendré rosas en todo el año.”
Y el ruiseñor insistía:
––“Una sola rosa roja es lo que necesito. ¡Sólo una rosa roja! ¿No existe algún medio por el cual pue­da conseguirla?”
––”Hay una forma en que po­drías conseguirla” ––contestó el rosal––. “Pero es tan terrible, que no me atrevo a decírtelo.”
––“Dímelo” ––dijo el ruiseñor––. “No tengo miedo.”
––“Si quieres una rosa roja, la tendrás que formar con música a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Ten­drás que cantarme con tu pecho apoyado contra una espina. Toda la noche deberás cantarme, y la es­pina rasgará tu corazón, y la vida de tu sangre correrá por mis venas, y será mía.”
––“La vida es un precio muy ele­vado por una rosa roja” ––dije el ruiseñor–– “y la vida nos es a todos muy querida. Es agradable posarse en los árboles del bosque, contem­plar el sol en su carroza de oro, y la luna en su carroza de nácar. Es dulce el aroma del espino blanco, y dulces son las campánulas azules que se ocultan en los valles, y el brezo que se esparce en las colinas. Sin embargo, el amor es mejor que la vida, y... ¿qué es el corazón de un pájaro, comparado con el cora­zón de un hombre?”
Entonces extendió sus oscuras alas para volar, y se remontó en el aire. Se deslizó sobre el jardín, como una sombra, y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre la hierba en el mismo lugar donde le había dejado; y las lágrimas no desaparecían aún de sus hermosos ojos.
––“Alégrate!” ––gritó el ruise­ñor–– “¡alégrate!, ¡vas a conseguir tu rosa roja! La voy a crear con música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Todo lo que pido de ti, en recompensa, es que seas un enamo­rado perfecto, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, aunque ella sea sabia; y más fuerte que la fuerza, aunque ella sea fuerte. Sus alas tienen el color del fuego, y el fuego ilumina su cuerpo. Sus labios son dulces como la miel, y su alien­to es como el incienso.
El estudiante mirando hacia arri­ba escuchó. Pero no pudo entender la confidencia del ruiseñor, pues sólo le era posible comprender las cosas que estaban escritas en los libros.
Pero el encino, dándose cuenta de todo, se sintió triste; porque que­ría mucho al ruiseñor que había he­cho su nido entre sus ramas.
––“Cántame una última canción” ––murmuró––, “me voy a sentir muy solo cuando te vayas”.
Entonces el ruiseñor cantó para el encino, y su canto era flúido como agua cristalina, vertida de un ánfora de plata.
Al terminar su canción, pudo ver que el estudiante se levantaba, sa­cando al mismo tiempo de su bolsi­llo, un cuaderno y un lápiz.
––“El ruiseñor es hermoso” ––se decía mientras caminaba por el bos­que–– “no puede negársele; pero, ¿posee sentimientos? Creo que no. En realidad, es igual a la mayoría de los artistas; todo en él es estilo y forma, sin sinceridad. No se sa­crificaría por otros. No piensa más que en la música, y todo mundo sabe que las artes se caracterizan por su egoísmo. No obstante, hay que reconocer que emite algunas notas preciosas en su canto. ¡Qué lástima que no signifiquen nada, o se conviertan en algo bueno y prác­tico” ––Y entró a su cuarto, y acos­tándose en un catye desvencijado, y pensando en su amada, después de unos momentos, se había dor­mido.
Y cuando la luna brillaba alta en los cielos, el ruiseñor voló hacia el rosal apoyando fuertemente su pecho contra la espina. Cantó du­rante toda la noche con el pecho oprimido sobre la espina; y la luna gélida, como hecha de cristal, se inclinaba hacia la tierra para escu­charle. Cantó toda la noche, y la espina iba clavándose más y más honda en su pecho, y la sangre de su vida se escapaba... Primero can­tó del amor naciente en el corazón de un joven y una doncella. Y en el retoño más alto del rosal apareció; pétalo tras pétalo, al igual que can­ción tras canción, una rosa esplén­dida. Al principio era pálida, como la neblina suspendida sobre el río, imprecisa como los primeros pasos de la mañana, y argentada como las alas de la aurora. Como el reflejo de una rosa en un espejo de plata, como la sombra de una rosa sobre un estanque de agua clara. ¡Así era la rosa que brotó en el retoño más alto del rosal!
Pero el rosal le dijo al ruiseñor que apoyase con más fuerza su pe­cho contra la espina.
––“Oprime más tu pecho contra la espina, ruiseñor” ––decía el rosal­–– “o llegará el día antes de que la rosa esté terminada”.
Entonces el ruiseñor uniendo su pecho con más fuerza a la espina, entonó una melodía cada vez más vibrante; ahora cantaba a la pasión naciente en el seno de un joven y una doncella.
Y un delicado rubor iba cubrien­do los pétalos de la rosa, igual al rubor que sube a la cara del novio cuando besa los labios de su des­posada. Pero la espina aún no ha­bía llegado a su corazón, así que la corola de la rosa permanecía blan­ca, porque solamente la sangre del corazón de un ruiseñor puede en­cender el corazón de una rosa.
Y el rosal decía al ruiseñor:
––“Oprime más, pequeño ruise­ñor; o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.”
Entonces el ruiseñor uniendo con todas sus fuerzas su pequeño pecho contra la espina, hizo que ésta hi­riese su corazón, y el cruel espas­mo del dolor le atravesó.
Terrible, terrible era el dolor mientras el canto crecía alocado, más cantal a sonoro, porque ahora cantaba del amor perfeccionado por la muerte; del amor que no termina en la tumba.
Y la rosa magnífica se tornó roja, como las rosas de Oriente. Rojos eran los pétalos que la circundaban, y rojo como el rubí era su corazón. Pero la voz del ruiseñor iba apa­gándose, y sus alas comenzaron a vibrar, y un velo le cubrió los ojos. Su canto era cada vez más débil, algo estrangulaba su garganta.
Entonces lanzó un último trino musical. La pálida luna al oírlo, ol­vidándose de la aurora, estuvo va­gando por los cielos. La rosa roja al escucharlo se estremecio en éxta­sis, desplegando sus pétalos al aire fresco del amanecer. El eco lo fue llevando hasta la caverna oscura de las colinas, y despertó de sus sueños a los pastores. Fue flotando entre los cañaverales del río, y ellos hicieron llegar su mensaje al mar.
––“¡Mira, mira!” ––gritó el ro­sal–– “Ya está terminada la rosa.” Pero el ruiseñor ya no podía con­testar. Estaba muerto sobre la cre­cida hierba, con una espina clavada en el corazón.
Y al mediodía el estudiante, abriendo su ventana, miró afuera. ¡Cómo... qué suerte maravi­llosa!” ––exclamó––. “¡Hay una rosa roja! ¡Nunca había visto rosa como ésta en toda mi vida! ¡Es tan hermosa que seguramente tiene un nombre latino muy largo!” ––E in­clinándose la cortó.
En seguida, poniéndose el sombre­ro, fue corriendo a casa del profe­sor, con la rosa en la mano.
La hija del profesor estaba sen­tada en el umbral de su casa deva­nando seda azul en la rueca y su perro descansaba a sus pies.
––“Me dijiste que bailarías con­migo, si te obsequiaba una rosa roja” –– dijo el estudiante––. “Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. La lucirás está noche junto a tu corazón, y mientras bailamos juntos, ella te dirá lo mucho que te amo.”
Pero la muchacha hizo un gesto desdeñoso.
––“Temo que no va a hacer juego con mi vestido, y además el sobrino del chambelán me ha obsequiado unas joyas finísimas, y todo el mun­do sabe que las joyas valen más que las flores.­
––“En verdad, eres una ingrata” ––dijo furioso el estudiante.
Y tiró la rosa al arroyo, y un pe­sado carromato la deshizo.
––“¿Ingrata...?, debo confesarte que me pareces un mal educado. Después de todo; ¿quién eres tú? Nada más un estudiante. Creo que ni tienes hebillas de plata en tus za­patos, como las tiene el sobrino del chambelán.”
Y levantándose de la silla, entró en la casa.
––“¡Qué cosa más tonta es el amor!” ––dijo el estudiante aleján­dose––. “No tiene la mitad de uti­lidad que tiene la Lógica; porque no demuestra nada, y siempre nos habla de lo irrealizable, y nos hace creer en cosas que no existen. Verda­deramente es un sentimiento im­práctico; y como en estos tiempos el ser práctico lo es todo, volveré a la Filosofía, y estudiaré Metafísica.”
Así pues, regresó a su cuarto, y tomando en sus manos un gran libro polvoriento, comenzó a leer.

FIN DE
«EL RUISEÑOR Y LA ROSA»


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