»Hay un pensamiento, para concluir, que se me impone con creciente insistencia. Y es que vivo en una casa muy extraña, en una casa espantosa. Y he empezado a preguntarme si hago bien permaneciendo aquí. Pero si me marcho, ¿adonde iré, dónde puedo encontrar la soledad y la sensación de su presencia , que es lo único que hace soportable mi vejez?
CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
viernes, 26 de enero de 2024
CÁTEDRA EN EL CAFÉ-WILLIAM HOPE HODGSON LA CASA EN EL CONFÍN DE LA TIERRA FRAGMENTOS
Lo indecente y lo enfermo en el arte [1 de Marzo de 1911] ROBERT MUSIL
Lo indecente y lo enfermo en el arte
[1 de Marzo de 1911]
El autor de este artículo es el escritor de ese
libro psicológicamente tan cautivador que apareció
hace varios años como obra primeriza y fue
sumamente celebrado por’la crítica más seria. Se
llamaba «Las tribulaciones del joven Torless», y
hasta hoy sigue, sin dar la talla editorial propia
de «la edad peligrosa».
Ordenar en consideración a una finalidad externa ideas que les. resultaban
conocidas hace mucho a las personas sensatas tiene algo de innegablemente
aburrido. Pero, en determinadas circunstancias, nada se le alcanzaría a uno tan
conocido como para que ya no fuera necesario repetirlo a menudo en público.
En Berlín se había prohibido a Flaubert. Alfred Kerr ya ha puesto en claro con
pocas palabras, de forma incontrovertible, que tal cosa sucedió en contra de la
ley, porque ésta dice que «la incitación sexual de una representación está
permitida cuando viene vinculada a una finalidad artística». Pero en Frankfurt
a. M. se ha prohibido también una conferencia de Karin Michaelis sobre la
edad crítica de la mujer, y en Munich, de una u otra forma, se le ha autorizado
a pronunciarla ante auditorios de uno u otro sexo exclusivamente. Imagínese
el consenso entre autoridades y opinión pública alemanas en los casos
siguientes:
Un marchante mecenas que expusiera trabajos japoneses de xilografía
donde aparecieran parejas arracimadas, enmarañadas en prodigiosos entrelazamientos,
partes de sus cuerpos que palpan el suelo como tentáculos, o se
repliegan de nuev'o como sacacorchos sobre sí mismas en el indecible vacío de
la decepción ulterior, ojos que cuelgan y giran, trémulos como burbujas, sobre
pechos inmóviles. O un artista que representara el motivo, en el fondo
puramente burgués, que los franceses, llaman fantasiosamente el beso del
monte sagrado —por ejemplo Felicien Rops en sus cartas—, y supongamos
que lo hiciera con la espalda del hombre combada de avidez canina y la amplia
indiferencia de la mujer en su indefinida búsqueda de algo. O un escritor que
describiera cómo alguien mira Jas manos temblorosas de su madre y miente,
miente, miente y dice algo apenas cierto acerca de que se le volverán cada vez
más cansadas y temblorosas, algo inventado, meramente por hacer daño. O
que describiera a una pariente próxima desnuda en la mesa de operaciones,
mordida ya por el bisturí; que lo describiera vivido al modo en que se coge a
una mujer en un accidente, casi como una cosa, y se la desnuda con ese campo
de conciencia restringido propio de las decisiones enérgicas; vivido con ese no
pensar en zonas en las que jamás se ha penetrado. Pero alguien habla —poco,
objetiva, médicamente— alguien con responsabilidad, un caballero, y ya hay
ahí algo sin movimiento, una herida, medio extraña, ahí puesta, floral, a
medias supuración sangrienta, abierta, en medio de la piel del costado pálida
por la tirantez, como una boca... Una asociación automática... besar, apretar
sobre la piel indefensa de esos labios. ¿Porqué? ¿Quién sabe? ¿Una semejanza
superficial, una nostalgia?... Una fracción de segundo, horror al respecto, y
luego otra vez órdenes y acciones rápidas. Y de repente, como un relámpago,
un ajuste de cuentas con la propia vida, al acecho de este instante casual de
debilidad desde hace tiempo, un tiempo indefinidamente largo: órdenes,
rápidas acciones también en el interior, hasta en la soledad con uno mismo esa
idiotez de la raya, de la ruta a seguir, el alma que zumba vacía en torno a lo
más sólido, agarrando hasta estrujar lo más fiable. Es un bloqueo, —vivido
quizás como una sublevación contra el profesor y contra la tiesa objetividad de
los colegas, quizás con espanto como un choque amortiguado consigo mismo,
muy hondo allá dentro en lo oscuro—, es un flamear de jirones; hojas en un
torbellino que se ha levantado: Yo, lento revolotear a la deriva, vacilante;
proximidad mortecina, lejana, semiprocesos de otro modo reprimidos y ahora
temporalmente reavivados, fragmentos de excitaciones jamás consumadas, sin
embargo sexuales, sin embargo ilícitos y presentes, sin embargo prometeicos,
que se hacen sensibles por vez primera. Y despertados a veces, por un rato,
gracias justamente al preciso y tranquilo paso de marcha de los términos
científicos, se hacen radiantes como el día, crueles, convocados a la lucha por
la existencia, hostiles y hartos ya de los tormentos que les sofocaron en la
estrechez de una convivencia anodina. Y un escritor insistiría en eso: también
una madre, una hermana, siguen siendo, desnudas, una mujer desnuda, y
quizás se vuelven tal para la conciencia tan sólo en las precisas circunstancias
que lo hagan aparecer como lo más aborrecible. Más o menos algo así, con una
inventiva mejor lograda.
En un caso fácil de juzgar, que giraba en torno a acciones cuya comisión a
nadie se le reprocharía en serio, el señor von Jagow sencillamente ha pasado
por alto la finalidad artística ligada a la imagen, que no se hallaba allí pegada
como un prospecto, sino en el valor de una compasión que vibraba luminosa
y estremecida en torno a un estilo. Pero hay casos en que, con todo el valor
humano de lo representado y todo el arte de la representación, y pese a todo
el reconocimiento que no es preciso negarles, no obstante se les niega la
finalidad artística que bastaría para justificarlos, o bien se la subordina a alguna
otra; casos cuya exclusión del terreno de lo artístico constituye hoy en día no
sólo el programa de comisarios de policía y fiscales del estado, pongamos por
caso, sino también el de revistas con pretensiones artísticas. He presentado
algunos ejemplos de ese tipo, y de ellos voy a hablar: hay cosas de las que no
se habla en la comunidad cultural alemana. N o soy el único al que tal estado
de cosas le llena de vergüenza y de cólera, y frente a él voy a defender la
posición de que el arte puede no sólo representar lo inmoral y lo aborrecible,
sino también amarlo.
Doy por sentado al respecto que desde el punto de vista social existen con
toda razón lo inmoral, lo aborrecible y lo enfermo —cosa que razonablemente
no va a negarse, en general. Pero entonces sólo hay tres posibilidades para la
afirmación antes establecida: o bien lo indecente y lo enfermo, representados
por un artista, ya no lo son en absoluto. O bien, y a excepción de los casos
en que se representan para provocar un efecto de contraste, para ser
denunciado, o cosas por el estilo, habría que aceptar que el amor que un
artista siente hacia ello es distinto de lo que en este tema se exige como
seriedad en la vida real (para ser más preciso, y no permitir ni por un instante
que alguien pegue el cambiazo encorbatado y cuele al picaro o al exaltado
comcfürtista: que la suya es una seriedad artística). O bien lo indecente y lo
enfermo tienen también en la vida, decididamente, su lado bueno.
Las tres afirmaciones son correctas en cierto sentido.
El arte puede perfectamente elegir lo indecente y lo enfermo como punto
de partida, pero a partir de ahí lo representado —no la representación, sino lo
indecente y enfermo representado— ya no es ni indecente ni enfermo. Es éste
un postulado que, prescindiendo de toda cháchara de sacristía sofcre la misión
del artista, se sigue ya de una simple consideración desapasionada de las
funciones específicas que hacen surgir la obra de arte. Gracias a ella no se
satisfacen propiamente ansias distintas de las artísticas; ésas, se pueden
satisfacer mucho más fácilmente y sin penosos rodeos en la realidad, y sólo en
la realidad se las satisface con la suficiente abundancia. Sentir la necesidad de
representar (artísticamente) significa no tener—ninguna necesidad acuciante de
satisfacción directa, aun cuando hubieran sido ansias de la vida 'real quienes
hubiesen empujado a ello. Representar algo significa representar sus relaciones
con otras cien cosas diferentes: porque objetivamente no es posible de otro
modo, porque hay algo que sólo así se puede hacer entender y sentir... lo
mismo que también el entendimiento científico surge sólo mediante una
actividad de comparación y relación, igual que surge cualquier comprensión
humana. Y aunque esas otras cien cosas fueran, una vez más, indecentes o
enfermas: las relaciones no lo son, el hallazgo de esas relaciones no lo es jamás.
N o de otra manera sucede en la ciencia; en los libros científicos se
encuentra de todo, indecencias anodinas y perversidades anatómicas cuyo
aspecto interno casi no se puede ya recomponer a partir de los elementos de
un alma sana; si uno no se deja engañar p o r ‘ enfoques tan enmascaradores
como la compasión, la obligación social o la máscara de salvador del médico
que nos lanza sus guiños, el interés por esos procesos es un interés directo,
que busca conocimiento. Y también el arte quiere saber; representa lo
indecente y lo enfermo médiante sus relaciones con lo decente y lo sano, y
esto no significa sino que así amplía su saber acerca de lo sano y lo decente.
La impresión que recibe un artista —algo a evitar, una sensación indefinida,
un sentimiento, una volición— se descompone en él, y escapados a su
paralizante contexto habitual, sus componentes alcanzan de pronto relaciones
inesperadas con objetos a menudo muy distintos, que a su vez resuenan en su
dislocación en involuntaria armonía. Así se abren caminos y se hacen estallar
masas de relaciones establecidas, así va excavando la conciencia sus vías de
acceso. El resultado no es más que una representación del proceso a describir
imprecisa aún en la mayoría de los casos, pero en torno suyo, un oscuro
resonar de afinidades anímicas, un lento desplazarse de grandes masas de
voliciones, ideas y sentimientos entrelazados. Tal es lo que sucede en realidad,
y ése el aspecto que un proceso enfermo, odioso, incomprensible o meramente
desatendido por convencionalismo, presenta en el cerebro de un artista. Pero
en esa misma forma, inserto en una cadena de relaciones, atrapado por un
movimiento que lo alza, lo arrastra consigo y lo. libera de la opresión de su
peso, es como debe aparecer también en el cerebro de quien comprende la
representación. Esa totalidad es el objeto representado, y el efecto purificador
del arte que desensualiza automáticamente debe fundarse en ello —y en
ninguna otra cosa, tampoco en una moralidad que toca la lira con la decencia
de un actor del teatro nacional—. Lo que en la realidad sigue condensado
como en una gota ardiente se ve aquí disuelto, disperso y entreverado:
bendito, humanizado. Basta haber tenido siquiera una vez entre las manos ía
obra de un enfermo para comprender la diferencia en lo producido.
Desde luego, el arte no representa de una manera conceptual, sino sensual,
no lo general, sino el caso particular, en cuyo complejo acorde resuenan
inciertas notas generales, y mientras que, ante un mismo caso, un médico se
interesa por las relaciones causales de validez general, el artista se interesa por
un contexto individual de sentimientos; el científico, por un esquema sintetizador
de lo real, el artista, por la ampliación del registro de lo que aún es posible
interiormente, y por ello el arte no es tampoco sensatez jurídica, sino otra
muy distinta. No expone las personas, emociones y sucesos a los que da forma
desde todos sus costados, x sino unilateralmente. Amar algo como artista
significa así verse estremecido no por su valor o su falta de valor último, sino
por un aspecto que'se abre de repente; en donde tiene algún valor, el arte
muestra cosas que muy pocos han visto todavía. Es conquistador, no pacificador.
Así, ve también aspectos valiosos e interrelaciones en sucesos ante los
cuales se horrorizan los demás. En la mayoría de los choques entre arte y
opinión pública, o bien no se reconocen esos valores, o bien, lo que es el caso
típico, sucede que ya el mero intento de conocerlos se ve rechazado por temor
a las circunstancias en que se alcanzan. Se le hace saber al artista que la
impresión que analiza no forma parte de ningún hombre sano, que es algo
asqúeroso se mire por donde se mire. Y para enfrentarse a esto, tras recordar
modestamente que a pesar de todo la evidencia siguió aferrándose durante
largo tiempo a la rotación del sol en torno a la tierra, no queda ya cosa mejor
que hacer que ésta: emprender la lucha contra el fundaménto último de esas
contradicciones, y defender la teoría de que en esta época, que tanto se
angustia con la decadencia y la salud, la frontera entre salud y enfermedad
anímicas o entre moral e inmoral se busca, en términos geométricos demasiado
bastos, como una línea a definir y respetar (y cualquier acción debería estar o
bien a un lado o bien al otro), en lugar de reconocer que no existe ningún
venenó anímico que lo sea así sin más, sino sólo efectos venenosos de alguna
desproporción funcional en uno u otro de los componentes de la mezcla
anímica —con lo cual no es menos repugnante el enfermar por un exceso de
lo bien visto que de lo contrario—; y que cada acción, cada sentimiento, cada
deseo, cada línea de interés —o como quiera que se enumere cuanto se suele
sacar a colación para hacer sospechoso de minusvalía anímica a un poeta y a
sus figuras— puede ser de por sí tan sano como enfermo, que hay lugares tan
enfermos como esos en cualquier alma sana, y que la decisión sólo se puede
referir a la totalidad, a relaciones de cantidad, superficie, peso, tensión, valor
u otras igual de complicadas entre elementos particulares que hoy se distinguen
como sanos o enfermos, y que no podrían tener tal significado de una vez por
todas, sino solo en cada caso y según sus efectos en el caso particular de un
alma particular.
En verdad no existe perversidad o inmoralidad alguna que no tenga por así
decir su correlativa salud o moral. Lo que presupone que, para todos y cada
uno de los componentes por los que está constituida una perversión o una
inmoralidad, se encuentra otro análogo en las almas sanas y aptas para la vida
en común. Y esta presuposición es correcta, y a ningún escritor le resultará
difícil probarla sea cual fuere el ejemplo que se le presente. Toda perversidad
puede representarse. Se deja representar porque se estructura a partir de lo
normal, pues en otro caso su representación no sería comprensible. Así como
la desensualización de la representación se basa en esa actividad de estructuración,
el efecto humanizador del modelo se basa en la posibilidad de representación.
Pero al igual que en esa estructura resultante pueden'‘ contenerse además
elementos valiosos en puntos decisivos, también puede haberlos en su valoración.
Esta es la clave de la combinatoria que hace posible la comprensión y el amor
artístico también hacia lo perverso y lo inmoral.
Amor válido sólo en relación a una imagen intelectualizada, o como diría
un químico, «enriquecida». Para la que sin embargo también puede haber un
modelo preciso en la vida. De manera que, si bien es cierto que no se debe
negar la existencia de lo inmoral y lo enfermo, en el terreno del pensamiento
no obstante se debe considerar que los límites tendrían que establecerse de
otro modo. Con un ejemplo: se tendrá que reconocer que un asesino sexual
puede ser un enfermo, que puede ser sano e inmoral, y que puede ser sano y
moral; tal cosa ya se hace con los asesinos sin más.
Desde el momento en que hay valores que llegan a madurar gracias a uri
arte que no elude reconocerlo, es indigno y cobarde ensañarse con él. Nadie
abordará ese terreno si no hay en él determinados valores que le atraigan, pero
esa perspectiva de panadero orondo, con su arte alemán sano a cualquier
precio, es muy estrecha. N o es preciso negar los peligros. Hay ansias a medias
que no bastan para intentar su realización en la vida, pero -sin embargo sí para
tratar de realizarlas en el arte, y puede haber hombres que utilicen para ello
tanto vida como arte. Pero, o bien en el proceso sufren ese efecto de
transformación de la energía (y entonces da totalmente igual el que además
estén enfermos), o bien no se puede hablar propiamente de arte. Pese a lo cual,
todo esto podría no bastar aún para excluir algún efecto secundario, y también
pudiera ser cierto que el público no capta más que el tema en bruto, que el
arte actúa sobre interioridades más movedizas e indisciplinadas que la ciencia,
y que se vuelve as! más peligroso: pero todo eso son dificultades, y no
contraargumentos. También la ciencia tiene su séquito de merodeadores
intelectuales, y no por ello va a ser prohibida cuando se difunda más aún que
en la actualidad entre el pueblo —camino que la ciencia ya está encarando—.
Lo que se hace por ella debe hacerse también por el arte: cargar con los
desagradables efectos secundarios mencionados por mor del fin principal,
además de quitarles importancia acentuando lo asombroso del mismo. Pues se
debe reformar hacia adelante y no hacia atrás; las enfermedades sociales, las
revoluciones, son evoluciones bloqueadas por la estupidez conservadora.
También en la vida real se tendrá- que aprender a pensar de otra manera
para comprender al arte. Que se defina como moral cualquier objetivo de la
comunidad, pero con una gran cantidad de caminos laterales autorizados. Y
que el movimiento vaya convergiendo por todos ellos en una fuerte voluntad
de progreso, para no correr el peligro de trastabillar a cada guijarro del
camino.
miércoles, 24 de enero de 2024
Robert Musil Atrapamoscas FRAGMENTO
El papel atrapamoscas mide aproximadamente treinta centímetros de largo por veinte de ancho; está cubierto por una capa de veneno amarillo y su origen es Canadá. Cuando una mosca aterriza sobre él —sin demasiado entusiasmo, más bien por inercia, dado que hay tantas otras allí— se pega primero por la punta de las patas.
Una
sensación apenas desconcertante la invade, como si una persona fuera caminando
descalza a oscuras y pisara algo, una suave obstrucción, tibia e ineludible, en
la que poco a poco la fabulosa esencia humana empieza a fluir, reconociéndola
como una mano que simplemente estaba allí, y que con sus cinco dedos bien
diferenciados la agarra fuerte.
Robert Musil
Atrapamoscas
Atrapamoscas
EL
PAPEL ATRAPAMOSCAS MIDE aproximadamente treinta centímetros de largo por veinte
de ancho; está cubierto por una capa de veneno amarillo y su origen es Canadá.
Cuando una mosca aterriza sobre él —sin demasiado entusiasmo, más bien por
inercia, dado que hay tantas otras allí— se pega primero por la punta de las
patas. Una sensación apenas desconcertante la invade, como si una persona fuera
caminando descalza a oscuras y pisara algo, una suave obstrucción, tibia e
ineludible, en la que poco a poco la fabulosa esencia humana empieza a fluir,
reconociéndola como una mano que simplemente estaba allí, y que con sus cinco
dedos bien diferenciados la agarra fuerte.
Las
moscas se esfuerzan por mantenerse erguidas, como rengos queriendo ocultar su
invalidez, o como decrépitos soldados, con las piernas algo arqueadas —como uno
se pararía frente a un abismo—. Toman fuerza, consideran la situación. Al cabo
de unos segundos empiezan a hacer lo que está a su alcance: zumban, intentan
liberarse. Continúan esa lucha frenética hasta que el agotamiento las obliga a
detenerse. Toman aliento y vuelven a la carga. Pero los intervalos se hacen
cada vez más largos. Es evidente su indefensión. Se elevan extraños vapores.
Sus lenguas golpetean como diminutos martillos. Tienen la cabeza marrón y peluda
como cocos o africanos. Se retuercen sobre sus patas bien agarradas, se doblan
sobre sus rodillas y se inclinan hacia adelante como hombres intentando mover
algo muy pesado: la imagen es más trágica que la de obreros en una fábrica, más
honesta y dramática que el lamento de un Laoconte. Y luego llega el
extraordinario momento en que la necesidad de un segundo de descanso se impone
sobre los mismos instintos de supervivencia. Es el momento en que el dolor de
dedos hace soltar al montañista, en que el hombre perdido en la nieve se
acurruca como un niño, en que el perseguido se detiene a recobrar el aliento.
Ya no se mantienen completamente en pie sino que se doblan apenas, y en ese
momento parecen completamente humanas. Inmediatamente se pegan por otro lado,
más arriba en la pata o la punta de un ala.
Cuando
poco después vencen el agotamiento espiritual y retoman la lucha, se encuentran
atrapadas en una posición desfavorable y sus movimientos se vuelven
artificiales. Entonces se acuestan con las patas traseras estiradas, se apoyan
en los codos y hacen fuerza para levantarse. O sentadas con los brazos
estirados como mujeres tratando de liberarse de un hombre. O acostadas boca
abajo con la cabeza y los brazos al frente como si se hubieran tropezado y
subido la cabeza por reflejo. Pero el enemigo es pasivo y triunfa precisamente
en esos momentos de desesperación. Las atrae tan lentamente que se puede seguir
la acción, a menudo con una aceleración abrupta hacia el final, el momento del
último aliento. Entonces, de pronto, se dejan caer, con la cabeza hacia
adelante, boca abajo, o de costado con las piernas vencidas; a menudo también
dan una vuelta carnero. Así quedan atrapadas. Como aviones estrellados con un
ala hacia arriba. O como caballos muertos. Con eternos gestos de desesperación.
O muy tranquilos, como si estuvieran dormidas. Incluso puede que al otro día
una se despierte y sacuda una pata o un ala. En ocasiones esos movimientos
despiertan a las otras y entonces todas se hunden un poco más profundo en la muerte.
Y al costado, junto al tomacorriente, una microscópica larva vivirá durante
mucho tiempo más. Se abre y se cierra; no se puede describir sin una lupa:
parece un diminuto ojo parpadeando sin cesar.
Isla de monos
EN
VILLA BORGHESE, ROMA, hay un árbol sin corteza ni ramas. Pelado como un cráneo,
corroído por el Sol y el agua, y amarillo como un esqueleto. Se yergue sin
raíces, muerto, clavado como un mástil en el cemento de una isla ovalada del
tamaño de un barco pequeño, separada de Italia por una cuneta de hormigón. La
cuneta es lo suficientemente ancha, y del lado de afuera, lo suficientemente
profunda, de manera que un mono no puede treparla ni saltarla. Desde afuera
probablemente sí, pero no estando adentro.
El
tronco en el medio ofrece un buen agarre, y como les gusta decir a los
turistas, es ideal para una dosis de alpinismo gratis y fácil. Pero bien en la
cima, largas y firmes ramas crecen horizontalmente, y si te quitaras los
zapatos y las medias y te afirmaras con las plantas de los pies alrededor del
tronco, sujetándote fuerte con las manos, una frente a la otra, no tendrías
inconveniente en alcanzar el extremo de una de esas ramas bañadas en Sol, que
se extienden sobre los picos de los pinos.
Esta
maravillosa isla está habitada por tres familias de distinto tamaño.
Aproximadamente quince ágiles y fibrosos niños y niñas, todos del tamaño de un
niño de cuatro años, viven en el árbol, mientras que al pie, en el único
edificio de la isla, un palacio de la forma y el tamaño de la casa de un perro,
vive una pareja de monos de mayor tamaño con su hijo. Son la pareja real de la
isla y el pequeño príncipe. Nunca sus padres se alejan de la casa; se sientan
cada uno a su lado como guardaespaldas, inmóviles, y contemplan la distancia.
Una vez por hora el rey se levanta y trepa el árbol para echar su vistazo de
rutina. Camina lentamente por las ramas, y no se inmuta frente a la deferencia
y el recelo con que todos se retraen a su paso —para evitar su mirada— hacia
los últimos extremos de las ramas, hasta que un paso letal los separa del
suelo. El mono recorre una por una las ramas, y ni la más atenta mirada puede
descifrar si su rostro expresa el de un gobernante cumpliendo su deber o el de
un terrateniente midiendo sus posesiones.
Mientras
tanto, el príncipe está sentado solo sobre el techo del palacio —porque
sorprendentemente su madre se va al mismo tiempo que el rey— y el Sol brilla
rojo coral entre sus delgadas orejas salientes. Pocas veces se ha visto rutina
tan inútil, y a la vez, ejecutada con tan invisible dignidad como la de ese
joven mono. Uno tras otro los tres monos que bajaron corriendo del árbol pasan
delante de él, y tranquilamente podrían romperle su cuello raquítico de un solo
movimiento —están de muy mal humor—, pero caminan a cierta distancia y ejecutan
todas las formas de reverencia y reserva que se le debe a su familia.
Lleva
un tiempo notar que, además de estos seres que llevan una vida tan ordenada, la
isla también está habitada por otros animales. Arribados por tierra y por aire,
una gran población de pequeños monos vive en la cuneta. Si uno de ellos
siquiera asoma la cabeza en la isla, los tres monos lo correrían de vuelta a la
cuneta bajo severas represalias. A la hora de alimentarse los pequeños deben
aguardar sumisamente y recién cuando los otros están llenos y se van a
descansar al árbol se les permite comer las sobras. Ni siquiera tienen
permitido comer lo que les arrojan. Un niño malvado o una niña traviesa están
siempre esperando la oportunidad. Entonces, aunque sea evidente que están
llenos, los monos bajan lentamente de su posadero al ver que los pequeños
pueden estar pasándola demasiado bien. Los pocos que se atreven a pisar la isla
ya están corriendo de vuelta a la cuneta; se mezclan con los demás y comienza
el griterío. Ahora todos se amontonan de manera tal que se forma una sola
superficie de pelo y carne; los ojos oscuros aparecen del otro lado de la pared
como agua de un tanque desbordado. El guarda, sin embargo, tan sólo camina por
el borde y observa la oleada de terror a sus pies. En ese momento las negras
caritas se revuelven y los pequeños monos extienden sus brazos suplicantes ante
los ojos malvados que los miran desde arriba. Pronto la mirada se posa sobre un
solo individuo, que empuja hacia adelante y hacia atrás, y otros cinco que no
saben quién de todos es el blanco de esos ojos hacen lo mismo; pero la
indefensa y aterrada masa de monitos permanece estática. Cuando la prolongada e
indiferente mirada detecta arbitrariamente a su víctima es imposible seguir
controlándose para demostrar poco o mucho miedo. Se quiebra el autocontrol a la
vez que se presenta y abre paso el odio; y sin reparos una criatura pega
alaridos de dolor. El resto de los monos corre temblando como almas condenadas
en el purgatorio y se reúnen a conversar alegremente, tan apartados de la
escena como sea posible.
Cuando
todo termina el guarda trepa ágilmente de vuelta al árbol, a su rama más alta,
camina hasta el extremo y se sienta tranquilamente, erguido, serio, y allí
permanece largamente. Su mirada se dirige al monte Pincio y Villa Borghese,
donde pasando los parques está la gran ciudad amarilla, envuelta en la nube
verde de la copa del árbol, flotando, imperceptible para todos, suspendida en
el aire.
martes, 23 de enero de 2024
William H. Hogdson UNA VOZ EN LA NOCHE TEXTO COMPLETO
William H. Hogdson
UNA VOZ EN LA NOCHE
Era un noche oscura y sin
estrellas. La falta de viento nos tenía detenidos en el Pacífico norte. No sé
cuál era nuestra posición exacta, pues durante un semana fatigosa y jadeante el
sol había permanecido oculto detrás de un tenue neblina que parecía flotar
sobre nosotros, más o menos a la altura de nuestros calcés, aunque a veces
descendía para envolver el mar que nos rodeaba.
Ante la falta de viento,
habíamos sujetado en posición firme la caña del timón y yo era el único hombre
que se encontraba en cubierta. La tripulación, que consistía en dos marineros y
un grumete, dormía en su camarote de proa, mientras Will -mi amigo y a la vez
patrón de nuestra pequeña embarcación- se hallaba en su litera de popa, en el
lado de babor.
De pronto, surgió un
llamada de entre las tinieblas que nos rodeaban:
-¡Ah de la goleta! -Fue tan
inesperada, que la sorpresa me impidió contestar inmediatamente.
Volvió a oírse la llamada;
un voz curiosamente gutural e inhumana nos llamaba desde alguna parte del mar
tenebroso, por el lado de babor.
-¡Ah de la goleta!
-¡Eh! -grité, después de
reponerme un poco de mi sorpresa-. ¿Qué sois? ¿Qué queréis?
-No temáis -contestó la voz
extraña, que probablemente había captado cierto tono de confusión en la mía-.
No soy más que un hombre... anciano.
La pausa resultó extraña,
pero hasta más adelante no le encontraría sentido.
-Si es así, ¿por qué no
atracas a nuestro costado? -pregunté con cierta sequedad, pues no me gustaba la
insinuación de que me había mostrado un tanto confundido.
-No. .. no puedo. Sería
peligroso. Yo...
La voz enmudeció y todo
volvió a quedar en silencio.
-¿Qué quieres decir?
-pregunté, cada vez más asombrado-. ¿Por qué sería peligroso? ¿Dónde estás?
Escuché durante un momento,
pero no hubo respuesta. Y entonces, un sospecha súbita e indefinida, aunque no
sabía de qué, se apoderó de mí. Me acerqué rápidamente a la bitácora y saqué la
lámpara encendida. Al mismo tiempo golpeé la cubierta con el tacón para
despertar a Will. Luego me aproximé de nuevo al costado y proyecté el haz de
luz amarilla hacia la silenciosa inmensidad que había más allá de nuestra
borda. Al hacerlo, oí un grito leve y sofocado y luego un chapoteo, como si
alguien acabase de sumergir los remos precipitadamente. Pese a ello, no puedo
decir que viera nada con certeza, excepto, me pareció, que el primer destello
de luz había iluminado algo en el agua, allí donde ahora no había nada.
-¡Eh! -llamé-. ¿Qué broma
es ésta?
Pero lo único que oí fueron
los confusos ruidos de un embarcación que se alejaba de nosotros y se internaba
en la noche.
Entonces oí la voz de Will
que venía de popa.
-¿Qué pasa, George?
-¡Ven aquí, Will! -dije.
-¿De qué se trata?
-preguntó, cruzando la cubierta. Le conté el raro incidente que acababa de
producirse. Él me hizo varias preguntas; luego, tras un momento de silencio,
hizo bocina con las manos y llamó:
-¡Ah del barco!
Desde mucha distancia nos
llegó débilmente un réplica y mi compañero repitió su llamada. Al poco, después
de un breve silencio, el sonido apagado de unos remos fue acercándose a
nosotros y, al oírlo, Will volvió a llamar.
Esta vez hubo respuesta.
-Apagad la luz.
-Que me cuelguen si la
apago -musité, pero Will me dijo que hiciera lo que ordenaba la voz, así que
metí la luz debajo de las amuradas.
-Acercaros más -dijo Will.
Siguieron oyéndose los remos. Luego, cuando parecían estar a un media docena de
brazas, cesaron de nuevo.
-¡Atracad al costado!
-exclamó Will-. ¡A bordo no tenemos nada que deba daros miedo!
-Promete que no mostrarás
la luz.
-¿Qué te pasa? -pregunté-.
¿Por qué sientes ese temor infernal a la luz?
-Porque... -empezó a decir
la voz y enmudeció de repente.
-Porque ¿qué? -pregunté en
seguida. Will me puso un mano en el hombro.
-Cállate durante un minuto,
viejo -dijo-. Ya me encargo yo de él.
Se inclinó más sobre la
borda.
-Oiga usted, señor -dijo-.
Todo esto es muy extraño..., acercarse a nosotros de esta manera, en medio del
bendito Pacífico. ¿Cómo vamos a saber que no se trae algo raro entre manos?
Dice que está solo. ¿Cómo podemos saberlo si no le vemos? ¿Cómo... eh? ¿Qué
tiene contra la luz, si puede saberse?
Cuando Will terminó de
hablar, volví a oír el ruido de remos y luego la voz, pero ahora procedía de
más lejos y su tono reflejaba una desesperanza y un patetismo tremendos.
-Lo siento... ¡Lo siento!
No quería molestaros, pero es que tengo hambre..., y ella también.
La voz se apagó y hasta
nosotros llegó el ruido de los remos sumergiéndose irregularmente.
-¡Alto! -gritó Will-. No
quiero ahuyentarte. ¡Vuelve! Esconderemos la luz, si a ti no te gusta.
Will se volvió hacia mí:
-Todo esto resulta muy
extraño, pero creo que no hay nada que temer.
Había un interrogante en su
tono y le contesté:
-Yo tampoco. El pobre
diablo habrá naufragado por aquí cerca y se habrá vuelto loco.
El sonido de los remos iba
acercándose.
-Vuelve a guardar la
lámpara en la bitácora -dijo Will; luego se inclinó sobre la borda y aguzó el
oído.
Dejé la lámpara en su sitio
y volví a su lado. El ruido de los remos cesó a un docena de metros
aproximadamente.
-¿No quieres atracar de
costado ahora? -preguntó Will con voz tranquila-. He vuelto a meter la lámpara
en la bitácora.
-No.... no puedo -repuso la
voz-. No me atrevo a acercarme más. Ni siquiera me atrevo a pagar las..., las
provisiones.
-Eso no importa -dijo Will,
titubeando luego-. Coge toda la comida que quieras...
Volvió a titubear.
-¡Eres muy bueno! -exclamó
la voz-. Que Dios, que todo lo comprende, te recompense por tu...
La voz se quebró roncamente.
-¿La.... la señora? -dijo
de pronto Will-. ¿Está ... ?
-La he dejado en la isla
-dijo la voz.
-¿Qué isla? -tercié yo.
-No sé cómo se llama
-contestó la voz-. Ojalá... -empezó a decir, pero se calló súbitamente.
-¿No podríamos enviar un
barca en su busca? -pregunté a Will.
-¡No! -dijo la voz con un
énfasis extraordinario-. ¡Dios mío! ¡No! -Hubo un breve pausa; luego, en un
tono que hacía pensar en un reproche merecido, añadió-: Me he aventurado a
causa de nuestra necesidad... Porque su agonía me atormentaba.
-¡Soy un bruto despistado!
-exclamó Will-. Aguarda un minuto, seas quien seas, y en seguida te traigo
algo.
Al cabo de un par de
minutos volvió con los brazos cargados de los más variados comestibles. Se
detuvo ante la borda.
-¿No puedes acercarte a
recogerlo? -preguntó.
-No.... no me atrevo
-replicó la voz. Me pareció detectar en ella un tono de anhelo sofocado... como
si su dueño reprimiera algún deseo mortal. Y entonces se me ocurrió que aquella
criatura vieja e infeliz sufría realmente necesidad de lo que Will tenía en los
brazos y, pese a ello, debido a algún temor ininteligible, se abstenía de
acercarse velozmente al costado de nuestra pequeña goleta y recogerlo. Y junto
con este convencimiento relámpago, llegó el conocimiento de que el invisible no
estaba loco, sino que afrontaba con cordura algún horror intolerable.
-¡Maldita sea, Will! -dije,
lleno de muchos sentimientos, entre los que predominaba un solidaridad
inmensa-. Trae un caja. Meteremos la comida en ella y se la haremos llegar
flotando.
Así lo hicimos, empujando
la caja con un bichero hacia la oscuridad. Al cabo de un minuto llegó a
nuestros oídos un leve exclamación del invisible y entonces supimos que tenía
la caja en su poder.
Poco después se despidió de
nosotros y nos lanzó un bendición que, de ello estoy seguro, no nos vino nada
mal. Luego, sin más, oímos que los remos se alejaban en la oscuridad.
-Mucha prisa en irse
-comentó Will, quizás un tanto ofendido.
-Espera -repliqué-. No sé
por qué, pero me parece que volverá. Seguramente esos alimentos le hacían
muchísima falta.
-Y a la dama también -dijo
Will. Guardó silencio durante un momento, luego prosiguió-: Es lo más raro que
me ha pasado desde que me dedico a la pesca.
-Sí -dije yo, y me puse a
reflexionar. Y así fue pasando el tiempo: un hora, y otra, y Will seguía
conmigo, pues la extraña aventura le había quitado todo deseo de dormir.
Habían transcurrido ya las
tres cuartas partes de la tercera hora cuando nuevamente oímos ruido de remos
en el silencio del océano.
-¡Escucha! -dijo Will, con
un leve tono de excitación en la voz.
-Lo que me figuraba. Ya
vuelve -musité.
El ruido de los remos al
sumergirse era cada vez más cercano y me fijé en que los golpes de remo eran
más firmes y duraban más. Era verdad que necesitaban los alimentos.
El ruido cesó a poca
distancia del costado de la goleta y la voz extraña llegó de nuevo a nosotros a
través de las tinieblas:
-¡Ah de la goleta!
-¿Eres tú? -preguntó Will.
-Sí -replicó la voz-. Me he
ido repentinamente, pero... es que la necesidad era grande. La... señora les
está agradecida aquí en la tierra. Pero más lo estará pronto en..., en el
cielo.
Will empezó a decir algo
con voz desconcertada, pero sus palabras se hicieron confusas y optó por
callarse. Yo no dije nada. Me sentía maravillado por aquellas pausas curiosas,
y además de mi maravilla, me embargaba un gran solidaridad.
La voz continuó:
-Nosotros..., ella y yo,
hemos hablado mientras compartíamos el fruto de la ternura de Dios y de
vosotros...
Will le interrumpió, pero
sin coherencia.
-Os suplico que no..., que
no menospreciéis vuestro acto de caridad cristiana de esta noche -dijo la voz-.
Cercioraros de que no haya escapado a Su atención.
Se calló y durante un
minuto entero reinó el silencio. Luego la voz volvió a oírse:
-Hemos hablado juntos de
lo.... de lo que ha caído sobre nosotros. Habíamos pensado salir, sin decírselo
a nadie, del terror que ha entrado en nuestras... vidas. Ella, igual que yo,
cree que los acontecimientos de esta noche obedecen a algún designio especial y
que es deseo de Dios que os contemos todo lo que hemos sufrido desde....
desde...
-¿Sí? -dijo Will
quedamente.
-Desde el hundimiento del
Albatross.
-¡Ah! -exclamé
involuntariamente-. Zarpó de Newcastle rumbo a Frisco hace unos seis meses y no
ha vuelto a saberse de él.
-Sí -contestó la voz-. Pero
unos grados al norte de la línea le sorprendió un terrible tempestad y quedó
desarbolado. Al hacerse de día, se vio que el barco hacía agua por todas partes
y, finalmente, cuando amainó el temporal, los marineros huyeron en los botes,
dejando..., dejando a un joven dama..., mi prometida..., y a mí mismo en los
restos del naufragio.
"Nosotros estábamos
bajo cubierta, reuniendo algunas de nuestras pertenencias, cuando ellos se
fueron. A causa del miedo se comportaron de un modo muy cruel, y cuando subimos
a cubierta eran ya unas formas pequeñas en el horizonte. Mas no desesperamos,
sino que nos pusimos a construir un pequeña balsa. En ella colocamos lo poco
que cabía, incluyendo un poco de agua y algunas galletas. Luego, como el barco
estaba ya casi del todo sumergido, nos subimos a la balsa y nos alejamos de él.
"Fue más tarde cuando
me di cuenta de que parecíamos estar en medio de alguna marea o corriente que
nos alejaba del barco, de tal modo que al cabo de tres horas, según mi reloj,
dejamos de ver su casco, aunque los mástiles rotos siguieron siendo visibles
durante un poco más. Luego, hacia el crepúsculo, se levantó un niebla que duró
toda la noche. Al día siguiente continuábamos envueltos por la niebla, y el
tiempo permanecía encalmado.
"Durante cuatro días
navegamos a la deriva bajo esta extraña niebla hasta que, al anochecer del
cuarto día, llegó a nuestros oídos el murmullo de unos lejanos rompientes. Poco
a poco el ruido fue haciéndose más claro y, al poco de la medianoche, pareció
que sonaba a ambos lados y en un espacio no muy grande. Las olas levantaron la
balsa varias veces y luego nos encontramos en aguas tranquilas, con el ruido de
los rompientes a nuestras espaldas.
"Al hacerse de día,
vimos que nos encontrábamos en un especie de laguna grande; pero poco vimos de
ella en ese momento, pues cerca de nosotros, por detrás, el casco de un gran
velero asomó entre la niebla. Como si estuviéramos de común acuerdo, los dos
nos postramos de rodillas y dimos gracias a Dios, pues creíamos que era el
final de nuestras desventuras. Nos quedaba mucho por aprender.
"La balsa se acercó al
barco y gritamos que nos subieran a bordo, mas nadie contestó. Al poco, la
balsa rozó el costado del barco y, viendo que de él colgaba un soga, la así y
empecé a subir. Pero me costó mucho subir por culpa de un especie de masa gris
y viscosa que cubría la soga y que pintaba unas manchas lívidas en el costado
del barco.
"Finalmente, llegué a
la borda y salté a cubierta. Vi que estaba llena de manchas grises, algunas de
las cuales formaban nódulos de varios palmos de altura, pero yo pensaba más en
la posibilidad de que a bordo hubiera gente que en lo que veían mis ojos.
Grité, pero nadie contestó. Entonces me acerqué a la puerta que había debajo de
la cubierta de popa, la abrí y me asomé a su interior. Percibí un fuerte olor a
aire enrarecido, por lo que adiviné al instante que allí dentro no había nada
vivo y, sabiendo esto, me apresuré a cerrar la puerta, pues de repente me sentí
solo.
"Volví al costado por
donde había subido a bordo. Mi..., mi amada seguía en la balsa, sentada
tranquilamente. Al ver que la estaba mirando desde arriba, me preguntó si había
alguien a bordo. Le contesté que el barco parecía abandonado desde hacía mucho
tiempo, pero que, si quería aguardar un poquito, buscaría un escalera o algo
que pudiera usar para subir a bordo. Luego, un vez juntos, registraríamos todo
el barco. Unos momentos después, encontré un escalera de cuerda en el otro
extremo del barco. Me la llevé al costado por donde había subido y, al cabo de
un minuto, mi amada estaba junto a mí. Juntos exploramos las cabinas y
camarotes en la parte de popa, mas en ninguna parte encontramos señales de
vida. Aquí y allá, en el interior de las cabinas, encontramos manchas de
aquella masa extraña, pero, como dijo mi amada, iba a resultar fácil
limpiarlas.
"Al final, convencidos
ya de que no había nadie en la popa, nos dirigimos a proa caminando por entre
los repugnantes nódulos grises de aquella extraña sustancia. También
registramos la parte de proa y averiguamos que, efectivamente, salvo nosotros
no había nadie a bordo.
"Ya sin ninguna duda
al respecto, volvimos a proa y procedimos a instalarnos tan cómodamente como
nos fue posible. Entre los dos pusimos orden y limpiamos dos de las cabinas y
después miré si en el barco había algo comestible. No tardé en comprobar que
así era y mi corazón dio gracias a Dios por su bondad. Además, descubrí dónde
estaba la bomba de agua dulce y, tras repasarla, comprobé que el agua era
potable, aunque tenía un saborcillo desagradable.
"Durante varios días
permanecimos a bordo del barco, sin tratar de llegar a la playa. Trabajábamos
afanosamente para hacer de aquél un lugar habitable. Sin embargo, ya entonces
empezábamos a darnos cuenta de que nuestra suerte era aún menos deseable de lo
que hubiera cabido imaginar, pues, aunque, como primera medida, rascamos las
manchas de aquella sustancia que había en el suelo y las paredes de los
camarotes y el salón, en el plazo de veinticuatro horas recuperaban casi su
tamaño original, lo cual no sólo nos desalentaba, sino que nos inspiraba un
vaga sensación de inquietud.
"Con todo, no
estábamos dispuestos a darnos por vencidos, así que volvíamos a poner manos a
la obra y no sólo rascábamos la masa, sino que los sitios donde había estado
los regábamos profusamente con ácido carbólico, pues en la despensa había
encontrado una lata llena. Sin embargo, al final de la semana, la sustancia
volvía a presentar toda su fuerza y, además, se había propagado a otros
lugares, como si nosotros, al tocarla, hubiéramos permitido que los gérmenes se
esparcieran.
"Al despertar en la
mañana del séptimo día, mi amada se encontró con que un pequeña porción de la
misteriosa sustancia crecía en su almohada, cerca de su cara. Al verlo, se
vistió a toda prisa y vino a mí. En aquel momento me encontraba yo en la
cocina, encendiendo el fuego para el desayuno.
""Ven conmigo,
John", dijo, y me condujo a popa. Al ver lo que crecía en su almohada, me
estremecí y en aquel mismo instante decidimos abandonar en seguida el barco y
ver si podíamos instalarnos más cómodamente en tierra firme.
"Rápidamente recogimos
nuestras escasas pertenencias y entonces vi que incluso entre ellas había
aparecido la masa, pues en uno de los chales de mi amada, cerca del borde,
había un poco. Tiré la prenda por la borda, sin decirle nada a ella.
"La balsa seguía en el
costado del barco, pero como era demasiado difícil gobernarla, eché al agua un
bote pequeño que colgaba de lado a lado de popa y a bordo del mismo nos
dirigimos a la playa. Mas al acercarnos a ella, poco a poco me di cuenta de que
la vil masa que nos había hecho abandonar el barco empezaba a cubrir todo
cuanto había en tierra. En algunos sitios formaba montículos horribles,
fantásticos, que casi parecían moverse, como si albergaran algún tipo de vida
silenciosa, cuando el viento pasaba sobre ellos. En otras partes tomaba la
forma de dedos inmensos, mientras que en otras se limitaba a extenderse, lisa,
viscosa y traicionera. En algunos sitios hacía pensar en árboles enanos y
grotescos, llenos de nudos y pliegues extraordinarios.. . Y todo ello se movía
a ratos, horriblemente.
"Al principio nos
pareció que en toda la costa que había a nuestro alrededor no quedaba ni un
solo lugar que no estuviera oculto bajo aquella horrible sustancia; pero más
tarde pudimos comprobar que nos equivocábamos, pues al navegar siguiendo la
costa, a cierta distancia, vimos un pequeña extensión de algo que parecía arena
fina y allí desembarcamos. No era arena. Lo que era no lo sé. Lo único que he
podido observar es que sobre ella no crece la masa, mientras que nada más que
ésta aparece en todas partes, salvo allí donde esa tierra que parece arena
dibuja extraños senderos entre la gris desolación, que es en verdad un
espectáculo terrible de ver.
"Es difícil haceros
comprender cómo nos animamos al encontrar un sitio que aparecía absolutamente
libre de aquella sustancia. En él depositamos nuestras pertenencias. Luego
volvimos al barco para recoger las cosas que parecía que íbamos a necesitar.
Entre otras cosas, logré llevarme a tierra un de las velas del barco, con la
que construí dos tiendas pequeñas, las cuales, pese a tener un forma muy
irregular, cumplían su cometido. En ellas vivíamos y teníamos almacenadas las
cosas que necesitábamos, y durante varias semanas todo fue bien, sin que
sufriéramos ningún percance digno de señalar. A decir verdad, nos sentíamos muy
felices... porque.... porque estábamos juntos.
"Fue en el pulgar de la
mano derecha de mi amada donde apareció la primera porción de sustancia gris.
No era más que un pequeña mancha circular, muy parecida a un lunar gris. ¡Dios
mío! ¡Qué temor embargó mi corazón cuando ella me la enseñó! La lavamos entre
los dos, rociándola con ácido carbólico y agua. Al día siguiente, por la
mañana, volvió a enseñarme la mano. La mancha gris, parecida a un verruga,
volvía a ser visible. Durante un rato estuvimos mirándonos en silencio. Luego,
todavía sin mediar palabra, nos pusimos a eliminarla de nuevo. Estábamos a la
mitad de la operación cuando de pronto mi amada dijo:
""¿Qué es eso que
tienes en la cara, amado mío?" Su voz reflejaba inquietud. Alcé la mano
para tocarme la cara.
"" ¡Ahí! Debajo
del cabello junto a la oreja. un poco hacia el frente." Mi dedo se posó en
el lugar que me indicaba y entonces lo supe.
""Primero
acabemos de curarte el pulgar", dije. Y ella se sometió sólo porque temía
tocarme antes de que se lo hubiese limpiado. Terminé de lavarle y desinfectarle
el pulgar y entonces ella hizo lo propio con mi cara. Al terminar, nos
sentarnos y estuvimos hablando durante un rato; hablamos de muchas cosas, pues
en nuestras vidas acababan de irrumpir pensamientos inesperados y terribles. De
pronto, sentimos miedo de algo peor que la muerte. Hablamos de cargar el bote
con provisiones y agua y hacernos a la mar; pero por diversas causas éramos
impotentes y... la sustancia ya nos había atacado. Decidimos quedarnos y que
Dios hiciera con nosotros su voluntad. Nosotros esperaríamos.
"Pasó un mes, dos
meses, tres meses, y las manchas iban creciendo, a la vez que aparecían otras.
Pero seguíamos esforzándonos por luchar contra el miedo, tanto es así que sus
progresos eran lentos, relativamente hablando.
"De vez en cuando nos
aventurábamos a volver al barco en busca de cosas que nos hacían falta. Allí
comprobamos que la sustancia crecía de modo persistente. Uno de los nódulos de
la cubierta principal no tardó en llegar a la altura de mi cabeza.
"Para entonces ya
habíamos abandonado toda esperanza de salir de la isla. Nos dábamos cuenta de
que, padeciendo de aquel mal, no nos permitirían volver con los demás seres
humanos.
"Un vez hubimos
llegado a tal conclusión, comprendimos que era necesario vigilar nuestras
existencias de alimentos y agua, pues a la sazón no sabíamos cuánto tiempo
pasaríamos allí, aunque era posible que fuesen muchos años.
"Esto me recuerda que
ya os he dicho que soy un anciano. No es así si nos atenemos a mis años.
Pero.... pero...
Se interrumpió, pero luego
continuó hablando con cierta brusquedad:
-Como decía, sabíamos que
teníamos que ir con cuidado con nuestros alimentos, pero ignorábamos que nos
quedasen tan pocos. Fue un semana después cuando descubrí que todos los demás
depósitos de pan..., que yo suponía llenos..., estaban vacíos, y que, aparte de
algunas latas de verduras y carne y algunas otras cosas, no teníamos nada para
comer excepto el pan del depósito que yo había abierto.
"Al descubrir esto,
decidí hacer algo, lo que pudiese, y traté de pescar en la laguna, pero no lo
conseguí. Entonces me sentí un tanto inclinado al desespero, hasta que se me
ocurrió que podía probar suerte fuera de la laguna, en mar abierto.
"Aquí pescaba algún
que otro pez, pero con tan poca frecuencia que apenas resultaba suficiente para
protegernos del hambre que nos amenazaba. Empecé a pensar que nuestra muerte
sobrevendría probablemente a causa del hambre y del crecimiento de la sustancia
que se había apoderado de nuestros cuerpos.
"En ese estado se
encontraban nuestros ánimos cuando el cuarto mes tocó a su fin. Entonces hice
un descubrimiento en verdad horrible. Un mañana, poco antes del mediodía,
regresé del barco con un pedazo de galleta que quedaba en él y vi que mi amada
estaba sentada ante la entrada de la tienda, comiendo algo.
""¿Qué es, amada
mía?', le pregunté en el momento de saltar a tierra. Mas, al oír mi voz,
pareció un tanto confundida y, volviéndose, con gesto furtivo arrojó algo hacia
el lindero del pequeño claro. Cayó más cerca de lo que ella deseaba y yo, que
empezaba a sentir un vaga sospecha, me acerqué y lo recogí. Era un trozo de la
sustancia gris.
"Al acercarme a ella
con aquello en la mano, se puso pálida como un cadáver y luego se ruborizó.
"Yo me sentía
extrañamente aturdido y asustado. ""¡Querida mía! ¡Querida
mía!", dije, incapaz de decir nada más. Pero, al oír mis palabras, no pudo
resistirlo y rompió a llorar amargamente. Poco a poco, cuando se fue calmando,
me confesó que lo había probado el día anterior y que... le había gustado. La
obligué a arrodillarse y le hice prometer que no volvería a tocarlo, por grande
que fuera nuestra hambre. Después de prometérmelo, me dijo que el deseo de
comer de aquello le había sobrevenido de pronto y que, hasta el momento de
sentir tal deseo, la sustancia no le había inspirado más que un repulsión
infinita.
"Unas horas después,
sintiéndome extrañamente desasosegado, y muy consternado por lo que había
descubierto, eché a andar por uno de los senderos retorcidos que formaba
aquella especie de tierra blanca que parecía arena y que cruzaba la sustancia
gris. Ya me había aventurado por allí en otra ocasión, aunque sin llegar muy
lejos. Esta vez, hallándome enfrascado en pensamientos que me llenaban de
perplejidad, llegué mucho más lejos.
"Súbitamente salí de
mi ensimismamiento al oír un ruido extraño y áspero a mi izquierda. Al volverme
rápidamente vi que algo se movía entre la masa que había cerca de mí, y que
presentaba unas formas extraordinarias. Se balanceaba de un modo precario, como
si poseyera vida propia. De pronto, mientras mis fascinados ojos contemplaban
aquello, pensé que se parecía de un modo grotesco a la figura de un ser humano
deforme. Todavía estaba pensando en ello cuando se oyó un ruido desagradable,
como si algo se estuviera rasgando, y vi que uno de los brazos, que más bien
parecían ramas, se estaba despegando de las masas grises que lo rodeaban y
acercándose a mí. La cabeza.... un especie de bola gris sin forma definida, se
inclinó hacia mí. Me quedé allí parado como un estúpido y el brazo repugnante
me rozó la cara. Proferí un grito de terror y retrocedí apresuradamente unos
pasos. En mis labios notaba un sabor dulzón. Pasé la lengua por ellos y al
instante sentí que me embargaba un deseo inhumano. Me volví y cogí un puñado de
sustancia. Luego más Y... más. Mi deseo era insaciable. Mientras devoraba la
sustancia, el recuerdo del descubrimiento de la mañana penetró en el laberinto
de mi cerebro. Dios lo había enviado. Tiré al suelo el fragmento que tenía en
la mano. Luego, totalmente abatido y sintiéndome horriblemente culpable,
regresé al pequeño campamento.
"Creo que en cuanto
puso sus ojos en mí, ella lo adivinó, merced a alguna intuición maravillosa que
el amor debía de haberle dado. Su comprensión silenciosa hizo que me resultara
más fácil confesarle mi repentina flaqueza, aunque omití decirle la cosa
extraordinaria que había ocurrido antes. Deseaba ahorrarle todo terror
innecesario.
"Mas lo que había
descubierto resultaba intolerable y hacía nacer un terror incesante en mi
cerebro, pues no me cabía la menor duda de que había presenciado el fin de uno
de los hombres que habían llegado a la isla en el barco que estaba en la
laguna. Y en aquel fin monstruoso había presenciado el nuestro propio.
"En lo sucesivo nos
abstuvimos de aquel alimento abominable, aunque el deseo de comerlo se nos
había metido en la sangre. Sin embargo, nuestro temible castigo era inminente,
pues día a día, con un rapidez monstruosa, la sustancia fangosa iba
apoderándose de nuestros pobres cuerpos. Materialmente no podíamos hacer nada
para detenerla, y así. .., nosotros.... que habíamos sido humanos, nos
convertimos en... Bueno, cada día importa menos. Sólo. .., sólo que habíamos
sido hombre y doncella.
"Y cada día resulta
más terrible la lucha por resistirse al hambre, al deseo lujurioso de comer esa
horrible sustancia.
"Hace un semana
terminamos la galleta, y desde entonces he pescado tres peces. Me encontraba
pescando aquí esta noche cuando vuestra goleta surgió de entre la niebla y casi
se me echó encima. Entonces os llamé. El resto ya lo conocéis. Y que Dios os
bendiga por vuestra bondad para con un par de pobres almas proscritas.
Se oyó el ruido de un remo
al sumergirse..., luego el de otro. Después..., la voz habló de nuevo y por
última vez, atravesando la niebla que la envolvía, fantasmal y lúgubre:
-¡Que Dios os bendiga!
¡Adiós!
-¡Adiós! -gritamos al
unísono con voz ronca y el corazón rebosante de emociones.
Miré
a mi alrededor y me di cuenta de que empezaba a amanecer. El sol lanzó un rayo
aislado sobre el mar oculto; la luz mortecina perforó la niebla y con un fuego
melancólico iluminó la barca que se alejaba. Aunque no muy claramente, vi algo
que cabeceaba entre los remos. Me hizo pensar en un esponja..., un esponja
grande y gris que movía la cabeza arriba y abajo... Los remos continuaron
moviéndose. Eran grises... Igual que la barca... Y mis ojos buscaron
inútilmente el lugar donde la mano se unía al remo. Mi mirada volvió
rápidamente a la... cabeza. Se inclinaba hacia delante cuando los remos se
movían hacia atrás a causa del golpe. Luego los remos se hundieron, la barca
salió de la zona iluminada y la..., la cosa se perdió de vista en medio de la
niebla, sin dejar de cabecear.
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Autobiografía III Figuras Simbólicas Medida de Francia Sur y Cía. OCAMPO VICTORIA.
JUSTIFICACIÓN Hace casi veintisiete años que recibí la última carta de Victoria Ocampo. Ella, sin embargo, todavía tuvo tiempo para esc...
