Byron, Lord (1788-1824)
Poeta inglés, fue uno de los escritores más versátiles e importantes del Romanticismo. Nació en Londres el 22 de enero de 1788 y estudió en el colegio de Harrow y la Universidad de Cambridge. En 1798, al morir su tío abuelo William, quinto barón Byron, heredó el título y las propiedades. Más adelante, en 1822, adoptó el nombre de Noel para recibir una herencia de su suegra. En 1807 se publicó su libro de poemas Horas de ocio, una crítica adversa aparecida en el Edimburgh Review provocó su réplica en verso titulada Bardos ingleses y críticos escoceses (1809). En 1809 ocupó un escaño en la Cámara de los Lores y emprendió un viaje de dos años por España, Portugal y Grecia.
La publicación en 1812 de los dos primeros cantos de Childe Harold, poema que narra sus viajes por Europa, le llevó a la fama. El héroe del poema, Childe Harold, fue el primer ejemplo de lo que llegaría a conocerse como el héroe byroniano: un joven de emociones tormentosas que rechaza la humanidad y vaga por la vida bajo el peso de un sentimiento de culpa causado por misteriosos pecados del pasado. Este héroe byroniano, inspirado en la vida y personalidad del autor, es el mismo estereotipo que se repetiría en sus poemas narrativos de los dos años siguientes, El infiel (1813), La novia de Abydos (1813), El corsario (1814) y Lara (1814). En 1815, año en que publicó Melodías hebreas, se casó con Anna Isabella Milbanke, que tras dar a luz a la única hija legítima del poeta, Augusta Ada, le abandonó. En 1816, acordó la separación legal de su esposa. Los rumores sobre sus relaciones incestuosas con su hermanastra Augusta y las dudas sobre su cordura provocaron su ostracismo social. Amargado profundamente, Byron abandonó Inglaterra en 1816 y nunca volvió.
En Génova vivió con los Shelley y Claire Clairmont, escribió el tercer canto de Childe Harold y el poema narrativo El prisionero de Chillon (1816). De 1816 a 1819 estableció su residencia en Venecia, donde escribió el drama en verso Manfred (1817), que originó su correspondencia con Goethe, los dos primeros cantos de Don Juan (1818-1819) y el cuarto y último canto de Childe Harold (1818). También escribió allí Beppo (1818), un poema satírico escrito en octava rima (estrofa de ocho versos de once o doce sílabas), el mismo estilo que escogió y desarrolló por completo en Don Juan. Durante dos años viajó por Italia hasta que en 1821 se instaló en Pisa. Allí escribió los dramas en verso Caín y Sardanápalo y los poemas narrativos Mazeppa y La isla. En 1822 fundó en Pisa la revista The Liberal con los poetas Percy Bysshe Shelley y Leigh Hunt, pero la muerte de Shelley aquel mismo año y una pelea con Hunt puso fin a esta empresa cuando sólo habían publicado tres ejemplares. También entabló una polémica literaria con el poeta Robert Southey, que había atacado su Don Juan en el prefacio de su libro Una visión del juicio final. En su respuesta, Byron mostró su habilidad como satírico componiendo un devastador ataque, en el estilo de Una visión del juicio final, al elogio que Southey escribió a la muerte de Jorge III. Don Juan, poema heroicoburlesco de 16 cantos, supone una sátira brillante sobre la sociedad inglesa de la época. Considerada por muchos como su mejor obra, la terminó en 1823. Al enterarse de las noticias de la rebelión de los griegos contra los turcos, haciendo caso omiso de su débil condición física, se unió a los insurgentes en julio de 1823 en Missolonghi. No sólo reclutó un regimiento para la causa de la independencia griega sino que contribuyó con grandes sumas de dinero. Los griegos le nombraron Comandante en jefe de sus fuerzas en enero de 1824.
Murió de fiebre en Missolonghi, tres meses después sin participar en ningún combate importante. Como confirmación de su atracción y simpatía por los liberales españoles y la causa de los patriotas hispanoamericanos, se puede recordar que puso el nombre de `Bolívar` a su barco.
CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
lunes, 30 de julio de 2012
domingo, 1 de julio de 2012
Cayo Valerio Catulo (Caius Valerius Catullus, en latín) (Verona, actual Italia, h. 87 a. C. - Roma, h. 54 a.C.), poeta latino.
Cayo Valerio Catulo (Caius Valerius Catullus, en latín) (Verona, actual Italia, h. 87 a. C. - Roma, h. 54 a.C.), poeta latino.
Nacido en Verona, en la Galia Transpadana, en una familia influyente (su padre era amigo de Julio César, al que Catulo sin embargo despreciaba, quizá a causa de la sequedad de su estilo literario).
Estudió en Roma pasando allí varias temporadas y al fin se estableció el 62 a.C., introduciéndose en los cenáculos literarios de sus amigos, los llamados despectivamente por Cicerón poetas neotéricos: Helvio Cinna, Licinio Calvo, Valerio Catón, Cornificio, Furio Bibáculo y los eruditos Marco Terencio Varrón o Cornelio Nepote. Los neotéricos se caracterizaban, en primer lugar, por una gran afición a la poesía griega alejandrina de Calímaco y, en segundo lugar, por el deseo de cultivar una lírica refinada y concisa, de un perfecto acabado formal.
Se enamoró de una dama muy bella y licenciosa, Clodia Pulchra, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina Metelo y hermana de un tribuno de la plebe, Clodio, enemigo de Cicerón. Esta, sin embargo, que aparece en sus versos con un nombre de valor métrico equivalente, Lesbia (que declara la común afición de los amantes a la poetisa griega Safo de Lesbos), tras concederle sus encantos, le puso los cuernos a la menor ocasión y dejó a Catulo debatiéndose entre el odio y el amor, como expresa en su conocido dístico: Odi et amo. Quare id faciam? fortasse requiris / Nescio, sed fieri sentio et excrucior («Odio y amo. ¿Cómo es posible?, preguntarás acaso. No lo sé, pero así lo siento y es mi cruz»).
De la violenta pasión que despertó en Catulo tardó en recuperarse a duras penas: Una salus haec est, hoc est tibi pervincendum. / hoc facias sive id non pote, sive pote! («Una sola salvación hay para ti: esto debe superarse. ¡Hazlo puedas o no puedas!»). Pero la agonía se prolongó merced a los arrepentimientos de la amante, mera excusa para nuevas y fallidas reconciliaciones: Nulli se dicit mulier mea nubere malle quam mihi, / non si se Iuppiter ipse petat. / Dicit: sed mulier cupido quod dicit amanti, / in vento et rápida scribere oportet aqua. («Con nadie más que conmigo dice mi amada que se uniría, / ni aunque Júpiter mismo se lo pidiera. / Eso dice: pero lo que dice la mujer enamorada a un amante / conviene escribirlo en el viento y en el agua rápida»). Fue una inspiración excepcional para uno de los corpora de lírica amorosa más intensos de todos los tiempos.
Dejó 116 poemas de valor e inspiración diversa en distintos metros, predominando los dísticos elegiacos y los endecasílabos. Hay poemas de un acabado perfectamente alejandrino, casi siempre de tema mitológico, como Las bodas de Tetis y Peleo o la traducción de Calímaco La cabellera de Berenice, pero destacan especialmente sus ácidos epigramas, donde ataca sobre todo la ordinariez y el mal gusto, y sus epitalamios, fuera de sus ya tan ponderadas elegías amorosas, los poemas dedicados a sus amigos, a su hermano fallecido o a su barca.
Murió con 33 años de edad.
La originalidad de Catulo consiste en haber sido el primero en haber iniciado la elegía romana con sus rasgos específicos de subjetividad, autobiografismo e intimidad, menos presentes en sus correlatos griegos.
Curiosidad: Carl Orff, músico alemán, que puso música a algunos de los versos encontrados en la abadía de Bura Sancti Benedicti (Carmina Burana), también puso música a los Catulli Carmina, añadiendo un prólogo y un epílogo de su propia creación.
Nacido en Verona, en la Galia Transpadana, en una familia influyente (su padre era amigo de Julio César, al que Catulo sin embargo despreciaba, quizá a causa de la sequedad de su estilo literario).
Estudió en Roma pasando allí varias temporadas y al fin se estableció el 62 a.C., introduciéndose en los cenáculos literarios de sus amigos, los llamados despectivamente por Cicerón poetas neotéricos: Helvio Cinna, Licinio Calvo, Valerio Catón, Cornificio, Furio Bibáculo y los eruditos Marco Terencio Varrón o Cornelio Nepote. Los neotéricos se caracterizaban, en primer lugar, por una gran afición a la poesía griega alejandrina de Calímaco y, en segundo lugar, por el deseo de cultivar una lírica refinada y concisa, de un perfecto acabado formal.
Se enamoró de una dama muy bella y licenciosa, Clodia Pulchra, casada con el gobernador de la Galia Cisalpina Metelo y hermana de un tribuno de la plebe, Clodio, enemigo de Cicerón. Esta, sin embargo, que aparece en sus versos con un nombre de valor métrico equivalente, Lesbia (que declara la común afición de los amantes a la poetisa griega Safo de Lesbos), tras concederle sus encantos, le puso los cuernos a la menor ocasión y dejó a Catulo debatiéndose entre el odio y el amor, como expresa en su conocido dístico: Odi et amo. Quare id faciam? fortasse requiris / Nescio, sed fieri sentio et excrucior («Odio y amo. ¿Cómo es posible?, preguntarás acaso. No lo sé, pero así lo siento y es mi cruz»).
De la violenta pasión que despertó en Catulo tardó en recuperarse a duras penas: Una salus haec est, hoc est tibi pervincendum. / hoc facias sive id non pote, sive pote! («Una sola salvación hay para ti: esto debe superarse. ¡Hazlo puedas o no puedas!»). Pero la agonía se prolongó merced a los arrepentimientos de la amante, mera excusa para nuevas y fallidas reconciliaciones: Nulli se dicit mulier mea nubere malle quam mihi, / non si se Iuppiter ipse petat. / Dicit: sed mulier cupido quod dicit amanti, / in vento et rápida scribere oportet aqua. («Con nadie más que conmigo dice mi amada que se uniría, / ni aunque Júpiter mismo se lo pidiera. / Eso dice: pero lo que dice la mujer enamorada a un amante / conviene escribirlo en el viento y en el agua rápida»). Fue una inspiración excepcional para uno de los corpora de lírica amorosa más intensos de todos los tiempos.
Dejó 116 poemas de valor e inspiración diversa en distintos metros, predominando los dísticos elegiacos y los endecasílabos. Hay poemas de un acabado perfectamente alejandrino, casi siempre de tema mitológico, como Las bodas de Tetis y Peleo o la traducción de Calímaco La cabellera de Berenice, pero destacan especialmente sus ácidos epigramas, donde ataca sobre todo la ordinariez y el mal gusto, y sus epitalamios, fuera de sus ya tan ponderadas elegías amorosas, los poemas dedicados a sus amigos, a su hermano fallecido o a su barca.
Murió con 33 años de edad.
La originalidad de Catulo consiste en haber sido el primero en haber iniciado la elegía romana con sus rasgos específicos de subjetividad, autobiografismo e intimidad, menos presentes en sus correlatos griegos.
Curiosidad: Carl Orff, músico alemán, que puso música a algunos de los versos encontrados en la abadía de Bura Sancti Benedicti (Carmina Burana), también puso música a los Catulli Carmina, añadiendo un prólogo y un epílogo de su propia creación.
Entre las obras más famosas de Catulo están sus llamados Poemas a
Lesbia, que expresan profunda pasión, devoción, desprecio y odio hacia
una dama misteriosa, identificada únicamente como Lesbia. Los eruditos
conjeturan que Lesbia en realidad era Clodia, una mujer hermosa pero sin
escrúpulos que habría sido infiel al joven poeta. Aunque el punto
central es Lesbia, muchos de los poemas expresan las dudas, la
autocrítica y la autocompasión del propio Catulo. Con independencia de
los hechos exactos, los críticos por lo general coinciden en que los
poemas de Lesbia se cuentan entre las expresiones más intensas y
efectivas de la literatura romana.
Algunos Poemas a
Lesbia
Cátulo
Edición: eBooket
www.eBooket.net
2
II
Pajarillo, cosita de mi amada,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita agudos picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
Me es tan grato como a la niña el fruto
dorado que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado
III
Llorad, Venus y Cupidos,
y cuantos hombres sensibles hay:
ha muerto el pajarillo de mi amada,
el pajarillo, cosita de mi amada,
a quien ella quería más que a sus ojos;
era dulce como la miel y la conocía
tan bien como una niña a su propia madre.
No se movía de su regazo,
pero saltando a su alrededor, aquí y allá,
a su dueña continuamente piaba.
Este, ahora, va, por un camino tenebroso,
a ese lugar de donde dicen que nadie ha vuelto.
¡Mal rayo os parta, funestas
tinieblas del Orco, que devoráis todo lo bello!:
me habéis quitado tan bello pajarillo.
¡Oh mala ventura! Pues, ahora, por tu culpa,
desdichado pajarillo, hinchados por el llanto,
enrojecen los ojillos de mi amada.
V
Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
y a las maledicencias de los viejos severos
démosles menos valor que a una peseta .
Los astros pueden morir y volver;
pero nosotros, una vez que muera nuestra breve luz,
3
deberemos dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, luego cien mil;
luego otros mil, luego otros cien mil;
luego hasta otros mil, luego cien mil.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para que no lo sepamos nosotros,
ni ningún malvado pueda mirarnos con malos ojo,
cuando sepa cuántos besos nos dimos.
VII
Me preguntas, cuántos besos tuyos,
Lesbia, me serían más que suficientes,
Cuan gran el número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo plena,
entre el oráculo del ardiente Júpiter
y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros, al callar la noche,
ven los amores ocultos de los hombres;
sólo esos besos satisfarán
a Catulo el loco más que suficientemente,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos
VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la joven,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, muchacha. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
4
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, ¡tú, Catulo, aguanta firme!
LI
Semejante aun dios se me aparece aquel,
superior a los dioses, si es lícito,
que sentado frente a ti, sin cesar,
te observa y escucha
reír dulcemente, lo que a mí, desgraciado,
todos los sentidos me arrebata:
Lesbia, en cuanto te veo,
mi voz se apaga,
la lengua se torna torpe, y bajo mis miembros
comienza a manar una llama;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es pernicioso;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.
LXXXV
Odio y amo. Por qué lo hago, me preguntas tal vez.
No sé, pero siento cómo se hace y me torturo
CIX
Me prometes, vida mía, que este amor será feliz
y perpetuo entre nosotros.
Grandes dioses, haced que pueda prometer con verdad
y que lo diga sinceramente y de corazón,
para que toda nuestra vida podamos mantener
ese sagrado lazo de cariño eterno
5
LXXV
A tal extremo ha llegado mi corazón, Lesbia mía, por tu culpa,
y tanto se ha perdido por su misma fidelidad,
que ahora ya no puedo tenerte aprecio, aunque te vuelvas la mejor de todas,
ni dejar de quererte por mucho que hagas.
XCII
Lesbia dice pestes de mí todo el tiempo y no para.
¡Que me muera si Lesbia no me quiere!
¿Cómo lo sé? Porque me pasa lo mismo: la maldigo a todas horas,
pero ¡que me muera si no la quiero!
LXX
Mi amada asegura que con nadie quiere casarse
Excepto conmigo, a no ser que el mismo Júpiter se lo pida.
Eso dice, pero lo que una mujer dice a su deseoso amante
En el viento y en el agua rápida conviene escribir
LVIII
Nuestra Lesbia, Celio, aquella Lesbia,
aquella Lesbia a quien Catulo amó,
más que a sí mismo amó, más que a todo lo suyo amó,
ahora en esquinas y en callejuelas
se las pela a los magnánimos nietos de Remo.
XLIII
Hola, muchacha sin nariz pequeña,
Sin bello pie, ni negros ojos,
Sin dedos largos, y de rostro sudoroso,
Con lengua apenas elegante,
Amiga del rumboso Formiano,
¿acaso se dice en provincias que eres bella?
¿contigo comparan a nuestra Lesbia?
¡Tiempo ignorante y corrompido!
Lesbia
Cátulo
Edición: eBooket
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2
II
Pajarillo, cosita de mi amada,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita agudos picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
Me es tan grato como a la niña el fruto
dorado que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado
III
Llorad, Venus y Cupidos,
y cuantos hombres sensibles hay:
ha muerto el pajarillo de mi amada,
el pajarillo, cosita de mi amada,
a quien ella quería más que a sus ojos;
era dulce como la miel y la conocía
tan bien como una niña a su propia madre.
No se movía de su regazo,
pero saltando a su alrededor, aquí y allá,
a su dueña continuamente piaba.
Este, ahora, va, por un camino tenebroso,
a ese lugar de donde dicen que nadie ha vuelto.
¡Mal rayo os parta, funestas
tinieblas del Orco, que devoráis todo lo bello!:
me habéis quitado tan bello pajarillo.
¡Oh mala ventura! Pues, ahora, por tu culpa,
desdichado pajarillo, hinchados por el llanto,
enrojecen los ojillos de mi amada.
V
Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
y a las maledicencias de los viejos severos
démosles menos valor que a una peseta .
Los astros pueden morir y volver;
pero nosotros, una vez que muera nuestra breve luz,
3
deberemos dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, luego cien mil;
luego otros mil, luego otros cien mil;
luego hasta otros mil, luego cien mil.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para que no lo sepamos nosotros,
ni ningún malvado pueda mirarnos con malos ojo,
cuando sepa cuántos besos nos dimos.
VII
Me preguntas, cuántos besos tuyos,
Lesbia, me serían más que suficientes,
Cuan gran el número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo plena,
entre el oráculo del ardiente Júpiter
y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros, al callar la noche,
ven los amores ocultos de los hombres;
sólo esos besos satisfarán
a Catulo el loco más que suficientemente,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos
VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la joven,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, muchacha. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
4
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, ¡tú, Catulo, aguanta firme!
LI
Semejante aun dios se me aparece aquel,
superior a los dioses, si es lícito,
que sentado frente a ti, sin cesar,
te observa y escucha
reír dulcemente, lo que a mí, desgraciado,
todos los sentidos me arrebata:
Lesbia, en cuanto te veo,
mi voz se apaga,
la lengua se torna torpe, y bajo mis miembros
comienza a manar una llama;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es pernicioso;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.
LXXXV
Odio y amo. Por qué lo hago, me preguntas tal vez.
No sé, pero siento cómo se hace y me torturo
CIX
Me prometes, vida mía, que este amor será feliz
y perpetuo entre nosotros.
Grandes dioses, haced que pueda prometer con verdad
y que lo diga sinceramente y de corazón,
para que toda nuestra vida podamos mantener
ese sagrado lazo de cariño eterno
5
LXXV
A tal extremo ha llegado mi corazón, Lesbia mía, por tu culpa,
y tanto se ha perdido por su misma fidelidad,
que ahora ya no puedo tenerte aprecio, aunque te vuelvas la mejor de todas,
ni dejar de quererte por mucho que hagas.
XCII
Lesbia dice pestes de mí todo el tiempo y no para.
¡Que me muera si Lesbia no me quiere!
¿Cómo lo sé? Porque me pasa lo mismo: la maldigo a todas horas,
pero ¡que me muera si no la quiero!
LXX
Mi amada asegura que con nadie quiere casarse
Excepto conmigo, a no ser que el mismo Júpiter se lo pida.
Eso dice, pero lo que una mujer dice a su deseoso amante
En el viento y en el agua rápida conviene escribir
LVIII
Nuestra Lesbia, Celio, aquella Lesbia,
aquella Lesbia a quien Catulo amó,
más que a sí mismo amó, más que a todo lo suyo amó,
ahora en esquinas y en callejuelas
se las pela a los magnánimos nietos de Remo.
XLIII
Hola, muchacha sin nariz pequeña,
Sin bello pie, ni negros ojos,
Sin dedos largos, y de rostro sudoroso,
Con lengua apenas elegante,
Amiga del rumboso Formiano,
¿acaso se dice en provincias que eres bella?
¿contigo comparan a nuestra Lesbia?
¡Tiempo ignorante y corrompido!
viernes, 29 de junio de 2012
Henri-Marie Beyle
BIOGRAFIA:
Henri-Marie Beyle (Grenoble, 23 de enero de 1783 – París, 23 de marzo de 1842), más conocido por su seudónimo Stendhal, fue un escritor francés del siglo XIX.
Valorado por su agudo análisis de la psicología de sus personajes y la concisión de su estilo, es considerado uno de los primeros y más importantes literatos del Realismo. Es conocido sobre todo por sus novelas Rojo y negro (Le Rouge et le Noir, 1830) y La cartuja de Parma
Con 17 años se alistó en el ejército de Napoleón Bonaparte. En 1802 abandonó el Ejército y vive en París. En el año 1806, sin medios económicos que le permitieran la subsistencia, regresa al Ejército, donde desempeñó misiones diplomáticas y toma parte en la fracasada campaña rusa de 1812.
Fue jacobino y anticlerical. Escribió novela, crítica, biografia y libros de viaje. Cultivó el romanticismo no sólo en sentido literario sino también estilístico y político. En el año 1814, viajó a Italia, donde durante siete años se dedica a escribir la Historia de la pintura en Italia (1817) y además, un libro de recuerdos personales y estudios académicos titulado Roma, Nápoles y Florencia en 1817 (1817). Esta última fue la primera obra publicada bajo el seudónimo de Stendhal.
Acusado por el gobierno austriaco, que entonces gobernaba en el norte de Italia, de apoyar al movimiento de independencia italiano, fue expulsado de Italia en 1821. Regresó a Francia y se estableció en París, donde Llevó una vida social e intelectual muy activa, frecuentando salones literarios donde destacó en el arte de la conversación.
Un año después finaliza Sobre el amor (1822), tratado sobre la naturaleza del amor. En la obra trata sobre el matrimonio, la mujer, la moral y la política.
En 1830 fue nombrado cónsul de Francia en la localidad italiana de Trieste.
En 1831 se le destinó a Civitavecchia, cerca de Roma, donde escribió sus dos principales novelas. El rojo y el negro (1830) donde hace un análisis de la sociedad contemporánea a través de un ambicioso joven de provincias. La cartuja de Parma (1839) narra las vicisitudes de un joven noble que se ve envuelto en las intrigas políticas. Permaneció en Civitavecchia hasta que falleció el 23 de marzo de 1842 de un ataque al corazón.
RESEÑA:
Basada en un suceso criminal publicado en la Gazette des Tribunaux, Rojo y negro tiene, como todas las novelas de Stendhal, un trasfondo histórico y social, la Francia de la Restauración en este caso. En ella se despliega la vida de Julien Sorel, un plebeyo provinciano, inconformista y rebelde, carente de recursos que, gracias a su inteligencia, ha recibido del bondadoso cura de su pueblo una educación privilegiada. Ello, unido a su afán de poder, a su imaginación exaltada y al irresistible poder de seducción que ejerce sobre las mujeres, despierta en él la inquebrantable resolución de encumbrarse y hacer fortuna. El título hace referencia a las únicas posibilidades profesionales que toma en consideración el ambicioso Sorel: la carrera militar, el rojo, y la eclesiástica, el negro. La ascensión y caída de Sorel da pie a una vívida descripción de los defectos de una época que no ha ajustado cuentas con su pasado inmediato.
Aunque apreciada en su época por una minoría, Rojo y negro, obra cumbre de la narrativa del siglo XIX, sitúa a Stendhal como el primer novelista de genio de la era burguesa.
Henri-Marie Beyle (Grenoble, 23 de enero de 1783 – París, 23 de marzo de 1842), más conocido por su seudónimo Stendhal, fue un escritor francés del siglo XIX.
Valorado por su agudo análisis de la psicología de sus personajes y la concisión de su estilo, es considerado uno de los primeros y más importantes literatos del Realismo. Es conocido sobre todo por sus novelas Rojo y negro (Le Rouge et le Noir, 1830) y La cartuja de Parma
Con 17 años se alistó en el ejército de Napoleón Bonaparte. En 1802 abandonó el Ejército y vive en París. En el año 1806, sin medios económicos que le permitieran la subsistencia, regresa al Ejército, donde desempeñó misiones diplomáticas y toma parte en la fracasada campaña rusa de 1812.
Fue jacobino y anticlerical. Escribió novela, crítica, biografia y libros de viaje. Cultivó el romanticismo no sólo en sentido literario sino también estilístico y político. En el año 1814, viajó a Italia, donde durante siete años se dedica a escribir la Historia de la pintura en Italia (1817) y además, un libro de recuerdos personales y estudios académicos titulado Roma, Nápoles y Florencia en 1817 (1817). Esta última fue la primera obra publicada bajo el seudónimo de Stendhal.
Acusado por el gobierno austriaco, que entonces gobernaba en el norte de Italia, de apoyar al movimiento de independencia italiano, fue expulsado de Italia en 1821. Regresó a Francia y se estableció en París, donde Llevó una vida social e intelectual muy activa, frecuentando salones literarios donde destacó en el arte de la conversación.
Un año después finaliza Sobre el amor (1822), tratado sobre la naturaleza del amor. En la obra trata sobre el matrimonio, la mujer, la moral y la política.
En 1830 fue nombrado cónsul de Francia en la localidad italiana de Trieste.
En 1831 se le destinó a Civitavecchia, cerca de Roma, donde escribió sus dos principales novelas. El rojo y el negro (1830) donde hace un análisis de la sociedad contemporánea a través de un ambicioso joven de provincias. La cartuja de Parma (1839) narra las vicisitudes de un joven noble que se ve envuelto en las intrigas políticas. Permaneció en Civitavecchia hasta que falleció el 23 de marzo de 1842 de un ataque al corazón.
Basada en un suceso criminal publicado en la Gazette des Tribunaux, Rojo y negro tiene, como todas las novelas de Stendhal, un trasfondo histórico y social, la Francia de la Restauración en este caso. En ella se despliega la vida de Julien Sorel, un plebeyo provinciano, inconformista y rebelde, carente de recursos que, gracias a su inteligencia, ha recibido del bondadoso cura de su pueblo una educación privilegiada. Ello, unido a su afán de poder, a su imaginación exaltada y al irresistible poder de seducción que ejerce sobre las mujeres, despierta en él la inquebrantable resolución de encumbrarse y hacer fortuna. El título hace referencia a las únicas posibilidades profesionales que toma en consideración el ambicioso Sorel: la carrera militar, el rojo, y la eclesiástica, el negro. La ascensión y caída de Sorel da pie a una vívida descripción de los defectos de una época que no ha ajustado cuentas con su pasado inmediato.
Aunque apreciada en su época por una minoría, Rojo y negro, obra cumbre de la narrativa del siglo XIX, sitúa a Stendhal como el primer novelista de genio de la era burguesa.
viernes, 15 de junio de 2012
Publio Virgilio Marón
Publio Virgilio Marón (Andes, actual Pietole, cerca de Mantua, en la Región X, Venetia, hoy Lombardía italiana, 15 de octubre de 70 a. C. – Brundisium, actual Brindisi, 21 de septiembre de 19 a. C.), más conocido por su nomen, Virgilio, fue un poeta romano, autor de la Eneida, las Bucólicas y las Geórgicas. En la obra de Dante Alighieri, La Divina Comedia, fue su guía a través del Infierno y del Purgatorio.
Formado en las escuelas de Mantua, Cremona, Milán, Roma y Nápoles, se mantuvo siempre en contacto con los círculos culturales más notables. Estudió filosofía, matemáticas y retórica, y se interesó por la astrología, medicina, zoología y botánica. De una primera etapa influido por el epicureísmo, evolucionó hacia un platonismo místico, por lo que su producción se considera una de las más perfectas síntesis de las corrientes espirituales de Roma.
Fue el creador de una grandiosa obra en la que se muestra como un fiel reflejo del hombre de su época, con sus ilusiones y sus sufrimientos, a través de una forma de gran perfección estilística.
Hijo de campesinos, Virgilio nació en Andes, una aldea próxima a Mantua, en la región italiana de Venetia et Histria. Recibió una esmerada educación y pudo estudiar retórica y poesía gracias a la protección del político Cayo Mecenas (de éste proviene el término `mecenas` aplicado a quienes protegen y estimulan las artes). Sus primeros años los pasó en su ciudad natal, pero al llegar a la adolescencia se trasladó a Cremona, Milán y Roma para completar su formación. En Roma se introdujo en el círculo de los poetae novi. A esta época pertenecen sus primeras composiciones poéticas, recogidas bajo la denominación de Apéndice Virgiliano.
Llegó a Nápoles en el 48 a. C. para estudiar con el maestro epicúreo Sirón. Por entonces estalló la guerra civil tras el asesinato de César, lo que afectó a Virgilio, quien incluso vio peligrar su patrimonio. Pasó gran parte de su vida en Nápoles y Nola. Fue amigo del poeta Horacio y de Octavio, desde antes de que éste se convirtiera en el emperador Augusto.
Entre el año 42 a. C. y el 39 a. C. escribió las Églogas o Bucólicas, que dejan entrever los deseos de pacificación de Virgilio en unos poemas que exaltan la vida pastoril, a imitación de los Idilios del poeta griego Teócrito. Aunque estilizados e idealizadores de los personajes campesinos, incluyen referencias a hechos y personas de su tiempo. En la famosa égloga IV, se canta la llegada de un niño que traerá una nueva edad dorada a Roma. La cultura posterior encontró aquí un vaticinio del nacimiento de Cristo.
Entre el 36 a. C. y el 29 a. C., compuso, a instancia de Mecenas, las Geórgicas, poema que es un tratado de la agricultura, destinado a proclamar la necesidad de restablecer el mundo campesino tradicional en Italia.
A partir del año 29 a. C., inicia la composición de su obra más ambiciosa, la Eneida, cuya redacción lo ocupó once años, un poema en doce libros que relata las peripecias del troyano Eneas desde su fuga de Troya hasta su victoria militar en Italia. La intención evidente de la obra era la de dotar de una épica a su patria, y vincular su cultura con la tradición griega. Eneas lleva a su padre Anquises sobre sus hombros y su hijo Ascanio de la mano. En Cartago, en la costa de África, se enamora de él la reina Dido, quien se suicida tras la partida del héroe. En Italia, Eneas vence a Turno, rey de rútulos. El hijo de Eneas, Ascanio, funda Alba Longa, ciudad que más tarde se convertiría en Roma. Según Virgilio, los romanos eran descendientes de Ascanio, y por lo tanto del propio Eneas. El estilo de la obra es más refinado que el de los cantos griegos en los que se inspiró.
Había ya escrito la Eneida, cuando realizó un viaje por Asia Menor y Grecia, con el fin de constatar la información que había volcado en su poema más famoso. En Atenas se encontró con Augusto y regresó con él a Italia, ya enfermo. A su llegada a Brindisi, pidió al emperador antes de morir que destruyera la Eneida. Augusto se opuso rotundamente y no cumplió la petición, para gloria de la literatura latina.
La Eneida es un poema épico escrito en latín por Publio Virgilio Marón, más conocido como Virgilio, en el Siglo I adC. La obra fue escrita por encargo del emperador Augusto, con el fin de glorificar, atribuyéndole un origen mítico, el Imperio que con él se iniciaba. Con este fin, Virgilio elabora una reescritura, más que una continuación, de la Ilíada, tomando como punto de partida la guerra de Troya y su destrucción, y colocando la fundación de Roma como un acontecimiento ocurrido a la manera de los legendarios mitos griegos.
Se suele decir que Virgilio, en su lecho de muerte, encargó quemar `La Eneida`, ya fuera porque deseaba desvincularse de la propaganda política de Augusto, o bien porque no consideraba que la obra hubiera alcanzado la perfección que el poeta quería.
La obra consta de casi diez mil hexámetros divididos en doce cantos en los que se relatan la caída de Troya, los viajes de Eneas y el establecimiento definitivo de una colonia troyana en el Lacio.
Resumen de los seis primeros cantos
Eneas, príncipe troyano, huyó de la ciudad tras haber sido quemada por los aqueos. Se llevó a su padre y a su hijo a rastras, y su mujer le seguía a pocos pasos. Pero ella pereció en la oscuridad, y Eneas, desesperado, embarcó con otros supervivientes en busca de una nueva tierra. Su enemistad con Hera le llevó a navegar errante durante mucho tiempo, hasta que fue arrojado a las costas del norte de África, en Cartago. Allí habitaba la reina Dido, que se enamoró de él ,por obra de cupido que le flecho su corazón para que olvidara su difunto marido, y lo retuvo largo tiempo. El reino era hospitalario y todos los troyanos querían quedarse en Cartago, pero Eneas sabía que era en Italia donde debía fundar su imperio. Tras su marcha, Dido se suicidó en una pira con la espada de Eneas. En su camino hasta Italia descenderá a los infiernos, donde su padre, ya muerto, le revela que fundará un imperio floreciente, Roma, hasta la época de Augusto.
Resumen de los seis últimos cantos
Eneas llega al Lacio, donde gobernaba el rey Latino. La hija de Latino, Lavinia, estaba prometida con Turno, el caudillo de los rútulos, pero el oráculo había revelado a Latino que un hombre llegado del mar se desposaría con su hija y crearía un gran imperio en nombre de los latinos. Entonces Turno y Eneas se declararon la guerra y empezaron a batallar durante un buen tiempo. Un día venían aliados de uno y otro día de otro, y la batalla nunca terminaba. Mientras, en el cielo, Venus y Juno ayudaban a unos y a otros sin que Zeus le otorgara la victoria a ninguna. Al final, Eneas mata a Turno en un combate y consigue la mano de Lavinia. Entonces fundarán un reino que algún día se convertirá en Roma..
VIRGILIO
ENEIDA
INTRODUCCIÓN
Virgilio
Quizá
desde comienzos del milenio, el territorio que bordea el lento fluir de las
aguas del Po se vio habitado por grupos celtas que acudían
en sucesivas oleadas de allende los Alpes. Junto al Mincio,
uno de sus afluentes, en Andes, una aldea cerca de Mantua, nació Publio Virgilio Marón (Vergilius) el
15 de octubre del año 70 a. C. A lo largo de esos mil años que preceden a su
nacimiento, los pueblos celtas de la ribera habrían recibido diversas influencias
civilizadoras, y, si en su momento el elemento etrusco tuvo sin duda la fuerza
que destaca Virgilio en su descripción de
Mantua (Eneida, X, 198-203), desde
los tiempos de la Segunda Guerra Púnica habían brotado ya en el territorio
numerosas colonias de latinos que hicieron de la Galia Cisalpina
una región de avanzada cultura y saneada economía agrícola, tal como
era durante el siglo 1 a. C.
Vergilius
es un nombre gentilicio latino bien implantado en el norte y en otras
regiones de Italia, y nos hace pensar que nació el poeta en una de esas
familias latinas instaladas en la campiña del Po ya
tiempo atrás, quizá desde la época de aquellas colonizaciones. Andando el
tiempo y
ya tan tarde como en los últimos años del imperio, sus lectores
habrían corrompido el nombre en Virgilius -de
donde procede el que aún hoy utilizamos para el autor de la Eneida- por una doble vía: de virgo
(dado el tímido carácter que le valió el apodo griego de Parthenias),
o de virga (por
la varita característica de los magos, que esa fama tendría ya entonces nuestro
poeta).
Su
padre, aunque la tradición lo describe como de humilde origen, un alfarero o un
bracero -o las dos cosas- que se habría casado con la hija de su patrón, Magia
Pola, fue probablemente un eques, un terrateniente lo
bastante rico como para preocuparse de que recibiera su hijo la mejor
educación posible y prepararlo así para la carrera forense, camino seguro en
la Roma de entonces hacia la lucha política.
Sus
primeros años debieron de transcurrir, por tanto, en la finca de Andes, entre
las labores del campo que tanto habrán de aparecer en sus obras, confiado tal
vez a un paedagogus que cuidase de su
instrucción primera. En Roma, Pompeyo y Craso desempeñaban el año 70 su primer
consulado compartido en astuta jugada política que, bajo la apariencia de
liquidar la obra de Sila, trataba de asentar el
poder en las manos del partido senatorial. Diez años después formarían el
primer triunvirato con César, primer movimiento de una larga partida que
habría de liquidar el régimen republicano. Así, la vida de Virgilio sigue paso a paso los últimos cuarenta años de esta
agonía, hasta el triunfo definitivo del principado en la persona de Augusto.
Con
diez o doce años se trasladó a Cremona para
comenzar sus estudios. César iniciaba por esas fechas su conquista de la Galia,
y hay quien afirma que leyó Virgilio sus
Comentarios con mayor interés por haber tenido quizá
ocasión de verle personalmente cuando andaba reclutando sus tropas por las
ciudades de la Galia Cisalpina. Aunque era primaria la
educación que recibió en Cremona (es
decir, una enseñanza elemental de lectura, escritura y aritmética), no hay que
perder de vista que era éste el territorio donde habían nacido y comenzado a
escribir parte de los poetae novia; temprano
habría empezado Virgilio a entrar en contacto con
el mundo de la literatura más refinada de su tiempo.
Parece
que recibió la toga viril el año 55, y quiere la tradición que también fuera
éste el año de la muerte de Lucrecio. Siguiendo el camino que le alejaba de su
tierra natal imperceptiblemente, marcha Virgilio a
Milán a continuar los estudios de gramática y literatura que ya habría
comenzado en Cremona. Era Mediolanum
una importante ciudad donde cabe suponer que sería fácil recibir una
adecuada educación para intentar el salto final hacia Roma, donde debió de
instalarse Virgilio el año 54, más o menos.
Su
intención era, como la de todo romano cultivado, estudiar retórica, y parece
que su padre le obligaba a prepararse para una carrera forense y política,
aunque puede que este dato de su biografía no sea otra vez sino el tópico que
hace con frecuencia trabajar a los poetas contra las buenas intenciones de la
familia. Según alguno de sus biógrafos, frecuentó las lecciones de Epidio,
quien fuera también maestro por entonces de Antonio y Octaviano, el futuro
Augusto. Pero era la retórica árida especialidad para un poeta y, por otra
parte, los tiempos en Roma (en el 52 Pompeyo se convirtió ya en consul sine collega) eran ya más de dinero y espada que de discursos. Por
ello no es raro que Virgilio prefiriera dedicarse a
frecuentar los restos de lo que había sido el círculo de Catulo, como muestran
las amistades que por entonces habría empezado a hacer con Asinio Polión,
Alfeno Varo, Cornelio Galo, Helvio Cinna y
otros. A ello habría contribuido decisivamente lo que sus biógrafos describen
como un fracaso en su primera intervención como abogado.
Debía
Virgilio de estar en Roma el año 49, cuando estalló la
guerra entre César y Pompeyo, y éste hubo de cruzar precipitadamente el
Adriático con buena parte del Senado. No es seguro si militó en las armas de
César ni si hubo de dejarlo ya por problemas de salud. Sea como fuere, su
salud, sin duda, no era buena y los acontecimientos políticos de estos años debieron
marcarle profundamente; por todo ello, poco después de Farsalia se marcha a
Nápoles (año 48 a. C.) para estudiar filosofía con el epicúreo Sirón, director
entonces del «jardín», un hermoso círculo de filósofos y artistas que habrían
frecuentado nombres importantes de la Roma de entonces, como Julio César, Manlio Torcuato, Hircio, Pansa, Dolabela, Casio, Ático y Cornelio Galo. De Cremona a
Nápoles, por tanto, parece que Virgilio no
dejó de estar en estrecho contacto con los círculos intelectuales más notables.
No
podemos saber con seguridad si Virgilio escribía
ya por estos años. De ser suyos -cosa que parece dudosa a la moderna crítica-
algunos de los poemas de la Appendix Vergiliana, los habría
escrito por entonces y pueden seguirse en ellos las influencias de aquellos
poetae novi que pretendían poner la poesía romana tras los pasos de Teócrito y
Calímaco; de esa escuela, por tanto, que se conoce como alejandrinista. Virgilio se instaló definitivamente en Nápoles, quizá recibió
en herencia la pequeña finca de Sirón (antes del 41 a.
C.) y, pese a que con el tiempo llegó a tener algunas posesiones en la propia
Roma gracias a la generosidad de sus amigos, se hicieron cada vez más raros sus
viajes a la capital del imperio.
Así
pues, he aquí a Virgilio tranquilamente instalado
en Campania mientras se desarrollaban
los graves acontecimientos de la guerra civil que, primero, pusieron todo el
poder en las manos de C. Julio César, y fueron al cabo la causa de su muerte,
el 15 de marzo del 44. Sin embargo, cuando, tras
las primeras disputas, Marco Antonio y Octaviano forman con Lépido el llamado
Segundo Triunvirato a finales del 43, el
poeta ve cómo su vida es arrastrada en el remolino de las guerras de Roma. Y es
que no podía ser de otra forma: la proscripción y el subsiguiente asesinato de
Cicerón por orden directa de los triúnviros constituían todo un síntoma de que
ni los más hábiles podían quedar al margen de los terribles acontecimientos.
Octaviano tenía que instalar a 100.000 soldados que debían ser licenciados
urgentemente, en evitación de males mayores. Toda Italia se vio afectada por
las confiscaciones de tierras: la propia Campania donde
vivía Virgilio, y también los campos de Cremona, su tierra natal (Mantua uae miserae nimium uicina
Cremonae). Sus propias posesiones fueron confiscadas y hasta su padre debió
instalarse en la finca de Nápoles. Puesto que sus amigos (Asinio Polión, Cornelio Galo y Alfeno Varo) pertenecían al círculo de los
triúnviros, quiere la tradición que Virgilio habría
logrado de Octaviano la devolución de su propiedad: no son, sin embargo,
definitivos los datos que avalar pueden una afirmación como ésta.
Asinio
Polión fue precisamente quien animó a Virgilio a
que compusiera unos poemas según los Idilios de Teócrito, al modo que ya había
intentado M. Valerio Mesala. Las Bucólicas
fueron publicadas poco después del 39, y
su éxito superó con creces los límites de los círculos alejandrinistas, siendo
adaptadas con éxito como mimo para la escena. Virgilio,
según sus biógrafos, las había comenzado a los veintiocho años, y
parece que con ellas se vio de repente lanzado a una fama y una popularidad que
no iban bien con su carácter retraído. Fue a raíz de este éxito cuando Mecenas
puso a Virgilio en contacto con Octaviano, su antiguo
compañero de estudios, arrebatándoselo al círculo de Polión, amigo y aliado de
Marco Antonio.
C.
Mecenas era un eques de ascendencia etrusca, que aparece ya en los días de
Módena (43 a. C.) al lado de Octaviano. Persona de gran
tacto y visión política, su influencia fue decisiva en la Roma que Octaviano
quería modelar y especialmente en lo que se refiere al terreno de la
literatura. Supo rodearse de un círculo de poetas que, a cambio de su amistad y
protección, realizaron toda una campaña en favor de los intereses del futuro princeps.
Virgilio, pues, fue admitido en este
círculo y él mismo con Vario Rufo logró que Mecenas aceptase a Horacio. Sabemos
por una satira (I, 5) de este último
de un famoso viaje a Brindis que realizó Mecenas con lo mejor de su grupo, con
Virgilio, Horacio, Vario Rufo y
Plocio Turca. Por aquellos días (37 a.
C.) debía celebrarse una entrevista en Tarento para reconciliar a Octaviano
con Marco Antonio, y sin duda Mecenas se había propuesto impresionar al futuro
enemigo con toda una corte de artistas.
Podemos
pensar que fue durante el trayecto cuando convenció Mecenas a Virgilio para que compusiera sus Geórgicas, cuatro libros de
poesía didáctica relacionada con la vida del campo. El poema de Lucrecio aún
estaba reciente en todos los lectores del momento, el argumento campesino
(siguiendo los pasos de Hesíodo) no podía disgustar a un autor que se había
criado entre los agricultores de la campiña del Po y,
por lo demás, el momento requería que los poetas cantasen sus mejores versos a
la reconstrucción de Italia, la madre Italia arrasada por las guerras civiles.
El empeño, por tanto, era noble, y Virgilio no
se resistió a la invitación de Mecenas, a quien luego dedicó ardorosamente su
poema. Se dice que debió emplear siete años en su composición y que, en una
lectura ininterrumpida de cuatro días, pudo leérselo a Octaviano a su regreso
de Oriente en el 29 a.C.
No
es extraño que el propio Mecenas intentase a continuación un salto cualitativo
en su programa literario. Había que cantar ahora la figura de quien pronto ya
se llamaría Augusto. Y había precedentes: Furio Bibáculo y Terencio Varrón
habían puesto antes en verso las gestas de César en su conquista de las Galias,
y los antecedentes de una épica nacional se remontaban hasta Ennio, y más
atrás. La idea ronda ya en los primeros versos del libro tercero de las Geórgicas;
Mecenas, sin embargo, no tenía prisa y esperaba el momento oportuno y
la inspiración adecuada.
Por
Macrobio sabemos de una famosa correspondencia epistolar entre Virgilio y el propio Augusto. Era el año 26,
Augusto estaba en Hispania dirigiendo las operaciones contra los
cántabros y desde allí reclamaba ansioso al poeta el resumen o algún fragmento
de su obra. Éste entonces le responde pidiéndole tiempo, que se sentía
enajenado por el trabajo emprendido y «su Eneas» (Aenea
quidem meo, dice el poeta, según su biógrafo nos lo ha transmitido)
precisa aún de estudios más profundos. Podemos afirmar, por tanto, que era
entonces cuando el poeta estaba empezando el trabajo que habría de ocuparle
hasta su muerte, el arma uirumque que
se disponía a cantar para mayor gloria de Roma y su príncipe. No sólo Augusto,
sino toda la ciudad aguardaba el poema con impaciencia, y Propercio pudo
escribir en el 26 que se estaba gestando «algo mayor aún que
la Ilíada».
Más
tarde, sin embargo, Virgilio pudo satisfacer la
curiosidad de Augusto, presentándole en pública lectura los libros II, IV y VI,
quizá los más impresionantes. Es famosa la anécdota que nos cuenta cómo Octavia
perdió el conocimiento al escuchar el panegírico de su hijo Marcelo contenido
en el libro VI. El propio príncipe debió de estremecerse ante la mención de su
sobrino, el joven que ya había escogido como heredero y que acababa de
fallecer (23 a. C.).
En
el año 19 Virgilio había provisionalmente terminado su trabajo
en doce libros. Él mismo se había trazado aún un programa de tres años durante
los que habría de visitar los lugares de Grecia y Asia en los que tantas veces
aparecían sus personajes. A nuestro poeta le gustaba pulir amoroso sus versos
-como lame la osa a sus crías, en comparación ya antigua- y quería una tregua
para terminar definitivamente el poema. Embarcó, por tanto, y en Atenas se
encontró con Augusto que volvía de Asia. Sabemos que estuvieron juntos, sabemos
que el sol abrasador del verano de Mégara hizo que la salud del poeta se
resintiera y sabemos que regresó precipitadamente a Brindis. Murió el 20 de
septiembre y su cuerpo fue trasladado a las proximidades de Nápoles, donde
recibió sepultura. Algún amigo piadoso puso en su tumba el famoso epitafio: Mantua
me genuit...
Antes
de partir para Grecia, y alarmado sin duda por una salud precaria, Virgilio había confiado su Eneida a
dos buenos amigos, Vario Rufo y Plocio Tuca: si algo le ocurría, debían entregar
ese manuscrito inacabado a las llamas. Que aún no estaba terminado el poema.
Augusto, sin embargo, evitó que se cumpliera ese último deseo, y, muy al
contrario, encargó a esos mismos amigos que lo publicasen sin añadir ni una
sola letra, aunque podían suprimir lo que, en su opinión, no sería del gusto
del poeta ya desaparecido. Y así, con sus contradicciones y sus hermosos
versos incompletos, ha llegado la
Eneida hasta nosotros.
Del
físico y la personalidad de Virgilio no
es mucho lo que sabemos. Era, según cuenta Donato, alto y moreno, de aspecto
campesino, y así nos lo confirman los retratos antiguos que de él nos han
llegado, el del mosaico de Hadrumeto y algún busto en mármol quizá de la época
de Augusto. Tenía fama de tímido entre sus
amigos, y es seguro que no le gustaba mostrarse en público y que prefería su
retiro en Campania al ajetreo de la gran ciudad. Quizá también
esto se debió a esa misteriosa enfermedad crónica que el propio Donato menciona
(tuberculosis o no); al fin y a la postre, y en palabras de García Calvo, «tan
sólo la enfermedad es lo que hace al hombre un hombre».
La Eneida
El
centro de la vida de Virgilio, de los veinte a los
cuarenta años, está enmarcado por el Rubicón y por los ecos de la batalla de Accio;
vivió, como hemos comentado, en el torbellino de constantes enfrentamientos
civiles que no llegaron a su final, sino con la muerte de Antonio, el año 30 a. C. Agripa el militar en
una mano, y Mecenas el amigo de las letras en otras, Octaviano decide entonces
comenzar toda una obra de reconstrucción nacional (la «restauración de la
república», decían ellos) que debía contar con una adecuada campaña de
propaganda. Mecenas estaba empeñado en que alguno de sus poetas cantase las
gestas de Octaviano, y parece que probó sin fortuna con Horacio y Propercio,
quienes habrían renunciado de antemano a tan ingente tarea.
También
Virgilio recibió esta propuesta, y parece que se dejó
llevar por el entusiasmo de la victoria y de la paz, y puso manos a la obra. Si
tenemos en cuenta el sangriento pasado que estos poetas habían conocido, no
podemos sorprendernos si dejaron escapar un profundo suspiro cuando se
cerraron en Roma las puertas del templo de Jano, las puertas de la guerra: era
el año 29, y casi durante doscientos años habían estado abiertas,
ensangrentadas.
Tenemos
noticias, sin embargo, que nos aseguran que era ya antigua la intención de Virgilio de componer un poema épico. Afirman sus biógrafos
(Servio, Donato) que ya antes de terminar las Bucólicas trató de cantar reges et proelia, y discuten si pensaba ya
en Eneas o se trataría de una epopeya basada en la historia de los reyes de
Alba. En todo caso, nuestro poeta abandonó pronto este proyecto, bien abrumado
por la tarea, bien simplemente que los tiempos de los neotéricos no animaban
precisamente a los posibles autores de poemas épicos de altos vuelos. Un
segundo dato sostiene esta vieja pretensión: parece que, cuando -en el 45- Julio
César inaugura el templo dedicado a su antepasada Venus Génetrix, Virgilio habría asociado definitivamente los nombres de César
y de Eneas; según Servio, a este César haría referencia el poeta en el libro I
de su Eneida (254-296) y, por tanto, estos versos habrían sido
compuestos, quizá con algún otro fragmento, mucho antes que el resto del poema.
Es
indiscutible, por último, que en el proemio del libro III de
las Geórgicas Virgilio anuncia una futura obra,
comparada en sus versos con un templo, que tendrá a César en el centro y al fondo
las gestas troyanas. Y este César al que se refiere con el entusiasmo de los
días de Accio, es ya Octaviano. Cuando termina su poema campesino, Virgilio se decide al fin a recoger la propuesta de Mecenas.
Era, pues, el año 29, y hemos visto, sin embargo, cómo tres años después nada
puede aún ofrecer a Augusto. ¿Qué obstaculizaba el trabajo del poeta? Quizá su
intención primera estaba experimentando un cambio y su fina intuición poética
le llevaba a desplazar la cámara, colocando al líder en un segundo plano, para
que más destacase la tarea colectiva del pueblo romano, «el pueblo latino y
los padres de Alba y de la alta Roma las murallas». Ahora bien, los días no
eran fáciles, y no es raro pensar que en Virgilio
se fuera enfriando el entusiasmo inicial; si a esto añadimos el que su
amigo Cornelio Galo se quitó la vida el año 27, acusado de
traición hacia la persona de Augusto, ¿no sería posible pensar en un cierto
desengaño político del poeta?
Fuentes:
CAMPS, W A.: An Introduction to Virgil's Aeneid, Oxford,1979 (=1969).
ECHAVE-SUSTAETA,
J. DE: Virgilio y nosotros, Barcelona,
1964. EsPINOSA PÓLIT, A.: Virgilio en
verso castellano, Méjico, 1961. GARCIA CALVO,
A.: Virgilio, Madrid, 1976 (con abundante
bibliografía).
GRIMAL, P.:
Virgile ou la seconde naissance de Rome, París, 1985. GUILLEMIN, A. M.: Virgilio. Poeta, artista y pensador, Buenos
A¡res, 1968.
JACKSON KNIGHT, W F.: Roman Vergil, Harmondsworth, 1966 (=
Londres, 1944, revisada).
MOYA
DEL BAÑO, F. (ed.): Simposio
virgiliano, Murcia, 1984. SYME,
R.: The Roman Revolution, Oxford,1974
(=1939, revisada).
miércoles, 13 de junio de 2012
SALVADOR GARMENDIA: ICONO EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA
Salvador Garmendia
(Venezuela, 1928-2001)
Narrador venezolano que ejerció la docencia universitaria y el periodismo y escribió guiones radiofónicos y televisivos. Nació en Barquisimeto, ciudad del estado de Lara. Su iniciación literaria estuvo ligada al grupo de la revista Sardio y al conocido como El Techo de la Ballena. Con Los pequeños seres (1958), su primera novela, mostró sus notables dotes de observación y su interés por la existencia gris y rutinaria de los habitantes de los centros urbanos, de la alienación que sufren en su trabajo y en su medio familiar. En 1959 obtuvo el Premio Municipal de Prosa por esta novela. Sus finas exploraciones en la inadaptación y el fracaso se extendieron después a nuevos ámbitos en las novelas Los habitantes (1961), Día de ceniza (1963), La mala vida (1968), Los pies de barro (1973) y Memorias de Altagracia (1973), mientras progresivamente enriquecía el realismo con el aporte del género fantástico en los cuentos de Doble fondo (1966), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972, Premio Nacional de Literatura), El único lugar posible (1981), La gata y la señora (1987) y Cuentos cómicos (1991). Una creciente dosis de ironía impregna también la presentación minuciosa de los ambientes y personajes. Entre otras obras dignas de mención se encuentran El inquieto Anacobero y otros cuentos (1976), El brujo hípico y otros relatos (1979), Hace mal tiempo afuera (1986) y El capitán Kid (1989). Salvador Garmendia obtuvo en 1989 el Premio Juan Rulfo por el cuento Tan desnuda como una piedra. Falleció el 13 de mayo de 2001 en Caracas.
De este escritor venezolano transcribimos: COSAS DE LA MUERTE.
Dossier
Cosas de la muerte*
SI LES DIGO QUE NO ME GUSTAN los entierros, no faltará quien me
interrumpa para afirmar que eso le pasa a todo el mundo; sin embargo
sé por experiencia que esa no es toda la verdad y que por el contrario,
hay personas -y hasta creo que abundan- verdaderos fanáticos de las
pompas fúnebres, a quienes atrae especialmente el olor saturado de las
flores, que en los entierros huelen de una manera inconfundible, como
si al cortarlas con ese propósito, sus líquidos y sus esencias se descompusieran
rápidamente; lo mismo que el rumor flotante de las conversaciones
en voz baja y creo que hasta el ruido ronco de las paletadas les
infunde algún reflexivo deleite. Eludo, pues, en lo posible estas citas
mortuorias y sólo en ocasiones como en las de mi amigo Tobías, debo
resignarme a la obligación del compromiso.
Vivió Tobías, y murió -cayó fulminado por un infarto- en una casa
de aspecto agradable, rodeada de árboles, una capa de hiedra en la fachada
y un balconcito cargado de tiestos. Resultaba, si, demasiado pequeña
para contener la gran cantidad de visitantes, -Tobías fue hombre
de numerosos amigos- mucho más cuando el salón principal se hallaba
ocupado por el féretro, las coronas, los candelabros, los parientes más
cercanos y demás aparejos mortuorios.
Escurriéndome entre tantas corbatas negras, conseguí introducirme
en el grupo que rodeaba a la viuda, donde todo era humedad y
sollozos. Ella no debió reconocerme, pues recibió mi abrazo y me dijo,
con una voz mojada y temblorosa: ya no volverán a jugar póker los
domingos, cosa que no recuerdo haber hecho jamás. Por encima del
hombro de la viuda, unos ojos redondos y salientes brillaron un momento.
Al separarnos habían desaparecido entre los trapos negros. Un
poco aturdido en aquella sorda multitud, estuve tratando de localizar
nuevamente la singular aparición. Entonces, unos torsos siameses se
abrieron y en el claro asomaron de nuevo esos ojos dotados de un brillo
agudo y malicioso, que parecía acrecentarse aun más entre tantos lentes
oscuros y los ojos enrojecidos de las mujeres. La muchacha desapareció
al momento, dejando el rastro de un talle flexible y un cuello blanco,
delgado y también luminoso.
- ¿Quién es esta muchacha? – pregunté a un conocido -.
- Es la hermanita menor de Tobías. Una preciosidad.
La salida del féretro estaba convenida para las cinco. Eran las cuatro
y media. En procura de un poco de aire, me aventuré al interior de la
casa. Encontré a un grupo de hombres en el comedor, todas personas de
edad madura, pulcros, recién afeitados, rociados de agua de colonia.
-Venga, amigo; procure no llamar la atención. Uno de aquellos
desconocidos, me había agarrado por el brazo.
Pasamos a una habitación pequeña, cargada de olores y nos distribuimos
en el poco espacio libre que dejaban una cama de hierro enteramente
revuelta, dos cestas de ropa abarrotadas y otros objetos dañados y
viejos, todo lo cual identificaba aquel lugar, desnudo y sin ventanas,
como el cuarto de desechos de la casa.
Encima de la cama, los pies descalzos y el cabello deliberadamente
revuelto, se encontraba la hermana menor de Tobías cubierta por un
viejo abrigo de pieles. Echó la cabeza hacia atrás, abrió un poco los
brazos y tras una sacudida de hombros, el abrigo resbaló hasta los pies.
Debajo de esos ojos chispeantes estalló un grito de piel blanca, un poco
oscurecida en el espacio de los senos y las caderas, las piernas delgadas y
ágiles, el apunte de las costillas que se inflamaban presionando la piel a
cada contorsión del torso. Se vuelve. La hendidura sedosa de las nalgas
se prolonga y sube ahondándose entre la doble moldura de la espalda. Los
presentes, caras desconocidas para mí, permanecen callados, cada uno
embebido en su contemplación.
El resto de la ceremonia, transcurrió dentro de la lentitud un tanto
mecánica que le es habitual. Un pariente de Tobías me pasó una pala.
Concluida esa parte ritual de la operación, los empleados del cementerio
empuñaron las herramientas y arremetieron velozmente contra el montón
de tierra.
Con la última luz de la tarde, regresamos hacia los automóviles. Al
vadear una fosa recién abierta, di con un individuo que reconocí al primer
momento como uno de mis compañeros de aventura en casa de Tobías.
Le puse una mano en el hombro y el tipo me miró sorprendido.
-¿Qué le pareció todo, amigo? La muchacha estaba estupenda.
-¿Qué dice?
-Me refiero a lo de esta tarde en casa de Tobías.
-Yo no sé de qué me habla.
-De Tobías, por supuesto. ¿Usted no viene del entierro de Tobías?
-No señor, vengo de enterrar a mi tía abuela; era la persona que
más quería en este mundo.
Tenía los ojos inyectados.
-Perdone, pero. . .
-Si no le molesta, siga su camino. No quiero hablar con nadie; he
pasado un momento terrible.
* Salvador Garmendia. Los escondites Caracas. Monte Ávila. 1983.
(Venezuela, 1928-2001)
Narrador venezolano que ejerció la docencia universitaria y el periodismo y escribió guiones radiofónicos y televisivos. Nació en Barquisimeto, ciudad del estado de Lara. Su iniciación literaria estuvo ligada al grupo de la revista Sardio y al conocido como El Techo de la Ballena. Con Los pequeños seres (1958), su primera novela, mostró sus notables dotes de observación y su interés por la existencia gris y rutinaria de los habitantes de los centros urbanos, de la alienación que sufren en su trabajo y en su medio familiar. En 1959 obtuvo el Premio Municipal de Prosa por esta novela. Sus finas exploraciones en la inadaptación y el fracaso se extendieron después a nuevos ámbitos en las novelas Los habitantes (1961), Día de ceniza (1963), La mala vida (1968), Los pies de barro (1973) y Memorias de Altagracia (1973), mientras progresivamente enriquecía el realismo con el aporte del género fantástico en los cuentos de Doble fondo (1966), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972, Premio Nacional de Literatura), El único lugar posible (1981), La gata y la señora (1987) y Cuentos cómicos (1991). Una creciente dosis de ironía impregna también la presentación minuciosa de los ambientes y personajes. Entre otras obras dignas de mención se encuentran El inquieto Anacobero y otros cuentos (1976), El brujo hípico y otros relatos (1979), Hace mal tiempo afuera (1986) y El capitán Kid (1989). Salvador Garmendia obtuvo en 1989 el Premio Juan Rulfo por el cuento Tan desnuda como una piedra. Falleció el 13 de mayo de 2001 en Caracas.
De este escritor venezolano transcribimos: COSAS DE LA MUERTE.
Dossier
Cosas de la muerte*
SI LES DIGO QUE NO ME GUSTAN los entierros, no faltará quien me
interrumpa para afirmar que eso le pasa a todo el mundo; sin embargo
sé por experiencia que esa no es toda la verdad y que por el contrario,
hay personas -y hasta creo que abundan- verdaderos fanáticos de las
pompas fúnebres, a quienes atrae especialmente el olor saturado de las
flores, que en los entierros huelen de una manera inconfundible, como
si al cortarlas con ese propósito, sus líquidos y sus esencias se descompusieran
rápidamente; lo mismo que el rumor flotante de las conversaciones
en voz baja y creo que hasta el ruido ronco de las paletadas les
infunde algún reflexivo deleite. Eludo, pues, en lo posible estas citas
mortuorias y sólo en ocasiones como en las de mi amigo Tobías, debo
resignarme a la obligación del compromiso.
Vivió Tobías, y murió -cayó fulminado por un infarto- en una casa
de aspecto agradable, rodeada de árboles, una capa de hiedra en la fachada
y un balconcito cargado de tiestos. Resultaba, si, demasiado pequeña
para contener la gran cantidad de visitantes, -Tobías fue hombre
de numerosos amigos- mucho más cuando el salón principal se hallaba
ocupado por el féretro, las coronas, los candelabros, los parientes más
cercanos y demás aparejos mortuorios.
Escurriéndome entre tantas corbatas negras, conseguí introducirme
en el grupo que rodeaba a la viuda, donde todo era humedad y
sollozos. Ella no debió reconocerme, pues recibió mi abrazo y me dijo,
con una voz mojada y temblorosa: ya no volverán a jugar póker los
domingos, cosa que no recuerdo haber hecho jamás. Por encima del
hombro de la viuda, unos ojos redondos y salientes brillaron un momento.
Al separarnos habían desaparecido entre los trapos negros. Un
poco aturdido en aquella sorda multitud, estuve tratando de localizar
nuevamente la singular aparición. Entonces, unos torsos siameses se
abrieron y en el claro asomaron de nuevo esos ojos dotados de un brillo
agudo y malicioso, que parecía acrecentarse aun más entre tantos lentes
oscuros y los ojos enrojecidos de las mujeres. La muchacha desapareció
al momento, dejando el rastro de un talle flexible y un cuello blanco,
delgado y también luminoso.
- ¿Quién es esta muchacha? – pregunté a un conocido -.
- Es la hermanita menor de Tobías. Una preciosidad.
La salida del féretro estaba convenida para las cinco. Eran las cuatro
y media. En procura de un poco de aire, me aventuré al interior de la
casa. Encontré a un grupo de hombres en el comedor, todas personas de
edad madura, pulcros, recién afeitados, rociados de agua de colonia.
-Venga, amigo; procure no llamar la atención. Uno de aquellos
desconocidos, me había agarrado por el brazo.
Pasamos a una habitación pequeña, cargada de olores y nos distribuimos
en el poco espacio libre que dejaban una cama de hierro enteramente
revuelta, dos cestas de ropa abarrotadas y otros objetos dañados y
viejos, todo lo cual identificaba aquel lugar, desnudo y sin ventanas,
como el cuarto de desechos de la casa.
Encima de la cama, los pies descalzos y el cabello deliberadamente
revuelto, se encontraba la hermana menor de Tobías cubierta por un
viejo abrigo de pieles. Echó la cabeza hacia atrás, abrió un poco los
brazos y tras una sacudida de hombros, el abrigo resbaló hasta los pies.
Debajo de esos ojos chispeantes estalló un grito de piel blanca, un poco
oscurecida en el espacio de los senos y las caderas, las piernas delgadas y
ágiles, el apunte de las costillas que se inflamaban presionando la piel a
cada contorsión del torso. Se vuelve. La hendidura sedosa de las nalgas
se prolonga y sube ahondándose entre la doble moldura de la espalda. Los
presentes, caras desconocidas para mí, permanecen callados, cada uno
embebido en su contemplación.
El resto de la ceremonia, transcurrió dentro de la lentitud un tanto
mecánica que le es habitual. Un pariente de Tobías me pasó una pala.
Concluida esa parte ritual de la operación, los empleados del cementerio
empuñaron las herramientas y arremetieron velozmente contra el montón
de tierra.
Con la última luz de la tarde, regresamos hacia los automóviles. Al
vadear una fosa recién abierta, di con un individuo que reconocí al primer
momento como uno de mis compañeros de aventura en casa de Tobías.
Le puse una mano en el hombro y el tipo me miró sorprendido.
-¿Qué le pareció todo, amigo? La muchacha estaba estupenda.
-¿Qué dice?
-Me refiero a lo de esta tarde en casa de Tobías.
-Yo no sé de qué me habla.
-De Tobías, por supuesto. ¿Usted no viene del entierro de Tobías?
-No señor, vengo de enterrar a mi tía abuela; era la persona que
más quería en este mundo.
Tenía los ojos inyectados.
-Perdone, pero. . .
-Si no le molesta, siga su camino. No quiero hablar con nadie; he
pasado un momento terrible.
* Salvador Garmendia. Los escondites Caracas. Monte Ávila. 1983.
viernes, 8 de junio de 2012
PAUL VERLAINE.
Paul Marie Verlaine, más comúnmente llamado Paul Verlaine. Poeta francés nacido en Metz el 30 marzo de 1844 y muerto en París el 8 de enero de 1896.
De familia perteneciente a la pequeña burguesía: su padre, como el de Rimbaud, era capitán de la armada. Hizo sus estudios en París, trabajó en el ayuntamiento. Frecuentó los cafés y salñ+ones literarios parisinos, y en 1866 colaboró en el primer Parnaso contemporáneo publicando los Poemas saturnianos, influenciados por Baudelaire, aunque ya anunciaban el «esfuerzo hacia la Expresión, hacia la Sensación devuelta» (Carta a Mallarmé del 22 noviembre de 1866) que caracterizaría su mejor poesía, en 1869 las Fiestas galantes, fantasías evocadoras del siglo XVIII de Watteau, confirmaban esta orientación. En 1870, se casó con Mathilde Mauté, a la que dedicó La Buena Canción.
Al año siguiente, Verlaine toma partido por la Comuna de París, reprimida en un baño de sangre por el gobierno de Adolphe Thiers. Verlaine deja París con su mujer por miedo a represalias, y poco tiempo después, tras su vuelta, viviendo la joven pareja con los padres de Mathilde, Arthur Rimbaud aparece en su vida y la cambia completamente. Verlaine deja a su mujer y se va con el joven poeta a Londres y a Bélgica. Durante estos viajes, escribe una gran parte de la colección Romanzas sin palabras. En 1873, en una riña en plena calle, en Bruselas, hiere de un tiro a Rimbaud y es condenado a dos años de prisión, que cumple en Bruselas y en Mons. Durante su estancia en la prisión elabora la base de un libro que no verá nunca la luz (Carcelariamente), su esposa obtiene la separación, del proceso iniciado en 1871. En prisión se convirtió al catolicismo, en la madrugada de una «mística noche». De esta conversión data probablemente el abandono de Carcelariamente y la idea de recopilar Sabiduría, que formará parte, con Antaño y hogaño (1884) y Paralelamente (1888), de una gran antología.
Al salir vuelve nuevamente a Inglaterra y después a Rethel, donde ejerce como profesor. En 1883, publica en la revista Lutèce la primera serie de los «poetas malditos» (Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud), que contribuye a darlo a conocer. Junto con Mallarmé, es tratado como maestro y precursor por los poetas simbolistas y decadentistas. En 1884, publica Antaño y hogaño, que marca su vuelta a la vanguardia literaria, aunque el libro estuviera compuesto fundamentalmente por poemas anteriores a 1874. A partir de 1887, a medida que su fama crece, cae en la más negra de las miserias. Las producciones literarias de esos años son puramente alimentarias. En esta época pasa el tiempo entre el café y el hospital. En sus últimos años fue elegido «Príncipe de los Poetas» (en 1894) y se le otorga una pensión. Prematuramente envejecido, muere en 1896 en París, a los 52 años. Al día siguiente de su entierro, varios paseantes cuentan un hecho curioso: la estatua de la Poesía, de la Ópera, perdió un brazo, que se rompió con la lira que sujetaba, cuando el coche fúnebre de Verlaine acababa de pasar.
La influencia de Verlaine tanto tras su muerte como incluso sobre sus coetáneos son innegables, no sólo poetas en lengua francesa, sino en todo el mundo. En castellano, el modernismo no puede entenderse sin la figura de Verlaine. Muchos grandes poetas como Rubén Darío o Manuel Machado habrían recorrido otros caminos sin Verlaine y con ellos la historia
He aquì una selecciòn de poemas de este extraordinario poeta francès-
POEMAS
PAUL VERLAINE
Digitalizado por
http://www.librodot.com
PAUL VERLAINE
Poemas
SERENATA
Como la
voz de un muerto que cantara
Desde
el fondo de su fosa,
Amante,
escucha subir hasta tu retiro
Mi voz
agria y falsa.
Abre tu
alma y tu oído al son
De mi
mandolina:
Para ti
he hecho, para ti, esta canción
Cruel y
zalamera.
Cantaré
tus ojos de oro y de ónix
Puros
de toda sombra,
Cantaré
el Leteo de tu seno, luego el Styx
De tus
cabellos oscuros.
Como la
voz de un muerto que cantara
Desde
el fondo de su fosa,
Amante,
escucha subir hasta tu retiro
Mi voz
agria y falsa.
Después
loare mucho, como conviene,
A esta
carne bendita
Cuyo
perfume opulento evoco
Las
noches de insomnio.
Y para
acabar cantaré el beso
De tu
labio rojo
Y tu
dulzura al martirizarme,
¡Mi
ángel, mi gubia!
Abre tu
alma y tu oído al son
De mi
mandolina:
Para ti
he hecho, para ti, esta canción
Cruel y
zalamera.
MI SUEÑO FAMILIAR
Tengo a
veces un sueño penetrante
De una
mujer desconocida a la que amo y que me ama
Y que
no es, cada vez, en absoluto la misma
Ni es
otra, y me ama y me comprende.
Porque
ella me comprende, y mi corazón transparente
Para
ella sola, ¡ay!, cesa de ser un problema
Para
ella sola, y los sudores de mi frente pálida
Ella
sola los sabe refrescar, llorando.
¿Es
morena, rubia o pelirroja? Lo ignoro
¿Su
nombre? Recuerdo que es dulce y sonoro
Como
los de los amados que la vida exilia.
Su
mirada es parecida a la mirada de las estatuas
Y, en
su voz, lejana, calma y grave, tiene
La
inflexión de las voces queridas que se han matado.
A UNA MUJER
A
usted, estos versos, por la consoladora gracia
De sus
ojos grandes donde se ríe y llora un dulce sueño;
A su
alma pura y buena, a usted
Estos
versos desde el fondo de mi violenta miseria.
Y es
que, ¡ay!, la horrible pesadilla que me visita
No me
da tregua y, va, furiosa, loca, celosa,
Multiplicándose
como un cortejo de lobos
Y se
cuelga tras mi sino, que ensangrienta.
Oh,
sufro, sufro espantosamente, de tal modo
Que el
primer gemido del hombre
Arrojado
del Edén es una égloga al lado del mío.
Y las
penas que usted pueda tener son como
Las
golondrinas que un cielo al mediodía,
Querida,
en un bello día de septiembre tibio.
GROTESCOS
Sus
piernas por toda montura,
Por
todo bien el oro de sus miradas,
Por el
camino de las aventuras
Marchan
harapientos y huraños.
El
prudente, indignado, los arenga;
El
tonto compadece a esos locos aventurados;
Los
niños les sacan la lengua
Y las
chicas se burlan de ellos.
Sin más
que odiosos y ridículos,
Y
maléficos, en efecto,
Y
tienen el aire, en el crepúsculo,
De un
mal sueño.
Y con
sus agrias guitarras,
Crispando la mano de los liberados,
Canturrean unos aires extraños,
Nostálgicos
y rebeldes.
Y es,
en fin, que sus pupilas
Ríe y
llora – fastidioso-
El amor
de las cosas eternas,
¡Viejos
muertos y antiguos dioses!
Id,
pues, vagabundos sin tregua,
Errad,
funestos y malditos,
A lo
largo de los abismos y de las playas
Bajo el
ojo cerrado de los paraísos.
La
naturaleza del mundo se aísla
Para
castigar como es preciso
La
orgullosa melancolía
Que te
hace marchar con la frente alta,
Y,
vengando en ti la blasfemia
De
inmensas esperanzas vehementes,
Hiere
tu frente de anatema
EL RUDO GOLPE DE LOS ELEMENTOS
Los
junios y los diciembres
Hielan
tu carne hasta los huesos,
Y la
fiebre invade tus miembros
Que se
desgarran en los cañaverales.
¡Todo
te rechaza y te aflige,
y
cuando la muerte venga a ti,
flaco y
frío, tu cadáver
Será
desdeñado por los lobos!
RESIGNACIÓN
¡Muy
niño iba soñando en Ko-Hinnor,
Suntuosidad
persa y papal,
Heliogábalo
Y Sardanápalo!
¡Mi
deseo creaba bajo los techos de oro,
entre
los perfumes, al son de las músicas,
Uno
harenes sin fin, paraísos físicos!
Hoy,
más sosegado y no menos ardiente,
Pero
conociendo la vida y la necesidad de doblegarse
He
debido refrenar mi bella locura,
Sin
resignarme demasiado, sin embargo,
¡Sea!
lo grandioso escapa a mis dientes,
pero,
¡quita allá lo amable y quita las heces!
Siempre
he odiado a la mujer bonita,
A la
rima asonante y al amigo prudente.
DESEO
¡Ah,
las bucólicas, las primeras queridas!
El oro
de los cabellos, el azul de los ojos, la flor de las carnes,
Y
luego, entre el olor de los cuerpos jóvenes y amados,
¡La
temerosa espontaneidad de las caricias!
Se han
ido lejos todas aquellas alegrías
Y todos
aquellos candores. ¡Ay! Todos, hacia
La
Primavera de los pesares, han huido los negros inviernos
De mis
enojos, de mis ascos, de mis angustias.
Heme
aquí solo ahora, mustio y solo,
Mustio
y desesperado, más yerto que un antepasado,
Igual
que un huérfano pobre sin su hermana mayor.
¡Oh la
mujer de amor mimoso y cálido,
dulce,
meditabunda y morena, jamás asombrada,
y que a
veces os besa en la frente, como a un niño!
CANSANCIO
Despacio,
despacio, despacio,
Calma
un poco esos transportes febriles, encanto.
Aún en
lo más fuerte del placer, a veces, ya ves, la amante
Debe
tener el abandono tranquilo de la hermana.
Sé
lánguida, haz tu caricia adormecedora,
Idénticos
tus suspiros y acunadora tu mirada.
Mira,
el abrazo celoso y el espasmo obsedente
No
valen lo que un largo beso, siquiera embustero.
Pero en
tu querido corazón de oro, me dices, niña,
La
fiera pasión va soplando el olifante...
¡Déjala
trompetear a gusto, a la tunanta!
Pon tu
frente sobre mi frente y tu mano en mi mano
Y hazme
los juramentos que romperás mañana
Y lloraremos
juntos hasta el alba, ¡Oh, fogosilla!
EFECTO NOCTURNO
La
noche. La lluvia. Un cielo incoloro que desgarra
De
flechas y de torres a plena luz la silueta
De una
ciudad gótica apagada en la gris lejanía.
La
llanura. Un patíbulo lleno de flacos ahorcados
Sacudidos
por el pico ávido de las cornejas
Guiñotean
en el aire danzas desiguales
Mientras
que sus pies son pastos de los lobos.
Algunos
matorrales espinos os dispersos y algunos acebos
Alzan
el horror de su follaje a derecha, a izquierda
Sobre el
tiznado barullo de un fondo de boceto.
Y
luego, alrededor de tres lívidos prisioneros
Que
andan descalzos, el grueso de los altivos guardianes,
Camina,
erguida sus armas, como rejas de rastrillo,
Brillando
a contra luz las lanzas del aguacero.
SOLES PONIENTES
Un alba
debilitada
Derramada
por los campos
La
melancolía
De los
soles ponientes.
La
melancolía
Acuna
con dulces cantos
Mi
corazón que se olvida
De los
soles ponientes.
Y los
extraños sueños,
Como
unos soles
Ponientes
sobre las playas,
Fantasmas
encarnados,
Desfilan
sin tregua,
Desfilan,
semejantes,
A los
grandes soles,
Ponientes
sobre las playas.
NOCHE DEL WALPURGIS CLÁSICO
Era más
bien el sabbat del segundo Fausto,
Un
rítmico sabbat, rítmico, extremadamente
Rítmico.
Imaginaos un jardín de Lenôtre,
Correcto,
ridículo y encantador.
Unas
rotondas; en el centro, los surtidores; unas avenidas
Muy
rectas, silvanos de mármol, dioses marinos
De
bronce, aquí y allá, unas Venus expuestas;
Unos
tres bolillos, unos arriates;
Castaños,
plantíos de flores formando dunas;
Aquí,
unos rosales enanos que un docto gusto alinea;
Más
allá, unos tejos tallados en triángulos. La luna
De una
noche de verano sobre todo esto.
Suena
la medianoche y despierta en el fondo del parque áulico
Una
aire melancólico, un sordo, lento y dulce aire
De
caza, tan dulce, lento, sordo y melancólico
Como el
aire de caza de Tannhauser
Cantos
velados de lejanos cuernos de caza, donde la ternura
De los
sentidos abraza el espanto del alma de los acordes
Armoniosamente
disonantes de la embriaguez;
Y ya la
llamada de las trompas
se
entrelaza de repente a unas formas muy blancas,
diáfanas,
y que el claro de luna las hace
opalinas
entre la sombra verde de las ramas:
-¡Un
Watteau soñado por Raffet!-
Se
entrelazan entre las sombras verdes de los árboles
Con un
gesto de decaído, lleno de profunda desesperación;
Luego,
alrededor de los macizos, de los bronces y de los mármoles,
Muy
lentamente bailan un corro.
Estos
espectros agitados, ¿son pues el pensamiento
Del
poeta ebrio o son su lamento, o su remordimiento,
Esos
espectros agitados en turba cadencia,
O,
simplemente, no son más que muertos?
¿Son
tus remordimientos, oh desvarío que invita
al
horror, son tu lamento o tu pensamiento, todos
esos
espectros que un vértigo irresistible agita,
o son
sólo muertos que estuvieron locos?
¡No
importa van siempre, los febriles fantasmas,
llevando
su ronda grande y triste, a trompicones,
como en
un rayo de sol los átomos,
y
evaporándose al instante.
Húmeda
y pálida, el alba silencia una tras otra
Las
trompas, de tal modo que no queda absolutamente
Nada –absolutamente – más que un jardín de Lenôtre,
Correcto,
ridículo y encantador
CANCIÓN DE OTOÑO
Los
largos sollozos
De los
violines
Del
otoño
Hieren
mi corazón
De una
languidez
Monótona.
Del todo
sofocado y
Pálido,
cuando
La hora
suena,
Me
acuerdo
De
pasados días
Y
lloro.
Y me
voy
Con el
viento malo,
Que me lleva
Aquí,
allá
Semejante
a
La hoja
muerta.
IL BACIO
¡Beso!
¡malvarrosa del jardín de las caricias,
vivo
acompañamiento en el teclado de los dientes,
dulces
canciones que Amor entona en los corazones ardientes
con su
voz de arcángel de languideces encantadoras!
¡Sonoro
y gracioso Beso, divino Beso!
¡Voluptuosidad
sin rival, embriaguez inenarrable!
¡Salud!
El hombre inclinado sobre tu copa adorable,
se
embriaga de una dicha que no sabe agotar.
Como el
vino del Rhin, y como la música,
Tú
consuelas y meces, y la pena
Expira
con el gesto en tu pliegue purpurino...
Que
otro más grande, Goethe o Will, te dirija un verso clásico.
Yo no
puedo, mezquino trovador de París,
Ofrecerte
más que este ramillete de infantiles estrofas:
Sé
benigno y, como premio, sobre los labios amotinados
De Una
que conozco, Beso, desciende y ríe.
EL FAUNO
Un
viejo fauno de terracota
Ríe en
medio del parterre,
Presagiando
sin duda una continuación
Mala a
estos instantes serenos
que me
han llevado y te han llevado
-melancólicos
peregrinos-,
hasta
esta hora que se fuga
girando
al son de los tamboriles
LOS INDOLENTES
¡Bah!
pese a los destinos celosos,
muramos
juntos, ¿Quiere usted?
-La
proposición es rara.
-Lo
raro es lo bueno. Así, pues, muramos
como en
los Decamerones.
-Ja,
ja, ja. ¡qué extraño amante!
-Extraño,
no lo sé. Amante
irreprochable,
seguramente
¿No
quiere usted que muramos juntos?
-Señor
usted bromea mejor todavía
de lo
que usted me ama, hablando en plata;
pero
callémonos, si le parece bien.
Tan
bien que esta tarde, Tircis
Y
Dorimena, las dos sentadas
No
lejos de lo s silvanos rientes,
cometieron
el inexplicable error
de
añadir una exquisita muerte.
¡Ja,
Ja, Ja, los extraños amantes!
POEMA NRO. IV
DE LA BUENA CANCIÓN
Ya que
el alba crece, ya que está aquí la aurora,
Puesto
que, después de haberme rehuido tanto tiempo, la esperanza quiere bien
Volar
de nuevo hacia mí que la llamo y la imploro,
Puesto
que toda esta felicidad quiere de veras ser la mía,
Se
hacen ahora funestos pensamientos,
Se
hacen malos sueños, ay, y se hacen
Sobre
todo ironía y labios afectados
Y unas palabras donde el espíritu sin alma
triunfa.
Atrás
también los puños crispados y la cólera
Contra
los malvados y los tontos encontrados;
Atrás
el rencor abominable, ¡Atrás
El
olvido que se busca en unos brebajes execrados!
Porque
yo quiero ahora que un Ser de luz
Ha
emitido en mi noche profunda esta claridad
De un
amor a la vez inmortal y primero,
Por
gracia de la sonrisa y la belleza,
Quiero, guiado, por vos, bellos ojos de llamas
dulces,
Por ti
conducido, oh mano donde temblará mi mano,
Marchar
recto, ya sea por senderos de musgos
O entre
rocas y guijarros entorpeciendo el camino;
Sí,
quiero marchar derecho y calmo en la
Vida,
Hacia
el objeto donde la suerte lleve mis pasos,
Sin
violencia, sin remordimientos y sin envidia:
Éste
será el deber feliz de los alegres combates.
Y como,
para acunar las lentitudes del camino
Cantaré
unos aires ingenuos, me digo
Que
ella me escuchará sin desagrado, sin duda.
Verdaderamente,
no quiero otro Paraíso.
GREEN
Te
ofrezco entre racimos, verdes gajos y rosas,
mi
corazón ingenuo que a tu bondad se humilla;
no
quieran destrozarlo tus manos cariñosas,
tus
ojos regocije mi dádiva sencilla.
En el
jardín umbroso mi cuerpo fatigado
las
auras matinales cubrieron de rocío;
como en
la paz de un sueño se deslice a tu lado
el
fugitivo instante que reposar ansío.
Cuando
en mis sienes calme la divina tormenta,
reclinaré,
jugando con tus bucles espesos,
sobre
tu núbil seno mi frente soñolienta,
sonora
con el ritmo de tus últimos besos.
TÚ CREES EN EL RON DEL CAFÉ,
EN LOS PRESAGIOS
Tú
crees en el ron del café, en los presagios,
y crees
en el juego;
yo no
creo más que en tus ojos azulados.
Tú
crees en los cuentos de hadas, en los días
nefastos
y en los sueños;
yo creo
solamente en tus bellas mentiras.
Tú
crees en un vago y quimérico Dios,
o en un
santo especial,
y, para
curar males, en alguna oración.
Más yo
creo en las horas azules y rosadas
que tú
a mí me procuras
y en
voluptuosidades de hermosas noches blancas.
Y tan
profunda es mi fe
y tanto
eres para mí,
que en
todo lo que yo creo
sólo
vivo para ti.
EL HOGAR Y LA LÁMPARA
DE RESPLANDOR PEQUEÑO
El
hogar y la lámpara de resplandor pequeño;
la
frente entre las manos en busca del ensueño;
y los
ojos perdidos en los ojos amados;
la hora
del té humeante y los libros cerrados;
el
dulzor de sentir fenecer la velada,
la
adorable fatiga y la espera adorada
de la
sombra nupcial y el ensueño amoroso.
¡Oh!
¡Todo esto, mi ensueño lo ha perseguido ansioso,
sin
descanso, a través de mil demoras vanas,
impaciente
de meses, furioso de semanas!
MUJER Y GATA
La
sorprendí jugando con su gata,
y contemplar
causóme maravilla
la mano
blanca con la blanca pata,
de la
tarde a la luz que apenas brilla.
¡Como
supo esconder la mojigata,
del
mitón tras la negra redecilla,
la
punta de marfil que juega y mata,
con
acerados tintes de cuchilla!
Melindrosa
a la par por su compañera
ocultaba
también la garra fiera;
y al
rodar (abrazadas) por la alfombra,
un
sonoro reír cruzó el ambiente
del
salón... y brillaron de repente
¡cuatro
puntos de fósforo en la sombra!
ID, PUES, VAGABUNDOS,
SIN TREGUA
“Id,
pues, vagabundos, sin tregua,
errad,
funestos y malditos
a lo
largo de los abismos y las playas
bajo el
ojo cerrado de los paraísos.
(...)
Y
nosotros que la derrota nos ha hecho, ay, sobrevivir,
los
pies magullados, los ojos turbios, la cabeza pesada,
sangrantes,
flojos, deshonrados, cansados,
vamos,
penosamente ahogando un lamento sordo.”
PON TU FRENTE
SOBRE MI FRENTE
Pon tu
frente sobre mi frente y tu mano
en mi
mano.
Y hazme
los juramentos que romperás
mañana.
Y
lloremos hasta que amanezca,
mi
pequeña fogosa.
PRIMAVERA
Tiernamente
la joven mujer de cabello rojizo
Conmovida
ante tanta inocencia
Le dijo
a la rubia muchacha
Estas
palabras en suave voz
"Savia
que se eleva; flores que se abren
tu
juventud es una glorieta
permite
a mis dedos vagar por la hierba
donde
se estremece el capullo de la rosa
Déjame
por entre el herbaje puro
Beber
las gotas del rocío
Que
humedece a la tierna rosa,..
De modo
que el placer, mi cariño
Avive
tu rostro
Como el
amanecer el azul del cielo
Su
adorado cuerpo bello, armonioso
Perfumado,
blanco como el blanco
Rosa,
emblanquecido con pura leche, rosado
Como un
lirio bajo un cielo púrpura
Bellos
los muslos, enhiestos los pechos
Tu
espalda, hombros, vientre, un banquete
Para
los ojos y para las curiosas manos
Para
los labios y todos los sentidos
"Pequeña
niña, deja ver si tu lecho
tiene
aún debajo de la roja cortina
la
hermosa almohada que lleva
y las
salvajes sábanas. Oh a tu lecho.
EN EL BALCÓN
En el
balcón las amigas miraban ambas como huían las golondrinas
Una pálida
sus cabellos negros como el azabache, la otra rubia
Y
sonrosada, su vestido ligero, pálido de
desgastado amarillo
Vagamente
serpenteaban las nubes en el cielo
Y todos
los días, ambas con languideces de asfódelos
Mientras
que al cielo se le ensamblaba la luna suave y redonda
Saboreaban
a grandes bocanadas la emoción profunda
De la
tarde y la felicidad triste de los corazones fieles
Tales
sus acuciantes brazos, húmedos, sus talles flexibles
Extraña
pareja que arranca la piedad de otras parejas
De tal
modo en el balcón soñaban las jóvenes mujeres
Tras
ellas al fondo de la habitación rica y sombría
Enfática
como un trono de melodramas
Y llena
de perfumes la cama vencida se abría entre las sombras
PENSIONISTAS
Una
tenía quince años, la otra dieciséis
Y ambas
dormían en la misma pequeña habitación
Esto
sucedió una sofocante noche de Septiembre
Quebrantables
asuntos! Ojiazules y con mejillas de
marfil
Para
refrescar sus delicados cuerpos, se despojaron
De
las exquisitas camisas perfumadas de
ámbar
La más
joven levantó sus manos inclinándose hacia atrás
Y su
amiga, con sus manos en sus pechos, la besó.
Entonces
bajó a sus rodillas, y, en un arrebato
Pegó a
la pierna de la otra su mejilla, y su boca
Acarició
el dorado oro entre las grises sombras
Y durante
todo ese tiempo la mas joven contaba
Con sus
queridos dedos los prometidos valses
Y
sonrojándose, inocentemente sonreía.
LASITUD
Encantadora
mía, ten dulzura, dulzura...
calma
un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional;
la
amante, a veces, debe tener una hora pura
y
amarnos con un suave cariño fraternal.
Sé
lánguida, acaricia con tu mano mimosa;
yo
prefiero al espasmo de la hora violenta
el
suspiro y la ingenua mirada luminosa
y una
boca que me sepa besar aunque me mienta.
Dices
que se desborda tu loco corazón
y que
grita en tu sangre la más loca pasión;
deja
que clarinee la fiera voluptuosa.
En mi
pecho reclina tu cabeza galana;
júrame
dulces cosas que olvidarás mañana
Y hasta
el alba lloremos, mi pequeña fogosa.
ARIA DE ANTAÑO
Lucen
vagamente las teclas del piano
a la
luz del suave crepúsculo rosa,
y bajo
los finos dedos de su mano
un aire
de antaño canta y se querella
en la
diminuta cámara suntuosa
en
donde palpitan los perfumes de Ella.
Un
plácido ensueño mi espíritu mece
mientras
que el teclado sus notas desgrana;
¿por
qué me acaricia, por qué me enternece
esa
canción dulce, llorosa e incierta
que
apaciblemente muere en la ventana
a las
tibias auras del jardín abierta...
CANCIÓN POR ELLAS
Que eres rubia, me dicen,
y toda rubia es traicionera
"como el oleaje", añaden.
¡Da risa su palabrería hueca!
Tus ojos son lo más bello del mundo
y estoy ávido de tu pecho.
Dicen que eres morena,
que una morena tiene brasas en la mirada
y si el corazón ambiciona fortuna,
si se quema... ¡Ah, qué superficiales!
¡Curvo y fresco como la luna,
se agita tu pecho hasta los botones de fresa!
que una morena tiene brasas en la mirada
y si el corazón ambiciona fortuna,
si se quema... ¡Ah, qué superficiales!
¡Curvo y fresco como la luna,
se agita tu pecho hasta los botones de fresa!
Dicen de ti ¡Castaña!:
insípida y pelirroja, demasiado rosa.
Me olvido de la cantinela
y te amo plenamente:
desde la cabellera, fuente
de ébano o de oro, me digo (¡oh, y lo grabo
en mi corazón!), hasta tus regios pies.
insípida y pelirroja, demasiado rosa.
Me olvido de la cantinela
y te amo plenamente:
desde la cabellera, fuente
de ébano o de oro, me digo (¡oh, y lo grabo
en mi corazón!), hasta tus regios pies.
SOÑÉ CONTIGO ESTA NOCHE
Soñé
contigo esta noche:
Te desfallecías de mil maneras
Y murmurabas tantas cosas...
Te desfallecías de mil maneras
Y murmurabas tantas cosas...
Y
yo, así como se saborea una fruta
Te besaba con toda la boca
Un poco por todas partes, monte, valle, llanura.
Te besaba con toda la boca
Un poco por todas partes, monte, valle, llanura.
Era
de una elasticidad,
De un resorte verdaderamente admirable:
Dios... ¡Qué aliento y qué cintura!.
De un resorte verdaderamente admirable:
Dios... ¡Qué aliento y qué cintura!.
Y
tú, querida, por tu parte,
Qué cintura, qué aliento y
Qué elasticidad de gacela...
Qué cintura, qué aliento y
Qué elasticidad de gacela...
Al
despertar fue, en tus brazos,
Pero más aguda y más perfecta,
¡Exactamente la misma fiesta!
Pero más aguda y más perfecta,
¡Exactamente la misma fiesta!
LA ANGUSTIA
Naturaleza,
nada tuyo me conmueve, ni los campos
Nutricios, ni
el eco bermejo de las pastorales
Sicilianas,
ni las pomas auroreales,
Ni la
solemnidad doliente de los ocasos.
Me río del
Arte, me río del Hombre también, de los cantos,
De los
versos, de los templos griegos y de las torres espirales,
Y con igual
ojo veo a los buenos que a los malos.
No creo en
Dios, abjuro y reniego
De todo
pensamiento y en cuanto a la vieja ironía,
El Amor,
quisiera que no me hablaran más de él.
Cansado de
vivir, teniendo miedo a morir, semejante
Al brick
perdido, juguete del flujo y del reflujo,
Mi alma
apareja para espantosos naufragios.
PASEO SENTIMENTAL
El ocaso
lanzaba sus rayos supremos
Y el viento
mecía los nenúfares pálidos;
Los grandes
nenúfares, entre las cañas,
Lucían tristemente sobre las aguas quietas.
Yo, erraba
solo, paseando mi llaga
A lo largo
del estanque, entre los sauces
Donde la vaga
bruma evocaba un gran
Fantasma
lechoso desesperándose
Y llorando
con la voz de los ánades
Que se llaman
batiendo sus alas
Entre los
sauces donde yo erraba solo
Paseando mi
llaga; y la espesa mortaja
De las
tinieblas vino a ahogar los supremos
Rayos del
ocaso en esas olas pálidas
De los
nenúfares entre las cañas,
Los grandes
nenúfares sobre las aguas quietas.
SENSATEZ
(Fragmento)
Me había
esforzado como Sísifo
Y trabajado
como Hércules
Contra la
carne que se rebela
Había
luchado, había asestado
Tajos como
para cortar montañas
Y como
Aquiles me había batido.
Huraño amigo
que me acompañas.
Tú lo sabes,
coraje pagano,
Que hicimos
campañas.
Y nada
descuidamos
En aquella
guerra extenuante.
¡Trabajamos
bien !
Pero todo en
vano;
El áspero
gigante
A todos sus
esfuerzos
Oponía su
aire artero.
Y siempre un
cobarde emboscado,
Cercando mis
consejos,
Entregaba las
llaves de la ciudad.
Que mi suerte
fuese mala o buena,
Siempre un
impulso de mi corazón
Abría su
puerta a la Gorgona,
¡ Siempre el
enemigo sobornador
sabía
envolver en una trampa
incluso la
victoria y el honor !
Yo era el
vencido al que se asedia,
Dispuesto a
vender muy cara su sangre,
Cuando,
blanca en sus vestidos de nieve,
Muy bella, la
frente humilde y altiva,
Una Señora
apareció sobre la nube,
Y de un signo
hizo desaparecer la carne.
En una
tempestad desconocida
De rabia y
gritos inhumanos,
Desgarrándose
su desnudo seno,
El Monstruo
volvió a sus caminos
Por los
bosques llenos de amores espantosos,
Y la señora,
juntando las manos:
Mi pobre
combatiente que profundizas
-dijo - este
dilema vano,
tregua a las
victorias desdichadas!
"Te
llega un divino socorro,
del cual yo
soy segura mensajera,
para tu
salvación, posible al fin"
-Oh, mi
Señora de voz amada,
anima a un
herido, deseoso
de ver
terminar la guerra atroz,
voz que
habláis con un tono tan dulce
y me
anunciáis buenas cosas,
mi Señora,
¿quién sois vos?
- Yo nací
antes que todas las causas
y veré el fin
de todos
los efectos,
estrellas y rosas.
"Y al
mismo tiempo, buena para vosotros,
hombres
débiles y pobres mujeres,
¡ lloro y os
encuentro locos !
"Lloro
por vuestras tristes almas,
a las que
amo, pero tengo miedo
de ellas y de
sus infames deseos."
"Oh,
esto no es la felicidad.
Velado,
aunque alguien diga que os amo,
Velad, temed
al sobornador,
Velad, ¡
temed al día supremo !
¿ Quien soy
yo ? me preguntabas tu.
Mi nombre
inclina a los propios ángeles,
Yo soy el
corazón de la virtud,
Yo soy el
alma de la sensatez,
Mi nombre
quema al obstinado Infierno.,
Yo soy la
dulzura que endereza,
Os amo a
todos y no acuso a nadie,
Mi nombre,
sólo se llama promesa,
Yo soy la
única huésped oportuna,
Habló al rey
el verdadero lenguaje
De la mañana
rosada y del atardecer oscuro.
"Yo soy
la PLEGARIA y mi compromiso
es tu vicio
ya lejos y derrotado.
Mi
convicción: "Se juicioso"
-Si, mi
Señora, y sed vos testigo.
BALADA DE LA MALA REPUTACIÓN
A veces tuvo
algún dinero
e invitó a
sus camaradas
de un sexo o
de dos, inteligentes
o
encantadores, o bien ambas cosas,
sin que en
los espíritus enfermos
su buena
reputación
sufriese más
que tropezones.
¿ Lúculo ?
No, ¡Trimalción !
Bajo sus artesonados,
cantos
y palabras
nada insípidas,
Eros y Baco,
indulgentes,
Presidían
aquellas serenatas
Acompañadas
por abrazos.
Luego, coros
y conversaciones
Cesaban para
unos fines poco severos.
¿ Lúculo ?
No, ¡Trimalción !
El alba
despuntaba y aquellos malvados
la saludaban
con cien alboradas
que
despertaban, y con mil brindis,
de lejos a
las gentes de bien.
Sin embargo,
vagos brigadas
-¿ celo o
denuncia ? -
verbalizaban
en las alcaldías.
¿ Lúculo ?
No, ¡Trimalción !
BALADA DE LA VIDA EN ROJO
El uno siempre
vive la vida en rosa,
la juventud
que no acaba nunca,
segunda
infancia menos taciturna,
ni deseos ni
lamentos superfluos.
Ignorante de
todo flujo y reflujo,
este sabio
para quien nada se mueve
reina
instintivo: como un falo.
Pero yo, yo
veo la vida en rojo.
El otro
razona y glosa
en tonos
irresolutos,
sopesando,
pesando cada cosa
con manos
entumecidas y pesados callos.
Le haría
falta mucho tiempo de su tabuco.
El mundo es
gris para este recluso.
Pero yo, yo
veo la vida en rojo.
El, este
otro, en derredor se atreve
A echar
miradas llenas de deseos,
Pero donde su
mirada se posa,
Él se
exaspera donde tu te places,
Mirada de
filántropos mofletudos;
Todo le
parece negro, virgen o gubia,
Los hombres,
vinos bebidos, libros leídos.
Pero yo, yo
veo la vida en rojo.
LUJURIAS
¡ Carne !
único fruto mordido de los vergeles de aquí abajo,
fruto amargo
y dulzón que sólo das jugos a los dientes,
bocas o
fauces de los hambrientos del único amor,
y buen postre
de los fuertes en sus alegres comidas,
¡ Amor ! única
emoción de aquellos a los que no rebela
el horror de
vivir, amor que prensas con tu mortero
los
escrúpulos de libertinos y de mojigatas
para el pan
de los condenados que eligen los sabatts,
Amor, tu te
me apareces también como el hermoso pastor
en que sueña
la hilandera en tardes invernales
sentada junto
al fuego de un sarmiento claro,
Y la
hilandera es la Carne, y suena la hora
en que el
sueño abrazará a la soñadora - ¡hora
santa
o no! - ¿qué
importa a vuestros éxtasis, Amor y carne?
NO
BLASFEMES,
OH
POETAS
I
No blasfemes, oh poeta, y recuérdalo siempre:
La mujer es deseable, tirársela está bien.
Aunque obeso es su culo la prestigia bastante
Y yo lo he saboreado alguna vez.
Ese culo y las tetas, qué refugio amoroso,
De rodillas la abrazo y lamo su rajita
Mientras mis dedos hurgan el anillo de
atrás...
Y los hermosos pechos, impúdicamente
perezosos.
Y desde ese culo, sobre todo en la cama
sirve como almohadón, o resorte eficaz
para que el hombre penetre en lo más hondo
del vientre de la mujer que ama.
Allí mis manos, también mis brazos y mis pies
se apaciguan: tanta frescura y redondez
elástica
son un sagrario apetecible donde el deseo
renace
fugaz y solapado, prometiendo juveniles
proezas.
Pero, ¿cómo comparar ese culo bonachón,
ese culo rechoncho, más práctico que
voluptuoso
con el hombre, flor de alegría y estética,
y proclamarlo vencedor?
“Eso está mal”, ha dicho el amor. Y la voz de
la historia:
“Culo del hombre, alto honor de la Hélade y
divino
adorno de la Roma verdadera, y aun más divino
en Sodoma, muerta y martirizada por tu
gloria.”
Shakespeare olvida pronto la gracia femenina
de Ofelia, de Cordelia y de Desdémona para
cantar
en versos magníficos que un tonto ha
denigrado,
del cuerpo masculino su triunfo celestial.
Los Valois enloquecían por los machos, y en
nuestra era
la aburguesada y femenina Europa a su pesar
admira
al rey Luís de Baviera, ese rey virgen cuyo
corazón
solamente por los hombres palpita.
La carne, también la carne de la mujer
proclama
el culo, la verga, el torso y el ojo del
arrogante Casto.
Por todo ello, oh poeta, ya lo ha dicho
Rousseau,
Es necesario a veces apartar a la dama.
MILLE ET TRE
Mis
amantes no pertenecen a las clases ricas,
son
obreros de barrio o peones de campo;
nada
afectados, sus quince o sus veinte años
traslucen
a menudo fuerza brutal y tosquedad.
Me
gusta verlos en ropa de trabajo, delantal o camisa.
No
huelen a rosas, pero florecen de salud
pura y
simple. Torpes de movimientos, caminan sin embargo
de
prisa, con juvenil y grave elasticidad.
Sus
ojos francos y astutos crepitan de malicia
cordial,
y frases ingenuamente pícaras,
a veces
sazonadas de palabrotas, salen
de sus
bocas dispuestas a los sólidos besos.
Sus
sexos vigorosos y sus nalgas joviales
regocijan
la noche y mi verga y mi culo,
a la
tenue luz del alba sus cuerpos resucitan
mi
cansado deseo, jamás vencido.
Muslos,
alma, manos, todo mi ser entremezclado,
memoria,
pies, corazón, espalda y las orejas,
y la
nariz y las entrañas, todo me aturde y gira:
confusa
algarabía entre sus brazos apasionados.
Un
ritornelo, una algarabía, loco y loca,
más
bien divino que infernal, más infernal
que
divino para mi perdición, y allí nado y vuelo
en sus
sudores y sus alientos como en un baile.
Mis dos
Carlos; el uno, joven tigre de ojos de gata,
suerte
de monaguillo que al crecer se embrutece.
El
otro, galán recio con cara de enojado, me asusta
sólo
cuando me precipita hacia su dardo.
Odilón,
casi un niño y armado como un hombre,
sus
pies aman los míos enamorados de sus dedos
mucho
más, aunque no tanto del resto suyo
vivamente
adorable... pero sus pies sin parangón,
frescura
satinada, tiernas falanges, suavidad
acariciadora
bajo las plantas, alrededor de los tobillos
y sobre
la curvatura del empeine venoso, y esos besos
extraños
y tan dulces: ¡cuatro pies y una sola alma, lo aseguro!
Armando,
todavía proverbial por su pija,
él solo
mi monarca triunfal, mi dios supremo
estremeciéndose
el corazón con sus claras pupilas
y todo
mi culo con su pavoroso barreno.
Pablo,
un rubio atleta de pectorales poderosos,
pecho
blanco y duras tetillas tan chupadas
como lo
de abajo; Francisco, liviano cual gavilla,
piernas
de bailarín y buen florín también.
Augusto,
que se vuelve cada día más macho
(era
bastante chico cuando empezó lo nuestro),
Julio,
con su belleza pálida de puta,
Enrique
que me cae perfecto y que pronto,
¡ay! se
incorpora al ejército.
Vosotros
todos, en fila o en bandada,
o
solos, sois la diáfana imagen de mis días pasados,
pasiones
del presente y futuro en plenitud erguido:
incontables amantes ¡nunca sois demasiados!
BALÁNIDA
I
Es un corazón pequeño,
la punta al aire:
símbolo orgulloso y dulce
del corazón más tierno.
Lágrimas derrama
corrosivas como brasas
en prolongados adioses
de flores blancas.
II
Glande, punto supremo
del ser
del amado.
Con temor, con alegría
reciba tu acometida
mi trasero perforado
por tu macizo instrumento
que se inflama victorioso
de sus hechos y proezas
y entre redondeces se hunde
con sus ímpetus alevosos.
Nodrizo de mis entrañas,
fuente segura
donde mi boca se abreva,
glande, mi golosina o bien
sin falsos pudores,
glande delicioso ven
revestido
de cálido satín violeta
que mi mano se enjaeza
con un súbito penacho
de ópalo y leche.
Es sólo para una paja
apresurada que hoy te invoco.
Pero, ¿qué pasa? ¿Tu ardor se impacienta?
¡Oh, flojo de mí!
A tu capricho, regla única
respondo
por la boca o por el culo,
ambos listos y ensillados
y a tu disposición
maestro invicto.
Después, néctar y pócima
de mi alma, ¡oh glande!,
vuelve a tu prepucio, lento
como un dios a su nube.
Mi homenaje te acompaña
fiel y galante.
MONTA SOBRE MÍ
COMO UNA MUJER
Monta sobre mí como una mujer,
lo haremos a "la jineta".
Bien: ¿estás cómodo?... Así
mientras te penetro -daga
en la manteca- al menos
puedo besarte en la boca,
darte salvajes besos de lengua
sucios y a la vez tan dulces.
Veo tus ojos en los que sumerjo
los míos hasta el fondo de tu corazón:
allí renace mi deseo vencedor
en su lujuria de sueños.
Acaricio la espalda nerviosa,
los flancos ardientes y frescos,
la doble y graciosa peluquita
de los sobacos, y los cabellos.
Tu culo sobre mis muslos
lo penetran con su dulce peso
mientras mi potro se desboca
para que alcances el goce.
Y tú disfrutas, chiquito,
pues veo que tu picha entumecida,
celosa por jugar su papel
apurada, apurada se infla, crece,
se endurece. ¡Cielo!, la gota, la perla
anticipadora acaba de brillar
en el orificio rosa: tragarla,
debo hacerlo pues ya estalla
a la par de mi propio flujo. Es mi precio
poner cuanto antes tu glande
pesado y febril entre mis labios,
y que descargue allí su real marea.
Leche suprema, fosfórica y divina,
fragante flor de almendros
donde una ácida sed mendiga
esa otra sed de ti que me devora.
Rico y generoso, prodigas
el don de tu adolescencia,
y comulgando con tu esencia
mi ser se embriaga de felicidad.
POR CIERTO LA MUJER GANA
Por
cierto la mujer gana
haciendo
el amor semidesnuda,
y mucho
más si el camisón
que
lleva por único atuendo
tiene
la expresa función
de un
velo corto, insinuando
muslo y
pantorrilla, teta y nalga
y la vulva,
un tanto gigantesca.
Gana
sin descubrirse del todo,
salvo
la concha, lo único divino
para el
coito o la mineta,
y lo
demás en ella es vano.
Considerando
así la cosa,
esa
falta de proporciones,
esos
blancos y rosas excesivos
podrían
llegar a convencernos.
En
cambio, un hombre joven,
sacerdote
de Eros o neófito,
se ve
favorecido en su belleza
cuando
ama totalmente desnudo.
Admiremos
esa carne espléndida
que se
diría inteligente, vibrante,
intrépida
y también tímida
y, por
un gran privilegio
sobre toda
carne –femenina
o
bestial- la verdadera belleza,
la
fascinante gracia
de ser
múltiple bajo la piel,
juego
de músculo y de huesos,
pulpa
apretada, suave tejido,
ella
interpreta y hasta completa
toda
ocurrencia sentimental.
Colérica,
se excita,
y alternativamente
dura y blanda,
preocupada
en gozar hacer gozar
se
tensa y distiende en el amor.
Y
cuando sea tocada por la muerte,
esa
carne que yo endiosé
habrá
de fijar augusta
sus elementos en mármol azul.
AUNQUE NO
ESTE PARADA
Aunque
no esté parada
lo
mismo me deleita tu pija
que
cuelga -oro pálido- entre tus muslos
y sobre
tus huevos, esplendores sombríos,
semejantes
a fieles hermanos
de piel
áspera, matizada
de
marrón, rosado y purpurino:
tus
mellizos burlones y aguerridos
de los
cuales el izquierdo, algo suelto,
es más
pequeño que el otro,
y
adopta un aire simulador,
nunca
sabré por qué motivo.
Es
gorda tu picha y aterciopelada
del
pubis al prepucio
que en
su prisión encierra
la
mayor parte de su cresta rosada.
Si se
infla levemente, en su extremo
grueso
como medio pulgar el glande se dibuja
bajo la
delicada piel, y allí
muestra
sus labios.
Una vez
que la haya besado
con
amoroso reconocimiento,
deja mi
mano acariciarla,
sujetarla,
y de pronto
con
osada premura descabezarla
para
que de ese modo -tierna violeta-
el
lujoso glande, sin esperar ya más,
resplandezca
magnífico;
y que
luego, descontrolada,
la mano
acelere el movimiento
hasta
que al fin el "peladito"
se
incorpore muy rígido.
Ya está
erguido, eso anhelaba
¿mi
culo o concha? Elige dueño mío.
¿Quizás
una simple paja?
Eso era
lo que mis dedos querían...
Sin
embargo, la sacrosanta pija
dispone
de mis manos, mi boca y mi culo
para el
ritual y el culto
a su
forma adorable de ídolo.
********************
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Autobiografía III Figuras Simbólicas Medida de Francia Sur y Cía. OCAMPO VICTORIA.
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