miércoles, 5 de marzo de 2025

COMENTARIO PRELIMINAR Mateo de Vendóm e y su Arte del Verso FRAGMENTO




COMENTARIO PRELIMINAR Mateo de Vendóm e y su Arte del Verso 

 El Arte del Verso de Mateo de Vendóme es un tratado de carácter preceptivo para enseñar a versificar, que se incluye dentro de las poéticas medievales. La obra, fechada en tor no a 1175, está escrita en latín, al igual que las demás artes de la versificación medievales o artes poetnae, a las que nos referiremos más adelante. Se conservan actualmente cinco manuscritos que reco gen, total o parcialmente, esta obra de Mateo de Vendóme: el de Viena, que se encuentra en la Biblioteca Palatina; los dos manuscritos de Oxford, en el Colegio de Balliol; el ma nuscrito de Glasgow, en el Hunterian Museum, y el manus crito fragmentario de Troyes, fechado en el año 1612- A éstos hay que agregar otros códices que contienen la obra casi completa: el Dunelmensis, el Londiniensis y el Roma- nus, todos ellos del siglo xill. Sin embargo, de todos los ma nuscritos citados, es el de Glasgow, fechado hacia 1225, el que se sitúa en una fecha más próxima a la escritura de la obra, y es también, claramente, el más importante de todos. Según Munari (1988: 31), el análisis de los otros códices revela diversas adiciones y manipulaciones del original, que podrían interpretarse como notas realizadas por profesores que utilizaban el manual de Mateo como libro de texto en sus clases. La primera edición impresa de este tratado fue realizada en 1789 por Bourgain, tomando como base el manuscrito fragmentario de 1612- Hay que esperar hasta el año 1924 para que Edmond Faral realice una edición del texto com pleto, a partir del manuscrito de Glasgow. Posteriormente, Franco Munari imprime, en 1988, una nueva edición del Arte del Verso, empleando también otros códices que no ha bían sido tenidos en cuenta por Faral. Los datos que se poseen actualmente sobre el autor del Arte del Verso son escasos. Se sabe que nació en la ciudad francesa de Vendóme, y que posteriormente se trasladó a Tours, donde, educado por un tío suyo, fue alumno de Ber nardo Silvestre. Más tarde se traslada a Orleáns, donde ejer ce como profesor de gramática. Faral (1958: 2) considera que su tratado de versificación fue escrito en Orleáns, poco antes de su partida a París. En esta ciudad residiría unos diez años, antes de regresar a Tours. El Arte del verso, cuyo título original es Ars Versificatona, no es la única obra del autor de Vendóme. Faral detalla y comenta toda su producción, incluyendo también las atri buciones falsas o dudosas. Tomando como referente un lis tado en verso, elaborado por el propio autor, Faral (1958: 7- ss.) llega a enumerar diecisiete textos originales. Junto a su tratado de poética, designado aquí como Summula. métrica, se incluyen un supuesto tratado de retórica, un epistolario y diversos textos literarios, muchos de ellos no conservados, entre los que se cuenta el poema Tobías, que proporcionó bastante éxito al autor. El Arte del Verso en e l c o n te x to de su época. 

Las artes POETRIAE Durante la Edad Media, la retórica clásica se orienta, con un enfoque práctico, a la elaboración de diferentes tipos de textos, dando lugar a las denominadas ars praedicandi, ars poetriae y ars dictaminis. Mientras que en el ars praedicandi la retórica se aplicaba a la predicación eclesiástica y en el ars dictaminis a la escritura de cartas, el ars poetriae es una retórica de la versificación. Se desarrollan así una serie de tratados de carácter preceptivo en los que, partiendo de la retórica y la gramática, se pretende enseñar a escribir poe mas. Las artes poetriae constituyen un movimiento relativa mente breve, ya que todas estas obras se escriben entre los siglos x n y xm. La primera de estas poéticas es El Arte del Verso de Mateo de Vendóme, a la que siguen la Poetria Nova (escrita entre 1208-1216) y el Documentiim de modo et arte dictandi et ver sificaran, de Godofredo de Vinsauf; el Ars versificatoria, de Gervasio de Melkley (hacia 1215); De arte prosaica, métrica et rítmica, de Juan de Garlande (posterior a 1229) y Laborintus, de Eberardo el Alemán (hacia 1250). Todos los autores eran profesores de gramática vincula dos a las ciudades de Orleáns o París y las artes poetriae que escribieron eran manuales de versificación, elaborados con un propósito didáctico y basados en la retórica latina. Pur- cell señala (1996: 54) cómo estos tratados aglutinan doctri nas diversas procedentes de la retórica clásica, la gramática y los comentarios medievales. Las principales fuentes teóri cas son el De inventione de Cicerón, la Rhetonca ad Herennium y el Arte Poético de Horacio, aunque también influyen otros autores clásicos como Donato y Prisciano. Las artes poetriae tratan, fundamentalmente, cuestiones relativas a la disposi ción o estructura del poema, a los procedimientos de am plificación y abreviación y a las propiedades y el ornato del estilo. C ara cte rístic a s y c o n te n id o d el A rte del Verso (Ars Versifica- toria) d e M ateo de Vendóm e El tratado de Mateo de Vendóme es, como se ha indi cado, la primera de las artes poetriae, y responde, en térmi nos generales, a las características de este tipo de tratados, que tendrían su continuación en los años sucesivos, con el desarrollo de la teoría sobre la versificación. El texto se es cribió, como ya se ha señalado, poco antes de la partida de Orleáns, y fue elaborado, según dice el propio Mateo, en un periodo de dos meses. 

 El Arte del Verso, que el mismo autor designa como “obra” y “obrita” (apusculum), posee un carácter preceptivo y cla ramente didáctico, pues se trata de un “compendio” que “instruye a los jóvenes en la versificación” y que busca “la formación de los que están menos preparados”. A lo largo del texto se encuentran reiteradas apelaciones al alumno, designado como “auditor” (oyente) y a las tareas que le co rresponden para completar satisfactoriamente su aprendi zaje. La obra está escrita en prosa, aunque incluye numero sos pasajes en verso, que el autor justifica como medio para facilitar el aprendizaje. La preceptiva que se recoge en las artes poetriae se basa no sólo en fuentes teóricas, sino tam bién en el estudio de modelos clásicos, cuya imitación era fundamental para el aprendizaje. Como indica Faral (1958: 101), “...la base de la enseñanza era la lectura de los au tores. Era el maestro quien hacía esta lectura, proporcio nando las explicaciones necesarias. El comentario (....) se extendía también a la técnica de la obra, a los principios de composición y estilo de los que proporcionaba ejemplos”. Entre los autores a los que recurre Mateo para apoyar sus explicaciones teóricas están, fundamentalmente, Virgilio, Horacio, Ovidio, Lucano y Estacio, aunque también, en me nor medida, Juvenal y Claudiano. Ahora bien, el autor de esta poética agrega a estas fuentes literarias textos poéticos propios, en ocasiones de bastante extensión, que le sirven para completar el muestrario de ejemplos en verso. De he cho, Mateo utiliza ejemplos tomados de sus propios poemas Milo, Pyramiis et Thisbe y Tobías. Mateo de Vendóme cita también numerosos pasajes del Arte Poético de Horacio, que es una de las fuentes doctrinales de la obra, y hace referencia a Cicerón, cuyo tratado De In- ventione es la base para la teoría de los atributos de persona y de acción. A estas dos obras, fundamentales para todas las artes poetriae, hay que agregar a Isidoro de Sevilla, que utiliza y cita el autor en alguna ocasión; a Donato, en quien se basa Mateo para clasificar y definir los tropos, y probablemente también al autor de la Rhetoriai aclHerennium. Purcell (1996: 61) apunta además la influencia de gramáticas medievales, aunque no exista ninguna referencia explícita a ellas en la obra. 

 El Arte del Verso se divide en cuatro bloques precedidos por un prólogo. Éste contiene una autojustificación y una defensa frente a las probables críticas de sus detractores. Ma teo de Vendóme arremete contra sus enemigos y en particu lar contra uno de ellos, designado con el nombre ficticio de Rufo o Rufino. El ataque furibundo contra éste es una cons tante a lo largo de todo el tratado, pues Rufino es utilizado como blanco de las burlas y vejaciones del autor en diversos poemas y reaparece una vez más al final del texto, al tiempo que se revela su verdadera identidad. Mateo lo identifica con Arnulfo, personaje que, según la crítica, corresponde a Arnulfo de Orleáns, profesor y estudioso de la literatura, conocido por sus glosas a autores clásicos como Ovidio y Lucano. Faral llega a considerar (1958: 2) que el conflicto con Arnulfo habría sido, precisamente, uno de los motivos de la partida de Mateo de Vendóme a París. En cualquier caso, éste justifica sus críticas apelando a los ataques previos de su colega y enemigo, al que atribuye todo tipo de vicios, y en especial la envidia. A ello se agregan las descalificacio nes que definen a Arnulfo como un profesor incompetente e ignorante y como un mal escritor, caracterizado por “la iniquidad del estilo”. Aunque es difícil conocer las verdade ras circunstancias que rodearon esta polémica, Parr (1981: 9-ss) considera que el origen de esta controversia entre pro fesores se hallaba probablemente en las divergencias de sus métodos pedagógicos y en la forma de concebir el arte lite rario. Según Parr, Arnulfo era, a pesar de sus enemigos, un profesor de gran éxito entre el alumnado, con una visión de la literatura diferente a la imperante en aquel momento, lo que lo distanciaría de sus colegas y generaría discrepancias por sus posturas más innovadoras. Aparte de los ya comentados ataques contra Arnulfo, la justificación y defensa de su propio trabajo es también una constante a lo largo de la obra de Mateo. En varias ocasio nes, considera necesario explicar el porqué de la organiza ción del contenido del tratado, la inclusión de digresiones, el cambio de tema o la utilización de ejemplos, anticipándo se a las posibles críticas o apelando a la necesidad de mante ner el interés del alumno y al propósito didáctico del texto. Para exponer la doctrina sobre el arte de la versificación, Mateo de Vendóme divide su tratado en cuatro partes, en las que examina diferentes cuestiones relativas fundamen talmente a la invención, la disposición y la elocución. Pues to que se trata de un libro sobre la versificación, el autor co mienza con una definición del objeto de su estudio, esto es, del verso, que define como “un enunciado métrico que se desarrolla ágilmente en forma de cláusulas, con una hermo sa combinación de palabras y embellecido con el adorno de las ideas, donde no falta ni sobra nada”. 

Añade Mateo que “ni la adición de vocablos, ni el cómputo de los pies, ni el conocimiento de los tiempos hace el verso, sino la elegante disposición de las palabras, la expresión de las propiedades y el epíteto observado de cada cosa”. Vemos, pues, cómo las propiedades rítmicas y musicales del verso quedan relega das a un segundo plano, mientras que es en el significado, en la belleza externa de las palabras y en su disposición don de parecen residir las cualidades poéticas del texto. La con cepción de la poesía queda expuesta con más claridad en la segunda parte del libro, donde el tratadista explica exacta mente dónde reside la belleza del poema. Mateo enumera tres aspectos que el poeta debe tener en cuenta: la belleza del significado (venustas intenons sententiae, interiorfavus), la elegancia de las palabras elegidas (siipeiftcialis ornatiis ver borum, verba- polita) y la forma de expresarse o cualidad de la expresión ( modas dicenci, dicendi colot). Las cualidades ar tísticas del poema dependerían, pues, en primer lugar, de la organización del significado, esto es, de la invención y estructuración del contenido del texto, cuestiones que se examinan fundamentalmente en la primera parte. Mateo concede también una gran importancia al léxico elegido por el poeta, proporcionando en la segunda parte amplios listados de términos elegantes que proporcionarían belleza al verso. Por último, es fundamental la forma de expresarse, en la que se incluye el uso de tropos y figuras retóricas, que el autor examina detalladamente en la tercera parte de la obra. Una vez más, queda claro que el valor artístico reside fundamentalmente en la organización del contenido, así como en el léxico empleado y en la forma de expresarse. Estos tres aspectos pueden combinarse entre sí en el verso, y el efecto es más grato si efectivamente se reúnen simultá neamente las tres dimensiones indicadas. En la primera parte se tratan, como hemos indicado, cuestiones relativas a la invención y estructuración del con tenido del poema, esto es, a la inventioy dispositio de la retóri ca clásica. Tras definir el verso y comentar el uso del epíteto, Mateo se ocupa de las formas de comenzar, tema que exami nan también los otros tratados de versificación medievales. En este caso, no se hace referencia a la distinción clásica entre orden natural y artificial -que sí recogerán otros tra tados de la versificación posteriores-, sino que se comentan simplemente distintos procedimientos que puede emplear el poeta al comienzo del texto y que en algún caso son com binables entre sí: el zeugma, la hipozeuxis, la metonimia y la sentencia o proverbio general. A este último procedimiento le dedica especial atención, proporcionando un abundante repertorio de sentencias sobre temas diversos, que podrían ser utilizadas para insertar en el poema propio. 

 El análisis de las formas de empezar se completa, al final de la obra, con una breve referencia a los procedimientos para concluir. Aunque examinadas de forma menos siste mática, se citan algunas formas habituales de terminar el poema: un epílogo que resume el sentido de la obra, una enmienda de la obra, una súplica o petición de indulgen cia, una manifestación de orgullo sobre el texto ya termi nado, un final abrupto debido a la muerte del autor, una expresión de agradecimiento y una alabanza a Dios, que es la solución por la que opta Mateo de Vendóme para cerrar su tratado. La primera parte del tratado contiene, además de las indicaciones sobre la forma de empezar, algunas considera ciones sobre fallos comunes que deben ser evitados por el versificador y que podemos considerar que corresponden al terreno de la elocutio, pues se refieren a las cualidades del discurso. Mateo enumera tres defectos discursivos: el len guaje descuidado unido a la incoherencia de las partes, el lenguaje enfático e hinchado, que conduce fácilmente a la oscuridad y a la vacuidad, y el lenguaje árido, con un voca bulario excesivamente modesto y desprovisto de elegancia. Aunque el tratadista no hace referencia a la teoría retórica de los tres estilos, Faral (1958: 88) considera que los fallos citados se pueden relacionar con el estilo medio, sublime y humilde, respectivamente. 

De hecho, se trataría de varian tes incorrectas del lenguaje propio de cada una de estas mo dalidades estilísticas. El resto de la primera parte del Arte del Verso se centra en el tema de la descripción, aspecto que ocupa un lugar especialmente importante dentro de este tratado y que, por lo general, será también objeto de estudio en las retóricas de la versificación posteriores. Mateo comienza indicando que se debe tener en cuenta la conveniencia o no de la des cripción: los pasajes descriptivos se introducirán solamente cuando estén justificados, esto es, cuando sirvan a una fina lidad determinada dentro de la obra. De entre los textos descriptivos, el autor sitúa en un lu gar preeminente los que representan personas, acudiendo para ello a la teoría de los atributos de persona, que toma de Cicerón. La descripción de un personaje se ha de ela borar teniendo en cuenta una serie de atributos o rasgos clasificados en once categorías diferentes. Conforme al con cepto de “decoro” horaciano, Mateo de Vendóme recuerda que los rasgos deben, en cualquier caso, ser apropiados al personaje del que se trate, y han de responder también al principio de verosimilitud, pues el versificador debe buscar “la credibilidad en la expresión de la descripción, de modo que se digan cosas verdaderas o semejantes a la verdad”. Por otra parte, se distingue entre descripción externa e inter na, referida la primera a la apariencia física y la segunda a las características psicológicas del personaje. Asimismo, la descripción puede tener como objeto la alabanza o el vitu perio, aunque Mateo recomienda que, en lo que se refiere a la instrucción teórica, se otorgue más importancia a la des cripción laudatoria. La teoría sobre la descripción de personas se comple ta con un amplio repertorio de ejemplos que ilustran los diferentes atributos de personas y con varios poemas des criptivos, elaborados por el autor, que presentan diferentes tipos de personajes. Mateo incluye cuatro descripciones de hombres -un papa, César, Ulises y Davo- y tres de mujeres -Marcia, Helena y Beroe. De todas ellas, dos -las de Davo y Beroe- son ejemplos de textos elaborados para el vituperio, con una acumulación de cualidades negativas bien físicas, bien psíquicas, destacadas hasta alcanzar extremos hiperbó licos. Por el contrario, los textos restantes son claramente laudatorios, sin que parezcan contemplarse descripciones que no se ajusten a ninguna de estas dos modalidades. En todos los poemas, se agrupan diferentes rasgos, positivos o negativos según el carácter e intención del texto, aunque se perciben algunas notas dominantes en cada uno de los personajes. Así, del papa se ensalza su santidad y su virtud, de César se destacan cualidades relacionadas con la autori dad y con el ejercicio militar, de Ulises la inteligencia y las habilidades verbales, Davo se presenta como la encarnación de todos los vicios, Marcia se caracteriza por su honestidad, virtud y modestia, Helena por su belleza física y Beroe por su fealdad extrema. Sólo estos dos últimos poemas ofrecen descripciones físicas de los personajes, contrapuestas clara mente entre sí. Aunque Mateo no desarrolla ninguna teoría sobre las características de la descripción externa, los ejem plos aducidos revelan claramente una determinada organi zación espacial de esta descripción, que, tras una introduc ción general, sigue en ambos casos un movimiento vertical descendente, desde la cabeza a los pies. Tanto los ejemplos elaborados por el autor como sus co mentarios teóricos muestran cómo la teoría de la descrip ción de personas dio lugar a modelos estereotipados, que serían imitados por el alumno en sus composiciones. Faral señala al respecto (1958: 79) cómo las observaciones de los autores clásicos sobre la conveniencia de tener en cuenta la tradición o de respetar el decoro conducen en los preceptis tas medievales a planteamientos excesivamente rígidos, ba sados en la repetición de personajes fijados. 

Así, Mateo llega al extremo de citar, por ejemplo, las propiedades concretas que corresponden a un príncipe, a un sacerdote o a una mujer casada, o a señalar que el rasgo de la belleza física debe destacarse en los personajes femeninos y raramente en los masculinos. También es interesante constatar cómo la descripción de personas se enfoca bien hacia el elogio o laudatio, bien hacia el vituperio o vituperatio, sin que se contemple en nin gún momento la posibilidad de una descripción realista que combine rasgos positivos, negativos y neutros. Faral (1958: 76) explica esta forma de concebir la descripción relacio nándola, en el marco de la retórica clásica, con el género demostrativo o epidíctico, cuyo propósito era la alabanza o la reprobación de alguien. Además de este posible influjo en la concepción de la descripción del personaje, explicable por el influjo de la re tórica clásica en las mies poetriae, se observa una coincidencia con las teorías desarrolladas en la Edad Media por los filóso fos árabes a partir de su lectura de la Poética, de Aristóteles. La definición de la tragedia -mimesis de los mejores-y de la comedia -mimesis de los peores- que se recoge en la Poética fue interpretada erróneamente por los comentaristas ára bes, y en especial por Averroes, como alabanza y vituperio (AA. W , 1998: 200-ss). Aunque los comentarios de Averroes no fueron traducidos al latín hasta 1256 -fecha claramente posterior a la datación aproximada del tratado de Mateo- es indudable la coincidencia en la forma de concebir la repre sentación de los personajes en el texto literario, concepción que, por otra parte, está en consonancia con los usos habi tuales de la descripción en las obras medievales, raramente orientada a una mera representación objetiva de personas o cosas (Faral, 1958: 76). De hecho, este propósito -elogio o vituperio- es la fun ción principal otorgada a la descripción y justifica la selec ción de rasgos positivos o negativos según sea necesario. Ma teo tiene también en cuenta aspectos pragmáticos, relativos al efecto buscado en los receptores de la obra, pues agre ga, en la última parte del tratado, una observación sobre la conveniencia de que los personajes inventados por el poeta sean descritos en el texto de modo que se logre en el lector la impresión deseada, ya sea de aceptación y agrado, ya de rechazo y horror. A la teoría de los atributos de persona se agrega la de los atributos de acción, que se emplean para la presentación de acciones dentro del poema. Él autor enumera nueve atri butos que recorren las diferentes partes y aspectos que ro dean a cualquier acontecimiento, basándose, una vez más, en Cicerón, y explica el significado de cada uno de ellos, apoyándose en numerosos ejemplos. De todos los atributos citados, los dos últimos son el tiempo y el lugar, que Ma teo considera inseparables, puesto que “todo lo que suce de sucede en un lugar y un tiempo”. Sin embargo, sólo se incluirán las descripciones espaciales o temporales cuando sean necesarias, esto es, cuando aporten una información relevante al lector. Aunque la atención dedicada al espacio y tiempo es mucho menor que la prestada a la construcción de los personajes, Mateo incluye algún ejemplo centrado en la representación de lo temporal e inserta también una topografía o descripción espacial relativamente amplia, en la que se representa un marco natural que responde clara mente al tópico del locus amoenus. Para concluir, los atributos de persona y acción quedan sintetizados en un verso: Qiiis, quid, ubi, quibus auxiliis, cur, quomodo, quando (quién, qué, dónde, por qué medios, por qué, cómo, cuándo). De este modo se pretenden resumir esquemáticamente todos los aspectos que el versificador de bería tener en cuenta en el proceso de la inventio, esto es, al elaborar el material que va a constituir el contenido de su poema. Si toda esta primera parte se centra, como hemos indi cado, en aspectos relativos a la estructuración del poema y, sobre todo, en la creación del contenido, el segundo blo que del libro se ocupa de cuestiones relativas a la eloclitio, pues detalla las palabras elegantes que puede emplear el versificador para proporcionar belleza al texto. Mateo com para estos términos con piedras preciosas que, incrustadas en un tejido, le otorgan más belleza. Del mismo modo, la introducción de tales términos en el poema ayudaría a pro porcionar ornato al texto. Estos vocablos se clasifican, según criterios morfológicos, atendiendo a la clase de palabras y a las terminaciones, y se presentan como largos repertorios completados con abundantes ejemplos. También entra dentro de la eloc,litio el contenido de la parte tercera, que versa sobre la utilización de tropos y figu ras, esto es, sobre el ornatus, aspecto que en la retórica clá sica ocupa un lugar central dentro del estudio de las cuali dades del discurso. Mateo de Vendóme relaciona el empleo de estos recursos retóricos con la belleza de la expresión, y recuerda que a menudo importa más la forma de expresar se que la sustancia de lo dicho. El autor no estudia todos los tropos y figuras de la re tórica clásica, sino sólo los que juzga más importantes para el ejercicio de la versificación. Así, enumera y explica trece figuras y nueve tropos, proporcionando en cada caso una definición y diversos ejemplos. Las figuras explicadas en el tratado son el zeugma, la hipozeuxis, la anáfora, la epana- lepsis, la anadiplosis, la epizeuxis, la paronomasia, el para nomeon, el esquesisonómatos, el homeoteleuton, el polip toton, el polisíndeton y el asíndeton. 

En cuanto a los tropos, que eran procedimientos retóricos propios del denomina do ornato difícil, el tratadista comienza con la metáfora, que clasifica en diferentes subtipos y que sitúa en un lugar destacado sobre el resto. Mateo recomienda especialmen te el uso de este tropo en el verso, puesto que “posee una excepcional preeminencia sobre el resto” y “proporciona una especial belleza” al poema. Tras la metáfora, se expli can la antítesis, la metonimia, la sinécdoque, el epíteto, la metalepsis, la alegoría y el enigma, y se hace referencia a la perífrasis, que será comentada en el apartado cuarto del libro. Para concluir la tercera parte, Mateo hace una breve referencia a los colores retóricos -propios del ornato fácil-, aunque se limita a enumerarlos, dejando al alumno la tarea de estudiarlos por su cuenta. La última parte del tratado aborda cuestiones relativas al tratamiento del asunto, junto con observaciones sobre la revisión y corrección del texto. El autor distingue entre poemas elaborados sobre un tema original y poemas que utilizan asuntos tratados anteriormente por otros autores, examinando en este caso diversas variaciones y modificacio nes a las que se puede someter el material previo. Además de advertir sobre posibles errores, Mateo destaca tres accio nes que se pueden realizar sobre la materia empleada: com pletar lo que no está suficientemente desarrollado, mejorar lo inarmónico y suprimir lo superfluo. El autor se refiere, pues, a procesos de ampliación y reducción por un lado y a correcciones de tipo estilístico por otro. En cuanto al tratamiento de asuntos nuevos, el tratadista no le dedica especial atención, limitándose a recomendar que se busque un efecto de verosimilitud, “de modo que las acciones se representen, a través de las palabras, de un modo semejante a como tienen lugar habitualmente”. Las observaciones sobre la creación de material nue vo y sobre la transformación del material preexistente se completan a continuación con una explicación sobre los procedimientos de transformación de un texto ya escrito, pasando revista a diversas modificaciones de las palabras ais ladas o las expresiones manteniendo el sentido. Esta parte incluye cuestiones de índole semántica, como el empleo de sinónimos y la necesidad de tener en cuenta el “significado secundario de las palabras” (consignificatió), que impide la total equivalencia de determinados términos. El autor exa mina también el uso de la perífrasis y su función, que puede ser embellecedora o eufemística según los casos. A estos dos procedimientos se agregan algunos otros mecanismos de transformación del texto manteniendo el sentido, como la transformación de estructuras activas en pasivas y viceversa. Para finalizar, el tratadista agrega una parte donde se percibe, mejor que en ninguna otra, el enfoque didáctico de la obra, pues se detiene a examinar los fallos más habi tuales y el proceso de corrección del poema. Es interesante constatar la importancia que Mateo concede a la revisión y corrección del texto, tarea que atañe tanto al profesor como al alumno. En primer lugar, se recuerdan diez fallos habituales y se recomienda seguir en cualquier caso la nor ma dictada por el uso común de las palabras. En la tarea de revisión del texto, lo primero es detectar los errores, para poder subsanarlos a continuación. El pro fesor debe revisar el poema verso a verso, señalar los fallos y proponer soluciones. Por su parte, el alumno ha de tener una buena disposición para ser corregido, reconociendo y aceptando sus propios errores. Por último, recuerda Mateo la necesidad de hacer hincapié en los fallos en que el alum no incurre con más insistencia y destaca la conveniencia de la práctica diaria para mejorar en el aprendizaje de la ver sificación. La traducción Hemos realizado la traducción tomando como base la edición de Faral, que a su vez se basa, como ya se ha in dicado, en el manuscrito de Glasgow, considerado el más importante de todos los que se conocen. La numeración de los diferentes apartados es la que aparece en el texto de Fa ral. Hemos mantenido, tal como se recogía en esta edición, las indicaciones añadidas sobre la procedencia de los textos latinos, y hemos traducido también los títulos en francés agregados por Faral a cada uno de los bloques, dado que los hemos considerado útiles y aclaratorios para el lector. Las rúbricas originales que contenía el texto latino, que en la edición manejada figuraban como notas a pie de página, se han introducido, en negrita, al comienzo de cada apartado, puesto que nos ha parecido más cómodo para su lectura. En cualquier caso, se ha escrito entre corchetes todo lo que no pertenece a Mateo de Vendóme -indicaciones de las fuentes literarias, títulos de bloques o de apartados y algunas otras referencias insertas en el propio texto-, para diferenciarlo claramente del tratado latino original. La edición de Faral contiene también un resumen en francés en el que se detallan los diversos apartados del tra tado poético, indicando el párrafo que corresponde a cada uno. Dada la utilidad de este texto para realizar búsquedas rápidas de algún pasaje del Arte del Verso, lo hemos traducido también, incluyéndolo antes del texto de Mateo. Por último, hemos agregado, cuando lo hemos conside rado necesario, notas a pie de página para aclarar o comen tar algunos elementos del texto. María del Rosario N eira PiÑEIRO

martes, 4 de marzo de 2025

Thornton Wilder El octavo día PRÓLOGO

 



Para Isabel Wilder 

Prólogo 

 A comienzos del verano de 1902, John Barrington Ashley, residente en Coaltown[1], un pequeño núcleo minero en el sur de Illinois, fue juzgado por el asesinato de Breckenridge Lansing, vecino de la misma localidad. Fue declarado culpable y sentenciado a muerte. Cinco días más tarde, a la una de la madrugada del martes 22 de julio, escapó de sus custodios en el tren que lo conducía al patíbulo. Este fue el conocido como «Caso Ashley», que suscitó considerable interés, indignación y burla a todo lo largo del Medio Oeste. Nadie dudaba que Ashley disparó a Lansing, de forma deliberada o por accidente, pero el juicio fue considerado un proceso torpemente gestionado por un juez senil, una defensa inepta y un jurado cargado de prejuicios: el «Caso del Agujero del Carbón», el «Caso de la Carbonera», lo apodaron. Cuando, después de todo ello, el asesino convicto escapó de sus cinco custodios y desapareció sin dejar rastro —esposado, con atuendo de reo y la cabeza afeitada—, fue el propio estado de Illinois el que quedó ridiculizado. Pasados unos cinco años, la Fiscalía del Estado, con sede en Springfield, anunció el hallazgo de nuevas pruebas que eximían de toda culpabilidad a Ashley. Así pues, se había producido un error judicial en un caso sin importancia en una pequeña población del Medio Oeste. Ashley disparó a Lansing en la nuca mientras ambos realizaban su habitual práctica de tiro con rifle de los domingos en el jardín trasero de la vivienda de Lansing. Ni siquiera la defensa argumentó que la tragedia fuera resultado de un fallo mecánico. El rifle fue disparado en repetidas ocasiones ante los ojos del jurado y mostró encontrarse en excelentes condiciones. La magnífica puntería de Ashley era bien conocida. La víctima se encontraba a cinco metros de distancia de Ashley, frente a él, ligeramente hacia su izquierda. Lúe un tanto sorprendente que la bala atravesara el cráneo de Lansing sobre su oreja izquierda, se asumió que había girado la cabeza para oír el alboroto proveniente de una merienda que un grupo de jóvenes celebraba en los jardines de Memorial Park, al otro lado del cerco de seto. Ashley jamás vaciló en la defensa de su inocencia, tanto en intencionalidad como en el propio hecho, por risible que la aseveración pareciera. Los únicos testigos eran las mujeres del acusado y de la víctima. Estaban sentadas bajo los nogales del jardín preparando limonada. Ambas testificaron que solo se produjo un disparo. El juicio se prolongó en exceso debido a diversas enfermedades de los miembros del tribunal e incluso la muerte de integrantes del jurado y sus suplentes. Los periodistas destacaron los retrasos provocados por estallidos de risa, una sombra de inconsistencia sobrevolaba la sala. Se produjeron frecuentes lapsus línguae. Un testigo seguía a otro en una confusión de nombres. El mazo del juez Crittenden se rompió. Un periodista de San Luis lo denominó «el juicio de las hienas». Fue la incapacidad para establecer el móvil del crimen la que generó amplia indignación. La acusación planteó demasiados motivos, pero ninguno convincente. Coaltown, no obstante, estaba convencida de saber por qué Ashley había matado a Lansing, y de allí era la mayor parte de los miembros del tribunal. Todos lo sabían y ninguno lo mencionó. Los miembros de las mejores familias de Coaltown no hablan con extraños. Ashley asesinó a Lansing porque estaba enamorado de la mujer de este, y el jurado lo envió al patíbulo con firmeza y unanimidad, con lo que un diario de Chicago definió como «descarada calma». La amonestación del viejo juez Crittenden al jurado en esta cuestión fue particularmente seria: los conminó, con algo parecido a un guiño de complicidad, a cumplir con su solemne obligación. Y así lo hicieron. Para los periodistas llegados desde otros lugares, el juicio resultó una farsa y pronto se convirtió en un escándalo en el curso superior del valle del Misisipi. La defensa encolerizó, los periódicos adoptaron un enfoque despectivo, llovieron telegramas en la mansión del Gobernador en Springfield, pero Coaltown sabía lo que sabía. Este silencio acerca de las vergonzosas relaciones entre John Ashley y Eustacia Lansing no provenía de ningún deseo cortés de proteger el buen nombre de una dama; existían fundamentos más sólidos para el silencio que este. Ningún testigo se atrevió a pronunciar la acusación porque ninguno contaba con la menor evidencia. Los cotilleos habían cristalizado en condena como los prejuicios se petrifican en incontestable verdad. Justo cuando la indignación popular se encontraba en su cénit, John Ashley escapó de sus guardianes. La huida tiende a ser interpretada como un reconocimiento de la culpabilidad, y las dudas sobre el móvil del crimen pasaron a ser irrelevantes. 

 Es posible que la condena hubiera sido menos severa si Ashley se hubiera comportado de forma diferente en el tribunal. No mostró signo alguno de temor. No proporcionó ningún fascinante espectáculo de creciente terror y arrepentimiento. Permaneció sentado a lo largo del prolongado proceso escuchando con serenidad, como si esperara que el juicio satisficiera su moderada curiosidad sobre la verdadera identidad del asesino de Breckenridge Lansing. Es cierto, sin embargo, que para Coaltown Ashley era un hombre extraño. 

Era prácticamente un extranjero, es decir: provenía del estado de Nueva York y se expresaba como allí lo hacen. Su mujer era alemana y tenía un ligero acento propio. Ashley parecía no tener ambición. Había trabajado durante cerca de veinte años en la oficina de las minas con un sueldo exiguo —tan limitado como el del segundo clérigo mejor pagado de la zona— con aparente satisfacción. Era extraño por la total ausencia de características llamativas. No era rubio ni moreno, alto ni bajo, gordo ni delgado, inteligente ni estúpido. Tenía un aspecto relativamente agradable, pero difícilmente atraería segundas miradas. Un periodista de Chicago, al inicio del juicio, lo denominó repetidamente «nuestro aburrido héroe». (Cambió su parecer más tarde: un hombre que se enfrenta a una condena a muerte y no muestra ansiedad, genera interés). A las mujeres les gustaba Ashley porque a él le gustaban ellas y porque ofrecía una concienzuda escucha en cualquier conversación; los hombres —excepto los capataces de la mina— le prestaban escasa atención, si bien algo en su modesto silencio los impelía continuamente a tratar de impresionarlo. Breckenridge Lansing era corpulento y rubio. Saludaba a todos con un fuerte apretón de manos en cordial muestra de amistad. Reía sonoramente; no se contenía ante un ataque de rabia. 

Era sociable; pertenecía a toda agrupación, fraternidad y asociación con que contara Coaltown. Le encantaban los rituales: los ojos se le colmaban de lágrimas —lágrimas de hombre, de las que no se avergonzaba— cuando juraba por enésima vez «mantener la amistad con los hermanos hasta la muerte» y «vivir con virtud bajo la protección de Dios y estar preparado para entregar la vida por su país». Son votos como estos, con su mención a las alturas, los que dan sentido a la vida de un hombre. Tenía sus pequeñas debilidades. Pasaba más de una noche en una de esas tabernas de la carretera del río, sin regresar a casa hasta la mañana. Este no era el comportamiento propio de un padre de familia ejemplar, la señora Lansing podría haber tenido algún motivo para la queja. Pero en público —en la merienda de los voluntarios del cuerpo de bomberos, en las ceremonias de graduación— la colmaba de atenciones, mostrando a todos su orgullo por ella. Era conocida por todos su incompetencia como director residente de las minas, así como que en raras ocasiones acudía a la oficina antes de las once. Como padre había sin duda fracasado en la educación de dos de sus tres hijos. 

 George era considerado un «camorrista» y un «diablillo». Anne siempre se salía con la suya, a fuerza de pataletas y mala educación. Aunque estos puntos débiles eran comprensibles. Varios de ellos eran compartidos por los ciudadanos más valorados del lugar. Lansing era un hombre agradable y buena compañía. ¡Cuán espléndido habría sido el juicio si Lansing hubiera disparado a Ashley! ¡Qué actuación habría brindado! Coaltown se habría asegurado en primer lugar de que estuviera completamente atemorizado —encogido por el miedo— para entonces absolverlo. 

 Este caso sin importancia en una pequeña población del sur de Illinois debiera haberse olvidado incluso antes de no haber sido por las misteriosas circunstancias que rodearon la fuga del convicto. No tuvo que levantar un dedo. Fue rescatado. Seis hombres —vestidos de porteadores ferroviarios, con los rostros ennegrecidos con corcho quemado— accedieron al vagón sellado. Hicieron añicos los faroles colgantes; sin un solo disparo ni palabra alguna doblegaron a los guardas y sacaron al prisionero del tren. Dos de los custodios dispararon una vez y no se atrevieron a continuar por miedo a matar a uno de los suyos en plena oscuridad. ¿Quiénes eran estos hombres que arriesgaron sus vidas para salvar la de John Ashley? ¿Mercenarios? La señora Ashley declaró en repetidas ocasiones a los representantes de la Fiscalía del Estado —los furiosos, humillados policías— que ella no tenía idea de quiénes podían ser. Todo lo relativo al rescate fue impresionante: su entereza, su habilidad, su precisión, pero sobre todo su silencio y el hecho de que los rescatadores estuvieran sobrenatural. desarmados. Fue fantasmagórico; El juicio y la evasión de John Ashley pusieron en ridículo al estado de Illinois. Hasta la llegada de la Primera Guerra Mundial — que comenzó a desplazar a los estadounidenses por todo el país, cambiando su lugar de residencia de forma repentina— todo hombre, mujer y niño consideraba que vivía en la mejor población del mejor estado del mejor país del mundo. Esta convicción les aportaba una cierta fortaleza y se veía reforzada por un implacable desprecio de toda localidad, estado o país vecino. Este orgullo geográfico era inculcado a los niños, y los orgullos y humillaciones de la infancia son tenaces. Los más pequeños aplicaban este principio a las mismas calles en las que vivían. Se les oía de regreso del colegio: «Si tuviera que vivir en la Calle del Roble, ¡me moriría!». «Bueno, todo el mundo sabe que cualquiera que viva en la Calle del Olmo está loco-co-co, ¡ahí lo llevas!». El coronel Stotz, fiscal general del estado de Illinois, era un destacado ciudadano del mejor estado del mejor país del mundo. La cúpula del Capitolio Estatal (Capitolio Abraham Lincoln), en el que ejercía sus funciones, era el símbolo visible de la justicia, la dignidad y el orden. El desprecio al que se sometió a Illinois como resultado del Caso Ashley durante su cuarto y último mandato oscureció sus días y abrió el suelo bajo sus pies. Odiaba el apellido Ashley y decidió perseguir al convicto hasta el último rincón del planeta. Desde la mañana del primer lunes tras la muerte de Lansing, los hijos de los Ashley desaparecieron del colegio para gran frustración de sus compañeros. Unicamente Sophia pisaba la calle, realizando las compras para su madre. Ella Gates le escupió en la cara en la escalinata de la oficina de correos. Ashley prohibió a sus hijas asistir al juicio. Un día tras otro, Roger —a sus diecisiete años y medio— se sentaba en el tribunal junto a su madre, quien también negaba a sus conciudadanos cualquier espectáculo de pavor. Como el propio Roger diría más tarde: «Mamá está mejor que nunca cuando las cosas se tuercen». Ella se sentaba a unos metros del banco del acusado. La incomodaba ser consciente de que la falta de sueño robaba color a sus mejillas. Cada mañana, a las ocho y media, se las frotaba largamente y con firmeza para generar un aspecto de bienestar e inquebrantable confianza. Otro hecho extraño sobre los Ashley se manifestó durante el juicio: ningún familiar de John o de Beata llegó a Coaltown para ayudarlos o consolarlos. Con el paso del tiempo la historia se transformó en leyenda y fue recontada con cada vez mayor número de incorrecciones. 

Se dijo que matones de Nueva York asaltaron el tren: habían recibido mil dólares cada uno de la amante de Ashley, la viuda del hombre que asesinó. O que Ashley, con la ayuda de su hijo Roger, se había abierto paso a balazos ante una patrulla de once hombres. Incluso después de que la Fiscalía del Estado hubiera exonerado a John Ashley, eran muchos quienes, entrecerrando los ojos, pronunciaban con tono de quien sabe lo que dice: «Hubo mucho ahí, escondido, en ese asunto, que nunca salió a la luz». Los hijos de los Ashley y los Lansing dejaron Coaltown uno a uno. Más adelante, primero la señora Ashley y luego la señora Lansing, se mudaron a la Costa Oeste. Parecía como si el tiempo hubiera expurgado gradualmente esta triste historia, tal y como ha hecho con tantas otras. ¡Pero no! Pasados unos nueve años se comenzó a hablar de nuevo del Caso Ashley. Periodistas, ciudadanos comunes, incluso científicos, se dedicaron a visitar las hemerotecas para leer las amarillentas páginas de los viejos periódicos. Había un interés cada vez mayor por los «hijos de Ashley», todos tan distinguidos en sus diferentes vidas y profesiones. Todo el mundo estaba interesado en los «hijos de Ashley» excepto los propios «hijos de Ashley». Eran objeto de esa especialmente clamorosa forma de celebridad que rodea a aquellos que son tanto ridiculizados como admirados, adorados y odiados. Llamaban cada vez más la atención porque habían logrado atraer el interés de la sociedad a una edad muy temprana y porque estaban ligeramente vinculados a un pasado de tragedia y desgracia. Se les reconocían una serie de características comunes. Si bien únicamente aquellos que los habían conocido en sus años de juventud en Coaltown —el doctor Gillies, Eustacia Lansing, Olga Doubkov— eran conscientes de hasta qué punto estos elementos de su personalidad habían sido heredados de sus progenitores, especialmente de su padre. No tenían sentido alguno de la competitividad y sus consiguientes manifestaciones de odio y represalia, a pesar de que Lily y Roger pertenecían a profesiones con fuerte competencia y escasa presencia de escrúpulos. No actuaban embargados por la conciencia de sus propios hechos, no mostraban consideración ninguna hacia la opinión de terceros y no conocían el miedo, aunque Constance pasó más de dos años en prisión, en seis arrestos acaecidos en cuatro países distintos, y Roger era vilipendiado tanto en su país como en el extranjero. Lily y Constance no eran vanidosas a pesar de encontrarse entre las más bellas mujeres de su época. Ninguno tenía sentido del humor, si bien con los años sus palabras adquirieron una mordacidad que se aproximaba al ingenio y eran ampliamente citados. Carecían de engreimiento. Quienes mejor los conocían los describían como «abstractos». 

Era por tanto lógico que desconcertaran a sus contemporáneos y fueran acusados, según los casos, de inflexibilidad, egotismo, insensibilidad, hipocresía y sed de publicidad. Habrían generado incluso un mayor rechazo de no haber sido por otro rasgo absurdo, demasiado cándido, enternecedor, pueblerino: todos tenían grandes y sobresalientes orejas («aladas puertas de granero») y grandes pies; bendición divina para los caricaturistas. Cuando Constance —en sus interminables cruzadas: «Voto para la mujer», «Refugios para los niños indigentes», «Derechos para la mujer casada»— ascendía las escaleras de un estrado (era especialmente apreciada en India y Japón), un estallido de risa barría la multitud; nunca pudo entender por qué. Así pues, ya en 1910 y 1911, la gente comenzó a estudiar la documentación del Caso Ashley y a plantear preguntas —frívolas o sesudas preguntas— sobre John y Beata Ashley y sus hijos, sobre Coaltown, sobre esos viejos bromistas: herencia y entorno, habilidades y talentos, destino y azar. Este John Ashley, ¿qué había en él (como en ciertos héroes de las viejas tragedias de los griegos) que le generó una suerte tan dispar: castigo inmerecido, rescate «milagroso», exilio e insigne progenie? ¿Qué había en los predecesores de los Ashley y posteriormente en su vida familiar que cultivó tal energía de mente y espíritu? ¿Qué había en este valle del Kangaheela de matriz geográfica, de clima espiritual, para moldear tan excepcionales hombres y mujeres? ¿Existía alguna conexión entre la catástrofe que sacudió a ambas familias y los posteriores sucesos? ¿Acaso la humillación, la injusticia, el sufrimiento, la miseria y el ostracismo, acaso son bendiciones? Nada es más interesante que las indagaciones acerca del modo en que la creatividad opera en cualquiera, en todos: la mente, impulsada por la pasión, imponiéndose, construyendo y destruyendo; la mente —la última manifestación de la vida en hacerse presente— expresándose en el estadista y el criminal, el poeta y el banquero, el barrendero y el ama de casa, el padre y la madre; generando orden o causando estragos; la mente, condensando su energía en grupos y naciones, elevándose hasta la incandescencia y luego retrocediendo exhausta; la mente, esclavizando y masacrando o difundiendo la justicia y la belleza: La Atenas de Palas Atenea, como un faro sobre una colina, emitiendo haces de luz que aún iluminan a los hombres en sus asambleas. Palestina, durante mil años, como un géiser en la arena, generando genio tras genio, hasta el punto de que pronto no habrá nadie sobre la tierra que no haya sido por ellos afectado. ¿Se produce una multiplicación cada vez mayor de estos o acaso disminuye? ¿Es el cerebro neutral ante la destrucción y la beneficencia? ¿Es posible que se produzca alguna vez una «espiritualización» del animal humano? Es absurdo comparar a estos hijos del valle del Kangaheela con los augustos ejemplos de benefactora y funesta actividad mencionados anteriormente (apenas alcanzada la mitad de este siglo ya han sido ampliamente olvidados), pero: Están cerca. Son accesibles para nuestra indiscreta observación. La sección central de Coaltown es larga y estrecha, insertada entre dos riscos. Puesto que su calle principal avanza de nortea sureste, recibe poca luz solar directa. Muchos de sus habitantes en rara ocasión ven un amanecer, un atardecer o más que un fragmento de una constelación. 

En el extremo norte se encuentra la estación de ferrocarril, el ayuntamiento, el juzgado, la Taberna Illinois y la vivienda de los Ashley, construida tiempo atrás por Airlee MacGregor y bautizada «Los Olmos»; en el extremo sur hallamos los jardines de Memorial Park, con su estatua al soldado del Ejército de la Unión, el cementerio y la vivienda de Breckenridge Lansing: «San Cristóbal», que toma su nombre de la isla del Caribe en la que nació Eustacia Lansing. Estas dos casas son las únicas de Coaltown con suficiente superficie plana a su alrededor como para ser descritas «con terreno». Un triste riachuelo, el Kangaheela, fluye a lo largo del valle, en la sección este de la calle principal; se amplía creando estanques tras Los Olmos y San Cristóbal. La población es mayor de lo que aparenta. Puesto que su centro está confinado a un estrecho valle, las viviendas de muchos de sus residentes están colgadas de las colinas circundantes o se alinean en las carreteras que se dirigen al norte y al sur. Los mineros viven en sus propias comunidades en la cresta Bluebell y la colina Grimble. Tienen sus economatos, sus escuelas y sus iglesias. En rara ocasión descienden hasta el pueblo. Coaltown se expandió y se redujo en diversas ocasiones a lo largo del siglo XIX. Las minas llegaron a emplear hasta a tres mil hombres y varios cientos de niños. Oleadas de inmigrantes se asentaron por cortos periodos de tiempo en la región para continuar luego su avance: cazadores y tramperos, sectas religiosas, mineros de Silesia y comunidades enteras de agricultores a la búsqueda de suelo fértil. Había no pocas iglesias, escuelas y cementerios abandonados en las colinas cercanas y a lo largo de la carretera del río. El doctor Gillies estimaba que cien mil personas habían habitado ambos condados; tras conocer las imponentes necrópolis cercanas a Goshen y Penniwick, elevó la cifra. Debió de haber un amplio lago de poca profundidad en la región para haber producido tanta arenisca, pero el suelo se elevó y la mayor parte del agua fluyó hacia el Ohio y el Misisipi. Debió de haber grandes bosques que produjeran todo ese carbón y siglos de terremotos para levantar las colinas y plegarlas sobre los bosques como tortitas sobre mermelada. Los gigantescos y pesados reptiles fueron incapaces de escapar a tiempo y dejaron sus huellas en la roca; pueden contemplarse en el museo de Fort Barry. Qué extensiones de tiempo son necesarias para completar la transformación de un pantanal en un bosque. Los estudiosos han dibujado la estela temporal: tanto tiempo para que la hierba facilite el humus a los arbustos, tanto para que los matorrales acomoden a los árboles, tanto para que los menores de la familia de los robles enraícen bajo la grata sombra de los cerezos silvestres y los arces, y para suplantarlos; tanto para que el roble blanco reemplace al rojo; tanto para la majestuosa entrada de la familia de las hayas, que ha aguardado su momento propicio: la guerra de los retoños, por así decirlo. A la despiadada lucha de las plantas se sumó la de los animales. El balido del venado infundiendo terror en el bosque al hundirle el gran felino sus dientes en la vena yugular; el halcón elevando al cielo la serpiente que atrapa entre sus mandíbulas un roedor. Entonces llegó el hombre. Uno de los más logrados «montículos de tortuga»[2] de toda la región de Algonquín se encuentra en las inmediaciones de Coaltown, en Goshen, y existen tres magníficos «montículos de serpiente»[3] al norte. En aquel tiempo, cualquier chico con energía tenía su colección de puntas de flecha, pilones y hachas indias. Los entendidos no coinciden en los motivos de las numerosas masacres, puesto que estas tribus eran notablemente pacíficas. 

Un experto las atribuye a la costumbre de los matrimonios exógamos: incursiones contra las tribus de otros tótems para robar mujeres destinadas a sus valientes jóvenes. Otro, no obstante, sostiene que estas agresiones vienen derivadas de necesidades económicas; los bleu barrés habrían agotado la caza en su territorio, viéndose obligados a avanzar hacia la tierra de los kangaheelas. Sea cual sea la razón, el análisis de los restos óseos de las diversas necrópolis desvela una atroz sangría. En 1907, mucho tiempo después de que estas tribus fueran consideradas extintas, un etnólogo se topó con una pequeña comunidad de kangaheelas que vivían y tosían en chabolas en el embarcadero de Gilchrist, en el Misisipi, cien kilómetros al oeste de Coaltown. Era difícil comprender cómo lograban sobrevivir; vendiendo junto a la carretera un puñado de mocasines, pipas, flechas y abalorios de torpe factura. Una noche, a cambio de whisky, un anciano contó la historia de su pueblo. Eran la envidia de otras naciones por la elegancia de sus vestidos, el esplendor de sus danzas (Kangaheela significa «escenario sagrado»), su sabiduría y sus habilidades en la adivinación. Todo hombre mayor de edad era capaz de repetir sin mácula el Libro de los Inicios y los Fines, un recital que llenaba, interrumpido por las danzas, dos días con sus noches. Los kangaheelas eran famosos por su hospitalidad; reservaban espacios para invitados de otras naciones que pudieran entender alguna porción del texto. El fuego del consejo iluminaba los rostros de miles de hombres sentados alrededor del sagrado escenario para la danza. La primera noche era gloriosa: la historia de la creación con su agotadora descripción de las luchas entre el sol y la oscuridad. Esta era seguida por la narración del nacimiento del primer hombre a través de los orificios nasales del Padre Supremo: el primer kangaheela. Se dedicaba una mañana a enumerar el catálogo de leyes y tabúes que este había instituido; cuestión tan antigua que las palabras eran en ocasiones ininteligibles y su intención poco clara. A mediodía el trovador se adentraba en la crónica y la genealogía de héroes y traidores: ocho horas de duración. Poco antes de la segunda medianoche se transmitía el Libro de las Severas Profecías, que nos es dado por el Padre Supremo: tres horas de humillación y amargura. Los pecados del hombre han convertido la belleza de la tierra en un estercolero. Hermanos han asesinado a hermanos. La sagrada obligación de la regeneración ha sido convertida en un deporte irreflexivo. El Padre Supremo porta en su corazón a todas las naciones del bosque, pero se arrastrarán como la serpiente; sus poblaciones serán esquilmadas; la felicidad del nacimiento de un hijo será fingida. Se producía entonces un largo silencio, roto finalmente por el retumbar de los tambores y los gritos. Era la Danza del kangaheela, el corazón del sílex, tan fundamental para el Padre Supremo como su ojo. Esta es la danza que ha sido tan ampliamente copiada. Incluso a los saysays de Michigan se les ha pedido que la realicen en su devaluada y superficial versión de las ferias itinerantes (admisión: cincuenta centavos; niños, veinticinco). Al finalizar la danza se producía otro silencio; cargado de expectación, con la respiración contenida. El líder de los kangaheelas parecía sumirse en las profundidades de su cuerpo; se serenaba; se elevaba. Era el turno del Libro de las Promesas. ¿Quién sería capaz de describir el consuelo de tan magnífica canción? Los ancianos olvidaban sus debilidades; los chicos y chicas dejaban patente por qué habían nacido y por qué el universo fue puesto en movimiento. Existen muchos pueblos sobre la tierra —más hombres que hojas en el bosque—, pero Él ha elegido a los kangaheelas de entre todos ellos. Regresará. Permitidles iluminar el camino para preparar el día. La especie humana será salvada por unos pocos. Hasta aquí los indios. Los expertos estiman que nunca hubo más de tres mil kangaheelas vivos de forma simultánea. Llegó el hombre blanco. Trajo consigo su narrativa de la creación, su nombre para el Padre Supremo, sus leyes y sus tabúes, su catálogo de héroes y traidores, su carga de reproches, su esperanza de una era dorada. Trajo muy poca danza, pero bastante música, sagrada y profana. También portaba un espíritu especulativo, desconocido para el piel roja; su producto fue sin mucho rigor denominado filosofía. Todos ellos, jóvenes y viejos, atormentaban sus cerebros ocasionalmente con preguntas sobre por qué existen los seres humanos y cuál es el sentido de la vida y la muerte (lo que el doctor Gillies llamó «las preguntas de las cuatro de la mañana»). 

 El doctor Gillies era el más elocuente y exasperante filósofo de Coaltown. En contradicción frontal con la Biblia, creía que la Tierra requirió millones de años para ser creada y que el hombre desciende de ya saben qué. Es más, dialogaba sobre cuestiones de relevancia de modo tal que quienes lo escuchaban quedaban desconcertados, incapaces de asegurar si bromeaba. Un selecto grupo de ciudadanos recordaría largo tiempo la noche en la que el doctor Gillies dio rienda suelta a todo el potencial de su espíritu especulativo. Ocurrió una Nochevieja, no una cualquiera: el 31 de diciembre de 1899, la víspera de un nuevo siglo. Un nutrido grupo se reunió frente al tribunal esperando a que el reloj marcara el cambio de centuria. Tenían los congregados un cierto ánimo exaltado, como si esperaran que el cielo se abriera sobre sus cabezas. El XX sería el siglo más destacado que el mundo jamás hubiera conocido. El hombre podría volar; la tuberculosis, la difteria y el cáncer serían erradicados; se acabarían las guerras. El país, el estado y el propio pueblo en el que vivían desempeñarían un importante y solemne papel en esta nueva era. Cuando el reloj marcó las doce todas las mujeres y muchos de los hombres sollozaban. De pronto, comenzaron a cantar, no «Auld Lang Syne»[4], sino «O God, Our Help in Ages Past»[5]. Poco después se arrojaban los unos a los brazos de los otros; se besaban; un comportamiento nunca antes visto. Breckenridge Lansing y Olga Sergeievna Doubkov —que se odiaban— se besaron; John Ashley y Eustacia Lansing —que se amaban— se besaron, la única vez que esto sucedió en sus vidas, de forma evasiva. (Beata Ashley evitaba cualquier concurrencia; se quedó sentada junto al reloj de péndulo en Los Olmos, rodeada por sus tres hijas: Lily, Sophia y Constance). Roger Ashley, a sus catorce años y cincuenta y una semanas, besó a Félicité Lansing, con quien contraería matrimonio nueve años más tarde. George Lansing, con quince años, el «diablillo» de Coaltown, estupefacto y sobrecogido por la solemnidad de la ocasión y el comportamiento de los adultos, se escondió detrás de su madre. (Los grandes artistas tienden a la exaltación en triste compañía y se apagan ante la euforia). Finalmente la multitud se dispersó; una veintena permaneció bajo el gran reloj, buscando profundizar la manifestación de una emoción que comenzaba a dar paso a la reflexión y la duda. Fueron a la taberna para —eso dijeron— tomar algo caliente. Las chicas jóvenes fueron enviadas a casa. El grupo entró en el bar, en el que ninguna mujer había sido hasta entonces admitida y era de suponer que no volverían a serlo en otros cien años. Se internaron en la sala trasera. Tazas de leche caliente, grog y «Sally Croker» (manzanas silvestres aderezadas flotando en sidra caliente) fueron distribuidas por el propio señor Sorbey. Breckenridge Lansing —siempre exultante cuando estaba bien acompañado, el perfecto anfitrión y, como director residente de las minas, ciudadano más destacado del pueblo— ejerció de portavoz. —Doctor Gillies, ¿cómo será el nuevo siglo? Las damas murmuraron: —¡Sí!… ¡Sí!… Díganos lo que piensa. Los hombres aclararon sus gargantas. El doctor Gillies no tosió para anunciar el inicio de sus palabras, sino que comenzó: —La naturaleza nunca duerme. Los procesos de la vida nunca se detienen. La creación no ha llegado a su fin. La Biblia afirma que Dios creó al hombre en el sexto día y descansó, pero cada uno de esos días tuvo una duración de muchos millones de años. El día de descanso debió de ser bien corto. El hombre no es el fin sino el principio. Nos encontramos al inicio de la segunda semana. Somos los hijos del octavo día. Describió la Tierra antes de la aparición de la vida: millones de años en los que el vapor se elevaba de las hirvientes aguas… El ruido, los terribles vientos, las olas… El ruido. Más tarde, diminutos organismos flotando hasta asfixiar los mares. Pasivos… Entonces, aquí y allá, unos y otros, adquirieron la habilidad de impulsarse hacia la luz, hacia el alimento. Un sistema nervioso empezó a tomar forma en la era Precámbrica; aletas y patas comenzaron a lograr suficiente fuerza para caminar sobre tierra firme en el Devónico Superior, la sangre se calentó en el Mesozoico. Fue en algún momento del Mesozoico cuando el señor Goodhue, el banquero de Coaltown, intercambió una escandalizada mirada con su mujer. Se levantaron y abandonaron la sala, la frente alta, mirando decididos al frente. ¡Evolución! ¡Impía evolución! El doctor Gillies continuó. Una vez separadas las plantas de los animales, los envió a iniciar sus largas marchas. Los pájaros y los peces, tras alguna duda, se despidieron. Los insectos se multiplicaron. La llegada de los mamíferos y ese sobrecogedor momento en el que permanecieron sobre sus cuartos traseros liberando los delanteros para la realización de otras actividades. —¡La vida! ¿Por qué la vida? ¿Para qué? ¿Con qué fin? Algo que surgió de la nada. ¿Adónde se dirigía? Se detuvo. Su mirada se fijó con tal insistencia sobre los chicos, que estos se sintieron impelidos a responder. Murmuraron: —Al hombre. —Sí —contestó el doctor Gillies—, a todas las clases de hombres. Una dolorosa inquietud se instaló en el grupo. Breckenridge Lansing, experimentado moderador, habló de nuevo en nombre de todos. —No ha respondido a nuestra pregunta, doctor Gillies. —He establecido las bases para mi respuesta a vuestra pregunta. En este nuevo siglo debemos ser capaces de ver que la humanidad inicia una nueva etapa de desarrollo: el hombre del octavo día. El doctor Gillies estaba mintiendo con todas sus fuerzas. No tenía ninguna duda de que el siglo que se iniciaba sería demasiado funesto para ser contemplado, es decir, como el resto de siglos. El doctor Gillies era el único miembro del grupo que no había sentido euforia. No había participado en las felicitaciones y abrazos. Quince minutos antes de las doce se había internado en la taberna para visitar a la anciana señora Billings, su paciente de tantos años. Su alma (una palabra que él únicamente utilizaría bromeando) estaba colmada de amargura. Veintitrés meses atrás su hijo había fallecido en un accidente de trineo en la Universidad Williams de Massachusetts —Hector Gillies, quien debería esa noche estar iniciando el siglo XX—: su otro yo, su prolongación, su alargada sombra. El doctor Gillies no tenía fe en el progreso, en el futuro de la humanidad. Sabía más sobre Coaltown que cualquiera de sus habitantes (como había conocido mucho sobre Terre Haute, en Indiana, durante sus primeros diez años en la profesión). Coaltown no era peor ni mejor que cualquier otra población. Toda comunidad es una porción del amplio organismo de la raza humana. Una incisión en Breckenridge Lansing o en el emperador de China desvelaría lo mismo, las mismas vísceras. Como el diablo en la vieja fábula, retirar los tejados de Coaltown o Vladivostok permite escuchar las mismas palabras[6]. Sus lecturas nocturnas de los grandes historiadores confirmaban su sensación de que Coaltown está en todas partes; aunque incluso los grandes historiadores son víctimas de la distorsión inducida por el paso del tiempo: alzan y humillan a su antojo. No hay Siglos de Oro ni Años Oscuros. Solo una oceánica monotonía de generaciones de hombres bajo la alternantemente propicia o pésima climatología. ¿Cómo serían el siglo XX y los posteriores? Mintió descaradamente porque su mirada descansaba sobre Roger Ashley y George Lansing. Habló como lo habría hecho si Héctor hubiera estado allí. Es obligación para los ancianos mentir a los jóvenes. Permitirles que afronten sus propios desencantos. Fortalecemos nuestras almas, siendo jóvenes, con la esperanza: la resistencia adquirida nos permite posteriormente asumir la desesperación como lo haría un romano. —El Hombre Nuevo está llegando. La naturaleza nunca duerme. Hasta ahora el esporádico hombre singular, el solitario genio, ha cargado con los hijos del miedo y la inercia en sus faldones. En adelante las masas emergerán de su condición cavernícola… Oh, ¡era magnífico! —… emergerán de su condición cavernícola en la que la mayor parte de los hombres permanecen aún encogidos: aterrorizados ante la usurpación, abrazando sus pertenencias, esclavos del temor al Dios del Trueno, el temor a los vengativos cadáveres, el temor a la indomable bestia que se aloja en su propio interior. Era maravilloso. —La mente y el espíritu serán la próxima climatología del ser humano. La raza está siendo educada. ¿Qué es la educación, Roger? ¿Qué es la educación, George? Es el puente que el hombre cruza desde la vida encerrada en uno mismo, centrada en uno mismo, hacia la conciencia de la comunidad humana al completo. Varios de los miembros de su audiencia habían caído rendidos pronto en la beatífica atmósfera del siglo XX; no John Ashley y su hijo, no Eustacia Lansing y su hijo. Olga Doubkov caminó de regreso a casa con Wilhelmina Thoms, secretaria de Lansing en las minas. —El doctor Gillies no se cree una palabra de lo que dijo. Yo sí. Cada una de ellas. Al igual que sucedía con mi padre. Sería incapaz de caminar erguida si no fuera así. Nunca se ha explicado satisfactoriamente por qué los primeros colonos de Coaltown (o Maple Bluffs[7], como fue inicialmente denominado) eligieron centrar y expandir su asentamiento en una garganta sin sol cuando pudieron haber construido sus casas, su primera iglesia y la primera escuela en los prados abiertos situados al norte y al sur. La población se ubica en una ruta comercial de moderada importancia; los vendedores itinerantes siguen formando parte de su vida. Coaltown siempre ha sido privilegiada por los viajantes —afortunadamente para Beata Ashley y sus hijas llegado el momento— incluso cuando Fort Barry, cincuenta kilómetros al norte, y Summerville, sesenta y cinco kilómetros al sur, ofrecían mayores atractivos. La Taberna Illinois de los Sorbey (constructor, hijo y nieto), les convenía. 

Le destinaban dos noches en sus itinerarios. Las habitaciones eran amplias, las cenas por treinta y cinco centavos, generosas. El mobiliario de la cantina, de madera tallada y latón, fue instalado ante la expectativa de una prosperidad aún mayor. El cordial olor del serrín, las salpicaduras de cerveza y la fermentación del whisky daba la bienvenida al cansado trotamundos. Había juegos nocturnos en la sala trasera. Se ofrecía transporte gratuito hasta distintos establecimientos situados varios kilómetros al sur, en los márgenes de la carretera del río: El Abrevadero de Hattie y Lo Tenemos Todo, de Nicky. Los agentes comerciales (herramientas agrícolas y medicamentos al por mayor) llegaban en tren; los viajantes (máquinas de coser, joyería, medicamentos patentados y menaje de cocina) a caballo y en calesa. Los vendedores ambulantes se detenían en un lateral de la carretera y dormían bajo sus carretas. Con el descubrimiento del carbón llegaron el polvo negro, gris, amarillo y blanco; aguas turbias al Kangaheela; el primer y último residente adinerado: Airlee MacGregor; más extranjeros: de Silesia y Virginia Occidental, el padre de la señorita Doubkov (un príncipe ruso exiliado, según algunos), y John y Beata Ashley, de Nueva York, hablando el «dialecto neoyorquino». Numerosas aves, fieras, peces y plantas desaparecieron de la región. Se hizo habitual comentar que el suelo estaba «agriado». Por encima de todo ello llegó la pobreza, el descontento y la amenaza de violencia. Muchos de los hombres que trabajaban diez horas al día bajo tierra parecían incapaces de alimentar y vestir a una familia de doce o catorce integrantes, incluso cuando, la tarde del sábado, su querida descendencia depositaba su salario semanal en la mano del padre. Los zapatos eran de especial relevancia. Se introducían en los sueños en forma de pesadilla. Incluso los caballos tenían zapatos. Un hombre podía alimentar a su familia con judías, salvado, verduras, manzanas y, ocasionalmente, tocino; pero se sobreentendía que los creyentes no podían ir a la iglesia descalzos. Los hijos habían de ir por turnos. En varias ocasiones durante la segunda mitad del siglo XIX el aire olió a sublevación. Pocas cosas existen más desalentadoras que las huelgas poco entusiastas. Todas fueron mal gestionadas y poco apoyadas. Las ventanas del almacén de suministros de los mineros volaban por los aires, las oficinas de la empresa eran destrozadas. Un grupo de aguerridos hombres fue dispersado tras hacer trizas la valla de listones de madera que rodeaba la vivienda de Airlee MacGregor y lanzar contra la puerta sus bolas de croquet. (Durante todo este estrépito de madera en astillas el viejo MacGregor permaneció sentado en su salón, el rifle a mano, inflexible como Moisés). La cercanía de los días festivos generaba temor. En 1897 el alcalde canceló prudentemente el desfile del Día de la Independencia y la oración en Memorial Park. Cada cuatro años, las elecciones eran particularmente temidas. Los mineros descendían en manada las colinas y daban rienda suelta a su pronunciada frustración y rabia. La administración aplicaba multas con severidad a quienes no aparecían por los pozos al día siguiente. Los hombres bebían y gritaban durante toda la noche y se tambaleaban hacia las laderas al amanecer; sus mujeres los recogían de las zanjas junto a la carretera. Muchos niños nacían el siguiente agosto, recibidos con resignación. Los residentes en Coaltown cerraban con llave las puertas de sus casas por la noche desde tiempos inmemoriales y aquellos mejor situados instalaban varios refuerzos y barricadas. Breckenridge Lansing no fue el primero en entrenar a su familia en el uso de armas de fuego, algo comprensible siendo el director general de las minas. Sorprendió a los reporteros venidos de otras ciudades para el juicio que fuera asesinado durante su habitual práctica de tiro de la tarde de los domingos, no así a los habitantes de Coaltown. Cinco años después del notorio juicio, las minas cercanas a Coaltown cerraron: los yacimientos Bluebell y Henrietta B. MacGregor. La calidad del carbón llevaba tiempo reduciéndose y se produjo también una caída de la producción. El pueblo vio reducido su tamaño. Las familias del convicto y el asesinado se mudaron. Sus casas cambiaron de manos varias veces. Portaban carteles en los que se leía habitaciones y SE traspasa, pero finalmente los carteles acabaron siendo ilegibles y se cayeron de las paredes. Las ventanas rotas dejaban pasar la lluvia y la nieve; los pájaros anidaban en todas las plantas; las vallas de listones de madera se combaban sobre la tierra como las olas al besar la arena. El cenador del jardín trasero de Los Olmos acabó cayendo al estanque. En otoño las madres enviaban a sus hijos a recoger nueces a San Cristóbal y castañas a Los Olmos. Con el cese del funcionamiento de las minas mejoró la calidad del aire. Ningún ama de casa se atrevía a colgar cortinas blancas, pero las chicas que participaron en la ceremonia de graduación del instituto vistieron por primera vez trajes blancos en 1910. Con menos cazadores, los ciervos, los zorros y las codornices incrementaron su número. El pez saltarín, el ajedrez y la trucha de Mulligan encontraron su camino Kangaheela arriba en grandes grupos. El ciclamor, las varas de oro y las coletas, que habían olvidado la región mucho tiempo atrás, regresaron desde todas las direcciones. A menudo, en primavera, tras los aguaceros, un extraño rugido llenaba el aire. Las colinas estaban plagadas de minas abandonadas; la superficie sobre estas se derrumbaba con un gran estruendo más parecido al de un terremoto que a un deslizamiento de tierras. Los locales ascendían las laderas para contemplar estos montículos. Parecían más las ruinas de grandezas pasadas que las prisiones donde tantos habían trabajado doce horas —más tarde serían diez— al día, y donde tantos habían tosido y escupido sus propios pulmones. Incluso los niños más pequeños se quedaban mudos ante la vista de estas largas galerías y arcadas, rotondas y salones de trono. Al año siguiente los arbustos y las enredaderas cubrían las entradas al mundo subterráneo. La población de murciélagos se incrementó, emergiendo al caer la tarde en nubes arremolinadas sobre el valle. Como tanto gustaba de decir el doctor Gillies: «La naturaleza nunca duerme». Coaltown ya no tiene oficina de correos. La correspondencia se distribuye en un rincón de la tienda de ultramarinos del señor Bostwick. La sede de la administración del condado fue transferida a Fort Barry.

lunes, 3 de marzo de 2025

Problemas filosóficos de la modernidad INTRODUCCIÓN

  



Benítez Grobet y Luis Ramos-Alarcón Marcín 

I ntroducción Laura Benítez Grobet Luis Ramos-Alarcón Marcín 

 La historia de la filosofía es una actividad intelectual que nuestro contexto académico latinoamericano debe valorar por su carácter hermenéutico no sólo acerca del pensamiento de individuos y sociedades, en ciertos tiempo y espacio, sino sobre todo por su capacidad de aclarar los presupuestos incluidos o excluidos en nuestro pensamiento actual. Por una parte, hoy en día no podemos pensar in genuamente que los historiadores pueden “reconstruir” el pasado tal y como fue. Los historiadores no son máquinas del tiempo que nos lleven a experimentar el pasado como si fuera un presente en toda su realidad. Tampoco son ar queólogos que saquen a la luz aquello que quedó sepultado por los sucesivos presentes. No son ocasionales ni gratuitas las discusiones entre los arqueólogos acerca de la destruc ción debajo de su pretendido descubrimiento del pasado. Si los historiadores reconstruyen el pasado, será sólo en cuanto que lo construyen tanto a partir de aquellas hue llas y vestigios con que cuentan, así como bajo la guía de las preguntas formuladas desde su presente. En cuanto a lo primero, los textos publicados, las cartas, los testimonios y las discusiones, entre otros, son huellas y vestigios que forman parte de una sociedad localizable en un tiempo y en un espacio, y, a la vez, muestran las crisis dentro de esa sociedad, las diferencias e incluso oposiciones entre indivi duos y grupos. No son meros grupos monolíticos que pien san al unísono. En cuanto a lo segundo, no es extraño que las preguntas que los historiadores formulan hacia el pa sado sean las mismas que se formulan en su presente, pre guntas compartidas por su propia sociedad o en las que se da esa misma crisis que mencionamos antes. Así, cuando preguntamos por los presupuestos metafísicos de los filó sofos racionalistas al apostar por pocos principios que den homogeneidad conceptual a la realidad, o por aquellos pre supuestos metafísicos de los filósofos empiristas al apostar por la experiencia como índice de todo conocimiento, o si los principios de fundamentar la moral competen sólo a la vo luntad o a otras instancias, estamos haciendo preguntas que pertenecen a nuestro propio presente. 

En efecto, las categorías de “racionalista” y de “empirista” son categorías historiográ- ficas que funcionan sólo desde la epistemología, una disci plina que, como tal, es bastante reciente en una historia de la filosofía que cuenta con más de dos mil quinientos años. La epistemología surge como disciplina a partir del siglo XVIII bajo el interés de aclarar las mejores vías para adquirir conocimientos claros y distintos, útiles y efectivos, a la vez que para separarlos de aquellas ideas falsas, inadecuadas, equívocas. Con esto no pretendemos simplemente ser escépticos so bre el mismo quehacer de los historiadores de la filosofía, sino mostrar que es un quehacer filosófico que exige aclarar los supuestos desde los cuales hace sus preguntas y cons truye sus categorías. Los historiadores de la filosofía tene mos que hacer un trabajo triple: desde una primera arista, debemos conocer al pensamiento de las filósofas y filósofos para aclarar sus propias creencias, inquietudes, certezas, incertidumbres, razonamientos, argumentos, conclusiones y exclusiones. Desde una segunda arista, debemos evaluar la adecuación o inadecuación de lo primero, pues el his toriador de la filosofía no debe de hacer hagiografía, sino partir de que estudia a personas que, como seres finitos de carne y hueso, pudieran ser geniales en ciertas tareas, pero en otras se equivocaron, tuvieron errores, prejuicios, etcétera. Finalmente, desde una tercera arista, debemos entablar diálogos, entre las filósofas y los filósofos y, sobre todo, entre nosotros y ellos. Para realizar esta triple tarea de modo continuo, ayuda plantear una pregunta que res ponda a distintas filósofas y filósofos que abra la compren sión a sus obras y periodos. En este libro el lector encontrará nueve estudios espe cializados en los principales problemas filosóficos de la Filosofía Moderna y sus antecedentes, a modo de aquella pregunta que planteamos que guíe el triple trabajo de los historiadores de la filosofía. En cada artículo el lector en contrará una pregunta que articula parte de los intereses y problemas que se plantean distintas filósofas y filósofos, de modo que sirva de hilo conductor en una discusión real o hipotética entre ellos. 

Así, el lector podrá acceder a una mejor comprensión de las filósofas y los filósofos modernos desde dentro y en relación con sus contextos, ya sea recono ciendo las particularidades históricas de la lengua en que se expresa; las del contexto político y social en que se desenvuel ve, así como algunos de los problemas filosóficos perennes. En el primer artículo de este libro, titulado “Libertad y conato de la multitud en Spinoza y Maquiavelo”, Luis Ra- mos-Alarcón Marcín realiza una lectura de Maquiavelo en clave spinoziana y estudia la interpretación republicana que el holandés hace de El príncipe y de los Discursos a partir de su realismo político, del rechazo de las utopías y de la enseñanza de Maquiavelo sobre la libertad. El au tor parte de la tesis maquiaveliana de que el conato de la multitud no debe depender de un príncipe sino de los fun damentos del Estado que forman, de modo que la vuelta a esos fundamentos es indispensable para conservarse. El segundo artículo, realizado por Ernesto Schettino, lleva por título “La categoría de ‘tinieblas’ en la filosofía natural de Giordano Bruno”. Aquí se estudia de qué modo, ante la ruptura con la física aristotélica y sus derivados es colásticos, Giordano Bruno tenía que cuestionar y susti tuir coherentemente la teoría consolidada por Aristóteles de los cuatro elementos sublunares (tierra-agua-aire-fue- go) y del supralunar (éter). El autor muestra cómo Bruno alcanza una solución teórica general para el tránsito de la Unidad absoluta hacia el despliegue pleno de la multipli cidad y el cambio, que es una adecuación de la tesis cusana de la complicatio-explicatio, la cual le permite establecer los diversos grados y escalas de la materia, del ser, de la naturaleza, de la realidad. ¿Hay consecuencias prácticas sobre las respuestas que demos a las discusiones acerca de la sustancialidad de Dios o de las almas? En el artículo “Vivir en consonancia con la sustancia única e infinita: propuesta práctica de Giorda- no Bruno”, Astrid Martín del Campo estudia la relevancia del aspecto práctico a lo largo de la obra de este filósofo. Se trata de lo que el nolano considera la máxima aspira ción humana, a saber, la unión con lo Uno. Bruno propone que esta unión es posible mediante la comprensión de la sustancia única e infinita, comprensión que implica teoría y práctica, razón y acción, donde el deseo desempeña un papel fundamental para que el ser humano se dirija hacia tal objetivo. 

Pero este acceso no se da sin relación con el mundo, sino por medio del apoyo en referentes sensibles concretos que simbolicen e impulsen el deseo hacia la Uni dad; es decir, considera los sucesos concretos y los seres particulares como representaciones de dicha Unidad. La transformación de la idea de espacio realizada du rante la revolución copernicana se basa en la refutación del concepto de topos y en la postulación positiva de una entidad que pudiera soportar la expresión de fuerzas inma teriales y el tránsito de los cuerpos materiales. El artículo de Francisco Javier Luna Leal, titulado “Espacio geomé trico, materia y sustancia en Johannes Kepler”, estudia el caso particular de Johannes Kepler que, a las exigencias anteriores, suma la necesidad de que el espacio permitiera una medición precisa de los fenómenos celestes. Entre las palabras que Kepler usó para tratar de describir el espacio como una entidad diferente de los cuerpos materiales y las fuerzas residentes en él, estaban: aer, anima, auram aethe- ream y oxéoig, las cuales denotan la dificultad conceptual para describir una idea nueva que fuera consecuente con el resto de su cosmología. Sin embargo, la visión de conjunto es la de cuerpo o continente inmaterial, relacionado de for ma directa con la noción de espíritu divino. En su artículo “Un diálogo sostenido entre Descartes y Poincaré. (Consideraciones en torno al concepto de método y sus implicaciones en el desarrollo del conocimiento filo- sófico-científico)”, Verónica Díaz de León Bermúdez realiza un discurso análogo en torno a dos personajes tan prolijos en la historia de la ciencia que genera la exigencia de cono cer profundamente la obra de ambos autores. No obstante, la claridad y precisión expositiva que caracterizan el discu rrir científico-filosófico de los pensadores que se enuncian en el título de este artículo nos da la posibilidad de realizar un conversatorio entre ambos genios, aún basándonos úni camente en algunos de sus escritos. Continúa el artículo de Rogelio Laguna, titulado “Las objeciones de Hobbes a las Meditaciones cartesianas. 

Una discusión sobre la sustancialidad del pensamiento”, en don de el autor presenta un estudio de los argumentos y con- trargumentos entre Hobbes y Descartes respecto a la sus tancialidad del pensamiento. Se trata de un intercambio que se realizó en 1641 con motivo de la publicación de las Meditaciones metafísicas. El debate sobre el dualismo alma-cuerpo y la nueva ciencia mecánica de su tiempo no se reduce a la filosofía cartesiana. En el artículo “El materialismo organicista de Margaret Cavendish”, Viridiana Platas Benítez presenta y discute el concepto de sustancia en la filosofía natural de la Duquesa de Newcastle. Para ello, considera el diálogo en tre el vitalismo y el materialismo organicista que Caven dish desarrolla para cuestionar y refrendar su teoría. El materialismo organicista estratifica la materia en grados y tipos de movimiento, determinados por la velocidad, el grosor y sutileza de las partes. Asimismo, la propuesta vitalista de la materia evita confundir materia animada e inanimada. Por su parte, el artículo titulado “Apuntes sobre la no ción de scientia intuitiva en Spinoza”, de Antonio Rocha Buendía, muestra que la ciencia intuitiva no está limitada a un tipo de objetos. Más bien, un mismo objeto puede ser conocido de manera muy distinta por la imaginación, por la razón o por la ciencia intuitiva, esto es, los tres grados de conocimiento que Spinoza acepta. 

 El artículo “Inmanencia y sustancialización de la natu raleza en la filosofía de Spinoza”, de José Ezcurdia, continúa con el estudio de las consecuencias éticas de la inmanencia de la única sustancia. Este artículo defiende que, para Spi noza, la naturaleza se vertebra en una causalidad inmanen te, que le otorga una densidad ontológica efectiva, que hace de ella el fundamento de la determinación tanto de los pla nos del ser y el conocer, como de la génesis y la forma del valor moral. En este sentido, el artículo busca dar cuenta de las implicaciones metafísicas, epistemológicas y éticas de la noción de inmanencia, en el marco del spinoziano pro yecto de la sustancialización de la naturaleza. Por último, el lector encontrará al final del volumen tres herramientas de trabajo muy útiles: una amplia bibliogra fía especializada sobre los autores y temas tratados en el libro; un índice de los autores mencionados en el libro y un índice de los principales conceptos también tratados en el li bro, de manera que el lector podrá ubicar fácilmente libros, artículos, autores y conceptos de su interés. Agradecemos nuevamente a la Dirección General de Asun tos del Personal Académico de la Universidad Nacional Autó noma de México por su apoyo a la publicación de este libro.

domingo, 2 de marzo de 2025

VICENTE HUIDOBRO Y PIERRE REVERDY FRENTE AL CREACIONISMO MARÍA EUGENIA SILVA

 



Prólogo 

 Es numerosa la crítica sobre el Creacionismo literario, como son cuantiosos los estudios que han tratado de dilucidar las controversias que rodearon a este movimiento. De los primeros, la mayoría se instala en análisis que dejan entre renglones la obra romántico-modernista de Vicente Huidobro, que va desde 1911 a 1914, y optan por aproximarse al tema a partir de El espejo de agua de 1916. Otros se centran en creaciones posteriores más conocidas, como Temblor de cielo o Altazor. De los segundos, muchos, simplemente abordan la polémica en base a suposiciones, produciendo análisis personalizados que no ahondan en los incidentes ni realizan un examen comparativo de los dos individuos que terciaron en las polémicas. Vicente Huidobro inició la carrera literaria en Chile, su país natal, y posteriormente desarrolló gran parte de ella en Europa. El poeta, cuya primera publicación, Ecos del alma, se remonta a 1911, viajó a París en 1916 con varios libros y manifiestos ya publicados. Allí se insertaría de lleno en la naciente vanguardia literaria, a partir de 1917. Primero, lo haría con sus contribuciones en la revista Sic y luego en la Nord-Sud, una publicación que él mismo co-fundó, mediante su apoyo financiero y en la cual participó activamente. Pronto, además, publicaría en Europa una seguidilla de nuevos poemarios, cuyo pináculo de excelencia lo marcaría Altazor, de 1931. En el año 1920, surge una controversia que significó que, tanto el público lector como la crítica literaria, perdiesen fe en la originalidad del escritor. Tendrían que pasar casi treinta años después de la muerte de Huidobro, en 1948, para que se le comenzase a conceder verdadero mérito a su obra. El escritor y crítico guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo, acusó a Vicente Huidobro en un artículo literario del Cosmópolis de Madrid (30 de junio de 1920), de imitar al poeta francés Pierre Reverdy; Reverdy había sido el director de Nord-Sud y trabajó con Huidobro, compartiendo numerosas veladas en la casa del chileno, en Montmartre. Gómez Carrillo, a su vez, aseguraría que Huidobro habría antedatado su obra El espejo de agua, con el año 1916, y así aparecer como el primer creacionista de la falange vanguardista que entonces se fraguaba en París. El escritor y crítico español, Guillermo de Torre, quien en un principio trabó amistad con Huidobro, corroboraría en artículos periodísticos posteriores, los cargos del guatemalteco. Ha sido sólo a partir de la década de 1970 que se ha depositado en Huidobro, de manera más extendida, la distinción de ser el primer poeta que cimentara, en español, una teoría y una práctica estéticas que redundaron en el expedito advenimiento de un sin número de movimientos de vanguardia, tanto en España, como en América Latina. En ese sentido, como lo ha expresado René de Costa, Huidobro fue para la vanguardia de habla hispana lo que fue Rubén Darío para el modernismo. Sin embargo, y a pesar de este reconocimiento postrero del poeta, aún circulan estudios que perpetúan la polémica o que la aclaran al pasar, tomando una u otra posición en el asunto, originando así exposiciones incompletas y partidistas. Ninguno efectúa una labor comparativa, ni de los individuos al centro de la disputa, ni de sus obras; ninguno ha podido, por fin, verificar si las imputaciones tienen o no bases en las cuales sostenerse. Falta, por ende, escrutar tanto a los individuos como a sus creaciones para mediar una resolución comparativa que dé término, de manera equilibrada y concluyente, al debate sobre los cuestionamientos de la originalidad del Creacionismo. Falta, igualmente, exponer ciertas circunstancias del contexto colaborativo entre los poetas que generó, como resultado, espíritus con influjos creativos cercanos, ánimos similares, pero que en la poesía concreta de ambos no forjó equivalentes. El temple de Huidobro fue controvertible en todas las facetas de su existencia: gran teórico polemista, escritor bullicioso y vanguardista muy comprometido con la originalidad. No había cabida en su pluma para la imitación ni el plagio, ya que no necesitaba aquello. Él era, en sí, una fuente inagotable de creatividad y de autenticidad. Sin embargo, no faltaron quienes cuestionaran sus inicios de vanguardia. Los más notables detractores del poeta fueron los críticos Gómez Carrillo y De Torre quienes, de manera desfachatada, decidieron ignorar la obra temprana de Huidobro para imputarle falsas acusaciones. Y está muy claro que en el periodo inicial del poeta, conocido como romántico-simbolista y correspondiente a una época bastante anterior a su contacto directo con Europa, ya se prefiguraba su espíritu vanguardista y original. Huidobro viajó a Europa transportando un invernáculo teórico-poético que prosperaría rápidamente en el Viejo Continente, porque su voluntad literaria confluía con aquellos vanguardistas que conocerán al poeta por el 1917. En particular, y ya desde sus inicios como escritor y estando aún en el liceo, Huidobro citaba en sus trabajos de forma fehaciente ciertos preceptos del filósofo Ralph Waldo Emerson. Emerson consideraba que la naturaleza está por debajo del poeta y que, como dueño de la palabra, el escritor debe poseerla, dominarla y no imitarla. Esa incipiente teoría de quinceañero, más la prefiguración vanguardista en su obra temprana, convergerían claramente con los preceptos que defendieron los vanguardistas europeos a principios del siglo XX. Por lo tanto, una vez en Francia, su inmersión en el selecto grupo de escritores que se fraguaba en París, por el 1916-1917, fue natural y bienvenida. Es el mismo Huidobro quien se percata de la vitalidad de tener una publicación de vanguardia en francés, idioma que dominaba plenamente, por lo que decide impulsar monetariamente la inauguración de la revista Nord-Sud, con su amigo poeta, Pierre Reverdy, a la cabeza. La revista sirvió para aunar a escritores de la misma calidad y espíritu creativos que Huidobro y le permitió al chileno desarrollar su carrera, abriendo nuevos espacios en Europa. En cuanto al cuestionamiento sobre la publicación de su notable obra El espejo de agua de 1916, las pruebas analizadas sobre su inteligencia artística son fehacientes: Huidobro no tuvo la necesidad de realizar dicho ardid, pues fue un escritor verdaderamente fecundo. Su abundancia literaria fue, más bien, una fuerza que no hizo otra cosa que crear influjos y la admiración literaria de otros. No hay que olvidar el gran asombro que suscitó en su visita a España a fines de 1916 y posteriormente, y con más frecuencia en 1918, periodos en los cuales sembró sus más fértiles semillas entre los escritores españoles del momento. Esos mismos gérmenes luego se propagarían por todo el mundo de habla hispana, con el florecimiento de docenas de movimientos de vanguardia. Una vez probada la originalidad artística de Huidobro, queda por contestar por qué los cuestionamientos y las acusaciones en su contra han persistido por tanto tiempo. Las respuestas no se encuentran en la obra, que es, sin duda, única, sino que se descubren en las cosas cotidianas, en los roces personales que surgieron con posterioridad entre los participantes de las incipientes vanguardias. Un ejemplo es su renuncia al círculo Nord-Sud. Huidobro no tan sólo renuncia al grupo, sino que, a su vez, deja de financiar la ya afamada revista. Sin su ayuda monetaria y colaboración literaria, esta no pudo subsistir. Fue sólo cuando Huidobro dejó de aportar económicamente que Reverdy comenzó a acusarlo de plagiario, junto con inculpar de lo mismo a otros de sus colaboradores que también decidieron partir. Es verdad que en este grupo de vanguardia hubo confluencias de ánimo, de motivación creativa: abandonar las viejas formas decimonónicas imitativas de la realidad, para dar inicio a una nueva era literaria en la cual las imágenes poéticas las descubría e inscribía el escritor en su obra. Reverdy y Huidobro compartían plenamente dichos principios, pero ambos produjeron obras disímiles. Al explorar las personalidades de ambos escritores se descubren naturalezas dispares, lo cual explica aquella opuesta manera de crear. Una breve biografía de Reverdy comprueba que fue una persona retraída, que prefería la soledad de su cuarto en la búsqueda de las ansiadas imágenes que, según él, el espíritu habría de proporcionarle. Y el estudio del temple de Huidobro indica que él fue todo lo contrario. El poeta chileno fue un impetuoso personaje en constante invención de mundos creados, tal cual lo postuló desde niño en sus manifiestos y ensayos. Es por eso que un análisis en detalle de las obras de ambos, evidencia que en la práctica no existen verdaderas concomitancias, pero que sí existió una hermandad de voluntades en el momento de su encuentro y colaboración en Nor Sud. Es más, la única coincidencia real entre poemas que se logró localizar entre sus obras, se descubre en las obras más antiguas de Huidobro; es decir, en sus primeros poemas de corte romántico-simbolista (1911-1915). Muchos versos huidobrianos antiguos concuerdan temáticamente con gran parte de la obra de Reverdy a partir de 1915, época de la gran polémica entre ambos. El desfase temporal, sin embargo, sólo comprueba que no hubo plagio por parte de Huidobro y que en temas y mecanismos de creación hay elementos comunes, tanto a europeos como a latinoamericanos, sin que ello constituya un acto de apropiación de parte de estos últimos. Se trata, en el fondo, de convergencias libres de intencionalidad plagiaria. Para enmarcar más aún este concepto, se formula un postulado que pasará a denominarse adquisición adecuada. Este marco experimental se relaciona en parte con la teoría de la apropiación, del crítico Bernardo Subercaseux. En su propuesta, Subercaseux advierte que dos individuos de localidades tan apartadas como son Europa y América Latina, pueden convenir en articulaciones artísticas comparables en sus aspectos generales y estos no tienen por qué ser hurtos o imitaciones. La teoría de la adquisición adecuada, por su parte, está de acuerdo con lo expuesto por el crítico Subercaseux, pero agrega algo más: Hay influjos intelectuales, que aquí se señalarán como proyecciones intelectuales o bagajes subjetivos, que pueden estar presentes en otros escritores, pero que a su vez los inmunizan de ser plagiarios. La teoría de adquisición adecuada proporciona una línea analítica que facilita el careo profundo de las obras de Reverdy y de Huidobro, precisando que, aparte de que ambos intervinieron como activos miembros de la vanguardia y que ambos respetaron ciertos atributos colectivos de esta, sus obras fueron particulares y categóricamente distintas. La magnificencia de Reverdy residía en una abstracción meditativa espiritual; la grandeza de Huidobro en una tarea autoimpuesta de plasmar, casi de manera eufórica, mundos nuevos en el poema.

Archivo del blog

Autobiografía III Figuras Simbólicas Medida de Francia Sur y Cía. OCAMPO VICTORIA.

  JUSTIFICACIÓN   Hace casi veintisiete años que recibí la última carta de Victoria Ocampo. Ella, sin embargo, todavía tuvo tiempo para esc...

Páginas