domingo, 5 de mayo de 2019

EL PROBLEMA INSOLUBLE G. K. Chesterton

 
EL PROBLEMA INSOLUBLE

G. K. Chesterton
ESTE extraordinario incidente, en algún sentido quizás el más extraño de todos, le ocurrió al Padre Brown en la época en que su amigo el francés Flambeau se había retirado de la profesión del crimen para entrar, con gran energía y éxito, en la profesión de investigador del crimen. Coincidían ambos, ladrón y atrapador de ladrones, en la persona de Flambeau, que se había especializado en materia de robos de joyas, y en la cual se consideraba un experto, no sólo identificando joyas, sino también identificando ladrones de joyas. Y en relación con este especial conocimiento del asunto y con una comisión especial que se le había encargado, cierta mañana llamó al sacerdote, y entonces empezó esta historia.
El Padre Brown se mostró muy complacido de oír la voz de su viejo amigo, aunque fuera por teléfono; a pesar de que, ya de siempre, y en especial en aquellos momentos, el Padre Brown no estaba muy satisfecho del teléfono. Era una de estas personas que prefieren observar la cara de las gentes y percatarse de la atmósfera social en que se mueven, y sabía que sin estos datos los mensajes verbales pueden fácilmente desorientar, en especial cuando proceden de desconocidos. Y parecía como si en aquella precisa mañana un enjambre de completos desconocidos hubiesen estado zumbando en sus oídos mensajes verbales más o menos confusos; el teléfono parecía estar poseído por el demonio de la trivialidad. Tal vez la voz más clara fue una que preguntó si había o no extendido unos permisos para asesinar y robar mediante el pago de una determinada tarifa de precios colgada en las paredes de su iglesia; y cuando el desconocido fue informado de que no había tal cosa, cortó el coloquio; su risa hueca hacía presumir que no quedaba convencido. Después, una inquieta e inconsecuente voz de mujer lo llamó requiriéndolo para que fuera en seguida a cierto hotel que se encontraba, según él había oído decir, a unas cuarenta y cinco millas, en la carretera de la vecina ciudad, donde estaba la catedral más próxima; el ruego fue seguido inmediatamente por la contradicción de la misma voz, más inquieta e inconsecuente todavía, diciendo que no fuese, porque ya no era necesario. Después vino el intermedio de una agencia periodística preguntándole si tenía algo que decir a propósito de lo que una actriz de cine había dicho sobre los bigotes de los hombres, y, finalmente, una tercera llamada de la inquieta e inconsecuente dama del hotel insistiendo en que se le necesitaba, a pesar de todo. Supuso vagamente que todo aquello se debía a las confusiones frecuentes que sufren los que, precipitadamente, buscan direcciones en la guía. Pero confesaba que le alivió considerablemente oír la voz de Flambeau, después de toda esta serie de llamadas, con el cordial aviso de que iba inmediatamente a tomar el almuerzo con él.
El Padre Brown prefería charlar con un amigo, sentado cómodamente y fumando una pipa, pero se dio cuenta pronto de que su visitante venía en plan de guerra, lleno de energía y con la sana intención de llevarse cautivo al pequeño sacerdote a alguna importante expedición de las suyas. Es verdad que en aquel asunto concurrían especiales circunstancias, que se suponía habían de llamar la atención del sacerdote. Últimamente, Flambeau había intervenido con éxito evitando el robo de célebres piedras preciosas. Había devuelto la corona de la duquesa de Dulwich arrebatándola de las mismas manos del bandido en el momento en que éste cruzaba el jardín como una flecha. Preparó una tan ingeniosa trampa para el ladrón que pensaba llevarse el célebre zafiro Necklace, que el artista en cuestión se llevó la imitación que él mismo tenía preparada para dejar en el lugar de la joya auténtica.
Éstas eran las razones por las cuales había sido elegido para custodiar un tesoro excepcional, tal vez valiosísimo ya materialmente, pero que poseía también otro valor. Un relicario famoso en el mundo entero, en el que había una reliquia de Santa Dorotea, mártir, que iba a ser entregada a un monasterio católico de la ciudad episcopal; y se suponía que un ladrón internacional tenía puestos los ojos en aquél. Más probable por el oro y los rubíes de su orfebrería que por su pura importancia hagiográfica. Algo en su subconsciente hacía creer a Flambeau que el sacerdote era un compañero particularmente indicado para esta aventura. Y se presentó a él transpirando fuego y ambición y muy voluble en cuanto a sus panes para prevenir el robo.
Flambeau habló retorciéndose sus grandes bigotes, en su característica actitud de mosquetero fanfarrón.
—No puede ser —decía, refiriéndose a las sesenta millas que había hasta Canterbury—, no puede permitir un robo sacrílego como éste, así, ante sus propias narices.
La reliquia no llegaría al monasterio hasta el atardecer, y los que la custodiaban no tenían necesidad de llegar antes. En realidad, con el viaje en automóvil harían tiempo. Además, el Padre Brown recordó que, casualmente, había una posada en la carretera en la cual le gustaría almorzar, ya que le habían rogado que fuese allí lo más pronto posible; esto era lo más conveniente. Mientras cruzaban el paisaje de espesos bosques y de población tan dispersa que las ventas y los caseríos se hacían cada vez más raros, la luz del día empezó a ceder a la oscuridad de un crepúsculo tormentoso, y nubes de oscura púrpura se amontonaban sobre las sombrías y grises arboledas. Con esta rara luz, el color que tenía el paisaje parecía ponerlo en incandescencia, como no sucede nunca bajo la plena luz del sol, y hojas doradas, rojas y anaranjadas parecían arder en una especie de fuego oscuro. A esa media luz atravesaron la gran barrera gris de los bosques, como si la cortaran, y más allá de su límite vieron la posada alta y de aspecto algo exótico que llevaba el nombre de «El dragón verde».
Los dos antiguos compañeros habían llegado muchas veces juntos a posadas y otras clases de viviendas habitadas, encontrando singulares estados de cosas; pero las señales de singularidad raramente se habían manifestado tan pronto. Porque mientras su coche estaba aún a algunos cientos de yardas de la posada, la puerta verde oscuro que hacía juego con los postigos del mismo color del alto y estrecho edificio se abrió de par en par con violencia y una mujer de rojo cabello desordenado se lanzó a su encuentro como si fuera a acometer al automóvil en plena carrera. Flambeau frenó para detenerse, pero antes de que lo hiciera por completo, ella ya había metido su pálido y trágico rostro por la ventanilla, diciendo:
—¿Es usted el Padre Brown? —Y después, casi con el mismo tono de voz—: ¿Quién es este hombre?
—Este caballero se llama Flambeau —repuso el Padre Brown tranquilamente—. ¿Qué desea de mí?
—Entre en la posada —contestó con extraordinaria brusquedad la mujer, posiblemente más de la que requerían las circunstancias—. Ha habido un asesinato.
Bajaron del coche en silencio y la siguieron hacia la puerta de la cerca, que se abría hacia dentro y daba a una especie de pasadizo formado con estacas de madera, y con parras y ramas entrelazadas, en las que estaban prendidas hojas en negro, rojo y otros colores sombríos. Luego penetraron por otra puerta interior que daba a un amplio recibidor adornado con rústicos trofeos de caza. El mobiliario era antiguo y en la estancia reinaba un gran desorden, como si en realidad se tratase de un trastero. Se asustaron porque pareció como si uno de los trastos se levantara para ir hacia ellos; tal era de polvoriento, raído y torpe el hombre que así abandonaba lo que parecía un estado permanente de inmovilidad.
Y, cosa extraña, el hombre mostró cierta vivacidad y cortesía una vez que se hubo puesto en movimiento, surgiendo, como lo hizo, de entre los barrotes de madera de una vieja escalera de mano y la gualdrapa de un caballo. Ambos, Flambeau y el Padre Brown, tuvieron la impresión de que nunca habían puesto los ojos en un hombre tan difícil de clasificar. No era lo que se llama un caballero, pero tenía algo del envarado refinamiento propio de persona que ha estudiado. Había algo de declassé en él; pero tenía un ligero aspecto de libresco y de bohemio. Era delgado y pálido, con una puntiaguda nariz y una negra barba en punta; la cabeza era calva, salvo por detrás, en donde tenía una cabellera larga y como fibrosa. La expresión de sus ojos quedaba casi enteramente disimulada por un par de gafas azules. El Padre Brown tuvo la sensación de que había visto algo así en alguna parte, hacía mucho tiempo, pero no pudo localizar de quién se trataba. El trasto estaba sentado en otro trasto muy literario; concretamente, un montón de folletos y libelos del siglo XVII.
—¿Entendimos bien a la señora —preguntó Flambeau con gravedad— cuando dijo que ha habido un asesinato aquí?
La señora afirmó con su roja y alborotada cabeza. Excepto en sus desordenados y flamígeros cabellos, en lo demás había perdido aquel aire brusco; su vestido negro era de una cierta distinción y elegancia. Sus facciones eran firmes y hermosas y algo había en ella que sugería la doble fortaleza, de cuerpo y alma, que hace a las mujeres poderosas, particularmente en contraste con hombres como aquél de las gafas azules. No obstante, fue él quien dio la única respuesta articulada, interviniendo con cierta añeja galantería.
—Es verdad que mi desgraciada cuñada —explicó— ha sufrido un terrible golpe, que todos hubiéramos deseado evitarle. Hubiera preferido ser yo mismo quien hiciese el descubrimiento, y sufrir solo la aflicción de tener que dar la terrible noticia. Desgraciadamente, fue la propia señora Flood quien encontró a su anciano abuelo, que ya desde hacía tiempo estaba enfermo y postrado en cama, muerto en el jardín de este hotel, en circunstancias tales que hacen suponer que ha habido violencia y agresión. Curiosas circunstancias, puede decirse; muy curiosas circunstancias en verdad.
Y tosió ligeramente, como si se excusara por ellas.
Flambeau se inclinó hacia la señora y le expresó su pesar; después dijo al hombre.
—Me pareció, señor, que usted era el cuñado de la señora Flood.
—Soy el doctor Oscar Flood —replicó otro—. Mi hermano, el esposo de esta señora, está en la actualidad de viaje por el continente, obligado por sus negocios, y ella dirige el hotel. Su abuelo estaba parcialmente paralítico y tenía mucha edad. No se sabía que nunca hubiera salido de su dormitorio; así es que las extraordinarias circunstancias…
—¿Ha llamado al médico y a la policía? —preguntó Flambeau.
—Sí —replicó el doctor Flood—, llamamos después del horrible descubrimiento, pero no podrán llegar antes de algunas horas. Esta posada está tan apartada… Sólo acuden a ella gentes que van a Canterbury o más allá. Por eso solicitamos su valiosa asistencia hasta…
—Si podemos prestar alguna —dijo el Padre Brown, abstraído hasta el punto de parecer incorrecto—; sería mejor que fuéramos a ver las circunstancias en seguida.
Se dirigió hacia la puerta y casi tropezó con un hombre que estaba de espaldas. Un alto y fornido joven con el cabello negro revuelto, que hubiera resultado bien parecido de no ser por la ligera desfiguración de uno de sus ojos, que le daba apariencia siniestra.
—¿Qué demonios está usted haciendo —chilló—, llamando a Tom, Dick o Harry, si, al fin y al cabo, han de esperar a la policía?
—Me haré responsable ante la policía —repuso Flambeau con cierta magnificencia y el aire decidido de quien ha tomado el mando de todo.
Avanzó hacia la entrada y, como era mucho más corpulento que el fornido joven, y sus bigotes tan formidables como los cuernos de un toro español, el joven se colocó detrás, inconscientemente, como quien ha sido adelantado. El grupo salió al jardín y subieron por un sendero hacia la plantación de moreras. Flambeau oyó que el sacerdote decía al doctor:
—No parece querernos mucho, ¿verdad? A propósito, ¿quién es?
—Su nombre es Dunn —dijo el doctor con cierta reserva—. Mi cuñada le dio el empleo de jardinero porque perdió un ojo en la guerra.
A través de las filas de moreras se veía el paisaje del jardín, que presentaba ese bello y siniestro efecto propio de los momentos en que la tierra es más brillante que el cielo. Más allá, donde la luz del sol se quebraba, las copas de los árboles parecían pálidas llamas verdes contra un cielo oscurecido por la tempestad y cruzado por franjas púrpuras y violeta. Los parajes del jardín, a pesar de su luminosidad, resultaban más sombríos y misteriosos bajo aquella luz. Los parterres estaban adornados con gran profusión de tulipanes, que parecían gotas de sangre oscura. Algunos de ellos hubiera podido afirmarse que eran verdaderamente negros. La hilera terminaba en un gran árbol el cual fue asociado confusamente por el Padre Brown con el llamado árbol de Judas. Motivó esta asociación de ideas el hecho de que colgara de una de sus ramas, como un fruto maduro, el seco y flaco cuerpo de un anciano, con una larga barba que el viento agitaba grotescamente.
Se encontraban ante algo peor que el horror de la oscuridad: ante el horror de la luz del crepúsculo. Porque aquella fantástica y caprichosa luz pintaba al árbol y al hombre con alegres colores de decoración de teatro. El árbol estaba con todas sus hojas y el cuerpo colgaba envuelto en una bata verde y con un casquete escarlata en su oscilante cabeza. Calzaba babuchas rojas, una de las cuales había caído sobre la hierba, semejando una mancha de sangre.
Pero ni Flambeau ni el Padre Brown se fijaban en esto. Estaban ambos con los ojos fijos en un extraño objeto que parecía salir del centro de la contraída figura del muerto, y que gradualmente identificaron como el oxidado y oscuro puño de una espada del siglo XVII, la cual había traspasado completamente al cadáver. Ambos quedaron contemplándolo inmóviles, hasta que el inquieto doctor Flood, cuya impaciencia parecía aumentar ante la perplejidad de los otros, dijo, haciendo crujir impaciente sus dedos:
—Lo que más me intriga es el estado actual del cadáver. Y eso que ya tengo una idea…
Flambeau avanzó hacia el árbol e inspeccionó con una lente el puño de la espada. Por alguna extraña razón, en aquel mismo instante el sacerdote, con inocente malicia, giró sobre sus pies como una peonza, dio la espalda al cadáver y miró a hurtadillas en dirección opuesta. Tuvo tiempo de ver la cabellera roja de la señora Flood en el otro extremo del jardín, vuelta hacía un joven moreno, demasiado impreciso por la distancia para ser identificado, que en aquel momento montaba en una motocicleta, y desaparecía seguidamente, dejando tras de sí sólo el ruido amortiguado del vehículo. La mujer se volvió y empezó a andar hacia ellos, atravesando el jardín, justamente cuando el Padre Brown se volvía también y comenzaba una minuciosa inspección del puño de la espada y del cuerpo colgante.
—Entendí que lo habían encontrado hace sólo media hora —dijo Flambeau—. ¿Estuvo alguien aquí anteriormente… quiero decir alguien en su casa, o junto a ella o en esta parte del jardín… algo así como una hora antes?
—No —repuso el doctor con precisión—. Esto es lo trágico del caso. Mi cuñada estaba en la despensa, una pequeña construcción adjunta, al otro lado, y yo me entretenía, con los libros que ustedes han visto, en una habitación situada precisamente detrás de aquella en que me encontraron ustedes. Hay dos sirvientas; una había ido al correo y la otra estaba en el desván.
—¿Y no estaría alguno de entre toda esa gente —preguntó Flambeau, recalcando—, digo alguno de ellos enemistado con el pobre viejo?
—Él era objeto de casi universal estimación —replicó el doctor solemnemente— y si existía alguna diferencia, era sin importancia, y de una clase muy frecuente en los tiempos actuales. El anciano estaba ligado a las viejas costumbres religiosas; y tal vez su hija y su yerno tenían ideas más amplias. Nada de esto tiene que ver con tan espantoso y fantástico crimen.
—Depende de lo amplias o cerradas que sean las modernas ideas —comentó el Padre Brown. En este momento oyeron a la señora Flood gritar a través del jardín, y vieron cómo se acercaba llamando a su cuñado, con cierta impaciencia. Éste corrió hacia ella y pronto estuvo fuera del alcance de sus oídos; pero al irse se excusó con un ademán y apuntó con su largo índice hacia el suelo.
Los dos detectives aficionados se miraron con asombro.
—Hay varias cosas más que encuentro muy intrigantes —dijo Flambeau.
—¡Oh, sí! —repuso el cura, mirando embobado la hierba.
—Estoy pensando —dijo Flambeau— por qué colgarían a un hombre por el cuello hasta hacerle morir, para luego tomarse la molestia de atravesarlo con una espada.
—Y yo estaba pensando —añadió el Padre Brown— por qué matarían a un hombre atravesándole con una espada el corazón y después se tomarían la molestia de colgarlo por el pescuezo.
—¡Oh! Está usted llevándome la contraria —protestó su amigo—. Puedo descubrir con una sola ojeada que no lo apuñalaron en vida; el cadáver habría sangrado más y la herida no se hubiera cerrado así.
—Y yo puedo descubrir de una sola ojeada —dijo el Padre Brown alzándose torpemente sobre las puntas de los pies para alcanzar a ver con su corta estatura y su vista corta— que no lo colgaron vivo. Si observa usted el nudo del lazo corredizo verá que está atado tan groseramente que una vuelta de la cuerda no aprisiona el cuello; así es que no podía ahogarlo de ninguna manera. Estaba muerto antes de que le pusieran la cuerda al cuello, y lo estaba también antes de clavarle la espada. Y, ¿cómo fue realmente asesinado?
—Creo —anotó el otro— que lo mejor será volver a la casa y dar una ojeada a su dormitorio… y a otras cosas.
—Así lo haremos —dijo el Padre Brown—. Pero, entre otras cosas, tal vez sea conveniente observar estas pisadas. Mejor será empezar por el otro extremo, junto a la ventana. Bien; no hay huellas en el piso embaldosado y debiera haberlas; pero asimismo debiera no haberlas. Aquí está, éste es el prado al que da la ventana de su cuarto. Aquí aparecen sus pisadas bastante claras.
Guiñó un ojo mirando hacia las huellas, como si se tratase de un mal agüero. Siguió las huellas en dirección al árbol; de cuando en cuando bajaba la cabeza, con muy poco garbo, para mirar algo en el suelo. Como por azar, se volvió hacia Flambeau y le dijo, con cierta locuacidad:
—Bueno, ¿conoce usted la historia que está escrita aquí con tanta claridad? A pesar de que no es precisamente una historia clara.
—No me parece bastante llamarla poco clara —dijo Flambeau—. La llamaría, más pronto, fea.
—Como guste —repuso el Padre Brown—. La historia estampada con toda claridad en la tierra con los moldes exactos de las zapatillas es ésta. El anciano paralítico saltó ágilmente desde la ventana y recorrió las parcelas de tierra paralelas al sendero, ansioso del placer de ser estrangulado y apuñalado; tan ansioso que saltó con una sola pierna y sin fallar, como un gabarrero; y hasta en ocasiones rodó como las ruedas de un carro.
—¡Basta! —gritó Flambeau, enfadado—. ¿Qué demonios es esa maldita historia?
El Padre Brown se limitó a levantar las cejas y señaló amablemente hacia los jeroglíficos en la tierra. Durante la mitad del camino veíase la marca de una sola zapatilla y en algunos sitios la de una mano.
—¿No pudo saltar y caerse? —preguntó Flambeau.
El Padre Brown movió la cabeza.
—Por lo menos trató de usar sus manos y sus pies, o sus rodillas y codos para levantarse. Claro está que el pasadizo embaldosado está muy cerca y allí no hay marcas. Aunque debiera haberlas en la hierba de las hendiduras; el pavimento está resquebrajado.
—¡Dios mío! Nos encontramos ante un resquebrajado pavimento, un resquebrajado jardín y una resquebrajada historia.
Y Flambeau miró melancólico al triste jardín, maltratado por la tempestad.
—Y ahora —dijo el Padre Brown— subamos a ver su dormitorio.
Entraron por una puerta próxima a la ventana del dormitorio, y el sacerdote se detuvo para examinar un tosco palo de escoba de jardín que estaba apoyado contra la pared.
—¿Ve usted esto?
—Es un palo de escoba —repuso Flambeau con profunda ironía.
—Es un desatino —replicó el Padre Brown—, el primer desatino que he visto en este curioso enredo.
Subieron la escalera, entraron en el dormitorio del anciano y una sola mirada bastó para descubrir con claridad meridiana el principal motivo de desunión de la familia. El Padre Brown creyó desde el principio que estaba en lo que era o había sido una casa de familia católica; pero que ahora estaba, por lo menos en parte, habitada por tibios o enfriados del todo. Las pinturas y las imágenes del cuarto del abuelo ponían en claro que lo que quedaba de piedad positiva había sido confinado allí y que los parientes, por una razón u otra, se habían vuelto descreídos. Sin embargo, estaba de acuerdo en que ese motivo no justificaba un crimen corriente. ¿Cómo iba a justificar un crimen extraordinario como aquél?
—¡Que lo cuelguen todo! —murmuró—. El asesinato es realmente la parte menos extraordinaria. —Y, al propio tiempo que repetía aquella exclamación, su cara empezaba a iluminarse poco a poco.
Flambeau miraba ceñudo tres o cuatro píldoras o bolitas que había en un platito, junto a una botella de agua.
—El asesino o asesinos —dijo Flambeau— tienen un incomprensible motivo para obligarnos a pensar que el muerto fue estrangulado o traspasado, o ambas cosas a la vez. No fue estrangulado ni apuñalado, ni nada de eso. ¿Por qué necesitan fingirlo? La más lógica explicación es que murió de algún modo anormal, que si conociéramos podríamos relacionar con alguna persona. Supongamos ahora que murió envenenado. Y supongamos que está complicado en el asunto alguien que pudiera, naturalmente, parecer un envenenador mejor que otro cualquiera.
—Después de todo —repuso el Padre Brown—, nuestro amigo de las gafas azules es un médico.
—Voy a examinar esas píldoras con cuidado —continuó Flambeau—. No quiero echarlas a perder. Parecen solubles en el agua.
—Le llevará mucho tiempo hacer algo científico con ellas —dijo el sacerdote— y el médico forense puede estar aquí antes. Así es que le aconsejaría no tocarlas. Esto si realmente piensa esperar al médico de la policía.
—Me quedaré aquí hasta que haya resuelto este problema —dijo Flambeau.
—Entonces se quedará aquí para siempre —afirmó el Padre Brown mirando con calma por la ventana—. Yo no pienso seguir en esta habitación, desde luego.
—¿Quiere dar a entender que no resolveré el problema? —preguntó su amigo—. ¿Por qué no he de resolverlo?
—Porque no es soluble en el agua. Ni en la sangre —dijo el clérigo. Y bajó las oscuras escaleras hasta el sombrío jardín. Allí vio otra vez lo que había visto desde la ventana.
El bochorno y la oscuridad parecían acentuar su presión; el sol, allá arriba, por encima de todo, en un estrecho claro, lucía más pálido que la luna. Había un ruido lejano de truenos en el aire, pero ni el más leve movimiento de brisa, y los vivos colores del jardín parecían sólo matices de la oscuridad. Sin embargo, un color brillaba en la penumbra; era el cabello rojo de la mujer de la casa, que permanecía allí, rígida, con la mirada fija, mesándose los cabellos. Esta escena del crepúsculo, junto con algo más profundo de cuyo significado dudaba, le trajo a la superficie el recuerdo de unas líneas místicas nunca olvidadas. Se sorprendió a sí mismo murmurando:
—Un lugar secreto tan salvaje y encantado como nunca se vio, bajo una luna menguante, era frecuentado por una mujer que invocaba a su demonio amado. —Su murmullo se hizo más agitado—. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores… Esto es tan terrible como aquello…, una mujer invocando a su demonio amado.
Parecía muy excitado y casi temblaba cuando se acercó a la mujer; pero habló con su habitual compostura. La miraba con firmeza cuando le dijo gentilmente que no debía trastornarse por los accidentes meramente accesorios de la tragedia, no obstante su atroz insensatez.
—Las estampas de la habitación de su abuelo eran más verdad para él que esta cruel estampa que vemos nosotros —dijo gravemente—. Algo me dice que era un hombre bueno y no tiene importancia lo que sus asesinos hicieran con su cadáver.
—¡Oh, estoy harta de las estampas e imágenes santas! —repuso ella, volviendo la cabeza.
—Seguramente —dijo el Padre Brown muy suave— no es generoso abusar de la paciencia de Dios con nosotros.
—Dios puede ser paciente y el hombre impaciente —contestó ella—. Y supongo que preferimos la impaciencia. Vosotros lo llamáis sacrilegio, pero no podéis evitarlo.
El Padre Brown dio un extraño brinco.
—Sacrilegio —dijo, y de pronto se volvió hacia la entrada con aire de decisión. Al propio tiempo apareció Flambeau, pálido de excitación, con un trozo de papel en la mano. El Padre Brown abrió la boca para hablar, pero su impetuoso amigo lo hizo antes.
—¡Al fin estoy sobre la pista! —gritó—. Estas píldoras parecen todas lo mismo, pero en realidad son diferentes. Y, ¿sabe usted?, en el preciso momento en que yo las examinaba, aquel bruto de un solo ojo, el jardinero, asomó su cara pálida… Llevaba un pistolón en las manos. Se lo arrebaté y a él le lancé escaleras abajo… Pero ahora empiezo a entenderlo todo. Si me quedo aquí una hora o dos más acabaré mi trabajo.
—Entonces no lo acabará —dijo el sacerdote con un timbre de voz muy raro en él—. No permaneceremos aquí otra hora, ni siquiera un minuto. ¡Debemos abandonar este sitio en seguida!
—¡Qué! —gritó Flambeau, consternado—. ¡Justamente cuando estábamos tan cerca de la verdad…! ¡Podemos decir que estamos cerca porque nos temen!
El Padre Brown lo miró con pétreo e inescrutable semblante y dijo:
—No nos temerán mientras estemos aquí. Nos temerán cuando no estemos.
Tenía la seguridad de que la inquieta figura del doctor Flood estaba rondando en la lúgubre oscuridad. En aquel mismo instante se precipitó hacia ellos con ademanes extravagantes.
—¡Alto! ¡Óigame! —gritaba el agitado doctor—. ¡He descubierto la verdad!
—Entonces podrá usted explicarla a la policía —dijo el Padre Brown secamente—. Llegará pronto. Pero nosotros hemos de irnos.
—¡No puede ser! —gritó—. No quiero engañarlas ahora diciendo que he descubierto la verdad. Quiero sólo confesar la verdad.
—Confiésela a su sacerdote —repuso el Padre Brown, y se dirigió a zancadas hacia la puerta del jardín, seguido por su asombrado amigo. Antes de alcanzar la valla, otra figura se lanzó, como el viento, tras él; era Dunn, el jardinero, que mascullaba ciertos ininteligibles insultos para los detectives que abandonaban su trabajo. El clérigo bajó la cabeza a tiempo para esquivar un golpe de pistolón, manejado como cachiporra. Pero Dunn no tuvo tiempo de esquivar un golpe del puño de Flambeau, el cual era como la maza de Hércules. Lo dejaron atrás, tendido en el suelo. Cruzando la puerta de la valla, salieron sin decir ni una sola palabra y subieron al coche. Después, Flambeau hizo una pregunta y el Padre Brown respondió solamente: «Canterbury».
Por fin, después de un largo silencio, el sacerdote observó:
—Estoy a punto de creer que la tempestad estaba contenida sólo en el jardín y que nació de una tormenta en el alma.
—Amigo mío —dijo Flambeau—, le conozco desde hace mucho tiempo, y cuando usted da señales de certidumbre le sigo como a un guía. Pero espero que no irá a decirme que me ha alejado de un trabajo tan fascinador sólo porque no le gustaba la atmósfera.
—Sí, era ciertamente una atmósfera terrible —replicó el Padre Brown—. Espantosa, apasionada y opresiva. Y lo más espantoso de ella es que no había odio ninguno.
—Alguien —sugirió Flambeau— parece haber tenido un pequeño disgusto con el anciano papá.
—Nadie tuvo disgusto alguno con nadie —dijo el Padre Brown, con un suspiro—. Eso es lo espantoso en aquella oscuridad. Era el amor.
—Curioso modo de expresar el amor: estrangular a uno y atravesarlo con la espada —observó el otro.
—Era el amor —repitió el clérigo— y llenaba la casa de espanto.
—No me diga —protestó Flambeau— que aquella hermosa mujer amaba a esa araña con gafas.
—No —dijo el Padre Brown, suspirando otra vez—. Ama a su marido. Y es triste.
—Es un estado de cosas que le he oído comentar más de una vez —replicó Flambeau—. No puede llamarlo el amor del desamor.
—No desamor en ese sentido —contestó el padre Brown; giró rígido sobre su codo y habló más animadamente—: ¿Cree usted que yo desconozco que el amor de un hombre y una mujer fue el primer mandato de Dios y que es glorioso siempre? ¿Es usted de esos idiotas que creen que nosotros no admiramos el amor y el matrimonio? ¿Necesito que me cuenten lo del jardín del Edén o lo del vino de Caná? Precisamente porque la fuerza de las cosas es la fuerza de Dios, estalla con terrible energía aun cuando huya de Dios, aun cuando el jardín se convierta en una selva, pero que es siempre una selva gloriosa; aun cuando una segunda fermentación convierta el vino de Caná en el vinagre del Calvario. ¿Cree usted que no sé todo esto?
—Estoy seguro de que lo sabe —dijo Flambeau—. Pero yo no sé aún gran cosa del problema del asesinato.
—El del asesinato no puede ser resuelto —dijo el Padre Brown.
—¿Y por qué no? —preguntó su amigo.
—Porque no hay asesinato que resolver —dijo el Padre Brown.
Flambeau quedó en silencio de puro sorprendido; y su amigo continuó en tono tranquilo:
—Le contaré una cosa curiosa. Hablé con esa mujer cuando estaba trastornada por la pena; pero no dijo nada acerca del asesinato, ni mencionó esta palabra. Lo que sí mencionó repetidamente fue la palabra sacrilegio.
Entonces, cambiando otra vez bruscamente de tema, añadió:
—¿Ha oído hablar alguna vez de Tigre Tyrone?
—¡Que si he oído! —gritó Flambeau—. ¿Por qué? Ése es el hombre a quien se supone rondando detrás del relicario y también a quien, por comisión especial, he de seguir la pista. Es el más peligroso y osado gángster, que ha visitado este país. Irlandés, desde luego, pero furioso anticlerical. Tal vez está metido de lleno en esas diabólicas sociedades secretas. Por lo que fuere, tiene una afición macabra por toda clase de trucos salvajes que parecen más perversos de lo que realmente son. Sin embargo, él no es de los más malvados; pocas veces ataca y nunca por crueldad. Pero le entusiasma asombrar a las gentes, especialmente a su propia gente, robando iglesias, desenterrando esqueletos y haciendo otras cosas semejantes.
—Sí —dijo el Padre Brown—. Todo esto concuerda. Debía haberlo visto antes.
—No comprendo cómo podía verlo antes, después de una sola hora de investigación —dijo el detective.
—Lo que yo debía de haber visto antes era que allí había algo que investigar —dijo el cura—. Debía saberlo antes de llegar usted esta mañana.
—¿Qué diablos quiere decir?
—Esto nos demuestra cuán falsas suenan las voces por teléfono —siguió diciendo el Padre Brown reflexivamente—. Oí las tres etapas de este asunto por la mañana y creí que sólo eran bromas. Primero, una mujer llamó pidiéndome que fuera a esa posada lo antes posible. ¿Qué quería decir esto? Naturalmente, quería decir que el viejo abuelo estaba muriéndose. Después llamó para decirme que ya no había necesidad de que fuera. Y esto, ¿qué quería decir? Está claro: que el abuelo había muerto. Murió pacíficamente en su cama, probablemente, un fallo del corazón: de vejez. Después llamó por tercera vez y dijo que, a pesar de todo, debía ir. ¿Qué quería decir ahora? ¡Ah! ¡Esto es algo más interesante!
Continuó después de una pausa:
—Tigre Tyrone, cuya esposa le adora, se entregó a una de sus terribles ideas, tan astuta como loca. Él había sabido que usted le seguía la pista, que usted le conocía y conocía sus métodos y que venía para proteger el relicario. Pudo también saber que yo a veces le he prestado alguna ayuda. Quería detenernos en el camino y su recurso para lograrlo era simular un asesinato. Era hacer una cosa horrible, pero no un asesinato. Probablemente enmudeció a su esposa con su brutal sentido común, diciéndole que solamente podía escapar a la acción de la justicia haciendo uso del cadáver, que no había de sufrir por ello. Sea lo que fuere, su esposa haría cualquier cosa por él. Pero sintió todo el natural horror que se siente ante aquella colgante mascarada, y por esto habló de sacrilegio. Pensaba en la profanación de la reliquia, pero también pensaba en la profanación del lecho de muerte. El hermano es uno de esos «científicos» rebeldes que apañan calderos con bombas viejas; un idealista se hubiera opuesto, pero es un incondicional del Tigre, como asimismo el jardinero. Tal vez todo esto influye en su favor, el que tanta gente parezca ser devota de él. Había un pequeño punto que me movió a hacer una conjetura desde el principio. Entre los viejos libros que el médico estaba removiendo había varios panfletos del siglo XVII; cogí uno titulado «La verdadera historia del juicio y ejecución de lord Stafford». Ahora bien, Stafford fue ejecutado con motivo de una conspiración papista, la cual empezó con una histórica novela detectivesca: la muerte de sir Edmundo Berry Godfrey. Godfrey fue encontrado muerto en un foso, y el misterio consistió en que tenía señales de estrangulación y estaba atravesado por una espada. Pensé en seguida que alguien de la casa sacó la idea de allí. Pero no la necesitaban como procedimiento para cometer un crimen. La querían tan sólo como procedimiento para crear un misterio. Después vi que la aplicaron en todos los otros ultrajantes detalles. Eran bastante diabólicos, pero aquello no era diabólico. Era sólo una farsa, porque habían de hacer el misterio tan complicado y contradictorio como fuera posible, para asegurarse de que estaríamos mucho tiempo resolviéndolo…, o más bien investigándolo. Así, sacaron al pobre viejo del lecho de muerte, haciéndole saltar y dar vueltas como una rueda de carro y aun hacer todo lo que no… podía haber hecho. Tenían que darnos un problema insoluble. Barrieron sus propias huellas del sendero, dejando la escoba. Afortunadamente, lo descubrimos a tiempo.
—Usted lo hizo —dijo Flambeau—; yo me hubiera entretenido un poco más sobre la segunda pista que dejaron, amañada con las píldoras adecuadas.
—Bien, sea como sea, nos zafamos —dijo el Padre Brown, arrellanándose en su asiento.
—Y ésta es la razón, presumo, por la que estoy conduciendo a toda velocidad a lo largo de la carretera de Canterbury.
Aquella noche, en el monasterio y en la iglesia de Canterbury iban a producirse acontecimientos que serían el asombro del claustro monástico. El relicario de Santa Dorotea, contenido en un cofrecillo adornado con oro y rubíes, estaba colocado, temporalmente, en una habitación cerca de la capilla del monasterio, para ser llevado en procesión, siguiendo una especial ceremonia, después de la Bendición. Lo guardaba, entretanto, un monje, que vigilaba con gran atención. Porque él y su comunidad conocían todo lo referente al peligro de que Tigre Tyrone realizase una de sus hazañas. Así es que el monje se puso de pie, rápido como un rayo, cuando vio que una de las ventanas con celosía baja empezaba a abrirse y un objeto oscuro se arrastraba como una serpiente negra a través de la hendidura. Lanzóse sobre aquello y lo asió, encontrándose con que era un brazo y una manga de hombre, acabada en un hermoso puño de camisa y un elegante guante gris oscuro. Mientras lo agarraba pidió auxilio a voces, al mismo tiempo que un hombre entraba como una flecha por la puerta, que estaba a su espalda, y arrebataba el cofrecillo que había sobre la mesa. Casi en aquel instante, el brazo, que colgaba de la ventana, se desprendió y quedóse el monje agarrado al embutido miembro de un maniquí.
Tigre Tyrone había hecho esta jugada otras veces, pero el monje era un novato. Afortunadamente, existía por lo menos una persona para quien los trucos de Tigre no eran una novedad. Esta persona apareció con unos mostachos de militar, gigantescamente encuadrado en la entrada, en el preciso momento en que Tigre se disponía a escapar. Flambeau y Tigre se miraron uno a otro, fijamente, y cambiaron un gesto que era casi un saludo militar.
Entretanto, el Padre Brown se había ido silenciosamente a la capilla para rezar una plegaria por varias personas envueltas en este sin par acontecimiento. Pero estaba más bien risueño, y, a decir verdad, no del todo desesperanzado acerca de Mr. Tyrone y su deplorable familia; incluso algo más esperanzado de lo que estaba por muchas gentes más respetables. Después, sus pensamientos se elevaron por influencia de las excepcionales circunstancias del lugar y de la ocasión. Contra el mármol verdinegro, en el extremo de la capilla de estilo parecido al rococó, los ornamentos rojo oscuro de la festividad de un mártir resultaban de un rojo encendido, rojo de ascua, como los rubíes del relicario, las rosas de Santa Dorotea. Y otra vez dirigió sus pensamientos hacia los extraños acontecimientos de aquel día y hacia la mujer que se había estremecido ante un sacrilegio al que ella misma había contribuido. Después de todo, Santa Dorotea tuvo un amado pagano, pero no le había dominado ni destruido su fe. Ella murió libre por amor a la verdad y después le había enviado rosas desde el Paraíso.

Levantó sus ojos y vio el velo de humo del incienso y el parpadeo de las luces, que la Bendición mantenía hasta el fin, mientras la procesión esperaba; el sentido de las riquezas acumuladas por el tiempo y la tradición, que se apretaban desde el pasado, como una multitud avanzando fila tras fila hacia los siglos sin fin; y alto, por encima de todo, cómo una guirnalda de inextinguibles llamas, como el sol de nuestra mortal medianoche, el gran Viril que resplandecía entre la oscuridad de las abovedadas sombras, como resplandece entre el oscuro enigma del universo. Porque algunos están convencidos de que este enigma es un insoluble problema y otros abrigan igual certidumbre de que tiene, sin embargo, una solución.

viernes, 3 de mayo de 2019

EL HACHA DE ORO Gastón Leroux

EL HACHA DE ORO

Gastón Leroux
ME encontraba, hace muchos años, en Gersau, aldea situada a orillas del lago de los Cuatro Cantones, a algunos kilómetros de Lucerna. Había decidido pasar allí el otoño, para terminar un trabajo en la paz de aquel lindo pueblecito, cuyos vetustos tejados puntiagudos se reflejan en las románticas aguas que surcó otrora la barca de Guillermo Tell. Debido a lo avanzado de la estación, los turistas habían partido; los insoportables tartarines procedentes de Alemania, con sus alpenstocks, sus polainas y sus sombreros redondos, inevitablemente adornados con una leve pluma, habían regresado a su país en busca de sus jarros de cerveza, sus choucroute y sus «conciertos magnos», dejándonos al fin el campo libre desde el monte Pilatos a la Mitten y al Rigi.
A la mesa redonda sólo acudíamos ya una media docena de huéspedes, que simpatizábamos unos con otros y que por las noches, charlábamos sobre los paseos del día o tocábamos el piano.Una anciana, siempre envuelta en negros crespones, que jamás había dirigido la palabra a nadie mientras el hotel había estado lleno de turistas, y que nos había parecido siempre la personificación de la tristeza, se reveló como una pianista de primer orden. Sin hacerse rogar, tocaba algunas composiciones de Chopin y, sobre todo, cierta melodía de Schumann, en cuya ejecución ponía tal sentimiento que, al oírla, se nos llenaban de lágrimas los ojos.
Le estábamos todos tan agradecidos por los hermosos ratos que nos había hecho pasar, que decidimos obsequiarla con un recuerdo. Uno de nosotros, que debía ir aquella tarde a Lucerna, fue el encargado de comprar el regalo. Regresó por la noche, con un imperdible de oro que tenía la forma de un hacha.
Pero se dio el caso de que ni aquella noche ni la siguiente vimos a la anciana. Los huéspedes, que se marchaban, me dejaron el hacha de oro.
El equipaje de la dama estaba aún en el hotel y yo esperaba su regreso de un momento a otro, tranquilizado acerca de su suerte por el fondista, quien me dijo que la viajera solía hacer aquellas escapatorias y que no había motivo para alarmarse. En efecto, la víspera de mi marcha, mientras paseaba por última vez por los alrededores del lago, me detuve a poca distancia de la capilla de Guillermo Tell y advertí a la anciana en el umbral del santuario.
Nunca, como en aquel momento, me había impresionado tanto el inmenso desconsuelo que se reflejaba en su rostro, surcado por gruesas lágrimas, ni había percibido, tan claramente como entonces, las huellas, aún visibles, de su antigua belleza. Al verme se echó el velo sobre la cara y se dirigió hacia el lago. Sin vacilar me acerqué a ella y, tras saludarla, le expresé el sentimiento de nuestros compañeros de hospedaje y, por último, como llevaba el regalo en el bolsillo, le entregué el estuche que contenía el hacha de oro. Sonriendo con dulzura, abrió la cajita; pero al ver el objeto que contenía se puso a temblar, apartóse de mí, como temerosa de mi presencia, y, enloquecida, arrojó el imperdible al lago.
Aún no se había desvanecido el estupor causado por su inexplicable conducta, cuando la dama me pidió perdón, sollozando. Cerca de allí había un banco. Nos sentamos en él. Y, tras algunas lamentaciones contra el destino, de las cuales no entendí una palabra, he aquí el extraño relato que me hizo; la triste historia que me confió y que no olvidaré mientras viva. Porque en verdad no conozco destino más horrible que el de la dama enlutada que tocaba, con tanto sentimiento, la melodía de Schumann.
—Va usted a saberlo todo —me dijo—, porque me propongo alejarme para siempre de este país, que he querido ver por última vez. Y, cuando lo sepa usted, comprenderá por qué he arrojado al lago el hacha de oro.
»Nací en Ginebra, en el seno de una distinguidísima familia. Éramos ricos, pero algunas desgraciadas operaciones en la Bolsa arruinaron a mi padre, que murió a consecuencia de ello. A los dieciocho años yo era una muchacha muy hermosa, pero sin dote. Mi madre desesperaba de casarme. Sin embargo, hubiera querido asegurar mi suerte antes de ir a reunirse con mi padre. Tenía yo veinticinco años cuando se me presentó un partido que todo el mundo consideró excelente. Un joven de Brinsgau, que pasaba los veranos en Suiza y que conocimos en el casino de Evian, se enamoró de mí, y lo amé. Herbert Gutmann era un muchacho generoso, sencillo y bueno. A todas las buenas cualidades del corazón parecía unir las de la inteligencia. Aunque no era rico, disfrutaba de cierta holgura económica. Su padre era comerciante y le pasaba una rentita para que viajase, en espera de que Herbert le sucediera en los negocios. Nos disponíamos a ir todos juntos a visitar al anciano Gutmann a su casa de Todnau, en plena Selva Negra, cuando la mala salud de mí madre precipitó los acontecimientos. Como no se sentía con fuerzas para viajar, mi madre regresó apresuradamente a Ginebra, donde, a petición suya, recibió de las autoridades de Todnau los más satisfactorios informes relativos a Herbert y a su familia. El padre, tras sus comienzos de simple leñador, había abandonado el pueblo, al que regresó después de hacer una fortunita “vendiendo madera”. Esto era, por lo menos, cuanto sabían de él en Todnau. No necesitó más mi madre para apresurarse a llenar todas las formalidades necesarias para mi matrimonio, que se celebró ocho días antes de su fallecimiento. Murió en paz, “tranquila por mi suerte”, como decía.
»Mi esposo, con sus cuidados e inagotable bondad, me ayudó a sobreponerme al dolor del espantoso golpe recibido. Antes de regresar a casa de su padre vinimos a pasar una semana aquí, en Gersau, y luego, con gran asombro mío, emprendimos un largo viaje, sin ir antes a ver a mi suegro. Mi tristeza se hubiera desvanecido paulatinamente si no hubiese advertido, casi con espanto, a medida que transcurrían los días, que el humor de mi esposo se volvía cada vez más sombrío. Tal cosa me extrañó considerablemente, porque, en Evian, Herbert me había parecido de un carácter alegre y muy natural. ¿Debía yo descubrir, pues, que toda aquella alegría de entonces era ficticia y ocultaba una honda pena? ¡Ay de mí! Los suspiros que lanzaba cuando se creía solo, y la agitación, a veces alarmante, de su sueño, no me permitía abrigar ninguna esperanza. Resolví interrogarlo. A las primeras palabras que aventuré acerca de su tristeza, me contestó riendo a carcajadas, y luego me llamó locuela y me abrazó apasionadamente, demostraciones que sólo sirvieron para persuadirme más de que me enfrentaba con el más doloroso misterio.
»No podía ocultarme a mí misma que en la conducta de Herbert había algo que se parecía a los “remordimientos”. Sin embargo, hubiese jurado que era incapaz de una acción —no ya baja o vil—, sino indelicada. Entonces, la fatalidad, que me perseguía encarnizadamente, nos hirió en la persona de mi suegro, de cuya muerte nos enteramos encontrándonos en Escocia. Esta funesta noticia abatió a mi marido más de lo que yo podría expresar. Permaneció en silencio toda la noche, sin llorar, sin oír, al parecer, las dulces frases de consuelo con que trataba, a mi vez, de infundirle ánimos. Parecía anonadado. Finalmente, al quebrar el alba, se levantó de la butaca en que se había desplomado y, con el rostro alterado y acento desgarrador, me dijo: “Vamos, Isabel; es preciso regresar. ¡Es preciso regresar!”. Estas palabras, por el tono en que fueron pronunciadas, parecían tener un sentido que yo no alcanzaba a comprender. Era una cosa tan natural regresar al pueblo de su padre, que yo no veía razón ni motivo para que fuese lo contrario. A partir de aquel día, Herbert cambió por completo; se volvió taciturno y lo sorprendí más de una vez llorando desconsoladamente. El dolor causado por la pérdida de su padre no podía explicar todo el horror de nuestra situación, porque no hay en el mundo nada más horrible que el misterio, el profundo misterio que se interpone entre dos seres que se adoran, para separarlos en los momentos de mayor efusión y obligarlos a mirarse uno a otro, enloquecidos, sin comprenderse.
»Llegamos a Todnau a tiempo para rezar junto a una tumba recién cerrada. Este pueblecillo de la Selva Negra, cercano al Valle del Infierno, era lúgubre y no había en él nadie con quien yo pudiese tratar. La casa de Gutmann, en la cual nos instalamos, se levantaba en el lindero del bosque. Era una quinta sombría y aislada, que no recibía más visita que la de un anciano relojero del lugar, al que teníase por rico y había sido amigo del padre de Herbert; se presentaba de cuando en cuando a la hora de las comidas para hacerse invitar. Yo no experimentaba ningún afecto hacia aquel fabricante de relojes, que prestaba dinero a rédito y que, si era rico, aún era más avaro e incapaz de la menor delicadeza. Herbert tampoco quería a Franz Baeckler, pero, por respeto a la memoria de su padre, seguía recibiéndolo.
»Baeckler, hombre sin familia, había prometido muchas veces al anciano Gutmann que no tendría más heredero que Herbert.
Un día éste me habló de ello con verdadera repugnancia, y tuve ocasión, una vez más, de juzgar la nobleza de su corazón. «¿Te gustaría —me dijo— heredar de ese viejo avaro, cuya fortuna se debe a la ruina de todos los pobres relojeros del Valle del Infierno?». «Te aseguro que no —le contesté—. Tu padre nos ha dejado algún dinero; con él, y con lo que tú ganas honradamente, nos bastará para vivir, aun cuando el cielo quiera enviarnos un hijo».
»Al oír esta frase, Herbert palideció. Lo estreché entre mis brazos, temerosa de que se desmayara; pero su rostro volvió a cobrar color. “¡Sí, sí, es verdad, no hay nada mejor que tener la conciencia tranquila!”, exclamó con violencia. Y huyó como un loco.
»A veces, Herbert se ausentaba durante uno o dos días, para atender a sus negocios, que consistían, según decía, en comprar lotes de árboles y revenderlos a los contratistas. No trabajaba por su cuenta: dejaba a los demás el cuidado de hacer traviesas para la vía férrea si los troncos eran de mala calidad, y postes o mástiles para los barcos si eran de una calidad superior. Pero se preciaba de entender el negocio. Esta disposición la había heredado de su padre. Nunca me llevaba con él en sus viajes. Me dejaba sola en la casa con una vieja criada que me había recibido con hostilidad y de la que me escondía para llorar, porque era desgraciada. Tenía la seguridad de que Herbert me ocultaba alguna cosa, una cosa en la cual él pensaba incesantemente. Yo, por mi parte, a pesar de no saber de qué se trataba, tampoco podía apartar mi pensamiento del misterio que había en la vida de mi esposo; y además, aquel inmenso bosque me daba miedo. ¡Y la criada me daba miedo! ¡Y Baeckler me daba miedo! ¡Y también me daba miedo aquel vetusto caserón! Era muy grande, con muchas escaleras que conducían a corredores en los que no me atrevía a aventurarme. Al extremo de uno de esos corredores se hallaba un cuartito en el que había visto entrar dos o tres veces a mi marido, pero en el que yo nunca había penetrado. No podía pasar sin estremecerme por delante de la puerta, siempre cerrada, de aquel gabinete. Detrás de aquella puerta se refugiaba Herbert, según me decía, para hacer sus cuentas y poner en limpio sus libros, pero también lo oía llorar, a solas con su secreto.
»Una noche en que Herbert estaba en uno de sus viajes, yo me esforzaba inútilmente por dormir. De pronto, me llamó la atención un ligero ruido que se oía bajo mi ventana, que yo había dejado abierta a causa del calor. Me levanté con precaución. Grandes nubarrones ocultaban las estrellas. Apenas podía distinguir las enormes y amenazadoras siluetas de los primeros árboles que rodeaban nuestra casa. Y no vi distintamente a mi marido y a la criada hasta el momento en que pasaban bajo mi ventana, con mil precauciones, andando sobre la hierba para que yo no oyese el rumor de sus pasos, llevando por las asas una especie de largo y angosto baúl que yo no había visto nunca. Entraron en la casa, y no volví a verlos ni oírlos durante más de diez minutos. Mi angustia me abrumaba. ¿Por qué se ocultaban de mí? ¿Por qué no había oído llegar el cochecillo en que regresaba Herbert? En aquel momento me pareció oír un relincho. Y la criada reapareció, cruzó los prados, se perdió en la oscuridad y volvió, a poco, con nuestra yegua, ya desenganchada, a la que hacía andar sobre la tierra húmeda. ¡Cuántas precauciones se tomaban para no despertarme!
»Cada vez me asombraba más al ver que Herbert no entraba en nuestro cuarto, como solía hacer al regreso de estos viajes nocturnos; me puse a toda prisa una bata y comencé a vagar por los oscuros corredores. Mis pasos me llevaron, naturalmente, al pequeño gabinete que tanto miedo me inspiraba. Y aún no había entrado en el pasillo que conducía a él, cuando oí a Herbert mandar, con voz sorda y áspera, a la criada que subía: “¡Agua! ¡Tráeme agua, agua caliente! ¿Oyes? ¡Esto no sale!”. Me detuve, conteniendo el aliento. Por otra parte, apenas me era posible respirar. Me ahogaba; tenía el presentimiento de que acababa de ocurrirnos una horrible desgracia. De súbito, la voz de mi marido me hizo estremecer: “¡Ah! ¡Por fin! ¡Ya está! ¡Ya salió!”. La criada y él hablaron en voz baja durante unos momentos y luego oí los pasos de Herbert. Esto me devolvió las fuerzas y corrí a encerrarme en mi habitación. Cuando llamó a la puerta fingí que me despertaba en aquel momento y le abrí. Tenía una vela en la mano, que cayó al suelo cuando advertí la terrible expresión de su rostro. Me preguntó: “¿Qué te pasa? ¿Estás soñando todavía? ¡Acuéstate!”.
»Quise volver a encender la luz, pero él se opuso a ello, y me eché en la cama, en donde pasé una noche horrible. A mi lado, Herbert daba vueltas y más vueltas, suspirando y sin lograr dormir. No me dijo una palabra. Al amanecer, se levantó, me dio un beso en la frente y se marchó. Cuando bajé, la criada me entregó una nota en la que mi esposo me anunciaba que se veía obligado a ausentarse de nuevo por dos días.
»A las ocho de la mañana supe, por unos obreros que iban a Neustadt, que Baeckler había sido encontrado asesinado en una casita que poseía en el Valle del Infierno, donde solía pasar la noche cuando sus negocios lo retenían demasiado tiempo entre los aldeanos. Baeckler había recibido un terrible hachazo en la cabeza, que la había dividido en dos. ¡Indudablemente, aquello era obra de un leñador!
»Volví a casa tambaleándome y me arrastré nuevamente hacia el fatal cuartito. No hubiera podido decir lo que pasaba por mi mente, pero después de haber oído las palabras pronunciadas por Herbert la noche anterior, y de haber visto la expresión de su rostro, sentía verdadera necesidad de saber qué había detrás de aquella puerta. En aquel momento me sorprendió la criada, que me gritó: “¡Deje usted en paz esta puerta; ya sabe usted que su esposo le ha prohibido abrirla! ¡Bastante habrá usted adelantado cuando sepa lo que hay en ese cuarto!”. Y se alejó, con su risa de demonio.
»Me metí en la cama con fiebre. Estuve quince días enferma. Herbert me cuidó con una solicitud maternal. Yo creía haber sufrido una pesadilla, y me bastaba mirar su dulce rostro para confirmarme en la idea de que no debía hallarme en mi estado normal la noche en que creí ver y escuchar tantas cosas extrañas. Por otra parte, el asesino de Baeckler estaba preso. Era un leñador de Bergen, a quien el usurero había sangrado demasiado, y que se había vengado sangrándolo a su vez. Este leñador, un tal Matías Müller, seguía proclamando su inocencia; mas, a pesar de no haberse encontrado una sola gota de sangre en sus ropas, y de que el acero de su hacha estaba limpio, habían, al parecer, bastantes pruebas de su culpabilidad para que no pudiese abrigar esperanzas de evadir el castigo.
»Nuestra posición no cambió, contrariamente a lo que creíamos, por la muerte de Baeckler, y Herbert esperó inútilmente la aparición de un testamento que no existía, cosa que, con gran asombro mío, lo contrarió mucho. Un día en que le interrogué sobre este asunto, me contestó, malhumorado: “Sí, contaba con ese testamento, ya lo sabes”. Y puso una cara tan espantosa, que creí estar viendo aquella otra de la noche misteriosa, una cara que, a partir de aquel momento, me parecía tener constantemente delante. Era como una máscara, siempre dispuesta, que adaptaba yo al rostro de Herbert, aun cuando su expresión fuese naturalmente dulce y triste. Cuando se falló, en Friburgo, la causa de Matías Müller, devoré los periódicos. Una frase que pronunció el abogado me perseguía constantemente: “Mientras no encontréis el hacha con que se ha cometido el asesinato, y las ropas, necesariamente manchadas de sangre, que vestía el asesino en el momento de matar a Baeckler, no podéis condenar a Matías Müller”. A pesar de todo, Müller fue condenado a muerte, y debo decir que esta noticia turbó extrañamente a mi esposo. Por la noche soñaba con Matías Müller. Me inspiraba horror, y, al mismo tiempo, me horrorizaban mis pensamientos.
»¡Ah! ¡Yo necesitaba saber! ¡Quería saber! ¿Por qué había dicho: Esto no quiere salir…? ¿Qué hacía aquella noche en el misterioso cuartito?
»Una noche me levanté, a oscuras, le robé las llaves… y atravesé con ellas el corredor… Fui a la cocina a buscar un farol… Con los dientes castañeteando llegué ante la puerta a la que me estaba prohibido acercarme, la abrí y vi en seguida el baúl… el oblongo baúl que tanto me había chocado… Estaba cerrado con llave, pero no me costó trabajo encontrar la llavecita en el llavero… Y levanté la tapa…, me arrodillé para ver mejor… y lancé un grito de espanto… Dentro del baúl había unas ropas salpicadas de sangre, y el hacha, mohosa, con que se había cometido el asesinato…
»Después de lo que había visto, ¿cómo pude vivir al lado de aquel hombre las pocas semanas que precedieron a la ejecución del desgraciado Müller? ¡Tenía miedo de que me matara! ¿Cómo mi actitud y mis terrores no le revelaron lo que pasaba? Ello debióse a que a la sazón estaba completamente dominado por un terror casi tan grande como el mío: Matías Müller no lo abandonaba un solo instante. Para huir de él, sin duda, se encerraba en el gabinetito, donde a veces daba unos golpes tan formidables que hacían retumbar el suelo y los muros, como si luchara, con su hacha, contra los espectros y los fantasmas que hacían presa en él.
»Una cosa extraña, y que al principio me pareció inexplicable, fue que cuarenta y ocho horas antes del día fijado para la ejecución de Müller, mi esposo recobró repentinamente su calma, una calma de estatua. La antevíspera, por la noche, me dijo: “Isabel, me voy al amanecer, tengo un asunto importante en Friburgo. Tal vez esté ausente dos días; no te alarmes”. En Friburgo era donde debía verificarse la ejecución. De repente, se me ocurrió pensar que la serenidad de Herbert se debía a que, sin duda, había tomado una resolución heroica. Iba a denunciarse. Semejante pensamiento me tranquilizó hasta el punto que, por primera vez, después de muchas noches, me dormí con un sueño de plomo. Cuando desperté, ya era de día. Mi esposo se había marchado.
»Me vestí apresuradamente y, sin decir nada a la criada, corrí a Todnau, donde tomé un coche que debía conducirme a Friburgo. Llegué al anochecer. Me dirigí al Palacio de Justicia, y la primera persona con la cual mis ojos tropezaron fue mi marido, que entraba. Me quedé como clavada en el suelo; y al ver que Herbert no salía, me persuadí de que se había denunciado y lo tenían preso y a disposición del tribunal. A la sazón, la cárcel se hallaba junto al Palacio de Justicia. Empecé a dar vueltas a su alrededor, como loca. Vagué por las calles toda la noche, pero siempre iba a parar al lúgubre edificio. Empezaban a lucir los primeros resplandores del alba cuando vi a dos hombres vestidos de levita que subían la escalera del Palacio de Justicia. Me acerqué a ellos y les dije que deseaba ver al fiscal lo antes posible, porque tenía que hacerle una comunicación muy grave referente al asesinato de Baeckler.
»Resultó que uno de aquellos hombres era precisamente el fiscal. Me rogó que lo siguiese y me hizo entrar en su despacho. Una vez allí le dije mi nombre, y añadí que el día anterior debía haber recibido la visita de mi marido. Me contestó que así era, en efecto. Y como, tras su contestación, callase, me arrojé a sus pies y le supliqué que me dijera si Herbert había confesado su crimen. Dio muestras de gran asombro, hizo que me levantara del suelo y me interrogó. Poco a poco le conté toda mi vida, como se la he contado a usted, y, por último, le comuniqué el horrible descubrimiento que había hecho en el pequeño gabinete de la casa de Todnau. Terminé diciendo que no hubiese dejado ejecutar a un inocente, y que si mi marido no se hubiese denunciado, yo no hubiera vacilado en revelar la verdad a la justicia. Finalmente, le pedí, como una gracia suprema, que me dejase ver a mi marido. “Va usted a verlo, señora —me dijo—. Tenga la bondad de seguirme”.
»Me condujo, más muerta que viva, a la cárcel, y me hizo atravesar unos corredores y subir una escalera. Luego me colocó ante una ventanita enrejada que daba a una inmensa sala. Antes de dejarme sola, me rogó que tuviese paciencia. Pronto vinieron otras personas a asomarse a aquella ventanita y, sin decir una palabra, miraron hacia la sala. Yo hice lo mismo. Estaba como colgada de los hierros de la reja y tenía el presentimiento de que iba a presenciar un espectáculo monstruoso. Poco a poco fueron penetrando en la sala infinidad de personas, que guardaban el más lúgubre silencio. La luz del día iluminaba cada vez mejor la escena. En medio de la sala percibíase, distintamente, un pesado armatoste, que alguien, detrás de mí, nombró: el tajo.
»Así, pues, iban a ejecutar a Müller. Un sudor frío comenzó a brotar de mis sienes, y no me explico cómo no perdí el conocimiento en aquel instante. Se abrió una puerta y apareció un cortejo, a la cabeza del cual iba el condenado, temblando bajo su camisa, desabrochada en el pecho. Llevaba las manos atadas a la espalda y lo sostenían dos ayudantes. Un sacerdote murmuró algunas palabras a su oído; un magistrado leyó una sentencia y, luego, los ayudantes lo obligaron a arrodillarse y a poner la cabeza en el tajo. Apenas daba el desdichado señales de vida, cuando vi destacarse del muro, junto al cual había permanecido hasta entonces, en la sombra, un hombre con los brazos desnudos y un hacha al hombro. El hombre tocó la cabeza del condenado, apartó con un ademán a los ayudantes, levantó el hacha y la dejó caer con gran violencia. Al golpe, rodó la cabeza; el verdugo la cogió por los cabellos y se irguió.
»¿Cómo pude presenciar hasta el fin aquella espantosa escena? Sólo sé que mis ojos no podían apartarse de aquel espectáculo sangriento, como si aún hubiesen de ver más…, y, en efecto, vieron…, vieron al hombre que se erguía y levantaba la cabeza, mostrando el horrible trofeo que sostenía su mano derecha… Lancé un grito desgarrador: “¡Herbert!”. Y caí desmayada.
»Ahora, caballero, ya lo sabe usted todo: me había casado con el verdugo. El hacha que descubrí en el gabinetito era el hacha del verdugo, y las ropas ensangrentadas, las del verdugo también. Estuve en trance de volverme loca en casa de una anciana pariente, en donde me refugié al día siguiente, y no sé cómo me encuentro aún en este mundo. En cuanto a mi marido, que no podía vivir sin mí, porque me amaba sobre todas las cosas, lo hallaron ahorcado en nuestro cuarto, dos meses después. En su última carta me decía: “Perdóname, Isabel. He ensayado todas las profesiones; pero de todas partes me despedían tan pronto conocían la de mi padre. No tuve más remedio que decidirme a ser su sucesor. ¿Comprendes ahora por qué el oficio de verdugo va de padres a hijos? Nací honrado. El único crimen, que he cometido en mi vida es haberte ocultado todo. Pero te amaba, Isabel. ¡Adiós!”.

Habíase alejado ya la dama enlutada y yo aún seguía contemplando, absorto, el punto del lago donde había arrojado el hacha de oro…

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