Introducción.
Brunetto Latini, el maestro de Dante, inmortalizado en el canto 15 del Infierno, nació en Florencia
allá por el afio 1220. A pesar de que Dante le colocase en un círculo ignominioso, consiguió Brunetto altos
puestos de honor en su ciudad natal, donde vemos su nombre en documentos oficiales ya en el afio 1254.
De importancia especial para nosotros fue su participación en una embajada a la corte de Alfonso X para
pedir la ayuda del Rey Sabio en el conflicto contra los gibelinos. Este viaje a España tuvo lugar en el año
1260.
Como lo leemos en el Tesoretto, estaba a medio camino en la vuelta a Florencia cuando cerca de
Roncesvalles topó con un estudiante español que acababa de dejar Florencia; este joven le informó de los
desastres de Montaperti. Entonces fue Brunetto directamente a Francia, donde pasó unos siete años en el
exilio, y durante estos años escribió, en francés, el Libro del Tesoro. De esos años muy poco sabemos:
vemos su nombre en una lista de exiliados en setienbre del año 1260, y su presencia se documenta más
tarde en Arrás, en París y en Bar-sur-Aube. Además, sabemos por sus propias palabras que encontró un
protector (el “biaus dous amis” a quien se dedica el Libro del Tesoro), pero no sabemos quién fue esta
persona. De todos modos, volvió Brunetto a Italia en el año 1267, posiblemente en el séquito de Carlos de
Anjou (así lo cree el historiador Davidsohn, pero Francis Carmody, el que más recientemente ha editado el
texto francés, considera que la evidencia no es convincente.)1 Nombrado protonotario a los angevinos en
el año 1269, ocupó puestos importantes hasta su muerte en 1294.
El Libro del Tesoro es un compendio de conocimientos clásicos que sigue una larga tradición de
tales compendios con sus orígenes en la Baja Antigüedad y los primeros siglos de la Edad Media, una
tradición que resiste durante muchos años la nueva ciencia greco-árabe de la Edad Media, para morir
finalmente en el Renacimiento, una época en la que se requería sobre todo un acceso directo a los
monumentos intelectuales de la Antigüedad, una época que, por tanto, no aceptaba los compendios
tradicionales, siempre derivados y muchas veces corrompidos; ya no eran más que piezas de museo,
vestigios de lo que había sido una gran cultura, un reflejo pálido de la verdadera sabiduría de los griegos.
Los autores de las compilaciones más importantes fueron Casiodoro, Boecio, San Agustín y
especialmente Marciano Capela (De Nuptiis Philologiae et Mercurii) e Isidoro de Sevilla (Etimologías).
Compilados de numerosos elementos desconectados que provienen de una gran variedad de fuentes,
nuestros compendios han sido rotundamente criticados por sus defectos taxonómicos. Una excepción
clara es Marciano Capela, porque si le han reprendido severamente su estilo barroco, exagerado, su
esquema estructural ha provocado pocas quejas en cuanto a su organización. Porque éste no ha sido el caso
con Isidoro de Sevilla, creo que sería oportuno decir unas cuantas palabras en su defensa. En primer lugar
1 Robert Davidsohn, Forschungen zur Alteren Geschichte von Florenz (Berlín: Mittler, 1900-08), II, pág. 12;
Francis J. Carmody, Li Livres dou Tresor de Brunetto Latini, (Berkeley: University of California Press, 1948), pág.
xviii.
su organización será poco evidente al que no ha seguido los consejos de Manuel Díaz y Díaz: “Se trata de
una obra que hay que leer y estudiar como tal antes de pasar a ocuparse y discutir los menudos y dispares
elementos que la integran.”2 Creo que en esto se ve un lamentable defecto de muchos críticos: saltar al
ataque de mala fe. La unidad de la obra isidoriana se observa no tanto en el arreglo de las divisiones como
en los enlaces narrativos visibles generalmente hacia el final de los capítulos, y en la intencionada
repetición de ciertos elementos, repetición que el crítico hostil ve siempre como un defecto. He aquí un
ejemplo después de haber hablado de tropos y figuras en la sección gramatical, San Isidoro se detiene en
mitad de unas obvias repeticiones en la sección retórica para decimos: “muchas de estas figuras...ya las
hemos tratado en la gramática.” Y emprende por segunda vez la figura que se denomina “anadiplosis.”
No creo que sea coincidencia que “anadiplosis” es precisamente una figura de repetición.
Brunetto Latini lo hace aún mejor: principalmente en las palabras preliminares y finales de un
capítulo dado, hace referencia a lo que se ha tratado anteriormente y a lo que pasará a tratar, comunicando
así al lector que el autor está perfectamente y en todos momentos consciente de la totalidad de su obra, y
creando esa misma conciencia en el lector por medio de ligeros recuerdos y anticipaciones.
A la altura del siglo xm la fama de Isidoro y Marciano Capela ha disminuido notablemente porque
su “ciencia” no puede resistir las incursiones de las materias greco-árabes recién traducidas. Marciano
consigue mantener su popularidad durante los siguientes 200 años no a base de su ciencia sino de su estilo
y su estructura alegórica, una estructura de mucho impacto en las narraciones de viajes al “otro mundo,”
como lo dice Patch,3 y según algunos críticos, en Dante. Aún en el siglo XV en Espafía sirve de modelo
para Alfonso de la Torre en su Vision Delectable.
¿Cómo puede explicarse el éxito del Tesoro de Brunetto Latini justamente en el momento en que los
monumentos de casi un milenio están empezando a desaparecer? Una razón es ésta: aunque el compendio
de Brunetto está basado en fuentes clásicas, por su mayor parte tiene que ver no con los conocimientos
científicos sino con la ética y la retórica.
Aún el primer libro, con su ambicioso propósito de abarcar todas
las cosas celestiales y terrenales, se dedica en gran parte a la historia universal del ser humano, y la
sección más extensa resulta ser el Bestiario, un claro ejemplo, dicho sea de paso, de la gran popularidad de
la ciencia tradicional. Los orígenes de este tratado cuasicientífico remontan a los primeros siglos de la era
cristiana, y todavía en el siglo xm tenía un atractivo que a veces escandalizaba a aquellos contemporáneos
de Brunetto que formaban la vanguardia del nuevo empiricismo en la investigación científica (un ejemplo
sería Rogerio Bacon). Tal vez por influencia de Bacon y sus partidarios se explica el destino fatal de
Brunetto en Inglaterra: al lado de los casi 80 manuscritos del Tesoro en su francés original, tal vez 30 en
italiano y por lo menos 18 en idiomas ibéricos (1 en aragonés, 4 en catalán y 13 en castellano) no existe ni
un solo manuscrito de una traducción al inglés en la Edad Media. Tal vez podría interpretarse como
consecuencia del desdén intelectual hacia el escolasticismo y los conocimientos tradicionales, pero ¿cómo
explicar la gran popularidad de Bartolomeus Anglicus, cuya enciclopedia está basada en gran parte en
Marciano Capela?
Las primeras palabras de la obra de Brunetto son éstas:
Este libro es llamado thesoro, ca asy commo el que quiere en pequeño lugar encerrar cosas
de muy grand nobleza, non por se delectar en ellas tan solamente, mas por acrecentar su poder et
por asegurar su estado en guerra & en paz, mete y las cosas mas caras que podiere aver, et las
mas preciadas segund su entendimiento; et bien asy este libro es conplido de sapiencia asy
commo aquel que es sacado de todos los mienbros de filosofía en una muy pequeña suma.
En la selección de la imagen del tesoro, en el estilo llano que se ve tan claro desde un principio, y en la
2 San Isidoro de Sevilla, Etimologías, ed. José Oroz Reta, introducción de Manuel Díaz y Díaz, I (Madrid:
Biblioteca de Autores Cristianos, 1982), pág. 200. (El texto de San Isidoro es, con pocas emendaciones, una
reimpresión de la edición de Lindsay del año 1911, como nos lo dice claramente el docto estudio de Díaz y Díaz.)
3 Howard Rollin Patch, El Otro Mundo en la literatura medieval, traducción de Jorge Hernández Campos,
apéndice por María Rosa Lida de Malkiel, México (Fondo de Cultura Económica), 1956.
s u p osició n de que el conseguir y mejorar su estado representa las aspiraciones más sublimes del hombre,
se revela con toda claridad un punto de vista no filosófico sino esencialmente burgués, con énfasis más
bien político que económico.
Brunetto dedica el primer libro de su Tesoro a la sabiduría, el segundo (y más largo) a la ética,
primero de Aristóteles, y después de una variedad de fuentes, tanto clásicas como bíblicas, y el libro
tercero a la retórica, en realidad una versión bastante fiel de la primera sección del De Inventione de
Cicerón, para terminar con una descripción detallada del gobierno de las ciudades a la moda italiana. En su
conjunto se supone que la obra serviría los propósitos del ‘ ‘biaus dous amis’ ’ a quien va dedicada. Pasa el
autor en seguida a describir en más detalle el plan de la obra. En palabras que recuerdan tanto las
Etimologías de San Isidoro como las primeras páginas del De Inventione, Brunetto nos dice que en un
principio vivían los hombres como las bestias.
Mientras por Cicerón aprendemos que a través del don de
elocuencia esta humanidad salvaje se convierte en moderada y mansa, Brunetto nos dice que por su
entendimiento el pueblo quería saber lo siguiente: 1) la naturaleza de todas cosas celestiales y terrenales;
2)
las cosas que el hombre debe hacer y cuáles non; 3) ‘ ‘razón & prueva por qué el orne deve fazer las unas
cosas & las otras non.” Nos dice Brunetto que como resultado de mucha discusión, los filósofos
establecieron tres divisiones de filosofía, correspondientes a las cuestiones arriba citadas; estas divisiones
son Teórica, Práctica y Lógica,
las
| Teología
I. Teórica: -----------> ¡Física
cuales tienen las siguientes subdivisiones:
| Arismetica
¡Música
¡ Matematica ---------> | Geometría
¡ Astronomía
II. Practica (que se convierte en cómo gobernar a:)
| sí mismo = Etica
¡su casa = Yconomica
| el regno = Política
Con la observación de que la política es “syn falla...la mas alta sciencia & de mas noble mester que
ninguna otra que sea entre los ornes,” nos dice Brunetto que esta disciplina nos enseña “todas las artes &
todos los mesteres que son mester para vida de orne,” y que esto es en dos maneras, una por obra: “los
mesteres que orne labra de cada dia de sus manos & de sus pies, asy commo son ferreros & texedores &
zapateros,” y otra por palabra, y esto en tres maneras:
Gramatica: fablar & escribir & leer derechamente
Dialéctica: provar nuestros dichos...asy que semejan provadas & verdaderas
Retorica: fallar & ordenar & dezir buenas palabras & llenas de saber.
Esta disciplina de retórica es la que “enderesga el mundo a fazer bien,” y esto lo consigue “por la
predicación de los ornes buenos & por las divinales escripturas & por las leys que mantienen las gentes en
derecho & en justicia. ’ ’ Observando con Cicerón que el hombre se distingue de los animales sólo por su
razón, pasa Brunetto a una consideración de la tercera cuestión, que sólo puede ser contestada con
palabras.
No sin alguna confusión, entonces, pasa a la tercera división:
III. Lógica: Explica Brunetto que contestar la pregunta “¿por qué deve orne fazer las unas cosas &
las otras non?” sólo puede hacerse “por palabra,” y tres ciencias enseñan a hacer esto:
Dialéctica, que nos enseña a discutir.
Physica (¿fidique?) que nos enseña a comprobar la verdad de nuestras palabras.
Sufistica, que nos enseña “provar las palabras que orne dize que sean verdaderas...por
engaño & por falsas razones & por sofismos & por argumentos que han semejanga
encobierta de verdat mas non ay en ellas de verdat cosa alguna.”
Con su característico vigor, Francis J. Carmody declaró que Brunetto había basado su organización
sobre un comentario sobre la Etica a Nicómaco de Aristóteles escrito en el siglo xn por un tal Eustracio
(parece que en esto Carmody seguía alguna de las sugerencias hechas por Marchesi en los primeros años
de este siglo XX). Me parece que el hecho de que Eustracio hable de dos divisiones principales debe de por
sí descalificar dicho sistema como base de la obra de Brunetto. Es difícil comprender por qué Carmody ha
preferido la organización eustraciana a un esquema más convencional que remonta al propio Aristóteles.
Me refiero a la clasificación de todos los problemas en físicos, éticos y lógicos, una clasificación adoptada
por los filósofos estoicos y descrita de esta manera por San Isidoro de Sevilla:
Los filósofos están divididos en tres grupos: físicos, éticos y lógicos. Los primeros son
llamados físicos porque tratan de la naturaleza, los segundos son llamados éticos porque
discuten las costumbres...los otros son llamados lógicos porque aducen al estudio de la
naturaleza y las costumbres el raciocinio.
Si se busca un ejemplo de tal sistema más coetáneo con Brunetto, los paralelos de éste con el Didascalion
de Hugo de San Víctor me parece que son muy llamativos.
Comentados ya con algún detalle el Libro del Tesoro y su procedencia, es ahora el momento de
emprender una breve discusión de su propia historia textual. Además de la edición de Carmody
anteriormente citada, existe tan solo una edición en los tiempos modernos, la de P. Chabaille.4 Y no
podemos continuar sin aclarar el asunto de las dos redacciones de la obra, una escrita en Francia durante
los años del exilio 1260-67, en la que se incluye una relación de la historia hasta aproximadamente el año
1255, y la otra llevada a cabo, se supone, inmediatamente después de la vuelta a Florencia, versión en la
que la relación histórica se adelanta para incluir la muerte de Conradino y la vuelta de los güelfos al poder
en la ciudad. Esta segunda versión volvió pronto a Francia, con el resultado de que en las próximas dos
centurias presenciamos una rica historia textual de cada una de las dos versiones, las cuales se mantienen
en un estado de integridad muy alto, con poca incidencia de mutua contaminación. Dada la probabilidad
de que hubiese poco interés entre los franceses por los detalles de la historia italiana, no debe sorprender
mucho el que no haya más elaboración de la parte histórica. Pero la historia textual de la versión italiana
es harina de otro costal, como decimos: en varios manuscritos hay una descripción de los eventos
históricos después del año 1268, en algunos casos con descripciones de las vísperas sicilianas y las
incursiones del reino de Aragón. El caos de la sección histórica en los manuscritos italianos es con toda
seguridad el motivo que explica la existencia de tan solo una edición moderna, y bastante mala, basada no
en los manuscritos medievales sino en una versión impresa del siglo xvi, y corregida en algunos casos no
en vista de los manuscritos sino de la edición francesa de Chabaille. Se notan tal vez las pocas ganas de los
estudiosos de meterse en las aguas turbias de la tradición manuscrita italiana.
5
Manejaba Chabaille unos 26 manuscritos, y estaba perfectamente al tanto de la existencia de las dos
redacciones; escogiendo como base un manuscrito de la primera redacción, lo cual no ha gustado a los
críticos modernos, preparó el investigador francés una edición esmerada con amplia documentación de
variantes en notas de pie de página. Desgraciadamente sabía Chabaille poco de las fuentes, porque esto le
habría ayudado a escoger con más acierto de entre la abundancia de variantes a su disposición para hacer
correcciones en su texto base. Los críticos que se han dedicado después al estudio de las fuentes han visto
éste como el peor defecto de la labor de Chabaille.6
Después de varios años de trabajo en el período inmediatamente antes de la Segunda Guerra
Mundial, publicó Carmody su edición en 1947.7 Lo que llama la atención más que nada es el afán con el
que Carmody ataca la venerable edición de Chabaille: un Bédierista apasionado, Carmody no encuentra en
4 Li Livres dou Tresor, París (Impririte-ie Impértale: Collection de Documents Inédits sur l’Histoire de France,
51), 1863.
^
5 II Tesoro de Brunetto Latini, volgarizzato per Bono Giamboni, edición de Luigi Gaiter, 4 tomos, Bologna
(Romagnoli) 1871-73.
6 Por ejemplo, T. Sundby, Della Vita e delle Opere di Brunetto Latini, traducción al italiano de R. Renier,
Florencia, 1884, y también P. Toynbee, “Brunetto Latino’s Obligations to Solinus,” Romanía XXIII (1894), págs.
62-77.
7 Brunetto Latini, Li Livres dou Tresor, ed. F.J. Carmody, Berkeley: University of California Press, 1948.
la antigua edición positivista casi nada de valor, lo que es una lástima, porque el exagerado desprecio hace
sufrir su propia edición. Dedicó Carmody gran parte de su energía al cotejo de manuscritos y a la
elaboración de un stemma; consiguió ver casi 50 manuscritos (lamentando no haber podido ver algunos
otros, por ejemplo en Roma, Torino y Madrid), a base de los que ya había defendido su stemma en un
artículo del año 1936.8 Tengo que confesar que he seguido con alguna dificultad sus argumentos, y
sospecho que la confusión se debe al gran número de manuscritos manejados. Sea como sea, su método es,
y muy en breve, el de agrupar los manuscritos según la coincidencia de “errores crasos” y más importante
según las “interpolaciones.” Aunque nunca provee una definición de éstas, en general son moralizaciones,
anécdotas, correcciones de ideas teológicas que el escriba considera que son erróneas, otras correcciones
de detalle de acuerdo con conocimientos del amanuense relativos a las fuentes, etc. En general ésta es una
táctica editorial razonable, ya que una variedad de lecciones tan enorme dificulta los juicios léxicos y
sintácticos, y huelga decir que todo análisis de omisiones comunes result inútil.
Como parte de mi proyecto de editar el texto francés del Tesoro a base del magnífico códice de la
Biblioteca de El Escorial (L-II-3), he llevado a cabo línea por línea un cotejo de dicho manuscrito con las
ediciones de Chabaille y de Carmody.
Aunque no es éste el momento para largas digresiones, me parece
importante declarar que la genealogía de los manuscritos producida por mi escrutinio de las variantes
sugiere un stemma muy diferente del de Carmody (y hay que recordar que su stemma está construido a
base no de las variantes textuales sino de las así llamadas interpolaciones). Aunque el manuscrito base de
la edición de Carmody parece ser de alta calidad, el hecho de que haya sido escogido porque en él no se
veían interpolaciones, sin que Carmody haya dado nunca una definición concreta de este término, da lugar
a algunas objeciones. Por otro lado, la extremada pobreza de las variantes en el apparatus criticus de
Carmody no le proporciona al lector suficiente información como para llegar a otra conclusión. De ahí
que, en la elaboración de un texto de la versión castellana, la edición de Carmody a veces ha sido de poca
utilidad en las decisiones textuales. No hubo más remedio que acudir en estos momentos a la edición de
Chabaille, que en verdad resultó mucho más útil para resolver algunas dudas relacionadas con los
manuscritos mismos, y para establecer en términos generales dónde figura el original francés de la
traducción castellana dentro de la historia del texto francés.
De todas formas, ahora debemos volver sobre dicha traducción al castellano. Me parece razonable,
por lo que sabemos de Brunetto Latini y su viaje a España, que manuscritos primitivos de una redacción y
otra pudiesen haber llegado a las manos de la persona a quien hace referencia Brunetto con las palabras
“Monsignor Alfons,” y ahora ha llegado el momento de hablar de Brunetto, su contacto con el Rey Sabio,
y esta traducción del Trésor al castellano. (Con intención decimos castellano y no español, porque el
hecho es que existen otras versiones ibéricas: una en aragonés, Gerona, Catedral, ms. 20,1,5, (de la cual
anda preparando una edición como tesis doctoral una alumna de Charles Faulhaber en la University of
California, Berkeley) y una catalana (o tal vez más de una) representada por 4 manuscritos.
9
Creo que fue Amador de los Ríos quien por primera vez sugirió la posibilidad de que el Libro del
Tesoro se gestase en España,10 bajo la influencia del Setenario, libro que había presentado Alfonso X
como una obra de su padre. Más de cien años después de estos tanteos de Amador, en una ponencia
presentada ante el congreso sobre Alfonso en Madrid en el mes de abril de 1984, Jaime Ferreiro
Alemparte, tomando como punto de partida algunas de las sugerencias hechas por Marchesi, propuso que
las Siete Partidas pudieron haber dado impulso a un libro tal como el Tesoro. Más en concreto sostuvo
Ferreiro que las traducciones de versiones árabes de la Etica de Aristóteles hechas por Hermán el Alemán
en los años 1240 y 1254 fueron justamente las utilizadas por Brunetto en las correspondientes secciones de
8 “Brunetto Latini’s Tresor: A Genealogy of 43 manuscrípts,” Zeitschrift für Romanische Philologie, 56 (1936),
93-99.
9 Brunetto Latini, Llibre del Tresor, ed. CJ. Wittlin, Barcelona (Barcino), Els Nostres Classics, vols. 102
(1971), 111 (1976) y 122 (1986); el cuarto y último tomo está todavía por aparecer.
10 José Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, III, Madrid (el autor, imprimido por José
Rodríguez) 1863, pág. 36.
su propia obra. Y a propósito de una posible influencia alfonsina en Brunetto, citó Ferreiro también el
siguiente pasaje del Tesoro en castellano: “E nuestro Emperador dice en el Libro de las Leyes que
comengamiento es la mayor partida de la cosa.”
Declara Ferreiro que Libro de las Leyes se reconoce entre
los historiadores como otra designación para las Partidas, y también dice que si el Tesoro francés se
compuso poco después del año 1260, “nostre empereres” (ed. Carmody, 1.1.6, pág. 18) no puede ser otro
que Alfonso mismo, quien, aunque nunca confirmado por el Papa, fue elegido emperador en la ciudad de
Francfurt en el año 1257.
Cabe mencionar también a Julia Bolton Holloway, que además de una traducción al inglés del
Tesoretto, ha publicado una detallada bibliografía de Brunetto.11 En un trabajo leído ante el congreso
medieval de Kalamazoo, EEUU, en mayo de 1983, opinó ella que Brunetto había conseguido su material
del Almagesto a través de la traducción del árabe al latín hecha en España por Gerardo de Cremona.
Holloway cree además que el mismo Brunetto, al volver a Italia, trajo consigo la traducción hecha por
Gerardo. Y tal vez su conclusión más atrevida sea que tanto Brunetto como Dante fueron influidos por
Alfonso en sus decisiones de escribir importantes obras en lengua vernácula. Me parece igualmente
plausible postular la influencia de Brunetto sobre Alfonso: con esto tendríamos una explicación parcial de
la extremada popularidad del Libro del Tesoro en la península ibérica, y de la ubicación de un manuscrito
francés de gran importancia en la Biblioteca de El Escorial.
Amador de los Ríos fue también uno de los primeros en llamar la atención sobre una versión
medieval castellana en forma manuscrita (si bien a través de los años ha habido pocas repercusiones de
dicho hallazgo).
Fue Francisco López Estrada quien me informó por primera vez de la existencia e
importancia de esos manuscritos; más tarde Richard Kinkade, en sus propios estudios sobre los Lucidarios,
hizo hincapié en la importancia de Brunetto, y finalmente Charles Faulhaber documentó la casi totalidad
de los documentos.12 De éstos parece ahora que hay 13, y debo reconocer que fue el Profesor Ferreiro
quien me informó de la existencia del último que he llegado a conocer, en la biblioteca de la Real
Academia de la Lengua. Aunque nadie ha pretendido guardarlo en secreto, y fue mencionado hace casi 40
años por Muñoz Sendino, se nos había escapado a mí, y a Faulhaber.13
Si no estoy equivocado, estos manuscritos representan una sola traducción original de un texto
francés de la primera redacción,14 evidencia parcial de lo cual sería la laguna extensa del tercer libro,
capítulo 59 (págs. 371-2 de la edición de Carmody), compartida por los dos mss. de la Biblioteca Nacional,
al lado de los de las bibliotecas de Palacio, Academia de la Historia y Academia de la Lengua,
respectivamente. Todos los manuscritos son del siglo XV, a pesar de la frecuente atribución a Alfonso X o a
Sancho IV (en el manuscrito 685 de la Biblioteca Nacional se dice que la obra fue traducida del francés
por Pascual Gómez, escriba del Rey Sancho IV, y Alonso de Paredes, médico del príncipe don Femando.)
He aquí una lista de dichos manuscritos:
11 Brunetto Latini: an analytic bibliography, en la serie Research Bibliographies and Checklists, No. 44
(London: Grant and Cutler), 1986.
12 Francisco López Estrada, “ Sobre la difusión del Tesoro de Brunetto Latini en España,” Gesammelte Aufsitze
zur Kulturgeschichte Spaniens, Serie I, vol. xvi, en Spanische Forschungen der Gorresgesellschaft, München 1960,
137-152; Richard Kinkade, “ Sancho IV: puente literario entre Alfonso el Sabio y Juan Manuel,” PMLA, 87 (1972),
1039-51; Charles Faulhaber, Rétoricas clásicas y medievales en bibliotecas castellanas, Ábaco (Madrid: Castalia,
1970), 151-300.
X
13 La Escala de Mahoma, edición de José Muñoz Sendino, Madrid (Ministerio de Asuntos Exteriores) 1949;
habla en detalle de Brunetto y su Tesoro, y como era de esperar sigue las ideas de Asín Palacio sobre la influencia
musulmana al respaldar las declaraciones de George Sarton en su ¡ntroduction to the History of Science, Baltimore
1931, en el cual se afirma que Brunetto puede haber sido el intermediario, la vía de acceso de Dante a la cultura árabe.
14 Afirma Muñoz Sendino (Escala, pág. 119) que pueden identificarse dos versiones diferentes entre los
manuscritos castellanos, y que sería fácil “establecer las familias de origen de las copias.” Un stemma así elaborado
sería de poca utilidad en el establecimiento de un texto definitivo, ya que las lecciones deberían escogerse no a base
del testimonio de los mss. castellanos, sino del original francés, pero sí podría ayudar en la explicación de las
circunstancias de la traducción.
1. Madrid, Biblioteca Nacional, 685
2. Madrid, Biblioteca Nacional, 3380
3. Madrid, Academia de la Historia, N45 (9/1.050)
4. Madrid, Biblioteca de Palacio, 3011
5. Madrid, Academia de la Lengua, 209
6. Escorial, E-III-8
7. Escorial, P-II-21
8. Sevilla, Catedral, Vitrina XIII
9. Sevilla, Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 13-3-18
10. Salamanca, Universidad, 1697
11. Salamanca, Universidad, 1811
12.
Salamanca, Universidad, 1966
13. Salamanca, Universidad, 261815
No hay ninguno de los trece que pueda calificarse de claramente superior a los otros, porque hay
gazapos y lagunas aún en los mejores. Por esta razón, de entre los mejores se ha escogido el ms. 685 de la
Biblioteca Nacional para servir de base, más que nada por ser más asequible que los otros, pasando a
preparar una lista de todas las discrepancias con el original francés.16 Después se han buscado en los otros
mss. castellanos lecciones que estuvieran más de acuerdo con el francés, y la edición refleja emendaciones
basadas en la gran mayoría de los manuscritos. Sólo se han eliminado, por motivos distintos, tres de ellos:
Escorial P-II-21, por sus muchos defectos, sobre todo textuales; Sevilla (Catedral), por lo mismo y por la
relativa dificultad de acceso; Salamanca 1966, por el estado lamentable de la encuademación y el
estremado deterioro del papel mismo, por lo cual sólo me han permitido verlo durante unos momentos
durante mi visita con motivo de hacer el cotejo de los códices salmantinos. El objetivo de este cotejo ha
sido siempre el de encontrar una lección superior a la que se ve en el ms. 685. No se ha llevado a cabo un
convencional análisis de las variantes en los manuscritos castellanos porque era obvio que el
establecimiento de una lección no dependía del consenso de los manuscritos sino del acuerdo con el
original francés.
Aparte de estar basado en un original de la primera redacción (no se ve en el 685 la materia histórica
de los años 1255-1267), poco podemos declarar sobre su relación con la historia textual francesa,
principalmente por los defectos ya señalados de las ediciones. Sin embargo no ha habido más remedio que
acudir a ellas, y aunque la de Chabaille es también de la primera redacción, y además nos da una idea más
clara de la historia textual francesa por su detallada lista de variantes, la edición de Carmody, a pesar de
ser de la segunda redacción, es la preferida por su alto rigor filológico, en contraste con los errores de
Chabaille.
Finalmente se ha utilizado con provecho la edición de Wittlin de la versión catalana medieval
y, más esporádicamente, la edición de Gaiter de la versión italiana hecha, según la tradición, por el
contemporáneo de Brunetto, Bono Giamboni.17
Las normas editoriales son en general las de mi edición del Bestiario,18 sin sorpresas, a mi juicio: las
15Para una descripción más detallada de los nos. 1, 6-10, 12 y 13 de esta lista, véase Faulhaber, Rétoricas
clásicas...-, para todos, los respectivos inventarios de las bibliotecas.
16 Hay, claro está, dificultades insuperables. Las lecciones del ms. 685 se reflejan ya en el texto de Carmody, ya
en el de Chabaille, ya en algún variante documentado en el aparato de éste, lo que significa que ni la una edición ni la
otra sirve para corregir de una manera unilateral el texto castellano; en lo posible se ha invocado el texto de Carmody,
pero si una lección castellana tiene paralelo únicamente en Chabaille, no hay más remedio que aceptarla, a pesar de la
discrepancia con Carmody.
17 Bono Giamboni, Tesoro, ed. L. Gaiter, 4 tomos, Bologna, 1878-83.
18 The Medieval Castilian Bestiary from Brunetto Latini's Tesoro, Study and Edition by Spurgeon Baldwin,
University of Exeter, 1982.
ss- y ff- alternan libremente con s- y f-, y se reducen siempre las dobles a sencillas; las abreviaturas se
resuelven según indican los vocablos no abreviados (“onbre” se ve en forma íntegra sólo un par de veces,
pero esto nos permitir convertir “orne” en “onbre” y “oms,” “ornes” en “onbres”); los números del ms.
son ya romanos, ya árabes, ya se expresan en palabras, y a veces se ve algo de imposible resolución (por
ejemplo, f. 12c, líneas 7-8: “cc.lxxa & quatro años”): con excepciones contadas, los pongo todos en
forma árabe.
Si se lleva a cabo alguna alteración del texto castellano, pero parece posible que la lección del ms.
sea correcta, esta lección se documenta en una nota: estos casos representan una gran mayoría. Sin
embargo, cuando a mi juicio el error del ms. tiene una solución obvia, corrijo sin comentario; por ejemplo,
el libro II, capítulo 46, sección 9: 685: del cuerpo, fr: de hors.
No es difícil imaginar en un texto francés la
lección equivocada “de cors”, la que traduce fielmente nuestro amanuense, error que me permito corregir
a “de fuera.” Conste que esto lo hago sólo con vocablos que figuran en otra parte del ms. 685. Otro caso
en el que el mismo tipo de error existe: en III.3.{4) (o sea, libro III, capítulo 3, sección 4) ostenta el ms. la
palabra “fablas,” lo que con toda seguridad refleja un francés erróneo “fables” por la locución “foibles”
del texto de Carmody, pero en este caso no es tan obvio qué ajuste habría que hacer, de modo que dejo la
lección del ms. 685, con documentación del francés en una nota.
Por otra parte, si se trata de agregar o quitar materia, esto se indica con corchetes: 1) [ - ] señala la
omisión de algo en el ms. que a mi juicio es superfluo (por ejemplo, repetición de un pasaje); 2) [ texto en
castellano ] indica que aunque no hay paralelo en ninguno de los textos franceses citados por Chabaille y
Carmody, queda la posibilidad de que lo que vemos en castellano represente una tradición textual válida;
3) [+: texto] indica que el cotejo del ms. 685 con el original francés revela obvias omisiones (muchas de
ellas del tipo clásico de la omissio ex homoeoteleuto): si la palabra o frase omitida está presente en otro
ms. castellano, se llena el vacío así: [+sigla de ms. castellano: texto]; si un equivalente del texto francés no
se documenta en ningún ms. castellano, recurro al texto de Carmody de esta manera: [+fr: texto francés].
Se produce así una versión íntegra en castellano del texto de Brunetto. Sólo en un par de casos, los
únicos en que se han perdido largos trozos de texto, se ha indicado la laguna con una referencia a la
edición de Carmody, donde hay que acudir para seguir el hilo de la narración. Hace falta insistir: esta
edición no tiene una finalidad rigurosamente lingüística, ni puede tenerla si el objetivo es el de
proporcionarle al lector un texto coherente que pueda leerse con facilidad, sin los impedimentos que
presentaría el sinfín de notas de pie de página resultantes de una fiel documentación de todos y cada uno
de los errores.
El índice onomástico revela el caos ortográfico producido al enfrentarse el escriba con una
materia amplia y desconocida, y no habría manera de resolver los problemas de una manera satisfactoria;
por lo general sólo hay intervención editorial a nivel onomástico para evitar un macarronismo
completamente incomprensible.
Dos cosas mas: los {...] se utilizan para indicar los numerales referenciales de la edición de
Carmody del texto francés, y los (...) sirven para identificar los folios del manuscrito 685.
Las notas de pie de página indican discrepancias entre los textos castellano y francés. Estas notas de
ninguna manera hay que considerarlas como exhaustivas. Generalmente se proveen para sugerir una
posible emendación en el texto castellano (sin que me atreva a establecer dicha lección en el texto
editado)* y en segundo lugar para sugerir posibles emendaciones en el texto francés (porque hay, al fin y al
cabo, algunas instancias en las que el pasaje en francés tal como lo vemos en las ediciones existentes tiene
poco sentido al lado de lo que se ve en el castellano). En este caso es muy posible que los traductores al
castellano tuviesen a su disposición manuscritos que por lo menos en algunos respectos eran superiores a
los utilizados por Chabaille y Carmody en sus respectivas elaboraciones del texto.