lunes, 23 de marzo de 2026

Filosofía política Las grandes obras Luis García San Miguel (Editor) INTRODUCCIÓN


 

I. INTRODUCCIÓN 

INTRODUCCIÓN LUIS GARCÍA SAN MIGUEL Universidad de Alcalá

 Este libro fue, originariamente, una tesina de Licenciatura de Filosofía, leída hacia el año 60 en Madrid, bajo la dirección del profesor Aranguren. O, para ser más exac tos, la parte histórica de la misma. Siguiendo el modelo del libro de Chevalier Las grandes obras políticas de Maquiavelo a nuestros días, realicé entonces un resumen amplio de varias obras clásicas de la filosofía política, que son las que aquí figuran bajo mi firma,con algunos añadidos posteriores. Nunca había pensado en publicar una obra cuya preparación me habría enrique cido personalmente (nada enriquece más que la lectura de los clásicos), pero que me parecería incompleta e imperfecta, como suelen ser las tesinas de licenciatura, a me nudo borradores de lo que luego será la tesis doctoral. Pero una circunstancia fortuita me hizo pensar en la posibilidad de la publicación: nuestro plan de estudios incluyó una asignatura optativa de historia del pensamiento político para cuyas clases aquéllos resúmenes antiguos me pareció que pudieran ser de alguna utilidad, claro está que a condición de completarlos y perfeccionarlos con vistas a la publicación de un texto. Por un momento pensé en acometer por mí mismo la tarea, aunque no llegué a decidirme por falta de tiempo. Afortunadamente otros jóvenes compañeros universitarios, colaboradores de la cátedra, se ofrecieron a redactar algunos capítulos y completar la obra: Patricia Barbadillo y Juan José García Ferrer, Ana Isabel Vega, Cristina Hermida (profesora de la Autónoma y de cuyo tribunal de tesis tuve el honor de formar parte), Ignacio Sánchez Cámara, antiguo compañero de la Complutense y ya catedrático de La Co ruña, Andrés Suárez, catedrático de Economía queridísimo amigo recientemente fa llecido, Iñigo Álvarez, Encarnación Carmona, Fernando Centenera, Juan Manuel He rreros, Virgilio Zapatero, compañero y sucesor en Alcalá (y ahora rector). Vaya para 

14 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL todos mi agradecimiento. De todos es este trabajo y, aunque yo revisé los textos, cada uno es responsable de lo que ha escrito y firmado y nadie tendrá que asumir opiniones que no son suyas. Permítaseme añadir que Patricia Barbadillo, tuvo a bien revisar los pasajes escritos por mí y hacer valiosas observaciones, que agradezco. No hemos pretendido escribir una historia del pensamiento político. Las historias han de tratar de todos los autores de cierta relevancia, no solo de los “grandes” sino también de los “menores” y dar cuenta del pensamiento político realmente existente en los diferentes momentos, independientemente de su calidad. No hemos querido abarcar tanto. Pero, en cambio, intentamos resumir detenidamente algunas de las obras clásicas y particularmente creativas del pensamiento político, las obras por así decirlo dotadas de mayor vigor y originalidad, representativas de cada una de las principales ideologías o tendencias. Así que, aunque no todo, sí hay algo aquí de las ideologías liberal, democrática, comunista, fascista, tradicionalista, etc. Hemos tratado de ofrecerle al lector ejemplos de cómo los grandes autores han elaborado teóricamente (pues de teoría se trata) las ideologías que han ido aparecien do a lo largo de la historia. Y presentamos las obras en su secuencia cronológica, pues esa secuencia resulta necesaria para entender teorías que se forman en relación unas con otras y también frecuentemente (en esto sí parece tener razón Hegel) unas frente a otras. Así la Política aristotélica no se entiende sino a partir de y frente a La República platónica. Santo Tomás tampoco se entiende sino a partir de y frente a los clásicos griegos. Y lo mismo se diga de Lutero y Santo Tomás, Hobbes y el protestantismo, Locke y Hobbes y así sucesivamente. Lo que por supuesto no quiere decir que la obra de estos autores se agote en esa labor de asimilación y enfrentamiento. Por el contra rio: cada uno aporta elementos nuevos, originales, quizás no completamente origina les, pues ideas auténticamente originales hay pocas, incluso entre los grandes creado res. En muchos casos nos encontramos con la reelaboración de elementos preexistentes y el que uno y no otro autor pase a la historia depende, a menudo, de la forma en que expuso ideas que estaban en el ambiente, de que hubiera gente dispues ta a escucharle en el momento en que escribía. ¿Filosofía de la Historia? La mutua relación de dependencia-distanciamiento entre las obras y los sistemas políticos establecidos conduce inevitablemente a la pregunta por una posible ley de desarrollo interno, a la pregunta por la filosofía de la historia. Como es sabido San Agustín, Bossuet, luego Hegel, pensaban que todo el acon tecer humano, incluidos los sistemas políticos y las teorías, se producía con arreglo a un plan trazado por la providencia divina. Condocert, Comte y Marx piensan tam bién que hay una ley de desarrollo histórico que hace necesarias las diferentes trans formaciones. 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 15 Pocos darán por buenas hoy semejantes pretensiones y desde luego yo no las doy. ¿Cómo fundamentarlas? ¿Acaso la razón es capaz de descubrir a priori esas le yes? Desde Hume no parece razonable pensar que la razón pueda descubrir hechos. De los hechos sólo puede dar cuenta la experiencia y los hechos son contingentes, podrían haber ocurrido de otra forma. Cuando más podemos descubrir ciertas regu laridades (que el día sucede a la noche, que los cisnes son blancos) pero nada garan tiza que eso vaya a seguir ocurriendo. En el mundo de la organización y la teoría política también es posible descubrir empíricamente ciertos hechos, incluso algunas regularidades, aunque desde luego ninguna tan respaldada por un caudal de experiencias como la sucesión de la noche y el día. Pero también aquí las cosas pudieron haber sucedido de manera diferente. Pudo haberse instaurado inicialmente un sistema político y haber permanecido hasta ahora. Hay sistemas que pudieron no haberse implantado nunca. Nada es necesario aunque algunas cosas parecen probables. Ahora bien ¿qué nos dice la experiencia hasta ahora? ¿qué nos muestra la historia (no la filosofía de la historia)? Aproximadamente lo siguiente: en la Antigüedad, en Roma y especialmente en Grecia, se produce en la práctica una lucha entre los siste mas democráticos y los totalitarios, que tiene su reflejo en la teoría (como expresión de la ideología democrática es paradigmático el discurso de Pericles). Se trata, sin duda, de expresiones embrionarias, si se quiere “imperfectas”, de lo que luego estas ideologías llegarían a ser, pero ya se afirman dos modos contrapuestos de entender la organización política: aquél en el que el poder reside en una persona o en un grupo reducido de personas, que lo transmiten a quien o quienes ellos designen y aquél otro en el que el poder reside en el pueblo (en aquella época no en todo el pueblo) quien nombra y separa los gobernantes. Posteriormente, en el occidente culto (que, como el lector habrá notado, es nuestra referencia) triunfa el principio autoritario o totalitario bajo la forma de la monarquía absoluta, respaldada por la iglesia católica. Hacia mediados del siglo XVI, en Ingla terra se produce una revolución liberal, o, para ser más cautos, en la que aparecen formulados muchos de los principios del gobierno liberal. Posteriormente estos prin cipios se implantan y desarrollan en América en Europa, a partir de la revolución francesa. Durante siglos en toda Europa (también en Inglaterra, donde la corona si gue teniendo el poder) asistimos a la lucha entre el principio absolutista, representado por las monarquías y el liberal, representado por los parlamentos, que aún no son democráticos pero constituyen un límite al poder monárquico y, en cuanto tales, de sarrollan el principio del gobierno del pueblo. Paulatinamente la democracia va ga nando terreno, bajo la forma republicana, hasta llegar a imponerse casi por completo en el occidente civilizado, pero no bien establecida reaparece el principio autoritario bajo la forma del fascismo y comunismo. Recientemente, tras la segunda guerra mundial y luego tras la caída del muro de Berlín, los gobiernos democráticos se im ponen en todo el occidente y la democracia aparece, incluso a nivel mundial, como la 

16 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL forma de gobierno más aceptable y a la que todos aspiran o dicen aspirar. En esto sí parece tener razón Fukuyama con su conocida tesis del “final de la historia”. Otra cosa es lo que nos depare el futuro: ¿seguirá vigente la legitimidad democrática, pese a los evidentes signos de crisis que se perciben en ella? Eso parece probable, pero no hay que excluir la vuelta del totalitarismo, de lo que ya se perciben síntomas en varios países occidentales. No hay ninguna necesidad histórica que lo haga posible o que lo impida. En cualquier caso, la experiencia parece mostrar también lo siguiente: 1) el prin cipio autoritario y el democrático están sometidos a un cierto movimiento pendular: no bien uno se ha establecido el rival renace y, a menudo, gana terreno. 2) el princi pio democrático responde más adecuadamente a las aspiraciones de los ciudadanos de los países cultos y ricos que quieren nombrar a los gobiernos y disponer de dere chos frente a ellos y no aceptan pasivamente el gobierno, obtenido por la legitima ción histórica o por la fuerza, de uno o de unos pocos. ¿Cabe decir, por tanto, como Hegel, que la historia es una larga marcha hacia la libertad? Probablemente, pero a condición de añadir inmediatamente que las cosas han ocurrido así pero que nada garantiza que la tendencia no se invierta. No es inima ginable que personas cultas acepten la dirección dogmática de una persona o una minoría. En las iglesias cristianas (especialmente en la católica) y en los sistemas fas cistas y comunistas hay abundantes ejemplos. Por poner sólo uno: Sartre, que había vivido y escrito en un régimen de libertades, terminó renegando del mismo y hacién dose pro-chino. No todo el mundo quiere decidir por sí mismo. Hay quien prefiere que decidan por él, quizás porque no aprecie la libertad o porque piense que conduce a la injusticia o al desorden y ponga otros valores en primer plano. Así pues no hay “final de la historia”, si por tal cosa se entiende que el sistema liberal-democrático se ha asentado definitivamente en la realidad y en la conciencia. El final no está escrito, en mi opinión, ni por ninguna providencia ni por ninguna ley de desarrollo social. Filosofía política y filosofía Para los estudiantes y no iniciados en estos problemas conviene añadir una adver tencia que puede evitar algunas confusiones: toda filosofía política descansa en cierta concepción del mundo (lo que los alemanes llaman Weltanschauung). El ejemplo más claro es el de La República platónica, en donde encontramos desarrollada una teoría del conocimiento (el racionalismo o intuicionismo), muy gráficamente en el mito de la caverna; una metafísica (la teoría de las ideas); una ética (el bien como idea de las ideas) y hasta una filosofía de la historia (sucesión de los regímenes políticos y sus causas), además de opiniones sobre el racismo, la transmigración de las almas y otras muchas. El problema de la justicia, de la buena organización de la ciudad, aparece enlazado con todos ellos. Para poner otro ejemplo: el gobierno de los filósofos se 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 17 justifica por una teoría epistemológica: que el conocimiento de las ideas es patrimonio de una minoría, lo que, a su vez, tiene que ver con su metafísica. Santo Tomás basa también su teoría del gobierno monárquico en una concepción del mundo católica y en una ética (el jusnaturalismo). Y lo mismo puede decirse de Hegel, Marx y, en general, de todos los filósofos de la política. Pero no hay que “de ducir” de aquí que a cada Weltanschauung corresponda una única teoría política o a la inversa. Por extraño que pueda parecer al no iniciado lo que sucede es que de una Weltanschauung “salen” varias teorías políticas, diferentes e incluso contrapues tas. Así del catolicismo han “salido” la justificación de la monarquía de derecho divi no, la democracia cristiana y la teología de la liberación, por señalar solo algunas, y del marxismo “salieron” la socialdemocracia y el comunismo. No debemos por tanto dejarnos engañar por el hecho de que algunas teorías políticas presenten cierta Weltanschauung como exclusivamente “suya” o viceversa. Ciertamente algunos ca tólicos dirán que de “su” religión no cabe “deducir” conclusiones revolucionarias y habrá marxistas que consideren a los socialdemócratas como traidores, o extraviados. Pero, como la experiencia muestra con abrumadora cantidad de ejemplos, la conexión entre Weltanschauung y filosofía política no es unívoca sino accidental. ¿Por qué? La respuesta más sencilla pudiera ser que la teoría política y la postura política que cada uno adopta en su vida corriente depende de la preferencia que conceda a deter minados valores y de la jerarquía que quiera establecer entre los mismos. Algunos dictadores anteponían la paz a los demás valores. La democracia pretende realizar la libertad, igualdad, seguridad, justicia y quizás algún otro. Los sistemas comunistas an teponen la igualdad a los demás valores. Claro es que en el batiburrillo de la propaganda política esto no suele reconocerse abiertamente. Así un fundamentalista probablemente proclamará a los cuatro vientos que defiende la igualdad, si bien no la pervertida de los demás sino la auténtica. Pero el observador imparcial (y el historiador de la política habrá de serlo en lo posible) que no se deje atrapar por la apariencia, distinguirá enseguida qué valores trata de implantar una teoría o un discurso de propaganda política. Por lo demás, aunque no siempre, algunas veces las teorías hacen explícitos los valores que quieren implantar y la jerarquía que establecen entre los mismos y el modo cómo los entienden. No dicen lo mismo un fundamentalista y un liberal cuando ambos hablan de la libertad. La pregunta que surge inmediatamente es: ¿acaso esa preferencia es irracional? Lo que dije hasta ahora es sencillamente que hay preferencia no que sea irracional. Algunos presentarán esa preferencia como basada en la razón, otros quizás en la fe o en el simple deseo y eso ha de ser objeto de discusión. Más adelante aventuraré una opinión personal. Lo que me importa señalar por el momento es que en todas las obras que aquí se recogen hay como un núcleo de índole política, exclusivamente política, indepen diente de las envolturas o apoyaturas filosóficas o religiosas con las que se presenta. Las palabras derechas, izquierdas, liberalismo, socialismo, fascismo o comunismo, aunque no tengan un sentido unívoco, tratan de designar ese núcleo. 

18 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL Filosofía política, ciencia política e ideología y política El tema central de la filosofía política es el de la sociedad justa o bien ordenada y en cuanto tal se ocupa de los problemas de la titularidad del poder político y econó mico, organización de la enseñanza, la defensa, etc. etc. Como estudio generalista que es, aspira a configurar las estructuras de una socie dad justa, sin entrar en las luchas partidistas por ocupar el poder. Dice o trata de decir cómo ha de ser el poder pero no qué partido o individuo ha de ocuparlo en concreto. Lo que no debe entenderse en el sentido de que la filosofía política no se ocupa de la historia, de las luchas por el poder que tienen lugar en la sociedad y de la figura con creta que el poder va adquiriendo. Al contrario: sin el conocimiento de la sociedad y de la historia no habría filosofía política, o ésta se transformaría en una elucubración sin sentido. Pero, aunque el acontecer histórico sea la savia de la filosofía política, lo transciende situándose en el nivel de abstracción que es propio de la filosofía. Lo que tampoco debe entenderse en el sentido de que esta disciplina se configure como un discurso aséptico y neutral que no incida para nada en la práctica. Al con trario: no hay filosofía política neutral. Platón era comunista, Aristóteles demócrata o predemócrata, Locke liberal o preliberal, Rousseau demócrata y aunque el filósofo lo intentara no podría escapar de la “afiliación”. Y en cuanto partidario de un tipo determinado de estructura política puede ejercer cierta influencia sobre la práctica y de hecho la ejerce. Toda gran obra política incide en la opinión o quizás la expresa, dando forma a las ideas y aspiraciones que se en contraban confusamente en la mente de muchas personas que luego participarán en la praxis política. O también puede ser tomada como bandera por grupos o partidos que la utilizan como cobertura de su acción. El ejemplo más claro pudiera ser el del marxismo, utilizado como doctrina por los partidos de izquierda. Por otra parte expre siones como “la suprema dignidad del hombre”, “la infalibilidad de la voluntad gene ral” y otras semejantes tienen acogida en los discursos políticos e incluso en los textos legales. Con todo sigue siendo cierto que la filosofía política de las grandes obras se mantiene en un nivel de generalidad y abstracción que las aleja de las luchas partida rias en las que los políticos se enzarzan. Caso distinto es el de la llamada ideología política que viene a situarse a medio camino entre la filosofía y la práctica. El discurso de los políticos suele ser una mez cla de descalificación de los adversarios y elogio de la actividad propia, en la que sólo de vez en cuando aparece alguna referencia a los principios y a las “grandes” ideas. Pero, como Michels observó, los partidos y grupos que participan en la lucha por el poder necesitan algún tipo de “fórmula” o justificación de su actividad. Para ello uti lizan el “programa”, especie de contrato social que ofrecen a los electores y también algún documento más elaborado, que suele llamarse “programa básico” o “máximo” y que contiene una serie de argumentos y razones justificativas de las pretensiones políticas del partido o grupo. Es el programa que contiene la doctrina del partido, su 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 19 análisis de la realidad, los valores que defiende y los medios que quiere poner en práctica para alcanzarlos, pero sin descender a las cifras y acciones concretas reserva das para el programa electoral. Pues bien ese programa básico tiene bastante que ver con la filosofía política de la que a veces no resulta fácil distinguirlo. La distinción es más bien formal: la obra filosófica, aparte de ser unipersonal y no colectiva como suele ser el programa, se distingue por la variedad de argumentos y por la densidad de los mismos. Suele ser obra destinada a la lectura y la meditación y no una invita ción a la acción al servicio de los intereses de un grupo o partido. Aunque en defini tiva ambas lo estén , la una está más vinculada con la praxis que la otra. Lo que tiene que ver, por cierto, con la llamada independencia del intelectual. La filosofía política es la obra de algún escritor que, aunque sabe que puede ser utilizado en las luchas políticas, escribe a título personal y no al dictado de ningún grupo o partido. Ni Montesquieu, Rousseau, ni Marx estarían probablemente de acuerdo con los manejos y mezquindades de quienes se consideraran sus seguidores. La filosofía también se distingue de la ciencia política, aunque como es obvio se relacione con ella. Dijimos que la filosofía trata de delinear la estructura de una socie dad justa; su actividad es preferentemente valorativa. Pero claro es que junto a las valoraciones encontramos en las obras de filosofía política numerosas observaciones y descripciones de la realidad, como pudiera ser la famosa distinción entre monarquía, aristocracia y democracia o el análisis de las causas de la decadencia de los regíme nes, que ya se encuentran en Platón y Aristóteles. Y es por esta actividad descriptiva, generalmente basada en la observación directa del autor, por donde la filosofía se aproxima a la ciencia. Pues ésta trata de conocer, describir y explicar, la realidad política, aunque inevitablemente esta actividad esté teñida de valoraciones. Mucho de lo que dijo la ciencia, en este como en otros cam pos, había sido anticipado por la filosofía. Aristóteles, Hobbes, Maquiavelo, Montesquieu y tantos otros, fueron grandes científicos de la política, o al menos pre cursores de la ciencia aunque también fueran filósofos, quizás porque una actividad puramente valorativa no sea posible, si no va entreverada con la observación de la realidad o apoyada en ella. De la construcción de un modelo de sociedad justa tratan las obras recogidas y resumidas en este libro. Como cualquiera que conozca mínimamente la realidad po lítica sabe, entre ellas no hay ni puede haber unanimidad. Son la obra de pensadores individuales, casi siempre geniales, que expusieron y trataron de fundamentar su idea de la justicia. En todas ellas hay preferencias valorativas, explícitas o no, pero clara mente perceptibles, preferencias que, en mi opinión ciertamente discutible, obedece a lo que Chevalier llama la “sed” del autor, su deseo o su voluntad más bien que a su razón. En cuanto expresión articulada de pensamiento claro es que son obras raciona les y a veces bellas, pero sus supuestos últimos no vienen, me parece, de la razón sino, como Hume decía, del corazón. Con lo que formulamos una opinión relativa a una pregunta que antes habíamos dejado abierta. 

20 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL Apenas hace falta recordar lo que es de sobra sabido: que la civilización de la antigua Grecia contiene, en germen, todas o casi todas las ideas de que nosotros vivi mos. Desde entonces, también esto es sabido, ha habido grandes avances en el terre no de las ciencias exactas y experimentales, pero todo, o casi todo lo que pensamos sobre el mundo, su origen y su final, sobre el sentido de la vida y sobre la sociedad y el mejor modo de organizarla, fue anticipado por los griegos. Cierto que el cristianismo aportó una forma nueva de religiosidad; pero no menos cierto que su visión del mundo no es muy diferente de la expresada por Platón, para el que la auténtica realidad estaba en el mundo de las ideas, presididas por la del Bien que ya preludia al Dios del cristianismo. La imagen de otra vida en la que seremos juzgados por nuestra conducta en esta, se encuentra también en Platón. Lo que posiblemente, como también se ha dicho, constituya la mayor innovación del cristianismo es la idea de un Dios unipersonal, creador del mundo de la nada y del hombre a su “imagen y semejanza”. Pero sea lo que sea de las posibles aportaciones del cristianismo a la filosofía, es lo cierto que, en el campo que ahora nos interesa, el de la filosofía política, casi todo ha sido anticipado por los grandes autores de la Gre cia clásica. Allí nos encontramos con una exposición y defensa del régimen democrático en la oración fúnebre de Pericles (siglo V a.C.) en honor de los caídos, que nos ha sido transmitida por Tucídides; con la idea de la igualdad natural de los hombres, defendi da por el sofista Antifón; la crítica de la democracia, en la República de los Atenienses; explicaciones sociológicas del origen del Derecho en Trasímaco y Caliclés, que a la vez justifican el dominio de los fuertes; consideraciones de relacio nes interestatales en Isócrates. Todas las grandes opciones que se ofrecen a los hom bres de todas las épocas ya están planteadas allí: democracia-dictadura; aristocratismo-igualitarismo; jusnaturalismo-positivismo; belicismo-pacifismo; religosidad-ateísmo, etc. etc. Cuando nos dejamos absorber por los problemas del presente solemos perder de vista que problemas similares se presentaron ante los antiguos y que nuestras soluciones fueron anticipadas por ellos. Lo que cambian, a menudo, son las formas, tanto de los problemas como de las soluciones. Lo que cam bia es el lenguaje, las referencias personales y espacio-temporales. Nadie habla ahora de la guerra del Peloponeso pero es fácil apreciar que los problemas con que hoy nos enfrentamos: la unión europea, la guerra fría no son, en el fondo, diferentes de aque llos con que se enfrentaban los antiguos. Y hoy como ayer sabemos que en el campo de la política no hay soluciones unánimemente aceptadas, que toda solución es sec taria, en el sentido literal del término y que la unanimidad es rara y, cuando se produ ce, es impuesta por la fuerza. Lo dijo bien Hayek, en su Introducción a los Fundamentos de la Libertad (Ed. Centro de Estudios sobre la Libertad, Buenos Aires, 4ª. edición, por Unión Editorial, Madrid, 1982): “Para que las viejas verdades mantengan su impronta en la mente humana deben reintroducirse en el lenguaje conceptos de las nuevas generaciones. 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 21 Las que en un tiempo fueron expresiones de máxima eficacia, con el uso se gastan gradualmente, de tal forma que dejan de tener un significado definido. Las ideas fun damentales pueden tener el valor de siempre, pero las palabras, incluso cuando se refieren a los problemas que coexisten con nosotros, ya no traen consigo la misma convicción; los argumentos no se mueven dentro de un contexto que nos sea familiar y raramente nos dan respuesta a los interrogantes que formulamos. Esto quizás sea inevitable, porque no existe una declaración de ideas tan completa que satisfaga a todos los hombres. Tales declaraciones han de adaptarse a un determinado clima de opinión y presuponen mucho de lo que se acepta por todos los hombres de su tiempo e ilustran los principios generales con decisiones que les conciernen” (pág. 19). La República platónica y la Política aristotélica, pese a bastantes ingenuidades y al tributo que pagan a las ideas aceptadas en su época, constituyen, en mi opinión, las dos grandes creaciones de la filosofía política de todos los tiempos y la base en que se asientan las construcciones posteriores. Casi todos los análisis y argumentos que aparecen en las diferentes ideologías tienen su antecedente en las dos grandes obras de la antigüedad clásica, quizás con la importante excepción de los derechos huma nos, cuya formulación aparece vinculada al liberalismo posterior. Platón y Aristóteles son los primeros exponentes de los principios del autoritarismo y el autogobierno res pectivamente.

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