ARISTÓFANES.
(Atenas, 450 a.C.-id., 385 a.C.) Comediógrafo griego. Poco se sabe sobre su vida, tan sólo algunos detalles extraídos de su obra, de la que se conserva una cuarta parte. Fue un ciudadano implicado en la política ateniense: participó en las luchas políticas para la instauración del Partido Aristocrático y, desde sus filas, mostró su desacuerdo con la manera de gobernar de los demócratas. Se opuso a la guerra del Peloponeso, porque llevaba a la miseria a los campesinos del Ática, en una guerra fratricida que denunció sobre todo en Lisístrata.
Su postura conservadora le llevó a defender la validez de los tradicionales mitos religiosos y se mostró reacio ante cualquier nueva doctrina filosófica. Especialmente conocida es su animadversión hacia Sócrates, a quien en su comedia Las nubes presenta como a un demagogo dedicado a inculcar todo tipo de insensateces en las mentes de los jóvenes. En el terreno artístico tampoco se caracterizó por una actitud innovadora.
(Atenas, 450 a.C.-id., 385 a.C.) Comediógrafo griego. Poco se sabe sobre su vida, tan sólo algunos detalles extraídos de su obra, de la que se conserva una cuarta parte. Fue un ciudadano implicado en la política ateniense: participó en las luchas políticas para la instauración del Partido Aristocrático y, desde sus filas, mostró su desacuerdo con la manera de gobernar de los demócratas. Se opuso a la guerra del Peloponeso, porque llevaba a la miseria a los campesinos del Ática, en una guerra fratricida que denunció sobre todo en Lisístrata.
Su postura conservadora le llevó a defender la validez de los tradicionales mitos religiosos y se mostró reacio ante cualquier nueva doctrina filosófica. Especialmente conocida es su animadversión hacia Sócrates, a quien en su comedia Las nubes presenta como a un demagogo dedicado a inculcar todo tipo de insensateces en las mentes de los jóvenes. En el terreno artístico tampoco se caracterizó por una actitud innovadora.
Las
Nubes fue presentada por primera vez el año 423 a. C., pero
Aristófanes no logró ganar el primer lugar, sacando el tercero en
las Dionisias. Aristófanes jamás se resignó a haber perdido. Por
lo mismo, reescribió entre los años 420 y 417 el texto de su obra y
esa es la versión que se conserva en la actualidad. Esto lo sabemos
porque en la misma comedia el coro exhorta a los espectadores
reprochándoles el haber perdido. Aristófanes la consideraba su obra
más fina de entre sus comedias. En las nubes aparece la primera
referencia histórica sobre Sócrates, que es presentado como un
sofista.
Fuente:
Recopilador.
Dr: Enrico Pugliatti
***
Las nubes
Aristófanes
Personajes
ESTREPSÍADES,
agricultor ateniense.
FIDÍPIDES,
su hijo.
UN ESCLAVO DE ESTREPSÍADES.
UN DISCIPULO DE SOCRATES.
SÓCRATES,
el filósofo.
EL CORO
DE NUBES,
en figura de mujeres.
EL
ARGUMENTO MEJOR,
representado como un hombre mayor de porte antiguo.
EL
ARGUMENTO PEOR,
un joven con atuendo moderno.
EL ACREEDOR 1
EL ACREEDOR 2
QUEROFONTE,
discípulo de Sócrates.
PERSONAJES
MUDOS:
Discípulos de Sócrates; Testigos del Acreedor 1º;
Jantias, esclavo de ESTREPSÍADES; otros esclavos.
Parte 1
Primer Acto
Hay dos
casas, una grande, que pertenece a ESTREPSÍADES y
otra pequeña, en la que viven SÓCRATES y
sus discípulos. Ante la casa deESTREPSÍADES, en
primer plano, se simula
un interior. Es todavía de noche. Ocupan sendas camas ESTREPSÍADES y
su hijo FIDÍPIDES. El
padre da vueltas en la cama y acaba por levantarse.
ESTREPSÍADES.
¡Ay, ay,
Zeus soberano!, ¡qué larga es la noche! Es interminable. ¿Nunca se
hará de día? La verdad es que he oído hace un rato cantar al
gallo, pero los esclavos aún están roncando. Antes no hubiera
pasado esto. ¡Maldita seas, guerra, maldita por tantas y tantas
cosas, cuando ya ni siquiera puedo castigar a los esclavos!
Tampoco el
chico este se despierta en toda la noche. ¡Mira cómo se tira pedos
bien envuelto con cinco mantas! En fin, si os parece, vamos a roncar
bien tapados. (Se
acuesta y se tapa.) Nada,
no puedo dormir, ¡pobre de mí!, mordido como estoy por los gastos,
los pesebres y las deudas, por culpa de este hijo. Él, con su pelo
largo, monta, guía el carro y sueña, todo con caballos. En cambio
yo estoy hecho polvo cuando veo que la luna me trae otra vez el día
veinte del mes, pues los intereses se acumulan .
(Hacia la casa.)
Chico, coge
el candil y saca los apuntes de mis cuentas, para que mire a quién
le debo dinero y calcule
los intereses.
(Un esclavo trae un
candil y las tablillas con las cuentas.)
A ver qué
debo. «Doce minas a Pasias». ¿De qué, doce minas a Pasias? ¿Por
qué se las pedí prestadas? Ya está: cuando compré el caballo
señalado con la «coppa». ¡Pobre de mí!, ¡ojalá me hubiera
señalado antes
el ojo con una piedra!
FIDÍPIDES. (Dormido.)
Filón, estás haciendo trampa.
Ve por tu calle.
ESTREPSÍADES. Ésa, ésa es la
desdicha que me tiene hecho polvo: hasta dormido sueña con los
caballos.
FIDÍPIDES. (Dormido.)
¿Cuántas vueltas a la pista
van a dar los carros de guerra? .
ESTREPSÍADES. ¡Tú
sí que me haces dar muchas vueltas a mí, a tu padre! Después de
Pasias, ¿en qué deuda me metí? «Tres minas por un carro pequeño
y un par de ruedas a Aminias.»
FIDÍPIDES. (Dormido.)
Haz que el caballo se
revuelque y luego llévatelo al establo.
ESTREPSÍADES. ¡Ay,
amigo!, ¡a mí sí que me has revolcado… fuera de mi dinero: ya he
perdido varios pleitos y otros acreedores dicen que me van a embargar
por los intereses!
FIDÍPIDES. (Despierto.)
A ver, padre; ¿por qué te
pones de mal humor y andas dando vueltas toda la noche?
ESTREPSÍADES. Me
está picando entre las mantas… un demarco .
FIDÍPIDES. ¡Déjame
dormir un poco, hombre!
(Se tapa otra vez y sigue
durmiendo.)
ESTREPSÍADES. ¡Por
mí, duerme! Pero para que te enteres: todas estas deudas serán tu
problema. ¡Ay, ojalá hubiera reventado la casamentera que me empujó
a casarme con tu madre! Yo llevaba una vida de agricultor muy
agradable: sucio y mugriento, tumbado a la bartola, con un montón de
rebaños, de miel de abejas y de aceitunas prensadas.
Pero me fui a casar con la
sobrina de Megacles, hijo de Megacles, yo, un campesino, con una de
ciudad: una señoritinga loca por el lujo, del estilo de Cesira. el
día que me casé con ella, yo, acostado a su lado, olía a vino
nuevo, a higos secos, a copos de lana y a abundancia, pero ella olía
a perfume, a azafrán, a morreos, a despilfarro, a glotonería, a
Afrodita Colíade y a Genetilide.Sin embargo, no diré que era una
vaga, que ella tejía y tejía, así que yo le mostraba esta capa
(señala su capa)
tomándola como excusa para
decirle: «Mujer, tejes demasiado apretado» .
ESCLAVO. (El
candil se apaga.)
No nos queda aceite en el
candil.
ESTREPSÍADES. ¡Rayos!
¿Por qué me encendiste el candil que chupa tanto? Ven aquí, que me
las vas a pagar.
ESCLAVO. ¿Por
qué te las voy a pagar?
ESTREPSÍADES. Porque
le metiste una mecha de las más gruesas.
(El ESCLAVO se
va.)
Más
adelante, cuando nos nació este hijo, a mí y a la buena de mi
mujer, nos empezamos a pelear por el nombre. Ella quería añadir
«ipo» al
nombre: Jantipo, Queripo o Calipides, mientras que yo quería ponerle
Fidónides, por su abuelo. Pasaba el tiempo mientras tratábamos de
decidirlo y, al fin, llegamos a un acuerdo y le pusimos FIDÍPIDES.
Ella cogía a este tipo y le decía cariñosamente: «Cuando tú seas
mayor y conduzcas la carroza hacia la Acrópolis como
Megacles, con la túnica de lujo… ».
Yo, en
cambio, le decía: «Más bien cuando traigas las cabras desde el
Roquedal, como tu padre, vestido con la pelliza». Pero él no me
hacía ni pizca de caso y así hizo que cayera sobre mis bienes una
peste caballar . Llevo
toda la noche pensando cómo salir de esto y, por fin, ahora acabo de
encontrar un camino totalmente excepcional; si consigo convencerlo de
que lo siga, me veré a salvo. Bueno, en primer lugar quiero
despertarlo. ¿Cómo podría yo despertarlo suavemente?, a ver,
¿cómo? ¡Fidípides, Fidipidito!
FIDÍPIDES. ¿Qué
pasa, padre?
ESTREPSÍADES. Bésame
y dame tu mano derecha
FIDÍPIDES. (Se
incorpora y le alarga la mano.)
Aquí la tienes. ¿Qué pasa?
(Las camas son retiradas del
escenario.)
ESTREPSÍADES. Dime,
¿tú me quieres?
FIDÍPIDES. Sí,
¡por Posidón Hípico, aquí presente! (
Señala una estatua.)
ESTREPSÍADES. No,
no por el Hípico, ni hablar, que ese dios es el culpable de mis
desgracias. Pues si me quieres de verdad, de corazón, obedéceme,
hijo.
FIDÍPIDES. ¿Y
en qué tengo que obedecerte?
ESTREPSÍADES. Cambia
de un plumazo tu estilo de vida y vete a aprender lo que yo te diga.
FIDÍPIDES. A
ver, dime, ¿qué me mandas?
ESTREPSÍADES. ¿Me
vas a hacer caso?
FIDÍPIDES. Te
haré caso, ¡por Dioniso!
ESTREPSÍADES. Bien,
pues mira aquí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?
(Señala
la casa de SÓCRATES.)
FIDÍPIDES. Sí.
¿Qué es eso en realidad, padre?
ESTREPSÍADES. Eso
es el «caviladero» de los espíritus selectos. Ahí viven unos
hombres que, al hablar del cielo, tratan de convencerte de que es una
tapadera de horno, y de que está alrededor de nosotros, que somos
los carbones. Si se les paga, ellos te enseñan a ganar pleiteando
todas las causas, las justas y las injustas.
FIDÍPIDES. ¿Y
quiénes son?
ESTREPSÍADES. No
sé exactamente el nombre. Son «cavilopensadores», gente bien.
FIDÍPIDES. Bah,
unos hijos de perra. Ya sé yo: te refieres a esos fantasmones,
paliduchos y descalzos, entre los que están el desgraciado de
Sócrates y Querefonte.
ESTREPSÍADES. Eh,
eh, cállate. No digas niñerías. Si algo te importan los garbanzos
de tu padre, hazte de su grupo, por favor, y manda los caballos a
paseo.
FIDÍPIDES. Ni
hablar, ¡por Dioniso!, ni aunque me dieras los faisanes que cría
Leógoras
ESTREPSÍADES. Anda,
ve, te lo pido por favor, hijo de mi alma; ve a que te enseñen.
FIDÍPIDES. ¿Y
qué quieres que aprenda?
ESTREPSÍADES. Dicen
que con ellos están los dos Argumentos, el Mejor, sea como sea, y el
Peor. De esos dos Argumentos, dicen que el Peor gana los pleitos
defendiendo las causas injustas. Así que, si me aprendes ese
Argumento injusto, de lo que ahora debo por tu culpa, de todas esas
deudas, no tendría que devolver ni un óbolo a nadie.
FIDÍPIDES. No
te puedo obedecer, que ni me atrevería a mirar a la cara a los
caballeros estando tan descolorido.
ESTREPSÍADES. ¡Por
Deméter! Que conste que de lo mío no vas a probar bocado, ni tú,
ni el caballo del tiro, ni el marcado con la s. Te echaré de casa,
¡a hacer puñetas!
FIDÍPIDES.
Pues mi tío Megacles no va a consentir que yo me quede sin caballos.
Hala, me voy adentro, y a ti, ¡ni caso!
(Entra en su casa.)
ESTREPSÍADES. Pues
yo, desde luego, no voy a quedarme así, hecho polvo. Voy a
encomendarme a los dioses e iré yo en persona al caviladero para que
me enseñen. Pero a mí, con lo viejo, lo olvidadizo y lo burro que
soy, ¿cómo me van a entrar esas exquisiteces y esas finuras de
argumentos? No tengo más remedio que ir. ¿Por qué ando perdiendo
el tiempo con estas cosas en vez de llamar a la puerta?
(Llama a
la puerta del caviladero.)¡Chico,
chico!
DISCÍPULO. (Abriendo
la puerta.)
¡Al cuerno! ¿Quién
llama a la puerta?
ESTREPSÍADES.
Estrepsíades, hijo de Fidón, de Cicina.
DISCÍPULO. ¡Un
patán, por Zeus!: le has pegado una patada a la puerta de una forma
tan increíble que has hecho abortar una idea recién inventada.
ESTREPSÍADES. Perdona,
es que yo vivo lejos, en el campo. Anda, dime la idea abortada.
DISCÍPULO. No
se nos permite decirla a los que no sean discípulos.
ESTREPSÍADES. Entonces,
dímela con toda confianza, que yo, aquí donde me ves, vengo al
caviladero para ser discípulo.
DISCÍPULO. Te
lo voy a decir, pero hay que considerar estas cosas como misterios.
Hace un momento preguntaba Sócrates a Querefonte cuántas veces
podría saltar una pulga la longitud de sus pies, pues una mordió la
ceja de Querefonte y luego saltó a la cabeza de Sócrates.
ESTREPSÍADES. ¿Y
cómo consiguió medirlo?
DISCÍPULO. De
una forma muy astuta. Fundió cera; después cogió la pulga y le
sumergió los dos pies en la cera; cuando la pulga se enfrió, se le
habían formado unas zapatillas persas; se las quitó, y medía con
ellas la distancia.
ESTREPSÍADES. ¡Zeus
soberano!, ¡qué finura de mente!
DISCÍPULO. ¿Pues
qué dirías si te enteraras de este otro pensamiento de Sócrates?
ESTREPSÍADES. ¿Cuál?
Por favor, cuéntamelo.
DISCÍPULO. Le
preguntaba Querefonte de Esfeto si, en su opinión, los
mosquitos cantan por la boca o por el culo.
ESTREPSÍADES. ¿Y
qué dijo él sobre el mosquito?
DISCIPULO. Decía
que el intestino del mosquito es estrecho, y que por ser un conducto
delgado el aire pasa por él con fuerza directamente hasta el culo.
Después, como el ano resulta ser un espacio hueco junto a un
conducto estrecho, hace ruido por la fuerza del aire.
ESTREPSÍADES. Así
que el ano de los mosquitos es una trompeta. ¡Tres vivas por esta
investigación intestinal! Seguro que si lo acusaran saldría
absuelto fácilmente el que conoce tan bien el intestino del
mosquito.
DISCÍPULO. Pues
hace un par de días se vio privado de un gran pensamiento por una
salamanquesa.
ESTREPSÍADES. ¿De
qué modo? Cuéntamelo.
DISCÍPULO. Investigaba
el curso y los desplazamientos de la luna, y al estar con la boca
abierta mirando hacia arriba como era de noche, un geco le cagó
desde el alero.
ESTREPSÍADES. ¡Qué
gracioso el geco ese que le cagó encima a Sócrates!
DISCÍPULO. Pues
ayer por la noche no teníamos cena.
ESTREPSÍADES. ¡Ajá!
y, ¿cómo se las ingenió para conseguir los garbanzos?
DISCÍPULO. Espolvoreó
la mesa con una capa fina de ceniza, curvó un asador, lo usó como
compás y… robó un manto del gimnasio .
ESTREPSÍADES. Entonces,
¿por qué seguimos admirando a aquel Tales? Abre, abre el
caviladero, termina ya, y enséñame a Sócrates lo más aprisa que
puedas, que quiero ser su discípulo. ¡Venga, abre la puerta!
(El DISCÍPULO abre
la puerta. La máquina escénica trae al escenario a varios grupos de
discípulos.)
¡Heracles!, ¿de dónde
han salido estos animales?
DISCÍPULO. ¿Por
qué te asombras? ¿A qué crees que se parecen?
ESTREPSÍADES. A
los laconios capturados en Pilos , pero,
¿por qué razón están mirando al suelo esos de ahí?
(Señala a un grupo de
discípulos.)
DISCÍPULO. Investigan
lo que hay bajo tierra.
ESTREPSÍADES. Entonces
buscan cebollas . No os preocupéis (al
grupo) más
por eso, que yo sé dónde las hay grandes y hermosas. ¿Y qué
están haciendo esos otros, los que están tan encorvados?
(Señala
otro grupo.)
DISCÍPULO. Ésos
escrutan las tinieblas que hay más allá del Tártaro .
ESTREPSÍADES. ¿Y
por qué su culo mira al cielo?
DISCÍPULO. Está
aprendiendo astronomía por su cuenta.
(A los discípulos que están
fuera de la casa.)
Venga, entrad, no sea que él
os pille fuera.
ESTREPSÍADES. Aún
no, aún no; que se queden, que quiero ponerlos al corriente de un
asuntillo mío.
DISCÍPULO. Es
que no les está permitido pasar demasiado tiempo fuera al aire
libre. (Los
discípulos mencionados entran en el caviladero.)
ESTREPSÍADES.
(Va señalando algunos
objetos.)
¡Por los dioses!, ¿qué es
esto? Dime.
DISCÍPULO. Esto
de aquí es astronomía.
ESTREPSÍADES. Yeso
otro, ¿qué es?
DISCÍPULO. Es
geometría.
ESTREPSÍADES. Y,¿para
qué sirve?
DISCÍPULO. Para
medir la tierra.
ESTREPSÍADES. ¿La
que se adjudica en parcelas? .
DISCÍPULO. No,
toda la tierra.
ESTREPSÍADES. ¡Qué
cosa más buena! Esa idea es democrática y útil.
DISCÍPULO. Yéste
es un mapa de toda la tierra. ¿Ves? Aquí está Atenas.
ESTREPSÍADES. ¿Qué
dices? No lo creo, porque no veo a los jueces en sesión .
DISCÍPULO. Puedes
estar seguro de que este territorio es el Ática.
ESTREPSÍADES. ¿Ydónde
están los de Cicina, mis vecinos?
DISCÍPULO. Están
justamente aquí.
(Señalando la zona en el
mapa.)
Y ésta,
como ves, es Eubea, situada a
lo largo del continente un buen trecho.
ESTREPSÍADES. Lo
sé bien, pues la situamos fuera
de juego nosotros con Pericles . Pero ¿dónde está
Lacedemonia?.
DISCÍPULO. ¿Que
dónde está? Ahí la tienes.
(Señalando.)
ESTREPSÍADES. ¡Qué
cerca de nosotros! Planteaos de nuevo esto: apartarla de nosotros
todo lo posible.
DISCÍPULO. No
se puede.
ESTREPSÍADES. ¡Por
Zeus! Ospesará entonces.
(SÓCRATES aparece
en un cesto colgado del techo mediante una grúa.)
¡Anda! y ¿quién es ese
hombre que está en la cuerda colgada del gancho?
DISCÍPULO. Es
él.
ESTREPSÍADES. ¿El,
quién?
DISCÍPULO. Sócrates.
ESTREPSÍADES. ¡Sócrates!
Anda, llámamelo bien fuerte.
DISCÍPULO. Llámalo
tú mismo, que yo no tengo tiempo.
(Entra en la casa.)
ESTREPSÍADES. ¡Sócrates,
Socratillo!
SÓCRATES. ¿Por
qué me llamas, efímera criatura?
ESTREPSÍADES. En
primer lugar, dime qué haces, por favor.
SÓCRATES. Camino
por los aires y paso revista al sol .
ESTREPSÍADES. ¿Así
que «pasas» de los dioses desde un cesto en vez desde el suelo, si
eso es lo que haces?
SÓCRATES. Nunca
habría yo llegado a desentrañar los fenómenos celestes si no
hubiera suspendido mi inteligencia y hubiera mezclado mi sutil
pensamiento con el aire semejante a él. Si yo, estando en el suelo,
hubiera examinado desde abajo las regiones de arriba, nunca habría
desentrañado nada. Seguro, porque la tierra arrastra hacia así la
sustancia del pensamiento. Eso mismo les pasa también a los berros.
ESTREPSÍADES. ¿Cómo
dices? ¿El pensamiento arrastra la sustancia hacia los berros? Anda,
baja hasta mí, Socratillo, para que me enseñes las cosas por las
que he venido.
SÓCRATES. (Descendiendo
del cesto.)
Y,¿para qué has venido?
ESTREPSÍADES. Quiero
aprender a discursear, pues por culpa de los intereses y de los
acreedores mal dispuestos, me veo despojado y saqueado: tengo todo
embargado.
SÓCRATES. ¿Y
cómo es que te has endeudado sin enterarte?
ESTREPSÍADES. Me
hizo polvo una enfermedad hípica, que consume muchísimo. Pero anda,
enséñame uno de tus dos Argumentos, aquél que no paga nada. Y
cualquiera que sea la remuneración que me pidas, juraré por los
dioses pagártela puntualmente.
SÓCRATES. ¿Que
vas a jurar por los dioses? Para empezar, los dioses no son de curso
legal entre nosotros.
ESTREPSÍADES. Entonces,
¿por qué cosa juráis? ¿Por unas monedas de hierro, como en
Bizancio?
SÓCRATES. ¿Quieres
saber con claridad en qué consiste exactamente lo divino?
ESTREPSÍADES. Sí,
por Zeus, si puede ser.
SÓCRATES. ¿Y
entablar diálogo con las Nubes, nuestras divinidades?
ESTREPSÍADES. Sí,
sí.
SÓCRATES. Pues
siéntate en el jergón sagrado.
(Señala un humilde jergón.)
ESTREPSÍADES. Vale,
ya me siento.
SÓCRATES. Ahora
coge esta corona.
(Le
da una corona.)
ESTREPSÍADES. ¿Una
corona para qué? ¡Pobre de mí!, no me sacrifiquéis como a
Atamante , Sócrates.
SÓCRATES. No;
es que esto se lo hacemos a todos los que se inician.
ESTREPSÍADES. ¿Y
qué voy a sacar yo en limpio?
SÓCRATES. En
discursear te convertirás en un experto, en unas castañuelas, en
harina de la más fina. ¡Pero estáte quieto!
(Lo
espolvorea con harina muy molida.)
ESTREPSÍADES. ¡Por
Zeus!, no me vas a tomar el pelo, que espolvoreado de esta manera me
voy a convertir de verdad en harina.
SÓCRATES.
Es preciso que el anciano guarde un silencio reverente y preste oídos
a la plegaria. ¡Oh Rey soberano, inconmensurable Aire, que sostienes
la tierra en el espacio, y tú, Éter brillante, y vosotras, Nubes,
veneradas diosas del trueno y el rayo, levantaos, oh señoras,
apareceos en las alturas al hombre que cavila!
ESTREPSÍADES. (Mientras
se tapa con la capa.)
Aún no, aún no, hasta que me
eche por encima ésta, no me vayan a mojar. ¡Si seré imbécil que
he salido de casa sin llevar ni siquiera la gorra!
SOCRATES. Así
pues, ¡oh Nubes muy venerables!, venid a mostraros a este
hombre, ya sea que os encontréis en las sagradas cimas del Olimpo,
batidas por la nieve, ya sea que con las Ninfas forméis un coro
sagrado en los jardines de vuestro padre Océano, ya sea que con
áureos jarros extraigáis agua en las bocas del Nilo, ya sea que
habitéis en el lago Meotis o en la cima nevada del Mimante.
Prestadme oídos aceptando el sacrificio y alegrándoos con los
sagrados ritos.
(Comienza
a oírse el canto del coro de nubes, sin que se haga visible. Al
mismo tiempo se oyen truenos.)
CORO.
Nubes imperecederas,
alcémonos, visibles en
nuestra brillante apariencia húmeda,
desde nuestro padre Océano,
de profundo estruendo,
hasta las cimas de altísimos
montes
cubiertas de árboles, para
que
contemplemos las atalayas
que se divisan a lo lejos,
los frutos y la sagrada
tierra bien regada,
el cadencioso martillo de
los divinos ríos,
y el mar que con sordo
fragor resuena;
pues el ojo incansable del
Éter resplandece
con sus brillantes rayos.
Ea, sacudamos de nuestra
forma inmortal
la lluviosa niebla, y
contemplemos,
con mirada que mucho abarca,
la tierra.
SÓCRATES. Oh
muy venerables Nubes, está claro que habéis escuchado mi llamada.
(A Estrepsíades.)
¿Has oído su voz y el rugido
del divino trueno que inspira temor?
ESTREPSÍADES. Sí, y os
adoro, ¡oh muy honorables!, y quiero
tirarme pedos en respuesta a los truenos, de tanto que me asusto y
tiemblo ante ellos. Y si es licito, ahora mismo ya -y aunque no sea
lícito también- voy a cagar.
SÓCRATES. Déjate
de bromas y no hagas lo que esos malditos comediantes; estáte quieto
y callado, pues un nutrido enjambre de diosas se aproxima cantando.
CORO. (No
visible aún.)
Doncellas portadoras de la
lluvia,
vayamos a la espléndida
tierra de Palas, para contemplar
el muy deseable país de
Cécrope, rico en hombres
valerosos;
lugar sagrado de ritos
indecibles, donde
un santuario que acoge a los
iniciados
abre sus puertas en los
Sagrados Misterios.
Allí se brindan presentes a
los dioses celestiales,
templos hay de elevado
techo, estatuas,
procesiones sacratísimas de
los bienaventurados,
sacrificios y fiestas a los
dioses, con ornamento de coronas,
en las estaciones más
diversas,
y al llegar la primavera, el
don de Bromio:
la porfía de los coros
melodiosos
y la música de las flautas
de grave sonido.
ESTREPSÍADES. Por
Zeus te lo pido, Sócrates, dime quiénes son las que entonan ese
canto tan solemne. ¿No son alguna clase de heroínas, verdad?
SÓCRATES. Nada
de eso. Son las Nubes celestiales, grandes diosas para los hombres
inactivos, que nos facilitan el pensamiento, la dialéctica, la
inteligencia, la expresión de invenciones novedosas, el
circunloquio, el desconcertar al auditorio y el tenerlo a raya
ESTREPSÍADES. Entonces,
por eso, al oírlas, mi alma ha remontado el vuelo y está deseando
ya hablar sutilmente y decir finuras sobre el humo, rebatir una
sentencia con una sentencilla sutil y oponerse a un argumento con el
argumento contrario. Así que, si puede ser, quiero verlas ya a las
claras.
SÓCRATES. Pues
mira por este lado, en dirección al monte Parnes, que ya las diviso
descendiendo lentamente.
ESTREPSÍADES. A
ver, ¿por dónde? Señálamelo.
SÓCRATES. Por
ahí
(Señalando
a un lado)
viene un gran número de ellas
atravesando navas y bosques, por ahí, por ese lado.
ESTREPSÍADES. (Mirando
en la dirección indicada.)
¿Qué, qué? Yo no las veo.
SÓCRATES. Allí,
junto a la entrada lateral.
ESTREPSÍADES. Sí,
ahora ya, por donde dices, empiezo a verlas.
(Entra el coro de nubes,
representadas por mujeres.)
SÓCRATES. Ahora
ya no tienes más remedio que verlas, a no ser que tengas unas
legañas tan grandes como calabazas.
ESTREPSÍADES. Sí,
por Zeus. ¡Oh venerables! Ya ocupan todo.
SÓCRATES. ¿Y
la verdad es que no sabías que son diosas, ni creías en ellas?
ESTREPSÍADES. Desde
luego que no, por Zeus. Yo las tomaba por niebla, rocío y vapor.
SÓCRATES. Por
Zeus, es que no sabes que ellas apacientan a muchísimos «listillos»,
adivinos de Turios, profesores de medicina, gandules melenudos con
sellos de ónice. Y a los moduladores de canciones de los coros
ditirámbicos, embaucadores aéreos, a esos seres ociosos que nada
hacen, los apacientan porque componen poesías para ellas.
ESTREPSÍADES. Entonces
por eso componen aquello de «ímpetu destructor de las húmedas
nubes que culebrea resplandeciente», «mechones de Tifón» «de
cien cabezas», «tempestades de violento fuelle» y también «aéreos
seres húmedos, aves de curvas garras que se mecen en el aire» y
«aguaceros de las nubes llenas de rocío», y como recompensa por
ello engullen filetes de opíparos y sabrosos mújeles, y
«pajariles» carnes de zorzal.
SÓCRATES. Sí,
por causa de ellas. Y con razón, ¿no?
ESTREPSÍADES. A
ver, dime: si de verdad son nubes, ¿qué les ha pasado, que parecen
mujeres mortales? Porque aquéllas de allí
(Señala al cielo)
no son así.
SÓCRATES. Bueno,
pues, ¿cómo son?
ESTREPSÍADES. No
lo sé bien, pero se parecen a copos de lana esponjados y no a
mujeres, ¡por Zeus!; eso, ni una pizca. En cambio, éstas de aquí
tienen nariz.
SÓCRATES. A
ver, contéstame a lo que voy a preguntarte.
ESTREPSÍADES. Di
lo que quieras, sin más.
SÓCRATES. Alguna
vez, al mirar para arriba, ¿has visto una nube parecida a un
centauro, a un leopardo, a un lobo o a un toro?
ESTREPSÍADES. Sí,
por Zeus. Y eso, ¿qué?
SÓCRATES. Se
convierten en todo lo que quieren. Así que si ven a un melenudo, un
bruto de esos muy velludos, como el hijo de Jenofanto, para burlarse
de su pasión adoptan la forma de centauros.
ESTREPSÍADES. Y
si ven a un ladrón del erario público, a Simón, ¿qué hacen?
SÓCRATES. Para
proclamar su condición se convierten de golpe y porrazo en lobos.
ESTREPSÍADES. Claro,
por eso ayer, al ver ellas a Cleónimo el arrojaescudos, como le
echaron la vista encima a un tío tan cobarde, se convirtieron en
ciervos.
SÓCRATES. Y
ahora, como han visto a Clistenes, ¿ves tú?, por eso se han
convertido en mujeres.
ESTREPSÍADES.
(Al CORO.)
¡Bienvenidas, entonces,
señoras! Y ahora, si alguna vez lo hicisteis para otro, reinas
todopoderosas, emitid también para mí vuestra voz tan descomunal
como el propio cielo.
CORO. ¡Salud,
anciano cargado de años, cazador de palabras artísticas!, y tú
(A SÓCRATES),
¡sacerdote de las
naderías más sutiles!, explícanos lo que quieres. Pues a ningún
otro de los eruditos de hoy en día en temas celestes atenderíamos,
excepto a Pródico: a él, por su sabiduría y su inteligencia, y a
ti, porque caminas con paso arrogante por las calles, lanzas miradas
de reojo, soportas descalzo muchas cosas desagradables y presumes a
costa nuestra.
ESTREPSÍADES. ¡Oh
Tierra, qué voz!, ¡qué sagrada, venerable y portentosa!
SÓCRATES. Es
que verdaderamente éstas son las únicas diosas. Todo lo demás son
pamplinas.
ESTREPSÍADES. Pero
Zeus, según vosotros, a ver, por la Tierra. ¿Zeus Olímpico, no es
un dios?
SÓCRATES. ¿Qué
Zeus? No digas tonterías. Zeus ni siquiera existe.
ESTREPSÍADES. Pero,
¿tú qué dices? Pues, ¿quién hace llover? Esto, acláramelo antes
de nada.
SÓCRATES. ¡Ésas,
claro! Y te lo demostraré con pruebas de gran peso. A ver: ¿dónde
has visto tú que alguna vez llueva sin nubes? Sin embargo, lo que
tendría que ser es que él hiciera llover con el cielo despejado y
que éstas estuvieran ausentes.
ESTREPSÍADES. ¡Por
Apolo!, con lo que acabas de decir le has dado un buen apoyo al
asunto éste. Y la cosa es que yo antes creía a pies juntillas que
Zeus orinaba a través de una criba. Pero explícame quién es el que
produce los truenos, eso que me hace a mí temblar de miedo.
SÓCRATES. Éstas
producen los truenos al ser empujadas por todas partes.
ESTREPSÍADES. A
ver, a ti que no se te pone nada por delante: ¿cómo?
SÓCRATES. Cuando
se saturan de agua y por necesidad son forzadas a moverse, como están
llenas de lluvia necesariamente son impulsadas hacia abajo; entonces,
chocan unas contra otras y, como pesan mucho, se rompen con gran
estrépito.
ESTREPSÍADES. Pero
el que las obliga a moverse, ¿quién es? ¿No es Zeus?
SÓCRATES. Ni
mucho menos; es un torbellino etéreo.
ESTREPSÍADES. ¿Torbellino?
No me había dado cuenta de eso, de que Zeus no existe y de que en su
lugar reina ahora Torbellinos. Pero aún no me has explicado nada del
estruendo y del trueno.
SÓCRATES. ¿No
me has oído? Las nubes, al estar llenas de agua, te digo que chocan
unas con otras y hacen ruido porque son muy densas.
ESTREPSÍADES. Vamos
a ver: eso, ¿quién se lo va a creer?
SÓCRATES. Te
lo voy a explicar poniéndote a ti como ejemplo. En las Panateneas,
cuando ya estás harto de sopa de carne, ¿no se te revuelven las
tripas y de pronto se produce un movimiento en ellas que empieza a
producir borborigmos?
ESTREPSÍADES. Sí,
por Apolo, y al momento provoca un jaleo horrible y un
alboroto; y la
dichosa sopa produce un ruido y un estruendo tremendo, como un
trueno; primero flojito, «papax, papax», después más fuerte
«papapapax», y cuando cago, talmente un trueno, «papapapax»,
como hacen ellas.
SÓCRATES. Pues
fíjate qué pedos tan grandes han salido de ese vientre tan pequeño.
Y el aire éste, que es infinito, ¿cómo no va a ser natural
que produzca truenos tan grandes?
ESTREPSÍADES. Por
eso incluso los nombres de las dos cosas, «trueno» y «pedo», son
parecidos. Otra cosa: el rayo con su fuego brillante, ¿de dónde
viene -explícamelo-, el rayo que, cuando nos atiza, a unos los
achicharra, y a otros los chamusca dejándolos vivos? Pues está
claro que Zeus lo lanza sobre los perjuros.
SÓCRATES. Tú,
¡imbécil, chapado a la antigua, que hueles a tiempos de Crono!,
¿cómo es que, si fulmina a los perjuros, no abrasó a Simón, a
Cleónimo ni a Teoro?, y desde luego que son perjuros. Sin embargo,
fulmina su propio templo, y Sunio, «promontorio de Atenas», y las
grandes encinas: y eso,
¿por qué? Pues claro está que la encina no es perjura.
ESTREPSÍADES. No
sé. Pero lo que dices tiene visos de verdad. Bueno, pues ¿qué es
exactamente el rayo?
SÓCRATES. Cuando
un viento seco al elevarse queda encerrado en las nubes, las infla
desde dentro como a una vejiga, y después necesariamente las rompe,
y sale disparado violentamente por causa de la densidad, y por el
roce y el ímpetu del movimiento se incendia a sí mismo.
ESTREPSÍADES. Por
Zeus, a mí una vez me pasó exactamente lo mismo en las Diasias. Yo
estaba asando un estómago para mis parientes, pero, por descuido no
lo rajé. Entonces se fue hinchando, y después, de golpe, explotó,
llenándome de mierda los ojos y quemándome la cara.
CORIFEO. ¡Humano
que deseas de nosotras la elevada sabiduría!, ¡qué dichoso
llegarás a ser entre los atenienses y entre los griegos todos!: si
tienes buena memoria, eres capaz de pensar, y en tu alma reside la
fortaleza; si no te fatigas al estar de pie ni al caminar, si no te
molesta en exceso pasar frío ni estás demasiado ansioso por el
desayuno, si prescindes del vino de los ejercicios
gimnásticos y de
los demás disparates, y si
consideras que lo mejor es lo que cuadra a un hombre inteligente
vencer en la actuación y en la deliberación, así como en las
porfías de la lengua.
ESTREPSÍADES. Pues
lo que es por tener un alma dura, un pensamiento que se mantiene
despierto en la cama, y un estómago ahorrador, hecho a las
privaciones y que se apañe con ajedrea a la hora de la comida,
descuida, por todo ello yo podría sin miedo ofrecerme para servirte
de yunque.
SÓCRATES. ¿Así
que desde luego ya no considerarás dios a ningún otro que a los que
nosotros consideramos: el Vacío que nos rodea, las Nubes y la
Lengua, esos tres?
ESTREPSÍADES. Ni
siquiera hablaría con los demás dioses ni lo más mínimo, aunque
me topara con ellos; ni les haría sacrificios, ni vertería
libaciones, ni pondría incienso en sus altares.
CORIFEO. Así
pues, dinos, sin miedo, qué hemos de hacer por ti. Pues no dejarás
de conseguirlo en caso de que nos respetes y nos veneres, y al mismo
tiempo trates de ser avispado.
ESTREPSÍADES.
Señoras, os pido entonces esta insignificancia: que yo sea, por cien
estadios de distancia, el que mejor discursee de todos los griegos.
CORIFEO. Pues
eso lo obtendrás de nosotras, hasta tal punto que, de cara al futuro
y desde este mismo momento, nadie en la Asamblea hará prosperar
mayor número de mociones que tú
ESTREPSÍADES. No
hagáis que proponga mociones importantes, que no quiero eso; quiero
solamente volver la justicia en mi provecho y escurrirme de mis
acreedores.
CORIFEO. Entonces
conseguirás lo que deseas, pues tus aspiraciones no son grandes. Ea,
ponte sin miedo en manos de nuestros ministros.
ESTREPSÍADES. Tal
haré, confiando en vosotras, pues la necesidad me apremia por culpa
de los caballos marcados con la «coppa» y del matrimonio que
me hizo polvo. Así pues, ahora, para todo lo que quieran hacerme,
les entrego a ellos este cuerpo mío, para recibir golpes, pasar
hambre, sed, estar roñoso, sufrir un frío terrible o ser desollado
para convertirme en odre; todo, siempre que yo me vea libre de las
deudas, y a los hombres dé la impresión de ser osado, hábil de
lengua, atrevido, caradura, repugnante, urdidor de mentiras, de
palabra pronta, muy ducho en pleitos, un código de leyes ambulante,
una castañuela, un zorro, el ojo de una aguja, un tipo flexible como
el cuero, un hipócrita, un tío pegajoso, un farsante, un bribón
que merece pálos, un hijo de perra, un tipo retorcido, un incordio,
un hombre al que no se le escapa nada. Si me han de llamar esas cosas
los que se topen conmigo, hagan de mí estos ministros todo lo que
gusten. Y si quieren, por Deméter, que me sirvan convertido en
salchichas a los caviladores.
CORO.
El temple arrogante de este
individuo no está falto
de audacia, sino dispuesto a
todo.
(A ESTREPSÍADES.)
Ten por seguro que si
aprendes de mí
estas cosas, una fama que
llegará al cielo
tendrás entre los mortales.
ESTREPSÍADES. ¿Qué
me pasará?
CORO.
Junto a mí llevarás, para
siempre,
la existencia más
envidiable de todas.
ESTREPSÍADES. ¿Acaso
entonces yo he de ver con eso algún día?
CORO.
Sí, tanto que a tu puerta
se sentará siempre mucha gente, deseosa de comunicarse contigo y
entablar diálogo para consultarte asuntos y pleitos de muchos
talentos, materias dignas de tu caletre.
CORIFEO. (A SÓCRATES.)
Tú trata de impartir al viejo
las enseñanzas previas que tengas intención de darle; agita su
mente y pon a prueba su inteligencia.
SÓCRATES. (A ESTREPSÍADES.)
A ver, tú, descríbeme tu
carácter, para que, conociendo cómo es, sobre esa base pueda yo
aplicar contra ti nuevos ingenios.
ESTREPSÍADES. ¿Cómo?
Por los dioses; ¿es que intentas sitiarme?
SÓCRATES. No,
lo que quiero es enterarme de algunos detalles sobre tu persona,
como, por ejemplo, si tienes buena memoria.
ESTREPSÍADES. Se
comporta de dos maneras, por Zeus. Cuando se me debe algo tengo muy
buena memoria, pero cuando yo, pobre de mí, soy el deudor, me vuelvo
muy olvidadizo.
SÓCRATES. A
ver, ¿tienes dotes para discursear?
ESTREPSÍADES. Para
discursear, no; pero para estafar, sí.
SÓCRATES. Pues
así, ¿cómo podrás aprender?
ESTREPSÍADES. Descuida,
lo haré bien.
SÓCRATES. Pues ándate listo
para que cuando yo lance algunas enseñanzas sabias sobre las cosas
celestes, tú las cojas al vuelo.
ESTREPSÍADES. Pero,
¿cómo? ¿Tengo que comerme la sabiduría como un perro?
SÓCRATES. Este
hombre es un ignorante y un bárbaro. Anciano, me temo que necesita
unos palos. A ver ¿qué haces si alguien te pega?
ESTREPSÍADES. Recibo
los golpes, y, después, espero un poco y reúno testigos; después
otra vez dejo pasar un momento, y pongo un pleito.
SÓCRATES. Venga,
deja ahí tu capa.
ESTREPSÍADES. ¿He
hecho algo malo?.
SÓCRATES. No,
es que es costumbre entrar desnudo.
ESTREPSÍADES. Pero
si yo no voy a entrara llevarme objetos robados.
SÓCRATES. Déjala
ahí, ¿qué tonterías andas diciendo?
ESTREPSÍADES. (Se
quita la capa.)
Bueno, pues dime: en caso
de que yo esté atento y aprenda con gana, ¿a cuál de tus
discípulos llegaré a parecerme?
SÓCRATES. Tus
características no se van a distinguir nada de las de Querefonte.
ESTREPSÍADES. ¡Ay, pobre
mí! ¡Voya ser medio cadáver!.
SÓCRATES. ¿No
dejarás de decir bobadas y vendrás de una vez conmigo aquí dentro,
deprisa?
ESTREPSÍADES. Pues
ponme primero en las manos un pastel de miel, que tengo miedo de
bajar ahí dentro como si fuera la cueva de Trofonio.
SÓCRATES. Venga,
¿por qué te paras a escudriñar junto a la puerta?
(Ambos entran en el
caviladero.)
CORO.
Entra con buen pie
por causa de tu valor.
Que la buena fortuna
acompañe
a este humano, pues, siendo
ya
de avanzada edad,
impregna su naturaleza
de ideas novedosas
y se dedica a la sabiduría.
CORIFEO. Espectadores,
con franqueza os expondré toda la verdad, ¡por Dioniso que
me ha sustentado desde antiguo! Que no sea yo el vencedor ni me
tengan por sabio si no es verdad que yo, por consideraros a
vosotros espectadores inteligentes y creer que ésta era la mejor de
mis comedias, juzgué apropiado que vosotros fuerais los primeros en
saborearla, siendo como ha sido la pieza que más trabajo me ha dado.
Pero me tuve que retirar derrotado por hombres vulgares sin que yo
mereciera eso.
Así que os
echo en cara esto a vosotros los instruidos, por quienes yo me tomé
tanto trabajo. Pero ni aun así os traicionaré nunca
voluntariamente, a vosotros los inteligentes. Pues desde el momento
en que aquí mismo unos varones, a los que es agradable incluso
mencionar, hablaron muy bien de mis dos muchachos, del reprimido y
del maricón, y yo -como era todavía una joven soltera y no me era
licito tener hijos expuse la criatura, y otra muchacha la
recogió, y
vosotros, por vuestra parte, la criasteis con generosidad, desde
entonces tengo yo garantías seguras de vuestro juicio favorable.
Así que ahora esta comedia, a
la manera de aquella Electra, ha venido con ánimo de buscar, por si
en alguna parte encuentra espectadores tan instruidos; pues
reconocerá, si lo ve, el mechón de pelo de su hermano. Observad que
es de condición humilde. En primer lugar, no ha venido trayendo
cosido a su vestido un cuero colgando, rojo en la punta y grueso,
para diversión de los niños, tampoco se burló de los calvos ni
bailó el kordax. Ni siquiera hay un personaje anciano que, llevando
la voz cantante, golpee con su bastón a cualquiera que esté a su
alcance, disimulando así los chistes desafortunados. No se lanzó
esta pieza al escenario con antorchas, ni gritó «¡socorro,
socorro!».
Por el contrario, ésta ha
venido confiando en sí misma y en sus versos. Y yo, sí, yo, siendo
un poeta del mismo talante, no me doy tufo, ni trato de engañaros
trayendo a escena dos y tres veces las mismas cosas. Muy al
contrario, yo estrujo mis sesos para presentar en cada ocasión
innovaciones, que en nada se parecen unas a otras, y son todas ellas
ingeniosas.
Yo, cuando Cleón era muy
poderoso, le golpeé en el vientre, y no tuve la osadía de saltar
sobre él cuando yacía derribado. En cambio, esos otros, en cuanto
Hipérbolo les permitió hacer presa en él, golpean una y otra
vez a ese individuo desdichado y también a su madre.
En
primerísimo lugar Éupolis llevó a rastras su Maricás, haciendo
un refrito de nuestros Caballeros,tan
mediocre como mediocre es él, añadiéndole además, por culpa del
Kórdax, una vieja borracha, personaje que ha creado Frínico tiempo
atrás, aquella a la que trataba de engullir el monstruo marino.
Después también Hermipo
compuso una pieza sobre Hipérbolo, y luego ya todos los demás van
en masa contra Hipérbolo, imitando mis comparaciones con las
anguilas. Así pues, el que se ría con las piezas de ésos, que no
se deleite con las mías. Pero si disfrutáis conmigo y con mis
hallazgos, en tiempos futuros os tendrán por gente de buen juicio.
CORO.
De entre los dioses al que
gobierna
en las alturas, Zeus, gran
señor,
en primer lugar a mi danza
convoco;
y al muy poderoso Guardián
del Tridente,
el que estremece
salvajemente
la tierra y el salino mar.
Y al de gran fama, nuestro
padre,
el Éter muy venerable, que
a todos los seres alimenta.
Y al Auriga, que con sus
rayos
muy brillantes abraza la
llanura
de la tierra, entre los
dioses
y entre los mortales
divinidad poderosa.