jueves, 25 de junio de 2026

CLAUS PRIESNER y KARIN FIGALA (editores) ALQUIMIA Enciclopedia de una ciencia hermética Traducción: CARLOTA RUBIES



PREFACIO

La alquimia con sus leyes y concepciones, que van mucho más allá del intento de fabricar oro artificial, despierta un vivo interés en muchas personas a pesar de que muchos (o quizás la mayoría) saben perfectamente que jamás se hizo realidad - n i puede hacerse- el sueño de la «piedra filosofal». La devoción por la alquimia tiene menos que ver con la fascinación por el oro -entendida en sentido literal y existente desde tiempos inmemoriales (desde que el hombre es hombre)— que con el velo de misterio que la envuelve. 

No hay duda de que contribuye a ello el escepticismo con el que se contemplan las ciencias naturales racionales y el llamado progreso tecnológico, una actitud que se empieza a manifestar en la sociedad a partir de los años 19 70: en consecuencia, la alquimia encarna ese modo «integral» (para utilizar un adjetivo que está de moda) de entender la Naturaleza y de conocerse a sí mismo además del modelo opuesto a unas ciencias naturales y una técnica consideradas peligrosas y destructivas. De hecho, la alquimia parte en lo referente al cosmos, a Dios y al hombre en su relación con el cosmos y Dios de un punto de vista radicalmente distinto al de la Ilustración. 

Mientras que el científico moderno establece relaciones de causalidad y el técnico modifica y reinventa el entorno e intenta adaptarlo a las supuestas o verdaderas necesidades del hombre, el alquimista optaba por el camino de la adaptación interior a la Naturaleza, buscando comprender aquello que une al creador con la creación. La alquimia distaba de ser una religión aunque se fundamentaba en concepciones religiosas. En nuestro mundo actual, determinado por categorías y fuertemente fragmentado, no resulta del todo fácil ubicar la alquimia. Por esta razón todavía se hace difícil desenmarañar la estructura interna de la misma. Advertim os ante la tendencia de considerar la alquimia fácilmente accesible e inteligible, impresión que suelen transmitir algunas publicaciones de tipo «esotérico». Asimismo hay algunos autores o sectas pretendidamente secretas, que pretenden convencer al público de que sí es posible fabricar oro y que los sabios de antaño poseían el secreto que ellos (los autores o sectas) han heredado o guardado a través de los tiempos. Se perpetúa así una desafortunada tradición que ya en el pasado había contribuido a la mala reputación de la alquimia y por la que «alquimista» y «farsante» pasaron a significar lo mismo. Los editores y autores de esta enciclopedia se apartan explícitamente de esta pseudoalquimia y de sus portavoces. Evitamos de propósito abordar esta «moderna alquimia» pues consideramos que pertenece más bien al ámbito de la psicología social. La sorprendente facilidad con la cual, a nuestro entender, los fabricantes de oro fraudulentos engañaron a sus víctimas subraya la fascinación que ejerció el objetivo alquímico de la transformación del metal -la transmutación- incluso en aquellas personas de tendencia por lo demás más bien profana. Aunque a menudo el móvil era la codicia, las esperanzas se acrecentaban con la idea del alquimista como un conocedor de los misterios ocultos de la Naturaleza y con el aura de mago que lo rodeaba. La alquimia jamás tuvo un constructo teórico único y unitario. El aunar la teoría aristotélica de los elementos «fuego», «agua», «aire» y «tierra» con la doctrina de los principios opuestos «azufre» y «mercurio», cuya unión llevaba a la materia «perfecta» de la piedra filosofal, nunca dio buen resultado. Las discusiones en torno a las pautas teóricas a adoptar fueron objeto de múltiples tratados. 

Así se convirtió en una costumbre el citar a autoridades que apoyasen la opinión del respectivo autor y que al mismo tiempo subrayasen los errores de otros. Es tarea del lector suplir por medio de la interpretación unas insuficientes descripciones de substancias y unas prescripciones intencionadamente ambiguas, tarea que además requiere el estudio de los «antiguos» para aclararse. La importancia del experimento como criterio decisivo se fue imponiendo lentamente en el marco de un ambiente intelectual que se iba decantando a favor de una concepción racional del mundo. En el Medioevo y a principios de la Edad Moderna, todavía predominaba la exégesis de los escritos antiguos. La verdad que estos contenían era proporcional a la —a veces simplemente atribuida— antigüedad del texto. Esta idea arranca de la convicción de que la pérdida de conocimiento es progresiva: cuanto más lejos se encuentra el hombre de la Edad de Oro, tanto más conocimiento pierde acerca de los secretos de la Natura­leza. Este modo de pensar se halla diametralmente opuesto a la creencia actual en el poder del hombre para modificar «sui generis» el mundo. Unicamente existe consenso en el objetivo: la fabricación de la piedra filosofal como culminación y prueba material del conocimiento del alquimista acerca de la esencia íntima y oculta de la Creación. En posesión del «lapis philosophorum», el alquimista se convierte en «redentor de la materia» o incluso en demiurgo. En apariencia el objetivo está al alcance y algunos informes supuestamente incontestables sobre transmutaciones realizadas con éxito motivan el continuar por este camino, a pesar de los fracasos. El trabajo de laboratorio aporta unos conocimientos prácticos inestimables y constituye la base de la ciencia natural llamada química. La teoría del flogisto de Georg Ernst Stahl marca el límite entre un modo de ver alquímico y uno científico (de las ciencias naturales). Por la estructura, se podría decir que esta teoría es moderna, pero el contenido remite a los tradicionales conceptos de los elementos y principios aristotélicos. Con Antoine Laurent Lavoisier se consuma el verdadero cambio y será el concepto moderno de los elementos, que aparece con el sistema de períodos, lo que demostrará científicamente la inviabilidad de la transformación de metales.

 Aun así, la alquimia no giraba exclusivamente alrededor del trabajo práctico de laboratorio; también suponía una imagen del mundo en el que el hombre y la Naturaleza, el espíritu y la materia estaban íntimamente entrelazados. A diferencia de una aproximación analítica y reduccionista de las ciencias racionales, la alquimia representa un concepto sintético, es decir, omniabarcador y de índole metafísica, del estudio de la Naturaleza. Si bien la alquimia no es una ciencia natural, sí es una ciencia acerca de la Naturaleza. El «ars hermetica», como una posibilidad de vivencia espiritual personal y de la Creación, perdura incluso después de haberse constituido la química científica. En los escritos más antiguos de la alquimia grecoalej andrina ya encontramos descripciones técnicas sobre reacciones de distintas materias además de símbolos y visiones de origen mítico, que revelan más sobre la psique humana que sobre las cualidades de la materia. En la actualidad y gracias a las herramientas que ofrece la psicología, podemos interpretar mejor este ámbito de la alquimia como ciencia oculta. Las ilustraciones —algunas impresionantes- que se han realizado a través de los siglos reflejan esta tendencia de la alquimia. A las tremendas escenas de muerte y descuartizamiento que simbolizan la muerte de la materia, sucede la resurrección de un rey o redentor purificado, a saber, la piedra filosofal que transforma metales comunes en oro y que cura las enfermedades del cuerpo humano. La purificación y maduración gradual de la materia durante la Gran Obra también refleja el «proceso de individuación» en el que el adepto se encuentra y reconoce a sí mismo. 

El intrincado tejido de vivencias personales, experiencias con experimentos, entendimiento metafísico y conocimiento intuitivo conforma el amplio espectro de la alquimia y permite varias aproximaciones. Toda persona que se interese por la historia de la química tendrá la posibilidad de estudiar la alquimia como un filón de recetas y procesos por el que se puede determinar el momento de su surgimiento y el origen de ideas y tecnologías todavía vigentes. Otros quedarán encantados con la múltiples relaciones que establece la alquimia entre el hombre y la Naturaleza. Fuera del ámbito cultural occidental (cuyas raíces están no sólo en Europa sino también en Egipto, Asia Menor y en la zona sirio-árabe) la alquimia también se desarrolló en India y en China. Esta enciclopedia no aborda estas alquimias, ante todo por dos razones: primero porque excedería la extensión del libro y, segundo, porque resultó arduo encontrar autores que tuviesen unos conocimientos de alquimia india y china equiparables a los que ofrecemos aquí respecto a la alquimia occidental y europea. Por lo tanto rogamos al lector que comprenda esta limitación, cuya intención está lejos de significar un juicio de valor. Hemos tratado de dar a cada entrada el nombre adecuando para que fuese de fácil comprensión, sin menoscabar por ello la precisión pertinente. La literatura que acompaña cada artículo está destinada a facilitar el acceso a los textos alquímicos originales y a la bibliografía especializada y, por decisión de los editores y autores, se omitió toda publicación considerada poco seria. 

Con esta obra se procuró llegar tanto al profano interesado en la alquimia como al especialista conocedor de la esencia de la alquimia que dispone aquí de una mina de información fiable y al que se le abren las puertas al vasto universo de textos alquímicos y bibliografía sobre historia de la alquimia. Los editores agradecen a los autores de esta obra por su colaboración como especialistas y por haber estado siempre dispuestos a cooperar pues sin ello no hubiese sido posible esta enciclopedia. La aportación de la señora Heike Hild a este libro es inestimable, puesto que no sólo es autora de varios artículos sino que participó desinteresadamente en las correcciones y la selección de las imágenes. Nuestros agradecimientos también al señor Stephan Meyer, lector de la editorial Beck, cuya paciencia, comprensión y buenos consejos a lo largo de todo el proceso de creación supusieron una gran ayuda. C l a u s P r i e s n e r , K a r i n F i g a l a M unich, prim avera d e 1998

domingo, 21 de junio de 2026

Ayer estuve en la gruta enferma.


 

Ayer estuve en la gruta enferma. ¿Quién me invitó a entrar? La ninfa. ¿Subes? Me dijo ella… y entonces, empecé a sangrar con cada paso hacia la gruta. ¿Qué miraste en la gruta? Todo y nada. Y entonces, fui detrás de ella escaleras arriba, guiado por su aroma de higo maduro. Yo soy el Sileno que mira la gruta enferma en que nazco, crezco y muero. Ardo en llama eterna, en soledad por tenerte y no tenerte. ¿Qué frutos amargos hay en esa penumbra que me hiere y me produce el ahogo de precipitarme al abismo de tu poro? ¿Qué fuerza poderosa me engaña y me lleva a tus márgenes? Ninfa de la primavera, eres también la gruta enferma que fustiga mi cuerpo y mi conciencia. ¿Qué sátiro asesino traspasó la daga de costado a costado? ¿Qué ninfa secreta abre la herida? ¿Quién te invita a la ruta de la seducción? ¿Quién navega en medio de mármoles ocultos? Soy el juego oscuro y secreto, el deseo salivante.  

Fragmento. Novela. Opereta del Ciego o los 9 círculos de Eros. Jorge Méndez-Limbrick

DICCIONARIO CRÍTICO DE MITOS Y SÍMBOLOS DEL NAZISMO PRÓLOGO




Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la mugre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin misticismo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar: Lo valiente es comprender.

 PRESENTACIÓN

 

Sangre negra.

 

Una de las dificultades básicas para la comprensión profunda del nazismo ha sido la utilización frecuente, y desde luego nada neutra, del calificativo inhumano para describir su esencia. Casi siempre el uso de este término ha ido acompañado de otro, demoníaco, que lo reforzaba y complementaba. Pero en los dos casos se recurría a una mentira, o a una hipocresía moral, o a una injustificable complacencia intelectual, puesto que lo más auténticamente monstruoso del nacionalsocialismo estriba en su carácter humano y no, pese a la popularidad de la formulación, en su deuda con el demonio —o con el diablo— y

mucho menos, por supuesto, con un daimon ajeno a la razón.

El nazismo es un fruto terrestre, y no infernal; humano, y no diabólico; racional, por más que se manifestara finalmente con delirantes irracionalismos. Esto es lo difícil de aceptar y lo imposible de eludir.

Las causas últimas de aquella atribución de inhumanidad, que todo parecía explicarlo, son psicológicas y asimismo políticas. El exterminio judío supuso un cambio cualitativo en

la carga sacrificial que podía atribuirse a una guerra o a una revolución ideológica: tras la Segunda Guerra Mundial, y tras el conocimiento directo del horror de los campos de concentración, se extendió la idea de que el Holocausto era un punto de no retorno en la

acción del hombre, un cul de sac de la conciencia humana que, por su manifestación extrema, se insinuaba ya fuera de las tradicionales costumbres destructivas del hombre. En

cierto sentido, para salvar la imagen misma de lo humano, se consideró imprescindible expulsar de la humanidad todo aquello que concerniera al nacionalsocialismo.

Hubo, sin embargo, también razones políticas que afectaban a ambos bandos. Desde el lado alemán se agradeció, obviamente, el recurso al poder del demonio, ya que esto ponía a salvo a todos aquellos alemanes que consideraban no haber intimado con el infierno. Para los aliados, desprovistos de tiempo para escarbar en las raíces más hondas de lo que había

sucedido, entre otras cosas por el inicio de la Guerra Fría que había de dividirles furiosamente, resultó también un alivio considerar que Hitler y los suyos eran criaturas del Averno. Lo inhumano servía admirablemente pare evitar una peligrosa investigación en lo humano.

Es verdad que hubo innumerables estudios e innumerables condenas alrededor del nacionalsocialismo que concernían tanto a su sangriento presente como a un

intelectualmente turbio pasado. No obstante, más allá de los ámbitos académicos, pronto se

extendió la creencia de que aquel oscuro remolino que había azotado Europa era, simplemente, el mal en sí mismo. Esto debilitó la mirada hacia los orígenes del mal tanto en Alemania como, lo que era todavía más decisivo, fuera de las fronteras alemanas. Nadie recordó seriamente que la hoguera que incendió Alemania se había alimentado en leños muy diversos y de muy diversas procedencias. Ya Thomas Mann en su novela Doktor Faustus, contemporánea a la época de inhumanización del nazismo, advirtió del enorme error histórico y político de tal proceso.

Como producto extrahumano e infernal el nacionalsocialismo se convirtió en un tabú, contra el que se podía hablar pero con el que se debía extremar la prudencia al ahondar en

su genealogía. Conjurado el diablo era mejor no penetrar en sus artes, no fuera que en la

tiniebla se descubrieran complejidades y complicidades que se extendían por inesperadas

regiones de la civilización occidental. Con el paso del tiempo —es decir: para nosotros, a

principios del siglo XXI— el nazismo tiene un aura maldita de la que casi todos ignoran el origen.

El libro de Rosa Sala Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo es, en este horizonte, un libro necesario que combate el olvido de ese origen, partiendo, además, creo, de la premisa fundamental de que el nacionalsocialismo, de tan funestas consecuencias, es,

a pesar de que nos cueste aceptarlo, una obra del hombre y que, como tal, debe ser analizada sin echar mano de instancias sobrenaturales. En consecuencia, aunque organizado en forma de diccionario, el texto de Rosa Sala es una enérgica tarea de disección en el cuerpo histórico, filosófico y aun psicológico del nazismo. Bajo la piel aparecen entrañas y vísceras que aunque puedan, con razón, presentársenos como repugnantes, forman parte de un organismo que, si se apoderó de una Alemania enloquecida, también

encontró favorables afinidades en el resto de Europa y fuera de Europa. Los mitos y los símbolos son la sangre que alimenta todo cuerpo social. También en el caso del nazismo.

Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la sangre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin filisteísmo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar. Lo valiente es comprender.

RAFAEL ARGULLOL.

jueves, 18 de junio de 2026

Gaston Leroux La extraña boda de Rouletabille Rouletabille - 5 PRIMERA PARTE LA NOVIA INCOMPRENSIBLE CAPITULO PRIMERO LA GRAN PERFIDIA DE IVANA

 

Las extrañas bodas es el quinto volumen de las «aventuras extraordinarias de Joseph Rouletabille, reportero», continuación directa del cuarto, El Castillo Negro. La novela, con el trasfondo de la segunda guerra de los Balcanes, tiene un tratamiento coral. Nuestros héroes, librados del asedio en el Castillo Negro, se ven embarcados en nuevos peligros en pos de la extraña Ivana. Rouletabille, La Candeur y Vladimir, reporteros del diario La Época, se mueven entre las balas y la metralla, siguiendo la invasión de las tropas búlgaras a Turquía.

«Si debo una gran parte de mi humorismo a Dickens, es asimismo a Kipling y Wells a quienes debo haber aportado a mis novelas de aventuras algo de poesía y un poco de lirismo.»

 



Gaston Leroux

La extraña boda de Rouletabille

Rouletabille - 5

PRIMERA PARTE
 LA NOVIA INCOMPRENSIBLE

CAPITULO PRIMERO

LA GRAN PERFIDIA DE IVANA

E

RA el 21 de octubre de 1923, en pleno Balkan, en los sombríos desfiladeros del Istrandja-Dagh… El negro manto de la noche comenzaba a cubrirlo todo de sombras…

¿Qué grupo de jinetes es ese, que corriendo como el viento y sin conocer obstáculos, precede a los primeros destacamentos búlgaros que al comienzo de la primera guerra Balkánica, invadían el norte de la Tracia, con misión de ocupar Almadjik? Están tan curiosamente situados entre las primeras avanzadas de los invasores y los últimos fugitivos turcos, que no se sabría decir con exactitud si huyen o persiguen.

La verdad es que hacen ambas cosas a la vez. ¡Quieren alcanzar antes de ser alcanzados!…

—¡Adelante! ¡Adelante! —grita Rouletabille.

¿Qué hace, «entre dos fuegos», el joven reporter de La Época y cuál es esa especie de rabia que le agita? Las palabras con que anima a sus compañeros a seguirle son incoherentes, interrumpidas por maldiciones.

¡Jamás se vio a José Rouletabille presa de un tal fuñar! Y, sin embargo, está justificado en un hombre reputado en el mundo entero por haber penetrado los más oscuros misterios, por haber desembrollado las intrigas criminales más complicadas y que se halla de pronto, y por primera vez en su vida,ante el misterio del corazón femenino del que no comprende absolutamente nada…

«El lado bueno de su razón», que hasta entonces le había sostenido en los peores trances, conduciéndole irresistiblemente por el camino de la verdad le ha fallado ahora. ¡Lo ha llamado inútilmente en su ayuda!… ¡Que derrota! El «lado bueno de su razón» le ha abandonado, ni más ni menos, que si hubiera sido el malo… ¿Y cuál es la causa de tal catástrofe? Una mujer, una simple muchacha, a la que Rouletabille amaba poco ha con todo su corazón y a la que pretende detestar ahora con toda su alma: ¡Ivana Vilitchkov!…

Es ella a quien persigue en aquel crepúsculo trágico… Tras ella corre… ¡Qué aventura!

Para intentar comprenderla, hagamos, como Rouletabille, quien, en su cerebro ardiente, busca en los acontecimientos acaecidos en Sofía y en el siniestro «Castillo Negro»[1], el hilo de aquel insondable misterio… Resumamos los hechos: Enviado por su periódico a la capital de Bulgaria para estudiar de cerca los acontecimientos que se preparaban, Rouletabille había vuelto a encontrarse con la sobrina del general Vilitchkov, a la que había conocido en París cuando ésta fue para comenzar sus estudios de medicina y, por la que inmediatamente, experimentó una tierna inclinación.

En Sofía, es recibido Rouletabille en casa del tío de Ivana y no oculta al la joven que la ama y que su más ardiente deseo es casarse con ella.

Ivana, que parece igualmente alimentar sentimientos muy vivos por el joven, intenta, sin embargo, desviarle de sus propósitos. Preténdese destinada a un fin trágico, al igual que su padre, su madre y su hermanita Irene, asesinados los tres por un enemigo de su familia.

Llámase este enemigo Gaulow, un búlgaro expulsado de su país y que se hizo turco, mahometano y pomak, que es todo lo que puede decirse. Habita en una especie de fortaleza extraordinaria, enclavada en el corazón de las montañas de Tracia, en el Istradja-Dagh, y de allí va a Bulgaria de tiempo en tiempo, para cumplir crueles y misteriosas tareas. ¡Nadie pudo llegar hasta él! ¡Gaulow desafía al género humano desde su temible Castillo Negro! (Karakoulé).

Todas estas cosas, como puede comprenderse, no son las más apropósilo para entibiar el amor de Rouletabille. Él conseguirá librar a la familia Vilitchkov, del horrible Gaulow que en Turquía se llama también Kara-Selim.

Solo pide a la joven que le conceda su mano. Esta no dice que no, pero tampoco que sí.

—¿Está usted prometida? —pregunta ansiosamente el reporter. E Ivana le contesta:

—Nadie en la tierra tiene el derecho a llamarse mi prometido.

He aquí a Rouletabille esperanzado de nuevo, cuando durante la noche, noche atroz que recuerda tos horrores de Konak de Belgrado, Gaulow y su cuadrilla, irrumpen en el hotel del general Vilitchkov, asesinan a éste y a sus servidores, llevándose a Ivana cautiva alCastillo Negro.

Rouletabille jura vengar tantas desgracias y salvar a Ivana; al mismo tiempo, intentará rescatar cierto cofrecillo bizantino en cuyo cajoncito secreto se hallan los planes preciosos de la movilización búlgara. Esto lo promete formalmente al general Stanislawoff, una de las glorias más puras de su país, amigo de Francia, y célebre, después, por haber puesto su espada al servicio de Rusia en ocasión del horrible conflicto que debía, al siguiere año, incendiar a Europa y deshonrar a Bulgaria. Y helo en marcha.

Lleva con él a su fiel reporter La Candeur y un joven eslavo, llamado Vladimir, muy listo, pero de moralidad un tanto relajada. Les acompaña también un primo de Ivana, Atanasio Khetew quien, a su vez, también quisiera salvar a su prima a la que ama, por lo menos tanto como la ama Rouletabille y que por amor a ella, también quisiera matar al terrible Gaulow.

En lo que respecta a Rouletabille y Atanasio, no simpatizan nada; pero son lo bastante prudentes para contener su recíproca animosidad.

Llegan todos alCastillo Negro, en el que les esperan inauditas aventuras, en el instante mismo en que Kara-Selim celebra sus desposorios con su cautiva Ivana. Se presentan como periodistas perdidos en el camino y ponen inmediatamente manos a la obra. No pueden perder ni un minuto. Ivana accede a ser la mujer de Gaulow, el asesino de su familia, para entrar en posesión del cofrecillo de la familia en el que se hallan los planos de movilización. Es necesario pues, que salven a Ivana y rescaten el cofrecillo.

En medio de las suntuosas fiestas que se dan en la Karakoulé, Rouletabille realiza hazañas sobrehumanas. Consigue llevar a Ivana hasta el fondo del torreón en donde se parapetan los reporters. Entretanto, aunque no ha podido apropiarse del cofrecillo bizantino, ha adivinado Rouletabille su secreto y ha podido constatar que los preciosos pliegos se hallan aún en su interior, que nadie los ha tocado y que ningún pomak ha llegado a sospechar su existencia. Atanasio recibe de Rouletabille la misión de llevar aquella noticia formidable a los ejércitos del general Stanislawoff, los que podrán descender ya, con toda seguridad, a través de las montañas del Istrandj-Dagh, sobre Kirk-kilissé.

Atanasio jura triunfar en su difícil empresa y volver con sus compañeros de armas a libertar a Ivana y a los periodistas franceses. Antes de evadirse del torreón, en dónde se han atrincherado, ha conseguido capturar a Gaulow, entregándole a la vigilancia de Ivana, la cual ha jurado, por los manes de sus padres, matarle con sus propias manos.

Los jóvenes sufren un asedio violentísimo en el que abundan las peripecias tragicómicas y que se termina de la manera más singular del mundo.

Ivana, no solamente no ha matado a Gaulow, al que pretende guardar como rehén, si no que Rouletabille la sorprende en el instante en que facilita la evasión del monstruo… ¡Y ello en el mismo momento en que Gaulow iba a recibir el castigo de sus crímenes, y en que aparecían en el horizonte los ejércitos conducidos por Atanasio Khetev!…

¿Qué terrible misterio os este?… Rouletabille lio puede concebir que Ivana ame aquel hombre que ha asesinado a los suyos y que había jurado la ruma do su patria… ¿Entonces?… ¿Entonces?… Había que obrar… Ya se reflexionaría obrando. Los bandidos de la Karakoulé han huido ante la proximidad de los ejércitos; Gaulow también ha huido… Ivana, con el pretexto de capturarle, ha montado a caballo y corre tras Gaulow… ¡Ivana no sospechaba que Rouletabille ha sido testigo de su infamia, que ha visto desarrollar la cuerda a cuyo extremo se balanceaba Gaulow libertado por ella!…

Rouletabille, a su vez, monta a caballo y corre tras Ivana. Los reporters y su criado Tondor corren tras Rouletabille… Tal es la situación, muy clara, y sin embarco muy incomprensible, para quien ha conocido a Ivana en el momento en que caemos de lleno en la cabalgata do los reporters.

Rouletabille murmura entre dientes:

—¡Ivana corre a reunirse con Gaulow!… ¡Ah, traidora! ¡Por muy de prisa que vayas no te soltaré!… También yo acudiré a la cita… ¡Y entonces veré con mis propios ojos lo que vas hacer con tu Gaulow! ¿Lo qué haría con él? Ya se lo había dicho. Antes de montar a caballo tuvo la desvergüenza de gritarle, a él, a Rouletabille, que había visto la cosa enorme, tuvo, repetimos, el cinismo de jurarle que ella quería, con sus propias manos, ofrecer a su patria, como primera víctima expiatoria, la cabeza de Gaulow… ¿Cómo no había estallado en una carcajada al oír esto? ¿Cómo no había escupido el rostro de aquella muchachuela bárbara, sanguinaria y embustera? ¿Cómo había tenido el valor de contener el generoso furor que ardía en su pecho de amante burlado y amigo traicionado hasta la muerte, ya que esta traición hubiera podido costar a todos la vida?… ¿Cómo…?

¿Por qué no le había dicho: «Lo he visto… Calla… Lo he visto… Te he visto salvarle con tus manos, y corres tras él para caer en sus brazos?»

¡Oh! ¡Ha sido, sencillamente, porque en primer lugar, ella no le dio tiempo; después, porque sentía curiosidad de ver hasta donde llegaba Ivana en la mentira y el crimen!… Y luego también, porque con el corazón, rebosante de rabia, meditaba una venganza o por lo menos un justo castigo…

Era, quizá, que en el fondo de si mismo empezaba a plantearse los términos del más curioso problema psicológico que jamás hubiera resuelto y también el más misterioso, al mismo tiempo que extraño.

En fin, si la había seguido en aquella insensata carrera hacía el Sur, era porque recordaba su calidad de corresponsal de guerra y tenía prisa, ahora que se hallaba en libertad, por encontrar una estafeta de correos, antes de caer bajo la feroz censura de los búlgaros… Entre ambos ejércitos siempre, ni con el uno ni con el otro…  ¿No era la consigna de siempre la misma que había predicado a Vladimir y a La Candeur? ¿No era este su plan desde Sofía? Plan peligroso sin duda alguna; pero que por ello mismo fe seducía más… Así, cuando durante aquella huida insensata del Karakoulé le preguntó La Candeur, que había milagrosamente encontrado un macklemburgués, y cabalgaba tras Rouletabille, sacudido en su silla:

—¿Adónde vamos? —había contestado:

—«¡A hacer reportaje!…»

Así pues, ni había esperado la llegada de las tropas… La felonía de Ivana les arrastraba como un torbellino tras ella…

Sí, ¡felonía, felonía…! En esto pensaba constantemente Rouletabille,aunque su espíritu buscaba por otro lado; pero estaba demasiado, irritado para no concluir siempre lo mismo: ¡felonía! Ya no quería dudar de que cl amor, cuya fuerza no había podido medir hasta entonces, hubiera realizado el abominable milagro de transformar una heroína en una pobre muchacha, capaz de iodo, para satisfacer su loca pasión.

Aquella innoble conversión debió producirse durante aquellos momentos de ausencia que el reporter había considerado muchas veces inexplicables: ¡Ivana los pasaba indudablemente al lado del prisionero, en el calabozo del subterráneo! ¡Cuántas veces hubo de extrañarse de no verla a su lado en lo más duro de la lucha!… ¡Y con que expresión tan singular aparecía de pronto, diciendo que había estado de centinela, para dejar descansar al katerdjbasch! En fin, que no salía del subterráneo, valiéndose de cualquier pretexto, y Rouletabille, que había temido que fuera para entregarse a algún abominable tormento, se reprochaba el haberse dejado engañar como un niño.

Recordaba la última frase turca pronunciada por Kara-Selim libertadla, y dirigida (¡con que asquerosa sonrisa de gracias!) a Ivana, sorprendida por Rouletabille en la forre, sin que ella se diera cuenta. El reporter se volvió hacía Vladimir y le pregunto:

—¿Qué significan estas palabras:Benem ilé guel?

—Eso quiere decir —contestó Vladimir—. ¡Ven conmigo! ¡Ven a reunirte conmigo!

—¡Caramba! —gruñó Rouletabille—. ¡También yo voy con ella! ¡También voy con ellos! ¡Y si Dios es justo, Él me permitirá hacerles expiar su crimen!…

Serían las cinco de la tarde, cuando vieron puntear las techumbres de una gran aldea en la ruta de Almadjik…

El camino que habitan seguido comenzaba a mostrar ciertas particularidades que le sorprendieron al pronto; pero a las cuales debían habituarse fácilmente. En efecto; al penetrar en una villa, aldea o lugar, en todo por lo que por cualquier título había sido una «aglomeración» lo veían devastado. Las cabañas de los campesinos parecían haber sido pulverizadas por algún cataclismo que se hubiera encarnizado en destrozar puertas y ventanas, y en incendiarlo todo.

En el umbral de estas siniestras cabañas, no era raro hallar cadáveres de mujeres y niños que yacían en el más lastimoso estado.

Otros cuerpos sin vida jalonaban la ruta haciendo tropezar a los caballos constantemente; todo estaba de tal suerte que como «aglomeración» lo que allí había era, sobre todo, aglomeración de cadáveres.

Todos aquellos despojos, todavía palpitantes, pertenecían a campesinos búlgaros, a los que se conocía fácilmente por sus típicos vestidos… Algunos debieron refugiarse en sus cabañas para esperar la llegada de las tropas del Norte, otros, abandonaron la aldea para salir a su encuentro; pero unos y otros, habían sido alcanzados por los turcos de la misma aldea y de los lugares vecinos, los que, antes de retirarse ante el invasor, habíanlo arrasado todo y pasado a cuchillo y empalado a todos los que pertenecían a la raza enemiga…

Un arroyuelo arrastraba, cantando alegremente, cuerpos decapitados…

Pero fue al entrar en la misma aldea, cuando nuestros jóvenes —que a cada instante dejaban escapar gritos de horror— pudieron juzgar de la importancia de la matanza y de la amplitud adquirida por el sacrificio que los señores turcos habían ofrecido, a guisa de adiós, al Dios de la guerra: cabezas cortadas, troncos empalados, niños atravesados de parte a parte, nada había faltado en aquella fiesta de sangre…

—¡Esto es horrible! ¡Esto es abominable! —rugía La Candeur detrás de Rouletabille, quien nada decía por estar preparado a todos aquellos horrores, por haberlos presenciado en Marruecos, en el Cáucaso y particularmente en Baku y en Balkani, con motivo de las matanzas entre tártaros y armenios…

Para nada tenía ojos, mas que para la silueta de un jinete que acababa de surgir en el extremo de una callejuela… ¡Ivana!… ¡Era ella!… No podía dudar… ¡Era ella!… ¿Les habrá visto? Había arrancado de pronto a un galope frenético, haciendo saltar su caballo por encima de un montón de escombros y cadáveres humeantes…

Al mismo tiempo había lanzado un grito salvaje, y desenvainando el sable y blandiéndolo con un molinete desconcertante por encima de su cabeza, había desaparecido en el recodo de otro callejuela que conducía a la plaza de la Mezquita, cuyo alto minarete se divisaba envuelto en llamas.

Rouletabille pidió un supremo esfuerzo a su caballo que, desde hacía unos instantes, mostraba signos de fatiga… Quiso hacerle saltar; pero el animal tropezó con los escombros y el reporter rodó al suelo con su montura, contra la que fueron a estrellarse La Candeur, Vladimir y Tondor. Fue aquella una caída general de la que se levantaron los reporters y su criado bastante maltrechos.

Rouletabille echó, sin embargo, a correr en la dirección seguida por Ivana. Sus camaradas le siguieron cojeando. En aquel instante se oyeron detonaciones y cierto tumulto en dirección a la plaza de la aldea. Iban, a desembocar en ella, cuando se vieron detenidos por la misma Ivana, que al igual que ellos, se hallaba desmontada. El caballo, caída a su lado, agonizaba golpeando con sus cuatro patas el pecho traspasado por una bala.

Un estruendo de batalla y el repiqueteo de la fusilería oíase a dos pasos, y algunas balas pasaron silbando cerca de sus oídos. Ivana se bailaba en un estado de agitación extraordinario. Extendiendo los brazos les ordenó que se detuvieran.

—¡Los turcos están destruyéndolo todo, aún no han abandonado la aldea… desconfiemos, pues a nadie perdonarían le vida!…

—¿Y Gaulow? —preguntó Rouletabille:

—Se ha unido a los turcos —repuso con voz apagada—; por pocos minutos no he vuelto a cogerle…

—Entonces ¿es que se ha escapado Gaulow? —gruñó junto a ellos una voz bien conocida.

Todos se volvieron. Atanasio Khetev acaba de llegar justamente para oír las últimas palabras de Ivana. Hizo un gesto de maldición y desde su caballo humeante miró despreciativamente a los reporters.

—Se lo había confiado a ustedes —dijo secamente.

Ivana tomó de nuevo la palabra:

—En el último momento hemos sido traicionados por el katerjdbaschi (jefe de arrieros)… Él es quien le facilitó la cuerda para escaparse del torreón. En cuanto nos hemos dado cuenta, ni siquiera hemos esperado a usted a pesar de nuestro deseo de verle y felicitarle (aquí una inflexión de voz extrañamente dulce y acariciadora) y nos hemos puesto en persecución del monstruo…

—¡Hay pues que tomar un desquite! —dijo Atanasio, que había enrojecido singularmente, mirando a Ivana Vilitchkov…

—¡Y empezar la partida de nuevo! —dijo ésta con desenvoltura.

—¡Debe usted lamentar el no haberle cortado la cabeza cuando se le entregué! —Continuó Atanasio Khetew con voz sorda.

¡Efectivamente, querido primo! —Y le volvió la espalda para ocuparse de otra cosa. Atanasio parecía mantener consigo mismo una lucha para dominar una irritación inusitada. Rouletabille escuchaba y miraba. El increíble cinismo de Ivana le enfurecía también. Las miradas del reporter y del búlgaro se cruzaron. ¿Se comprendieron los dos hombres?… Atanasio dijo:

—¡Volveremos a apoderarnos de Gaulow!…

—Sí —dijo Rouletabille—, y esta vez nos arreglaremos para no dejarle escapar.

Ivana se estremeció. Sin embargo, preguntó, con tono que quiso hacer indiferente:

—¿Y ahora, qué vamos hacer?

—Van ustedes a seguirme. Orden del general que manda la división. No quiere que nadie le preceda y teme, que una imprudencia, denuncie sus movimientos… Me salido responsable de ustedes. Irán pues, donde yo les conduzca, o mejor dicho, adonde el general me ha ordenado conducirles…

—¡Mi querido Atanasio, yo seguiré a usted hasta el fin del mundo! —dijo vivamente Ivana. Rouletabille palideció; pero Ivana no prestaba la menor atención al reporter.

—¿Y dónde iremos, caballero? —preguntó Rouletabille fríamente.

—Haremos una excursión más allá de esos montes —dijo Atanasio, señalando el horizonte en dirección Este—, después, descenderemos pausadamente hacia el Sud, sin ser molestados por las tropas…

—¡Y tanto; como que acabaremos por no verlas!

—¿Qué puede importarle eso? Yo doy a usted mi palabra de honor de hacerle desembocar en el campo de batalla en el momento más interesante —depuso Atanasio.

—¡Conformes! —exclamó Vladimir.

—No nos haga desembocar en un lugar muy peligroso —recomendó La Candeur con cierta melancolía.

Rouletabille dijo a su vez.

—Está bien, caballero, le obedecemos. Somos ahora sus prisioneros o poco menos.

Detrás de Atanasio acababa de divisar un grupo de jinetes mandados por un suboficial.

—Ustedes son mis amigos —contestó con sencillez Atanasio—. He podido arreglarme de forma que entren ustedes en posesión de sus tiendas de campaña, de las muías y toda la impedimenta que he hallado a mi paso por el Karakoulé. Por otra parte, dispondrán ustedes de caballos frescos…

—Piensa usted en todo, caballero…

—¡Es un tipo extraordinario! —proclamó Vladimir.

Pusiéronse en marcha, desandando lo andado, alcanzando, antes del anochecer, las crestas de los montes del Oeste. Antes de descender al valle, los reporters pudieron divisar al ejército búlgaro e incluso oírle, ya que cantaba…

Cuán bella era aquella jornada del 21 de octubre di 1913, en la que los soldados del general Radko Dimitrief penetraban por fin en Turquía, por un frente de más de veinte kilómetros, por unas rutas solo conocidas de pastores y arrieros, en la que las columnas de la quinta división, sin sentir la fatiga de un tal esfuerzo, sin concederse in minuto de reposo, continuaban su ruta cantando hacia los campos de batalla de Estri-Polos. Pitra y Kara-kof; etapas gloriosas que precedieron al rayo de ¡Kirk-Kilissé! Y hecho memorable en este siglo del ferrocarril, del teléfono y de la telegrafía sin hilos: ¡la presencia de aquel ejército no había sido ni remotamente sospechada! ¡Y avanzaba, sintiéndose lleno de fuerza y de misterio… Creíasele dirección del Maritza, hacia el Este! Y sin embargo, de cima en cima, repetíase la canción del «Maritza» río en donde se mezclaron durante siglos la sangre de búlgaros y osmanlíes, canción que se cruzaban los batallones. Hasta entonces, aquella canción no había sido cantada por traidores a su raza y su destino:

 

Fluye Maritza

Ensangrentado

Llora la viuda,

Cruelmente herida.

 

 

¡Marcha, marcha, nuestro general!

Uno, dos, tres, marchad soldados.

La trompeta resuena en el bosque.

¡Adelante, marchemos, marchemos, hurra!

¡Hurra! ¡Marchemos adelante!

 

¡Cuán bella era aquella primera aurora, en la que bajo el sol no había más que jóvenes pictóricos de vida y seguros de la victoria; en la que la rabia de la destrucción, y la matanza no había abierto aún sus salvajes fauces, en la que la esperanza sagrada de libertar a los hermanos oprimidos dilataba los pechos, en la que todos se tendían las manos, desde el Balkan al Radope y más lejos aún, allá lejos, hasta el fondo del Epiro y de la dulce Tesalia! ¡En aquel hermoso día, habíanse reconciliado razas enemigas y partido juntas, entre el clamor de las trompetas y con impulso tal, que el mundo pudo creer por un instante que ya nada podría separarlas!… Pero, ¡ay!, el mundo había olvidado que había en Sofía un Coburgo que velaba por unos intereses que no eran precisamente los de su patria de un día…

Aquella visión desapareció bien pronto de los ojos de los reporters los que, tras Atanasio, sumiéronse en una región erizada de picachos y rocas, corladas por abruptos barrancos, y que se parecía mucho a una zona alpestre; pero infinitamente más desolada. El búlgaro y los reporters pusiéronse al corriente en breves palabras de sus mutuas aventuras. Todos pensaban en Gaulow.

Hicieron alto, levantaron las tiendas y cenaron, pues Atanasio trajo provisiones en abundancia. Terminada la cena, se retiró Ivana a su tienda despidiéndose secamente; Rouletabille dictó un artículo a La Candeur. Este, una vez terminados los artículos que Rouletabille le dictaba, los deslizaba en grandes sobres en los que escribía el título y fecha del artículo; después, tos colocaba en una cartera de cuero que no abandonaba nunca. Así procedía desde que los jóvenes abandonaron Sofía y habían penetrado en el Istrandja-Dagh.

Cuando el artículo estuvo terminado, Vladimir exclamó:

—¡Veo desde aquí la cara que pondrá Marco el Valaco, cuando «nuestro periódico» publique la serie de correspondencias de Rouletabille! ¡A ese pobre Marco le va a costar una enfermedad!…

Ya hemos tenido ocasión de decir[2] que Marco el Valaco, era un periodista de ocasión, como tantos que surgen en los momentos de revuelta. Era muy despreciado —con harta razón— de los profesionales. Había desempeñado todos los oficios, mostrando en todos ellos lina gran ausencia de escrúpulos.

Su misión antojábasele transcendenlalísima en aquellos instantes y, en electo, no carecía de cierta importancia. Mientras llegaba el enviado especial de la «Nueva Prensa» de París —gran diario cuya tirada rivaliza con La Época— era dueño de expedir los telegramas más absurdos a un periódico leído en el mundo entero. Conociendo la reputación de Rouletabille y habiendo recibido de París instrucciones para no dejarse aventajar por el reporter de La Época, había vigilado al este desde Sofía no cesando de inventar sensacionales rumores y noticias de última hora que transtornaban la Bolsa. ¡Era la pesadilla de Vladimir Petrovitch, quien le acusaba de carecer de moralidad!

—¡Déjanos en paz cou tu Marco; se diría que es tu obsesión! —gruñó La Candeur.

—¿Sigue usted creyendo que nos ha seguido en el Istrandja? —preguntó Rouletabille con ironía.

—Hace usted mal en burlarse —repuso Vladimir.

—¡Cuando pienso que en los primeros días de nuestro viaje… Vladimir miraba constantemente tras él para ver si divisaba la nariz de Marco! —dijo La Candeur soltando una carcajada.

—¡No bromees! —protestó Vladimir—. Te lo suplico, no bromees. Tú no sabes de lo que es capaz un valaco metido a periodista.

—¿Pero en fin, qué es lo que puede hacer?

—¡Vaya usted a saberlo!… Pero sí les aseguro que la noche que precedió a nuestra llegada al país de Gaulow, cuando tuvimos aquella visión de una sombra que huía de la tienda de La Candeur y que este gritaba que le había robado la cartera de cuero, les aseguro, repito, que hubiera puesto la mano en el fuego a que nos las habíamos con Marco.

—Esa sombra —replicó La Candeur despreciativamente— no ha existido jamás, más que en la imaginación de Vladimir… y en lo que a mi cartera respecta, que yo creía haber puesto en la mochila; la hallé a los pies de mi cama, en donde, sin duda alguna, la había dejado yo antes de acostarme.

—¿Y seguían mis artículos en ella? —preguntó Rouletabille bromeando.

—Sí, Rouletabille, sí; tus artículos siguen en la cartera.

—Tranquilícese pues, Vladimir Petrovitch y no siga denigrando al valaco…

—¡Oh! Si conociera usted a Marco… Digo y repito, que es capaz de todo. Nada me sorprendería en él. Es capaz de vender a sus padres por un pedazo de pan y se que ha tenido historias muy feas con las mujeres. Afirmo que es un mozo que carece de toda moralidad…

—¡A la cama todo el mundo! A mí me toca la primera guardia —ordenó Rouletabille.

Tomó la guardia. Ningún ruido venía de las tiendas. La campiña parecía solitaria. Sobre cimas lejanas, surgían llamaradas que casi inmediatamente desaparecían. Apoyando el mentón sobre su carabina, Rouletabille contemplaba el muro de lienzo tras el cual descansaba Ivana. ¿Descansaba?… ¿Soñaba?… ¿Con quién?… ¡Enigma!…

martes, 16 de junio de 2026

Juan Manuel Macías Cercedilla POESÍAS Safo Traducción , presen tació n y notas d e J uan M anuel Macías E stu d io so bre Safo y la literatura españo la d e Manuel Sanz Morales

 


De lunas y lunáticos 

Los hábitos del tiempo y el abuso de los comentarios a pie de página, conjurados con las mareas del folklore, suelen ser causa suficiente para que un poeta entre en el reino de la leyenda. Homero, el primer poeta conocido de occidente, se ha convertido en alguien tan fabuloso como las sirenas. El nombre de Safo, la poetisa de Lesbos, tampoco ha logrado evitar este curioso destino. Ignoro si ella llegaría siquiera a entrever las dimensiones y consecuencias de su fama postuma. Al menos parece desprenderse de algunos de sus fragmentos cierta cla rividencia al respecto. El ejemplo más notorio son cuatro versos que toman la forma de un venenoso desquite contra una desconocida. 

 Esta —vendría a decir el poema— morirá anónima y se convertirá en una sombra vagando entre iguales por el antro de los muertos. Pero otro muy distinto será el destino que depara a la cantora, a la tocada por las Musas. Ante la jactancia de Safo diremos en su descargo que es un vicio deplorable juzgar la intención de un poeta por sus versos, porque los versos suelen tomar caminos que el poeta desconoce y no pocas veces optan por la traición a lo que el poeta se afana por decir. Y este poema, como todo poema de Safo (como todo buen poema), es capaz de ser inocente y pérfido según le dé la luz. Haya o no surgido el fragmento aludido de un arrebato de bisoña vanidad, lo cierto es que la música de esos cuatro versos parece haber asumido el compás de una sentencia de hierro, y el tiempo, el mismo tiempo que ha ensombrecido con un tono otoñal la piel de los papiros, también se ha encargado de ceñir el poema de un halo de amargura y trazar en él la condena del poeta. El poeta tiene el más extravagante de los oficios y en no pocas veces el más clandestino, pues a menudo tendrá que ponerse una máscara ante el mundo para apaciguar su conciencia o mitigar su vértigo, para II encontrar el sustento en muchos campos de batalla y numerosas mer caderías, y para buscar el sueño de su propia vida en ese algo parecido a un interminable y lúcido espejismo que es la poesía, arte tan antiguo, tal vez, como el hombre que es capaz de recordar. La poesía había tocado a Safo ineludiblemente y lícito es que así lo confesase ante ella misma y ante su posible auditorio. Una declaración de principios en toda regla. Pero los envidiados regalos de las Musas suelen llevar veneno, porque no sólo le dieron un ritmo para medir las íntimas zozobras y las mareas del corazón. El nombre de Safo ya nunca más sería un murmullo para el mundo, diluido en el tiempo y enterrado en una isla de Asia Menor. En el envío de las Musas venía incluido, sin derecho a devolución, el entramado de la gloria. Y así es como este nombre ha ido ya desde antiguo errando de boca en boca y de página en página dando lugar a toda una progenie de espectros multiplicada en progresión geométrica hasta nuestros días. La divisa de la plebe en armas parece ser ésta: acceder a la vida del poeta es in dispensable. Si no puedes hacerlo, tienes derecho a inventártela. Sabemos que los griegos eran firmes partidarios de tal divisa. 

Sa- cralizaban a sus poetas y les concedían una mitología e, incluso, una teogonia para ilustrar sus andanzas terrenales. De este modo fueron modelándose y enriqueciéndose las fábulas sáficas con más y más con tingencias. Pero se precisaba alguien que fuera capaz de refundir el acervo de los patios de vecindad, un espíritu capaz de darle un toque de refinamiento y elevación al magín de los buhoneros. Y es entonces cuando entra en escena una de las más asombrosas contribuciones del crepúsculo de aquellos viejos griegos, un personaje acaso tan singular como el propio poeta: el filólogo. Cierto es que el pueblo nunca dejó de practicar en los malabarismos con Safo obteniendo innegables re sultados, pero nunca esta historia, sin la ayuda del gabinete erudito, habría alcanzado tales grados de esperpento. El filólogo es una corrupción morbosa del bibliotecario, y también es una de las muchas pruebas de que no vivimos en el mejor de los mundos. Podríamos pensar en una utopía donde entre poema y audi torio nunca se interpusiesen mediadores ni ruido de fondo. Pero, por desgracia, a toda edad de los poetas sucede la edad de los filólogos, 12 y la música que fue propagada se convierte en el texto que ha de ser fijado. Y, sobre todo, interpretado. Interpretar es la palabra mágica y el salvoconducto del filólogo. Sobre el poema inerte ha de caer todo el engranaje de la exégesis, se ha de penetrar a toda costa en el tabernácu lo, es necesario interrogar a todos los testigos que salgan al paso. Una de las más conocidas supersticiones del filólogo es pensar que la realidad y la biografía son una ruta legítima para acotar los arcanos de la poesía. Otra bien podría ser esa enfermiza obsesión por erigirse en gendarme de las imágenes y las metáforas. Si el poeta está presente para ser sonsacado, mejor que mejor: sus palabras pueden dar una aparente sensación de seguridad en el camino, por más que el poeta no suela estar muy enterado de lo que se trae entre manos. 

Pero lo cierto es que la maquinaria filológica tiende a funcionar con mayor agilidad en ausencia del autor. Nada más esclarecedor que el caso de Safo, nombre seductoramente lejano incluso para el primero de los bibliotecarios que se interesó por ella en la antigüedad con un talante taxonómico. Desde entonces no han dejado de crecer y multiplicarse a su alrededor eso que el siempre lúcido Steiner dio en llamar los «textos parasitarios». Sin ánimo de simplificar las cosas excesivamente, podríamos redu cir el inagotable debate académico a dos principales obsesiones. Una de orden general, a saber: ¿quién era Safo? (extensión hecha a veci nos, amigos y allegados); la otra de orden particular: ¿con qué género gramatical se acostaba Safo? (a ser posible, con nombres). Sobre esta última, bautizada con el eufemismo alemán de Sapphofrage («cuestión sáfica»: las más celebres obsesiones filológicas tienen nombre alemán, curiosamente), y que es la enésima variación de la estulticia, no puedo dejar de citar las indignadas palabras de D. Manuel Fernández Galiano allá por 1958, que tan atinado solía escribir de nuestra autora: Y digo monstruosa [la Sapphofrage] por lo que de repugnante, de des agradable y hasta de ridículo tiene el presenciar cómo se diserta docta mente, a veces en latín, sobre si tal o cual fragmento demuestra que la poetisa llegó o no a ciertos extremos en sus devaneos amorosos1 'Manuel Fernández Galiano, Safo. Conferencia publicada en Cuadernos de la Fundación Pastor. Madrid, 1958. 13 Sería desbordar los límites de estas líneas, y ocioso por cierto, pasar revista a todos los avatares de la cuestión sáfica. Baste con citar uno de sus más bufonescos momentos, y que mejor ilustran las palabras de Fernández Galiano, cuando el hallazgo de un papiro disperso suscitó un acerado debate, transcendiendo la candidez de la lingüística, sobre si unas dudosas letras en la cobriza superficie podían delatar o no la pala bra griega ólisbos (cierto artificio consolador para el sexo femenino). Si las disquisiciones de la aristocracia académica se han perdido en semejantes vericuetos, si se han llenado aplastantes volúmenes e incontables artículos sobre los verdaderos sentidos del léxico sáfico, o sobre cuál era realmente la ocupación en vida de la poetisa (maestra de ceremonias de un club religioso, regidora de una suerte de internado femenino, educadora de vírgenes, directora de coro, propietaria de un burdel, etc), en resumen, si por los pasillos de las universidades y el silencio de las bibliotecas los versos lejanos se han convertido en una simple ofuscación historicista poco acostumbrada a las emociones fuertes, no es menos cierto que lejos de estos laberintos Safo seguía siendo un personaje popular que alimentaba una leyenda paralela. También sería demasiado prolijo para el presente texto referir la recepción de Safo en esa selva asfixiante que solemos llamar la «Cul tura». 

Pero lo cierto es que la luna de Safo ha mudado una y otra vez con las edades de occidente y nuestra autora se ha revestido con mil y un disfraces según apuntaban las veletas de las éticas y las estéticas. De este modo ha ido vagando, como Ulises, por los puertos más dispares y extraños de los hombres. El homenaje de su propio gremio, con varia fortuna y cambiantes intenciones, nunca le ha faltado desde esa antigüedad en que ella misma ya era sentida como lejana. Catulo parodió con seriedad su célebre phaínetai moi kénos en su despreocupado y juvenil poema de amor a Lesbia en estrofa sáfica (carmen lv ): lile mi par esse deo uidetur, ille, si fas est, superare diuos qui sedens aduersus identidem te spectat et audit Η dulce ridentem, misero quod omnis eripit sensus mihi: nam simul te, Lesbia, aspexi, nihil est super mi tum quoque uocis, (...) El múltiple Horacio encontró también buen acomodo en inolvida bles composiciones con la misma estrofa: Iam satis terris niuis atque dirae grandinis misit Pater et rubente dextera sacras iaculatus arces terruit Vrbem, terruit gentis, graue ne rediret saeculum Pyrrhae noua monstra questae, omne cum Proteus pecus egit altos uisere monti, (...) Estrofa que, por otra parte, con la evolución del latín de su antiguo acento tonal al acento de intensidad, acabó por adquirir inesperadas sonoridades en los primitivos himnos de la Iglesia: Vocis auditae novitae refulsit Regis adventum recinens superni; Det suos terra pariendo flores Jure coronis.2 (...) Y cuyo eco recogería en castellano nuestro Esteban Manuel de Villegas en ese delicado ejemplo de orfebrería verbal y paganismo de guardarropía que es su Oda al Céfiro·. Dulce vecino de la verde selva, huésped eterno del abril florido, 2Himno datado en el siglo v y atribuido a San Saturnino. 15 vital aliento de la madre Venus, céfiro blando; si de mis ansias el amor supiste, tú que las quejas de mi amor llevaste, oye, no temas, y a mi ninfa dile, dile que muero. Filis un tiempo mi dolor sabía; Filis un tiempo mi dolor lloraba; quísome un tiempo, mas agora temo, temo sus iras. Así los dioses con amor paterno, así los cielos con amor benigno, nieguen al tiempo que feliz volares nieve en la tierra. Jamás el peso de la nube parda, cuando amanece en la nevada cumbre, toque tus hombros, ni su mal granizo hiera tus alas. 

Estrofa que Swinburne también utilizó en su personal cumplido con la cantora de Lesbos (a quien, dicho sea de paso, tenía por «the greatest poet who ever was at all») titulado Sapphics·. Ah the singing, ah the delight, the passion! All the loves wept, listening; sick with anguish, Stood the crowned nine Muses about Apollo; Fear was upon them, While the tenth sang wonderful things they knew not. Ah the tenth, the Lesbian! the nine were silent, None endured the sound of her song for weeping; Laurel by laurel. 16 Faded all their crowns; but about her forehead, Round her woven tresses and ashen temples While as dead snow, paler than grass in summer, Ravaged with kisses, Shone a light of fire as a crown for ever. Yea, almost the implacable Aphrodite Paused, and almost weept; such a song that song, Yea, by her name too Called her saying, ‘Turn to me, O my Sappho;’ Yet she turned her face from the loves, she saw not Tears for laughter darken inmortal eyelids, Heard not about her. A modo de paréntesis, y sin dejar el ámbito anglosajón, no puedo prescindir de la cita de un curioso espécimen de Ezra Pound donde, más que a nuestra poetisa, a lo que parece homenajear es al propio tiempo que ha desgastando los papiros y mutilando caprichosamente sus versos. Lacónico poema titulado Papyrus: Spring................. Too long............ Gongula............ Pero, para terminar este breve repertorio de versos, y volviendo a nuestro país, una de las más bellas composiciones hacia la lesbia ha bría de partir de Jorge Guillén. A l margen de Safo por un lado asume el juego jocoso con un género literario al dedicar su última estrofa a Villegas; por otro, más allá de las estatuas griegas de cartón piedra, de las reivindicaciones militantes, de los intelectualismos espesos y de los descoloridos revivals bajo los cuales tan a menudo suelen quedar ahogados los versos sáficos, se limita a ser sólo poesía dentro de la poesía, un gozoso entendimiento entre poetas de verdad: Ya los pastores que el jacinto huellan, Vuelven en paz con sencillez de oscuros. 17 Atis ya implora su secreto a Safo, Noche lunada. «Mis labios buscan el mejor abismo Mientras las olas a las playas traen Ecos y flecos del abismo ignoto Que nos alienta.» Noble estatura, la cabeza altiva, ímpetu brusco y lentitud de celo, Tierna hasta el llanto, caprichosa, fuerte, Ávida humilde. Dulce Villegas que al presente ritmo Diste un acento de fervor con gracia: Te restituyo tu joyel de músico. ¡Sáfico Adónico! Porque, digámoslo de una vez, hablar de Safo es hablar, ni más ni menos, que de poesía, lo cual significa no sentirse en la obligación de hablar. Y el adjetivo sáfico no se puede entender sino como un sinóni mo más del misterio poético. Tales fueron los quehaceres de esta mujer hilvanadora de palabras en esa rueca secreta cuyos engranajes nadie está en posición de desentrañar ni comprender, afortunadamente para todos los que necesitan la poesía para llegar a levantarse cada mañana con algo de decencia. 

Las palabras son pozos sin fondo de sueños colectivos, en su legado acumulan innumerables estratos de vidas, ciudades, portentos y caminantes, y resuenan en cada labio, siempre distintas e iguales, desde un abismo inmenso donde la etimología y la gramática apenas logran asomarse sin un escalofrío de vértigo. No le faltaba razón a Jakobson cuando decía que era preciso, antes que estudiar la gramática de la poesía, indagar en la poesía de la gramática. Las palabras que los hombres se transmiten, verdadero Viento delpue blo, son la llana materia prima del poeta para que éste las reinvente, y su arte no podrá entenderse nunca sin lenguaje (o sin silencio, que es una de las formas más extrañas del lenguaje.) Hablar de Safo es hablar de las palabras y el resto, los mapas de su vida, sus odios y sus amores, 18 las casualidades de ser mujer y griega, de haber vivido en una isla de Asia Menor de afamadas sonoridades y pertenecer a ese colectivo que solemos llamar «los antiguos», todo eso no es más que materia del tiempo y de las nubes. Por lo cual no hay mejor manera de adentrarse en los versos sáficos que desde una saludable posición de ignorancia. Homero fue un gran fingidor de mundos. Le fue deparado el infinito e irracional asedio de Troya y las no menos irracionales e infinitas travesías de Odiseo. Safo, tan aventurada como el viejo cantor de la epopeya, también se entregó a esas invenciones y a edificar una mitología propia donde el principal protagonista, el paladín de la épica del corazón y de los desgarros, se llamaría Safo. El paisaje, plagado de flores y veneno a partes iguales, fatigado por la cambiante brújula de Afrodita, casi siempre desemboca en un ancho mar sereno o en un cielo estrellado llenos de preguntas sin respuestas, acertijos del tiempo, separaciones y añoranzas. Es un orbe en que detrás de cada guiño de la primavera se encuentra acechando la mano casta del otoño o, para ser más precisos, donde las desmesuradas flores no existen sino para justificar la hojarasca. Y donde el compás riguroso de las sílabas conduce al forastero a encontrarse no tanto con el rostro de Safo sino con el suyo propio. Así pues, Atis, Anactoria, Góngula y tantos otros nombres que en tretejieron los días de Safo se han convertido, gracias a la alquimia de la poetisa (siempre escondida tras las tramoyas de sus versos), en una palabra hechizadora y multiforme. 

Una palabra que abrirá la única puerta destinada a cada lector. La leyenda de Safo seguirá dando vueltas, qué duda cabe, y su nom bre rebotando en innumerables ecos. Pero la cantora siempre se guar dará un as en la manga, amargo triunfo. Porque para siempre se habrá puesto la luna y la noche será tierra de nadie en unos versos que mere cen en justicia la memoria, que brillan más allá de las vestiduras de la danza o el ámbito del ritual o el silencio de la tipografía; versos cuya bonanza consiste en no reflexionar ni dar respuestas y que parecen ha berse dicho por primera vez en ningún tiempo y en ningún lugar. 19 E sta traducción No voy a fatigar demasiado la superstición de la fidelidad en una traducción de poesía. Empezaré por sugerir que, ante un poema, la traducción es un fracaso consumado pero también un género literario al que no queda más remedio que resignarse. En el caso de Safo parece que las dificultades se multiplican: la anti güedad de la lengua y el exotismo de su dialecto, el que sus poemas se hayan transmitido mayormente en un estado de perpetua mutilación —con el entramado crítico y el inagotable repertorio de conjeturas que ello conlleva— y, sobre todo, la imposibilidad de hacer sentir a nuestros oídos la sonoridad de una poesía apoyada en unos hechos lingüísticos totalmente ajenos al castellano. Sin embargo, con la misma lejanía y parecidos fracasos se puede uno topar al traducir, por poner un ejemplo, versos del portugués moderno. La poesía seguirá cerrada a cal y canto. Puestas sobre la mesa las imposibilidades, no queda más remedio que aceptar que toda traducción de poesía ha de ser una recreación poética. Baste con este adjetivo. Sobre si ha de ser en verso o prosa no seré yo quien siente cátedra. Primero porque, en poesía, los linderos entre prosa y verso son muy imprecisos. Segundo, porque escribir versos convenientemente acentuados no conduce necesariamente al poema y, no lo olvidemos, los tratados de métrica son posteriores a los poetas. Sirva como ilustración a lo dicho que muchas de las más hermosas traducciones a Homero están en prosa y transmiten más emoción poética que tantas otras en verso. En lo que hace a esta traducción de la poesía de Safo, he optado por un verso castellano de corte más o menos tradicional, dentro de un paisaje vagamente de silva y una obsesión —que no juzgo rele vante— por conservar el número original de versos. En absoluto me he preocupado por intentar reproducir el ritmo de aquellos poemas, lo cual no quiere decir que condene otras traducciones de Safo por haber seguido estos caminos y cuyo juicio merece horizontes más amplios que el del verso elegido. Pensemos en Rubén Darío, que escribió admirables composiciones en unos pretendidos hexámetros 20 que eran deliciosamente inverosímiles. Tan cierto como que también encontramos en nuestra lengua delincuentes ejemplos de versificación «a la griega». 

En mi caso, desestimar estos artificios viene simplemente por no creer en la fidelidad de los mismos. Por otra parte, tampoco me he preocupado por traducir sistemá ticamente los poemas en estrofa sáfica con la llamada «estrofa sáfica castellana», tal y como hicieron en nuestro país los primeros traduc tores de nuestra poetisa. Como en el anterior caso, el ritmo de esta estrofa, resultado caprichoso de la evolución acentual del latín, sería ininteligible a oídos de Safo. El lector encontrará, no obstante, que el poema 6 está traducido en este tipo de estrofa. La elección obedece a un divertimento esporádico. Llegados a este punto, no estaría de más una aclaración a lo que se entiende por la poesía de Safo. Hoy día es inevitable la figura del lector que mantiene una relación tipográfica con la obra del poeta. Pensemos en el escenario habitual: el decurso de los caracteres se sigue en silencio con los ojos mientras el lector se dice a sí mismo los versos. Pero no es bueno olvidar que ya había poetas antes de la llegada de los hombres de letras y que la literatura no es más que uno de tantos atuendos tras los que se esconde la poesía. Safo vivió en una época que no conocía los libros3; sin embargo, nadie puede dudar de que sus poemas tuvieran otros canales igual de legítimos, tanto públicos como privados. Sobre los primeros algo sabemos, pues la poetisa solía componer epitalamios o canciones de boda por encargo. Apenas co nocemos la escenificación y las tramoyas de aquellos ritos, pero estas composiciones sáficas tendrían que ceñirse a unos esquemas tradicio nales y fijos, verdaderas cárceles a las cuales la lesbia pareció entregarse 3Pero sí la escritura, aunque con esto debemos movernos con delicadeza. Primero, porque el uso de la escritura alfabética, a pesar de llevar ya unos doscientos años des cubierta por los griegos en época de Safo, debía de tener aún un uso muy restringido. Segundo, porque la relación de un poeta con la escritura siempre ha sido en toda época, cuando menos, complicada. El tiempo y las costumbres han terminado por confundir los conceptos de poeta y escritor. Yo creo que con Safo es necesario dejar claro y autónomo el primero. Por otra parte sospecho que si Safo se valió de la escritura, hubo de tener esta herramienta como algo secundario, una especie de prótesis para la memoria, como probablemente también sucedió en el caso de Homero. 21 con entusiasmo, verificando el hecho de que no existe el verso libre sino el poeta libre.

 En cuanto a su poesía más de puertas adentro, aquí ya empezamos a pisar terreno resbaladizo si nos obsesionan demasiado los cómos y los dóndes, aunque no mentiríamos demasiado si nos atreviéramos a afirmar que la música, la danza o, incluso la mímica, no deberían de andar muy lejos: en todo caso, meros envoltorios como este libro que el lector tiene entre sus manos. La poesía de Safo es el resultado del auditorio que recuerda y en él tiene su razón de ser, porque la poesía es materia de lenguaje y el lenguaje materia de la memoria cambiante: versos para cantar en las fiestas, versos para reír con los cercanos, versos para susurrar al oído o, simplemente, versos para decirse en soledad, ya que el auditorio de Safo bien pudo ser muchas veces ella misma. Y luego vendría, inevitablemente, la literatura. Papiros desvencijados que conservan los ecos de las primeras —y artificiosas— compilaciones alejandrinas; citas dispersas en otros autores antiguos, las más con fines anodinamente gramaticales o ejemplificadores; versos hechos añicos sobre una vasija rota. Y, sobre todo, un inmenso repertorio de silencios. En eso ha quedado la poesía de Safo tras la marcha de su auditorio. Y de semejante escombrera se nutre esta traducción. He preferido conservar las lagunas de los originales, siempre que me ha sido posible hilvanar un vacío, generalmente atendiendo a criterios más emocionales que lógicos. Muchas páginas de las ediciones críticas están plagadas de pasajes ininteligibles y entreverados por palabras perdidas. Ni he intentado su traducción ni, honestamente, creo que se deba perder el tiempo en traducirlos o, mejor dicho, transcribirlos en una enumeración vana: bastante emotivo ya de por sí es ver ese laberinto tipográfico de hermosas voces griegas en los libros eruditos y en el aparataje crítico. La broma citada de Ezra Pound tiene su encanto una vez, pero he intentado evitar que se convierta en norma (empresa nada fácil) para esta traducción. 

En casos muy concretos he optado por los «rellenos» que ofrecen las ediciones críticas. Los puntos suspensivos notan una laguna en el texto original o un pasaje oscuro no traducido, todo lo cual puede estar dentro de un verso o abarcar un número variable de ellos. Aquellos 22 versos cuya fuente está en la cita de algún literato de la antigüedad tienen distinto tratamiento, como distinta —y más exquisita— es su forma de mutilación. Para advertir de su procedencia llevan un asterisco en su encabezado y los puntos suspensivos, en este caso, indican que nuestro informador ha dejado el verso sin una sintaxis más o menos cerrada o, sencillamente, que el traductor ha decidido prescindir de un pasaje corrupto dentro de la fuente. Repárese en que sólo el poema i de este volumen podría tenerse por íntegro dentro de este grupo de testimonios antiguos. De hecho, es el único poema completo de Safo (en el sentido filológico del término «completo») que conocemos hasta la fecha. Hay una serie de fragmentos que en un principio tenía desterrados. Finalmente, he optado por incluirlos en el pequeño apéndice llamado Retales. La edición seguida principalmente es la de Edgar Lobel y Denys Page (Poetarum lesbiorum fragmenta, Oxford, 1955.), que cito con la abreviatura L.-P., completada con las reconstrucciones que hace el propio Page de los fragmentos sáficos más célebres en su libro Sappho and Alcaeus (Oxford, 1955). En algunos casos he seguido también la edición de Eva Maria Voigt (Sappho et Alcaeus. Fragmenta, Amsterdam, 1968.), bien en el texto o en el aparato crítico. He aquí las lecturas divergentes que extraigo de Voigt: Poema v, verso 12: Κύπριο εραι]οαν (en aparato crítico). Poema vil, verso 2: λάβοιοαν αβ[ραν (en aparato crítico). Poema xxi, verso 8: καταΰτ[με]να. Poema xxxin, verso 1: κατά νυκτ’ óc (en aparato crítico). Para la traducción de alguna palabra problemática, he encontrado provechoso el libro El léxico de los poetas ksbios, de Helena Rodríguez Somolinos (C.S.I.C., 1998). He desechado un orden premeditado de los poemas, basado en crite rios de presunta antigüedad o temáticos (al fin y al cabo, el tema de un poema es el poema en sí). Y, ni mucho menos, he caído en la tentación de ponerles un título. Mejor hubiera sido preguntar a la propia Safo 23 sobre el particular. Así que los poemas llevan, con algunas variantes y teniendo en cuenta los fragmentos excluidos, el mismo orden de la edición Lobel-Page, lo cual es como dejarlos en manos del azar. 

Al lector que le interese el texto griego le diré que he simplificado el complejo aspecto de las ediciones críticas y sólo aparecen las partes traducidas. Los puntos suspensivos tienen el mismo objeto que el de los que aparecen en la traducción. Las letras, palabras o frases añadidas por los editores aparecen entre corchetes. En un par de casos (poema 3) he utilizado la letra arcaica llamada digamma, p (pronunciada como la semivocal u), en una posición, por otra parte, conjetural. Todas las sigmas que aparecen en los poemas asumen la variante tipográfica en forma de media luna, tanto mayúscula C como minúscula c. También he incluido una serie de notas a algunos fragmentos que no se deben entender como una guía de lectura para los versos sáficos, que se justifican por sí mismos, sino como una especie de cuaderno de bitácora del traductor. De vez en cuanto la arqueología le trae alguna que otra satisfacción a la poesía de la lesbia. Tal es el caso del hallazgo sáfico de última hora a fecha de publicación de este libro, una serie de fragmentos papi ráceos en poder de la Universidad de Colonia que formaban parte del ajuar de una momia egipcia, y que en 2004 fueron identificados como parte de un rollo de poemas de Safo. Los textos fueron copiados alrededor del siglo tercero a. C., por lo cual estaríamos ante uno de los dos testimonios más antiguos de la poesía sáfica. El otro lo constituiría el trozo de óstrakon del fragmento 2 L.-P., poema 2 de este volumen (cf. nota al poema). Entre estos fragmentos se ha encontrado uno que permite recons truir parte de otro poema, muy corrupto, descubierto en 1928 en uno de los papiros de Oxyrrinco, que en la edición Lobel-Page lleva el nú mero 58. De la magnífica labor de reconstrucción, obra de M. L. West y publicada en el n° 124 de la revista ZPE, se hace eco esta traducción, y el nuevo poema sáfico, cuya versión en español se publica por primera vez con este libro, lo encontrará el lector con el número 31. Por último, me satisface dar cuenta de que este pequeño volumen está enriquecido con la aportación de D. Manuel Sanz Morales, pro 24 fesor de la Universidad de Extremadura, que ha escrito un interesante apéndice sobre la tradición sáfica en nuestro país con palabras desde luego muchísimo más autorizadas que las mías. Continuando el capítulo de agradecimientos, no puedo dejar de citar a la profesora Araceli Striano de la Universidad Autónoma de Madrid por sus muchos comentarios, correcciones y sugerencias, y también sus incontables muestras de aliento. 

Lo mismo he de decir de Jesús de la Villa, también profesor de dicha universidad, magisterio inagotable de griego, esa lengua cuya belleza radica en que nunca se acaba de aprender. Cualquier error en esta traducción es únicamente imputable al traductor. Quería hacer mención aquí también al tipógrafo y profesor de len guas clásicas español Juan-José Marcos García por la gentileza de permitir usar en este libro su fuente Alphabetum Unicode, verdadera obra maestra reconocida internacionalmente, fruto de un largo estudio sobre la tipografía griega y sus laberintos. Poesía y filología están en las antípodas pero a veces, en las horas más canallas de la noche, suelen entablar extrañas alianzas. La presente traducción podría ser el resultado de las mismas, y desde su esmerado naufragio solo pide benevolencia por haber intentado ganarse al posible lector para el auditorio de Safo. 

Juan Manuel Macías Cercedilla, m m vii

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