domingo, 21 de junio de 2026

DICCIONARIO CRÍTICO DE MITOS Y SÍMBOLOS DEL NAZISMO PRÓLOGO




Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la mugre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin misticismo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar: Lo valiente es comprender.

 PRESENTACIÓN

 

Sangre negra.

 

Una de las dificultades básicas para la comprensión profunda del nazismo ha sido la utilización frecuente, y desde luego nada neutra, del calificativo inhumano para describir su esencia. Casi siempre el uso de este término ha ido acompañado de otro, demoníaco, que lo reforzaba y complementaba. Pero en los dos casos se recurría a una mentira, o a una hipocresía moral, o a una injustificable complacencia intelectual, puesto que lo más auténticamente monstruoso del nacionalsocialismo estriba en su carácter humano y no, pese a la popularidad de la formulación, en su deuda con el demonio —o con el diablo— y

mucho menos, por supuesto, con un daimon ajeno a la razón.

El nazismo es un fruto terrestre, y no infernal; humano, y no diabólico; racional, por más que se manifestara finalmente con delirantes irracionalismos. Esto es lo difícil de aceptar y lo imposible de eludir.

Las causas últimas de aquella atribución de inhumanidad, que todo parecía explicarlo, son psicológicas y asimismo políticas. El exterminio judío supuso un cambio cualitativo en

la carga sacrificial que podía atribuirse a una guerra o a una revolución ideológica: tras la Segunda Guerra Mundial, y tras el conocimiento directo del horror de los campos de concentración, se extendió la idea de que el Holocausto era un punto de no retorno en la

acción del hombre, un cul de sac de la conciencia humana que, por su manifestación extrema, se insinuaba ya fuera de las tradicionales costumbres destructivas del hombre. En

cierto sentido, para salvar la imagen misma de lo humano, se consideró imprescindible expulsar de la humanidad todo aquello que concerniera al nacionalsocialismo.

Hubo, sin embargo, también razones políticas que afectaban a ambos bandos. Desde el lado alemán se agradeció, obviamente, el recurso al poder del demonio, ya que esto ponía a salvo a todos aquellos alemanes que consideraban no haber intimado con el infierno. Para los aliados, desprovistos de tiempo para escarbar en las raíces más hondas de lo que había

sucedido, entre otras cosas por el inicio de la Guerra Fría que había de dividirles furiosamente, resultó también un alivio considerar que Hitler y los suyos eran criaturas del Averno. Lo inhumano servía admirablemente pare evitar una peligrosa investigación en lo humano.

Es verdad que hubo innumerables estudios e innumerables condenas alrededor del nacionalsocialismo que concernían tanto a su sangriento presente como a un

intelectualmente turbio pasado. No obstante, más allá de los ámbitos académicos, pronto se

extendió la creencia de que aquel oscuro remolino que había azotado Europa era, simplemente, el mal en sí mismo. Esto debilitó la mirada hacia los orígenes del mal tanto en Alemania como, lo que era todavía más decisivo, fuera de las fronteras alemanas. Nadie recordó seriamente que la hoguera que incendió Alemania se había alimentado en leños muy diversos y de muy diversas procedencias. Ya Thomas Mann en su novela Doktor Faustus, contemporánea a la época de inhumanización del nazismo, advirtió del enorme error histórico y político de tal proceso.

Como producto extrahumano e infernal el nacionalsocialismo se convirtió en un tabú, contra el que se podía hablar pero con el que se debía extremar la prudencia al ahondar en

su genealogía. Conjurado el diablo era mejor no penetrar en sus artes, no fuera que en la

tiniebla se descubrieran complejidades y complicidades que se extendían por inesperadas

regiones de la civilización occidental. Con el paso del tiempo —es decir: para nosotros, a

principios del siglo XXI— el nazismo tiene un aura maldita de la que casi todos ignoran el origen.

El libro de Rosa Sala Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo es, en este horizonte, un libro necesario que combate el olvido de ese origen, partiendo, además, creo, de la premisa fundamental de que el nacionalsocialismo, de tan funestas consecuencias, es,

a pesar de que nos cueste aceptarlo, una obra del hombre y que, como tal, debe ser analizada sin echar mano de instancias sobrenaturales. En consecuencia, aunque organizado en forma de diccionario, el texto de Rosa Sala es una enérgica tarea de disección en el cuerpo histórico, filosófico y aun psicológico del nazismo. Bajo la piel aparecen entrañas y vísceras que aunque puedan, con razón, presentársenos como repugnantes, forman parte de un organismo que, si se apoderó de una Alemania enloquecida, también

encontró favorables afinidades en el resto de Europa y fuera de Europa. Los mitos y los símbolos son la sangre que alimenta todo cuerpo social. También en el caso del nazismo.

Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la sangre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin filisteísmo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar. Lo valiente es comprender.

RAFAEL ARGULLOL.

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