PREFACIO
La alquimia con sus leyes y concepciones, que van mucho más allá del intento de fabricar oro artificial, despierta un vivo interés en muchas personas a pesar de que muchos (o quizás la mayoría) saben perfectamente que jamás se hizo realidad - n i puede hacerse- el sueño de la «piedra filosofal». La devoción por la alquimia tiene menos que ver con la fascinación por el oro -entendida en sentido literal y existente desde tiempos inmemoriales (desde que el hombre es hombre)— que con el velo de misterio que la envuelve.
No hay duda de que contribuye a ello el escepticismo con el que se contemplan las ciencias naturales racionales y el llamado progreso tecnológico, una actitud que se empieza a manifestar en la sociedad a partir de los años 19 70: en consecuencia, la alquimia encarna ese modo «integral» (para utilizar un adjetivo que está de moda) de entender la Naturaleza y de conocerse a sí mismo además del modelo opuesto a unas ciencias naturales y una técnica consideradas peligrosas y destructivas. De hecho, la alquimia parte en lo referente al cosmos, a Dios y al hombre en su relación con el cosmos y Dios de un punto de vista radicalmente distinto al de la Ilustración.
Mientras que el científico moderno establece relaciones de causalidad y el técnico modifica y reinventa el entorno e intenta adaptarlo a las supuestas o verdaderas necesidades del hombre, el alquimista optaba por el camino de la adaptación interior a la Naturaleza, buscando comprender aquello que une al creador con la creación. La alquimia distaba de ser una religión aunque se fundamentaba en concepciones religiosas. En nuestro mundo actual, determinado por categorías y fuertemente fragmentado, no resulta del todo fácil ubicar la alquimia. Por esta razón todavía se hace difícil desenmarañar la estructura interna de la misma. Advertim os ante la tendencia de considerar la alquimia fácilmente accesible e inteligible, impresión que suelen transmitir algunas publicaciones de tipo «esotérico». Asimismo hay algunos autores o sectas pretendidamente secretas, que pretenden convencer al público de que sí es posible fabricar oro y que los sabios de antaño poseían el secreto que ellos (los autores o sectas) han heredado o guardado a través de los tiempos. Se perpetúa así una desafortunada tradición que ya en el pasado había contribuido a la mala reputación de la alquimia y por la que «alquimista» y «farsante» pasaron a significar lo mismo. Los editores y autores de esta enciclopedia se apartan explícitamente de esta pseudoalquimia y de sus portavoces. Evitamos de propósito abordar esta «moderna alquimia» pues consideramos que pertenece más bien al ámbito de la psicología social. La sorprendente facilidad con la cual, a nuestro entender, los fabricantes de oro fraudulentos engañaron a sus víctimas subraya la fascinación que ejerció el objetivo alquímico de la transformación del metal -la transmutación- incluso en aquellas personas de tendencia por lo demás más bien profana. Aunque a menudo el móvil era la codicia, las esperanzas se acrecentaban con la idea del alquimista como un conocedor de los misterios ocultos de la Naturaleza y con el aura de mago que lo rodeaba. La alquimia jamás tuvo un constructo teórico único y unitario. El aunar la teoría aristotélica de los elementos «fuego», «agua», «aire» y «tierra» con la doctrina de los principios opuestos «azufre» y «mercurio», cuya unión llevaba a la materia «perfecta» de la piedra filosofal, nunca dio buen resultado. Las discusiones en torno a las pautas teóricas a adoptar fueron objeto de múltiples tratados.
Así se convirtió en una costumbre el citar a autoridades que apoyasen la opinión del respectivo autor y que al mismo tiempo subrayasen los errores de otros. Es tarea del lector suplir por medio de la interpretación unas insuficientes descripciones de substancias y unas prescripciones intencionadamente ambiguas, tarea que además requiere el estudio de los «antiguos» para aclararse. La importancia del experimento como criterio decisivo se fue imponiendo lentamente en el marco de un ambiente intelectual que se iba decantando a favor de una concepción racional del mundo. En el Medioevo y a principios de la Edad Moderna, todavía predominaba la exégesis de los escritos antiguos. La verdad que estos contenían era proporcional a la —a veces simplemente atribuida— antigüedad del texto. Esta idea arranca de la convicción de que la pérdida de conocimiento es progresiva: cuanto más lejos se encuentra el hombre de la Edad de Oro, tanto más conocimiento pierde acerca de los secretos de la Naturaleza. Este modo de pensar se halla diametralmente opuesto a la creencia actual en el poder del hombre para modificar «sui generis» el mundo. Unicamente existe consenso en el objetivo: la fabricación de la piedra filosofal como culminación y prueba material del conocimiento del alquimista acerca de la esencia íntima y oculta de la Creación. En posesión del «lapis philosophorum», el alquimista se convierte en «redentor de la materia» o incluso en demiurgo. En apariencia el objetivo está al alcance y algunos informes supuestamente incontestables sobre transmutaciones realizadas con éxito motivan el continuar por este camino, a pesar de los fracasos. El trabajo de laboratorio aporta unos conocimientos prácticos inestimables y constituye la base de la ciencia natural llamada química. La teoría del flogisto de Georg Ernst Stahl marca el límite entre un modo de ver alquímico y uno científico (de las ciencias naturales). Por la estructura, se podría decir que esta teoría es moderna, pero el contenido remite a los tradicionales conceptos de los elementos y principios aristotélicos. Con Antoine Laurent Lavoisier se consuma el verdadero cambio y será el concepto moderno de los elementos, que aparece con el sistema de períodos, lo que demostrará científicamente la inviabilidad de la transformación de metales.
Aun así, la alquimia no giraba exclusivamente alrededor del trabajo práctico de laboratorio; también suponía una imagen del mundo en el que el hombre y la Naturaleza, el espíritu y la materia estaban íntimamente entrelazados. A diferencia de una aproximación analítica y reduccionista de las ciencias racionales, la alquimia representa un concepto sintético, es decir, omniabarcador y de índole metafísica, del estudio de la Naturaleza. Si bien la alquimia no es una ciencia natural, sí es una ciencia acerca de la Naturaleza. El «ars hermetica», como una posibilidad de vivencia espiritual personal y de la Creación, perdura incluso después de haberse constituido la química científica. En los escritos más antiguos de la alquimia grecoalej andrina ya encontramos descripciones técnicas sobre reacciones de distintas materias además de símbolos y visiones de origen mítico, que revelan más sobre la psique humana que sobre las cualidades de la materia. En la actualidad y gracias a las herramientas que ofrece la psicología, podemos interpretar mejor este ámbito de la alquimia como ciencia oculta. Las ilustraciones —algunas impresionantes- que se han realizado a través de los siglos reflejan esta tendencia de la alquimia. A las tremendas escenas de muerte y descuartizamiento que simbolizan la muerte de la materia, sucede la resurrección de un rey o redentor purificado, a saber, la piedra filosofal que transforma metales comunes en oro y que cura las enfermedades del cuerpo humano. La purificación y maduración gradual de la materia durante la Gran Obra también refleja el «proceso de individuación» en el que el adepto se encuentra y reconoce a sí mismo.
El intrincado tejido de vivencias personales, experiencias con experimentos, entendimiento metafísico y conocimiento intuitivo conforma el amplio espectro de la alquimia y permite varias aproximaciones. Toda persona que se interese por la historia de la química tendrá la posibilidad de estudiar la alquimia como un filón de recetas y procesos por el que se puede determinar el momento de su surgimiento y el origen de ideas y tecnologías todavía vigentes. Otros quedarán encantados con la múltiples relaciones que establece la alquimia entre el hombre y la Naturaleza. Fuera del ámbito cultural occidental (cuyas raíces están no sólo en Europa sino también en Egipto, Asia Menor y en la zona sirio-árabe) la alquimia también se desarrolló en India y en China. Esta enciclopedia no aborda estas alquimias, ante todo por dos razones: primero porque excedería la extensión del libro y, segundo, porque resultó arduo encontrar autores que tuviesen unos conocimientos de alquimia india y china equiparables a los que ofrecemos aquí respecto a la alquimia occidental y europea. Por lo tanto rogamos al lector que comprenda esta limitación, cuya intención está lejos de significar un juicio de valor. Hemos tratado de dar a cada entrada el nombre adecuando para que fuese de fácil comprensión, sin menoscabar por ello la precisión pertinente. La literatura que acompaña cada artículo está destinada a facilitar el acceso a los textos alquímicos originales y a la bibliografía especializada y, por decisión de los editores y autores, se omitió toda publicación considerada poco seria.
Con esta obra se procuró llegar tanto al profano interesado en la alquimia como al especialista conocedor de la esencia de la alquimia que dispone aquí de una mina de información fiable y al que se le abren las puertas al vasto universo de textos alquímicos y bibliografía sobre historia de la alquimia. Los editores agradecen a los autores de esta obra por su colaboración como especialistas y por haber estado siempre dispuestos a cooperar pues sin ello no hubiese sido posible esta enciclopedia. La aportación de la señora Heike Hild a este libro es inestimable, puesto que no sólo es autora de varios artículos sino que participó desinteresadamente en las correcciones y la selección de las imágenes. Nuestros agradecimientos también al señor Stephan Meyer, lector de la editorial Beck, cuya paciencia, comprensión y buenos consejos a lo largo de todo el proceso de creación supusieron una gran ayuda. C l a u s P r i e s n e r , K a r i n F i g a l a M unich, prim avera d e 1998

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