jueves, 18 de junio de 2026

Gaston Leroux La extraña boda de Rouletabille Rouletabille - 5 PRIMERA PARTE LA NOVIA INCOMPRENSIBLE CAPITULO PRIMERO LA GRAN PERFIDIA DE IVANA

 

Las extrañas bodas es el quinto volumen de las «aventuras extraordinarias de Joseph Rouletabille, reportero», continuación directa del cuarto, El Castillo Negro. La novela, con el trasfondo de la segunda guerra de los Balcanes, tiene un tratamiento coral. Nuestros héroes, librados del asedio en el Castillo Negro, se ven embarcados en nuevos peligros en pos de la extraña Ivana. Rouletabille, La Candeur y Vladimir, reporteros del diario La Época, se mueven entre las balas y la metralla, siguiendo la invasión de las tropas búlgaras a Turquía.

«Si debo una gran parte de mi humorismo a Dickens, es asimismo a Kipling y Wells a quienes debo haber aportado a mis novelas de aventuras algo de poesía y un poco de lirismo.»

 



Gaston Leroux

La extraña boda de Rouletabille

Rouletabille - 5

PRIMERA PARTE
 LA NOVIA INCOMPRENSIBLE

CAPITULO PRIMERO

LA GRAN PERFIDIA DE IVANA

E

RA el 21 de octubre de 1923, en pleno Balkan, en los sombríos desfiladeros del Istrandja-Dagh… El negro manto de la noche comenzaba a cubrirlo todo de sombras…

¿Qué grupo de jinetes es ese, que corriendo como el viento y sin conocer obstáculos, precede a los primeros destacamentos búlgaros que al comienzo de la primera guerra Balkánica, invadían el norte de la Tracia, con misión de ocupar Almadjik? Están tan curiosamente situados entre las primeras avanzadas de los invasores y los últimos fugitivos turcos, que no se sabría decir con exactitud si huyen o persiguen.

La verdad es que hacen ambas cosas a la vez. ¡Quieren alcanzar antes de ser alcanzados!…

—¡Adelante! ¡Adelante! —grita Rouletabille.

¿Qué hace, «entre dos fuegos», el joven reporter de La Época y cuál es esa especie de rabia que le agita? Las palabras con que anima a sus compañeros a seguirle son incoherentes, interrumpidas por maldiciones.

¡Jamás se vio a José Rouletabille presa de un tal fuñar! Y, sin embargo, está justificado en un hombre reputado en el mundo entero por haber penetrado los más oscuros misterios, por haber desembrollado las intrigas criminales más complicadas y que se halla de pronto, y por primera vez en su vida,ante el misterio del corazón femenino del que no comprende absolutamente nada…

«El lado bueno de su razón», que hasta entonces le había sostenido en los peores trances, conduciéndole irresistiblemente por el camino de la verdad le ha fallado ahora. ¡Lo ha llamado inútilmente en su ayuda!… ¡Que derrota! El «lado bueno de su razón» le ha abandonado, ni más ni menos, que si hubiera sido el malo… ¿Y cuál es la causa de tal catástrofe? Una mujer, una simple muchacha, a la que Rouletabille amaba poco ha con todo su corazón y a la que pretende detestar ahora con toda su alma: ¡Ivana Vilitchkov!…

Es ella a quien persigue en aquel crepúsculo trágico… Tras ella corre… ¡Qué aventura!

Para intentar comprenderla, hagamos, como Rouletabille, quien, en su cerebro ardiente, busca en los acontecimientos acaecidos en Sofía y en el siniestro «Castillo Negro»[1], el hilo de aquel insondable misterio… Resumamos los hechos: Enviado por su periódico a la capital de Bulgaria para estudiar de cerca los acontecimientos que se preparaban, Rouletabille había vuelto a encontrarse con la sobrina del general Vilitchkov, a la que había conocido en París cuando ésta fue para comenzar sus estudios de medicina y, por la que inmediatamente, experimentó una tierna inclinación.

En Sofía, es recibido Rouletabille en casa del tío de Ivana y no oculta al la joven que la ama y que su más ardiente deseo es casarse con ella.

Ivana, que parece igualmente alimentar sentimientos muy vivos por el joven, intenta, sin embargo, desviarle de sus propósitos. Preténdese destinada a un fin trágico, al igual que su padre, su madre y su hermanita Irene, asesinados los tres por un enemigo de su familia.

Llámase este enemigo Gaulow, un búlgaro expulsado de su país y que se hizo turco, mahometano y pomak, que es todo lo que puede decirse. Habita en una especie de fortaleza extraordinaria, enclavada en el corazón de las montañas de Tracia, en el Istradja-Dagh, y de allí va a Bulgaria de tiempo en tiempo, para cumplir crueles y misteriosas tareas. ¡Nadie pudo llegar hasta él! ¡Gaulow desafía al género humano desde su temible Castillo Negro! (Karakoulé).

Todas estas cosas, como puede comprenderse, no son las más apropósilo para entibiar el amor de Rouletabille. Él conseguirá librar a la familia Vilitchkov, del horrible Gaulow que en Turquía se llama también Kara-Selim.

Solo pide a la joven que le conceda su mano. Esta no dice que no, pero tampoco que sí.

—¿Está usted prometida? —pregunta ansiosamente el reporter. E Ivana le contesta:

—Nadie en la tierra tiene el derecho a llamarse mi prometido.

He aquí a Rouletabille esperanzado de nuevo, cuando durante la noche, noche atroz que recuerda tos horrores de Konak de Belgrado, Gaulow y su cuadrilla, irrumpen en el hotel del general Vilitchkov, asesinan a éste y a sus servidores, llevándose a Ivana cautiva alCastillo Negro.

Rouletabille jura vengar tantas desgracias y salvar a Ivana; al mismo tiempo, intentará rescatar cierto cofrecillo bizantino en cuyo cajoncito secreto se hallan los planes preciosos de la movilización búlgara. Esto lo promete formalmente al general Stanislawoff, una de las glorias más puras de su país, amigo de Francia, y célebre, después, por haber puesto su espada al servicio de Rusia en ocasión del horrible conflicto que debía, al siguiere año, incendiar a Europa y deshonrar a Bulgaria. Y helo en marcha.

Lleva con él a su fiel reporter La Candeur y un joven eslavo, llamado Vladimir, muy listo, pero de moralidad un tanto relajada. Les acompaña también un primo de Ivana, Atanasio Khetew quien, a su vez, también quisiera salvar a su prima a la que ama, por lo menos tanto como la ama Rouletabille y que por amor a ella, también quisiera matar al terrible Gaulow.

En lo que respecta a Rouletabille y Atanasio, no simpatizan nada; pero son lo bastante prudentes para contener su recíproca animosidad.

Llegan todos alCastillo Negro, en el que les esperan inauditas aventuras, en el instante mismo en que Kara-Selim celebra sus desposorios con su cautiva Ivana. Se presentan como periodistas perdidos en el camino y ponen inmediatamente manos a la obra. No pueden perder ni un minuto. Ivana accede a ser la mujer de Gaulow, el asesino de su familia, para entrar en posesión del cofrecillo de la familia en el que se hallan los planos de movilización. Es necesario pues, que salven a Ivana y rescaten el cofrecillo.

En medio de las suntuosas fiestas que se dan en la Karakoulé, Rouletabille realiza hazañas sobrehumanas. Consigue llevar a Ivana hasta el fondo del torreón en donde se parapetan los reporters. Entretanto, aunque no ha podido apropiarse del cofrecillo bizantino, ha adivinado Rouletabille su secreto y ha podido constatar que los preciosos pliegos se hallan aún en su interior, que nadie los ha tocado y que ningún pomak ha llegado a sospechar su existencia. Atanasio recibe de Rouletabille la misión de llevar aquella noticia formidable a los ejércitos del general Stanislawoff, los que podrán descender ya, con toda seguridad, a través de las montañas del Istrandj-Dagh, sobre Kirk-kilissé.

Atanasio jura triunfar en su difícil empresa y volver con sus compañeros de armas a libertar a Ivana y a los periodistas franceses. Antes de evadirse del torreón, en dónde se han atrincherado, ha conseguido capturar a Gaulow, entregándole a la vigilancia de Ivana, la cual ha jurado, por los manes de sus padres, matarle con sus propias manos.

Los jóvenes sufren un asedio violentísimo en el que abundan las peripecias tragicómicas y que se termina de la manera más singular del mundo.

Ivana, no solamente no ha matado a Gaulow, al que pretende guardar como rehén, si no que Rouletabille la sorprende en el instante en que facilita la evasión del monstruo… ¡Y ello en el mismo momento en que Gaulow iba a recibir el castigo de sus crímenes, y en que aparecían en el horizonte los ejércitos conducidos por Atanasio Khetev!…

¿Qué terrible misterio os este?… Rouletabille lio puede concebir que Ivana ame aquel hombre que ha asesinado a los suyos y que había jurado la ruma do su patria… ¿Entonces?… ¿Entonces?… Había que obrar… Ya se reflexionaría obrando. Los bandidos de la Karakoulé han huido ante la proximidad de los ejércitos; Gaulow también ha huido… Ivana, con el pretexto de capturarle, ha montado a caballo y corre tras Gaulow… ¡Ivana no sospechaba que Rouletabille ha sido testigo de su infamia, que ha visto desarrollar la cuerda a cuyo extremo se balanceaba Gaulow libertado por ella!…

Rouletabille, a su vez, monta a caballo y corre tras Ivana. Los reporters y su criado Tondor corren tras Rouletabille… Tal es la situación, muy clara, y sin embarco muy incomprensible, para quien ha conocido a Ivana en el momento en que caemos de lleno en la cabalgata do los reporters.

Rouletabille murmura entre dientes:

—¡Ivana corre a reunirse con Gaulow!… ¡Ah, traidora! ¡Por muy de prisa que vayas no te soltaré!… También yo acudiré a la cita… ¡Y entonces veré con mis propios ojos lo que vas hacer con tu Gaulow! ¿Lo qué haría con él? Ya se lo había dicho. Antes de montar a caballo tuvo la desvergüenza de gritarle, a él, a Rouletabille, que había visto la cosa enorme, tuvo, repetimos, el cinismo de jurarle que ella quería, con sus propias manos, ofrecer a su patria, como primera víctima expiatoria, la cabeza de Gaulow… ¿Cómo no había estallado en una carcajada al oír esto? ¿Cómo no había escupido el rostro de aquella muchachuela bárbara, sanguinaria y embustera? ¿Cómo había tenido el valor de contener el generoso furor que ardía en su pecho de amante burlado y amigo traicionado hasta la muerte, ya que esta traición hubiera podido costar a todos la vida?… ¿Cómo…?

¿Por qué no le había dicho: «Lo he visto… Calla… Lo he visto… Te he visto salvarle con tus manos, y corres tras él para caer en sus brazos?»

¡Oh! ¡Ha sido, sencillamente, porque en primer lugar, ella no le dio tiempo; después, porque sentía curiosidad de ver hasta donde llegaba Ivana en la mentira y el crimen!… Y luego también, porque con el corazón, rebosante de rabia, meditaba una venganza o por lo menos un justo castigo…

Era, quizá, que en el fondo de si mismo empezaba a plantearse los términos del más curioso problema psicológico que jamás hubiera resuelto y también el más misterioso, al mismo tiempo que extraño.

En fin, si la había seguido en aquella insensata carrera hacía el Sur, era porque recordaba su calidad de corresponsal de guerra y tenía prisa, ahora que se hallaba en libertad, por encontrar una estafeta de correos, antes de caer bajo la feroz censura de los búlgaros… Entre ambos ejércitos siempre, ni con el uno ni con el otro…  ¿No era la consigna de siempre la misma que había predicado a Vladimir y a La Candeur? ¿No era este su plan desde Sofía? Plan peligroso sin duda alguna; pero que por ello mismo fe seducía más… Así, cuando durante aquella huida insensata del Karakoulé le preguntó La Candeur, que había milagrosamente encontrado un macklemburgués, y cabalgaba tras Rouletabille, sacudido en su silla:

—¿Adónde vamos? —había contestado:

—«¡A hacer reportaje!…»

Así pues, ni había esperado la llegada de las tropas… La felonía de Ivana les arrastraba como un torbellino tras ella…

Sí, ¡felonía, felonía…! En esto pensaba constantemente Rouletabille,aunque su espíritu buscaba por otro lado; pero estaba demasiado, irritado para no concluir siempre lo mismo: ¡felonía! Ya no quería dudar de que cl amor, cuya fuerza no había podido medir hasta entonces, hubiera realizado el abominable milagro de transformar una heroína en una pobre muchacha, capaz de iodo, para satisfacer su loca pasión.

Aquella innoble conversión debió producirse durante aquellos momentos de ausencia que el reporter había considerado muchas veces inexplicables: ¡Ivana los pasaba indudablemente al lado del prisionero, en el calabozo del subterráneo! ¡Cuántas veces hubo de extrañarse de no verla a su lado en lo más duro de la lucha!… ¡Y con que expresión tan singular aparecía de pronto, diciendo que había estado de centinela, para dejar descansar al katerdjbasch! En fin, que no salía del subterráneo, valiéndose de cualquier pretexto, y Rouletabille, que había temido que fuera para entregarse a algún abominable tormento, se reprochaba el haberse dejado engañar como un niño.

Recordaba la última frase turca pronunciada por Kara-Selim libertadla, y dirigida (¡con que asquerosa sonrisa de gracias!) a Ivana, sorprendida por Rouletabille en la forre, sin que ella se diera cuenta. El reporter se volvió hacía Vladimir y le pregunto:

—¿Qué significan estas palabras:Benem ilé guel?

—Eso quiere decir —contestó Vladimir—. ¡Ven conmigo! ¡Ven a reunirte conmigo!

—¡Caramba! —gruñó Rouletabille—. ¡También yo voy con ella! ¡También voy con ellos! ¡Y si Dios es justo, Él me permitirá hacerles expiar su crimen!…

Serían las cinco de la tarde, cuando vieron puntear las techumbres de una gran aldea en la ruta de Almadjik…

El camino que habitan seguido comenzaba a mostrar ciertas particularidades que le sorprendieron al pronto; pero a las cuales debían habituarse fácilmente. En efecto; al penetrar en una villa, aldea o lugar, en todo por lo que por cualquier título había sido una «aglomeración» lo veían devastado. Las cabañas de los campesinos parecían haber sido pulverizadas por algún cataclismo que se hubiera encarnizado en destrozar puertas y ventanas, y en incendiarlo todo.

En el umbral de estas siniestras cabañas, no era raro hallar cadáveres de mujeres y niños que yacían en el más lastimoso estado.

Otros cuerpos sin vida jalonaban la ruta haciendo tropezar a los caballos constantemente; todo estaba de tal suerte que como «aglomeración» lo que allí había era, sobre todo, aglomeración de cadáveres.

Todos aquellos despojos, todavía palpitantes, pertenecían a campesinos búlgaros, a los que se conocía fácilmente por sus típicos vestidos… Algunos debieron refugiarse en sus cabañas para esperar la llegada de las tropas del Norte, otros, abandonaron la aldea para salir a su encuentro; pero unos y otros, habían sido alcanzados por los turcos de la misma aldea y de los lugares vecinos, los que, antes de retirarse ante el invasor, habíanlo arrasado todo y pasado a cuchillo y empalado a todos los que pertenecían a la raza enemiga…

Un arroyuelo arrastraba, cantando alegremente, cuerpos decapitados…

Pero fue al entrar en la misma aldea, cuando nuestros jóvenes —que a cada instante dejaban escapar gritos de horror— pudieron juzgar de la importancia de la matanza y de la amplitud adquirida por el sacrificio que los señores turcos habían ofrecido, a guisa de adiós, al Dios de la guerra: cabezas cortadas, troncos empalados, niños atravesados de parte a parte, nada había faltado en aquella fiesta de sangre…

—¡Esto es horrible! ¡Esto es abominable! —rugía La Candeur detrás de Rouletabille, quien nada decía por estar preparado a todos aquellos horrores, por haberlos presenciado en Marruecos, en el Cáucaso y particularmente en Baku y en Balkani, con motivo de las matanzas entre tártaros y armenios…

Para nada tenía ojos, mas que para la silueta de un jinete que acababa de surgir en el extremo de una callejuela… ¡Ivana!… ¡Era ella!… No podía dudar… ¡Era ella!… ¿Les habrá visto? Había arrancado de pronto a un galope frenético, haciendo saltar su caballo por encima de un montón de escombros y cadáveres humeantes…

Al mismo tiempo había lanzado un grito salvaje, y desenvainando el sable y blandiéndolo con un molinete desconcertante por encima de su cabeza, había desaparecido en el recodo de otro callejuela que conducía a la plaza de la Mezquita, cuyo alto minarete se divisaba envuelto en llamas.

Rouletabille pidió un supremo esfuerzo a su caballo que, desde hacía unos instantes, mostraba signos de fatiga… Quiso hacerle saltar; pero el animal tropezó con los escombros y el reporter rodó al suelo con su montura, contra la que fueron a estrellarse La Candeur, Vladimir y Tondor. Fue aquella una caída general de la que se levantaron los reporters y su criado bastante maltrechos.

Rouletabille echó, sin embargo, a correr en la dirección seguida por Ivana. Sus camaradas le siguieron cojeando. En aquel instante se oyeron detonaciones y cierto tumulto en dirección a la plaza de la aldea. Iban, a desembocar en ella, cuando se vieron detenidos por la misma Ivana, que al igual que ellos, se hallaba desmontada. El caballo, caída a su lado, agonizaba golpeando con sus cuatro patas el pecho traspasado por una bala.

Un estruendo de batalla y el repiqueteo de la fusilería oíase a dos pasos, y algunas balas pasaron silbando cerca de sus oídos. Ivana se bailaba en un estado de agitación extraordinario. Extendiendo los brazos les ordenó que se detuvieran.

—¡Los turcos están destruyéndolo todo, aún no han abandonado la aldea… desconfiemos, pues a nadie perdonarían le vida!…

—¿Y Gaulow? —preguntó Rouletabille:

—Se ha unido a los turcos —repuso con voz apagada—; por pocos minutos no he vuelto a cogerle…

—Entonces ¿es que se ha escapado Gaulow? —gruñó junto a ellos una voz bien conocida.

Todos se volvieron. Atanasio Khetev acaba de llegar justamente para oír las últimas palabras de Ivana. Hizo un gesto de maldición y desde su caballo humeante miró despreciativamente a los reporters.

—Se lo había confiado a ustedes —dijo secamente.

Ivana tomó de nuevo la palabra:

—En el último momento hemos sido traicionados por el katerjdbaschi (jefe de arrieros)… Él es quien le facilitó la cuerda para escaparse del torreón. En cuanto nos hemos dado cuenta, ni siquiera hemos esperado a usted a pesar de nuestro deseo de verle y felicitarle (aquí una inflexión de voz extrañamente dulce y acariciadora) y nos hemos puesto en persecución del monstruo…

—¡Hay pues que tomar un desquite! —dijo Atanasio, que había enrojecido singularmente, mirando a Ivana Vilitchkov…

—¡Y empezar la partida de nuevo! —dijo ésta con desenvoltura.

—¡Debe usted lamentar el no haberle cortado la cabeza cuando se le entregué! —Continuó Atanasio Khetew con voz sorda.

¡Efectivamente, querido primo! —Y le volvió la espalda para ocuparse de otra cosa. Atanasio parecía mantener consigo mismo una lucha para dominar una irritación inusitada. Rouletabille escuchaba y miraba. El increíble cinismo de Ivana le enfurecía también. Las miradas del reporter y del búlgaro se cruzaron. ¿Se comprendieron los dos hombres?… Atanasio dijo:

—¡Volveremos a apoderarnos de Gaulow!…

—Sí —dijo Rouletabille—, y esta vez nos arreglaremos para no dejarle escapar.

Ivana se estremeció. Sin embargo, preguntó, con tono que quiso hacer indiferente:

—¿Y ahora, qué vamos hacer?

—Van ustedes a seguirme. Orden del general que manda la división. No quiere que nadie le preceda y teme, que una imprudencia, denuncie sus movimientos… Me salido responsable de ustedes. Irán pues, donde yo les conduzca, o mejor dicho, adonde el general me ha ordenado conducirles…

—¡Mi querido Atanasio, yo seguiré a usted hasta el fin del mundo! —dijo vivamente Ivana. Rouletabille palideció; pero Ivana no prestaba la menor atención al reporter.

—¿Y dónde iremos, caballero? —preguntó Rouletabille fríamente.

—Haremos una excursión más allá de esos montes —dijo Atanasio, señalando el horizonte en dirección Este—, después, descenderemos pausadamente hacia el Sud, sin ser molestados por las tropas…

—¡Y tanto; como que acabaremos por no verlas!

—¿Qué puede importarle eso? Yo doy a usted mi palabra de honor de hacerle desembocar en el campo de batalla en el momento más interesante —depuso Atanasio.

—¡Conformes! —exclamó Vladimir.

—No nos haga desembocar en un lugar muy peligroso —recomendó La Candeur con cierta melancolía.

Rouletabille dijo a su vez.

—Está bien, caballero, le obedecemos. Somos ahora sus prisioneros o poco menos.

Detrás de Atanasio acababa de divisar un grupo de jinetes mandados por un suboficial.

—Ustedes son mis amigos —contestó con sencillez Atanasio—. He podido arreglarme de forma que entren ustedes en posesión de sus tiendas de campaña, de las muías y toda la impedimenta que he hallado a mi paso por el Karakoulé. Por otra parte, dispondrán ustedes de caballos frescos…

—Piensa usted en todo, caballero…

—¡Es un tipo extraordinario! —proclamó Vladimir.

Pusiéronse en marcha, desandando lo andado, alcanzando, antes del anochecer, las crestas de los montes del Oeste. Antes de descender al valle, los reporters pudieron divisar al ejército búlgaro e incluso oírle, ya que cantaba…

Cuán bella era aquella jornada del 21 de octubre di 1913, en la que los soldados del general Radko Dimitrief penetraban por fin en Turquía, por un frente de más de veinte kilómetros, por unas rutas solo conocidas de pastores y arrieros, en la que las columnas de la quinta división, sin sentir la fatiga de un tal esfuerzo, sin concederse in minuto de reposo, continuaban su ruta cantando hacia los campos de batalla de Estri-Polos. Pitra y Kara-kof; etapas gloriosas que precedieron al rayo de ¡Kirk-Kilissé! Y hecho memorable en este siglo del ferrocarril, del teléfono y de la telegrafía sin hilos: ¡la presencia de aquel ejército no había sido ni remotamente sospechada! ¡Y avanzaba, sintiéndose lleno de fuerza y de misterio… Creíasele dirección del Maritza, hacia el Este! Y sin embargo, de cima en cima, repetíase la canción del «Maritza» río en donde se mezclaron durante siglos la sangre de búlgaros y osmanlíes, canción que se cruzaban los batallones. Hasta entonces, aquella canción no había sido cantada por traidores a su raza y su destino:

 

Fluye Maritza

Ensangrentado

Llora la viuda,

Cruelmente herida.

 

 

¡Marcha, marcha, nuestro general!

Uno, dos, tres, marchad soldados.

La trompeta resuena en el bosque.

¡Adelante, marchemos, marchemos, hurra!

¡Hurra! ¡Marchemos adelante!

 

¡Cuán bella era aquella primera aurora, en la que bajo el sol no había más que jóvenes pictóricos de vida y seguros de la victoria; en la que la rabia de la destrucción, y la matanza no había abierto aún sus salvajes fauces, en la que la esperanza sagrada de libertar a los hermanos oprimidos dilataba los pechos, en la que todos se tendían las manos, desde el Balkan al Radope y más lejos aún, allá lejos, hasta el fondo del Epiro y de la dulce Tesalia! ¡En aquel hermoso día, habíanse reconciliado razas enemigas y partido juntas, entre el clamor de las trompetas y con impulso tal, que el mundo pudo creer por un instante que ya nada podría separarlas!… Pero, ¡ay!, el mundo había olvidado que había en Sofía un Coburgo que velaba por unos intereses que no eran precisamente los de su patria de un día…

Aquella visión desapareció bien pronto de los ojos de los reporters los que, tras Atanasio, sumiéronse en una región erizada de picachos y rocas, corladas por abruptos barrancos, y que se parecía mucho a una zona alpestre; pero infinitamente más desolada. El búlgaro y los reporters pusiéronse al corriente en breves palabras de sus mutuas aventuras. Todos pensaban en Gaulow.

Hicieron alto, levantaron las tiendas y cenaron, pues Atanasio trajo provisiones en abundancia. Terminada la cena, se retiró Ivana a su tienda despidiéndose secamente; Rouletabille dictó un artículo a La Candeur. Este, una vez terminados los artículos que Rouletabille le dictaba, los deslizaba en grandes sobres en los que escribía el título y fecha del artículo; después, tos colocaba en una cartera de cuero que no abandonaba nunca. Así procedía desde que los jóvenes abandonaron Sofía y habían penetrado en el Istrandja-Dagh.

Cuando el artículo estuvo terminado, Vladimir exclamó:

—¡Veo desde aquí la cara que pondrá Marco el Valaco, cuando «nuestro periódico» publique la serie de correspondencias de Rouletabille! ¡A ese pobre Marco le va a costar una enfermedad!…

Ya hemos tenido ocasión de decir[2] que Marco el Valaco, era un periodista de ocasión, como tantos que surgen en los momentos de revuelta. Era muy despreciado —con harta razón— de los profesionales. Había desempeñado todos los oficios, mostrando en todos ellos lina gran ausencia de escrúpulos.

Su misión antojábasele transcendenlalísima en aquellos instantes y, en electo, no carecía de cierta importancia. Mientras llegaba el enviado especial de la «Nueva Prensa» de París —gran diario cuya tirada rivaliza con La Época— era dueño de expedir los telegramas más absurdos a un periódico leído en el mundo entero. Conociendo la reputación de Rouletabille y habiendo recibido de París instrucciones para no dejarse aventajar por el reporter de La Época, había vigilado al este desde Sofía no cesando de inventar sensacionales rumores y noticias de última hora que transtornaban la Bolsa. ¡Era la pesadilla de Vladimir Petrovitch, quien le acusaba de carecer de moralidad!

—¡Déjanos en paz cou tu Marco; se diría que es tu obsesión! —gruñó La Candeur.

—¿Sigue usted creyendo que nos ha seguido en el Istrandja? —preguntó Rouletabille con ironía.

—Hace usted mal en burlarse —repuso Vladimir.

—¡Cuando pienso que en los primeros días de nuestro viaje… Vladimir miraba constantemente tras él para ver si divisaba la nariz de Marco! —dijo La Candeur soltando una carcajada.

—¡No bromees! —protestó Vladimir—. Te lo suplico, no bromees. Tú no sabes de lo que es capaz un valaco metido a periodista.

—¿Pero en fin, qué es lo que puede hacer?

—¡Vaya usted a saberlo!… Pero sí les aseguro que la noche que precedió a nuestra llegada al país de Gaulow, cuando tuvimos aquella visión de una sombra que huía de la tienda de La Candeur y que este gritaba que le había robado la cartera de cuero, les aseguro, repito, que hubiera puesto la mano en el fuego a que nos las habíamos con Marco.

—Esa sombra —replicó La Candeur despreciativamente— no ha existido jamás, más que en la imaginación de Vladimir… y en lo que a mi cartera respecta, que yo creía haber puesto en la mochila; la hallé a los pies de mi cama, en donde, sin duda alguna, la había dejado yo antes de acostarme.

—¿Y seguían mis artículos en ella? —preguntó Rouletabille bromeando.

—Sí, Rouletabille, sí; tus artículos siguen en la cartera.

—Tranquilícese pues, Vladimir Petrovitch y no siga denigrando al valaco…

—¡Oh! Si conociera usted a Marco… Digo y repito, que es capaz de todo. Nada me sorprendería en él. Es capaz de vender a sus padres por un pedazo de pan y se que ha tenido historias muy feas con las mujeres. Afirmo que es un mozo que carece de toda moralidad…

—¡A la cama todo el mundo! A mí me toca la primera guardia —ordenó Rouletabille.

Tomó la guardia. Ningún ruido venía de las tiendas. La campiña parecía solitaria. Sobre cimas lejanas, surgían llamaradas que casi inmediatamente desaparecían. Apoyando el mentón sobre su carabina, Rouletabille contemplaba el muro de lienzo tras el cual descansaba Ivana. ¿Descansaba?… ¿Soñaba?… ¿Con quién?… ¡Enigma!…

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