EL NACIMIENTO DEL DESEO
La palabra paraíso no tiene en el Génesis el sentido celestial que se le suele atribuir. El lugar en que Dios coloca al humano recién creado –a ese Adán al que creó “masculino y femenino” y al que aún no ha dividido para que sean dos– es simplemente un jardín cuya región geográfica lleva el nombre de Edén y que no posee ninguna cualidad esencialmente distinta al resto de la tierra. Sin embargo, nada habla más hondamente del significado de un símbolo que aquello que se distorsiona de él, que se le agrega, que se desfigura. El paraíso es la cifra patente de una dimensión de la vida psíquica: aquella en que no existe sufrimiento alguno, en que nada del mundo exterior ni interior resulta hostil, ni la temperatura, ni los otros seres vivos, ni Dios. Nada falta a excepción de la falta, y por tanto el deseo. Y esto último permite que la placidez se exprese también en el mundo interno: no habiendo deseo, no hay allí conflicto alguno. Como enseñó Freud, el deseo divide al sujeto: no deseamos lo que queremos, lo que nos conviene, lo que nos brinda bienestar o felicidad. El deseo se impone por fuera de la voluntad, invade y nos coloca en la penosa situación de defendernos de él inútilmente. El paraíso nombra entonces no solo un entorno benevolente, sino también la unidad indivisa de la psiquis, una figura que es mítica no por su carácter ficcional, ni tampoco por residir en un pasado irrecuperable, sino porque pulsa en cada presente como estructura de la experiencia. El paraíso late en el conflicto porque le otorga su sentido último: la idea de que tendría que no ser.
En el relato bíblico, Dios expulsa al ser humano de ese jardín: “Y lo sacó el Eterno, Dios, del jardín de Edén, para labrar la tierra de que fue tomado. Y echó al hombre”. Sin embargo, la acción divina quizás pueda resumirse en el gesto del partero que debe dar al recién nacido una primera palmada que propicie la respiración. Se trata, en la Caída, del acto de nacer, es decir, de separarse; ello supone por parte del naciente una cierta actividad que se asemeja más a una salida (del paraíso) que a una expulsión, aunque tal salida deba ser por necesidad traumática y la signifiquemos como abuso o castigo. La respiración indica que sin aire no hay espacio para que Eros despliegue sus alas y ponga en marcha la historia. Habrá que caer en el deseo (fall in love) y perder la inocencia, nombre privilegiado de la unidad de la psiquis (en contraste con la conciencia que supone un pliegue, una reflexión, una autoconciencia). Al fin y al cabo, la psiquis indivisa remite a una fusión con el todo-útero que entraña el peligro de la asfixia.
El primer relato del Génesis consiste en un mito de nacimiento del deseo. La fuerza deseante esconde en su seno un problema tan irresoluble para la lógica como capital para la vida: el del comienzo del movimiento. Si el deseo es aquello que pone en movimiento, el problema es quién pone en movimiento al deseo. Aristóteles había imaginado que podía existir algo así como un motor inmóvil. No es casual que entre las diversas genealogías de Eros –pocas divinidades han recibido más interpretaciones en cuanto a su procedencia y linaje– exista la tendencia a pensarlo como deidad primordial (protogonos, el primer nacido, en la tradición órfica), no pudiendo concebirse algo que sea anterior a él. Hesíodo lo coloca entre los dioses primordiales, incluso antes que su madre Afrodita, y Aristófanes lo hace nacer de un huevo sin germen tras un proceso de largos siglos. El nacimiento del deseo nos obliga a afrontar una tensión que es paradójica. En el relato del Génesis, esta paradoja es doble: un lugar perfecto en que hay una prohibición, y una transgresión curiosa que acontece antes de que los humanos adquieran la curiosidad. De acuerdo con el texto, antes de comer del fruto prohibido, Adán y Eva tenían los ojos cerrados, es decir, carecían de impulso curioso (propio de la esfera erótica). ¿Por qué, entonces, Eva deseó comer del árbol del conocimiento del bien y del mal?

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