Prólogo
Russell como lógico y filósofo por Jesús Mosterín Bertrand Russell nació el 18 de mayo de 1872, en el seno de una familia aristocrática de tradición política liberal y progresista. Su abuelo paterno, lord John Russell, había sido dos veces primer ■ ministro y jefe del partido liberal, habiendo introducido importantes reformas sociales y políticas. La madre de Bertrand murió en 1874, y su padre, dos años después. Ambos eran ateos y racionalistas, amigos y discípulos de John StuartMill, y dispusieron que sus hijos fueran educados por tutores de sus mismas ideas. Sin embargo, esta última voluntad suya no fue respetada. La educación de Ber trand y su hermano Frankfue confiada a su abuela paterna, mujer religiosa y puritana, aunque de ideas políticas avanzadas.
La infancia y adolescencia de Bertrand Russell fueron muy solitarias. Al contrario que su hermano Frank, Bertrand no fue en viado a la escuela, sino que fue educado en casa de su abuela por preceptores particulares. Pronto abandonó las ideas religiosas de su abuela, aunque no tenía con quien hablar de sus dudas y pro blemas. Escribía sus reflexiones en un diario con letras griegas, a fin de evitar inspecciones indiscretas. Por otro lado, el ambiente serio y exigente de la casa de la abuela y la falta de contacto con otros niños y niñas de su edad contribuían a su melancolía. De todos modos, su infancia no fue del todo triste. Entre sus alegrías, destaca su primer contacto con la matemática, a la que más tarde se dedica ría con tanto éxito y ardor. «A la edad de once años -escribe Russell en su autobiografía- empecé a estudiar geometría, teniendo por preceptor a mi herma no. Fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida, tan des lumbrante como el primer amor. Jamás había imaginado que pu diera haber algo tan delicioso en el mundo... Desde aquel momen to hasta que Whitehead y yo concluimos Principia Mathematica, cuando yo tenía treinta y ocho años, las matemáticas acapararon mi principal interés y constituyeron mi principal fuente de felicidad. Como toda felicidad, sin embargo, no era completa. Se me había dicho que Euclides demostraba las cosas, y me sentí profundamen te decepcionado al ver que empezaba con axiomas. Al principio, me negué a admitirlos, a menos que mi hermano me ofreciera algún razonamiento para que lo hiciera... La duda que me asaltó en aquel momento respecto a las premisas de las matemáticas no me abandonó, y determinó el curso de mi labor subsiguiente.»
En efec to, esa negativa del niño Russell a aceptar los axiomas como algo indemostrado se convertiría más adelante en el empeño de demos trar también los axiomas matemáticos a partir de la lógica. A los diecisiete años se trasladó a Oíd Southgate para preparar los exámenes de ingreso en la Universidad de Cambridge. Allí en contró compañeros, pero no los que esperaba, pues resultaban ser demasiado groseros y brutos para el carácter delicado y sutil del joven Bertrand. «Me sentía profundamente desdichado -escribe Russell— Había un sendero que llevaba a New Southgate a través de los campos, y solía ir allí solo para contemplar la puesta del sol y pensar en el suicidio. No me suicidé, sin embargo, porque deseaba saber más matemáticas.» Algo más tarde, en 1890, ingresó Russell en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. A partir de ese momento, todo cambió y sus años universitarios fueron felices. A. N. Whitehead, que le había examinado de ingreso, se percató de su gran inteligen cia y le puso en contacto con los alumnos más brillantes. Pronto fue admitido en el círculo exclusivo de «los Apóstoles», grupo de estu diantes y profesores especialmente inteligentes y curiosos, que se reunían todos los sábados a discutir con rigor y sin prejuicios sobre todo lo divino y lo humano. También G. E. Moore, Me Taggart y el mismo A. N. Whitehead -que más tarde colaboraría con Russell en la redacción de Principia Mathematica-formaban parte del grupo. Russell se graduó en matemáticas en 1893 y en filosofía en 1894. Ese mismo año se casó con Alys, la primera de sus cuatro mujeres. Poco después marchó a Berlín, a fin de estudiar política y economía. En 1896 publicó su primer libro, Socialdemocracia ale mana, y al año siguiente el segundo, Ensayo sobre los fundamentos de la geometría. Este doble interés por la política y por la ciencia —sobre todo la matemática— lo mantendría Russell a lo largo del resto de su vida. Rebelión contra el idealismo Cuando Russell inició sus estudios en Cambridge, el idealismo dominaba la filosofía europea. Russell comenzó aceptando la filo sofía vigente en Gran Bretaña en aquella época, una versión del hegelianismo debida a Bradley y Me Taggart. Según esta doctrina, en realidad sólo hay una cosa, que lo es todo y que es la concien cia. Y los últimos enunciados realmente verdaderos son los que se refieren al todo (o absoluto, o conciencia absoluta). A esta peregri na doctrina se llega por la llamada teoría de las relaciones internas. En efecto, la lógica tradicional no conocía más atributos que los predicados monódicos (que designan propiedades). Los relatores o predicados poliádicos («...ama a...», «está situado entre... y ...») habían sido ignorados por Aristóteles.
Esta insuficiencia del análisis lógico conduce a la curiosa doctrina metafísica del idealismo abso luto. Puesto que en lógica se ignoran los relatores, en ontología se niegan las relaciones reales o «externas». Las relaciones son, pues, concebidas como «internas», como siendo en realidad propiedades de los objetos relacionados. Si un libro está encima de la mesa, entonces el estar encima de la mesa es una propiedad del libro, y la mesa forma parte de la naturaleza del libro. Pero el estar debajo del libro es, a su vez, una propiedad de la mesa y, por tanto, el libro forma parte de la naturaleza de la mesa. Y como cada cosa está relacionada de alguna manera con todas las demás, cada cosa forma parte de la naturaleza de las demás. En definitiva resulta, pues, que no hay más que una cosa, que es la totalidad o el absolu to. Por otro lado, cualquier cosa que consideremos está relaciona da con nuestra conciencia que la considera, y forma parte -por la teoría de las «relaciones internas»- de esta conciencia. No hay, pues, más que una cosa, y esa cosa es la conciencia. La conciencia es el absoluto. Además, cualquier enunciado particular (como que el libro que está encima de la mesa tiene cien páginas), al aislar artificialmente un hecho que en realidad está relacionado interna mente con todas las cosas, presenta una visión deformada y parcial de la realidad, es falso o, a lo sumo, sólo relativa y parcialmente verdadero. Para ser verdadero sin más, el enunciado habría de referirse a todas las cosas implicadas en el asunto, es decir, a todas las cosas, al todo o absoluto. Los únicos enunciados verdaderos son los enunciados sobre el absoluto. Russell no acababa de estar satisfecho con esta teoría, que chocaba con lo que a él le gustaba llamar su «robusto sentido de la realidad». Buscando solución a las dificultades que encontraba en Bradley, Russell acudió a la lectura directa de Hegel.
El contacto con las obras del maestro del idealismo acabó de convencer a Russell de lo absurdo de la doctrina. Junto con su compañero, G. E. Moore, se rebeló contra ella, desarrollando la teoría de las relaciones externas y estableciendo las bases de su «atomismo»: en el mundo hay una multitud de cosas, distintas unas de otras y de la conciencia, aunque relacionadas entre sí por relaciones externas. Los enunciados particulares («el Sena pasa por París», «me he com prado un sombrero»...) pueden ser verdaderos (en el pleno sentido de la palabra) con completa independencia del resto del universo. En un primer momento, la euforia causada por el rechazo del encantamiento idealista llevó a Russell al extremo contrario, a aceptar como real e independiente todo lo que el idealismo había condenado como aparente: los objetos físicos observables, las enti dades teóricas, los puntos espacio-temporales, los números, las proposiciones, etc. Pero esta etapa no había de durar mucho. El logicismo Según el idealismo hegeliano, resulta imposible entender nin guna parte del todo sin comprender cuál es el papel que esa parte desempeña en el todo, cuáles son sus relaciones con el resto del todo, sin entender, primeramente, el todo. El análisis sería, pues, imposible. Pero una vez rechazado el idealismo, el camino queda abierto para utilizar el análisis, pues resulta posible el conocimiento de hechos y relaciones particulares mientras todavía se ignora «la totalidad».
Si el rechazo del idealismo era la condición negativa de la viabilidad del método analítico, su condición positiva era la de de sarrollo de una lógica lo suficientemente precisa y compleja como para dar cuenta de la estructura de todos los enunciados que hayan de ser analizados y, en primer lugar, de todos los enunciados cien tíficos. «El año más importante de mi vida intelectual -escribe Russell- fue el año 1900, y el acontecimiento más importante de ese año fue mi visita al Congreso Internacional de Filosofía de París... en el que quedé profundamente impresionado por el hecho de que, en todas las discusiones, las intervenciones de Peano y sus discípulos tenían una precisión de la que carecían todos los demás.» Durante el Con greso, celebrado en julio, Russell se puso en relación con Peano, cuyo simbolismo dominó rápidamente. «A últimos de agosto —cuenta Russell— ya me había familiarizado por completo con toda la obra de su escuela. Empleé el mes de septiembre en extender sus métodos a la lógica de las relaciones... Fue una época de embria guez intelectual. Mis sensaciones se asemejaban a las que se experi mentan tras escalar una montaña en medio de la niebla cuando, al llegar a la cima, la niebla se disipa súbitamente y el panorama se hace visible en cuarenta millas a la redonda.» A principios de octu bre Russell se puso a escribir Los principios de las matemáticas, desarrollando su filosofía de la matemática y redactando los cientos de páginas de la obra en los tres meses siguientes. La filosofía russelliana de la matemática, conocida como «logi- cismo», se basa en la tesis de que la matemática es enteramente reducible a la lógica. Esta tesis se articula en dos partes: 1) todos los conceptos matemáticos son definibles a partir de conceptos pura mente lógicos y 2) todos los teoremas matemáticos son deducibles a partir de principios lógicos. El programa logicista consistía precisa mente en llevar a cabo el desarrollo de esa tarea. Los matemáticos del siglo XIX —Weierstrass, Dedekind, etc — habían llevado a cabo la llamada aritmetización del análisis, redu ciendo los números complejos, reales y racionales a clases de nú meros naturales. Por tanto, el primer paso del programa logicista tenía que consistir en definir los números naturales en términos lógicos. Digamos que dos clases son biyectables si se puede es tablecer una bisección o correspondencia biunívoca entre sus ele mentos. Para ello no es necesario numerarlos: el camarero que coloca un tenedor al lado de cada plato está estableciendo una bisección entre los platos y los tenedores de la mesa sin necesidad de numerarlos. Pues bien, Russell identifica el número de (elemen tos de) un conjunto con la clase de todas las clases biyectables con ese conjunto.
Así, por ejemplo, el número de páginas de un libro sería la clase de todas las clases biyectables con la clase de las páginas de ese libro. En especial, el 2 sería la clase de todos los pares, el 3 la clase de todos los tríos, etc. Habiendo definido lo que es el número de una clase, se puede definir número natural, en general, como aquello que es número de alguna clase: x es un número natural si y sólo si hay una clase y tal que x es el número de y. Esta definición no es circular, pues el concepto de número de está previamente definido con total independencia del concepto de número natural. Toda esta teoría ya había sido previamente expuesta porFrege, pero Russell sólo descubrió sus obras después de haber llegado por sí mismo a las mismas ideas. De todos modos, el programa logicista enunciado en Los prin cipios de las matemáticas habría de ser llevado a cabo posterior mente, deduciendo los principales teoremas matemáticos a par tir de principios lógicos explícitos mediante las reglas de la lógica formal. Russell estudió y asimiló rápidamente tanto la lógica de Frege como el simbolismo de Peano, desarrolló también la lógi ca de las relaciones y dispuso pronto del instrumento formal flexi ble y potente que necesitaba. Había llegado el momento de poner se manos a la obra. Las paradojas En la primavera de 1901 Russell se puso a deducir la matemá tica de la lógica. De pronto, se dio cuenta de que su trabajo había sido en vano. Las ideas intuitivas de clase o conjunto que había venido utilizando resultaban ser contradictorias. Estudiando la pa radoja descubierta por Cantor, y referente a la cardinalidad de la clase universal, llegó a descubrir una contradicción mucho más simple y básica: la llamada «paradoja de Russell».
Según la idea intuitiva, a cada propiedad corresponde una clase: la clase de todas las cosas que tienen esa propiedad. Pense mos en la clase de todas las clases que no son miembros de sí mismas. ¿Es miembro de sí misma? Si lo es, no lo es. Si no lo es, lo es. En cualquier caso, se obtiene una contradicción: {x | x^x}e{x | x^x} «—» {x | x^x}^{x | x^x} o, llamando rala clase de todas ¡as clases que no son miembros de sí mismas —es decir, a {xjxí^r}—, obtenemos que r es miembro de r si y sólo si no es miembro de r: r e r «— » r ^ r «Al principio -escribe Russell— supuse que podría superar con facilidad la contradicción, y que probablemente habría un error trivial en el razonamiento... Durante la segunda mitad de 1901 seguía pensando que la solución sería fácil, pero, al término de ese tiempo, había llegado a la conclusión de que se trataba de una tarea enorme...» Mientras la difusión de la paradoja de Russell pro ducía en toda Europa una verdadera crisis de los fundamentos de la matemática, Russell seguía esforzándose infructuosamente en re solver las contradicciones. «Todas las mañanas -escribe- me senta ba ante una hoja de papel en blanco. Durante todo el día, salvo un breve intervalo para comer, miraba fijamente la hoja en blanco. A menudo, cuando llegaba la noche, la hoja seguía intacta... Los dos veranos de 1903 y 1904 están grabados en mi mente como un periodo de un absoluto estancamiento intelectual.» La teoría de los tipos En 1905 desarrolló Russell su teoría de las descripciones, que ayuda a entender el status lógico de expresiones -como «el actual rey de Francia» o «el mayor número primo»— que, si bien parecen, por su forma, referirse a algo, no hay nada a lo que puedan re ferirse. La solución definitiva a las paradojas la encontró Russell en 1906 con el desarrollo de la teoría de los tipos. Según esta teoría -en su versión más simple y simplificando mucho— todas las clases se dividen en tipos: las clases de individuos o cosas concretas son clases del primer tipo; las clases de esas clases son clases del segun do tipo; al tercer tipo pertenecen las clases de clases del segundo tipo, etc. En la teoría de tipos sólo puede afirmarse o negarse la pertenencia de una clase de tipo determinado n a otra clase de tipo inmediatamente superior n + 1.
Expresiones tales como «clase que es miembro de sí misma» —xEx— no son verdaderas ni falsas, sino que están mal formadas, carecen de sentido, y no son formulables en la teoría de los tipos, con lo que las contradicciones por ellas generadas desaparecen. «Después de esto -escribe Russell- sólo quedaba escribir el libro... Trabajé en ello de diez a doce horas diarias durante unos ocho meses al año, desde 1907 hasta 1910.» El resultado constitu ye los tres gruesos volúmenes de Principia Mathematica, publica dos entre 1910 y 1913, y que pretenden llevar a cabo, de modo completo y detallado, el programa logicista, reduciendo la matemá tica entera —y en especial la aritmética— a los principios de la lógica. Dificultades surgidas en el desarrollo de los Principia hacen dudoso que la tesis logicista quedara en ellos probada (por ejem plo, resulta difícil pensar que el axioma de infinitud o el de reducibi- lidad sean principios lógicos). Y pocos filósofos de la matemática actuales aceptarían esa tesis. En efecto, las famosas investigaciones de Kurt Gódel culminaron en el llamado teorema de incompletitud, que afirma la imposibilidad de formalizar completamente la aritmé tica dentro de un sistema de axiomas y reglas de inferencia. Con ello, la tesis logicista quedaba arruinada. Pero eso no es óbice para que la obra gigantesca Principia Mathematica sea un pilar funda mental de toda la lógica y la filosofía de la matemática posteriores. El mismo trabajo de Gódel tomó los Principia de Russell como punto de partida, e incluso su título alude a ellos: «Sobre sentencias formalmente indecidibles en Principia Mathematica y sistemas afi nes» (1931). Entre 1902 y 1910, la tensión combinada de un esfuerzo in telectual agotador y de una serie de desdichas privadas hizo muy difícil para Russell desarrollar su tarea hasta el final. «Pero persistí -nos cuenta- y, al final, el trabajo quedó concluido, aunque mi intelecto jamás se recuperó por completo de aquella tensión. Y desde entonces, siempre me he sentido menos capaz que antes de abordar abstracciones difíciles.» El fenomenalismo En 1911, Bertrand Russell pasó a aplicare1 método del análisis lógico al dominio de las ciencias empíricas y los objetos físicos. La primera versión de sus resultados apareció en 1914 en el libro Nuestro conocimiento del mundo exterior. En nuestro conocimiento empírico (es decir, no puramente formal, como el lógico o matemático), Russell distingue elementos primordiales, creídos por sí mismos, sin justificación alguna, y ele mentos derivados, inferidos en algún sentido (aunque sea in conscientemente) de los anteriores.
Los elementos primordiales, inmediatamente evidentes, de nuestro conocimiento empírico son los datos sensibles -sense data- directamente perábidos por la vis ta, el tacto o el oído. Nuestros conocimientos referentes tanto a los objetos físicos de la experiencia cotidiana (árboles, hombres, sillas, etcétera) como a los objetos teóricos de la ciencia física (campos electromagnéticos, partículas elementales, etc.) constituyen ele mentos derivados o inferidos de los datos sensibles. Así como al tratar del conocimiento formal, Russell había in tentado reducir la matemática a la lógica, redefiniendo todos los conceptos matemáticos en función de conceptos puramente lógi cos, así también al tratar del conocimiento empírico, Russell intenta reducirlo a sus elementos más evidentes y seguros, es decir, a los datos sensibles inmediatos. No se trata de que no podamos seguir hablando de los objetos físicos tanto observables como teóricos. Los primeros son necesarios para nuestra vida diaria; los segundos, para la formulación de teorías científicas que nos sirven para expli car y predecir las variaciones y regularidades en la ocurrencia de los datos sensibles. De lo que se trata (aplicando el principio de la navaja de Ockham, de que ho hay que multiplicar las entidades admitidas sin necesidad) es de hallar la manera de definir los obje tos físicos observacionales y teóricos como estructuras complejas de datos sensibles, de tal modo que los enunciados físicos (tanto coti dianos como teóricos) puedan ser interpretados como abreviaturas de otros enunciados más largos en los que sólo se habla de datos sensibles y clases de datos sensibles, etc.
Cuando hablamos de los objetos físicos estaríamos, pues, hablando en último término de lo dado en la percepción sensible. Esto no significa que los objetos físicos sean manojos de datos sensibles, sino únicamente que los datos sensibles proporcionan una base suficiente para la interpreta ción y justificación de nuestras afirmaciones físicas, o (usando una famosa distinción de Russell) que nuestro conocimiento por des cripción es reducible a nuestro conocimiento directo. Nuestro conocimiento del mundo exterior se limita a indicar a grandes rasgos este programa fenomenalista de reconstrucción del aparato conceptual de la física a partir de los datos sensibles, pero no lleva a cabo el desarrollo detallado del mismo. El libro acaba diciendo: «El estudio de la lógica constituye el estudio central de la filosofía: proporciona a la filosofía su método de investigación, al igual que la matemática proporciona a la física el suyo... Todo el supuesto conocimiento de los sistemas tradicionales debe ser barri do y un nuevo comienzo debe llevarse a cabo. A los hombres comprometidos en el desarrollo de la ciencia, que hasta ahora, y no sin justificación, se han desviado de la filosofía con cierto menos precio, este nuevo método, exitoso ya en problemas tan antiguos como los del número, el infinito, la continuidad, el espacio y el tiempo, ofrece un atractivo que los métodos más antiguos han dejado completamente de ofrecer... La primera y única condición que es necesaria para asegurar a la filosofía en el futuro cercano unos resultados que superen con mucho todo cuanto hasta ahora ha sido realizado por los filósofos, es la creación de una escuela de hombres con entrenamiento científico e intereses filosóficos, libres de las tradiciones del pasado y no desviados por los métodos litera rios de los que imitan a los antiguos en todo excepto en sus méritos.» En 1921, el joven Rudolf Camap leyó esta palabras. «Sentí -escribe Camap— como si ese llamamiento me hubiera sido dirigido a mí personalmente.» Camap —que había acabado sus estudios en física y filosofía- se puso a estudiar febrilmente las obras de Russell.
No teniendo dinero para comprar los Principia, le escribió a Rus sell, preguntándole dónde podría comprar un ejemplar de segunda mano. Russell no se lo pudo decir, pero le contestó enviándole las definiciones más importantes de los Principia, en treinta y cinco páginas escritas a mano por él mismo. A partir de entonces Camap, recogiendo el guante lanzado por Russell, se dedicaría al desarrollo del programa fenomenalista de reducción de nuestros conceptos físicos a los datos sensibles. Sin embargo, más bien que los datos sensibles aislados, Camap -influido por la Gestalttheorie- eligió como base de reducción las vivencias elementales (o totalidades de la percepción sensible en un instante determinado) y la relación de reconocimiento de analogía entre dos vivencias elementales. A par tir de esta base fenomenalista (y solipsista) Camap construye -me diante definiciones formales que sólo hacen uso del aparato lógico de Russell- el mundo de la sensación, el mundo de los objetos físicos, etc. Las investigaciones de Camap aparecieron en 1928 en el libro La construcción lógica del mundo. En definitiva, lo que Russell había propuesto y Camap había (al menos en parte) realizado no era sino la precisión y análisis lógicos de la tradicional tesis empirista de que nuestro conocimiento no formal es reducible a los datos de la experiencia sensible in mediata. Sin embargo, entre el tratamiento de Locke y Hume y el de Camap hay la misma diferencia que entre el atomismo de De- mócrito y la actual física atómica. El programa fenomenalista tropezó con muchas dificultades, puestas de manifiesto precisamente por su tratamiento formal. Rus sell pasó de tomar como base los datos sensibles de un solo indivi duo a tomar los de todos los hombres, e incluso todos los datos sensibles posibles, para acabar finalmente (en Investigación sobre el significado y la verdad, 1940, y Conocimiento humano: su finali dad y sus límites, 1948) abandonando los datos sensibles en favor de un sistema en que se toman como base las cualidades simples y la relación de compresencia. El mismo Camap abandonó también pronto sus investigaciones sobre el programa fenomenalista, pen sando que una base fisicalista (o materialista) era más adecuada para el desarrollo del lenguaje científico y la comprobación in tersubjetiva de los resultados. Sin embargo, el programa fenome nalista, abandonado por sus fundadores, seguiría y sigue abriéndo se camino.
La estructura de la apariencia, de Nelson Goodman, aparecido en 1951, representa el más refinado y técnicamente per fecto tratamiento que la tesis fenomenalista ha recibido hasta hoy. Russell y la filosofía actual Tanto la tesis logicista (la matemática es reducible a la lógica) como la tesis fenomenalista (la física es reducible a los datos sensi bles inmediatos) no han podido ser convincentemente establecidas. En cierto modo han fracasado, pues casi ningún filósofo actual de la ciencia las aceptaría. Sin embargo, los métodos usados en su desa rrollo -los métodos del análisis lógico- han resultado ser extraordi nariamente fecundos. La filosofía de Russell abarca todos los problemas y aporta soluciones originales a muchos de ellos que aquí no podemos men cionar siquiera. Señalaremos únicamente que durante los años anteriores y posteriores alai Guerra Mundial, Ludwig Wittgenstein estuvo estudiando filosofía con Russell y colaborando con él en la formulación de la filosofía que luego aparecería en la Filosofía del atomismo lógico (1919) de Russell y en el Tractatus Logico-Philo- sophicus de Wittgenstein (1922); que la distinción entre «falso» y «sin sentido» introducida por Russell a propósito de la teoría de los tipos ejerció un notable influjo en el Círculo de Viena; que Russell anticipó las ideas más tarde desarrolladas por Tarski para evitar las paradojas semánticas mediante la distinción de una jerarquía de metalenguajes; que la teoría de las descripciones de Russell permi tió a Quine la formulación de su famoso criterio ontológico, etc. Y no seguimos, porque hacer la lista de las influencias de Russell equivaldría a contar la historia de la filosofía contemporánea. En 1944, P. A. Schilpp publicó dos volúmenes de homenaje a Bertrand Russell y entre los homenajeantes que analizaban su pen samiento se encontraban figuras de la talla de A. Einstein, K. Gódel y G. E. Moore. Un cuarto de siglo después aparecería un nuevo volumen de homenaje, titulado esta vez Bertrand Russell, filósofo del siglo. En efecto, ningún otro filósofo de este siglo —con la posible excepción de Wittgenstein- podría compararse con Russell en cuanto a su decisiva influencia en los más diversos campos. Sin embargo, Russell no es fundador de ninguna escuela filosófica; el «russellismo» no existe. Ni siquiera mantuvo sus propias ideas es tables a lo largo de su vida, sino que las sometió a un inacabable proceso de constante (y a veces radical) revisión.
Al servicio de los hombres Bertrand Russell se ha ganado un puesto de primer plano en la historia del pensamiento sobre todo gracias a sus aportaciones a la lógica y a la filosofía. Sin embargo, esta actividad filosófica y cientí fica no fue sino una faceta de su rica personalidad, que también se manifestó con lucidez y apasionamiento en los más variados domi nios de la praxis. Hombre que sentía aguda e intensamente el dolor y la opre sión de los otros hombres (y mujeres), Russell dedicó una conside rable parte de sus energías a la lucha contra la brutalidad, el dog matismo y la injusticia. Russell siempre ha sido un ardiente partida rio de la igualdad de derechos de las mujeres -ya en 1907 fue candidato al Parlamento por la unión pro sufragio femenino, te niendo que aguantar insultos, mofas y violencias sin cuento y no saliendo elegido-. Russell siempre ha abogado por el control de la natalidad y por la liberalización de las costumbres sexuales -lo que le valió ser expulsado de su cátedra de matemáticas de la Universi dad de Nueva York en 1940 por decisión de un juez católico fanáti co—, Russell siempre se ha opuesto a las guerras —por sus manifes taciones pacifistas contra la intervención inglesa en la I Guerra Mundial fue condenado en 1918 a seis meses de cárcel, que él aprovechó para escribir en su celda Introducción a la filosofía mate mática, brillante exposición divulgadora de los resultados de sus investigaciones anteriores. Insatisfecho de la educación autoritaria de las escuelas de su tiempo, Russell se interesó vivamer te por la pedagogía, creando y dirigiendo él mismo una escuela de carácter avanzado, a la que asistían sus propios hijos. Preocupado por el riesgo de una nueva guerra mundial, Russell pasó gran parte de los años 50 organizando campañas a favor del desarme y en especial contra el armamento atómico y las pruebas de bombas nucleares. Crítico implacable de todas las opresiones, lo mismo denunció desde el principio la total supresión de las libertades en la Unión Soviética que criticó seve ramente la intervención norteamericana en la guerra del Vietnam.
En su larga vida -vivió 98 años- Russell vio triunfar muchas de las ideas y causas que había defendido, recibió innumerables hono res -desde la Orden del Mérito hasta el premio Nobel de literatura- y fue ampliamente admirado. Su vida, tanto pública como privada, fue rica y variada. Sin embargo, su aguda sensibilidad le hizo sufrir mucho y compadecerse intensamente por las desdichas que azota ron a la humanidad y que él ser tía como propias. Pero nunca perdió la esperanza, ni la razón, ni siquiera el sentido del humor.

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