EL LABERINTO DEL VERDUGO. PREMIO NOVELA EDITORIAL COSTA RICA 2009 Y PREMIO NACIONAL DE NOVELA AQUILEO J ECHEVERRÍA 2010.
El laberinto del verdugo
CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
miércoles, 14 de enero de 2026
Fragmento. Novela. EL LABERINTO DEL VERDUGO. (Ingresamos primero a un salón...) EDITORIAL COSTA RICA.
martes, 13 de enero de 2026
PREFACIO EL ARTE DE LA NOVELA EN EL POST-BOOM LATINOAMERICANO
Crecimos admirando el Boom. Quienes vivimos en condición de lectores la segunda mitad del siglo XX, frecuentamos con gran entusiasmo novelas tan emblemáticas como “La región más transparente” (1958), “La ciudad y los perros” (1963), “Rayuela” (1963), “Cien años de soledad” (1967), o “El obsceno pájaro de la noche” (1970). Sus autores nos deslumbraron y sus opiniones fueron seguidas con gran interés en Latinoamérica, en los Estados Unidos y en los demás continentes. No obstante, aunque dichas obras maestras de nuestra narrativa —entre otras— iluminaron el panorama literario de la lengua española, también es cierto que produjeron un efecto de eclipse sobre otra novelística escrita simultánea o posteriormente en esta región. Bien es sabido que los narradores del Postboom tuvieron, desde el inicio de sus carreras, enormes dificultades para legitimarse culturalmente. En este recorrido literario nos propondremos indagar la problemática a la cual estamos haciendo referencia; en otras palabras, procuraremos bosquejar una contextualización del campo de la novela en nuestro continente durante la segunda mitad del siglo XX. Y esto equivale a efectuar, en un principio, una mirada contrastiva entre lo que ha dado en llamarse Boom y Postboom latinoamericano.
Son muchos, desde luego, los debates que se han desplegado a este propósito.
Trataremos de retomar aquí algunos de los más importantes, en especial aquellos que puedan encaminarnos hacia una mejor comprensión de estas dos tendencias novelísticas. Nos interesa especialmente hacer una revisión de aquello que ha dicho la crítica literaria sobre nuestra narrativa contemporánea. Asimismo, dado que el Postboom opera como eje conceptual de este trabajo, nos parece importante aproximar un esbozo del tipo de representación ficcional que en esta tendencia novelística se realiza. Y esto implica indagar cuáles son sus concepciones escriturales dominantes, cuáles son sus temas recurrentes, cuáles son los contextos socio-culturales que la circunscriben, cuáles son los insumos culturales de los que se nutre, cuáles son los tipos de relación que se proponen frente al lector. Éste será el itinerario de nuestro primer capítulo, el cual cerraremos haciendo algunas consideraciones en torno al final del Postboom.
Para los tres siguientes, hemos escogido estudiar a tres autores particularmente representativos de dicha tendencia. Nos referimos al argentino Manuel Puig —
considerado por buena parte de la crítica como el precursor del Postboom—, al
chileno Antonio Skármeta y a la mexicana Ángeles Mastretta. A cada uno de ellos dedicaremos un apartado.
Estos capítulos centrados en estudiar la obra narrativa de escritores específicos tendrán, entre sí, una estructura similar. En un primer momento se trazará un breve recorrido biográfico-literario que nos hablará de los inicios escriturales de cada autor. A continuación entraremos a hacer un análisis de los elementos temáticos y composicionales que caracterizan su labor ficcional, lo cual implicará la revisión de diversas obras de su autoría, pues entendemos que sólo a través de una lectura transversal es posible identificar contantes representacionales en la labor de un escritor. Al final, trabajaremos críticamente y ya en detalle sus principales novelas. En el caso de Puig, hablamos de “El beso de la mujer araña” (1976); en el de Skármeta, nos referimos a “El cartero de Neruda (Ardiente paciencia)” (1985); y en el de Mastretta, nos detendremos tanto en “Arráncame la vida” (1985) como en “Mal de amores” (1995).
Tal como ya hemos anotado, el primer narrador que estudiaremos será Manuel Puig. Esto se hará en nuestro segundo capítulo. Intentaremos aquí ocuparnos de algunos aspectos que han hecho emblemática la obra del argentino. Estamos hablando de asuntos como la relación de doble vía que en ella se teje entre la literatura y el cine, o como la fascinación de este novelista por la cultura de masas, o como el profundo drama del autor con las estructuras sociales de carácter autoritario y el tipo de búsqueda narrativa a que dicho conflicto lo llevó.
También abordaremos otras cuestiones que consideramos sumamente interesantes en su obra. Sus relaciones con la estética del kitsch y de la cultura pop, la incorporación del bricolaje como estrategia de experimentación novelística y la complicidad que establece con el lector al llevarlo a través del relato como en una especie de confidencia. Todos estos rasgos ficcionales —tan distantes de aquellos que caracterizaron al Boom— han hecho que muchos críticos destaquen a Puig como el gran precursor del Postboom.
Examinaremos, en nuestro tercer capítulo, la narrativa de Antonio Skármeta.
También estudiaremos cómo este escritor chileno, precisamente, fue uno de los primeros en conceptualizar sobre el Postboom. Ya detenidos en su obra de ficción, hemos de analizar el importante papel que juegan en su poética de autor temas como la juventud, la política, la cotidianidad urbana y la cultura de masas; es decir, los motivos propagados por aquel fenómeno cultural que suele referirse como Mayo del 68. Igualmente, nos ocuparemos de las estrategias de representación más típicas de su trabajo narrativo, como el humor y la poesía. En este mismo orden de ideas, rastrearemos dos fenómenos sociales que han marcado profundamente la escritura de Skármeta. De una parte, aquello que Ángel Rama denominó “la irrupción de la gran historia” en la vida de su generación; esto es, el advenimiento de cruentas dictaduras en los diferentes países de nuestro continente. Por otro lado, debido a la multiplicación de formatos expresivos que sirven a la circulación social de los relatos, algunos escritores como Skármeta han respondido mediante la práctica de una escritura anfibia. Con este nombre proponemos denominar aquel tipo de narración que transita —sin mayores dificultades— por la radio, por el teatro, por la ópera, por la literatura, por el cine.
En el cuarto y último capítulo de este recorrido, analizaremos la obra ficcional de la escritora Ángeles Mastretta. Recogeremos, en un comienzo, las principales descalificaciones que la crítica literaria ha realizado contra esta autora y contra su narrativa. Sin embargo, habremos de leer tales reprobaciones en el contexto general de los debates surgidos a propósito del Postboom. Esto significa considerarlas a la luz de las transformaciones que se presentaron —durante las postrimerías de nuestro siglo XX— respecto de los paradigmas literarios aportados y legitimados desde el Boom. Seguidamente, abordaremos tres de los aspectos más controversiales en la obra de esta novelista: su ambigua filiación feminista, su incisiva crítica a la historia mexicana y su notoria tendencia al melodrama. En relación con el primer aspecto, haremos notar cómo —al carecer de una concepción orgánica o programática— el punto de vista de esta narradora es más bien femenino que feminista. A propósito de su mirada sobre el México revolucionario y post-revolucionario, destacaremos su visión iconoclasta, así como su valioso énfasis en el ámbito de la vida privada de aquellos que ejercieron el poder. Finalmente, nos detendremos a revisar el mayor reparo a partir del cual los críticos de Mastretta se han negado a reconocerle algún valor literario a su trabajo; esto es, su filiación con un insumo representacional tan denostado como el melodrama. En nuestro examen, no obstante, operaremos de un modo menos prejuiciado. Así que nos propondremos escudriñar el proceder heterodoxo de Mastretta frente a este género; es decir, la manera en que lo parodia, lo ensancha y lo enriquece.
lunes, 12 de enero de 2026
Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico”
Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico”
Lucas Margarit And new Philosophy calls all in doubt, The Element of fire is quite put out; The Sun is lost, and th’earth, and no mans wit Can well direct him where to looke for it. John Donne, “The Anniversaries: An Anatomy of the World” La publicación de obras que van desde Sobre las revolucio nes de los cuerpos celestes (1543), de Copérnico, hasta Sidereus Nuncius (1610) o Diálogo sobre los principales sistemas del mun do (1632), de Galileo, pasando por los descubrimientos de Kepler expresados en su Nova Astronomia (1609), permitió al hombre reflexionar acerca de cómo el mundo conocido de jaba su quietud y pasaba a contemplar y ser testigo directo de que el cambio y el movimiento eran parte ineludible del universo, lo cual alteró de manera evidente los esquemas sociales, culturales, científicos y políticos del siglo XVII y los tiempos venideros. Se estaba gestando un nuevo para digma y un nuevo orden que permitirían al científico ha cerse preguntas inéditas y sospechar de las respuestas here dadas, así como también esbozar viajes a nuevos territorios más allá del espacio terrenal. En esta segunda parte de Textos utópicos en la Inglaterra del siglo XVII,1 veremos un cambio de perspectiva con respecto 1 Esta publicación tiene su origen en el proyecto de investigación Proyecto UbACyT- 20020100200009, Configuraciones utópicas en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII de la Facultad de Filosofía y Letras de 7 a la anterior, ya que el territorio utópico se extiende más allá del paradigma conocido al sobrepasar el plano de lo terrestre para proyectarse al celeste.
Incluso podemos pensar que es tos viajes más allá del plano sublunar se convierten en un re curso para evaluar las posibilidades de establecer un territo rio utópico en los límites del macrocosmos. Como podemos ver, el contexto ideológico tampoco está ausente en produc ciones primariamente motivadas por los avances científicos, donde la imaginación se expande en viajes hacia la luna, como en los casos de The Man in the Moone. Or A discourse of a voyage thither (1638), de Francis Godwin, y The Discovery of a New World (1638), de John Wilkins, reunidos aquí. Como en el primer volumen, cada una de estas traducciones está acom pañada de una introducción y un aparato crítico escritos por el traductor. Asimismo, en el caso de la obra de Godwin se han incluido otros documentos relacionados con ella y el trabajo de un especialista, William Poole,2 para comple tar el panorama sobre este relato utópico. Por otra parte, se incluyen también algunos poemas de carácter científico de Margaret Cavendish, de la serie conocida como Atomic Poems, publicada en el volumen Poems and Fancies (1653), para esta blecer un recorrido opuesto, es decir ilustrar el modo en que la Duquesa de Newcastle intenta describir el ámbito de los átomos y de qué modo estos conforman un mundo.
Ya no se establece un viaje al ámbito lunar sino que, por el contrario, se dirige la escritura al ámbito microcósmico para descubrir las fuerzas que conforman el mundo que habitamos. la Universidad de buenos Aires. En este marco nos hemos reunido a debatir e investigar Elina Montes, María Inés Castagnino, noelia Fernández, Marcelo Lara, miembros de la cátedra de Literatura inglesa, Ezequiel Rivas, profesor de Lengua y Cultura griegas y yo como director del proyecto con el fin de reflexionar acerca de la naturaleza de las utopías y dar a conocer estos textos inéditos 2 Queremos expresar nuestro agradecimiento al Prof. Dr. William Poole por permitirnos traducir y publicar en este volumen su texto “Natural Philosophy”, la introducción a The Man in the Moone by Francis Godwin. Copyright © 2009 by William Poole. Ontario, broadview Edition, pp. 34-44. 8 Lucas Margarit Esta sección se abre con el texto de Godwin, donde pode mos observar que las nuevas teorías astronómicas ofrecen alternativas al sistema ptolemaico.
El abandono del geocentrismo plantea una serie de modificaciones con respecto a la estructura de la cosmovisión imperante, ya que ese anhelo de un orden absoluto donde la figura del soberano ocupa un lugar central, reflejado en la noción de la cadena del ser he redada de la Edad Media, parece comenzar a resquebrajarse. Por otra parte, la posibilidad de visitar otros mundos habita dos muestra la necesidad de establecer un nuevo paradigma y también expone la visión proyectiva de la ciencia durante este período.
Asimismo, modifica cuestiones teológicas con respecto al lugar que ocupa el hombre en el universo. La novela de Godwin constituye un territorio textual en el que se manifiestan posturas opuestas entre cosmovisiones, diferentes que inciden en la concepción tanto de la organización social y política de los estados como en el ámbito de la creencia religiosa. En cuanto a Wilkins, vemos que analiza las condiciones de posibilidad de la utopía de Francis Godwin. La influencia de Godwin sobre Wilkins es observable no solo en este texto sobre un viaje a la Luna, sino también en otros de sus escri tos. En este caso presentamos las proposiciones XIII y XIV de El descubrimiento de un nuevo mundo, o un discurso tendiente a demostrar que es probable que haya otro mundo habitable en la luna, junto con un discurso sobre la posibilidad de transportarse hasta allí (1638-1640).
¿Podemos incorporar estos textos en el género utópico? Creemos que sí, ya que como tales recuperan una serie de recursos característicos tanto del relato de viajes como de las utopías sociales: los viajes más allá del territorio conocido, la descripción de sociedades diferentes, las largas distan cias que separan el lugar de origen del mundo a descubrir, etc. La elección del mundo lunar exigirá al escritor utópico Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico” 9 moderno tanto el uso de un conocimiento científico como de la imaginación en el momento de concebir su obra.
Por otra parte, para el siglo XVII el mundo conocido angosta sus fronteras y el nuevo territorio propuesto por Godwin para su relato presentará un nuevo marco de escritura. Es por ello que viajar por el cielo se propondrá como una analogía con respecto al viaje marítimo, donde se emprenden desafíos técnicos que ya habían sido enfrentados con respecto a la navegación. Wilkins, por caso, se preocupará por estudiar la capacidad del hombre para cruzar las distancias celestes y no morir durante la travesía. Para ello investiga acerca del magnetismo terrestre, la atmósfera, las posibles distancias, etc. mediante experimentos y diagramas.
Por su parte, podemos observar que el pensamiento de Margaret Cavendish no puede ubicarse en un sistema o una tradición científica de manera definitiva; sus textos literarios se emplazan en ese espacio lábil donde los límites entre el conocimiento empírico y la especulación empiezan a diluirse, tanto como el límite entre la ficción (la literatura) y el discurso de la ciencia. Esta falta de una clasificación certera será motivo de crítica a su obra desde un ámbito más racionalista, ligado al método primero baconiano y luego newtoniano de la ciencia. Los Atomic Poems intentan dar una respuesta a su percepción del mundo, la cual Cavendish desarrollará posteriormente en su tratado Observations upon Experimental Philosophy. Otro aspecto a tener en cuenta es el modo en que fue considerada su producción literaria, ante todo por el hecho de provenir de una mujer, tema sobre el que la autora también debatirá en sus obras.
Por caso, consideremos la afirmación que realizó Samuel Pepys en su dia rio: “(…) me quedé en casa leyendo la ridícula historia de mi señor Duque de Newcastle, escrita por su esposa, lo que nos demuestra que es una mujer loca, consentida y ridícula.” 10 Lucas Margarit La unión de estos tres autores en esta sección es el resultado de un debate que nos permitió pensar una analogía entre el conocimiento científico y un cambio en la concepción de los relatos utópicos apoyados en intereses que van más allá de una experiencia empírica y que se proyectan hacia una posición más especulativa.
Los tres autores evidencian una formación tanto científica como también basada en otros conocimientos y artes más tradicionales. Los tres dan cuenta de mundos inaccesibles (para ese entonces) mediante la experiencia empírica y resuelven su investigación a través de la especulación teórica, narrativa y poética. Sin embargo, vemos que la fluidez de sus explicaciones constituye un discurso verosímil donde el lector entra en un grado de creencia y fascinación, tanto con respecto al macrocosmos que está más allá del hombre como al microcosmos atómico que explica el mundo que lo contiene. Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico”
domingo, 11 de enero de 2026
J. A. LÓPEZ FÉREZ (Ed.) HISTORIA DE LA LITERATURA GRIEGA fragmento
Presentación
Con este volumen los Autores y la Editorial Cátedra desean ofrecer al público, en general, una literatura griega a la altura de los actuales logros e investigaciones. La obra quiere llegar a todo lector interesado: profano, universitario, especialista. La literatura griega es un capítulo abierto que comienza con Homero en el si glo vm a.C. y llega, ininterrumpidamente, hasta nuestros días.
Nosotros, filólogos clásicos, nos ceñimos a la literatura griega llamada «clásica» en sentido amplio, cuyos límites temporales son imprecisos. Llegamos hasta el 529 d.C., y prescindimos de la literatura cristiana, pues su contenido y amplitud desbordan nuestro propósito. La presente obra es resultado de una amplia y estrecha colaboración, durante varios años, de profesores de diversas Universidades españolas.
Debemos decir, con gratitud, que desde el primer momento hemos contado con el apoyo e interés de todos ellos, a más de otros muchos. Los autores han tenido total libertad de enfoque en su cometido, y, naturalmente, han aplicado métodos diversos al estudio de la literatura. Hay planteamientos formalistas, estructurales, sociológicos.
No obstante, se ha aceptado, en general, como válida la ordenación cronológica siempre que ha sido posible, tanto en el caso de los géneros literarios como dentro de cada ,escritor. Hemos tratado de evitar las discusiones prolijas sobre puntos aún controvertidos, si bien, en los ca sos necesarios, algo se ha apuntado en tal sentido para el lector interesado. De otra parte, han merecido atención preferente la interrelación de forma y contenido, verdadera constante en la literatura griega, y, asimismo, las innovaciones que ciertos autores y obras supusieron en la tradición literaria.
En estos y otros aspectos, los métodos lingüísticos han prestado valiosa ayuda para entender mejor las creaciones literarias. La transmisión de los autores y sus obras, así como su influencia posterior en Roma y, luego, en las literaturas europeas, especialmente en las españolas, han sido puntos destacados en particular. El rico contenido de la literatura griega se ha visto notablemente incrementado en este siglo por los sucesivos hallazgos, sobre todo papiráceos. Con ellos han cambiado algunos postulados antiguos sobre ciertos géneros literarios y han venido a situarse en primera línea autores de los que apenas se sabía alguna cosa hace una centuria. Los descubrimientos continúan siendo importantes y a ellos aludimos en los lugares oportunos.
Creemos conveniente ofrecer al lector interesado abundantes informaciones sobre fuentes de la literatura: ediciones más importantes, especialmente las recientes, comentarios, escolios, léxicos y concordancias, estudios particulares. Asimismo, traducciones a lenguas modernas, en particular al español, e información sobre instrumentos y repertorios bibliográficos. En la transcripción al español de los nombres propios griegos hemos adoptado las normas habituales en nuestro país.
Con todo aparecen aquí y allá, según los au tores, dobletes igualmente admitidos: Hadriano-Adriano, Áyax-Ayante, etc. Otras veces, empero, por mor de unidad, hemos preferido generalizar ciertas transcrip ciones, aceptando, por ejemplo, en todos los casos Tebaida, Teseida, aunque formas como Tebaide, Teseide, sean igualmente válidas. Asimismo leemos siem pre Orestia, si bien algunos autores, con cumplidas razones, prefieren Orestea. En lo referente a abreviaturas de libros, revistas y editoriales, damos las comúnmente utilizadas, y, asimismo, las empleadas en este volumen. Con frecuencia las obras griegas aparecen citadas con las abreviaturas usuales entre filólogos.
Para los casos dudosos nos remitimos al Geek-English Lexicón de H. G. Liddell — R. Scott, Oxford, CP. reim. 19799 y al Diccionario Griego-Español, I, Madrid, CSIC, 1980. Respecto a los índices, nos pareció oportuno prescindir del correspondiente a estudiosos contemporáneos, siempre cambiante y renovable, bien representado, por lo demás, en las sucesivas bibliografías ofrecidas.
En los índices relativos a autores y obras subrayamos, de ser preciso, el pasaje más relevante cuando contamos con más de tres citas. Agradecemos a la Editorial Cátedra su propuesta de elaboración de este volumen, así como su afán en que llegue al gran público. Su director nos ha animado desde los primeros momentos, y todo el equipo técnico ha puesto notable celo y cuidado durante las sucesivas pruebas, especialmente en la bibliografía y las transcripciones. J. A. López Férez
sábado, 10 de enero de 2026
Alfred Hitchcock LA CARA OCULTA DEL GENIO DONALD SPOTO
Introducción
Mi fascinación hacia Alfred Hitchcock empezó hace más de treinta años, cuando yo era un escolar y él estaba convirtiéndose rápidamente en una institución internacional. Cada vez más cerca de la cúspide de su popularidad a principios de los años cincuenta, estaba dándonos una película -y algunas veces dos- al año, y parte del encanto de esas películas era localizar su fugaz aparición en la pantalla cruzándose con un actor o tomando un tren. Por aquel tiempo, como si quisiera extender su voluminosa presencia directamente hasta nuestras salas de estar, se convirtió en el anfitrión de su propia serie semanal de TV.
Con sus casi inexpresivas descripciones de las conductas más antisociales, me daba la impresión de ser alguien venido de otro mundo, un país donde el crimen era una rutina y la traición la respuesta típica de una persona a otra.
Al mismo tiem po, su rostro te contemplaba desde los escaparates de las librerías, donde colecciones de relatos eran etiquetadas como antologías de Hitchcock. Su presencia tocaba todos los medios del espectáculo y la comunicación; difícilmente pasaba un mes sin que apare ciera una entrevista a Hitchcock en los periódicos locales y las revistas nacionales. Veinte años más tarde -en 1975, para ser exacto-, lo conocí personalmente por primera vez. Me invitó a que fuera a verle durante el rodaje de Family Plot/La trama (Family Plot, 1975) (*), su largometraje número cincuenta y tres... y, tal como resultaron las cosas, el último. Yo estaba a punto de completar un libro acerca de sus películas las, y él consiguió encontrar un poco de tiempo entre escenas para responder a algunas preguntas técnicas. Luego, un año más tarde, reconoció amablemente la publicación de mi libro El arte de Alfred Hitchcock invitándome a almorzar.
Por aquel entonces, él ya estaba firmemente establecido como una leyenda, y mi admiración hacia él estaba también firmemente establecida. La admiración prosiguió sin diluirse en absoluto durante sucesivos encuentros y almuerzos. Pero en esas ocasiones discutimos tan sólo de lo que (*). La versión española de esta película recibió un doble título. Para mayor simplicidad nos referiremos a ella a partir de ahora, utilizando únicamente el primero, más ajustado al original. (N. del T.) Hitchcock deseaba discutir, y yo tenía la impresión de que él dirigía las conversaciones de la misma forma en que dirigía sus películas... incluyendo tan sólo lo que deseaba incluir, para revelar tan poco como fuera posible de sí mismo y tanto como fuera posible de los demás.
Siempre se mostraba cordial, pero había una cautelosa frialdad en sus modales, como si temiera un repentino desenmascaramiento de sus auténticos sentimientos, cuidadosamente ocultos. Esto, como aprendí rápidamente de anteriores investigaciones, era una impresión que dejaba también a menudo en colegas y asociados que lo conocían de años. Su figura cultural popular más pública se encerraba muy fácilmente dentro de una secreta concha cuando alguien mostraba interés en los niveles más profundos de su trabajo, o en su entorno o familia o vida interior o algunos largos periodos de su carrera. En tales ocasiones, era muy propenso a cambiar discretamente de tema. Cuando murió en 1980, le consulté a su hija, Patricia Hitchcock O’Connell -que hablaba también en nombre de su achacosa viuda-, acerca de la posibilidad de una biografía autorizada.
Muy cortésmente, me comunicó la intención expresada por su padre de que no se efectuara ninguna otra investigación o trabajo acerca de su vida, y que en consecuencia la familia no iba a cooperar activamente o contribuir a la preparación de un libro así. Esto, por supuesto, encajaba con la obsesiva pasión de Hitchcock por el secreto. Pero, después de todo, se trataba de una figura de renombre mundial, un hombre rico y poderoso; su carrera había reportado millones, y su presencia seguía fascinando e invitando a la reflexión. En lo que a mí respecta, como un admirador de su arte, había leído y catalogado durante más de una década montones de artículos y entrevistas, que ofrecían alarmantemente contradictorias afirmaciones sobre su vida y enormes lagunas que había que llenar.
De modo que me dediqué al trabajo. Supe inmediatamente que Alfred Hitchcock había sido un notablemente pobre corresponsal y que casi no le habían sobrevivido car tas personales. Como tampoco había redactado ni diarios ni blocs de anotaciones... un hecho que reflejaba su profunda incapacidad de comunicarse a nivel personal. Esta falta de fuentes primarias escritas pareció al principio una frustrante omisión.
Pero a medida que iban emergiendo los hechos, se hizo evidente que las películas de Hitchcock eran a todas luces sus diarios y sus blocs de anotaciones, y que su casi maníaca pasión por el secreto era un medio deliberado de desviar la atención de lo que esas películas eran realmente: documentos sorprendentemente personales.
A medida que proseguía mi trabajo -primero en Inglaterra, donde pasó la mitad de su vida, y luego en América-, me decanté hacia los documentos públicos, registros familiares y del con dado, archivos escolares y notas de estudios, así como hacia todas aquellas personas que lo habían conocido profesional y socialmente, artistas, escritores y actores que habían trabajado con él.
Con excepción de un pequeño número de personas y unos importantes estudios cinematográficos, la gente se sentía más libre después de su muerte de evocar sus recuerdos, de contribuir con datos que me llevaban un poco más lejos. Gradualmente, fue apareciendo una imagen compleja, más misteriosa que ninguna de las historias que él había elegido reflejar en sus películas.
viernes, 9 de enero de 2026
“El desencuentro de dos mundos: Borges y Tolkien frente a la mitología nórdica”. En colaboración: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick.
Aunque Borges y Tolkien compartieron fascinaciones por las mitologías nórdicas y la creación de mundos simbólicos, nunca interactuaron directamente debido a diferencias radicales en estilo, contexto cultural y trayectoria académica. Además, nunca coincidieron en las mismas universidades ni en círculos literarios cercanos.
Contexto biográfico y geográfico
J.R.R. Tolkien (1892–1973) vivió y enseñó principalmente en Oxford, Inglaterra. Fue filólogo, medievalista y creador de lenguas, profundamente arraigado en la tradición anglosajona.
Jorge Luis Borges (1899–1986) vivió en Buenos Aires y solo viajó ocasionalmente a Europa o EE.UU. Nunca residió ni enseñó en Oxford ni en Cambridge, aunque recibió doctorados honoris causa de ambas.
No hay evidencia de que hayan coincidido físicamente en ninguna universidad ni evento académico.
Similitudes temáticas, pero divergencias estéticas
| Aspecto | Tolkien | Borges |
|---|---|---|
| Mitología nórdica | Central en su obra (Silmarillion, El Señor de los Anillos) | Presente como referencia erudita (en ensayos y cuentos como “El espejo y la máscara”) |
| Creación de mundos | Detallada, con mapas, lenguas, genealogías | Fragmentaria, metafísica, laberíntica |
| Estilo narrativo | Épico, extensivo, inmersivo | Breve, elíptico, filosófico |
| Lenguaje | Arcaizante, poético | Preciso, abstracto, irónico |
| Recepción | Popular, masiva | Intelectual, elitista |
Razones del desencuentro
Estéticas opuestas: Borges valoraba la concisión, la paradoja, el juego intelectual. Tolkien buscaba la inmersión total en mundos ficticios, con una narrativa extensa y emocional. Borges incluso criticó indirectamente la literatura de evasión.
Círculos literarios distintos: Tolkien estaba vinculado al grupo de los Inklings (C.S. Lewis, Charles Williams), mientras Borges se movía entre los escritores de vanguardia latinoamericanos y europeos.
Idioma y mercado editorial: Tolkien escribía en inglés para un público británico; Borges en español para un público hispanoamericano. Sus obras no se tradujeron mutuamente durante sus vidas.
Falta de interés mutuo documentado: No hay cartas, menciones ni referencias directas entre ambos. Borges nunca comentó públicamente sobre Tolkien, y Tolkien no parece haber leído a Borges.
¿Podría haber habido un encuentro simbólico?
Sí. De hecho, Martin Hadis y otros estudiosos han explorado las “vidas paralelas” de ambos. En ese sentido, Borges y Tolkien pueden verse como dos mitólogos modernos que ritualizaron el lenguaje, el tiempo y la memoria desde polos opuestos: el uno desde la épica y el otro desde la paradoja.
jueves, 8 de enero de 2026
Georges Bataille Las lágrimas de Eros INTRODUCCIÓN
Georges Bataille
Las lágrimas de Eros
Georges Bataille, en la distancia…
1. ¿Quién habla? ¿El testigo, el
crítico, el historiador, el amigo? No le sería suficiente un año a cada uno de
ellos para esbozar un discurso serio o, si obrara como discípulo, para
imponerse silencio. Incluso en los límites extremos de la intuición, yo tan
sólo podría echar una ojeada, en pleno día, a la noche de esa nueva caverna de
Platón en la que Georges Bataille se internó para racionalizar las tinieblas de
lo indecible.
No obstante, el testigo presta
una ayuda inesperada. Existía un hombre en Bataille —un hombre bueno y
venerable— y el hecho de haberlo visto vivir debe desprender alguna luz sobre
la noche de su obra. El mismo Paul Valéry no habría desdeñado seguir, línea por
linea, imagen por imagen, texto por texto, la completa realización de un libro
de un autor infinitamente tranquilo y obsesionado por su destino. De este modo
veo avanzar al afable bibliotecario por el muy encerado entarimado de la
Biblioteca de Orléans, o bajo el artesonado pintado en azul y oro del antiguo
arzobispado de la ciudad. O mejor, abro el cajón en donde cincuenta y siete de
sus cartas (algunas de seis páginas) aún se refieren a la lentitud de la
escritura, a las preocupaciones que acarrea la ilustración de una tesis sobre
el erotismo, convertida en testamentaria por la fuerza del tiempo. Lo
reconozco: estoy orgulloso de haberme encontrado en aquel momento en el centro
de la historia de Georges Bataille.
Estas cartas proceden de Orléans
y por supuesto, también de Fontenay-le-Comte, Sables-d’Olonne, Scillans y
Vézelay. También copié de su propia mano, sobre dos fragmentos de papel
naranja, el texto de Georges Dumas sobre el «Placer y el Dolor» que tanto le
impresionó; sus notas, el prefacio (nueve folios), y las primeras pruebas,
minuciosamente corregidas; así como la carta de Henri Parisot, que le llenó de
júbilo, acompañada de la fotografía en color de «La lección de guitarra» de
Balthus (era la época de «Método de meditación»).
El 24 de julio de 1959 Bataille
determinó el título de este libro: Las
lágrimas de Eros («le gustará a Pauvert»[*], añadía con
malicia). En la misma fecha me pidió, a propósito del Nuevo Diccionario de Sexología, que vigilara la aparición de artículos
sobre Gilles de Rais, Erzsébet Bàthory, lo Sagrado, la Transgresión, la Moda,
la Desnudez, Jean Genet, Pierre Klossowski, en fin… sus temas favoritos.
Nunca abandonó la idea de Las lágrimas de Eros, y concibió la obra
hasta el más ínfimo detalle, desde la distribución y organización de los
capítulos hasta el corte de los clichés (incluso me hizo el croquis de un tapiz
de Rosso en el que yo debía buscar un detalle que a él le interesaba), pasando
por una elaborada selección de imágenes procedentes de la prehistoria, de la
Escuela de Fontainebleau y de los surrealistas, fueran reconocidos o
clandestinos.
Durante dos año, desde julio de
1959 hasta abril de 1961, Bataille elabora el plan de la obra, que adopta cada
vez más el cariz de ser una conclusión de todos los temas que le fueron caros.
Sin embargo, la redacción se desarrollaba con gran lentitud, y Las lágrimas de Eros sufría constantes
retrasos a causa de los acontecimientos [«Entretanto, mi hija mayor ha sido
detenida por su actividad (a favor de la independencia de Argelia)»[1]]
y la merma de sus facultades físicas [«… Lo reconozco, no veo muy bien …»[2]].
El libro llegó a su término —más adelante explicaré en qué condiciones— y le
agradó: se trataba de un todo, desde la elección de los caracteres hasta el
ritmo de la compaginación; había procurado que su pensamiento no fuera ni
pospuesto, ni trabado, ni traicionado por una imagen desplazada. Él, tan
cortés, era muy exigente cuando se trataba de velar por la forma material de
sus ideas[3]. En efecto, Las
lágrimas de Eros se mantenía satisfactoriamente y, de algún modo, pudo
hacer realidad el deseo de Valéry, según el cual la imagen reemplaza, frecuente
y ventajosamente, a la falaz descripción del escritor. De Gautier d'Agoty a las
planchas de Cranach y a los suplicios cristianos o chinos, la imagen «decía»
todo en una síntesis para la que las palabras no eran sino una cierta forma de
custodia. El libro le gustó, presumo que incluso fue causa de una de sus
últimas alegrías. No tuvo tiempo de experimentar la irritación que le hubiera
supuesto conocer el índice tratado por nuestra miserable censura —durante el
«reinado» de Malraux— en uno de sus días más sórdidos, comparables a los que la
llevaron a cometer el fallo de prohibir a Stekel, Havelock Ellis y… Alban Berg.
Bataille estaba entonces fuera de alcance. La censura saboreó a solas su
vergüenza (con toda la prensa francesa, dicho sea de paso, que nada dijo al
respecto)[4].
2. Mi relación con Georges
Bataille y el contexto de este libro —que escribió durante este tiempo—
contribuyen a que pueda aventurar una hipótesis: Georges Bataille debió
entregarse muy pronto a la sensación de angustia por la muerte; quizá incluso a
un pánico interior, del que resultaba un sistema de defensa. Toda su obra se
perfila según estas características. Para soportar la idea de la muerte en
estas condiciones, era necesario, a la vez, cubrirla de colores tornasolados,
reducirla a un instante sublime («el instante último»), reírse de ella y hacer
«de la más horrible de las cosas horribles, el único lugar donde refugiarse de
los tormentos de esta vida»[5]. En suma, encontramos por doquier la
huella de ese cruel deseo de prevenir el fin, pero renunciando a concluir.
«Estas afirmaciones debieran conducir al silencio y yo escribo, lo cual no es
en modo alguno paradójico». Sí, pero, para expresar el silencio, el silencio no
es suficiente. Otros han intentado la total renuncia a la escritura. Me hacen
pensar irresistiblemente en una frase de Chateaubriand (dirigida a Julia Michel
en 1838): «Soy enemigo de todos los libros, y si pudiera destruir los míos, no
dejaría de hacerlo». Incluso las Memorias
de Ultratumba están virtualmente acabadas… Ciertamente, el lenguaje es un
obstáculo, pero también es el «único» medio.
«Oirás, procedente de ti mismo,
una voz que guía a tu destino. Es la voz del deseo, no la de los seres
deseados. Aquí se lial!a la aguda poesía de Bataille, carente de vibraciones
literarias, como cuando propugna: «El viento del exterior escribe este libro».
Sólo puede saber cómo la invocada personalidad del pensamiento lleva en
realidad «su» firma. Lo quiera o no, Hegel le sugiere que: «La vida que soporta
la muerte, y en ella se mantiene, es la vida del espíritu» (cito de memoria).
Se trata de la superioridad del pensamiento hegeliano, compuesto de saber «y»
de ciencia, sobre las otras corrientes que únicamente se basan en el saber y,
por esta razón, andan a ciegas.
Aquí Hegel hace su pequeña
entrada. No porque deseemos, a toda costa, enlazar a Hegel con Bataille. Las
profundidades y espirales de su pensamiento son tales que podríamos encontrar
otros patrones al creador del Acéfalo,
incluso Heráclito nos convendría, desde el juego del niño que amontona piedras,
edifica castillos y los destruye en seguida, a veces con la complicidad de la
resaca marina, hasta el fuego creador. Podríamos también buscar ancestros en
cada una de sus observaciones, racionales o irracionales. ¿De dónde procede la
gratuidad de la actividad humana, su gigantesco despilfarro —doscientos
millones de huevos para un solo ser mortal—, su placer por renacer al precio de
una acción destructiva? ¿Dónde se origina su intuición fundamental —que, con
todo, nada debe a la etnología ni a Mareel Griaule— de la toma de conciencia
del homo sapiens a causa de su sexo erecto?
¿De dónde surge esa sentencia evidente que propugna que «la libertad soberana y
absoluta fue tomada en consideración […] después de la negación revolucionaria
de principio de la monarquía»?
Este sería un juego —por cierto,
nada despreciable— que queda alejado de nuestras preocupaciones.
3. Siguen acudiendo a mi mente
recuerdos que se imbrican en estas palabras mías de introducción. Orléans.
Última fase de Las lágrimas de Eros.
Hay en esta ciudad una casa alta y esbelta con fachada de mármol blanco, siguiendo
el gusto de un Renacimiento tardío; hoy en día no es más que un almacén de
innumerables clases de queso, cuyos olores se perciben incluso desde el centro
del mercado que está enfrente. Georges Bataille estaba fascinado por el
conjunto, es decir, por la incongruencia de la arquitectura con relación a ese
almacén de quesos. De su ingenio surgirían comparaciones sorprendentes,
mientras que yo puedo emitir un juicio en frio, ya que detesto el olor del
queso. Pues bien, rodeados del ornamentado mármol, Bataille y Monique se
proveyeron abundantemente para el almuerzo de ese día en que, por fin, se daba
por terminado Las lágrimas de Eros.
Monique le derrotó en su propio terreno al probar un queso que, si tuera
comparado al Munster, éste parecería una variación de la violeta, y que a él
mismo le hizo vacilar. Con los ojos brillantes por la admiración, murmuró: «Es
casi como una tumba».
Gracias a estas sensaciones del
gusto y del olfato, sin duda sacó —sin olvidar la turbación provocada por sus
evocaciones— nuevas fuerzas para dar los últimos retoques a lo que iba a ser su
libro. Durante meses, Monique me reprochó lo que ella denominaba mi crueldad y,
de hecho, se trataba de crueldad, ya que le hacía escribir, hasta los límites
de lo soportable, los textos que él deseaba leer a lo largo de Las lágrimas de Eros. El texto, recién
escrito con su letra firme, menuda y esencial, pasaba al salón contiguo, donde
Monique lo dactilografiaba. En este momento, la fatiga de Bataille era tal y su
lucidez había sido sometida a tan fuerte tensión que, cuando yo volvía, ya
había olvidado lo que acababa de escribir… Por lo tanto, yo debía acabar este
libro que se había retrasado un año con respecto a los planes del editor.
Intento también recordar al
Bataille de «Las Monedas de los Grandes Mogoles»[6], antiguo ensayo
del que poseo una separata de «La ninfa Aretusa». Ya aquí, en tanto que
escritor y pensador, se manifiesta apartado de la rutina cultural. Del Imperio
al «destino tan sorprendentemente cautivador» del nieto de Tamerlan Babar,
descendiente de Gengis Khan por parte de madre, y a los jesuitas engañándose a
sí mismos «con delirantes esperanzas de una próxima conversión […] de la
India», Georges Bataille muestra una personal visión de la Historia, ¡Y el
citado ensayo es un catálogo de monedas zodiacales!
Ahora bien, aunque ya tenga
entonces una forma de escribir manifiesta y peculiar, su pensamiento aún no se
ha revelado. La relación erotismo-muerte todavía forma parte de la textura
misma del devenir humano y, aunque esté contenida en su espíritu, permanece
indefinida. De todas maneras, va a encontrarse bien acompañado. Es Bernanos
quien escribe: «Parece seguro que el presentimiento de la muerte domina nuestra
vida afectiva»[71].
Por otra parte, Georges Bataille
se remonta con facilidad a Oriente para dar con otros estratos de una forma de
pensar invariable. Existen el Nirvana y el Maituna (unión sexual) que se oponen
a la inhumana versión del pensamiento «celestial». El Nirvana es, a la vez, la
muerte de Buda, el aniquilamiento de la vida física y el «orgasmo», término tan
caro a Bataille. A pesar de ser un hegeliano convencido; Schopenhauer no le
desagradaba, ya que a éste le es debida la difusión de ese término en
Occidente, entendido como extinción del deseo, desaparición del individuo entre
la colectividad y, por lo tanto, como un perfecto estado de dicha y
tranquilidad «en el que la muerte ya no tiene sentido»: cosa que atemorizó a
Bataille. Freud concibe «una tendencia a la reducción, a la continuidad, a la
supresión de la tensión provocada por la excitación interna»[8],
descubriendo de este modo una relación con la noción de pulsión de muerte[9].
Y no podemos dejar de tener en cuenta sus observaciones.
En un plano más cercano a la
poesía de Bataille, Novalis —el gran Novalis al que debemos remitirnos siempre
que una alucinante forma de intuición se imponga a nuestro espíritu— escribió:
«El proceso de la historia es como un incendio, y la muerte equivale al límite
positivo del paso de una vida a otra».
No obstante, Georges Bataille no
se interesa por la muerte así concebida, sino por «el último instante», ese
último instante en el que hay que destruir los poderes de la eternidad. A
fuerza de exclusiones, llega a considerar el dolor como el intermediario y
mediador entre la vida y la muerte. De ahí su atracción por las víctimas,
semejante a la de Max von Sydow, en la película El séptimo sello, cuando fija su mirada en los ojos de la mujer que
va a ser quemada viva. En este punto, hay que recordar que uno de los
fundamentos de la doctrina budista es la veracidad del dolor, donde se
entremezclan la aceptación masoquista y la provocación sádica. Podríamos hacer
uso de una frase enunciada por Bataille: «A menudo Hegel me parece la
evidencia, pero esta evidencia es difícil de soportar»[10]. La
evidencia de las concatenaciones que le conducen al «último instante» llegará a
ser el leit-motiv que se grabará en
toda su obra, quizá con la ayuda del cauterio nietzschiano,
Es este «último instante» el que
lleva a Bataille a la busca de «pruebas». Su intuición —basada en Hegel,
Nietzsche y Freud— admite con facilidad que «los instintos sexuales […]
justifican los horrores del martirio»[11]. Sabe muy bien que el
placer de superarse mediante la aniquilación es un placer sádico por
excelencia. Pero no es éste el objeto de su búsqueda. Él querría saber «cómo»
alcanzar la mediación entre el sacrificio y el éxtasis. El «porqué» poco le
importa.
De la imagen del suplicio chino[12]
consistente en la descuartización en cien trozos, le atrae la visión de un
hombre transfigurado y estático ante la navaja del verdugo que le descuartiza
vivo, provocando el gozo de los asistentes, Bataille no se deja conmover por el
hecho de que la instantánea tan sólo captara un momento efímero de la expresión
del hombre torturado, y tampoco el hecho de que al torturado le haya sido
administrada una fuerte dosis de opio le hace dudar. Víctimas y verdugos le
convencen de que el misterio del «último instante» reside en esa suprema
angustia que, «más allá», se convertirá en el supremo gozo o en la suprema
inconsciencia. Bataille es conocedor de los frenéticos ritos de los discípulos
de la secta islámica Roufaî, vinculada al sufismo de los derviches, en los que
el dolor provocado por las heridas es considerado como coadyuvante del éxtasis
(pero «esas heridas son infligidas en un estado de virtud tal que no causan
«dolor», sino una especie de beatitud entendida como una exaltación tanto del
cuerpo como del alma […] Estas prácticas deben de ser consideradas ante todo
como simples medios para alcanzar un fin»[13].
Es la grandeza y la debilidad de
la prueba: para que el dolor no sea el dolor, para que la muerte no sea el
horror de la muerte, es necesario que dichos términos dejen de ser realidades.
En la mitología de Bataille, el
éxtasis del torturado se empareja con el éxtasis de los grandes sádicos:
Gilles, Erzsébet Bàthory de Nasaddy, Doña Catalina de los Ríos (a la que
Bataille no llegó a conocer); o incluso con el de ese hombre que «deseaba»
contemplar cuerpos torturados, al que se refería Platón[14], y con
los flageladores itifálicos de Cristo que aparecen en las pinturas y esculturas
tradicionales (Luis Borrasà, Holbein, los calvarios bretones…), en fin, con el
del placer secular que sienten las masas ante los más crueles espectáculos
sobre los que se cierne la muerte: el Circo, la Crucifixión, Tenochtitlán,
Plaza de Grève, Plaza Roja o Nuremberg. Todo cobra un sentido, pero que
únicamente conduce a la destrucción y a la muerte. Schlegel propugna: «Tan sólo
en el frenesí de la destrucción se revela el sentido de la creación divina. Tan
sólo en el ámbito de la muerte resplandece la vida eterna»[15].
Afirmación no lejana al dicho hegeliano que dice: «Hay un vínculo íntimo entre
libertad, terror y muerte».
La interrogación ante el sufrimiento
no es, pues, más que un alto en el camino que lleva a la interrogación ante la
muerte, Bataille, en su conmovedora búsqueda, no puede franquear el límite de
lo incognoscible. De hecho, es ya admirable que pueda adaptarse, sin ruptura, a
la dialéctica que expresa el concepto de Aufheben
(dejar atrás el presente[*]) —particularmente caro a un espíritu
hegeliano— aceptando sobrevivir y, por lo tanto, escribir. El «escribe con tu
sangre» de Nietzsche, significa para Bataille, en ocasiones «escribir con su
vida…, pero también «escribir del mismo modo que uno ríe» (Sobre Nietzsche).
4. El lector más indigente se
habrá dado cuenta: me estoy andando con rodeos. Me resisto con todas mis
fuerzas a hablar de Bataille bajo otro punto de vista. He retrasado este
momento y, por mucho que me repugne calificarlo como filósofo, es absolutamente
necesario que me olvide de su lenguaje poético, que siempre me ha convencido
mucho más, para ocuparme de su orden mental. Abordo al Bataille filósofo con
todas las reticencias que me sugiere la filosofía. Por otra parte, he afirmado
ya que vivimos en un viejo discurso de veinticinco siglos al que precisamente
llamamos «filosofía», a falta de una palabra más incierta. Debemos sentirnos
culpables por olvidar que la filosofía nació condicionada por el mito, la
religión e, incluso, por la política, lo que significa que aquélla es el único
ámbito en el que aceptamos la suposición, ahí donde la ciencia siempre había
exigido la descripción.
La filosofía es un espejo,
cóncavo o convexo, que el hombre se ha construido (sin decirlo) para hacernos
ver cómo deberíamos haber sido, y en modo alguno para mostrarnos como en
realidad somos[16].
La filosofías contaminadas por el
cristianismo siempre han intentado separar la Vida de la actividad de las
glándulas endocrinas; pero no son peores que las filosofías laicas que separan
al Hombre de, digamos, sus actividades excrementicias. Esto nos hace pensar en
esos sublimes arquitectos que, a veces, olvidan que suele suceder que en una
cocina se hierva agua.
Hay que intentar abordar a
Georges Bataille entre Hegel y Nietzsche, entre la dialéctica y lo trágico. Su
radical y definitiva experiencia de «la imposibilidad de pensar» —expresada, de
hecho, por una idea continua que se revela a cada instante en toda su obra— no
nos detendrá ni tampoco nos impedirá apreciarla en toda su esencia, a pesar de
las confusiones creadas, sin motivo, por sus investigacionos. «La experiencia
es, para sí misma, su propia autoridad, pero (…) la autoridad se expía»[17].
Pienso que aquí intenta definir el principio de una vida «intelectual» liberada
de la autoridad y que sea el origen del pensamiento que no tiene origen. Pero
Bataille acaba expresando nuestras limitaciones pues lo que él teme —la
traición de la palabra— está inscrito en la articulación original de la
palabra. Cuando afirma: «Un hombre es una partícula inserta en unos conjuntos
intrincados e inestables», el término «inserto» «compromete» para siempre toda
esperanza de ausencia.
No podemos, sin caer en el vacío,
evitar ciertas medidas de seguridad; invirtiéndolas —mediante el sofisma o
mediante un impulso prodigioso— acaso sería posible llegar a la «ateología»,
pero seguramente disuelta por la ausencia de lo divino y del yo, lo que no
puede conducir más que a la «ausencia» a secas. Pero ¿cómo apartar la vista de
esta ausencia que, por el hecho de ser inteligible, está contenido en una
presencia? Sólo los ateos dramatizan la ausencia de Dios; para los demás,
significa tan sólo una eterna calma.
¿Debemos recurrir a Freud? Quizá
las claves de estos angustiosos problemas estén en sus manos. Su conocida
afirmación: «La angustia es la consecuencia del rechazo», en realidad no nos
sirve de mucho, aunque analicemos los recuerdos de Bataille referentes a su
padre. En cambio, lo que realmente reviste importancia es la certeza de que «La
última transformación de la angustia es la angustia de la muerte, el miedo ante
el super-yo proyectado en la fuerza del destino»[18].
El veterano psicoanalizado (la
leyenda cuenta que Lacan nunca se dejó analizar por sus colegas) conoce todos
los matices de la pulsión de muerte (Todestriebe),
las intensas pulsiones que se oponen a la pulsión de vida y tienden a la
reducción completa de las tensiones, es decir, a llevar de nuevo al ser vivo al
estado anorgánico[19]. Existe una tendencia fundamental en todo ser
vivo a volver a ese estado. El resto se encadena con una especie de fatalidad:
«Una parte de esta pulsión, por su desplazamiento hacia el exterior, conduce al
sadismo: la componente que no sigue este desplazamiento, permanece en el
organismo al que está vinculado por la libido (…): reconocemos el masoquismo
originario, erógeno»[20].
Casi todo está dicho y, si
añadimos el pensamiento de Freud a lo que en el espíritu de Bataille debía
significar la mediación del «último instante», algunas cosas quedarán
aclaradas: «En lo referente al dolor corporal, existe una gran influencia —que
podemos denominar narcisista— de las zonas dolorosas del cuerpo, que siempre
aumenta y actúa de una forma que podríamos definir como ‘vaciante’, (que hace
el vacío) y ‘exhaustiva’»[21].
Las comprobaciones nos permiten
llegar bastante lejos. Uno tiene el derecho a preguntarse si la obsesión por la
muerte había perturbado a Bataille. «Como ocurre con el sol, no puede ser mirada
fijamente»[22]. ¿Acaso estada más cerca del simbolismo que nos
enseñó «el cercano parentesco existente entre la belleza y la muerte»?[23]
Me siento mejor cerca de un
Georges Bataille, poeta embelesado, pero ya con un estilo propio y que, por su
mera inserción en el universo de las palabras y de las formas, desmiente la
atrocidad que él quería evitar mediante artificios para aminorar la atrocidad
suprema del no-ser. No responde a la pregunta de Valéry: «¿Por qué lo que crea
a los seres vivos los crea mortales?»[24], por la excelente razón de
que nunca sabremos la respuesta, al menos hasta que no nos encontremos más allá
de la vida.
5. El último Bataille que
recuerdo se sienta en el «Flore» en una mañana soleada. A su lado (en el que
quizá sea su último encuentro) se encuentra Balthus y, al lado de éste, está
Pierre Klossowski, como dos perfiles de una misma colección de medallas. Más
lejos está Patrick Waldberg, servicial como una nodriza. Allí está Georges
Bataille; ojos azules, cabellos blancos de incomparable juventud. De ningún
modo su sonrisa es inmóvil, pese a que, a fuerza de moderación, es casi
invisible. Pienso en el ritual del ángel que aparece fugazmente. No le volví a
ver, y así permanece en mi memoria, bajo el sol de una mañana, él, que siempre
soñaba en sepulcros sin palomas.
J.M. Lo Duca
martes, 6 de enero de 2026
Ricardo Gutiérrez Aguilar Deuda y legado en la Filosofía de la Historia de Schiller
Introducción.
¿Qué cabe hacer con las herencias recibidas?
«El pasado nos afecta directamente» —nos dicen—. «El pasado es común para todos» —agregan—. Es sumamente problemático asumir ambas sentencias como afirmaciones compatibles sobre una supuesta memoria colectiva y salvaguardar las individualidades. ¿Qué quiere significarse con eso de «común»? Porque, si de afectividades y recuerdos hablamos, por común no deberíamos aceptar más que un abstracto universal antropológico sobre el sentir y la capacidad de acumular experiencias. Somos individuos. Particulares. Cuánto más en la intimidad de nuestros deseos e intereses, planes y expectativas. También en nuestros recuerdos.
Es así como el pasado nos afecta directamente. Por lo usual se ha querido nombrar por común una actividad comunitaria de recuperación de este pasado. Una tarea generacional. Un nexo de unión con una tradición y una responsabilidad con los ancestros. Un legado. De ahí lo del parentesco e hibridación posible con la Historia. La Historia también es, sin embargo, una actividad institucional.
Se debe a una actividad iterada en su tradición, una tradición que interpreta desde sus cátedras y con unos métodos aquilatados por generaciones; los contenidos son aquí comunes en un sentido propio: de procedimiento de escuela. Una manera común de conducirse sobre los hechos. Son el tipo de contenidos que tienen la forma de la proposición, esto es, la del juicio. Un juicio crítico sobre los documentos que analiza el historiador, [p. 11/432] juicio que es a la vez mancomunado. Ligado a una costumbre hermenéutica. Son, por cierto, juicios públicos y revisables. Solo por eso tienen —y ahí está su fuerza y su debilidad—, en tanto juicios, en su publicidad el carácter del conocimiento. ¿Pueden ser tildados de «arte»? (ya sea este una clase de arte interpretativo o de intuición genial hermenéutica). ¿Y cuál sería el fin de tal arte de la interpretación en caso de existir?
¿Qué hacer con ella? Cada arte, de acuerdo con su fin, mediará en esta transmisión. Aquí la funcionalidad, en tanto normativa con arreglo al fin de un arte, advierte del contenido crítico público posible que toda actividad intelectual 8 institucional, como es la Historia, parece demandar y al que difícilmente renunciaríamos. Querríamos resaltar el término «pública». Determina dicho término que hay una diferencia respecto de la mera intersubjetividad. Todo lenguaje implica intercambio y copresencia subjetiva; conceptos y proposiciones no funcionan en lo privado ni aunque lo pretendan. Un soliloquio sigue siendo el diálogo consigo mismo mediado, donde incluso ignorada es la convención reina. Pero este diálogo privado no tiene la necesidad de estar sujeto a crítica. Cuando pasa a ser público, sí. La Historia ha tenido desde luego muchos deseos.
El de ser ciencia ha sido quizás el que se le ha presentado el último. El deseo, como un cierto tipo de estado mental que es, no ha querido ser privado tampoco por parte de Natura de la forma del juicio. Desear siempre es algo transitivo. Uno siempre se encuentra ante la forma del deseo de. La inquietud por la Historia nace, para bien o para mal, cuando el filósofo quiere empezar a hacerse cargo en solitario del peso de los hechos: el filósofo de la Historia es un protohistoriador, e, in nuce, el historiador conserva siempre cerca de su corazón y de su cabeza su anterior estado de desarrollo. Se dice, se cuenta, que el nacimiento de la disciplina conocida como «Filosofía de la Historia» sopesa, allá en el siglo XVIII, cuánta es la carga de realidad que soportan nuestros razonamientos sobre aquellos [p. 12/432] hechos que ya son pretéritos.
De Voltaire sabemos que le pone nombre a la disciplina,1 aunque no muchos años más tarde, el impulso revolucionario pasa del pensamiento a la acción sin [p. 13/432] detenerse en muchas más disquisiciones y nos la encontramos con el arma prácticamente en la mano. La disciplina es ahora praxis. Los hechos toman carta de naturaleza en la sociedad y en la política con una corta gestación en el caletre.
La Revolución francesa y el Terror de 1792-1793 se comprenden como la performance grandilocuente de este movimiento en dos tiempos: pensar los hechos antes de hacer, y hacer antes de pensar los hechos, que ya llegan tarde. No es de extrañar entonces que el período de asimilación de la nueva materia, a medio digerir en Francia, haya dado como consecuencia las más variadas combinaciones de intentos de acoplar el carácter único de la agencia humana a significados de muy largo recorrido y extensión. ¿Cómo predecir lo que los agentes acabarán haciendo? La acción como tal, que ya era significativa más allá de ser un hecho, se redobla de significado y se pertrecha de uno de largo alcance. Predecir a partir de retrodecir, de explicar lo hecho. Nada más ni nada menos que cada acción puede llegar a tener un significado universal. Es precisamente en este tender puentes desde lo local de la acción a lo global de sus consecuencias y causas, y en los cambios de perspectiva que implican, donde tiene su origen la mayoría de extravíos y desviaciones a que ha dado pie la Filosofía de la Historia.
De tanto como se le ha exigido, el concepto pierde su ámbito familiar de aplicación y, aunque en ocasiones puede dar frutos bien dulces, en otras, con la pérdida del campo de objetos sobre el que domina, pierde su propio significado y sentido. La fruta dulce se agria con mayor rapidez cuando se le pide demasiada deducción a los hechos. El llanto, no obstante, se ha de poner sobre el difunto. Una crítica conveniente a la disciplina se ha de apoyar, en primer lugar, en señalar alguno de los momentos en los que se produce este desliz de aplicaciones.
¿Existen realmente estos momentos? 9 El 26 de mayo de 1789, en Jena, Schiller pronuncia la que es considerada «lección inaugural» de su período docente en la Salana. Su Was heißt und zu welchem Ende studiert man [p. 14/432] Universalgeschichte? [¿Qué significa y para qué se estudia Historia Universal?] inaugura una forma nueva de hacer Historia. Schiller propone semejante tema motivado por la peculiar introducción a la filosofía de Kant, que emprende. Tan solo ha leído el opúsculo del sabio de Königsberg titulado Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, de 1784. Este es todo su bagaje y todo lo que Kant significa para él. En lo que sigue, lo que aquí proponemos es una investigación que parte del texto referido en primer lugar y camina hacia una novedosa introducción al papel de las fuentes documentales como objeto de pesquisa no solo histórica, sino existencial.
El documento del historiador nos descubre tendencias e inclinaciones universales del querer y el pensar humano. La Historia que allí aparece es mediada por dos factores cardinales: el documento y el historiador que lo interpreta. Para el primer factor veremos a Schiller defender la misma constancia y serialidad que la Naturaleza garantiza a la Ciencia. Es este el reino de la causalidad.
Para el segundo, reservará el carácter distinguido de un objeto que al historiador le interesa por encima de todos los demás: el de la motivación humana, el reino de la libertad, que solo lo humano puede intentar comprender más que explicar. Lo similar a lo similar invoca. Dos obras habrán de servir de contraste para dar cuenta de ambos polos, ambas escritas por las mismas fechas:
Las Cartas de Kallias tenderán un puente al problema que surge cuando el de Marbach hace uso del término «estética objetiva» en contestación a la estética subjetiva de Kant; y su Sobre la gracia y la dignidad [1793] vendrá en nuestro auxilio para representar el difícil equilibrio inverso en el que el mundo moral debe destacarse de la inercia con que la materia lo tienta de continuo: la de volver a lo inorgánico de las causas. Esto es una especie de panorámica de uno de los orígenes razonados de lo que llamamos «juicio moral en Historia» y su relación genética con el juicio estético, que parece hacerse de necesidad.
Decimos uno de los orígenes, pues ha habido varios intentos [p. 15/432] con el transcurrir del tiempo. ¿Por qué este en concreto y no más bien otro? Immanuel Kant es el principal adalid de lo que se ha dado en llamar «historia filosófica moral». No extrañe que sea motivo principal en una parte de este trabajo. La elección de Kant no es casual por varias razones. Primero, por el hecho de que Friedrich Schiller no solo representa —como trataremos de demostrar— uno de los ejemplos más idóneos respecto del límite en el que el juicio moral a la Historia se vuelve y coquetea con el juicio estético.
Segundo, y fundamental, porque Schiller parte de aquel otro autor para superarlo en este pretendido juzgar en Historia. Esto repite, a mi parecer, que la primera elección no era más que la mejor de todas y no una cualquiera. Schiller deseaba trazar dicho límite estético articulándolo filosóficamente. Ambos autores se inquirirán y responderán directa e indirectamente en sus textos, reforzándose todas sus y mis razones. Esta es la tercera razón fruto de la casualidad histórica: en estos casos, el autor contemporáneo —que en estas páginas es Schiller— se considera en deuda con un eminente predecesor hace tiempo ya desaparecido, que tiene la buena o mala suerte de 10 no poder despojarse del incordio del seguidor que no le ha acabado de entender o, en el mejor de los casos, de poder ser aprobado como orgulloso discípulo probo y continuador de la saga.
Esta ocasión histórica es la que elegimos, por encima de todo, por la vía de la consecuencia y de la influencia doctrinal, para hacer colaborar a los dos protagonistas en un mismo momento para resolver, por añadidura, el mismo problema, es decir, que Schiller pudo recibir respuesta de Kant. Posicionarse respecto a su herencia intelectual: esta y no otra es la explicación —que no es poca— de la elección de ambos. ¿Qué hacer con la herencia recibida? [p. 16/432] 1 Y sabemos también que la aparta de las, para él, sospechosas caricias de Bossuet, obispo de Meaux, que la había bautizado sin todavía saberlo nadie de historia teológica garantista, allá por el 1681, para gusto de su delfín, del que era preceptor. Desde el principio del mundo, su Historia Universal era legitimadora de religiones e imperios, siempre por la gracia de Dios y en su providencia (vid. Bossuet, J., Discours sur l’Histoire universelle. Hay numerosas ediciones libres en la red, tanto en francés como en castellano. Aquí puede verse una en diferentes formatos:
http://archive.org/details/chefsdoeuvredebo00boss. Curiosamente, encontrar una edición fiable en papel resulta una empresa imposible). Voltaire, para que no la miraran con desdén por la calle, rapta en su cuna a la joven disciplina y le cambia el nombre para ofrecerle la dote de una nueva vida; la llama Philosophie de l’Histoire en el discours préliminaire publicado en 1765, de su defensa fundamental de la disciplina en el Essai que publicará en 1769. Este discurso formará la primera defensa de una historia secular o profana, en liza con la sagrada. Su Essai sur les Moeurs et l’Esprit des Nations [Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, 1769] lo incluye como entrada a la obra (vid. Voltaire, Filosofía de la Historia, estudio introductorio, traducción y notas de Martín Caparrós, Madrid, Tecnos, 1990). Hay que hacer notar con no poco énfasis que la sustitución de la historia sagrada por la profana es al mismo tiempo la forja de una filosofía mecanicista de la Historia, à la Newton, y con el modelo en boga de la nueva ciencia física.
En ella, lo que resalta son los hechos repetibles y las leyes inmutables. Los personajes e individualidades históricas son de todas todas algo secundario. En el primer capítulo de su Le siècle de Louis XIV (escrito en 1739), pronuncia Voltaire unas oraculares palabras de lo que, según él, estaba por venir: «Todos los tiempos han producido héroes y políticos, todos los pueblos han conocido revoluciones, todas las historias son casi iguales para quien solo busca almacenar hechos en su memoria; pero para todo aquel que piense y, lo que todavía es más raro, para quien tenga gusto, solo cuentan cuatro siglos en la historia del mundo. Esas cuatro edades felices son aquellas en las que las artes se perfeccionaron y que, siendo verdaderas épocas de la grandeza del espíritu humano, sirven de ejemplo a la posteridad» (Voltaire, El siglo de Luis XIV, México, FCE, 1978, p. 7 —el subrayado es mío). Vid., asimismo, Roldán, C., «Voltaire. El origen de la expresión “Filosofía de la Historia”», en Entre Casandra y Clío. Una historia de la Filosofía de la Historia, Madrid, Akal, 2005, p. 55.
lunes, 5 de enero de 2026
NOVELA EL LABERINTO DEL VERDUGO. REIMPRESIÓN AGOTADA
Con profunda emoción y gratitud ritualizada, quiero agradecer a cada lector que se adentró en los pasadizos éticos, simbólicos y obsesivos de El Laberinto del Verdugo. Que la primera reimpresión se haya agotado no es solo un dato editorial: es un acto de justicia poética, una señal de que la palabra aún puede convocar, inquietar y transformar.
Gracias por leer con fiebre, por compartir silencios, por debatir con sombras. Cada ejemplar agotado es una huella, una complicidad, una promesa de que la literatura sigue siendo un espacio de resistencia y revelación.
Nos reencontraremos en la próxima edición… o en el próximo descenso. Méndez-Limbrick.
domingo, 4 de enero de 2026
JENOFONTE LA REPUBLICA DE LOS LACEDEMONIOS EDICION, TRADUCCION Y NOTAS, CON ESTUDIO PRELIMINAR POE MARIA RICO GOMEZ O fragmento
INSTITUTO DE ESTUDIOS POLITICOS MADRID CLASICOS POLITICOS
JENOFONTE LA REPUBLICA DE LOS LACEDEMONIOS
EDICION, TRADUCCION Y NOTAS, CON ESTUDIO PRELIMINAR POE MARIA RICO GOMEZ O
REVISADO POR MANUEL FERNANDEZ GAL1ANO OAUDEiTIOO DI LA UNIVnSIDAD DB UADBID INSTITUTO DE ESTUDIOS POLITICOS Madrid 1973 LA REPUBLICA DE LOS LACEDEMONIOS Reimpresión de la 1.» edición de 1957 La colección Clásicos políticos está dirigida por FRANCISCO JAVIER CONDE Depósito legal: M. 25931-1973 I. S. B. N. 84-259-0407-2 GRAFOFFSET, S. L. - Políg. Ind. “Los Angeles” - MADRID
1.—Autenticidad y fecha de la obra Άλλ’ έγώ 'βννοήσας ποτέ... Estas palabras, con las que da comienzo la República de los Lacedemonios, sugieren ya al lector el primer problema que esta obra plantea: el de quién pueda ser este .’eyco, es decir, el problema de la cer teza o no certeza de la atribución de este tratado a Jeno fonte.
Rara vez —desde los alejandrinos hasta nuestros días— há sido discutida esta atribución. Sin embargó, no deja de haber poderosas razones· para plantear el problema de la autenti cidad, como puso de relieve Chrimes hace unos años en un interesante estudio sobre la antigua Esparta (1). Para Chrimes estamos ante la obra de un ateniense, filósofo o pseudofílósofo laconizante de los muchos que clamaban sus teorías en la Atenas estremecida todavía por la condena de Sócrates.
Chrimes aventura incluso un nombre: el del socrático Antístenes, que la escribiría hacia el 395 a. de C., y concede, a lo sumo,, que pudo Jenofonte escribir este tratado no más tarde de ese mismo año 395, cuando más reciente sería en su espíritu la influencia de los cír culos socráticos laconizantes, y cuando no habían llegado todavía para él las posteriores experiencias que le llevarían a un conocimiento más preciso y real de la Esparta de su tiempo. (1) K. M. T. Chrimes. Ancient Sparta. Manchester University Press. 1952. Cf. Appendix VII, págs. 490-499. VI Por nuestra parte, creemos que la atribución a Jeno fonte fuerza a situar resueltamente antes del 395 la fecha de composición de este opúsculo, si queremos eludir las bien fundadas objeciones de Chrimes.
Pues el hecho es que en 395, Jenofonte hace ya años que está en íntimo contacto con loS modos de vida - lacedemonios y ha tomado parte, junto con los soldados espartanos, en campañas (retirada de los Diez Mil y acción de Agesilao en Asia) en las que, sin duda, pudo observar la táctica y organización del ejército de Esparta. Sin embargo, las referencias que en este texto nos ofréce sobre el ejército espartano, a más de impreci sas, resultan en muchos casos realmente anacrónicas, lo que induce lógicamente a suponer que Jenofonte inició esta obra en sus años mozos, antes del 395.
Este problema de la fecha en que fue escrita la República de los Lacedemonios —tan estrechamente relacionado con el de la autenticidad— resulta de muy difícil esclarecimiento por la presencia del discutido capítulo XIV, en el que, en ataque implacable, fustiga el autor los vicios que corroían la antigua fortaleza lacedemonia.
Este inciso, que inte rrumpe de modo sorprendente la apología de las virtudes espartanas, desconcierta a los críticos, que oscilan entre suponer que ha sufrido un desplazamiento en el texto o declararle espurio. Lo más natural, a nuestro entender, es ver en la República de los Lacedemonios un simple ensayo, una obra de juven tud hacia la que tal vez volvió en ocasiones sus ojos Jeno fonte, pero a la que, ocupado en empresas que le eran más urgentes o más gratas, no alcanzó a dar forma definitiva. 2,—Plan de la República de los Lacedemonios Parece excesivo hablar de plan en esta obra en la que es manifiesto el desorden de las ideas.
El mismo título, Αακεδοαμονίων Πολιτεία, que sin duda le fue dado por el propio Jenofonte, no resulta muy adecuado, ya que no estamos ante una sistemática exposición de las instituciones espartanas, y aun el término mismo πολιτεία, como con razón se ha hecho notar, aparece sólo una vez (XV. 1) a lo largo del texto. VII Sin embargo, Jenofonte parece saber muy bien lo que se propone. Ya desde las primeras líneas nos dice que quiere mostrar a qué grado de pujanza y prosperidad llegó Lace- demonia bajo la legislación de Licurgo, y cómo la constitu ción espartana es a todas luces el mejor régimen que pudo adoptar jamás ciudad alguna.
Mas Jenofonte no logra dar cima a su proyecto. Si guiendo el juicio de Marchant (2), diremos que el ateniense realiza en cierto modo su plan a lo largo de los diez prime ros capítulos; pero, a partir del XI, al internarse en el estu dio de las instituciones militares, se “entusiasma”, por así decirlo, y desviándose de la finalidad que se había propues to, cae en una pura exaltación de las virtudes del ejército espartano, realizada en una forma desangelada: mera acu mulación de datos, sin duda alguna interesantes, pero cuyo conjunto sólo podría calificarse de imprecisos apén dices sobre el ejército lacedemonio y la realeza espartana. El carácter deshilvanado de esta última parte del tra tado (XI-XV) y la presencia del desconcertante capítulo XIV, nos apoyan en nuestra opinión de que estamos ante una obra inconclusa, que no llegó a conocer el feliz retoque de su autor. Jenofonte no consigue, pues, desarrollar, como animosa mente se propone, el cuadro deslumbrante de la constitu ción espartana y de sus brillantes resultados; pero sí rea liza, en cambio, cumplidamente otro propósito que era, en verdad, el que en ésta como en otras ocasiones (Agesilao, Helénicas...), le impulsaba a escribir: entonar la apología de Esparta. 3-J enofonte y e l filo lac o n ism o Porque Jenofonte es uno de los máximos representantes del filolaconismo ateniense de fines del siglo V y comienzos del IV. Vive Esparta sus días de gloria, que habían de ser escasos; su hegemonía es saludada con entusiasmo por las mentes (2) Xenophon.
Scripta minora. With an English translation by E. C. Marchant. London, MCMXV. VIH más elevadas, que esperan ver surgir de ella la fuerza uni- ficadora que ponga fin al desgarrador individualismo helé nico. En este momento de, extraordinaria inquietud polí tica, junto a los que clamaban por el retorno incondicional a la vieja tradición, muchos eran los atenienses que, sumi dos “en una actitud de admiración simplista y superficial del principio espartano de la educación colectiva” (Jaeger), abogan por la implantación de una oligarquía aristocrá tica en la Atenas derrotada. Ya de antiguo venía la ponde ración de los modos de vida laconios, y el círculo socrático (el círculo decimos, que no el mismo Sócrates) no es el me nos responsable en la difusión que alcanzó esta tendencia extranjerizante.
De los discípulos de Sócrates varios hubo que, en su de seo de llegar a un nuevo ideal de estado y de sociedad, diri gieron sus miradas esperanzadas hacia la Esparta a churas penas victoriosa, aplicándose a cantar la excelencia de sus instituciones sociales y políticas; muchos entre , ellos estu dian con afán a los antiguos poetas, en especial a Tfrteo, y sobre tales testimonios, que les brindan, como es natural, una visión idealizada del asunto, se lanzan a la confección de panegíricos filolaconizantes, en los que ofrecen una ima gen superficial y falsa de la constitución espartana.
Al propio Platón pódríamos acusarle de un marcado filolaco- nismo en la concepción de su República ideal, si bien no se le ocultaban los grave.s defectos de que adolecía la cons titución lacedemonia. Nuestro Jenofonte, en cambio, rara vez desfallece en su entusiasmo por Esparta, y a él ofrendó desde muy joven, junto con su talento, su vida misma. Hombre hecho para la acción, lleva su filolaconismo a las últimas consecuencias. Después de sus campañas —mejor diríamos, aventuras bélicas— en Asia, le vemos luchar en Queronea (394) frente a sus propios conciudada nos, alcanzando doble y contrapuesta recompensa a su hazaña: de un lado, el destierro de Atenas; de otro, la generosa acogida espartana y la donación de tierras en la Elide, cerca de Olimpia (390-387). Ahora Jeno fonte puede obseivar de cerca, a sus admirados espartanos, puede ver lo que se esconde tras la impresionante máscara de grandeza, puede juzgar qué se ha hecho de la antigua IX sencillez y de la pretérita obediencia a las leyes de Licurgo.
Entonces fue tal vez cuando, desilusionado, herido en su fiel devoción a Esparta, compuso el arrebatado capítu lo XIV, en el que fustiga la codicia y crueldad de los har- mostas espartanos y la disolución en que ha caído Lacede- monia por no obedecer a las leyes dadas por el dios (XIV. 7). Seguidamente renuncia a proseguir la obra que inició un día al calor de ardorosas lecturas y bajo la influencia de los círculos laconizantes de políticos e intelectuales de la Atenas de fin de siglo. Pues el filolaconismo no se reducía a la pacífica esfera de los filósofos o pseudofilósofos, interesados en los pro blemas educativos, sino que durante algún tiempo, y para desgracia de la maltrecha Atenas, invadió las revueltas camarillas de políticos advenedizos, atentos, ya por fana tismo, ya por ambición, a las consignas oligárquicas de Esparta.
Entre ellos alcanzó triste fama Critias (que tiempo atrás fue también discípulo de Sócrates), autor de una extravagante Λακ βδ αιμονίων IIoÀtreta, en prosa y verse (cf. Fr. 25 y 32, Diels), que al amparo de la tension política del momento alcanzó pronta difusión. Y es evidente para los críticos que esta obra, leída y releída con entusiasmo por el joven Jenofonte, determinó a éste a ensayar sus fuerzas en un panegírico del mismo ca rácter, y hasta del mismo título.
Pues, aparte la gran fre cuencia con que Jenofonte utiliza en sus obras asuntos que ya han sido tratados por algún predecesor, concurren aquí coincidencias flagrantes entre la obra en prosa de Critias y la Rep. Lac. de Jenofonte: el propósito de entablar una comparación entre los usos existentes en las distintas ciu- .dades y los que regían en Esparta; y el hecho de iniciar su estudio con la cuestión de la procreación. Una gran dife rencia los separa, en cambio, y muy significativa: mientras Critias parece desconocer a Licurgo, Jenofonte, desde las primeras líneas, hace de él el genio de la renovación polí tica de Esparta.
Pero una y otra responden por igual a esa postura tópica de admiración' hacia Esparta, qué habría de ocasionar, además dé funestas consecuencias políticas, una copio sa producción literaria, índice del fecundo movimiento de ideas y de la tensa inquietud política que llenan el siglo IV ateniense. 4- I nteres que ofrece la República de los Lacede m onios El verdadero interés de esta obra radica en el hecho de ser uno de los muchos textos representativos de la tendencia pedagógica que animó el siglo IV.
La preocupación política, derivada en gran parte de las ideas sofísticas y encauzada, merced a la acción socrática, en un sentido marcadamente ético, apunta ahora hacia un nuevo tipo de παιδεία, que logre superar, actuando sobre los individuos, la grave crisis en que se halla sumida la Gre cia otrora triunfante y segura de sí misma.
Este ideal, tardíamente nacido, que persigue en primer término la formación de gobernantes, a través de los cuales se propone operar más tarde sobre el pueblo mismo (cf. las utopías platónicas y las obras de lsócrates y de Aristóte les), da lugar a una riquísima literatura, hermanada, en sus diversas manifestaciones, por una preocupación común: la pedagógica, “unidad superior, en que se encuentran filoso fía, retórica y ciencias”. (Jaeger). A esta variada producción corresponden 'muchas de las obras de Jenofonte y, entre ellas, ésta que ahora nos ocupa y que, como casi todos sus escritos, lleva el sello de un marcado didactismo. Y este carácter es probablemente el mérito más positivo que podemos reconocer en el tratado sobre la constitución espartana.
No deja de ser estimable, también, el interés que posee la Rep. Lac. como pieza documental, tanto más cuanto que son muy escasas nuestras fuentes de información sobre la antigua Esparta y sobre la constitución de Licurgo.
Ya hemos dicho que las referencias que se nos dan en este tratado son con frecuencia poco claras y aun incoherentes; con más frecuencia aún, ligeras y harto insuficientes para nosotros; pero no tanto que no hayamos de agradecer a Jenofonte la transmisión de datos que, sin él, habrían que dado ignorados y mal conocidos. XI 5.-La Esparta de la República de los Lacedemonios Sería injusto, pues, negar el interés de la visión de la Esparta de Licurgo que en la Rep. Lac. nos ha dejado Jenofonte.
Trataremos a continuación algunos de los puntos que nos parecen interesantes por sí mismos o por la opinión y los datos que con respecto a ellos aporta el autor en este texto.
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