lunes, 23 de marzo de 2026

Comentario crítico objetivo del Canto V del Infierno (La Divina Comedia) Dr. Enrico Pugliatti y J.Méndez- Limbrick

 


Comentario crítico objetivo del Canto V del Infierno (La Divina Comedia)

Introducción

Contexto y función del canto El Canto V sitúa al lector en el segundo círculo del Infierno, dedicado a los lujuriosos. Cumple una función doble: avanzar la trama del descenso de Dante y ofrecer una reflexión moral y estética sobre la pasión desordenada. Aquí se articula con claridad la doctrina del contrapasso y se presenta la escena más célebre y emotiva de todo el poema: el encuentro con Francesca da Rimini y la narración de su amor trágico.

Estructura y técnica narrativa

Organización y ritmo El canto sigue una progresión clara: entrada y juicio ante Minos, descripción del tormento, aparición de las almas, diálogo con Francesca y el colapso emocional de Dante. La alternancia entre descripción panorámica y monólogo íntimo crea un crescendo emotivo que culmina en la caída del poeta. La voz narrativa combina distancia moral (la doctrina) con empatía personal, lo que genera tensión entre juicio y compasión.

Temas y simbolismo

Pasión, culpa y justicia poética La lujuria se presenta como subordinación de la razón al deseo; el castigo —viento incesante— simboliza la inestabilidad y la falta de control. El contrapasso es ejemplar: el movimiento perpetuo reproduce la movilidad de los deseos que dominaron a los condenados. Además, el canto explora la memoria dolorosa y la nostalgia: el recuerdo de lo dichoso intensifica el tormento, como dice Francesca.

Personajes y caracterización

Minos, las almas y Francesca

  • Minos funciona como figura judicial arcaica: su gesto de enroscar la cola codifica la condena y aporta un tono mítico-ritual.

  • Las almas aparecen en masa, pero Dante selecciona nombres emblemáticos (Semíramis, Cleopatra, Helena, Paris, Tristán, Aquiles) para mostrar la universalidad del vicio y su presencia en la historia y la leyenda.

  • Francesca es el centro emotivo: su relato es sencillo, íntimo y persuasivo; su voz humaniza el castigo y provoca la reacción física del poeta. La escena establece a Francesca como símbolo de la víctima y del agente moral ambiguo.

Recursos estilísticos y poéticos

Imágenes, ritmo y tono Dante usa imágenes naturales (tormenta, bandadas de aves) para traducir estados pasionales en fenómenos físicos. La enumeración de nombres funciona como catálogo cultural que legitima la ambición enciclopédica del poema. El tono oscila entre la severidad doctrinal y la ternura lírica; la lengua se vuelve particularmente musical en el monólogo de Francesca, lo que explica su poder conmovedor.

Interpretación crítica y relevancia

Lectura ética y estética El Canto V es paradigmático por su capacidad de combinar teología, psicología y literatura. Desde una perspectiva ética, reafirma la visión medieval de la desmesura como vicio; desde la estética, muestra la maestría de Dante para transformar un episodio íntimo en alegoría universal. Críticamente, la escena de Francesca ha suscitado debates sobre la compasión del autor y la ambigüedad moral del poema: Dante condena el acto pero se conmueve ante la pasión, lo que abre lecturas feministas, psicoanalíticas y políticas sobre la voz de la mujer y la representación del deseo.

Conclusión El Canto V combina eficacia narrativa, riqueza simbólica y carga emotiva. Es un ejemplo paradigmático de cómo la Divina Comedia articula doctrina y experiencia humana, y por ello sigue siendo uno de los pasajes más estudiados y representativos de la obra. 

CANTO V

 

Así bajé del círculo primero

al segundo que menos lugar ciñe,                                         2[L1] 

y tanto más dolor, que al llanto mueve.                                3

 

Allí el horrible Minos rechinaba.                                          4[L2] 

A la entrada examina los pecados;

juzga y ordena según se relíe.                                                          6

 

 

Digo que cuando un alma mal nacida

llega delante, todo lo confiesa;

y aquel conocedor de los pecados                                         9

 

ve el lugar del infierno que merece:

tantas veces se ciñe con la cola,

cuantos grados él quiere que sea echada.                             12

 

Siempre delante de él se encuentran muchos;

van esperando cada uno su juicio,

hablan y escuchan, después las arrojan.                                15

 

«Oh tú que vienes al doloso albergue

‑me dijo Minos en cuanto me vio,

dejando el acto de tan alto oficio‑;                                       18

 

mira cómo entras y de quién te fías:

no te engañe la anchura de la entrada.»

Y mi guta: «¿Por qué le gritas tanto?                                               21

 

No le entorpezcas su fatal camino;

así se quiso allí donde se puede

lo que se quiere, y más no me preguntes.»                            24

 

Ahora comienzan las dolientes notas

a hacérseme sentir; y llego entonces

allí donde un gran llanto me golpea.                                     27

 

Llegué a un lugar de todas luces mudo,

que mugía cual mar en la tormenta,

si los vientos contrarios le combaten.                                              30

 

La borrasca infernal, que nunca cesa,

en su rapiña lleva a los espíritus;

volviendo y golpeando les acosa.                                         33

 

Cuando llegan delante de la ruina,

allí los gritos, el llanto, el lamento;

allí blasfeman del poder divino.                                            36

 

Comprendí que a tal clase de martirio

los lujuriosos eran condenados,

que la razón someten al deseo.                                              39

 

Y cual los estorninos forman de alas

en invierno bandada larga y prieta,

así aquel viento a los malos espiritus:                                              42

 

arriba, abajo, acá y allí les lleva;

y ninguna esperanza les conforta,

no de descanso, mas de menor pena.                                     45

 

Y cual las grullas cantando sus lays

largas hileras hacen en el aire,

así las vi venir lanzando ayes,                                                          48

 

a las sombras llevadas por el viento.

Y yo dije: «Maestro, quién son esas

gentes que el aire negro así castiga?»                                               51

 

«La primera de la que las noticias

quieres saber ‑‑me dijo aquel entonces­-

fue emperatriz sobre muchos idiomas.                                  54

 

Se inclinó tanto al vicio de lujuria,

que la lascivia licitó en sus leyes,

para ocultar el asco al que era dada:                                     57

 

Semíramis es ella, de quien dicen                                         58[L3] 

que sucediera a Nino y fue su esposa:

mandó en la tierra que el sultán gobierna.                            60

 

Se mató aquella otra, enamorada,                                         61[L4] 

traicionando el recuerdo de Siqueo;

la que sigue es Cleopatra lujuriosa.                                      63[L5] 

 

A Elena ve, por la que tanta víctima                                                64[L6] 

el tiempo se llevó, y ve al gran Aquiles                                65[L7] 

que por Amor al cabo combatiera;                                        66

 

ve a Paris, a Tristán.» Y a más de mil                                   67[L8] 

sombras me señaló, y me nombró, a dedo,

que Amor de nuestra vida les privara.                                  69

 

Y después de escuchar a mi maestro

nombrar a antiguas damas y caudillos,

les tuve pena, y casi me desmayo.                                        72

 

Yo comencé: «Poeta, muy gustoso                                       73[L9] 

hablaría a esos dos que vienen juntos

y parecen al viento tan ligeros.»                                           75

 

Y él a mí: «Los verás cuando ya estén

más cerca de nosotros; si les ruegas

en nombre de su amor, ellos vendrán.»                                 78

 

Tan pronto como el viento allí los trajo

alcé la voz: «Oh almas afanadas,

hablad, si no os lo impiden, con nosotros.»                          81

 

Tal palomas llamadas del deseo,

al dulce nido con el ala alzada,

van por el viento del querer llevadas,                                              84

 

ambos dejaron el grupo de Dido                                           85[L10] 

y en el aire malsano se acercaron,

tan fuerte fue mi grito afectuoso:                                          87

 

«Oh criatura graciosa y compasiva

que nos visitas por el aire perso                                            89[L11] 

a nosotras que el mundo ensangrentamos;                            90

 

si el Rey del Mundo fuese nuestro amigo

rogaríamos de él tu salvación,

ya que te apiada nuestro mal perverso.                                 93

 

De lo que oír o lo que hablar os guste,

nosotros oiremos y hablaremos

mientras que el viento, como ahora, calle.                           96

 

La tierra en que nací está situada

en la Marina donde el Po desciende

y con sus afluentes se reúne.                                                 99

 

Amor, que al noble corazón se agarra,

a éste prendió de la bella persona

que me quitaron; aún me ofende el modo.                            102

 

Amor, que a todo amado a amar le obliga,                           103[L12] 

prendió por éste en mí pasión tan fuerte                               104[L13] 

que, como ves, aún no me abandona.                                               105

 

El Amor nos condujo a morir juntos,

y a aquel que nos mató Caína espera.»                                 107[L14] 

Estas palabras ellos nos dijeron.                                           108

 

Cuando escuché a las almas doloridas

bajé el rostro y tan bajo lo tenía,

que el poeta me dijo al fin: «tQué piensas?»                                   111

 

Al responderle comencé: «Qué pena,

cuánto dulce pensar, cuánto deseo,

a éstos condujo a paso tan dañoso.»                                      114

 

Después me volví a ellos y les dije,

y comencé: «Francesca, tus pesares

llorar me hacen triste y compasivo;                                      117

 

dime, en la edad de los dulces suspiros

¿cómo o por qué el Amor os concedió

que conocieses tan turbios deseos?»                                     120

 

Y repuso: «Ningún dolor más grande

que el de acordarse del tiempo dichoso

en la desgracia; y tu guía lo sabe.                                         123[L15] 

 

Mas si saber la primera raíz

de nuestro amor deseas de tal modo,

hablaré como aquel que llora y habla:                                  126

 

Leíamos un día por deleite,

cómo hería el amor a Lanzarote;                                           128[L16] 

solos los dos y sin recelo alguno.                                          129

 

Muchas veces los ojos suspendieron

la lectura, y el rostro emblanquecía,

pero tan sólo nos venció un pasaje.                                       132

 

Al leer que la risa deseada                                                    133[L17] 

era besada por tan gran amante,

éste, que de mí nunca ha de apartarse,                                  135

 

la boca me besó, todo él temblando.

Galeotto fue el libro y quien lo hizo;

no seguimos leyendo ya ese día.»                                         138

 

Y mientras un espiritu así hablaba,

lloraba el otro, tal que de piedad

desfallecí como si me muriese;                                             141

y caí como un cuerpo muerto cae.                                       

 


 [L1]Al círculo donde se castiga el pecado de la lujuria.

 [L2]Minos, según la antigua mitología, después de haber reinado prudentemente en Creta, fue considerado como uno de los jueces infernales, junto con Radamante y Eaco (Eneida, VI, 432‑3), pero aquí Dante lo transforma en una fiera un tanto grotesca.

 [L3]Semíramis, nombre griego de una reina asiria famoso entre los medieva­les por su vida licenciosa y violenta. Para algunos representa en la Comedia el amor vicioso.

 [L4]Dido, reina de Cartago, rompió por su amor hacia Eneas la fidelidad de­bida a su antiguo marido Siqueo. Representaría el amor apasionado.

 [L5]Cleopatra, reina de Egipto (69‑30 a.C.), representaría el amor interesado, dadas sus relaciones con César y Marco Antonio.

 [L6]Elena, hija de Júpiter y Leda, causante de la guerra de Troya, representa­ría el amor ambicioso.

 [L7]Aquiles, el más célebre griego de la guerra de Troya, cuyo sitio en el In­fiemo, como amante de Polixena, no es tal vez el que más convendría a su figu­ra heroica.

 [L8]Paris, príncipe troyano, hijo de Príamo y raptor de Elena. Tristán, sobri­no del rey Marcos de Comualles y amante de Iseo, la mujer de éste último. Su historia fue celebérrima en la Edad Media.

 [L9]Francesca, hija de Guido da Polenta, señor de Rávena, y amigo de Dante; y Paolo Malatesta, hermano del marido de ésta, el feroz Gianciotto Malatesta, señor de Rímini, con quien Francesca había sido casada por motivos políticos alrededor de 1275. Como veremos, la propia Francesca narrará a Dante el amor desdichado que les ha condenado, en uno de los pasajes más bellos y co­nocidos de toda la Comedia. Toda la historia parece ser un ejemplo vivo de la teoría amorosa del «Dolce stil novo».

 [L10]Es decir, como apuntamos antes, del grupo de pecadores arrastrados por la pasión amorosa, no por la sensualidad a otras razones.

 [L11]El perso es un color mezcla de púrpura y negro (Convivixm, IV, XX, 2).

 [L12]Eco del verso de Guido Guinizzelfi: «Al cor gentil rimpaira sempre amore.»

 [L13]A Paolo.

 [L14]Descubierta, en efecto, su pasión amorosa, los amantes fueron muertos alrededor de 1285 por el marido burlado, que será condenado en la Caína, zona del círculo noveno donde se castiga a los asesinos de consanguíneos (Infier­no, XXXII).

 [L15]Pues fue un famosísimo poeta en el mundo, y ahora una sombra más en el Limbo, sin esperanza de salvación.

 [L16]Se trata de una de las novelas escritas en francés que tan famosas fueron en toda Europa a partir del siglo XII.

 [L17]Junto con la de Tristán e Iseo, la de Lancelot y la reina Ginebra, es la historia de amor más conocida del ciclo artúrico popularizada por la novela. El pasaje aquí aludido es aquel en que el caballero Gallehault, o Galeotto, sin saber su secreto amor, condujo a uno a la presencia del otro, e indujo a la reina a que besara al caballero.

Filosofía política Las grandes obras Luis García San Miguel (Editor) INTRODUCCIÓN


 

I. INTRODUCCIÓN 

INTRODUCCIÓN LUIS GARCÍA SAN MIGUEL Universidad de Alcalá

 Este libro fue, originariamente, una tesina de Licenciatura de Filosofía, leída hacia el año 60 en Madrid, bajo la dirección del profesor Aranguren. O, para ser más exac tos, la parte histórica de la misma. Siguiendo el modelo del libro de Chevalier Las grandes obras políticas de Maquiavelo a nuestros días, realicé entonces un resumen amplio de varias obras clásicas de la filosofía política, que son las que aquí figuran bajo mi firma,con algunos añadidos posteriores. Nunca había pensado en publicar una obra cuya preparación me habría enrique cido personalmente (nada enriquece más que la lectura de los clásicos), pero que me parecería incompleta e imperfecta, como suelen ser las tesinas de licenciatura, a me nudo borradores de lo que luego será la tesis doctoral. Pero una circunstancia fortuita me hizo pensar en la posibilidad de la publicación: nuestro plan de estudios incluyó una asignatura optativa de historia del pensamiento político para cuyas clases aquéllos resúmenes antiguos me pareció que pudieran ser de alguna utilidad, claro está que a condición de completarlos y perfeccionarlos con vistas a la publicación de un texto. Por un momento pensé en acometer por mí mismo la tarea, aunque no llegué a decidirme por falta de tiempo. Afortunadamente otros jóvenes compañeros universitarios, colaboradores de la cátedra, se ofrecieron a redactar algunos capítulos y completar la obra: Patricia Barbadillo y Juan José García Ferrer, Ana Isabel Vega, Cristina Hermida (profesora de la Autónoma y de cuyo tribunal de tesis tuve el honor de formar parte), Ignacio Sánchez Cámara, antiguo compañero de la Complutense y ya catedrático de La Co ruña, Andrés Suárez, catedrático de Economía queridísimo amigo recientemente fa llecido, Iñigo Álvarez, Encarnación Carmona, Fernando Centenera, Juan Manuel He rreros, Virgilio Zapatero, compañero y sucesor en Alcalá (y ahora rector). Vaya para 

14 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL todos mi agradecimiento. De todos es este trabajo y, aunque yo revisé los textos, cada uno es responsable de lo que ha escrito y firmado y nadie tendrá que asumir opiniones que no son suyas. Permítaseme añadir que Patricia Barbadillo, tuvo a bien revisar los pasajes escritos por mí y hacer valiosas observaciones, que agradezco. No hemos pretendido escribir una historia del pensamiento político. Las historias han de tratar de todos los autores de cierta relevancia, no solo de los “grandes” sino también de los “menores” y dar cuenta del pensamiento político realmente existente en los diferentes momentos, independientemente de su calidad. No hemos querido abarcar tanto. Pero, en cambio, intentamos resumir detenidamente algunas de las obras clásicas y particularmente creativas del pensamiento político, las obras por así decirlo dotadas de mayor vigor y originalidad, representativas de cada una de las principales ideologías o tendencias. Así que, aunque no todo, sí hay algo aquí de las ideologías liberal, democrática, comunista, fascista, tradicionalista, etc. Hemos tratado de ofrecerle al lector ejemplos de cómo los grandes autores han elaborado teóricamente (pues de teoría se trata) las ideologías que han ido aparecien do a lo largo de la historia. Y presentamos las obras en su secuencia cronológica, pues esa secuencia resulta necesaria para entender teorías que se forman en relación unas con otras y también frecuentemente (en esto sí parece tener razón Hegel) unas frente a otras. Así la Política aristotélica no se entiende sino a partir de y frente a La República platónica. Santo Tomás tampoco se entiende sino a partir de y frente a los clásicos griegos. Y lo mismo se diga de Lutero y Santo Tomás, Hobbes y el protestantismo, Locke y Hobbes y así sucesivamente. Lo que por supuesto no quiere decir que la obra de estos autores se agote en esa labor de asimilación y enfrentamiento. Por el contra rio: cada uno aporta elementos nuevos, originales, quizás no completamente origina les, pues ideas auténticamente originales hay pocas, incluso entre los grandes creado res. En muchos casos nos encontramos con la reelaboración de elementos preexistentes y el que uno y no otro autor pase a la historia depende, a menudo, de la forma en que expuso ideas que estaban en el ambiente, de que hubiera gente dispues ta a escucharle en el momento en que escribía. ¿Filosofía de la Historia? La mutua relación de dependencia-distanciamiento entre las obras y los sistemas políticos establecidos conduce inevitablemente a la pregunta por una posible ley de desarrollo interno, a la pregunta por la filosofía de la historia. Como es sabido San Agustín, Bossuet, luego Hegel, pensaban que todo el acon tecer humano, incluidos los sistemas políticos y las teorías, se producía con arreglo a un plan trazado por la providencia divina. Condocert, Comte y Marx piensan tam bién que hay una ley de desarrollo histórico que hace necesarias las diferentes trans formaciones. 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 15 Pocos darán por buenas hoy semejantes pretensiones y desde luego yo no las doy. ¿Cómo fundamentarlas? ¿Acaso la razón es capaz de descubrir a priori esas le yes? Desde Hume no parece razonable pensar que la razón pueda descubrir hechos. De los hechos sólo puede dar cuenta la experiencia y los hechos son contingentes, podrían haber ocurrido de otra forma. Cuando más podemos descubrir ciertas regu laridades (que el día sucede a la noche, que los cisnes son blancos) pero nada garan tiza que eso vaya a seguir ocurriendo. En el mundo de la organización y la teoría política también es posible descubrir empíricamente ciertos hechos, incluso algunas regularidades, aunque desde luego ninguna tan respaldada por un caudal de experiencias como la sucesión de la noche y el día. Pero también aquí las cosas pudieron haber sucedido de manera diferente. Pudo haberse instaurado inicialmente un sistema político y haber permanecido hasta ahora. Hay sistemas que pudieron no haberse implantado nunca. Nada es necesario aunque algunas cosas parecen probables. Ahora bien ¿qué nos dice la experiencia hasta ahora? ¿qué nos muestra la historia (no la filosofía de la historia)? Aproximadamente lo siguiente: en la Antigüedad, en Roma y especialmente en Grecia, se produce en la práctica una lucha entre los siste mas democráticos y los totalitarios, que tiene su reflejo en la teoría (como expresión de la ideología democrática es paradigmático el discurso de Pericles). Se trata, sin duda, de expresiones embrionarias, si se quiere “imperfectas”, de lo que luego estas ideologías llegarían a ser, pero ya se afirman dos modos contrapuestos de entender la organización política: aquél en el que el poder reside en una persona o en un grupo reducido de personas, que lo transmiten a quien o quienes ellos designen y aquél otro en el que el poder reside en el pueblo (en aquella época no en todo el pueblo) quien nombra y separa los gobernantes. Posteriormente, en el occidente culto (que, como el lector habrá notado, es nuestra referencia) triunfa el principio autoritario o totalitario bajo la forma de la monarquía absoluta, respaldada por la iglesia católica. Hacia mediados del siglo XVI, en Ingla terra se produce una revolución liberal, o, para ser más cautos, en la que aparecen formulados muchos de los principios del gobierno liberal. Posteriormente estos prin cipios se implantan y desarrollan en América en Europa, a partir de la revolución francesa. Durante siglos en toda Europa (también en Inglaterra, donde la corona si gue teniendo el poder) asistimos a la lucha entre el principio absolutista, representado por las monarquías y el liberal, representado por los parlamentos, que aún no son democráticos pero constituyen un límite al poder monárquico y, en cuanto tales, de sarrollan el principio del gobierno del pueblo. Paulatinamente la democracia va ga nando terreno, bajo la forma republicana, hasta llegar a imponerse casi por completo en el occidente civilizado, pero no bien establecida reaparece el principio autoritario bajo la forma del fascismo y comunismo. Recientemente, tras la segunda guerra mundial y luego tras la caída del muro de Berlín, los gobiernos democráticos se im ponen en todo el occidente y la democracia aparece, incluso a nivel mundial, como la 

16 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL forma de gobierno más aceptable y a la que todos aspiran o dicen aspirar. En esto sí parece tener razón Fukuyama con su conocida tesis del “final de la historia”. Otra cosa es lo que nos depare el futuro: ¿seguirá vigente la legitimidad democrática, pese a los evidentes signos de crisis que se perciben en ella? Eso parece probable, pero no hay que excluir la vuelta del totalitarismo, de lo que ya se perciben síntomas en varios países occidentales. No hay ninguna necesidad histórica que lo haga posible o que lo impida. En cualquier caso, la experiencia parece mostrar también lo siguiente: 1) el prin cipio autoritario y el democrático están sometidos a un cierto movimiento pendular: no bien uno se ha establecido el rival renace y, a menudo, gana terreno. 2) el princi pio democrático responde más adecuadamente a las aspiraciones de los ciudadanos de los países cultos y ricos que quieren nombrar a los gobiernos y disponer de dere chos frente a ellos y no aceptan pasivamente el gobierno, obtenido por la legitima ción histórica o por la fuerza, de uno o de unos pocos. ¿Cabe decir, por tanto, como Hegel, que la historia es una larga marcha hacia la libertad? Probablemente, pero a condición de añadir inmediatamente que las cosas han ocurrido así pero que nada garantiza que la tendencia no se invierta. No es inima ginable que personas cultas acepten la dirección dogmática de una persona o una minoría. En las iglesias cristianas (especialmente en la católica) y en los sistemas fas cistas y comunistas hay abundantes ejemplos. Por poner sólo uno: Sartre, que había vivido y escrito en un régimen de libertades, terminó renegando del mismo y hacién dose pro-chino. No todo el mundo quiere decidir por sí mismo. Hay quien prefiere que decidan por él, quizás porque no aprecie la libertad o porque piense que conduce a la injusticia o al desorden y ponga otros valores en primer plano. Así pues no hay “final de la historia”, si por tal cosa se entiende que el sistema liberal-democrático se ha asentado definitivamente en la realidad y en la conciencia. El final no está escrito, en mi opinión, ni por ninguna providencia ni por ninguna ley de desarrollo social. Filosofía política y filosofía Para los estudiantes y no iniciados en estos problemas conviene añadir una adver tencia que puede evitar algunas confusiones: toda filosofía política descansa en cierta concepción del mundo (lo que los alemanes llaman Weltanschauung). El ejemplo más claro es el de La República platónica, en donde encontramos desarrollada una teoría del conocimiento (el racionalismo o intuicionismo), muy gráficamente en el mito de la caverna; una metafísica (la teoría de las ideas); una ética (el bien como idea de las ideas) y hasta una filosofía de la historia (sucesión de los regímenes políticos y sus causas), además de opiniones sobre el racismo, la transmigración de las almas y otras muchas. El problema de la justicia, de la buena organización de la ciudad, aparece enlazado con todos ellos. Para poner otro ejemplo: el gobierno de los filósofos se 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 17 justifica por una teoría epistemológica: que el conocimiento de las ideas es patrimonio de una minoría, lo que, a su vez, tiene que ver con su metafísica. Santo Tomás basa también su teoría del gobierno monárquico en una concepción del mundo católica y en una ética (el jusnaturalismo). Y lo mismo puede decirse de Hegel, Marx y, en general, de todos los filósofos de la política. Pero no hay que “de ducir” de aquí que a cada Weltanschauung corresponda una única teoría política o a la inversa. Por extraño que pueda parecer al no iniciado lo que sucede es que de una Weltanschauung “salen” varias teorías políticas, diferentes e incluso contrapues tas. Así del catolicismo han “salido” la justificación de la monarquía de derecho divi no, la democracia cristiana y la teología de la liberación, por señalar solo algunas, y del marxismo “salieron” la socialdemocracia y el comunismo. No debemos por tanto dejarnos engañar por el hecho de que algunas teorías políticas presenten cierta Weltanschauung como exclusivamente “suya” o viceversa. Ciertamente algunos ca tólicos dirán que de “su” religión no cabe “deducir” conclusiones revolucionarias y habrá marxistas que consideren a los socialdemócratas como traidores, o extraviados. Pero, como la experiencia muestra con abrumadora cantidad de ejemplos, la conexión entre Weltanschauung y filosofía política no es unívoca sino accidental. ¿Por qué? La respuesta más sencilla pudiera ser que la teoría política y la postura política que cada uno adopta en su vida corriente depende de la preferencia que conceda a deter minados valores y de la jerarquía que quiera establecer entre los mismos. Algunos dictadores anteponían la paz a los demás valores. La democracia pretende realizar la libertad, igualdad, seguridad, justicia y quizás algún otro. Los sistemas comunistas an teponen la igualdad a los demás valores. Claro es que en el batiburrillo de la propaganda política esto no suele reconocerse abiertamente. Así un fundamentalista probablemente proclamará a los cuatro vientos que defiende la igualdad, si bien no la pervertida de los demás sino la auténtica. Pero el observador imparcial (y el historiador de la política habrá de serlo en lo posible) que no se deje atrapar por la apariencia, distinguirá enseguida qué valores trata de implantar una teoría o un discurso de propaganda política. Por lo demás, aunque no siempre, algunas veces las teorías hacen explícitos los valores que quieren implantar y la jerarquía que establecen entre los mismos y el modo cómo los entienden. No dicen lo mismo un fundamentalista y un liberal cuando ambos hablan de la libertad. La pregunta que surge inmediatamente es: ¿acaso esa preferencia es irracional? Lo que dije hasta ahora es sencillamente que hay preferencia no que sea irracional. Algunos presentarán esa preferencia como basada en la razón, otros quizás en la fe o en el simple deseo y eso ha de ser objeto de discusión. Más adelante aventuraré una opinión personal. Lo que me importa señalar por el momento es que en todas las obras que aquí se recogen hay como un núcleo de índole política, exclusivamente política, indepen diente de las envolturas o apoyaturas filosóficas o religiosas con las que se presenta. Las palabras derechas, izquierdas, liberalismo, socialismo, fascismo o comunismo, aunque no tengan un sentido unívoco, tratan de designar ese núcleo. 

18 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL Filosofía política, ciencia política e ideología y política El tema central de la filosofía política es el de la sociedad justa o bien ordenada y en cuanto tal se ocupa de los problemas de la titularidad del poder político y econó mico, organización de la enseñanza, la defensa, etc. etc. Como estudio generalista que es, aspira a configurar las estructuras de una socie dad justa, sin entrar en las luchas partidistas por ocupar el poder. Dice o trata de decir cómo ha de ser el poder pero no qué partido o individuo ha de ocuparlo en concreto. Lo que no debe entenderse en el sentido de que la filosofía política no se ocupa de la historia, de las luchas por el poder que tienen lugar en la sociedad y de la figura con creta que el poder va adquiriendo. Al contrario: sin el conocimiento de la sociedad y de la historia no habría filosofía política, o ésta se transformaría en una elucubración sin sentido. Pero, aunque el acontecer histórico sea la savia de la filosofía política, lo transciende situándose en el nivel de abstracción que es propio de la filosofía. Lo que tampoco debe entenderse en el sentido de que esta disciplina se configure como un discurso aséptico y neutral que no incida para nada en la práctica. Al con trario: no hay filosofía política neutral. Platón era comunista, Aristóteles demócrata o predemócrata, Locke liberal o preliberal, Rousseau demócrata y aunque el filósofo lo intentara no podría escapar de la “afiliación”. Y en cuanto partidario de un tipo determinado de estructura política puede ejercer cierta influencia sobre la práctica y de hecho la ejerce. Toda gran obra política incide en la opinión o quizás la expresa, dando forma a las ideas y aspiraciones que se en contraban confusamente en la mente de muchas personas que luego participarán en la praxis política. O también puede ser tomada como bandera por grupos o partidos que la utilizan como cobertura de su acción. El ejemplo más claro pudiera ser el del marxismo, utilizado como doctrina por los partidos de izquierda. Por otra parte expre siones como “la suprema dignidad del hombre”, “la infalibilidad de la voluntad gene ral” y otras semejantes tienen acogida en los discursos políticos e incluso en los textos legales. Con todo sigue siendo cierto que la filosofía política de las grandes obras se mantiene en un nivel de generalidad y abstracción que las aleja de las luchas partida rias en las que los políticos se enzarzan. Caso distinto es el de la llamada ideología política que viene a situarse a medio camino entre la filosofía y la práctica. El discurso de los políticos suele ser una mez cla de descalificación de los adversarios y elogio de la actividad propia, en la que sólo de vez en cuando aparece alguna referencia a los principios y a las “grandes” ideas. Pero, como Michels observó, los partidos y grupos que participan en la lucha por el poder necesitan algún tipo de “fórmula” o justificación de su actividad. Para ello uti lizan el “programa”, especie de contrato social que ofrecen a los electores y también algún documento más elaborado, que suele llamarse “programa básico” o “máximo” y que contiene una serie de argumentos y razones justificativas de las pretensiones políticas del partido o grupo. Es el programa que contiene la doctrina del partido, su 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 19 análisis de la realidad, los valores que defiende y los medios que quiere poner en práctica para alcanzarlos, pero sin descender a las cifras y acciones concretas reserva das para el programa electoral. Pues bien ese programa básico tiene bastante que ver con la filosofía política de la que a veces no resulta fácil distinguirlo. La distinción es más bien formal: la obra filosófica, aparte de ser unipersonal y no colectiva como suele ser el programa, se distingue por la variedad de argumentos y por la densidad de los mismos. Suele ser obra destinada a la lectura y la meditación y no una invita ción a la acción al servicio de los intereses de un grupo o partido. Aunque en defini tiva ambas lo estén , la una está más vinculada con la praxis que la otra. Lo que tiene que ver, por cierto, con la llamada independencia del intelectual. La filosofía política es la obra de algún escritor que, aunque sabe que puede ser utilizado en las luchas políticas, escribe a título personal y no al dictado de ningún grupo o partido. Ni Montesquieu, Rousseau, ni Marx estarían probablemente de acuerdo con los manejos y mezquindades de quienes se consideraran sus seguidores. La filosofía también se distingue de la ciencia política, aunque como es obvio se relacione con ella. Dijimos que la filosofía trata de delinear la estructura de una socie dad justa; su actividad es preferentemente valorativa. Pero claro es que junto a las valoraciones encontramos en las obras de filosofía política numerosas observaciones y descripciones de la realidad, como pudiera ser la famosa distinción entre monarquía, aristocracia y democracia o el análisis de las causas de la decadencia de los regíme nes, que ya se encuentran en Platón y Aristóteles. Y es por esta actividad descriptiva, generalmente basada en la observación directa del autor, por donde la filosofía se aproxima a la ciencia. Pues ésta trata de conocer, describir y explicar, la realidad política, aunque inevitablemente esta actividad esté teñida de valoraciones. Mucho de lo que dijo la ciencia, en este como en otros cam pos, había sido anticipado por la filosofía. Aristóteles, Hobbes, Maquiavelo, Montesquieu y tantos otros, fueron grandes científicos de la política, o al menos pre cursores de la ciencia aunque también fueran filósofos, quizás porque una actividad puramente valorativa no sea posible, si no va entreverada con la observación de la realidad o apoyada en ella. De la construcción de un modelo de sociedad justa tratan las obras recogidas y resumidas en este libro. Como cualquiera que conozca mínimamente la realidad po lítica sabe, entre ellas no hay ni puede haber unanimidad. Son la obra de pensadores individuales, casi siempre geniales, que expusieron y trataron de fundamentar su idea de la justicia. En todas ellas hay preferencias valorativas, explícitas o no, pero clara mente perceptibles, preferencias que, en mi opinión ciertamente discutible, obedece a lo que Chevalier llama la “sed” del autor, su deseo o su voluntad más bien que a su razón. En cuanto expresión articulada de pensamiento claro es que son obras raciona les y a veces bellas, pero sus supuestos últimos no vienen, me parece, de la razón sino, como Hume decía, del corazón. Con lo que formulamos una opinión relativa a una pregunta que antes habíamos dejado abierta. 

20 LUIS GARCÍA SAN MIGUEL Apenas hace falta recordar lo que es de sobra sabido: que la civilización de la antigua Grecia contiene, en germen, todas o casi todas las ideas de que nosotros vivi mos. Desde entonces, también esto es sabido, ha habido grandes avances en el terre no de las ciencias exactas y experimentales, pero todo, o casi todo lo que pensamos sobre el mundo, su origen y su final, sobre el sentido de la vida y sobre la sociedad y el mejor modo de organizarla, fue anticipado por los griegos. Cierto que el cristianismo aportó una forma nueva de religiosidad; pero no menos cierto que su visión del mundo no es muy diferente de la expresada por Platón, para el que la auténtica realidad estaba en el mundo de las ideas, presididas por la del Bien que ya preludia al Dios del cristianismo. La imagen de otra vida en la que seremos juzgados por nuestra conducta en esta, se encuentra también en Platón. Lo que posiblemente, como también se ha dicho, constituya la mayor innovación del cristianismo es la idea de un Dios unipersonal, creador del mundo de la nada y del hombre a su “imagen y semejanza”. Pero sea lo que sea de las posibles aportaciones del cristianismo a la filosofía, es lo cierto que, en el campo que ahora nos interesa, el de la filosofía política, casi todo ha sido anticipado por los grandes autores de la Gre cia clásica. Allí nos encontramos con una exposición y defensa del régimen democrático en la oración fúnebre de Pericles (siglo V a.C.) en honor de los caídos, que nos ha sido transmitida por Tucídides; con la idea de la igualdad natural de los hombres, defendi da por el sofista Antifón; la crítica de la democracia, en la República de los Atenienses; explicaciones sociológicas del origen del Derecho en Trasímaco y Caliclés, que a la vez justifican el dominio de los fuertes; consideraciones de relacio nes interestatales en Isócrates. Todas las grandes opciones que se ofrecen a los hom bres de todas las épocas ya están planteadas allí: democracia-dictadura; aristocratismo-igualitarismo; jusnaturalismo-positivismo; belicismo-pacifismo; religosidad-ateísmo, etc. etc. Cuando nos dejamos absorber por los problemas del presente solemos perder de vista que problemas similares se presentaron ante los antiguos y que nuestras soluciones fueron anticipadas por ellos. Lo que cambian, a menudo, son las formas, tanto de los problemas como de las soluciones. Lo que cam bia es el lenguaje, las referencias personales y espacio-temporales. Nadie habla ahora de la guerra del Peloponeso pero es fácil apreciar que los problemas con que hoy nos enfrentamos: la unión europea, la guerra fría no son, en el fondo, diferentes de aque llos con que se enfrentaban los antiguos. Y hoy como ayer sabemos que en el campo de la política no hay soluciones unánimemente aceptadas, que toda solución es sec taria, en el sentido literal del término y que la unanimidad es rara y, cuando se produ ce, es impuesta por la fuerza. Lo dijo bien Hayek, en su Introducción a los Fundamentos de la Libertad (Ed. Centro de Estudios sobre la Libertad, Buenos Aires, 4ª. edición, por Unión Editorial, Madrid, 1982): “Para que las viejas verdades mantengan su impronta en la mente humana deben reintroducirse en el lenguaje conceptos de las nuevas generaciones. 

FILOSOFÍA POLÍTICA. LAS GRANDES OBRAS 21 Las que en un tiempo fueron expresiones de máxima eficacia, con el uso se gastan gradualmente, de tal forma que dejan de tener un significado definido. Las ideas fun damentales pueden tener el valor de siempre, pero las palabras, incluso cuando se refieren a los problemas que coexisten con nosotros, ya no traen consigo la misma convicción; los argumentos no se mueven dentro de un contexto que nos sea familiar y raramente nos dan respuesta a los interrogantes que formulamos. Esto quizás sea inevitable, porque no existe una declaración de ideas tan completa que satisfaga a todos los hombres. Tales declaraciones han de adaptarse a un determinado clima de opinión y presuponen mucho de lo que se acepta por todos los hombres de su tiempo e ilustran los principios generales con decisiones que les conciernen” (pág. 19). La República platónica y la Política aristotélica, pese a bastantes ingenuidades y al tributo que pagan a las ideas aceptadas en su época, constituyen, en mi opinión, las dos grandes creaciones de la filosofía política de todos los tiempos y la base en que se asientan las construcciones posteriores. Casi todos los análisis y argumentos que aparecen en las diferentes ideologías tienen su antecedente en las dos grandes obras de la antigüedad clásica, quizás con la importante excepción de los derechos huma nos, cuya formulación aparece vinculada al liberalismo posterior. Platón y Aristóteles son los primeros exponentes de los principios del autoritarismo y el autogobierno res pectivamente.

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