martes, 14 de julio de 2026

ESCRITOS SOBRE LIBERACIÓN Y SURREALISMO HERBERT MARCUSE

 


Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Leandro Sánchez Marín Universidad de Antioquia En memoria de Jairo Escobar Moncada y en reconocimiento de la profunda huella que ha dejado en mi conciencia.

 En su famoso ensayo sobre el surrealismo, Walter Benja min (2025) caracteriza a esta corriente intelectual como “un delgado arroyuelo alimentado por el húmedo aburri miento de la Europa de la posguerra y por los últimos re gueros de la decadencia francesa” (p. 57). Con ello quiere señalar que el surrealismo es producto de un tiempo de crisis; una crisis no solo política, sino también intelectual. 

 La imagen del arroyuelo además le sirve para dar un golpe a los “sabelotodo” que quieren agotar la explicación sobre el origen del surrealismo a partir de discursos trillados y esquemáticos: estos sabelotodo “son algo así como una reunión de expertos que, junto a una fuente, llegan tras ma duras reflexiones a la convicción de que el pequeño arro yuelo jamás impulsará turbinas” (Benjamin, 2025, p. 57). Tomando distancia de estos expertos, Benjamin puede ver con agudeza que el surrealismo puede desplegar su fuerza no solo como una tendencia del arte entre muchas otras, sino como un movimiento artístico revolucionario en pleno derecho. Lo que André Breton y su grupo ha logrado poner en marcha es la posibilidad de “empujar” la vida 9 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica literaria “hasta los límites más extremos de lo posible” (Benjamin, 2025, p. 58). En el surrealismo, el desarrollo del lenguaje “tiene la preferencia” y a partir de ello se entiende que solo vale la pena vivir la vida allí donde “el umbral entre la vigilia y el sueño quedaba desbordado como por el paso de imágenes agitándose en masa” (Benjamin, 2025, p. 58). Para Benja min, el surrealismo habla de experiencias. Su disposición es literaria y no científica; artística y no teórica. 

No se debe considerar que la decadencia de la cual surge el surrea lismo es un asunto de inmediatez, pues las experiencias de las que habla el movimiento “de ningún modo se reducen al sueño, a las horas dedicadas al opio o hachís. Es un gran error pensar que solo conocemos de las ‘experiencias su rrealistas’ los éxtasis religiosos o los éxtasis de las drogas” (Benjamin, 2025, p. 59). La consideración prejuiciada que solo ve la relación en tre surrealismo y alucinación a través de las drogas des cuida el hecho de que su talante materialista está conec tado con su “iluminación profana”, la cual, si bien no re niega del hachís, no por ello construye a su alrededor una iluminación narcótica. Sin embargo, Benjamin parece exi gir mucho más al surrealismo. Le insta para que esté a la altura de esa iluminación profana, pues, al parecer, su im pulso revolucionario encuentra ciertos límites, en medio de los cuales su “virtud revolucionaria” más importante coincide con “vivir en una casa de cristal” (Benjamin, 2025, p. 60). Pero, incluso en medio de esta situación, Breton lo gra encontrar algunas “energías revolucionarias” en todo lo que es “anticuado”, en lo ruinoso de la ciudad, de las cosas, y en todo aquello que manifiesta las huellas del paso del tiempo: Nadie mejor que estos autores puede dar una idea tan exacta de cómo esas cosas están con respecto a la 10 Leandro Sánchez Marín revolución.

 Nadie, con anterioridad a estos visionarios e intérpretes de los signos, se había percatado de cómo la miseria, y no solo la social, sino la arquitectónica, la mise ria del interior, así como las cosas esclavizadas y que es clavizan, se convierten en nihilismo revolucionario (Ben jamin, 2025, p. 61). Este nihilismo encuentra en la libertad un concepto ra dical, pues los surrealistas se contraponen a la considera ción liberal de la libertad, en la medida en que liquidan “el esclerótico ideal moralista” de la misma. 

“Ganar las fuer zas de la embriaguez para la revolución” se transforma en programa surrealista (Benjamin, 2025, p. 68). El camino re volucionario del surrealismo se debe transitar entonces de manera tal que pueda enfrentar los síntomas del nihilismo: “organizar el pesimismo”, que significa “expulsar fuera de la política la metáfora moral y descubrir en el ámbito de la acción política el ámbito de las imágenes de pura cepa” (Benjamin, 2025, p. 70). Al igual que Benjamin, para Theodor Adorno, no hay relación de identidad inmediata entre surrealismo y psi coanálisis. Las interpretaciones que sugieren que ello es así, se equivocan plenamente, pues no hay una correspon dencia precisa entre las teorías psicoanalíticas y el arte su rrealista en el sentido de una traducción desde la rígida teoría hacia la plasticidad artística. No hay un puente que conecte de manera mecánica a estas dos tendencias. El su rrealismo no pretende hacer ilustraciones del psicoanálisis: Si el surrealismo no fuese en realidad más que una colec ción de ilustraciones literarias y gráficas de Jung o hasta de Freud, no meramente duplicaría de manera superflua lo que la teoría misma enuncia en lugar de revestirla de metáforas, sino que además sería de una inocuidad que apenas dejaría margen para el scandal al que el surrealismo aspira y que constituye su elemento vital (Adorno, 2003, p. 99). 11 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica

 Por lo tanto, no hay una “representación” de los sueños en el arte surrealista, ya que ello implicaría un ejercicio de traducción ingenua, cuando no peligrosa, de las doctrinas que el psicoanálisis ha establecido. No es interés del su rrealismo retratarlas, ni tampoco agotar el sentido de las situaciones inconscientes a través del arte. “Las creaciones surrealistas son más que meramente análogas al sueño, en la medida en que derogan la lógica habitual y las reglas de juego de la existencia empírica” (Adorno, 2003, p. 100). La mediación necesaria entre psicoanálisis y surrealismo es el lenguaje; el lenguaje en el sentido de su expresión artística. Los surrealistas no querían ofrecer meras copias de otras tendencias, ni tampoco copias de la realidad, se esforzaban por mostrar los límites de un mundo donde lo racional no se distingue de lo irracional y donde la afirmación de la moral es la afirmación de lo catastrófico. La tarea de la teo ría crítica, en su compromiso teórico con la denuncia del sufrimiento, es afín al surrealismo precisamente en su in sistencia en mostrar la crisis de sentido del mundo contem poráneo. 

Así pues, eludir la sistematización racionalista es un mérito del surrealismo. Y es por ello por lo que “en las ruinas del mundo del surrealismo no sale a la luz el en sí del inconsciente. Si se los juzgara por su relación con éste, los símbolos resultarían con mucho demasiado racionalis tas” (Adorno, 2003, p. 100). El surrealismo ofrece una con moción de la realidad, invierte y subvierte los sentidos de lo que se considera normal, natural y racional. La ausencia de libertad en medio de las condiciones de explotación y control del mundo contemporáneo hacen parte de su avan zada subversiva: “las imágenes dialécticas del surrealismo lo son de una dialéctica de la libertad subjetiva en la situa ción de falta de libertad objetiva” (Adorno, 2003, p. 102). En algunos de sus comentarios sobre el surrealista Louis Aragon, Herbert Marcuse plantea que el contexto de producción intelectual donde tiene lugar la obra de este 12 Leandro Sánchez Marín artista se encuentra sometido a la lógica de la integración. Para Marcuse, las expectativas de la actividad intelectual en su compromiso con la liberación y la denuncia de un orden social malogrado permanecen en un cierto estado de impotencia. La forma de vida imperante, bajo las dinámi cas del totalitarismo, hace que sea cada vez más difícil en contrar espacio para el despliegue alienante del arte y, de este modo, la intelectualidad extiende su crisis hacia domi nios donde antes se encontraba la creatividad en situación de resistencia, cuando no de renuncia y respuesta. 

En pa labras de Marcuse (2019), esta crisis es el resultado de un proceso donde “las fuerzas revolucionarias que fueron producidas para la libertad están siendo asimiladas al sis tema global de control monopolista” (p. 251). De esta ma nera, el fortalecimiento de los mecanismos de control, su refinamiento y funcionalidad, hace que la tarea de la crítica se vea repelida de manera constante, al considerarla fuera de lugar o simplemente demasiado exagerada frente al ob jeto al cual direcciona sus reclamos. El arte, que siempre ha desplegado su potencialidad crítica, bajo esta crisis de sen tido y ante una recepción afirmativa de sus creaciones, se encuentra devaluado y algo indefenso frente al poder del pensamiento positivo: Todas las críticas son absorbidas fácilmente por el sistema al que se acusa. La revelación de los campos de concentra ción, de la liquidación continua de las fuerzas antifascistas alrededor del mundo produce bestsellers o películas de éxito. El arte revolucionario se convierte en la moda y en clásico. El Guernica, de Picasso, es una pieza de museo ve nerada (Marcuse, 2019, p. 252). 

 Podemos deducir de este contexto que la articulación del potencial crítico del arte y el despliegue del pensa miento negativo, que supone un rechazo de los modos de vida basados en la explotación, la violencia y la injusticia, ahora pierde terreno en relación a la comercialización y 13 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica estandarización de las obras, pues en su devenir mercancía y objeto de consumo se crea un amplio margen para que se pueda establecer una relación ingenua, cuando no decidi damente basada en la mala fe, de quienes se presentan a la contemplación del sentido crítico para reconfigurarlo y amputar sus momentos más punzantes. La domesticación del arte es el resultado del proceso de estandarización to talitario al que asisten las sociedades del siglo XX y princi pios del XXI. Amplios medios de difusión que parecen de mocratizar el acceso al arte sirven de artilugio para solapar la inmediatez con la cual es común hablar y pensar hoy en virtud de una cierta formación intelectual, la cual no es más que la posición esnobista de quien afirma la superfi cialidad en detrimento de las exigencias y dificultades pro pias de toda interacción con las creaciones artísticas. 

 No obstante, el surrealismo, según el mismo Marcuse, mantiene la capacidad de cuestionamiento de lo dado que ubica entre los movimientos de avanzada contra las ten dencias capitalistas. Para Marcuse (1969), por ejemplo, “la tesis surrealista, de acuerdo con la cual el poeta es el incon formista total, encuentra en el lenguaje poético los elemen tos semánticos de la revolución” (p. 39). Y es precisamente, en este contexto de lucha contra la realidad afirmativa, donde la negatividad exige una renovación; atacar lo polí tico mostrando sus propios límites es el resultado de la re volución surrealista, para Marcuse (2019) esto implica que “lo político está siendo despolitizado y de este modo se convierte en lo político verdaderamente. El arte y la polí tica encuentran su común denominador” (p. 257). Las si militudes con la idea de Benjamin (2003) según la cual “a la estetización de la vida política que promueve el fas cismo” se debe responder “con la politización del arte” (p. 127) son aquí evidentes. 

Sobre esta misma discusión vol verá Marcuse cuando tenga una particular forma de 14 Leandro Sánchez Marín correspondencia con el grupo de los surrealistas de Chicago en la década de 1970 (Rosemont, 1989, Susik, 2024). En un reciente trabajo, Bruna Della Torre (2025) ha ex plorado la relevancia de Elisabeth Lenk en medio de las conexiones entre surrealismo y teoría crítica. Lenk, quien fue estudiante de Adorno en Frankfurt, se mudó a París en 1962, donde asistió a las clases de Foucault, Derrida y Barthes, y además se sumó al círculo de los surrealistas, donde conoció a Breton. En una carta a Adorno del 5 de mayo de 1963, Lenk (2015a) le comenta que, más allá del ambiente del grupo de los surrealistas, la “personalidad de Breton” le ha causado “una impresión extraordinaria” (p. 69), tanto que se ha decidido por comenzar un estudio ri guroso de la historia del surrealismo. En este contexto, se gún Della Torre (2025), Lenk fue “una de las primeras en reunir la teoría crítica francesa con la alemana” (p. 179). En sus estudios sobre el surrealismo, Lenk (2015b), al igual que Marcuse, también trata la figura de Aragon. Dice de él que “utiliza el concepto de modernidad como una forma de dar una definición objetiva al campo en el que se inscriben los hechos ideales, aquellos que provocan un es calofrío” (p. 188). Quizás esta forma de confrontación es la que llame la atención de la teoría crítica, pues allí se pue den encontrar vías de conexión posible entre tendencias. Hay una insistencia en la fuerza de la imaginación que abre la dimensión de la utopía, aunque no de manera román tica, sino de forma tal que la perplejidad es lo que define su apertura: “Aragón guía y seduce en nombre de la ima ginación. Su imaginación es soberana. Tiende a crear un flujo constante de perspectivas falsas y luego deja al lector perplejo ante un muro. Estos bruscos despertares son in tencionados” (Lenk, 2015b, p. 188). 15 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica 

 Incluso siendo conscientes de los riesgos de agudizar las formas de la imaginación, los surrealistas apostaban por ella: “no ha de ser el miedo a la locura el que nos obli gue a poner a media asta la bandera de la imaginación” (Breton, 2001, p. 22), pues “un revolucionario sueña como otro hombre, tiene momentos en que se ocupa de sí mismo solamente, sabe que de cuerdo puede uno volverse loco” (Breton, 1978, p. 89), aunque ello no quiere decir que debe existir una entrega total al mundo de la locura, sino enten der que “el surrealismo no produce poesía al borde del irracionalismo, hipóstasis del inconsciente, o de la mercan tilización, sino más bien una protesta contra el mundo so breracionalizado” (Della Torre, 2025, p. 182). Teniendo en cuenta estos desarrollos, el diálogo entre el surrealismo francés y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt revela una afinidad profunda que trasciende sus diferencias de método y lenguaje: ambos proyectos inten taron liberar al sujeto de las formas de racionalidad que lo someten, ya fuera a través del estallido imaginativo del in consciente o de la denuncia de la razón instrumental. En las reflexiones de Marcuse, Benjamin y Adorno se percibe una tensión productiva entre lo dado y su crítica materia lista, mientras que la recuperación que hace Lenk de sus categorías muestra la continuidad de un legado que sigue interrogando las condiciones de la emancipación. Lejos de ser corrientes opuestas, surrealismo y teoría crítica apare cen de esta manera como dos modulaciones de una misma inquietud política y estética del siglo XX: la búsqueda de una experiencia no alienada en la que arte, pensamiento y transformación social puedan tener un punto de conver gencia. 16 Referencias Leandro Sánchez Marín Adorno, Th. W. (2003). Retrospectiva sobre el surrealismo. Notas sobre literatura. Ediciones Akal, 99-103. Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su repro ductibilidad técnica. Editorial Itaca. Benjamin, W. (2025). El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea. Iluminaciones. Taurus Edicio nes, 57-72. Breton, A. (1978). 

Los vasos comunicantes. Editorial Joaquín Mortiz. Breton, A. (2001). Manifiestos del surrealismo. Editorial Argonauta. Della Torre, B. (2025). Elisabeth Lenk, Theodor W. Adorno y las vanguardias. Engelmann, C. et al. (Comps.). En las sombras de la tradición. Una historia de la Escuela de Frank furt en perspectiva feminista. Eterna Cadencia Editora, 175-194. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015b). Sense and Sensibility: Afterword to Louis Aragon’s Paris Peasant. The Challenge of Surrealism. The Correspondence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press, 187-196. Marcuse, H. (1969). Un ensayo sobre la liberación. Editorial Joaquín Mortiz. Marcuse, H. (2019). Algunos comentarios sobre Aragon. Arte y política en la era totalitaria. Guerra, tecnología y fascismo. Ediciones Godot, 251-267. Rosemont, F. (1989). Herbert Marcuse and Surrealism. Ar senal, 4, 31-38. 17 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Susik, A. (2024). El surrealismo de Chicago, Herbert Mar cuse y la afirmación de la “viabilidad presente y futura del surrealismo”. Sánchez, L. & David Giraldo, J. S. (Eds.). Unidimensionalidad y teoría crítica. Estudios sobre Herbert Marcuse. Ennegativo Ediciones, 313-351. 18 Lenguaje y sociedad tecnológica1 La comunicación en y sobre las acciones, relaciones e insti tuciones cotidianas suele ser “no controvertida”: da las co sas por sentadas. El mundo es como es, y uno tiene que aceptarlo; los proyectos y esfuerzos ordinarios no lo cues tionan ni lo trascienden fundamentalmente; tienden a apuntar a la reestructuración; solo en situaciones de emer gencia se reactiva la función apofántica2 del lenguaje, cuando el estado normal se rompe o se quiebra. Pero el grado en que la función apofántica permanece viva en el universo del discurso cotidiano es posiblemente un indica dor del alcance real de la libertad de pensamiento en una sociedad determinada. 

La libertad de pensamiento es tam bién libertad de expresión, en el sentido de que el hablante debe poder comunicar ideas que contradigan o trascien dan la opinión establecida, no por ninguna connotación poética o personal, sino por un contenido sobrio y realista. Esta comunicación y modo de expresión inconformistas presuponen un espacio discursivo abierto en el que el sig nificado de los términos clave no está predeterminado por su referencia a un conjunto de condiciones, eventos y rela ciones específicas. Así, por ejemplo, la “libertad de 1Este texto se publicó con el título “Language and Technological So ciety” en: Dissent, 8, 1961 (N. del T.) 2El término alude a una función de una conciencia esencialmente pre tecnológica. El mundo no se experimenta como un objeto neutral de transformación y dominación, sino como un cosmos con su propia ver dad y estructura. Los modos de pensamiento de esta conciencia revelan e ilustran la verdad y la falsedad, lo correcto y lo incorrecto, como con diciones ontológicas. 19 Lenguaje y sociedad tecnológica pensamiento y de expresión” debe entenderse no solo en términos de la garantía constitucional y el ejercicio efectivo de esta libertad, sino también como la posibilidad y la ca pacidad de pensar de forma independiente, como la con ciencia y el conocimiento de la diferencia entre los intere ses individuales y sociales, entre los objetivos humanos y nacionales; en otras palabras, el concepto debe entenderse junto con la negación de su contenido dado. La función apofántica de la comunicación se manifiesta en la capacidad del lenguaje, en su uso actual, para trans mitir conceptos e imágenes cualitativamente diferentes de aquellos asociados a las condiciones y posibilidades exis tentes, para desvelar no solo lo que es, sino también la pre sencia de lo que no es, revelando así la negatividad de lo positivo. En la unidimensionalidad de la civilización tec nológicamente avanzada, la función apofántica experi menta un declive y, en consecuencia, el lenguaje tiende a adaptarse a las exigencias del statu quo.

 El lenguaje como medio de expresión es creado por empresas privadas e ins tituciones estatales, por expertos pagados, artistas, repre sentantes de prensa, etc. Cuanto más importante se vuelve la maximización de beneficios en la producción, más apre miante es la necesidad de manipular las necesidades, más depende de la hipnosis colectiva y la autosugestión, más se desvanece la distinción entre la “ética” de los negocios y la del mundo criminal, entre ventas y fraude, entre pro moción y envenenamiento, entre verdad y mentira, sen tido y sinsentido. Mientras que el aumento de los costos de la expansión empresarial determina cada vez más la es tructura de la economía, esta economía —junto con sus ab surdos excesos— se vuelve cada vez más beneficiosa y ra cional. Nos proporciona comodidad y lujo tanto material como cultural, y embellece nuestra vida cotidiana. 

Por lo tanto, el economista la defiende con razón: 20 Herbert Marcuse …gran parte de las críticas a la hiperactividad de las ven tas y la publicidad en la economía estadounidense —de lo que la economía se preocupa más que de cuestiones de gusto o si las vallas publicitarias afean el paisaje— pasan por alto lo crucial… El crecimiento de nuestra actividad comercial es la contraparte de nuestra abundancia compa rativamente grande. Gran parte de esto inevitablemente resulta en un alto grado de bienestar, tal vez incluso con duzca al despilfarro, pero este despilfarro existe solo por que la sociedad es demasiado complaciente como para sentirse ofendida por él3. Y cuanto más permite la creciente productividad de la sociedad industrial prescindir de este tipo de racionalidad, más se afianza la tendencia a mantener el statu quo. La fór mula de Hegel, que al menos en parte tenía un tono iró nico, encuentra ahora su reformulación adecuada: “Lo irracional es real, y lo real es irracional”. Nuestro lenguaje cotidiano ofrece una riqueza inagota ble de expresiones para esta situación. 

El argot y el len guaje coloquial rara vez han sido tan creativos, como si la persona común (o quien la habla anónimamente) estuviera afirmando su humanidad en este discurso contra los pode res establecidos, como si la resistencia y la revuelta, repri midas por la política, estallaran en un vocabulario que llama a las cosas por su nombre: head-shrinker, egg-head, boob-tube, think-tank, etc.). Por otro lado, el lenguaje coti diano aún se ve controlado por los lemas de una cultura superior: como la dignidad del individuo, los derechos hu manos inalienables o la filosofía de la democracia, etc. Pero los laboratorios de los servicios de defensa y asesoría, los encargados de la gestión del tiempo, los expertos en efi ciencia y los asesores políticos (que dan el toque final a los líderes) hablan un idioma distinto y, por ahora, parecen te ner la última palabra. Y desde estos centros de 21 3John K. Galbraith, American Capitalism, Harmondsworth, 1952, p. 96. Lenguaje y sociedad tecnológica organización y manipulación, la palabra hablada se trans mite al discurso y al comportamiento del público en gene ral. La palabra así transmitida determina y organiza, obli gando a las personas a comprar y aceptar lo que se les ofrece, forzándolas a identificarse con las tareas asumidas en la sociedad establecida, para compensar, en última ins tancia, toda frustración en los ámbitos (igualmente organi zados y controlados) del ocio y la relajación. El resultado es una atrofia total de la comunicación o su ritualización. El lenguaje limita y sella el significado de las palabras, fi jando no solo su valor, sino también su función dentro de un estrecho marco de comportamiento, eliminando toda trascendencia. 

Elementos como la autonomía, el cuestiona miento y la reevaluación desaparecen en favor del etique tado fijo, la imitación, la repetición y la aceptación; la co municación se impregna de elementos mágicos, autorita rios y rituales. Intentaré presentar algunos de ellos y mos trar su relación estructural. Lo que parecen tener en común es la tendencia hacia la funcionalidad del lenguaje; esto puede servir como punto de partida para el debate. La funcionalidad del lenguaje es importante para el dis curso tecnológico y científico. Según Stanley Gerr, esto sig nifica la racionalización del vocabulario a través de térmi nos funcionales u operacionales como las “características más importantes de nuestro lenguaje científico en desarro llo”4. Gerr deriva su idea del principio de que “un proceso operacional para una ciencia tecnológica existe solo si se dispone de un dispositivo (una herramienta, un meca nismo, un instrumento o aparato) para llevar a cabo el pro cedimiento; del mismo modo, los procesos o propiedades físicas existen solo en la medida en que pueden medirse, es decir, si se dispone de un dispositivo de medición”5. De 4Stanley Gerr, “Language and Science” en: Philosophy of Science, 1952, p. 151. 5Ibid., p. 156. 22 Herbert Marcuse ello se deduce que una herramienta o instrumento es “idéntico” a partes de su función, y que “ningún proceso operativo es concebible sin el mecanismo que lo lleva a cabo”. 

Para Gerr, esta visión del lenguaje científico y la tec nología conduce a la “tendencia a equiparar las cosas con sus funciones” o, en términos lingüísticos, a “entender los nombres de las cosas simultáneamente como una indica ción de su funcionamiento, y asimismo los nombres de las propiedades y los procesos como una referencia simbólica al aparato que los demuestra o produce”6. La cuestión de si este operacionalismo lingüístico ex tremo es característico del lenguaje científico actual no es relevante en mi contexto; utilizo los argumentos de Gerr únicamente para ilustrar el declive de la comunicación apofántica en el lenguaje publicado de nuestra época. Una de sus características es la tendencia a alinear palabras y conceptos o, mejor dicho, el concepto tiende a absorber la palabra: el primero no tiene otro contenido que el que la palabra denota en el uso publicado y estandarizado, y la palabra no espera otra respuesta que un comportamiento estandarizado públicamente. La palabra se convierte en un cliché y, como tal, domina el habla y la escritura; la comu nicación, por lo tanto, impide un desarrollo genuino del significado. Pero también es evidente que cada idioma contiene innumerables términos que no requieren un desa rrollo de su significado, como aquellos que denotan obje tos y contenidos de la vida cotidiana, la naturaleza visible, las necesidades vitales y los deseos.

 Estos términos se com prenden generalmente de inmediato, de modo que su apa rición evoca una reacción (lingüística o relacionada con la acción), según el contexto pragmático en el que se pronun cian. 23 6Ibid. Lenguaje y sociedad tecnológica La situación es muy diferente con respecto a aquellos términos que designan contenido más allá de estos contex tos no controvertidos. Las frases autovalidantes y estricta mente analíticas que aparecen como nodos en el espacio del discurso público poseen connotaciones estrictamente no analíticas y políticas; son como fórmulas mágico-ritua les que se inculcan una y otra vez al receptor, encajándolo adecuadamente en el círculo de condiciones ya estableci das. Oriente y Occidente presentan tendencias similares. Así, desde un punto de vista analítico, “libertad”, “igual dad”, “democracia” y “paz” constituyen un conjunto espe cífico de predicados o atributos que, ya sean expresados oralmente o por escrito, parecen inmutables. En Occidente, estos términos se entienden como economía de libre mer cado, opinión pública, disuasión suficiente, elecciones li bres e individuo; en Oriente, se asocian con el gobierno de los obreros y campesinos, el socialismo, la abolición del an tagonismo de clases, etc. En ambos lados, transgredir estos estrechos límites analíticos se considera un error o propa ganda, si bien los medios para imponer la verdad y el grado de castigo difieren considerablemente. 

 En este universo del discurso público, el lenguaje se mueve entre sinónimos y tautologías y nunca alcanza el ni vel de diferenciación cualitativa. La estructura analítica aísla los sustantivos de sus negaciones, cuyo concepto con siste en una oración sintética, como la negación de paz en la definición oficial de paz, la negación del individuo en la definición oficial de individualidad, y así sucesivamente. En un mundo así, la identificación de las cosas con sus funciones implica la identificación de estas con su función en la sociedad, y cuando esta identificación se refiere al propio ser humano, puede ser un procedimiento muy res trictivo e incluso destructivo: si bien tiene la ventaja de brindar certeza, también conlleva la pérdida de la libertad de pensamiento. 24 Herbert Marcuse La estructura analítica y funcional del discurso público apunta al nuevo papel del cliché. De hecho, el cliché es uno de los componentes más antiguos del discurso público, y especialmente del lenguaje político. La creciente transfor mación de conceptos en clichés va de la mano del debilita miento de la oposición política en una sociedad industrial altamente desarrollada: a medida que se suprimen o aban donan las aspiraciones alternativas, el conocimiento esta blecido se arraiga y se vuelve inmune a los cambios cuali tativos. El debilitamiento de la oposición, que en ningún caso es resultado de un régimen terrorista, constituye, por tanto, el nuevo elemento. Las grandes ideas liberales de la era moderna culminaron en mejores condiciones de vida y mayores expectativas; todo lo demás pertenecía al pasado. 

 Dado que los nuevos desarrollos alternativos se ven des vinculados de su base material por la implementación ac tual de estas ideas, y puesto que la vida política también está sujeta a este cambio cualitativo, pierden su “exce dente” de significado, ese elemento no analítico que les permitiría aparecer en oraciones y juicios sintéticos. Las ideas se osifican en sustantivos “autosuficientes”; su con creción (su significado “funcional”) es simplemente un signo de su petrificación. El prototipo de este lenguaje es, por supuesto, la publi cidad. Aquí, la forma sintáctica de la oración es la tautolo gía per dictum: El producto anunciado es, por definición, el mejor, el más fuerte y el más barato. 

Dado que su razón de ser radica en las ventas (y no en el uso), permanecemos atados a la lógica de las ventas. Los términos son eslóganes y el discurso es propaganda, desprovista de cualquier fun ción apofántica. En última instancia, la economía propor ciona un contexto operativo cerrado en el que las cosas (y las personas) se identifican con sus funciones: instrumen tos de destrucción, así como instrumentos de producción. Uno comprende el significado (=la función) de un nuevo 25 Lenguaje y sociedad tecnológica “submarino de propulsión nuclear equipado con misiles” cuando escucha que esta “arma definitiva” abre la “puerta a una nueva era de grandeza nacional, de poder para la paz nacional [¡sic!]” y tiene un “precio de 123.000.000 de dóla res” (New York Times, 31 de diciembre de 1959, y transmi sión de radio del mismo día). Lo novedoso no son los he chos (incluida la equiparación de la paz con la función de la producción de armas), sino su total comercialización, su total eficacia y su aceptación. El lenguaje funcional revela aquí su elemento mágico, que es también esencialmente político. Tanto en política como en economía, se utiliza sistemáticamente para “esta blecer una imagen” que se adhiere por igual a la mente y al producto, sirviendo para vender personas y bienes que se ofrecen a sí mismos. El discurso y la escritura se agrupan en torno a “líneas de influencia” y “motivadores de la au diencia” que transmiten una imagen, que puede ser “liber tad” o “paz”, o una “buen muchacho”, un “comunista” o “Miss Rheingold”. Se espera que el lector o el oyente los asocie (y lo hace) con una estructura predeterminada de instituciones, comportamientos y objetivos, y que reac cione de una manera predeterminada en consecuencia. 

 No es necesario que esto se muestre explícitamente por escrito o de palabra; el resultado es el mismo. Este tipo de lenguaje es a la vez “intimidación y glorificación”7. Las oraciones tienden a adoptar la forma de órdenes sugeren tes; son más evocadoras que demostrativas; la predicación se vuelve prescriptiva: toda la comunicación tiene un ca rácter hipnótico. Esto se evidencia sobre todo en el len guaje personalizado, que suele presentar elementos y ac ciones superpuestos y 26 estandarizados como 7Roland Barthes, Le Degré zéro de l’écriture, Paris, 1953, p. 33. Herbert Marcuse “específicamente para ti”8. Es tu congresista, tu tramo de carretera favorito, tu farmacia preferida, tu concesionario de coches, tu periódico; está “entregado solo para ti”, “he cho solo para ti”; te invita, etc. Constantemente se insta a las personas sin poder a identificarse con los productos que se les ofrecen, y los políticos les imploran sin cesar que acepten un desafío y se enfrenten a un problema que no les concierne. En los ámbitos más desarrollados de la comunicación funcional y manipuladora, el lenguaje expresa la identifi cación totalitaria de persona y función mediante construc ciones verdaderamente memorables. Time Magazine puede considerarse un ejemplo extremo de esta tendencia. El uso del genitivo posesivo hace que los individuos parezcan meros apéndices o atributos de su entorno, su trabajo, su empleador o su empresa. Se les presenta como “Byrd de Virginia”, “Bough de US Steel”, “Nasser de Egipto”. Una construcción atributiva con guion crea un síndrome fijo: “El gobernador de Georgia, que-lo-puede-todo, de-cejas bajas, moralista y culturalmente filisteo… había creado la semana pasada un escenario para uno de sus salvajes míti nes políticos”. El gobernador, su función, sus características innatas y sus acciones políticas se fusionan en una estructura indivi sible e inmutable que, por su ingenuidad natural e inme diatez, abruma la capacidad intelectual del lector. La es tructura no deja lugar a la distinción, el desarrollo ni la di ferenciación de significados; actúa y existe únicamente como un todo. Si descompusiéramos la estructura en una serie de predicaciones narrativas y demostrativas, tendría mos que describir al gobernador con precisión, comparar 8 Leo Löwenthal, „Biographies in Popular Magazines“ en: Paul Lazarsfeld & Frank N. Stanton (Eds.), Radio Research 1942–1943, New York, 1944, pp. 543ss. 27 Lenguaje y sociedad tecnológica su trayectoria y sus políticas, y rastrear los preparativos para el evento; solo entonces la dudosa identificación de funciones fisonómicas y políticas sería el resultado de sín tesis previas. Sin embargo, tal enfoque no solo requeriría más tiempo y espacio (lo cual es costoso), sino que también alteraría la intención de la formulación al extenderla a otras posibles connotaciones. 

Una frase como “El goberna dor es un político hipócrita y culturalmente inculto […]” conectaría las características individuales del sujeto con las características generales de la clase a la que pertenece: ha ría referencia a algo universal que se omite en la construc ción abreviada. La táctica de la división de palabras con guiones está muy extendida. Por ejemplo, “placa-Bushbrown”, “el pa dre de la bomba-H”, “constructor-de-proyectiles de-an chas-espaldas Von Braun”, “banquete científico-militar”9 o los submarinos “de propulsión-nuclear con dispositivos para-lanzar-cohetes”. Estas construcciones se encuentran con frecuencia, y probablemente no por casualidad, en el ámbito “político-militar”. Términos que denotan ámbitos o cualidades completamente diferentes se integran en un todo fijo e inmutable que se graba en la mente. El efecto, a su vez, es mágico-hipnótico: la reducción de la compleji dad, la congelación de las diferencias cualitativas, produce eslóganes idóneos para lograr los efectos deseados, como apaciguar cualquier oposición y armonizar los opuestos. Así, el amado y temido padre, dador de vida, creó la bomba-H para la destrucción de la vida; la “ciencia-mili tar” se esfuerza por reducir el miedo y el sufrimiento creando miedo y sufrimiento. O, sin el guion, la Academia de la Libertad de Especialistas en la Guerra Fría10 y la “bomba limpia”: una unión de opuestos irreconciliables en 9Las tres citas son de The Nation, 22 de febrero de 1958. 10 Una sugerencia de Life Magazine, citada en The Nation, 20 de agosto de 1960. 28 Herbert Marcuse una armonía de terror. Quienes hablan y aceptan este len guaje parecen ser inmunes a todo, y a la vez receptivos a todo. Este estilo es abrumadoramente concreto. Una “cosa idéntica a su función” es más real que una “cosa distinta de su función”; la expresión lingüística de esta identifica ción (tanto en el sustantivo funcional como en la combina ción abreviada de sustantivo y atributo) genera un voca bulario concreto que contrarresta la tendencia hacia la abs tracción. En comparación con estas construcciones, los sus tantivos no funcionales, el sujeto gramatical y las oraciones demostrativas-narrativas son formas bastante abstractas; expresan la universalidad trascendental del concepto, el “excedente” de su intención sobre el término (la palabra) en el uso actual; por lo tanto, conservan la tensión entre lo particular y el género, que se atenúa considerablemente en la construcción funcional. Según la antigua filosofía de la gramática, el sustantivo es algo que “puede entrar en cierta relación”11, pero no es idéntico a esa relación. Es más, permanece más bien como lo que es, dentro y “contra” esa relación; es su sujeto y cen tro “universal”: la síntesis proposicional vincula la acción (o estado) con el sujeto de tal manera que este último sigue siendo el agente (o poseedor) y, por lo tanto, distinto del estatus o la función en la que aparece. En una expresión como “Cuando pensamos en un ‘rayo’, no solo pensamos en el trueno, sino en el rayo en sí, al que sigue el trueno”, pensamos en un sujeto que “se manifiesta”12. La forma gra matical conserva así la distinción dialéctica entre el sujeto y sus funciones; la oración contiene la negación del hecho dado; conecta lo que sucede con lo que condiciona el 11 Wilhelm von Humboldt, Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaus, Berlin, 1936, p. 254. 12 Ibid., p. 252. 29 Lenguaje y sociedad tecnológica evento y permite al lector u oyente seguir el proceso y re construirlo. 

 La concreción congelada que impregna el universo ma nipulado del discurso también podría denominarse una “concreción desplazada”, desplazada en la medida en que se realiza a expensas de factores reprimidos (y pasados por alto) que alguna vez hicieron de las personas y las cosas lo que son aquí y ahora, y que reescriben esas posibilidades alternativas de la existencia humana. Ciertamente, estas imágenes, que resultan casi mágicas, pueden evocar el pa sado (como un político que recuerda su infancia comiendo deliciosas hamburguesas en la pequeña tienda de comesti bles de su padre, o a los padres fundadores, o incluso a Marx y Lenin); pero tales evocaciones conducen a la supre sión de la historia porque sirven para desdibujar la dife rencia crucial: el niño que ahora devora hamburguesas en la pequeña tienda de su padre desea algún día gobernar uno de los dos Estados más poderosos del mundo, y ni Marx ni Lenin son los precursores históricos de Khrushchev. El lenguaje funcional es un lenguaje ahistórico: la ten dencia a identificar las cosas con su función destruye la gramática metafísica que vinculaba sustantivo-sujeto-sus tancia-esencia, de tal manera que la esencia era siempre el principio primario y constante, el fundamento, la raciona lidad de toda la estructura. Esta metafísica viola la forma lización de la lógica y la gramática, sobre todo al introducir la dimensión del tiempo en estas dos disciplinas: la “esen cia” aparecía no solo como el a priori estructural y cons tante, sino también como el a priori histórico e ilimitado del sujeto. En contraste, la racionalidad tecnológica es una raciona lidad ahistórica y, como tal, puede servir perfectamente a intereses manipuladores, especialmente en una sociedad 30 Herbert Marcuse que ha tomado conciencia del contenido subversivo de una conciencia histórica sin restricciones, así como de la tecno logía para racionalizar dicho contenido. 

No se necesita mu cha imaginación para visualizar la supresión del desarrollo en el universo discursivo funcionalizado mediante la re presión social. Con sus abstracciones y su significado ce rrado, con sus objetivaciones eficientes, este universo libra una gran lucha social contra los peligros de la memoria: La aterradora imagen de una humanidad sin memoria… no es simplemente producto de la decadencia… sino que está necesariamente ligada al progresismo del principio burgués… Economistas y sociólogos como Werner Som bart y Max Weber han asociado el principio del tradicio nalismo con las formas feudales de sociedad y el de la ra cionalidad con las burguesas. 

Pero esto no significa otra cosa que la memoria, el tiempo y el recuerdo son liquida dos por la propia sociedad burguesa progresista como una especie de residuo irracional…13 El análisis previo tuvo como objetivo identificar algunas de las formas en que los controles sociales y políticos pro pios de una civilización tecnológicamente avanzada se tra ducen en lenguaje. El lenguaje no solo refleja estos contro les, sino que se convierte en un instrumento de control, in cluso (y especialmente) cuando transmite información en lugar de órdenes, cuando exige decisiones en lugar de obe diencia, no sumisión sino libertad. Este lenguaje controla mediante la reducción de las formas lingüísticas y sus sím bolos: símbolos de reflexión, abstracción, desarrollo y con tradicción; niega o absorbe el vocabulario trascendente que evoca una dimensión cualitativamente diferente del pen samiento y posibilidades de acción cualitativamente dis tintas. El universo cerrado del discurso tiende a paralizar 13 Theodor W. Adorno, „Wes, bedeutet Aufarbeitung der Vergangenheit?“ en: Bericht über die Erzieherkonferenz am 6. und 7. November in Wiesbaden; Frankfurt, 1960, p. 14. 31 Lenguaje y sociedad tecnológica la expresión de la negación política y, por lo tanto, exige un lenguaje apofántico en el sentido más estricto, un “len guaje de la conciencia” (Roland Barthes): argumentación, comprensión del proceso de mediación en el que los he chos se crean tal como son; distinción entre la cosa y su función, entre el sujeto y su realización; en resumen, el uni verso abierto del discurso en el que se pueden explicar las posibilidades históricas, en el que la contradicción encuen tra su representación lingüística e intelectual adecuada. El lenguaje político refleja con mayor claridad el cierre de un universo político. Por ejemplo, una comparación lin güística de los discursos de Jefferson, Madison y Lincoln, por un lado, y sus sucesores contemporáneos o potenciales sucesores, por otro, podría revelar la osificación de concep tos en clichés, la transformación de afirmaciones persuasi vas en declaraciones hipnóticas, la sustitución de imágenes mágico-rituales por un desarrollo sintético, etc. Dado que el elemento esencial no reside en los aspectos alternativos que constituirían una diferencia cualitativa, encuentra su verdadero propósito en las técnicas alternativas de mani pulación. El progreso implica, entonces, que la realidad tecnológica pone fin a la política como una función sepa rada e independiente, y los problemas políticos se convier ten en problemas tecnológicos. La perversión de una reali dad de crecientes capacidades tecnológicas se evidencia en el hecho de que la función de la política va acompañada por la de las industrias del entretenimiento y la belleza: una combinación fatalmente inmadura. 

Cuando un candi dato al cargo político más alto aparece en el programa de televisión de un popular comediante, está representando la tragedia satírica clásica. Finis tragoediae (fin de la trage dia), pero no es tanto el héroe como el pueblo quien propi cia el sacrificio ritual. La transformación de un universo político abierto a uno cerrado también se evidencia en el desarrollo del discurso 32 Herbert Marcuse comunista desde Marx hasta Stalin. El lenguaje de Marx es un lenguaje altamente cognitivo, también en sus manifies tos: argumenta, demuestra y examina alternativas. En con traste, el lenguaje estalinista ya no es un “discurso”, sino una enunciación autoafirmativa. La función explicativa del discurso desaparece o, mejor dicho, la forma sintáctica de la explicación sirve para comunicar (y oscurecer) un dicta men, decisiones u órdenes. Términos tradicionalmente neutrales (como internacionalismo, cosmopolitismo) se convierten en marcadores incuestionables de lo correcto o incorrecto; su definición separa el bien del mal. “Ya no existe distancia entre nombrar y juzgar; el lenguaje se cie rra por completo, pues en última instancia un valor se da como explicación de otro”. El discurso, por lo tanto, se mueve en tautologías. Ya no se preocupa por explicar los hechos, sino por “la representación de la realidad en for mas preconcebidas”, por las condenas. Por ejemplo, el con tenido objetivo del término “desviado” se “asigna a la ju risdicción penal”. Este tipo de discurso funciona “como una buena conciencia y sirve para crear un acuerdo enga ñoso entre el origen del hecho y su manifestación más re mota”14. Parece que estas características del “lenguaje esta linista” no se limitan a la comunicación terrorista. También aparecen en los “espacios libres” de una sociedad indus trial avanzada que tiende a la conformidad total15. 14 Roland Barthes, Op. Cit., pp. 37ss. 15 Una tendencia similar quedó demostrada en Alemania Occidental por los exhaustivos estudios realizados por el Instituto de Investigación So cial de Frankfurt entre 1950 y 1951. Véase Friedrich Pollock (Ed.), Gruppenexperiment, Frankfurt, 1955, especialmente el resumen “Aspekte der Sprache”, pp. 545ss

lunes, 13 de julio de 2026

EN 10 PUNTOS ORFANDAD Y VACIO EN LA LITERATURA ACTUAL LATINOAMERICANA .

 


EN 10 PUNTOS

ORFANDAD Y VACIO EN LA LITERATURA ACTUAL LATINOAMERICANA .

·  Fin de una constelación: Vargas Llosa era el último gran representante vivo del Boom; su muerte clausura una generación que transformó la literatura latinoamericana en fenómeno mundial.

·  Vacío de autoridad intelectual: más allá de la ficción, Vargas Llosa ejercía como ensayista y pensador público; su ausencia deja un hueco en el debate cultural y político de la región.

·  El Boom como mito fundacional: la generación de García Márquez, Cortázar, Fuentes y Vargas Llosa creó un canon que dio identidad continental; su desaparición marca el fin de esa mitología compartida.

·  Fragmentación del campo literario: sin la figura de Vargas Llosa, el panorama se dispersa en voces múltiples, pero sin un eje articulador que otorgue cohesión continental.

·  La pérdida del puente con Europa: Vargas Llosa fue interlocutor privilegiado entre América Latina y Europa; su muerte debilita ese diálogo cultural y filosófico.

·  El vacío de la novela total: Vargas Llosa defendía la idea de la novela como totalidad, como espejo de la sociedad; hoy predomina la fragmentación y la narrativa breve, dejando un hueco en la ambición literaria.

·  La erosión del intelectual público: su figura encarnaba el escritor que intervenía en política, ética y filosofía; en la era digital, esa voz se diluye entre influencers y opinadores.

·  El silencio de la crítica ritual: Vargas Llosa representaba una crítica literaria con densidad filosófica; su ausencia deja un vacío en el pensamiento que unía estética y ética.

·  El fin de la épica continental: el Boom narró América Latina como territorio mítico y conflictivo; hoy la narrativa se atomiza en lo local, perdiendo la dimensión épica que Vargas Llosa sostenía.

·  La orfandad simbólica: su muerte no solo es biográfica, sino arquetípica: América Latina queda huérfana de un padre literario que encarnaba disciplina, rigor y universalidad.

MELIAN LAFINUR LUIS LAS MUJERES DE SHAKESPEARE

 


Sr. Dr. D. Enrique de Arrascaeta.

 Mi respetable amigo: La intrepidez editorial de D. Andrés Ríus — á quien quedo muy grato por su piadosa tarea, — toma de mi colaboración en los Anales del Ateneo, seis artículos que versan sobre el mismo asunto, y con los cuales, convertidos en otros tantos capítulos, resulta lo que llamaré un libro, desde que por libro tiene el diccionario de la lengua, á una reunión de pliegos cosidos y en cuadernados. Siquiera sea, pues, materialmente, las páginas si guientes constituyen un librito, que he de ofrecer á usted por dos razones: es la primera, que sus me recimientos literarios, sin contar los demás que á usted exornan, le hacen acreedor, no ya á este po bre homenaje de mi aprecio y buena voluntad, sino á otro do mayor valía que rendirle pudiera quien rayase á más altura que yo; es la segunda, quo obligó usted mi gratitud cuando gentilmente quiso vincular con fina dedicatoria mi nombre humilde, á la suerte propicia de su «Colección de poesías americanas ¡>. « Las mujeres de Shakespeare » llamo á la obri ta que dedico á usted, mediante cuyo título á pri mera vista pomposo, no otra cosa, absolutamente ninguna otra, quiero significar, sino con pocas pala bras, la materia sobre qué versan las ligeras páginas que he escrito. Y al osado que me tilde de inmodesto, aun con la advertencia que precede, afírmele usted que los se sos me he devanado por hallar inscripción que me jor cuadrara á la sencillez de mi intento; agréguele asimismo que he procurado con empeño alejar toda sospecha de tiesura que explicarse pudiera sola mente en autores inflamados por auras populares, que no van á henchir mis pulmones, al soplo de la voga de este libro; dígale usted también todo lo que se le ocurra, y como argumento decisivo, que le invente un título para la próxima edición. Atienda usted ahora la historia de mis inquietu des y zozobras: Estudios /. . . me decía yo á solas; eso es, de signaré mi trabajo así: « Estudios sobre Shakes peare. » Pero. . . imposible!; no han sido á fe muy extensos los que recuerde haber practicado, y enga ñaría al público : 110 sé mentir. Además, hace ya mucho tiempo que ha dejado de ser rasgo de plau sible modestia, ponerle á un libro en su primer ho ja, lo de qua se trata de un estudio; que como quien dice nada, Bernardino de Saint-Pierre, Cha teaubriand, Balzac, Renán, y otros estudiantes por el estilo, muy serios han llamado Etudes á algunas de sus peregrinas producciones. Tongo por fuerza, pues, quo renunciar á mis Estudios Shakespearia- nos. A renglón seguido de este fracaso, un momento hubo en que la palabra ensayo se presentó á la mente como tabla salvadora en el naufragio de los títulos de un libro. Ensayo sobre las mujeres de Shakespeare, — lo confieso ingenuamente, — fuó manera de designación que me sonó al oído sin pretensiones, y me sedujo; por cuyo motivo, pres cindiendo con desdén de que Yelisla, en apuro al mío semejante, temió escuchar cerca de sí « que se ensayo ese caballero en su casa», prescindiendo de eso, repito, iba ya á dar aquel título á la imprenta, cuando de pronto me sentí iluminado, y recordó que Essais, sencillamente es una travesura como la de Etudes, practicada, eso sí, por niños de gran talla; como que Montaigne, Macaulay, De Sanctis, para no citar más escritores ilustres, les llaman Essais, ó Essays, ó Saggi, según su res pectivo idioma, á muchas de sus obras inmortales ! ... Bocetos, Esbozos, viniéronme también á la me moria, y Bosquejos qué sé yo ! .... y siempre quedé en la misma!! P e ro .... ¿á qué preocuparme de secundario detalle en el bautizo de este libro ? ¿ No es verdad que usted lo acepta, sea cual fuere el nombre que llevo ? Con esta seguridad, tranquilo siéntome ya, y dejo bajo el amparo y protección de usted á Las Mujeres de Shakespeare. Luis Melián Lafinur. Julio de 1884.

domingo, 12 de julio de 2026

CINCO POETAS DEL TIEMPO Vicente Aleixandre Luis Cernuda José Hierro Carlos Bousoño Francisco Brines Segunda edición, aumentada

 


NOTA A LA SEGUNDA EDICION Por la generosa acogida que recibió en su primera apa rición, y por la cual soy agradecido deudor, ve hoy este libro la luz por segunda vez. Publicado originalmente en 1964, su redacción definitiva estaba conclusa ya en 1963. Son pocos, relativamente, los años transcurridos. Pero como nada parece modificarse de modo tan rápido, afectiva y críticamente, como el más inmediato de los pasados, es decir, nuestro casi presente, al preparar esta nueva edición me encuentro que los profundos y reales cambios sufridos en la poesía española de la pasada década hacen obliga torias unas cuantas precisiones relativas, especialmente, al enfoque que preside estos estudios y al contenido que en ellos ha de esperarse. 

En primer lugar, hacia la fecha indicada (1963), ya firmes síntomas de una nueva toma de conciencia ante el hecho poético se anunciaban, o estaban claramente perfi lados. Los años que siguieron, hasta el presente, no sólo acentuaron dicha conciencia, sino que en cierto modo la superaban muy precipitadamente, por un lado, a la vez que, por el otro, le daban un relieve histórico definido. La dialéc tica de las generaciones pareció hacerse (o efectivamente así ha ocurrido) más aguda e implacable que de ordinario. Su primera consecuencia sobre este libro fue darle a su introducción (“El tiempo en la poesía española contempo ránea”) el mismo valor histórico, y por ello revisable, que todo aquello que esa misma dialéctica ponía en cuestión. Que la conciencia y el sentimiento del tiempo sea el centro de toda la poesía española de posguerra —tesis central de dicha introducción y estímulo que me llevó a agrupar estos cincos poetas— es algo que hoy, de afirmarse, tendría que sufrir matizaciones y, sobre todo, ser acotado en sus alcan ces cronológicos. 

Admitamos que cuando aquellas páginas fueron escritas (1963), era válida tal afirmación en un sentido relativamente incontrovertible. Por eso he preferido, ahora, reproducirlas como entonces aparecieron; pero impo niéndome el deber, que cumplo en este momento, de llamar fuertemente la atención del lector sobre la fecha en que hube de redactarlas. Esta advertencia es imprescindible para evitar que se vean como anacrónicos los términos de delimitación temporal (último, anterior, reciente, actual) que allí tanto necesariamente abundan. En calidad de comple mento a esa introducción, a la vez que de puesta al día de la situación poética española posterior, me ha parecido por ello oportuno añadir, con carácter de apéndice, una ojeada sobre "La poesía española de los últimos años”. Esta revisión que ahora se agrega puede leerse en continuidad al estudio introductorio mencionado; el cual creo que, con estas aclaraciones, puede seguir sirviendo legítimamente de entrada al libro. La actualización que supone dicho apéndice es una de las dos adiciones mayores de la presente edición. La otra afecta al ensayo sobre Vicente Aleixandre. Anteriormente apareció bajo el título de ”Vicente Aleixandre en dos tiem pos”, y se concentraba en algunos aspectos de los, hasta entonces, últimos libros del poeta: Historia del corazón (1954) y En un vasto dominio (1962). Pero el decenio del 60 ha sido pródigo para Aleixandre, en nuevos libros y en colecciones antológicas. 

Y por tratarse del mayor poeta vivo entre los aquí reunidos, me pareció útil extender la consideración de su labor poética hasta el presente, con lo cual aquel ensayo dio de sí un momento más, convir tiéndose así en "Vicente Aleixandre en tres tiempos”. En el tercero de ellos se examina la fase estrictamente actual de su trayectoria. Salvo algunas otras secciones en parte reescritas (por ejemplo, la destinada a explicar la integración del libro Las brasas, de Francisco Briríes, fruto de una nueva y más atenta lectura), los trabajos sobre los demás autores con servan, en lo fundamental, su forma original. Luis Cernuda murió al año siguiente de haber concluido el artículo que a él se dedica, limitado a un aspecto específico aunque central de su obra, como el título anuncia: "Emoción y trascendencia del tiempo en la poesía de Luis Cernuda”. El autor de La realidad y el deseo sólo publicó después un libro no considerado en dicho artículo (Desolación de la quimera, de 1962), que poco añade a su concepción tempo- ralista pues en él, sin perderse de un modo absoluto el sentimiento elegiaco tan firme en el poeta, el interés mayor se desplaza notoriamente de ese sentimiento a la visión acremente crítica de su etapa final. 

José Hierro no ha publicado poesía después de Libro de las alucinaciones (1964), tomado en cuenta siquiera de modo parcial, pero estimo que suficiente, en el estudio respectivo. Los otros poetas, Carlos Bousoño y Francisco Brines, sí han conti nuado de manera creciente y enriquecedora el ejercicio del verso. Pero engrosar esta edición con el examen de las muy importantes entregas últimas de uno y otro —Oda en la ceniza (1967), de Bousoño; y Palabras a la oscuridad (1966) y Aún no (1971), de Brines— haría excesivas las dimensiones de este libro. Por otra parte, sobre la obra reciente de estos dos poetas tengo escritos sendos ensayos que figurarán en un nuevo volumen, Diez años de poesía española, 1960-1970, que publicará en breve esta misma colección de Estudios Literarios de Insula. A Enrique Canito, director de la editorial y quien ama blemente me inclinó a esta nueva salida, mi mayor gratitud. Y la reitero también, y muy profundamente, a todos aqué llos (lectores, alumnos, colegas, críticos y amigos) que de un modo u otro la han favorecido, ayudándome con sus consejos, colaboración e interés. Madrid, verano de 1971. J osé Olivio Jiménez EL TIEMPO EN LA POESIA ESPAÑOLA CONTEMPORANEA Una rápida ojeada sobre la poesía española actual arro ja, de inmediato, esta sencilla y palmaria conclusión: el tiempo es el gran tema, el tema central y orgánico de esa poesía. Y no habrá que demorarse en explicar qué amplio sentido, equivalente si se quiere al de centro espiritual de creación, se da aquí a la palabra tema. 

El poeta, y esto es sólo un lugar común, no puede hacer otra cosa que ver la realidad (la extensa del mundo o la suya limitada, íntima y propia) y someterla a una profundísima transustancia- ción mediante la cual resultará esa misma realidad, si bien empobrecida por una parte, enriquecida por otra, al devol vérnosla transmutada ya en un objeto poético, es decir, salvada. Pero cuando se arriba a la conclusión de que todo cuanto el hombre alcanza a ver no es más que tiempo, la ecuación puede sustituirse sin mayor violencia por esta otra sencillísima: el poeta canta el tiempo o, de otro modo, la realidad hecha de tiempo y sujeta a él. Se podrá argüir, en seguida, que nunca ha hecho otra cosa; especialmente si tenemos en cuenta y seguimos literalmente la interpre tación de la poesía como fenómeno temporal, por su origen y mecanismo, que tan ardorosamente defendiera Antonio Machado y que hoy todos recordamos de memoria. Pero no cabe duda que los poetas han ensayado también, a veces, una poesía de la realidad consistente (poesía por su lado, nada despreciable), y aún habrá que hacer notar, como ya se verá, que algunas de esas ocasiones se han producido en nuestra centuria a despecho del tinte marcadamente temporalista del sentir y la especulación contemporáneos. 

El estudio del tiempo en la poesía del siglo xx está por hacer. Y es muy natural que así suceda, pues su realización demanda un tamaño esfuerzo unido a un conocimiento entrañable de todas las doctrinas filosóficas, historicistas y temporalistas, de nuestra época. Y esto es virtualmente indispensable porque, aun a sabiendas de que poesía y filosofía son mundos autónomos, es inevitable que si se emprende el esclarecimiento de la temática del tiempo en la lírica, no pueda el estudioso eludir la también inevitable zona de tangencias con que una y otra actividad del espíritu se interfieren y complementan, enriqueciéndose mutua mente. De todos modos, muchos pasos hacia ese estudio han sido ya dados en los últimos años. Se dirigen, es cierto, a figuras representativas y tienen, por tanto, un carácter parcial; pero han cumplido la gran función de despertar el interés por la cuestión y de aportar valiosísimas suges tiones que podrán ya ser aprovechadas por los que a tal cuestión se acerquen con el ánimo más ambicioso de historiarla o sistematizarla. Dígase, como advertencia pru dente, que el que estas páginas recogen se resentirá por igual de parco y fragmentario; en razón, sobre todo, de los límites materiales a que su naturaleza misma obliga (no se olvide que se trata solamente de una somera intro ducción a un libro de ensayos en que se roza o plantea el tema del tiempo), y por razón también de las dificul tades intrínsecas que más arriba se acaban justamente de apuntar. «98» Y MODERNISMO El título de este parágrafo alude sólo, por una comodi dad justificada por el uso, a esa esfera cronológica general que tomamos siempre como primera o inicial en cualquier tratamiento de lo contemporáneo en las letras españolas. 

 Nada más; esto es, que queda aquí sin dilucidar si tales denominaciones se ajustan en su recto y total alcance a los tres poetas de quienes se va a hablar. Pero lo cierto es que la literatura de España nace al siglo xx bajo la impronta de un preciso suceso histórico, el desastre del 98, y de la profunda revulsión moral que este hecho provocara en la minoría intelectual de aquellos años. Entra, pues, dominada por una vigilante atención a muy vivos reclamos del tiempo histórico. Había también, en el fondo cultural de ese período, otras fuerzas más profundas y universales, y no sólo latentes, sino de muy poderosa vigencia, a las cuales no eran ajenos tampoco los mejores de aquellos hombres. 

Se trata del formidable asalto a la razón que el pensamiento occidental venía enérgicamente realizando para sacudirse de ese peso enorme que el racionalismo a ultranza había acumulado sobre la indagación filosófica desde Grecia hasta la Edad Moderna. Bergson y James, por ejemplo, intuicionismo y pragmatismo, sin olvidar a Dilthey y a Nietzsche, eran corrientes ya fecundas que abonaban la mayor crisis de la fe en la razón que registra la historia. Y esta crisis es lo que marca el clima espiritual en que los noventayochistas empiezan a escribir, antes de que Ortega y Gasset intentara una riquísima y comprensiva manera de entender la razón y de acercarla e integrarla con la vida. Pero todos conocemos lo que ocurre cuando se quiere aplastar o callar a la otra razón, a la razón razonante, y cuando en su lugar nos proponemos mirar derechamente a la vida y al hombre de carne y hueso, como pedía Unamuno. Ocurre entonces que vemos tiempo, y nada más que tiempo. Esto lo sospechaba, o lo sabía, el racionalismo; y por ello había hecho abstracción en sus elaboradas construcciones de ese «pequeño detalle»: el tiempo. Ya Kierkegaard, desde antes, lo observó y anotó: «El tiempo no se deja asignar ningún puesto en el pensamiento puro» '. 1 Post-scriptum final no científico a las migajas filosóficas, segunda parte, 2:' sección, cap. III, 1 (citado por Julián Marías: Lo cual quiere decir a la letra que, inversamente, cuando el pensamiento se entera al fin de que el tiempo existe, y existe soberanamente, no le queda a la metafísica otra salida, si quiere sobrevivir, que la de hacerse sustancial mente ética y elevar el factor temporal a la categoría de supremo motor en el drama ontológico del hombre. Sobre tales circunstancias es fácil el diagnóstico de lo que va a darse en la lírica del 98. La historia externa de la patria y la agónica intrahistoria de aquellos espíritus (términos suficientemente conocidos y aquí útilísimos en más de un sentido) empujan a esos hombres hacia una poesía—en verso y prosa—angustiosamente dominada por la obsesión del tiempo. Y si se subraya aquí el dual vehículo expresivo es para no olvidar, como tantas veces pasa, a Azorín, el más intenso poeta en renglones corridos de aquel grupo, escritor tan finamente permeado por el sentimiento de lo fugaz y perecedero de la realidad. 

Para Azorín, «una preocupación por el poder del tiempo» fue, según sus pala bras, el resorte mágico de aquellos nostálgicos cuadros que reunió en Castilla, uno de sus libros fundamentales, al frente del cual colocó la frase entrecomillada y a la que se acude ahora tan sólo como testimonio personal y directo. La prueba decisiva e irrefutable está, desde luego, en la obra toda del maestro alicantino, fidelísima corroboración de su intencionalidad creadora. Pero cuando se habla de generación del 98 y de poesía se piensa, al momento, en Unamuno y en Antonio Machado. Don Miguel llevará al verso las mismas existenciales inquie tudes de su obra en prosa: el yo múltiple, el hombre creándose a sí mismo y creando, por íntima necesidad, a Dios; su apetencia de inmortalidad; su dolor de no ser en lo infinito y lo eterno—dolor que era para él la prenda más segura y distintiva de la verdadera hombriedad—. Pedro Laín Entralgo ha hecho el recuento de todas esas motiva ciones del hombre Unamuno, ilustrándolas eficazmente en Miguel de Unamuno. Madrid. Espasa-Calpe, S. A., Colección Aus tral, 3.a edición, 1960, pág. 29). su obra poética misma3. Aunque es un recuento breve, pues pertenece a un libro de más amplio objetivo, resulta suficiente para que se vea cómo el tiempo, el enigma del tiempo, es quien da unidad a toda la variada red de subte- mas y afanes que en su pensamiento afloran. 

He aquí, siguiendo a Laín, un apretadísimo inventario de la temática temporal en la poesía de Unamuno: la relación entre tiempo y eternidad, vistos ambos como contradicción o como vinculación mutua de uno y otra; la inexorabilidad humana de la vivencia del tiempo, o la probable supresión transi toria de esa vivencia; la visión última del tiempo como «forma misteriosa» del dolor del hombre; otra manera de contradicción que supone el intuir la existencia toda como un puro presente frente a la terca convicción de cuán inconsistente es ese mismo presente y de que la única realidad posible es el futuro; la función salvadora de la memoria y la imaginación en el trágico dilema de nuestro mutante destino; y, en suma, la importancia que en su poesía tienen, como temas y como móviles de lirismo, dos operaciones que se nutren esencialmente de tiempo: el recuerdo y la esperanza. Todos estos planteamientos, y muchos más, en torno a la problemática del tiempo (del tiempo vivido y personal, inmanente, pero también tras cendente, de cada hombre) dieron a Unamuno la materia constante y repetida de muchos de sus ensayos y novelas; pero también, y esto es lo que aquí importa, la raíz primera y absorbente de ese largo diario poético que es su Can cionero. Pasar de Unamuno a Machado significa moverse del grito a la melancolía, de la plegaria desesperada y hasta grandílocua a la plegaria serena, tenazmente empeñada en disimularse a sí misma como tal plegaria. Sobre Machado y su interés en el tiempo se ha escrito mucho últimamente :; 2 Véase de Pedro Laín Entralgo el capítulo «Miguel de Una muno o la desesperación esperanzada», en su libro La espera y la esperanza. Madrid, Revista de Occidente, 3.a edición, 1962, páginas 382-419. 3 Es fundamental, en este sentido, el libro de Ramón de Zubi r ía: La poesía de Antonio Machado. 

Madrid, Gredos, 1955; y pues en él a la presencia de este tema concreto en sus poemas se une una bien trabada concepción temporal de la poesía a la cual dedicó continuos asedios en su prosa teórica. La misma circunstancia de convivir con un grupo juvenil e impetuoso de grandes poetas, los del 27, que parecían desvirtuar su arraigada concepción, llevó a Macha do a una prédica reiterada y calurosa en favor de sus ideas. Por ello, va quedando como el poeta temporal por excelencia de nuestro siglo; y día tras día, como se ha dicho, se ven aparecer nuevos estudios que enfocan y aclaran diferentes aspectos de su pensamiento poético. La frecuencia de estos estudios se condiciona también porque una línea importante de ese pensamiento machadiano ha venido a coincidir fundamentalmente con la tónica general asumida por la lírica de la última posguerra. Así, no es extraño que se repitan, a todas horas, sus conocidas fórmulas teóricas para la poesía («palabra esencial en el tiempo», «diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo»), o para el poema («tiempo personalizado», «tiempo vital del poeta con su propia vibración») y, desde luego, su autodefinición, por boca de Mairena, como «poeta del tiempo». Más útil será, tal vez, observar lo que realmente hizo en el verso. Y lo que hizo fue expresarse siempre desde una agudísima conciencia temporal, cumpliendo la teoría en la práctica. Cantó, pri mero, las incidencias espirituales de su personal tiempo particularmente su capítulo I, «El tema del tiempo» (págs. 23- 67). También las páginas que Laín Entralgo dedica a «Tiempo, recuerdo y esperanza en la poesía de Antonio Machado», en su libro citado (págs. 420-436). 

Sobre la concepción temporal de la poesía de Machado son muy recomendables el estudio de Juan López-Morillas, «Antonio Machado y la interpretación temporal de la poesía», recogido en su libro Intelectuales y espirituales, Madrid, Revista de Occidente, 1961 (págs. 71-98), y el de Anto nio Sánchez Barbudo: «El pensamiento de Antonio Machado en relación con su poesía», que cierra su libro Estudios sobre Unamuno y Machado, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1959 (pá ginas 201-326). Por ofrecer un punto de vista diferente en rela ción con este tema, es interesante el ensayo «Fanales de Anto nio Machado», de Dámaso Alonso, que aparece en su libro Cua tro poetas españoles, Madrid, Gredos (Colección «Campo Abier to»), 1962, págs. 137-178. humano, del tiempo vivido y el soñado, de lo real y lo posible (y esta equiparación de lo actual y lo mítico es una de las riquezas mayores de su poesía): Galerías, soledades y otros poemas. Cantó, después, las realidades tristes de su tierra, de su contorno histórico-social, sin que le fuera posible contemplar esas realidades sino dentro de su obli gado encuadramiento temporal y su indisoluble devenir, que ata sin rupturas el pasado al presente y éste al futuro: Campos de Castilla. Cantó, por fin, y ya más reflexivamente, el enigma del tiempo, en breves escorzos donde lo personal quedaba como diluido en apretadas lecciones de formulación general: las Nuevas canciones y los Cancioneros apócrifos. Naturalmente que esta distribución es interesadamente convencional y, por tanto, discutible; pretende iluminar solamente, desde nuestro punto de vista, los modos como Machado trató el tema del tiempo y qué aspectos o modali dades de ese tema le llamaron más en los estadios sucesivos de su evolución. 

Pero convendrá conservar en la memoria esta triple vertiente de su canto temporal, pues habrá de vérsela de nuevo, en el final de estas notas, al llegar a la poesía de hoy, reproducida y amplificada en sus más sutiles y oportunas posibilidades. Juan Ramón Jimenez parece otra cosa, y por eso hay que andar con tiento al querer penetrar en los designios últimos de su poesía. A partir del Diario de un poeta recién casado, fecha inicial de la que todos los críticos y el propio autor llaman segunda gran etapa de su obra, a Juan Ramón se le ve urgido por una búsqueda sostenida y sin conce siones de la belleza: de una belleza total que no querrá admitir ya vaguedades sentimentales, oropeles ni fáciles acarreos, sino la mayor exactitud y limpidez posibles. Labor, pues, de la sensibilidad y la inteligencia estrechamente hermanadas. A la luz de esta búsqueda, a la que se consagró el poeta con una ardua vocación de sacrificio, se ha levan tado la leyenda de un Juan Ramón esteticista, y se ha usado como slogan el concepto de «lo estético», en todas las posibilidades morfológicas de esta voz, para calificar cualquier aspecto que le ataña: su poesía, su voluntad creadora, su actitud ante la vida y el arte, su existencia misma... Y esta valoración, que es innegable en el caso del poeta de Moguer, le resulta al mismo tiempo harto peligrosa, pues ha impedido que se adviertan o reconozcan otras zonas o facetas en verdad importantes de su mundo espiritual, tal como si en él el artista hubiese devorado al poeta y al hombre. Ha impedido con frecuencia, y esto es lo más grave, que se viese sin prismas deformadores la causa honda y radical de esa su apasionada persecución de la belleza. Y es que siempre será arriesgado (aunque este riesgo sea no sólo inevitable, sino preciso) valorar o juzgar cualquier actitud del espíritu desde las creencias o prejuicios sobre los que nos movemos en un instante dado. 

Y el margen de error es más amplio, naturalmente, si la actitud que enjuiciamos escapa o es extraña al repertorio de los supues tos operantes en nuestro actualísimo presente. Estamos hoy, según todos los síntomas parecen indicar, en un período de sacro terror al esteticismo, al hiperindividualismo, al irracionalismo... ¿Tendremos, entonces, la indispensable justeza de visión para decidir, en fin de cuentas, a qué obedece la necesidad o vocación de la estética? Vendrán bien, en este momento, unas palabras con las que Ricardo Gullón sale al paso al mismo dictamen de esteticismo, enarbolado desde sensibilidades posteriores y ajenas, y casi siempre con un matiz peyorativo, contra los poetas del modernismo. Pero son palabras que pueden cubrir con toda legitimidad a Juan Ramón, especialmente si recordamos que él se proclamaba, al final de su vida con mayor combativi dad (y debido, sobre todo, a la discutible amplitud con que él concebía la clasificación), como un auténtico modernista. Escribe Gullón, al efecto, refiriéndose a poetas de quienes, igual que de Jiménez, se destaca generalmente como rasgo capital la sobreconciencia artística de su voluntad de estilo: «La convicción de que la poesía, la obra, es el último baluarte, el último reducto invulnerable del ser (contra la aniquilación) les hizo dedicarse con plenitud de esperanzas a la invención salvadora, y de ahí la paradoja del esteticis mo, entendida por tantos como fuga de la vida cuando en verdad simbolizaba el ansia de afirmarla, de hacerla eterna, transmutándola en palabras imperecederas» 4. 

A dirigir una particular llamada de alerta, en tal sentido, ha llegado un reciente libro de Antonio Sánchez Barbudo, La segunda época de Juan Ramón Jiménez % donde se insiste en la idea de que del tema central de este poeta (su ansia de eternidad, de plenitud, «su anhelo creciente de totalidad») deriva directamente su apetencia de la belleza, concebida ésta como la más inmediata forma posible para el hombre de vivir, todavía desde esta ladera, esa urgen tísim a experiencia de totalidad a que nunca deja el alma de aspirar. Con esto, en primera instancia, queda superado un entendimiento superficial de lo estético en Juan Ramón, que tanto daño puede hacer en la comprensión de su poesía. Y, sobre todo, se revela que en definitiva toda ella arranca de una implacable conciencia temporal: sólo se aspira a lo eterno e inmóvil cuando realizamos con toda lucidez nuestra condición finita y transitoria, nuestra temporeidad. De donde se concluye, a su vez, que Juan Ramón puede ser visto, como todo gran poeta, en calidad de poeta del tiempo, de poeta rebelde ante el tiempo. 

Pero algunas diferencias —grandes y notorias diferencias—ha de haber entre su decir poético y el de Unamuno y Machado, como ejemplos con los cuales la asociación se hace indispensable, por coincidencia cronológica y por estatura literaria. De estas diferencias nace aquel aserto de que Juan Ramón Jiménez parece otra cosa, con que se empezaban líneas arriba estas sumarias consideraciones sobre su posición como poeta temporal. Lo distinto está en que el autor de Eternidades, de Belleza, de Piedra y cielo, títulos que ya denuncian un obsesivo empeño, al reconocer al tiempo como el gran enemigo de ese mismo empeño, puso el mayor énfasis de su voluntad en abstraerse de las celadas de tan implacable enemigo y encaminó consecuentemente su verso hacia aque 4 Ricardo Guluón en Juan Ramón Jiménez y el modernismo, introducción al libro de Juan Ramón Jiménez : El modernismo. Notas de un curso (1953), México, Aguilar, 1962, pág. 24. 5 Madrid, Editorial Gredos (Colección «Campo abierto»), 1962. lias entidades visibles o mentales en las que una chispa de lo absoluto se evidencia al hombre: el marola flor, el amor, la poesía, la muerte misma. También Unamuno y Machado se rebelaban, cada uno a su manera, ante la inexorabilidad del tiempo; pero al hacerlo estaban continua mente invocándolo, dejándose atravesar directamente por esa misma inquietud, nombrándolo, y de forma muy con creta. 

Dicho de otro modo, para usar términos machadia- nos: contando y cantando sus personales historias de suerte tal que la «melodía» no ocultase la «historia». Arrastraban, así, el grito, la angustia, la ira; o, por otro lado, la resignada tristeza y el callado dolor: todo eso que entra en el acervo ásperamente emocional que es el vivir humano, cuando a ese vivir se le acepta en su prístino estado de rudeza y sin mayor transformación o sublimación que la estrictamente necesaria para convertirla en sustancia poética. Juan Ra món, en cambio, aunque nunca dejara de expresar su asombro dolorido ante la nada que circunda a la existencia, trató siempre, en lo posible, de salvar los escollos de la contingencia directa, es decir, de lo que a él le pareciera burdamente accidental. Y en aras de esa esencialidad total que se había impuesto, intentó y logró en elevadísimos momentos extraer la pura y desnuda verdad que las cosas le ocultaban como un reto. Temas y lenguaje recogieron, contagiados como fatalmente tenía que ser, ese impulso catalizador que procedía de su vocación de infinito; de un infinito que Juan Ramón Jiménez creía segregar y que, al decir de algunos críticos, parece haber conquistado en vida, según se desprende de algunas páginas de sus cuadernos últimos, tan ricos en trascendencia metafísica. Pero hemos concluido que, en fin de cuentas, fue una preocupación de índole temporal la que le movía interna y heroicamente. 

Y quizá en esta disposición última, que se ha subrayado, radique la lejanía espiritual, por hoy insalvable, que acusan las jóvenes generaciones respecto a su trabajo poético, al que sienten (tal vez con un poco de torpeza en el señalamiento) como «menos humano» que el de Machado o Unamuno. Y es que lo heroico no es dimensión común en el hombre; y en una época como la nuestra, de vuelta ya de aquel rabioso individualismo de entonces, lo heroico, especialmente lo heroico en el dominio de la estética, no sea acaso sano ni recomendable (lo cual no supone, ni mucho menos, la cerril exaltación de un vulgar prosaísmo realista como fórmula única de poesía). Los tiempos tienen su dia léctica, inaplazable, irrenunciable; y el nuestro ha situado su esperanza en la historia, en el vivir concreto y real con sus accidentes gloriosos o miserables—materia toda ella, cuando hay auténtica capacidad creadora, susceptible de ser elevada a poesía dignísima y noble—. De aquí que no deba juzgarse como injusto el extrañamiento que pueda producir hoy la empresa sobrehumana de Juan Ramón. Lo que sí será siempre mezquino es la negación obstinada, interesada tantas veces, de la altísima calidad intrínseca de su obra. «27» y «36» En los años cenitales del magisterio de Jiménez adviene a la vida literaria la llamada generación del 27, colectiva e individualmente la de mayor importancia de cuantas enriquecen a la poesía española de este siglo y aun más allá. (No se olvide, en este tránsito del modernismo a la entreguerras, a León Felipe, aunque su más desgarrada lamentación temporal, sus trenos «del éxodo y el llanto», vendrán mucho después, como por imperativo de la historia tuvo que ser.) 

Al surgir los jóvenes poetas de los años veinte, las estimulaciones que estaban en el aire de su época les inclinarían naturalmente al autor de Eternidades más que a los otros dos posibles maestros de la generación anterior. Esas estimulaciones indicaban la meta de un arte lúcido, aséptico, puro, objetivo: poesía pura, música pura, plástica pura... Y habrá que admitir que por esta vertiente, tan proclive en sus simas a la frialdad y al cerebralismo, era factible llegar a confundir la vocación de pureza poética con una suerte de nuevo virtuosismo retórico, sutilmente embozado, pero no menos nocivo que el de cualquier pasado literario. De hecho a ello se llegó, en casos por fortuna muy contados y efímeros, pero que dieron oportu nidad a aquellos maestros mayores (Unamuno, Machado y aun el propio Juan Ramón) a expresar sus temores en tal sentido. Lo que conviene señalar es que ese ideal de objetividad exigía, desde luego, un escrupuloso cuidado en el proceso de la creación, de modo que quedase asegurada para el producto poético la incontaminación más absoluta con lo turbio de la vida, o sea, del tiempo. Tanto más alto sería aquél, desde un ángulo rigurosamente artístico, cuanto más borrada o diluida resultase la obligada dependencia que el poeta, como todo ser humano, guarda respecto al tiempo. 

Destemporalizado, vendría bien como calificativo para este arte; mucho mejor que deshumanizado, desenti- mentalizado o desrealizado, términos todos de tan peligrosa ventura. Ya que por muy enérgica que sea la voluntad de abstracción no hay arte que no represente una integración, más o menos emotiva, más o menos intelectual, del creador con la realidad. Y este particular punto lo ha visto y señalado muy bien, aplicándolo defensivamente a su propia generación, une de aquellos poetas, Jorge Guillén, en el capítulo final de su libro Lenguaje y poesía \ Pero es indudable que eran los años del miedo a la anécdota, a lo narrativo, a lo impuro. ¿Y de dónde puede venirle al poeta este gran mal de la impureza sino de colocarse a plena luz frente a las concreciones vivas de su tiempo? O sea, ¿de qué actitud habrá de nacer esa huma nísima voluntad de impureza, que vendrá después, sino de negarse rotundamente a toda fórmula purificadora, a toda piadosa miopía? Pero el norte espiritual de aquel momento residía, como se ha dicho, en otra bien distinta aspiración: la autonomía del arte, la decisión de poner, como ha expresado Dámaso Alonso, «un enorme intervalo entre poesía y realidad»7, entre existencia azarosa y creación intangible. Antonio Machado, que seguía de cerca la labor de aquellos poetas, lamentaba que éstos se valiesen mayor mente de conceptos e imágenes conceptuales (el concepto: 0 J orge Guillen: Lenguaje y poesía. Madrid, Revista de Oc cidente, 1962, págs. 233-254. 7 Véase «Una generación poética (1920-1936)», en Poetas espa ñoles contemporáneos. Madrid, Gredos, 1958, pág. 185. lo puro, esencial y permanente) y no temporales (el tiempo: lo impuro, vivo y cambiante);, y, como todo el mundo sabe, su álgido ataque a la estética barroca iba dirigido, por rechazo, a aquellos mismos poetas. Aunque en sus juicios no andaba totalmente desencaminado, Machado comprendía sólo a medias el ideal de aquella época, lo cual procede de que, en general, le faltó ver—como a este específico propó sito ha anotado Laín Entralgo—que «junto a la poesía de la temporeidad hay también una poesía de la presencia, porque el hombre es y no puede dejar de ser imagen y semejanza de Dios»1**. Pero esos mismos poetas, que sí creían comprenderse, no pudieron tampoco ser fieles a sí mismos. Presagios, de Pedro Salinas; Perfil del aire, de Luis Cernuda, o Ambito, de Vicente Aleixandre—para no citar sino unos pocos títulos representativos de primeros libros publicados en los momentos de cohesión formal e ideológica del grupo—, podran ser considerados siempre como logros conseguidísimos de depurada belleza poética, pero, a la vez, fueron irrepetibles en las órbitas personales de sus respec tivos autores. Con algunas reservas podría decirse lo mismo de Jorge Guillén; porque en principio se muestra un mantenedor decidido de su purísimo cántico más allá de los límites cronológicos que actuaron sobre los demás; pero no debe pasarse por alto que la evolución interior del mismo Cántico, en sus sucesivas ampliaciones, es ya signifi cativa en el sentido que se viene apuntando y que de más clara manera se verificó en los otros poetas. (No se habla aquí de Clamor, porque esta segunda zona de la obra de Guillén pertenece por entero al espíritu de la posguerra.)

 Y de Gerardo Diego recuérdese cómo desde un principio alternaron en él su creacionismo de «espumas» con sus «versos humanos»; aunque en conjunto sea Diego, entre los del 27, el que nos da una imagen más sostenida de poeta fiel a la estética o, al menos, dominado por la necesidad de un alto «estilo». La verdad es una: el artista podrá embellecer, depurar o aun trascender la vida; pero no le será posible hacer 8 Op. cit., pág. 423. sólo esto, no podrá hacerlo siquiera por un largo tiempo. (Ni el Góngora de las Soledades, ejemplo arquetípico, pudo escribir únicamente las Soledades.) Y, por otra parte, sobre nuestros poetas de entreguerras se precipitó, aplastante, el peso trágico de su tiempo histórico, tan ricamente abonado para el develamiento de la auténtica angustia personal de cada hombre. Y la angustia es la dimensión viva, vivible, de la condición temporal de la existencia, de la cual no pode mos honradamente escapar. Tuvieron aquellos poetas, en consecuencia, que caer: cayeron de sus altos empeños de purezas e intemporalidades hasta los fosos turbios, pero nobilísimos, de sus insoslayables y propias circunstancias. 

 El momento puro de la generación del 27, del que tan brillantes muestras quedaron en la lírica española contem poránea, fue en cómputo estricto muy breve; y aun Federico García Lorca, muerto en 1936, no puede ser considerado de modo exclusivo como un poeta ejemplarmente formalista y evasivo. Por eso, cuando hoy se dice que la atención emocionada al hombre y a sus inmediatos problemas tem porales es deuda que debemos a las promociones de posguerra, se está afirmando una incontrovertible verdad...; pero, al mismo tiempo, y sin mala fe, se están olvidando las raíces o antelaciones de esa verdad. Porque antes de los años decisivos (1936-39), y en torno a ellos, Luis Cernuda venía escribiendo una poesía hecha de muy poderosas incitaciones temporales, que cubre gran des zonas de La realidad y el deseo, en su primera edición de 1936, y más fuertemente todo su libro Las nubes, exactamente coetáneo a la guerra civil. Y el mismo conflicto político que se resolvía bélicamente motivaba (con mejor o peor fortuna, como ocurre siempre en estos casos) una suerte de lírica de combate, hoy dispersa o semiolvidada, que suponía el encauzamiento del interés poético hacia los hechos más ostensibles con que el tiempo de la historia se concretaba en un país en convulsión, donde naturalmente lo individual ha de quedar subsumido en la presión colec tiva operante e inevitable. Fechados en 1938-39, por ejemplo, son los poemas de Rafael Alberti recogidos bajo el título de De un momento a otro. Estos poemas, tanto en tema como expresión, anuncian ya muy claramente la poesía de crítica social que la posguerra ya a poner en alza, y la cual es sólo posible cuando el poeta toma recta conciencia de las limitaciones o debilidades de la época que vive 9. Pero sin que tenga que ser explicada exclusivamente en función de la guerra civil, anticipándosele más bien y en cierto modo coincidiendo con ella, una nueva promoción de muy difícil destino, la llamada generación del 36, había decidido ya trasladar al verso, briosa y ásperamente si era necesario, personales recuentos de sus vidas, experiencias todavía san grantes de tiempo y aun inquietudes sociales y políticas de aquel justo momento histórico: Miguel Hernández, consi derado por algunos como todavía un epígono genial del 27, y otros en justicia frescamente nuevos: Luis Rosales, Juan y Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Carmen Conde... La suerte ha sido fatalmente dura para la valoración crítica justa de este grupo, como también lo fue para su desarrollo y consolidación; lo que ha dificultado que se le pueda contemplar como una unidad compacta de intentos y realizaciones—tal el del 27.

 Pero una prueba de que representaban algo distinto, esto es, un eslabón nuevo digno de ser destacado en la continua evolución poética, fue la acogida de sorpresa con que se recibió la voz más fuerte de Miguel Hernández. Todavía en 1936, Juan Ramón Jiménez, con ese retintín que tanto le distanciaba humanamente, recomendaba a los amigos de la «poesía pura» (a cuyo nacimiento en España, dígase ,J En este hurgar de precedentes puede recordarse también la Elegía cívica (1930), del mismo Alberti, escrita todavía en los años últimos de la dictadura de Primo de Rivera. A esta Elegía se refiere el propio poeta en su libro de memorias La arboleda perdida, como «poesía subversiva, de conmoción individual»; contando allí también cómo Azorín saludó esta Elegía con gran clarividencia y alto elogio: «Y Rafael Alberti se vuelve hacia lo primario, lo fundamental, lo espontáneo; Rafael Alberti se vuel ve, con los brazos abiertos, hacia el pueblo. En su desgano de los módulos citados, sólo el pueblo y sólo la Naturaleza podían darle el punto de apoyo perdido y necesario.» (Cfr. La arboleda perdida. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1959, página 297.) entre paréntesis, había contribuido él mismo) que buscaran y leyeran los poemas vivos del «extraordinario muchacho de Orihuela» ,0. Y en cuanto a los otros, que por razones biográficas pudieron desarrollar órbitas personales más cumplidas, no debe olvidarse que fueron ellos los que, de una manera definitiva, hicieron de la poesía «un relato confidencial, fluyente, temporal, de los sucesos del alma», como de Leopoldo Panero ha dicho Ridruejo, y recordado después José Luis Aranguren. 

El ilustre profesor ha dedi cado varios penetrantes ensayos a poner en claro lo que él llama «poesía de la existencia» o «poesía-existencia» (ad virtiendo de paso que «existencia», según la filosofía que a ella se refiere, es «tiempo»), así como la contribución importantísima que en tal dirección aportaron a la lírica española contemporánea los poetas del 36 u. En verdad de verdad, sin embargo, aquellos «puros» del 27 estaban ya de vuelta de sus utopías aun antes de la guerra civil. Valdrá la pena aclarar que se trata aquí, con especificidad, el tema del tiempo; esto es, la desnuda existencia temporal del poeta —individual o colectivamente aprehendida— como materia temática de su poesía, ya en un tono limpiamente emotivo, ya más cuidadosamente re flexivo. Y que se rehúye, por improcedente, toda especu lación en torno al tópico de «lo humano», tan traído y llevado cuando se quiere explicar el tránsito espiritual su frido en la poesía española de aquellos cruciales años. Pero aun viniendo a este espinoso terreno, ¿cabrá tildar de no humano (y es, en rigor, un ejemplo apurado) el esfuerzo emocionado de Jorge. Guillén, por muy intelectual que ese mismo esfuerzo sea? ¿No es el intelecto, acaso, una dis posición humana, excluyentemente humana? Ni que decir tiene que igualmente absurdo será proponer la desgraciada 10 Véase «El Sol», 23-11-1936 (citado por Concha Zardoya: Miguel Hernández: vida y obra. New York, Hispanic Institute, 1955, pág. 24). 11 Véase «Poesía y existencia»., «La poesía de nuestra vida» y «Nuestro tiempo y la poesía», en Crítica y meditación. Madrid, Taurus, 1957. (La cita de Dionisio Ridruejo aparece recogida en este libro del profesor Aranguren, pág. 27.) etiqueta de deshumanización para describir la explosión vital, apasionada y poderosa de Aleixandre en La destruc ción o el amor. O esa otra poesía más serena, pero riquí sima (por sensual, emotiva, mental y ética a la vez), de Salinas en sus dos libros centrales, La voz a ti debida y Razón de amor. Hasta en el caso de Lorca y su relación con el tiempo habría bastante que decir. Mucho ha sido ya ade lantado por Christoph Eich en su libro Federico Garda Lorca, poeta de la intensidad. Aunque hay que aclarar que, según Eich, el sentido lorquiano del tiempo pertenece a la especie del tiempo biológico o vital, y no a la del tiempo actual o humano que parece dominar en los poetas de hoy por la decisiva intervención en éstos de la conciencia se hace obligado, pues, matizar los señalamientos: lo humano no dejó de asomar, y muy intensamente, en los poetas del 27; aunque la forma en que encararon, en aque llos precisos momentos, el eterno problema de ser hom bre nos resulte hoy poco convincente y convencional. Tam bién habrá que reconocer que no se daba todavía en ellos, por tales fechas, la lucidez y el dolor ante el tiempo en la concentrada densidad a que algunos de esos mismos poetas llegarán después. Un «después» que vendrá tras la expe riencia de la guerra, cuando uniendo sus voces a las de los poetas más jóvenes, hagan del tiempo, entre todos, la verdad sustentante y mayor de la poesía española de hoy.

 P osguerra y poesía actual Para que la poesía se convirtiera en España en unánime expresión del sentimiento de lo temporal fue necesario es perar, pues, que el cruento e inútil ciclo de la guerra civil se cumpliese enteramente, tanto en su inicial flujo de vio lencia y de determinismo político en la creación (los tres años de la contienda propiamente dichos), como en el re flujo de inestabilidad y de confusión literaria que, natu ralmente, tuvo que traer (los tiempos primeros de la pos guerra, con el sereno y falso ideal garcilasista como ejemplo máximo de desnorte). Generalmente se dice que el nuevo clima poético vino a quedar instalado, de modo definitivo, hacia 1947; y no se olvida, al consignar esta fecha, las clarinadas que lo preparan. Estas clarinadas pa recen concentrarse hacia 1944. Es la fecha de los Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, abrupto testimonio existencial de un hombre español de su tiempo; e igualmente la fecha de Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, donde ya se da diáfanamente esa emocionada atención al vivir humano que va a marcar el mejor derrotero de la lírica española subsiguiente. En uno y otro libro, por distintos caminos, el lector se encuentra ya frente a frente con el tiempo; con un tiempo sufrido en la intimidad del poeta, del hombre, y expresado, áspera o hermosamente, en uno y otro, me diante un lenguaje poético que iba indudablemente hacia la clarificación de sus recursos. (Son los tiempos también de Como quien espera el alba, libro importantísimo en la órbita personal de Cernuda, por cuanto supone la invasión absorbente en su obra de la preocupación temporal, ya sentida desde antes. Pero fue éste un libro publicado en el extranjero, no fácilmente asequible en España, y cuya influencia directa, así como la total de su autor, no se hará sentir de inmediato, sino años después y de un modo más directo sobre los jóvenes de hoy.)

 A partir de aquellos momentos asume toda la labor lírica que se produce en España un tono común; tono que resulta del propósito de orientar esa labor hacia la integra ción solidaria con el hacer y el problema del hombre, del hombre universal y común, más que a fabricar brillantes y soberbios mundos poéticos individuales, como en la eta pa anterior. Y ese clima común se va haciendo entre todos, a partes iguales, por los poetas de las más variadas pro mociones cronológicas, dentro y fuera de la Península; de modo que el factor personal de la edad queda diluido dentro del factor general de la época, como acertadamente ha hecho ver Carlos Bousoño. Es un estado poético de tiempo, en suma, lo que acaba por definirse. En punto a justicia, a la hora de las valoraciones lite rarias, hay que moverse con cuidado; y aun así se cometen muchos yerros. Quizá las mismas líneas anteriores hayan cargado la mano en devolver para los poetas mayores de la generación precedente (Aleixandre, Alonso, Cernuda...) los créditos que merecen por su natural participación y hasta antelación en el espíritu general de estos años. Sin embargo, es inútil negar que las voces surgidas en la pos guerra serán las que lleven la nueva actitud (conciencia básica del tiempo, valoración de la directa realidad, impulso de solidaridad humana, franca reacción antiesteticista, etc.) a sus posiciones extremas y, por ende, más fácilmente de- tectables. Hoy parece tal vez rebasada la hora de algunos de esos extremismos. Y por extremismos entiéndase, por ejemplo, la interpretación torcida o mecánica del principio de poesía como comunicación. Este principio fue útilísimo en sí, como acicate muy oportuno de rechazo al sobreex- ceso de hermetismo en que antes se hubiera incurrido al guna vez; pero en poetas mal orientados tal concepción del fin de la poesía pudo conducirles a olvidar que ella es, ante todo, conocimiento y exploración: un explorar dentro de sí para conocer mejor.

 Otro ejemplo de extremismo sería, como consecuencia del anterior, el desdibujo de la expresión poética y la admisión en sus predios de formas elocutivas y de disposiciones mentales (análisis, reflexiones, descripciones, comentarios, etc.) afines ya al propósito de información y precisión que es sustancial a la prosa. Y, sobre todo, la reducción temática a la luz de las urgencias sociales y políticas del día (de las que ninguna conciencia honrada puede hoy tranquilamente evadirse), pero que con vertidas en consignas literarias de exclusiva validez llegan a empobrecer dogmática y preceptivamente el campo de posibilidades creadoras del poeta. Fueron necesarias tales extremosidades en los inicios de la reacción que la poesía de posguerra emprendió; y hay que ver ahora como signo de salud el que aquélla quedase marcada de bien peral tada manera. Pero de seguir esos caminos hubiera sido muy posible el extravío o la confusión, de los cuales no se an duvo muy lejos. Por eso es confortadora la lectura de las poéticas que los jóvenes del día han colocado como pór tico a sus respectivas selecciones en Poesía última, la re ciente antología preparada por Francisco Ribes 12. Esas poé ticas nos confirman en la fe de que el buen sendero ha sido definitivamente hallado. O mejor, de que sin salirse de aquel que los anteriores hollaron, por saber que es el justo, se han decidido enérgicamente a librarlo de las na turales brusquedades y de los obstáculos donde fuese pro bable caer para, juntos precisamente a esos que les prece dieron, elevar a la más alta dignidad poética lo que desde un principio había ganado la más alta dignidad humana. Planteemos concretamente nuestra pregunta. ¿Que sig nifica, en síntesis, que el tiempo parece ser el centro de cohesión o uniformidad de toda la poesía actual? 

¿Y cómo explicar desde este centro acentos tan dispares como los de un Aleixandre, un Hierro, un Celaya o un Valverde, para sólo nombrar unos cuantos obviamente distintos? Son, realmente, dos preguntas. Para contestar a la primera de ellas, estaría bien comenzar con un útil aviso, y es que no se pretende insinuar en absoluto que todos estos poetas traten el tiempo como entidad teórica que dé materia para la meditación o el canto lírico, aunque esto pueda suceder también. Lo que se quiere decir —y esto ha sido ya bien observado y señalado por la crítica— es que los poetas de hoy cantan al hombre, mas no al hombre indiferenciado o abstracto, sino al hombre histórico, metido en sus innega bles circunstancias, moldeable y plástico por el tiempo, haciéndose a sí mismo dentro de él y cara ya a la muer te 13. Si se desglosan los postulados fundamentales de este tema es fácil reducirlos a una serie de elementos cuya simple mención denuncia ya el espíritu de la poesía que hoy se escribe en España: «circunstancia», «historia», «es fuerzo», «recuerdo», «esperanza», «vida», «muerte», en suma, tiempo. Todo esto lo intenta explicar —lo ha explicado— la filosofía; y en la lengua española, sin tener que acudir 1J Francisco Ribes: Poesía última (Selección). Madrid, Tau- rus, 1963. (Incluye poemas y poéticas de Eladio Cabañero, An gel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún y José Angel Valente.) 1J Véase Vicente Aleixandre Algunos caracteres de la nueva poesía española. Madrid, Instituto de España, 1955. a Heidegger o a Sartre, todas estas intuiciones de nuestro siglo han tenido, en la palabra iluminadora de Ortega y Gasset, muy precisas formulaciones. Pero el poeta hace su obra, y recoge en ella todas esas motivaciones, sin necesi dad de leer o conocer libros filosóficos. Recuérdese que la filosofía penetra, indaga y alumbra en fin los hechos del espíritu; no los crea. Esos hechos están en el aire de cada época de manera irrenunciable; y el poeta, antena de la sensibilidad, los capta y devuelve desde su privilegiado me canismo receptivo-expresor. Si su timbre, en algunos casos, parece acercarse al de la filosofía, no es nunca que la poesía se haya vuelto filosófica. Lo contrario estaría mejor, como ya adelantó Juan de Mairena: la filosofía va hacién dose poética cuando baja, y no otra cosa es lo que ha ocu rrido, hasta la angustia temporal del hombre, manantío seguro y constante de poesía14.

 Pero de estas inevitables relaciones se derivan ciertas obligaciones para la crítica de hoy, en las que sí importa detenerse siquiera brevemente. La poesía de entreguerras (poesía de particularísima emoción personal, más irracio nal que conceptual, aunque a Machado no le pareciese así) podía y tenía que ser descrita, y precisamente por ello, desde su pura individualidad o autonomía. Al no desdeñar la lírica de posguerra, y, en cambio, incorporar a la experien cia poética los productos del pensamiento, esto es, las ideas —y las ideas son siempre mayoritariamente compar- tibles—, el creador tendrá que tomar esas ideas, por modo necesario, del fondo cultural que su tiempo le brinda. Esto no puede significar que, voluntaria o apriorísticamente, se dirija allí, a ese fondo de cultura, para encontrarlas y seleccionarlas. No, el poeta las intuye y descubre por sí mismo, en su esencial soledad y en la realización de su vida personal, pero el resultado no puede variar básicamente, puesto que al hombre no le es dable pensar sino del modo en que lo hace su época. Y si, como se ha visto, es clave de la poesía de nuestra hora el aspirar a : 1 Para un desarrollo de estas conocidas ideas, véase de An tonio Machado: Obras. México, Editorial Séneca, 1940, pág. 157. la identificación solidaria y a la comunión con los demás, con el otro, no interesará ya la elaboración de reinos poé ticos absolutamente diferentes y originales, sino el trata miento de aquellos temas que la común problemática hu mana, en sus muy diversos quehaceres, propone. Y ésta es precisamente la faena última de la filosofía de hoy: el análisis y esclarecimiento de esa problemática. 

Por eso, si al cabo se ha definido el problema trascendente del hombre como de índole raigalmente histórica y moral, y la metafísica se ha vuelto ética consecuentemente, la poesía, que ha sentido también esa radical historicidad humana, se va acercando con igual premiosidad, por rápidos atajos, al dominio de la ética. No es extraño así que los poetas más animados precisamente por un deseo de penetración metafísica de la realidad sean los que, en nuestros días, terminen ensayando una lección más sostenida y generosa de moral. Todo ello justifica que, aun con la decisión más firme de no hacer sino crítica de poesía, quienes la em prendan no pueden dar de lado virtualmente a las expli caciones que los pensadores ofrecen de los mismos hechos que los poetas cantan. Queda por abordar la respuesta a la segunda de las dos interrogaciones antes sugeridas, o sea, cómo relacionar sin violencia éste que parece tema central de la lírica es pañola actual con el conjunto matizadísimo y hasta apa rentemente contradictorio de sus cultivadores. En principio, poco trabajo costará comprender que este tema no tiene un solo rostro ni es tratado de una única manera. Y de tal posibilidad de diversificación es hacedero partir para dar base y sentido a la convicción de que en todos los poetas del momento sí están presentes la conciencia y el sentimiento del tiempo, y que esa presencia es el rasgo unificador y cohesivo de la poesía que todos hacen. Visto así ese conjunto, no es difícil pasar entonces a agruparlos —simplificación que, con las reservas a las que luego se aludirá, se muestra no convencionalmente didáctica, sino real— en tres amplias actitudes o categorías, a las cuales habrá en seguida que delimitar y definir. 

Distínguense, primero, aquellos poetas que contemplan y expresan en sus obras el paso del tiempo, la temporali dad, a través de sus propias existencias personales. Para ellos el vivir del hombre es, ante todo, su vivir; y aunque pueden acoger en el verso experiencias generacionales o de época que desbordan las de su estricta intimidad, aqué llas parecen siempre como referidas, sustentantes o cir- cunstanciadoras de éstas, y no intentan nunca elevarse de modo consciente a pronunciamientos de pretensa validez universal. Son poetas que pueden oscilar del «yo» al «nos otros», habida cuenta de la enorme desconfianza que hoy provoca toda hipertrofia del yo; pero que, en primera ins tancia, es la narración de sus propias incidencias históri cas lo que les impele a la labor poética. Con el riesgo de todas las generalizaciones, se puede pensar que son los poetas más líricos, los vocados a una expresión más ínti ma y, por lo mismo, emocionada en un grado más estre mecido y directo. Testimonian, sencillamente, su tiempo humano: reportajes de situaciones vividas, evocaciones de la infancia y la adolescencia, poéticas recreaciones de sus pasados reales o míticos, relatos concretos o simbólicos, introspecciones serenas o atormentadas por los vericuetos del alma, etc. Son, en su mayor parte, poetas del ayer, del pasado; y están condenados a no poder levantar la mi rada más allá de la triste realidad de sus vidas. No se vea esto, sin embargo, como síntoma de desdeñoso individua lismo. Bien saben ellos que esas vidas suyas no son, en esencia, diferentes de las otras; por lo cual intuyen o de sean ardientemente que la experiencia de poesía que ellos vivieron en el momento de la creación sea fácilmente vale dera y fructífera a los demás hombres que algún día les lean. 

Que la poesía de hoy debiera ser épica 15, la frase de José Hierro invocada en ocasiones con muy poco acierto, no permite suponer que ni aun la suya haya pretendido ser épica, sino que él, en un momento dado, vio tal deber como una necesidad de nuestros angustiados tiempos, deber al cual ni siquiera su propia obra se pudo plegar. A Hierro 13 Véase Antología consultada de la joven poesía española (Edición Francisco Ribes), Santander, 1950, pág. 102. sólo le ha sido posible contar y cantar su propia historia, destino compartido también por Luis Cernuda, en gran parte por el mismo Rafael Alberti, en todo por José Luis Hidalgo. Y por esta vía habrá que añadir una abundantí sima nómina, que se acrecienta cada vez más con los poe tas de la más joven hornada, y a la cual será necesario imperativamente renunciar aquí. Basten unos pocos nom bres: Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero, Carlos Sahagún, Francisco Brines... También volverían a tener lugar ahora todos los cultores de la que ya se ha visto denominada por José Luis Aranguren «poesía de la existencia»: Leopoldo Panero, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco. Y como la his toria no lo es sólo de los datos externos y las emociones a ellos directamente adscritas, sino también de las más trascendentales inquietudes del espíritu, podría incluirse aquí al Blas de Otero de Ancia, al Dámaso Alonso de Hijos de la ira, a los confesionalmente religiosos como José María Valverde o a los movidos por una disposición sencillamente cristiana como Rafael Morales; aunque en estos últimos la elevación espiritual del impulso mismo les permita figurar con análogos derechos en la catalogación siguiente. Pero, en general, para ellos el tiempo es, ante todo, lo que éste ha hecho en sus vidas; o, de otro modo, cómo sus vidas, realizadas por su propio esfuerzo a través del tiem po, se les han convertido en historia y ésta, a su vez, en su única posesión. El dolor, la angustia, la esperanza, en fin, toda la finísima gradación de emociones humanas que traspasa su poesía emanará siempre de sus personales y vividas existencias. Se alcanza a vislumbrar después otra actitud. Es la re presentada por aquellos poetas que, aupándose sobre las circunstancias de su propio vivir, que es el solo haber de que disponen, desembocan, no obstante, en una meditación inquisitiva de valor más objetivo y universal sobre los enigmas de la realidad (material y moral) y de la acción del tiempo en ella. Estos poetas se obligan, en consecuen cia, a un equilibrio entre emoción y reflexión. Como hijos de sus años, no podrán desprenderse de la angustia que el sentimiento de lo incierto, nacido de la conciencia de su historicidad, promueve en ei hombre. Escriben, pues, desde la emoción, como fatalmente tiene que ser. 

Pero al mismo tiempo quieren preguntarse reflexivamente sobre los hechos que les conmueven y sobre el misterio que a esos hechos sustenta; de modo tal que la poesía que de su emocionado inquirir resulte actúe como un gesto de solidaria ayuda a los demás hombres, esto es, se convierta en una esperan- zadora abertura de horizontes para todos. Con mirada de águilas, quisieran penetrar el arcano del tiempo en su inte gridad vastísima y fatal, para reducir después los produc tos de su observación (y no por soberbia, sino por genero sidad) a datos de valor permanente y universal. Son, entre todos, los poetas del presente; pero de un presente meta- físico, cuasi-divino, en el que las oscuras interrogantes tem porales que acosan al hombre se resolviesen, de serles fruc tuoso su noble propósito, en un conocimiento de perma nente y salvadora claridad. No enseñan ni predican ni for mulan soluciones: la convicción de sus propias limitaciones humanas les impide arrogarse olímpicos ademanes. Sin embargo, es bien patente en esta actitud, primero, su pro pósito de intelección poético-metafísica de la realidad; des pués, su voluntad de edificación moral, de evidentes pro yecciones universales, aunque liberadas todavía de específi cas implicaciones políticas. Otra vez, aquí, Cernuda, en algunas zonas, las más ricas, de su vigente obra. Y más explícitamente Aleixandre, desde Historia del corazón y con mayor fuerza en su libro último, En un vasto dominio. Aquí también, como altamente ilustrativa, la coherente evo lución integral de Carlos Bousoño; el Dámaso Alonso de Hombre y Dios; y esa nerviosa tensión, raíz de tan her mosa poesía, entre emoción personal y elevación trascen dente que arrojan ciertas parcelas de la obra de Vicente Gaos y José Angel Valente, entre otros. Y, por último, aquellos poetas que, prescindiendo de sus personalísimos problemas, han puesto el objetivo de su atención lírica en las concretas realizaciones histórico- sociales del tiempo que les ha tocado vivir. Para ellos la función del verso será, ante todo, dirigir un índice seña- lativo hacia las realidades de su tiempo, organizadas éstas en un status político-social determinado que se revela como absurdo y miserable. Y como esas realidades, dondequiera que se mire, son bien amargas, el tono no podrá ser sino de denuncia, de anticonformismo, de protesta y rebeldía. Tendrá que nacer, pues, muy emocionado; tal vez sería mejor decir que airado, combativo, indignado o, en algu nos casos, acremente disimulado de ironía y sarcasmo. (Nótese que las dosis de reflexión o de pragmatismo pue den variar de una a otra de las actitudes que se van des cribiendo, pero todas ellas tienen en común el fuerte choque emocional que sacude siempre al hombre cuando mira el tiempo cara a cara.) 

A esta tercera corriente de poesía se le viene llamando, con mayor o menor propiedad, poesía social; y por algunos, ya sin eufemismos, poesía política. Pero resulta harto elocuente que lo que en ella se denun cia es tiempo: realidades del vivir colectivo, de muy defi nida ubicación temporal, que el hombre ha construido mal o que egoístamente ha deformado. Son poetas del mañana, de la esperanza (y las imágenes del alba, la aurora, el des pertar, suelen entrar y salir de esta poesía con un tufillo que huele pronto a tópico y a retórica). Son, sí, los poetas del futuro; y pasado y presente se les presentan sólo como ]os precarios trampolines desde donde hay que dar el salto redentor hacia un porvenir que, confiadamente o no, todos deseamos y necesitamos mejor. Pero no hay dudas de que la ira y la desesperación del presente, tan justas, les limi tan la visión para lo noble, hermoso y trascendente que siempre puede darse en la existencia humana y les reduce necesariamente el campo temático de exploración. 

De un modo más o menos feliz (pero también de una manera histórica y moralmente justificable, quién lo puede negar) se ha cultivado esta modalidad en España durante las úl timas décadas: Gabriel Celaya, el segundo Otero, Victoria no Crémer, Eugenio de Nora, Angela Figuera, Gloria Fuertes, Angel González, Jaime Gil de Biedma. Cabe mencionar aquí a muchos de los poetas de la España peregrina, con voces tan auténticas como Alberti y León Felipe, y a algunos otros, dentro y fuera, obsedidos por el tema de España, pero que no pueden por la totalidad de su obra ser juz gados como poetas excluyentemente sociales (como tam poco, si vamos a ver las cosas en su justo rigor, ninguno de los arriba mencionados). En resumen. Tiempo vivido y percibido en las dimen siones personales de la propia existencia. Tiempo contem plado en su pura fluencia y en su acción sobre la realidad, como materia para una meditación de más amplias y abar- cadoras proyecciones. Tiempo visto desde un punto de mira colectivo y en sus concretas plasmaciones sociales y polí ticas. He aquí las tres diversificaciones más pronunciadas que puede arrojar este centro común que exhibe la poesía española de hoy, y que ya se habían visto insinuadas y abonadas, una a una, en el triple canto temporal de Anto nio Machado, el precursor y profeta de tantas realidades. Acercándonos más a cada una de ellas, sería posible di bujar en estas tres ramas una escala sutil de matices. Poe tas de un radical subjetivismo o poetas de un yo diluido en un nosotros, en el primer grupo. Poetas mayormente inclinados a la metafísica o poetas volcados hacia la ética, en el segundo. Y en el tercero: poetas de la limpia solida ridad humana; poetas de la protesta aún sin rotulación específica; y poetas en los que se entrelinean, hasta donde esto sea posible, ideologías revolucionarias de muy resal tado color. 

Y así, descendiendo más y más, llegaríase a la realidad indivisa y personal de cada poeta, sólo explicable enteramente desde su obra misma. Esta última salvedad permite adelantar el mayor repa ro de cuantos puedan oponerse a las anteriores considera ciones. Quede bien claro que en ningún momento se ha tratado de sentar aquí doctrina, sino de presentar senci llamente unos hechos que parecen verificables de no difí cil manera. Para no operar sólo en teoría, se han citado algunos nombies, sin ánimo de agotar todos los posibles, en las tres líneas apuntadas. Pero entiéndase que nunca ha habido la intención de clasificar o agrupar poetas, sino de describir actitudes generales; porque sería empeño in nocuo el querer comprender una determinada obra poé tica en función exclusiva de una sola de tales actitudes. Un mismo autor cabe en una y otra: especialmente entre las dos primeras (emoción personal del tiempo y reflexión más universal sobre la realidad temporal) la línea fronte riza es borrosa en extremo; porque toda meditación, por general que aspire a ser, se levanta siempre desde las in transferibles experiencias personales de quien las vive y ellas no pueden ser ignoradas en el momento de la crea ción. Hay a la mano algunos ejemplos bien evidentes de esta condicionada dualidad. Luis Cernuda, entre ellos, ci tado con justicia en el primero y en el segundo apartado. Y, del mismo modo, Vicente Aleixandre, a quien se le ha incluido en el segundo, refiriéndonos, al hacerlo, a su libro Historia del corazón. Sin embargo, el conocedor de este libro tiene todo el derecho de preguntar cuántas páginas de esa historia han brotado sólo de la emoción del poeta vuelta sobre las circunstancias íntimas de su personalismo pasado. Otro caso. Los poetas arraigadamente religiosos han sido mentados en la categoría primera, porque un acto de fe entraña raigalmente una vibración emotiva de índole personal. 

Pero cuando el espíritu religioso expresa su certidumbre de fe, su verdad, ¿no cree tener la seguri dad de haber alcanzado una forma universal de afirmación y hasta desea que ella fuese igualmente sentida y compar tida, en universal comunión, por los otros hombres? Mu chas objeciones salían al paso a estos esquemas al mismo ritmo que ellos se iban conformando. Y es que en todo momento la verdad simplicada o esquematizada empieza ya a no parecerse a la verdad. Y una más, en fin, y quizá la de mayor importancia. En Carlos Bousoño notoriamente, pero también en muchos poetas destacados de la más re ciente promoción, ¿es posible realmente deslindar dentro de una misma unidad, o sea, en un mismo poema, lo que esa unidad debe a una u otra de las dos actitudes discu tidas: la emocionada-personal y la reflexiva-universal? Piénsese, al efecto, en José Angel Valente o en Claudio Rodríguez. Al contrario, parecería más bien que en la inte gración sin quiebras de ambas disposiciones espirituales puede divisarse una salida segura y un enriquecimiento para el poeta joven de hoy y, en general, para toda la poesía española. Como ya se sugirió, sólo los poetas socia les estarían aptos para cercar un coto cerrado de inten ciones y resultados; pero después se descubre que ni Ce- laya ni Otero ni Gil de Biedma, como nombres significa tivos, han escrito únicamente poesía social. Y por aquí hay todavía mucha tela por donde cortar. ¿El amor y el dolor por la Humanidad, germen único de la sincera y auténtica poesía social, no es en su fondo un sentimiento tan subjetivo, tan esencial, como el que puede mover a un poeta erótico o a un poeta religioso? Y mirando las cosas desde un opuesto sentido, ¿no puede hablarse de Eladio Cabañero como de un poeta tan «social» como el que más? No es, pues, cuestión de encasillar rígidamente a éste o al otro (ni siquiera a este libro o a aquel poema), sino de poner una mayor distancia a nuestra perspectiva y comprobar cómo en el conjunto de esos poetas (a veces en uno solo de ellos) se dan las tres maneras de sentir y expresar el tiempo que se ha ensayado bosquejar en estas sumarias notas. Lo que importa, al final de ellas, es verificar la inicial intuición de donde se partió: el tiempo, en cualquiera de sus posioles concreciones, es el motor último de la poesía española actual. Atrás, muy lejos ya, ha quedado el ideal que cifraba la salvación de la poesía y el arte en la huida de toda contingencia temporal. Muy cercanos de nuevo, por tanto, aquellos que siempre se rebelaron ante tal falacia: Unamuno y Machado. Ellos enseñaron, además, una gran lección que los jóvenes no deben olvidar, y que los mejo res, en efecto, no olvidan. Y es que esta conciencia del tiempo, esta asunción de la condición histórica del hombre, no puede implicar para el poeta que éste ceje en su vo luntad de trascender la epidermis de las cosas y las cir cunstancias. Ha de recordar que más allá de la pura realidad ob jetiva, no importa que la alcance a ver sólo en su dimen sión temporal y finita, hay un reino de misterio y de som bras; que una de las misiones de la poesía, tal vez la de mayor envergadura, es precisamente iluminar ese reino y revelarnos el enigma, hasta donde humana y poéticamente se pueda, devuelto ya en claros signos. Y que no se vea esto como una contradicción al designio de conformación moral que anima a los poetas de hoy, del que ya se habló, pues tal contradicción no existe: el hombre es hijo de sus obras, pero sobre él siguen en pie las preguntas últimas y el dolor de no ser, la angustia de la nada. De los grandes nombres del 27, los más vivos hoy son precisamente los que esto han comprendido; y, al tratar de situarse al nivel de los tiempos, no han olvidado su compromiso primero con la poesía (compromiso que afortunadamente no quiere decir ya «autonomía» ni «pureza»). Vicente Aleixandre, cuya fuerza humana y cordial no obsta para que aliente en él un anhelo de penetración metafísica o trascendente; aunque sea la suya una forma de metafísica histórica trascendida de la materia misma. 

Y Luis Cernuda, tan justamente com prendido al fin y tan cercano al espíritu de hoy, tiene en este sentido mucho que ensenar. Que su ejemplaridad no se reduzca a lo más superficial, como muy bien podría ocu rrir; y que se recuerde cómo para el gran poeta recién desaparecido la poesía era en principio una febril aventura hacia el lado invisible y mago de la realidad. El ansia —o la duda y aun la negación— de eternidad, de totalidad (¡otra vez Juan Ramón!), que nos llama fuertemente desde la más tangible e inmediata circunstancia, será siempre vena inagotable, sin fondo, de poesía. Madrid, verano de 1963.

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