lunes, 2 de febrero de 2026

POR CUENTA PROPIA LEER Y ESCRIBIR RAFAEL CHIRBES



INTRODUCCIÓN: LA ESTRATEGIA DEL BOOMERANG

En su autobiografía, narra el crítico alemán Marcel Reich-Ranicki la entrevista que mantuvo con Anna Seghers, autora de La séptima cruz, una novela para él -y para tanta gente, entre la que me incluyo- admirable. Reich-Ranicki describe su desconcierto cuando, a medida que transcurría el encuentro con la novelista, fue dándose cuenta de que «aquella persona modesta y simpática que en ese momento parloteaba pausadamente sobre sus personajes con la pronunciación abierta del dialecto de Maguncia, aquella mujer digna y amable, no había entendido en absoluto la novela La séptima cruz. No tenía ni idea del refinamiento de los medios artísticos empleados en ella, del virtuosismo de la composición». Se acuerda Reich-Ranicki de los cientos de miles de personas que han leído y -textualmente- «comprendido correctamente» la novela; de los numerosos críticos que la han -de nuevo son sus palabras- «interpretado de manera apropiada, con inteligencia y sagacidad», para llegar a la conclusión de que «la mayoría de los escritores no entiende de literatura más de lo que las aves entienden de ornitología».

No hay ninguna mala uva en el comentario del sagaz estudioso, miembro de los escritores alemanes de posguerra que se integraron en el llamado Grupo 47, entre los que se encontraban Günter Grass y Heinrich Böll. Más bien, lo contrario: se conmueve y, de hecho, al acabar el encuentro con aquella mujer poco consciente de que ha escrito una extraordinaria obra admirada por cientos de miles de personas y traducida a veinte o treinta idiomas, se siente tan emocionado que no puede reprimir la tentación de efectuar un gesto ya infrecuente en la Alemania de la época: besa la mano de Anna Seghers.

No quiero decir ahora que, cuando escribo, yo mismo me sienta como un pájaro que ignora lo que dicen los tratados de ornitología, o me vea heredero de monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre que se asombraba de llevar toda la vida hablando en prosa sin saberlo, pero pienso que, en lo que comenta Reich-Ranicki, hay un sustrato de verdad en el que me reconozco, por más que, desde mi juventud, siempre en busca de alguna luz sobre lo que fuera esto de escribir, no me haya ahorrado los textos de los teóricos de la creación literaria: Jakobson, Todorov, Tinianov, Bajtín, Macherey, Lukács, Raymond Williams, Eagleton, Eco o Goldmann fueron alimento literario de aquellos años ávidos en los que hablé -seguramente con demasiada desenvoltura- de la función de la novela, definiéndola con una seguridad que he ido perdiendo a medida que he ganado canas y he ido dándome cuenta de que la narrativa es un arte tan lábil como pueda serlo el sentido de las palabras con que se construye; que no brinda seguridades, ni siquiera en eso que, en otros oficios, se llama capacitación profesional: el carpintero se siente más capaz, mejor dotado después de hacer una mesa; sin embargo, el novelista se encuentra ante cada obra tan desprotegido como el jugador de ruleta que, en cada tirada, vuelve a empezar desde cero. La literatura no surge por acumulación de esfuerzos, aunque el esfuerzo sea imprescindible: uno puede adquirir desenvoltura, eso que llaman oficio, habilidades que más bien lastrarán las alas de una nueva novela. Los hallazgos que le sirvieron para la obra anterior se convierten en lastres de los que debe librarse a la hora de escribir la siguiente. Todos conocemos los casos de grandes narradores que, de repente, fueron incapaces de añadirle un capítulo más a su obra. Conocemos las historias de novelistas que, cuando parecían encontrarse en el momento de mayor madurez, enmudecieron. El caso de Dashiell Hammett es bien conocido y especialmente patético. Cuentan sus biógrafos que, durante años, siguió sentándose a escribir cada día, y que de todas aquellas sentadas no salía nada. En el otro extremo, podemos citar a autores que enterraron sus mejores libros bajo la mediocridad de los que escribieron después: hace poco, en un precioso artículo, Vargas Llosa contaba cómo Céline, tras sus dos sorprendentes primeras novelas, Mort à crédit y Voyage au bout de la nuit, pasó decenios imitándose cada vez peor a sí mismo; entre nosotros, Sender sería seguramente el mejor representante de un grandísimo novelista enterrado bajo el peso de su propia ganga. Libros extraordinarios como Imán, o como Siete domingos rojos, fueron aplastados por tantos y tantos mediocres como dio a la imprenta en los siguientes años. Conocemos tipos poco brillantes capaces de escribir espléndidas novelas y, por el contrario, gente con cabezas magníficamente amuebladas que naufragan al intentar el género narrativo. Por eso me atrevo a decir que no sabemos muy bien de dónde surge la fuerza de las novelas, y que Reich-Ranicki acierta al afirmar que la mayor parte de las veces los autores no tenemos la lucidez necesaria para saber qué es exactamente lo que estamos haciendo.

Luchamos con nuestros fantasmas cuando creemos estar peleando contra una sociedad que nos asfixia. También ocurre al revés. Nos peleamos con la maraña del tiempo, cuando creemos pelearnos sólo contra nuestras sombras. Lukács definía el arte como un modo de representación de la autoconciencia de la humanidad. Pero nosotros, novelistas de comienzos de siglo XXI, a quién representamos, qué filamento de la humanidad se revela a través de nosotros. René Huyghe, en Diálogo con lo visible, reflexiona sobre el origen de la violencia y oscuridad en la pintura de Goya: Goya pinta la España de su tiempo, pero pinta también sus propios fantasmas. Los aquelarres, las brujas y mendigos con que embadurna las paredes de la Quinta del Sordo son para consumo propio. A veces se produce ese milagro: hay artistas que captan en sí mismos las tensiones del exterior. En general, se trabaja a ciegas. Puedo hablar por mí: en ninguno de mis libros he tenido una idea demasiado clara ni de cuál era el tema de lo que estaba escribiendo, ni de los instrumentos de los que me servía, prácticamente hasta que lo he tenido terminado. No creo en la escritura automática, en la inconsciencia, pero sí en que escribir supone una excavación en un túnel oscuro: estoy convencido de que todos mis libros han nacido de esa inmersión en lo que podría llamar mi subconsciente, un subconsciente que no es exactamente de raíz freudiana, sino que tendría que ver con los materiales que han empastado el carácter -lecturas, experiencias, ideología, posición social, heridas, aspiraciones, derrumbes-, todo eso que, sin tener demasiada conciencia de ello, guardo dentro, y construye la fragilidad de lo que soy. No digo que el yo que escribe sea un ser inocente, sino que tiene una densidad que le otorga su tiempo y que él mismo no llega a descifrar. Nuestra alma es fruto del tiempo. La densidad de la de los personajes de Balzac se expresa en libras de renta anual. Escribir es trabajar en la organización del lenguaje de una de terminada manera, y el lenguaje muestra irremediablemente las tensiones que la sociedad implanta en el autor, su posición en ese complicado cruce de mensajes o querencias. Por eso, la novela delata a quien la escribe, se vuelve incluso contra él, lo denuncia. No sólo la novela, cualquier forma de escritura es un policía riguroso al que difícilmente se le escapa ningún indicio: incluso me atrevería a escribir que la literatura -como los amantesacostumbra a vengarse de quien no se arriesga a llegar hasta el límite; una escritura a medias es una mentira que el interrogador detecta. Escribir no es sólo cuestión de engrasar el oficio. La técnica tiene un peso relativo.

 

Hablamos de escritores que están en el centro del escenario y de escritores marginales; de escritores que prolongan el lenguaje hegemónico y de los que buscan mirar desde otra parte, crear otra sintaxis narrativa, averiguar algo que está ahí y no se nombra: es cierto que los vencedores tienden a sorberlo todo, a arrastrarlo todo en el cortejo con que celebran su victoria, como nos ha enseñado Walter Benjamin. No en vano, «(l)o estético significa lo que Max Horkheimer llamó una especie de “represión interna” en la que el poder social se introduce más profundamente en los mismos cuerpos de aquellos a los que sojuzga». Lo escribió así Terry Eagleton en su libro La estética como ideología: la formación del gusto como una forma profunda de dominio. Se imponen modas, temas, maneras de mirar, de escribir; se impone una retórica que envuelve cuanto tenemos a mano. Son los códigos éticos y estéticos hegemónicos: circulan en su tiempo con naturalidad, al alcance de cualquier artista. Sin duda es más fácil escribir desde ellos; pero se levantan sobre una densa malla de otros códigos posibles; olvidan y ocultan el presentimiento de otros valores, algunos de los cuales, imperceptiblemente, acabarán siendo hegemónicos. Los novelistas lo sabemos. La novela cambia de manos sin que nos demos cuenta. Lo vemos a diario: muchos novelistas contemporáneos siguen convencidos de que su visión es una visión a contrapelo de la dominante, cuando ya hace tiempo que se han convertido en parte de la narración con que el poder se viste. A lo mejor, ellos no lo saben, pero lo que en sus primeros libros fue investigación ya es poco más que retórica. El novelista está obligado a ser un animal atento, liebre, pulga; a saber escapar un minuto antes de que el poder lo colonice. Por hablar de un fenómeno reciente en España: hemos asistido a la aparición de un flujo de novelas supuestamente dedicadas a recuperar la memoria de los vencidos en la guerra civil, que se nos ofrecía como investigación en un tema tabú, y que, sin embargo, ha acabado siendo más bien una consoladora narrativa de los sentimientos, al servicio de lo hegemónico. Aunque prometía adentrarse en espacios de pérdida necesarios para reconstruir el presente, se ha limitado a moverse en una calculada retórica de las víctimas con la que se restituye la legitimidad perdida en los ámbitos familiares del poder.

Una novela recién aparecida en España, A quien corresponda, de Martín Caparrós, cuestiona con lucidez la falsedad edulcorada que envuelve la visión que la sociedad argentina ha desarrollado en torno a sus «desaparecidos», convirtiendo en mártires a los protagonistas de un trágico y confuso episodio de lucha política que tuvo lugar en los años setenta. Entender la mecánica de todo aquello -lo que busca Caparrós en su libro- resulta bastante más instructivo que llorar sobre las tumbas vacías de los desaparecidos. No hubo exactamente víctimas y verdugos, sino vencedores sin escrúpulos y vencidos; y no basta con recordar piadosamente a los vencidos, sino que hay que indagar en las razones por las que lucharon y por las que perdieron, sacar a la luz su propia debilidad, sus propios errores, su crueldad, y también su grandeza. A veces quienes hablan a favor de los vencidos son quienes más rápidamente los entierran; y quienes desentierran sus cadáveres pueden ser quienes más prisa tienen por enterrar sus ideas. En España, ser un narrador de eso que ahora llaman la memoria histórica no es llorar sobre los mártires republicanos, sino cumplir con la obligación de contar nuestro tiempo, meter el bisturí en lo que este tiempo aún no ha resuelto -o ha traicionado- de aquél, y en lo que tiene de específico. El salto atrás en la historia sólo nos sirve si funciona como boomerang que nos ayuda a descifrar los materiales con que se está construyendo el presente. Galdós es un maestro en esa estrategia de ida y vuelta. Conviene leerlo atentamente para aprender.

Porque ¿qué es lo que ofrece el narrador, el contador de historias? En otro artículo, incluido unas páginas más adelante, cuento cómo en su libro El último lector Ricardo Piglia se detiene en los diarios del Che Guevara para llamar la atención sobre el hecho de que el guerrillero siguiera leyendo literatura en plena selva boliviana, mientras empuñaba las armas ya con la amargura de saber que no iba a estallar ninguna revolución y que, seguramente, pronto iba a morir. Piglia piensa que el «lector de ficciones (…) es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético, un modelo de conducta, la forma pura de la experiencia». Buscamos modelos de conducta en las narraciones: no otra cosa era lo que ofrecían las fábulas medievales a sus lectores u oyentes: enxiemplos ofrecía don Juan Manuel en El Conde Lucanor, fábulas, narraciones que ponían ante disyuntivas a sus personajes y, de paso, al lector que se adentraba en ellas. Walter Benjamin -al igual que lo hace Piglia- pensaba en la novela como espacio donde se plantea un problema moral, un ejercicio de pedagogía.

 

Cuando el código hegemónico parece ocuparlo todo, cuando, desde lo que nos parece una libertad artística absoluta, nada hiere el discurso dominante, la oscuridad del novelista que indaga su propia posición entre la grasa de los mecanismos de la máquina de su tiempo no es más que la particular forma de violencia a que se somete. Los noticiarios de la televisión, las páginas de los periódicos, nos dejan la sensación de que somos sólo lectores o espectadores. Ninguna de las batallas de las que se nos informa parece ser la nuestra. Ninguna parece afectar a nuestro estatus, en ninguna se reclama nuestra intervención. Como en buena parte de las recientes novelas sobre la República y la guerra, lo sentimental se convierte en el recurso narrativo de mayor efecto en estos noticiarios: la narración hegemónica pretende conmovernos con la baza segura de las víctimas: los desaparecidos argentinos son en ese lenguaje unificador víctimas, y lo son los niños palestinos reventados por las bombas israelíes, y los judíos a los que matan los proyectiles de Hezbolá; víctimas los soldados de las fuerzas de ocupación de Irak y los militantes de cualquiera de los integrismos que las combaten; los secuestrados por las FARC, los cadáveres de los guerrilleros tendidos en el suelo, los de los conductores que mueren en la carretera, los de los albañiles que se han caído de un andamio; el propio clima y la tierra, víctimas de una crueldad. La compasión por las víctimas nos reafirma en nuestra condición humana y nos libra del peso de la culpa y, sobre todo, de la responsabilidad de elegir. Sacerdotes y psiquiatras atendían a los torturadores argentinos convenciéndoles de la necesidad de su difícil trabajo, del inmenso sacrificio que ofrecían a la patria. Era el mecanismo para convertir a los verdugos en víctimas. El lenguaje hegemónico se ofrece como sacerdote, como psiquiatra consolador, como político que señala hacia un futuro que justifica las injusticias del presente como etapas del camino. El novelista que me atrapa no es ninguna de esas tres cosas. No busca consolar, sino descifrar.

En lo que parecería la antítesis del lenguaje consolador, hay otro arte que parece estimular el sistema nervioso de la sociedad con una escalada de atrevimientos, de supuestas provocaciones a las que miramos con la misma curiosidad con que se mira a un niño malhablado: se exhiben imágenes de solares abandonados, paisajes suburbanos, vertederos, excrementos, deyecciones, órganos y cadáveres sacados de las morgues; se proyectan imágenes atroces de guerras y torturas. Resulta curiosa la presencia creciente de lo suburbial, lo sucio y lo violento en el arte más refinado de las sociedades satisfechas (guetos y espacios privados), por otra parte tan aquejadas por la manía de lo higiénico y lo saludable. Raffaele La Capria, en un hermoso ensayo sobre Nápoles que lleva por título L’armonia perduta, cuenta cómo la burguesía napolitana (pequeña, precisa La Capria), atenazada entre dos poderes temibles -el del rey y el de la plebe, que se habían aliado contra natura para anegar en un baño de sangre la revolución ilustrada-, incorporó como propio el dialecto de los plebeyos y creó la figura de Polichinela como espantajo que recogía el descontento de los miserables y lo disolvía, convirtiéndolo en bufonada. Incorporar el dialecto napolitano fue una forma de conjurar la violencia de clase que ese lenguaje de los plebeyos (los lazzari) llevaba dentro: la burguesía tuvo la habilidad de convertir en farsa lo que la amenazaba como tragedia, en pastiche costumbrista la violencia social, y en escenario de Polichinela el cadalso. Dice La Capria que la burguesía partenopea en vez de tomar el papel que le correspondía en el siglo XIX, el de dirigir, tomó el de digerir. Las palabras cuore y mamma se convirtieron en el bálsamo que unía en un espacio común a los napolitanos, al margen de su condición social. Algo así da la impresión de que se está produciendo en el arte contemporáneo: lo más sórdido se digiere en exposiciones que se presentan en las galerías más exclusivas. En las sociedades sin dioses, lo estético se vuelve un valor indiscutible, pero, a la vez, voluble; y, sobre todo, en un valor que roza el peligro de lo inane: un sucedáneo de rebeldía que agota sus fuerzas en la representación. Como la carta robada de Allan Poe, queda oculto por ese ajetreo del arte lo que, sin embargo, más a la vista se nos ofrece, en Madrid, Nueva York, Yakarta o México, D.F.: la configuración de la sociedad como resultado de una violencia que -como decía Pavese de la poesía- no se enuncia, sino que se intenta. Durante más de un siglo a esa tensión que forma el sustrato de nuestro orden se la llamó lucha de clases. Hoy, hasta el propio concepto de clase se ha difuminado. Si el artista es fruto de su tiempo; si todo arte, como decía el pintor Miró, es arte con tiempo, ¿a qué clase de nuestro tiempo pertenecemos?, ¿a quién debemos ofrecer esa capacidad para descifrar la violencia original, al servicio de qué o de quién nuestro arte? ¿O debemos admitir que el arte es un bien universal y también los verdugos tienen derecho a su ración de bálsamo? El siglo XX ha concluido con una victoria de la burguesía tan devastadora como la de Escipión el Africano en Cartago: el lugar que ocupaba en el imaginario colectivo la lucha de clases ha sido demolido y su campo sembrado de sal para que no nazca nada en él. Ni siquiera las palabras han quedado en pie: lucha de clases, burguesía, proletariado, pueblo, revolución…

¿Pero es de eso de lo que debe hablar el arte? Qué es ser artista en el siglo XXI, a quién representa el artista, a quién represento yo cuando escribo una novela. En nombre de quién me atrevo a publicarla. Dice Claudio Magris: «Un escritor en cuanto tal, sencillamente, no puede ser representante de nada, ni siquiera de las instituciones menos peligrosas del realismo estalinista. Quizá uera Goethe el último poeta que pudo conciliar -y también él pagando un precio elevado- la poesía con un papel representativo. La idea de Baudelaire como exponente oficial de algo, aunque se tratara de la transgresión o de las flores del mal, es ridícula, inconciliable con su grandeza. Acaso por ello, los grandes del siglo XX fueron escritores como Svevo o Kafka, a quienes la suerte benévola preservó de la posibilidad y, por consiguiente, del peligro de convertirse en figuras oficiales de la sociedad literaria.

»El escritor no puede encarnar nada, ni una tendencia ni un mundo poético, puesto que son auténticos sólo hasta que los expresa tal como los vive, sin preocuparse de lo que les sucederá ni del efecto que causarán sobre la realidad. Cuando se ocupa y se preocupa por ellos, aun por un sentido de alta responsabilidad moral, acaba su aventura poética y comienza su gestión de la misma, que ha de tener en cuenta tantas otras cosas y consecuencias ajenas a ella. En Los Buddenbrook, Thomas Mann ha narrado una grandiosa fábula lübeckense de la declinante sociedad burguesa. Pues bien, cuando el éxito de su obra maestra lo transformó en el representante de ese mundo, tuvo que convertirse en responsable guardián y pedagogo de él; sus bellísimos llamados ensayos ciceronianos sobre Lübeck y la civilización hanseática son espléndidas conferencias, pero algo muy diferente de la poesía de Los Buddenbrook, porque sobre ellos pesa el sacrificio de quien sienta cabeza para hacerse cargo de la familia -y a la familia cabría llamarla, según el empeño personal, la revolución, el progreso, el orden, la libertad, la batalla contra la represión» (Claudio Magris, El infinito viajar).

Estoy y no estoy de acuerdo con Magris. Yo creo que un escritor siempre representa, aunque lo haga seguramente a su pesar. Precisamente los artistas más altivos, los que se reclaman al margen de la historia, acaban siendo los síntomas más instructivos de su tiempo. Ningún yo flota en el aire, y Svevo y Kafka representaron el miedo de las clases medias zarandeadas por la violencia social -del mismo modo que lo fue la burguesía napolitana de la que habla La Capria-, y desconcertadas al descubrir su inanidad frente a la maquinaria del Estado. La conciencia de Zeno de Svevo se cierra con la tremenda sacudida de la Primera Guerra Mundial, también La montaña mágica de Thomas Mann. Pero Magris tiene razón en que una obra no puede trabajar con certezas, ser una consigna: el lenguaje literario acaba reflejando las tensiones de su tiempo utilizando caminos que ni el propio autor imagina en esa ambigua zona de encuentro entre lo público y lo privado. Cuando sustituye la investigación por la consigna, la obra literaria renuncia al aura con que la viste su enunciación de lo no dicho. En su reflexión, Magris apunta hacia la oscuridad en la que trabaja el novelista, y en eso no puedo sino estar de acuerdo con él. Pero qué es ser novelista en el siglo XXI. Cuál es el objeto de la búsqueda, e incluso cuál es el estatus de la novela. Merodeamos en busca de sentidos en estos tiempos convulsos.

Aunque, sin duda, la visión de lo convulso como novedad para justificar nuestro desconcierto no deja de ser falaz: para convencerse de ello, basta con leer la estremecedora introducción que Boccaccio escribe para ese gozoso canto a la vida que es el Decamerón. La peste y la muerte apoderándose de la rica Florencia, los hijos abandonando a sus padres moribundos, los cadáveres amontonados en las calles de la orgullosa ciudad; o, por poner sólo otro ejemplo, basta con reflexionar sobre las condiciones en que Barbusse escribió su gran novela El fuego, metido en el lodo de las trincheras, entre ruinas y cadáveres de seres humanos y de animales. El propio don Quijote se queja de «haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos». Hoy, en un tiempo y un lugar en los que los novelistas posan en las páginas de sociedad de los dominicales de los periódicos y compiten en brillantez, miramos hacia atrás, y nos decimos que la gran narrativa del XIX fue la escuela formativa de la sensibilidad burguesa; sin embargo, sus contemporáneos no la vieron así. Los novelistas sufrieron marginación, agresiones, desprecio, procesos. Sin duda, merodeaban como lo hacemos hoy, cuando no pocas veces tenemos la sensación de que hemos secuestrado las palabras de la tribu y las roemos en la solitaria humedad de nuestra madriguera, en una vuelta del individuo a sus pulsiones previas al pacto social: reencuentro con la fisiología, con un yo que muerde en el hueso de sí mismo: que busca su legitimidad de artista reclamando como intransferibles sus experiencias del placer y del dolor, la pulsión sexual, la enfermedad y la soledad ante la muerte, sin darse cuenta de que, al escribir sobre eso, compone el cuadro clínico de nuestra específica sociedad insolidaria.

No digo que el yo que escribe sea un ser inocente, el pájaro de Reich-Ranicki que canta sin saber que el ornitólogo hace años que ha descrito y clasificado su melodía, sino que el escritor destila la densidad que le otorga su tiempo y que él mismo no llega a descifrar. Nuestra alma es un fruto del tiempo. Lo he escrito en alguno de los artículos agrupados en este libro: la densidad de la de los personajes de Balzac se expresa en arpentas de tierra, en libras de renta anual; y sabemos la cualidad del alma de los personajes de Galdós por el nombre de la calle en la que viven; por si en la ópera ocupan un palco, o desgraciadamente no pueden permitírselo; por si viajan en verano en el tren que lleva a los balnearios del norte o si se ven obligados a sufrir el inhóspito verano de Madrid. Escribir novelas es trabajar en la organización del enguaje de una determinada manera, y el lenguaje muestra irremediablemente los usos y tensiones que la sociedad implanta en el autor, su posición en ese complicado cruce de mensajes o querencias. El escritor mira desde un sitio, se detiene ante determinados paisajes, ordena el material de cierta forma, se entromete o se aparta del texto, y de ese modo -sin él mismo saberlo- se nos muestra, se nos revela él mismo, a la vez que nos brinda su narración: las palabras, los giros del lenguaje, las expresiones pertenecen a un grupo social y a un momento, se deslizan, fluyen, alteran su significado, caen en desuso, son abandonadas por una clase para ser recogidas por otra: no son mundos cerrados, sino que expresan cosas que están fuera de ellas, paisajes, objetos, situaciones, pero también estados de ánimo, vivencias íntimas o corrimientos sociales. Si, como Miró, pensamos que el arte es arte con tiempo, con más motivo ha de serlo un arte que se nutre forzosamente de algo tan público, tan sensible y cambiante como la lengua. La novela no puede dejar de detectar el complicado juego de tensiones de su época. Se cuelan dentro de ella, y también la iluminan desde el exterior, la cercan: a mediados del siglo XX, la crítica literaria leía las novelas aplicándoles palabras que hace un momento hemos declarado obsoletas: se hablaba de función social de la narrativa, de novela burguesa, de novela proletaria, o revolucionaria, y toda esa utilería verbal permitía diseccionarla con un tipo de corte que ya no se usa. Era -como lo es siempre cualquier forma de lectura- un diálogo entre autor y lector, entre un tiempo y otro. Las novelas están a merced de lectores y analistas que se empeñan en descubrirles nuevos significados desde el instrumental de los nuevos tiempos. Unas formas de entender la vida, unas escuelas literarias, unos lectores, son sustituidos por otros; y se subrayan unos valores y se difuminan otros. Es verdad que las grandes novelas siguen ahí, en pie, a disposición de quien se acerque a ellas, un poco como aquel misterioso monolito de la película de Kubrick. Pero también vemos cómo libros que fueron apreciados se olvidan; o, por el contrario, cómo otros a los que ya se consideraba muertos vuelven a renacer con inusitados rasgos de juventud, porque guardan valores que se ajustan a los que el nuevo momento admira o persigue. Al fin y al cabo, como bien ha visto Bajtín en sus impagables ensayos, la novela surge como gran almacén de los lenguajes de su tiempo, frente a la univocidad de la épica o incluso -con matices- de la poesía: es más, el gran valor de la novela reside precisamente en reconocer y descifrar esa falta de unidad del lenguaje, su volubilidad, su pertenencia a psicologías, a niveles educativos, a espacios rurales o urbanos, a gremios, grupos o clases sociales, y su vocación es precisamente recoger y convertir en materia misma del género la diversidad. De hecho, la gran novela europea nace del enfrentamiento de lenguajes: lo descubrimos en La Celestina, donde el habla de los criados busca levantarse frente a la de los señores, la imita y caricaturiza; o en el Quijote, donde la retórica libresca del hidalgo muestra su fragilidad al contrastarse con el lenguaje de las decenas de personajes de todas las clases sociales que pueblan las páginas del libro: braceros y labradores ricos, aristócratas, mujeres maltratadas y jóvenes altivas, actores, comerciantes, pescadores, ladrones, venteros, prostitutas, arrieros, curas, estudiantes. Uno termina de leer la novela de Cervantes con la sensación de que ha pasado ante sus ojos toda la España del siglo XVI. Del cruce de miradas, del intercambio de puntos de vista que -en un movimiento de retorno, como de boomerang- aguzan y ponen en cuestión los propios puntos de vista y la mirada del lector, extrae lo mejor de sí misma la narrativa, su carácter de experiencia a la vez pedagógica y ética, lo que reclamaba de ella Walter Benjamin: en ese juego de perspectivas, el lenguaje se libera de cualquier trascendencia, se convierte en instrumento relativista de cada personaje, se limpia de las rebabas que el uso y la manipulación han puesto sobre él, se repristina la mirada a la vez del autor y del lector, redescubriendo el mecanismo por el que cada palabra busca ser nombrada. Proust, en El tiempo recobrado, dice: «La grandeza del verdadero arte (…) (es) encontrar, atrapar de nuevo, hacernos conocer esa realidad de la que vivimos lejos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que adquiere más espesor e impermeabilidad el conocimiento convencional con que la sustituimos, esa realidad que correríamos el riesgo de morirnos sin haber conocido, y que es simplemente nuestra vida.» Me atreveré a decir que la novela, sobre todo, le permite al propio autor esa experiencia a la vez de aprendizaje y de peregrinaje moral, al contrastar su propia posición poniéndola a navegar al pairo entre los impetuosos soplos de otras miradas. Días atrás, releyendo el deslumbrante Diario de un ladrón, de Jean Genet, tropecé con esta frase: «Cuando (…) me puse a escribir no fue nunca con el fin de revivir mis emociones o de comunicarlas sino con el fin de componer un orden (moral) desconocido (para empezar, por mí mismo).» Es cierto que, en Genet, la escritura purifica al escritor como la ascesis espiritual purifica a un místico. Y la obra compone una especie de ascenso al Monte Carmelo. No es exactamente mi posición, aunque en él encuentro un esfuerzo, una búsqueda de cierto desconocido orden con los que me identifico. Se ajusta mejor a mi empeño lo que afirma Bajtín en su ensayo Sobre el discurso novelesco: «El prosista (…) intenta decir en el lenguaje de otro lo que le concierne personalmente (…) mide su propio mundo a partir de la escala lingüística de los otros.» Bajtín ve la novela como un ejercicio de indagación, de búsqueda de uno mismo entre las historias y razones de otros: es una idea que comparto, y, por eso, estoy convencido de que no hay orden novelesco sin punto de vista, que es tanto como decir que no hay novela sin que el autor ponga a prueba su fuste ético. Encontrar ese lugar desde el que mirar y escribir yo diría que es el único verdadero problema al que se enfrenta el novelista, ya que se trata nada más y nada menos que de poner en orden y dotar de sentido la infinita variedad en la que se le ofrece la vida. Por eso, los grandes maestros de la narrativa no vienen sólo de los que mejor dominaron el oficio; a veces hay que buscarlos fuera del género: puedo decir que mis novelas deben tanto a Marx o a Lucrecio como a Balzac y a Proust.

Haber leído a Marx seguramente me ha impedido una literatura autofágica, de modo que -en ese cruce de lo público con lo privado que es la literatura-, al indagar en mi propio malestar, me he visto obligado una y otra vez a mirar alrededor y también a volver la vista atrás, para entender el cruce de tensiones que componen mi yo y su conflictiva relación con el entorno. Ya sé que, en mis primeras novelas, muchos lectores creyeron que yo quería hacer una crónica del franquismo, más bien arqueología. Pero no era así. He vuelto atrás en mis libros por eso que me gusta llamar estrategia del boomerang: saltar atrás como experiencia que permite devolver al lector al ajetreo presente (Galdós fue un maestro en esa estrategia). A algunos críticos que me dicen que he trazado una biografía literaria de mi generación puedo asegurarles que ha sido sin premeditarlo: cada novela ha surgido como reacción ante lo que no compartía o entendía. Al escribir La buena letra -una voz de mujer que le devuelve el pasado al hijo que quiere convertir la incómoda casa familiar en un solar-, me gustaba bromear diciendo que era una novela contra la ley Boyer de alquileres urbanos: lo que quería decir era que había surgido como reacción a la España que, a fines de los ochenta, enterraba precipitadamente sus señas de identidad -la España de la Exposición Internacional y los Juegos Olímpicos- y en la que se imponía un pragmatismo caracterizado con aquella frase de corte posmaoísta que pronunció Felipe González: «gato blanco, gato negro qué más da: lo importante es que cace ratones» (creo recordar que la frase era de Den Xiaoping). Yo vivía por entonces en un pequeño pueblo de Extremadura, donde la pervivencia de las viejas costumbres en la vida cotidiana e incluso la propia arquitectura de la casa en que residía me traían muchas noches, cuando me acostaba, recuerdos de infancia: oía corretear las ratas por el tejado, olía a madera, a cañas, a campo recién humedecido por una tormenta de verano, a leña quemada; y, al cerrar los ojos, veía a mis padres, a mi abuela, a mis vecinos: todos ellos habían muerto ya, y en aquellas noches me daba por pensar que de cuanto habían sido no iba a quedar nada; nada de sus esfuerzos, de su callado heroísmo, de su casi imposible empeño por mantener la dignidad en los años difíciles de la posguerra, la represión política y el hambre. El país había emprendido otros rumbos y era como si lo que yo había vivido en mi primera infancia y me había ayudado a ser quien era, no hubiese existido nunca. Me dolía pensar que el tremendo aporte de sufrimiento de aquella gente había resultado inútil.

Los arribistas de ambos bandos habían tomado el poder de la nueva España y escribían la historia a su medida. Los recién llegados -muchos de los cuales se apresuraban a enriquecerse- no tenían la difusa sensación de culpa que marcaba a la vieja capa dominante, engordada a la sombra de la dictadura. Exhibían brillantez, inteligencia, inconsciencia (ni siquiera parecían darse cuenta del lugar que ocupaban, de que tenían entre sus manos los mecanismos del poder) y una inocencia altiva. A su manera, reproducían comportamientos que tenían que ver con los que mantuvieron quienes llegaron al poder al final de la guerra civil, y -retrocediendo siglo y medio en la historia de España- también con los liberales del siglo XIX a quienes Azaña, en su magnífica con erencia de 1930 titulada Tres generaciones del Ateneo, acusaba de haberse enriquecido con la desamortización, al mismo tiempo que abdicaban de los principios que les habían llevado a acometerla. «Bajo la férula del moderantismo, lo más granado de la sociedad española se aplica a vendimiar el poder, haciendo bueno el apóstrofe de Javier de Burgos: “¡Hay mucha gloria que conquistar; mucho dinero que ganar!”», dice Azaña de aquella generación que primero cargó de esperanza a la sociedad española y a continuación frustró la llegada de los valores de progreso y la moralización política (Galdós recogería la amargura de esa atmósfera). Al leer las palabras de Javier de Burgos, el que fuera ministro de Hacienda de Isabel II («mucha gloria que conquistar; mucho dinero que ganar»), me parece oír las palabras del ministro socialista de economía Carlos Solchaga cuando, a mediados de los ochenta del siglo XX, decía que España era el país de Europa en el que se podía ganar más dinero en menos tiempo. Los viejos revolucionarios se habían convertido en jugadores de bolsa. Ni siquiera se permitían ver que la Segunda Restauración -como la anterior vez que el poder había cambiado de manos, cuarenta años antes- abría dolorosas brechas, heridas entre viejos amigos, familiares y ex camaradas, en aquel ajetreo de gente que ascendía como humo y gente que se quedaba en la cuneta. Las credenciales de antifranquismo -auténticas o falsificadas- se habían convertido en calderilla: servían para comprar con más derecho ciertos despachos o para pujar con ventajas sobre ciertas contratas. Me pareció que esa duplicidad y esas renuncias habían impregnado, maleado todo el cuerpo social. Habían impuesto una demoledora ligereza moral, que lógicamente se transmitía a todos los aspectos de la vida, incluidas las artes y, por supuesto, la literatura, valores convertidos en indiscutibles porque habían recibido un abrumador refrendo electoral. No había legitimidad que oponerles. Me venía a la cabeza un texto que, dos decenios antes, en vida del dictador y bajo el título Carta a España (o todo era Nochevieja en nuestra literatura al comenzar 1965), escribió Jaime Gil de Biedma, y en el que el poeta expresaba amargamente: «lo que está en trance de desaparecer son las condiciones que nos permitieron identificar la opresión, el sentimiento de futilidad y el solitario desamparo en que vivimos la mayoría de escritores españoles con la opresión, la penuria y la desamparada incertidumbre en que vivía la gran masa de nuestros compatriotas. Cada vez resulta más difícil contemplar en la propia frustración un símbolo de la frustración del país». Esa dificultad para contemplar la propia frustración como símbolo de la del país era la que yo sentía, tanto más cuanto que, en la nueva atmósfera de las ideas, la mayoría de los escritores participaban de la euforia tan pragmáticamente jaleada por las palabras del ministro Solchaga. Carmen Martín Gaite expresaba en sus Cuadernos de todo lo que yo mismo sentí por aquellas fechas: «Todos los desarraigados que me influyeron en épocas distintas se arraigan. Dejaron su inquietud en mí y ellos se dedicaron a lo más cómodo.» El escritor Haro Ibars calificó a esa generación -la suya y la míacomo «la generación bífida» y la definió así: «por primera vez en la historia reciente de España, el yonki y el ministro del interior han compartido pupitre en la escuela». Lo de más arriba y lo de más abajo se había cocido en una misma olla. Pero ese fenómeno que tan evidente nos parecía a algunos no formaba parte de la narración de aquel tiempo; de nuevo como la carta robada de Poe, lo más evidente, lo que estaba a la vista, se volvía invisible: ni se enunciaba ni existía, tenía la levedad de un ectoplasma, cuando a mí me parecía que formaba la médula misma de las contradicciones de la nueva sociedad en construcción. Indagar en ese núcleo me parecía indispensable para entender no sólo el trazo de los grandes hilos de la historia, sino los más oscuros comportamientos, los valores cívicos, la vida cotidiana, el lenguaje de uso, incluso -como ya he dichola moda y las nuevas tendencias artísticas. Necesitaba sumergirme ahí para salvarme de mi propio desconcierto y hasta para redimir mi propia doblez.

Mientras escribía La buena letra, quería que la novela sirviese como pila voltaica, como depósito de toda la cantidad de energía humana, de sufrimiento acumulado durante cuarenta largos años, y que amenazaba con extinguirse. Aspiraba a crear un fondo literario en el que poner a salvo -o almacenar- parte de aquel dolor de mis padres, recobrar la narración de su esfuerzo como unidad de medida desde la que calibrar la falaz levedad de los nuevos tiempos que nos tocaba vivir: para todo ello, no encontré otro camino que no fuese el de devolver la literatura al entramado de la historia. A mi manera, me limitaba a hacer un ejercicio de caligrafía sobre la plantilla que nos regaló Walter Benjamin en sus tantas veces repetidas Tesis sobre Filosofía de la Historia: en La buena letra, una mujer republicana dejaba caer sobre su hijo el peso de viejas traiciones; en Los disparos del cazador, busqué otro ángulo de visión: era alguien que podía considerarse un representante del viejo régimen quien le cedía la herencia de la historia a su hijo: alguien que había participado con una traición en el anterior cambio de manos del poder y al que le dolía haber ganado la inocencia de sus descendientes cargando no sólo con la culpa, sino también con el desprecio. Ninguno de los dos libros surgió como reconstrucción arqueológica, sino como urgencia ética y política, sin olvidar que ética es una palabra de uso más bien engañoso. Hablas de ética y parece que suenan los violines cuando -hoy y siempre- la palabra lleva una ofensiva carga de desazón y violencia: en ambas novelas, las voces de los viejos actores hacían sonar el lenguaje de sus hijos, los recién llegados al poder, como esos botes vacíos a los que se les dan patadas en la calle; descubrían el fondo de doblez sobre el que se estaba construyendo esa nueva sociedad, la que treinta años más tarde ha estallado en una gran burbuja de cemento y codicia, oscura propiedad y responsabilidad de nadie.

Ni La buena letra ni Los disparos del cazador pretenden ser novelas históricas, sino textos que aceptan que no hay narrativa que no esté cruzada por la historia. Si digo la verdad, he escrito mis novelas por puro egoísmo, para no ahogarme, para salvarme, pero, en esa búsqueda de mi salvación, me ha guiado el convencimiento de que un escritor siempre representa, aunque lo haga a su pesar; y que son los artistas que se reclaman al margen de la historia quienes suelen acabar revelándose como síntomas más claros de la dolencia de su tiempo. Entre ser síntoma y testigo, he intentado el papel de testigo, aunque estoy convencido de que soy síntoma de un montón de cosas que ni imagino. He sometido las coordenadas de mi educación sentimental al juego de espejos de narradores poco fiables, para alertarme a mí mismo -y al lector- acerca de la necesidad de saber moverse entre la seducción de los lenguajes; he fomentado la desconfianza de eso que parece flotar por encima de todas las cosas y que conocemos como cultura: «La buena letra es el disfraz de las mentiras», dice Ana, la protagonista de La buena letra; y Carlos Císcar, el personaje de Los disparos del cazador, es un narrador estrepitosamente poco fiable -en la dirección del de Ford Madox Ford en El buen soldado-, pero que, desde su falacia, acaba desnudando los valores de la nueva clase, del mismo modo que lo hará -al final de este viaje literario- Rubén Bertomeu, el protagonista de Crematorio. El Torquemada de Galdós o el Vautrin de Balzac me han servido para construir esos personajes. Las narraciones se revuelven contra el autor y, de paso, contra el destinatario del texto, siempre en ese juego de estrategias de ida y vuelta.

Aunque, ahora mismo, mientras me refiero a mis libros, me desazona el exceso de seguridad con que hablo de ellos («El arte verdadero no tiene que hacer tantas proclamas y se realiza en silencio», dice Proust). Parece como si fueran fruto de un programa establecido de antemano, y no -como lo son- de una sucesión de intentos por descubrir la novela que encierra nuestro tiempo. Me siento el ignorante pájaro de Reich-Ranicki empeñado en explicar un tratado de ornitología. Lo he dicho al principio de este texto: en la escritura de una novela nada tiene esa claridad con que la investimos cuando hablamos de ella. Además, estoy convencido de que la narrativa soporta mal las intervenciones programáticas. Una novela se sostiene sobre sus propias fuerzas, en su propia complejidad, y dice exactamente lo que dice: no admite glosas, ni resúmenes como aquellos que hacían los del Reader’s Digest. Un libro es lo que es: un conjunto de palabras. Y lo que esas palabras ordenadas de determinada manera cuentan es, a la vez, su fondo y su forma. El lenguaje -cargado de una densidad que es a la vez tiempo y sentido- es su andamiaje constructivo, pero también su ritmo, su respiración, su tono; y es en los pliegues del lenguaje, en sus avatares -a la vez fondo y forma-, donde se refugia el sentido del libro. Por volver a Proust, él hablaba de que cada artista debía «escuchar su instinto» para descubrir el libro de su época, y que las declaraciones e intenciones voluntaristas -«asegurar el triunfo del derecho, rehacer la unidad de la patria»-, «no les dejaban (a sus contemporáneos) tiempo para pensar en la literatura», privándolos del espacio del arte. En esa búsqueda del instinto, de lo que queda en el individuo como poso de la agitación de su momento, se encuentra, para Proust, «lo que hace que el arte sea lo más real, la más austera escuela de vida, el verdadero Juicio Final». Aunque seguramente la composición del instinto del que habla Proust no sea exactamente la de ese al que yo me refiero (lo que no tengo tan claro), hay un fondo que me parece innegable en la música de lo que dice y, sobre todo, en el resultado de su obra, reelaboración magistral de su tiempo que seguimos leyendo con admiración y provecho. D. H. Lawrence, el autor de Hijos y amantes, una novela que leí con gusto hace ya treinta años, dice esto al respecto:

«La filosofía, la religión, la ciencia no son todas ellas más que cosas que llegan a nuestras vidas y que nos sujetan con cables para conseguir un equilibrio estable. La religión, con su Dios único fijado con clavos, que dice: Tú harás, tú no harás, y martillea nuestra casa a cada intento; la filosofía, con sus ideas fijas; la ciencia con sus “leyes”: ellas, todas ellas, quieren en todo momento fijarnos con clavos en uno u otro árbol.

»Pero no la novela. La novela es el más alto ejemplo de una sutil interrelación descubierta por el hombre. Todo es verdad en su propio tiempo, lugar, circunstancia, y falso fuera de su propio lugar, tiempo, circunstancia. Si uno trata de fijar con clavos algo en una novela, o asesina la novela o la novela se libera y se marcha con el clavo.

»La moral en la novela es la temblorosa inestabilidad de la balanza. Cuando el novelista pone el pulgar en el platillo, para hacer bajar la balanza de acuerdo con sus propios gustos, practica una inmoralidad.»

No tengo claro que el propio Lawrence cumpliera en todos sus libros ese principio. Si nos irritan los novelistas que ponen el dedo en el platillo de la balanza para que se incline a su favor, forzando desde fuera el peso de su ideología, aún nos parecen más irritantes los que no aceptan que son frutos de las tensiones de su tiempo, y creen construir su obra sólo con andamiajes literarios, como si el lenguaje, incluso en su búsqueda de lo de dentro, pudiera dejar de decir lo de fuera: bajo sus declaraciones de amor a la literatura como valor supremo, los escritores ensimismados la convierten en un juguete banal. Narradores que creen moverse en el espacio novelesco como en el interior de un templo sagrado y, en realidad, viven metidos en una casa de muñecas: como niños egoístas, le niegan a la novela el sustrato de lo público; le arrebatan su excitante responsabilidad civil. Suele ser la propia historia, con sus coletazos, la que se encarga de sacarlos del ensimismamiento (a los esteticistas españoles de los años veinte y treinta, incluidos Ayala o Aub, los devolvió a pisar tierra la guerra civil). Precisamente por su connivencia con la historia, un texto no es su supuesta perfección como artefacto. Leemos obras que nos parecen extraordinarias sin que nos importen gran cosa sus imperfecciones: en Imán, de Sender, ni siquiera está muy claro el narrador, lo que no le arrebata un ápice de su grandeza ni le impide ser una de las mejores novelas de nuestra literatura. La búsqueda de la novela perfecta como maquinaria, como supuesta armonía de sus piezas y mecanismos, se nos presenta como empeño más bien estéril: las grandes obras nacen como quiebra de modelos existentes, espurias en su soledad, y a menudo vestidas con una imperfección escandalosa: los libros de Proust, de Joyce, de Musil fueron considerados engendros en su tiempo porque rompían los criterios aceptados como valores novelescos. Zola dice que toda obra de arte nace levantándose contra la convención. Más que por perfeccionar los engranajes desde dentro, la novela crece buscando nuevos instrumentos y afilando los que tiene para capturar lo que sucede fuera y necesita ser nombrado. La nueva forma de novelar de Proust, al tiempo que levantaba el testamento de una vieja clase, abría la narrativa a continentes de subjetividad hasta entonces inexplorados, del mismo modo que los experimentos de Dos Passos, sus collages, sus montajes en paralelo, el simultaneísmo, toda esa agitación de técnicas con las que construye sus novelas, aspiran a capturar la complejidad y efervescencia de la gran ciudad del siglo XX. En ese intento por llegar a la médula del tiempo que nos ha tocado vivir debemos esforzarnos por encontrar nuevos moldes, por trabajar con otros materiales, o por trabajar con los materiales de otra forma. Aunque conviene no olvidar nunca que los grandes maestros de la narrativa han dejado en nuestro taller una bien provista mesa de carpintero de la que surtirnos. Escribir la novela que pide nuestro tiempo es nuestro reto, como el reto de esos novelistas que hoy nos parecen grandes fue contar el suyo. No es fácil saber cuál es el camino en esta profesión en la que empezamos cada partida desde cero como los jugadores de ruleta. Merodeamos, pisamos arenas movedizas, nos hundimos, nos extraviamos. Pero ésa es la esencia misma de nuestro oficio. Perseguir el tembloroso instante en el que alcanza su equilibrio la balanza, el momento en que la novela encuentra su aura y brilla con una infinidad de sentidos.

domingo, 1 de febrero de 2026

Problemas filosóficos de la modernidad fragmento



Agradecimientos 

Este libro ha sido posible por medio del apoyo de muchas personas e instituciones. Los coordinadores agradece mos el apoyo de los autores para realizar sus artículos bajo las limitaciones de espacio y de tiempo con que contamos, así como a su paciencia ante el tiempo que tomó la publicación de la obra. Agradecemos a la Coordinación de Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y, en particular, a Juan Car los Cruz Elorza, por su apoyo en incluir esta obra como parte de la colección de libros de Filosofía Moderna de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. También agradecemos a Antonio Rocha Buendía por su apoyo en la revisión del manuscrito original, así como a Manuel Tapia Cruz y a Ricardo Sánchez Uribe por la elaboración de los índices de autores y de conceptos. 

Por su parte, sea esta obra un homenaje al trabajo ininterrumpido del Seminario de Historia de la Filosofía creado por José Antonio Robles García (q. e. p. d.) y Laura Benítez Grobet en 1985. Actualmente dirigido por Laura Benítez Grobet y Luis Ramos-Alarcón Marcín, el Seminario reúne tanto en sesiones semanales como en Coloquios anuales, a importantes especialistas nacionales y extranjeros, con vistas a entablar un diálogo en beneficio de una mejor comprensión de la filosofía moderna, uno de los fundamentos de nuestro presente. Por último, agradecemos a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Na cional Autónoma de México que, por medio del Proyecto PAPIIT IN402614, “El problema de la sustancia en la filosofía moderna y sus antecedentes”, ha dado los fondos para la publicación de este libro. Laura Benítez Grobet y Luis Ramos-Alarcón Marcín

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I ntroducción Laura Benítez Grobet Luis Ramos-Alarcón Marcín 

La historia de la filosofía es una actividad intelectual que nuestro contexto académico latinoamericano debe valorar por su carácter hermenéutico no sólo acerca del pensamiento de individuos y sociedades, en ciertos tiempo y espacio, sino sobre todo por su capacidad de aclarar los presupuestos incluidos o excluidos en nuestro pensamiento actual. Por una parte, hoy en día no podemos pensar in genuamente que los historiadores pueden “reconstruir” el pasado tal y como fue. 

Los historiadores no son máquinas del tiempo que nos lleven a experimentar el pasado como si fuera un presente en toda su realidad. Tampoco son ar queólogos que saquen a la luz aquello que quedó sepultado por los sucesivos presentes. No son ocasionales ni gratuitas las discusiones entre los arqueólogos acerca de la destruc ción debajo de su pretendido descubrimiento del pasado. Si los historiadores reconstruyen el pasado, será sólo en cuanto que lo construyen tanto a partir de aquellas hue llas y vestigios con que cuentan, así como bajo la guía de las preguntas formuladas desde su presente. 

En cuanto a lo primero, los textos publicados, las cartas, los testimonios y las discusiones, entre otros, son huellas y vestigios que forman parte de una sociedad localizable en un tiempo y en un espacio, y, a la vez, muestran las crisis dentro de esa sociedad, las diferencias e incluso oposiciones entre indivi duos y grupos.

 No son meros grupos monolíticos que pien san al unísono. En cuanto a lo segundo, no es extraño que las preguntas que los historiadores formulan hacia el pa sado sean las mismas que se formulan en su presente, pre guntas compartidas por su propia sociedad o en las que se da esa misma crisis que mencionamos antes. 

Así, cuando preguntamos por los presupuestos metafísicos de los filó sofos racionalistas al apostar por pocos principios que den homogeneidad conceptual a la realidad, o por aquellos pre supuestos metafísicos de los filósofos empiristas al apostar por la experiencia como índice de todo conocimiento, o si los principios de fundamentar la moral competen sólo a la vo luntad o a otras instancias, estamos haciendo preguntas que pertenecen a nuestro propio presente. 

En efecto, las categorías de “racionalista” y de “empirista” son categorías historiográ- ficas que funcionan sólo desde la epistemología, una disci plina que, como tal, es bastante reciente en una historia de la filosofía que cuenta con más de dos mil quinientos años. La epistemología surge como disciplina a partir del siglo XVIII bajo el interés de aclarar las mejores vías para adquirir conocimientos claros y distintos, útiles y efectivos, a la vez que para separarlos de aquellas ideas falsas, inadecuadas, equívocas. Con esto no pretendemos simplemente ser escépticos so bre el mismo quehacer de los historiadores de la filosofía, sino mostrar que es un quehacer filosófico que exige aclarar los supuestos desde los cuales hace sus preguntas y cons truye sus categorías.

 Los historiadores de la filosofía tene mos que hacer un trabajo triple: desde una primera arista, debemos conocer al pensamiento de las filósofas y filósofos para aclarar sus propias creencias, inquietudes, certezas, incertidumbres, razonamientos, argumentos, conclusiones y exclusiones. Desde una segunda arista, debemos evaluar la adecuación o inadecuación de lo primero, pues el his toriador de la filosofía no debe de hacer hagiografía, sino partir de que estudia a personas que, como seres finitos de carne y hueso, pudieran ser geniales en ciertas tareas, pero en otras se equivocaron, tuvieron errores, prejuicios, etcétera. Finalmente, desde una tercera arista, debemos entablar diálogos, entre las filósofas y los filósofos y, sobre todo, entre nosotros y ellos.

 Para realizar esta triple tarea de modo continuo, ayuda plantear una pregunta que res ponda a distintas filósofas y filósofos que abra la compren sión a sus obras y periodos. En este libro el lector encontrará nueve estudios espe cializados en los principales problemas filosóficos de la Filosofía Moderna y sus antecedentes, a modo de aquella pregunta que planteamos que guíe el triple trabajo de los historiadores de la filosofía. En cada artículo el lector en contrará una pregunta que articula parte de los intereses y problemas que se plantean distintas filósofas y filósofos, de modo que sirva de hilo conductor en una discusión real o hipotética entre ellos. 

Así, el lector podrá acceder a una mejor comprensión de las filósofas y los filósofos modernos desde dentro y en relación con sus contextos, ya sea recono ciendo las particularidades históricas de la lengua en que se expresa; las del contexto político y social en que se desenvuel ve, así como algunos de los problemas filosóficos perennes. En el primer artículo de este libro, titulado “Libertad y conato de la multitud en Spinoza y Maquiavelo”, Luis Ra- mos-Alarcón Marcín realiza una lectura de Maquiavelo en clave spinoziana y estudia la interpretación republicana que el holandés hace de El príncipe y de los Discursos a partir de su realismo político, del rechazo de las utopías y de la enseñanza de Maquiavelo sobre la libertad. 

El au tor parte de la tesis maquiaveliana de que el conato de la multitud no debe depender de un príncipe sino de los fun damentos del Estado que forman, de modo que la vuelta a esos fundamentos es indispensable para conservarse. El segundo artículo, realizado por Ernesto Schettino, lleva por título “La categoría de ‘tinieblas’ en la filosofía natural de Giordano Bruno”. Aquí se estudia de qué modo, ante la ruptura con la física aristotélica y sus derivados es colásticos, Giordano Bruno tenía que cuestionar y susti tuir coherentemente la teoría consolidada por Aristóteles de los cuatro elementos sublunares (tierra-agua-aire-fue- go) y del supralunar (éter). 

El autor muestra cómo Bruno alcanza una solución teórica general para el tránsito de la Unidad absoluta hacia el despliegue pleno de la multipli cidad y el cambio, que es una adecuación de la tesis cusana de la complicatio-explicatio, la cual le permite establecer los diversos grados y escalas de la materia, del ser, de la naturaleza, de la realidad. ¿Hay consecuencias prácticas sobre las respuestas que demos a las discusiones acerca de la sustancialidad de Dios o de las almas? En el artículo “Vivir en consonancia con la sustancia única e infinita: propuesta práctica de Giorda- no Bruno”, Astrid Martín del Campo estudia la relevancia del aspecto práctico a lo largo de la obra de este filósofo. Se trata de lo que el nolano considera la máxima aspira ción humana, a saber, la unión con lo Uno. 

Bruno propone que esta unión es posible mediante la comprensión de la sustancia única e infinita, comprensión que implica teoría y práctica, razón y acción, donde el deseo desempeña un papel fundamental para que el ser humano se dirija hacia tal objetivo. Pero este acceso no se da sin relación con el mundo, sino por medio del apoyo en referentes sensibles concretos que simbolicen e impulsen el deseo hacia la Uni dad; es decir, considera los sucesos concretos y los seres particulares como representaciones de dicha Unidad. 

La transformación de la idea de espacio realizada du rante la revolución copernicana se basa en la refutación del concepto de topos y en la postulación positiva de una entidad que pudiera soportar la expresión de fuerzas inma teriales y el tránsito de los cuerpos materiales. El artículo de Francisco Javier Luna Leal, titulado “Espacio geomé trico, materia y sustancia en Johannes Kepler”, estudia el caso particular de Johannes Kepler que, a las exigencias anteriores, suma la necesidad de que el espacio permitiera una medición precisa de los fenómenos celestes. Entre las palabras que Kepler usó para tratar de describir el espacio como una entidad diferente de los cuerpos materiales y las fuerzas residentes en él, estaban: aer, anima, auram aethe- ream y oxéoig, las cuales denotan la dificultad conceptual para describir una idea nueva que fuera consecuente con el resto de su cosmología. Sin embargo, la visión de conjunto es la de cuerpo o continente inmaterial, relacionado de for ma directa con la noción de espíritu divino. 

En su artículo “Un diálogo sostenido entre Descartes y Poincaré. (Consideraciones en torno al concepto de método y sus implicaciones en el desarrollo del conocimiento filo- sófico-científico)”, Verónica Díaz de León Bermúdez realiza un discurso análogo en torno a dos personajes tan prolijos en la historia de la ciencia que genera la exigencia de cono cer profundamente la obra de ambos autores. No obstante, la claridad y precisión expositiva que caracterizan el discu rrir científico-filosófico de los pensadores que se enuncian en el título de este artículo nos da la posibilidad de realizar un conversatorio entre ambos genios, aún basándonos úni camente en algunos de sus escritos. 

Continúa el artículo de Rogelio Laguna, titulado “Las objeciones de Hobbes a las Meditaciones cartesianas. Una discusión sobre la sustancialidad del pensamiento”, en don de el autor presenta un estudio de los argumentos y con- trargumentos entre Hobbes y Descartes respecto a la sus tancialidad del pensamiento. Se trata de un intercambio que se realizó en 1641 con motivo de la publicación de las Meditaciones metafísicas. El debate sobre el dualismo alma-cuerpo y la nueva ciencia mecánica de su tiempo no se reduce a la filosofía cartesiana. En el artículo “El materialismo organicista de Margaret Cavendish”, Viridiana Platas Benítez presenta y discute el concepto de sustancia en la filosofía natural de la Duquesa de Newcastle. Para ello, considera el diálogo en tre el vitalismo y el materialismo organicista que Caven dish desarrolla para cuestionar y refrendar su teoría. 

El materialismo organicista estratifica la materia en grados y tipos de movimiento, determinados por la velocidad, el grosor y sutileza de las partes. Asimismo, la propuesta vitalista de la materia evita confundir materia animada e inanimada. Por su parte, el artículo titulado “Apuntes sobre la no ción de scientia intuitiva en Spinoza”, de Antonio Rocha Buendía, muestra que la ciencia intuitiva no está limitada a un tipo de objetos. Más bien, un mismo objeto puede ser conocido de manera muy distinta por la imaginación, por la razón o por la ciencia intuitiva, esto es, los tres grados de conocimiento que Spinoza acepta. El artículo “Inmanencia y sustancialización de la natu raleza en la filosofía de Spinoza”, de José Ezcurdia, continúa con el estudio de las consecuencias éticas de la inmanencia de la única sustancia. Este artículo defiende que, para Spinoza, la naturaleza se vertebra en una causalidad inmanen te, que le otorga una densidad ontológica efectiva, que hace de ella el fundamento de la determinación tanto de los pla nos del ser y el conocer, como de la génesis y la forma del valor moral. 

En este sentido, el artículo busca dar cuenta de las implicaciones metafísicas, epistemológicas y éticas de la noción de inmanencia, en el marco del spinoziano pro yecto de la sustancialización de la naturaleza. Por último, el lector encontrará al final del volumen tres herramientas de trabajo muy útiles: una amplia bibliogra fía especializada sobre los autores y temas tratados en el libro; un índice de los autores mencionados en el libro y un índice de los principales conceptos también tratados en el li bro, de manera que el lector podrá ubicar fácilmente libros, artículos, autores y conceptos de su interés. Agradecemos nuevamente a la Dirección General de Asun tos del Personal Académico de la Universidad Nacional Autó noma de México por su apoyo a la publicación de este libro.

sábado, 31 de enero de 2026

MAGIA TEÜRGICA. QUINTÍN LÓPEZ GÓMEZ


 

INTRODUCCIÓN 

Hablar de Magia al espirar el siglo décimo-nono, 'es, para la inmensa mayoría, aspirar á una celda de manicomio, ó, por lo menos, hacerce acreedor á la conmiseración pública, por haber pasado el que tal hace á la categoría de cretino. Sabemos esto y no nos arredra; antes por el contrario, nos infunde, valor. Escribimos un libro de Magia como lo escribiríamos sobre otra cualquiera materia en la que nos •creyéramos capaces, siempre y cuando al mojar la pluma para emborronar las cuartillas, no hubiéramos de dejar en el fondo del tintero nuestras propias convicciones y amoldarnos al pensamiento ó exigencias de un extraño. En este caso no escribiríamos de Magia ni de ninguna otra cosa, y si escribiéramos, no patrocinaríamos con nuestro nombre aquello que brotara de nuestra pluma.

 Nos debemos á la convicción, y nuestra firma, aunque modesta, jamás ha salido garante de lo que no haya mos pensado, sentido y anhelado. Queremos significar, con esta especie de profesión de fe, que el contenido de este tomo dista mucho de ser el fárrago de cosas publicadas por otros autores con títulos similares. Magias semejan tes son las que han cubierto á la verdadera Magia con sambenito y coroza. Atendiendo los que las han escrito á lo que entra por los ojos y no á lo que se infiere de un concienzudo análisis, han dado como manjares suculentos lo que ni siquiera puede ingerirse como lijero refrijerio. Quizás no pudiera tachársenos de ladinos si agregáramos que las obras de referencia han sido inspiradas solamente por Mer curio, el dios del comercio. Nuestra Magia Teürgica, por el contrario, pre séntase en el mercado desprovista de toda gala fascinadora. 

Ha sido inspirada por Minerva, la diosa de la razón; y aunque nos consta que nuestra incapacidad perceptiva habrá motivado que las inspiraciones emanadas de la diosa hayan perdido la mejor parte de su esplendor, sin hipócritas alardes de modestia, nos permitimos suplicar que se nos lea. Fraccionamos en dos partes el trabajo: en la pri mera, con todo el esmero que nos ha sido posible, procuramos dar cabal idea de la Magia en la antigüedad; en la segunda, excediéndonos á nosotros mismos, presentamos el estado de la Magia en la época presente. Ignoramos si nuestra labor responderá al impulso que nos indujo á emprenderla: sabemos solamente que hemos vinculado en ella el es caso caudal de nuestros conocimientos, y que es legítimo engendro de nuestras sinceras convicciones. Amamos mucho á la justicia para que implore mos gracia de ningún género. 

Nos presentamos ante el inapelable tribunal de la opinión, erguida la frente y con la paz del justo en la conciencia. He mos hecho lo más y mejor que podíamos hacer en el presente momento histórico. Quizás dentro de un año, antes de un mes ó mañana mismo, advirtamos nuestro yerro en uno ó más puntos de los tratados, y en ese caso, no necesitaremos excitación de na die para reconocerlo y divulgarlo. Ya lo hemos di cho: nos debemos sola y exclusivamente á la convicción, que es, en cada ser, la parte de verdad que ha logrado asimilarse. 

¡Luz, más luz!, pidió Goethe; ¡luz, más luz!, pedi- ,mos nosotros. A disipar en algo las tinieblas que aún se extienden por los campos de la Metafísica, de la Filosofía y de las Ciencias naturales, es á lo que tienden las presentes páginas. Que sirvan, si quiera, para rarificar un poco la bruma' y nps- da remos por satisfechos. El autor.

Joseph Brodsky POEMAS ESCOGIDOS

 



Como un pez en la arena.
Para leer a Joseph Brodsky

El hombre sobrevive como un pez en la arena;

se arrastra hasta llegar a los arbustos,

luego se levanta sobre piernas torcidas,

y va como una línea que brota de la pluma

directo a las entrañas de la tierra.


Canción de cuna de Cape Cod




I


El 4 de junio de 1972, Joseph Brodsky (que aún era Iosif Aleksándrovich Brodski) salió de la Unión Soviética con un libro de John Donne en el bolsillo y una máquina de escribir en su maleta. Un biógrafo a la caza de imágenes que contengan las claves de una vida futura, esos stills premonitorios de toda existencia concebida como una dramaturgia, empezaría por esta intersección de tiempo y espacio: recién cumplidos sus treinta y dos años, un poeta cruza —o más bien, es obligado a cruzar— una frontera no solo física para empezar su nueva vida.

A John Donne había dedicado Brodsky, diez años antes, una elegía que está entre sus mejores poemas: el que le ganó la admiración de Anna Ajmátova («¡No tienes idea de lo que has escrito!», se cuenta que le dijo), y el que devolverá su nombre, muchos años después, tras el eclipse de sus censores, a la nómina oficial de la poesía rusa.

Atrás quedaba un Imperio, una familia, un gran amor, amigos, traiciones y, como se ha dicho demasiadas veces, una lengua. La medida real de esas pérdidas («acto que iguala a Dios con los humanos») fue el puente de Brodsky hacia su Nuevo Mundo: vivir en otro idioma también amplió la dimensión de su memoria. Durante mucho tiempo, sus experiencias poéticas van a girar en torno al pasado («la recogida de la cosecha», como dice un crítico) y todas las novedades buscarán acomodarse en una zona dominada por la disgregación, por el fragmento. Sin embargo, Brodsky acoge estas nuevas circunstancias desde un estado sentimental que es todo lo opuesto al victimismo: su principal recurso es la ironía, una sonriente autoconciencia del desastre.

Sus primeros poemas (Brodsky comenzó a escribir con dieciocho años) buscan una armonía clásica inseparable de cierta religiosidad, evidente en Cретенье (antiguo término eslavo que significa literalmente «encuentro»y que nosotros podríamos traducir como «presentación» para asociarlo al rito de la Candelaria). Su protagonista, como en el famoso poema de T. S. Eliot, es Simeón, el anciano converso del Evangelio según san Lucas, que presenta al Niño Jesús ante el templo. En la edición inglesa, el título ha sido traducido como Nunc Dimittis porque el poema es una paráfrasis de ese discurso bíblico que propone un encuentro entre el Nuevo y el Viejo Testamento, entre judaísmo y cristianismo. Aunque no fue escrito ese día, aparece fechado el 16 de febrero (3 de febrero, según el viejo calendario ortodoxo), que corresponde al día de los santos Simeón y la profetisa Ana. La crítica ha hecho notar que ese era también el día en que Ajmátova festejaba su santo, y que el poema —escrito en tetrámetros anfíbracos, el mismo metro que Ajmátova utilizó para sus escenas bíblicas—, es un homenaje a su amiga y mentora, fallecida en 1966.

Ajmátova, encarnación de la sofisticada cultura rusa venida a menos durante el periodo soviético, siempre consideró a Brodsky como un igual, a pesar de las diferencias de edad y estilo. Se conocieron en el verano de 1961, en la dacha de la escritora en Komárovo, un lugar al que el joven poeta regresará muchas veces. Se discute hasta qué punto ella y su poesía representaron una influencia decisiva para Brodsky. Como ha dicho él mismo, «no fue versificación lo que aprendimos con ella». Compartían, ante todo, la idea de que el poeta ruso tenía que expresar el alma de un idioma sin rebajarse a lo popular. Ajmátova también transmitió a Brodsky cierta idea del cristianismo, de sus valores espirituales, y la concepción de la poesía como un mecanismo similar a la plegaria: el poeta es alguien que habla siempre a una instancia superior. «Cualquier arte se dirige al oído del Todopoderoso», escribirá Brodsky años después, incluso después de aclarar que nunca fue creyente. Pero toda su poesía, sobre todo al comienzo, gira sobre ese modelo de religiosidad y trascendencia que acompaña a la lengua rusa desde sus orígenes.

Diferencias estilísticas aparte, en el centro de esos diálogos formativos entre Ajmátova y Brodsky estuvo siempre el valor de la palabra y la moral del poeta. «¿En qué consiste el Hombre? —escribe la autora del Réquiem en sus diarios—: Tiempo, Alma, Espíritu. Un escritor tiene la misión de recrear al Hombre en esas tres dimensiones». Brodsky, a su vez, le enseñó a su magistra algo sobre lo que ella insiste en sus diarios: «lo principal es la magnitud de la idea». Sin la ambición de un gran tema, sin esas mayúsculas explícitas o sobreentendidas, no puede haber gran poesía. El último gran proyecto poético que emprende Ajmátova, su Poema sin héroe, se debe también a esa certeza.1

Ella vio en Brodsky una reencarnación de Mandelstam, no solo por sus versos sino por su inteligencia y su sensibilidad moral. Lo consideró, también, una especie de hijo adoptivo, capaz de escapar de la amargura y el rencor que habían destruido al suyo: Lev Gumiliov. Fue su «descubrimiento» y su discípulo, pero también aprendió de él. Por primera vez en la poesía soviética de los años sesenta, una voz se atrevía a tratar con los «grandes temas» y a asimilar la herencia de todos los clásicos rusos, incluyendo los prohibidos. El resultado de esa especie de milagro estaba, por fuerza, condenado al exilio.




II


En un hermoso ensayo publicado en The New York Review of Books, Brodsky rememora sus primeros meses fuera de las fronteras soviéticas, invitado a un festival de poesía en Londres y acogido por figuras como Stephen Spender o W. H. Auden. Un día recibe una llamada en casa de sus anfitriones: Isaiah Berlin lo invita a tomar el té en el Athenaeum, un club de caballeros que sigue todavía en el número 107 de Pall Mall, en la esquina de la plaza Waterloo. Confundido y un poco avergonzado de su inglés, el joven poeta pide a Natasha Spender que lo acompañe. «Lo haría con gusto —responde ella con una sonrisa—. Pero no dejan entrar a mujeres». Así que allá va Brodsky, preguntando por Sir Isaiah ante la mirada escéptica del portero uniformado, y tras cruzar el umbral vaga como un visitante de museo entre enormes retratos al óleo de Gladstone, Spencer, Acton y Darwin hasta que descubre que no es tanto su atuendo lo que le hace parecer fuera de lugar en ese sitio, sino su edad. Al fin, entra en la biblioteca del club («una gigantesca concha de caoba y cuero») para distinguir a lo lejos la silueta de su interlocutor, «urogallo trajeado» que se le queja en un ruso perfecto de que Ajmátova lo comparase con Eneas en un poema.

«Los viajeros —dice Brodsky— añoran objetos reconocibles, lo mismo da un teléfono que una estatua». Ese objeto, en este caso, es un rostro: el de un judío errante que habla con las suaves inflexiones del acento peterburgués y un vocabulario «desprovisto de todas las añadiduras desagradables del periodo soviético». Ese rostro es también un insondable depósito memorioso: Berlin quiere saberlo todo sobre todos, así que en esa biblioteca inglesa se entablará una larga conversación sobre lo que Cioran consideraba las dos cosas más interesantes del mundo: los chismes y la metafísica.

Arrellanado en las butacas de cuero verde botella del Athenaeum, el poeta descubre a un raro intelectual inglés nacido en Riga, cuya obra refleja la capacidad de un exiliado para cruzar varios mundos sin renunciar a ninguno. Su filósofo, o mejor, su penseur favorito, es ese alter ego de Herzen que no siente necesidad de separar las categorías: ejemplo de una mente que ha conseguido vencer la gravedad de lo excéntrico para sumar Este y Oeste. Esa fusión, esa capacidad para reconciliar y mirar en todas las direcciones es, según Brodsky, lo que otorga grandeza a los ensayos de Berlin.

Para la poesía, en cambio, el idioma no es un simple vehículo de las ideas. Tal cosmopolitismo, reflexiona aquel joven, bien podría no representar una ventaja intelectual sino un lastre, un peligro. Esos ilustres intelectuales europeos lo han acogido y ayudado como la talentosa víctima de un sistema totalitario. Pero Brodsky sabe que tales circunstancias son pasajeras y que su verdadera batalla por el reconocimiento se libra en otro terreno. Si «el lenguaje es más antiguo, más inevitable y más invencible que cualquier estado», la misión del poeta será entonces una íntima gigantomaquia contra las fuerzas achatadoras del lenguaje. La poesía representa, sí, una fuerza del Bien, pero solo a nivel individual: «el único seguro de que disponemos contra la vulgaridad del corazón humano».

Lo único que tienen en común poesía y política, solía decir Brodsky, son sus letras iniciales. Cualquier forma de sumisión al Estado conspira contra un criterio de excelencia y abre la puerta a un «envilecimiento del lenguaje y a un descenso del “plano de estima” desde el que los seres humanos se contemplan a sí mismos y establecen sus valores» (Heaney). El arte, cuya forma suprema era para Brodsky la literatura, y dentro de esta, la poesía, proporciona una educación sentimental y moral al ser humano. Se trata, por así decirlo, del vehículo de una mejora antropológica, un acelerador de nuestra evolución. Y aunque resulta tentadora la idea de Adam Kirsch de incluir a Brodsky (junto con el propio Heaney y Derek Walcott) entre los grandes «poetas del liberalismo», todos inmigrantes y ejemplos de compatibilidad entre sus poéticas libertarias y la tradición del país que los acogió,2 la verdad es que nuestro protagonista siempre estuvo más cerca del talante reaccionario que del liberal: era un «lobo solitario», convencido de que el talento no está repartido de manera igualitaria sino por los caprichos de la madre Naturaleza. «Si un poeta tiene una obligación respecto a la sociedad, es la de escribir bien. Al formar parte de la minoría, no tiene otra opción». Ese talento se sitúa, casi de manera automática, al margen de la Historia y cualquier otra forma de superstición pública. Por eso la ética de Brodsky resulta inseparable del lenguaje y de cierta filosofía que deduce valores morales del comportamiento físico del mundo. Desde ahí, mira con ironía todas y cada una de las pretensiones humanas. Lo que el Tiempo le hace al Hombre se contrarresta con lo que el Lenguaje le hace al Tiempo, y esta triple secuencia de mayúsculas es su verdadero sello distintivo.

Curiosamente, pocos poetas pueden presumir de un currículum tan democrático, tan cercano a la biografía de un «hombre común». La formación de Brodsky fue sobre todo autodidacta. Ni siquiera terminó la secundaria. Repitió el séptimo grado. En su libro de conversaciones con Solomon Volkov, cuenta su melodramática y definitiva salida del salón de clase, a los quince años: «Sea lo que sea que me haya empujado a tomar esa decisión, le estoy inmensamente agradecido porque resultó ser mi primer acto libre».

Antes de llegar a Estados Unidos y hacer carrera como poeta y profesor, Brodsky desempeñó múltiples trabajos y oficios. En el juicio que afrontó por «parasitismo social», «corrupción de la juventud», etc., se le acusó de haber cambiado de trabajo «hasta trece veces». Y es cierto que Brodsky hizo de todo, además de escribir poesía y traducirla: trabajó en una fábrica de armamento, en un faro, y como fogonero, fotógrafo, marinero, fresador en otra fábrica y asistente en el laboratorio de cristalografía de la Universidad de Leningrado. Viajó por toda la Unión Soviética y Asia Central como ayudante de un geólogo. Incluso se ganó la vida asistiendo a un forense («Tuve esa fantasía de convertirme en un neurocirujano, ya sabes, la fantasía normal de un niño judío, pero yo quería ser neurocirujano por alguna razón, así que empecé de esta forma desagradable, fui ayudante del médico forense, abriendo cadáveres, sacando las entrañas, abriendo cráneos, sacando sesos…»). También, en un momento de desesperación, planeó secuestrar un avión con un amigo y huir a Afganistán. Hizo vida de bohemio, contra todas las previsiones imaginables, en un sistema donde la uniformidad era un valor exacerbado.

Pero su radical elitismo nunca estuvo reñido con la experiencia del hombre común: su poesía buscó siempre la manera de llegar al meollo de eso que Wallace Stevens define en un poema como «the paisant chronicle»: una manera de mirar cualquier trozo de realidad a los ojos, sin aires de superioridad ni estéticas preconcebidas. De alguna manera, desde los veinte años Brodsky ya encarnaba la paradoja del elitista marginal.



III

Pese a su explícita distancia de cualquier victimismo, las credenciales políticas de Brodsky, por llamar de alguna manera a las tribulaciones que condujeron a su salida de la Unión Soviética, eran impecables. Las detallo aquí, porque salvo el famoso juicio por «parasitismo social» no se suele hablar de ellas (el propio poeta lo hizo poquísimo).

Durante los años 1958-59 un Brodsky de diecinueve años (hijo de judíos no practicantes, pero igualmente marginados en la URSS por esa condición) fue arrestado varias veces sin cargos formales. En 1963, cuando ya era el consentido de Ajmátova y en los corrillos literarios se hablaba de su asombroso talento, un artículo de un colega envidioso, publicado en la revista Vechernii Leningrad, lo catalogó de «poeta pesimista», «sin educación» y «decadente». En un toque de humor involuntario, de las siete citas ofrecidas como ejemplos de la poesía de Brodsky, tres eran de Dimitri Bobyshev, el amigo que por esa época le había «robado» la novia, una joven pintora llamada Marina Basmánova.

En diciembre de ese mismo año, el secretariado de la Unión de Escritores decidió unánimemente juzgarlo por «parásito». Una madrugada, poco antes de Navidad, mientras Brodsky caminaba por la calle aparecieron los «hombres grises» del KGB y lo metieron en la parte trasera de una camioneta. Fue sometido a interrogatorio, y todos sus libros y papeles fueron confiscados. Es conocido el juicio que siguió a ese arresto (18 de febrero y 13 de marzo de 1964), y hasta se han publicados las actas, que incluyen el diálogo de Brodsky con la jueza encargada, una tal Saveleva. Se le acusó de una docena de cargos, entre los cuales «parasitismo social» y «tener una visión del mundo dañina para el Estado». Cualquiera que se asociara con Brodsky en esos años, incluidos sus amigos y su novia, quedaba en la mira de la policía política. Fue sentenciado a cinco años de exilio interno en un sovjoz. Pero antes estuvo internado en el hospital psiquiátrico de Kaschenko, en otro manicomio (Priazhka) y en la tenebrosa prisión de Kresty (Las Cruces), que Ajmátova inmortalizó en su Réquiem. En los psiquiátricos, mientras esperaba juicio, le obligaban a tomar tranquilizantes y lo despertaban en mitad de la noche para darle baños helados, después de los cuales lo envolvían en una sábana mojada y lo ponían junto a un calefactor para que la sábana se encogiera y se le incrustara en la piel mientras se secaba.

El 25 de marzo de 1964 Brodsky fue enviado como castigo a Norenskaya, un pequeño pueblo («de catorce habitantes», recuerda con sorna en algún poema) en la región de Arjángelsk, cerca del círculo polar ártico. Los trabajos que realizó allí fueron palear estiércol, limpiar establos, cortar madera, picar piedras y cernir grano. También aprovechó la soledad para leer con cuidado y traducir a John Donne. Según cuenta él mismo, esos dieciocho meses estuvieron entre los mejores de su vida.

Al año siguiente, después de una serie de protestas internacionales (una campaña encabezada por Ajmátova, que se sentía culpable de haber llamado la atención de la KGB sobre su protegé, y a la que se sumaron grandes figuras de esa época, como Efim Etkind, Kornei Chukovski y, con ciertas reservas, Dimitri Shostakóvich), la sentencia de Brodsky fue conmutada. Pero en 1966 murió Ajmátova, y Brodsky se quedó sin su gran valedora. Evgueni Evtushenko, de quien Brodsky siempre sospechó que había tenido algo que ver con su condena,3 lo invitó a leer junto con Bela Ajmadúlina y Bulat Okudzhava para conmemorar el 25 aniversario de la entrada de la URSS en la Segunda Guerra Mundial. En esos años de un brevísimo deshielo, algunos poemas de Brodsky aparecieron incluso en antologías de poetas jóvenes. Ya tenía un nombre.

En 1969, recién publicado su primer libro de poemas en inglés, Robert Lowell lo invitó a participar en un festival de poesía en Londres, pero la policía le negó el permiso de viaje. «Las autoridades no podían sino sentirse ofendidas por todo lo que hacía», recuerda su amigo Andréi Sergueiev. «Si trabajaba, si no trabajaba, si paseaba, si estaba de pie, si se sentaba en una mesa, o se tendía para dormir». Brodsky continuó intentando publicar sus poemas en la Unión Soviética, sin éxito. En cierto momento, unos agentes de la KGB le prometieron publicarle un libro de poemas en papel finlandés de alta calidad si escribía algún informe ocasional sobre sus amigos extranjeros. Tampoco había lugar para él en el creciente movimiento disidente por los derechos humanos que su juicio había ayudado a catalizar. «Su relación con los disidentes —dice Keith Gessen— de alguna manera era parecida a la Bob Dylan con el movimiento estudiantil norteamericanos de finales de los sesenta: comprensiva pero distante».4

A partir de 1971, dos jóvenes amigos y admiradores de Brodsky, Vladimir Maramzin y Mijaíl Zheifetz, empezaron a compilar en samizdat una antología de su poesía, con prólogo del segundo, que les llevaría tres años.

El 31 de diciembre de 1971, Brodsky recibió una carta «oficial», no solicitada, firmada por un desconocido que se hacía llamar «Yivrii Yakov» (Jacob, el judío) desde Rejovot, Israel: se le invitaba explícitamente a emigrar. El 10 de mayo de 1972 le llegó una citación de la Oficina de Visas y Extranjería. Las autoridades le notificaron que ya estaba lista su visa de emigrado a Israel. Brodsky replicó que él no conocía a ningún Jacob, no había solicitado viajar y no quería abandonar su país (entre otras cosas porque debía cuidar de sus padres, mayores y enfermos).5 La policía política pasó del «usted» al «tú» y le advirtió que, si no se iba, su próximo invierno sería «muy frío». Brodsky se puso de acuerdo con un amigo que era profesor en Estados Unidos, Carl Proffer, y al final consiguió una visa del Departamento de Estado norteamericano para enseñar poesía en Ann Arbor, Michigan. Su expulsión del país natal tuvo lugar al mes siguiente, a través de Viena.

Lo que poca gente sabe es que dos años después, en abril de 1974, cuando Brodsky ya estaba fuera de la URSS y era reconocido por los más célebres intelectuales de Occidente, la KGB, incansable, apareció en las casas de Maramzin y Zheifetz en busca de manuscritos y samizdats, incluido aquel volumen clandestino que habían dedicado al poeta marginal. Fueron juzgados en la Corte de Leningrado, acusados de agitación y propaganda antisoviética. Maramzin fue sentenciado a cinco años en un campo de trabajos forzados, aunque su sentencia se conmutó un año y unos meses después para «permitirle» emigrar. Zheifetz, que había escrito el prólogo de aquel libro mecanografiado, un texto no muy largo titulado «Joseph Brodsky y nuestra generación», tuvo menos suerte: cumplió cuatro años de trabajos forzados en un lager y dos años más del llamado «exilio interno» (una suerte de prisión domiciliaria en un pueblo de Siberia).

Hasta 1987, fecha en que su Premio Nobel coincidió con las llamadas perestroika y glásnost, ningún texto de Brodsky será publicado en la Unión Soviética.



IV

Pocas opiniones resumen mejor la novedad que fue Brodsky para el mundo soviético que las palabras con que Lev Losev describe su profunda impresión tras escuchar al poeta leer en un departamento leningradense su poema «Colinas»: «Me di cuenta de que al fin existían poemas como los que yo había soñado, incluso sin conocerlos… Era como si se abriese una puerta a un espacio que no conocíamos y del que no habíamos oído hablar. No sabíamos que la poesía rusa, la lengua rusa, la conciencia rusa, pudiera contener esos espacios».

A mediados de los años 70, la poesía de Brodsky toma distancia de la lírica rusa clásica. Su vocabulario se amplía (incluyendo registros voluntariamente «antipoéticos») y su sintaxis se vuelve más flexible. Sinuosos enjambements facilitan una suerte de progresión litúrgica, que se aprecia mejor si escuchamos los poemas en la voz de su autor.

En ese libro casi perfecto que es Часть речи [Parte del discurso], hay muchos momentos de calembour que conviven con otros de tono elegíaco. El lenguaje es el absoluto protagonista: Brodsky parecía haber encontrado una manera de escapar a la maldición histórica del poeta ruso, incapaz de florecer lejos de su tierra natal. Sin embargo, la concisión y elegancia de ese libro no puede apreciarse del todo en la versión al inglés, supervisada por el autor. Es una crítica muy extendida, que se resume en una frase de Robert Hass, cuando dijo que al leer a Brodsky en inglés tenía la sensación de «caminar entre las ruinas de lo que alguna vez fue un noble edificio». Charles Simic opina que Brodsky hizo mal al mantener rima y métrica en las versiones al inglés. Y John Bayley cree que esa insistencia fue lo que convirtió a un poeta de primera (Brodsky en ruso) en uno de segunda (Brodsky en inglés). La realidad es un poco más complicada. En el trayecto que va desde los Selected Poems traducidos por George L. Kline y editados en 1973, y A Part of Speech (1980), donde se incluye el trabajo de hasta diez traductores, incluido el propio autor, pueden rastrearse las huellas de un nuevo trabajo poético que, aunque tiene el ruso como idioma central, está marcado por su experiencia de una nueva lengua y una nueva vida. Brodsky traduce sus antiguos textos, corrige las traducciones de otros, escribe sus primeros poemas en inglés e instaura eso que un crítico llama «efecto doppler» lingüístico entre las experiencias pasadas y las exigencias del presente.

Ese procedimiento se completa en A Urania (1988), tal vez el libro más «representativo» de su exilio. No parece haber sido una actitud deliberada. El propio poeta reconoció que estaba más interesado en el proceso de creación durante la composición del poema que en «la vida del producto» (organizar sus resultados en forma de libro). Esta indiferencia organizativa, digamos, «empeora» en las versiones al inglés de sus libros, donde, según su propia confesión, «uno básicamente incluye los poemas que en determinado momento han sido traducidos de manera más o menos civilizada».

Por eso para rastrear el trayecto estético de Brodsky es mejor atenerse a sus ediciones en ruso. Lo esencial de su obra poética está en cuatro libros: Конец прекрасной эпохи [Fin de la bella época], que incluye poemas fechados entre 1964 y 1971; Часть речи [Parte del discurso], que abarca desde 1972 a 1976; Урания [Urania] (con ediciones en 1987 y 1989) y Пейзаж с наводнением [Paisaje con inundación], de 1996; recombinados luego en diversas recopilaciones. La fecha de su exilio funciona aquí como una especie de marcador psicológico, aunque el propio Brodsky insistió en que no veía una diferencia esencial en su poética, al menos hasta 1974. Como sucedía en la propia vida, le era difícil salir del proceso creativo para notar los cambios. Pero a partir de 1974, el discurso, digamos metafísico, con que la poesía de Brodsky muestra las preocupaciones esenciales del individuo, empieza a cambiar.

La construcción de esta «persona» lírica es parte del torneo moderno entre analogía e ironía. Ese vagabundo irredento, a veces irritado y otras veces divertido, que procede, como dice otro crítico, «con una ligereza que tiene el cansancio como centro», da voz a un desarraigo sin amargura. En ese sentido —entre otros—, el gran héroe literario de Brodsky fue Ovidio. Las numerosas referencias a la Antigüedad que hay en su obra, inseparables de cierta idea del Imperio trasladada al mundo soviético, le sirven para tomar distancia de un mundo opresivo, unificador y violento, donde la cultura está permitida pero ha sido despojada de su nervio esencial. Un Imperio acaba siempre en catástrofe espiritual («genocidio antropológico», llegó a llamarlo) y el poeta será, por fuerza, testigo de esas ruinas.

El principio rector de ese duelo retórico queda establecido en el poema que da título a Parte del discurso: «de cada quien queda solo una parte del discurso». Cualquier pretensión de continuidad, cualquier ambición abarcadora es una utopía rota continuamente por el tono apodíctico. Los opuestos (geográficos, sentimentales, estilísticos) no se superan, sino que se alternan y a veces se encuentran. La distancia se exhibe junto a una soledad esencial, definida como «el hombre al cuadrado».

Se trata, también, de una máscara irónica. El vate omnipotente ha desaparecido. Aquel ser capaz de nombrar todas las cosas se disuelve en un tropel de sensaciones: el hombre queda reducido a un cuerpo; la mente, a una voz entrecortada. Las maneras en que el poeta se refiere a sí mismo son las de un hombre ordinario: un cuerpo en prematura decadencia (piel flácida, dientes cariados, calvicie incipiente…) analizado desde su mero lugar en el espacio. Así, también la voz poética participa de cierta solidaridad con aquello que ha sido destruido por la rabia del tiempo. El único consuelo parece ser la certeza de una vida orgánica que continúa tras la desaparición de lo humano: esa termita que cierra «El busto de Tiberio» (o el ratón de «Torso», o los moluscos al final de «Una segunda Navidad a orillas…» y de «Observaciones varias. Calor en el rincón…») es un recordatorio de que toda gloria, e incluso la historia, acaba siempre en ruina y alimento para los gusanos.

Los escenarios geográficos de esa voz desencantada también se multiplican: Inglaterra, Venecia, Roma, México, Lisboa… Y aunque Rusia queda lejos hay un sustituto inmejorable, omnipresente, más concentrado que el viejo Imperio: un idioma cuyo nivel de autenticidad escapa de los constreñimientos de la realidad. El resultado es una poesía en la que escasea lo banal, donde cada línea es una respuesta nueva, el fruto de una permanente actividad cerebral. Inmerso en esa lengua que cultiva y recrea sin cesar dentro de sí, Brodsky —según ha dicho la poeta Bela Ajmadúlina— fue al mismo tiempo «el jardín y el jardinero». Ya no necesitaba escuchar la lengua rusa a su alrededor. Su relación poética con ese idioma está resumida en un pasaje de Heródoto que él mismo recordó en una entrevista. En el cuarto libro de sus Historias, el historiador griego alude a los escitas, «tribu que vivía al norte de Thanais», con el extraño nombre de budini. Esos budini son descritos en términos muy generales: construían botes, casas y templos de madera. Pero sobre todo —y Brodsky dice haber comprobado, estupefacto, la cita en el original griego— «estaban completamente asombrados de su propio lenguaje». Para dar forma a ese «extrañamiento», a ese asombro creativo ante la propia lengua, Brodsky se valió de una estructura poco habitual en la tradición rusa: la «carcasa» de los poemas extensos, tanto en la tradición narrativa de Kantemir, Derzhavin y Baratinsky, como en la más lírica de los poemas extensos de Tsvietáieva. Los poemas largos no eran muy comunes en la tradición rusa del siglo XIX y principios del XX. Brodsky opinaba que la poética rusa había impedido el desarrollo de un pensamiento, y que la lírica había concentrado sus logros en la «pequeña escala». Su poesía, en cambio, quiso cambiar de formato: adaptar el molde de las estrofas largas a la naturaleza de otros temas que no figuraban en la poesía narrativa del XVIII. Su amigo, el también poeta Evgueni Rein, opina que las cualidades innovadoras de Brodsky tienen que ver con ese prosaísmo esencial, que le permitió conservar ciertas estructuras métricas y, al mismo tiempo, suplantar una poética convencional. «Forma romántica + contenido moderno», predicó Brodsky más de una vez.

La métrica y la rima siguieron jugando un papel esencial porque para Brodsky el verso era una reencarnación del tiempo: debía imitar sus movimientos y aspirar a una suerte de mesurado oleaje, ni demasiado emocional ni demasiado brillante. «Lo que llamamos música del poema —escribió— es en esencia tiempo reestructurado de tal manera que concentra el contenido en un foco lingüísticamente inevitable, memorable». Pero en cierto momento, Brodsky decidió prescindir de recursos líricos característicos y conocidos (el tetrámetro, las estrofas pequeñas, el uso frecuente de subordinadas) y jugar con tropos más propios de la tradición metafísica o barroca, incluso del conceptismo, traspasados a un formato extenso, que tiene algo —se diría— de salmodia cinematográfica. Cada verso de esos nuevos poemas, se ha dicho, es una especie de pensamiento acelerado, recreado en un nuevo vocabulario y con una sintaxis poco habitual. Llegado a ese punto, Brodsky era ya un buen ejemplo de una paradoja moderna: la «tradición de la ruptura».

Algo —o mucho— tuvo esto que ver con la poesía anglosajona, que Brodsky descubrió desde los comienzos de su carrera. En el pasado, la poesía rusa se había aliado con el francés y la tradición latina para ignorar la tradición anglo-norteamericana (a pesar de la gran influencia de Byron, que hizo del poeta ruso un héroe por obligación). A Brodsky en cambio, la poesía metafísica inglesa (Donne y Herbert, sobre todo) le reveló una nueva retórica lírica, que es la que aparece en sus mejores poemas de los años 1973-1980: «El grito del halcón en el otoño», «Quinto aniversario», «Canción de cuna de Cape Cod»…

La distancia aportada por el exilio también propició que la poesía de Brodsky consiguiera hablar de la historia y la política con un tono inédito en la tradición rusa: cierta neutralidad antipropagandística, que supera incluso las lecciones de sus maestros anglosajones: Lowell, Spender y Auden. Quedan como ejemplos los «Versos sobre la campaña de invierno de 1980» (la invasión soviética a Afganistán), «Residencia» o «Sobre la muerte del mariscal Zhúkov».

Pero Brodsky nunca llega a ser un «poeta político», ni siquiera un «poeta civil». La política le parece una especie de ruido. A veces queda registrado y forma parte del material poético, pero más a menudo el poeta prefiere arrancar con meditaciones laterales en relación al asunto político tratado. Sus poemas «comienzan con una especie de zumbido» (Losev), que se amplifica luego en un crescendo de imágenes sorprendentes. Esa mezcla originalísima de ideas y sensaciones es su única ideología, y por eso acude muchas veces a metáforas científicas o sacadas del discurso específico, neutral. La política, aquí, no debe nunca trascender lo anecdótico pues envilecería el nivel del discurso.

«Creo que crecí —confiesa en una entrevista— en un tipo de ambiente cultural que siempre consideró las conversaciones sobre política como algo muy bajo: el gobierno, el Estado, eran solo objetos de broma y no de consideraciones serias. No podía tomármelos en serio». Un ejemplo de lo anterior: él y Ajmátova se referían a Stalin o a las sucesivas encarnaciones del poder soviético con el sobrenombre de Barmalei, el ogro de un conocido relato infantil de Kornei Chukovski.6 Para su amigo Dovlátov, por esos años «Brodsky no vivía en un Estado proletario, sino en el monasterio de su propio espíritu. No luchó contra el régimen. Simplemente lo ignoró». «La verdadera libertad —dice en uno de sus poemas más célebres— es cuando ya no recuerdas el nombre del tirano».

Ni siquiera el ejercicio de «esa condición que llamamos exilio», tan bien explicada en sus ensayos, se tradujo en un credo. Para el poeta Brodsky, la censura soviética bien podía ser una bendición y Occidente, ese sitio donde «nada es amenazador pero todo es hostil». Su amiga Susan Sontag le reprochó alguna vez, cuando ya habían pasado su fase de seducción mutua, que insistiera en que el poeta es el verdadero aristócrata de las letras, un perpetuo vox clamantis. Pero aunque Brodsky fue siempre raigalmente antisoviético —y ayudó a muchos exiliados que llegaron después de él a EE. UU.— tampoco le asignó al escritor exiliado ningún tipo de privilegio o beneficio profético. A la altura de su poema «Quinto aniversario», escrito para recordar su salida de la tierra natal, él mismo define su condición como «un acto del destino», acaecido a quien «no amaba la vulgaridad ni besaba los íconos».



V


Parte del discurso muestra todavía cierto equilibrio, resultado de una conciencia insatisfecha que procede más por refinamiento que por ruptura, trazos evolutivos en vez de un cambio brusco de registro. El tema de esa serie de poemas que da título al libro no es otro que el lenguaje, una obsesión por el idioma que permea todas las otras cuestiones que podrían llamarse «personales». Esos poemas anuncian la primera parte de un proceso imparable en la poesía de Brodsky: la separación entre (el) sujeto y (lo) predicado, la descolocación verbal que acompaña la progresiva insignificancia social del rol del poeta.

El discurso con que recibió el Nobel en 1987 resume con elegancia esta fe negativa: la intrascendencia espacial de lo humano, su radical transitoriedad que lo obliga al consuelo temporal de una palabra poética a imagen y semejanza del más natural de todos los elementos: el agua. En ese sentido, a diferencia de su querido Donne y su andamiaje metafísico, Brodsky es un poeta eminentemente físico, cuyo tema fundamental es la encrucijada entre el espacio, el tiempo y los sentidos. Hay una especie de descolocación o condición irreconciliable entre estas piezas que obsesiona al poeta: «el espacio es ausencia de cuerpo en cada punto», «Solo para el sonido el espacio es estorbo, / al ojo le da igual si no se escucha el eco». Ningún otro poeta contemporáneo habla tanto de la intemperie. Su musa no es Calíope, ni Tersícore, ni sus artísticas hermanas asociadas con emociones y sentidos, sino Urania, musa de la astronomía, «más vieja que Clío», matrona del conocimiento estelar, del espacio puro, de esas extensiones heladas en medio de las cuales el hombre es tan accidente como una morrena, el derrubio lodoso formado por las piedras y el barro que arrastra un glaciar. (A Urania dedicó Brodsky un poema que comienza como epitafio irónico: «Todo tiene un límite, incluso la tristeza…»).

Poco a poco, Brodsky consigue desgarrar ese abanico analógico que es la prosa del mundo para entrar en el reino de lo bizarro. Alguna vez definió uno de sus poemas como «una mezcla de Mozart y de Beckett». Es una boutade que hace pensar. Muchos de sus poemas abandonaron el imperativo armónico para dejar lugar a la ironía: cada vez menos Mozart y cada vez más Beckett. Al desertar del monolingüismo, también se empezó a alejar de una idea de perfección formal que funcionaba como principio constructivo. Sus últimos poemas, los recogidos póstumamente en So Forth (1996), pueden leerse como evidencias de una doble realidad: el fin de un mundo y el comienzo de otro. Muchos fueron escritos directamente en inglés —un inglés con limitaciones— y a menudo vuelven sobre temas ya tratados en libros anteriores. Algunos críticos se quejan de errores de construcción sintáctica y deslices verbales, cierta puerilidad en las rimas o una mayor cuota de frivolidad. Su capacidad metafórica para llevar el lenguaje más allá de lo previsible parece debilitada. Y aunque su muerte fue, sin duda, prematura, al leer en orden cronológico la poesía de Brodsky uno tiene la impresión de un ciclo cerrado, de haber llegado a la estación final de un trayecto. Hay grandes poemas en ese libro final, pero el conjunto ha perdido fuerza.

Incluso a esas alturas de su exitoso exilio, Brodsky seguía siendo un poeta ruso (no está de más recordar que solo un tercio de sus poemas escritos en esa lengua fueron traducidos mientras él vivió). Al intentar pasarse al inglés dejó atrás la versatilidad de un sistema acentual y las variedades morfológicas derivadas de las declinaciones rusas, que permitían múltiples terminaciones con las mismas palabras. Así, mientras buscaba mantener la métrica y la rima del original, en realidad se desplazaba de un sistema de armonía cerrada a otro en el que eran casi imposibles muchos de sus giros distintivos.

Al explicar la impresión que le causó su primera lectura de Mandelstam, Brodsky habla de esa «inexorabilidad lingüística» que trasmite todo gran poeta: la sensación de que algo solo puede ser dicho tal y como aparece expresado en ciertos versos. «Eso es lo que distingue con toda certeza a un gran poeta. Después de esto, hablas ya en otra lengua». Se trata, por supuesto, de un ars poetica poco compatible con la traducción.

Sin embargo, Brodsky supo, como se dice, «hacer de la necesidad virtud». De la misma manera que su resumen evolutivo de la historia humana incluye un pez boqueando en la arena, que acaba por convertirse en otra especie, y esa, a su vez, en otra, hasta llegar a nuestros antepasados más cercanos, la evolución poética de Brodsky pasó por el abandono del monolingüismo. Su gran logro literario en inglés es un pequeño libro, Watermark [Marca de agua], ejemplo perfecto de eso que Sontag definirá como «prosa impaciente», una «prosa dedicada a relatar el surgimiento triunfal del yo poeta». En ese libro, al que le viene como anillo al dedo otra frase de Sontag («la prosa de poeta es la autobiografía del ardor»), hay un despliegue de recursos metafóricos que iguala los mejores poemas de Brodsky. Son páginas que tal vez nunca se habrían escrito si su autor se hubiera quedado en la Unión Soviética, escribiendo solo en ruso. VI


Se suele hablar de Brodsky como un poeta intraducible. Paradójicamente, él mismo no solo intentó traducirse, sino que ese esfuerzo marcó su poética. Tenía claro el drama de escribir una poesía que, por su nivel de elaboración formal, no pasaba bien a otros idiomas. Sin embargo, no vivió esa dificultad como un drama angustioso. La poesía, que a menudo se define como «lo que se pierde en la traducción», también puede ser «lo que se gana» con ella. Pero solo si el traductor se siente lo bastante desacomplejado para practicar una estética de la «versión poética» o asumir, incluso, la transcreación del original.

La traducción y la censura operaban, para Brodsky, según el mismo principio rector: «aquello que es posible». Pero así como en algún momento Brodsky defendió las ventajas de la censura para potenciar las virtudes inherentes a la metáfora, el traductor puede usar algunos poemas (por supuesto, textos escogidos de un conjunto y no la obra completa) para ejercer la traducción libre. Eso lo coloca en una situación de solidaridad poética que explica la intensa amistad de Brodsky con casi todos sus traductores importantes, a los que incluso dedicó algunos de sus grandes poemas. De la misma manera que el poeta ruso confesaba que había aprendido inglés para entenderse con Auden, a quien admiraba más que a cualquier otro poeta de su época, un traductor de Brodsky que disponga del tiempo suficiente puede afrontar el reto de hacer versiones poéticas como un paciente ejercicio de admiración. Tal es el caso, quiero pensar, de muchas de las recogidas en esta selección.

En español, las traducciones disponibles de Brodsky, la mayoría en verso libre, se limitan a darnos una idea del contenido. Hay unas pocas hechas directamente del ruso. Otras han sido hechas del inglés (que incluso en casos en que el propio poeta ejerció de traductor o cotraductor, o revisó y autorizó versiones, mantienen su condición ancilar en comparación con el original ruso). A diferencia del trabajo de casi todos sus traductores al inglés (sobre todo, Richard Wilbur y Alan Myers), al italiano (Giovanni Buttafava), al polaco (Stanisław Baran´czak) o al francés (con las magníficas versiones de André Markowicz), nadie ha intentado de forma sistemática traducir a Brodsky del ruso al español manteniendo cierta coherencia métrica —y mucho menos la rima. Los resultados, me temo, no transmiten esa búsqueda formal que caracteriza la poética original.

En varias de sus entrevistas, Brodsky cita un chiste que aseguraba haberle oído a su amigo, el poeta sueco Tomas Tranströmer: «La relación entre el poeta y el traductor pasa por tres etapas. Primero: tú, el poeta, le dices al traductor: “Confío en ti”, y él te mata. Segundo: le dices: “No confío en ti”, y él te mata. Y tercero: le dices: “Mátame, mátame!”, y él… te mata.» Por supuesto, a veces no queda más remedio que «matar a Brodsky», es decir, traducirlo en verso libre (él mismo escribió algunos de sus poemas sin rima). Pero si se quiere ofrecer una idea más completa de su talento poético es necesario mostrar, a través de la rima o de recursos de simetría métrica, algo de la dimensión formal del original. A costa, incluso, de ciertas traiciones al contenido: una pérdida/ganancia que el propio Brodsky ejerció muchas veces en sus propias versiones al inglés. Esa ha sido mi apuesta en la mayoría de las páginas que siguen. En la poesía rusa, la rima no es un «recurso» más, sino el marco general de toda la comprensión poética. Está, por así decirlo, espiritualmente arraigada; para algunos, a nivel neurológico. Alguien decía que en EE. UU. es probable que un poema rimado evoque la idea de «estilo tradicional» o «conservador». Pero en Rusia sugiere la fuerza moral de un arte de la memoria, practicado como una disciplina solitaria e intensa. Como hemos dicho antes, la relación de la poesía rusa con la memoria y la oralidad es consecuencia de cierta tradición litúrgica. En todo poema ruso está, más o menos presente, ese mecanismo psicológico de la plegaria.

Tampoco hay que pedir milagros. Una traducción puede alcanzar a mostrar la sucesión de imágenes y el «proceso de pensamiento» de un poema, eso que Brodsky llamaba «la psicología del próximo paso», pero la prosodia es siempre material dudoso. Cada forma métrica tiene su propia «biografía», por así decirlo, y está intrínsecamente relacionada con determinada estructura cultural y tradición prosódica. La misma estructura puede aludir a cosas diferentes, dependiendo del idioma al que ha sido traducida. Sin embargo, hay que leer a Brodsky como un poeta apegado al rigor formal, que consiguió revolucionar los moldes de la poesía rusa «desde dentro». Para él, la innovación solo podía tener sentido dentro de los límites de ciertas formas clausas.

Un traductor al español de Brodsky deberá lidiar, además, con ciertas limitaciones del poeta. Es conocida su boutade de que el español, que comprendía a medias y era capaz de leer,7 no era «una verdadera lengua». También Sontag cuenta que Brodsky le dijo alguna vez que la voz literaria latinoamericana era «de segunda mano, como los viejos Oldsmobiles que circulaban por La Habana». En una lista canónica8 que hizo de lo mejor de la poesía en español, por ejemplo, solo aparece un latinoamericano: su amigo Octavio Paz. Es curioso que ahora sea un cubano quien emprenda la misión revanchista de traducirlo al español, tanto desde el ruso como del inglés.

Esas «opiniones contundentes» de Brodsky no deben tomarse al pie de la letra. Fue una figura controversial, y le encantaba bromear y mezclar sus chistes con afirmaciones ex cathedra para desafiar a los biempensantes. Ensayos recientes, producidos en esa fábrica interminable de quejas en que parece haberse convertido la Academia norteamericana, le adjudican una visión «imperial» y «colonialista» por sus incursiones en cierta «poesía del turista», o un largo historial de agravios entre los exiliados rusos en Estados Unidos. Nada de eso tiene demasiada importancia. Incluso en sus momentos de mayor sarcasmo, o de tono más descarnado, la poesía de Brodsky rebosa empatía. Supo convertir la amargura de los muchos años lejos de la tierra natal en una suerte de humildad esencial, descrita en el pasaje final de su poema «Diciembre en Florencia»:


Hay algunas ciudades donde nunca volvemos.

El sol choca en sus vidrios como en ciertos espejos.

Ni por su peso en oro consigue atravesarlos.

En ellas, sobre un río, se alzan siempre seis puentes

y abundan los lugares donde tus labios fueron

a posarse en los otros, como en papel tu pluma

bajo estatuas, arcadas y columnas de hierro.

Al subir al tranvía, la multitud se agolpa

hablando en el idioma del hombre que no está.

El idioma nos enseña que la vida siempre prosigue su curso, indiferente a lo episódico. Todos los poemas de Brodsky, como bien escribió su amigo Derek Walcott, «rezuman mortalidad». Tenía una visión ecuménica, pero anclada en la melancolía: su tiempo no era el de la profecía, sino un presente exento de futuro: la pura experiencia y sus fulgores. Así aparece en el hermoso poema que le dedica Adam Zagajewski:


Por favor, recuerden: ironía y dolor;

el dolor había vivido mucho tiempo dentro de su corazón

y siguió creciendo, como si cada elegía que escribía

lo amara obsesivamente y quisiera

que solo él fuera su héroe.9


Uno comprende mejor esta profundidad elegíaca cuando puede rastrearla, poema tras poema, año tras año. Cuenta la leyenda que, desde los veindidós años, cada Navidad, Brodsky se sentaba a escribir un poema. En ocasiones se saltó, o no pudo cumplir con ese rito personal, pero antes de morir, con apenas cincuenta y cinco años, había conseguido juntar un buen puñado. Algunos tienen apenas cinco líneas, otros, varias páginas, pero todos resultan conmovedores, incluso para quienes tenemos una relación puramente cultural con esa festividad religiosa. De origen judío, Brodsky, como ya hemos dicho, no era el clásico devoto («No lo sé; a veces sí, a veces no», respondía cuando le hacían la pregunta sobre la fe), pero su espiritualidad abrevó, sobre todo, en la tradición cristiana. Sus preferidos, desde Dante y Donne hasta Eliot y Auden, fueron los grandes poetas cristianos de Occidente.

Con el tiempo, dicen los críticos, esos poemas navideños (algunos de los cuales han sido recogidos en esta antología) se van haciendo menos autobiográficos y más filosóficos: el poeta da vueltas sobre la Natividad como una especie de garantía metafísica: en este mundo reina Herodes, sí, pero el mal nunca logra imponerse por completo. Quizá por eso algunos han querido ver en ese ángel que anuncia al mundo la buena nueva del Nacimiento una de las tantas alegorías de la poesía, que sí fue la gran fe de Brodsky, la única indiscutible.

En esos poemas navideños de Brodsky, una estrella puede ser lo mismo el ojo atento de un Dios paternal que una lágrima de desesperación; un lugar de encuentro para los amantes o un bote lleno de refugiados; en todos esos casos se trata, como ha escrito Losev, «del punto en el cual se encuentran el sufrimiento humano y el amor divino». Gracias a ese cruce, la poesía de Brodsky siempre me ha parecido el vehículo de una revelación entrañable. Ojalá el lector de las páginas que siguen descubra algo semejante.


ERNESTO HERNÁNDEZ BUSTO

 

 

 

 

 

 

 

1 Muchos años después, en 1976, Susan Sontag también quedará fascinada por la manera en que Brodsky no tenía miedo de abordar los «grandes temas» y dejará en sus diarios una anotación en la que reprocha a la poesía norteamericana su «antiintelectualismo»: «la gran poesía tiene ideas».

2 Adam Kirsch, «Derek Walcott and the Poetry of Liberalism», The New York Times, 20 de marzo de 2017.

3 A las intrigas de este atribuye que, entre los escritores rusos se difundiera primero el rumor de que su salida de Rusia había sido voluntaria. Y aunque Evtushenko lo negó, Brodsky se fue a la tumba con la certeza de que aquel había servido como «consultor literario» de la KGB para su «caso». En 1987, luego de haber recibido el Nobel, Brodsky incluso presentó su renuncia a la Academia Norteamericana de Artes y Letras, porque esta le había concedido a Evtushenko una membresía honoraria. En Не только Бродский [No solo Brodsky], libro de recuerdos escrito por su amigo Serguéi Dovlátov, hay numerosas anécdotas sobre este odio cultivado entre los dos poetas. 

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