domingo, 25 de enero de 2026

FRAGMENTO. NOVELA. PRINCIPIOS NOCTURNOS. III PREMIO ALBERTO CAÑAS NACIONAL DE NARRATIVA 2020.


 

Y los hombres, cuánto más licor bebían, empezaron a mirar lo que en verdad eran mis acompañantes: demonios… Pero, como suele suceder, nadie lo comentaba con sus interlocutores, por miedo a quedar en ridículo o que se les dijera que se trataba de alta traición por comparar, a los emisarios políticos moscovitas con espíritus infernales. Esfria se pavoneaba de extremo a extremo por el salón. De impecable frac, con los gemelos de oro y su camisa de puño francés, hacía contraste con los obreros de Vorkuta. Adremelech, alias lord Ruthven, de chaqué, secundaba a Esfria, a quien interrumpía el paseillo por entre las mesas de ajedrez. “Ilustrísima, una noche fría, pero delirante acá en Vorkuta, no aguanto, no aguanto... Los deseos se desbordan, son inminentes... ¿Será posible mostrarnos para algunos obreros en nuestras representaciones pictóricas?”, pensé escuchar decir a Adremelech. Y los demás del séquito infernal estuvieron de acuerdo, por ser Adremelech quien presidía el senado demoníaco. Así que el primero en mostrarse tal cual era fue Bel fegor, con su ojo flamígero, quien, detrás de mí, no le quitaba la mirada a Taimanov y este se negaba a aceptar lo que veía: un ojo flamígero con un monóculo, un Arimán de smoking. Y entonces, Belfegor se retiró para mirar a 60 los jugadores de ajedrez, pero, cuanto más se empeñaban los jugadores en concentrarse en presencia de Belfegor, más la modorra los envolvía. Y Taimanov me dijo: —Camarada, ¿ha visto usted bien a su amigo, el camarada que está observando a un grupo de jugadores? ¿Lo ve? —¿A quién, camarada? ¿Acaso me pregunta usted por el camarada Belfegueroviech, el que está contemplando las partidas de ajedrez? —repuse, apresurándome a poner un nombre a Belfegor. —Sí, exacto. ¿No le observa algo extraño? —¿Extraño? Pues, ¡no! —repliqué. Andrei Taimanov no dijo más. Belfegor volvió a tomar su figura de ciudadano y camarada, pues, al preguntar lo mismo Taimanov a sus compañeros Bagirov y Maizelis, Belfegor regresó como el burócrata sencillo que representaba y me guiñó un ojo... Malfas, a mi lado derecho, conversaba con Elzbieta y ambos en retaguardia miraban de soslayo a Taimanov y a Bagirov. Y como todos estaban bebiendo licores en la barra y la cocina del bar se ponía un poco lenta con los pedidos, Malfas formuló la siguiente solicitud a Taimanov: —Señor y camarada Taimanov, solicito permiso para ir a preparar unos bocadillos y continuar con nuestra noche que recién empieza. —No tiene que pedir permiso, camarada. Y no se apresure, que Elzbieta queda a buen recaudo —baboseó Taimanov, en una presunción del buen trato a nosotros, los visitantes moscovitas, mientras le pasaba la mano por la espalda a la joven polaca, sopesando lascivia en el acto y olvidándose de la imagen demoníaca de Belfegor. Yo me alejé también de Taimanov, Elzbieta, Bagirov y Maizelis, a pocos metros de donde se encontraba Belfe gor. La música del fonógrafo se confundía con las risas y 61 el olor a tabaco se mezclaba con los olores de las viandas que minutos antes preparaba Malfas, en una especie de rito sacro. Escuchaba los ruidos de las piezas de ajedrez que, terminada alguna partida, eran acomodadas por los jugadores en los tableros para iniciar otro juego y así hasta el cansancio. Otros, en un rincón, hablaban y otros, ya con las bebidas, bailaban con la música escasamente percepti ble del fonógrafo. Regresé al bar improvisado: Taimanov ahora jugueteaba con las manos de Elzbieta y le hablaba al oído. Malfas salió de la cocina al barcillo, presentó a Bagirov y Maizelis unos canapés acompañados con unas sopas de pescado, y agregó: —Camaradas, estamos de acuerdo que no es hora para probar unas sopas, pero, vean, observen, observen… ¿Acaso no las apetecen? Vi a Malfas como lo había visto en muchas oportuni dades en el propio scriptorium: de levita, con un aspecto que tenía muy poco del camarada que se presentó al inicio de la noche. Taimanov no observó a Malfas, que estaba de espaldas a él, y los únicos que se daban por enterados de la transformación eran Maizelis y Bagirov. Luego de servir los platos soperos para el pescado, Malfas, con cara de cerdo, se me acercó y me dijo: —Su señor, su señor, no se preocupe; solo las personas que nosotros queremos nos miran como somos, digo, tal como somos en nuestras iconografías clásicas. Así que ahora, solo Taimanov, Maizelis y Bagirov nos observan como demonios; de los demás camaradas que se encuentran en el recinto, algunos tendrán esa posibilidad, pero nadie dirá nada, nada, nada, jejejeje.

sábado, 24 de enero de 2026

ANNE SEXTON VIVE O MUERE (Live or Die, 1966) poesía. Fragmento del libro.


 

ANNE SEXTON

 

 

VIVE O MUERE

 

(Live or Die, 1966)

 

 

"Poesía Completa"; Linteo, 2013, 939 p.; P.- 187, 296

 

 

 

Para Max y Fred,

que me hicieron una compatriota honorífica

 

 

Con un gran aliento, atrapado y mantenido

en su pecho, combatió su tristeza

por su solitaria vida. ¡No llores, idiota!

Vive o muere,

pero no envenenes todo...

de una primera versión de Herzog

de Saul Bellow

 

 

Nota de la autora

Vaya por delante que he colocado estos poemas (1962-1966)
en el orden en que fueron escritos y pido toda clase de dis-
culpas por el hecho de que se lean como la gráfica de fiebre
para un caso grave de melancolía. Creí que el orden de su
creación podía ser de interés para algunos lectores, y, como
André Gide escribió en su diario: «A pesar de toda determi-
nación de optimismo, ocasionalmente gana la melancolía: el
hombre ha arruinado el planeta definitivamente.»

 

 

Y UNO PARA MI SEÑORA

 

Un comerciante nato,

mi padre toda su pasta ganó

vendiendo lana a Fieldcrest, Woolrich y Faribo.

 

Un hablador nato

supo vender cientos de balas humedecidas

del blanco material. Registraba las millas y partidas

 

y les sacaba ganancia.

Cada frase que en casa nos decía

gustó ya al comprador que con manteca le correspondía.

 

Cada palabra

había sido ensayada a cada rato
en el hombre al que había cautivado el hombre que llenaba mi plato.

 

Mi padre se cernía

sobre el pudín de Yorkshire y el filete de ternera:

un feriante, ambulante, marchante, jefe indio, todo era.

 

¡Roosevelt! ¡Willkie! ¡La guerra!
Cuan insegura me sentía de repente
con mi corazón de solterona y mi alegre aplauso de adolescente.

 

Cada noche en casa

mi padre con los mapas sentía su amor en creces
mientras la radio peleaba sus batallas con nazis y japoneses.

 

Excepto cuando se escondía

en su dormitorio para tres días de borrachera,

tecleaba complejos itinerarios, preparaba su maletera,

 

su equipaje a juego,

y metía en el bolsillo de una reserva la confirmación,

su corazón ya avanzaba por las rutas rojas de la nación.

 

Cada noche estoy sentada

en mi escritorio sin un lugar para ir deseado,

abro de Milwaukee y Buffalo los mapas arrugados,

todos los U.S.,

sus cementerios, sus zonas horarias casi fortuitas,

a través de rutas como venillas, capitales tal piedritas.

 

Él murió en el camino,

del cuello a la nuca el golpe fatal,

por la ventana del Cadillac su pañuelo blanco por señal.

 

Mi esposo,

de ojos azules como de cuentos, vende lana:
cajas con restos de carda, ovillos y carretes que deshilvana

 

hasta sacar el hilo:

Leicester, Rambouillet, Merino, que él aconseja,
un media-sangre, grasiento y gordo, amarillo como nieve vieja.

 

Y cuando te vas, querido mío,

¡Sí, señor! ¡Sí, señor! Este es para mi señora,

el nombre de mi padre tus muestrarios decora,

 

tu itinerario abierto,

sus controles de peaje sonando codiciosos,
sus amplias rutas surgidas como nuevos amores, groseros y presurosos.

 

25 de enero de 1962

 

 EL SOL

 

He oído de peces

que subieron al sol

donde se quedaron para siempre,

hombro con hombro,

avenidas de peces que nunca volvieron,

todas sus manchas ostentosas y soledades

absorbidas de ellos.

 

Pienso en moscas

que de sus apestosas cuevas

salen a la arena.

Primero son transparentes.

Después son azules con alas de cobre.

Brillan en las frentes de los hombres. .

Ni pájaros ni acróbatas,

se secarán como pequeñas botas negras.

 

Yo soy un ser idéntico.

Enferma por el frío y el olor de la casa

me desnudo bajo la ardiente lupa.

Mi piel se aplana como el agua del mar.

Ojo amarillo,

déjame vomitar con tu calor,

déjame tener fiebre y furor.

 

Ahora estoy totalmente entregada.

Yo soy tu hija, bombón,

tu sacerdotisa, tu boca y tu pájaro,

y voy a contarles a todos historias de ti,

hasta que me aparten para siempre,

una delgada bandera gris.

 

Mayo, 1962

 

 

 

HUYE EN TU ASNO

 

Ma faim, Anne, Anne,
Filis sur fon cine... 
Rimbaud

 

Porque no había otro lugar
al que huir,

volví a la escena del desorden de los sentidos,
volví ayer a medianoche,
llegué en la profunda noche de junio,
sin equipaje ni defensas,
entregué las llaves de mi coche y mi dinero
y me quedé tan sólo con un paquete de cigarrillos Salem,

como un niño que se agarra a un juguete.
Puse mi firma donde un extraño

pone la X con tinta -

pues esto es un hospital psiquiátrico,
no un juego de niños.

 

Hoy golpea un médico asistente mis rodillas,

para probar mis reflejos.

Antes le habría guiñado y suplicado un chute.

Hoy soy tremendamente paciente.

Hoy los cuervos juegan al black-jack

en el estetoscopio.

 

Todos me han abandonado
excepto mi musa,
la estupenda enfermera.
Ella se queda en mi mano,
un suave ratón blanco.

 

Las cortinas, indolentes y delicadas,

ondean, se agitan y caen

como las faldas victorianas

de mis dos tías solteras

que tenían una tienda de antigüedades.

 

Los avispones han sido enviados.

Se agrupan como muestras de flores en el mosquitero.

Avispones arrastrando sus finos aguijones,

se quedan suspendidos, lo saben todo,

zumban: el avispón sabe.
Esto lo oí de niña
¿pero qué es lo que quería decir?
¡El avispón sabe!

¿Qué fue de Jack y Doc y Reggy?
¿Quién sabe aún lo que acecha en el corazón del hombre?

¿Qué quería decir El Avispón Verde*, él lo sabe?
¿O lo entendí mal?
¿Es La Sombra, la que me ha visto
desde la radio de mi mesilla de noche.

 

Ahora suena ¡Dinn, Dinn, Dinn!

mientras las señoras discuten en la habitación al lado

y escarban sus dientes.

Arriba una muchacha se enrosca como un caracol;

en otra habitación alguien intenta comerse un zapato;

entretanto un adolescente pasea por el pasillo arriba

y abajo con sus calcetines blancos de tenis.

Un nuevo doctor hace rondas

publicitando sedantes, insulina o electrochoques

para los no iniciados.

 

¡Seis años con tan pequeñas preocupaciones!

¡Seis años de entrar y salir de este lugar!

¡Oh hambre mía! ¡Hambre mía!

Podría haber dado dos veces la vuelta al mundo,

o haber tenido nuevos hijos — sólo chicos.

Fue un largo viaje con pequeños días

pero sin nuevos lugares.

 

Aquí dentro

sigue la misma vieja farándula,

la misma escena de ruinas.

El alcohólico llega con sus palos de golf.

La suicida llega con píldoras aparte cosidas

en el forro de su vestido.

Los huéspedes permanentes no han hecho nada nuevo.

Sus caras continúan siendo pequeñas

como bebés con ictericia.

 

Entretanto

sacaron a mi madre,

como una muñeca de cualquiera, envuelta en sábanas,

vendaron su mandíbula y rellenaron sus orificios.

A mi padre también. Él se fue por la sangre podrida

que agotó en otras mujeres del Medio Oeste.

 

Se fue en ello, un viejo alcohólico curado,

con pies torcidos y manos inútiles.

Se fue en ello, llamando a su padre,

que murió hacía tiempo por su propia fuerza —

ese banquero rico que habían encerrado,

sus genes bloqueados como dólares,

envuelto en su secreto,

atado bien seguro en su camisa de fuerza.

 

Pero tú, doctor mío, mi entusiasta,
fuiste mejor que Cristo;
me prometiste otro mundoque me diría quién

era yo.

 

La mayor parte del tiempo la pasé,

una extraña,

condenada y en trance — ese cuchitril,

ese lugar desnudo de venas azules,

mis ojos cerrados ante el confuso despacho,

ojos girando hacia mi infancia,

ojos de nuevo aguzados.

Años Henos de consejos

alineados — la historia de un caso en capítulos —

durante treinta y tres años el mismo incesto aburrido

que nos sostuvo a ambos.

 

Tú, mi analista soltero,

que en la calle Marlborough

compartías tu praxis con tu madre

y cada Año Nuevo dejabas el tabaco,

eras el nuevo Dios,

el manager de la Biblia de Gideon.

 

Yo era tu alumna de tercero

con una estrella azul en mi frente.

En trance podía tener cualquier edad,

voz y gesto — todo vuelto al revés

como un reloj de un drugstore.

Despierta, memorizaba sueños.

Los sueños subían al ring

como luchadores de tercera,

cada uno una mala apuesta

que podía ganar

porque no había otra.

 

Los miraba fijamente,

me concentraba en el abismo,

como se mira hacia abajo una cantera,

innumerables millas hacia abajo,

mis manos vacilaban como ganchos

para sacar sueños de su jaula.

¡Oh hambre mía, hambre mía!

 

Una vez,

delante de tu consulta,

me vine abajo con la manera antigua del desmayo

entre los coches mal aparcados.

Me eché al suelo,

aparentando estar ocho horas muerta.

Pensé que había muerto

en una borrasca de nieve.

Sobre mi cabeza

sonaban cadenas como si dientes

excavaran su camino por la calle helada.

Yacía allí

como un sobretodo

que alguien había arrojado.

Me llevaste de nuevo adentro,

con torpeza, con ternura,

con la ayuda de la secretaria de pelo rojo,

con la complexión de una socorrista.

Mis zapatos,

lo recuerdo aún,

se perdieron en un montón de nieve,

como si no pensara andar de nuevo.

 

Esto fue el invierno

en que mi madre murió,

medio loca de morfina,

hinchada, al final,

como una cerda preñada.

Yo era su fantasioso mal de ojo.

De hecho,

llevaba un cuchillo en mi bolso —

el buen cuchillo de caza L. L. Bean de mi marido.

No sabía qué hacer: si abrir un neumático

o sacarle las tripas a un sueño.

 

viernes, 23 de enero de 2026

MARIANA ENRÍQUEZ BAJAR ES LO PEOR fragmento novela


 

MARIANA ENRÍQUEZ

BAJAR

ES LO PEOR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GALERNA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mariana Enríquez nació en 1973 en Buenos Aires. Es licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja como subeditora del suplemento Radar del diario Página 12. Publicó las novelas Bajares lo peor (Espasa Calpe, 1995; Galerna, 2013) y Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004), la colección de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009), la nouvelle Chicos que vuelven (Eduvim, 2010) y el libro de crónicas Alguien camina sobre tu tumba (Galerna, 2013). Sus relatos aparecieron en antologías en México, España, Bolivia. Ecuador. Perú y Estados Unidos. Parte de su obra ha sido traducida al alemán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MARIANA ENRÍQUEZ

BAJAR ES LO PEOR

NOTA A LA EDICIÓN

Tengo muy mala memoria. Cuando me preguntan en qué momento empecé a escribir Bajares lo peor, generalmente miento porque no me acuerdo. Creo que estaba en el último año de la secundaria. Sé que escribí la novela a máquina, pero no me acuerdo de la marca del artefacto —era pesado y duro, las teclas me rompían las uñas— y tampoco sé dónde está ahora: no soy fetichista, no sé en qué mudanza se perdió o si todavía está en la casa de mis padres.

Escribí la novela de noche, de eso me acuerdo, y tardé bastante en terminarla, algunos años. También recuerdo, perfectamente, por qué la escribí. Los dos protagonistas de la novela, Narval y Facundo, vivían en mi cabeza y tenía que desalojarlos porque no me dejaban lugar. Constantemente pensaba en ellos, eran un concentrado de mis obsesiones adolescentes, que son muy parecidas a mis obsesiones actuales: el vampirismo, el sexo entre hombres, la turbia belleza baudeleriana. la belleza injuriada de Rimbaud, la literatura fantástica y de horror, los subterráneos, los demonios, River Phoenix y Keanu Reeves, Lestat y Louis. Bajar es lo peor fue una especie de reescritura de Mi mundo privado y Entrevista con el vampiro, pero ubicada en Buenos Aires.

Yo no vivía en Buenos Aires cuando escribí la novela, vivía en La Plata. Iba a Capital los fines de semana. A Bolivia, a Cemento, a fiestas en La Boca y Parque Chacabuco, a recitales. Esperaba durmiendo en el suelo de la estación Once, con la cabeza sobre la mochila, el colectivo de vuelta a La Plata, de madrugada. Las noches que no podía viajar —porque no tenía dinero o porque había otro plan— caminaba por La Plata, los alrededores de la catedral incompleta, los misterios de Plaza Moreno y el Teatro Princesa; jugaba a la ouija y quería aprender a tirar el tarot. Tomaba cocaína noches enteras, tomaba ácido y licor de mandarina en la Plaza Paso. De esas noches gastadas y tóxicas de principios de los años ’90 también está hecha la novela. Una mezcla de romanticismo y vagabundeo: la adolescencia.

Bajar es lo peor fue leída —en unas pocas reseñas— como una novela de realismo sucio. Con los años, algunos críticos, como Elvio Gandolfo, escribieron que tenía elementos de terror moderno. Para mí siempre fue una novela fantástica con noche y drogas. Con el romanticismo de Cumbres borrascosas y la geografía del sur de la ciudad, porque la conocía y, sobre todo, porque por ahí transitan Martín y Alejandra en Sobre héroes y tumbas (Facundo es un poco Alejandra, también, y el trío que acecha a Narval es un poco la Secta de los Ciegos). Cumbres borrascosas y Sobre héroes y tumbas eran mis novelas favoritas en aquellos años. Bajar es lo peor es el único de mis libros —no tengo tantos, pero no pasó con ningún otro— por el que recibí cartas de «fans», muchas y muy febriles; todas de chicas que me contaban sus vidas, sus excesos, el amor desesperado por alguien o directamente por Facundo, el chico que armé con retazos de Ian Astbury, Nick Cave y Charlie Sexton —sobre todo, de Astbury—, la combinación que yo juzgaba alquimia de la hermosura y la crueldad. A muchas de esas chicas tuve que decirles que Facundo no existía y se enojaron.

Una llegó a venir al lugar donde todavía trabajo, el diario Página 12, a exigirme que le marcara dónde quedaban las casas de los protagonistas, cuál era el lugar exacto del departamento donde Narval se despertaba frente al Riachuelo, dónde quedaba la casa en la que había crecido Facundo. Le dije que ninguna casa existía, que habla casas que me habían inspirado, sí, pero en La Plata. La chica se ofuscó. No me creyó. Después, trajo a su ex novia, que era mi «fan». Estaban peleadas. La primera chica, la exigente, quería recuperar a la novia haciéndole un regalo. Ese regalo era yo, la autora de su libro favorito. Las tres tuvimos una conversación muy larga e incómoda en un bar. Días después, la primera chica volvió, sola —el regalo no había arreglado la situación—, me contó que su novia la amaba, pero que los padres y su clase social no la dejaban ser lesbiana, me dejó un libro de poemas y se fue. Nunca más las vi ni supe de ellas.

Quise acercarme a varias de las chicas que me escribieron. Ninguna quiso, que yo recuerde, concretar un encuentro, salvo dos. Una trabajaba en medios y la otra terminó filmando la película Bajar es lo peor, que no se estrenó comercialmente.

Todavía recibo algún mensaje sobre Bajar es ¡o peor o me encuentro con alguien que me habla de la novela. A veces son hombres de mi edad, gays. Hace poco, uno me confesó que, durante sus años más callejeros —hace casi dos décadas—, se hacía llamar Val. Por Narval. Es un poco frustrante que ninguna otra de mis ficciones haya causado este fervor, moderado, acotado, menos que «de culto», pero fervor al fin. Siento que mis otras novelas, mis cuentos, todos tienen envidia de Bajar es lo peor.

Repito que no me acuerdo demasiado de esa época. Algunos retazos: trabajar en la edición con Juan Forn en una oficina de Planeta, en la avenida Independencia; irme a Mar del Plata a corregir; ir a la tele a hablar con Chiche Gelblung y aparecer en talk shows hablando de por qué los jóvenes son violentos (ésa era la consigna de la tarde); que me presentaran a escritores que yo no conocía y jamás había leído; que en la radio el libro se promocionara con la frase «la escritora más joven de Argentina».

Yo tenía veintiún años. No conocía a ningún escritor profesional ni había escritores en mi familia, no había asistido a ningún taller literario ni estudiaba Letras. No era mi ambición, tampoco, escribir novelas. Tenía que contar la historia de los personajes que me hablaban y tenía que escribir mis obsesiones porque era una necesidad física. Sigue siendo igual, aunque ahora conozco a varios escritores. Me tomó diez años publicar un libro después de Bajar es lo peor. En ese tiempo, escribí otra novela, que fracasó y fue destruida (era horrible). El fracaso no me espantó. Escribiendo esa novela mala, me di cuenta de que quería hacer esto para siempre, escribir cuentos y novelas, que era la mejor forma de —no encuentro otra palabra— «desagotar» a mis ocupantes mentales.

No releí Bajar es lo peor para esta reedición. No quise corregirle nada; tampoco quiero recordar lo que no recuerdo de la trama o de los personajes ni reencontrarme con errores que, ya sé, son obvios; como las escenas de sexo, que tienen muy poco realismo y mucha fantasía. pero son fieles a lo que me erotizaba en ese momento, antes de ver pornografía, antes de que mis amigos gays tuvieran la experiencia suficiente para describirme ciertas dinámicas, antes de que yo misma experimentara lo suficiente. No quiero retocar ninguno de esos problemas cándidos. Me gusta esta novela. Me gustó escribirla.

Ya borré de mi memoria y de mi literatura a la mayoría de los personajes, lo que no es raro: siempre los borro cuando termino de escribir; no entiendo cómo algunos escritores repiten protagonistas o arrastran a personajes de una novela a otra. No tengo un juicio sobre esto, sencillamente no tiene que ver con lo que me pasa a mí —al menos, por ahora, aunque ya me ronda la fantasía de una saga—. Nunca volví a escribir sobre Narval, Facundo o Carolina y no quiero hacerlo, ni siquiera en una corrección. Además, me parece mal corregir los libros viejos: le pertenecen a su tiempo. Y le pertenecen al autor cuando era más joven, que es una persona diferente.

Durante muchos años, viejos «fans», lectores y amigos me preguntaron por qué no se conseguía Bajar es lo peor. «Porque nadie me la pide para reeditarla», contestaba yo. Finalmente me la pidieron y acá esta, intacta. Un amigo me dijo hace poco: «Ahora escribís mucho mejor, pero Bajar es lo peor tenía una fuerza...». Es un elogio extraño, ambiguo, pero a lo mejor es un elogio justo.

Mariana Enríquez

Agosto de 2013

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo un abismo, éste también mira dentro de ti.

Friedrich Nietzsche

PARTE I

 

 

 

 

 

Hustlers of the world, there is one Mark you cannot beat: The Mark Inside...

Wllliam S. BURROUGHS

Nada es cierto ni falso, el pensamiento es el que hace que lo sea. Y, cuando te empujan más allá del límite, tus pensamientos te acompañan y no te sirven de nada.

1

 

 

 

 

Amanecía. La humedad y el calor pegaban las sábanas a la espalda de Narval, que se desperezó y se asomó por la ventana. Los barcos inmóviles estaban iluminados fantasmagóricamente por las primeras luces del sol; la habitación también empezaba a aclararse: la cama revuelta, el lavatorio sucio en un rincón, la jeringa y la cuchara tiradas en el piso. Narval no conocía el lugar; ni siquiera podía recordar cómo había terminado ahí. Recorrió la pieza con la mirada. Nada por ningún lado, salvo una mugre colosal.

—Con quién habré estado anoche —se dijo en voz baja, aunque lo sabía y trataba de sacarse la idea de la cabeza, fingir que lo había olvidado. Se frotó los antebrazos con las manos; tenía frío y estaba mareado.

Se puso la campera y comenzó a bajar. Había dormido vestido, incluso llevaba puestas las botas.

Caminó por el puerto, las botas chasqueando contra el empedrado. Se sentó con las piernas colgando hacia el agua. El olor del Riachuelo era casi insoportable, pero Narval se acostumbró enseguida y se quedó mirando los retorcidos hierros del puente hundidos en el agua negra. En realidad, estaban bastante derechos, pero la sensación que daba mirarlos era de hierros retorcidos. El chasquido del agua sucia golpeando contra el monstruo de metal negro le ponía la piel de gallina, lo mismo que la grasa pegoteada, como si el Riachuelo fuera algo vivo, viscoso y oscuro que no quería emerger y besaba los barcos y el puente.

Los barcos. Para él, los barcos nunca zarpaban, siempre estaban inmóviles, muertos, abandonados. Fantasmas gigantes, rodeados por la niebla del amanecer, una niebla que hacía que las cosas se vieran como a través de un vidrio empañado.

Se tanteó el pecho y la camisa buscando cigarrillos. Encendió uno: la ceniza cayó en el agua aceitosa, flotó un instante y se hundió. Como no soplaba ni una brisa, podía hacer esos anillos de humo en los que era experto. Una chupada, una seguidilla de anillos perfectos, otra chupada y un anillo grande y otro chiquito que se metía dentro del primero. Asqueado, tiró el cigarrillo por la mitad. Tenía la boca pastosa de nicotina y el estómago revuelto por no comer. Casi inconscientemente comenzó a arrancarse las puntas florecidas del pelo mientras tarareaba «Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá».

Iba a hacer calor otra vez; el sol empezaba a quemarle los ojos y, aunque Narval odiaba eso, nunca podía conservar un par de anteojos negros, siempre los perdía. Dio vuelta los bolsillos para buscar algo de plata. Encontró unas monedas y una papela. La idea era iniciar el día con un vino y un pico.

Empezó a caminar y, aunque a la cuadra se dio cuenta de que le dolía demasiado todo el cuerpo, decidió seguir. En un kiosco abierto las veinticuatro horas compró un vino y con el vuelto se preparó para esperar el colectivo, odiando el amanecer casi tanto como la resaca que tenía encima.

Un viaje interminable y el pánico de haber perdido las llaves que, después de cuadras y cuadras de revolver los bolsillos, aparecieron en el de atrás.

El olor de su departamento se estaba volviendo insoportable y, además, tenía que cambiarse los pantalones de una buena vez.

Siempre es tan complicado picarse solo, pensó Narval, frunciendo la nariz ante el intenso olor a fritura que llegaba desde la calle y le daba arcadas. Sintió un sabor amargo en el fondo de la boca y aguantó las ganas de vomitar; siempre es tan complicado picarse borracho, pensó. La cucharita le temblaba en la mano, la impaciencia no le dejaba cargar la jeringa. Rio satisfecho cuando lo logró.

El dolor de la aguja hundiéndose en el brazo amoratado y una presión en el vientre. Las manos temblando, los labios pálidos mordidos hasta enrojecer. Una gota de sangre en los vaqueros y un martillazo en la nuca, el cerebro cargado de azul electricidad, el zumbido en los oídos.

Cerró los ojos.

Y el miedo a mandar de más y ganar. La muerte tirando de la oreja, el corazón latiendo enloquecido.

—La última vez —murmuró—. Respirar hondo y tranquilizar el corazón y dejarse llevar. Ya llegamos.

Se estiró hasta el grabador y descubrió que no andaba. Era inútil: estaba roto desde hacía tiempo y nunca se acordaba hasta que quería escuchar música. Puteando en voz baja, cerró la puerta con llave y bajó las escaleras. No podía quedarse ahí de ninguna manera.

Pasó horas caminando por cualquier lado, sin poder parar. Las luces se le aproximaban flotando misteriosamente, la calle se transformaba en un caleidoscopio rojo, amarillo y verde. No era tan terrible que la calle se convirtiera en un semáforo giratorio gigante. Había cosas peores. Era peor que aparecieran los que lo seguían, por ejemplo. Narval los había bautizado Ella y los Otros, para ponerles un nombre. No sabía de dónde habían salido ni por qué estaban detrás de él: una tarde, la ciudad se había vuelto negra, como si de golpe se hubiera hecho de noche, y Ellos habían aparecido entre la gente y lo habían perseguido y le habían mostrado cosas horrendas. Ellos tres: una mujer espantosa, un hombre sin ojos y otro con arañas recorriéndole el cuerpo. Podían salir de cualquier lado; una persona podía darse vuelta y ser uno de Ellos, podían salir de una puerta, podían hacer cualquier cosa. Nadie parecía verlos, salvo Narval. O, a lo mejor, la gente hace como que no se da cuenta de que Ellos están ahí. Nunca se sabe, pensaba Narval.

También podía pasar que la calle se convirtiera en un lodazal del que emergían manos que querían tirarlo hacia abajo. También podían aparecer hombres desnudos y malolientes que le tiraban cachos de carne desde los árboles. Y ahí te quiero ver, sonrió Narval, ahí te quiero ver, cuando hay que caminar derechito como si nada pasase, cuando hay que evitar correr y aullar para que la gente no se dé cuenta. Porque, si alguien se da cuenta, derechito al loquero.

Se apoyó en un palo de luz y vomitó. Pensó en quedarse tirado en un umbral, pero siguió caminando. Aunque era inútil tratar de mantenerse en pie con tanta gente esquivándolo y empujándolo. La gente no era más que una molestia. Pero, cuando la noche llegaba en pleno día y los traía a Ellos, la gente podía serle útil: una bocina, un roce, una risa podían hacer que Ellos se fueran y devolverlo a los semáforos, los autos, el ruido, Buenos Aires. No siempre, claro. Y, últimamente, no por demasiado tiempo.

Un empujón lo hizo tambalear tanto que tuvo que sentarse en el cordón de la vereda. La humedad era cada vez más pegajosa. Los autos pasaban con ruido a lluvia y le movían el sucio pelo rubio que le caía sobre la cara.

—Dónde carajo estaré —murmuró, y supo que, si levantaba la cabeza, iba a volver a vomitar.

Se llevó una mano al pecho porque el corazón parecía querer reventársele contra las costillas. Sintió que estaba empapado en sudor frío y se levantó.

—Adonde puta iré —dijo en voz alta.

Miró hacia atrás y vio la Torre de los Ingleses. Delante de él, los autos se aproximaban furiosamente por la avenida. Estuvo un buen rato parado en la esquina esperando el momento de cruzar. Los autos siempre parecían estar demasiado cerca o demasiado lejos y ya había tenido malas experiencias por cruzar sin mirar. Por eso enfiló hacia Florida, rogando no cruzarse con ningún mutiladito guitarrero. Hacía tanto calor... Los cuerpos sudorosos y apurados lo rozaban. Dos manos mugrientas le ofrecieron una caja de maní con chocolate.

En Corrientes decidió tomar el subte, evitando a una mendiga boliviana que le extendía la mano sentada en las escaleras. Las botas repiquetearon contra los escalones. El calor abombante, la atmósfera enrarecida por el encierro. No había nadie en el andén, cosa bastante rara. No sabía qué hora era, pero siempre había alguien en los subterráneos. En cuclillas, con la espalda contra la pared, pensó que era ridículo nunca tener plata pero siempre encontrar cospeles de subte en el fondo de algún bolsillo. Suspiró: se hacía muy difícil respirar normalmente en ese encierro. Hizo crujir su cuello contracturado y cerró los ojos.

Y entonces sintió esa sensación extraña, que empezaba en el fondo de las tripas y se iba a la cabeza como un lento latigazo. Las sienes empezaban a bullir y latir, como si algo quisiera estallar, como si algo luchara por salir, y por un momento quedó casi ciego, con infinidad de puntitos negros bailando enloquecidos ante sus ojos. Después, inconfundible, el escalofrío. Aterrado, pero no sorprendido, oyó los pasos inseguros, los pies arrastrándose.

—Ella otra vez no —dijo, en voz baja.

Unas uñas rascaron los azulejos. Exactamente el mismo ruido que una tiza al chirriar contra un pizarrón: Narval sintió que se le destrozaban los dientes. La humedad corría por el techo y goteaba.

«Acá estás. Fue fácil encontrarte».

La voz era resquebrajada. Peor todavía: gorgoteante. Narval se negaba a mirarla y empezó a temblar con violentas sacudidas. Basta, pensó. Pero los tacos se acercaban vacilantes. Aunque tenía los ojos cerrados, Narval supo que se había detenido delante de él. Y sintió el aliento fétido en la cara, pero mantuvo los ojos cenados.

Ella le pasó una mano por la barbilla; Narval se la aferró con fuerza para evitar que lo tocara. Entonces abrió los ojos.

Ella y sus labios exangües, su piel grisácea, el cuello y los brazos llenos de marcas y moretones, el rostro pintarrajeado y ese olor a sudor y brillantina. Narval empezó a pedir mentalmente porfavorporfavor porfavor, pero no. Nunca se iban.

Ella se acostó en el piso abierta de piernas, se levantó la pollera y empezó a masturbarse. Con la lengua se corría el rojo lápiz labial y lo reemplazaba con la sangre que brotaba de las heridas que se hacía con sus largas y descuidadas uñas entre las piernas. Narval empezó a arrastrarse por el piso para huir y Ella comenzó a reírse: una risa ululante, que terminó en un alarido.

«No te vayas», le gritó la mujer, y el eco de sus gritos resonó como campanadas en el silencio del subte.

Narval subió corriendo las escaleras. En la mitad se quedó casi sin aire y con un resto llegó arriba. Se apoyó en la baranda y sintió que se ahogaba, que ya no sentía las piernas. Respiró ávidamente un poco y siguió caminando sin mirar atrás. Otro encuentro como ése y se volvería loco, loco de atar. Se sentó en un umbral y acurrucó la cabeza entre las rodillas. No quería mirar a la gente. No quería verla de nuevo. ¿Y si, cuando finalmente decidiera levantarse, se encontraba con Ella mirándolo? Sintió un mareo y empezó a llorar y se dijo que así lo encontraría alguien alguna vez, sucio, drogado y desquiciado. Y que ese alguien se lo llevaría y que ni siquiera entonces podría dejar de llorar.

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FRAGMENTO. NOVELA. PRINCIPIOS NOCTURNOS. III PREMIO ALBERTO CAÑAS NACIONAL DE NARRATIVA 2020.

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